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Capítulo 2

2
LA BIBLIOTECA


Cuando un soldado lo buscó en el establo para decirle que la princesa ya estaba controlada, Darius imaginó que la transformación de Sakti comenzó de nuevo y que estaba encadenada y encerrada en alguna cueva de transformación. No pudo estar más equivocado.
La transformación comenzó de nuevo. Pero ahora no fue la gran cosa en comparación con la primera ronda en el mar. Los cuernos de Sakti se habían alargado más, así como los dedos de ambas manos. Los ojos le oscilaban entre el gris natural de sus irises y el amarillo de una serpiente, pero no tenía escamas, cola o alas. Ni siquiera tenía los hombros más anchos o las piernas más largas. Eso fue un alivio. Si se convertía en Dragón repetiría la cacería que realizó en naves vanirianas, solo que ahora en una aldea aesiriana.
—Allena es una hambrienta voraz —explicó Merkaid, sentado a una amplia mesa frente a la de Sakti. A su lado estaban su hija, los profetas y Kel—. Los hambrientos voraces son los aesirianos que tienen las transformaciones más severas de todas, por lo que necesitan tener un consumo mayor de carne. Por eso sienten tanta hambre. Si se les complace, pueden controlar mejor la transformación. Pero si se les priva de carne, entonces sus transformaciones se salen de control. A veces ni las cuevas ni los orbes son suficientes para controlarlos y puede que ni regresen a su forma original si el hambre se convierte en locura.
—¿Entonces qué pasa con ellos? —preguntó Connor, angustiado por ver a Sakti. La expresión de Merkaid se ensombreció.
—Se convierten en demonios. Si llegan al punto en que la transformación los controla a ellos, no dejarán de pensar en comer, comer y comer. Seguirán teniendo magia pero serán incapaces de volver a ser aesirianos. —Connor sintió un escalofrío y se le empañaron los ojos. Temió que Sakti, quien engullía sin siquiera respirar, se convirtiera en un monstruo—. Tranquilo —dijo Merkaid—, a ella no le sucederá. Tú tampoco debes preocuparte por ello, ¿oíste, Allena?
Sakti, en la otra mesa, levantó la mirada de su plato y miró fijamente al príncipe.
—Esto es ridículo —dijo antes de empezar con un muslo de bisonte. De un solo mordisco arrancó más de la mitad de la carne. Luego, casi sin masticarla, la tragó—. Debería estar en una cueva, ¡no en un hostal!
Estaba furiosa a pesar de que no tenía motivo para estarlo. Si estuviera en una cueva estaría molesta por el encierro. Si estuviera al aire libre estaría enfadada por no ser controlada como al resto de cachorros en transformación. Y si estuviera privada de carne estaría ansiosa por comer. En cambio estaba en un hostal donde había más muchachos como ella, comiendo también con apetito grandes trozos de carne cruda que les servían en platos a montón.
Algunos cachorros comían sin ninguna novedad, sentados junto a familiares y amigos. Incluso conversaban y reían como si no les estuvieran saliendo alas en la espalda o garras en lugar de uñas. Como si fuera una simple salida a un restaurante y no un alimento necesario para mantener los estribos.
Otros, en cambio, comían como posesos, sin poderse controlar. Como ella, había dos muchachos y una chica que comían solos en su mesa, sin dejar de masticar todos los trozos de carne y huesos que les servían sin pausa. Solo ellos comían tanto. Los demás muchachos en transformación si acaso consumían tres platos de carne cruda. Después de agradecer la comida, salían del hostal sin más.
La otra chica que también era hambrienta voraz lloraba mientras comía. Darius, que todavía guardaba el recuerdo de su transformación incipiô de hacía un año, la compadeció. Entendió que la chica no podía controlar las emociones que le bullían en el interior. Las manos, el cabello y la piel de la muchacha cambiaban continuamente de color y largo.
—Muchos transformados lloran —susurró Merkaid al lado—. Además de las emociones, tienen el cuerpo constantemente adolorido. Para los voraces es peor porque no importa cuánto coman, siempre tienen hambre. Siempre sienten úlceras en el estómago, a pesar de estar comiendo. Hacen todo lo que pueden por satisfacer sus necesidades, pero aun así no es suficiente para sus cuerpos. En verdad es terrible, los compadezco mucho.
—Entonces... ¿qué hacen con ellos si alimentarlos no es suficiente? —preguntó Darius. No pudo apartar la mirada de la chica y se preguntó cómo se sentiría si fuera Sakti la que estuviera comiendo y llorando sin poder evitarlo.
—Esperar, es todo lo que podemos hacer. Tampoco es como si sufrieran una condición permanente. Las transformaciones no duran más de dos semanas, incluso para los voraces. Cuando las asimilan pueden seguir adelante con sus vidas. Aunque es cierto que esas dos semanas pueden parecerles eternas.
Merkaid solo tenía ojos para Sakti. La miró comer sin transmitir urgencia o preocupación por ella. Sonreía con orgullo, como si no existiera la posibilidad de que perdiera los estribos, se transformara en Dragón y olvidara cómo regresar a la normalidad.
—¿A alguien le ha pasado? —preguntó Connor—. ¿Alguien se ha convertido en un demonio? —Merkaid lo miró por el rabillo del ojo durante un segundo.
—Desde hace mucho no le pasa a nadie. La última vez de la que sabemos, al menos en el desierto, ocurrió en el reinado de mi trastatarabuelo. Desde entonces las medidas para controlar las transformaciones se han especializado cada vez más. En el continente principal sí ha ocurrido con más frecuencia. No es normal que allá los aesirianos tengan transformaciones complejas y por eso, cuando suceden, no están del todo preparados para enfrentarlas. ¿Has escuchado alguna vez sobre la maldición Montag?
Connor negó con la cabeza.
—Es un clan prácticamente extinto, pero aquí usamos el ejemplo de esa familia para ilustrar a los niños lo que podría suceder si no nos tomáramos tan en serio las guarderías y las transformaciones. Hay historias que dicen que las mujeres de los Montag, cuando sufrían una transformación, se convertían inmediatamente en demonios. Las suyas eran transformaciones tan violentas que mataban a sus hermanos, primos e incluso hijos debido al hambre. Por eso los Montag eran muy estrictos con ellas y las vigilaban sin descanso, para poder llevarlas a las cuevas y alimentarlas allí. Pero en muchas ocasiones, a pesar de todos sus esfuerzos, debían sacrificarlas porque ya no podían volver a su forma aesiriana.
—Qué triste... —murmuró Connor—. No me puedo imaginar lo mal que debían de sentirse por tener que matarlas, si de seguro las querían.
—Pero esa es la moraleja de la historia —dijo entonces el príncipe de las Arenas—. Hubo un tiempo especialmente caótico para los Montag, porque hasta las niñas comenzaron a transformarse antes de tiempo. Algunos supieron lo que tenían que hacer pero la mayoría no tuvo el corazón para matarlas a todas, menos a las niñas. Y ese fue su error. Porque por no haberlas eliminado ellas acabaron con toda la familia. Lo que aprendemos de esto es que para sobrevivir a veces tenemos que hacer sacrificios. Si los Montag se hubieran mantenido firmes en esta decisión, quizá todavía existiría su clan. Pero ya no están aquí por ello. Además, los Montag solo se concentraban en que sus mujeres no se comieran a ninguno de ellos y esperaban a que la transformación cesara. Nunca intentaron ayudarlas a controlar la transformación. Eso es lo que hacemos aquí.
Mientras Sakti comía, Merkaid les explicó el estilo de vida en el desierto. Para empezar, tenían un control de natalidad muy estricto al punto que tenían camadas solo cada siete años. Ese era el periodo que necesitaban para que los bisontes de arena –que eran los animales que criaban para la alimentación de los transformados– se reprodujeran y crecieran lo suficiente como para que su cantidad no disminuyera drásticamente, ni siquiera con una generación con muchos hambrientos voraces.
—Por cada camada de aesirianos —continuó el príncipe— solemos tener unos veinte hambrientos voraces.
Lo cual era poco, considerando que en todo el Reino de las Arenas cada generación o camada tenía alrededor de mil aesirianos que llegaban a la edad de las transformaciones. Un número que también era muy pequeño si se comparaba a la cantidad inicial de esa camada, ya que cada siete años nacían alrededor de mil quinientos cachorros en todo el desierto.
Todos los niños nacían en pueblos denominados «guarderías». En ellos se criaban a los cachorros hasta que cumplían los ochenta años, edad en la que ya no solían sufrir transformaciones severas y eran capaces de cuidar de sí mismos. En las guarderías se instruía a los niños para que, cuando llegaran a la edad adulta, supieran cómo sobrevivir en el desierto y en las ciudades. En las guarderías también se cuidaba a los transformados, dándoles alimento y enseñándoles a controlar las habilidades que adquirían en cada transformación.
—En el desierto, muchos son magos alados que obtuvieron las alas al transformarse. En las guarderías se les enseña a volar. A los demás, que no tenemos alas, se nos enseña a usar a voluntad lo que hayamos adquirido. Para eso son los Maestros.
En las guarderías estaban los niñeros, que se encargaban de los más pequeños, y los Maestros, que instruían a los transformados para que no se dejaran llevar por las emociones producto de las hormonas y para que aprendieran a controlar a voluntad los cambios que sufrían.
—Nara es una Maestra y fue ella la que le enseñó a Adad a transformarse a voluntad. ¡Nadie más lo habría conseguido! Cualquier otro habría muerto, porque Adad pasó muchísimo tiempo transformado y sin guía. No podía recordar quién era ni cómo regresar a nosotros. Pero bastaron cuatro días con Naraya para que recuperara su forma aesiriana.
Su expresión se tornó de repente oscura. Antes de que nadie pudiera entender por qué, el príncipe se sobrepuso. Le explicó a Sakti que, en cuanto otro príncipe llegara al puerto, Naraya iría a Myula a instruirla para que controlara la transformación a voluntad.
Continuó la explicación de la vida en el desierto. Si bien por cada camada había como mil quinientos cachorros, no todos llegaban a los treinta años. Un tercio de esos niños moría en los primeros años de vida por calor, deshidratación o ataques de serpientes o escorpiones. También muchos morían a la prueba de los quince. Este era un ritual tradicional en el que se abandonaba a los cachorros en grupos de cinco en medio del desierto, sin nada más que una cantimplora de agua para cada uno. Los cachorros debían trabajar juntos y guiarse en el desierto, evadiendo lo mejor que pudieran a los animales salvajes y las arenas malditas, hasta llegar a la guardería más cercana.
El objetivo del ritual era que los cachorros más débiles murieran, porque el desierto tenía muy pocos recursos para mantener a una gran población. Gran parte de esos recursos se utilizaban para criar a los niños y ayudarlos a enfrentar sus transformaciones, una época tanto temida como apreciada. Para mantener a los bisontes se necesitaba mucha agua y mucho forraje, y ambos eran escasos en el desierto. Pero no se podía descuidar a los bisontes porque todos los transformados debían ser alimentados antes de que atacaran a alguien.
Estando transformados no podían controlarse ni recordar quiénes eran. Eran muy capaces de matar a las personas más cercanas a ellos sin que durante el acto les pesara. Si se les dejaba hacer, no solo matarían a familiares y amigos sino también a todos sus vecinos.
Así que, para no descuidar ni a los bisontes ni a las personas, varias pruebas brutales de fuerza e inteligencia servían para seleccionar a aquellos aesirianos que se ganarían un lugar en la vida adulta del Reino de las Arenas. Eran métodos extremos y crueles, pero necesarios para garantizar la supervivencia de la raza en un ambiente tan hostil como el desierto.
Aunque a los cachorros se les mimaba en las guarderías con carne gratis, cuidados y enseñanza, una vez que salieran de las guarderías estarían por su cuenta. A pesar de haber soportado las pruebas que tuvieron en la niñez, muchos aesirianos morían diez años después de entrar a la vida adulta.
—En el desierto la vida no es un juego —concluyó el príncipe.
—En ningún lugar lo es —respondió Darius.
—Tienes razón —le concedió Merkaid—, pero aquí lo es menos que en cualquier otra parte del mundo. Ah, sí, antes de que se me olvide. Ustedes también entran en el sistema —dijo señalando a los profetas—. Los cuatro son cachorros. Tendrán que atenerse a las normas de la guardería.
—¿Incluso en las pruebas? —preguntó Connor. Él sabía que era bastante indefenso en comparación con sus hermanos y padre.
—Bueno, ya están pasados de edad para hacer la prueba de los quince y son extranjeros que no tienen deseos de quedarse aquí para la vida adulta. Puede que seamos menos estrictos con ustedes, pero eso no quiere decir que están exentos de nuestras normas para que conserven la vida. De lo contrario, será responsabilidad de ustedes si algo les llega a suceder.
El príncipe sonrió como si se quitara un peso de encima al darles la advertencia. El mensaje fue claro para los profetas: a él le importaba un comino lo que les sucediera. Pero no así Sakti, a la que miraba de nuevo con ternura. Merkaid estaba encantado con ella.
—¿Ya te llenaste? —preguntó un poco sorprendido. La muchacha se limpiaba la boca con tranquilidad, con la elegancia propia de su enseñanza en Masca y no con la desesperación animal con la que comió antes.
—Sí, el hambre cesó de repente. —Comenzó a limpiarse los dedos, que todavía tenían sangre de bisonte.
Sakti arrugó la cara. Antes, cuando estaba hambrienta, la sangre le pareció sabrosa. Ahora le daba nauseas, como cada vez que la sentía en la piel o percibía el olor salobre.
—¿Tienes sueño? —le preguntó Merkaid. Los párpados de la princesa pesaban como plomo. La comida la puso somnolienta—. Ven, sé de un lugar que te gustará para dormitar.

****

Salieron del hostal, pagando con solo un agradecimiento. Sakti caminó bambaleándose a causa del sueño y del calor. Agradeció que Dereck estuviera justo detrás de ella. Si se quedaba dormida, el Guardián la sostendría antes de que se estrellara contra el suelo.
A pesar de que le costaba concentrarse y permanecer con la cabeza erguida, se esforzó por mantener la postura elegante y orgullosa que, según le enseñaron, los Aesir debían tener al llegar a una ciudad o pueblo.
Aunque la bienvenida a Myula no fue tan cautivadora como a las que estaba acostumbrada, los niños que jugaban en las calles se corrían al paso del grupo y se le quedaban viendo. Ya fuera en las puertas o en las ventanas de las casas, los adultos también la miraban con mayor detenimiento. Quizá reconocían que sus rasgos eran muy semejantes a los de Merkaid. Se preguntó si esa gente conocería el rostro de Adad y si terminaban de ubicarla como hermana del príncipe heredero al Trono de las Arenas.
—Aquí estamos. Aquí podrás dormitar tranquila mientras me encargo de los preparativos de la villa.
Merkaid se detuvo frente a un edificio apenas más alto que las casas. Tenía una entrada ancha franqueada por dos puertas de madera. Sobre el marco de la entrada había una inscripción en el idioma del Reino de las Arenas. Aunque Adad se esforzó en enseñarle a hablar y escribir ese idioma, Sakti no era tan buena como su hermano desearía. Comenzó a descifrar lo que decía en la inscripción. No había ni entendido el primer trazo cuando Darius exclamó:
—¡Una biblioteca!
El profeta era bueno para los idiomas, tanto que aprendió por su cuenta aesiriano antiguo y entendía a la perfección sus derivados, que eran el idioma escrito –y a veces oral– oficial del gobierno en el continente principal y la lengua del desierto. Sakti giró los ojos al ver la expresión de su amigo. El rostro de Darius era similar al de un niño cuando le regalan juguetes. La princesa y el Guardián suspiraron al mismo tiempo, imaginando el desorden que el profeta haría no más de dos minutos después de poner un pie en el edificio.
Sakti notó entonces la ligera sonrisa de satisfacción de Merkaid. Sospechó que el príncipe los llevó allí por otra razón además de la de proveerla de un lugar donde descansara. Cuando Merkaid se corrió para dejar que Darius y sus hijos entraran a la biblioteca, Sakti supo cuál era el otro motivo: controlar a los profetas, entretenerlos, distraerlos.
—Le diste el reporte de Darius y los chicos —murmuró ella para que solo Dereck la escuchara. Él, sabiendo que esa discusión era privada, habló lo más claro y bajo que pudo.
—Solo le di los de Darius y Connor. Aún no le he dado los de los gemelos y el suyo. —Guardó silencio por unos instantes—. ¿Qué debo agregar a los informes? Debo entregarlos, Alteza. Lo siento.
—Tranquilo —dijo ella—. Entrégalos. Serán de gran ayuda para lo que vinimos a hacer.
Dereck asintió. Supo que Sakti se aprovecharía de todo lo que pudiera para controlar a sus tíos del desierto y conseguir así el ejército que necesitaba para Masca. Dereck también supo que Merkaid y los demás príncipes de las Arenas harían otro tanto para controlar a Sakti y utilizar sus fortalezas solo para el desierto. No era nada personal. Él sabía que los Aesir hacían política controlándose los unos a los otros.
A una invitación de su tío, Sakti entró a la biblioteca. Dereck le pisó los talones. Antes de que Dereck pusiera un pie adentro, Merkaid lo detuvo del brazo y le susurró:
—En el segundo piso hay un salón con escritorios. Encontrarás papel y tinteros suficientes. Espero otro informe esta noche.
—Sí, señor.
Dereck entró. La puerta se cerró detrás de él. Ni Merkaid, Soel o Nefer los siguieron.
—¡Esto es maravilloso! —exclamó un gemelo—. ¡Mira cuántos libros!
La biblioteca de Myula tenía varios cuadernos envueltos en cuero y una sección de papiros. Darius ya estaba en el primer estante, sacando libros a diestra y siniestra. Dagda y Airgetlam daban vueltas arbitrarias por toda la estancia, intentando descifrar el orden en el que estaban acomodados los anaqueles. Los únicos que estaban inmóviles eran Connor, Kel y Sakti, los tres mirando a Darius y los gemelos.
—¿Qué es lo que los vuelve locos? —preguntó el grolien en voz baja—. En la biblioteca de la Torre nadie actúa así.
—Es que han pasado mucho tiempo encerrados —le respondió Dereck—. Leer era casi lo único que podían hacer. —Kel se ocultó detrás de Connor al ver que Dereck se dirigía él. El grolien tampoco estaba muy feliz con la cercanía de Sakti e intentó alejar al más joven de los profetas para protegerlo de ella.
—Ay, pobres —se quejó Connor en voz alta—. Con lo aburrido que es leer.
—¡Connor! —exclamó su padre, arrimando la cabeza por un lado del estante—. ¡Si vuelves a decir eso te desconozco como mi hijo!
Darius regresó a lo suyo, tan ofendido por lo que dijo Connor como si le hubiera hecho alguna vulgaridad a una mujer. Connor no se alarmó, pues supo que dentro de nada el mestizo necesitaría su ayuda para escapar de la quimera de libros que comenzaba amontonarse alrededor de él.
—Connor, en el quinto piso hay una sección que puede interesarte —dijo Dereck, de pie frente a un mapa pegado en un muestrario de vidrio. El soldado le señaló el diagrama en el que se especificaba la distribución de la biblioteca por temas y autores—. Allí hay herbarios y libros de medicina. Quizá te gustaría echarles un vistazo. —La cara de Connor se iluminó.
—¡Gracias, Dereck! Vamos, Kel, ¡quiero verlos! ¡Ayúdame a echarles un vistazo! —El chico salió disparado a la escalera, jalando consigo al pequeño vaniriano.
—Dagda, Airgetlam —siguió el soldado—, en el tercer piso hay manuales de guerra. Vayan y...
—¡PUAJ! —exclamaron los hermanos—. ¿Estás loco?
—Cómo puedes creer...
—... que lo primero que vamos a leer...
—... después de quién sabe cuánto tiempo...
—¿... va a ser un libro de guerra?
—¿Quién te crees? —preguntaron los dos—. ¿Sigfrid Montag? —Dereck los miró con los ojos chispeando de la rabia.
—¡De acuerdo! ¡Los cuentos infantiles están en el primer piso, a la derecha! Vamos, Alteza.
Dereck jaló a Sakti sin esperar a ver si los chicos se ofendieron porque los trataran como a chiquillos pequeños o si de hecho se alegraron por la recomendación de cuentos. Conociéndolos, probablemente su reacción fue una mezcla de ambas.
Sakti se dejó llevar. En el segundo piso, el Guardián la guio por un pasillo estrecho donde los estantes dificultaban el paso de más de una persona a la vez. Llegaron a una habitación con varios escritorios. Parecía un aula de clases.
Al entrar, Dereck esperó un momento antes de cerrar la puerta y escuchar qué hacían los demás. Darius continuaba embelesado sacando libros sin importarle si eran de matemática o de historia; Dagda y Airgetlam estaban en un concurso de palabras o por lo menos intentando adivinar los títulos de los libros que tenían al frente; y Connor y Kel todavía subían las escaleras, acalorados por tener que ir hasta el quinto piso.
Cerró la puerta con suavidad, sintiendo el súbito silencio como un manto que lo escondía de todo.
—Escúchame bien, Dereck —dijo Sakti al tiempo que el soldado se giraba a ella. La muchacha había encontrado una reserva de papel en la gaveta de un escritorio y lo colocaba en la superficie, alisándolo con un par de pisapapeles—. Esto es lo que quiero que escribas en nuestros reportes...


Connor miró los lomos y los desechó todos porque no podía entender lo que tenían escrito. Sacó un libro al azar solo para asegurarse de que estaba en la sección adecuada. Supo que estaba en el lugar correcto pues en varias páginas había dibujos de partes del cuerpo aesiriano, con muchas flechas y anotaciones. Lástima que no entendía nada.
—¿Qué crees que sea esto? ¿El lenguaje de aquí? ¡Qué envidia! Papá leyó y entendió en un santiamén la inscripción en la biblioteca. Ojalá me enseñe. —Devolvió al libro a su lugar y siguió buscando—. Si entiendes algo me dices, ¿eh? Estoy un poco perdido.
Connor continuó buscando entre los libros más próximos al suelo. Pronto reparó en que su compañero estaba muy callado. Levantó la mirada para observarlo. El grolien lo observaba con una expresión desdichada.
—¿Qué te pasa? —le preguntó Connor, levantándose en un santiamén. Tuvo miedo de que el pequeño vaniriano se pusiera a llorar—. ¿Estás enfermo? Te puedo ayudar, si quieres...
—¿Por qué te quedaste solo conmigo? —soltó Kel.
—¿A qué te refieres?
—¿Por qué te quedaste solo conmigo ahora, si tú y yo somos enemigos?
—¿Lo somos? —preguntó Connor, dolido—. ¡Pensé que te agradaba! —Kel guardó silencio por unos instantes. Se sentó en una pila de libros y respondió con voz queda, casi llorosa.
—Sí me agradas. Aggi y Dag también me agradan. Y también tu papá.
—... ¿Entonces?
—¡Mírame! No soy como tú. Tú no eres como yo. Tú eres un aesiriano. Yo soy un vaniriano. Como somos diferentes nuestros países están en guerra desde hace mucho tiempo. Yo no puedo entender cómo tú, tus hermanos y tu papá pueden ser buenos conmigo, si a la vez se llevan tan bien con la Princesa Carmesí.
—¿Con quién? —preguntó Connor, levantando una ceja.
—Con la Princesa Carmesí. Así es como llamamos a la princesa aesiriana. Carmesí, como la sangre que derramó en nuestro hogar. Es un monstruo, Connor. ¡Ha matado a mucha, mucha gente! A ella no le importa la vida, no respeta a nadie. —Una lagrimilla se asomó al ojo derecho de Kel—. Ella se comió vivo a mi amigo Mauro.
Connor se arrodilló frente al grolien y lo abrazó para consolarlo, aunque supo que no podía hacer mucho para ayudarlo a enfrentar ese horrible recuerdo.
—Ya escuchaste al señor Merkaid —susurró—. Cuando los aesirianos se transforman no pueden controlarse. No saben lo que hacen. Debes perdonar a Allena. Ella no lo hizo al propio.
—¿Qué importa eso? —sollozó Kel, apartándose de Connor e incorporándose de un salto—. ¿Entonces está bien que haga daño porque supuestamente no se puede controlar? ¿Entonces cuando derribó la Torre no se estaba controlando? ¿Cuando mató a mucha gente en el Oeste no se estaba controlando? ¿Tengo que perdonarla porque es un monstruo?
—Allena no es...
—¡Sí lo es! ¡Todos los aesirianos son unos monstruos! ¡Por eso todos se transforman! Porque cuando llegan a cierta edad tan solo toman por un momento la apariencia del monstruo que tienen dentro, ¡del monstruo que son en realidad! Ustedes siempre nos juzgan por cómo nos vemos. Pero cuando les llega la hora de verse tal y como son, siempre se esconden en sus famosas cuevas de transformación porque no se aguantan a ustedes mismos. ¡Son unos hipócritas, unos egoístas, unos superficiales y unos racistas!
Kel dio un manotazo a una pila de libros que estaba al lado y la derribó. Por unos instantes solo se escucharon los libros resbalando por el suelo y los sollozos del niño. El grolien procuró llorar por lo bajo. Los hombros se le sacudieron más por el esfuerzo de contener los gritos que le quemaban la garganta y el corazón. Connor guardó silencio. Intentó encontrar las palabras adecuadas para consolar al vaniriano. No halló ninguna.
—Oh, mira. Este sí lo entiendo —dijo con ánimo mientras sacaba un libro cuya inscripción en el lomo había pescado por el rabillo del ojo—. Aquí pone «Puntos vitales», ¿de qué tratará?
Pasó varias páginas hasta detenerse en una con el dibujo de un torso. Fingió que leía, moviendo los ojos sobre las palabras como si repasara cada una de las anotaciones al lado del dibujo. Aunque entendió las letras no pudo comprender las palabras. Estaba demasiado nervioso como para concentrarse en la lectura.
—Connor...
—¿Ummm?
—¿Te incomodé? —El profeta intentó fingir lo contrario, pero no pudo apartar la mirada del libro ni controlar la expresión dolida—. Lo siento —dijo Kel, sentándose de nuevo—. Es que... aún estoy molesto... y afectado... y triste. Mauro fue muy bueno conmigo.
Connor dejó de mover los ojos pero no apartó la mirada del libro. No tuvo valor para ver a Kel, porque el pequeño grolien lloraba todavía sin aullar de tristeza. Eso le dolió más a Connor. Solo podía imaginarse lo triste, solo y traumado que debía de sentirse Kel tras ver a su amigo siendo devorado frente a sus ojos, creyendo en ese instante que él también iba a morir como alimento de Sakti. Y además tenía que pasar el día a unos pasos de ella, o justo al frente, viéndola comer...
Kel era un chico tremendamente valiente por llorar hasta ahora. Connor lo admiró.
—Tú no eres un monstruo. Ni Aggi, ni Dag, ni tampoco tu papá. Pero esa... ¡esa...! ¡Esa cosa sí lo es! No entiendo cómo pueden estar cerca de ella sin más.
Connor no supo cómo responder. Las palabras de Kel rondaron su mente. Entre más pensaba en ellas, más se convencía de que el grolien tenía razón.

«... tan solo toman por un momento la apariencia del monstruo que tienen dentro, ¡del monstruo que son en realidad!».

—Te equivocas —le dijo con suavidad mientras se sentaba al lado—. Airgetlam, Dagda, papá y yo... también somos monstruos. Porque lo que le pasó a Allena quizá también nos pase a nosotros. A papá ya le pasó. —Kel tenía la cabeza enterrada entre las rodillas y la levantó para mirar a Connor con asombro—. Incluso intentó atacarnos a mis hermanos y a mí, pero Allena y Dereck lo impidieron. Tuve mucho miedo, Kel. Pero nunca me enojé con mi papá porque no fue su culpa y porque lo amo mucho como para enfadarme por algo sobre lo que él no tiene control. Además... —agregó un poco avergonzado, aunque también con maravilla en los ojos—, ¿me considerarías un loco si te dijera que me pareció fenomenal y genial que se transformara en un lobo gigante? —Kel lo miró.
—Sí, eres un loco —dijo con gravedad, pero también más sereno. Se pasó el dorso de la mano por la nariz para limpiarla. Después golpeó como un camarada el hombro de Connor con el suyo propio—. ¿Y de qué va el libro?
Connor observó el manual que todavía tenía en las manos. En realidad lo cogió para salir del apuro y cambiar de tema, sin intenciones de obtener otro beneficio de él. Aprovechó que Kel estaba más calmado para ver de qué trataba el único libro que sí entendía. Releyó el título, lo abrió y...
... tras leer el primer párrafo supo con certeza que ese era el libro que necesitaba.


Dereck releyó las últimas dos páginas del informe que estaba redactando para asegurarse de no poner nada contradictorio. Primero ponía sus propias observaciones y dejaba para después la copia del archivo de Dagda, Airgetlam y Sakti, temeroso de que alguna vez ambos documentos –el que él redactaba y el original en Masca– fueran comparados. Tenía que ser muy cuidadoso. Le perdonarían omitir palabras sin importancia, pero jamás le perdonarían faltar en algo que cambiara el sentido de los documentos originales.
Soltó un suspiro después de asegurarse de que todo estuviera en orden. Como llevaba tanto tiempo sin escribir, los dedos se le acalambraron y la muñeca le dolió. Le gustaba dar informes, ¡pero Dios!, ¡qué tan a menudo evitaba escribirlos él mismo!
Miró a Sakti al lado. Estaba recostada sobre un escritorio, con el sueño profundo de una niñita. Así se veía muy inocente e indefensa, lo suficiente para sacarle una sonrisa a Dereck aunque el Guardián no se dejó engañar. Entendía mejor que nadie el alcance y la capacidad de esa muchacha que dormía tan despreocupada.
El Guardián bostezó. Tenía ganas de echar una siesta como Sakti. Lástima que no podía darse ese lujo. Decidió que una breve caminata sería suficiente para espabilarse. Se levantó y estiró las piernas por los pasillos estrechos del segundo piso. Apenas regresó al aula tomó su lugar como un muchacho obediente y se concentró en escribir de nuevo. Pero no había ni escrito dos líneas cuando se detuvo en seco, llenando el papel de tinta y arruinando las notas.
—¡AGH! —gritó después de que un vistazo rápido a la habitación confirmara sus sospechas.
El grito se escuchó por toda la biblioteca. En el primer piso, los gemelos y Darius miraron al instante la baranda de la segunda planta. Dereck se asomó de inmediato por ahí, nervioso y enfadado.
—¿La han visto? ¡Díganme que la han visto! —Los profetas negaron con la cabeza; los gemelos estaban muertos de risa—. ¡Lo hizo de nuevo! —gruñó Dereck—. ¡La princesa se me ha escapado!


Sakti se detuvo en la entrada. Su sola presencia llamó la atención de los hombres que trabajaban allí. Uno se le acercó para hablarle. Al ver que la muchacha no le entendía cambió de idioma.
—Lo siento, pero este lugar está prohibido al paso —dijo con acento fuerte en la «s»—. Si quieres entrar deberás esperar a la incursión que harán mañana. —Sakti lo miró a los ojos sin tregua. El hombre retrocedió sin desearlo.
—Llévame —ordenó la muchacha.
Sin saber si fue por miedo o respeto, el hombre la guio al interior de las ruinas.


"Los Hijos de Aesir: El Reino de las Arenas" © 2011-2017. Ángela Arias Molina

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