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Capítulo 3

3
SEKMET

La baranda de protección no era muy estable que digamos. Por recomendación del arqueólogo, Sakti no se recostó a ella, pero de todas formas se acomodó a una distancia poco prudente, tratándose de una zona de alto riesgo en la excavación. Alrededor, las paredes de las ruinas vibraron un poco para asombro del hombre que la guió. Como le costaba traducir, él explicó poco a poco que esa zona era la más dañada que habían encontrado y que no respondía a la magia aesiriana como las demás partes de las ruinas.
Pero en cuanto Sakti puso un pie en ellas, el suelo y las paredes reaccionaron con un leve ronroneo, como si fueran esfinges en lugar de una construcción inerte y antigua. Al principio le impresionó que la roca común reaccionara a sus poderes, pero pasó el dedo por una pared y se dio cuenta de que las ruinas no eran un montón de piedras sin gracia. Eran mármol, pero ya agrietado y arenoso.
Cuando las ruinas reaccionaron a su magia, el arqueólogo lanzó exclamaciones de dicha y asombro, y en su idioma murmuró que comunicaría la situación a sus compañeros. Sakti entendió la intención, pero no supo cómo pedirle que se quedara con ella para que le explicara algo más. Así que el hombre olvidó la prudencia que le pidió a Sakti, salió en carrera para llamar a sus camaradas y dejó a la princesa sola.
«Pero tal vez así es mejor», pensó la muchacha. Quizá el hombre no podría responder la pregunta que le rondaba la mente. La chica se alejó de las paredes y se olvidó del murmullo de las ruinas. Tampoco prestó atención a las escaleras y pisos superiores, que por estar prohibidos al público tenían un atractivo de aventuras. Tampoco apreció la gran altura del techo ni la enorme araña de cristal que, a pesar de quién sabe cuántos milenios, seguía colgada allí arriba.
Era el abismo que había más allá de la baranda de protección lo que llamaba a Sakti. Ella se acercó con cuidado a un punto donde podía admirarlo sin temor a que el suelo a sus pies se rompiera, o a que la baranda se doblara y la dejara caer. No supo cómo explicarlo, pero estaba... intimidada.
Había algo más allá de esa baranda, algo tan grandioso y terrible que la intimidaba. Cuando llegó al pueblo, sintió una extraña presencia que provenía de las ruinas, pero era muy leve, como el rastro de un perfume barato después de varios días desde la última aplicación. Era una esencia tan leve que parecía que en cualquier momento desaparecería, pero aún así estaba allí, como una sombra poderosa.
Sin embargo, no amenazaba.
Sakti no pudo entenderlo, pero sintió que había algo allá abajo, en las profundidades de las ruinas, que tenía muchísimo poder y que, aún así, no tenía intenciones de salir a la luz del sol. La princesa se preguntó qué habrían encontrado los arqueólogos y si lo sospecharían.
«No, no saben nada», se dijo. «Si lo supieran, si tan solo sintieran lo que yo siento, habrían abandonado el pueblo y bloqueado las ruinas para que lo que sea que está allá abajo nunca, jamás salga».
Los arqueólogos y los demás habitantes de Myula estarían aterrados si percibieran lo mismo que los sentidos de Sakti. La única razón por la que ella no estaba asustada era porque estaba confiada en que sus poderes la ayudarían a escapar de lo que estuviese en las ruinas. Pero, además, también estaba serena porque un encuentro así era poco probable.
Pero luego un pensamiento nada agradable se le coló en la mente. ¿Qué pasaría si eso también la percibía a ella? ¿Qué pasaría si sabía que en la superficie había una criatura como ella? Recordó el encuentro que tuvo con la dragona en mar, cuando esta le dijo que su pareja buscaría un enfrentamiento con ella por el simple placer de luchar. Así era como algunas bestias se entretenían. Sakti no sabía qué había en las ruinas, pero pensó que lo mejor era no volver a poner un pie allí, solo por si acaso.
Se preparó para dar media vuelta y regresar, pero entonces chocó contra alguien.
—Eh, ¿qué haces aquí? Dereck está como loco buscándote y fingiendo que todo está bien para que el príncipe no lo regañe —la reprendió Darius, aunque le parecía más un juego que un trabajo de verdad—. Qué mala eres con él, siempre te le escapas. —Sakti dejó escapar un suspiro—. ¿Te asusté?
—Me sorprendiste —respondió mientras caminaba hacia la salida. Pero luego, al percibir la luz del sol y el calor que hacía afuera, se lo pensó mejor—. Estaba buscando un lugar cómodo para dormir. Aquí está más fresco —dijo mientras cambiaba de curso y se dirigía a uno de los pasillos prohibidos.
—Sí, tienes razón. Aquí está fresco.
Darius la observó mientras la muchacha saltaba las cadenas que le prohibían el paso. Sakti tanteó con cuidado el suelo, buscando irregularidades o debilidades que pudieran representar un peligro. Cuando no encontró ninguna, se sentó con la espalda recostada a la pared y cerró los ojos, pero sintió la mirada de Darius sobre ella.
Otra vez observándola. De nuevo estudiándola.
Le frustraba que en los últimos meses su mejor amigo tuviese la misma actitud que el Emperador y los demás tenían hacia ella. En Masca, su tío y Sigfrid la vigilaban sin descanso, buscando acciones o expresiones que les hicieran pensar en el Primer Dragón. Y oh, claro, Sigfrid había visto muchísimas. De seguro que las reconocía cuando una decía algo y la otra hacía otra cosa, pero todavía dudaba un poco porque nunca escuchaba a Sakti hablando con el Dragón. Ese era un error que la muchacha no cometía, porque tenía muy marcada la terrible impresión que le causó ver a su padrino atacando a Adad, para borrarle la memoria justo después de escucharlo hablar con el Dragón. Que tanto Sigfrid como el Emperador buscaran pruebas sobre el contacto de ambas, ¡no se las darían! Los mortificarían, sí, pero no les darían nada definitivo como para que intentaran separarlas.
Ambas podían tolerar a Sigfrid y al Emperador, porque era lo que se esperaba de ellos, ¿pero a Darius? ¡De ninguna manera! Se suponía que eran amigos, que no había necesidad de mantener la guardia levantada porque confiaban en él. Era algo completamente inaceptable que Darius las mantuviese vigiladas, como si formara parte del séquito del Emperador.
—¿Se te ofrece algo? —soltó el Dragón con coraje, sin que ella o Sakti se pudieran controlar. No fue la intención de ninguna de las dos, pero lo hecho, hecho estaba.
Notaron que la expresión de Darius pasó de la naturalidad a la cautela, y de ahí a la tristeza. ¡Eso era mil veces peor! Ese tipo de mirada triste, compasiva, de lástima, las enfermaba. Darius las miró como si fueran un cachorrito con la pata rota o con alguna enfermedad fatal. Las miró como si quisiera cuidarlas a pesar de saber que se iban a morir. Sakti quiso levantarse, agarrar a Darius a pescozones y decirle que se detuviera, que dejara de evaluarla siempre. Pero no podía hacerlo, porque sería reconocer lo que fuera que él ya estaba descifrando.
—Si no tienes nada mejor que hacer aquí —siguió el Dragón, intentando modularse y a la vez dándole paso a la portadora para que se hiciera cargo de la situación—, mejor vete a la biblioteca. De seguro te dolió dejar ese montón de libros a causa de Dereck.
Darius asintió en silencio, todavía con esa expresión triste y enfermiza, e inició el camino hacia la salida. Pero justo antes de dejar la bóveda, se detuvo y miró a su amiga. Sakti respiró profundo y gruñó por lo bajo cuando notó una sombra de decisión en los ojos mestizos.
«No, Darius. Sigue tu camino. Sigue tu camino. No intentes hablar...».
—Allena...
«No, Darius...».
—Hay algo que quisiera hablar contigo...
La consciencia de la princesa retrocedió a un segundo plano e impulsó al Dragón al control total, con la esperanza de que Darius lo notara. Porque lo haría, ¿cierto? Si quería hablar de algo relacionado a ella, era porque había comenzado a notar las fisuras de su comportamiento. Si lo había notado, entonces también notaría que en ese momento la mirada salvaje y atenta no era de la portadora, sino del Dragón. Con suerte esto lo asustaría, como a todas las demás personas cuando el Dragón las miraba.
Observaron al profeta, la portadora en un segundo plano y el Dragón en el primero. La lengua de Darius se quedó pegada al paladar y no pudo decir palabra; sus ojos también denotaron sorpresa y temor. Pero después el semblante triste regresó a él, provocando una ola de disgusto en el Dragón. ¡Ella le ocasionaba esa mirada de lástima!
Darius cruzó las cadenas que prohibían el paso y caminó hacia Sakti, hasta acuclillarse frente a ella. En todo ese tiempo ambas mantuvieron el rostro inexpresivo, pero el cuerpo tenso. Si fueran peludas como los lobos, el pelaje se les habría erizado.
Darius guardó silencio y, cuando al fin se atrevió a hablar, su voz sonó más cálida y segura de lo que habían esperado.
—Tú, ¿quién eres? —Ninguna de las dos pudo responder de inmediato y ahí estuvo la falla. Aún así, el Dragón se animó a decir:
—¿Qué quieres decir? Soy Allena.
—No —la cortó él antes de que pudiera decir algo más—. Tú no eres Allena. —Hizo una pausa sin dejar de mirar los ojos salvajes y de furia contenida que querían asustarlo. Luego se rió de sí mismo y murmulló—: Hice mal la pregunta. Yo sé quién eres. O por lo menos, qué eres. Sí, eso es. Pero en realidad no sé nada de ti, aunque tú lo sabes todo de mí, ¿verdad? —La muchacha siguió callada e inexpresiva, pero él supo que tenía razón—. Es muy difícil para mí, me cuesta muchísimo pero... a veces... Sí, a veces noto la diferencia. Es pequeña, errática, sutil, pero ahí está. Ahora dije que no eres Allena pero... la verdad es que no estoy seguro. No sé quién es Allena y cuál no lo es. Y no sé si ambas son Allena. Yo... —Darius titubeó, pero al final levantó una mano y la llevó a la mejilla derecha de Sakti, para acariciarla—. ¿Podrías decirme tu nombre?
Sakti dejó caer la cabeza. Darius intentó levantarle el rostro, pero se dio cuenta de que ella hacía fuerza para permanecer en esa posición. Así, con la mirada baja y algunos mechones de cabello, escondía la cara. Darius la sintió temblar, pero no supo si de miedo o de ira. Conociéndola, sería de lo segundo, ¿pero de verdad la conocía? ¿Verdaderamente las conocía?
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó. La muchacha dio una respuesta susurrante que Darius no pudo apreciar, así que presionó más—. ¿Cuál eres tú? ¿Cuál es la portadora... y cuál es...?
—¡No lo sé! —gritaron ambas.
La cabeza se irguió tan rápido y de repente que Darius tuvo que echarse para atrás para evitar que le golpearan la barbilla, pero perdió el equilibrio. Por un momento pensó que se caía de espaldas por su propia inestabilidad, pero al instante siguiente se dio cuenta de que no era su culpa. Era Sakti. La muchacha se había erguido y lo había empujado con intención.
Cuando el profeta quiso preguntarle por qué lo había hecho, Sakti se lanzó sobre él con una pierna a cada lado de su cuerpo, inmovilizándolo. Luego, con el brazo derecho, presionó con fuerza uno de los hombros para evitar que se levantara, mientras que la garra izquierda le rodeó el cuello.
—Cállate, cállate, cállate. ¡Deja de observarnos! ¡Deja de estudiarnos! ¡No es de tu incumbencia!
Darius abrió la boca, pero no pudo soltar ni una palabra. La garra de Dragón comenzó a apretarle la garganta con fuerza, mucha fuerza, así que se le ocurrió que su mejor amiga, su chiquilla con voz de pajarillo, lo quería muerto. Mantuvo los ojos abiertos tanto como pudo, a pesar de que cada vez se hizo más difícil por la presión. Un segundo más y Sakti lo destrozaría. Le sería facilísimo con esa garra capaz de recibir hachazos y desmenuzar rocas.
El pánico se apoderó de él. ¿De verdad su Allena lo iba a matar? ¿No había nada que la convenciera o que la hiciera entrar en razón? Así, sin siquiera proponérselo, él levantó el brazo derecho, que tenía libre, para intentar detener a su amiga. A la vez gritó mentalmente su nombre, con todas sus fuerzas, con todo su cariño, con toda la energía necesaria para derribar las murallas que Sakti había erguido...
... Entonces lo vio.

«Papá y mamá pelean...», fue el primer pensamiento que le llegó tras ver las sombras difusas de un hombre y una mujer. Ambos discutían cerca de la fogata de la casucha. «No me aman ni me alzan como a los demás bebés...».
En esos pensamientos no había palabras, pero sí ideas claras. Las palabras eran algo que no manejaba ni entendía aún, pero los gestos y las intenciones en las voces, sí. Su joven e inocente mente los entendía a la perfección. Sabía lo que significaba la risa de las criaturas como ella: dicha. Sabía lo que significaban los brazos abiertos de los otros adultos y sus voces cuando hablaban a los bebés: amor. Sabía que dos adultos, una hembra y un macho, se reunían en la noche junto a un niño que era su cría: una familia. Sabía qué eran las caricias que las madres hacían a sus bebés con los labios: un beso. Y sabía que todo eso era lo normal.
Pero también sabía que ella nunca había recibido un «beso», «amor» o «dicha», porque su «familia» no daba ninguno de esos. En lugar de una caricia de labios, solía recibir un ardor en la piel. En lugar de las expresiones de amor que identificaba en los demás padres, los suyos gritaban. Y ella, en lugar de reír, chillaba. Lo que no entendía era por qué.
Entonces el siguiente pensamiento tomó forma.
«Papá me pega».
En ese momento, la sombra masculina se le acercó con rabia, a pesar de que la sombra femenina lo jalaba del brazo. Ella apretó los ojos justo antes de que el hombre la agarrara del pelo. ¿Por qué siempre la jalaba de allí? Recordó las lecturas que hizo al resto de la gente y encontró un patrón que podría ayudarle a revelar el misterio: todas las crías y adultos tenían el cabello semejante. Negro, castaño y algunos pelirrojos. No había nadie con un color distinto.
Salvo ella.
«Papá me pega porque mi pelo es gris», pensó, aunque el nombre del color no apareció en su mente. Solo su color, tan distinto al de los demás, tan ceniciento, tan enfermizo.
Se hizo un ovillo por instinto, porque sabía que así podría defenderse mejor de los golpes. Su mente le dio la siguiente instrucción, un sonido que servía para pedir que dejaran de lastimarla. Era el primero al que le había identificado su significado y que podía ejecutar.
¡No, no, no! —chilló—. ¡No, no, no!
Esa no era la primera vez que seguía esa instrucción, ni la primera en que resultaba en vano, pero igual se decepcionó. ¿Por qué no funcionaba? ¿Por qué todo ese dolor y maltrato no cesaban? Forzó a su mentecita a encontrar otra solución, pero no había más ideas. Ese era todo su arsenal para enfrentar los abusos.
En muy poco tiempo sintió el feo líquido rojo que tenía dentro de ella, solo que afuera, resbalando por la piel. No le gustaba porque cuando pensaba en las demás familias, no tenía recuerdos de ninguna cría empapada en rojo. Una vez vio a un bebé llorar porque de la punta del dedo le salió una gotita. Ella, ansiosa por ver qué sucedería, se impresionó cuando la madre llegó al lado del bebé y le dio una de esas caricias de labios, como si fuera un antídoto mágico que de inmediato sanó el dolor.
Ella también quería ese antídoto, ¡cuánto lo anhelaba!, pero su madre estaba en una esquina de la habitación sin hacer nada. Antes chillaba con ella, pero ahora ni eso. «Se cansó de gritar», pensó la bebé. De inmediato le sobrevino esa otra sensación que sentía sin descanso, pero a la que no podía entender ni con sus razonamientos.
Porque era lo contrario a todo lo que veía en las demás familias. En su mente tenía imágenes de niños grandes y pequeños jugando juntos; de adultos trabajando, charlando y riendo entre ellos; de abrazos, de besos, de sonrisas, ¡todo compartido! Pero eso que ella tenía, esa sensación que le sobrevenía con los golpes y la sangre, no la compartía con nadie más porque era la única a la que conocía en esa situación.
Entonces, como otra triste lucecita que se prendió en su entendimiento, comprendió qué era ese sentimiento. Era justamente todo lo contrario a lo que veía fuera de la choza, a todo lo que veía en la demás gente que estaba acompañada. Era soledad. Pero ¿por qué estaba sola? ¿Por qué no se sentía acompañada por sus padres? ¿Por qué no había alguien más junto a ella en esos momentos? ¿Por qué su padre la golpeaba en lugar de alzarla y llamarla por esa expresión cariñosa –¡princesita!– que hacía tan felices a las demás niñas? ¿Por qué su madre no se agachaba junto a ella para curarle las heridas con besos?
«Oh, basta...», pensó con tristeza. «Álzame, bésame, abrázame, quiéreme. Te lo suplico». Pero no podía convertir todos esos sentimientos en las palabras adecuadas y solo seguía pidiendo:
¡No, no, no!
¿Quizá se había equivocado? ¿Estaba, a caso, en la familia incorrecta? ¿Quizá debió nacer en la casa de al lado, donde la madre abrazaba protectoramente a su bebé cada vez que veía pasar al vecino que abusaba de su cría? ¿Pudo haber tomado esa decisión, la de nacer en otra parte? ¿O tal vez a ella la eligieron incorrectamente y por esos sus padres estaban tan molestos con ella? ¿Y por qué los otros no hacían nada al respecto? ¿Por qué los otros adultos no le decían al padre que eso que estaba haciendo estaba mal? Porque ellos lo sabían, ¡vaya que lo sabían! Siempre cambiaban de actitud cuando estaban cerca de ese hombre, pero no hacían nada por detenerlo. Actuaban como si ella no existiera, la evitaban, la ignoraban y la apartaban de los demás bebés. Ni siquiera dejaban que la vieran.
«Alguien más», pensó la bebé. «Quizá necesito a alguien más. Quiero a alguien más. O quizá...», se detuvo. En ese momento su soledad llegó a un nuevo fondo, a uno mucho más desgarrador y solitario que al experimentado hasta ahora. «O quizá debería ser alguien más...».
Los gritos de su madre reaparecieron. «¿Por qué grita mamá?», se preguntó. Pero tan pronto como pensó en esto, se percató de algo escalofriante. Papá ya no le pegaba y ella ya no estaba tirada en el suelo, hecha un puñito, sino de pie, erguida sobre las dos piernas flacuchas y llenas de costras que nadie, salvo ella, se preocupaba por revisar. Y papá, ¡oh, papá...! Papá estaba tirado en el suelo, con la espalda arqueada y una expresión de furia.
«¡Cómo los detesto!», pensó con odio. «¡Aborrezco tus ojos negros!». Y los ojos estallaron allí mismo. Reventaron como si fueran un par de huevos estrellados contra el suelo.
«¡Y tus gritos! ¡Tus gritos son espantosos!». Los chillidos de papá cesaron y en su lugar quedó un gemido seco. Una mano invisible abrió la boca del hombre y, sin piedad ni duda, jaló la lengua hasta arrancarla. La lengua cayó a un lado, moviéndose como si por sí misma intentara gritar de dolor. Luego ella miró los puños del krebin, que se agitaban de un lado para otro con los nudillos llenos de sangre inocente.
«¡Deja de lastimarme!», pensó para que los puños se detuvieran. La mano invisible que la ayudó antes dobló las muñecas del hombre y las enrolló una y otra vez, hasta que se zafaron de los brazos.
«Te odio, te odio, te odio, ¡TE ODIO!». Uno a uno, los miembros del cuerpo de papá reventaron o fueron mutilados, y mientras tanto ella dejó de decir la única palabra que conocía –¡no, no, no!– para reír. Por primera vez en su vida reía de satisfacción, de dicha, de alivio. Pero su risa no era como la de los demás niños, no era armoniosa ni tierna, sino macabra y profunda. Hasta a ella le daba miedo, tanto que lloraba.
«Pero mamá puede consolarme», pensó. Se dio cuenta de que ese pensamiento era inocente y lleno de esperanza, tan distinto a los que acababan de cruzar su mente. «Mami podría abrazarme, ¡alzarme, besarme, amarme!». Se giró a Tiamat, quien estaba en un rincón, horrorizada. Quiso decirle «Mami, ¡abrázame!», pero como carecía de palabras solo pudo recurrir a los gestos. Abrió los brazos, hizo la mueca que siempre quiso esbozar –la sonrisa– y se dirigió a pasos desequilibrados hacia el rincón. Pero en lugar del abrazo que tanto esperaba, recibió una bofetada que la lanzó sobre el cuerpo mutilado y ensangrentado frente a la fogata.
¡Monstruo! —chilló Tiamat.
La bebé no entendía todavía qué quería decir esa palabra, pero sabía que era algo malo porque, cada vez que su madre se la decía, dejaba de alimentarla. Y ella tenía hambre, su cuerpecito ya no iba a soportar otros días sin probar bocado. Por eso, sin más, su boca sucumbió a los instintos. Mordió, lamió y tragó. El cuerpo de su padre todavía estaba cálido.
Que le diera ahora en muerte la calidez y satisfacción que nunca le brindó en vida.
Tiamat empezó a lanzarle objetos mientras le gritaba una y otra vez que se detuviera, que no comiera el cuerpo de papá, pero ella no pudo ni quiso hacerlo. Tenía que comer. Además… había algo más, algo nuevo en su consciencia.
Los golpes y chillidos que recibió de mamá le dijeron que, aunque papá ya no estaba, los abusos continuarían. Las rutinas nocturnas de gritos y maltratos se mantendrían, y ella se sentiría sola de nuevo. Pero la misma parte que la animó a comer lo que nunca habría probado por su cuenta, le dijo ahora algo nuevo.
Esa parte de ella que acababa de nacer –o de despertar, porque siempre estuvo allí, en su interior– prendería muchas otras luces de su entendimiento. Ya le dio nombre al «odio», a la «venganza», al «resentimiento»... ¿Cuántos otros sentimientos podría identificar? No estaba muy segura, pero ambas partes –la que siempre fue y también la que era ahora– supieron que la «soledad» iba a tener un nuevo significado.
Porque ahora sería una soledad compartida.


Un gemido.
Fue lo primero que pudo emitir al despertar. Tragó aire tan rápido que las cuerdas vocales protestaron. Cuando se calmó un poco, Darius se aclaró la garganta y se pasó la lengua por los labios, porque tenía la boca seca. Respiró profundo para que el corazón se calmara, porque latía como si acabara de participar en una maratón. El mestizo se preguntó si tendría alguna reacción física a su visión –alguna llaga o un cardenal producto de los golpes–, pero en cuanto levantó una mano se dio cuenta de que no estaba herido. Solo temblaba.
Suspiró y se llevó la mano a la frente para secarse el sudor. Cuando se pasó los dedos por los ojos, notó que había llorado. ¡Pero claro que iba a hacerlo! ¡Qué recuerdo tan horrible! Las sensaciones se reprodujeron de nuevo en su interior, y dejó que las lágrimas fluyeran libres y sin vergüenza, porque esas no eran sus emociones.
Esos eran los sentimientos de una niñita de unos dos años, que fue abusada por unos padres ingratos que no correspondían ni alcanzaban a entender sus deseos de amor y perdón.
¡Pensar que Sakti había pasado por eso! Darius se estremeció de tristeza al recordar cómo esa mente tan ágil y avispada intentaba entender por qué le tocaba vivir en la miseria. Pero cuando recordó la parte de la visión en la que el padre fue castigado por una fuerza invisible, no sintió terror. Solo esa profunda tristeza y soledad que sintieron la portadora y su Dragón cuando hicieron el primer contacto para defenderse.
Darius estrechó a Sakti, que dormía sobre él en la posición en la que estuvo al atacarlo, y le acarició el cabello con dulzura. La amiga que él conocía era el resultado de muchas experiencias traumáticas como la que acababa de ver. La portadora original fue la niña que se sentía sola en aquella choza sucia, la que suplicó a alguien más para que la acompañara en su dolor. El Primer Dragón original fue la parte de su ser que despertó por ese deseo.
Él, en realidad, nunca conoció a ninguna de las dos «puras», pues la portadora y el Primer Dragón actuales eran las consecuencias de una niñez traumática y una crianza desastrosa.
Darius se preguntó si alguna de las dos recordaría ese primer contacto o si el tiempo había enterrado ese recuerdo. Porque si era lo último, Darius imaginó que Sakti no despertaría pronto. ¡Qué diantres!, si él recuperara una memoria como esa se quedaría en coma para no tener que enfrentarla. Vivir día a día con un pasado así no debía ser nada placentero.
A como pudo, se sentó en el pasillo y acomodó a Sakti en el regazo, preguntándose si debía despertarla o llevarla con Connor. Por una parte, le dio miedo despertarla estando él solo porque no se olvidó de que ella... o el Dragón... o ambas, ¿quién sabe?, intentó ahogarlo. Pero, por otro lado, no quiso dejarle a su hijo un paquete tan peligroso.
—¿Qué hago? —se preguntó en un susurro.
Su voz hizo que Sakti se sobresaltara y se llevara las manos a la cabeza, como si estuviera de nuevo en la choza, chillando «¡No, no, no!» para que los golpes y el dolor terminaran. Darius contuvo la respiración, sin saber qué hacer o decir, pero de repente Sakti giró el cuello y lo miró. El mestizo tragó saliva y se apartó un poco, porque las pupilas de su amiga estaban rasgadas de manera vertical. Supo con certeza que estaba frente a la parte menos razonable de la chica y que ella se le tiraría de nuevo encima para acabar con lo que empezó más temprano.
Sin embargo, Sakti se contuvo, hizo un esfuerzo muy grande y se levantó. Al instante se tambaleó y tuvo que apoyarse en la pared para no caer.
—¿Estás bien? —Darius se levantó y extendió una mano para ayudarla a mantener el equilibrio—. Quédate quieta, déjame...
… pero ella rechazó el gesto con un manotazo. Estaba enojada. Sin ni siquiera verlo, Sakti caminó por el pasillo apoyándose en la pared, porque las piernas no pudieron sostenerla por su cuenta.
—Allena, déjame ayudarte.
—Yo no soy Allena —siseó ella. Darius se detuvo de inmediato, helado como si estuviera desnudo en una tormenta del País de Hielo—. No —se corrigió después—, sí soy Allena. También respondo a ese nombre. —Un silencio incómodo amenazó con caer sobre los dos, pero el profeta preguntó:
—¿Eres el Dragón? —La muchacha lo observó.
—Tú dime.
Sus ojos habían cambiado de nuevo. Uno era profundo, violento, frío. El otro, solitario, apagado, triste. Los dos eran grises y ante la gente común pasarían por idénticos. Pero no para Darius.
—Eres las dos. La portadora y el Dragón. —Ella bufó, se dejó resbalar al suelo y bajó la mirada.
—A veces —confesó—. Hay otras en las que creo que soy la portadora. Otras en las que soy el Dragón. Las voces se confunden, los pensamientos se multiplican. Hay diferencias, conversaciones...
—¿Pero?
Ambas levantaron de nuevo el rostro. ¿Pero? ¿Por qué dejaron la frase inconclusa y con una entonación de angustia? La relación que tenían las satisfacía, era justo lo que querían. No estaban privadas la una de la otra, se hacían compañía, se respondían las preguntas que cada una tenía, actuaban, pensaban y decidían juntas y...
¡Ah!
Ahí estaba el detalle.
—Últimamente... —dijeron las dos a la vez—. Últimamente, los pensamientos, las acciones, las decisiones... ¡son las mismas! —Elevaron el timbre de la voz a una octava, presas del pánico—. ¡Ya casi no hay diferencias! ¡Ya casi no hay pensamientos distintos! Antes una tenía una pregunta y la otra pensaba por ella. Antes una tenía un chiste y la otra se reía de él. Antes a una la disgustaba la sangre y a otra le encantaba. Pero ahora las dos tenemos las mismas preguntas sin respuesta; las conversaciones ya son pocas, porque casi no hay nada que la una sepa sin que la otra también; y ahora las dos nos excitamos a la vez y nos disgustamos al mismo tiempo, por las mismas cosas.
Darius la observó con los ojos abiertos de par en par. A él le temblaron las rodillas, porque supo lo que eso significaba. Se agachó delante de Sakti y dejó que ella le tomara de las ropas para aferrarse a algo.
—Ahora nuestras voces hacen eco juntas, mezcladas. ¿Lo notas? ¡Ahora estamos hablando juntas! Antes nos turnábamos para el control del cuerpo, pero ahora una pasa al frente sin que ninguna de las dos lo note o controle, sin que parezca extraño. ¡Y ahora...! —La muchacha abrió la boca, pero no pudo respirar. Darius supo que debía decirle que se calmara, pero él tampoco pudo hablar—. Darius... ¿quién soy yo? ¿Soy el Dragón, soy la princesa, soy...? ¿Qué soy yo?
Ese era el quid de la cuestión.
—Tú... Ustedes... —comenzó el profeta, sin saber qué decir exactamente—. Ambas se están fundiendo en una sola.
Sakti cerró la boca y la ansiedad que había reflejado se esfumó en un santiamén, como si no le importara. Luego soltó al profeta y dejó caer las manos sobre el regazo.
—Oh —se limitó a decir.
—Oh —repitió Darius, sin estar muy seguro sobre qué reacción debía haber esperado en ella.
Por una parte era un alivio que la muchacha no estuviera llorando como loca, pero la serenidad que mostraba hasta el momento podría ser un síntoma de negación. Darius sabía que no se trataba de un tema que había que tomar a la ligera o ignorar. Es decir, la fusión de ambas era cosa seria. El alma del Dragón condenando a la extinción a la de la portadora. Y la portadora condenando a la muerte al Dragón. O a olvidarse o borrarse sus esencias originales.
Darius recordó la visión que tuvo en el barco, con Sakti transformada. En ese momento vio a una versión infantil de su amiga, pero muy lejos de ser la niñita dulce, inocente y deseosa de afecto que fue Sakti en su infancia. No entendió muy bien el significado de la visión –¿por qué una infanta diminuta tan cruel y perversa?–, pero Darius temió que ese fuera el resultado de la fusión completa de las almas: un demonio con forma aesiriana.
Y loca. Muy, muy loca. Si en ese momento consideraba que Sakti tenía un tornillo flojo, ¿qué pensaría de ella si se fundía por completo? Iba a estar peor que una cabra. Recordó cómo reaccionó la niñita de la visión ante el fuego. Aulló eufórica, bailó y sonrió, se lanzó a las llamas carcajeándose del gusto. Y eso después de haber estado a punto de matar a Darius con un cuchillo.
Pero el profeta también recordó el resto de su visión, en donde estaban las dos Saktis, la portadora y el Dragón, suplicándole que las salvara, que no permitiera que se convirtieran en una criatura similar a esa niñita desalmada.
—Quieres... Ummm... ¿quieren que lo detenga? —preguntó el profeta con timidez, ahora inseguro de cómo dirigirse a su amiga... o amigas, en plural—. ¿Quieren que detenga la unión?
—¿Tú? —preguntaron las dos, con una ceja incrédula levantada—. ¿Tú, que eres un llorón?
—Ja, ja —rezongó él, ofendido y sin muchos ánimos. Pero entonces sintió un puñetazo en el estómago y por un momento el mundo se le nubló. Cuando Sakti retiró la garra izquierda del abdomen del profeta, Darius se inclinó y tosió para recuperar el aire—. ¿Por qué demonios hiciste eso? ¡Rayos, DUELE!
—Te lo merecías —dijo ella en un susurro, evadiendo la mirada furiosa del joven—. Nos has estado evaluando, espiando. Como tío Kardan hace. Se supone que eres nuestro amigo, que tú no haces ese tipo de cosas. Tú no nos juzgas. Por eso es que confiamos en ti.
Darius permaneció inclinado para recuperarse, pero miró a la muchacha de perfil. Ya no temblaba y parecía repuesta, tanto al recuerdo de su infancia como a la noticia de su fusión. Parecía la misma de siempre, tan serena, indiferente y ajena a las emociones fuertes como solía aparentar. Pero Darius supo que ese día iba a quedar muy marcado en su memoria y que dependía de él que se convirtiera en un momento bueno o uno malo.
—Perdón, no lo vuelvo a hacer —prometió.
—Sí queremos —dijo ella de inmediato.
—¿Que lo vuelva a hacer? ¿Para que me golpeen otra vez? —Pero cuando la muchacha volvió a mirarlo, él supo que ninguna de las dos se refería a eso. Ambas hablaban de algo mucho más importante y profundo—. De acuerdo —accedió tras entender el significado de esa mirada. A pesar del dolor se levantó y dijo—: Lo intentaré, Allena. Prometo a ambas que haré todo lo que pueda para detener la fusión.

****

—¡Ay, Alteza! —exclamó Dereck en cuanto la vio llegar. Se lanzó a ella y la abrazó, pero casi de inmediato se separó y la miró enojado—. ¿A dónde se fue? ¿Por qué siempre, siempre, SIEMPRE se me escapa?
—Ah, entonces sí la habías perdido de vista —dijo una voz detrás de él. Era el príncipe Merkaid.
Dereck se estremeció y se volteó sin saber qué decir, aunque supo que no tenía ninguna excusa porque sí, había perdido de vista a Sakti. Siempre le sucedía, pero por más que le suplicaba a su protegida que lo tomara en cuenta para esas aventuras solitarias, ella siempre lo dejaba atrás. El soldado suspiró deprimido, imaginándose el problemón que tendría ahora con Merkaid. Pero el príncipe se rió por la reacción de Dereck e invitó a Sakti y a Darius a pasar, pues hacía un poco de frío a esas horas.
Para cuando los dos salieron de las ruinas, ya era de noche. Los poderes de Darius hicieron que profeta y princesa estuvieran atrapados en el recuerdo gran parte del día. Y la conversación que tuvieron después sobre la fusión entre la portadora y el Dragón les tomó otro tanto.
En realidad, Darius no tenía idea alguna de cómo detener algo que dio inicio cuando la portadora tenía escasos dos años de vida, y necesitaba estar al tanto de todo lo que ambas pudieran decirle sobre esa extraña relación que mantenían. Quizá para esas alturas ya no había nada que hacer; quizá la fusión completa era inevitable. Pero, por otra parte, ¿por qué habría tenido la visión de las dos Saktis pidiéndole que las salvara si no había nada que hacer?
«Es como la visión de mi muerte», pensó el profeta cuando se encaminaron hacia el poblado. «Parece que no hay muchas posibilidades de salvarme, pero yo sé que Allena me ayudará en ese momento. Por eso sé que yo también la voy a ayudar. Yo también las voy a proteger». Ese pensamiento le hizo darse cuenta del tremendo cariño que sentía por ambas. Siempre había pensado que solo tenía una amiga, pero en realidad tenía dos en una sola. Eran dos mentes, dos corazones y dos almas en un solo cuerpo, que desde siempre estaban dispuestas a ayudarlo. A sus ojos, ambas eran su Allena. No importaba si las trataba por singular o plural, porque a las dos las quería por igual. Las dos conformaban la amiga a la que siempre conoció.
Todavía estaban un poco recelosas de que él participara en el secreto que mantuvieron por tanto tiempo. Sabían que podían confiar en él; siempre lo habían hecho. Pero... pero aceptar que él supiera algo tan íntimo de ellas como la conexión de sus almas era otro nivel. Porque si Darius sabía eso, entonces ya no quedaba nada que él no supiera de las dos. Estaban seguras de que era la primera vez en la historia desde que el mundo fue creado, que alguien conocía la esencia e identidad íntima de otra persona con semejante profundidad. Sospechaban que eso dejaría marcas, no solo en ellas sino también en la posteridad.
—¿En dónde estuviste, Allena? —le preguntó con cariño su tío.
Tras salir de las ruinas, Sakti y Darius fueron a la biblioteca a buscar a Dereck y a los chicos, pero todos ya se habían ido. El único que estaba allí era el bibliotecario, un señor muy enfadado por el desorden que cierto profeta había dejado en cinco estantes de libros. «Pudo haber sido peor si Dereck no me hubiera pedido ayudarlo a buscar a Allena», pensó el muchacho. Pero a pesar del enfado, el bibliotecario les dijo que todos estaban en la villa del príncipe.
Así fue como Sakti y Darius fueron a parar a una casa muy elegante y grande, la mejor de todo el pueblo. Las paredes no tenían grieta alguna y, a diferencia del resto de edificios en Myula, estaban limpias, libres de arena. De las ventanas colgaban bonitas cortinas que ondeaban con la brisa nocturna, lo que hacía que la luz en todas las habitaciones creara un gran espectáculo de luces y sombras. No estaba nada mal, era justo el alojamiento que se esperaba para una princesa.
—Estaba en las ruinas —contestó la muchacha—. Quería dormir en un lugar fresco y ese fue el mejor sitio que encontré. —Luego miró a su Guardián—. Lamento haber roto nuestro trato. Te prometí que volvería pronto, pero me quedé dormida más de lo normal. Disculpa.
Dereck le dirigió una mirada maravillada, de gratitud y añoranza. Con la mentira, su protegida lo estaba salvando de un regaño y, además, estaba tomando toda la culpa.
—¿En las ruinas, dices? ¿Te gustaron?
—Sí —respondió Sakti—, aunque este lugar se ve mucho más apropiado para dormir.
Habían pasado el recibidor y ahora estaban en un salón espacioso, en cuyo centro había un gran hueco forrado en telas. Era una especie de mueble circular construido en el suelo que, en el desierto, hacía de sofá. Allí también había varios cojines suavecitos y Sakti imaginó que, además de ser un buen lugar para charlar, lo sería también para dormir.
—Qué bueno que te gusta. Supuse que tendrías los mismos estándares de calidad de tu madre. Le gustaba todo lo cómodo y atractivo. Era toda una princesa mascalina, desde el cabello hasta la punta de los pies.
A Sakti le pareció graciosa esa descripción de su madre, porque era justo como ella la imaginaba: mimada, acostumbrada al lujo y a la comodidad. A ella también le gustaban los lugares cómodos pero creía que, a diferencia de su madre, era menos quisquillosa a la hora de dormir a la intemperie, con lluvia, nieve o tormenta.
—Ven, te llevaré a tu habitación.
Merkaid guió a Sakti a través de unos pasillos adornados con cuadros que retrataban a criaturas de la mitología del desierto, además de unas piedras incrustadas que parecían joyas, pero que brillaban. No era la primera vez que Sakti veía ese tipo de piedras. En Masca también había en Palacio, la mansión Tonare y en otros edificios muy importantes. Era tecnología antigua, de lo poco que todavía se sabía cómo construir para dar luz durante las noches. Aunque en realidad solo se les podía encontrar en construcciones muy significativas, porque en casas, hostales o comercios comunes, las personas se iluminaban con candelas.
Mientras se encaminaban a la habitación de Sakti, dieron con los cuartos en donde estaban hospedados los otros miembros del equipo. Dagda y Airgetlam compartían alcoba; Connor y Kel compartían otra. También encontraron el cuarto de Darius, sobre cuya cama había como diez torres de libros. Sakti imaginó que esa era la venganza del bibliotecario, para que ahora Darius tuviera que acomodarlos. Pero también supo que el bibliotecario cometió un error, porque al mestizo le bastaría con empujar los libros y dejarlos en el suelo para sentirse como en casa.
—Este será tu cuarto.
Merkaid abrió una puerta de madera blanca y le dejó ver una habitación grande, con un par de armarios altos, una biblioteca repleta, un escritorio y un tocador. También había una cama matrimonial que tenía pilares altos adornados con telas rojas, que caían en cascada y se movían por la brisa que se colaba por la ventana. Nefer estaba al lado de la cama, acomodando un almohadón en la cabecera.
—Espero que te guste, creo que dormirás muy bien aquí —dijo el príncipe, satisfecho por el trabajo en la alcoba.
—¿Ella va a dormir aquí? —preguntó Nefer. Sakti se había olvidado por completo de su prima y en cuanto la vio esperó no tener que contar con ella en alguna habitación aledaña.
—Claro —respondió Merkaid—, ¿dónde creíste que lo haría?
—No sé —contestó de mal humor la chiquilla—, pero no imaginé que le cedería su habitación, señor.
—¿Este es tu cuarto? —preguntó Sakti, viendo a su tío.
—Lo era, pero ya no. Es tuyo.
Sakti abrió la boca para negarse, pues no se olvidaba de que, aunque eran parientes, ella y su tío eran príncipes de un mismo Imperio, pero de países diferentes. Ante todo, debía mantener claros los límites porque esa no era una reunión familiar. Era una reunión política. Pero cuando iba a hablar, Merkaid le tapó la boca y dijo:
—Myula fue descubierta por tu padre. Él encontró las ruinas y fundó el pueblo alrededor de ellas. Al principio pensó que sería un buen lugar para expediciones arqueológicas, pero pronto se dio cuenta de que Myula también sería una buena guardería. Todo lo que ves a tu alrededor, lo hizo tu padre. —Merkaid retiró la mano y se inclinó sobre Sakti—. Esta era su casa, esta era su habitación. Cuando murió, me la dejó a mí. Pero ahora que estás aquí, sé que le gustaría que estuvieras en el mismo cuarto que él compartió con tu madre. Aquí encontrarás cosas de ambos. Así que si me permites decirlo, creo que esta habitación y toda esta casa son más tuyos y de Adad que míos, sin importar lo que diga un testamento.
Merkaid se irguió y cruzó los brazos sobre el pecho, esperando una respuesta de parte de Sakti.
—Gracias —dijo la muchacha.
—No hay de qué. Por allá —dijo señalando una puerta al fondo— está el cuarto de baño, en caso de que te quieras lavar. Dereck me ha dicho que eres aficionada a los baños, así que mientras sea posible puedes bañarte. Lo que sea con tal de que estés cómoda aquí. Mientras llegan tus doncellas para ayudarte con lo que necesites, puedes inspeccionar la habitación todo lo que gustes.
«¿Doncellas?», pensó Sakti, horrorizada. A su tío se le estaba yendo la mano.
—No es necesario —se apresuró a decir—. La verdad es que estoy muy cansada. Prefiero ir a dormir y no necesito ni doncellas ni dama de compañía para hacerlo.
Detrás de ella, Nefer chascó la lengua pero Sakti fingió no haberla escuchado. Pero por la mirada que Merkaid dirigió por encima de ella, supo que el príncipe de las Arenas tendría una charla muy fea con la chiquilla.
—De acuerdo, entonces te dejo. Si quieres comer algo, no dudes en avisar, ¿de acuerdo? —Y se fue junto a su hija, cerrando la puerta. Sakti esperó a que las pisadas desaparecieran y luego dijo:
—¿Terminaste los informes? ¿Se los entregaste?
—Sí —asintió Dereck, que seguía con ella—. Como usted lo ordenó, Alteza. —Sakti se dirigió a la cama y se sentó en ella, sintiendo lo suavecita que era.
—¿Cómo reaccionó?
—¡Lloró, Alteza! —exclamó el soldado, arrodillándose frente a ella para darle el informe—. Creo que fue una crueldad incluir cómo... usted y yo... nos conocimos.
Dereck bajó la voz, recordando cómo encontró por primera vez a Sakti, cuando era una krebin que respondía al nombre de «Sekmet». Al soldado le había causado una fuerte impresión ver cómo esa gente trataba con crueldad a una niñita solo porque era diferente a ellos. Recordaba la sangre, los gemidos y la buena voluntad de su protegida, y también el ambiente opresivo en el que vivía. Pero lo que más le pesaba era no haberla reconocido como su princesa; estaba tan cegado en su misión que ni siquiera notó quién era ella. Por su culpa, a Sakti le tocó vivir otras experiencias similares hasta los catorce años. Era algo que siempre le pesaría, porque fue esa la primera prueba de que el enlace entre ellos era insuficiente. No tenía la potencia que sí existía entre Kael y Adad, o entre Sigfrid e Istar.
Ese primer encuentro era la prueba de su falla como Guardián y de su incapacidad para evitar que la niñita amable que lo cuidó se convirtiera en la princesa fría a la que ahora servía.
—Quiere hacerlos sentir culpables, ¿verdad? —preguntó mientras desataba las botas de Sakti—. Quiere que sus tíos se sientan culpables por no haber estado con usted cuando era pequeña.
—Así como lo dices, me haces sonar como una ingrata resentida, Dereck —lo reprendió ella—. Te equivocas si crees que quiero que me compadezcan. Pero sí quiero usar la culpa como arma de último recurso. Lo que no pueda lograr por la vía política, lo conseguiré por medio de la culpa y el arrepentimiento. ¿Qué sucedió con los informes de los gemelos?
—Agregué lo que me pidió. Su tío estaba tan conmovido con el reporte sobre usted que para cuando llegó al de los gemelos casi que los consideraba otros sobrinos más. Darles el papel de soporte emocional a ellos, a Darius, a Connor y a Zoe le dio otra perspectiva respecto a la situación en Masca. Tal y como usted lo previó.
—Excelente. Hiciste un buen trabajo, muchas gracias.
Dereck asintió en silencio después de levantarse y empezó a desatar la trenza de Sakti, pero para ese entonces su mente ya estaba en otra parte, recordando el momento en el que entregó los reportes a Merkaid.
En ese instante se había sentido muy incómodo cuando el príncipe reposó el rostro sobre las manos, para que Dereck y Soel no le vieran las lágrimas. Dereck se sintió culpable por haberle contado todo de forma directa, sin suavizarle la información. La crianza de Sakti entre los krebins, su esclavitud en Lahore, su primer encuentro con Sigurd, su primera estadía en Masca, el viaje que realizó por un único humano, su segundo encuentro con el come-almas –en el que perdió el brazo–, la muerte de la única persona que la hacía verdaderamente feliz y su posterior dramático cambio de conducta tras la muerte de Mark.
—¿Y qué piensa Kardan de todo esto? —preguntó Merkaid, con la mano sobre la frente y la mirada baja, releyendo con pesar el informe.
Dereck le contó cómo el Emperador, tras leer el reporte sobre Sakti cuando la princesa llegó por primera vez a Masca, se sintió triste y devastado por su sobrina. Esa no era ninguna mentira, porque el Emperador la amaba. De verdad la amaba.
La consintió tal y como lo hizo con la princesa Istar: secundó a Adad cuando se trataba de vestirla con las mejores prendas; se preocupó por educarla él mismo en varias asignaturas; dedicaba todas las tardes a sus sobrinos, siempre dándole a ella un lugar preferencial en las conversaciones; una o dos veces al mes le dedicaba todo el día, asistiéndola en lo que ella quisiera. Incluso fue él quien la enseñó a bailar para su fiesta de presentación a sociedad y en más de una ocasión la dejó que se quedara dormida, sentada en su regazo. Fue un tío ejemplar y cariñoso; tanto que entre los dos se pudo percibir una corriente de amor.
En Masca, Sakti encontró la familia por la que tanto suplicó cuando cargaba con el nombre de una devoradora de cadáveres.
Pero luego todo cambió, porque cuando Sakti regresó por segunda vez a Masca, traía consigo a un humano. Al Emperador eso nunca le gustó. Dereck jamás se atrevió a decirlo, ni siquiera a Merkaid, pero sabía que la relación entre el Emperador y Sakti estuvo destinada al fracaso desde que Kardan miró a Mark por primera vez. Lo detestó a primera vista, no solo porque era humano sino porque hacía sonreír a Sakti como él nunca lo consiguió: realmente. La sonrisa que Sakti le dedicaba a su amo era muy distinta a todas las que dio a su tío.
Kardan estuvo celoso de Mark e hizo todo lo que estuvo en su poder por ridiculizarlo y apartarlo. Eso fue lo que inició la separación de su sobrina, que culminó en resentimiento cuando el Emperador mató al mensajero. Poco importaron entonces las primeras tardes, los juegos y las risas compartidas, los bailes o los vestidos.
Sakti jamás lo perdonó.
Nunca pudo.
—Pero —dijo Dereck cuando llegó a ese punto del relato—, yo sé que la princesa desea salvar a su tío. Porque cuando Masca fue atacada, el Emperador necesitó de ella y del heredero para iniciar la sincronización completa. En ese momento, la princesa estuvo unida a Su Majestad como nunca en la vida. Entendió muchas de sus acciones, pensamientos y sentimientos. Pudo percibirlos. —Todo eso se lo había dicho Sakti con la intención de que se lo comunicara a Merkaid—. Y también pudo sentir el dolor de su tío a causa de la sincronización. Desea que acabe. Desea librarlo de esa carga. Y yo sé... Yo sé que también desea tener la oportunidad de verlo de nuevo. Para perdonarlo.
Eso último en realidad no lo sabía y Sakti no se lo había dicho. Dereck no estaba más que haciendo conjeturas pero, cuando vio que Merkaid sonrió triste y enternecido, supo que no estaba mal desear algo así. Ahora que recordaba la conversación y en especial ese pensamiento de buena voluntad hacia una reconciliación entre Sakti y el Emperador, Dereck hizo otras conjeturas sobre lo que la estadía en las Arenas le depararía a Sakti.
Ahora, de noche y con las luces apagadas, sentado en la cama al lado de su protegida que dormía tranquila, solo pudo desear que al final todo saliera bien en el desierto y en Masca. Porque quizá, con suerte, algún día Sakti volvería a tener el temperamento dulce de Sekmet, como cuando Mark estaba vivo en Masca.
Entonces, quizá él podría actuar como un Guardián decente si la ayudaba con esa misión, si la asistía a desterrar los fantasmas que causaban las pesadillas por las que él la velaba en ese momento.

"Los Hijos de Aesir: El Reino de las Arenas" © 2011-2014. Ángela Arias Molina

1 comentario :

  1. hola me gusto mucho tu blog, su diseño especialmente. con relacion a tus escritos es muy bueno, ya me pondre al dia con la historia.

    saludos y te felicito por tu blog.
    te invito al mio.

    bye :)

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Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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