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Capítulo 3

3
SEKMET


La baranda de protección no era nada estable. Por recomendación del arqueólogo, Sakti no se recostó a ella. Igual se acomodó a una distancia poco prudente, tratándose de una zona de alto riesgo en la excavación. Alrededor, las paredes vibraron para asombro del guía. Como le costaba traducir, él explicó poco a poco que esa zona era la más dañada que habían encontrado y que no respondía a la magia aesiriana como las demás partes de las ruinas.
En cuanto Sakti puso un pie en ellas, el suelo y las paredes reaccionaron con un leve ronroneo como si fueran esfinges en lugar de construcciones antiguas. A Sakti le impresionó que la roca común reaccionara a sus poderes. Pero cuando pasó el dedo por la pared se dio cuenta de que las ruinas no eran un montón de piedras sin gracia. Eran mármol, aunque ya agrietado y arenoso.
Después de que las ruinas reaccionaran con la magia de la princesa, el arqueólogo lanzó exclamaciones de dicha y asombro. En la lengua del desierto, le dijo a Sakti que comunicaría la situación a sus compañeros. La princesa entendió la intención pero no supo cómo pedirle que se quedara para que le explicara algo más. El hombre olvidó la prudencia que le pidió a Sakti, salió en carrera para llamar a sus camaradas y dejó a la princesa sola.
«Tal vez así es mejor», pensó ella. Quizá el hombre no podría responder la pregunta que le rondaba la mente. La muchacha se alejó de las paredes y se olvidó del murmullo de las ruinas. Ignoró las escaleras y pisos superiores, que por estar prohibidos al público tenían un atractivo de aventuras. Tampoco apreció la altura del techo ni la enorme araña de cristal que seguía colgada allá arriba a pesar de quién sabe cuántos milenios.
Lo que atraía a Sakti era el abismo que había más allá de la baranda de protección. Se acercó con cuidado a un punto donde podía admirarlo sin temor a que el suelo se rompiera, o a que la baranda se doblara y la dejara caer. No supo explicar por qué pero estaba... intimidada.
Había algo más allá de esa baranda, algo tan grandioso y terrible que la intimidaba. Cuando llegó al pueblo sintió una extraña presencia que provenía de las ruinas. Pero era muy leve, como el rastro de un perfume barato después de varios días desde la última aplicación. Era una esencia tan leve que parecía que en cualquier momento desaparecería. Aun así estaba allí, como una sombra poderosa.
Sin embargo, no amenazaba. Fuera lo que fuese, no tenía intenciones de salir del abismo.
Sakti se preguntó qué habrían encontrado los arqueólogos en Myula y si lo sospecharían.
«No, no saben nada», se dijo. «Si lo supieran, si tan solo sintieran lo que yo siento, habrían abandonado el pueblo y bloqueado las ruinas para que lo que sea que está allá abajo nunca, jamás salga».
Los arqueólogos y los demás habitantes de Myula estarían aterrados si percibieran lo mismo que los sentidos de Sakti. La única razón por la que ella no estaba asustada era porque estaba confiada en que sus poderes la ayudarían a escapar de lo que estuviese en las ruinas. También estaba serena porque un encuentro así era poco probable.
Un pensamiento desagradable se le coló en la mente. ¿Qué pasaría si eso también la percibía a ella? ¿Qué pasaría si sabía que en la superficie había una criatura como ella? Recordó el encuentro que tuvo con la dragona en mar, cuando esta le dijo que su pareja buscaría un enfrentamiento con ella por el simple placer de luchar. Así era como algunas bestias se entretenían. Sakti no sabía qué había en las ruinas, pero pensó que lo mejor era no volver a poner un pie allí solo por si acaso.
Dio media vuelta para regresar y chocó contra alguien.
—Eh, ¿qué haces aquí? Dereck está como loco buscándote y fingiendo que todo está bien para que el príncipe no lo regañe —la reprendió Darius, aunque le parecía más un juego que un trabajo de verdad—. Qué mala eres con él. Siempre te le escapas. —Sakti dejó escapar un suspiro—. ¿Te asusté?
—Me sorprendiste —respondió mientras caminaba hacia la salida. Se lo pensó mejor cuando percibió la luz del sol y el calor que hacía afuera—. Buscaba un lugar cómodo para dormir. Aquí está más fresco —dijo mientras cambiaba de curso y se dirigía a uno de los pasillos prohibidos.
—Sí, tienes razón. Aquí está fresco.
Darius la observó mientras la muchacha saltaba las cadenas que prohibían el paso. Sakti tanteó con cuidado el suelo, buscando irregularidades o debilidades que pudieran representar un peligro. Cuando no encontró ninguna, se sentó con la espalda recostada a la pared y cerró los ojos. Sintió la mirada de Darius sobre ella.
Otra vez observándola. De nuevo estudiándola.
Le frustraba que en los últimos meses su mejor amigo tuviese la misma actitud que el Emperador y los demás tenían hacia ella. En Masca, su tío y Sigfrid la vigilaban sin descanso, buscando acciones o expresiones que les hicieran pensar en el Primer Dragón. Y oh, claro, Sigfrid había visto muchísimas. De seguro que las reconocía cuando una decía algo y la otra hacía otra cosa, pero todavía dudaba un poco porque nunca escuchaba a Sakti hablando con el Dragón. Ese era un error que la muchacha no cometía. Tenía muy marcada la terrible impresión que le causó ver a su padrino atacando a Adad para borrarle la memoria justo después de escucharlo hablar con el Dragón. Soportaba que tanto Sigfrid como el Emperador buscaran pruebas sobre el contacto de ambas. ¡No se las darían! Los mortificarían, sí, pero no les darían nada definitivo como para que intentaran separarlas.
Podían tolerar a Sigfrid y al Emperador porque era lo que se esperaba de ellos, ¿pero a Darius? ¡De ninguna manera! Se suponía que eran amigos, que no había necesidad de mantener la guardia levantada porque confiaban en él. Era algo completamente inaceptable que Darius las mantuviese vigiladas como si formara parte del séquito del Emperador.
—¿Se te ofrece algo? —soltó el Dragón con coraje sin que ella o Sakti se pudieran controlar. No fue la intención de ninguna de las dos, pero lo hecho, hecho estaba.
Notaron que la expresión de Darius pasó de la naturalidad a la cautela, y de ahí a la tristeza. ¡Eso era mil veces peor! Ese tipo de mirada triste, compasiva, de lástima, las enfermaba. Darius las miró como si fueran un cachorrito con la pata rota. Las miró como si quisiera cuidarlas a pesar de saber que se iban a morir. Sakti quiso agarrar a Darius a pescozones y decirle que se detuviera, que dejara de evaluarla siempre. Pero no podía hacerlo porque sería reconocer lo que fuera que él ya estaba descifrando.
—Si no tienes nada mejor que hacer aquí —siguió el Dragón, intentando modularse y a la vez dándole paso a la portadora para que se hiciera cargo de la situación—, mejor vete a la biblioteca. De seguro te dolió dejar ese montón de libros a causa de Dereck.
Darius asintió en silencio, todavía con esa expresión triste y enfermiza. Inició el camino hacia la salida. Justo antes de dejar la bóveda, se detuvo y miró a su amiga. Sakti respiró profundo y gruñó por lo bajo cuando notó una sombra de decisión en los ojos mestizos.
«No, Darius. Sigue tu camino. Sigue tu camino. No intentes hablar...».
—Allena...
«No, Darius...».
—Hay algo que quisiera hablar contigo...
La consciencia de la princesa retrocedió a un segundo plano e impulsó al Dragón al control total, con la esperanza de que Darius lo notara. Porque lo haría, ¿cierto? Si quería hablar de algo relacionado a ella era porque había comenzado a notar las fisuras de su comportamiento. Si lo había notado entonces también notaría que en ese momento la mirada salvaje y atenta no era de la portadora, sino del Dragón. Con suerte esto lo asustaría, como a todas las demás personas cuando el Dragón las miraba.
Observaron al profeta, la portadora en un segundo plano y el Dragón en el primero. La lengua de Darius se quedó pegada al paladar y no pudo decir palabra; sus ojos también denotaron sorpresa y temor. Después el semblante triste regresó a él, provocando una ola de disgusto en el Dragón. ¡Ella le ocasionaba esa mirada de lástima!
Darius cruzó las cadenas que prohibían el paso y caminó hasta acuclillarse frente a Sakti. En todo ese tiempo ambas mantuvieron el rostro inexpresivo y el cuerpo tenso. Si fueran peludas como los lobos el pelaje se les habría erizado.
Darius guardó silencio. Cuando al fin se atrevió a hablar su voz sonó más cálida y segura de lo que habían esperado.
—Tú, ¿quién eres? —Ninguna de las dos pudo responder de inmediato y ahí estuvo la falla. Aun así el Dragón se animó a decir:
—¿Qué quieres decir? Soy Allena.
—No —la cortó él antes de que pudiera decir algo más—. Tú no eres Allena. —Hizo una pausa sin dejar de mirar los ojos salvajes y de furia contenida que querían asustarlo. Luego se rio de sí mismo y murmulló—: Hice mal la pregunta. Yo sé quién eres. O por lo menos qué eres. Sí, eso es. Pero en realidad no sé nada de ti, aunque tú lo sabes todo de mí, ¿verdad? —La muchacha siguió callada e inexpresiva, pero él supo que tenía razón—. Es muy difícil para mí, me cuesta muchísimo pero... a veces... Sí, a veces noto la diferencia. Es pequeña, errática, sutil, pero ahí está. Ahora dije que no eres Allena pero... la verdad es que no estoy seguro. No sé quién es Allena y cuál no lo es. Y no sé si ambas son Allena. Yo... —Darius titubeó. Levantó una mano y la llevó a la mejilla derecha de Sakti para acariciarla—. ¿Podrías decirme tu nombre?
Sakti dejó caer la cabeza. Darius intentó levantarle el rostro, pero ella hizo fuerza para permanecer en esa posición. Así, con la mirada baja y algunos mechones de cabello, escondía la cara. Darius la sintió temblar, pero no supo si de miedo o de ira. Conociéndola sería de lo segundo, ¿pero de verdad la conocía? ¿Verdaderamente las conocía?
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó. La muchacha dio una respuesta susurrante que Darius no pudo apreciar. La presionó más—. ¿Cuál eres tú? ¿Cuál es la portadora... y cuál es...?
—¡No lo sé! —gritaron ambas.
La cabeza se irguió tan rápido y de repente que Darius tuvo que echarse para atrás para evitar que le golpearan la barbilla. Perdió el equilibrio. Por un momento pensó que se caía de espaldas por su propia inestabilidad, pero al instante siguiente se dio cuenta de que no era culpa suya. Era Sakti. La muchacha se había erguido y lo había empujado con intención.
Antes de que pudiera preguntarle por qué lo había hecho, Sakti se lanzó sobre él con una pierna a cada lado del cuerpo, inmovilizándolo. Con el brazo derecho le presionó un hombro para evitar que se levantara, mientras que la garra izquierda le rodeó el cuello.
—Cállate, cállate, cállate. ¡Deja de observarnos! ¡Deja de estudiarnos! ¡No es de tu incumbencia!
Darius abrió la boca pero no pudo soltar ni una palabra. La garra de Dragón comenzó a apretarle la garganta con fuerza, mucha fuerza. Se le ocurrió que su mejor amiga, su chiquilla con voz de pajarillo, lo quería muerto. Mantuvo los ojos abiertos tanto como pudo, a pesar de que cada vez se hizo más difícil por la presión. Un segundo más y Sakti lo destrozaría. Le sería facilísimo con esa garra capaz de recibir hachazos y desmenuzar rocas.
El pánico se apoderó de él. ¿De verdad su Allena lo iba a matar? ¿No había nada que la hiciera entrar en razón? Levantó el brazo para detenerla. A la vez gritó mentalmente su nombre con todas sus fuerzas, con todo su cariño, con toda la energía necesaria para derribar las murallas que Sakti había erguido. Lo siguiente que escuchó fue…

«Papá y mamá pelean...» fue el primer pensamiento que le llegó tras ver las sombras difusas de un hombre y una mujer. Ambos discutían cerca de la fogata de la casucha. «No me aman ni me alzan como a los demás bebés...».
En los pensamientos no había palabras pero sí ideas claras. Las palabras eran algo que no manejaba ni entendía aún, pero sí los gestos y las intenciones en las voces. Su joven e inocente mente los entendía a la perfección. Sabía lo que significaba la risa de las criaturas como ella: dicha. Sabía lo que significaban los brazos abiertos de los otros adultos y sus voces cuando hablaban a los bebés: amor. Sabía que dos adultos, una hembra y un macho, se reunían en la noche junto a un niño que era su cría: una familia. Sabía qué eran las caricias que las madres hacían a sus bebés con los labios: un beso. Y sabía que todo eso era lo normal.
También sabía que ella nunca había recibido un «beso», «amor» o «dicha», porque su «familia» no daba ninguno de esos. En lugar de una caricia de labios, solía recibir un ardor en la piel. En lugar de las expresiones de amor que identificaba en los demás padres, los suyos gritaban. Y ella, en lugar de reír, chillaba. Lo que no entendía era por qué.
El siguiente pensamiento tomó forma.
«Papá me pega».
La sombra masculina se le acercó con rabia, a pesar de que la sombra femenina lo jalaba del brazo. Ella apretó los ojos justo antes de que el hombre la agarrara del pelo. ¿Por qué siempre la jalaba de allí? Recordó las lecturas que hizo al resto de la gente y encontró un patrón que podría ayudarle a revelar el misterio: todas las crías y adultos tenían el cabello semejante. Negro, castaño y algunos pelirrojos. No había nadie con un color distinto.
Salvo ella.
«Papá me pega porque mi pelo es gris», pensó, aunque el nombre del color no apareció en su mente. Solo su color, tan distinto al de los demás, tan ceniciento, tan enfermizo.
Se hizo un ovillo por instinto, porque sabía que así podría defenderse mejor de los golpes. Su mente le dio la siguiente instrucción, un sonido que servía para pedir que dejaran de lastimarla. Era el primero al que le había identificado el significado y que podía ejecutar.
¡No, no, no! —chilló—. ¡No, no, no!
No era la primera vez que seguía esa instrucción ni la primera en que resultaba en vano, pero igual se decepcionó. ¿Por qué no funcionaba? ¿Por qué todo ese dolor y maltrato no cesaban? Forzó a su mentecita a encontrar otra solución pero no había más ideas. Ese era todo su arsenal para enfrentar los abusos.
En muy poco tiempo sintió el feo líquido rojo que tenía dentro de ella, solo que afuera, resbalando por la piel. No le gustaba porque cuando pensaba en las demás familias no tenía recuerdos de ninguna cría empapada en rojo. Una vez vio a un bebé llorar porque de la punta del dedo le salió una gotita. Ella, ansiosa por ver qué sucedería, se impresionó cuando la madre llegó al lado del bebé y le dio una de esas caricias de labios como si fuera un antídoto mágico que de inmediato sanó el dolor.
Ella también quería ese antídoto, ¡cuánto lo anhelaba!, pero su madre estaba en una esquina de la habitación sin hacer nada. Antes chillaba con ella pero ahora ni eso. «Se cansó de gritar», pensó la bebé. Le sobrevino esa otra sensación que sentía sin descanso, pero a la que no podía entender ni con sus razonamientos.
Porque era lo contrario a todo lo que veía en las demás familias. En su mente tenía imágenes de niños grandes y pequeños jugando juntos; de adultos trabajando, charlando y riendo entre ellos; de abrazos, de besos, de sonrisas, ¡todo compartido! Pero eso que ella tenía, esa sensación que le sobrevenía con los golpes y la sangre, no la compartía con nadie más porque era la única a la que conocía en esa situación.
Entonces, como otra triste lucecita que se prendió en su entendimiento, comprendió qué era ese sentimiento. Era justamente todo lo contrario a lo que veía fuera de la choza, a todo lo que veía en la demás gente que estaba acompañada. Era soledad. Pero ¿por qué estaba sola? ¿Por qué no se sentía acompañada por sus padres? ¿Por qué no había alguien más junto a ella en esos momentos? ¿Por qué su padre la golpeaba en lugar de alzarla y llamarla por esa expresión cariñosa –¡princesita!– que hacía tan felices a las demás niñas? ¿Por qué su madre no se agachaba junto a ella para curarle las heridas con besos?
«Oh, basta...», pensó con tristeza. «Álzame, bésame, abrázame, quiéreme. Te lo suplico». Pero no podía convertir todos esos sentimientos en las palabras adecuadas y solo seguía pidiendo:
¡No, no, no!
¿Quizá se había equivocado? ¿Estaba, a caso, en la familia incorrecta? ¿Quizá debió nacer en la casa de al lado, donde la madre abrazaba protectoramente a su bebé cada vez que veía pasar al vecino que abusaba de su cría? ¿Pudo haber tomado esa decisión, la de nacer en otra parte? ¿O tal vez a ella la eligieron incorrectamente y por esos sus padres estaban tan molestos con ella? ¿Y por qué los otros no hacían nada al respecto? ¿Por qué los otros adultos no le decían al padre que eso que estaba haciendo estaba mal? Porque ellos lo sabían, ¡vaya que lo sabían! Siempre cambiaban de actitud cuando estaban cerca de ese hombre, pero no hacían nada por detenerlo. Actuaban como si ella no existiera, la evitaban, la ignoraban y la apartaban de los demás bebés. Ni siquiera dejaban que la vieran.
«Alguien más», pensó. «Quizá necesito a alguien más. Quiero a alguien más. O quizá...», se detuvo. Su soledad llegó a un nuevo fondo, a uno mucho más desgarrador y solitario que al experimentado hasta ahora. «O quizá debería ser alguien más...».
Los gritos de su madre reaparecieron. «¿Por qué grita mamá?», se preguntó. Tan pronto como pensó en esto se percató de que papá ya no le pegaba. Ella ya no estaba tirada en el suelo, hecha un puñito, sino de pie, erguida sobre las dos piernas flacuchas y llenas de costras que nadie, salvo ella, se preocupaba por revisar. Y papá, ¡oh, papá...! Papá estaba tirado en el suelo, con la espalda arqueada y una expresión de furia.
«¡Cómo los detesto!», pensó con odio. «¡Aborrezco tus ojos negros!». Y los ojos estallaron allí mismo. Reventaron como si fueran un par de huevos estrellados contra el suelo.
«¡Y tus gritos! ¡Tus gritos son espantosos!». Los chillidos de papá cesaron y en su lugar quedó un gemido seco. Una mano invisible abrió la boca del hombre y, sin piedad ni duda, jaló la lengua hasta arrancarla. La lengua cayó a un lado, moviéndose como si por sí misma intentara gritar de dolor. Miró los puños del krebin, que se agitaban de un lado para otro con los nudillos llenos de sangre inocente.
«¡Deja de lastimarme!», pensó para que los puños se detuvieran. La mano invisible que la ayudó antes dobló las muñecas del hombre y las enrolló una y otra vez, hasta que se zafaron de los brazos.
«Te odio, te odio, te odio, ¡TE ODIO!». Uno a uno, los miembros del cuerpo de papá reventaron como uvas. Puf. Ella dejó de decir la única palabra que conocía –¡no, no, no!– para reír. Por primera vez en su vida reía de satisfacción, de dicha, de alivio. Su risa no era como la de los demás niños, no era armoniosa ni tierna, sino macabra y profunda. Hasta a ella le daba miedo, tanto que lloraba.
«Pero mamá puede consolarme», pensó. Ese pensamiento fue inocente y lleno de esperanza, tan distinto a los que acababan de cruzarle la mente. «Mami podría abrazarme, ¡alzarme, besarme, amarme!». Se giró a Tiamat, quien horrorizada estaba en un rincón. Quiso decirle «Mami, ¡abrázame!», pero como carecía de palabras solo pudo recurrir a los gestos. Abrió los brazos, hizo la mueca que siempre quiso esbozar –la sonrisa– y se dirigió al rincón con pasos desequilibrados. En lugar del abrazo que tanto esperaba, recibió una bofetada que la lanzó sobre el cuerpo mutilado y ensangrentado frente a la fogata.
¡Monstruo! —chilló Tiamat.
La bebé no entendía todavía qué quería decir esa palabra, pero sabía que era algo malo porque su madre dejaba de alimentarla cada vez que se la decía. Y ella tenía hambre, su cuerpecito ya no iba a soportar otros días sin probar bocado. Por eso, sin más, sucumbió al instinto. Mordió, lamió y tragó. El cuerpo de su padre todavía estaba cálido.
Que le diera ahora en muerte la calidez y satisfacción que nunca le brindó en vida.
Tiamat empezó a lanzarle objetos mientras le gritaba una y otra vez que se detuviera, que no comiera el cuerpo de papá, pero ella no pudo ni quiso hacerlo. Tenía que comer. Además… había algo más, algo nuevo en su consciencia.
Los golpes y chillidos que recibió de mamá le dijeron que aunque papá ya no estaba, los abusos continuarían. Las rutinas nocturnas de gritos y maltratos se mantendrían, y ella se sentiría sola de nuevo. Pero la misma parte que la animó a comer lo que nunca habría probado por su cuenta le dijo ahora algo más.
Esa parte de ella que acababa de nacer –o de despertar, porque siempre estuvo allí, en su interior– prendería muchas otras luces de su entendimiento. Ya le dio nombre al «odio», a la «venganza», al «resentimiento»... ¿Cuántos otros sentimientos podría identificar? No estaba muy segura, pero ambas partes –la que siempre fue y también la que era ahora– supieron que la «soledad» iba a tener un nuevo significado.
Porque ahora sería una soledad compartida.


… un gemido.
Fue lo primero que pudo emitir al despertar. Tragó aire tan rápido que las cuerdas vocales protestaron. Darius se aclaró la garganta y se pasó la lengua por los labios porque tenía la boca seca. Respiró profundo para que el corazón se calmara. Le latía como si acabara de participar en una maratón. Se preguntó si tendría alguna reacción física a la visión, como alguna llaga o un cardenal producto de los golpes. En cuanto levantó la mano se dio cuenta de que no estaba herido. Solo temblaba.
Suspiró y se llevó la mano a la frente para secarse el sudor. Cuando se pasó los dedos por los ojos notó que había llorado. ¡Pero claro que iba a hacerlo! ¡Qué recuerdo tan horrible! Las sensaciones se reprodujeron de nuevo en su interior, y dejó que las lágrimas fluyeran libres y sin vergüenza. Esas no eran sus emociones.
Esos eran los sentimientos de una niñita de unos dos o tres años, abusada por padres ingratos que no correspondían ni alcanzaban a entender sus deseos de amor y perdón.
¡Pensar que Sakti pasó por eso! Darius se estremeció de tristeza al recordar cómo esa mente tan ágil y avispada intentaba entender por qué le tocaba vivir en la miseria. No sintió terror al recordar que el padre fue castigado por una fuerza invisible. Solo percibía la profunda tristeza y soledad que sintieron la portadora y el Dragón cuando hicieron el primer contacto para defenderse.
Estrechó a Sakti, que dormía sobre él todavía con las manos alrededor del cuello del profeta, aunque ahora fláccidas. Darius le acarició el cabello. La amiga que él conocía era resultado de muchas experiencias traumáticas como la de aquella noche de sangre y dolor. La portadora original fue la niña que se sentía sola en aquella choza sucia, la que suplicó compañía en la soledad. El Primer Dragón original fue la parte que despertó por ese deseo.
Él, en realidad, nunca conoció a ninguna de las dos «puras». La portadora y el Primer Dragón actuales eran las consecuencias de una niñez traumática y una crianza desastrosa.
Se preguntó si alguna de las dos recordaría ese primer contacto o si el tiempo enterró el recuerdo. Si era lo último, Darius imaginó que Sakti dormiría un buen tiempo. ¡Qué diantres!, si él recuperara una memoria como esa se quedaría en coma para no tener que enfrentarla. Vivir día a día con un pasado así no debía ser nada placentero.
A como pudo se sentó en el pasillo y acomodó a Sakti en el regazo, preguntándose si debía despertarla o llevarla con Connor. Por una parte le dio miedo despertarla estando él solo porque no se olvidó de que ella... o el Dragón... o ambas, ¿quién sabe?, intentó ahogarlo. Pero por otro lado no quiso dejarle a su hijo un paquete tan peligroso.
—¿Qué hago? —se preguntó en un susurro.
Sakti se sobresaltó con el sonido de su voz. Se encogió en brazos de Darius y se llevó las manos a la cabeza. Era la misma posición en la que se escudó mientras chillaba «¡No, no, no!» para que los golpes y el dolor terminaran. Darius contuvo la respiración, sin saber qué hacer o decir. De repente, Sakti giró el cuello y lo miró a través de los mechones de cabello que le caían delante de la cara. El mestizo tragó saliva y se apartó. Las pupilas de su amiga estaban rasgadas de manera vertical. Supo con certeza que estaba frente a la parte menos razonable de Sakti.
Creyó que la princesa lo asfixiaría de nuevo pero la muchacha se contuvo. Con un gran esfuerzo, Sakti se levantó. Al instante se tambaleó y se apoyó en la pared para no caer.
—¿Estás bien? —Darius se levantó y extendió una mano para ayudarla a mantener el equilibrio—. Quédate quieta, déjame...
Ella lo rechazó con un manotazo. Estaba enojada. Sin ni siquiera verlo, Sakti caminó por el pasillo apoyándose en la pared. Las piernas le temblaban bajo su propio peso.
—Allena, déjame ayudarte.
—Yo no soy Allena —siseó ella. Darius se detuvo. Estaba helado como si estuviese desnudo en una tormenta del País de Hielo—. No —se corrigió después—, sí soy Allena. También respondo a ese nombre. —Un silencio incómodo amenazó con caer sobre ambos. El profeta lo cortó con una pregunta:
—¿Eres el Dragón? —La muchacha lo observó.
—Tú dime.
Sus ojos habían cambiado de nuevo. Uno era profundo, violento, frío. El otro, solitario, apagado, triste. Los dos eran grises y ante la gente común pasarían por idénticos. Darius no era alguien común.
—Eres las dos. La portadora y el Dragón.
Sakti bufó. Se dejó resbalar al suelo y bajó la mirada.
—A veces —confesó—. Hay otras en las que creo que soy la portadora. Otras en las que soy el Dragón. Las voces se confunden, los pensamientos se multiplican. Hay diferencias, conversaciones...
—¿Pero?
Ambas levantaron el rostro de nuevo. ¿Pero? ¿Por qué dejaron la frase inconclusa y con una entonación de angustia? La relación que tenían las satisfacía, era justo lo que querían. No estaban privadas la una de la otra, se hacían compañía, se respondían las preguntas que cada una tenía, actuaban, pensaban y decidían juntas y...
¡Ah!
Ahí estaba el detalle.
—Últimamente... —dijeron a la vez—. Últimamente, los pensamientos, las acciones, las decisiones... ¡son las mismas! —Elevaron el timbre de la voz a una octava, presas del pánico—. ¡Ya casi no hay diferencias! ¡Ya casi no hay pensamientos distintos! Antes una tenía una pregunta y la otra pensaba por ella. Antes una tenía un chiste y la otra se reía de él. Antes a una la disgustaba la sangre y a otra le encantaba. Pero ahora las dos tenemos las mismas preguntas sin respuesta; las conversaciones ya son pocas, porque casi no hay nada que la una sepa sin que la otra también; y ahora las dos nos excitamos a la vez y nos disgustamos al mismo tiempo y por las mismas cosas.
Darius la observó con los ojos de par en par. Aunque lo escondió lo mejor que pudo, las rodillas le temblaron. Sabía qué significaba lo que Sakti le decía. Se agachó delante de ella sin saber aún qué hacer o decir. La princesa lo agarró de la ropa, pero ya sin rastro de la violencia con que atacó antes. Ahora lo sostenía en busca de sostén, de apoyo, de seguridad.
—Ahora nuestras voces hacen eco mezcladas. ¿Lo notas? ¡Ahora hablamos juntas! Antes nos turnábamos para el control del cuerpo, pero ahora una pasa al frente sin que ninguna de las dos lo note o controle, sin que parezca extraño. ¡Y ahora...! —Sakti abrió la boca, sin soltar palabra y sin respirar. Darius supo que debía pedirle calma pero él tampoco pudo hablar—. Darius... ¿quién soy yo? ¿Soy el Dragón, soy la princesa, soy...? ¿Qué soy yo?
Ese era el quid de la cuestión.
—Tú... Ustedes... —comenzó el profeta, sin saber qué decir exactamente—. Se están fundiendo en una sola.
Sakti cerró la boca. La ansiedad que había reflejado se esfumó en un santiamén. Soltó al profeta y dejó caer las manos sobre el regazo.
—Oh —se limitó a decir.
—Oh —repitió Darius, sin estar muy seguro sobre qué reacción debía haber esperado en ella.
Por una parte era un alivio que Sakti no llorara como loca, pero la serenidad que mostraba podría ser síntoma de negación. Darius sabía que no se trataba de un tema que había que tomar a la ligera o ignorar. La fusión era algo serio. El alma del Dragón condenando a la extinción a la de la portadora. Y la portadora condenando a la muerte al Dragón.
Darius recordó la visión que tuvo en el barco, con Sakti transformada. Vio a una versión infantil de su amiga, pero muy lejos de ser la niñita dulce, inocente y deseosa de afecto que fue Sakti en su infancia. No entendió el significado de la visión –¿por qué una infanta diminuta tan cruel y perversa?–, aunque temió que ese fuera el resultado de la fusión completa de las almas: un demonio con forma aesiriana.
Y loca. Muy, muy loca. Si ahora consideraba que Sakti tenía un tornillo flojo, ¿qué pensaría de ella si se fundía por completo? Iba a estar peor que una cabra. Sería idéntica a la niñita de la visión. A la princesa que aulló eufórica al ver el fuego. A la pequeña que bailó con una sonrisa de oreja a oreja antes de lanzarse a las llamas carcajeándose del gusto.
¿Y qué había de las otras dos Saktis de la visión? La portadora y el Dragón, suplicándole que las salvara, que no permitiera que se convirtieran en una criatura similar a esa niñita desalmada.
—Quieres... Ummm... ¿quieren que lo detenga? —preguntó con timidez. Ya no sabía cómo dirigirse a su amiga... o amigas, en plural—. ¿Quieren que detenga la unión?
—¿Tú? —preguntaron las dos con una ceja levantada—. ¿Tú, que eres un llorón?
—Ja, ja —rezongó él, ofendido y sin muchos ánimos. Entonces sintió un puñetazo de piedra en el estómago. Sakti lo había golpeado con la garra izquierda. El mundo de Darius se nubló por un momento. La princesa retiró la garra. El mestizo se inclinó y tosió para recuperar el aire—. ¿Por qué demonios hiciste eso? ¡Rayos, DUELE!
—Te lo merecías —dijo ella en un susurro a la vez que evadía la mirada de Darius—. Nos has estado evaluando, espiando. Como tío Kardan hace. Se supone que eres nuestro amigo, que tú no haces ese tipo de cosas. Tú no nos juzgas. Por eso confiamos en ti.
Darius guardó silencio y se quedó inclinado para recuperarse del golpe. Miró a la princesa de perfil. Sakti ya se había repuesto por completo de la visión y la noticia de la fusión. Parecía la misma de siempre, tan serena e indiferente como solía aparentar. ¿Pero en verdad estaba tranquila? Darius lo dudaba. Supo que ese día quedaría marcado en la princesa. Dependía de él que se convirtiera en un momento bueno o uno malo.
—Perdón, no lo vuelvo a hacer —prometió.
—Sí queremos —dijo ella de inmediato.
—¿Que lo vuelva a hacer? ¿Para que me golpeen otra vez?
Con una nueva mirada, Darius comprendió que ninguna de las dos –la portadora ni el Dragón– se refería a golpearlo. Hablaban de algo mucho más importante y profundo. Le pedían un favor enorme como quien le pide a Dios que detenga la muerte.
—De acuerdo —accedió tras entender el significado de esa mirada—. Lo intentaré, Allena. Prometo a ambas que haré todo lo que pueda para detener la fusión.

****

—¡Ay, Alteza! —exclamó Dereck en cuanto la vio llegar. Se lanzó a ella y la abrazó, aunque casi de inmediato se separó y la miró enojado—. ¿A dónde se fue? ¿Por qué siempre, siempre, SIEMPRE se me escapa?
—Ah, entonces sí la perdiste de vista —dijo el príncipe Merkaid detrás de él.
Dereck se estremeció y se volteó sin saber qué decir. No tenía ninguna excusa porque sí, perdió de vista a Sakti. Siempre le sucedía. Por más que le suplicaba a su protegida que lo tomara en cuenta para esas aventuras solitarias, ella siempre lo dejaba atrás. El soldado suspiró deprimido, imaginándose el problemón que tendría ahora con Merkaid. El príncipe se rio por la reacción de Dereck e invitó a Sakti y a Darius a pasar. El desierto era frío a esa hora.
Ya era de noche para cuando los dos salieron de las ruinas. Los poderes de Darius los habían sumergido en el recuerdo gran parte del día. Y la conversación que tuvieron después sobre la fusión entre la portadora y el Dragón les tomó otro tanto.
Darius no tenía idea de cómo detener algo que inició cuando la portadora era tan pequeña que ni sabía hablar. Además, necesitaba estar al tanto de todo lo que ambas pudieran decirle sobre la relación que mantenían. Quizá para esas alturas ya no había nada que hacer; quizá la fusión completa era inevitable. Por otra parte, ¿por qué habría tenido la visión de las dos Saktis pidiéndole que las salvara si no había nada que hacer?
«Es como la visión de mi muerte», pensó cuando se encaminaron al poblado. «Parece que no hay posibilidades de salvarme, pero yo sé que Allena me ayudará. Por eso sé que yo también la voy a ayudar. Yo también las voy a proteger». Se dio cuenta del tremendo cariño que sentía por ambas. Siempre había pensado que solo tenía una amiga pero en realidad tenía dos en una sola. Eran dos mentes, dos corazones y dos almas en un solo cuerpo. Y desde el inicio las dos estuvieron dispuestas a ayudarlo. A sus ojos, ambas eran su Allena. No importaba si las trataba por singular o plural, porque a las dos las quería por igual. Las dos conformaban la amiga a la que siempre conoció.
Todavía estaban un poco recelosas de que él participara en el secreto que mantuvieron por tanto tiempo. Sabían que podían confiar en él; siempre lo habían hecho. Pero... pero aceptar que él supiera algo tan íntimo de ellas como la conexión de sus almas era otro nivel. Porque si Darius sabía eso, entonces ya no quedaba nada que él no supiera de las dos.
—¿En dónde estuviste, Allena? —le preguntó Merkaid con cariño.
Tras salir de las ruinas, Sakti y Darius fueron a la biblioteca a buscar a Dereck y a los chicos. Ya todos se habían ido. El único que estaba allí era el bibliotecario, un señor muy enfadado por el desorden que cierto mestizo había dejado en cinco estantes de libros. «Pudo haber sido peor si Dereck no me hubiera pedido ayudarlo a buscar a Allena», pensó el muchacho. El bibliotecario les dijo que todos estaban en la villa del príncipe.
Así fue como Sakti y Darius fueron a parar a una casa muy elegante y grande, la mejor de todo el pueblo. Las paredes no tenían grieta alguna. A diferencia de los demás de edificios en Myula, estaban limpias, libres de arena. De las ventanas colgaban bonitas cortinas que ondeaban con la brisa nocturna, lo que hacía que la luz en todas las habitaciones creara un gran espectáculo de luces y sombras. No estaba nada mal. Era justo el alojamiento que se esperaba para una princesa.
—Estaba en las ruinas —contestó la muchacha—. Quería dormir en un lugar fresco y ese fue el mejor sitio que encontré. —Luego miró al Guardián—. Lamento haber roto nuestro trato. Te prometí que volvería pronto pero me quedé dormida más de lo normal. Disculpa.
Dereck le dirigió una mirada maravillada de gratitud. Con la mentira, su protegida lo salvaba de un regaño. Además, tomaba toda la culpa.
—¿En las ruinas, dices? ¿Te gustaron?
—Sí —respondió Sakti—, aunque este lugar se ve mucho más apropiado para dormir.
Habían pasado el recibidor y ahora estaban en un salón espacioso, en cuyo centro había un hoyo amplio forrado en telas. Era un mueble circular construido en el suelo, que hacía de sofá en el desierto. Allí también había varios cojines suavecitos. Sakti imaginó que, además de ser un buen lugar para charlar, lo sería también para dormir.
—Qué bueno que te gusta. Supuse que tendrías los mismos estándares de calidad de tu madre. Le gustaba todo lo cómodo y atractivo. Era toda una princesa mascalina, desde el cabello hasta la punta de los pies.
A Sakti le pareció graciosa esa descripción de su madre, porque era justo como la imaginaba: mimada, acostumbrada al lujo y a la comodidad. A ella también le gustaban los lugares cómodos. Pero creía que era menos quisquillosa que su madre a la hora de dormir a la intemperie, con lluvia, nieve o tormenta.
—Ven, te llevaré a tu habitación.
Merkaid la guio a través de pasillos adornados con cuadros que retrataban a criaturas de la mitología del desierto. Los pasillos también tenían piedras incrustadas que parecían joyas y brillaban. Sakti ya había visto ese tipo de piedras. En Palacio de Masca también había, así como en la mansión Tonare y otros edificios muy importantes. Era tecnología antigua, de lo poco que todavía se sabía cómo construir para dar luz durante las noches. Aunque esas piedras solo se les encontraban en construcciones muy significativas, mientras que las personas se iluminaban con candelas en casas, hostales o comercios comunes.
Pasaron por los cuartos donde estaban hospedados los otros miembros del equipo. Dagda y Airgetlam compartían alcoba; Connor y Kel compartían otra. También encontraron el cuarto de Darius, sobre cuya cama había como diez torres de libros. Sakti imaginó que esa era la venganza del bibliotecario, para que ahora Darius tuviera que acomodarlos. Lástima que el bibliotecario cometió un error, porque al mestizo le bastaría con empujar los libros y dejarlos en el suelo para sentirse en casa.
—Este será tu cuarto.
Merkaid abrió una puerta de madera blanca. La habitación era grande, mucho más de lo necesario. Tenía un par de armarios altos, una biblioteca repleta, un escritorio y un tocador. También había una cama matrimonial que tenía pilares altos adornados con telas rojas, que caían en cascada y se movían por la brisa que se colaba por la ventana. Nefer estaba al lado de la cama, acomodando un almohadón en la cabecera.
—Espero que te guste. Creo que dormirás muy bien aquí —dijo el príncipe, satisfecho por el trabajo en la alcoba.
—¿Ella va a dormir aquí? —preguntó Nefer. Sakti se había olvidado por completo de su prima. En cuanto la vio esperó no tener que contar con ella en alguna habitación aledaña.
—Claro —respondió Merkaid—, ¿dónde creíste que lo haría?
—No sé —contestó de mal humor la chiquilla—, pero no imaginé que le cedería su habitación, señor.
—¿Este es tu cuarto? —preguntó Sakti a Merkaid.
—Lo era pero ya no. Es tuyo.
Sakti abrió la boca para negarse. Aunque eran parientes, ella y su tío eran príncipes de un mismo Imperio pero de diferentes países. Ante todo, debía mantener claros los límites: esa no era una reunión familiar. Era una reunión política. Merkaid le tapó la boca antes de que dijera nada y le dijo:
—Myula fue descubierta por tu padre. Él encontró las ruinas y fundó el pueblo alrededor de ellas. Al principio pensó que sería un buen lugar para expediciones arqueológicas, pero pronto se dio cuenta de que Myula también sería una buena guardería. Todo lo que ves alrededor lo hizo tu padre. —Merkaid retiró la mano y se inclinó sobre Sakti—. Esta era su casa, esta era su habitación. Cuando murió me la dejó a mí. Pero ahora que estás aquí sé que le gustaría que estuvieras en el mismo cuarto que compartió con tu madre. Aquí encontrarás cosas de ambos. Así que si me permites decirlo, creo que esta habitación y toda esta casa son más tuyos y de Adad que míos, sin importar lo que diga un testamento.
Merkaid cruzó los brazos sobre el pecho, esperando una respuesta de parte de Sakti.
—Gracias —dijo la muchacha.
—No hay de qué. Por allá —dijo señalando una puerta al fondo— está el cuarto de baño, en caso de que te quieras lavar. Dereck me ha dicho que eres aficionada a los baños, así que mientras sea posible puedes bañarte. Lo que sea con tal de que estés cómoda aquí. Mientras llegan tus doncellas para ayudarte con lo que necesites, puedes inspeccionar la habitación todo lo que gustes.
«¿Doncellas?», pensó Sakti, horrorizada. A su tío se le estaba yendo la mano.
—No es necesario —se apresuró a decir—. La verdad es que estoy muy cansada. Prefiero ir a dormir y no necesito ni doncellas ni dama de compañía para hacerlo.
Nefer chascó la lengua detrás de Sakti pero la princesa fingió no haberla escuchado. Por la mirada que Merkaid dirigió por encima de ella, supo que el príncipe de las Arenas tendría una charla muy fea con la chiquilla.
—De acuerdo, entonces te dejo. Si quieres comer algo no dudes en avisar, ¿de acuerdo? —Se fue junto a su hija, cerrando la puerta. Sakti esperó a que las pisadas desaparecieran y luego dijo:
—¿Terminaste los informes? ¿Se los entregaste?
—Sí —asintió Dereck, que seguía con ella—. Como usted lo ordenó, Alteza. —Sakti se sentó en la cama, sintiendo lo suavecita que era.
—¿Cómo reaccionó?
—¡Lloró, Alteza! —exclamó el soldado mientras se arrodillaba al frente—. Creo que fue una crueldad incluir cómo... usted y yo... nos conocimos.
Dereck bajó la voz al recordar que cuando encontró a Sakti por primera vez ella era una krebin llamada Sekmet. Al soldado le causó una fuerte impresión ver cómo esa gente trataba con crueldad a una niñita solo porque era diferente a ellos. Recordaba la sangre, los gemidos y la buena voluntad de su protegida, y también el ambiente opresivo en el que vivía.
Lo que más le pesaba era no haberla reconocido como su princesa; estaba tan cegado en su misión que ni siquiera notó quién era ella. Por su culpa, a Sakti le tocó vivir otras experiencias similares hasta los catorce años. Era algo que siempre le pesaría, pues esa fue la primera prueba de que el enlace entre ellos era insuficiente. No tenía la potencia que sí existía entre Kael y Adad, o entre Sigfrid e Istar.
Ese primer encuentro era la prueba de su falla como Guardián y de su incapacidad para evitar que la niñita amable que lo cuidó se convirtiera en la princesa fría a la que ahora servía.
—Quiere hacerlos sentir culpables, ¿verdad? —preguntó mientras desataba las botas de Sakti—. Quiere que sus tíos se sientan culpables por no haber estado con usted cuando era pequeña.
—Así como lo dices me haces sonar como una ingrata resentida, Dereck —lo reprendió ella—. Te equivocas si crees que quiero que me compadezcan. Pero sí quiero usar la culpa como arma de último recurso. Lo que no pueda lograr por la vía política, lo conseguiré por medio de la culpa y el arrepentimiento. ¿Qué sucedió con los informes de los gemelos?
—Agregué lo que me pidió. Su tío estaba tan conmovido con el reporte sobre usted que para cuando llegó al de los gemelos casi que los consideraba otros sobrinos más. Darles el papel de soporte emocional a ellos, a Darius, a Connor y a Zoe le dio otra perspectiva respecto a la situación en Masca. Tal y como usted lo previó.
—Excelente. Hiciste un buen trabajo, muchas gracias.
Dereck asintió en silencio y se levantó. Empezó a desatar la trenza de Sakti, pero para ese entonces su mente ya estaba en otra parte, recordando cuando entregó los reportes a Merkaid.
Estuvo muy incómodo cuando el príncipe reposó el rostro sobre las manos para que Dereck y Soel no le vieran las lágrimas. El Guardián se sintió culpable por haberle contado todo de forma directa, sin suavizarle la información. La crianza de Sakti entre los krebins, su esclavitud en Lahore, su primer encuentro con Sigurd, su primera estadía en Masca, el viaje que realizó por un único humano, su segundo encuentro con el come-almas –en el que perdió el brazo–, la muerte de la única persona que la hacía verdaderamente feliz y su posterior dramático cambio de conducta tras la muerte de Mark.
—¿Y qué piensa Kardan de todo esto? —preguntó Merkaid. Tenía la mano sobre la frente y la mirada baja, releyendo con pesar el informe.
Dereck le contó cómo el Emperador, tras leer el reporte sobre Sakti cuando la princesa llegó por primera vez a Masca, se sintió triste y devastado por su sobrina. Esa no era ninguna mentira, porque el Emperador la amaba. De verdad la amaba.
La consintió tal y como lo hizo con la princesa Istar: secundó a Adad cuando se trataba de vestirla con las mejores prendas; se preocupó por educarla él mismo en varias asignaturas; dedicaba todas las tardes a sus sobrinos, siempre dándole a ella un lugar preferencial en las conversaciones; una o dos veces al mes le dedicaba todo el día, asistiéndola en lo que ella quisiera. Incluso fue él quien la enseñó a bailar para su fiesta de presentación a sociedad. Fue un tío ejemplar y cariñoso.
En Masca, Sakti encontró la familia por la que tanto suplicó cuando cargaba con el nombre de una devoradora de cadáveres.
Luego todo cambió, porque cuando Sakti regresó por segunda vez a Masca traía consigo a un humano. Al Emperador eso nunca le gustó. Dereck jamás se atrevió a decirlo, ni siquiera a Merkaid, pero sabía que la relación entre el Emperador y Sakti estuvo destinada al fracaso desde que Kardan miró a Mark por primera vez. Lo detestó a primera vista, no solo porque era humano sino porque hacía sonreír a Sakti como él nunca lo consiguió: realmente. La sonrisa que Sakti le dedicaba a su amo era muy distinta a todas las que dio a su tío.
El Emperador estuvo celoso de Mark e hizo todo lo que estuvo en su poder por ridiculizarlo y apartarlo. Eso fue lo que inició la separación de su sobrina, que culminó en resentimiento cuando el monarca mató al mensajero. Poco importaron entonces las primeras tardes, los juegos y las risas compartidas, los bailes o los vestidos.
Sakti jamás lo perdonó.
Nunca pudo.
—Pero —dijo Dereck cuando llegó a ese punto del relato—, yo sé que la princesa desea salvar a su tío. Porque cuando Masca fue atacada, el Emperador necesitó de ella y del heredero para iniciar la sincronización completa. En ese momento la princesa estuvo unida a Su Majestad como nunca en la vida. Entendió muchas de sus acciones, pensamientos y sentimientos. Pudo percibirlos. —Todo eso se lo había dicho Sakti con la intención de que se lo comunicara a Merkaid—. Y también pudo sentir el dolor de su tío a causa de la sincronización. Desea que acabe. Desea librarlo de esa carga. Y yo sé... Yo sé que también desea tener la oportunidad de verlo de nuevo. Para perdonarlo.
Eso último en realidad no lo sabía y Sakti no se lo había dicho. Dereck no estaba más que conjeturando. Pero supo que era un buen deseo cuando vio que Merkaid sonrió triste y enternecido. Ahora que recordaba la conversación, y en especial ese pensamiento de buena voluntad hacia una reconciliación entre Sakti y el Emperador, Dereck hizo otras conjeturas sobre lo que la estadía en las Arenas le depararía a la princesa.
Ahora, de noche y con las luces apagadas, sentado en la cama al lado de su protegida que dormía tranquila, solo pudo desear que al final todo saliera bien en el desierto y en Masca. Porque quizá, con suerte, algún día Sakti volvería a tener el temperamento dulce de Sekmet, como cuando Mark estaba vivo en Masca.
Entonces él podría actuar como un Guardián decente si la ayudaba con esa misión. Si la asistía a desterrar los fantasmas que causaban las pesadillas por las que él la velaba ahora.


"Los Hijos de Aesir: El Reino de las Arenas" © 2011-2017. Ángela Arias Molina

1 comentario :

  1. hola me gusto mucho tu blog, su diseño especialmente. con relacion a tus escritos es muy bueno, ya me pondre al dia con la historia.

    saludos y te felicito por tu blog.
    te invito al mio.

    bye :)

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