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Capítulo 4

4
EL ARQUEÓLOGO



—Ahora déjalo fluir —indicó Merkaid.
Sakti dejó que la energía concentrada en el pecho fluyera por todo el cuerpo. De inmediato sintió los efectos: los dedos de pies y manos se estiraron, los codos y los talones adquirieron ángulos más agudos, el cuello y el rostro se alargaron y la piel se le endureció, aunque todavía no permitiría que las escamas salieran. Los cambios demandaron una nueva posición, así que se arrodilló en el suelo, con las manos sobre la superficie, y dejó que la espalda se arqueara mientras el torso se estiraba también.
—Magnífico —aplaudió su tío, muy orgulloso—. Ahora inicia los cambios de reversa.
Sakti inspiró. Así como permitió que la transformación fluyera a través de ella, la controló para que retrocediera. Con un poco más de paciencia, el cuerpo recuperó las proporciones adecuadas. De la figura larga e incompleta de dragón quedó de nuevo una joven aesiriana arrodillada en el suelo. Sakti suspiró satisfecha. Se pasó una mano por la frente para secar el sudor que le producía el esfuerzo y el fuerte sol del desierto.
—Bien, por hoy eso será todo —dijo Merkaid mientras se le acercaba para ayudarla a levantarse—. Naraya hará el resto: te enseñará a controlar la transformación más allá de lo que has llegado para que no pierdas el control en cuanto salgan las alas y la cola.
Sakti estiró el cuello para acomodar unos huesos que no quedaron del todo bien tras los cambios de reversa.
—La esperaré, aunque creo que podrías enseñarme tú mismo. Se te da muy bien guiarme —dijo ella. Merkaid sonrió por el halago y contestó:
—No es que a mí se me dé bien ser Maestro. Soy terrible, pero tú eres una aprendiz modelo. ¡Eres brillante! Aprendes a controlar la transformación más rápido que tu hermano. —Merkaid levantó una mano. Sakti esperó una vergonzosa palmadita en la cabeza; en lugar de eso el príncipe llevó los dedos a la sien de la muchacha—. Ya controlas a la perfección los cambios de reversa. Ya no tienes los cuernos.
Sakti se llevó la mano a la otra sien. Merkaid tenía razón. Le tomó muchos días pero al fin se pudo deshacer de esos incómodos cuernos que le impedían ponerse la capucha para protegerse la cabeza del sol cada vez que salía de la villa. Ojalá que ahora la ausencia de las astas no la afectara, pues le tomó tiempo y esfuerzo acostumbrarse al peso adicional para mantener el equilibrio. Ojalá no tuviera problemas de estabilidad por la falta de ellas.
—Arréglate. Tengo una sorpresa para ti hoy —dijo Merkaid antes de salir de la pequeña plaza interna de la villa.
Sakti quedó en compañía de Dereck. El Guardián traía un paño húmedo que colocó sobre la cabeza y hombros de su protegida, sabiendo que ella lo agradecería para refrescarse.
—Ah, no sé si su plan va bien o si tomó el rumbo equivocado —susurró Dereck cuando Merkaid ya no estaba a la vista—. Su tío está muy atento con usted, pero se las ha arreglado muy bien para no hablar nada de Masca.
—Ajá —se limitó a decir Sakti mientras daba media vuelta hacia el pasillo con sombra.
Allá la esperaban dos mujeres y Nefer, las primeras dos listas para acatar las órdenes que Sakti les dictara y la tercera no muy feliz de ser su «dama de compañía». Cuando la princesa las alcanzó, sus órdenes fueron las mismas de siempre: quería asearse. Después tanto ella como Dereck guardaron silencio, hartos de la presencia de las tres.
Sakti tenía otras órdenes para Dereck y el Guardián quería recibirlas para trabajar, pero no podía conocerlas en presencia de las demás aesirianas. La princesa quería que ella y su Guardián buscaran nuevas formas que le facilitaran manipular a Merkaid y a los demás príncipes de las Arenas; quería buscar nuevas formas de convencerlos. Pero no podía idear nada junto a Dereck si estaba siempre en compañía de personas fieles a Merkaid que le llegarían con el chisme de cómo su sobrina favorita quería lavarle el cerebro.
Sabía que su tío quería complacerla. Estaba siempre muy pendiente de ella, brindándole todos los placeres de los pocos que se puede dar una persona en el desierto. Tenía un baño solo para ella, acceso a agua limpia y fresca, comidas puntuales y satisfactorias, ropas frescas y elegantes, una habitación cómoda y sirvientes por todas partes.
Si al principio Sakti estuvo sorprendida de que su llegada a Myula no generara gran impacto en la comunidad, a los dos días ya todos los pueblerinos sabían quién era ella y buscaban formas de agradarla, con regalos sencillos, algunas golosinas, invitaciones a los establos o a los juegos de los demás cachorros. Era la forma afectuosa que tenían para hacerla sentir parte de ellos.
Pero por toda esa atención, Sakti rara vez encontraba un momento para estar a solas. Ni siquiera podía reunirse con Darius o con los chicos, porque siempre había alguien más preguntándole si se le ofrecía algo. ¡Ni siquiera por las noches estaba sola! En las habitaciones más cercanas a la suya estaban alojadas las dos mujeres que su tío eligió como doncellas. Las dos siempre incomodaban a Dereck cuando el Guardián quería permanecer en la habitación de su protegida para seguir el protocolo de seguridad. Incluso consiguieron que el príncipe le asignara varias rondas nocturnas para que las dejaran a cargo del cuido de Sakti, con la excusa de asegurar que Myula estuviera libre de invasiones durante la noche.
Aunque Dereck les echaba la culpa de su nombramiento de guardia, Sakti estaba segura de que Merkaid tenía la intención de asignarle eventualmente esos horarios. Las doncellas solo le dieron la excusa perfecta. Sakti sabía que su tío la quería mimar, sí: pero también que Merkaid era más listo de lo que parecía. Él entendía a la perfección cómo los Aesir del continente principal hacían política y no quería caer, sin darse cuenta, en alguna de las trampas que Sakti pudiera ponerle para conseguir ayuda para Masca.
Cuando ella presentara oficialmente la petición ante la Corte de las Arenas, Merkaid le daría un voto de apoyo. Ese voto, sin embargo, sería el pago a Telius. Sakti quería que Merkaid votara no por deber a un pirata, sino por convicción: la princesa quería convencerlo de que brindar ayuda completa e inmediata a Masca era una necesidad. Así él también convencería al resto de príncipes para conseguir toda esa ayuda.
Sin embargo, Merkaid le cortaba todos sus medios de acción al no dejarla sola para planear estrategias o para dar instrucciones a Dereck. Tampoco le facilitaba información sobre cómo contactar con el Palacio en el Reino de las Arenas, con el regente o con Adad, y así solicitar una audiencia. Cada vez que tocaban el tema de la invasión a Masca, él se las arreglaba de maravilla para hablar de otra cosa o prometerle nuevos regalos.
A la vez, con cada atención dada a Sakti el príncipe satisfacía su propia agenda política. Merkaid la rodeaba de sirvientes y plebeyos por aquí y por allá para dejarle en claro que el desierto tenía miles de necesidades que ella misma podría cubrir. ¿Por qué, si no, la instruía para que controlara la transformación? Quería que Sakti hiciera lo mismo que Adad: que se dedicara a cazar vanirianos para minimizar las invasiones a las guarderías y ciudades. Quería lo mismo que el príncipe Remiak solicitó al Emperador Kardan hacía tantos años: usar el poder de los Dragones para salvar las Arenas.
Lo peor era que Sakti no podía plantársele cara a cara, y decirle que no quería que él ni sus otros tíos la vieran como una herramienta más para acabar con las amenazas al desierto. Esa acción podría ser interpretada como falta de gratitud, lo que no beneficiaría ni a la relación personal entre ella y Merkaid ni a las relaciones políticas que debían mantener.
Además, Sakti quería y le convenían esas clases de control. Ni en Masca ni en ninguna otra parte del continente principal conocería a Maestro alguno que le enseñara a convertirse a voluntad en un dragón. ¿Cómo podía desaprovechar la oportunidad de aprender a convertirse en una de las bestias más poderosas del mundo, con la capacidad de desmenuzar castillos con un coletazo e invocar mil llamas de fuego en el clímax de su magia? ¡Sería una tonta si dejaba pasar la oportunidad!
Sakti sabía lo que sucedió. Su tío la privó de tiempo a solas, la rodeó de sirvientes y además puso frente a ella un cebo irresistible, que eran esas sesiones de entrenamiento para controlar la transformación. Aunque claramente todo fue una trampa para mantenerla concentrada en algo mientras él ideaba otros planes para utilizar las habilidades de su sobrina, ella se dejó seducir por el cebo y corrió directito a él. Estaba en la palma de Merkaid y no sabía cómo escapar. El príncipe consiguió mantenerla ocupada e incapaz de discutir; la entretenía mientras el tiempo corría contra Masca.
Si tan solo Merkaid hubiera dejado un cabo suelto ¡pero no! Todo lo planeó a la perfección. Hasta los profetas estaban ocupados en algo más, olvidándose de la urgencia de conseguir ayuda para la Capital. Connor encontró un libro de medicina en la biblioteca que lo tenía fascinado, tanto que hasta buscó al curandero de Myula para que lo instruyera en lo que fuera que decía el libro. El menor de los profetas pasaba en el consultorio del curandero todo el día, metido entre cuadernos, vendajes, pociones y lecciones, porque el conocimiento que quería adquirir debía pagarlo como asistente. A Connor eso le pareció otra ganancia.
Sería lógico que entonces Dagda y Airgetlam presionaran más a Merkaid para que les diera una respuesta sobre Masca. ¡Pero los muchachos estaban a años luz de las maquinaciones del príncipe! En Myula había dos Maestros que eran también hermanos gemelos. Aunque Dagda y Airgetlam todavía eran muy jóvenes como para tener una transformación, ese par de Maestros tenía algo más que enseñarles: cómo controlar el poder sobre la luz y las sombras, algo que solo los gemelos tenían. Por eso Dagda y Airgetlam estaban en la misma posición que ella, recibiendo clases para obtener una habilidad que no podrían conseguir en otro lugar y sin posibilidades reales de objetar nada.
Y Darius... Bueno, la fuerza de voluntad de Darius era un asco. Era el que más refunfuñaba por las noches porque no habían conseguido nada después de dos semanas de estadía en Myula. Pero por las mañanas siempre recibía nuevos paquetes de libros que lo mantenían ocupado durante el día. Cuando se daba cuenta, llegaba la noche y refunfuñaba otra vez. Todas las noches se juraba que al día siguiente no caería en la tentación y que enfrentaría al príncipe por su retraso para darle noticias, pero todas las mañanas pensaba que leer solo un libro no lo distraería lo suficiente. Y para el final del día ya se los había leído todos y la historia se repetía una y otra vez.
«Ni siquiera Geri y Freki hacen algo al respecto», pensó Sakti cuando entró a su baño personal. Dereck la esperaba al otro lado de la puerta. «Los dos están muy a gusto en el establo. Los están tratando como a reyes». Los lobos jamás se quejarían de tener agua y alimentos frescos, gente que los admiraran y les cepillaran el pelaje, o la oportunidad de correr libremente por los alrededores del pueblo, haciendo travesuras y jugando como si fueran cachorritos. Estaban contentísimos con las atenciones en Myula.
—Permítame, Alteza —dijo una doncella mientras jalaba una de las cintas que sostenía la complicada prenda de entrenamiento.
Al instante, las ropas de Sakti cayeron al suelo. La princesa gruñó para sus adentros. ¡Como si ella no fuera capaz de desvestirse sola! Era cierto que las ropas de entrenamiento eran muy difíciles de poner, porque eran un montón de telas colocadas de tal manera que, sin importar el tipo de transformación, jamás se romperían o dejarían al descubierto al cachorro. Era todo un invento para evitar momentos incómodos en los aesirianos mientras aprendían a transformarse. Pero quitarse esas ropas era tan sencillo como jalar una sola cinta.
Sakti desató la cinta que todavía le ataba el cabello en una cola de caballo y dejó que el pelo le cubriera la espalda. Sabía que las doncellas la acompañaban con gusto al baño para verle las marcas de la Profecía. «Tengo que deshacerme de ellas», pensó con disgusto mientras entraba a la pequeña piscina. Al otro lado de la puerta, en su habitación, Dereck se estremeció. Presintió los malos pensamientos de su protegida hacia las doncellas.


Sakti suspiró cuando la doncella terminó de atarle el cabello. Aunque miró a la mujer con un par de ojos que prácticamente echaban chispas y truenos, la aesiriana le dedicó una dulce sonrisa. Dereck, sentado en la cama, le dirigió una mirada de pavor con la que le pidió que por favor no hiciera daño a las doncellas.
A él le desagradaban. Siempre lo regañaban por cualquier cosa: por sentarse en la cama de Sakti; por acceder cuando ella le pedía que le acomodara mejor el cabello en caso de que no pudiera hacerlo por su cuenta; por sugerirle entrenar –¡ya llevaban dos semanas sin practicar con las espadas! ¡Se estaban oxidando!–; por insistir en revisar durante la noche la habitación las seis veces que el código de seguridad le exigía... ¡Las muy malditas lo reprendían por hacer su trabajo! Lo trataban sin el respeto que él merecía por ser un soldado de altísima categoría. Aun así eso no significaba que quisiera que algo casi letal les sucediera. Todavía no estaba tan harto de ellas.
Sakti dio un nuevo suspiro antes de salir de la habitación. Dereck se incorporó de un salto para seguirla de cerca, aun cuando eso significara que él y la doncella estarían caminando hombro a hombro, irradiando ambos desprecio por el otro. La doncella no perdió tiempo y comenzó a alabar lo bella que se veía Sakti con el vestido que fue de su madre, lo bien que se le ajustaba a la cintura, lo maravilloso que le quedaba la prenda azul con el cabello gris, y bla, bla, bla.
Llegaron a la escalera. Sakti estuvo tentada a retrasarse una fracción de segundo para que la mujer pasara delante de ella y luego ¡PLAM! ¡Empujarla y dejarla rodar! Dereck se aclaró la garganta para pedirle que siguiera adelante sin accidentar a nadie.
Cuando llegaron al salón principal del primer piso, los profetas ya estaban allí. Los cuatro tenían cara de hastío, incluso el buenazo de Connor, pues la otra doncella se había tomado la libertad de sacarlos de sus respectivas actividades, obligarlos a cambiarse de ropa y presentarse para quién–sabe–qué–persona. Todo habría estado bien si se los hubiese pedido con amabilidad. Pero, al igual que su compañera, la mujer que se encargó de alistar a los profetas era una criticona que solo podía encontrar faltas en ellos, y decirles que no eran lo suficientemente buenos como para ser tan íntimos con la princesa. Quería que se avergonzaran de sí mismos y que como extranjeros inclinaran la cabeza ante el príncipe Merkaid. Aun no aceptaba que ni lo uno ni lo otro sucedería jamás.
Merkaid también estaba en la habitación, sentado en la suave alfombrilla en el suelo y de cara a la puerta del salón. Detrás de él, a unos pasos, estaba Soel en posición recta. Cuando Sakti entró, el príncipe se corrió para que ella se sentara al lado y a la cabeza de la reunión, como él. Los profetas estaban acomodados a los lados de la alfombrilla, sentados sobre las rodillas. Para ellos no era una posición tan cómoda como para Merkaid, pero se resignaron tal y como lo hicieron ante las exigencias de la horrible doncella. Suponían que tanto trabajo para recibir a un invitado significaba solo una cosa: otro príncipe.
Al fin, después de dos semanas, conocerían a otro. ¡Por fin solicitarían ayuda a otro tío de Sakti! Todavía no perdían la esperanza de encontrar a un príncipe al que pudiesen convencer sin tanta complicación. A uno que se pusiera en sus zapatos y comprendiera la angustia que sentían por Zoe.
La emoción desbordó a los profetas cuando el mayordomo abrió la puerta del salón para dejar entrar al invitado. Este ingresó de manera tan atropellada que hizo una reverencia ridícula en la dirección incorrecta. Dobló tanto la espalda que chocó la cabeza contra un jarrón al lado de la puerta, hizo que el adorno se balanceara y amenazara con caerse. El mayordomo lo evitó estabilizando el jarrón. El invitado dio un paso atrás y se disculpó. Sus piernas chocaron contra un pedestal que estaba al otro lado. Un estruendo metálico inundó el cuarto cuando un escudo de bronce cayó del pedestal.
Al principio nadie dijo nada, si bien los profetas y Dereck –que estaba acomodado detrás de su protegida– levantaron una ceja ante tanta falta de... gracia. El mayordomo suspiró. Con un ademán y frases en la lengua del desierto, pidió al invitado que no hiciera esperar más a los príncipes. El mayordomo, más que molesto, pareció resignado. No le sorprendía la falta de coordinación de ese hombre.
El invitado se acercó con timidez a los príncipes, sonrojado por la vergüenza. Era un hombre apenas media cabeza más alto que Sakti. Tenía el ancho de un tronco y la flacidez de una almohada. En lugar de ropas de seda, o de lino fino con encajes de oro, llevaba un agreste traje de lino marrón, conformado por un pantalón largo y ancho, una camiseta y un chaleco con varios bolsillos. Traía al hombro un maletín café oscuro, del que sobresalían varios pergaminos. Llevaba también un par de gafas gruesísimas que hacían que sus ojos tuvieran el tamaño de dos motas de polvo. Debía de estar prácticamente ciego.
Se mantuvo de pie frente a Merkaid y Sakti, temblando tanto que parecía que se bambaleaba como el péndulo de un reloj. Merkaid tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para no sonreír, porque vio por el rabillo del ojo cómo los gemelos se mordían los labios y parpadeaban para disipar las lágrimas de risa que se les querían salir. No solo la entrada del hombre fue poco agraciada, sino que también su aspecto resultaba cómico. El príncipe notó que Connor tenía aún más problemas para contener la risa, así que hizo lo que todo hombre amable habría hecho:
—Siéntate y relájate —le pidió.
El invitado se dejó caer de rodillas frente a los príncipes, como si sus piernas fueran mantequilla y se hubiesen derretido. Intentó hacer otra reverencia, pegando la frente al suelo. La hizo tan aprisa y tan rápido que, por supuesto, se golpeó la frente.
—Ah... —preguntó Connor, intentando no reírse—. ¿Está bien?
—S-sí... —gimió el invitado. Levantó la cabeza y acarició el chichón que se había hecho—. Estoy bien, ya estoy acostumbrado.
«Claaaaro que sí», pensaron los gemelos a la vez. Connor, que había pescado la gracia maliciosa de ese pensamiento, tuvo que llevarse la mano a la boca para no destornillarse de la risa. Merkaid se aclaró la garganta, señal que todos interpretaron para pedir silencio.
—Allena, te preguntarás quién es este hombre. Si no me equivoco, su nombre es Ryaul Borub, ¿es así?
—S-sí, señor —balbuceó Ryaul con una expresión de infinita felicidad. Poco le importó el par de chichones que tenía tras sus dos ridículas reverencias; lo que importaba era que el príncipe Merkaid sabía su nombre y que ahora lo presentaba a su sobrina, nada más y nada menos que la princesa Sakti Allena, la segunda al Trono de las Arenas.
—El señor Borub es un arqueólogo —siguió Merkaid— y es el encargado de los reportes arqueológicos que se entregan al regente. Él también formó parte del grupo de expedición que incursionó por primera vez en las ruinas de Myula. Tu padre lo eligió personalmente. Velmiar decía que el señor Borub sería una de las mentes más brillantes del Reino de las Arenas y no se equivocó: ahora es el arqueólogo más respetado en el campo de la época de Esplendor.
Ryaul balbuceó algo que Sakti no entendió; pudo haber hablado en la lengua del desierto o quizá intentó dar algún halago al príncipe, pero al final se le trabó la lengua. Lo cierto es que tenía la cara tan roja, la boca tan abierta y los ojos tan vidriosos que parecía que si se moría ahí mismo se iría de este mundo siendo el hombre más feliz del Universo. Era un hombre ridículo pero le cayó bien a la muchacha. Después de pasar dos semanas regando bilis por lo odiosas que consideraba a las doncellas y a Nefer, conocer a un hombre tan cómico le hacía bien.
—Un gusto conocerlo —dijo la muchacha con cortesía a la vez que inclinaba un poco la cabeza. Si antes Ryaul estaba feliz, ahora estaba eufórico.
—¡El placer es mío, su Excelentísima Alteza! —dijo mientras inclinaba mucho la cabeza otra vez y recibía un nuevo golpe en la frente.
Dagda y Airgetlam ya no aguantaron más y dejaron escapar una risa baja. Una mirada de Darius bastó para que se recuperaran y borraran toda sonrisa. Lo lograron antes de que el hombre levantara la cara y se acariciara el nuevo chichón.
—¿Y a qué debo el placer de su visita? —preguntó Sakti para evitar que Ryaul reparara en los semblantes de los chicos.
—He llamado al señor Borub —dijo Merkaid, adelantándose al arqueólogo—, para ti, Allena. He notado que te gustan las ruinas: por las tardes siempre las estás contemplando. Y has sido una aprendiz tan magnífica que tengo que premiarte. El señor Borub te dará un recorrido especial por las ruinas.
Sakti abrió ligeramente la boca, sin saber qué decir. Estaba tan decepcionada como Darius y los chicos, pues el invitado poco tendría que ver con la decisión final de dar o no ayuda a Masca. Si se quiere, su presencia era solo una distracción más de Merkaid. Sin embargo, Sakti tampoco supo cómo rehusar la oferta. ¿Un recorrido por las ruinas que ella misma decidió que no debía visitar, por lo que fuera que estaba en ellas? Era muy arriesgado ir. Por otra parte, Merkaid la veía expectante; tenía el mismo brillo infantil y de idolatría que tenía el arqueólogo por los dos. Incluso a ella le costaría decirle que no a semejante mirada.
—E-eh, ¿a Su Alteza le gusta la arqueología? —preguntó tímidamente Ryaul.
Sakti sintió el mismo arrebato de vergüenza de cuando el tritón Youzen la clasificó como «aficionada a la arqueología». Cuando el tritón la pescaba observando el núcleo de sincronización la llamaba de la misma manera, solo para provocarle un leve sonrojo. Cuando Ryaul se lo preguntó, ella clavó los ojos en el suelo para ocultar el rostro. Intentó que su acceso de timidez no se notara mucho, pero no pasó desapercibido para Ryaul. El arqueólogo comenzó a sacar varios pergaminos del maletín y los desplegó en el suelo.
—¡A mí también! Yo aaaaamo la arqueología. Si fuera una persona me casaría con ella —no se percató de que ese comentario era extraño—. Cuando era pequeño y vivía en la guardería, los niñeros me mandaban a la biblioteca para no dañar a nadie. Es que siempre que jugaba con los otros niños los hacía tropezar conmigo... Cosa que no era muy difícil, en realidad, porque estaba bastante pasado de peso y... pues, no era muy coordinado y...
—Vaya —comentaron los gemelos sin poderse contener—, ¡qué difícil de creer! —El hombre se sonrojó otra vez y tuvo problemas para recuperar el hilo.
—E-en todo caso, allí encontré varios de estos pergaminos. Eran investigaciones científicas, teorías, planos, ¡y todos hablaban de la época de Esplendor! —Ryaul sacaba tantos pergaminos que Sakti se sintió tentada a ojear uno. Lo tomó. Aunque casi no pudo descifrar ninguno de los trazos, comprendió a la perfección el que estaba en el borde inferior derecho a modo de firma. Al reconocerlo, sintió un alegre revoloteo en el estómago como muy pocos había tenido en la vida—. Su padre, el príncipe Velmiar, era el autor de todos ellos. ¡Era un genio, Alteza! —Merkaid ya no pudo aguantarse y carcajeó.
—¡Ajajaja! ¡Velmiar! ¡Un genio! Esas dos palabras no van bien juntas. Velmiar era un tonto entusiasta. Señor Borub, me temo que usted es el único que puede utilizar las palabras «Velmiar» y «genio» en una sola oración diferente a «Velmiar NO era un genio».
—¡Pero lo era! —afirmó avalentonado el flácido arqueólogo—. El príncipe Velmiar era increíblemente inteligente. Había encontrado algunas ruinas pequeñas en diferentes partes del desierto, pero todas compartían rasgos arquitectónicos muy similares sino es que idénticos. Eso hizo creer al príncipe que todas las ruinas estaban conectadas entre sí y así fue como formuló su hipótesis de la Ciudad Perdida.
—¿La Ciudad Perdida? —preguntó un gemelo.
—Suena a novela de aventuras, ¿verdad? —dijo el otro. Ryaul asintió.
—Para muchos era una ridiculez, pero cada vez más y más eran convencidos por los escritos del príncipe. Yo estaba particularmente maravillado ante la idea. La hipótesis del príncipe decía que las ruinas de la época de Esplendor no eran edificios individuales, sino que eran uno mismo. Decía que lo que habíamos encontrado no era más que la punta del glacial. Afirmaba que en realidad nuestra actual civilización estaba asentada sobre miles de capas de arena que cubrían las ruinas de Esplendor. ¡Él creía que bajo la superficie, después de miles de miles de años, dormía una gigantesca ciudad que recorría todo el desierto! Esa es la Ciudad Perdida, ¡el reino de Sakti Allena Aesir I!
La cara del arqueólogo brilló de la emoción. Parecía que ya fuera de vergüenza o de emoción, su rostro siempre tendría el mismo tono rojo acentuado por el bronceado acaramelado de la piel.
—Vaya —silbó Connor—. ¿Y tuvo razón?
—¡Ya puedes creer que sí! —respondió Ryaul con el pecho inflado de orgullo—. ¡Myula es la prueba! Lo primero que encontró el príncipe de las ruinas que ves ahora es esa esfera pequeña que está en la cúspide de la cúpula. ¿La has visto? —Connor arqueó las cejas, asombrado—. Él mismo desenterró gran parte del techo con la ayuda de sus poderes. Cuando encontró una entrada organizó una cuadrilla de arqueólogos y exploró el lugar. —Ryaul suspiró como enamorado—. ¡Jamás lo voy a olvidar! Fue el día más feliz de mi vida. ¡El mismo príncipe Velmiar, el heredero al Trono, me buscó en la Universidad de Kortiusa para pedir unirme a su proyecto! Aahhh, ¡yo era apenas un estudiante! Solo tuve suerte de haber publicado un breve artículo y por decisión del fantástico destino el príncipe lo había leído. ¡Y le gustó!, ¿pueden creerlo? ¡Le gustó! Por eso me fue a buscar en compañía de su escudero y los tres partimos ese mismo día a buscar al resto de la cuadrilla.
»Cuando llegamos a la entrada de las ruinas creí que me iba a morir de la emoción. ¡No tienen ni idea de lo bellas que son por dentro! Apenas nos adentramos un par de metros ¡y las paredes comenzaron a brillar! ¡Eso confirmaba otra hipótesis del príncipe! Él estaba convencido de que la Ciudad Perdida, en su época, reaccionaba a la magia aesiriana. Tal y como lo decían las historias de la Emperatriz. ¿Y pueden creer que brillaron por nosotros? Las paredes, el suelo, el techo, ¡todo! Es magia muy, muy hermosa. En ese momento solo pudimos explorar la cúpula y parte del nivel que estaba por debajo de ella, pero con los grabados en las paredes, las estatuas, las arañas de cristal, ¡los mapas de nivel...! Ah, ¡con todo eso teníamos el trabajo de cinco vidas! ¡Fue asombroso!
Y ahora Myula era mucho más que solo una esfera ruinosa en medio del desierto. Sakti se imaginó la enorme cantidad de arena que tuvieron que remover para desenterrar las ruinas hasta el nivel actual. ¡Y todavía había grupos de arqueólogos trabajando todos los días, desenterrando cada vez más esa misteriosa estructura!
—Eso solo prueba que las ruinas en Myula pertenecen al reinado de la Emperatriz. No que forman parte de una ciudad gigante. —El arqueólogo negó con la cabeza, lleno de pasión.
—¡No, Alteza! Su padre bajó muchos niveles más que nosotros. Llegamos a un punto en el que no había paso, sino un gran abismo. En lugar de dar media vuelta, su padre nos miró directo a los ojos y nos dijo «No me sigan». Después se lanzó por el abismo. Fue horrible, no supimos qué hacer. Su escudero –recuerdo que era un joven muy alegre aunque también se irritaba por los descuidos del príncipe– se lanzó en pos de él. Ambos regresaron unos minutos después. El escudero, que era un mago alado, lo traía consigo. El príncipe nos trajo una tablilla y un jarrón pequeño, ¡intactos y hermosos, a pesar de los años! En la tablilla había un plano. El príncipe nos contó que bajó por varios niveles, tantos que cuando llegó a la cuenta de treinta se confundió y no pudo seguir contando. Dijo que si su escudero no se hubiera apresurado a ir por él, todavía estaría cayendo y seguiría lejos de tocar fondo. —El arqueólogo hizo una pausa para tomar aire—. ¡Su padre era un genio!
»Ah, sí... pero creo que eso todavía no prueba lo de la Ciudad Perdida, ¿cierto? Pues resulta que unos meses después, satisfecho por los resultados en Myula, su padre buscó más ruinas. Y encontró otras tres, muy lejos de Myula, con las mismas características: la esfera, la cúspide... No hizo un pueblo alrededor de ellas pero las habilitó para que pudiéramos estudiarlas. ¡Era la misma estructura, sin lugar a dudas! Y en el mapa del desierto su posición concuerda con unos puntos específicos de la tablilla que encontró su padre.
Ryaul sacó con cuidado un paquete envuelto en cuero blanco. Cuando removió las cintas y los pliegues que lo protegían, dejó al descubierto una lámina de cerámica azul que relucía como si la hubiesen limpiado con aceite. Se la entregó con cuidado a Sakti, atento a que la muchacha no la tocara sin la protección de un paño.
—Es la tablilla que encontró su padre, Alteza —dijo el arqueólogo con devoción—. Después de estudiarla me la obsequió. Dijo que ya le había sacado todo el provecho que podía y que era mejor que alguien con más tiempo y dedicación buscara nuevos misterios por resolver en ella. Esta de aquí —dijo señalando un punto del plano, que parecía en realidad ser un mapa—, es la cúspide de Myula. Estas otras de aquí —dijo señalando cinco puntos más, todos distantes los unos de los otros— son otras cúspides que el príncipe Velmiar encontró en el desierto después de estudiar la tablilla. Y estas dos —dijo señalando nuevos puntos—, son las cúspides que yo encontré. Hasta el momento la tablilla no se ha equivocado. Ha señalado correctamente dónde están escondidas las cúspides. Y si mira todo el contorno en comparación con un mapa del Reino de las Arenas... —Ryaul sacó un mapa del desierto con una sobreimpresión idéntica al plano de la tablilla, con los puntos exactos de las cúspides encontradas—, se dará cuenta de que la estructura a la que pertenecen las cúspides está en todo el desierto. La Ciudad Perdida es un hecho, Alteza, y ya no hay arqueólogo que dude de la teoría de su padre.
Sakti miró la tablilla, el mapa y los pergaminos que tenían la firma de su padre. El estómago volvió a revoletearle con felicidad y orgullo. Sí, estaba muy orgullosa de su padre... y estaba orgullosa de ser hija del hombre que, por pura pasión, descubrió el tesoro más grande del desierto: las ruinas de la Emperatriz. Lo que Youzen le decía era verdad. Ella era una «aficionada a la arqueología» porque no había forma de que llegara a igualarse al nivel de conocimiento de su padre. Tampoco podía evitar sentirse atraída por algo que apasionó tanto a Velmiar. Su pequeña «afición» era el único vínculo que tenía con él.
—¿Entonces qué dices, Allena? —preguntó en un susurro el príncipe Merkaid—. ¿Te interesa el recorrido especial?
—¡Sí!
Oh... quizá sonó más entusiasmada de lo que pretendió. Tuvo poco tiempo de arrepentirse por el desliz porque entonces escuchó a las doncellas chupando los dientes, desaprobando la decisión de la princesa. No dijeron nada pero Sakti supo que cuando terminara la reunión le dirían que ir a una excursión de ese tipo no era una actividad para una dama, al igual que el entrenamiento con espadas que Dereck le proponía. Quiso llevarlas a la incursión para perderlas por las ruinas o dejarlas atrapadas bajo un montón de escombros.
—Fantástico, Alteza, ¡fantástico! —exclamó Ryaul—. Le prometo que no la decepcionaré. ¡Le encantarán las ruinas! —El arqueólogo comenzó a recoger los pergaminos. Mientras lo hacía preguntó—: ¿Cuántos acompañantes tendrá?
—Seremos nosotros once, si es que los profetas quieren acompañarnos —dijo Merkaid, refiriéndose a los cuatro Tonare, a Sakti, las dos doncellas, Nefer, Dereck, Soel y él—. Espero que no haya ningún problema por la cantidad de personas.
—Oh, no, no. Para nada. Aunque sí debemos seguir ciertas medidas de protocolo.
—Doce —interrumpió entonces Connor. El arqueólogo lo miró a modo de pregunta—: Somos doce. Kel también tiene que venir con nosotros. Le gustará salir. —Merkaid frunció el ceño, irritado.
—Es un grolien. ¿Cómo se te ocurre que voy a permitir que un vaniriano pise las ruinas que mi hermano encontró? —Connor no era una persona que disfrutara de los conflictos, así que no supo cómo responder a Merkaid. Darius intervino:
—Entonces que sean diez. Yo me quedaré con Kel aquí.
Le dedicó una mirada al príncipe que decía «Ni loco voy a dejar solo a Kel para que los soldados vengan a apresarlo y torturarlo como prisionero de guerra. Tendrás que esforzarte más si quieres ponerle un dedo encima, desgraciado». Merkaid no se dejó amedrentar por la mirada mestiza y le devolvió una idéntica. Antes de que el silencio se hiciera incómodo, Sakti dijo:
—Que seamos catorce. Me gustaría que Darius me acompañara y eso solo será posible si el grolien también va; y si dejáramos atrás a Geri y Freki jamás nos lo perdonarán.
El tono de voz de la princesa fue conciliador, lo suficiente para que Merkaid se tragara su orgullo y accediera.
—U-um, ¿quieren escuchar un hecho poco conocido? —se arriesgó con timidez el arqueólogo, posiblemente con la intención de aligerar el ambiente entre Darius y el príncipe. Se aclaró la garganta y observó a Darius, no sin sentirse un poco azorado por los ojos mestizos—. La Emperatriz Sakti Allena Aesir I se casó con un profeta. El menor de los tres hijos de la casa de los profetas se convirtió en consorte y padre de sus hijos. Aunque esto es algo que muchos ignoran, porque la Emperatriz eclipsaba a todos alrededor. Ni siquiera estamos seguros de los nombres de sus hijos y menos del de su esposo, pero es un dato interesante. Porque eso quiere decir que un trastataratataratataratatara... —el arqueólogo siguió diciendo «tatara» sin interrupción, con un solo respiro y sin equivocarse—...tataratataratataratataratío suyo —agregó señalando a Darius— fue también un trastataratataratataratataratataratatara...
—¡Ajá! ¡Muchos «tatara»! —exclamó Dagda—. ¡Entendimos!
—... tataratataraabuelo de la princesa —terminó Ryaul. De inmediato respiró profundo para reponer el aire. Sakti y Merkaid arquearon una ceja, divertidos por la anécdota. Darius estaba lejos de sentirse emocionado por el dato.
—¿Eso qué nos hace? ¿Primos de qué grado? —preguntó Sakti un poco burlona.
—No nos hace nada —respondió Darius entre dientes.
—Como digas, primo —lo molestó Merkaid.
Darius ni siquiera intentó responder a la provocación. El resto de la reunión consistió en hablar de los preparativos para la expedición, pero él se limitó a mirarse los nudillos para mantener la compostura. Estaba enfadado. Esa dichosa expedición no era más que otra excusa, otro truco para mantenerlos a todos entretenidos mientras Masca seguía desmoronándose bajo los rayos vanirianos. Y Sakti, que siempre era tan cautelosa, cayó redondita y feliz en la nueva trampa de Merkaid. Connor estaba embelesado con la idea y hasta Dagda y Airgetlam comenzaban a entusiasmarse. Pero él...
Él seguía pensando en Zoe.


"Los Hijos de Aesir: El Reino de las Arenas" © 2011-2017. Ángela Arias Molina

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