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Capítulo 5

5
LAS RUINAS


Al fin llegó el día de la expedición. Sakti lo había esperado con mucha ilusión. Se dio cuenta de que se comportaba como una chiquilla, aunque no dejaba que la emoción que sentía interfiriera con su serenidad habitual. A pesar de los riesgos que corría si entraba en las ruinas, la idea de una expedición la entusiasmaba. Ni siquiera la mala cara que pusieron las doncellas cuando vieron la elección de sus ropas la puso de mal humor.
—¿Eso estaba en tu guardarropa? —preguntó Merkaid cuando la vio llegar.
La muchacha llevaba un pantalón corto que le llegaba por encima de la rodilla y una camiseta clara, sin mangas; su atuendo dejaba al descubierto las marcas de la Profecía, que le crecían por los brazos y las piernas, además del cuello. Generalmente usaba ropas que la cubrían por completo, pues si salía a visitar a Galatea y a los lobos debía caminar por las calles soportando unos metros bajo el sol del desierto. Y el picor era brutal. Dagda tenía una fea quemadura de sol en un brazo porque se quedó dormido al lado de la ventana. Tenía que ponerse con regularidad una pomada que Connor preparó para él y aun así todavía no podía moverse sin que le doliera. Ella no quería arriesgarse a una quemadura similar, pero por esa ocasión creyó que no le haría daño vestirse con mayor comodidad.
Las ruinas estaban bajo tierra, donde no tenía que preocuparse por una quemadura de sol. Si la expedición era tan interesante como se la imaginaba, prefería ir vestida con algo que la dejara moverse con facilidad. No quería nada de vestidos ni mangas largas que le impidieran pasar un buen momento.
—Sí —respondió mientras metía las manos en los bolsillos del pantalón y pateaba el suelo con una bota. Sabía que su atuendo era muy masculino comparado a como Merkaid estaba acostumbrado a verla, pero seguía dispuesta a estar cómoda—. Aunque tuve que ajustarlo un poco; me quedaba grande.
—No me sorprende —se limitó a responder el príncipe con los ojos entrecerrados sobre ella. Miró al resto del grupo y preguntó si estaban listos para partir.
—Solo algo más —dijo Sakti.
Dereck le hizo una seña para que se acercara a un puesto que preparó para ella. En la mesa había seis espadas diferentes. Cinco tenían la hoja en forma de curva y solo una era completamente recta. Sakti las estudió. Calculó el peso de cada una y flexionó la mano derecha, preparándose para una nueva arma.
—¿Solo esas hay? —Antes que el Guardián pudiera responder, el príncipe preguntó:
—Allena, no estarás pensando ir armada, ¿verdad? —Ella lo miró y levantó los hombros.
—¿Por qué no?
—Porque vas a un paseo, no a un campo de batalla —respondió Merkaid con desdén—. Estarás conmigo, Soel y Dereck. Aquí, como en Masca, no te hace falta ir armada. Estoy seguro de que en Palacio no andas con una espada al cinto, ¿verdad?
—Por supuesto que sí —respondió Sakti como si fuera lo más lógico del mundo. Tomó la espada recta. Era corta, si acaso un poco más larga que la mitad de su brazo. En realidad parecía una daga muy grande—. Me tomé las últimas dos semanas con calma porque estaba en transformación. Pero ya que pasaron los síntomas no voy a andar desarmada. Masca no me crio para depender siempre de la protección de Dereck.
Envainó la espada en una funda de bronce. Una vez que la tenía acomodada en el cinturón, dejó que Dereck le pasara una capucha ligera sobre los hombros para protegerse del sol.
Cuando la muchacha pasó al lado y salió para reunirse con los lobos, Merkaid soltó un suspiro incómodo y se preguntó si la expedición sería buena idea. Aún no estaba seguro de conseguir que Sakti activara las ruinas y comenzó a preocuparle que su sobrina no tuviera el carácter paciente que demostró durante sus clases de transformación. Porque cuando la muchacha bajó de la habitación, usando ropas que a su padre le quedaron pequeñas muy pronto, y eligiendo espada sin importarle la prohibición implícita de ir armada, Merkaid pensó que quizá Sakti se parecería a Velmiar en carácter. Y si el parecido era en la testarudez, él iba a pasar unos momentos muy difíciles en las próximas horas.

****

—Muy bien, espero que disfruten el recorrido —dijo Ryaul cuando llegaron a la entrada principal.
No era el mismo lugar por el que entró Sakti a la zona restringida e inestable de las ruinas. La entrada principal era espaciosa y segura. Consistía en una rampa firme que subía hasta lo que los arqueólogos suponían que fue un gran ventanal, que permitía el paso de la luz y la ventilación. Después de subir la rampa se llegaba a una sala amplia sin adornos. En el fondo había cinco elevadores construidos por los arqueólogos para subir y bajar al interior de las ruinas. En cuanto Sakti puso un pie en la sala del ventanal, las ruinas reaccionaron.
No se sacudieron, como Merkaid esperó en secreto. El tenue brillo ocasionado por la magia de los arqueólogos se disparó por el poder de la princesa y causó una explosión de luz que cegó a todos. Hasta Sakti se llevó las manos a los ojos, tomada por sorpresa. Luego la luz cesó por completo, como si la sobrecarga de magia hubiese fundido los circuitos de las ruinas. Por unos instantes los aesirianos guardaron silencio, mientras las estrellas que danzaban en sus retinas desaparecían poco a poco. Temieron que las ruinas murieran por una falla de cálculo y sobrecarga de magia, pero en menos de un minuto brillaron de nuevo. Ahora tenían una luz más viva que la que producían los arqueólogos solos, aunque las paredes no quemaban la vista. Ahora la habitación se veía con más detalles.
—Qué bonito. Todo es azul —comentó Connor al ver el color del mármol—. Se parece al mar en ciertas partes.
A Sakti le pareció curioso que por fuera las ruinas fueran blancas como el papel, pero que por dentro fueran azules como el mar. «Son como el Palacio de Masca», pensó. De hecho, el color de la habitación le recordó a la Sala del Trono de su tío Kardan. A una mirada se dio cuenta de que Dereck, Darius y los gemelos pensaron lo mismo.
La princesa levantó la mirada. Se preguntó si vería una de las famosas arañas de cristal que tenían como locos a los arqueólogos, que se preguntaban cómo todavía permanecían en los techos y brindaban luz artificial en las noches. En lugar del enorme candelabro, vio un hocico gigante lleno de dientes y un par de ojos furiosos que bien podían ser amarillos bajo la capa de mármol. Un lobo reparó en la mirada de Sakti y comenzó a ladrar después de ver el techo. El otro lo imitó.
Nefer retrocedió hasta esconderse detrás de Merkaid, las doncellas se estremecieron y los profetas estuvieron a punto de correr. Pero al ver que la figura estaba inmóvil, y que permanecería así hasta el fin de los tiempos, dejaron escapar suspiros de alivio.
—¿Qué es? —preguntó Kel.
—¡Un dragón! —respondió Ryaul—. Solo se puede ver cuando hay mucha gente aquí, porque entre más magos más luz emiten las paredes. Hoy —agregó mirando a la princesa— tenemos suerte.
—¿Está pintado? —preguntó Dagda con asombro.
El dragón tenía las alas y las patas delanteras muy cortas, pero la cola y en especial las patas traseras eran larguísimas y robustas. Más que hecho para volar, parecía un excelente corredor al que nunca se le escapaba una presa. En ese momento era como si se dirigiera hacia una: el espectador. El hocico estaba abierto de par en par, con las comisuras de los labios levantadas en una mueca feroz. Los ojos los tenía fijos en cada uno de los aesirianos que lo contemplaban desde el suelo.
Algo no encajaba. El dragón parecía muy real, demasiado para el gusto de Sakti. Las pinturas que conocía nunca estaban en paredes o techos de mármol, porque lo común era que las escenas retratadas en la roca estuvieran hechas con cincel, no con pincel. El dragón no tenía los ojos opacos ni ningún relieve. Era como si estuviera retratado con exquisito detalle desde el otro lado del techo. Como si hubieran colocado una lámina de mármol azul translúcida sobre el cuadro, o como si...
—No es una pintura —dijo Ryaul, rebosante de felicidad—. Es un dragón de verdad. Un fósil conservado en el mármol.
... Como si el dragón estuviera vivo y conservado en una prisión.
—También creemos —continuó el arqueólogo— que si las condiciones de este lugar fueran diferentes, probablemente el dragón todavía estaría vivo.
—Ah, no te creo —lo cortó Connor—. Te lo estás inventando.
—No, no, para nada —se defendió Ryaul—. Las paredes en realidad son muy frías y quizá en el interior lo son aún más. Eso explicaría cómo el cuerpo se mantiene tan bien. Quizá, si estas ruinas no estuvieran en el desierto pero sí en un lugar mucho más frío, podríamos intentar sacar el dragón para ver si revive. Algunos creen que se pueden revivir criaturas cuyos cuerpos se mantienen intactos gracias a las bajas temperaturas. Esta especie de dragón ya no se encuentra, se extinguió hace mucho. Pero con un poco de suerte podría traerse de nuevo. ¿No sería fantástico verlo?
Los profetas miraron el dragón con admiración y pensaron en las posibilidades. Para ellos eso no era más que una anécdota interesante, algo que podrían leer en un libro sin el peligro de encontrarlo en la vida real. Se conformaban con ver al animal conservado en el mármol; para ellos ya era suficiente tenerlo como adorno. Para Sakti era diferente.
«¿Es esto lo que sentí aquel día?», se preguntó. «¿Es esa fuerza mágica descomunal una criatura similar a este dragón? ¿Quizá una criatura que estaba también en el mármol y escapó?». Le preguntó al arqueólogo cómo los antiguos aesirianos atraparon a la criatura. ¿Cómo era posible, además, que ahora la vieran a través del mármol como si la roca fuera traslúcida?
—No sabemos —respondió Ryaul mientras levantaba los hombros—. Es una de las muchas cosas que ignoramos de este lugar. Tal vez sea magia que desconocemos. O tal vez sea tecnología antigua. Aunque yo tengo algunas hipótesis...
Ryaul se acomodó las grandes gafas y dio las instrucciones para la expedición. Era obvio que dejó la última idea en el aire para finalizarla más adelante, durante la visita a las ruinas, y sorprender al grupo con sus ideas. Para llegar a eso primero tenía que dar unas cuantas pautas.
Para empezar, la expedición estaba a cargo de él y otros dos colegas suyos, que los guiarían a través de una serie de bóvedas, salones y pasillos previamente aprobados. Aunque el camino era estable, debían pasar cerca de un precipicio interno en donde –como los civiles tenían prohibida la entrada– no había una baranda de seguridad. Los arqueólogos no quisieron instalarla porque dañaría el bello piso de las ruinas. Así que todos tenían que hacer lo básico: seguir las indicaciones de los arqueólogos, no separarse de su grupo, no deambular solos, fijarse por dónde caminan, no gritar, empujar ni correr. Los únicos que tendrían grandes problemas para seguir las normas serían los chicos profetas. Y tal vez Kel, si era estimulado por ellos.
Se dividieron en tres grupos. En uno irían Darius, Connor y Kel, junto a Geri y su arqueólogo guía. En el segundo estarían Merkaid, Soel, Freki, los gemelos y el guía asignado. Y el último grupo sería el de Sakti, Dereck, Nefer, las dos doncellas y Ryaul.
—Así podremos recorrer mayor terreno —concluyó el arqueólogo. A Sakti le disgustó el arreglo porque no le hacía gracia la presencia de las doncellas ni la de Nefer. Para ella, solo eran un estorbo odioso y criticón—. Y ahora, ¡a los ascensores!
Ryaul se dirigió a toda prisa hacia ellos, asignando cada uno a los grupos hechos. Salvo que Geri y Freki montarían cada uno un ascensor para evitar inconvenientes de peso. En un principio todos imaginaron que Ryaul estaba emocionado por mostrarles lo que había abajo y que por eso subía al ascensor con tanta energía. Pero tan solo descendieron un par de metros cuando notaron qué era lo que tenía tan entusiasmado al gracioso arqueólogo.
Más criaturas en el mármol.
Los ascensores se movían paralelamente a dos paredes. La que estaba más cerca de ellos estaba recortada por varios niveles regulares; los más cercanos a la superficie tenían linternas, cuadernos y cinceles acomodados en algunas mesas, muestra de que eran explorados con regularidad. Conforme descendían, la presencia de artículos disminuía ya que los arqueólogos no solían visitar los pisos inferiores. A veces la distancia entre cada nivel aumentaba y era en esos gruesos bloques de mármol en los que estaban las criaturas.
No eran altos y anchos, como el dragón de la sala del ventanal. Eran largos y delgados, con aletas a los lados como si fueran peces, pero también cerca del vientre, con pequeñas garras. En el lomo tenían una larga mata de pelo que acababa unos metros después de llegar a la punta de la cola. Estaban acomodados de perfil, así que no podía mirarse por completo sus rostros. Lo único que se apreciaba bien era el largo hocico y uno de los bigotes. Los ojos no veían a nadie en particular, lo que hacía que parecieran menos vivos que el dragón del techo.
Eran dragones marinos; algunos adultos, otros jóvenes y unos cuantos unas crías. Además de cómo atraparon a las bestias, Sakti se preguntó cómo las transportaron hasta ahí. ¿Quizá hace miles de miles de años ese lugar no era una ciudad en el desierto, sino en el mar? ¿O antes el mar estaba más cerca? ¿O hubo un lago que conectaba con el océano?
La visión de los dragones marinos fue nada comparada con lo que la otra pared ofrecía. Estaba como a doscientos metros de distancia y era completamente lisa. No cabía duda de que fue construida para que quienes estuvieran en los pisos de enfrente apreciaran el cuadro que pintaba. Un enorme dragón, el más grande que Sakti había visto jamás, estaba atrapado en el centro de la pared. La mayor parte del cuerpo estaba acomodado de perfil, pero el largo cuello se curvaba para que el rostro mirara al frente. Este dragón era blanquecino y contaba con más de dos pares de patas. Las delanteras estaban muy alejadas del resto, que se repartían alrededor del cuerpo. Sakti imaginó que así era como el dragón conseguía mantener toda su figura en pie, sin que su panza rozara el suelo. Las alas eran largas y anchas, enormes, tan grandes que cada una podría taparle el sol a una ciudad entera.
Además del dragón había otras criaturas mucho más pequeñas: otro tipo de dragones, un tipo de bellas aves con largas y delicadas plumas, unos insectos gigantes y...
—Personas... —susurró Dereck al notar las figuras que interactuaban con las criaturas. La mayoría eran mujeres con largas cabelleras, cuyas puntas terminaban con la misma elegancia que las colas de las aves fénix.
—No, no son aesirianos de verdad —lo tranquilizó Ryaul—. Los hemos estudiado más de cerca para cerciorarnos. Las figuras aesirianas son las únicas que no son corpóreas. Son burbujas de aire delimitadas con mucha precisión. Son como las figuras que algunos cristaleros forman en los adornos de vidrio. ¿Las has visto? —Dereck asintió—. Te pone a pensar en lo talentosos y pacientes que eran los artistas de este lugar, ¿verdad?
Y mucho. La imagen era impresionante. Desde luego, seguía la historia de los Tres Dragones, precisamente el momento de la creación de los mesías aesirianos. Ahí estaban la imagen del Emperador Odín, las cuatro figuras encapuchadas de los profetas, el círculo de luz en el que hicieron el Pacto y las tres almas de los portadores que bajaban del cielo para reunirse con los tres puntos que representaban a los Dragones.
Mientras las seis almas dormían, la vida en el mundo seguía su marcha. Había guerras, enfermedades, muerte. Sol, luna, fuego y agua. Risa, llanto y vida. Todo a la espera de los Dragones.
«Los encerraron por mí», pensaron ella y el Dragón. Una vez más sus pensamientos, voces y apreciaciones se fundieron hasta confundir quién los sintió primero. «Encerraron a estos dragones para dar tributo a nuestra historia».
Llegaron al nivel principal. Sakti, todavía aturdida, salió del ascensor apenas Ryaul le abrió la puerta. ¿Cuántos niveles descendieron? No estaba del todo segura, pero pasaron muchos minutos contemplando la escena en la pared. Y el dragón atrapado era muy, muy, muy grande. Además, le dolían los oídos. Debían de estar a una profundidad considerable.
Ryaul y el arqueólogo guía de Merkaid abrieron los ascensores de los lobos. Sakti se reunió con el otro grupo. Darius y los chicos miraban una pared.
—Ay, no puede ser... —murmuró un gemelo—. Esto más que interesante...
—... es escalofriante —terminó el otro. Sakti se les acercó con la mirada clavada en el suelo mientras se rascaba los oídos. Entonces escuchó que hablaban de ella:
—Estas cosas son igualitas a Allena.
Miró la pared de los profetas, que estaba justo delante. En ella había varias criaturas blancas más altas que un aesiriano adulto. Formaban una línea recta paralela a la pared y tenían la mirada al frente, como un ejército. Estaban erguidas sobre dos patas. La parte superior de los cuerpos estaba ligeramente inclinada hacia el frente, como para equilibrar mejor el peso. No tenían ni una pizca de cabello en el cuerpo, ni siquiera cejas.
Los rostros eran un poco alargados y era difícil saber si tenían nariz u hocico. Tenían dientes largos y filosos, blanquecinos como el resto del cuerpo, que sobresalían en lo que parecía una sonrisa de oreja a oreja. Los ojos eran grandes; en lugar de pupila redonda, tenían una larga que cortaba el iris verticalmente. No se podía adivinar si tenían párpados, lo que hacía que parecieran criaturas más espabiladas e inteligentes que jamás cerrarían los ojos ni los apartarían de su misión, fuera cual fuese.
Lo que terminaba de darle el aire salvaje a esas criaturas era la posición de los hombros y las garras, además de la larga cola en la base de la columna. En lugar de hombros rectos, los brazos caían como si las garras estuvieran hechas de plata y pesaran toneladas. Así parecían animales a punto de lanzarse sobre las presas. La cola larga y robusta solo ayudaba a darles mayor ferocidad, como si pudieran usarla a modo de látigo.
Sakti parpadeó antes de mirar fijamente a un gemelo.
—¿Y exactamente en qué me parezco yo a estas criaturas?
—Bueno, ahora no te les pareces. Pero antes sí, en el barco, con los cambios de reversa... Si estas cosas tuvieran alas, cuernos y tu cabello serían una copia tuya de cuando estabas entre la transformación definitiva y los cambios de reversa.
—Qué loco —comentó a su vez Airgetlam—. De verdad son como Allena. Son hombres y mujeres dragón.
Eran grandes reptiles con cuerpo aesiriano. O aesirianos con cuerpo de reptiles, dependiendo de cómo se mirara. Pero la mezcla era indudable. Algunas criaturas tenían las caderas, la cintura y los pechos bien definidos. Otras tenían los hombros anchos, el torso recto y la anatomía de los hombres.
—¿Qué son? —preguntó Connor. Su guía dijo:
—No lo sabemos, no podemos distinguir qué animal es. Supimos que esas cosas alguna vez existieron hasta que encontramos esta sección. Y además... bueno, no queda claro por qué están aquí.
—Es obvio por qué —intervino Kel, aferrado a Darius—. Para asustar a las personas.
—No, ellos se refieren a que no entienden qué papel juegan estas criaturas en la pared. Los dragones, los fénix y las figuras aesirianas cuentan una historia, la de la Profecía. Pero ellos —dijo Darius señalando con la cabeza a los reptiles— no forman parte del cuadro. Su papel no está bien definido.
El arqueólogo asintió, aprobando la sencilla explicación de Darius. Era justo eso a lo que se refería. ¿Por qué esas criaturas estaban allí? Si eran tan escalofriantes ¿por qué estaban en un nivel de gran importancia, en una bóveda que obviamente en sus días sirvió como punto de encuentro para millares de aesirianos?
La bóveda era amplia y contaba con varias entradas a túneles anchos que se dirigían a diferentes puntos de las ruinas. Ese lugar fue tan importante que incluso en el centro corrían rieles que salían de un túnel para entrar a otro.
—Por aquí pasaba un tren —explicó un arqueólogo.
—Lamentablemente aún no lo hemos encontrado —concluyó Ryaul. Luego señaló tres túneles—. Estos se conectan de nuevo cerca del precipicio del que les hablé antes. Veremos cosas similares en cada uno de ellos, pero será más interesante cuando nos encontremos de nuevo y descifremos qué elemento es el que los hace únicos. Así les contaré qué creo que he descubierto, ¿de acuerdo?
Todos asintieron, pues no estaba mal seguir el juego del hombre que les mostraba esas extrañas maravillas. Se separaron después de prender un par de lámparas para los grupos de Darius y Merkaid.
—Nuestro grupo no necesita lámparas —dijo Ryaul mientras lideraba la marcha por el tercer túnel—. Sus poderes nos alumbrarán, Alteza.
Sakti tomó aire y siguió al arqueólogo. Cuando pasó por la entrada miró por el rabillo del ojo a las criaturas que seguían acomodadas en las paredes, como si las franquearan, como si observaran con atención a cada persona que caminaba por los pasillos que custodiaban. Sakti acarició el mango de la espada, agradecida por traerla. Era una precaución que tomó pensando en la presencia que sintió el primer día en Myula. Qué curioso que no la sintiera ahora. Y qué alivio, también. Porque si era algo semejante o peor a esos reptiles bípedos... Bueno, no sería una imagen bonita de ver. Se preguntó qué más encontraría en las ruinas.


En un principio, los tres grupos observaron las mismas escenas en diferentes túneles: todavía el mármol era azul y en ese nivel solo estaban atrapados los extraños reptiles bípedos. No había otras figuras, nada de dragones, fénix o burbujas de aire que simularan ser aesirianos. Los pasillos eran anchos y los techos altos, así que era fácil imaginar caravanas recorriendo los túneles como si fueran caminos en una montaña. La idea de una ciudad gigantesca que usaba como medio de transporte carretas, animales de carga y trenes no era nada disparatada. Tenía mucho sentido si se pensaba en que los antiguos habitantes de ese lugar no podían recorrer a pie las largas distancias sin cansarse.
Lo único que no encajaba eran los reptiles bípedos. ¿Qué tipo de criaturas serían como para que los aesirianos antiguos pudieran transitar los túneles sin sentir escalofríos? ¿Y por qué estaban colocados todos así, viendo al frente, como si observaran a los caminantes? Darius comenzó a creer que Kel tenía razón: esas cosas estaban allí para asustar a las personas. Quizá entonces la pregunta era por qué.
Era divertido cómo le daba vueltas a la idea. Cuando se dio cuenta de lo inmerso que estaba en ella, se dijo que Merkaid jugaba muy bien a las distracciones con esa expedición. Ahora se hacía una nueva pregunta: ¿qué esperaba sacar Merkaid de todo esto? ¿Tan solo retrasar la petición de ayuda oficial? Si lo pensaba eso no tenía ningún sentido. Si el príncipe estaba tan seguro de que sus hermanos no darían el apoyo a Masca, ¿entonces por qué seguir retardando la negativa a Sakti? ¿Porque temía perderla? ¿Temía que se fuera a salvar sola Masca?
—Ah, ja, ah… —gimoteó Connor al lado. Kel y él se le pegaron a los costados como un par de niños indefensos.
—¿Qué les pasa? —preguntó. Los dos estuvieron a punto de hacerlo caer.
—Esas cosas dan mucho miedo —se excusó Connor mientras señalaba a las criaturas en el mármol.
—¡Yo estoy seguro de que uno se movió! ¡Y que nos miran! —siguió Kel. Darius suspiró. Podía aceptar ese comportamiento de parte de Kel, porque al fin y al cabo el grolien no tenía ni diez años. Era un niño con todas las de la ley. Pero Connor, aunque era cachorro, ya estaba muy grandecito para esos miedos infantiles.
—No se pueden mover porque no están vivos —dijo mientras acariciaba la cabeza del grolien—. No pueden hacernos daño y por eso no hay razón para temerles. Y Connor… —agregó mirando a su hijo—, ya vas a cumplir 21 años, ¿verdad?
No tuvo que decir nada más para que el chico comprendiera lo que le quería decir. Connor hizo un puchero y se separó de él, pero no lo suficiente como para dejar de rozarlo al caminar.
—Eso solo significa que mi carne va a estar más suavecita y fresca para cuando esas cosas le hinquen el diente —comentó dramáticamente. Le sacó una sonrisa a Darius. Ese comentario parecía de los gemelos.
—¡Connor es un cobarde! —canturrearon un par de voces, haciendo que Kel y Connor se sobresaltaran. Las voces sonaron al otro lado de la pared—. ¡Y Kel también! —dijeron. Luego siguieron las risas.
—¡Dagda! ¡Airgetlam! —gritó Connor enfadado al descubrir la broma de sus hermanos. Aunque miró a todas partes no pudo verlos.
—¿Los túneles son paralelos? —preguntó Darius al guía, porque recordaba que al principio estaban separados por otros caminos y parecían tomar inclinaciones diferentes.
—Sí y además llegan a entrecruzarse en algunos puntos —respondió el arqueólogo del grupo de los gemelos, al otro lado de la pared.
—Si no se anda con cuidado este lugar puede convertirse en un laberinto —agregó el guía de Darius.
Connor y sus hermanos discutían a través de las paredes mientras seguían caminando. Los lobos también participaban de vez en cuando en la lucha verbal, lo que aligeraba el ambiente. Por lo menos ya nadie estaba asustado por las criaturas en las paredes.
Los chicos comenzaron a cantar. Darius pensó que sus hijos mayores querían aliviar la tensión del menor; pero después comprendió, por la elección de canción, que en realidad querían fastidiar a Merkaid. Era una de las tonadas que la tripulación de Telius interpretaba mientras trabajaba en la cubierta y que los piratas utilizaron con mayor frecuencia durante el viaje al Reino de las Arenas porque así fastidiaban a Dereck.

«Vueltas y olas en el mar,
aplastando sus barcos sin cesar.
Qué tesoros, qué belleza,
destruidos por su fuerza.

¡Oops! ¡El rey se va a enfadar!

A la horca lo enviaron a colgar,
pero mi capitán se echó a nadar.
No hay peligro, no hay problema,
porque el agua a hombre apuesto no daña.
Por eso el tacaño no bracea.
Porque el agua al rey derrite.

¡Oops! ¡El rey se va enfadar!».

—¡Oye, Allena! —exclamó Airgetlam—. ¿Nos oyes? ¡Canta tú también!
—No creo que los escuche —le dijo el guía—. El túnel que la princesa tomó no se acerca a este sino casi al final.
Dagda y su hermano dijeron que era una pena, pero de inmediato se sobrepusieron y siguieron con la estrofa:

«¡Oops! ¡El rey se va enfadar!».


Ryaul les explicó que el edificio fue construido con varios bloques de mármol azul, todos con el mismo tamaño y detalle. Por eso parecía que la ciudad se talló directo en la roca; porque era perfecta, no tenía fisuras ni desigualdades en las paredes que permitieran ver los bloques individuales. Justo cuando iba a explicar cómo creían él y sus colegas que habían transportado y colocado el mármol hasta ese lugar, escucharon la canción de los profetas a la lejanía, recorriendo los pasillos como un eco. Las palabras no se entendían con claridad, pero el ritmo y algunos sonidos sueltos delataron su significado.
—Oh, ¡pero qué mal gusto! —masculló una doncella. Lo dijo como si pretendiera que solo su compañera la escuchara, pero fue obvio que quería que todos la oyeran, en especial Sakti—. Una canción de piratas. Lo más triste es que les queda como anillo al dedo.
—Son gente vulgar, Cerina —la respaldó la otra—. Es difícil entender cómo nuestra princesa los tolera. Es un milagro que sea tan educada como es.
—Es la sangre. Se nota cuando una persona tiene buen linaje, y la princesa tiene la sangre serena de su madre y la valiente de su padre. Los dos eran especímenes ejemplares del clan Aesir —dijo Cerina a modo de explicación. Sakti no dijo nada, aunque le pareció un asco que esa mujer buscara ganarse puntos con ella con un comentario tan superficial y falto de buenos argumentos—. En cambio, esos no tienen nada que merezca la pena. Cualquier buen rasgo que pudieron haber heredado de parte de los Tonare se fue al caño por la sangre de la zorra madre del mestizo. Como todo bastardo, él es una vergüenza para una familia de noble cuna. Por eso los bastardos no deberían tomarse la molestia de nacer.
Dereck y Sakti se detuvieron al mismo tiempo, ambos con la boca abierta por el asombro. A Dereck le importó un comino la discreción. Giró el cuello y miró a la mujer sin entender cómo pudo haber dicho eso. Merkaid se preocupó por buscar un par de aesirianas de buena presentación y educadas para ser doncellas de Sakti; no habría permitido que cualquier persona permaneciera al lado de su sobrina. Pero al parecer la educación de las mujeres valía menos que la arena en el desierto, porque esos modales eran un verdadero asco. Hasta Fustus era más agradable que ellas.


«A la horca, al putero,
en ningún lugar es un cero.
Le gana al tacaño sin esmero,
haciendo cochinillos con su...»

—Ah, ah, cállense —pidió Merkaid mientras se llevaba las manos a las orejas y se las frotaba como para limpiarlas y dejarlas libres de vulgaridades—. Son unos críos, no deberían tener esas palabras en la boca. —Los gemelos se rieron antes de seguir con el estribillo:

«¡Oops! ¡El rey se va a enfadar!».

En su túnel, Darius se rio por lo bajo. No era un gran fanático de las canciones de piratas y en otras circunstancias no dejaría que sus hijos las cantaran, pero le divirtió que los gemelos se burlaran así del príncipe. Además, Connor y Kel ya estaban mucho más tranquilos. Ambos caminaban al frente del grupo, a unos cinco metros. Marchaban entusiasmados, siguiendo el ritmo de la canción y repitiendo el estribillo cada vez que llegaban a él. Ya no tenían miedo. Al contrario, contagiaban ánimo. En especial Connor.
—Anda, papá —dijo al girar sobre los talones para caminar de espaldas y mirar a Darius sin detenerse—. Si te unes a la canción será más divertido.
A Darius le gustaba cuando sus hijos sonreían, aunque con los gemelos siempre sentía una dosis prudencial de mala espina y escalofríos pues eran un par de traviesos incorregibles. Sus sonrisas no podían augurar nada bueno. Con Connor era diferente. Cuando sonreía, todo estaba bien.
Los labios de Darius le cosquillaron, pero la sonrisa se le borró antes de que se formara.
—¡CONNOR, CUIDADO! —gritó. Apretó la marcha y extendió una mano, pero aun así no llegó a tiempo. Connor desapareció en cuanto el suelo se lo tragó.


"Los Hijos de Aesir: El Reino de las Arenas" © 2011-2017. Ángela Arias Molina

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