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«Aquí estoy…»

«AQUÍ ESTOY...»



«Allena, toma mi mano», susurró una voz dentro de su cabeza.
Solo era otra alucinación auditiva de las muchas que tenía. Escuchó de todo: desde el sonido del mar en el barco de Telius, hasta la boca vulgar de Fustus. Desde los latigazos de Tiamat, hasta las alegres carcajadas del tío Kardan el día que decidió enseñarle a bailar. Por supuesto que tenía que alucinar con esa bella voz. Ninguna alucinación estaría completa sin él.
«Quedan pocos metros, Allena. Estoy aquí».
Los dedos del brazo derecho reaccionaron al fin. Sakti los dirigió a la aguja incrustada en el pecho y la sacó de un tirón. La aguja se desintegró como si fuera niebla. La princesa pudo reaccionar por completo. Cuando abrió los ojos las paredes parpadearon con ella y luego se iluminaron. Sakti se preguntó cómo todavía no tocaba fondo. Se percató de que entre más larga la caída, más horrible sería el golpe. Tenía que salvarse, tenía que hacerlo... ¿Pero cómo?
Pensó en un campo telequinético para mantenerse a flote, pero no logró crear uno por más de un segundo. ¡Las artes de la mente no eran su fuerte! Pensó en impulsarse con fuego, pero si se dirigía a una pared terminaría como un mosquito aplastado; para empeorarlo, no lograba colocarse de manera vertical, con la mirada hacia arriba. Pensó en sus clases de transformación, pero todavía no sabía controlar el surgimiento de las alas. Tampoco podía dominar el cuerpo ahora. La sensación de caída la tenía desconcertada. En ese estado no podía usar magia y la única parte de su cuerpo que estaba transformada era el brazo izquierdo.
«Allena, toma mi mano», recordó.
Extendió la mano como si alguien fuera a sostenerla. Por supuesto, no había nadie allí para ayudarla. Sin embargo, tuvo una idea al ver la garra izquierda intentando sostenerse del aire. Si podía pulverizar rocas y recibir hachazos, ¿no podría también rayar el mármol? Quizá, si creaba la suficiente fricción, podría crear marcas en la pared y reducir la velocidad de la caída. Quizá podría detenerse antes de tocar fondo.
También era probable que se arrancara el brazo izquierdo desde el hombro si la fuerza de gravedad y la velocidad de la caída eran superiores a la resistencia del cuerpo. Lo cual era poco comparado con terminar pulverizada al tocar fondo. Sakti braseó en el aire, como si nadara, y creó muy leves corrientes de aire para impulsarse. No quiso usar la esencia del viento a lo loco y estrellarse contra la pared antes que el suelo. Cuando estuvo a pocos centímetros, extendió la garra y cerró los ojos. Suplicó piedad. Luego escuchó el chirrido.
Fue como cuando los maestros de letras pasaban las uñas sobre la pizarra para llamar la atención de los estudiantes. Recordó a un profesor bastante odioso que hizo eso a ella y a sus primos porque uno dormitaba aburrido. Solo que el chirrido en esta ocasión fue mil veces peor; más estridente, más fuerte, más horrible. Sakti no pudo taparse los oídos sin soltarse, así que tuvo que soportarlo.
La fricción hizo que de la garra brotaran chispas azules y amarillas. Sakti solía sentir apenas un leve entumecimiento en el brazo izquierdo, pero ahora las puntas de los dedos le ardieron. La garra se estaba quemando y pronto alcanzaría la carne.
Se detuvo de repente. Los dedos de la garra quedaron clavados al pie de cinco largas estrías. Al frenar tan de súbito, Sakti chocó contra la pared. La cabeza, los labios, la cadera y las rodillas se llevaron la peor parte. Se rompió el labio y la sangre se le metió en la boca. Estuvo a punto de tener un ataque de fobia pero lo detuvo antes de que comenzara. No era hora para tener miedo ni preocuparse por el dolor. Tenía que pensar. Ya se detuvo, ¿ahora qué? ¿Cómo regresaba a la superficie? ¿O cómo llegaba al fondo sin matarse?
No tenía ni la más remota idea. El brazo izquierdo comenzó a cansarse. Si seguía así terminaría soltándose y caería otra vez al vacío, a la muerte, al lago de serpientes.
«Suéltate, Allena», escuchó en su mente. «Hazlo, confía en mí. Aquí estoy». Sakti apretó los ojos. No, él no estaba allí. Mark no estaba allí para sacarla del apuro. Él estaba muy lejos y ni siquiera matándose podría alcanzarlo. Lo que escuchaba eran alucinaciones. Todavía tenía en su sistema el sedante mágico de la aguja. Pero...
«Suéltate. Aquí estoy».
... La voz de Mark no estaba distorsionada por la droga. Se escuchó tan real que casi pudo sentir el aliento cálido del mensajero en el cuello.
«Suéltate», siguió la voz.
Sakti apretó los ojos, levantó los dedos y comenzó a caer...
«Yo tomaré tu mano».
Y alguien la sostuvo, la levantó y la metió a través de una abertura en la pared.
Cuando sintió suelo bajo el pecho y las piernas, se dio cuenta de que estaba acostada bocabajo. Palpó alrededor para asegurarse de que no caería si se movía. Se sentó apenas se sintió segura. Había entrado a un túnel a través de una abertura en la pared, idéntica a la que Connor utilizó más arriba. A unos centímetros al lado estaba el borde y, abajo, el resto del precipicio, todavía sin fondo, todavía oscuro. ¿De verdad faltaban pocos metros para tocar fondo? No lo sabía y no quería averiguarlo.
—¡AMO! —gritó. Miró de un lado para otro en busca de su salvador.
Claro, sabía que era un disparate, sabía que Mark estaba muerto y que no pudo haberla salvado, sabía que la voz que escuchó no era más que una alucinación. Pero aun así... aun así... Aun así la calidez en la garra no era por la fricción con el mármol.
Era la calidez de la mano de Mark al atraparla, tal y como lo prometió.
Pero Mark no estaba. Allí no había nadie más que ella. Nadie la había ayudado. Nadie la había levantado.
—¡NO! —dijo con fuerza. Su voz se fundió con la del Dragón—. Alguien me ayudó. Alguien me dio la mano.
«Como aquella noche en Norishka, con aquella niebla que transmitía calidez con solo existir para mí», pensó. Dios, ¡cuánto extrañaba a Mark! Se recostó a la pared para recuperar el aliento. Tenía que tranquilizarse, atender las heridas, idear un plan. Tenía que dormir un poco.

****

Su andar resonó en los pasillos y en las bóvedas aledañas, desconcertante, aterrador y poco natural. Primero una pierna y luego la otra, arrastrada. De vez en cuando se escuchaba el siseo de las paredes, como si las criaturas atrapadas en el mármol desaprobaran la lentitud del muchacho. En realidad, Connor andaba rápido. Hacía mucho que dejó atrás a su padre y a sus hermanos, y ahora las paredes apenas le iluminaban el paso.
Connor era como una vela muy pequeña, con la mecha apenas encendida con un puntito de luz anaranjada para iluminar toda una cueva. En ese estado, su magia sola era incapaz de alumbrar más de dos metros alrededor. Si hubiese estado despierto se habría desesperado de no ver nada más que las manos y algunas siluetas de los reptiles bípedos que lo vigilaban.
Connor cayó. Quedó bocabajo, con los brazos pegados al cuerpo y con la frente contra el suelo.
Levántate, le ordenó la voz de las ruinas. Levántate. Sigue tu camino al jardín del Edén. Connor respondió con un leve gemido. No estaba en condiciones de caminar más. Estaba tan exhausto que no sintió el brazo derecho, que estaba dislocado. Tampoco sintió la pierna derecha, aunque la cadera le latió como si tuviera corazón propio.
No importaba que la magia de ese lugar se sincronizara con él para hacerlo caminar como una marioneta. Simplemente había cosas que la sincronización de los Aesir no podía hacer. Mover un cuerpo maltrecho y necesitado de descanso era una de esas.
Connor se alejó. Fue como si dejara atrás el cuerpo y el dolor para refugiarse en la parte más oscura e inactiva del cerebro. Justo cuando entraba en el sueño más pesado de su vida, escuchó un suspiro de impaciencia seguido de una corriente de aire frío. Pasaron dos segundos y algo se situó junto a él. Connor sintió la presencia; se trataba de un par de pies helados que se detuvieron a escasos centímetros de su rostro. Imaginó la forma de los pies, las piernas blanquísimas que ascendían hasta una cadera y un tronco poderosos, los brazos musculosos, las garras frías y crueles, el hocico largo y lampiño... El escalofrío que le recorrió el cuerpo lo despertó con un sobresalto.
Conocía ese frío.
Allí, al lado, había una de esas criaturas bípedas. Aterrado, vio que la hembra reptil meció la cola con movimientos curvos y suaves. Tenía los ojos fijos en él. La sonrisa dentellada era cada vez más grande. El siseo se hizo más fuerte. Aunque Connor no pudo mover la cabeza para ver y asegurarse, supo que más de esos horribles reptiles dejaron los puestos en las paredes para reunirse alrededor.
—No... —gimió. Invocó todas las fuerzas que le quedaban en el cuerpo para levantarse y correr.
No consiguió moverse. Las piernas no le respondieron y lo único que reaccionó fue la mano izquierda. La arrastró por el suelo a paso lento, con desesperación, tan solo para ponerla frente a la cara. Intentó utilizar esa mano como punto de apoyo y arrastrarse, pero no consiguió avanzar ni un centímetro.
«No, no, ¡no! Esto no está pasando, es una pesadilla, no está pasando». Los reptiles bípedos se acomodaron en círculo alrededor de él y abrieron las fauces. Las mandíbulas cayeron a la altura del pecho y dejaron al descubierto una boca tan grande como para engullir a un grolien cachorro. Connor cerró los ojos y se cubrió la cabeza con la mano izquierda. Fue lo único que pudo hacer.
«Es una pesadilla. Me caí en la expedición y me golpeé muy fuerte la cabeza. Es solo una pesadilla. En realidad estas cosas no salieron nunca de la pared. Nunca me atacaron. Nunca me mordieron. Solo me lo estoy soñando. En la realidad, papá y los demás están preocupados por mí porque no logran despertarme. Pero estoy a salvo, con ellos. No en las ruinas, con estas cosas. Estoy a salvo. Es una pesadilla».
Las cosas rugieron. ¡Dios! Era peor de lo que recordaba. Antes, cuando los atacaron a él y a Kel, no emitieron otro sonido más que el siseo. Como si fueran mudas. Pero ahora rugieron como si fueran dragones de verdad, con una potencia tan escalofriante que hasta el cuerpo exhausto de Connor tembló por el horror. El muchacho también dejó escapar su propio grito, pero fue débil y agudo como el chillido de un ratón. Se imaginó a las criaturas con los dorsos inclinados hacia él, con las fauces abiertas de par en par, listos para arrancarle la carne.
Sintió un roce. Dejó salir la última partícula de aire de los pulmones en un quejido horrible. Pero lo que lo tocó no fue frío ni duro, sino cálido y suave.
—Shhh, shhh, tranquilo —pidió una voz con dulzura—. Tranquilo, todo va bien, todo va bien. No estás solo. Aquí estoy.
Connor abrió los ojos de golpe y apartó la mano. Todavía no recuperaba el aire. No había reptiles en el pasillo, aunque creyó distinguir la silueta de uno al otro lado del mármol. Estaba rígido y las fauces estaban cerradas, como si nunca hubiera salido de la pared.
—Tranquilo, ya se fueron —siguió el muchacho al lado—. Estás a salvo. Ahora respira.
Connor le hizo caso. Dejó que los pulmones se expandieran y tosió cuando la corriente de aire entró por la boca. El aire le supo a viejo, pero era mejor respirar que estar tieso como un muerto. El pecho y los hombros se movieron al ritmo de la tos. Se le salieron un par de lágrimas por el dolor del brazo dislocado. Sintió todas las heridas, incluida la marca en el cuello después de la mordida del reptil.
—No te muevas. Duérmete. Cuando despiertes estarás mejor —le dijo el muchacho mientras lo acomodaba con cuidado bocarriba.
Tal y como cuando le pidió que respirara, Connor obedeció ahora la orden de dormir. Los párpados le pesaron como bloques de mármol y la visión comenzó a nublársele. La mente se le espabiló lo suficiente para recelar. ¿De verdad los reptiles bípedos estuvieron a punto de atacarlo? Porque si así era, ¿qué hizo ese muchacho para espantarlos? ¿Y qué hacía allí ahora, junto a él? ¿Sería un arqueólogo guía? No lo parecía. No traía las ropas cómodas y llenas de bolsillos de los guías, sino un abrigo de cuello alto de color blanco, limpio como el pétalo de una margarita. Y el joven no era moreno ni negro. Ni siquiera estaba bronceado. De hecho ni siquiera parecía aesiriano, porque sus ojos no tenían ese brillo animal que los distinguía de los humanos.
—Q-¿quién eres? —alcanzó a preguntar antes de que el rostro del muchacho se le desfigurara por el sueño. No alcanzó a ver la sonrisa del joven, pero escuchó su voz cuando le dijo:
—Te diré mi nombre si te duermes, Connor.
Pero una vez dormido, Connor no alcanzó a escuchar el nombre del misterioso muchacho.

****

Merkaid tosió y agitó la mano delante del rostro para disipar la nube de polvo que lo cubría. Cuando se alejó lo suficiente de las ruinas, se dejó caer al suelo. Soel lo sostuvo para que no se desplomara.
—¿Está bien, señor?
Merkaid se pasó una mano por los párpados para limpiarlos. Al abrir los ojos se dio cuenta de que las capas de polvo y arena eran más gruesas de lo que supuso. Soel estaba delante de él, cubierto de pies a cabeza por una película entre blancuzca y celeste. Hasta las alas negras del escudero estaban cubiertas de polvo.
—Sí —contestó el príncipe—. ¿Y tú? —Soel asintió.
—Pero es un desastre.
Merkaid miró alrededor y vio que gran parte del pueblo estaba cubierto de polvo marmóreo. Los niñeros y los cachorros con edad suficiente ayudaban a los arqueólogos a salir del área de expedición, ya que alrededor de las ruinas había una gran nube y todos sabían lo que eso significaba: un derrumbe. Por suerte el daño ocurrió lo bastante lejos de la entrada principal y la restringida como para que los arqueólogos que trabajaban allí, así como en las zonas aledañas, tuvieran tiempo de salir. Lo malo era que Sakti y sus amigos se quedaron adentro.
Merkaid sintió una ira que le ardió en las entrañas y le subió hasta las orejas. ¡Todo lo que quiso fue que Sakti activara las ruinas para utilizarlas a favor de los aesirianos en la guerra contra los invasores del desierto! Las ruinas se activaron, ¡vaya que sí! Pero atacaron a Sakti y le hicieron algo rarísimo al menor de los chicos profetas. La expedición no había ido nada bien, menos cuando reveló el carácter de una traidora.
Se sintió más furioso al recordar el instante en que Nefer corrió con todas sus fuerzas para empujar a Sakti. ¡Pudo haberla matado! Cualquier aesiriano no volador habría muerto por ese empujón, ¡y Nefer lo sabía! Sus intenciones fueron claras, como su destino ahora.
—No, suéltame, ¡suéltame! —escuchó detrás de él. Cuando se volteó se encontró con un soldado alto que traía a Nefer sujeta del brazo.
—Alteza —dijo el oficial—, encontré a su cachorra a las afueras de Myula. Me pareció muy peligroso para ella.
A pesar de que la chiquilla pateó, aruñó y mordió para que la soltaran, el muchacho la sostuvo sin flaquear. Solo la soltó cuando Merkaid se acercó a ambos con la mano levantada por encima de la cabeza. Los aesirianos que estaban cerca se quedaron inmóviles cuando la niña cayó al suelo. Tenía una horrible marca candente en el rostro gracias a la bofetada de su padre.
El príncipe jamás había pegado a nadie delante de la plebe, ni siquiera a los ladrones que le llevaban para que diera órdenes de qué hacer con ellos. Hasta donde se sabía, Merkaid era el príncipe más calmado del desierto, siempre risueño y lento a la cólera. Verlo furioso y golpeando a su hija fue algo que nadie se pudo explicar.
—Maldita traidora —siseó el príncipe mientras bajaba la mano al costado, hecha un puño. No pegó más a Nefer, pero el rostro expresó el desprecio más doloroso que la chiquilla había soportado en la vida—. Apártenla de mi vista —ordenó a un par de guardias de su casa que estaban cerca para ayudar en el desastre—. Llévenla al juzgado de Hundrian para que la condene.
Los aesirianos abrieron la boca muy desconcertados y se miraron los unos a los otros sin entender qué sucedía.
—P-pero, señor... —se animó un guardia—. ¿Bajo qué cargos?
—Traición al Reino, traición al Imperio —respondió Merkaid—. Intento de asesinato a la princesa segunda al Trono. Tú elige.
Las bocas de los aesirianos se cerraron. Lo que antes fue sorpresa y desaprobación hacia el trato de la niña, se convirtió en auténtico odio. Nadie podía atreverse a tocar a Sakti. Nadie tenía derecho a atentar contra la vida de la hija del príncipe Velmiar. Nadie podía intentar matar al Primer Dragón sin recibir el odio del pueblo aesiriano a cambio. El soldado que trajo a Nefer se apartó de ella como si fuera una leprosa, y dejó que los guardias la agarraran de los brazos y el cabello como si fuera una bestia sarnosa.
—¡No! —chilló Nefer—. No, papá, ¡por favor! ¡Déjame explicarte!
—¡Cállate! —cortó Merkaid mientras los guardias se la llevaban—. Yo no soy tu padre. Yo no tengo hija.
Lo dijo sin duda, sin tristeza, sin dolor. Después de dedicar una mirada fulminante a la traidora, le dio la espalda con el gesto de desprecio más poderoso que cualquier persona podía dar. Dejaría que los guardias se la llevaran a Irem, la capital de las Arenas, y que luego Hundrian eligiera el mejor castigo para ella. Era lo correcto. Ahora tenía que pensar en Sakti, en cómo sacarla de allí.
—Alteza —dijo el soldado que trajo a Nefer—. Lamento molestarlo en un momento así, pero...
—Entonces no lo molestes —lo cortó Soel—. Este no es el momento para que un fracasado como tú importune a mi señor. —El joven soldado le devolvió una mirada cargada de furia y le soltó:
—¿Por qué no dejas entonces que me lo diga él, hermano? Deja de ponerle palabras en la boca porque no es tu derecho hablar en su lugar. ¿O qué te crees? ¿La lengua de un Aesir? —Soel abrió la boca para responderle. Merkaid los cortó:
—¡Basta los dos! Este no es el momento para sus riñas familiares. —Miró por encima del hombro—. ¿Traes noticias de Adad?
—No, Alteza —respondió el joven soldado—. Le perdí el rastro en la guardería atacada hace dos semanas. Pero vine porque escuché que su hermana, la princesa Sakti Allena, ha llegado al desierto. Quiero verla, señor.
—¡Ja! Pues únete al club, mutilado —soltó Soel mientras señalaba la nube de polvo de las ruinas—. La princesa quedó atrapada, junto a los profetas y su Guardián.
—¿Dereck está con ella?
—Se fue tras ella, pero dudo que la alcance. El lugar se estaba cayendo a pedazos.
—Entonces la princesa está bien. Dereck la cuidará.
—Oh, claro. La alcanzará y estará con ella tal y como tú has alcanzado y protegido a tu señor, ¿eh, mutilado? Se supone que son los mejores soldados del ejército aesiriano, pero no son más que unos fracasados.
—Claro —le respondió el otro con una sonrisa de desdén—. Todos los guerreros como nosotros somos unos fracasados. Yo, Dereck, el General Montag... Los Guardianes Celestiales somos los más débiles y por eso nos toca proteger a los príncipes más valiosos, ¿eh? Admítelo, Soel. Siempre has estado celoso de que sea yo y no tú el que tiene el vínculo mágico con el príncipe Adad. Eres un envidioso.
—¡No necesito ese estúpido vínculo para proteger a mi príncipe! —gritó Soel—. A diferencia de ti, hermanito, yo todavía tengo mis alas para hacer bien el trabajo. En cambio, porque tú has perdido las tuyas ¡no puedes alcanzar a tu príncipe!
Soel extendió las alas, demostrando lo grande y fuertes que eran. Kael intentó mantenerle la mirada, pero la bajó. No podía soportar ver las alas de su hermano sin extrañar las suyas. Fracasado, mutilado... Eso era ahora: un mago alado que ha perdido sus alas. Un engendro.
—Kael —dijo entonces Merkaid—, ¿puedes buscarla? ¿Puedes ir por Allena? —Kael miró la espalda del príncipe. Por el rabillo del ojo pescó la sonrisilla burlona de su hermano.
—Por supuesto, Alteza. El vínculo entre la princesa y su hermano es fuerte. Y el vínculo entre el príncipe y yo también lo es. Unido a esa cadena, podré encontrar a la princesa.
—Bien. Búscala y tráela de regreso.
—Claro, señor. —Kael se llevó un puño al pecho e hizo una reverencia a Merkaid. Después pasó al lado del príncipe, sin despedirse de Soel, y se dirigió a las ruinas. La nube de polvo tiñó su figura y se la tragó unos pasos después.
—¡Cuidado con las piernas! —gritó Soel en son de burla—. Porque si las pierdes, solo te quedarán las manos para andar y entonces serás el mutilado más patético de la historia.
Kael apretó los dientes mientras se pasaba una bufanda por el rostro para protegerse del polvo.
«¡No soy ningún mutilado inútil! La encontraré y se los demostraré. ¡Les probaré que todavía puedo servir al hijo de mi príncipe, a mi nuevo señor! Con o sin mis alas, ¡aquí estoy!».
Corrió hacia los ascensores –en desuso por la catástrofe– y se lanzó al vacío para cumplir pronto la misión.

"Los Hijos de Aesir: El Reino de las Arenas" © 2011-2017. Ángela Arias Molina

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