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Capítulo 6

6
LA VOZ


El golpe sonó en el túnel con la fuerza de un relámpago.
—¿Cómo te atreves? —logró mascullar la princesa con la voz cortada después de abofetear a la doncella con la mano derecha.
Dereck supo que ella lo haría, pudo haberla detenido, tuvo tiempo para hacerlo... Pero la dejó. Porque si Cerina fuera guerrera él la habría derribado de un puñetazo por el comentario.
Sakti levantó de nuevo la mano.


—¡Connor! —gritó Darius. Kel hizo malabares para no perder el equilibrio y caer por el mismo agujero que su amigo. Cuando Darius llegó al lado, el grolien tuvo que sujetarlo para que no se lanzara también.
—¿Qué pasó? —preguntó Geri a pesar de que lo vio con claridad.
En un momento el suelo estaba liso y al siguiente apareció el hoyo, como si una lámina se hubiese corrido por arte de magia. Si Connor hubiese caminado de frente habría caído de todas formas, sin tiempo para reaccionar. El agujero, largo y de bordes rectos, apareció en un santiamén. Solo por un milagro Kel no cayó también.
—¡Se supone que tienes que avisar si algo así puede suceder! —rugió Geri. Agarró con furia el cuello de la camisa del guía y lo arrinconó contra la pared—. ¡Cómo es que no avisaste! —El arqueólogo ni siquiera pudo balbucear una respuesta, pues estaba tan sorprendido y angustiado como él.
—¡Connor, Connor! —siguió gritando Darius al borde del agujero.
Geri dedicó un último gruñido de desdén al arqueólogo y se dirigió al lado de Darius y Kel para ver cómo podría ayudar. Se dio cuenta de que la abertura no era tan profunda como temió en un principio. Apenas un piso y medio, o algo así. Podían ver a Connor tirado en el suelo, con un brazo aplastado bajo el cuerpo y el otro doblado en una fea posición.
—¿Qué ocurre? —preguntó un gemelo desde el otro lado. La alegría de su voz ya no estaba allí. Ahora compartía el mismo tono de histeria de su padre.
—Connor cayó por un agujero —explicó Kel. Darius siguió llamando a su cachorro.
—Connor, ¿me oyes? ¡Muévete, por favor! ¡Haz algo! —Pero Connor no se movió.
—Morach, el chico cayó al piso de abajo —informó el guía. Desde el otro lado recibió la respuesta de su compañero.
—Oh, no. Oh, no.


Otra vez sonó el relámpago en el túnel.
Una segunda bofetada le dejó cuatro marcas sangrantes en la mejilla derecha. Cerina no pudo más que tambalearse. Por un momento creyó que se desmayaría de la impresión. Sakti acababa de golpearla con la mano izquierda, con la garra, y no tuvo reparos en cortarle la piel. Nasli, la otra doncella, la sostuvo para que no cayera de espaldas.
—¿Que un bastardo como él no debió haberse tomado la molestia de nacer, dices? —le preguntó Sakti con ferocidad—. ¿Hablas de Darius? Y tú —agregó viendo a Nasli—, ¿cuando hablas de «gente vulgar» te refieres a él y a sus hijos? ¿A mis amigos? Déjenme decirles algo. —Sakti dio tres pasos hacia las doncellas y ellas retrocedieron otros tres—. Jamás en mi vida había visto a personas más vulgares que ustedes dos y se los dice una princesa que ha tenido que convivir con piratas en su apestosa nave. Ustedes no debieron tomarse la molestia de nacer. Jamás debieron importunarme con sus apestosas existencias.
Sakti dio media vuelta. Aunque estaba furiosa supo que no valía la pena intercambiar más palabras con ellas. Haría que las destituyeran, que las azotaran en público, que las abandonaran en el desierto, atadas a postes y con la piel desnuda, listas para que cualquier ave rapaz les arrancara las entrañas vivas. ¡Argh! ¿Cómo se atrevían a hablar así de las personas que ella más quería? Jamás les perdonaría lo que dijeron sobre Darius y los chicos.
—Solo nos preocupamos por usted, Alteza —se atrevió a decir Nasli—. Personas de tan bajos orígenes como ellos, que hasta adoptan a un grolien, no merecen su trato. Solo sus poderes como profetas los hacen útiles para los Aesir y deberían prestarlos como sirvientes. No como amigos.
—¿«Bajos orígenes»? —repitió Sakti—. Qué raro que digan algo así cuando en los primeros tres días que tuve que soportarlas no dejaron de flirtear con Darius. Les atrajo su bonita cara y como es hijo de un General era todo un partidazo, ¿no? Hasta que se dieron cuenta de que él prefiere tener la nariz metida en un libro antes que restregarla en sus tetas flácidas.
—Oh —gimieron Dereck y Ryaul a la vez. Se ruborizaron hasta las orejas mientras que las doncellas y Nefer abrían la boca.
El Guardián se preguntó si era hora de detener a Sakti, porque cuando empezaba con los insultos tipo pirata estaba a punto de perder los estribos. Aunque... quizá un poco más de palabras fuertes cerrarían por y para siempre los picos de ese par de buitres.


—¿Cómo que «oh, oh»? Pueden hacer algo, ¿verdad? Van a sacar a mi hermano de ahí, ¿verdad? —preguntaron los gemelos a la vez. El guía de Darius les respondió:
—Necesitamos a Ryaul para sacarlo. El piso que está debajo de este es un verdadero laberinto y solo Ryaul sabe andar por ahí sin perderse. —Los gemelos pusieron mala cara, como si depender del arqueólogo gordinflón fuera el equivalente a dar a Connor por muerto.
—Ryaul puede ser muy torpe, pero créanme —intentó consolarlos Morach—: en las ruinas él es un genio. Conoce de memoria todas las secciones descubiertas y tiene buen instinto en las zonas no registradas aún. Jamás se ha perdido aquí. —Morach preguntó a su compañero cómo cayó el chico.
—Una parte del suelo cedió. No, no... En realidad fue como si una parte del suelo desapareciera solo para hacerlo caer a él. Tienes que verlo, Morach. Es una abertura rectangular justo del largo del chico. Y los bordes son totalmente rectos, como si fuesen hechos con guillotina.
Darius se estremeció al darse cuenta de esto. Sí, el agujero era para Connor, apenas para que cayera por él cual largo era.
—Aparten los dedos de los bordes —indicó Morach al otro lado—. Las ruinas están reaccionando a algo, por eso la abertura. Así como el suelo se corrió para dejarlo caer, podría correrse para regresar a la posición original. Podría cortarles los dedos.
Pánico. A Darius se le puso la carne de gallina al imaginar el suelo cerrándose, dejando a su hijo un piso abajo, solo, perdido y herido. Saltar. Eso era lo único que podía hacer. Debía saltar para estar con Connor antes de que el suelo se cerrara. Así podría cuidarlo.
—No —se apresuró a detenerlo su guía, Tyan—. El mármol es muy duro. Esta altura puede romper huesos incluso a un aesiriano adulto. —Al ver que solo preocupó más a Darius, dijo—: Si te lanzas te romperás las piernas. Más que una ayuda serás una carga para él. —Kel, que había estado agachado al lado de la abertura, se incorporó y comenzó a estirarse.
—Iré yo.
—¿No escuchaste? ¡Un aesiriano adulto puede romperse los huesos!
—Sí, un aesiriano —replicó Kel—. Pero yo no soy aesiriano.
Dicho esto, se lanzó por el hoyo. Mientras caía, el pequeño grolien flexionó las piernas y preparó los brazos. Cuando aterrizó lo hizo como si fuera un insecto, con las palmas de las manos sobre el suelo, las rodillas ligeramente inclinadas, sin tocar la superficie, y las pezuñas firmes en el mármol. Esperó unos segundos y se incorporó despacio, sacudiendo primero los brazos y luego las piernas.
—¿Estás bien? —preguntó asombrado Geri. Él mismo habría saltado, pero la abertura no era tan grande para él.
—Sí —respondió el grolien mientras levantaba el pulgar y miraba al grupo sobre él—. Los groliens tenemos huesos más gruesos que los aesirianos y también más músculos en las piernas. Podemos correr, saltar y aterrizar mejor que ellos. Estamos hechos para eso.
Darius notó que las piernas de Kel temblaban. Quizá esa altura era insignificante para un grolien adulto, pero él todavía era un niño.
—Gracias, Kel. ¿Y Connor?
Kel se arrodilló al lado y meció a Connor con cuidado, apenas para levantarle un poco la cabeza y sentir la corriente de la respiración.
—Está vivo, todav---
Sus palabras se cortaron cuando el techo –que era el suelo de Darius– se cerró.


—Cuando ignoró al par de perras que entraron en la casa de mi padre, entonces ya no era el hijo de un General sino el bastardo de un Tonare —siguió Sakti, imbatible—. Ya no tenía un par de ojos bonitos, sino que era un mestizo. Y sus hijos ya no eran traviesos adorables, sino críos malcriados. Claro, a pesar de que son herederos de un General, a pesar de que todos en su familia tienen la telequinesia, la esencia más poderosa, y además poderes de premonición, a pesar de que son fuertes y guapos, tienen «bajos orígenes», ¿eh? No tan nobles como un par de pasas solteronas que descienden de criadores de ganado que probablemente concibieron a sus hijas en un cagadero.
Dereck supo que tenía que ponerle fin a la discusión, pero lo único que pudo hacer fue llevarse los dedos a la boca para no carcajearse. Escuchar a Sakti no tenía precio.
—Mis respetos, «Lady» Cerina y «Lady» Nasli —siguió la muchacha, haciendo una pantomima de reverencia para cada doncella—. A pesar de que no fui concebida en un cagadero, casi tengo unos orígenes excepcionales. Aunque mis padres estaban casados, mi abuelo fue todo un perro faldero. Por eso mi madre y mis tíos son hijos de mujeres diferentes. Y todos, hasta el Emperador, son hijos bastardos. Qué injusticia que un par de mujeres que de seguro descienden de un largo linaje de hijos concebidos en el matrimonio tengan que servir a la hija de una princesa bastarda. La vida es muy injusta, cuánto lo siento.
Sakti, ahora sí, dio media vuelta y siguió adelante pisando fuerte. Dedicó una mirada iracunda al arqueólogo. Ryaul supo que tenía que seguir dando explicaciones sobre las rocas y cualquier detalle que encontraran en el túnel si no quería escuchar un repertorio interesante de insultos dedicados a él. Sudó, se le enredaron los pies y la lengua, se repitió varias veces, pero al final consiguió decir algo más o menos coherente y continuar la expedición.
Fue por poco tiempo. En cuanto reanudaron la marcha, las doncellas comenzaron a sollozar. A nadie le gusta que lo humillen, pero a ellas además las insultó la princesa a la que se esforzaron tanto en complacer. Sakti era la hija de un príncipe excepcional, hermana del heredero a la corona del Reino de las Arenas y la que le seguía en la sucesión al Trono. Y además era la portadora del Primer Dragón, el símbolo máximo de la cultura aesiriana. ¿Cómo podían no sentirse humilladas a niveles mortales si eran repudiadas a tal grado por ella? Aunque lloraban, Sakti no suspiró incómoda ni se detuvo a pedirles perdón. Si algo consiguieron fue asquearla más con esa reacción. Por lo menos las doncellas ya tenían claro que no debían importunarla más, pero Nefer no entendió esto.
—Allena, deberías disculparte con ellas, ¿no te parece? —se atrevió a decir. Sakti no respondió y siguió caminando como si nada. Nefer insistió—. Allena, ¿no crees que...?


—¡Argh! —gruñó Darius. Golpeó el suelo con los puños una y otra vez. Llamó a Connor y a Kel, pero ninguno le respondió.
—¡Papá! —llamó un gemelo—. Nos adelantaremos. El grupo de Allena ya debe de estar llegando al punto de encuentro. Los toparemos y haremos que Ryaul busque a Connor. Quédense ustedes allí para tener una referencia. ¿De acuerdo? —Darius tenía la garganta seca pero aun así logró mascullar una respuesta:
—Vayan, ¡rápido!
Escuchó los pasos apresurados del grupo de Merkaid. La urgencia le recorrió el cuerpo. Se incorporó y comenzó a saltar en el suelo, justo por donde cayó su hijo. Ya no le temía a la posibilidad de romperse las piernas. Tenía que llegar a Connor a cualquier precio. El guía lo miró con pena, sabiendo que el profeta no podía hacer nada. Geri aportó su granito de arena y comenzó a aruñar el piso como si cavara un hueco en medio del bosque.
—¡Vas a rayar el suelo! —gimoteó el arqueólogo al ver las garras del lobo-dragón.
—¡Mejor que eso! —replicó Geri—. ¡Haré un hueco enorme! Así aprenderán estas ruinas estúpidas a no meterse con mis amigos. —El guía suspiró.
—No es culpa de las ruinas. Están programadas para actuar de determinada forma ante diversos estímulos. Quizá percibieron magia distinta y...
Se detuvo. Tyan abrió los ojos como platos y lanzó un grito de indignación.
—¡El grolien! ¡Él es la causa! No es aesiriano, es vaniriano y su magia es distinta a la nuestra. —Se incorporó para tomar a Darius de los hombros y así detener sus saltos—. ¿Lo entiendes? Las ruinas no querían herir a tu cachorro. ¡Querían lastimar al grolien! Tu hijo solo tuvo la mala suerte de caminar a su lado cuando abrieron el hoyo para atrapar al intruso. ¡Todo tiene sentido! Detectaron la magia vaniriana y sabían que no debía estar aquí. ¡Por eso el suelo se cerró cuando el grolien saltó al hueco!
—Si querían hacerle eso —lo interrumpió Geri—, ¿por qué no antes? ¿Por qué esperaron a que llegara hasta aquí en lugar de detenerlo cuando puso un pie en las ruinas? —Tyan alzó los brazos, extasiado.
—¡Por la princesa! La magia de la princesa es más poderosa que la del grolien. Diablos, ¡es más poderosa que la de mil aesirianos juntos! De seguro que para procesar la energía de la princesa, las ruinas tenían que omitir la de los demás seres mágicos. Y ahora que Su Alteza está lejos de nosotros, ya las ruinas pueden identificar la energía de las criaturas alejadas de ella. Ahora pueden distinguir con precisión la magia aesiriana de la vaniriana.
Darius miró el espacio en el que estuvo la abertura, justo a sus pies. Recordó el perfecto corte en el suelo. No. La ranura excedía por mucho el tamaño de Kel pero era justa para Connor. Justa para Connor. Justa para Connor...
Sintió un escalofrío en todo el cuerpo.
—¿Puede identificar magia vaniriana y aesiriana? ¿Con cuánta precisión?
—¡Con mucha! —dijo orgulloso el guía—. Y supongo que ahora que la princesa está aquí, las ruinas serán más certeras. El núcleo principal se cargará poco a poco y recobrará la inteligencia que se durmió por los milenios de inactividad.
Darius se estremeció mientras recordaba la caída de su hijo. Kel y Connor caminando juntos. Connor cayendo por el agujero. Kel haciendo maniobras para no caer, porque estuvo a punto de hacerlo. Kel, un grolien, un vaniriano. Y Connor... nieto de una vaniriana.
Nieto de una mangodria.


—Déjalo, Nefer —pidió Dereck, todavía caminando—. No puedes obligar a la princesa a sentirse mal por defender a sus amigos. Ese par se merecía la reprimenda para que aprendiera su lugar. Y si sabes lo que te conviene te vas a quedar callada.
Nefer arrugó la frente, harta de que la trataran así, como un cero a la izquierda. Merkaid siempre la ignoró, pero todo empeoró desde que Sakti llegó. Ahora el único papel de Nefer se limitaba a ser sirvienta. Tenía más posibilidades de que su padre le hablara pero siempre para regañarla. La entusiasmó la idea de que Merkaid se molestara con Sakti y felicitara a Nefer por defender a un par de plebeyas aplastadas por la arrogancia de una princesa.
—Allena —dijo al apretar la marcha. Agarró a Sakti del brazo y la detuvo—, si no te disculpas le diré a mi padre cómo las has tratado. ¿No te da vergüenza? Las princesas deben respetar a sus súbditos porque ellos le dan poder. El trabajo de una princesa es servirlos.
—¿Y tú cómo lo sabes? —preguntó Sakti, soltándose de Nefer con rudeza. Quedaba claro que Sakti tampoco sentía simpatía por la chiquilla del desierto—. Tú no eres una princesa. Yo sí. —Giró el cuello y miró a Nefer por encima del hombro—. Eres torpe, no tienes fuerza física o mágica y ¿te has visto en el espejo? ¿Cómo es posible que desciendas de Aesir? De cara eres bonita pero no tienes ni un solo rasgo nuestro. Ni los ojos, ni el cabello, ni el cuerpo. Tienes las piernas torcidas y los brazos y el dorso muy cortos. Tu cuello es una vergüenza. Podría señalarte otro millón de fallas, ¿quieres escucharlas? Aparentemente, ni siquiera una transformación podría enmendarlas. Aunque, como bien dice tu padre, sería un milagro si llegaras a tener una transformación. Él dice que no le sorprendería si llegaras a los treinta años y no sufrieras ni una sola. Hay algunos así, ¿lo sabías? Inútiles, decepcionantes. Fallas.
Hasta Dereck sintió un escalofrío al escuchar esa palabra.
La piel morena de Nefer adquirió un color ceniciento. El Guardián se sintió muy mal por ella. Una cosa era que Sakti pusiera en su lugar a un par de mujeres arrogantes. Otra muy diferente era que se pavoneara de su posición para humillar a su prima. La princesa ya había cruzado la raya.


—Diablos —murmuró Kel tras comprender que en el piso superior no lo escuchaban y que él no podía escuchar a Darius o a Geri si lo estaban llamando.
Miró a Connor y se preguntó qué podía hacer para ayudarlo. A veces Connor le hablaba de sus sesiones de entrenamiento en medicina y le daba consejos útiles para tratar una u otra herida. Estaba seguro de que una vez le dijo que no debía mover a una persona inconsciente cuando se ha llevado un buen golpe en la cabeza. ¿O era el cuello?
—¡Ah! —gimoteó. Se llevó las manos a la pelusilla de la cara y se jaló los pelitos—. ¿Por qué no me puedo acordar? ¿Por qué es que nada de lo que me dicen me entra bien en la cabeza?
Shuuuuuush...
Sintió una corriente de aire muy, pero muy fría. También le pareció oír un extraño siseo. El corazón le comenzó a latir a un ritmo acelerado porque supo que a esa profundidad no podía sentir corrientes de aire. Y aunque allí no hiciera sol, no podía hacer tanto frío como para que le castañetearan los dientes.
—Kel... —escuchó. El grolien se sobresaltó. En su imaginación de niño vio que un fantasma pronunciaba su nombre. Cuando miró a Connor se dio cuenta de que su amigo había despertado—. ¿Usaste un flujo de magia?
—¿Flujo de magia?
—Sí. Los curanderos a veces lo usan para reanimar a un paciente.
Kel negó con la cabeza. Él era incapaz de hacer un torniquete para una herida, menos crear un flujo de magia. Pero comprendió que la corriente de aire y el siseo eran, probablemente, los efectos de ese flujo que ayudaron a Connor a despertar.
—Me golpeé la cabeza —dijo Connor.
—Sí, caíste desde piso y medio —respondió el grolien mientras señalaba el techo—. Caíste sobre un brazo. Espero que no te lo hayas roto. —Connor se quedó quieto con la frente sobre el piso, haciendo conteo de daños. Luego comenzó a sentarse despacio y con cuidado.
—No. Pero me lo disloqué.
Kel estuvo a punto de vomitar al ver cómo el brazo derecho caía inerte desde el hombro. Connor no le dio particular importancia y siguió con el auto examen, flexionando con cuidado el otro brazo. Si giraba unos pocos grados, el codo y la muñeca izquierdos aullaban de dolor. Aun así supo que con las correctas dosis de reposo y movimiento podría usar el brazo sin inconvenientes. Con cuidado se palpó las costillas y la cadera. Nada. Hasta donde sabía no tenía nada roto. Movió los dedos de los pies y sintió que respondían sin problemas a sus órdenes. Las piernas tampoco le dolían.
—Uf, solo un brazo dislocado. Toda una ganga —bromeó.
—Y una cortada en la frente —agregó Kel mientras señalaba la herida. Connor se pasó con cuidado la mano. Recogió suficiente sangre como para llenar medio vaso.
—Oh, eso no está bien.
Shuuuuuush...
De nuevo la corriente de aire, otra vez el siseo. Kel miró a Connor para rogarle que se marcharan de ahí. Notó entonces que la frente del muchacho comenzaba a cerrar como por arte de... «Flujo de magia», pensó el grolien. Era lo que ayudaba a Connor a sanar rápido. Pero si era algo tan bueno ¿entonces por qué él se sentía tan pequeño y asustado?
—Connor, vámonos, ¿sí? ¿Puedes caminar?
—Sí, vámonos. Este lugar no me gusta. —Se levantó con cuidado. Cuando intentó dar un paso se dio cuenta de que la cadera derecha estaba más lastimada de lo que pensó. De seguro que tenía un golpe que ya comenzaba a hinchársele. Cojearía un buen rato—. ¿Te molesta ayudarme?
—Claro que no —Kel le ofreció su cuerpo para que se apoyara en él—. Entre más rápi---
Calló. Connor vio que la cara de su amigo se desfiguró por el miedo. Los ojos del grolien se abrieron de par en par, las pupilas se le dilataron, la boca se abrió en una mueca de terror y el cuerpo comenzó a temblarle. Connor imaginó que debajo del pelaje, Kel debía de estar más pálido que una mota de algodón. El profeta tragó fuerte. Se preguntó qué habría detrás de él como para asustar así al grolien.
No tuvo que mirar atrás para averiguarlo porque percibió un movimiento serpentino justo delante de él. Ahora fue el rostro del profeta el que sufrió los cambios del miedo. Se puso más blanco que una hoja de papel; más pálido que Sakti cuando se transfiguró en Dragón.
Estaba tan blanco como el reptil bípedo que estaba a unos pasos de él, saliendo del mármol y observándolo sin parpadear.


Sakti abrió la boca pero la volvió a cerrar con tanta fuerza que se escuchó cuando los dientes chocaron. Miró a Nefer a los ojos y permaneció inmóvil, muda, temblorosa. Dereck suspiró. De seguro que la princesa se había dado cuenta de que fue muy lejos y que cometió un error terrible al insultar a Nefer. La princesa giró sobre los talones y comenzó a observar las paredes y el suelo como si pudiera ver algo nuevo a través de ellas.
—Algo está mal —dijo.
«Bueno, sí, Alteza. Lo que usted le dijo a su prima no fueron precisamente halagos», pensó el Guardián con cierto cinismo.
—¿Sintieron eso? —preguntó la princesa.
Sakti se arrodilló y tocó el suelo con las palmas de las manos. El mármol vibró y brilló un poco más, brindando una bonita iluminación. Dereck no estaba complacido con eso porque vio algo en el rostro de su protegida que no le gustó nada: miedo.
Sakti tenía los ojos muy abiertos y la mandíbula muy tensa. Pequeñas gotas de sudor le resbalaron a los lados de la cara. Dereck no la había visto así de asustada en... ¿cuánto tiempo? ¡Tanto que ni podía recordarlo! Sakti nunca demostraba nada, ni alegría, ni preocupación, mucho menos pánico, pero ahora parecía aterrada.
—Flujos de magia —dijo la chica—. Y ahora hay una gran corriente de magia fluyendo a través del mármol.
—Ha de ser usted, Alteza —dijo Ryaul—. Es su magia recorriendo las ruinas.
—No, no lo es —lo cortó Sakti—. Conozco mi magia. Sé cómo se siente. Pero esta es... más fría, diversa, furiosa, imbatible, peligrosa. Es... —Sakti intentó tragar pero tenía la garganta seca—... más poderosa que la mía.
Al fin Dereck lo sintió, al igual que las ruinas. Las paredes azules se hicieron tan translúcidas que parecieron un lago congelado en cuyo interior brillaba un hada de luz. Tan translúcidas que pudieron ver los pasillos paralelos, y los que estaban sobre sus cabezas y bajo sus pies. «Las ruinas están reaccionando», pensó Dereck a la vez que recordaba lo que Merkaid esperaba de Sakti y las ruinas:

«Quiero que las active. Quiero que recuperemos el desierto antes de que las Arenas se queden sin príncipes».

Al ver a Sakti supo que no era ella quien las hacía reaccionar. Y era cierto, esa magia no era de la princesa; no se sentía como ella. Era mucho más madura, mucho más sabia y también más poderosa. Dereck tembló. Jamás se le ocurrió pensar en alguien más poderoso que Sakti. Sigurd, Sigfrid y el Emperador estaban en niveles de magia y hechicería muy elevados, pero jamás alcanzarían el potencial de la princesa. Y sin embargo allí había algo que la superaba por mucho.
—Tenemos que irnos, Alteza —dijo Dereck mientras la levantaba—. Este lugar no es seguro para usted.
Sakti se dejó levantar pero no pudo despegar los pies del suelo. Fue como cuando su tío la sincronizó con Masca, como si hubiese echado raíces que se mezclaron con el mármol.
—S-s-sí, v-v-v-vámonos —lo secundó Ryaul, temblando despavorido. Él, las doncellas y Nefer también lo sintieron. Si Sakti con sus poderes estaba asustada, más lo estaban ellos.
—Va a atacar —susurró Sakti al sentir las intenciones de la magia.
Estaba dirigida a alguien, pudo sentirlo. Y seguía una ruta, una ruta, una... Y la vio. Era como estar sincronizada pero muy leve. Lo suficiente como para ver la dirección que tomaba el flujo de magia, conocer sus intenciones y ver los rostros de las víctimas, pero no tanto como para interferir. Entonces escucharon unos chillidos que les heló el corazón. Dereck comenzó a temblar más tras reconocer las voces que gritaban. Uno era Kel. Y el otro era...
—¡CONNOR! —gritó espantada Sakti.
Antes de que ella o los demás se percataran, corrió por el túnel y se internó más en las ruinas. Corrió a salvar a Connor.


—¡Suéltenlo, suéltenlo! —gritó Darius mientras golpeaba el suelo con los puños.
Podía verlo todo. Si miraba a uno u otro lado, podía ver los pasillos paralelos al suyo. Si levantaba la mirada podía ver los pasillos sobre su cabeza. Pero era la imagen en el pasillo debajo del suyo la que lo tenía al borde la histeria. ¿Cómo Kel y Connor no repararon antes en que las paredes de su pasillo también tenían a esas horripilantes criaturas? Una atrapó a Kel, la otra a Connor y varias más salieron del mármol para reunirse con las primeras dos. Se lanzaron sobre ellos y comenzaron a jalarles las extremidades.
«¡Los van a matar!», pensó horrorizado Darius al ver las garras de las criaturas. Eran idénticas a la garra de Sakti, que era capaz de pulverizar rocas.
—No, no, ¡no! —se le unió el arqueólogo—. El grolien no importa, ¡pero el chico es aesiriano! ¡Suéltenlo! ¡El chico es aesiriano!
Kel chilló de nuevo cuando una criatura le abrió la piel en el brazo. Dios, ¡era una tortura! ¡Podían matarlo de un solo golpe! En lugar de eso se limitaron a jalarlo con la suficiente fuerza como para que sufriera pero no tanta como para arrancarle brazos y piernas. Le metieron las garras, lo hirieron y le dejaron la piel hecha jirones, pero no dañaron ningún punto vital para desangrarlo. Connor no estaba en mejores condiciones, pues le hacían exactamente lo mismo.
Geri ladró, aruñó el suelo y al final optó por golpear las paredes del pasillo. Allí había más criaturas. ¿Por qué no los atacaban a ellos? ¿Por qué no lo atacaban a él, que no era aesiriano y sí podía defenderse? ¿Por qué se desquitaban con Connor y Kel, que eran unos chicos indefensos que jamás en su vida habían lastimado a nadie?
—Malditos, ¡tengan las agallas de enfrentarme! —rugió furioso. La única respuesta que recibió fueron las sonrisas estáticas de las criaturas y sus ojos amarillos inmóviles.
—¡SUÉLTENLO! —ordenó Darius, todavía arrodillado. Comenzó a quedarse afónico de tanto gritar. Le costó respirar porque se le trancó la nariz. Las lágrimas le salieron cada vez más hirvientes y furiosas. No podía hacer nada por su cachorro. Estaba allí, a unos metros por encima de él, viendo cómo lo atacaban, y no podía hacer ni una maldita cosa por él.
La criatura levantó a Connor y le hincó la mandíbula en el cuello. Darius dejó de gritar. La voz se le quedó atrapada en la garganta mientras la camisa del chico se tiñó de rojo.
Connor no gritó. Comprendía que sin importar cuánto se moviera o gritara, el daño ya estaba hecho. Él lo sabía mejor que nadie: una herida en la aorta significaba la muerte.
Levantó la mirada. Vio a Darius a través de las capas traslúcidas e infranqueables de mármol. La expresión de mudo terror del mestizo le dolió más que los rasguños y la mordida. Era una expresión que carecía de palabras que la describieran.
«Otro hijo que pierdes, papá», pensó consciente del dolor que le causaba a Darius. Se sintió muy culpable por morir así, frente a él. Pensó en Fenran, que se sacrificó por él; en Dagda y Airgetlam, que lo molestaban tanto porque lo querían; en Zoe y en Drake, a quienes no conocía. Pensó en Emilio y Lea, en lo mucho que dolía no volver a verlos. Y pensó en Darius, por supuesto, porque era su expresión sin palabras lo único que se llevaría.
«Ah. Cómo lamento que no volvamos todos juntos a Kehari».
El reptil retiró la mandíbula. La sangre salió más rápido. Connor ya se imaginaba lanzado en el suelo, con las demás criaturas encima excitadas por el olor de la sangre. Sin embargo, el bípedo lo mantuvo aún sujeto. Los pies de Connor se columpiaban en el aire ante la atenta mirada de las criaturas.
Análisis completo, resonó una voz alrededor. Primer individuo: vaniriano, grolien, macho, cachorro. Edad: nueve años, cuatro meses, 27 días y 13 horas exactas. Condición: en conmoción. No representa ninguna amenaza, no es necesario su exterminio. Solución a su presencia... en desarrollo.
Un bípedo macho había mordido a Kel. Tras el análisis de la voz, la criatura sostuvo al grolien en brazos y caminó con él hacia la pared. Allí se fundió con el mármol y desapareció del pasillo. Unos segundos después, la criatura atravesó la pared del piso superior, donde estaban Darius y sus acompañantes. El extraño reptil dejó caer a Kel y se adentró de nuevo al mármol, en donde permaneció inmóvil.
Segundo individuo, continuó la voz.
Darius pudo escucharla, Tyan y Geri también. ¡Hasta los grupos de Sakti y Merkaid, en puntos tan apartados de las ruinas, la escucharon! Era la voz de una mujer que recitaba los datos en otro idioma. Lo supieron por la inflexión de la voz, por los acentos cantarines que de vez en cuando expresaba. Aun así la información se coló en la mente de todos como si pudieran entender y hablar esa otra lengua.
Segundo individuo, repitió despacio como si le costara describirlo. Híbrido, mestizo, macho, cachorro. Edad: 20 años, diez meses, 13 días, cinco horas y siete minutos. Condición: agónico.
Darius gimió medio loco. Comenzaba a recuperar la voz y en cualquier momento empezaría a gritar sin compostura. Si todavía no estaba como una cabra era solo para escuchar la voz que le comunicaba los datos de Connor.
No representa ninguna amenaza física. Sin embargo, su existencia representa una amenaza genética. Su exterminio, y el de todos aquellos iguales a él, es una medida que debe tomarse. Se procederá a realizar un análisis de los cuerpos mágicos en Edén para buscar presencias similares.
Darius se espabiló por completo. Presencias similares... ¡Dagda y Airgetlam!
—¡NO! —aulló aterrado al pensar en una escena similar para los gemelos—. ¡NO, NO, NO, NO, NO!
Análisis completo, siguió la voz, rápida, impasible, ajena al sufrimiento del profeta. Dos criaturas mágicas no identificadas. Imposible darles nombre. Total de aesirianos macho, 15. Total de aesirianas hembra, cuatro. Total de híbridos, cuatro, incluido el cachorro en agonía. Total de vanirianos macho, 200503.


—¿Qué? —preguntó Merkaid en el punto de encuentro cerca del precipicio.
Era imposible, ¡no podía haber tantos vanirianos en las ruinas! ¡No habían atacado Myula! Entonces lo comprendió: las otras entradas. Myula no era la única. Si la teoría de la Ciudad Perdida era cierta, entonces las ruinas en todo el desierto de verdad eran otras entradas a esa mega estructura y no todas contaban con protección aesiriana. Los invasores se colaron y se instalaron en alguna otra sección de las ruinas.
Entonces, ¿quién era la mujer sincronizada? Debía ser una noble aesiriana. ¿Alguna Doncella? No, no lo creía. Las Doncellas de sincronización eran cosa del continente principal, y las que todavía vivían estaban atrapadas en Masca. En el desierto hacía mucho que no tenían Doncellas capaces de sincronizarse. Eso solo dejaba a Sakti, pero esa no era la voz de la princesa. ¿Quién era, entonces? La voz continuó:


Total de vanirianas hembra, 200495. Comprobación genética en proceso. Madre. La voz hizo una pausa. Las ruinas vibraron más. Ni en aesirianas ni vanirianas se encuentra a la madre de los híbridos. Padre. De nuevo la pausa, de nuevo la vibración de las paredes. En algún túnel de las ruinas, Sakti corrió con prisa en busca de una conexión con el túnel de Connor. La voz dijo: El padre no forma parte de la especie vaniriana. El padre es aesiriano. Aesiriano identificado.
El bípedo macho que mordió a Connor, el mismo que lo tenía sujeto, levantó la mirada y vio a Darius directo a los ojos. Lo miró con la sonrisa de dientes puntiagudos llenos de sangre. Lo miró con los ojos amarillos de serpiente. Lo miró, lo miró, lo miró y...
Silencio. La voz de la sincronización calló de forma abrupta y la precisión que emitieron las ruinas cambió. Ahora dejaban escapar una emoción... No, varias. Primero asombro, luego dicha, amor y después desencanto mezclado con tristeza. Los aesirianos sintieron ese torbellino de emociones.
El bípedo todavía miraba a Darius a los ojos. En esos irises amarillos, el profeta percibió algo similar al reconocimiento. La bestia lo miró y fue... fue como si la mujer que estaba sincronizada mirara a Darius a través del hombre dragón.
—Por favor —rogó el mestizo—. Devuélvemelo. Solo devuélvemelo... Por favor...
La precisión regresó a la sincronización. Todos los reptiles bípedos en el pasillo de Connor volvieron a las paredes y retomaron sus posiciones originales, menos el hombre dragón que sostenía el cuerpo del profeta. Se colocó en el centro del pasillo, rodeó el cuello de Connor con una garra y lo levantó para que sus rostros quedaran a la misma altura. La voz regresó: Individuo híbrido, macho, cachorro. Cambio de planes. Exterminio abortado. Tarea asignada. Inicio de reanimación.
El reptil apretó el cuello de Connor. Con la mano libre estiró los párpados del chico y lo obligó a mirarlo a los ojos. Pasó alrededor de un minuto hasta que la voz regresó:
Tarea asignada: recolección de especímenes. Reanimación en proceso.
El bípedo soltó a Connor y lo tiró bocarriba en el suelo. La criatura regresó entonces a su posición original y allí se quedó, inmóvil como una estatua atrapada en el mármol. Connor tampoco se movió. Tenía los ojos abiertos sin rastro de brillo. Ya no sangraba, pero estaba empapado y cubierto de rojo de pies a cabeza.
—Connor... —gimió Geri.
Darius cerró los ojos y se cubrió el rostro con las manos. No pudo creer que ese día, cuando despertaron, Connor estuvo entusiasmado por la expedición sin sospechar que moriría en ella. Quiso dejarse caer en el suelo y no levantarse jamás. Que lo dejaran pudrirse ahí. Que esas ruinas de mármol traslúcido se convirtieran en la tumba suya y de Connor.
—Oye —lo llamó el guía—. ¡Mira!
Tyan agarró a Darius de los hombros, le apartó las manos de la cara y lo zarandeó para que no se deprimiera. Geri secundó al arqueólogo y agarró en las fauces la camisa de Darius para sacudirlo con más fuerza.
—Darius, ¡Connor, Connor! ¡Mira, es Connor!
Darius miró el piso inferior. La espalda del chico se había arqueado en el suelo. Tenía las piernas y brazos abiertos. Eran convulsiones. Se parecía al hechizo de sangre que Enlil utilizó en la Península, pero a la inversa. La sangre de Connor, esparcida en el suelo y en las ropas, se elevó en gotitas tímidas que se unieron para formar grumos más grandes. La sangre flotó delante y alrededor de Connor, como burbujas de aire en lo más profundo del océano. Después de unos instantes, la sangre se lanzó a la herida y entró de regreso al cuerpo. El cuello comenzó a sanar.
Darius apretó los puños. Rezó para que el chico diera una gran bocanada de aire, pero no sucedió. Connor permaneció unos instantes en el suelo, con la espalda arqueada y la mirada todavía nublada. Después se sentó.
Geri se estremeció. Tyan se mareó y tuvo que ir a vomitar aparte, porque no soportó ver la cabeza de Connor que colgaba como si el cuello estuviera roto. El brazo derecho todavía estaba dislocado y también le colgaba. Aun así, el chico se levantó.
—¡Connor! —gritó Darius mientras golpeaba otra vez el suelo—. ¡Voy por ti, hijo! ¡Quédate allí!
Connor no lo escuchó. Intentó levantar la mirada, pero la cabeza le quedó colgando hasta casi caerse por la espalda. Tenía los ojos clavados en el techo, pero no vio nada ni a nadie en particular. Comenzó a caminar como un muerto viviente: la cabeza y el brazo derecho le colgaban, la pierna izquierda arrastraba la derecha y el dorso se movía como un péndulo. A pesar de todo, andaba rápido. Caminó con dirección al punto de encuentro.
—¡Oh, no! —dijo Tyan—. Si sigue recto, quizá... ¡Quizá llegue al precipicio! ¡Y no hay baranda de seguridad!
—¡Suban! —ordenó Geri a la vez que les facilitaba la montura—. Que alguno tome a Kel y vamos por Connor. ¡Ahora!
No tuvo que decirlo dos veces. Tyan tomó al grolien, que seguía conmocionado, y subió con Darius al lomo de Geri. El lobo-dragón se apresuró a seguir a Connor, a pasarlo si era posible. Tenían que detenerlo antes de que cayera al vacío.


Sakti corrió con todas sus fuerzas. Si había entendido bien a la voz de la sincronización, todavía había esperanzas para Connor. Todavía...
Se adelantó a casi todo su grupo, con excepción de Dereck. Él no solo era un corredor atlético, sino que también tenía las piernas largas. Podía seguir a la princesa sin importar qué ritmo se impusiera la muchacha. Llegaron al punto de encuentro. Apenas tuvieron tiempo de detenerse antes de caer por el precipicio.
—¡Allena! —la llamó un gemelo. Estaba al otro lado del abismo, aunque podía alcanzarla si recorría el camino alrededor del gran agujero.
—¿Qué pasó? —preguntó Sakti con la voz a una octava por encima del tono habitual—. ¿Dónde está Connor? ¡¿Qué sucedió?! ¡¿Qué---?!
«¿Eh?», pensó confundida. La oscuridad del precipicio empezó a consumirla, la sensación de caída la atacó y... «¡Y no jodas!», pensó con rabia al entender lo que acababa de suceder. Alguien la empujó por el precipicio, ¡alguien intentó matarla! En su mente vio a Dereck con la mano extendida, intentando sostenerla y fallando por poco. Estaba casi segura de la cara que tendría la traidora que osó a empujarla. Escuchó a su tío, a los gemelos y a Freki que la llamaban aterrados al verla caer.
Pero Masca no la había entrenado para morir en un precipicio. Invocó toda la fuerza y toda la rabia en su interior, y le dio la forma de una gran llamarada que salió de sus manos y pies. La onda de calor la estabilizó primero y le dio impulso después. Sakti cruzó el ancho del precipicio. Cuando estuvo a unos pocos metros de chocar contra la pared, desenfundó la espada y la clavó en el mármol. Se agarró con fuerza. Después de hacer una acrobacia se acuclilló sobre el arma. Aunque la espada era pequeña, Sakti también lo era y tenía apenas espacio suficiente para sostenerse. Desde ahí miró a la culpable de la caída.
—¡Traidora! —rugió.
Nefer tenía todavía los brazos extendidos, con las palmas planas después de empujarla por la espalda. Estaba pálida y ojerosa, como si no hubiera dormido en días. Los labios le temblaron. No se arrepentía de empujar a su prima sino de fallar y que la princesa sobreviviera. Nefer tragó fuerte, apartó la mirada de Sakti y buscó al príncipe Merkaid.
Incredulidad. Merkaid la miró con la boca abierta de par en par. Los gemelos también la observaron recelosos y, sobre todo, indignados. Nefer sintió el peso de todo ese desprecio. Le dolió más que imaginar a Sakti con la cabeza destrozada en las profundidades de las ruinas.
—¡Atrápenla! —ordenó Merkaid tras superar la incredulidad. Su voz destilaba auténtico odio—. ¡Atrapen a esa maldita traidora!
Las doncellas y Ryaul no supieron cómo reaccionar. A fin de cuentas, el príncipe ordenaba la detención de su propia hija. Dereck no tuvo ningún problema en obedecer. La mano que no pudo sujetar a Sakti se lanzó al cuello de la chiquilla y la atrapó con facilidad. Era tan delgada que podría matarla con solo apretar un poquito.
—¡Connor! —gritó Sakti de repente.
Todos siguieron la mirada de la princesa, que observó atónita cómo su amigo caminaba peligrosamente por una orilla delgadísima del precipicio, a varios metros por debajo del nivel principal. Connor caminaba de puntillas, con la cabeza guindando como si fuera de madera y el resto del cuerpo de algodón. El camino que seguía era una irregularidad que nacía de una ventana muy grande por donde él había llegado. Avanzó tambaleándose de forma peligrosa. Cuando todos pensaban que él se caería, recuperaba el equilibrio y daba el siguiente paso. Pretendía llegar a otra gran ventana, que no era más que la entrada de otro túnel.
—¡Connor! —Esa fue la voz de Darius.
—¿Llegó antes que yo? —preguntó Geri, sin aliento.
Ahora todos estaban allí y la situación no podía ser más complicada. Connor caminaba por un sendero que podría llevarlo a la muerte, Dereck tenía atrapada a una pequeña traidora y Sakti apenas si podía mantener el equilibrio sobre la delgada espada que incrustó en la pared.
La voz regresó.
Daño a la infraestructura en el sector 879. Infractora: aesiriana hembra, cachorra. Edad: 32 años, diez meses, 15 días, 18 horas y 47 minutos. Condición: alerta. Tipo de hechicera... La voz hizo una pausa y luego exclamó: ¡Virtuosa! Individuo de alto riesgo. Individuo altamente deseado. Recolección... en proceso.
Sakti sintió un escalofrío al escuchar lo último. ¿En proceso? ¿Recolección? ¿A qué---?
¡TRUM! Un retumbo. ¡TRUM! Otro.
—¡Alteza! —Dereck soltó a Nefer cuando vio la criatura detrás de Sakti, al otro lado de la pared. Era otro reptil bípedo, aunque mucho más grande que los que atacaron a Connor. Era, por lo menos, cuatro veces del tamaño de Sigfrid Montag.
¡TRUM! ¡TRUM! El bípedo repitió los golpes, que comenzaron a zafar la espada del mármol. También acercaban más la criatura a...
—¡Atraviesan el mármol! —advirtió Darius—. ¡Allena, esa cosa pretende atraparte!
La advertencia vino justo a tiempo, pues el bípedo sacó los brazos de la pared e intentó atrapar a Sakti. La muchacha retrocedió y dio un salto... hacia la nada.
Por la urgencia de escapar se olvidó del precipicio. Sakti pensó en repetir el truco de impulsarse con la esencia del fuego, pero ya no tenía la espada para sostenerse. Además, enfrentaba un nuevo problema: la criatura la seguía. El bípedo salió de la pared y se lanzó en pos de ella. No le importó el precipicio; su misión era absoluta: atrapar a la princesa. En un santiamén rodeó a Sakti con las garras y la atrapó. Después, la oscuridad del abismo los engulló a ambos.
Virtuosa atrapada. Se procede a continuar con la otra recolección pendiente, dijo la voz.
De las paredes nacieron dos puentes de mármol, que se alargaron sobre el precipicio y descendieron hacia el nivel en el que estaba Connor. El chico esperaba inmóvil a la entrada del nuevo túnel, todavía con la cabeza colgándole. Un puente nacía a los pies de Geri. El otro, a los pies de los gemelos.
—¡Síguelo! —ordenó Darius—. ¡Sigue a Connor!
—¡Y un comino! —se quejó Tyan justo cuando Geri comenzaba la marcha. El arqueólogo se tiró del lomo y dejó que Geri, Darius y Kel siguieran el camino por su cuenta.
—¡Connor! —gritaron Dagda y Airgetlam antes de tirarse al puente sin pensar en las consecuencias.
Freki, en cambió, receló. ¿Qué pasaría con Sakti? ¿Y por qué aparecieron esos puentes de mármol a los pies de los profetas? ¿Qué sucedió con Connor? No siguió de inmediato a los gemelos. Para cuando se decidió ya era demasiado tarde: puso una pata sobre el puente pero el mármol se deshizo. Estuvo a punto de irse de hocico al abismo. El puente comenzó a derrumbarse, pisándole los talones a los gemelos. Apretaron la marcha. Ahora más que nunca tenían que apresurarse para llegar junto a Connor.
Freki observó el puente por el que avanzaba su hermano. También se desmoronaba detrás de Geri. Quien estuviese a cargo de la sincronización no quería que nadie más siguiera ese camino. Darius, los gemelos, Kel y Geri estaban solos, no tenían quién los guiara. El único que no se perdía en esas ruinas era un hombre gordinflón que no tenía forma de alcanzarlos... ¿O sí?
—¡Dereck! —ladró el mensajero—. ¡Lanza a Ryaul al lomo de Geri! ¡Él los puede guiar! ¡Lánzalo para que los acompañe y no se pierdan!
—¿Eh? —preguntó Ryaul mientras se señalaba a sí mismo—. Pero, pero...
Dereck giró y lo agarró de la camisa. Lo levantó como si fuera un madero que no pesaba nada.
—Lo siento, no es nada personal. Por favor cuida de ellos —pidió el soldado.
Y lanzó al arqueólogo como si fuera un proyectil. Ryaul gritó y lloriqueó en el camino, pero el que de verdad aulló fue Geri cuando el gordinflón le cayó encima.
—¡Ay! —se quejó el lobo. Perdió el aire con semejante golpe.
—Geri, ¡apúrate, apúrate! —lo urgió Darius.
El desmoronamiento comenzó a alcanzarlos. Geri se levantó y corrió. El puente a sus pies desapareció. Apenas tuvo tiempo de hacer un último y poderoso salto. Las patas delanteras alcanzaron la entrada al túnel. Si los gemelos no hubiesen llegado antes, si no hubiesen estado allí para ayudarlo, no habría podido levantarse.
—¡Maldito seas, Freki! —le espetó cuando él y su carga estuvieron a salvo—. ¡Mi lomo! ¡Ah, no voy a volver a caminar nunca más en toda mi vida!
—¡Connor! —gritó Darius a la vez que lo buscaba desesperado.
El chico estaba al final del pasillo, esperándolos. ¿En qué momento llegó allí? Darius no lo sabía y no le importaba. Solo quería alcanzarlo, tomarlo en brazos y asegurarse de que estaba bien.
—¡Vamos, vamos! —urgió el mestizo.
Hasta el pobre Geri tuvo que incorporarse para seguir a Connor. El chico todavía caminaba de esa manera tan aterradora y torpe, pero aun así era más rápido que todos. Mientras tanto, al borde del precipicio todos estaban boquiabiertos, menos Dereck y Freki que ya comenzaban a planear cómo rescatar a Sakti.
—Soel, ¡vuela tras ella! —pidió el Guardián—. Si te apresuras quizá todavía...
Entonces la voz lo interrumpió: Corrección. Virtuosa libre.
Un espectro de luz con la forma del reptil bípedo salió disparado del abismo y permaneció suspendido en el aire frente a los ojos incrédulos de los aesirianos. Ya no tenía forma corpórea sino que parecía hecho a base de jirones de niebla luminosa. La voz habló de nuevo:
La Virtuosa destruyó a la herramienta Fafnir. Se procederá a sedarla para su captura.
Los jirones de niebla se unieron en un solo punto hasta formar una aguja de luz. A una indicación de la voz, la aguja salió disparada hacia el precipicio y se perdió en la sima. Dereck esperó un «¡Auch!» lejano de parte de Sakti, pero nunca le llegó. Lo único que escuchó fue:
Impacto confirmado. Virtuosa neutralizada. Virtuosa a punto de perder el conocimiento. La luz de las ruinas comenzó a parpadear, luego disminuyó a poquitos hasta que se disipó casi por completo. Solo quedó una iluminación mediocre, producto de la magia insignificante que los aesirianos restantes aportaban a las ruinas. Virtuosa exitosamente sedada. Tiene dos minutos para despertar y ponerse a salvo. Si no lo logra por su cuenta, se procederá a enviar otra herramienta Fafnir a su rescate. Individuos de recolección exitosamente encaminados. Ahora se procederá a evacuar a los aesirianos restantes del sector 879. O a su destrucción.
De la pared en la que se sujetó Sakti con la espada, justo en el lugar del que salió la herramienta Fafnir, surgieron tres tentáculos de mármol líquido que comenzaron a destruir las paredes aledañas. La orilla del precipicio dejó de ser un lugar estable. Bloques gigantescos de mármol cayeron al vacío y otros escombros cayeron cerca de los aesirianos. El mensaje fue claro: «Salgan si no quieren morir». Soel se apresuró a sacar a Merkaid, mientras que los otros dos arqueólogos y las doncellas echaron a correr por su cuenta. Nefer hacía mucho que desapareció. Solo quedaron Dereck y Freki, que corrieron para encontrarse.
—La princesa está viva, solo quieren atraparla.
—Sí. ¿Piensas lo mismo que yo? —preguntó Freki.
—Vanirianos. Consiguieron sincronizar a alguien con este lugar y ahora quieren atrapar a la princesa para hacerla su prisionera. Lo mismo con los profetas.
Los bloques de mármol siguieron cayendo. Les bloquearon las salidas y entradas a nuevos túneles.
—Agárrate bien fuerte —indicó Freki—. Seguiremos a Allena. —Dereck montó sobre el mensajero justo antes de que el lobo-dragón se lanzara al precipicio y cayera junto a los escombros en la oscuridad desconocida.

"Los Hijos de Aesir: El Reino de las Arenas" © 2011-2017. Ángela Arias Molina

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