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Capítulo 7

7
EL FANTASMA DE LAS RUINAS

Al principio, Connor creyó estar en su habitación en Kehari, que tenía chimenea propia para cuando hacía frío. Pero cuando pestañeó un par de veces, las paredes comenzaron a emitir la luz azul de la sincronización y la otra luz, la primera que había visto, se hizo más tenue. El chico se sentó con cuidado y giró el cuello a un lado. Recostado a la pared, estaba el muchacho rubio que lo había encontrado.
—¿Dormiste bien? —preguntó.
—Sí... Gracias —respondió el profeta, inseguro por la presencia del desconocido.
Pero luego se dio cuenta de algo: tenía una capucha de viaje sobre las rodillas, que todavía guardaba calor tras haberlo arropado. Pero él no recordó haber alistado su capucha. Para la expedición no la necesitaba y sin embargo allí estaba.
—¿Vas a comer? —preguntó el muchacho vestido de blanco.
—Eh... seguro. ¿Tienes comida?
—Yo no. Pero tú sí. En tu bolso hay algo que huele muy bien. ¿Emparedados de carne fría, quizá?
Connor vio que al lado estaba su bolso de viaje, lo cual no podía ser. Cuando salió de la villa de Merkaid solo llevaba una bolsa con hierbas medicinales y otra con vendas, para Dagda y Airgetlam. Estaba seguro de que sus hermanos se meterían en problemas y que al final del día tendrían unos moretones, pero no consideró necesario alistar su bolso solo por eso. A fin de cuentas estarían de regreso en Myula poco después del almuerzo, en donde comerían los emparedados que él había preparado.
Pero cuando revisó el bolso se dio cuenta de que tenía todo consigo. Además de las hierbas medicinales de uso básico, tenía otras envueltas en paquetes de papel, dos frascos de alcohol, dos de cloroformo, un gran paquete de vendas, una caja con algodón y otra con aguja e hilo, el cuaderno de medicina que sacó de la biblioteca de Myula, dos botellas de agua y, sí, un recipiente con todos los emparedados de carne que había preparado en la madrugada. El muchacho estaba incrédulo.
—¿Tú me trajiste esto? —preguntó horrorizado. Jamás había visto a ese muchacho, ni siquiera como sirviente en la casa de Merkaid. Sin embargo, el joven debió de haber entrado a la habitación de Connor y a la cocina a recoger el bolso y la comida. Pero el muchacho frunció el ceño y dijo:
—¿Yo? ¡Claro que no! Esto lo traías contigo, Connor.
—¡No es cierto! Esto lo dejé en la casa. —Luego se dio cuenta de algo más—. ¿Y cómo sabes mi nombre?
—Duh, tú me lo dijiste.
Connor abrió la boca y la volvió a cerrar. Hizo memoria. Lo último que recordaba con un poco de claridad era al muchacho diciéndole que se durmiera, nada más. E incluso para ese momento estaba seguro de que ya lo había llamado por su nombre. Aun cuando Connor hubiera hablado semi-inconsciente, diciendo disparates y presentándose, era seguro que el joven lo conocía desde antes.
—Yo no te he dicho mi nombre —dijo con firmeza—. Tampoco me traje mi bolso o mi capucha de viaje.
—¿Me estás llamando mentiroso?
Connor abrió otra vez la boca, una vez más la cerró y se sonrojó hasta las orejas, avergonzado por su falta de modales. No pudo sostener la mirada al muchacho y la clavó en el suelo, pero el joven rió.
—¡Tranquilo! Solo te estoy molestando un poco, no te lo tomes tan en serio. Sé que no me estás llamando mentiroso. Es solo que estás un poco confundido, ¿verdad? —Su voz transmitió tanta calidez que Connor sintió un cosquilleo alegre y relajante en el corazón—. Te golpeaste muy fuerte la cabeza y no puedes recordar algunas cosas. Pero créeme. Traías tu capucha y tu bolso contigo. Lo único que hice fue tomar la capucha para arroparte con ella. Me pareció que tenías frío.
Connor se estremeció. Recordaba el frío de los reptiles bípedos, pero ahora que parecía estar a salvo se dio cuenta de que las ruinas, a la profundidad en que estaba, eran muy frescas. No parecían dormir bajo cientos de toneladas de arena candente.
—C-¿cómo te llamas? —preguntó al muchacho. Él lo miró con una sonrisa simpática que no le llegó a los ojos. Fue como si los labios se le estiraran con bondad, pero sin sentir él mismo la confianza que transmitía a otros.
—Ya te dije mi nombre, Connor. ¿No lo recuerdas?
—No —admitió el chico—. ¿Podrías repetírmelo?
—Lo siento. Las reglas son las reglas. Solo puedo decirle una vez mi nombre a una única persona. No puedo repetirlo. Ahora, come. Necesitas reponer fuerzas.
En un principio Connor quiso negarse, pero de inmediato sintió hambre y no tuvo más remedio que acatar la orden del muchacho de blanco. Se comió el primer emparedado en dos bocados y el segundo le bajó por la garganta a la misma velocidad.
—¿Quieres uno? —preguntó el profeta cuando ya iba a coger el tercero.
—No, yo no necesito comer. Estoy bien, gracias.
Connor se devoró cuatro emparedados y los acompañó con un poco de agua. Después guardó sus pertenencias en el bolso y se incorporó con cuidado, pensando en sus heridas. Pero, para su sorpresa, estaba bien. No se había percatado de ello, pero estaba sanado por completo. Ya ni siquiera tenía el brazo dislocado.
—¿Tú me curaste? —preguntó al muchacho.
—No, ese fuiste tú solo. Los aesirianos sanan más rápido cuando duermen, ¿no lo sabías?
—Claro que sí, soy aprendiz de medicina. Pero aún así los aesirianos no podemos sanar un brazo dislocado a no ser que lo recoloquemos y yo no lo hice.
—¿Entonces no te acuerdas de...? —Connor gruñó.
¿Cómo se iba a acordar de algo que nunca sucedió? Más que quedarse dormido, se había desmayado por el dolor y el cansancio. En esas condiciones, ni el mejor de los doctores podía recolocarse un brazo. Era simplemente imposible.
—Bueno, regresemos —dijo el profeta—. Cuando vuelva a la villa podré descansar y pensar mejor. —El muchacho lo llamó para que se detuviera, pero Connor no paró a tiempo. Después de unos cinco pasos chocó contra una pared y se lastimó un poco la frente.
—No me estás poniendo atención, Connor. Te he dicho muchas veces ya que es un callejón sin salida. No podemos regresar por ese camino. —Connor tocó la pared y la recorrió con los dedos. A la derecha, a la izquierda y al frente había bloques de mármol, así como sobre su cabeza.
—¡Pero si yo vine por aquí! ¿Verdad?
—Sí, pero la pared se corrió. ¿No te acuerdas? —Connor le dirigió una mirada de frustración.
—No puedo recordar algo que no sucedió porque es imposible. Las paredes no se mueven solas.
—Normalmente, no —apuntó el muchacho—. Pero el suelo tampoco se corre solo y aún así tú caíste por un agujero que apareció de repente, ¿verdad? —Connor abrió la boca para hablar, pero la cerró de nuevo—. Estás en una estructura aesiriana sincronizada, Connor. Los Aesir hacen cosas increíbles cuando son uno con sus ciudades. Mover paredes, techos, suelos, edificios, la ciudad entera... Si su imaginación y sus poderes lo permiten, pueden reestructurar por completo las ciudades.
El muchacho dio media vuelta y comenzó a caminar por el pasillo. Connor se dio cuenta de que las paredes no brillaban al paso del joven y que, aún así, podía verlo. Cuando se percató de por qué, sintió un retortijón en el estómago y un escalofrío en el cuerpo. El muchacho, por su cuenta, era una fuente de luz. El cabello rubio, los ojos azules, la piel y la ropa blanca. Era como un ser hecho de luz.
—¿Te vas a quedar allí? —preguntó el muchacho a la vez que giraba para ver a Connor. El chico se dio cuenta de que se estaba quedando a oscuras y que necesitaría la luz de ese... ser para seguir avanzando. Dio unos pasos tímidos, con la mirada clavada en el muchacho—. ¿Estás bien? ¿Quieres descansar un poco más? Porque te has puesto blanco de un solo golpe.
Connor lo observó con detenimiento, pero pronto el miedo se disipó, porque era imposible que alguien que transmitiera tanta calidez tuviera malas intenciones. Si él quería hacerle daño, habría aprovechado cuando Connor estaba tendido en el suelo, inmóvil e indefenso. Pero, pensándolo bien, también era imposible que el muchacho estuviera allí. Aunque los ojos del joven brillaban, no tenían la característica animal de un aesiriano. Tampoco la de un vaniriano, así que solo podía ser un humano. Pero los humanos no son fosforescentes y, aunque lo fueran, Connor estaba seguro de que uno en el desierto no tendría una piel del color de la leche. Cuando menos, estaría muy bronceado. Tampoco vestiría con un abrigo blanquísimo de cuello alto y mangas largas. En pocas palabras, ese joven era una inverosimilitud.
—Me golpeé muy fuerte la cabeza, ¿verdad? —preguntó mientras se llevaba una mano a la frente, justo en donde se había cortado.
—Sí. Una sandía se habría deshecho con semejante golpe. —Connor miró al muchacho y, al sentir el aura cálida, se convenció de su teoría.
—Ya sé lo que eres —dijo.
—E-¿en serio?
—Sí. Eres una alucinación. Me golpeé tan fuerte la cabeza que tengo una contusión y estoy viendo cosas. En realidad no existes y le estoy hablando al aire. Eres solo fruto de mi mente trastornada por un golpe y por el miedo, porque no quiero sentirme solo. Eso, o en realidad yo tampoco estoy aquí. Quizá me golpeé tan fuerte que estoy atrapado en un coma, soñando contigo y estas ruinas en forma de laberinto. Cuando logre salir del laberinto, despertaré. —El muchacho lo miró con detenimiento y luego dijo:
—¿De verdad crees eso?
—Jamás he estado tan seguro de algo en toda mi vida.
—Entonces, según tú, yo no existo. Tu opción número uno es que te has vuelto loco —dijo mientras movía el dedo índice en círculos, al lado de la sien—, estás hablando con una personificación de tu imaginación y estás completamente solo y abandonado en unas enormes, frías y tenebrosas ruinas. Y tu opción número dos es que estás inconsciente y no puedes despertar, por lo que permaneces atrapado en las oscuridades de tu mente donde podrías enfrentarte a tus miedos más profundos antes de alcanzar la salida de este laberinto... ¿Es eso? —Connor palideció.
—B-bueno... No había pensando en eso último, pero...
—¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja! —se carcajeó el muchacho, sin poder evitar las lágrimas de la risa que se le salían o el dolor de estómago que lo obligó a llevarse las manos al abdomen—. Eres graciosísimo, Connor. Cuánto me hubiera gustado conocerte antes. —Luego dio media vuelta y siguió con su camino—. Ah, bien, andando... Debemos ir al jardín del Edén.
—¿A dónde?
—Al jardín del Edén. Ahí era a donde te dirigías. La sincronización te dictaba caminar hacia allá.
—¿Y qué tal si no voy para allá? Es decir, ¿para qué ir por voluntad al lugar al que me obligaban a ir?
—Porque no quieres que te obliguen de nuevo, ¿verdad?
El muchacho señaló una pared y, aunque no estaba iluminada ni dejaba ver su interior, Connor se estremeció. Si no seguía el camino, más reptiles bípedos saldrían para obligarlo a cumplir las órdenes de la sincronización. Quizá un nuevo encuentro con esos seres sería el último. Era hora de caminar.

****

Ninguno hablaba. A pesar de ser cuatro aesirianos, un grolien y un lobo-dragón, las paredes iluminaban solo unos veinte metros y lo hacían con un fulgor perezoso. Dagda y Airgetlam tuvieron que poner en práctica el ajuste de visión que aprendieron de Sigfrid; y Darius, por primera vez en su vida, forzó la vista. Lo hizo con éxito y los ojos le brillaron tanto como aquella noche en Norishka, después del ataque de las sanguijuelas. Geri veía bien en la oscuridad y Ryaul, aunque necesitaba lentes de gran calibre para verse la mano en plena luz del día, se movía por las ruinas como un pez en el agua: con fluidez, seguridad y tranquilidad.
—Esta es la plaza de Sha-koa —dijo cuando llegaron a una bóveda inmensa, como si todavía estuvieran en un paseo por las ruinas.
La plaza de Sha-koa era, en realidad, una urbe subterránea rodeada por grandes paredes de mármol. Darius y sus hijos abrieron la boca, estupefactos. A pesar de utilizar visión ajustada pudieron reconocer casas, edificios y calles anchas, todas acomodadas de forma concéntrica. Si pudieran ver el lugar a plena luz del día, ¿qué otras maravillas apreciarían?
En el centro de la urbe había una gran plaza que, de haber tenido tierra y árboles, habría sido un bonito parque. Darius recordó los túneles de Lahore y los comparó con Sha-koa. Sin lugar a dudas, ese sitio era mucho más grande y completo que Lahore, pero también estaba a oscuras y abandonado.
—¿Esto formaba parte del recorrido? —preguntó Dagda.
—No, queda muy lejos de Myula —respondió Ryaul—. Estamos a cuarenta kilómetros de la guardería y a cuarenta y cinco bajo la superficie. —Ryaul sacó una especie de reloj de uno de los bolsillos del chaleco, le dio unos toquecitos y reiteró—: Sí, a cuarenta y cinco bajo la superficie. Estamos muy lejos. —Airgetlam se acuclilló en el suelo, cansado.
—No tiene sentido, ¿cómo es posible que aún no encontremos a Connor?
—Estaba herido —siguió Geri—. No debería avanzar más rápido que nosotros y aún así nos lleva mucha ventaja. Y llegó antes que yo al precipicio, a pesar de que corrí como nunca en la vida.
El panorama era muy desalentador. ¿Cuánto más deberían caminar antes de encontrar a Connor? También había que considerar en qué estado lo encontrarían y en el largo camino de regreso a Myula. Ryaul sacó una cantimplora de uno de sus muchos bolsillos y se la pasó a Airgetlam.
—Toma un poco y luego pásasela a tu hermano. Necesitan hidratarse. —Airgetlam agitó la cantimplora y notó que no quedaba mucha agua.
—¿Y qué hay de ti?
—Soy un adulto originario del desierto. Puedo aguantar más tiempo sin agua que ustedes dos.
Airgetlam se sintió mal por haberse burlado del arqueólogo. Podía ser torpe y lucir un poco ridículo, pero era muy amable, simpático y atento. Al igual que Darius, Ryaul intentaba cuidar de ellos y asegurar que regresaran a la superficie sanos y salvos.
—¿Qué hay más adelante? —preguntó Darius. Ryaul meció la cabeza.
—Todavía quedan cien kilómetros de terreno explorado, entre túneles y urbes como Sha-koa. Más adelante... No sé, pero intentaré explicárselos. Aquí está Myula —dijo a la vez que ponía una mano por encima de la cabeza—, aquí está la primera bóveda que visitamos, en donde nos dividimos en grupos. —Bajó un poco la mano y siguió—: A esa misma altura está el nivel principal del precipicio, en donde la cosa esa atacó a la princesa. Y luego bajamos dos o tres niveles. —La mano bajó de nuevo y siguió descendiendo poco a poco hasta llegar a la altura del pecho—. Desde entonces, hemos descendido gradualmente y ahora estamos en Sha-koa, a cuarenta y cinco kilómetros bajo la superficie. Si seguimos avanzando, esto es lo que haremos. —La mano bajó más y más, hasta llegar a la altura de la pierna de Ryaul—. Eso de aquí a cien kilómetros en adelante. Hasta ahí hemos llegado... porque hay más niveles inferiores. Y a esa profundidad la presión es letal incluso para los aesirianos.
Luego señaló con la barbilla a Dagda, que intentaba destaponarse un oído.
—Todos ustedes deberían quedarse aquí. Ninguno es adulto y si bajan un poco más no van a poder respirar ni oír bien. El lobo está en mejores condiciones y quizá pueda aguantar más que yo.
—¿Sugieres que los dos sigamos solos? —preguntó Geri. Ryaul asintió.
—No dejamos que los cachorros bajen más de veinte kilómetros. Los adultos entre cien y doscientos años solo pueden bajar hasta los cincuenta kilómetros. A los setenta kilómetros, los magos alados se desmayan. A los ochenta kilómetros, los demás sufren alucinaciones. Y solo algunos adultos entre doscientos y trescientos años, y que además fueron hambrientos voraces en su juventud, pueden bajar hasta los cien kilómetros sin sufrir ninguno de estos síntomas. No podemos soportar mayor profundidad que esa. Y ya estos chicos están a casi los cincuenta kilómetros bajo la superficie. Su presencia aquí va en contra de toda norma.
Darius entendió muy bien lo que le estaban diciendo, ¿pero qué sucedería con Connor? Era el más joven, ¿no sufriría también por la presión?
—Yo creo... —siguió Ryaul, indeciso. Parecía no estar acostumbrado a dar órdenes—. Creo que ustedes cuatro deberían devolverse a Myula, siguiendo el mismo camino.
—¿Qué? —gritó Dagda—. ¡No nos vamos a ir sin nuestro hermano! Olvídate de eso ¡y a caminar de nuevo! ¡No nos vamos sin encontrar a Connor!
Darius miró a su hijo con la ceja ligeramente levantada. Dagda podía ser muy travieso e imprudente a veces, pero no solía gritar ni enfurecerse por solo una sugerencia. Ryaul suspiró incómodo y miró a Darius antes de explicarle:
—A esta profundidad el carácter también cambia. Las personas se molestan con mayor facilidad y el chico ya está resintiendo la presión en los oídos. Unos metros más de profundidad y estará completamente desorientado. No creo que...
—¡No me vas a sacar de esto! —gritó Dagda, listo para lanzarse sobre Ryaul.
El arqueólogo palideció, seguro de que un muchacho tan alto y fornido lo derribaría sin problemas. Pero antes de que Dagda pudiera alcanzarlo, Airgetlam se levantó como impulsado por un resorte y empujó a su hermano para que no se acercara a Ryaul.
—¿Qué te pasa? Él solo está pensando en tu bienestar. —Airgetlam no gritó, pero tenía los hombros tensos.
—¿Que qué me pasa? ¿Qué te pasa a ti? ¿Vas a echarte atrás solo porque él lo dice? —preguntó, señalando con desdén a Ryaul—. ¿Vas a marcharte sin Connor? Porque si es así, serías el peor hermano de la historia. Tú no quieres a Connor tanto como yo.
«No pensé que compitieran por cuál de los dos lo quiere más», pensó Darius, un poco divertido. Pero cuando vio que Dagda miró con furia a Airgetlam, y que este se había puesto pálido por el comentario y temblaba, se dio cuenta de que no era cosa de risa. Luego Kel comenzó a llorar en voz alta, acuclillado en el suelo como un bultito peludo. Dagda gruñó molesto por la bulla que hacía el grolien mientras que Airgetlam miraba indeciso el suelo.
—Siéntate, Dag. Yo creo que no te sientes bien —murmuró Airgetlam, sin apartar la mirada de los pies. Luego dio unos pasos hacia su hermano y levantó un brazo para sujetarlo con suavidad, pero Dagda lo apartó con brusquedad.
—¡No me toques! ¡Es culpa tuya que estemos aquí!
—Ya, Dagda —intervino Darius—. Deja de desquitarte con tu hermano, él no tiene la culpa de nada. Siéntate con la cabeza entre las rodillas, respira y cuenta hasta cien. Y después te disculpas con él y con Ryaul. —Darius también estiró el brazo para pasarlo sobre los hombros del muchacho, pero Dagda se deshizo del abrazo saltando hacia atrás, como un gato arisco.
—¡Es su culpa! —gritó. La bóveda de Sha-koa devolvió su voz amplificada y repetida una y otra vez en el eco—. ¡Le dije que tomáramos el camino de la izquierda, pero él quiso tomar el de la derecha! ¡Es su culpa!
—¿De qué estás hablando?
Darius se puso entre sus dos hijos para evitar que se atacaran. Delante de él, Dagda respiró agitado, con los ojos rojos y con la cara desfigurada por la ira. Le faltó poco para echar espuma por la boca. En cambio, detrás de Darius, Airgetlam respiró con dificultad y tembló tanto que tuvo que apoyarse en su padre para no caerse. Darius jamás había visto a los gemelos pelear. Cuando eran pequeños berreaban mucho y discutían por cosas sencillas, pero nunca llegaron a gritarse alto ni a atacarse. Conforme crecieron se convirtieron en la sombra del otro y en los mejores amigos.
Por eso le pareció rarísimo que Dagda estuviera tan molesto y que culpara por nada a su hermano. «Por lo menos Airgetlam todavía está en sus cabales», pensó el profeta. «Él no está gritando». Pero sí temblaba como si tuviera un año y lo estuvieran amenazando con azotarlo por una pequeña travesura. Darius pensó en callar de inmediato a Dagda, avergonzarlo por elegir tan mal momento para afectar a su hermano gemelo mientras Connor estaba herido y perdido en solo Dios sabía dónde. Pero entonces Dagda chilló:
—Cuando nos separamos, mamá y yo queríamos ir por el camino de la izquierda. Pero él dijo que era mejor por la derecha, porque había unas rocas en las que nos podíamos ocultar. ¡Ahí nos esperaba Sigurd! Si hubiéramos ido por la izquierda, ¡mamá y Fenran estarían vivos! ¡Jamás nos habríamos separado de Connor y Drake! ¡Nuestra familia jamás se habría separado y ahora estaríamos todos juntos y a salvo, lejos de Masca! Si él hubiera hecho bien su trabajo como hermano mayor, ¡jamás habríamos llegado al desierto y no estaríamos buscando al pequeño Connor en estas malditas ruinas! ¡Es su culpa!
Esas palabras lo dejaron frío. Darius no supo cómo responder. No estaba molesto con ninguno de los dos, ni siquiera con Dagda, pero le dolió que pensara así de su hermano. Detrás de él, Airgetlam comenzó a sollozar. Unos instantes después, también Dagda. Ryaul y Geri se revolvieron incómodos, sin saber qué hacer; mientras que Kel seguía llorando hecho un puño. Darius suspiró e intentó poner orden.
—De acuerdo, a ver... Dagda, no puedes culpar a Airgetlam de nada. Los dos tenían poco más de seis años, eran solo unos niños. Hicieron todo lo que pudieron. Lo que pasó...
Sintió un revoltijo en el estómago al recordar a Njord, moribunda. Empujó la imagen a lo más oscuro de su mente y puso las manos sobre los hombros de Dagda para calmarlo.
—Lo que pasó no fue culpa de ninguno de los dos.
Dagda lo miró a los ojos y Darius supo que al chico le alivió escuchar eso. No era culpa de Airgetlam ni suya que su madre y hermanito menor estuvieran muertos, o que Connor creciera lejos de ellos, o que el paradero de Drake fuera un misterio. Pero, como hijo de su padre, necesitaba buscar culpables. Se le endureció la mirada y apartó de nuevo a Darius.
—Entonces es tu culpa —le soltó—. Mamá te dijo que era una mala idea, que no debíamos separarnos de la caravana. —Luego dudó, como si intentara limpiar los recuerdos de su infancia tras sacarlos de un viejo baúl—. Mamá te dijo que no quería escapar... ¡Y tú aún así nos obligaste a hacerlo! ¡Es tu culpa!
El grito que siguió no fue de Darius. A él no le molestaba que le echaran la culpa de algo por lo que él mismo se sentía responsable. El que gritó y se abalanzó sobre Dagda fue Airgetlam, quien le lanzó un derechazo que casi lo tumba.
—¡NO LE GRITES A PAPÁ! —vociferó.
—Oh, oh... —gimió Geri al ver que los gemelos peleaban en serio.
Darius al principio no supo cómo actuar, pero, cuando uno de los chicos comenzó a sangrar por la nariz, reaccionó e intentó separarlos. Pero los dos eran como leones y, mientras sujetaba a uno, el otro no daba tregua.
—¡Basta! —gritó a Airgetlam cuando logró rodearlo por detrás para inmovilizarlo—. Perdona a tu hermano, no sabe lo que está diciendo. Sabes que él no quiso decir todo lo que dijo.
—¡Te equivocas! —gruñó Dagda mientras se tapaba la nariz para detener la hemorragia—. Los dos son unos cobardes, los dos están pensando en dar media vuelta y dejar a Connor atrás. ¡Piensan abandonarlo de nuevo!
Airgetlam majó con furia el pie de Darius para que lo soltara. Fue cuestión de un segundo para que el muchacho se separara de su padre, corriera hacia el gemelo y lo agarrara de la camisa. Airgetlam lo empujó una, dos, tres y cuatro veces, siempre golpeando a Dagda contra la pared de las ruinas. Cuando lo empujó por quinta vez lo soltó, esperando que cayera de espaldas por la entrada del túnel y que se golpeara la cabeza en el suelo. Quizá así dejaría de molestar por unos minutos. Pero Dagda no se dejó derribar y, antes de caerse, se sujetó al filo de la entrada con una mano. Miró a su hermano y dijo:
—Cuando acabe contigo nunca más volverás a empujarme.
Pero cuando se preparó para saltar de nuevo a la bóveda, una parte de la pared se corrió sobre la entrada, como si fuera una compuerta a presión. Dagda quedó solo en el túnel. Darius y los demás permanecieron inmóviles y espantados, viendo cómo la lámina de mármol cortaba los dedos del muchacho.


—Alucinación, ¿cómo sabes que es por aquí? —preguntó Connor.
—Porque tú me dijiste que es por aquí, ¿no te acuerdas? ¡Y no me llames Alucinación!
—Si me dijeras tu nombre no te llamaría así, Alucinación —respondió el profeta entre dientes.
Habían cruzado varios túneles, después un puente, después un pueblo construido en mármol, después otro túnel y ahora cruzaban otro puente. Mientras avanzaba, Connor distinguió enormes aberturas en los muros. Esas paredes eran como los faldones de una montaña y el muchacho imaginó que las grietas podrían ser una especie de desagüe. Se imaginó el lugar con mayor iluminación, con aesirianos simpáticos cruzando el puente y con cascadas de agua cayendo desde las aberturas hacia el vacío. Era una escena bonita, bastante exótica. Pero no estaba rodeado de aesirianos, sino en compañía de una alucinación, y no escuchaba el canturrear del agua sino el eco de sus pisadas.
—Quiero ver a mi papá —dijo.
Supo que sonaba como un niño de cinco años y que no era momento para ponerse caprichoso, pero no pudo evitarlo. A pesar de la capucha de viaje, tenía frío. Aunque molestaba a Alucinación llamándolo de esta forma, no quería que se esfumara y lo dejara solo en la oscuridad. Quería sentirse rodeado de más personas, compartir su calor con ellos y estar a salvo. La imagen de su familia recurría muy a menudo a su mente, lo que hacía que cada vez los extrañara más. Pensó que Alucinación se voltearía y se reiría de él, pero nada más giró un poco el cuello mientras seguía avanzando y dijo:
—No te preocupes, pronto lo encontraremos y a tus hermanos también. Te están buscando como locos. ¿Tú cómo te sientes? ¿Te duele la cabeza o los oídos? ¿Te cuesta respirar?
—No. —Connor levantó la mirada y, a pesar de la poquísima luz de las paredes, creyó distinguir la forma de más puentes de mármol—. ¿A cuánta profundidad estamos?
—No lo sé, pero supongo que a mucha. Mejor pasemos este puente rápido, antes de que te marees y te caigas. —Alucinación apretó la marcha y lo mismo hizo el profeta. Cuando alcanzaron la entrada del nuevo túnel, Alucinación dijo—: ¿Quieres parar y descansar? Creo que ya falta poco, pero no es bueno que te presiones. —Connor se apoyó a la pared y tomó un poco de aire.
—No, estoy bien. Sigamos.
—De acuerdo, pero si te sientes mal me dices de inmediato.
Alucinación lideró la marcha y Connor lo siguió sin chistar. Llevaban como dos horas caminando y, aún así, solo se detenían si Connor necesitaba tomar aire o un poco de agua. Alucinación nunca se cansaba, ni bebía ni comía, otra razón por la que Connor creía que no era más que producto de su imaginación. Aunque por qué su imaginación tomaría la forma de un humano rubio era todavía un enigma para él.
—Ya te dije que no soy producto de tu imaginación —dijo Alucinación con paciencia cuando el chico compartió sus observaciones—. Si necesitas pruebas, piensa en esto. ¿Cómo podrías tú, pues tu imaginación es una parte de ti, guiarte por las ruinas? Aún eres un cachorro que no ha sufrido su primera transformación y no tienes entrenamiento militar. Con la poca luz que generas, hace mucho que habrías dado un mal paso y caído por uno de los puentes. Pero no, ves de maravilla y te andas con cuidado. Nadie puede imaginarse a un guía fantasma tan eficiente como yo.
—Pero hay muchas cosas que sabes de mí a pesar de que te conozco solo por un día. Sabes que no he sufrido una transformación.
—Hablas como un crío. Es fácil imaginarse que no tienes edad suficiente para una transformación. —Connor chupó los dientes.
—Sabes que tengo hermanos.
—No dejas de hablar de ellos, Connor. ¿O es que ya no te acuerdas? De verdad creo que tienes problemas de atención, porque dices o te dicen algo y al segundo se te olvida.
—Sabes que mi papá y mis hermanos me están buscando.
—¿No sería lo más lógico? Eres el hermano menor, el bebé de la familia. Todo padre y hermano mayor que se dé a respetar pone la mano en el fuego antes de abandonar al más pequeño.
—¡Ja! —exclamó gozoso el profeta—. ¿Cómo sabes que soy el menor? ¡Yo no te lo he dicho!
—Sí me lo dijiste, ¿es que no te acuerdas?
Connor rechinó los dientes. Esa era la salida olímpica que Alucinación utilizaba para despistarlo y cambiar de tema, y no sabía cómo refutarlo. Se llevó un golpe tan grave que de verdad se le olvidaban algunas cosas. Por ejemplo, recordaba haber visto la entrada del pueblo de mármol, recordaba haber caminado unas cuantas calles en él y, de repente, estaba entrando a otro túnel. Cuando volteó a ver, se dio cuenta de que el pueblo era mucho más grande de lo que le pareció en un principio, pero no tenía recuerdos de haber caminado todas las calles y pasar por la plaza.
Por supuesto, no dijo ni una palabra a Alucinación. No necesitaba darle más excusas para usar el «¿Ya no te acuerdas?».
—Cuando encuentres a tu familia —dijo de repente Alucinación— podrías atrasar un poco la llegada al jardín del Edén. Es decir, podrían descansar un poco y tú podrías sentarte a leer el libro que traes en la mochila.
—¿El de los puntos de presión?
—Ajá, parece interesante. ¿Ya te lo terminaste? Quizá te gustaría repasarlo. —Connor alzó una ceja.
—Ajáaaa... Me interesa el contenido. Creo que me será... muy útil. —El chico se detuvo y tragó saliva—. Dime, Alucinación, ¿crees que ocupe pronto el libro? Porque tú sabes para qué quiero entender los puntos de presión, ¿verdad?
Alucinación lo miró. En su rostro ya no había rastro alguno de la cálida sonrisa que consolaba al aesiriano cuando se sentía ansioso, sino que ahora había una sombra de preocupación. Alucinación pareció un poco triste y deseoso de decir algo importante a Connor. Pero al final se mordió el labio y negó con la cabeza, desechando cualquier idea que se le cruzó por la mente.
—¿Cómo voy a saber para qué quieres entenderlo? No soy parte de ti, no soy tu alucinación. Solo soy un muchacho en la oscuridad... —Su voz bajó hasta convertirse en un susurro—. Solo soy yo... Un alma que ya no puede hacer nada entre los mortales...
—¿Qué dijiste?
—Oh, nada. No me hagas caso, solo estaba hablando conmigo mismo. Y eso que tú fuiste el que se golpeó la cabeza, ¿eh?
La sonrisa cálida estaba de vuelta y Connor recibió con agrado el cosquilleo en su corazón. Pero entonces escuchó gritos. Eran todavía lejanos, pero sin lugar a dudas se originaban al final del túnel. Connor sintió un aleteo de dicha en el estómago, porque reconoció las voces de su padre y hermanos. Después escuchó un ladrido y se sintió más feliz. Por lo menos uno de los lobos también lo esperaba más adelante. Echó a correr para encontrarlos, pero Alucinación lo detuvo:
—Connor, la sincronización no pretende dañar sino proteger. Si le pides con humildad un favor, cederá. En eso consiste la sincronización de este lugar.
El profeta no estaba seguro de a qué venía el comentario, pero cuando escuchó de nuevo los gritos echó a correr otra vez. Dejó a Alucinación atrás. La luz blanca se quedó con el fantasma, mientras que la luz tenue de las paredes acompañó a Connor. Por un momento el profeta temió no poder ver a dónde se dirigía y deseó que las paredes iluminaran más. De inmediato, el mármol brilló con más fuerza y lo acompañó hasta el final del túnel.
Llegó a un nuevo pueblo de mármol. Buscó la fuente de los gritos y, a unos doscientos metros, cerca de una pared, distinguió a su papá, a uno de los gemelos, a la figura graciosa de Ryaul y a uno de los lobos.
—¡Alucinación, los encontré! —exclamó feliz, volteando hacia atrás. Pero Alucinación no estaba allí. Ni siquiera pudo ver la luz de su amigo imaginario.
—¡Dagda! —gritó con espanto Airgetlam. Connor se estremeció al darse cuenta de que los gritos de sus amigos transmitían desesperación y que uno de sus hermanos mayores no estaba con ellos.
—¡Dagda! —gritó ahora Darius. Connor no sabía qué tenía la voz de su padre que cuando estaba angustiado le rompía el corazón. Echó a correr de nuevo, bajando unos escalones y cruzando un par de calles, hasta que por fin se situó detrás del grupo y los llamó:
—¿Papá, qué pasa? ¿Ocurre algo malo?
Darius y los demás se voltearon a él, horrorizados. Los tres aesirianos estaban pálidos, mientras que Geri y Kel se estremecían.
—Por Dios, chico. ¿Estás bien? —preguntó Ryaul—. ¿Cómo llegaste aquí?
—Yo... —Connor señaló el túnel por el que entró a Sha-koa, pero no encontró las palabras para describir su extraño viaje—. Ahora eso no importa, ¿dónde está Dagda?
Airgetlam hizo algo que Connor nunca se esperó de él: se llevó las manos a los oídos y gritó horrorizado. Luego se deslizó por la pared y se dejó caer sentado, hecho un ovillo, como si sufriera un colapso nervioso. Fue entonces cuando Connor notó los cuatro dedos semi-cortados que sobresalían de la pared, y comprendió que eran de su otro hermano. Primero palideció de golpe, afectado por lo que veía, pero después recuperó el color. Se acercó a la pared y dejó caer el bulto. Lo que corrió por sus venas fueron torrentes de sangría fría y, en lugar de la desesperación de un hermano menor, sintió la claridad de mente de un doctor.
Puso una mano sobre la pared y deseó que la lámina se abriera para poder alcanzar a Dagda. Alucinación tenía razón. Si lo pedía con humildad, la sincronización cedería ante él. La pared se descorrió, revelando el túnel y al muchacho al otro lado de la lámina. Dagda cayó sobre Connor, pero el chico lo atajó y lo sostuvo con fuerza. Con ayuda de Darius lo acostó en el suelo, lo puso bocarriba y le dio un par de cachetadas suavecitas. Mientras tanto, la pared volvió a cerrarse, dejándolos atrapados en Sha-koa.
—Dagda, necesito que me mires —dijo Connor con serenidad. Su hermano abrió los ojos y los posó en su rostro, pero cuando intentó hablar no pudo articular palabra alguna—. Estás conmocionado, pero todo va a salir bien. Necesito que respires profundo, ¿de acuerdo?
Dagda intentó hacerle caso, pero entonces Airgetlam gritó:
—¿Se va a poner bien? ¡Está pálido! ¡Parece que se va a morir! —Geri lo secundó:
—¡Oh, por Dios! ¡Cuánta sangre! —Los gritos del gemelo y del mensajero no ayudaron a Dagda, que comenzó a quedarse sin aire en cuestión de segundos.
—Geri, Airgetlam, fuera. ¡Shuuu! Lejos de aquí —Connor señaló algún punto de Sha-koa, esperando a que se marcharan—. Están asustando a mi paciente.
Airgetlam comenzó a gritar incoherencias, pero el lobo reaccionó. Tomó al muchacho del cuello de la camisa y lo arrastró lo más lejos que pudo, aparte de la visión de la sangre y los dedos cortados.
—Papá, tú también, fuera. Estás hecho un manojo de nervios. Así no me sirves.
Darius estaba al lado de Connor, sujetando la cabeza de Dagda para que no se la golpeara a causa de los temblores. Pero en cuanto Connor le ordenó apartarse, sintió un revoltijo en el estómago tan feo que supo que tenía que irse para no agregar nada más desagradable a los problemas de su hijo. Se incorporó en un santiamén y se alejó todo lo que pudo antes de vomitar. Connor miró a Ryaul y con sus ojos le preguntó si aguantaría la escena. El arqueólogo le respondió con el tono ceniciento que adquirió su piel.
—Hay dos botellas de agua en mi bolso. Toma la que está empezada y compártela con mi padre. La otra la necesitaré para Dagda. —Ryaul obedeció y se alejó hacia donde estaba Darius, para vomitar también por el susto—. Kel, solo pásame una caja que tiene una aguja. Después te puedes ir tranquilo.
Mientras el grolien buscaba en la mochila, Connor acarició el cabello de Dagda y le susurró palabras tranquilizantes, incitándolo a cerrar los ojos si se sentía muy mal. Para cuando Kel le pasó la aguja y el hilo, Dagda ya estaba fuera de combate.
—¿Necesitas el alcohol? ¿Y el cloroformo? —preguntó el grolien. A pesar de que el pelaje de su rostro estaba empapado por las lágrimas, a Kel no le temblaron ni el pulso ni la voz. Connor se preguntó por qué los demás no podían tener una reacción menos cobarde y parecerse un poquito más al pequeño y valiente grolien.
—Hay un gotero —dijo Connor, feliz de encontrar un asistente—. Pon una gota de cloroformo en un pañuelo y nos aseguramos de que Dagda no se despierte por el dolor. —Kel siguió las instrucciones al pie de la letra, y se preparó para sostener al muchacho en caso de que se despertara—. Te voy a enseñar algo muy interesante, Kel. Presta atención.
Connor enhebró el hilo y, cuando estuvo listo, tomó la mano mutilada de su hermano. Limpió las heridas con alcohol y vendas, y comenzó a coser. Kel miró ensimismado cómo la aguja entraba y salía de la carne, cómo la unía a través de puntadas seguras. Cuando Connor terminó de coser, pidió al grolien que le pasara uno de los paquetes de hierbas. Connor tomó cuatro hojas largas y enrolló una en cada dedo, justo sobre las puntadas. Luego apretó con suavidad la mano de Dagda, recitó un breve hechizo y las hierbas se fundieron con la piel. Finalmente, vendó los cuatro dedos heridos y dio por terminada la tarea.
—Un poco de agua lo reanimará —dijo mientras sentaba a su hermano y le daba de beber directo de la botella—. ¿Puedes quedarte con él mientras tanto? Tengo que encargarme de alguien más.
Connor sacó otra hierba de los paquetes y caminó hacia Airgetlam, que estaba sentado con la cabeza entre las piernas. Geri esperaba echado a su lado y agitó la cola cuando vio que el chico se acercaba a ellos.
—¿Se va a poner bien? —preguntó el lobo.
—¿Bromeas? ¡Si estos dos están hechos de hule! Nada les pasa. Dentro de poco estará moviendo otra vez los dedos, ya lo verás. —Luego se inclinó sobre Airgetlam, lo obligó a beber un poco de agua y a masticar la hierba—. Cuando se te pase el ataque de pánico me dejas revisarte, solo para asegurarme de que estás bien.
Luego lo obligó a levantarse y a regresar al lado de Dagda. Darius y Ryaul ya estaban junto al muchacho y Kel, aunque todavía estaban pálidos y sudorosos. Connor no contuvo la sonrisa. Él y Kel eran los más chicos, pero aún así fueron los que se encargaron de solucionar el problema. Darius solo pudo suspirar. Bueno, al menos ya habían encontrado a Connor. Lo irónico era que el menor de los profetas había salvado el día a quienes lo estuvieron buscando para salvarlo a él.

"Los Hijos de Aesir: El Reino de las Arenas" © 2011-2014. Ángela Arias Molina

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Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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