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Capítulo 8

8
LA LISTA

Las pisadas repicaron a través de los pasillos. Tac-tac-tac. No escuchó nada más, salvo quizá un ligerísimo siseo que bien podría ser arena cayendo en alguna parte. Sakti se detuvo para agudizar el oído. Nadie. Absolutamente nadie. No había nadie más allá abajo con ella, ni siquiera los reptiles bípedos de los túneles superiores. No era una muchacha miedosa, pero la soledad le provocó un cosquilleo en los brazos y un escalofrío en la espalda.
No estaba muy segura del tiempo que había pasado sola allá abajo, casi rodeada de tinieblas con excepción de los quince metros de pasillo que se iluminaban con sus pasos. Recordaba haber dormido después del susto de la caída, pero no estaba segura de cuántos minutos u horas tardó. Cuando despertó, los pasillos estaban a oscuras, como si cerraran los ojos cuando ella lo hacía. Pero una vez se hubo incorporado, la sincronización se reanudó.
Cada cinco pasos tenía que detenerse, porque el tobillo derecho la estaba matando. También la cadera. El golpe que recibió al chocar contra la pared fue muy fuerte y le había afectado todo el cuerpo, pero en especial el lado derecho. Quizá tenía un esguince o alguna otra herida, producto del choque o un mal paso.
Necesitaba con urgencia a Connor para que la revisara y la dejara como nueva. Sabía que no debía dejar que los músculos se enfriaran mucho, ni que tampoco debía inmovilizar la pierna adolorida. Pero aunque andaba con cuidado, sabía que se estaba lastimando más y temía que, de no recibir el tratamiento adecuado pronto, quedara con algún desperfecto permanente en la pierna. Como un leve cojeo, que a la hora de enfrentar a los vanirianos podía ser fatal.
«Esto es ridículo», pensó. «Una princesa heroína de guerra reducida a una coja perdida en una ciudad subterránea. ¡Y todo por culpa de esa maldita traidora!».
Se sintió furiosa al recordar a Nefer, con los brazos extendidos después de empujarla al abismo. Aunque también supo que ella tenía parte de la culpa. Si no se hubiese excedido en sus ofensas, no habría hecho que la chiquilla perdiera los cabales. No podía pedir a Nefer que controlara sus celos y demás impulsos si ella misma era incapaz de contener la lengua y el placer malicioso al desquitarse con una niña casi veinte años menor que ella. ¡Qué vergüenza!
Otro paso más, un nuevo jalonazo. Sakti se detuvo otra vez, con el corazón latiéndole con fuerza y con los pulmones trabajando al máximo. «El aire está enrarecido», pensó la muchacha. «Estoy quién sabe a cuántos kilómetros bajo la superficie, y soy la primera criatura viva en pisar estos pasillos. No hay aire fresco. Tengo que encontrar una salida pronto».
Siguió avanzando un poco más hasta que descubrió algo que la animó. Era una salida. De haber estado en mejores condiciones habría corrido de la dicha, pero lo único que pudo hacer fue cojear más aprisa. Pero, cuando llegó a la boca del túnel, descubrió que no estaba a salvo. Ni de lejos.
Al fin descubrió de dónde venía el siseo y, como lo supuso, se trataba de arena. Sakti había llegado a un pueblo subterráneo, pero no pudo distinguir las calles, la plaza ni parte de las casas. Solo pudo ver uno que otro techo y algunos edificios, porque eran altos, pero el resto estaba bajo arena. Miró el techo de la bóveda y observó boquiabierta cómo caían los granos desde varias grietas, algunas tan grandes como una casa.
De esto, Sakti pudo calcular varias cosas. Primero, que el pueblo subterráneo era grande y que por eso todavía no se había cubierto por completo; segundo, que el daño en esa bóveda era reciente porque, de lo contrario, la arena le habría impedido la entrada; tercero, que todos los niveles superiores a la bóveda debían de estar infestados de arena. Lo que quería decir que, si se aventuraba a cruzar el pueblo, corría el riesgo de que el techo cediera ante el peso de la arena acumulada y la dejara caer sobre ella. También imaginó que si el techo había cedido en algunas partes, quizá podría hacerlo también el suelo. Y entonces ella caería al nivel inferior. Si no la mataba la caída, la mataría la asfixia cuando quedara atrapada en la arena.
Sakti no recordó ningún camino alterno, porque el túnel nunca le dio otros accesos. Si se devolvía, solo llegaría a la boca del gran precipicio y no tenía ninguna gana de recorrer quién sabe cuántos kilómetros para empezar de cero. La chica buscó otras salidas, pues imaginó que ese túnel no era el único acceso al pueblo subterráneo. Debían de haber más. Pero con las cascadas de arena, que bajaban como telas doradas, no pudo ver mucho.
—Diablos —masculló. Con todos los riesgos de esa bóveda, devolverse como una tonta parecía ser la mejor de las opciones.
Estaba lista para dar media vuelta cuando, por cosas del destino, decidió dar una última mirada a las aberturas del techo. Entonces lo vio. Entre la arena distinguió un punto rosado que se precipitaba al suelo; luego distinguió el ondear de auténtica tela, probablemente una gabardina, y después distinguió la forma de un brazo. Luego el cuerpo desapareció en la cortina de arena y, para cuando alcanzó el suelo, Sakti escuchó el golpe de algo más corpóreo. Por un momento, la princesa se mantuvo inmóvil y sin respirar.
Una persona.
Una persona acababa de caer en la cascada de arena. Lo más probable es que estuviera muerta. Tenía que estar muerta, asfixiada por la arena en niveles superiores o estrellada por la caída. La lógica dijo que no había nada que hacer para salvarle, pero...
Sakti echó a correr. El tobillo y la cadera le dolieron, supo que podría quebrarse si daba un mal paso, pero aún así aumentó la velocidad todo lo que pudo. No había muchas posibilidades de que esa persona estuviera viva pero, si por algún milagro aún tenía oportunidades de sobrevivir, Sakti debía apresurarse y sacarle de allí, o de lo contrario moriría.
La chica atravesó los primeros chorros de arena con relativa facilidad, pues no eran más que débiles cortinas. Pero pronto se encontró en medio de varias cascadas, lo que le dificultó ver y respirar. Aún así siguió avanzando hasta donde calculó que debió haber caído la persona.
Se lanzó al suelo y comenzó a cavar con las manos, pero por cada puñado de arena que quitaba tres más lo sustituían. Y no había rastros de una gabardina, una mano o un cabello rosado. «Si dejara de caer arena», pensó. «Si tan solo pudiera detener la arena». Pero no pudo. La única esperanza para esa persona era que Sakti siguiera cavando, pero la arena comenzaba ya a cubrirle las piernas. Si se quedaba por más tiempo, pronto tendría que cavar para sacarse a sí misma. Escuchó un crujido sobre su cabeza e, instantes después, una ola de arena cayó sobre un extremo del pueblo. Otra parte del techo había cedido.
«Maldita sea», pensó. Si no se apuraba todo el techo y la arena caerían sobre ella. Ya no podía ver, ya no podía respirar, ya no podía...
—¡BASTA! —gritó a la vez que extendía la mano al techo. La arena dejó de caer.
Sakti observó incrédula que la arena se mantuvo suspendida en el aire a varios metros alrededor de ella. Nuevos granos cayeron desde el techo pero, cuando alcanzaron algún perímetro invisible, se detuvieron y esperaron. Eso la inquietó, porque no era un campo telequinético; tampoco estaba usando la esencia de los minerales. Lo que acababa de hacer fue algo más básico: controló la arena con solo el deseo, sin esencias de por medio.
Describió con el brazo un amplio arco, como si intentara borrar una pizarra, y con eso hizo que la arena siguiera el movimiento y se disipara, que cayera lejos de ella. No entendió qué acababa de ocurrir, pero sí supo que tenía una oportunidad ahora.
Retiró la mano con lentitud, como si tanteara el control. Si su deseo era lo que maneja la arena, entonces no necesitaba que el cuerpo le diera las instrucciones. Solo se mantuvo concentrada, pensando una y otra vez: «No cae más arena, no cae más arena. Aquí no, aquí no, todavía no. Cuando nos saque de aquí puedes seguir cayendo como te plazca, pero antes no». Siguió cavando.
Como no cayeron más granos, fue fácil apartar los que estaban en el suelo. Apaleó con las manos hasta que al fin dio con algo. Sintió la piel cálida y suave de un brazo y, al dar con la mano, intentó jalarla para sacar a la persona, pero no lo consiguió. Apaleó con más fuerza y a su deseo de detener la caída de la arena se sumó otro: «¡Muévete! ¡Ocupo sacarle!». La arena respondió sin que ella tuviera necesidad de gritarle o golpearla. Se retiró como si una ráfaga de viento la amenazara, hasta que descubrió a una persona inmóvil que estaba bocabajo.
De milagro, el muchacho no se había dislocado un brazo ni roto el cuello. Con semejante caída, un cadáver habría sufrido alguna de las dos cosas y, no obstante, él estaba entero. El techo crujió de nuevo y la muchacha supo que era cuestión de segundos para que otra parte cediera. Agarró al joven y lo volvió bocarriba lo mejor que pudo, con tal de revisar si respiraba o había posibilidades de hacer algo por él. Pero no puso la mano sobre la nariz para sentirle alguna corriente de aire, pues se quedó inmóvil de la sorpresa tras verle la cara. Acercó su rostro al del muchacho y le corrió los mechones de cabello que le caían sobre la frente, tan solo para cerciorarse. Estuvo a punto de abrirle un ojo para ver de qué color sería, pero el techo lanzó una nueva amenaza.
Ya no importaba si el muchacho estaba vivo o muerto. El destino los había reunido de nuevo en el lugar menos esperado y, aunque fuera solo por saldar una deuda, Sakti se sintió en la obligación de sacarlo de allí. Se pasó el brazo del joven sobre los hombros y, a pesar de lo difícil que era mantener el equilibrio con sus piernas heridas y con el peso inerte de un chico más alto que ella, la princesa avanzó lo más rápido que pudo. A su espalda, las arenas reanudaron la caída, pero sobre ella se mantuvieron fielmente inmóviles.
Cuando divisó una nueva boca de túnel, avanzó hacia ella. Detrás, el techo comenzó a resquebrajarse y caer. Sakti avanzó sin detenerse, sin parpadear, sin pensar en nada más que ponerse a salvo. Justo cuando cientos de toneladas de arena iban a caer sobre el pueblo, la chica alcanzó el túnel y entró a él. No supo si fueron sus poderes, desequilibrados como cuando era niña y perdía el control por el miedo, o si la fuerza de la arena generó una ráfaga violenta. El punto es que una onda de viento la empujó varios metros al frente. Cayó bocabajo, con el retumbo de la estructura colapsada en los oídos. Algunos granos de arena y polvo revolotearon alrededor pero, cuando se dio cuenta de que todo estaría bien, levantó la mirada y tosió. ¡Menudo desastre! Y lo mejor era que ella no tenía la culpa de él. «Para variar un poco», pensó.
Estuvo quieta unos segundos para hacer conteo de daños, pero después de la caída por aquel eterno precipicio, era imposible tener más rasguños. Aún así, sintió algo nuevo; era un cosquilleo cálido en el cuello. Sakti suspiró. Aunque la aplastaba, al menos el muchacho respiraba. Su misión de rescate fue todo un éxito.

****

El olor a ungüento le hizo cosquillas en la nariz. Casi de inmediato se pasó la lengua por los labios, imaginando que tendría la boca seca al despertar. Pero se sorprendió al darse cuenta de que no era así; lo único que pudo imaginar fue que alguien le dio de beber mientras dormía. El cuerpo le dolió y se negó a responderle, pero los ojos cooperaron un poco más. Al principio le costó acostumbrarse a la luminosidad de las paredes, pero luego divisó formas sin que los ojos le lloraran. Escuchó el siseo de una tela y, siguiendo su oído y olfato, giró un poco el cuello.
Al otro lado encontró a la muchacha, sentada de espaldas a él, que se frotaba una magulladura con el ungüento. El cabello estaba acomodado en una coleta que le caía sobre el hombro hacia el frente y, como la chica estaba sin blusa, vio a la perfección las marcas en la espalda. Eran tantas que fue difícil encontrarles sentido aunque imaginó que, si pudiera seguirles el rastro por el resto del cuerpo, podría comprenderlas mejor. La princesa intentó estirarse un poco más para alcanzar un moretón que todavía no gozaba del calor de la pomada, pero gimió al forzar el brazo lastimado.
—Si ocupas ayuda, con gusto te presto una mano —se burló él. Sakti giró el cuello para verlo y apretó con fuerza la blusa que le cubría el pecho. También lo miró con fiereza, como si le dijera que entre más la viera más pronto le arrancaría los ojos.
—¿Te importa? —preguntó con desdén.
—Para nada —respondió él con una osadía que no correspondía a su situación—. Tú sigue en lo tuyo y yo en lo mío. Si quieres quedarte y seguir frotándote allí, es decisión tuya. Yo soy el que no se puede mover de aquí.
—Podrías cerrar los ojos —siseó ella.
—Sí, podría.
Pero no lo hizo. Sakti intentó mantener la vista fija en él, esperando asustarlo. Pero el muchacho esbozó una débil sonrisa descarada y le devolvió el reto con los ojos. Era obvio que no se sentía bien, pero tenía un carácter impertinente que lo ayudaba a sobrepasarse. Sakti desvió la mirada, un poco avergonzada, y se soltó el cabello. Luego sacudió la cabeza e hizo que el pelo le tapara la espalda y el pecho. Después se puso de nuevo la ropa. Cuando estuvo lista se incorporó y caminó hacia el joven tendido en el suelo.
—Qué lástima. Por hacer eso te llenaste el cabello de ungüento y de seguro te manchas la camisa. Ya no surtirá efecto; tenías que dejar que la piel lo absorbiera por unos minutos.
—Y de paso así mirabas por unos minutos, ¿no? —dijo ella con sequedad—. Semejante pervertido resultaste ser, niño. —El muchacho alzó una ceja y adquirió el semblante serio que Sakti le notó hacía varios años.
—Oye, no fui yo el que decidió desvestirse mientras otro dormía.
«Maldito mocoso impertinente», pensó Sakti sin quitarle la mirada de encima. «Y pensar que me tomé la molestia de sacarle de allí». El aesiriano siguió:
—Mantengo lo que dije la otra vez: eres patética. Siempre estás en problemas. ¿Se puede saber que hace una princesa como tú en un lugar como este, incapaz de alcanzar un golpecillo en su espalda? —Sakti arqueó una ceja.
—Solo porque la otra vez me salvaste de un precipicio —dijo al recordar el encuentro que tuvieron en el Pantano, justo antes de que ella entrara al Reino de los espíritus—, no quiere decir que esté siempre en problemas. Y para tu información, fui yo la que te salvó a ti esta vez. De no ser por mí, estarías aplastado por arena y mármol.
—Bah, me las habría arreglado para salir —respondió él, todavía inmóvil en el suelo—. Y aunque muriera, tampoco sería la gran cosa. No es como si alguien me fuera a echar de menos.
El muchacho dejó de mirar a Sakti a los ojos para escrutarle el resto del cuerpo. Siguió las marcas que la princesa tenía en la barbilla y le bajaban por la garganta, luego observó las marcas en el brazo derecho y la palidez y dureza de la garra izquierda, para continuar por las marcas que bajaban por las piernas descubiertas.
—Cojeas —dijo finalmente—. Siempre estás en problemas.
—Tú no estás en mejores condiciones ahora —le respondió ella, mientras cruzaba los brazos sobre el pecho.
Él la miró a los ojos de nuevo. Ninguno de los dos sonrió y, de alguna forma, pareció que se lanzaban retos el uno al otro. Pero cuando el chico se dio cuenta de que la princesa no perdía nada con dejarlo a su suerte allí y que aún así esperaba, se preguntó qué la retenía. En sus encuentros previos, primero en el bosque del Oeste, cuando a ella la perseguía una manada de groliens, y luego en el Pantano, él siempre la dejó por su cuenta. Nunca esperó a averiguar qué pasaría con ella. ¿Por qué ella no se iba también, con la fama de fría y cruel que tenía entre los vanirianos? ¿Qué quería de él?
—¿Qué me diste? —preguntó. Había intentado estirar una mano para tomar disimuladamente una daga del cinturón, pero el cuerpo todavía no le respondía.
—Traías muchas cosas interesantes en tu bolso —dijo ella como si nada—. Además del ungüento, vi unas jeringas de colores muy bonitos. Me pregunté si alguna te ayudaría a reaccionar más rápido, así que...
—¿Me inyectaste, con cuál? —preguntó entre dientes. Cuando habló, Sakti se dio cuenta de que el muchacho intentaba mantenerse sereno, pero con costos.
—Sí. Pero no te preocupes, que elegí la inyección con un método bastante práctico. De tin marín, de don pin...
—Argh, eres odiosa —gruñó el joven—. Si vas a torturar a alguien, tienes que hacerlo bien. ¿Quieres matarme? Entonces asegúrate de inyectarme el veneno adecuado. ¿Quieres mantenerme con vida un momento para interrogarme? Entonces asegúrate de inyectarme con algo que no me mate de repente. Casi todas las inyecciones tienen veneno de parálisis que conduce a la muerte de mil maneras distintas, ¡y de seguro que ni siquiera sabes cómo voy a morir ahora! ¡Qué patético! ¡Voy a morir a manos de una aficionada! —Sakti guardó silencio por unos instantes.
—¿Tienes antídotos?
—¿Para qué voy a tenerlos? Soy un profesional. Sé para qué quiero cada uno de mis venenos y cuándo aplicarlos. Jamás me arrepiento y jamás uso un método tan absurdo como el «de tín marín» para hacer mi trabajo.
—Ah, ya veo. —Sakti se inclinó sobre el joven y comenzó a registrarlo.
—¿Qué haces?
—Si no hay antídoto que te pueda salvar, entonces ya no tiene sentido que me quede más por aquí. —La muchacha palpó la gabardina con cuidado, en busca de bolsillos ocultos, pero no encontró nada que se sumara al inventario que obtuvo al registrar al muchacho por primera vez, mientras dormía—. Sentía curiosidad por saber quién eres. Nos hemos visto ya tres veces en lugares impensables, y aún así no tengo idea de quién eres. Sin embargo, tú sí sabes quién soy yo, ¿no?
—¿Cómo no iba a saberlo? —preguntó él mientras intentaba levantar la cabeza para ver a Sakti. La muchacha se había acercado a sus piernas y ya no podía verla, pero por el sonido de unas hebillas imaginó que le estaba revisando las botas—. Una princesa vale muchísimo como rehén del país enemigo, pero se supone que eres difícil de atrapar. Por eso casi nadie se anima a capturarte. Aunque yo en lo personal no veo que seas una presa difícil.
—¿Entonces por qué no me has atrapado? En el Pantano tenías una buena oportunidad —siguió ella mientras retiraba una daga oculta en la punta de la bota. La muchacha la acomodó en su propio calzado y siguió registrando el otro zapato.
—Vales tanto que no podría moverme por el peso del oro que me darían al llevarte a Vanir. Y todo el oro del mundo no vale lo suficiente como para que yo me quede en un solo lugar. ¿Ya terminaste?
Sakti se pasó el bolso del muchacho por los hombros y se acomodó en el cinturón las dagas que le robó. Lo único que le dejaba era la ropa, una bolsa de cuero con unas piezas metálicas cuyo propósito desconocía y un carcaj con las flechas de hierro que utilizó para lanzarlos a ella y a Darius al precipicio del Pantano. Si hubiese podido cargar con ellas, se las habría llevado también. Pero con su cuerpo tan magullado, prefería cargar un bolso bien equipado y liviano, así como unas cuantas armas que sustituyeran la espada que perdió cuando la herramienta Fafnir la atacó.
Se incorporó y pasó al lado del joven, preguntándose quién era y qué hacía él en ese lugar. ¿Pero habría alguna diferencia? El chico moriría por un veneno mal aplicado y ella lo olvidaría en cuestión de unas horas, mientras buscaba una salida de las ruinas. Con las cantimploras y las armas, ya había obtenido todo lo que necesitaba de él. Dio un par de pasos para alejarse, pero se detuvo y regresó. Dejó caer el bolso y se inclinó de nuevo sobre el aesiriano.
—¡¿Y ahora qué haces?! —preguntó el chico cuando Sakti lo registró de nuevo. El sonido de una cremallera le respondió—. ¡¿Qué haces?! ¡No revises ahí!
—Oh, te has sonrojado —dijo ella mientras le bajaba los pantalones—. Así pareces una niña. ¿Te lo han dicho antes?
El sonrojo del muchacho pasó de la timidez a la furia y, de haber podido moverse, le habría dado una buena patada a Sakti por su atrevimiento. Pero la chica estaba a salvo y un pequeño brillo en los ojos delató que encontró lo que estaba buscando. El aesiriano tenía atados, en los muslos, unos paquetes que estaban sujetos por una tela elástica. Sakti tomó los paquetes y en ellos encontró varias agujas largas, que tenían en las puntas forros de tela. Más veneno, y de seguro que rápido y letal, guardado con recelo porque era lo mejor del arsenal.
Sakti bajó más los pantalones para buscar nuevas armas, pero tan solo dio con un compartimiento de cuero atado a la pantorrilla derecha. La muchacha esperó encontrar una nueva arma, pero solo halló un silbato de imitación de plata. Estaba viejo y mordido, y tenía un cordel de cuero en el extremo curvo. Por un momento pensó que se trataría de un silbato para perros, pero se dio cuenta de que estaba equivocada. Solo era el juguete de un niño.
—¿Ahora sí terminaste? —preguntó el chico con desdén mientras Sakti lo vestía. Cuando la princesa le cerró la cremallera, ambos se miraron de nuevo a los ojos. Pero ahora el muchacho no le lanzó ningún reto con la mirada, pues parecía que acababa de perder las fuerzas para ello—. Eres patética, pero hay una razón por la que ningún caza recompensas ha logrado atraparte. Eres lista. Ahora dijiste que de no ser por ti yo estaría muerto. Así que dime, ¿por qué una princesa herida se tomaría la molestia de salvar a un plebeyo, para luego inyectarle descuidadamente algo cuyos efectos desconoce? ¿Por qué tirar al traste todo su esfuerzo por una estúpida inyección si ella, sin lugar a dudas, tiene el sentido común suficiente como para no inyectarlo?
Sakti guardó silencio mientras contemplaba los rasgos del muchacho. Su cabello rosado, sus ojos verdes y sus rasgos aniñados le daban una apariencia muy frágil, aunque sus brazos y piernas evidenciaban que era todo un guerrero. El chico no tenía rasgos groseros y adustos, pero tampoco podía considerarse guapo. Había una palabra que describía mejor su apariencia y esa era «lindo». El chico era lindo, como un niño pequeño. O una chica muy bella. Sakti sabía que ese extraño era incluso más bonito que ella, y que detrás de esos ojos se escondía un cerebro tan brillante como el suyo.
La princesa sacó una hoja del bolsillo y la extendió frente al rostro del joven.
—Ah, la encontraste. —Sakti había encontrado la lista en su primera revisión, cuando el muchacho dormía.
—Eres un caza recompensas. Un asesino —dijo con suavidad. La lista tenía varios nombres y algunas anotaciones al lado de cada uno, todo escrito con una letra fina y pequeña:

-      Comandante Wil Kasu (Muerto, trescientas monedas de oro reclamadas).
-      Comandante Hioas Koyuas (Muerto, trescientas monedas de oro reclamadas).
-      Lord Car D'yen (Asesinado por PatadeGallo).
-      PatadeGallo (Muerto, cincuenta monedas de cobre reclamadas).

—PatadeGallo —murmuró el chico—. Maldito infeliz, no valía ni tres piezas de oro y para cuando di con él ya se había gastado el dinero por el trabajo del Lord. Qué canalla. —La lista seguía con otros nombres:

-      Doncella Lucía Valden (Muerta, doscientas monedas de oro reclamadas).
-      Comandante Erick Hurton (Torturado, doscientas cincuenta monedas de oro reclamadas. Probablemente muerto).
-      Príncipe Sin Aesir XII (Atrapado por vanirianos, sin posibilidades de reclamar recompensa por su cabeza).
-      Príncipe Sin Albert Aesir XIII (En fuga, mil quinientas monedas de oro con vida; muerto, cuatrocientas monedas de oro).
-      Príncipe Harald Gustave Aesir LV (Atrapado por vanirianos, sin posibilidades de reclamar recompensa por su cabeza).
-      Príncipe Harald Karir Aesir LVI (Atrapado, mil quinientas monedas de oro reclamadas).
-      Príncipe Uruk Aesir L (En fuga, doscientas monedas de oro con vida; muerto, diez piezas de plata).
-      Regente Hundrian Aesir V (Vivo. Setecientas monedas de oro con vida; muerto, cien de oro).
-      Príncipe Morak Aesir VII (Vivo. Trescientas monedas de oro con vida; muerto, cincuenta de oro).
-      Príncipe Merkaid Lycae Aesir L (Vivo. Cien monedas de oro con vida; muerto, siete piezas de plata. No vale la pena).

—Pero mis favoritos —dijo Sakti al dar la vuelta al papel para mostrarle los nombres al otro lado—, son estos. —La lista seguía con la misma letra menuda, pero el primer nombre sobresalía con tanto descaro que transmitía felicidad.

-     DARIUS TONARE (¡MUERTO!).
-      General Enlil Tonare (Muerto).
-      General Sigfrid Montag (Intocable).
-      Príncipe Kardan Aesir XXIV (Tres mil monedas de oro con vida; muerto, dos mil de oro).
-      Emperador Kardan Aesir XXIII (No vale la pena).
-      Príncipe Adad Aesir VI (Desaparecido, no vale la pena).
-      Princesa Sakti Allena Aesir II (...).

Ambos guardaron silencio; mientras el muchacho veía la lista Sakti lo observaba a él. Al fin el chico miró los ojos de la princesa y soltó:
—¿Y? ¿Por esto decidiste envenenarme?
—Atrapaste a uno de mis primos, a Harald. No soy muy cariñosa con mi familia, pero Harald es un buenazo. Si los vanirianos no lo mataron, ahora mismo lo están torturando con la sincronización.
—¿Ves lo que te dije? Eres lista. Lo que no me esperaba es que también fueras sentimental. —Sakti le tomó una mano, le colocó el silbato en la palma y luego cerró el puño, para que sostuviera el juguete con fuerza. Después se incorporó y se preparó para irse—. Sentimental, sí.
Sakti no dijo más. Tampoco él. La muchacha se marchó, llevándose consigo la luz de la sincronización y dejándolo a él casi a oscuras. No miró atrás ni una sola vez al muchacho al que había salvado para después dejarlo morir en la soledad de un laberinto en ruinas.

"Los Hijos de Aesir: El Reino de las Arenas" © 2011-2014. Ángela Arias Molina

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Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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