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Capítulo 8

8
LA LISTA



Las pisadas repicaron a través de los pasillos. Tac-tac-tac. No escuchó nada más, salvo quizá un ligerísimo siseo que bien podría ser arena cayendo en alguna parte. Sakti se detuvo para agudizar el oído. Nadie. Absolutamente nadie. No había nadie más allá abajo con ella, ni siquiera los reptiles bípedos de los túneles superiores. No era una muchacha miedosa, pero la soledad le provocó un cosquilleo en los brazos y un escalofrío en la espalda.
No estaba muy segura del tiempo que había pasado sola allá abajo, casi rodeada de tinieblas con excepción de los quince metros de pasillo que se iluminaban con sus pasos. Recordaba haber dormido después del susto de la caída, pero no estaba segura de cuántos minutos u horas tardó. Cuando despertó, los pasillos estaban a oscuras, como si cerraran los ojos cuando ella lo hacía. Una vez se hubo incorporado, la sincronización se reanudó.
Cada cinco pasos tenía que detenerse porque el tobillo derecho la estaba matando. También la cadera. El golpe que recibió al chocar contra la pared fue muy fuerte y le había afectado todo el cuerpo, en especial el lado derecho. Quizá tenía un esguince o alguna otra herida, producto del choque o un mal paso.
Necesitaba con urgencia a Connor para que la revisara y la dejara como nueva. Sabía que no debía dejar que los músculos se enfriaran mucho, ni que tampoco debía inmovilizar la pierna adolorida. Aunque andaba con cuidado, sabía que se estaba lastimando más y temía que, de no recibir el tratamiento adecuado pronto, quedara con algún desperfecto permanente en la pierna. Como un leve cojeo, que a la hora de enfrentar a los vanirianos podía ser fatal.
«Esto es ridículo», pensó. «Una princesa heroína de guerra reducida a una coja perdida en una ciudad subterránea. ¡Y todo por culpa de esa maldita traidora!».
Se sintió furiosa al recordar a Nefer con los brazos extendidos después de empujarla al abismo. Aunque también supo que ella tenía parte de la culpa. Si no se hubiese excedido en sus ofensas, no habría hecho que la chiquilla perdiera los cabales. No podía pedir a Nefer que controlara sus celos y demás impulsos si ella misma era incapaz de contener la lengua y el placer malicioso al desquitarse con una niña casi veinte años menor que ella. ¡Qué vergüenza!
Otro paso más, un nuevo jalonazo. Sakti se detuvo otra vez, con el corazón latiéndole con fuerza y con los pulmones trabajando al máximo. «El aire está enrarecido», pensó. «Estoy quién sabe a cuántos kilómetros bajo la superficie, y soy la primera criatura viva en pisar estos pasillos. No hay aire fresco. Tengo que encontrar una salida pronto».
Siguió avanzando hasta descubrir una salida. De haber estado en mejores condiciones habría corrido de la dicha, pero lo único que pudo hacer fue cojear más aprisa. Cuando llegó a la boca del túnel descubrió que no estaba a salvo. Ni de lejos.
Al fin averiguó de dónde venía el siseo. Como lo supuso, era arena. Sakti había llegado a un pueblo subterráneo, aunque no pudo distinguir las calles, la plaza ni parte de las casas. Solo pudo ver uno que otro techo y algunos edificios porque eran altos. El resto estaba enterrado. El techo de la bóveda estaba marcado con grietas, algunas tan grandes como casas. Parecían heridas que sangraban copiosas cantidades de arena que caían sobre el pueblo en cascada.
Sakti calculó que el pueblo subterráneo era grande y que por eso todavía no se había cubierto por completo. También imaginó que el daño en la bóveda era reciente; de lo contrario, la arena le habría impedido la entrada. Además, supuso que todos los niveles superiores a la bóveda estaban colapsados y llenos de arena. Si se aventuraba a cruzar el pueblo, corría el riesgo de que el techo cediera ante el peso acumulado y lo dejara caer sobre ella. Si el techo había cedido en algunas partes, quizá el suelo también cedería. Entonces ella caería al nivel inferior. Si no la mataba la caída, moriría de asfixia cuando quedara atrapada en la arena.
No recordó ningún camino alterno porque el túnel nunca le dio otros accesos. Si se devolvía solo llegaría a la boca del gran precipicio. ¿Y entonces qué haría? Nada. No podría hacer nada.
Estiró el cuello y entrecerró los ojos en busca de otros túneles alrededor del pueblo. El suyo no debía de ser la única entrada. Sin embargo, las cascadas de arena eran densas y caían como telas de oro. No la dejaron ver nada. Sakti chupó los dientes, frustrada. Con todos los riesgos de esa bóveda, devolverse como una tonta parecía ser la mejor de las opciones.
Dio una última mirada a las aberturas del techo. Entre la arena distinguió un punto rosado que se precipitaba al suelo. Distinguió el ondeo de auténtica tela, probablemente una gabardina, y después distinguió la forma de un brazo. El cuerpo desapareció en la cortina de arena. Sakti escuchó el golpe que hizo al tocar suelo.
Una persona.
Una persona acababa de caer en la cascada. Lo más probable es que estuviera muerta. Tenía que estar muerta, asfixiada por la arena en niveles superiores o estrellada por la caída. La lógica dijo que no había nada que hacer para salvarle, pero...
Sakti echó a correr. El tobillo y la cadera le dolieron, supo que podría quebrarse si daba un mal paso, pero aun así aumentó la velocidad todo lo que pudo. No había muchas posibilidades de que esa persona estuviera viva. Pero si por algún milagro aún tenía oportunidades de sobrevivir, Sakti era la única que podía sacarle de allí.
Atravesó los primeros chorros de arena con relativa facilidad, pues no eran más que débiles cortinas. Pero una vez en el corazón del pueblo se vio rodeada de cascadas que caían con la fuerza de granizo. Apenas podía ver algo. Respirar era casi imposible. Igual siguió avanzando hasta donde calculó que debió haber caído la persona.
Se lanzó al suelo y cavó con las manos, pero por cada puñado de arena que quitaba tres más lo sustituían. No había rastros de una gabardina, una mano o un cabello rosado. «Si dejara de caer arena», pensó. «Si tan solo pudiera detener la arena». Pero no pudo. La arena comenzaba a cubrirle las piernas. Si se quedaba por más tiempo tendría que cavar para sacarse a sí misma. Escuchó un crujido sobre la cabeza. Instantes después, una ola dorada cayó sobre un extremo del pueblo. Otra parte del techo había cedido.
«Maldita sea». Si no se apuraba todo el techo y la arena caerían sobre ella. Ya no podía ver, ya no podía respirar, ya no podía...
—¡BASTA! —gritó a la vez que extendía la mano al techo. La arena dejó de caer.
Observó incrédula que la arena se mantuvo suspendida alrededor. Más granos cayeron desde el techo, pero se detuvieron y esperaron cuando alcanzaron algún perímetro invisible. Eso la inquietó, porque no era un campo telequinético; tampoco usaba la esencia de los minerales. Era algo más básico: controló la arena con solo el deseo, sin ninguna esencia.
Describió con el brazo un amplio arco, como si intentara borrar una pizarra. La arena siguió el movimiento hasta salir fuera del perímetro invisible. Una vez fuera, siguió cayendo. Sakti no entendió que sucedía pero supo que tenía una oportunidad ahora.
Retiró la mano con lentitud para tantear el control. Si su deseo maneja la arena, entonces no necesitaba que el cuerpo diera las instrucciones. Siguió cavando mientras repetía el mismo mantra en su cabeza una y otra vez. «No cae más arena, no cae más arena. Aquí no, aquí no, todavía no. Cuando nos saque de aquí puedes seguir cayendo como te plazca, pero antes no».
Sin la constante lluvia dorada, Sakti pudo apartar con mayor facilidad los cúmulos en el suelo. Apaleó con las manos hasta que al fin sintió la piel cálida y suave de un brazo. Cuando dio con la mano la jaló para sacar a la persona, pero no lo consiguió. Apaleó con más fuerza mientras pensaba: «¡Muévete! ¡Ocupo sacarle!». La arena respondió otra vez: se retiró como si una ráfaga de viento soplara y descubrió a una persona tirada bocabajo.
De milagro, el muchacho no se había dislocado un brazo ni roto el cuello. Con semejante caída un cadáver habría sufrido alguna de las dos cosas, pero él estaba entero. El techo crujió de nuevo. Sakti supo que era cuestión de segundos para que otra parte cediera. Puso al desconocido bocarriba para revisar si respiraba. Pero en lugar de ponerle la mano sobre la nariz para buscar alguna corriente de aire, se quedó inmóvil al verle la cara.
¿Podía ser…? Le corrió los mechones que le caían sobre la frente para asegurarse de que le conocía. Estuvo a punto de abrirle un ojo para ver de qué color sería, pero el techo lanzó una nueva amenaza.
Ya no importaba si el muchacho estaba vivo o muerto. El destino los había reunido de nuevo en el lugar menos esperado. Aunque fuera solo por saldar una deuda, Sakti se sintió en la obligación de sacarlo de allí. Se pasó el brazo de él sobre los hombros. A pesar de lo difícil que era mantener el equilibrio con las piernas heridas y con el peso inerte de un muchacho más alto que ella, la princesa avanzó lo más rápido que pudo. Detrás, las arenas reanudaron la caída, pero se mantuvieron fielmente inmóviles sobre ella.
Avanzó hacia la primera boca de túnel que pudo distinguir. El techo comenzó a resquebrajarse y caer. Sakti avanzó sin detenerse, sin parpadear, sin pensar en nada más que ponerse a salvo. Justo antes de que las cascadas se convirtieran en una sola ola de destrucción y muerte, Sakti alcanzó el túnel. Detrás de ella, el golpe de la arena creó una ráfaga violenta que empujó a la princesa. Sakti cayó bocabajo, con el retumbo de la estructura colapsada en los oídos.
Quedó inmóvil un par de minutos, tanto para calmar los latidos desbocados de su corazón como para hacer conteo de daños. La pierna y la cadera le dolían aún más que antes, en especial por el peso de piedra del muchacho sobre ella. «Pero valió la pena», se dijo al sentir el cosquilleo cálido de una respiración en el cuello. La misión de rescate fue todo un éxito.

****

El olor a ungüento le hizo cosquillas en la nariz. Se pasó la lengua por los labios, imaginando que tendría la boca seca al despertar, pero alguien le había dado de beber mientras dormía. El cuerpo se negó a responderle. Estaba adormecido más allá del umbral del dolor. Los ojos, sin embargo, cooperaron espabilados. Al principio le costó acostumbrarse a la luminosidad de las paredes, pero luego divisó formas sin que los ojos le lagrimearan. Escuchó el siseo de una tela y giró el cuello hacia el sonido.
Encontró a una muchacha sentada de espaldas a él, que se frotaba una magulladura con el ungüento. El cabello estaba acomodado en una coleta que le caía sobre el hombro hacia el frente. La chica estaba descubierta de la cintura para arriba. Las marcas de la Profecía corrían como cicatrices de tinta sobre la espalda. Se alargaban por un brazo y la nuca en trazos que bien podían ser canciones, amenazas o el contorno de un Dragón. La princesa se estiró para alcanzar un moretón que todavía no gozaba del calor de la pomada, pero gimió al forzar el brazo lastimado.
—Si ocupas ayuda con gusto te presto una mano —se burló él. Sakti giró el cuello para verlo y apretó con fuerza la blusa que le cubría el pecho.
—¿Te importa? —preguntó claramente incómoda por la mirada descarada del muchacho.
—Para nada —respondió él con una osadía que no correspondía a su situación—. Tú sigue en lo tuyo y yo en lo mío. Si quieres quedarte y seguir frotándote allí, es decisión tuya. Yo soy el que no se puede mover de aquí.
—Podrías cerrar los ojos —siseó ella.
—Sí, podría.
Pero no lo hizo. Sakti fijó la mirada en él para amedrentarlo, pero el muchacho esbozó una débil sonrisa descarada y le devolvió el reto con los ojos. Era obvio que no se sentía bien pero tenía un carácter impertinente que lo ayudaba a sobrepasarse. Sakti desvió la mirada en derrota y se soltó el cabello. Sacudió la cabeza y se tapó la espalda y el pecho con los largos mechones grises. Se vistió de nuevo; una vez lista se incorporó y caminó hacia el joven tendido en el suelo.
—Qué lástima. Por hacer eso te llenaste el cabello de ungüento y de seguro te manchas la camisa. Ya no surtirá efecto. Tenías que dejar que la piel lo absorbiera por unos minutos.
—Y de paso así mirabas por unos minutos, ¿no? —dijo ella con sequedad—. Semejante pervertido resultaste ser, niño. —El muchacho alzó una ceja y adquirió el semblante serio que Sakti le notó hacía varios años.
—Oye, no fui yo el que decidió desvestirse mientras otro dormía.
«Maldito mocoso impertinente», pensó Sakti sin quitarle la mirada de encima. «Y pensar que me tomé la molestia de sacarle de allí». El aesiriano siguió:
—Mantengo lo que dije la otra vez: eres patética. Siempre estás en problemas. ¿Se puede saber que hace una princesa como tú en un lugar como este, incapaz de alcanzarse un golpecillo en la espalda? —Sakti arqueó una ceja.
—Solo porque la otra vez me salvaste de un precipicio —dijo al recordar el encuentro que tuvieron en el Pantano, justo antes de que ella entrara al Reino de los espíritus—, no quiere decir que esté siempre en problemas. Y para tu información, fui yo la que te salvó a ti esta vez. De no ser por mí estarías aplastado por arena y mármol.
—Bah, me las habría arreglado para salir. Y aunque muriera tampoco sería la gran cosa. No es como si alguien me fuera a echar de menos.
El muchacho escrutó el cuerpo de Sakti. Siguió las marcas que la princesa tenía en la barbilla y le bajaban por la garganta. Observó las que tenía en el brazo derecho, así como la palidez y dureza de la garra izquierda. Miró las marcas que bajaban por las piernas descubiertas, todavía con esos trazos entintados que podían ser canciones o maldiciones.
—Cojeas —dijo finalmente—. Siempre estás en problemas.
—Tú no estás en mejores condiciones ahora —respondió ella mientras cruzaba los brazos sobre el pecho.
Él la miró a los ojos de nuevo. Ninguno de los dos sonrió. Cuando se dio cuenta de que la princesa no perdía nada con dejarlo a su suerte allí y que aun así esperaba, se preguntó qué la retenía. En los encuentros previos, primero en el bosque del Oeste, cuando a ella la perseguía una manada de groliens, y luego en el Pantano, él siempre la dejó por su cuenta. Nunca esperó a averiguar qué pasaría con ella. ¿Por qué ella no se iba también, con la fama de fría y cruel que tenía entre los vanirianos? ¿Qué quería de él?
—¿Qué me diste? —preguntó. Había intentado estirar una mano para tomar disimuladamente una daga del cinturón, pero el cuerpo todavía no le respondía.
—Traías muchas cosas interesantes en tu bolso —dijo ella como si nada—. Además del ungüento, vi unas jeringas de colores muy bonitos. Me pregunté si alguna te ayudaría a reaccionar más rápido, así que...
—¿Me inyectaste? ¿Con cuál? —preguntó entre dientes. Sakti supo que el muchacho intentaba mantener la calma, pero apenas lo conseguía.
—Sí. Pero no te preocupes, que elegí la inyección con un método bastante práctico. De tin marín, de don pin...
—Argh, eres odiosa —gruñó el joven—. Si vas a torturar a alguien tienes que hacerlo bien. ¿Quieres matarme? Entonces asegúrate de inyectarme el veneno adecuado. ¿Quieres mantenerme con vida un momento para interrogarme? Entonces asegúrate de inyectarme con algo que no me mate de repente. Casi todas las inyecciones tienen veneno de parálisis que conduce a la muerte de mil maneras distintas, ¡y de seguro que ni siquiera sabes cómo voy a morir ahora! ¡Qué patético! ¡Voy a morir a manos de una aficionada!
Sakti guardó silencio por unos instantes.
—¿Tienes antídotos?
—¿Para qué voy a tenerlos? Soy un profesional. Sé para qué quiero cada uno de mis venenos y cuándo aplicarlos. Jamás me arrepiento y jamás uso un método tan absurdo como el «de tín marín» para hacer mi trabajo.
—Ah, ya veo. —Sakti se inclinó sobre él y comenzó a registrarlo.
—¿Qué haces?
—Si no hay antídoto que te pueda salvar, entonces ya no tiene sentido que me quede más por aquí. —La muchacha palpó la gabardina con cuidado, en busca de bolsillos ocultos. No encontró nada que se sumara al inventario que obtuvo al registrar al muchacho por primera vez, cuando dormía—. Sentía curiosidad por ti. Nos hemos visto ya tres veces en lugares impensables, y aun así no tengo idea de quién eres. Pero tú sí sabes quién soy yo, ¿verdad?
—¿Cómo no iba a saberlo? —preguntó él mientras intentaba levantar la cabeza para ver a Sakti. La muchacha se le había acercado a las piernas y ya no podía verla. Por el sonido de unas hebillas imaginó que le revisaba las botas—. Una princesa vale muchísimo como rehén del país enemigo, pero se supone que eres difícil de atrapar. Por eso casi nadie se anima a capturarte. Aunque yo en lo personal no veo que seas una presa difícil.
—¿Entonces por qué no me has atrapado? En el Pantano tenías una buena oportunidad. —Sakti retiró una daga oculta en la punta de la bota; se la acomodó en el cinturón y siguió registrando el otro zapato.
—Vales tanto que no podría moverme por el peso del oro que me darían al llevarte a Vanir. Y todo el oro del mundo no vale lo suficiente como para que yo me quede en un solo lugar. ¿Ya terminaste?
Sakti se pasó el bolso del muchacho por los hombros y se acomodó en el cinturón las dagas que le robó. Lo único que le dejaba era la ropa, una bolsa de cuero con piezas metálicas cuyo propósito desconocía y un carcaj con las flechas de hierro que utilizó para lanzarlos a ella y a Darius al precipicio del Pantano. Si hubiese podido cargar con ellas se las habría llevado también. Pero con el cuerpo tan magullado prefería cargar un bolso bien equipado y liviano, así como unas cuantas armas que sustituyeran la espada que perdió cuando la herramienta Fafnir la atacó.
Se incorporó y pasó al lado del joven. Se preguntó quién era y qué hacía en ese lugar. ¿Pero habría alguna diferencia? Él moriría por un veneno mal aplicado y ella lo olvidaría en cuestión de unas horas, mientras buscaba una salida de las ruinas. Con las cantimploras y las armas ya había obtenido todo lo que necesitaba de él. Se alejó un par de pasos, pero se detuvo y regresó. Dejó caer el bolso y se inclinó de nuevo sobre el aesiriano.
—¡¿Y ahora qué haces?! —preguntó el chico cuando Sakti lo registró de nuevo. El sonido de una cremallera le respondió—. ¡¿Qué haces?! ¡No revises ahí!
—Oh, te has sonrojado —dijo ella mientras le bajaba los pantalones—. Así pareces una niña. ¿Te lo han dicho antes?
El sonrojo del muchacho pasó de la timidez a la furia. De haber podido moverse, le habría dado una buena patada a Sakti por el atrevimiento. Pero la chica estaba a salvo y un pequeño brillo en los ojos delató que encontró lo que estaba buscando. El aesiriano tenía atados, en los muslos, unos paquetes sujetos por tela elástica. En ellos, Sakti encontró varias agujas largas que tenían en las puntas forros de tela. Más veneno, y de seguro que rápido y letal, guardado con recelo porque era lo mejor del arsenal.
Sakti bajó más los pantalones y dio con un compartimiento de cuero atado a la pantorrilla derecha. Esperó encontrar una nueva arma, pero solo halló un silbato de imitación de plata. Estaba viejo y mordido, y tenía un cordel de cuero en el extremo curvo. Por un momento creyó que era un silbato para perros, pero se equivocaba. Solo era el juguete de un niño.
—¿Ahora sí terminaste? —preguntó el chico con desdén mientras Sakti lo vestía. Cuando la princesa le cerró la cremallera, ambos se miraron de nuevo a los ojos. En la mirada del joven ya no había más retos—. Eres patética, pero hay una razón por la que ningún caza recompensas ha logrado atraparte. Eres lista. Ahora dijiste que de no ser por ti yo estaría muerto. Así que dime, ¿por qué una princesa herida se tomaría la molestia de salvar a un plebeyo para luego inyectarle descuidadamente algo cuyos efectos desconoce? ¿Por qué tirar al traste todo su esfuerzo por una estúpida inyección si ella, sin lugar a dudas, tiene el sentido común suficiente como para no inyectarlo?
Sakti guardó silencio mientras contemplaba los rasgos del muchacho. Su cabello rosado, sus ojos verdes y sus rasgos aniñados le daban una apariencia muy frágil, aunque sus brazos y piernas evidenciaban que era todo un guerrero. El chico no tenía rasgos groseros ni adustos, pero tampoco podía considerarse guapo. Había una palabra que describía mejor su apariencia y esa era «lindo». El chico era lindo como un niño pequeño. O como una chica muy bella. Sakti sabía que ese extraño era incluso más bonito que ella, y que detrás de esos ojos osados se escondía un cerebro tan brillante como el suyo.
La princesa sacó una hoja del bolsillo y la extendió frente al rostro del joven.
—Ah, la encontraste. —Sakti había encontrado la lista en su primera revisión, cuando el muchacho dormía.
—Eres un caza recompensas. Un asesino —dijo con suavidad. La lista tenía varios nombres y algunas anotaciones al lado de cada uno, todo escrito con una letra fina y pequeña:

-      Comandante Wil Kasu (Muerto, trescientas monedas de oro reclamadas).
-      Comandante Hioas Koyuas (Muerto, trescientas monedas de oro reclamadas).
-      Lord Car D'yen (Asesinado por PatadeGallo).
-      PatadeGallo (Muerto, cincuenta monedas de cobre reclamadas).

—PatadeGallo —murmuró el chico—. Maldito infeliz. No valía ni tres piezas de oro y para cuando di con él ya se había gastado el dinero por el trabajo del Lord. Qué canalla. —La lista seguía con otros nombres:

-      Doncella Lucía Valden (Muerta, doscientas monedas de oro reclamadas).
-      Comandante Erick Hurton (Torturado, doscientas cincuenta monedas de oro reclamadas. Probablemente muerto).
-      Príncipe Sin Aesir XII (Atrapado por vanirianos, sin posibilidades de reclamar recompensa por su cabeza).
-      Príncipe Sin Albert Aesir XIII (En fuga, mil quinientas monedas de oro con vida; muerto, cuatrocientas monedas de oro).
-      Príncipe Harald Gustave Aesir LV (Atrapado por vanirianos, sin posibilidades de reclamar recompensa por su cabeza).
-      Príncipe Harald Karir Aesir LVI (Atrapado, mil quinientas monedas de oro reclamadas).
-      Príncipe Uruk Aesir L (En fuga, doscientas monedas de oro con vida; muerto, diez piezas de plata).
-      Regente Hundrian Aesir V (Vivo. Setecientas monedas de oro con vida; muerto, cien de oro).
-      Príncipe Morak Aesir VII (Vivo. Trescientas monedas de oro con vida; muerto, cincuenta de oro).
-      Príncipe Merkaid Lycae Aesir L (Vivo. Cien monedas de oro con vida; muerto, siete piezas de plata. No vale la pena).

—Pero mis favoritos —dijo Sakti al dar la vuelta al papel para mostrarle los nombres al otro lado—, son estos. —La lista seguía con la misma letra menuda, pero el primer nombre sobresalía con tanto descaro que transmitía felicidad.

-     DARIUS TONARE (¡MUERTO!).
-      General Enlil Tonare (Muerto).
-      General Sigfrid Montag (Intocable).
-      Príncipe Kardan Aesir XXIV (Tres mil monedas de oro con vida; muerto, dos mil de oro).
-      Emperador Kardan Aesir XXIII (No vale la pena).
-      Príncipe Adad Aesir VI (Desaparecido, no vale la pena).
-      Princesa Sakti Allena Aesir II (...).

Ambos guardaron silencio; mientras el muchacho veía la lista Sakti lo observaba a él. Al fin el chico miró los ojos de la princesa y soltó:
—¿Y? ¿Por esto decidiste envenenarme?
—Atrapaste a uno de mis primos, a Harald. No soy muy cariñosa con mi familia, pero Harald es un buenazo. Si los vanirianos no lo mataron, ahora mismo lo están torturando con la sincronización.
—¿Ves lo que te dije? Eres lista. Lo que no me esperaba es que también fueras sentimental. —Sakti le tomó una mano, le colocó el silbato en la palma y luego cerró el puño para que sostuviera el juguete con fuerza. Después se incorporó y se preparó para irse—. Sentimental, sí.
Sakti no dijo más. Tampoco él. La muchacha se marchó, llevándose consigo la luz de la sincronización y dejándolo a él casi a oscuras. No miró atrás ni una sola vez al muchacho al que había salvado para después dejarlo morir en la soledad de un laberinto en ruinas.


"Los Hijos de Aesir: El Reino de las Arenas" © 2011-2017. Ángela Arias Molina

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