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Capítulo 9

9
EL JARDÍN DEL EDÉN



Caminaron en silencio, acompañados solo del ruido de las suelas de las botas, las pesuñas de Kel y las garras de Geri arañando el suelo. ¡ZAZ! Darius se detuvo y dejó escapar un suspiro de incomodidad que detuvo a sus compañeros, salvo a uno. Connor caminaba al frente, a veces demasiado ido como para recordar que estaba acompañado de su familia. Cuando se dio cuenta de que las demás pisadas no acompañaban las suyas, se detuvo y dio media vuelta para ver a su padre.
—Otra compuerta se ha cerrado —señaló Darius. Desde hacía rato escuchaban cómo las paredes se corrían detrás de ellos para bloquearles el camino de regreso. La sincronización los obligaba a avanzar, ¿pero para qué?
—Si seguimos avanzando vamos a descender más. Son cachorros, ¡no deberían estar aquí! —El arqueólogo sacó el medidor de presión del bolsillo. Gimió después de comprobar la profundidad a la que se encontraban—. ¡Setenta kilómetros! ¡Es demasiado! ¡Yo nunca he llegado a los ochenta kilómetros! ¡No puedo más! —Se llevó las manos al pecho y con torpeza comenzó a desbotonarse la camisa.
—Pero si seguimos andando llegaremos a un lugar amplio. Al jardín del Edén, donde hay flores y sopla la brisa, donde...
Connor calló. Desde hacía rato decía estupideces que ni él comprendía. Se sentía muy mal por eso. Era su culpa que estuvieran caminando en un nuevo túnel en lugar de descansar en Sha-koa. Airgetlam estaba decaído después del ataque de pánico, y Dagda estaba pálido y de vez en cuando entornaba los ojos como si se fuera a desplomar. Fue una crueldad obligarlos a levantarse para seguir avanzando.
Después de que Connor los atendiera y diera de comer a todos, sintió una urgencia terrible por caminar. Fue como si una chispa brotara en su interior y encendiera un montón de miedos. Los reptiles bípedos estaban en primer lugar. Connor supo que si no seguía la orden de la voz –¡Ven al jardín del Edén!– esas cosas saldrían a atacarlo. Y aunque no tuviera la amenaza de ataque, de todas formas tenía que cumplir la orden. Si no lo hacía sentía que se iba a morir.
¿Eso era estar sincronizado con las ruinas o, mejor dicho, con lo que estuviera manipulando la sincronización? ¿O quizá se sentía igual que esos bloques de mármol? ¿Sin ninguna otra opción más que seguir las órdenes de la voz? Por esa voz, que le infundía tanto miedo como respeto, obligó a sus amigos a avanzar. Y ellos eran tan comprensivos que lo disculpaban de sus tonterías.
—¿Por qué nos hace seguir, Connor? —preguntó Darius. Imaginaba que el chico tendría acceso a las razones de aquel que lo controlaba.
—No lo sé —respondió asustado. Cada vez que se detenía sentía el miedo a flor de piel—. Pero si no avanzamos esas cosas van a salir y luego...
Sintió un ataque de claustrofobia. Se imaginó el cuadro: ¡él y Ryaul intentando desabrocharse la camisa para sentirse más libres en unas ruinas laberínticas cubiertas de arena de las que no podían escapar!
—Connor, necesito que me digas qué sucedió después de que te atacaran. Si lo sabes por favor dímelo. Porque lo que escuché... Lo que la voz dijo podría ponernos en peligro.
Darius no dijo nada más, incómodo por la presencia de Ryaul y Kel. No quería repetir en voz alta lo que la sincronización dijo acerca de Connor.

«No representa ninguna amenaza física. Sin embargo, su existencia representa una amenaza genética. Su exterminio y el de todos aquellos iguales a él es una medida que debe tomarse».

Dagda y Airgetlam estaban muy decaídos como para pensar en ello y Connor, debido al estado en el que se encontraba tras el análisis de la sincronización, probablemente no tenía ni idea de los riesgos de caminar hacia eso que llamaba el «jardín del Edén». Darius se lo imaginaba muy bien. Cada vez que escuchaba el ¡ZAZ! de una compuerta cerrándose a unos metros detrás de él, sentía una pesada sombra cayéndole encima. La mujer sincronizada sabía que Connor era un híbrido mestizo. Así lo identificó. Luego buscó a otros seres como él, por lo que dio con los gemelos. Y como si no fuera suficiente, hasta hizo un análisis para encontrar a los padres de los híbridos.
Y lo halló a él.
No era una coincidencia que sus hijos y él caminaran hacia ese dichoso jardín, con Connor como guía. Había algo esperándolos, algo que se encargaría de exterminar la «amenaza genética» a la que se refirió antes.
Connor se estremeció y observó las paredes en busca de reptiles. No halló ninguno. Tomó aire y les narró su viaje por las ruinas, guiado por Alucinación. Sus compañeros lo escucharon con atención. Cuando acabó Ryaul se lamentó más:
—¡Alucinaciones! ¡Ese es un síntoma de la presión!
—Pero estamos a mucha profundidad —lo interrumpió Geri— y Darius está de maravilla. —Ryaul observó al lobo, luego al profeta mestizo y dijo:
—Bueno, es un muchacho bastante grande para su edad. Quizá por eso tiene mayor resistencia.
—Hmmm, no lo sé —siguió el lobo—. Los gemelos y Kel solo están un poco sensibles. De no ser por el «incidente» estarían más serenos. Connor se llevó un golpe bárbaro y aun así su alucinación lo guio a nosotros, así que no creo que podamos decir que esté muy afectado por la presión. Usted es asustadizo por naturaleza pero se mantiene muy entero. Le he prestado atención y no lo he visto tambalearse ni una vez. Y Darius está en excelentes condiciones aquí abajo. Lo que quiero decir es que todos están muy bien a pesar de la profundidad. De no ser por los golpes o heridas, seguro cantarían otra canción de piratas.
Geri tenía razón. Connor estaba de maravilla, Kel ya no lloriqueaba y era un milagro que Ryaul, con lo nervioso que era, no se hubiera descompuesto por un ataque de claustrofobia. Cada vez que comenzaba a darle uno se tranquilizaba poco a poco, sin que él mismo se diera cuenta. Los únicos que estaban un poco mal eran los gemelos, pero Darius imaginó que los muchachos estarían exactamente igual en la superficie después de que a uno le cortaran los dedos y el otro se llevara el susto de la vida al ver a su hermano en tan mal estado. Por tanto, la condición de todos no variaba a como sería si estuvieran en la superficie y no a setenta kilómetros por debajo de ella.
—Me parece —continuó el lobo— que hay dos explicaciones para esto. La primera es que su medidor está mal y en realidad estamos muy cerca de la superficie. La segunda es que sí estamos muy profundo, pero algo nos protege de los efectos de la presión.
—¿Qué cosa, Geri? —preguntó Connor. El lobo movió las orejas y respondió muy serio:
—Lo mismo que los atacó a ti y a Allena, lo mismo que te obliga a avanzar. Lo mismo que nos separó del grupo de expedición y nos obligó a buscarte. Lo mismo que nos quiere llevar a ese bendito jardín.
Darius se mordió los labios al comprender que Geri tenía las mismas sospechas que él.
—El lado bueno —siguió el lobo, dirigiéndose al mestizo— es que la voz quiere que lleguemos con vida al jardín. De lo contrario mandaría de inmediato a las herramientas Fafnir para que acaben con nosotros o no mantendría la sincronización para que nos proteja de la presión. Creo que por el momento estamos a salvo.
—Geri, ¿qué dijiste de la herramienta qué?
—Herramienta Fafnir —respondió a Connor—. Cuando llegamos al precipicio, la voz dijo que lo que atacó a Allena era una herramienta Fafnir. Era igual a las cosas que te atacaron, solo que más grande. —Connor se estremeció.
—Espero que Allena esté bien.
—Está de maravilla —lo tranquilizó Darius—. Allena destruyó a la cosa esa y luego la voz dijo que si ella no conseguía salvarse del precipicio, enviaría a otra criatura más para rescatarla. Eso significa que también quiere que Allena viva. Y quizá nos reuniremos con ella más adelante.

****

Darius bebió la última gota. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que se quedaron atrapados en las ruinas? ¿Tres, cuatro o cinco días, quizá? Y ya no tenían agua. Ryaul, que se había comportado muy valiente al ceder su ración a los chicos, finalmente entró en pánico.
—¡Agua, agua, agua! ¡Aunque lográramos salir de aquí nos vamos a achicharrar en el desierto! Ay, por Dios, ¿pero en qué parte del Reino estamos? ¡Si por lo menos estuviéramos a medio día de una guardería!
—Yo creo —susurró Geri al oído de Darius— que este tipo tiene que aprender a calmarse. ¿Que no ve que así se deshidrata más rápido?
Los profetas esperaban sentados en el suelo. Veían a Ryaul correr de un lado a otro. Habían llegado a una nueva bóveda, pero esta no tenía ningún pueblo. Era como la que estaba en Myula: era una plaza amplia rodeada de paredes en las que había marcos que señalaban la entrada a diferentes túneles. Pero debajo de los marcos no había ninguna abertura, solo más mármol. El túnel por el que ellos entraron también estaba cerrado ahora. Solo les quedaba un camino: subir unos mil escalones que llevaban a una plataforma. En mejores circunstancias Ryaul habría corrido hacia las gradas en lugar de correr en círculos alrededor de ellos, pues los escalones eran impresionantes y de seguro que en la plataforma habría alguna maravilla arqueológica. El medidor marcaba los ciento quince kilómetros de profundidad, así que estaban en una sección no explorada.
Al lado de los escalones, talladas en el mármol, había un par de esculturas: un hombre y una mujer, la última con una tiara en la cabeza. Las estatuas eran gigantescas, pues los pies estaban al nivel de los profetas pero las cabezas ascendían por encima de la plataforma. Los profetas tuvieron que acercarse un poco más a las estatuas para contemplarlas, pues eran tan grandes que desde la boca del túnel no pudieron ver más allá de la cintura.
Cuando vieron los detalles de las manos, las túnicas y las barbillas, vieron también los detalles de los alfeizares y de las columnas. Las esculturas y los escalones solo eran la fachada de un gran edificio. Lo más sorprendente fue la claridad con la que vieron todo el conjunto. Las paredes, el suelo, el techo, las estatuas y los escalones brillaron como si tres mil aesirianos estuvieran allí para brindar su magia al mármol.
—Creo que es más grande que el Palacio de Masca —murmuró el profeta para no despertar a Dagda, quien dormía con la cabeza acomodada en el regazo de su padre.
—Papá —susurró Connor—, yo creo que eso es un palacio.
No se le había ocurrido ¿pero por qué no? Ya habían visto varios pueblos subterráneos, túneles –Ryaul los llamaba carreteras– y vías de tren, y todo estaba construido bajo techo. ¿Por qué no podía estar frente un palacio subterráneo?
—Yo lo que me pregunto es cómo vamos a subir —dijo Geri—. Son muchos escalones y se ve tan… empinado...
Geri y Kel tendrían problemas para subir las gradas. Las pesuñas del grolien de vez en cuando se resbalaban en las lozas de mármol y los escalones no eran lo bastante anchos para las patas del lobo. Eso sin mencionar que Dagda estaba enfermo. Darius estaba seguro de que al muchacho le estaba dando una infección por la herida en los dedos y que Connor solo intentaba tranquilizarlos al restarle importancia. No sería la primera vez que el chico decía que uno de ellos estaba bien cuando en realidad se rebanaba los sesos para dar con la medicina adecuada para tratar su enfermedad. Airgetlam se levantó de inmediato.
—¿Escuchan eso? —Tenía el semblante más compuesto que el de su gemelo, pero él también resentía la larga caminata y la falta de comida.
—¡Ah, noooo! —gimió Ryaul, muy dramático—. El chico oye cosas, ¡al fin la presión le está dañando el cerebro! —Airgetlam se le acercó y le tapó la boca con una mano.
—Shhh. Solo escuchen.
Costó que Ryaul se calmara pero luego todos prestaron atención al ambiente. No escucharon nada además de la respiración agitada de Ryaul y la acompasada de Dagda. Hasta que...
—¡Lo escucho! —Geri se incorporó de un salto—. Sí, lo escucho, lo escucho. Los gritos de Ryaul no me dejaron oírlo antes, pero ahora es claro. ¡Clarísimo! —Miró a Airgetlam—. ¡Qué bárbaro! ¡Pero qué oído tienes para haberlo pillado con los gritos sónicos del gordis!
—¡Eh! —exclamó ofendido Ryaul. Airgetlam sonrió con timidez.
—Bueno, ¿pues qué es? —preguntó Connor mientras guardaba el libro sobre puntos de presión en la mochila. La lectura del manual era lo único que lo calmaba cuando tenían que detenerse, pero ya llevaban tanto tiempo en un solo lugar que le era imposible estar tranquilo.
—Agua —dijo Airgetlam, saboreando la palabra—. Pero antes, Connor... ¿Hacia dónde sientes que debes caminar? —El chico se incorporó de un salto y señaló la plataforma.
—Lo siento, lo siento, lo siento. Pero es hacia allá —señaló la plataforma y empezó a saltar agitado—. Ay, ¡es que ya no puedo aguantar más! Si no andamos...
—De ahí viene el sonido —lo interrumpió el mensajero—, así que no hay ningún problema. —Airgetlam guardó silencio y desvió la mirada. No estaba tan seguro como Geri. El lobo suspiró—. Bueno, patitas para qué las quiero. Entre más pronto empecemos la tortura, más pronto acabaremos con esto.
Se pusieron en marcha. Darius ni siquiera intentó despertar a Dagda. Aunque pesaba, se lo echó a la espalda y dejó que siguiera durmiendo. Casi no habían descansado porque siempre tenían el temor de que los Fafnir salieran a atacarlos, sin mencionar que caminaron poco más de cien kilómetros en poco tiempo. Darius también estaba agotado, como todos, pero para Dagda era peor porque todavía no se recuperaba de la pérdida de sangre.
Connor, una vez más, guio la marcha. Entre él y Ryaul ayudaron a Kel para que las pesuñas no le resbalaran y cayera. Airgetlam se encargó de dar empujoncitos a Geri cuando tenía problemas para subir los escalones. Pronto el gemelo y el lobo quedaron rezagados. Darius prefirió acompañarlos, pues aunque se las arreglaba con Dagda a la espalda no tenía la fuerza para seguir el paso de Connor.
A Darius siempre le sorprendía que los lobos-dragón fueran fieros y valientes en algunas ocasiones, pero que en otras fueran miedosos o caprichosos irremediables. Geri estaba en modo miedoso ahora. Temblaba y daba pasitos patéticos, sin despegar las garras del suelo por temor a caerse.
—Le tienes miedo a las alturas —dijo el mestizo. El lobo no lo negó.
—Si miras para atrás seguro que te caes —gimoteó.
Darius echó una mirada. Aunque los escalones eran muy empinados, todavía no habían subido mucho. Pero cuando escalaran cien metros más todo cambiaría. Probablemente hasta él tendría vértigo. Continuaron avanzando, escuchando los gimoteos ocasionales de Geri y de Ryaul, a quien ahora Connor y Kel animaban para que siguiera adelante. Todo estaba tranquilo. A pesar de todo, ahora parecía que seguían en una expedición ociosa. Sin embargo, sabía que se dirigían a un lugar lleno de peligros.
—Papá, ¿y si nos devolvemos…? —Darius miró a Airgetlam, que franqueaba a Geri.
—¿También te mareaste? —le preguntó.
—No, es solo... —Airgetlam guardó silencio por unos instantes. Habló hasta seis escalones más arriba—. Creo que es una mala idea seguir. Esta cosa que está guiando a Connor y luego el sonido del agua... No sé, me parece una trampa y no quiero que caigamos en ella. No quiero que alguien más resulte herido.
Airgetlam dedicó una mirada de soslayo a la mano vendada de Dagda. Darius comprendió por qué su hijo estuvo tan ensimismado desde el incidente en Sha-koa.
—Airgetlam, lo de Dagda no fue tu culpa. ¿De acuerdo? —El muchacho lo miró como si le hubiera dado un puñetazo en la cara. Al cabo de un rato murmuró:
—Yo lo empujé. Si en lugar de la mano hubiese sacado la cabeza primero, se la habría cortado. Y dudo mucho que Connor pueda coser algo así.
Darius se asustó por esa idea. Él no había pensado en que algo peor pudiera haber ocurrido. Se estremeció al imaginarse la escena de la cabeza decapitada de Dagda, con el rostro transfigurado en una mueca de enojo tan impropia de él. Para Airgetlam debió de ser duro escuchar las compuertas cada vez que se cerraban detrás de ellos. Quién sabe qué otra cosa se imaginaba que sucedería cuando finalmente llegaran al bendito jardín de Connor.
—No pienses en eso —se obligó a decir Darius para calmarlo—. Por suerte no ocurrió algo tan grave y Connor nos encontró para ayudar a Dagda. Pero quiero que entiendas algo. —Darius detuvo la marcha y miró a Airgetlam a los ojos—. Aunque Connor no hubiera estado allí para salvar la mano de Dagda, o aun incluso si tu hermano hubiese perdido más sangre, no habría sido tu culpa. No–hiciste–nada–mal. No estoy molesto contigo por nada en absoluto y sé que Dagda tampoco. ¿Tú estás molesto con él? —Airgetlam bajó la mirada y negó con la cabeza—. Es porque lo quieres y te arrepientes de que esté herido. Él también te quiere y sé que se arrepentirá de haberte herido con lo que dijo. ¿Tú ya lo perdonaste?
—No tengo que hacerlo, no hay nada que perdonar.
—Pues con él es lo mismo. Lo sé.
Airgetlam suspiró y asintió más tranquilo. Darius supo que se relajaría por completo cuando el mismo Dagda le dijera que todo estaba en orden.
Siguieron avanzando, aunque ahora los pensamientos de ambos giraban alrededor de lo que encontrarían más adelante. Airgetlam tenía razón: el agua que él y Geri escucharon justo cuando se les había agotado la última gota, tenía toda la pinta de trampa. Y la iluminación del lugar... Ellos no producían tanta magia juntos. ¿Quizá Sakti estaba cerca? Ojalá, porque si no era ella ¿entonces quién más emitiría semejante poder? Le dio vueltas al asunto hasta alcanzar la cima.
—Solo un escalón más, gallina —dijo Airgetlam mientras empujaba a Geri. Al fin el lobo puso las patas delanteras sobre la superficie de la plataforma, pero el resto del cuerpo lo dejó pegado a los escalones.
—¡No! ¡No me hagas subir ni uno más! ¡Me iré de espaldas! —Airgetlam gruñó, dejó a Geri donde estaba y subió por su cuenta.
—Vaya, ¡pero qué vista! —dijo burlón—. Estamos tan, pero taaaaan alto que siento como si me fuera a caer. —Airgetlam se balanceó frente al lobo. Esgrimió una sonrisa tan burlona que Darius se sintió aliviado. El espíritu travieso de su hijo estaba regresando y pronto el otro también estaría dando guerra.
Darius contempló el panorama. Airgetlam tenía razón sobre la vista. Era espectacular. Se imaginó el vestíbulo frente a los escalones lleno de gente que salía de los túneles, algunos rumbo al edificio que estaba a espaldas de Darius y otros solo de visita para contemplar las estatuas. La imagen fue tan viva que la vio.
En lugar de un techo marmóreo, vio el cielo azul, con algunas pocas nubes y el cálido sol. Vio también a aesirianos altos –algunos morenos como el bronce, negros como la noche y pálidos como la espuma de mar– que vestían túnicas de colores llamativos y caminaban por el vestíbulo –que era una ciudad– con paso firme. Algunos visitaban el mercado a los pies de la estatua del hombre. Otros se dirigían a la estación de tren a los pies de la estatua de la mujer. Carretas y animales salían de unos túneles y entraban a otros. Unos niños subían corriendo los escalones, sin preocuparse por la inclinación o una mala caída.
¿Podemos ver el jardín? —preguntó uno—. No lo pisaremos, solo queremos verlo. —Darius sonrió. De sus labios alegres brotaron las palabras del encargado:
Pero no la interrumpan. Rara vez tiene oportunidad de verlo y hoy está muy feliz.
¡Gracias, Majestad!
Darius dio paso a los niños. Se volteó para verlos correr y descubrió un palacio blanco de torres altas con banderines que ondeaban al viento. La entrada estaba bloqueada por un portón de hierro. A través de los barrotes vio un jardín de verde césped, sauces llorones y un manzano en el centro. Lo más bello eran las flores, casi todas de pétalos celestes que reflejaban la luz del sol y la descomponía en los siete colores del arcoíris. El perfume era dulce, tranquilo y llenaba de paz los corazones de los niños y el suyo.
Entre los árboles reconoció la figura de una mujer alta y delgada, de cabello negro. Su corazón palpitó más aprisa, su sonrisa se ensanchó. Sintió una enorme oleada de amor recorriéndole cada parte del cuerpo. Quiso abrir la verja y reunirse con ella para observar juntos las flores. De repente el viento sopló con tanta fuerza que algunos pétalos se soltaron, volaron a través de los barrotes y le golpearon con suavidad el rostro.
¡Ah, el perfume! Darius reconoció el aroma ¿pero de dónde? Quizá si observaba por más tiempo las flores recordaría haberlas visto en alguna parte. Observó de nuevo el jardín. El portón de hierro desapareció y los pétalos celestes no fueron más que fantasmas que se desvanecían ante sus ojos. De nuevo estaba en las ruinas del desierto, enfrentado a un edificio de mármol azul, no blanco, que era distinto al de su visión. Apenas si tenía una silueta similar, pues las torres que acariciaban el cielo fueron absorbidas por el techo de mármol. Lo único que quedaba del jardín era el manzano, ahora un árbol petrificado.
Alguien le pasó la mano frente a los ojos. Darius pestañó sorprendido. Ryaul bajó la mano sin dejar de mirarlo.
—¿Ven? Se los dije. Dejen que pase la visión y ellos regresan a nosotros. —Geri estaba echado panza arriba al lado de Darius, observándolo sin interés. Ryaul y Kel, en cambio, lo miraban fascinados—. ¿Y bien? ¿Qué vieron?
El profeta notó que el lobo habló en plural. Vio a Connor y a Airgetlam. Ellos también observaban el manzano petrificado.
—El jardín del Edén —dijo Connor—. Era aquí. Había muchas flores, todas muy bonitas. Y olían... olían a...
—Es algo que conocemos, ¿verdad? —preguntó Airgetlam—. Es un olor muy agradable.
Darius notó el peso de Dagda en la espalda. Decidió que era mejor tenderlo en el suelo, antes de que sufriera otra alucinación y lo dejara caer. Durante la visión no fue consciente de los chicos, Geri, Kel o Ryaul, aunque estuvieron al lado. En ese momento fue otra persona, alguien más alto y sereno, alguien que disfrutaba con la vista de la ciudadela y con el jardín a su espalda. Alguien que amaba el jardín y a la persona por la que lo había construido.
Seguro que Ryaul y los demás lo escucharon pronunciar las palabras de aquel hombre. Aún podía sentir el amor desbordado del misterioso aesiriano. Evocó la figura de la mujer para comprender de dónde venía tanta admiración y devoción, pero no distinguió nada de ella. Solo había visto su silueta, ya que el rostro estaba cubierto por un cabello largo y lacio como agujas de noche.
—Ah, el perfume —murmuró Connor—. Lo he olido antes ¡pero no sé dónde!
El aroma llegó de nuevo a la nariz de Darius. Lo recordó. Sabía de quién era esa esencia. ¿Cómo no, si en más de una ocasión su cabello le golpeó el rostro a causa del viento?
—Allena —murmuró.
Miró el manzano, seguro de que encontraría a Sakti allí. Tal vez su amiga había llegado al jardín como ellos. Pero la figura que salió detrás del árbol no fue la princesa. Todos siguieron la mirada de Darius. Geri se levantó de un salto, con el pelaje erizado.
Era una figura fantasmal. La mujer, alta y delgada, traía el cabello suelto que le caía sobre la espalda hasta por debajo de la cintura. Parecía que si se ataba el pelo al instante siguiente la cola se resbalaría y dejaría que la cascada azabache fluyera al compás del viento. Su piel era tan blanca como la espuma de mar, tanto que se confundía con las vendas que cubrían parte del cuerpo y hacía creer que estaba desnuda.
Era casi así. Unas cuantas vendas le cubrían los pechos, otras la pelvis y las nalgas, y unas pocas los brazos y parte de las pantorrillas. Estaba descalza y tenía un aire de tristeza, aunque ellos sintieron escalofríos de solo verla. Traía una enorme espada en la mano. Medía más de un metro de largo, con la hoja y la empuñadura tan celestes como los pétalos de las flores.
Sin embargo, no era la espada lo que daba miedo, sino algo en el bello e inexpresivo rostro de porcelana. Darius se estremeció al notar qué era: los ojos. Completamente negros, como el cabello, a excepción de los irises de un celeste fulminante. La mujer era una Aesir.
Airgetlam soltó un gemido de espanto al notar también los ojos. ¡No podía haber un Aesir allí! ¡No uno con esos ojos! ¡Los Aesir del desierto no tenían los ojos de los Aesir de Masca!
La mujer dio un paso, dos, luego tres. Darius quiso escapar…
… porque ella lo miraba y se dirigía a él.
Geri gruñó y saltó. Salió disparado antes de que pudiera derribar a la mujer y chocó contra el manzano. Darius no supo si la Aesir repeló al mensajero con algún campo telequinético o si acaso lo tomó de un cuerno y lo lanzó ella misma. Ninguna de las dos opciones le pareció descabellada. Antes de que pudiera pensar en algo más, incluso antes de que Geri se levantara para atacar otra vez, ella ya lo había alcanzado.
Pareció un espectro. ¿Acaso dio un salto desde donde estaba para llegar al lado de Darius? ¿Acaso flotaba delante de él o eran imaginaciones del profeta? Porque estaba seguro de que los cabellos y algunos vendajes flotaban en el aire, de la misma manera que habrían flotado de estar ella sumergida en el agua.
El corazón le bombeó como loco, aunque Darius supo que no fue por amor. Era por miedo. No supo qué haría la mujer con él. Sintió la mano de la Aesir en la mejilla. Quiso gritar porque estaba helada como un témpano de hielo, como un cadáver. La mujer no lo dejó; acercó su rostro a él antes de que el profeta entreabriera los labios. Las narices se rozaron y se hicieron cosquillas. Los labios se saludaron y se fundieron como si fueran concebidos para complementarse uno al otro.
Mër aminet karut, korten y'aï zamat —murmuró la mujer cuando despegó los labios por un instante. Pasó los brazos alrededor del cuello del profeta y le dio otro beso sin darle tiempo a reponerse.
Mër aminet, susurró la voz de la sincronización. ... korten..., las luces iluminaron más. El palacio del Edén brilló como un fantasma pálido debajo de una capa de mármol. ... y'aï zamat, mër Fafnir.
Aunque no pudo respirar, Darius percibió el aroma. El perfume del jardín del Edén estaba atrapado en el cabello de la pálida y bella mujer.


"Los Hijos de Aesir: El Reino de las Arenas" © 2011-2017. Ángela Arias Molina

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