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Capítulo 10

10
EL ENJAMBRE


Sakti notó la humedad. Al principio la temperatura fresca de las ruinas fue un raro consuelo, pues pudo racionar sin descuido las cantimploras que robó al sicario. Pero cuando notó que en las paredes y en el suelo había una película húmeda, la temperatura se convirtió en sospecha. Ya había visto una bóveda colapsada por la arena, ¿qué vería ahora? ¿Un lago subterráneo, quizá, que también estaba a punto de colapsar? Le habría gustado devolverse pero no encontró nuevos accesos en los túneles ni caminos alternos.
La película húmeda se convirtió después en mucosidad. El aire viejo se hizo más denso. Sakti avanzó hasta que la luz de la sincronización cesó de repente y ella quedó en completa oscuridad. El aire dejó de ser solo desagradable para convertirse en asqueroso. Fue un hedor que le quemó la nariz y la garganta. El vómito le subió de inmediato. Era lo más horrible que había olido en la vida. Ni la peste de cien campos de batalla juntos tras días del enfrentamiento podía compararse a esa porquería. Todavía no estaba repuesta del vómito cuando dio un paso hacia atrás por falta de equilibrio. Las paredes iluminaron de nuevo y el aire volvió a ser respirable. Ahora le pareció más fresco que un campo abierto en primavera.
El estómago le dolió y la boca le supo mal. Tomó una de las cantimploras del bolso. Después de quitarse el mal sabor se sentó a pensar. Delante de ella solo había tinieblas porque la sincronización no iluminaba. Y también el aire olía a podredumbre. Repasó todo lo que sabía sobre la sincronización. Cuando se sincronizó con Lahore experimentó la energía que corría por las calles y lozas de mármol, pero también la materia inerte de las zonas dañadas. En aquel entonces las registró como zonas negras, como zonas muertas.
Quizá ahora estaba frente a algo semejante, alguna sección de las ruinas que sí fue dañada por los siglos y que ya no respondía a la sincronización. Un área tan destrozada que la circulación del aire, la estabilidad del suelo y la iluminación no podían ser controladas. ¿Cuánto se extendería esa zona? ¿Podría atravesarla corriendo, iluminada por un hada de luz y aguantando la respiración hasta llegar a una sección estable? Era difícil saberlo. La pierna derecha todavía le dolía mucho. No podría correr bien ni aunque el suelo estuviera liso y libre de la baba.
Alerta, sonó la voz de la sincronización. Fue tan repentina que Sakti saltó en el suelo. La voz continuó: Grupo vaniriano de expedición se acerca a la zona D-0198. Se procederá a apagar las luces de sincronización.
Dicho y hecho, la luz de las paredes cesó como si también estuvieran muertas. Sakti esperó, inmersa en las tinieblas y sin saber qué hacer. Entonces escuchó unos pasos que venían desde algún punto al frente. Oyó unos murmullos que, poco a poco, se convirtieron en voces graves. Escuchó aleteos y risitas agudas. Era una partida de vanirianos con groliens y arpías. ¿Cómo se las arreglarían para ver en la oscuridad? Probablemente los vanirianos tenían mejor visión que los aesirianos. Lo cual, pensó, explicaría por qué en Norishka los pusieron en apuros a ella y a Dereck. «Pero ahora», se dijo a sí misma, «tengo mejor visión que cualquier vaniriano».
Cerró los ojos y dejó que parte de su energía se concentrara en ellos. Segundos después los abrió. Fue como si mirara a través de un cristal transparente que agregaba tonos plateados a la vista. Distinguió las formas pequeñas de un grupo de groliens que caminaba desde un arco, que era la entrada a otro túnel situado al extremo contrario. Reconoció las figuras de las arpías, que volaban a casi veinte metros por encima de sus compañeros, iluminadas por unos pendientes de jade que brillaban desde los cuellos. Gracias al ajuste de visión, Sakti se dio cuenta de algo más: estaba a la entrada de otro pueblo de mármol, aunque muy diferente al anterior. Reconoció un líquido disperso a un metro a sus pies, que no era más que su propio vómito, justo en donde la boca del túnel terminaba e iniciaba la entrada a la nueva bóveda.
El pueblo de mármol no se parecía en nada al de los túneles de Lahore. Sakti no pudo distinguir casas ni edificios, pues había algo extraño sobre las estructuras. Desde donde estaba le pareció mugre irregular con varios metros de grosor. Los groliens se detenían en lo que alguna vez fueron los edificios, miraban la porquería y conversaban entre ellos. Decían que algo crecía bien o que algo había muerto, dependiendo del caso. Lo mismo hacían las arpías, que revisaban unas extrañas vainas sujetas al techo. Las vainas bajaban, se enredaban entre sí y se pegaban a las paredes. En conjunto, lo que antes fue un pueblo aesiriano perdido en unas bellas ruinas era ahora una extraña maqueta cubierta de algo que podía ser moco.
¿Qué hacían los vanirianos en ese lugar? ¿Y qué, por amor de Dios, eran esas vainas y esa mugre dispersas en toda la bóveda? Sakti tomó aire para contener la respiración y dio un paso al frente para observar más de cerca esa cosa. Con una mano se tapó la nariz y con la otra se sostuvo del marco de la entrada para no perder el equilibrio en caso de que le diera náusea. En cuanto colocó la mano sobre la pared sintió la mucosidad entre los dedos. Estuvo a punto de gritar del puro asco pero se detuvo al sentir algo más. Una palpitación. Miró la pared y la mano. Sí, algo palpitaba al otro lado de esa cubierta de mugre.
Escuchó el resto de corazones. «Bum–bum. Bum–bum. Bum–bum». Miró las vainas y los edificios más cercanos y vio que algunos palpitaban. «Bum–bum. Bum–bum. Bum–bum». Algo le cayó sobre el hombro y tuvo que hacer grandes esfuerzos para no vomitar de nuevo.
Entonces recordó una escena similar. Sucedió hace muchísimo tiempo, cuando estaba a punto de llegar a Masca por primera vez. En aquella ocasión, para escapar de Sigurd, el grupo de soldados que la acompañaba decidió tomar un pasaje a través de un castillo en ruinas y abandonado. El castillo estaba construido en medio de las rocas y el interior era tan grande que solo de milagro no se perdieron. Descubrieron una bóveda adornada por la estatua de un aesiriano y uno de los soldados dijo que se trataba de un Virtuoso. Todos gozaron, porque estaban seguros de haber encontrado una de las legendarias Torres. La alegría cesó cuando una baba cayó sobre Kael, que no se guardó su repugnancia:
—Aggg, ¡asco! —dijo antes de mirar el techo. Y allí estaban las vainas, enredadas entre sí, pegajosas, babeantes, vivas. ¿Qué fue lo que dijo Kael en esa ocasión?—: Son vanirianos. De esos que no podemos ver. Vi estos capullos en el Reino de las Arenas, cuando el príncipe Adad y la princesa Sakti iban a nacer. Así es como preparan a los guerreros en el mismo campo de batalla.
Así que Sakti estaba en una de esos extraños albergues. Por eso los groliens y las arpías estaban allí, en busca de algún kredoa listo para el combate. Pero había algo que todavía no calzaba. Lo que sea que palpitaba bajo la mano de Sakti era pequeño. No podía ser un kredoa adulto. La princesa no creía que los vanirianos utilizaran niños para la guerra. Además, algunas de las formas en la mugre eran demasiado grandes para ser kredoa adultos. Eran incluso muy grandes para ser groliens.
—Argh —se quejó un vaniriano. Sakti lo escuchó a la distancia—. ¡Qué peste! Esta abeja reina está defectuosa. Casi todos están muertos.
Conque abeja reina... Sakti recordó el día que Sigfrid le explicó las sub-razas vanirianas; cuando habló de las mangodrias dijo que también se referían a ellas como «abejas reina», porque eran capaces de dar a luz a cualquier tipo de vaniriano y porque las crías de las mangodrias eran también hijos directos de Vanir.
—No la molestes —pidió una arpía que volaba por encima de las vainas—. Desde que este lugar dejó de funcionar, la mangodria ha tenido que lidiar con la falta de aire y la baja temperatura. Hace todo lo que puede por sus crías. —Agregó con voz cariñosa—: Ya, ya, ya... Yo sé que hace lo mejor, Alteza. Nuestro señor Vanir está muy, pero que muy complacido con usted.
Un lamento respondió a las palabras dulces de la vaniriana. Fue un gemido bárbaro, como el de una mujer a la que le cortan la lengua, que retumbó en toda la bóveda. Cuando llegó a oídos de la princesa, la chica se había olvidado de respirar. Se separó de la pared y se adentró más a la bóveda. Vio el techo sin parpadear. Allí, por encima del grueso de las vainas, reconoció a la arpía y a la criatura a la que acariciaba.
Lo primero que vio fue las seis patas casi inertes, que se movían solo de vez en cuando. Luego vio el cuerpo alargado, dividido por una cintura delgada que partía a la criatura en dos bultos. En el primero de ellos, Sakti distinguió los pechos desnudos de la mujer, grandes y puntiagudos, que era tan colosal como un monstruo. También reconoció algo semejante a una cabeza, sin cabellos, cejas ni pestañas, pero con los rasgos bien definidos de un rostro bello que parecía esculpido en mármol negro. La cara era pétrea, tanto que no había señal de sonrisa ni arrugas en la frente o debajo de los ojos. Lo único que había, además de los pómulos, la nariz y los labios, eran dos franjas rectas que corrían desde los ojos hasta la quijada sobre ambas mejillas. Por ahí discurrían las lágrimas de la criatura, como si hubiesen erosionado el rostro con un transcurrir constante y ancestral, como el más viejo de los ríos.
La otra parte del cuerpo era el aguijón, de un negro azabache que brillaba como si lo lustraran todos los días. Si el rostro de la mangodria era bellísimo, el otro extremo de su cuerpo era asqueroso, pues de la punta del aguijón surgía lo que parecía ser un huevo gigante rodeado por baba espesa. La sustancia estaba unida a otro huevo también cubierto de baba, que también estaba enlazado a otro huevo en una cadena infinita que se convertía en las vainas del techo. Las vainas nacían de la abeja reina, se enredaban entre sí y se pegaban al techo o a las paredes, y descendían poco a poco al suelo. Para ese entonces los huevos habían mutado. Los más se habían convertido en una cosilla arrugada que permanecía atrapada y deforme en la baba. Los menos eran los que palpitaban en diversos tamaños. Algunos apenas vivos, como el que Sakti sintió en la mano. Otros, enormes y monstruosos.
—¡Jo, jo, jo! —rio un grolien, encantado—. ¡Este está listo para nacer! Mejor saquémoslo de aquí antes de que lo afecte la podredumbre de sus hermanos muertos.
Sakti retrocedió en silencio y se resguardó en la zona sana, donde respiró una bocanada de aire fresco. Esperó y vio. Los groliens, que se iluminaban con pendientes color jade que brillaban como luciérnagas, se acercaron a un «huevo» que había completado el desarrollo. La criatura que dormía en la baba era del tamaño de dos casas juntas. «Eso», pensó la princesa, «no puede ser un grolien».
Los vanirianos levantaron unos tridentes de acero que cargaban a las espaldas y los insertaron en la baba. Algunos despegaron de las paredes los contornos del capullo y otros atacaron directamente a la cosa. Al principio Sakti no supo si la intención de los vanirianos era traer al mundo a la criatura o matarla antes de que abriera los ojos. La bestia comenzó a moverse, incómoda por el dolor.
—¡Alto! ¡Aquí viene! —rugió un grolien.
La criatura nació. Unas garras negras y brillantes, como el aguijón de la abeja reina, rasgaron la cubierta babosa. Un rostro más animal que el de los grolien se enmarcó en la superficie del capullo y después ¡SHUZ! El capullo se abrió y salpicó los alrededores con una sustancia verduzca y pegajosa.
«Eso no es un kredoa, eso no es un grolien», pensó la princesa mientras veía al animal. En cierta forma sí parecía un grolien, con su enorme torso, sus brazos y piernas musculosas y fuertes. Pero no tenía pelo, sino una piel como de alabastro negro; en lugar de pezuñas tenía garras semejantes a las de Geri y Freki, pero más grandes y atemorizantes. Y sus cuernos, ¡sus cuernos! No eran la cornamenta de toro que tenían los groliens, sino una semejante a la de los alces, solo que más larga.
«Eso no es un vaniriano», pensó la princesa. La criatura rugió. No fue el chillido agudo de un bebé recién nacido, sino un rugido bestial, casi tan atemorizante como el de un dragón. En lugar de encías vacías, en la boca ya sobresalían los colmillos inferiores. Parecía un perro guardián listo para atacar. La arpía que estaba con la abeja reina rio y dijo:
—¡Es un niño, Alteza! Su cachorro es una belleza.
La criatura al principio estuvo enojada por la forma en que la arrancaron del sueño prenatal, pero calló en cuanto escuchó la «voz» de su madre. La mangodria, sin despegar los labios, emitió un extraño ronroneo que calmó al bebé, quien de inmediato se puso a ronronear también. Los groliens entonces se acercaron y acariciaron juguetonamente las orejas del bicho, sonriendo encantados sin saber que Sakti los miraba asqueada.
«Eso ni siquiera es persona. Eso es un monstruo. Y yo estoy aquí para destruirlo».
Ni siquiera tomó aire. Dio un paso al frente, segura de que los gases de los bebés muertos y el aire enrarecido de la bóveda le facilitarían el trabajo.
La chispa se prendió. El fuego comenzó a arder.

****

—Veo, veo algo que es azuuuuul. ¿Qué crees que es?
—Mármol.
—Veo, veo algo que es fueeeeerte. ¿Qué crees que es?
—Mármol.
—Veo, veo algo que es laaaaargo. ¿Qué crees que es?
—Un túnel... de mármol.
—Veo, veo...
—¡Mármol, mármol, mármol! —gritó Dereck mientras se detenía y se jalaba el cabello—. ¡Ya sé que solo vemos mármol! ¿Por qué tienes que repetírmelo?
—Relájate, solo estoy matando el tiempo con un juego —contestó Freki mientras se sentaba delante del Guardián y se lamía una pata, como si fuera un gato—. Aunque si hubiéramos tomado el otro camino...
Dereck gritó ofuscado. ¿Cómo iba a saber él que el camino de regreso se bloquearía? Durante el derrumbe de la expedición, el lobo y el Guardián se tiraron al precipicio en dirección a Sakti. Dereck en el lomo de Freki, y el mensajero corriendo en picada sobre la pared. Pronto se los tragó la oscuridad sin divisar a la princesa y sintieron que los escombros estaban a punto de caerles encima. Por eso, en cuanto Freki divisó un acceso en la pared contraria, saltó y se dirigió a ella. La avalancha de escombro cayó después, pero los dos ya estaban a salvo en el túnel.
No tenían otra opción más que confiar en que Sakti lograra salvarse de la caída por su cuenta –sabían que era muy capaz de ello– y seguir la búsqueda por su parte. Siguieron el nuevo camino hasta llegar a una pequeña habitación en la que encontraron otros dos corredores: uno hacia la izquierda, otro hacia la derecha. Freki quiso tomar el de la derecha porque por ahí olió aire enrarecido. El lobo supuso que Sakti estaba a mayor profundidad que ellos y que, por tanto, si querían encontrarla debían seguir los caminos que condujeran a los niveles inferiores. Allí de seguro el aire era más pesado que las secciones cercanas a la superficie. Pero Dereck insistió en tomar el camino de la izquierda, diciendo que Sakti definitivamente encontró un acceso en el precipicio que estaba por encima de ellos. Estaba seguro de que por eso no la pudieron ver.
—¿Qué fue lo que dijiste entonces? ¡Ah, sí! —se mofó Freki. Tomó aire y realizó una imitación bastante decente del Guardián—: «No te preocupes, Freki. Si caminamos doscientos metros y no vemos nada interesante, nos regresaremos y tomaremos tu camino. Reláaaajate. Confía en mí, ¿sí?». ¡JA! ¿Y qué fue lo que sucedió?
La compuerta se cerró. Para cuando intentaron devolverse encontraron el camino bloqueado. Desde entonces estaban atrapados en ese eterno túnel que, por cierto, no era muy espacioso. El aire era fresco pero el espacio era muy estrecho. El suelo, las paredes y el techo, en lugar de ser planos, eran redondeados. Era como si caminaran dentro de un cilindro.
—¡Es un desagüe! ¡Una cañería! —gimoteó Freki—. ¡Quién sabe qué asquerosidades solían flotar por aquí y ahora mi pelito se está llenando de esa porquería ancestral!
—Freki, aquí no hay ni rastros de agua, ni de porquería ni de nada. Tal vez era un desagüe pero ahora no es más que un túnel. Tú sigue andando. En algún momento encontraremos la salida.
—¿Y tú cómo lo sabes, ah? —soltó el lobo, casi arrastrándose. Tenía problemas para avanzar por su tamaño y sus patas.
—Bueno, pues piénsalo así: si esto fue un desagüe, entonces ¿por dónde entraba la porquería que corría por aquí?
—¡UGH! ¡Me niego a salir por un inodoro!
—Ay, como quieras —suspiró Dereck, harto de lidiar con los caprichos del mensajero—. Por mí, te puedes quedar aquí hasta convertirte en la única porquería de este lugar.
—Eso fue grosero —gimoteó el lobo, pero ya Dereck no le puso atención. Lo importante era seguir avanzando.
Alerta, sonó la voz de la sincronización. Presencia vaniriana en sección A-8413. Se procederá a apagar la luz de sincronización en toda la zona invadida. Las paredes del desagüe dejaron de brillar y ronronear. Dereck ajustó su visión y se preparó para luchar si era necesario. A Freki se le erizó el pelaje y tensó los músculos como si pensara saltar, pero sería inútil. El túnel era muy pequeño para él y eso lo tenía nervioso; a pesar de su tamaño y su fuerza, estaría en desventaja si no podía moverse con libertad para atacar y defender. Basta al gruñido, ordenó la voz con severidad. Freki bufó pero se contuvo de gruñir como si le hubieran puesto un bozal. Herramientas Fafnir en camino.
Tres haces de luz, dos en las paredes y uno en el techo, cruzaron el túnel. Sus destellos dejaron a Dereck viendo luces, pero Freki reconoció las figuras de los reptiles híbridos antes de que estos siguieran su camino. Mientras el Guardián se tapaba los ojos y esperaba a que el dolor remitiera, el lobo agudizó el oído. Escuchó lo que quedaba de tres rugidos distintos. Al instante siguiente, los gritos se esfumaron. Freki supo que acababa de ocurrir una pelea, pero era aun tan lejos que de ella solo le llegaron pequeñas vibraciones de sonido. Supo que Dereck no escuchó nada.
Herramientas Fafnir insuficientes, dijo la voz. Se procederá a cambiar la estructura física de las zonas cercanas a la sección A-8413. Al aesiriano y la criatura mágica no identificada en la cloaca A-8377, se les solicita tomar el ascensor facilitado para su evacuación.
—Cloaca, qué lindo —murmuró Freki con sarcasmo.
Rápido, los apresuró.
Dereck se repuso. Tanto él como el lobo avanzaron obligados por la orden. Unos metros después escucharon un sonido que no pudieron identificar, seguido por un cambio en el ambiente. Era un aire más fresco que venía de la derecha. El aesiriano extendió una mano a donde creyó que estaría la pared curva del túnel, pero en su lugar encontró un espacio abierto. Llamó a Freki. Cuando los dos se acomodaron en la cabina escucharon otra vez el sonido –ahora les pareció que era una compuerta ligera al cerrarse– y sintieron el suelo moverse debajo de ellos.
—Dereck, no vomites —suplicó el lobo. Dereck se había llevado una mano al estómago y otra a la boca, y se había doblado como si fuera a vomitar. Freki, en cambio, se limitó a pegar todo el cuerpo al suelo. La presión y la velocidad de la cabina al ascender los había tomado por sorpresa.
Al aesiriano y la criatura mágica no identificada en el ascensor de evacuación, se les solicita dirigirse a la zona C-0002. Rápido.
—¿Y cómo se supone que vamos a saber cuál es la zona C–no–sé–cuál? —gruñó Dereck.
La compuerta del ascensor se abrió y los dos salieron rápido en busca de aire más fresco y un suelo más estable. Detrás de ellos, la compuerta se cerró dejó una pared lisa en su lugar.
Cambio de órdenes, se corrigió la voz. Sus instrucciones previas sonaron indiferentes, como emitidas por un ser sin alma, pero en esa ocasión la voz estaba malhumorada. Favor regresar al ascensor de evacuación y---. El resto de la instrucción se convirtió en sonidos deformados y sin sentido que después de desvanecieron. Dereck y Freki quedaron a oscuras, sin saber en dónde estaban ni a dónde debían dirigirse.
Entonces Freki distinguió una mancha de luz azul que bailaba a través de las paredes, en lo que le pareció el extremo de una habitación. Pensó que sería la sincronización aunque había algo distinto en ella. Era como el tipo de luz que emiten las fogatas, cuyas llamas alumbran unos metros según su rítmico baile.
La luz se desvaneció por un instante y regresó al siguiente con un tono anaranjado. Era una antorcha. Freki dio toquecitos a Dereck en la cabeza para avisarlo sin levantar la voz. Aun con la visión ajustada, el aesiriano no pudo ver tan bien en la oscuridad como su amigo, pero pasados unos segundos también distinguió la luz que se acercaba. Él y Freki se prepararon.
Gracias a la luz y al ajuste de visión, Dereck distinguió mejor los contornos de la habitación. Era un vestíbulo cuadricular rodeado de columnas y plataformas de niveles superiores. La antorcha se acercó al borde del segundo piso. Cuando la tenían casi encima, distinguieron un cuerpo que se asomó por el borde. Los dos se mantuvieron inmóviles al ver a una única persona.
—Freki...
—¿Hmmm? —murmuró el mensajero. La persona estaba inspeccionando con la mirada las plataformas superiores y todavía no los había visto en el fondo.
—Veo, veo... algo que es verde.
Dereck dio un paso al frente, llamando la atención de la portadora de la luz. La mujer, que sostenía en una mano la antorcha, llevó la otra a las llamas y la sacó convertida en puño de fuego para lanzarlo a donde distinguió el movimiento. Se detuvo en cuanto sus ojos y los de Dereck se cruzaron. Después de unos segundos de mutuo estudio, la mujer relajó los hombros y dijo:
—Qué susto me han dado. Pensé que eran esas cosas de las paredes.
Un mechón de cabello verde le cayó en la cara. Se lo acomodó detrás de la oreja de forma coqueta y caminó por la plataforma en busca de escaleras por las que pudiera bajar.
—¿Qué haces aquí? —preguntó al fin Dereck sin quitarle la mirada de encima. Era una mujer joven, delgada y bastante bonita.
—Estoy perdida —respondió ella—. Encontré una cueva en la que pensé que podría protegerme del sol, pero en cuanto puse un pie dentro caí en este lugar. He dado vueltas por todas partes pero todavía no encuentro una salida. ¿A ustedes les pasó lo mismo?
—Sí, tampoco podemos dar con una salida. —La mujer encontró al fin las escaleras y las bajó dando saltitos alegres. Cuando llegó al lado de Dereck y Freki, los inspeccionó a la luz de la antorcha.
—Eres un soldado —dijo al ver el uniforme de Dereck— y no pareces estar perdido.
—La verdad es que tú tampoco pareces estarlo. —La mujer sonrió.
Dereck se dio cuenta de que era una chiquilla. Al principio creyó que tendría un poco más de edad, ya que su forma de andar y hablar, tan segura y erguida como si fuera la dueña del lugar, eran propios de una mujer adulta. En realidad era una muchacha que hacía poco dejó de ser niña. Pudo adivinarlo por las facciones suaves del rostro y por la forma en que los ojos miel brillaban con tanta ilusión. El sol del desierto apenas le había bronceado un poco la cara, los brazos y las piernas, que los traía descubiertos. No parecía una niña en problemas, sino una explorada profesional. En el cinturón llevaba varias dagas, compartimientos de cuero que olían a hierbas, y una cantimplora de agua todavía llena. Además, traía esa antorcha que parecía recién comprada en el mercado.
Dereck no era tonto. Podía ver una mentira cuando la tenía delante. Supo que esa chiquilla no cayó por la grieta de una cueva sin que lo premeditara. No, ella entró a las ruinas preparada para explorarlas. Quizá con lo único que no contó fue con que la sincronización le bloqueara el camino de regreso.
—Seguro es porque no me da miedo estar perdida —dijo ella con naturalidad—. Ya me he perdido antes en el desierto. ¿Alguna vez te ha pasado? Al principio es horrible, porque crees que no vas a poder sobrevivir a la deshidratación, a los escorpiones o a los tigres. Pero si mantienes la calma eventualmente saldrás. Todo es tener la cabeza fría, ¿verdad? Así que eso hago ahora: estoy calmada para pensar con claridad. Estoy perdida pero voy a salir de aquí. Lo sé.
—Ah.
Dereck le sonrió. Era tan bonita y hablaba con tanta fluidez que estuvo tentado a creerle, pero no pudo obviar que estaba mejor preparada que él para sobrevivir en las ruinas. Y eso que supuestamente ella cayó por accidente mientras que él entró en una expedición. Era aterradora la facilidad que tenía para decir mentiras tan sencillas y creíbles.
—Ahora estoy más segura que nunca —siguió ella—, porque nos hemos encontrado. De seguro que entre los dos y tu perro gigante encontraremos una salida.
—¿«Perro gigante»? —la cuestionó ofendido Freki—. ¡Soy un lobo-dragón, señorita! ¡Y no soy la mascota del larguirucho este! —La chica lo miró boquiabierta por unos instantes y después se le lanzó al cuello.
—¡Pero qué bonito lobo-dragón! ¡Y qué inteligente! ¡Sin lugar a dudas eres lo más lindo que he visto en mi vida!
Freki agachó las orejas y movió la cola cuando la muchacha empezó a acariciarle el pecho. La irritación que le causó se disipó cuando la joven lo elogió. Con esas caricias se convirtió en una de sus personas favoritas.
—¿Cómo te llamas, bonito?
—¡Freki! —ladró el lobo, ahora echado panza arriba para que le hiciera cosquillas.
—¿Y cómo se llama tu amigo larguirucho?
—¡Dereck Sunkel! —contestó Freki con la lengua por fuera, ahora moviendo una pata trasera como reacción a las cosquillas. La muchacha rio encantada, levantó la mirada al aesiriano y dijo:
—Mucho gusto, Dereck Sunkel. Yo soy Lemuria Aegis.

****

El gas de los cadáveres y la sustancia babosa resultaron buenos amigos de las llamas. Todo ardió y hasta hubo explosiones a causa del gas. Cuando las llamas quemaron la cadena de baba que nacía de la abeja reina, esta se movió con tanta fuerza que jaló las vainas que la mantenían pegada al techo y terminó derribando parte de la bóveda. La mangodria cayó y murió aplastada por un buen bloque de mármol, que también aplastó al grupo de groliens que realizaba la inspección al panal. Las arpías duraron un poco más, pero las alas también se incendiaron en cuanto Sakti lanzó la onda piroquinética.
Hasta ahí todo bien. Pero mientras Sakti paseaba victoriosa entre los escombros y las llamas, una manota se lanzó a ella y estuvo a punto de aplastarla. Era la cría, todavía viva. Por algún milagro el pedazo de techo que mató a sus niñeros no la aplastó. Sakti logró escapar al lanzarse a un lado y rodar por el suelo. Cuando se enderezó, tenía al monstruo a menos de diez metros de distancia. La miraba con sus ojos negros. No parecía un recién nacido. Era demasiado grande y feo como para ser un bebé, y parecía malvado por naturaleza.
El monstruo intentó atraparla de nuevo, pero lo hizo muy lentamente. Sakti lo evadió otra vez. Se preguntó por qué no le lanzaba todo el cuerpo encima. Al verlo mejor se dio cuenta de que la criatura no podía caminar. Tenía los músculos bien formados, pero las piernas no estaban acostumbradas a mantenerlo en pie. Estaban un poco torcidas, como las de los niños recién nacidos. Lo único que podía mover eran los brazos, que intentaban atrapar a Sakti.
«No, atrapar no», pensó la princesa al ver los ojos de la criatura. «Alcanzarme. Como un niño cuando intenta alcanzar a un adulto».
Entonces comprendió que el monstruo no era maligno, como le pareció a primera y superficial vista. No era atractivo y tampoco transmitía la inocencia de los niños pequeños, pero sus ojos no miraron a Sakti ni con furia ni con odio. Lo que transmitieron fue confusión, curiosidad y añoranza. Quizá, para él Sakti no era diferente a los groliens o a las arpías. Tal vez para el monstruo, ella era un aliado más que le acariciaría las orejas y lo sacaría del panal que ardía y se desmoronaba. No tenía el entendimiento de un adulto para saber que ella era la culpable del desastre, ni que sus países estaban en guerra. Sin importar lo diferente que era su cuerpo, él era un recién nacido y no entendía ni de odios ni de maldad.
«Pero un día», se dijo Sakti, «esta cosa razonará por su cuenta. Un día esta cosa aprenderá a hablar, a caminar, a usar magia y a pelear, porque un día se convertirá en un adulto. Y si como bebé tiene este cuerpo y esta fuerza, ¿cómo será cuando sea mayor?». Estaba segura de su decisión: el hijo de Vanir debía morir.
Chascó los dedos en dirección al rostro del bebé. La llama le explotó en la cara. El vaniriano chilló y golpeó las flamas con los dedos que terminaban en garras. Lo único que hizo fue facilitar el trabajo de la princesa. Entre más agitaba las manos, más rápido se expandían las llamas sobre él.
Alerta, sonó la sincronización. Por alguna razón el mármol en el panal estaba de nuevo en funcionamiento. Grupo vaniriano se acerca a la zona D-0198. Imposible modificación física de la estructura de la zona. Energía utilizada en la modificación de las secciones aledañas a la zona A-8413. A la aesiriana en la zona D-0198 se le solicita huir a la estación de tren de la zona D-0200, para su evacuación y posterior envío al jardín del Edén.
Sakti no se fiaba de las intenciones de la persona sincronizada con las ruinas, pero era cierto que la avisó a tiempo del contacto vaniriano en el panal. Si podía eludir a los vanirianos y luego buscar alguna salida, podría también llevar noticias interesantes a los príncipes del Reino de las Arenas. No solo acerca de la lista que tenía el sicario con el precio de sus cabezas, sino también acerca del tipo de vanirianos que se criaban en las ruinas más veneradas del desierto. Lo que Sakti acababa de contemplar era información de guerra valiosísima.
Envió otras tres ondas mentales de calor al bebé –¿por qué todavía no se convertía en cenizas?– e inició la retirada. Mientras salía del panal, tomando para ello el camino por el que entró el grupo vaniriano, chascó los dedos en diferentes direcciones. Por todas partes se prendieron nuevas chispas. Los vapores putrefactos estallaron de nuevo y más partes del techo comenzaron a desquebrajarse. La bóveda colapsó en el momento en que Sakti puso un pie en el túnel que la sacaría de allí. El grito de la bestia resonó a su espalda, entre los escombros y el polvo de mármol. Sakti salió del grueso de la nube azulada y corrió todo lo aprisa que pudo, resintiendo el impacto en el tobillo y cadera. «Un desastre y de este sí que tengo la culpa», pensó con una punzada de orgullo. Los grolien y las arpías, muertos. Los huevecillos y engendros sin nacer, muertos. La abeja reina con sus entrañas aplastadas en el suelo, muerta. Lo único que permanecía con vida era la cría monstruosa, que a pesar del fuego y de la bóveda colapsada seguía gritando.
Vanirianos a cien metros.
Sakti creyó escuchar gritos desde más adelante, pero no distinguió ninguna figura pues las paredes no alumbraban. Además, aunque había escapado del colapso todavía había mucho polvo que se le metía en los ojos, que la rodeaba y le dificultaba la respiración.
Cincuenta metros, avisó la sincronización. Las voces se hicieron claras:
—¡Dionise! ¡Ya voy, Dionise!
—¡La abeja reina! ¡Oh, no!
Quince metros. Sakti preparó los dedos y luego... ¡BAM!
El fuego tomó por sorpresa a los vanirianos. La mayoría era groliens. Sakti supo que aunque su fuego era muy caliente, contra ellos no sería efectivo. Los groliens tenían mayor resistencia a los hechizos que los aesirianos y para derrotarlos era necesario luchar cuerpo a cuerpo contra ellos. Pero Sakti no tenía un arma adecuada para enfrentarlos y sus piernas tampoco podrían soportar una acometida de parte de ellos. Solo pudo chamuscarles el pelaje y pasarles entre las piernas, sirviéndose del polvo para ocultarse. Los vanirianos no sabrían de dónde provenía el fuego. Aquellos que notaran su presencia estarían demasiado confundidos por el derrumbe como para decidir correr tras ella.
Lo único que la delató fueron sus ojos, que con la visión ajustada brillaron de color amarillo. En más de una ocasión notó a un vaniriano que se detenía al verle los ojos, por lo que automáticamente se convertía en blanco de la joven. Era mejor derribarlo antes de que diera la voz de alerta.
Bastante lista, dijo la voz de las ruinas. Era el primer cumplido que Sakti recibía de parte de ella. Hay un campamento instalado en la bóveda siguiente. Los vanirianos se preparan para recibir heridos y no tienen armas listas, pero son muchos como para pasar desapercibida. Se enviará a una patrulla de herramientas Fafnir para lidiar con ellos.
Sakti distinguió la luz de varias antorchas y supo que estaba cerca del campamento. Ajustó los ojos al nuevo ambiente. En ese momento tres haces de luz corrieron junto a ella. Eran las herramientas Fafnir.
Cuando Sakti salió del túnel y entró al vestíbulo, los reptiles bípedos salieron de las paredes y se lanzaron a los primeros vanirianos en el camino de la princesa. Los vanirianos no los esperaban. Los que estaban más cerca murieron en las garras de los Fafnir, que tampoco tuvieron problemas en apartar groliens, arpías y vanirianos ordinarios con las colas. Sakti hizo una pausa para buscar una salida del vestíbulo. Descubrió que tendría que cruzar todo el campamento hasta llegar a un nuevo túnel, pero no supo qué podría encontrar allí.
Herramienta Fafnir destruida. Se enviará tres patrullas más.
Sakti giró el cuello a una fuente de luz. Dos groliens y un vaniriano ordinario lanzaban llamaradas a uno de los bípedos, que comenzaba a convertirse en tirones de niebla. Ella ya sabía que esas cosas se podían derrotar con fuego. Así fue como acabó con la herramienta Fafnir que se le había lanzado en el precipicio. Pero había algo extraño en estos reptiles, pues no eran tan fuertes como los que atacaron a Connor. Sakti sintió el flujo de magia que los movía y se dio cuenta de que la persona sincronizada no les daba suficiente energía.
O estaba ocupada en otra cosa o confiaba en que Sakti saliera de ese desastre por su cuenta. Nueve haces de luz se unieron a los dos Fafnir que quedaban todavía. Sakti aprovechó esta entrada para escapar. Mientras los vanirianos se reponían a la sorpresa y se decidían a defenderse, Sakti pasó entre ellos hacia el siguiente túnel.
—¡Pero si es la Princesa Carmesí! —gritó alguien. De inmediato algunos vanirianos se giraron a verla, aun a costa de que los Fafnir los atacaran—. ¡Atrápenla, atrápenla! ¡No la dejen escapar!
Unas arpías intentaron atraparla y tres groliens corrieron tras ella, pero dos reptiles los derribaron a todos antes de que se le acercaran. La muchacha, por su parte, ya preparaba de nuevo los dedos para lanzar chispas a diestra y siniestra. No, la detuvo la voz. No se admitirán más daños a Edén que se puedan evitar. El tren ya está en movimiento. Dos minutos para alcanzarlo.
Sakti gruñó. La pierna la estaba matando. ¡No podría cruzar el campamento, recorrer el túnel y llegar a la maldita estación de la zona D-0200 en solo dos minutos! Aun así lo intentó. Cruzó el campamento y entró al túnel. A su espalda, la bóveda resplandeció por las hogueras y vibró con los gritos de los vanirianos y los siseos de los Fafnir. El campamento sonaba como un enjambre asediado por abejas asesinas. El túnel se iluminó para Sakti. La muchacha avanzó sin tregua, con el punzón del tobillo y la cadera, además de un cólico en el abdomen.
Trescientos metros para alcanzar la estación de tren. Un minuto de tiempo.
Sakti se sintió aliviada al encontrar al fin un túnel corto y se animó al ver una salida. Doscientos metros, cuarenta y cinco segundos, señaló la voz. Cien metros, treinta segundos. Tiempo de sobra. Sakti puso un pie en la nueva bóveda y se sorprendió al ver que no era un vestíbulo ni un pueblo subterráneo. El suelo ya no era solo de mármol, sino que también tenía lozas de metal acomodadas en franjas verticales. La superficie, por tanto, ya no era lisa sino que ofrecía una textura por la que era más fácil andar sin resbalarse. También había varias columnas en las que todavía colgaban tableros de mármol con anuncios en aesiriano antiguo. En ese momento marcaban una sola cosa: Jardín del Edén, quince segundos para salir. La cantidad de segundos variaba en una cuenta regresiva perfecta.
En las paredes no había ningún Fafnir, sino mapas tallados en relieve. Sakti distinguió varios asientos largos de metal, todos acomodados al lado de un camino que se dirigía a una plataforma. Corrió por allí, pensando en todos los aesirianos antiguos que de seguro recorrieron el andén para tomar el tren o lo esperaron sentados en las butacas.
Diez segundos, señaló la voz. Sakti creyó escuchar la fricción de ruedas de metal sobre los rieles. ¡Era el tren, lo sabía! Todavía no llegaba a la estación pero pronto se detendría frente a ella. Alerta: saturación de magia en la estación de la zona D-0200. Fallo de cálculo. El tren..., hizo una pausa. El tren no podrá detenerse.
—¡¿QUÉ?! —gritó Sakti a la vez que se detenía indignada.
La voz de la sincronización iba a lanzar una nueva llamada de alerta, pero fue muy tarde. La princesa sintió el golpe punzante en la espalda y cayó por el impacto. Se raspó las manos y las rodillas con la textura de metal del suelo.
Tres..., dijo la voz.
Sakti supo que contaba los segundos restantes. Se levantó lo más rápido que pudo, escuchando las voces de los vanirianos que lograron burlar a los híbridos para ir tras ella.
... dos...
Corrió hacia la plataforma.
—¡ALTO, ZORRA! —gritó un vaniriano.
... uno...
Sakti alcanzó el borde de la plataforma. Unos metros más abajo estaba la ancha vía del tren, en donde brillaban los rieles. A un lado reconoció un par de faros que se acercaban a toda velocidad por el túnel.
... cero.
Sakti sintió un ardor horrible en la espalda baja. Dio media vuelta y enfrentó a sus acosadores. Eran tres groliens maltrechos, una arpía con un ala rota y un vaniriano ordinario que traía un fajón lleno de cuchillos. Tenía uno en la mano.
En ese momento, el tren corrió detrás de Sakti. Pasó veloz, sin detenerse. Las ventanas y las separaciones de cada compartimiento no se pudieron notar por la velocidad con la que corría. Sakti sintió que si retrocedía solo un milímetro, el tren la golpearía, le rasparía la piel y la lanzaría a los rieles, en donde terminaría de destrozarla.
—Oh, estás atrapada, maldita —dijo entre dientes el vaniriano ordinario. El mago alzó una mano por encima de la cabeza, listo para lanzar otro cuchillo a Sakti. Entonces, un segundo antes de que el tren dejara la estación, la chica se dejó caer de espaldas a la vía.
—¡NO! —gritó la arpía—. ¡La ocupamos viva!
Los vanirianos corrieron hacia el borde de la plataforma. Imaginaron que encontrarían a Sakti arrollada por la última rueda del tren. Pero cuando se arrimaron solo vieron una mancha de sangre, luego otra y otra y otra...
—¿Un rastro? —preguntó un grolien.
—¡ALLÍ! —gritó el vaniriano ordinario a la vez que señalaba la dirección que tomó el tren.
Sakti corría detrás del vehículo, dejando manchas de sangre que brotaban de la herida. Sin pensarlo dos veces, los cinco se lanzaron a las vías y corrieron tras ella. No sería difícil alcanzarla porque la muchacha cojeaba y tenía una herida fea en la espalda. Jamás alcanzaría el último vagón del tren, era imposible.
Sakti apretó los dientes. «Sí puedo», pensó. «Maldita zorra, ¡para qué envías un tren si no logrará recogerme!». Como empezó a correr tan pronto tocó la vía, todavía tenía posibilidades de alcanzar el tren. Siempre fue buena corredora. Incluso ahora, tan lastimada como estaba, corría con toda el alma. ¿Qué era ese dolor comparado con estar muerta o atada a la sincronización a la que los vanirianos querían someterla? Si aguantaba un poco más y alcanzaba el tren, no tendría que soportar algo más doloroso. Pero por cada paso que daba, el tren se alejaba dos. A veces Sakti sentía que sus dedos tocaban la baranda trasera del vagón y que podrían aferrarse a ella. Pero al instante siguiente el tren se alejaba más y ella con costos podía mantener el ritmo.
«¡Asegúrate de que tome el maldito tren!», pensó furiosa. Los dedos rozaron la baranda pero el tobillo derecho dio un mal paso. Oh, no. Iba a caer y no podría levantarse a tiempo. Aun si pudiera reanudar la carrera no llegaría al tren, los vanirianos la atraparían y...
La compuerta trasera se abrió de un golpe. Antes de que Sakti perdiera el equilibrio, una mano la tomó de los dedos y la jaló con fuerza. Sakti supo que la muñeca izquierda se le dislocaría y que el tobillo se le hincharía, pero no le importó. Dio un salto a pesar del dolor y ayudó al muchacho a meterla al tren. El sicario cayó de espaldas en el pasillo del vagón, con Sakti sobre él. Solo de milagro la compuerta se cerró a tiempo. De lo contrario, habrían salido disparados a causa del impulso que ganó el tren, que comenzó a correr más rápido. Sakti y el muchacho se golpearon contra la compuerta y permanecieron pegados a ella hasta que la velocidad se reguló de nuevo.
Sobrecarga de magia en el tren Azor debido a la presencia de una criatura mágica clasificada como «Virtuosa», dijo la sincronización. Niveles regulados. Zonas invadidas dejadas atrás. Próxima parada: jardín del Edén.
Sakti boqueó para recuperar aire. El cabello le cayó sobre la cara y le olió a sudor. La mano, la cadera y el tobillo derechos le dolieron tanto que creyó que se desmayaría. Lo más angustiante fue sentir la mancha que se expandía por la blusa y el pantalón. Al fin sintió el cuchillo incrustado en la espalda baja y la sangre –¡Roja como las flores, roja como las flores!– que brotaba de la herida.
—¿Estás bien? —Sakti vio el rostro que tenía delante del suyo. Como lo supuso, se trataba del sicario, quien en ese momento le pasaba una mano por encima de la nalga—. Quédate quieta —le ordenó—. Todo estará bien.
El muchacho sacó el paquete de inyecciones del bolso que cargaba Sakti. Las recorrió con la vista y eligió una de color cian. Destapó el seguro con la mano libre y con la otra, que sostenía a Sakti del trasero, arrancó el cuchillo. Sakti sabía que en esa zona había una vena o arteria muy importante y que al haberle quitado el cuchillo se desangraría más rápido. Al instante sintió la aguja metiéndose en la piel. Un segundo y listo. El chico sacó la inyección y acercó la muchacha a él para sostenerla. Sakti apretó los dientes cuando sintió una corriente fría y pesada corriéndole por el cuerpo.
Le ardió, quiso patalear, arañar y chillar, pero se aguantó. El dolor duró medio minuto y después se amortiguó poco a poco.
—Shhhh, ya pasó —dijo el muchacho mientras frotaba la espalda de Sakti. Le quitó el bolso y la tomó en brazos para acostarla en una de las butacas suavecitas del tren—. Patética, patética, siempre en problemas.
Sakti se mantuvo inmóvil. El dolor se iba poco a poco, pero también la sensibilidad de las piernas. Pensó en lo irónica que era la vida. Hacía uno o dos días ese chico le hizo la misma pregunta que ella estaba a punto de hacerle:
—¿Qué me inyectaste?
—Oh, es un veneno maravilloso. Una dosis completa coagula la sangre al instante y lo próximo que sabe mi víctima es que cae por un ataque cardíaco. —El muchacho sonrió, seguro de que Sakti le haría mala cara al escuchar esto. La muchacha se limitó a verlo, inmóvil y callada, como una oveja resignada al sacrificio—. Pero una dosis pequeña, como la que te di, solo coagula un poco la sangre; lo suficiente como para cerrar una herida grave como la que tenías. No te preocupes —agregó mientras se sentaba al lado de la cabeza de Sakti—, no vas a morir. Aunque tampoco vas a poder mover las piernas pronto. Cuando saqué el cuchillo herí un nervio que ayuda a controlar el movimiento de la parte inferior del cuerpo. Pero con la inyección y un poco de sueño podrás sanar.
El sicario sacó una cantimplora del bolso que Sakti le había robado. Bebió un poco y luego le dio a la muchacha.
—¿Por qué haces esto? —preguntó la princesa. El sicario cerró la cantimplora y la miró.
—Porque no tengo otra opción. Ella me lo ordenó. —El muchacho se quitó la gabardina crema y se bajó el cuello de la camiseta negra. Sakti le vio las marcas de unas garras.
—¿Te atacó un reptil?
—Sí, cuando estaba agonizando. Gracias a ti, por cierto —agregó con sarcasmo—. Me inyectaste extracto de flor de Myöl, que solo paraliza el cuerpo. Me ibas a dar una muerte muy aburrida, porque mi corazón solo iba a dejar de latir de un momento a otro. —Sakti arqueó una ceja. La mayoría de las personas soñaban con una muerte así: tranquila y misericordiosa. ¿Con qué tipo de muerte soñaba ese muchacho?—. Pero antes de que el veneno hiciera lo suyo... esa cosa salió. Pensé «¡Oh, genial! Una muerte menos patética». Pero cuando me tomó del cuello no me estranguló. Me hizo mirarlo a los ojos y...
Lo sanó. El veneno se evaporó de su sistema, pudo moverse de nuevo y su corazón estaba lejos de detenerse. Cuando pensó que podría irse a donde le diera la gana, la voz le resonó en la cabeza: Ve al andén D-0009 y asegúrate de recoger a la Virtuosa en la estación D-0200. Muévete y tráela al jardín del Edén.
—Tch. Quiero dejarte aquí y largarme, pero no puedo. Cada vez que intento escapar siento que me muero. Así que he decidido aguantarme un poco la humillación porque cuando al fin alcance ese maldito jardín y vea a la mujer que me hechizó, la voy a matar.
Lo dijo entre dientes, a la vez que esgrimía una sonrisa tan traviesa y malosa que Sakti no dudó que lo intentaría. Pero ella supo que el chico no tendría ni una oportunidad cuando se enfrentara a la mujer sincronizada. Ni siquiera ella tendría una oportunidad si la veía cara a cara. El chico sacó una mudada nueva del bolso y la puso bajo la cabeza de Sakti.
—Cuando te puedas mover, ponte eso. Hasta yo sé que una princesa no debería tener el aspecto que tú tienes ahora. —Mientras lo dijo extendió una mano a la cabeza de Sakti, como si pensara acariciarle el cabello, pero se contuvo a tiempo—. Qué princesa tan patética eres, Allena. —La muchacha arqueó la ceja.
—Al menos llámame Sakti. Allena es un nombre que reservo para otro tipo de gente.
—¿Amigos y familiares? —preguntó el chico—. Pues creo que somos amigos, ¿no? Ya nos inyectamos venenos mortales. En mi mundo, eso es ser todo un camarada.
Sakti no quiso buscar más pelea. Si lo que el muchacho decía era verdad, no podía matarla, así que dormir para recuperar la movilidad de las piernas era un lujo que podía y debía darse. Cerró los ojos y preguntó:
—¿Cómo te llamas? —Él guardó silencio por unos segundos. Al fin dijo:
—No tengo nombre.
—¿Y cómo te llaman tus amigos?
—¿Amigos? Te diré algo gracioso sobre todos mis amigos: están muertos o van a morir. Ya ves lo bonito que es ser camarada mío, ¿eh? —El comentario no sonó a amenaza, sino a broma, pero Sakti no pudo encontrarle la gracia—. Nadie me llama de una manera específica. Soy de esas personas que nacen, viven y mueren solas. ¿Entiendes?
Sakti guardó silencio, porque entendió lo que quería decir. Tiamat la nombró «Sekmet» después de que atacara a su esposo y se comiera parte de su cuerpo. Antes no tenía ningún nombre para ella, sino que la trató como una cosa, como un animal, como un objeto más del mobiliario. Aún después de que al fin le diera ese horrible nombre, ni ella ni los aldeanos krebins la llamaron por él sin antes agregarle «loca» primero. Solo le dieron un nombre a la cosa, pero no a la niña.
Por eso a ella le gustaban los dos nombres con los que fue bautizada por los Aesir. «Sakti», por el poder vivo que era, y «Allena», por lo bella que fue para sus padres.
—Pero si quieres llamarme de alguna manera —dijo él después de una larga pausa—, por hoy puedo ser Dill. Pero no te acostumbres, canosa —la advirtió. Sakti abrió los ojos y lo fulminó con la mirada por el apodo. Dill siguió como si nada—. Ya que tengo la ventaja de ser nadie y cualquiera a la vez, no me ataré a ningún nombre. ¿Entiendes?
De alguna manera, Sakti entendió. Dill inclinó la cabeza sobre el respaldar del asiento y cerró los ojos. Se veía cansado. Sakti también lo estaba. Mientras el tren avanzaba por un laberinto de túneles y rieles, los dos durmieron.

"Los Hijos de Aesir: El Reino de las Arenas" © 2012-2017. Ángela Arias Molina

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