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Capítulo 11

11
DESLIZ


Ya estaban cerca de Palacio. Los tambores en las torres de vigilancia reproducían los latidos del corazón de Kael. Varios civiles estaban acomodados al lado de la calle principal o miraban la procesión desde los balcones de los edificios cercanos. Los niños y algunos adultos miraban asombrados a las esfinges que seguían a la comitiva principal. Las hembras eran negras, marrones, manchadas y castañas, con el pelaje tan corto que era casi al ras. El único macho era albino y tenía una enorme melena adornada con trenzas y rocas de diversos colores. Entre las alas, las esfinges llevaban las tiendas de los príncipes y sus compañeros, además de los obsequios de boda.
Los observadores más experimentados –que no eran pocos– miraban a los príncipes y a sus escuderos. Ellos eran la verdadera atracción. En total eran diez príncipes de las Arenas, cada uno protegido por su escudero. Los príncipes de la estirpe del desierto eran morenos, la mayoría de cabello negro aunque otros tenían también el pelo gris. En los cinturones llevaban espadas curvas que casi parecían herramientas para segar los campos, con excepción del mango, que tenía alguna piedra preciosa que combinaba con los ojos del portador. Los príncipes con ojos dorados tenían una piedrilla que brillaba como el sol; los de ojos grises tenían unas rocas que parecían hechas de leche; y las espadas con alabastros pertenecían a los príncipes de ojos negros. Cada muchacho tenía también un catalejo dorado en el cinturón, aunque los mascalinos desconocían su significado. Debía de ser alguna costumbre del Reino de las Arenas, aunque no tan curiosa como la de selección de los escuderos.
Todos los aesirianos sabían que en el continente desértico había magos alados, pero para muchos era la primera vez que veían a uno. Cada príncipe era seguido por uno de estos hechiceros con alas, tan aceitunados que parecían estatuas hechas de bronce. Las alas eran negras y del doble del tamaño de cada uno, pero en ese momento estaban algo recogidas. Era de mal gusto desplegarlas por completo frente a personas que nunca experimentarían la emoción de volar. Lo último que necesitaban era que alguien se ofendiera y creyera que los príncipes o los escuderos presumían las alas, en especial porque la visita de la comitiva era para comprometer a la princesa de Masca con algún príncipe de las Arenas.
La Capital era una ciudad muy grande, por lo que se necesitaba varios días para recorrerla y llegar a Palacio. Las alas de las esfinges estaban cansadas por la larga travesía desde el otro continente, así que los príncipes decidieron seguir el camino a pie o en carruaje hasta Palacio. Así se familiarizaron bastante con el idioma, las costumbres y los chismes en Masca. Kael sabía que las apuestas estaban a favor de su príncipe aunque el rey de las Arenas, Alain Nareith Aesir, envió a sus diez hijos a la Capital del Imperio porque Hakwer, el Emperador, no quiso conformarse con una sola opción.
Todos sabían que el mejor pretendiente era el heredero al Trono de las Arenas, Velmiar, y que la orden de enviar a los otros nueve príncipes a Masca fue una ridiculez innecesaria. Para empezar, en el desierto los príncipes tenían la misión de patrullar el continente para luchar contra la arena maldita. Sin ellos, algunas guarderías y ciudades quedaban a merced del viento y los granos rojos o verdes. Además, políticamente Velmiar era la mejor apuesta, pues una unión entre él y la princesa de Masca acercaría más a los dos países. El hijo mayor de ambos heredaría el Trono de las Arenas y los demás podrían suplantar a los Lores mediocres en ambos continentes. Todos ganaban.
Con excepción de los que seguían a Velmiar, los otros príncipes no eran tan buenas opciones. Hundrian, Remiak y Morak –y por tanto sus hijos– solo podrían acceder al Trono de las Arenas si Velmiar y su prole morían. Salak, Jaliar y Cornith eran los típicos ratones de biblioteca, pues si bien eran listos también eran nerviosos. Y Nathniel, Calier y Merkaid eran unos niños.
Llamaba la atención que estos chicos fueran seguidos por altos hombres alados, mientras que los príncipes mayores tenían por escolta a las versiones miniatura de los escuderos. El más pequeño de ellos era Kael, apenas de seis años. A los mascalinos les parecía raro que el rey de las Arenas nombrara a los escuderos de sus hijos de forma inversa a sus edades. Así, el mayor de la familia Del Varten, Soel, era el guerrero designado al menor de los príncipes, Merkaid; mientras que el más pequeño de los alados era el escudero del heredero al Trono.
En el desierto esto tenía explicación. Con este singular método, los príncipes mayores aprendían a cuidar, enseñar y guiar a sus escuderos, tal y como lo harían con el Reino de las Arenas cuando el rey falleciera. Y los príncipes más jóvenes aprenderían a confiar y escuchar a sus escuderos, tal y como tendrían que escuchar a la plebe y a sus hermanos para cumplir las pequeñas tareas como príncipes menores.
A Kael le gustaba este sistema. Su familia era de las pocas en las que los niños nacían con alas en lugar de esperar hasta la transformación para los primeros vuelos. Eso hizo que los Aesir los eligieran como escuderos desde tiempos ancestrales, así que de alguna u otra forma habría servido a los reyes de las Arenas. Pero si le hubiera tocado otro príncipe que no fuera Velmiar, no lo habría soportado. Los más jóvenes o eran muy necesitados o muy molestos, los ratones de biblioteca evitaban estar al aire libre –¡y él necesitaba el sol todos los días!–, Remiak era un mal hablado y Hundrian un pedante. Velmiar no estaba libre de culpa –tenía una boca más sucia que la de Remiak y un pique tremendo con Hundrian–, pero sus virtudes superaban sus defectos. Cada vez que Kael se equivocaba o cometía una imprudencia, Velmiar se reía y lo calmaba. Lo trataba tal y como a un hermano menor, con sus bromas, pescozones y abrazos. Soel y los demás, en cambio, estaban muy ocupados con los príncipes niños como para preocuparse por Kael. Por eso, al chico le agradaba más su príncipe que sus propios hermanos.
Además, Velmiar tenía algo que los demás no: carisma. Los que lo conocían mejor sabían que era una persona tosca que decía lo que quería sin importarle las consecuencias, pero admitían que sabía ganarse a la gente con la sonrisa. Incluso en ese momento, mientras avanzaban hacia Palacio por la avenida principal, Velmiar sonreía y saludaba a los mascalinos. Hundrian le recriminaba cuando actuaba de esa forma, como si fuera el ganador de un certamen de belleza o algo similar, pero Kael creía que los príncipes envidiaban la seguridad de Velmiar. El pequeño escudero estaba seguro de que cuando el Emperador conociera a Velmiar, se sentiría como un idiota al haber llamado a los otros nueve príncipes. Velmiar tenía todo lo necesario y más para merecer la mano de la princesa de Masca, la que se rumoreaba sería la madre de los Dragones.
Los tambores aumentaron de intensidad y después callaron. Los príncipes y sus escuderos se arrodillaron al tiempo que la puerta principal de la muralla de Palacio se abría. Las trompetas comenzaron a sonar entonces, con una melodía tan acertada que a Kael le dio vueltas la cabeza. Los mascalinos inclinaron la espalda y la cabeza, sin atreverse a romper el encanto del encuentro. Cuando las puertas estuvieron abiertas, Kael escuchó que los ciudadanos se enderezaban, aunque los príncipes y los escuderos todavía tenían prohibido levantar la mirada.
A pesar de que el corazón le latió como loco en los oídos, escuchó los pasos firmes que avanzaron hacia la comitiva del desierto. «Dos hombres», pensó, «y son muy grandes». Uno se detuvo a cinco metros de los príncipes y el otro se situó justo delante de ellos. Kael sintió un escalofrío cuando el hombre se le quedó viendo. «Este es el Aesir de Masca», comprendió. «Pase lo que pase, no puedo estremecerme por los ojos. No puedo».
—Levántense —ordenó el Emperador.
Como si lo hubieran practicado, los escuderos y los príncipes se levantaron a la vez y tomaron una firme posición con la espalda recta, la cabeza erguida y las manos recogidas atrás. Kael tuvo éxito y no se estremeció al ver los ojos oscuros con la fantasmagórica luz celeste de Hakwer, aunque lo tomó por sorpresa el desprecio del Emperador cuando lo vio. El monarca se paseó frente cada uno de los príncipes, observándolos detenidamente. Cuando llegó a los más jóvenes apenas si levantó las cejas con un poco de desdén. Después regresó a su puesto, se paró muy recto y les dio la bienvenida oficial a la ciudad.
Empezando por Merkaid, uno a uno los príncipes se presentaron. Kael esperó muy paciente a que llegara el turno de Velmiar. Rezó para que el muchacho no dijera alguna estupidez. Dios lo escuchó ese día, porque el príncipe actuó muy galante y educado; cualquiera pensaría que tenía cerebro y un vocabulario apropiado. Cuando la comitiva de las Arenas terminó las presentaciones, el Emperador siguió con su grupo.
El hombre que se había quedado atrás era el General Enlil Tonare, que estaría en Masca durante unas semanas. Luego señaló un par de figuras que se habían quedado detrás de las puertas de Palacio, casi ocultos. Uno era un muchacho alto con el cabello negro y largo, además de los ojos de Hakwer. Kael no necesitó que el Emperador se lo dijera; a todas luces, ese era el príncipe Kardan, el heredero al Trono. Y la otra figura estaba encapuchada, con las manos delicadamente recogidas sobre el vientre y la mirada baja. A Kael se le hizo un nudo en el estómago porque solo podía tratarse de una persona.
El Emperador dio un suspiro largo y pesado. El escudero se percató de lo viejo que era. El rostro ya tenía arrugas y en el cabello azabache se veían unos cuantos hilos de plata. También parecía amargado, como los ancianos cascarrabias que por una u otra razón siempre están refunfuñando.
—Sé que todos han esperado este momento —dijo Hakwer entonces. No hablaba solo a la comitiva sino a toda Masca. El Emperador giró sobre los talones y miró a la chica encapuchada—. Es hora de que conozcan a mi hija, la princesa Istar.
Los príncipes y los escuderos contuvieron la respiración. También los ciudadanos, quienes empujaron un poquito para ver más de cerca. La única que no se movió fue Istar, que se había petrificado. Pareció que por un momento se escondería detrás de Kardan, pero al final avanzó hacia su padre. Lo hizo muy despacio pero a nadie le importó. Tenía una forma tan curiosa y encantadora de moverse, como si controlara el flujo del tiempo, que para cuando se situó frente a los príncipes de las Arenas parecía que si acaso pasaron un par de segundos.
Istar dudó, pero a una confirmación de su padre se llevó las manos a la capucha y se la quitó. Kael todavía era muy pequeño como para emocionarse por una chica, pero sintió mariposas en el estómago y calor cuando vio a la princesa. Supo que debía bajar la mirada como un caballero, pero no supo cómo. Istar parecía un ángel con los ojos inocentes, las mejillas sonrosadas, la nariz delgada y perfilada, el cuello de cisne y el cabello largo y rosáceo que la hacía parecer un melocotón, una flor o un pajarillo. La princesa sostuvo la falda del vestido con una mano e hizo una reverencia tan elegante y cautivadora que al niño casi se le salen las lágrimas por el bello cuadro que pintaba la chica.
—Muchas gracias por venir —dijo Istar—. Me honran con su presencia. Bienvenidos sean a mi hogar, Masca.
Cuando se irguió no sonrió. A casi nadie le importó, porque príncipes, escuderos y ciudadanos por igual sonreían como bobos por lo bonita que era. Pero no Kael. El chico ladeó la cabeza y buscó qué era lo que no calzaba. Istar parecía adecuada y sí, toda una belleza, pero sus ojos... ya no eran inocentes. Debajo de la capa azul de los irises se escondía una pizca de tristeza y una dosis más grande de desprecio. A ella no le gustaba la visita de los príncipes de las Arenas.
Y a Kael ya no le gustaba tanto la princesa que quizá algún día sería reina del desierto.

****

Kael le sirvió otro vaso de agua. Velmiar lo terminó en un solo trago y pidió uno nuevo. Después de dos vasos más, Kael apartó la jarra y miró al muchacho muy serio.
—Oh, oh —bromeó Velmiar—. Me vas a dar un sermón, ¿verdad? Tienes cara de sermón.
—Quiero que se esfuerce —dijo el escudero—. Todos los príncipes están conversando o con la princesa, con el Emperador o con el príncipe Kardan. Se están ganando puntos. Y usted está aquí tomando agua y perdiendo el tiempo. Muévase y termine de cerrar el trato. Usted tiene que casarse con la princesa. —Velmiar rio y le alborotó el cabello a Kael.
—¡Qué bárbaro! De verdad quieres deshacerte de mí, ¿no?
—Yo quiero lo que las Arenas quieren —respondió el niño todavía tan serio que parecía un señor—. El futuro rey tiene que darnos un príncipe heredero Dragón.
Velmiar no sonrió. Asintió en silencio y se irguió con la majestuosidad de un rey, pero se quedó plantado en su lugar. Miró al Emperador, que conversaba con Hundrian algo que tenía toda la pinta de ser política. Como Velmiar no era muy avispado, sabía que no era buena idea conversar con ellos a menos que quisiera quedar en ridículo. Salak, Jaliar y Cornith hablaban muy animados con el príncipe Kardan. Velmiar conocía muy bien a sus hermanos. Imaginaba que la conversación era sobre algún libro o una biblioteca entera. No había necesidad de dejar en evidencia su ignorancia.
Así que solo le quedaba una opción para «ganar puntos», como lo llamaba Kael: ir directamente a Istar, que estaba sentada en un sillón al final del salón. ¿Pero bajo qué pretexto apartaría a Remiak y a Morak? El verdadero reto era este último, porque Velmiar conocía la atracción que ejercía el par de ojos dorados de su hermano sobre las mujeres. Recordó uno de los consejos que le dio Kael hacía unos días: tenía que usar su mejor atributo si quería cortejar a la princesa. Como no era ni más inteligente, bien hablado ni apuesto que sus hermanos, siempre pensó que su punto fuerte era ser el heredero. «Pero no se trata de ser el heredero del desierto, sino de ser el hermano mayor».
Miró a los príncipes más pequeños. Nathniel y Calier estaban aparte, incómodos porque no podían seguir las conversaciones de los mayores, así que hablaban entre ellos. Merkaid estaba con Jaliar, tan pequeño que costaba verlo. Soel era el escudero más estricto y siempre le recordaba al niño la postura, el buen lenguaje, los modales... Merkaid era un buen chico, así que obedecía. Aunque era unos meses mayor que Kael, no tenía su resistencia. Era de noche y ya Merkaid tenía problemas para mantenerse despierto. No bostezaba porque se mordía las mejillas para no parecer grosero, pero tenía los ojillos llorosos por el esfuerzo.
Al ver clara la estrategia, Velmiar se acercó a Merkaid y lo apartó del grupo de Jaliar con discreción. Lo alzó en brazos. Merkaid estaba tan cansado que no reprochó, sino que acurrucó la cabeza en el hombro de Velmiar y le suplicó que lo llevara a la cama. El príncipe de las Arenas avanzó en zancadas hacia Istar, quien de inmediato reparó en él. Remiak y Morak alzaron las cejas, pues ninguno habría alzado a uno de los hermanos pequeños delante de los príncipes de Masca. Sin embargo, Velmiar sabía que hacía lo correcto.
—Disculpe mi atrevimiento, Alteza. No he tenido el gusto de intercambiar palabras con usted, pero le pido que me excuse por esta noche. Permítame retirarme para llevar a mi hermanito a la cama.
—Yo no tengo ningún problema, pero... —Istar miró compadecida a Merkaid—... al que debe pedir permiso es a mi padre.
Velmiar miró a Hakwer, que tenía el ceño fruncido por algo que le decía Hundrian. El segundo príncipe de las Arenas debía de estar sacando de quicio al Emperador; si no compartían el mismo punto de vista en política, a Hakwer no le gustaría cómo se expresaba Hundrian, que era muy tosco. Velmiar también lo era, pero Kael ya le había advertido evitar al Emperador si no tenía tacto para hablarle.
—Perdone que lo diga, pero Su Majestad no parece estar de muy buen humor. Temo que mi hermano ya lo tiene indispuesto. No me gustaría molestarlo de alguna otra forma.
—Tampoco puede permanecer de pie con un niño en brazos. Siéntese y acompáñeme.
Velmiar pescó la mirada que Remiak y Morak intercambiaron. Ya se habían dado cuenta del plan de Velmiar para acercarse a la princesa. No lo vieron con resentimiento ni odio, sino con admiración. Sabían que Velmiar no era precisamente un genio, así que atesoraban las buenas ideas de su hermano como si fueran estrellas tímidas en la más oscura de las noches.
—¿Cuántos años tiene? —le preguntó Istar mientras miraba a Merkaid.
—Pronto cumplirá los siete. Es mayor que mi escudero pero no aguanta nada.
Fue sencillo tener una conversación amable con la princesa y con la participación adecuada de Remiak y Morak. Desde el principio, Velmiar notó el cariño inmenso que Istar le tenía a Kardan y el cuidado que el heredero de Masca empleaba para tratarla. Se daba cuenta de que Kardan era un hermano mayor celoso, porque le tomó gran esfuerzo separarse de Istar y hablar con los ratones de biblioteca del desierto. Incluso miraba de soslayo al grupo de su hermana y se mordía un poco los labios cuando ella reía.
Istar también estaba un poco ansiosa sin él. Pero Velmiar logró cortar la tensión con la táctica de «hermano mayor que quiere a sus hermanitos pequeños». Remiak y Morak sonrieron mientras charlaban. Velmiar creyó entender lo que pensaban: en el buen pleito que le haría Hundrian apenas estuvieran en sus cuarteles. Quizá hasta colaboraban ahora con Velmiar para ver el encontronazo entre los dos príncipes mayores, pues todos sabían muy bien que Hundrian peleaba siempre que a Velmiar le iba bien en algo.
Ahora le iba de maravilla. Hasta Kael, que estaba oculto en una columna para no llamar la atención, tenía los ojos brillantes y asentía con la cabeza para dar su aprobación.
—Um, hay algo que he querido preguntarles desde hace tiempo —se animó Istar—. ¿Por qué todos tienen un telescopio?
Velmiar acarició el catalejo dorado que guardaba en el cinturón. No encontró palabras para explicárselo.
—Es un regalo —dijo Morak—. En el desierto es costumbre que cuando el heredero al Trono alcanza la mayoría de edad, regale algo a sus hermanos. Saranag nos dio estos cuando éramos unos niños.
—¿Saranag?
—Nuestro hermano mayor —dijo Velmiar—. Nos llevaba ochentaicuatro años de diferencia. —Istar lo miró con los ojos abiertos de par en par. Luego bajó la mirada.
—Lo siento, no lo sabía...
—Murió mucho antes de que los príncipes de Masca nacieran y pocos lo recuerdan en el desierto. Estoy seguro de que ni Remiak ni Morak saben cómo era.
A Velmiar no le gustaba hablar de Saranag. Su hermano mayor solía visitarlos en la guardería, los mimaba, regañaba, abrazaba y les daba coscorrones por partes iguales. Les llevaba premios de sus victorias como patrullero, les contaba historias, incluso les enseñó a dominar el poder de los príncipes de las Arenas. Pero a pesar de todo lo bueno que les dio, Velmiar lo resentía por morir.
Cuando recibieron la noticia de que un tigre acabó con él, Saranag lo dejó con la carga del heredero. Fue entonces cuando Hundrian y él comenzaron a llevarse mal. Hundrian era hermano de padre y madre de Saranag, mientras que Velmiar era solo medio hermano. Aun así, Saranag siempre fue más cariñoso con Velmiar. Además, Velmiar solo nació cinco minutos antes que su hermano menor inmediato. Quizá Hundrian le habría perdonado el favoritismo de Saranag, pero nunca le perdonaría esos cinco minutos de diferencia que marcaban el inquebrantable muro entre ser heredero de un continente y ser la segunda opción.
—En el desierto no solo hay dunas y granos, Alteza —dijo Morak con su voz de barítono—. Hay demonios, serpientes, arenas malditas, tigres, escorpiones, chacales, dragones y roc. Los príncipes patrulleros tenemos que viajar por todo el reino para mantener las amenazas controladas. La diferencia entre vivir y morir casi siempre está definida en la velocidad en que miremos algo. Saranag nos dio estos catalejos para que cuando saliéramos de la guardería a ser patrulleros, viéramos los peligros que nos impedirían regresar a casa.
Algo no calzaba: Velmiar, Hundrian, Remiak y Morak eran lo bastante mayores como para haber nacido cuando Saranag estaba con vida. Sin embargo, los otros príncipes eran muy jóvenes.
—Para cuando Velmiar alcanzó la mayoría de edad —siguió Remiak—, le dio a Jaliar y al resto el mismo regalo. No tenía que dárnoslo a nosotros porque Saranag ya lo había hecho.
—Ni tenía que dárselo a los tres más pequeños. Ellos todavía no habían nacido para cuando él alcanzó la mayoría de edad —apuntó Morak.
—Saltekad y Kared murieron en una tormenta de arena. ¿Cómo no vieron eso venir? —soltó Velmiar—. Quizá si Nathniel y los demás abren bien los ojos, no correrán la misma suerte.
—¿Había más? —preguntó Istar, pálida—. ¿Más príncipes? —Velmiar, Remiak y Morak contaron con los dedos a la vez:
—Cinco —dijo Morak.
—No, seis —dijo Remiak—. Siempre se te olvida contar a Karyael.
—Siete —los corrigió Velmiar—. A ti siempre se te olvida contar a Shirnet.
Iba a recordarle a Remiak que Shirnet murió en la prueba de los quince y a Morak que Karyael murió cuando una serpiente subió a su cuna, pero sintió un escalofrío en la espalda. Miró hacia la columna y ahí estaban: los ojos de Kael centellearon como chispas para decirle que no hablara de la muerte de los otros siete príncipes. A Velmiar le costó pillar que esa no era una conversación agradable para una señorita, menos cuando se acercó a ella con la táctica de «hermano mayor buenazo».
Reparó en que Istar enmudeció y que los ojos le brillaron un poco. Lo último que necesitaba era ponerla a llorar. No supo qué decir para cambiar la conversación. Afortunadamente, la puerta de la sala se abrió. Hakwer se giró de inmediato a la entrada y dijo en voz alta que ordenó que nadie podía interrumpir la reunión nocturna.
Aun así, un soldado con un peculiar uniforme se le acercó y apartó a Hundrian para informar al Emperador. El oficial tenía una armadura carmesí que le protegía el pecho, los brazos y las piernas, además de un espadón rojo sujeto en un estuche en la espalda. Era un soldado del Escuadrón Fuoco. Hakwer agarró del pescuezo al soldado y lo llevó a un rincón para hablarle en susurros. Entonces una segunda figura se coló por la puerta.
El Emperador no le prestó atención porque estaba ocupado con el otro oficial. Hakwer era poco observador. ¿Cómo podía el General Tonare pasar desapercibido con su enorme cuerpo? Enlil se acercó al grupo de Istar. Se arrodilló delante de ella y le susurró algo al oído. Ella al principio no reaccionó, pero después apretó la mano del General.
—¿Qué has dicho?
—Sigfrid regresó a Masca y está mal, Alteza. Pescó la peste.
La primera reacción de Velmiar fue estremecerse. La segunda, cubrir la nariz y la boca de Merkaid como si con eso pudiera evitar que el niño respirara la enfermedad. Remiak y Morak, que también escucharon a Enlil, se pusieron pálidos de un golpe. La peste era la maldición de los aesirianos. ¿Cómo era posible que alguien estuviera en la Capital enfermo de esa cosa? ¡Pronto un montón de gente se contagiaría y se haría una epidemia terrible en Masca!
Para sorpresa de los muchachos, la chica que estuvo a punto de llorar por los príncipes de las Arenas fallecidos se levantó ahora alta como una reina. Seria, decidida, tan bella que ya no parecía una niña sino una mujer con todas las de la ley.
—Llévame con él —ordenó. Enlil sonrió.
—Sabía que diría eso, Alteza.
Los dos salieron del salón antes de que Hakwer reparara en lo que sucedía.

****

Llovía. No era la primera vez que la comitiva del desierto veía lluvia, pero aun así muchos de los príncipes y escuderos estaban arrimados a la ventana y veían las gotitas de agua caer sobre los tejados, los árboles y el césped, a muchos metros por debajo de las habitaciones del cuartel de Velmiar y los demás. Lo que más les sorprendía era que los mascalinos se escondían de la lluvia. Si estuvieran en el desierto la gente estaría bailando afuera, recogiendo agua con cántaros y dando gracias a Dios por el regalo.
Kael también miraba la lluvia y se preguntaba qué sería volar bajo ella. Quizá una pequeña llovizna no representaría un gran reto para él. Había pajarillos que bailaban en el aire con piruetas y giros graciosos. Soel le había contado la historia de un alado que voló en plena tormenta y recibió un rayo que lo pulverizó. No sería la primera vez que el mayor de sus hermanos le decía una historia escalofriante solo para asustarlo, pero no le parecía un disparate. Y ya que la lluvia se hacía cada vez más fuerte, Kael se apartó por temor a un relámpago. Claro que lo hizo poco a poco y con la mayor discreción para no parecer cobarde.
Fue al lado de Velmiar, que no prestaba atención a la lluvia. El príncipe estaba en uno de los sillones, mirando el techo. Cualquiera creería que estaba extraviado en un pensamiento complicado, pero Kael lo conocía muy bien: Velmiar no tenía pensamientos muy profundos. Quizá dormía con los ojos abiertos. Se le acercó para cobijarlo, pero antes de que se diera cuenta Velmiar se sentó de un salto y lo atrapó por la cintura. Luego le hizo cosquillas.
—¡No, no, no! —suplicó Kael, muerto de risa—. ¡Por favor, no, no, no!
Como siempre, ninguno de los otros escuderos o príncipes les prestó atención. Era muy común que Velmiar molestara así al pobre chico.
—Escúchame muy bien, Kael —le susurró Velmiar al oído pero sin soltarlo—. Quiero que me acompañes a buscar a mi futura esposa. A la de tres, ¿de acuerdo?
Velmiar le dio las últimas cosquillas y después lo soltó. Kael corrió hacia la salida y el príncipe le pisó los talones. Algunos los vieron salir pero a ninguno le importó. «Solo están jugando otra vez», pensaron. «Un día Velmiar va a matar al chiquillo con esos juegos tan bruscos». Qué sorpresa se llevarían si supieran que esa era otra de las raras ideas inteligentes de Velmiar.
Hundrian, por supuesto, peleó con él después de terminada la reunión de cortejo con la princesa. Lo llamó tramposo y sinvergüenza por usar a Merkaid como señuelo, aunque Remiak y Morak lo admiraron por la estrategia. La única forma de mandar a callar a Hundrian fue con la promesa de que el próximo en hablarle a Istar sería él. Pero Hundrian no entendía muy bien el sarcasmo y ni siquiera notó que Velmiar giró los ojos; para todos los demás era claro que la promesa no valía nada.
Para ganar terreno con la princesa sin sufrir las quejas de Hundrian, Velmiar aprovecharía el «juego» con Kael para buscarla. Corrieron por pasillos interminables, bajaron un sinfín de gradas, recorrieron varios salones y al final el escudero se detuvo al borde de un jardín para tomar aire.
—No tenías que tomártelo tan en serio —dijo Velmiar mientras tomaba al niño en brazos y lo apretaba una última vez—. ¿Recuerdas el camino a las habitaciones de la princesa?
—No, nunca nos lo mostraron. Además, sería una insolencia visitarla a su habitación.
—¿Tú crees? —Kael lo miró como si fuera un idiota.
Obvio. Imagine que usted fuera mujer y un tipo entra a su alcoba para «cortejarla». Eso se puede malinterpretar. Además... —Kael hizo una pausa—. No creo que Su Alteza esté en su habitación.
Velmiar tampoco lo creía. La reunión de cortejo finalizó cuando el Emperador se dio cuenta de que Istar se había escapado con Enlil. Al día siguiente, Kardan visitó a los príncipes del desierto para excusarse, porque su hermana estaba en una curación y no podía atenderlos. Les dijo que apenas se desocupara seguirían con la elección del pretendiente.
La voz de Enlil todavía resonaba en la mente de Velmiar. «Pescó la peste». Todos habían escuchado historias del peculiar don de la princesa: la sanación, una esencia que nunca antes encontraron en aesirianos pero sí en otras criaturas mágicas. Como los dragones. Si el General Montag estaba enfermo, era lógico que la princesa intentara sanarlo con magia. Más porque él era su Guardián Celestial.
Eso significaba que la princesa estaba en los cuarteles asignados a los Montag, lo que enfrentaba a Velmiar con dos problemas. Primero, no tenía ni idea en dónde estaban. Segundo, le parecía mucho más raro cortejar a una princesa en el cuarto de otro hombre que en el de ella.
Alguien más le habría dicho que era mejor regresar; porque se viera como se viese, cortejar a una chica con un enfermo de peste al lado no era el mejor de los momentos. Pero Velmiar no vio esto y si le hubiera preguntado a Kael el chico de todas formas lo habría alentado a seguir adelante con el plan. Después de todo, él se moría de las ganas de que su príncipe obtuviera la mano de la madre de los Dragones.
—Kael, necesito que me hagas un favor enorme, ¿de acuerdo? Quiero que busques a la princesa y vengas a recogerme cuando la encuentres. —El escudero se sonrió.
—¿Porque tengo mejor sentido de la orientación que usted?
—¡Qué insolente! —Velmiar le dio un coscorrón pero Kael se rio.
En el desierto, era el escudero quien guiaba al príncipe. A pesar de que en la guardería le pedían que no se llevara tan seguido a Kael para no atrasarlo en los estudios, Velmiar se valía de la orientación de su alado amigo para sobrevivir a los viajes más pesados del desierto. Sin Kael, hace mucho que habría seguido los pasos de los príncipes fallecidos.
—Ve a hacer tu trabajo, pequeño —lo reprendió.
El niño desplegó las alas y se fue volando por el pasillo, porque así avanzaría más rápido. Velmiar lo vio partir e imaginó qué le diría a Istar para convertirse en el prometido de la princesa.


Kael avanzó en silencio, aunque de vez en cuando tenía problemas para ocultar una sonrisilla. Siempre se tomaba las misiones muy en serio pero esta le pareció un juego. Los soldados que vigilaban los pasillos no lo veían porque se escondía en las columnas, en algunos nichos y volaba por encima de ellos antes de que lo notaran. A veces los escuchaba preguntar quién andaba allí. Cuando se escondía los veía girar en círculos. Era como jugar al espionaje.
«Pero aunque es muy divertido tengo que concentrarme». Le dio vergüenza acercarse a los soldados y sirvientes para preguntar por la princesa. Era un chico tímido de seis años que, además, no estaba seguro de hablar bien el idioma del continente principal. Le daba pena equivocarse, decir alguna estupidez u ofender a alguien.
Prefirió prestar atención a los pisos que visitaba. En una ocasión vio a unas sirvientas que llevaban sábanas ensangrentadas al cuarto de lavado, así que tomó el camino por el que ellas venían. Le pareció correcto suponer que venían de visitar a alguien herido o enfermo. Ya que la peste incluía sangrados creyó que dio con una pista buena.
Le dio miedo pillar algo; pero esperó que la princesa lo curara si se enfermaba. «Después de todo, se va a casar con mi príncipe y será mi señora también. Los príncipes cuidan de sus súbditos. Ella cuidará de mí si lo peor llega a pasar».
De repente el ambiente se hizo frío. La cantidad de soldados disminuyó y los que andaban por ahí llevaban mascarillas que les cubrían la boca y la nariz. Kael se dio cuenta de que también necesitaría una porque era mejor prevenir que lamentar. En cada esquina alguien había facilitado una tinaja de agua, toallas limpias, un basurero y una cajita con mascarillas. «Vaya. Sí que actuaron rapidísimo para evitar una epidemia».
Cuando no había soldados cerca, Kael bajó al suelo, tomó una mascarilla y se elevó de inmediato. Pronto le llegaron los susurros de los pocos guardas. Como la sección era muy silenciosa fue fácil pescar parte de las conversaciones.
—... muy mal. Él y el Escuadrón Fuoco intentaron llegar al País de Hielo...
—... fatal. La herida era terrible. Escuché que unos soldados murieron y...
—... como te digo. Estoy segurísimo de que la princesa nombrará héroe al oficial que lo trajo hasta aquí.
—... de no ser por el cuervo, al General lo habrían dejado en los controles de la frontera.
—... los demás también la pescaron. Ya dos murieron por peste fuera de Masca...
En un momento la altura del techo disminuyó. Como venían guardas, Kael se devolvió para que no lo miraran. Se escondió en el nicho de la estatua de una hidra y esperó a que los soldados se fueran. No le tomó mucho tiempo, porque los aesirianos no estaban emocionados de hacer guardia cerca del foco de infección. Cuando se marcharon, Kael se acercó al pasillo de techo más bajo. No supo si pronto llegaría alguien más a hacer ronda, así que se coló por la única puerta que había.
A diferencia del pasillo anterior, la habitación parecía hecha para gigantes. Kael miró la araña de cristal en el techo y se estremeció al ver que estaba muy, muy arriba. Voló de nuevo, solo por si acaso había alguien más allí dentro o si alguien entraba. Se mantuvo a flote en el techo y vio la sala de estar. Casi no tenía muebles, con excepción de algún sillón por aquí, un escritorio por allá y una biblioteca por acá. Lo que sí tenía a montones era armas, que estaban sujetas a las paredes como si fueran una colección. Kael les dio un vistazo. «Curioso. Creo que al General Montag le gusta coleccionar armas vanirianas».
Escuchó que alguien abría una de las puertas del salón.
—... limpias. Y más hielo para bajarle la temperatura.
A Kael le pareció que era la voz de la princesa, pero no pudo estar del todo seguro. Vio a un par de sirvientes saliendo de una habitación; cargaban cestos que tenían vendajes ensangrentados.
—Póngase la mascarilla, por favor —pidió uno antes de irse.
—Ya no hay peste —dijo la suave voz al otro lado de la puerta—. Solo quedan los síntomas posteriores. Ya no hay peligro.
La puerta se cerró. Los sirvientes se marcharon a traer lo que faltaba. Kael aterrizó y se acercó lentamente a la puerta, que parecía dar a una habitación de reposo.
Más adelante se diría que espió porque tenía que estar seguro de haber encontrado a la princesa. Esa era la tarea que le encomendó Velmiar. Pero la verdad es que tuvo curiosidad. Hasta ese momento todo le pareció un juego de escondidas y espionaje.
Los sirvientes dejaron la puerta un poco entreabierta, así que él asomó un ojito por la ranura. Lo primero que vio fue la luz de una vela. La habitación estaba tan oscura que costaba diferenciar algo más allá del punto naranja que bailaba sobre la mesa de noche, pero la visión de Kael se acostumbró poco a poco. Reconoció el cabello de la princesa, que con la vela tenía destellos fucsias. Istar lo tenía recogido con una cola de caballo, así que el cuello se le veía más largo y elegante que de costumbre.
La princesa acercó un cuchillo a la vela y pasó la hoja por allí hasta que se puso al rojo vivo. Se acercó a un diván, corrió las sábanas y cortó algo. Kael se mareó cuando vio que el metal se llenaba de sangre, pero no escuchó a nadie quejarse. Istar apartó el cuchillo y aplicó vendajes a la herida.
—Listo, con eso tiene que ser suficiente para evitar otra infección.
En un cesto echó los nuevos trapos ensangrentados. Después se llenó las manos con ungüento y lo pasó sobre la cortada. Para finalizar cubrió la herida y arropó de nuevo al General.
A Kael le agradó un poco más después de verla trabajar. Cuando los recibió en Masca pareció desencantada y hasta hostil, pero para atender a alguien con peste se necesitaba estómago y buen corazón. No todos los doctores se animaban a revisar a un enfermo con la terrible enfermedad. Kael estaba convencido de que por eso Istar era una buena persona.
La princesa se limpió las manos. Kael pensó que era hora de regresar y buscar a Velmiar. Pero entonces Istar se inclinó al lado del General y le acarició el cabello. Kael supo que el gesto no tenía nada raro, pero algo no le sentó bien. «No seas paranoico, solo le tiene cariño. Es su Guardián Celestial, se supone que eso les da un vínculo mágico o algo así. Es normal que esté preocupada, es normal». Pero no se lo pareció. Algo tenían los ojos de Istar al ver a Sigfrid, algo tenían los dedos que le apartaban el cabello de los ojos, algo tenía la sonrisa de la chica, que a Kael no le gustó nada. Istar se inclinó más, se inclinó más, más y...
Alguien lo sostuvo por detrás y le tapó la boca justo antes de que gritara un improperio. Kael no pensó en que lo habían descubierto o en que lo castigarían por espiar. Solo pudo pensar en Istar y el beso. Quiso entrar a la habitación a patadas y preguntarle qué diablos hacía. «¡Se supone que se va a casar con mi príncipe! ¡Así tiene que ser! ¡Solo puede ser de mi príncipe!». Pero quien fuera que lo tenía agarrado lo apartó de la puerta y lo sacó de los aposentos de los Montag.
En el camino de regreso no se encontraron con ningún guarda. Kael nunca dejó de forcejear. Como escudero de Velmiar era su obligación defender el honor del príncipe. Tenía que exigir explicaciones. El hombre lo bajó por fin en un pasillo solitario y lo miró a los ojos.
—¿Qué hacías allí, pequeño?
Era el General Tonare. Kael hizo lo mejor que pudo para pensar antes de decir nada, pero los colores se le subieron al rostro y explotó. Para su consuelo, todas las palabrotas que soltó estaban en el idioma del desierto. Si alguien más lo escuchó maldecir y llamar a Istar «zorra», nadie le entendió. Pero Enlil sí, porque le llevó una mano a la boca para callarlo.
—Recuerda que estás en el ala de un enfermo. A Sig le hace falta el descanso.
—¡Pero ella...!
—Vi lo que hizo —lo cortó el General con delicadeza.
Enlil lo miró con ojos tristes y cansados. Aunque Kael no podía leer mentes sí sabía leer miradas. «Él lo sabe. Lo que sea que hay entre esos dos, él lo sabe y lo lamenta... porque no puede ser. Sabe tan bien como yo que la princesa es para uno de los hijos del desierto».
—Llámalo un desliz. La princesa es joven, los jóvenes suelen ser incautos. Tú también, cuando tengas la edad, cometerás uno que otro desacierto.
—¿Usted los cometió? —preguntó el chico irritado.
—Sí y aprendí mucho de ellos. La princesa aprenderá del suyo, pero en silencio. No puedes decir nunca, jamás, a nadie lo que sucedió allí dentro. Por el honor de una dama.
—No tiene honor que valga la pena defender —rezongó Kael rencoroso.
—Bueno, entonces por el honor de tu príncipe —contraatacó Enlil—. Por el honor de todos los príncipes de las Arenas.
Kael lo reconsideró. Si lo que hizo Istar fue un desliz que no repetiría, nadie tenía por qué enterarse de que la princesa besó a un General con sus pretendientes en Masca y que así se burló del honor de Velmiar y las Arenas. Kael asintió y con eso juró silencio al General.

****

Istar apretó la almohada contra la cara, mitad enojada, mitad contenta. Quiso gritar de la pura rabia, pero le dio miedo que al instante siguiente se le saliera una carcajada y las sirvientas al otro lado de la puerta la creyeran loca.
Su padre era un idiota. Siempre lo fue y siempre lo sería. Istar no quería ni un poco a Hakwer, pero a veces lo odiaba mucho, como ahora. «Ojalá él enfermara de peste. Entonces lo quiero ver suplicándome que lo cure». Era un pensamiento horrible, lo sabía, y se sintió mal por tenerlo. Pero por otra parte se excusó a sí misma porque Hakwer era un idiota.
Alguien llamó a la puerta. Istar dio un largo suspiro y se sentó a la orilla de la cama, todavía con la almohada en los brazos. La persona al otro lado no necesitaba presentarse y ella no tenía que darle permiso para que pasara a la habitación. Dioné apareció al instante siguiente. Llevaba una ceja arqueada y fijó los ojos púrpura en los de la princesa.
—Antes de que digas nada —advirtió Istar—, él quería azotar a Enlil por traición. Dijo que dejar que Sigfrid pasara en ese estado fue de locos y que me puso en peligro, pero todos sabemos que fue lo correcto.
—Pero también sabemos que tu padre tiene razón.
Dioné cerró la puerta e indicó la silla frente al escaparate. Istar obedeció y se sentó para que su nodriza se hiciera cargo de ella. Ya no era una niñita pequeña y tenía damas de compañía que se encargaban de peinarla y vestirla, pero todavía prefería las manos cariñosas de Dioné y sus consejos. Aunque casi siempre obtenía sermones.
—Enlil se está haciendo muy insolente —siguió Dioné—. Quizá sí debería ser azotado para que le tenga un poco más de respeto al Emperador. Dar el permiso para que Sig entrara con peste a Masca fue una tontería. El mismo Sig se lo dirá y le dará un coscorrón por eso.
—¿Quieres que azoten a Enlil? —A través del reflejo, Istar miró a Dioné con los ojos abiertos de par en par. La nodriza sonrió mientras le soltaba el vestido.
—Quiero que mi esposo mantenga la cabeza sobre los hombros y para eso necesita aprender cuándo y cómo puede actuar. Uno de estos días el Emperador no le soportará sus insolencias y lo decapitará.
Dioné le quitó el pasador de plata que le sostenía el cabello y le dio un beso en la mejilla. Istar bajó los ojos, porque supo lo que eso significaba: Dioné estuvo preocupada de que pescara la peste si no trataba a Sigfrid con cuidado.
—Lo siento.
—Más te vale. Puedes sanar a otros pero la esencia no te curará a ti.
Todos se lo recordaban siempre, como si fuera tonta y lo olvidara al instante. Algunas veces soportaba el recordatorio, como con Dioné, porque sabía que la nodriza la quería como a una hija. Pero no soportaba los regaños de Hakwer, que la trataba como una imbécil incapaz de cuidar de sí misma.
Cuando Dioné le quitó el vestido, quedó al descubierto la marca que le dejó el Emperador en el brazo al jalarla a una sala para reprenderla. La zarandeó con tanta fuerza que le enterró las uñas y le sacó sangre, además de dejarle marcados los dedos. Hacía mucho que Hakwer no la lastimaba porque los dos estaban de acuerdo en no molestarse mutuamente. Pero en esta ocasión el Emperador no soportó que Enlil llevara a Istar a Sigfrid sin consultárselo primero, ni que ella se escurriera a pesar de que estaba en la reunión de cortejo.
—Sabías que estaría enojado —le dijo Dioné mientras buscaba un ungüento para frotarle el morete—. No debiste cruzarte en su camino sin compañía. Así no te habría lastimado.
—Me tomó desprevenida —murmuró Istar—. Pero Kardan estaba cerca y nos separó.
Hakwer la encontró cuando ella salía del ala de los Montag. Allí ya no había soldados ni sirvientes que se enteraran de nada. Ella misma no lo vio hasta que el Emperador la agarró del brazo y la reprendió en un salón abandonado. Kardan iba a visitar a Sigfrid para desearle una pronta recuperación; en lugar de eso detuvo la pelea entre Hakwer e Istar. Kardan era un buen heredero, obediente y listo; pero era un mejor hermano mayor. Siempre aplacaba a Hakwer sin importar si el Emperador estaba enojado con la princesa o con un sirviente; y siempre calmaba a Istar para que no dijera ninguna imprudencia que enojara más a su padre.
—Será mejor que todos olvidemos lo que pasó hoy, ¿de acuerdo? Mañana, cuando Su Majestad elija a los candidatos que más le agraden, actúa linda y dulce con él. Así olvidará la metida de pata de mi esposo y que pudiste haber enfermado de peste. ¿Me escuchaste?
Istar hizo una mueca.
—No quiero casarme con ninguno de ellos —le dijo como por centésima vez mientras Dioné la cepillaba—. No es justo. No los conozco.
—Su Majestad elegirá las esposas de tus hermanos sin que ellos puedan dar opinión. Eso no es justo. En cambio tú puedes elegir entre diez príncipes. El mayor es mi favorito para ti.
—¿Quién? ¿Cómo se llamaba...? ¿Huldan...? ¿Julian?
—Hundrian, seguro. Y no, ese es el segundo. El mayor es el de cabello y ojos negros, con el escudero más joven. Velmiar.
—Ah, ese.
—Ese es el heredero del desierto. Tu hijo mayor podría ser rey, querida mía. Un Dragón y un rey de las Arenas. Suena bien.
—Eso me tiene sin cuidado.
—Entonces podrías elegir al más guapo. Es el cuarto príncipe, me parece. Morak.
—El de ojos dorados, sí.
Istar también lo había notado. Sonrió al pescar la mirada pícara de la nodriza. Dioné le decía desde niña que los hombres siempre se daban el lujo de hablar de las mujeres y sus atributos, pero que no les gustaba que las mujeres buscaran atractivos en los hombres. «Pero eso no significa que deba importarnos», solía decirle mientras le daba un toquecito en la nariz. «A nosotras también nos gustan las cosas bonitas».
—Un hijo con ojos de oro también es una buena opción. Y así no tendrías que irte a Irem. Ser el cuarto en línea le permitiría al príncipe Morak quedarse en este continente.
Istar no lo había considerado, pero lo cierto era que no quería ir al desierto a asarse del calor, sin Dioné, sola, extranjera en una tierra hostil con miles de criaturas que hacían que los príncipes se murieran por montones allí. Pero quedarse con Morak en Masca tampoco era lo que quería.
Lo que ella anhelaba era a Sigfrid.
El calor le subió por el cuello. Otra vez quiso agarrar la almohada para esconder la carcajada de alegría que se aguantaba desde hacía horas. Hakwer la pilló desprevenida porque ella apenas si podía creer lo que había hecho. «Si se lo cuento a Dioné, ¿qué hará?». No quiso que le dijera que se aprovechó de Sigfrid, aunque supo que así fue.
No lo pudo soportar. Rara vez en la vida Sigfrid Montag dejaba que otros lo vieran dormir, pero con ella siempre bajaba la guarda y se dormía profundamente. Si un cuchillo ardiente no lo despertó, ¿por qué un tímido besito lo haría?
Tampoco fue que lo premeditó. Simplemente sucedió. Istar estaba acostumbrada a abrazarlo y a darle besos en la mejilla; para ella era tan natural como querer a Kardan y demostrarlo. Pero cuando besó los labios de Sigfrid se dio cuenta de la diferencia que había entre él y el príncipe heredero. No se sintió culpable o confundida. Era lo correcto, lo que ella quería. El amor que sentía por Sigfrid no era el que tenía por sus hermanos, sino el que debía sentir por alguno de los príncipes de las Arenas.
Dioné se dio cuenta de lo caliente que estaba, pero creyó que se debía al comentario sobre el príncipe Morak. Istar la dejó parlotear sobre las ventajas de elegir al moreno de ojos dorados, pero cada buen atributo que Dioné resaltaba Istar lo veía superado en Sigfrid. Para cuando la nodriza ya le había puesto la bata de dormir, la princesa soltó la bomba:
—No quiero casarme con ninguno de ellos. No es justo. No los conozco. Al que quiero... al que quiero es a Sigfrid.


"Los Hijos de Aesir: El Reino de las Arenas" © 2012-2017. Ángela Arias Molina

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