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Capítulo 12

12
TITÁN


Otro jardín. Kael nunca lo creyó posible pero comenzaba a enfermarse de ver tantos colores. Las montañas que rodeaban Masca eran verdes, la ciudad era blanca como el hueso, los jardines internos repletos de flores y mariposas tan brillantes que le lastimaban la vista. Extrañaba el desierto, el cielo azul sin límites, la franja dorada que marca el final del horizonte. O simplemente estaba de mal humor.
—¿Qué te pasa? —le preguntó Velmiar mientras le acariciaba la cabeza. Al no recibir respuesta, el príncipe se acuclilló delante de él y lo miró muy serio—. Kael, ¿estás enfermo? ¿Te sientes mal?
Kael sí se sentía fatal pero no podía explicárselo a Velmiar. ¿Cómo decirle que pilló a la que debía ser su esposa besuqueándose con otro hombre? ¿Cómo pedirle que ni intentara casarse con ella y dejara el cortejo a los otros príncipes? ¿Cómo decirle que no se merecía algo tan bajo como Istar si para el resto del mundo la princesa era casi sagrada? Velmiar le tocó la frente y lo abrazó cuando vio que no tenía fiebre.
—Si pescaste la peste nunca me lo voy a perdonar, ¿me escuchaste? Apenas llegue la princesa le pediré que te revise, así...
—No quiero que ella me toque —dijo Kael entre dientes—. No quiero que ella me ponga las manos encima. Ni a usted tampoco.
Velmiar se separó de él.  Lo miró con una ceja arqueada y con una expresión confundida y asustada. «Está preocupado por mí», supo el escudero. «Por eso es que ella no se lo merece. Mi príncipe es demasiado bueno para ella». Velmiar se aclaró la garganta y dijo:
—Ah, ya... entiendo... Lo que pasa es que... estás celoso, ¿verdad? —Una vena comenzó a latir en la frente de Kael por la furia. Velmiar dejó de lado la seriedad para adoptar una expresión dramática—. Ay, mi pequeño escudero Kael. ¡No temas! ¡Siempre serás mi favorito, te lo prometo! Gracias, gracias, gracias. Estás tan seguro de mi éxito con la princesa que ya empiezas a estar celoso de ella.
Kael se mordió las mejillas y miró a Velmiar con chispas en lugar de ojos. No negó la acusación del príncipe, lo que hizo que Velmiar se pusiera serio de nuevo. Había acertado. «Tal vez sí estoy celoso», pensó el escudero. Luego regresó la imagen de Istar inclinada sobre Sigfrid y la sangre le hirvió de nuevo. «¡NO! ¡No me molesta que el príncipe busque esposa! ¡Lo que me pudre es que me vaya a cambiar por esa tipa! El príncipe se puede casar con una esfinge por lo que a mí respecta, ¡pero no con la zorra de Istar!».
—Kael. —Velmiar le acarició de nuevo la cabeza y le sonrió. Ya no bromeaba—. Gracias, de verdad. Pase lo que pase siempre serás mi escudero y siempre te necesitaré.
Kael estuvo a punto de llorar y decir al fin lo que vio. Justo entonces se abrió la puerta del salón. Los príncipes y escuderos se apartaron del balcón en el que veían el jardín y se arrodillaron para recibir al Emperador y sus hijos. Kael giró los ojos al ver la mirada fugaz y la sonrisa picarona de Velmiar tras mirar la entrada de Istar.
La princesa estaba bellísima, como siempre, con el cabello que se asemejaba tanto a un atardecer y los ojos llenos de canciones y poesías. El embrujo de su apariencia ya no sorprendía a Kael ni una pizca. Istar caminó agarrada del brazo de Kardan. Quizá más de un príncipe se imaginó que algún día caminaría así con ella. Los escuderos también debían de estar haciendo apuestas, pero ya Kael no quería participar. Solo quería irse a casa y con Velmiar soltero.
—Levántense —ordenó el Emperador mientras él se sentaba en una silla al lado del jardín. Istar y Kardan se sentaron junto a él, mientras que los príncipes de las Arenas formaron un semi-círculo alrededor para escucharlo—. Istar seleccionó a sus candidatos, Kardan y yo también. Tres están empatados en el primer lugar y los otros los siguen de cerca. Sería un dolor de cabeza seleccionar al prometido al cabo de unas semanas, así que he ideado algo que nos sacará de la duda hoy mismo: un duelo múltiple.
Ningún príncipe estuvo sorprendido. Desde el principio sospecharon que si se daba un empate, el ganador de un encuentro sería el seleccionado. Tampoco sorprendió mucho que Morak, Hundrian y Velmiar estuvieran empatados en el primer puesto, aunque sí fue interesante que Hakwer permitiera combatir a Remiak, Jaliar y Salak a pesar de estar por debajo de los primeros tres.
—Y el pequeño Merkaid —agregó el Emperador. Todos miraron al más joven de los príncipes, que se había sonrojado.
—Y-¿yo también? —Istar le sonrió.
—Por supuesto.
El niño la miró azorado a la vez que todos lo veían con un poquito de envidia. «Todo lo que tuvo que hacer para ser seleccionado fue dormirse en brazos del príncipe Velmiar», pensó Kael con una sonrisa al ver la cara de Soel. El mayor de los escuderos no solo estaba sorprendido sino también contrariado. El duelo lo preocupaba.
—Ja —murmuró Hundrian—. Será el que caerá más rápido. —Merkaid entrecerró los ojos y le dijo:
—¡Yo te voy a derribar, Hundy!
—¡Claro que sí! —dijo Velmiar mientras le acariciaba la cabeza—. Ese es el espíritu. No tengas piedad de él, pero de mí sí, ¿de acuerdo, tigre? —Merkaid asintió muy inocente y los príncipes sonrieron.
«A lo mejor él gana», pensó Kael. «El príncipe Hundrian sí lo derribaría, pero los otros no dejarán que lo lastime y no encontrarán forma de enfrentar al más pequeño. Lo atesoran mucho». La idea lo entusiasmó porque eso significaba que Velmiar sí regresaría soltero a Irem.
—Me gusta el entusiasmo —aprobó Hakwer—, pero todavía no he dado todas las condiciones. Si después de escucharlas alguno desea retirarse, puede hacerlo. —Los príncipes pusieron atención, aunque sabían qué era un duelo múltiple—. Pelearán en la arena y el último hombre en pie será el ganador. Por supuesto, también deberán derrotar al titán.
Un duelo múltiple era un enfrentamiento entre varios guerreros, quienes además de luchar entre sí debían acabar con un titán. Este era el elemento que podía cambiarlo todo. Un titán podía ser un animal salvaje, un demonio, incluso algún arma encantada o hechizo que atacaba indiscriminadamente a los guerreros. Kael conocía historias de una esfera de púas titán que durante un duelo rodó por el cuadrilátero hasta herir y derribar a todos los combatientes. Cuando un demonio o fiera salvaje titán acababa con todos los guerreros, ganaba su libertad; aunque Kael nunca supo qué ganó la esfera de púas si es que obtuvo algo.
—El cuadrilátero en el que participarán les dará ventaja a todos. Les recomiendo que unan fuerzas para derrotar al titán. Esa es la verdadera prueba de selección.
Kael se mordió los labios. En las Arenas los duelos múltiples eran un deporte. Incluso en Irem había un campeonato cada siete años para celebrar la época de apareamiento. Hakwer debía de saber esto, porque disfrutaba de lo lindo al ver la cara de emoción que tenían los príncipes.
—¿Y qué es el titán? —preguntó Velmiar, impaciente como siempre—. ¿Un demonio? ¿Un espíritu maligno? ¿Una pared corrediza de fuego azul?
—Peor que eso, Alteza —respondió Hakwer con una sonrisa siniestra—. Es...
La puerta del salón se abrió de nuevo. Hakwer giró los ojos por la interrupción y pidió a los príncipes que se corrieran para que pudiera ver a los recién llegados. Saludó con frialdad a Enlil, aunque el General Tonare le dio una sonrisa y una reverencia elegantísimas. Si era una especie de mofa, no lo parecía. Con el otro visitante Hakwer fue un poco más cortés.
—¿Cómo te sientes, Sigfrid? Espero que bien.
—Gracias, Majestad —respondió el General Montag mientras inclinaba la cabeza—. Estoy bien.
Kael quiso esconderse detrás de Velmiar. Por la mirada de los príncipes y escuderos, supo que ellos también quisieron refugiarse. Los rumores sobre Sigfrid Montag eran ciertos. El hombre era alto como una montaña, con unos hombros y brazos tan musculosos que parecía capaz de pelear contra osos. Y los ojos... Esa fue la peor parte. Eran celestes como el cielo, pero también fríos como el hielo o como la hoja de la espada.
«No, no», se corrigió el pequeño escudero. «Lo peor es que se supone que está herido, que hace unos días estaba a punto de morirse de peste, y aquí está ahora de pie y derecho, como si fuera una columna de oro». Sigfrid llevaba la pesada armadura dorada de hombro derecho de un General, a pesar de que por debajo debía de tener la herida de donde Istar cortó el tejido con infección. ¿O quizá eso también lo sanó? Porque si no, Kael no podía imaginar cómo soportaba el peso de la ropa y la armadura.
—Perfecto —aprobó el Emperador—. Sería una molestia si el titán no está en óptimas condiciones.
Fue un baldazo de agua fría para Kael, aunque si Velmiar se preocupó no lo demostró. En cambio, Istar no estuvo nada feliz.
—No —dijo la princesa—. No.


El primero en retirarse fue Jaliar. Lo suyo era la estrategia militar, dijo, no el enfrentamiento. Si tuviera que luchar contra un demonio, un espíritu maligno, una pared corrediza de fuego azul y sus hermanos juntos, tendría más posibilidades que en un enfrentamiento único contra el General Montag.
El segundo en retirarse fue Merkaid.
—Lo siento —se excusó delante de Istar—. Pero no puedo contra él.
—Tranquilo —dijo la princesa mientras lo tomaba de las manos—. Pero para que lo sepas, eras el único al que le iba a dar mi bendición. —Se inclinó y le dio un beso en la mejilla.
Los príncipes de las Arenas agradecieron el gesto, porque fue algo lindo en medio del ambiente gris que rodeó a los que sí participarían en el duelo múltiple. Salak no era un guerrero como Remiak, pero sí tenía más posibilidades que Jaliar si utilizaba la transformación. Remiak y Morak eran el tercer y cuarto príncipe, así que se sentían en la obligación de participar tanto por la edad que tenían como por el puesto en la herencia. Las Arenas ya habían reclamado a un príncipe heredero, ¿por qué no habrían de hacerlo de nuevo? Aunque era un pensamiento feo, sabían que debían contemplarlo. Velmiar era el hijo mayor, así que su responsabilidad era todavía más grande. Y Hundrian participaría por orgullo.
Los escuderos ayudaron a los príncipes combatientes a ponerse la armadura. Si solo tuvieran que pelear entre sí no se habrían puesto nada muy elaborado, pero iban a pelear también contra Sigfrid Montag. Solo un idiota no iría preparado a enfrentar a la montaña que era el Primer General.
—Todavía me siento mal por él —dijo Velmiar—. Hace unos días estaba enfermo. No creo que esté con todo su potencial. No es honorable enfrentarlo así.
—Ya deja de preocuparte por eso —lo regañó Morak—. Su Majestad tiene razón. En lugar de preocuparte por honor, preocúpate por tu cabeza.
Cuando Velmiar pidió unos días para que Sigfrid estuviera completamente recuperado para el duelo, Hakwer se negó.
—Alégrate si no las tiene todas consigo —le dijo el Emperador—, porque quizá así tendrás alguna oportunidad. Aunque la verdad lo dudo.
Había historias de guerra tan asombrosas que, de ser ciertas, el General habría peleado infinidad de veces a punto de desangrarse. Incluso se decía que en una ocasión recibió un espadón justo en el corazón y que aun así mató al que lo atacó. Pero a Velmiar todavía no le parecía justo ni honorable. Remiak y los demás estaban satisfechos con la oportunidad de enfrentar a Sigfrid si todavía estaba débil, pero a él no le gustaba la idea. Quizá sí era tan idiota como todos decían.
—Usted es honorable —le dijo Kael en un susurro mientras terminaba de atarle el chaleco que le protegería sin limitar los movimientos—. Es lo que se espera de un príncipe heredero. —Velmiar sonrió.
—Tú que eres tan listo, ¿tienes alguna sugerencia para que pueda derrotar al General Montag? —Aunque Sigfrid debía de estar todavía algo débil, nada le impediría moler a cinco príncipes. Kael giró los ojos.
—Por favor, Alteza, sea más serio. No hay forma de que pueda ganarle. —Luego suspiró y dijo bajito—: Lo que tiene que hacer es permanecer al margen para que no lo lastime tanto. Con suerte, los demás príncipes cansarán al titán y usted será el último de ellos en mantenerse en pie. Ya con eso debería ser seleccionado.
La idea no alegró a Kael. Ya no quería que Velmiar se casara con la princesa, pero tampoco podía decirle que peleara contra Sigfrid bajo el riesgo de terminar hecho picadillo.
—Imagina que quedemos solo él y yo, y que aun así el Emperador me haga enfrentarlo hasta que uno de los dos caiga. ¿Cómo podría derrotarlo? —Kael guardó silencio por unos segundos.
—No es una táctica limpia, pero... —hizo que Velmiar se arrodillara y le susurró al oído para que ninguno de los príncipes lo oyera—: tiene una herida en el hombro derecho. La princesa se la hizo para limpiarle la infección. Si se la abre, a él le costará un poco más levantar la espada. Será más lento y quizá usted tendrá posibilidades de derrotarlo.
Era una táctica sucia, pero Velmiar no creía utilizarla. No solo por honor, sino también por dificultad. A menos que Sigfrid se quitara la armadura, tendría problemas para herirlo. «Y para empezar, ¿cómo se lastimó ese hombro si justo allí tiene el grueso de la armadura?».
Pronto sonó la campana que llamaba a los combatientes al cuadrilátero. Los escuderos se despidieron y subieron al balcón principal, donde verían el duelo. Mientras tanto, Velmiar y los demás ingresaron al campo de batalla.
Cuando pusieron un pie allí se sintieron aliviados. Arena. Hakwer había cubierto una plaza de entrenamiento con arena del desierto para que reaccionara a ellos. «Nos está dando una ventaja», comprendió el príncipe mientras tomaba posición, «porque cree que nos hará falta. ¿Será el General Montag tan terrible como lo pintan?».
Velmiar y los otros cuatro príncipes se acomodaron en distintos puntos del cuadrilátero, en los límites, y formaron una circunferencia. Sigfrid entró desde otro extremo de la plaza. El General pasó cerca de Morak y le provocó un estremecimiento en el muchacho. «Es el aura», comprendió Velmiar al verlo. «Papá dice que el aura de un guerrero de verdad se siente aunque no esté peleando».
Sigfrid se situó en el centro del cuadrilátero. Los cinco príncipes estaban separados de él por la misma distancia. El General desenfundó un espadón doble que llevaba a la cintura. Era un arma tan grande que un aesiriano normal necesitaría dos manos para sostenerla. De seguro que Enlil solo podía levantarla así, pero Sigfrid la sostuvo con una sola mano e incluso le dio un par de vueltas para probarla. Fue cuando Velmiar se dio cuenta de algo más.
«¡No está usando armadura!». Sigfrid llevaba una armadura de cuero que generalmente estaba por debajo de la de metal. Al principio Velmiar creyó que sin el resplandeciente uniforme el titán perdería unos centímetros de altura, pero todavía parecía un gigante. Y se mantenía tan firme con ese espadón, como si nada pudiera derribarlo... «Pero no lleva la armadura... No la lleva. ¿Acaso porque no la cree necesaria contra nosotros? ¿Porque quiere una mejor movilidad? ¿O porque no podía soportar el peso contra cinco contrincantes?». Solo había dos explicaciones: o Sigfrid era tan endemoniadamente fuerte que no necesitaba protección... o todavía estaba mal y necesitaba terminar rápido con el duelo. «Sin armadura será más rápido... pero quizá también más vulnerable».
Velmiar miró a sus hermanos. Además de derrotar al titán debía ganar a los otros príncipes, pero solo Hundrian le preocupaba. Su hermano inmediato era un grandísimo desgraciado que de seguro se olvidaría de Sigfrid solo para darle una tunda a Velmiar. «Bueno, puedes intentarlo. Nunca has podido», pensó mientras sonreía.
Morak era un experto lanzador de cuchillos y estaba forrado hasta los dientes con dagas que lanzaría con certeza. Velmiar esperaba no ser su blanco. Salak llevaba una espada, pero su verdadera arma era la transformación. «Él la tiene fácil por ser un voraz», pensó picado. Y Remiak... Bah, Remiak estaba en el mismo bote que él.
Lo miró y le hizo una seña con las cejas para pedirle una alianza durante el duelo. Remiak asintió e inclinó un poco la cabeza en dirección a Hundrian. «Primero nos echamos a ese», decía el gesto. Velmiar sonrió y asintió.
—Listos —avisó el Emperador en lo alto del balcón—. Recuerden: la verdadera prueba es derribar al titán. —Guardó silencio por un segundo, dos, tres, cuatro...—. ¡Comiencen!
Velmiar y Remiak corrieron hacia Hundrian para sacarlo del juego de primero, pero todos se detuvieron en seco cuando escucharon un «crack». Miraron hacia una pared de la plaza de entrenamiento. Salak estaba allí, dentro de un hueco de su tamaño recién hecho. Los príncipes miraron el camino de arena que marcó su cuerpo antes de que chocara contra el muro. Siguieron la ruta hasta llegar al culpable: Sigfrid.
El General ya no estaba en el medio, sino en la posición inicial de Salak. «¿Por qué lo eligió a él primero?», se preguntó Velmiar, incapaz de moverse. El duelo apenas había empezado y Sigfrid ya había derribado a un combatiente. «¿Por qué creyó que era el que debía caer primero?».
Salak le respondió al levantarse de entre los escombros. Se sacudió y luego se convirtió en un borrón. El muchacho apareció detrás de Sigfrid al instante siguiente, con la espada en alto. Había trasmutado las piernas a las de un felino, los brazos eran ahora tan gruesos como los del General y tenía los labios estirados sobre las mejillas, con los dientes al descubierto. Salak era terriblemente rápido y fuerte cuando se transformaba, pero a Sigfrid le bastó con levantar el espadón para frenar el arma del príncipe. Rechazó con tanta fuerza la espada de Salak que desestabilizó el brazo del muchacho. Mientras Salak todavía estaba en el aire, le golpeó las piernas con el ancho del espadón.
Salak dio un chillido que heló la sangre de Velmiar. Cayó de inmediato al suelo. «Las rodillas», pensó el heredero del desierto al ver las piernas del transformado, «se las ha roto».
Sigfrid se giró para elegir al nuevo blanco.


—Auch... —dijeron escuderos y príncipes al unísono al ver las rodillas de Salak.
«No importa», se dijo Kael aunque la brutalidad de Sigfrid lo abrumó. «Es un voraz y tiene una habilidad adicional. Transformado puede sanar rapidísimo, incluso los huesos rotos». Eso hacía Salak mientras se arrastraba fuera del campo de batalla. Si lograba levantarse antes de que el último de sus hermanos cayera, todavía podría participar en el duelo.
A pesar de que solo eran cuatro combatientes, a Kael le costó seguir la batalla en el cuadrilátero. Velmiar y Hundrian, por supuesto, ya se habían puesto a pelear entre sí, aunque Remiak se colaba de puntillas para darle una buena zancadilla al segundo príncipe. Por su parte, Sigfrid había elegido como blanco a Morak. Este muchacho sí aprovechó la arena para defenderse del titán.
Los granos se levantaron y envolvieron en una nube al príncipe de ojos dorados. Los cuchillos salieron volando de entre la arena directo al General. El combate entre Velmiar, Remiak y Hundrian estaba tan cerca al de Sigfrid y Morak que los cuchillos voladores representaron un problema para los príncipes mayores.
Remiak logró colocarse detrás de Hundrian y lo sostuvo por un tiempo para darle a Velmiar oportunidad de noquearlo. Sin embargo, el segundo príncipe se deshizo con rapidez del agarre, atajó una de las dagas voladoras de Morak y se la insertó a Remiak en el brazo. Velmiar se preparó para recibir a Hundrian, que estaba cabreado por la alianza con Remiak. En ese instante Salak entró de nuevo a combate.
El príncipe voraz había ampliado la transformación. Tenía el cuerpo de un león negro, pero la cola se asemejaba a la de un escorpión. Las alas eran oscuras y amplias, como las de los Del Varten, similares a las de un murciélago. Y si bien la cabeza tenía la melena de un león y los rasgos bravos de un felino, el rostro recordaba un poco al de un aesiriano; en especial con los ojos grises que brillaban plateados entre tanto negro.
—¿Qué es eso? —preguntó Istar, anonadada.
La princesa estaba a la izquierda de su padre, en el mejor puesto para observar el duelo. Junto a ella estaba una mujer de cabello negro y ojos púrpura que debía de ser su dama de compañía.
—Es una mantícora —explicó Pyrael, el escudero de Salak—. Es la forma que toma mi príncipe cuando se transmuta.
La mantícora avanzó hacia Sigfrid con tanta velocidad que Hundrian y Velmiar debieron apartarse para evitar una embestida. Istar gimió y apretó la mano de Dioné cuando el príncipe transformado se echó sobre el General, como si Sigfrid fuera un combatiente y Salak el titán. Antes de que Hundrian y Velmiar pudieran retomar su pequeño enfrentamiento, Sigfrid pateó a la mantícora y la lanzó sobre ellos.
Salak cayó sobre Hundrian, mientras que Remiak jaló a Velmiar en el último momento y lo apartó del transformado. Cuando Salak se incorporó, movió la cola como loco y golpeó al que estaba más cerca: Hundrian.
—Auch... —gimieron los escuderos y los príncipes, tanto los que estaban en el balcón como en la plaza de entrenamiento. El veneno de la mantícora no era mortal si se trataba a tiempo, pero inutilizaba al instante y siempre dolía como los mil demonios.
—Gracias —dijo Velmiar.
Remiak asintió, sin saber muy bien si debía reírse por la forma en la que Hundrian quedó descalificado o sentirse mal por él. Entonces escucharon otro «crack». Ahora Morak era el que estaba estrellado contra una pared, cortesía del titán. El príncipe de los ojos dorados quedó entre los escombros por un tiempo.
Cuando Sigfrid se giró hacia Velmiar, Remiak y Salak, no tenía ni una sola expresión en la cara. Ni siquiera sudaba. En una mano sostenía el espadón y en la otra seis dagas que Morak le lanzó. Velmiar y Remiak suspiraron resignados, Salak siseó y se preparó para el ataque. Sigfrid lanzó las dagas.
—Y tú tanto que te preocupas por él —se burló Hakwer.
Istar sostuvo la mano de Dioné con fuerza, sin quitar la mirada de encima a Sigfrid.
—Está lastimado. No debiste ordenarle pelear hoy.
La mantícora atacó a Sigfrid. Remiak y Velmiar mantuvieron la alianza y secundaron a Salak con los ataques. La arena se levantó a voluntad de los príncipes y los protegió de algunos ataques del General, pero Sigfrid ya había acertado varios golpes a Remiak y Salak. El único que se había salvado por los pelos era Velmiar porque Remiak lo estaba ayudando.
—Aun así Sigfrid está ganando —insistió el Emperador—. Cinco príncipes no lo pueden derrotar, ni siquiera resentido por la peste.
Istar sabía que era una tonta por preocuparse tanto por Sigfrid cuando el Guardián había enfrentado peores circunstancias; pero detestaba que Hakwer abusara de la resistencia del General y lo enviara siempre a las misiones más peligrosas. La última fue una operación en la Capital del país vaniriano, ya fuera para conseguir información o matar a la mangodria de turno. Sigfrid viajó solo con el Escuadrón Fuoco para realizar un efectivo ataque sorpresa con tan pocos números, pero ni siquiera con los soldados especializados en el fuego pudo sobrepasar la defensa natural del continente helado.
Sigfrid lo había informado un sinfín de veces: el País de Hielo era impenetrable por las constantes tormentas de nieve. Los aesirianos no tenían el grueso pelaje de los groliens para defenderse del frío, ni la experiencia de los vanirianos para avanzar en los parajes de hielo sin perderse. Como si eso no fuera suficiente, en los pequeños poblados que encontraron al otro lado del mar del oeste hallaron también batallas. Aunque ganaron las primeras, los vanirianos tenían la ventaja local e hirieron a muchos soldados y al mismo Sigfrid. Allí comenzó la infección.
Istar sabía que comparado con eso, un duelo múltiple era un juego de niños para el Guardián. Aun así le tembló el corazón cuando la mantícora se lanzó con las garras listas a hacerle la cara tirones o cuando agitó el aguijón en dirección a él.
—De nuevo cuatro contra uno —canturreó divertido Hakwer al ver que al fin Morak se levantó. El príncipe de ojos dorados se tambaleó. Aun así miró fijamente la batalla para elegir el blanco del próximo cuchillo.
Los escuderos y los príncipes del balcón daban ánimos a uno u otro de los combatientes y hacían apuestas. Según los pronósticos el ganador sería Salak. Aunque Jaliar no lo creía así.
—El ganador será el titán —dijo con voz solemne—. Salak está a punto de perder el control sobre la transformación; siempre le pasa cuando la fuerza mucho. Y Velmiar, Remiak y Morak no pueden contra el General solos o juntos.
Salak era el que más pelea daba a Sigfrid, pero era porque cada golpe del General fortalecía la furia de la mantícora. En una ocasión Sigfrid pateó tan fuerte a Salak que lo lanzó contra una pared. Cuando el voraz se levantó tenía el ala rota. Sin embargo, en menos de un minuto el hueso sanó. Aun así a Jaliar le pareció que la compostura del titán –que ni sudaba– derrotaría a la mantícora, que a todas luces se frustraba por ser incapaz de siquiera rasguñarlo.
—Disculpe, Majestad, ¿pero ya sabe cómo seleccionará al prometido si ninguno de mis hermanos derrota al General?
—Dije que el último hombre en pie sería el ganador, ¿no? —gruñó Hakwer.
—Sí, pero si mis hermanos no derrotan al titán no quedará ninguno en pie —insistió Jaliar.
—Hasta donde sé, el titán es hombre.
La comitiva de las Arenas quedó muda al escuchar esto. Por unos instantes solo se oyó el duelo en el cuadrilátero y la repentina tos de Kardan, que casi se atraganta con el vino al escuchar a su padre.
—¿Qué? —preguntó el heredero con un gemido—. ¡No puedes hablar en serio! ¡Sigfrid es un Montag!
—¿Y qué? —Hakwer levantó los hombros y bebió de su copa, con la vista clavada en el duelo.
—Y los Aesir no se aparean con las Casas Militares —le recordó el muchacho—. Las maldiciones...
—Piénsalo así: los hijos de Istar limpiarán las maldiciones aesirianas. Ya no necesitamos ser tan estrictos con eso.
Kardan miró incrédulo a Hakwer y buscó apoyo en Istar para que ella misma le dijera lo mal que estaba esa extraña decisión. Pero la princesa miró al Emperador con los ojos brillantes y las mejillas sonrosadas; estaba mucho más bonita que antes. Estaba feliz.
—¡Dile que es una mala idea! —suplicó el príncipe a Enlil, que estaba al lado. Antes de que el General Tonare pudiera decir nada, Hakwer se carcajeó.
—¡Pero qué cosas dices, muchacho! ¡Si él mismo me dio la idea!
Enlil le dio una incómoda sonrisa al príncipe y se concentró en el duelo, porque los alados y los príncipes de las Arenas lo miraron como si quisieran matarlo. Dioné se levantó de repente, tomó a Enlil del brazo y lo sacó del balcón.
Mientras tanto, el duelo continuaba.


—¿En qué demonios pensabas? —lo cuestionó horrorizada—. ¡Las maldiciones! ¡La Profecía! Todas las estrellas indican que los Dragones nacerán de dos príncipes. ¡Istar no puede desposar a otro!
Enlil la miró por unos segundos y después bajó la mirada. Al principio no dijo nada, porque siempre tenía problemas para enfrentar a Dioné cuando se enojaba. Al cabo de un tiempo volvió a hablar, envalentonado y con fuerza.
—Anoche llegué antes a recogerte, Di. Escuché lo que hablaron. —Dioné quiso arrancarle los ojos por haber escuchado una conversación privada. En lugar de eso se tragó la ira y dijo:
—Entonces ya sabes por qué no deben estar unidos. Me tardé un buen tiempo explicándoselo a Istar.
Cuando la princesa le confesó lo que sentía, Dioné le explicó con delicadeza que esa unión nunca podría darse. Los Aesir y los Montag no se aparean. Los Dragones deben nacer de dos príncipes, y Sigfrid no lo era. Además, Sigfrid era demasiado mayor para ella y era su Guardián, algo similar a un hermano o un padre espiritual.
—Lamento decírtelo así, pequeña —le había dicho Dioné—, pero es muy posible que Sig no sienta lo mismo por ti. Te quiere, eso es seguro. Pero hay diferentes tipos de amor y el que siente por ti no es el que esperas.
Se sintió mal al decírselo, pero era mejor que Istar lo comprendiera con ella en lugar de la forma equivocada y dolorosa. Si Istar compartía sus sentimientos con Sigfrid, la relación que tenían no sería la misma de nuevo.
—Si Sigfrid gana el encuentro...
—Lo hará —la interrumpió Enlil, muy seguro.
—... él se rehusará a tomar a Istar. Es lo honorable pero igual la lastimará.
—Eso no sucederá —le aseguró el General—. Sigfrid no la rechazará.
—Es su Guardián, el vínculo no...
—La ama. —Esta vez la miró a los ojos. El corazón de Dioné saltó y ahora fue ella la que bajó la mirada.
—Oh.
—Sigfrid es un buen hombre y la princesa lo sabe —insistió Enlil. Él quería mucho al cascarrabias de Sigfrid y creía que una de sus tareas como amigo era apoyarlo—. Por eso lo ha elegido. Es el indicado para Istar.
—Es un buen hombre —accedió la mujer—, pero no es el indicado. Tú fuiste el que le puso la idea en la cabeza al Emperador. Quítasela ahora mismo.
—No. —Enlil se cruzó de brazos—. La princesa quiere que Sigfrid la haga feliz y ella lo hace mejor persona todos los días. —Se inclinó sobre Dioné y la besó en la mejilla—. Como tú y como yo.
Enlil señaló con la cabeza las gradas que llevaban al balcón donde los príncipes estaban reunidos, pero Dioné negó con la cabeza. No parecía enojada pero sí contrariada. Enlil asintió y se marchó por su cuenta, seguro de que hizo lo correcto por su amigo... pero muerto del miedo de que Dioné le quitara la palabra por un tiempo.
Cuando el General ya no estaba a la vista, Dioné fue hacia una de las entradas al cuadrilátero y se escondió detrás de una columna para que nadie la viera.
—Lo siento... —murmuró—. De verdad lo siento muchísimo.
Tenía que hacerlo. Tenía una misión que cumplir, aun cuando eso significara estropear el plan casamentero de Enlil e impedir que Sigfrid e Istar se tuvieran el uno al otro.


Morak soltó los cuchillos y se aferró a la mano de Sigfrid, que lo tenía sujeto del cuello para ahogarlo. Ahora tenía dos opciones: rendirse o dejar que el General lo noqueara con la falta de aire. Fuera como fuese, perdía. Escuchó a Salak detrás de él y se preparó para sentir un aguijonazo en la espalda, pues le pareció lógico que Sigfrid lo utilizara de escudo.
Para su sorpresa, una capa de arena los cubrió a él y al titán. La mantícora debió de embestir o algo, porque lo siguiente que supo fue que estaba tosiendo en el suelo para recuperar el aire. Alguien lo arrastró, lo levantó y después lo apartó de la tormenta de arena. Cuando se le despejó la vista vio que se trataba de Remiak.
—Este es el trato, hermanito —dijo el príncipe—. Tú, Velmiar y yo nos aliamos contra Salak y el General. Los derribamos y después resolvemos el duelo entre los tres.
Morak asintió. ¿Qué otra opción tenía? Él y Remiak se unieron a Velmiar, que creaba torbellinos de arena para atrapar a Sigfrid y a Salak. Por las sombras que creaban el titán y el transformado, los príncipes supieron que Salak le estaba dando guerra a Sigfrid. El General casi no tenía espacio para moverse, así que se defendía del aguijón y las garras de la mantícora con la espada.
Morak pensó que el plan era dejar que Salak alcanzara a Sigfrid y que el veneno dejara inutilizado al titán; mientras que con la cortina de arena asfixiarían a Salak hasta dejarlo fuera de combate. A pesar de las condiciones, el titán se las arreglaba de maravilla para evitar el golpe del aguijón. A ese ritmo Salak se ahogaría antes de derrotar al General.
Sus hermanos debieron de llegar a la misma conclusión, porque por encima del torbellino de arena Morak escuchó el silbido de las espadas de Velmiar y Remiak. Él los imitó y sacó el arma. Le dio un par de vueltas. Con eso trazó un arco plateado y soltó el silbido del metal en el aire. No pudo ver a Velmiar, que estaba a salvo al lado contrario del torbellino, pero sí vio a Remiak. Al ver la posición que tomaba el tercer príncipe, Morak comprendió el plan y también se preparó.
Miró con mayor atención las figuras de Sigfrid y Salak. La mantícora atacaba, atacaba, atacaba, no daba ningún respiro. El titán defendía, detenía los ataques con la espada y volvía a defender. Al fin Sigfrid empujó con el sable el aguijón de Salak. El transformado aprovechó para recoger la cola hacia atrás para darle mayor impulso al siguiente ataque.
Fue entonces cuando Morak y sus hermanos se unieron al encuentro. Los tres príncipes saltaron hacia Sigfrid a la vez que la cortina de arena caía. Remiak apuntó hacia la espalda del General. El titán giró sobre los talones para repudiar el ataque, dar una buena patada a Remiak y mandarlo a volar. Sigfrid giró de nuevo a tiempo para detener el ataque de Velmiar, que había apuntado hacia la cabeza. No solo recibió con el espadón el arma del príncipe, sino que con el puño libre le dio un golpe en el estómago tan fuerte que Velmiar cayó sin aire. Sigfrid giró otra vez para recibir al último oponente, que era Morak. El príncipe sonrió a pesar de que el General lo repelaría. Las espadas soltaron chispas al encontrarse. El titán aprovechó la fuerza del giro y golpeó a Morak en la quijada con el codo del brazo libre.
El muchacho ya se esperaba el golpe, así que se preparó para el dolor y calculó caer con el menor daño posible. Aunque el codazo de Sigfrid casi lo noquea y lo dejó viendo estrellitas, no le importó. «Yo no era el último atacante».
Sigfrid se giró de nuevo para recibir otro golpe más. Después de la barbaridad y rapidez con la que enfrentó a los tres príncipes, no pudo contra el cuarto. Blandió la espada para repeler algún ataque al pecho, pero el espadón no encontró nada que cortar. Sin embargo, Sigfrid sintió un punzón en el abdomen. No se lo esperaba. Bajó la mirada y vio que el aguijón de la mantícora estaba clavado por encima de la boca del estómago.
Morak miró con satisfacción la cara confundida de Sigfrid. El titán en verdad se había olvidado de Salak. Velmiar, que estaba a los pies del General, sonreía satisfecho. El muchacho se secaba la sangre que vomitó por el golpe bárbaro que recibió del titán, pero estaba espabilado. Velmiar también sonrió a Morak para felicitarle por la excelente coordinación de movimientos. Morak quiso devolverle la sonrisa, pero ya no pudo. Las estrellitas lo cegaron y luego llegó la oscuridad. Al final, el golpe de Sigfrid sí lo noqueó.


—¡SIG! —gritó Istar cuando la mantícora lo alcanzó.
La princesa se levantó de un salto y se acercó tan rápido a la baranda que Enlil tuvo que estirarse para detenerla por los hombros, porque temió que la chica perdiera el equilibrio y cayera.
Hakwer estaba sorprendido de que al fin le asestaran un golpe a Sigfrid y Kardan no se lo pudo creer. Los príncipes de las Arenas y los escuderos dejaron escapar un suspiro de alivio. Por un momento de verdad temieron que el viaje al continente principal fuera en vano y que el titán terminara casándose con la princesa.
—Ya está, ¿verdad? —preguntó Nathniel, uno de los príncipes más pequeños. Jaliar asintió y dijo:
—Morak está noqueado y dentro de poco el titán no podrá moverse. Solo quedarán Salak, Remiak y Velmiar.
Las apuestas por Salak aumentaron. Remiak apenas podía mantenerse en pie, como si se hubiese golpeado muy serio la cabeza y se dañara el sentido del equilibrio y la dirección. Velmiar sonreía pero estaba todavía encogido en el suelo, sin poder levantarse. La mantícora era el único que se mantenía en pie con dignidad.
—¿Tienes el antídoto? —preguntó Jaliar al escudero de Salak.
—Suficiente para un escuadrón, Alteza —respondió Pyrael.
—Excelente. Prepara cuatro dosis regulares. Aunque Morak ya no está en juego, es posible que Salak lo hiera por error mientras ataca a Remiak y Velmiar. Alista también otra dosis un poco más fuerte para el General. Como es más grande, necesitará más antídoto para limpiar todo el sistema. —Pyrael estuvo a punto de marcharse para preparar las dosis, pero Jaliar lo detuvo del brazo—. Alista también al menos tres ampollas, por si acaso Salak no puede iniciar los cambios de reversa por su cuenta.
El alado se marchó. Jaliar se concentró de nuevo en el duelo porque faltaba poco para que se decidiera el vencedor. Para esas alturas ya Sigfrid debía de estar inmóvil en el suelo, pero para su sorpresa el titán todavía estaba en pie, con el aguijón clavado en el abdomen. «Salak está cabreado», comprendió el príncipe. «Quiere asegurarse de que el General no se levante de nuevo ni le dé una sorpresa desagradable». Jaliar no lo culpó. Sigfrid parecía indestructible. Si él también pudiera transformarse en una mantícora, le suministraría una buena dosis de veneno a semejante titán para que no volviera a romperle las alas o las rodillas.
Pensó que cuando Salak retirara el aguijón, Sigfrid se iría de espaldas sin ningún remedio. Para sorpresa de todos, el General reaccionó. Cuando la mantícora estuvo a punto de retirar la cola, Sigfrid la sostuvo y no la soltó. «Tonto», pensó Jaliar a la vez que chupaba los dientes. «Si se deja el aguijón en la carne por más tiempo, recibirá más veneno. Quizá ni una buena dosis de antídoto lo ayudará a levantarse por dos semanas». En el peor de los casos, Sigfrid moriría por una sobredosis del veneno. Cuando Salak se transmutaba daba aguijonazos que solo duraban uno o dos segundos y Sigfrid ya había soportado quince segundos con la cola en el abdomen. Era demasiado tiempo.
—Samuel, ayuda a Pyrael a preparar una dosis extra grande para el General ¡ahora! —ordenó a su escudero. El mago se marchó de inmediato.
Jaliar sabía que lo último que necesitaban era matar al Primer General. Quizá el Emperador pensó seriamente en emparejar a Sigfrid con Istar, pero el príncipe estaba seguro de que el titán no tenía ni idea de esto. Después de todo, ni Istar ni Kardan estaban al tanto antes de que Hakwer lo mencionara. Además, el duelo era amistoso. Nadie tenía por qué morir, menos el tipo que mantenía a raya a los vanirianos desde hacía siglos.
Se acercó a la baranda para gritarle a Sigfrid que soltara a Salak si no quería irse a la tumba envenenado, pero las palabras no le salieron de la boca.
El General jaló a la mantícora con tanta fuerza que la atrajo hacia sí. Salak intentó apartarse del titán pero fue demasiado tarde. Al General le bastó con estirar la espada para cortar la cola desde la base de la columna de la mantícora. Salak dio un chillido horrible a la vez que la sangre le salía a borbotones por encima del recto. «Dios», pensó Jaliar. «Por favor, que no le haya cortado ninguna vena. Por favor, que mi hermano no se desangre».
Por encima del dolor, Salak estaba furioso. En lugar de quedarse hecho un puño como un gatito asustado, giró para atrapar al General con las garras. Sigfrid reaccionó muy rápido. Se quitó de un tirón el aguijón y dio un brinco muy alto que lo situó por encima de la mantícora. Con la espada le cortó las alas. Después aterrizó en el lomo del transformado. Los príncipes y escuderos pensaron que Salak se echaría a un lado y aplastaría a Sigfrid con la caída, pero el General se lanzó al cuello de la mantícora y comenzó a asfixiarla sin soltar la espada. Cuando Salak perdió el equilibrio, Sigfrid se dejó caer sin soltarle el cuello al oponente. Plantó firmemente los pies en el suelo y apretó con más fuerza hasta que Salak dejó de moverse.
Cuando dejó a la mantícora inconsciente en la arena y se incorporó tan alto como era, todos sintieron que el pronóstico de Jaliar se cumpliría: el titán ganaría el encuentro.
Remiak y Velmiar no pudieron asimilar lo que vieron. «Es imposible», pensaron. «Recibió el aguijonazo de una mantícora por más de diez segundos. No debería moverse como lo hizo». Pero Sigfrid todavía se mantenía en pie y avanzaba hacia ellos a toda velocidad para terminar el duelo.
Remiak estaba tan asombrado que no supo cómo reaccionar, pero Velmiar estaba lejos de darse por vencido. Tomó la espada de Morak, que estaba tendido cerca de él, y se levantó. «Solo hay una forma de vencerlo», pensó determinado. «Si tiene una herida en el hombro derecho, debo aprovecharla».
Cuando la primera espada enfrentó el arma de Sigfrid, Velmiar escuchó los gritos de ánimo que provenían del balcón. Con la segunda espada intentó describir un arco a la altura del abdomen del titán, pero, como lo esperaba, Sigfrid bajó el espadón para detener el ataque. Velmiar dejó caer una serie de golpes lo más rápido que pudo y en direcciones inimaginables. Una espada la dirigía el hombro derecho y la siguiente a la cadera izquierda. Sigfrid frenaba las dos. De inmediato, el príncipe de las Arenas cambiaba de objetivo y atacaba con una el cuello y la otra el abdomen, pero el General las repelía también.
Velmiar dio vueltas alrededor de Sigfrid para encontrar un flanco descubierto, pero el titán le siguió el ritmo. No importó qué tan rápido o qué tan al azar fueran los golpes del príncipe, el General los igualó todos. El estruendo de las espadas fue ensordecedor. Las chispas saltaban sobre la arena en busca de dónde afianzarse para convertirse en incendio.
«Diablos, solo defiende», comprendió el muchacho. «Cuando decida atacarme no podré bloquear como él». En el momento que a Sigfrid se le ocurriera empujar o dar una patada, Velmiar perdería. Sin embargo, todavía no atacaba. «¿Por qué? ¿Por qué...?», pensó Velmiar. «¿Por qué todavía no acaba conmigo?».
—No... —murmuró Istar en el balcón—. No, no, no...
—¡Vaya! —exclamó Jaliar cerca de ella. Él no tenía palabras para describir lo que veía, aunque sus hermanos le hacían porras a Velmiar para que no se diera por vencido—. Con razón los vanirianos lo llaman Demonio Montag. Es demasiado rápido.
Velmiar movió las espadas a gran velocidad pero Sigfrid no tuvo problemas para seguirle el ritmo. Después de ver al General derrotar a una mantícora, la comitiva del desierto creía que había visto al Demonio Montag en su máximo esplendor. Istar sabía que no era así.
«No es tan rápido como de costumbre ni tan fuerte. Algo está mal». Sigfrid estaba tan serio como siempre, como si cosiera en lugar de pelear. Pero cuando la mantícora lo aguijoneó la expresión le cambió. «Le dolió mucho y no pudo moverse por un instante. Y estoy segura de que apretó los dientes cuando asfixió al príncipe Salak. Algo no está bien». Sabía que Sigfrid tenía problemas. Aunque parecía que repelía los ataques de Velmiar, hace mucho debió haber acabado con él. Si aprovechara la diferencia de altura podría levantar la espada en un santiamén y dejarla caer sobre el príncipe, pero todavía no lo había hecho.
La princesa se giró a Enlil, en caso de que el General pudiera darle una pista sobre lo que sucedía. Vio que él estaba tan preocupado como ella. «Sabe que Sig no está en su punto máximo. Sabe que hay algo mal». Miró de nuevo la batalla pero nada había cambiado. «Sig, ¿qué te pasa?», preguntó desesperada. «¡Derrótalo! ¡Puedes hacerlo!». Apretó las manos contra el pecho, justo por encima del corazón. Cerró los ojos y se concentró en el General para explorar el vínculo mágico que los unía.
Percibió un dolor agudo en el hombro, que era tanto un martirio como un estímulo. Todo lo demás esaba mal. Los brazos le pesaban muchísimo y tenía que esforzarse para levantarlos. Le costaba también coordinar movimientos, así que no podía avanzar hacia Velmiar para derrotarlo sin antes detener la espada y recibir un corte de parte del príncipe. No le dolía la cabeza pero casi no la sentía. Era como si estuviera en otra parte, como en lo profundo del océano. Lo que ocurría en el cuadrilátero le llegaba turbio al cerebro, como el agua. Y la luz... Las chispas que saltaban de las espadas suya y de Velmiar no eran chispas, sino motas de luz y polvo, trazos de humo, alas de mariposa, plumas de palomas. Y todo era púrpura.
Istar no soportó más el mareo y cortó el vínculo. Le preguntó a Jaliar si el veneno de la mantícora generaba alucinaciones.
—Y parálisis —asintió el muchacho—. El General ya debería estar fuera de combate, ¡no me puedo creer que se siga moviendo así!
Istar no estaba sorprendida de que Sigfrid siguiera en pie, pero sí la perturbó que no hubiera derrotado ya a los combatientes. ¡Es que no tenía sentido! ¡Sigfrid debió de sentirse mil veces peor cuando los vanirianos lo mataron y aun así se las arregló para acabar con ellos!
—Detén la pelea —pidió a Hakwer—. Esto ya se salió de control. El príncipe Hundrian necesita el antídoto, el príncipe Salak necesita un doctor para detener la hemorragia y de seguro que los otros tres príncipes también están muy adoloridos. Y Sig tiene un agujero en el estómago.
—A Sigfrid parece no importarle —dijo el Emperador mientras levantaba los hombros.
—Está convaleciente —insistió Istar—. Si no hace rato habría acabado con esto. —Hakwer asintió.
—Solo en esas condiciones los príncipes tenían una pequeña posibilidad de derrotarlo. Ahora cállate; de todas formas esto está a punto de terminar.
Istar supo que su padre tenía razón cuando escuchó el grito de alarma del escudero Kael. Miró de nuevo la batalla, a tiempo para ver que Velmiar dio un mal paso y había resbalado. La arena estaba tan llena de sangre que le jugó una mala broma. Como el muchacho dejó de atacar para mantener el equilibrio, Sigfrid retiró la espada para tomar impulso.
Ahí estaba el ataque que Istar había esperado con tantas ansias. Sigfrid levantó el espadón con la mano derecha. Otra persona se interpuso cuando lo dejó caer sobre Velmiar. La muchacha y todos los demás guardaron silencio cuando una diagonal carmesí cruzó el pecho de Remiak. Por un instante creyeron que el tercer príncipe caería de espaldas, pero Remiak consiguió mantener el equilibrio y plantar firmemente los pies en la arena.
Después se lanzó sobre Sigfrid. El príncipe solo tenía una espada que lanzó al cuello del titán. Esta vez Sigfrid apenas tuvo tiempo de levantar el espadón y defenderse de un ataque letal. Sin embargo, no reaccionó a tiempo y apretó los dientes cuando Remiak giró sobre los talones, aprovechó la fuerza del giro y golpeó el hombro derecho del General con el codo, tal y como Sigfrid había golpeado a Morak en la quijada.
Sigfrid retrocedió sin soltar el espadón. Los observadores creyeron que Remiak aprovecharía el momento para atacar al pecho del General, pero el príncipe apuntó a la cadera izquierda del titán. Sigfrid no pudo desviar el espadón y el golpe conectó.
Le costaría mantener el equilibrio con una espada incrustada. Sigfrid se la arrancó lo más rápido que pudo, pero Remiak aprovechó el momento para utilizar los puños. Como no era tan alto como Sigfrid no podía asestarle un golpe en la cara, así que le golpeó el pecho y el abdomen. Sigfrid apretó los dientes. Ahora estaba tan pálido que daba la impresión de que se desmayaría en cualquier instante.
Remiak dio un giro sobre los talones, extendió una pierna y pateó la cadera herida del titán. El General tuvo que arrodillarse para no caer. En el balcón todos contuvieron la respiración, segurísimos de que Remiak daría el golpe final. Tenía tantas opciones, como patear la cara de Sigfrid, el cuello o el corazón para dejarlo inconsciente, pero esta vez fue Remiak el que no tuvo oportunidad de actuar.
El General los sorprendió de nuevo a todos cuando sostuvo la pierna de Remiak –la misma que le pateó la cadera–, le hizo una zancadilla y lo obligó a caer. Cuando Remiak estuvo en el suelo, lo jaló y lo aprisionó en sus brazos como si fuera una trampa para oso. Después de ver al titán asfixiar a una mantícora, el príncipe sabía bastante bien lo que le esperaba así que hizo todo lo posible para liberarse de Sigfrid.
Remiak pataleó contra la cadera izquierda del General, metió codazos en las costillas y echó para atrás la cabeza en repetidas ocasiones, como si quisiera romperle la nariz a Sigfrid. El Demonio Montag se limitó a apretar los dientes y aumentar la presión de los brazos para asfixiar a Remiak. El muchacho batalló más en los últimos segundos e hizo algo que definiría el rumbo de la batalla: le sacó un pequeño gemido a Sigfrid. Fue tan insignificante que quizá en el balcón no lo escucharon. Aunque lo hubiesen hecho, habrían pensado que era de Remiak. Pero Velmiar estaba a unos pasos de ellos, lo bastante cerca como para saber que uno de los golpes de su hermano provocó la queja del titán.
Sigfrid soltó a Remiak, quien cayó desvanecido por la falta de aire. Ya solo quedaban el titán y Velmiar en la arena. Al príncipe le temblaron las piernas y los brazos por el esfuerzo, pero aun así se levantó y trazó rápido un plan. Sigfrid también se levantó y avanzó hacia él con firmeza, aunque despacio. Velmiar caminó hacia atrás para ponerse a salvo y tomar impulso para un ataque decisivo.
Tenía que actuar rápido y aprovechar las heridas de Sigfrid. Tenía que valerse del punto débil que Remiak le reveló.
Miró los fríos ojos del General. Le sorprendió que los dos llegaran a un acuerdo unánime y silencioso, de la misma forma que bastó una simple mirada para que Remiak y Velmiar se aliaran antes de empezar el duelo. Velmiar tomó posición, Sigfrid hizo lo mismo. El último ataque lo definiría todo, así que tenían que ser muy precisos.
Al príncipe le pareció que duraron una eternidad congelados en la arena, esperando a la señal silenciosa que marcaría el inicio del último movimiento. En realidad fue una fracción de segundo. En el balcón, todos contuvieron el aliento cuando Sigfrid y Velmiar se lanzaron sobre el otro para terminar el encuentro. El heredero de las Arenas nunca supo en dónde pretendió herirlo el General, porque en ese momento no vio el espadón de Sigfrid. Todo lo que importó y vio fue su objetivo.
Justo antes de que el arma del titán lo alcanzara, justo antes de que se encontraran el uno al otro, Velmiar se dejó caer al suelo. Flexionó las piernas para darles mayor impulso y saltó sin importarle nada. Cuando escuchó el gemido de Sigfrid, supo que lo había logrado. Sin soltar la espada, Velmiar respiró una profunda bocanada, giró sobre los talones para no quedar de frente al titán y se preparó para soportar la trampa de oso del General.
Los brazos de Sigfrid parecían hechos de acero. Con razón la mantícora y Remiak perdieron cuando el titán los atrapó así. El General perdió de nuevo el equilibrio por la herida en la cadera y cayó arrodillado. Las piernas de Velmiar recibieron un fuerte impacto por el peso de Sigfrid. El titán prácticamente se apoyó en su presa para no irse de lado. Aun así, el príncipe sostuvo firmemente la espada que clavó en el hombro izquierdo del General.
A diferencia de Remiak, Velmiar no intentó inútilmente meter codazos, patear la cadera izquierda o echar la cabeza hacia atrás para lastimar al oponente. A pesar de que le dolían las piernas por mantener el peso del titán, dobló las rodillas para contraer el abdomen de Sigfrid y hacer que el agarre perdiera fuerza. El General era tan alto que incluso arrodillado era apenas un poquito más bajo que un Velmiar completamente erguido. Cuando Velmiar se agachó, sintió que los brazos que le rodeaban el cuello perdieron algo de fuerza, pero no la suficiente.
Se agachó más hasta sentir que los brazos de Sigfrid temblaban por el dolor. Claro, también estaba la herida que Salak le había hecho en el abdomen; de seguro que en esa posición le dolía muchísimo. Cuando sintió que Sigfrid hacía un gran esfuerzo para mantenerlo agarrado, Velmiar puso fuerza en sus propios brazos y los subió y bajó lo más rápido que pudo. La espada se movió en el hombro como si fuera un serrucho.
Kael debió de haber espiado mal a Istar o se confundió. El hombro herido del titán nunca fue el derecho, sino el izquierdo.
Velmiar no quería lastimar irreversiblemente a Sigfrid, porque el General no hirió de gravedad a ningún príncipe. Claro, cortó la cola y las alas de la mantícora, pero como se trataba de una transformación el daño no sería permanente. Había asfixiado a Salak y a Remiak, pero si los rumores eran ciertos a Sigfrid le bastaba un segundo para quebrar el cuello de sus oponentes con un giro de 360 grados. En esta ocasión solo les cortó la respiración para que perdieran el conocimiento. Y casi toda la sangre que había en el cuadrilátero era del General, porque la herida que le hizo el aguijón era todavía más severa que la de Salak al perder la cola.
Ahora que estaban tan cerca, Velmiar sintió la piel hirviente de Sigfrid. No supo si era un síntoma posterior de la peste, el efecto tardío de la ridícula cantidad de veneno que recibió de parte de Salak o una mezcla de ambas. Fuera como fuese, solo pudo admirar al titán. Por más poderes de sanación que tuviera Istar, Sigfrid debía de sentirse todavía débil y convaleciente y aun así subió al cuadrilátero y les pateó el trasero a cinco combatientes.
—Con razón te llaman Demonio Montag —dijo el príncipe entre dientes mientras flexionaba más las rodillas y serruchaba el hombro del General. Sintió que se le iba a romper la espalda por el peso montaña de Sigfrid, pero estaba decidido a ganar el duelo—. De verdad eres imparable como un demonio, pero por favor cae de una maldita vez.
Velmiar se agachó una última vez y jaló con fuerza la espada. Además de sentir los músculos y los huesos desechos del hombro de Sigfrid, casi se queda sordo por el grito del General cuando arrancó la espada de un tirón. La sangre salió a propulsión y a Velmiar le preocupó haber cortado alguna vena importante. Al instante, el agarre que le dificultaba respirar se soltó, el peso de Sigfrid aumentó y las rodillas ya no pudieron sostenerlo. Velmiar cayó de bruces con el peso muerto del General encima.
El príncipe se creyó incapaz de levantarse. «Ah», pensó de mala gana, «pero el Emperador dijo que el ganador sería el último hombre en pie. Si no me levanto, esto técnicamente será un empate y nos va a hacer pelear de nuevo». Sacó fuerzas de flaqueza, se arrastró por debajo del cuerpo de Sigfrid y buscó la salida.
Cuando al fin se levantó, todo le daba vueltas. Aun así escuchó el aplauso del Emperador.
—Felicidades —dijo Hakwer—. Bienvenido a la familia, hijo mío.


"Los Hijos de Aesir: El Reino de las Arenas" © 2012-2017. Ángela Arias Molina

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