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Capítulo 13

13
RITUALES DE PRINCIPIO Y FIN

—Fue una linda ceremonia.
—Sí.
—¿Harás un brindis?
—No.
—Ah.
Enlil no se atrevió a decir nada más mientras acompañaba a Sigfrid en el rincón. Lores, duques, almirantes y miembros de la corte bailaban en el salón al ritmo del vals, aunque otros también se acercaban a la mesa principal para felicitar a Velmiar y a Istar por la boda. Los dos príncipes sonreían y brillaban como si estuvieran hechos de luz, aunque en realidad todo era parte de un montaje. Enlil supo que la princesa estaría mil veces más hermosa si el novio fuera otro y Kael, que permanecía al lado de Velmiar como paje, echó de menos las copas de vino que el príncipe tomaba cuando celebraba en verdad.
«No importó cuánto lo aplazaron, al final tenían que subir al altar y decir los votos. Nada iba a cambiar si lo hacían tras del duelo o cien años después», pensó el General. Si tan solo el duelo hubiese salido como él lo planeó, la boda sería más feliz. Pero Velmiar notó que durante el enfrentamiento Sigfrid sostuvo el espadón con la mano derecha para que los príncipes pensaran que no le hacía falta la izquierda, aunque lo cierto era que apenas podía levantar ese brazo con el corte que le hizo Istar para quitarle la piel con infección. Además, Remiak golpeó el hombro herido y le sacó al titán el primer quejido del encuentro. Con eso se lo dijo todo. El príncipe se aprovechó de esa debilidad para derrotar al Demonio Montag y Sigfrid…
Sigfrid no las tuvo consigo ese día. «Debí haber convencido a Hakwer de que aplazara el duelo. Sigfrid habría estado más espabilado y fuerte, el aguijón nunca lo habría alcanzado y no se habría debilitado tanto con el veneno». Pero Salak lo golpeó y el veneno de la mantícora le provocó alucinaciones. Sigfrid le había dicho que fue como si un manto púrpura lo envolviera y no lo dejara ver ni moverse bien. Aunque el titán superó por mucho los efectos de la toxina, al final lo que importaba era el resultado.
Y ese era la boda. Sigfrid perdió y Velmiar ganó su puesto como novio. Pero para el muchacho no fue una victoria dulce. ¿Habría sospechado algo? ¿Quizá los príncipes de las Arenas le contaron las intenciones de Hakwer de casar a Istar con Sigfrid si el titán resultaba vencedor? Algo debió de haber sucedido, porque Velmiar aplazó la boda por años, años y años. Al final accedió a casarse porque Hakwer estaba cabreadísimo y no quería morirse sin conocer a los nietos salvadores que tanto anhelaba.
Remiak, Cornith, Morak y Merkaid asistieron a la boda como representantes del Reino de las Arenas y cada cierto tiempo aceptaban la invitación de alguna Doncella o de algún mercader interesado en negocios con el desierto. Ellos parecían estar pasándola genuinamente bien, en especial Cornith, que desde hacía un buen tiempo se dedicaba solo a la Doncella de Kerveinsen. Enlil estaba seguro de que al día siguiente habría unos cuantos rumores sobre esos dos, pero supo que nadie les prestaría atención por la importancia de la boda entre Istar y Velmiar. Lo más candente serían las apuestas, en las que decenas de cortesanos adivinarían dentro de cuánto la princesa quedaría embarazada y daría a luz a un Dragón. El mismo Enlil quería participar en las apuestas, pero no se atrevía por Sigfrid. Quizá el General Montag no lo demostraba, pero Enlil supo que la estaba pasando mal con la celebración.
El príncipe Kardan se acercó a la mesa e invitó a Istar a bailar. Lo normal sería que el Emperador lo hiciera, pero a la muchacha no le importaba que él estuviera algo mayor para soportar los pasos y las vueltas del baile, y a él no le interesaba demostrar lo contrario. Enlil se puso nervioso y miró de reojo a Sigfrid. Él, por ser el Guardián de Istar, debía ser el siguiente en bailar con ella.
En parte le habría gustado ver si los talentos de su amigo se limitaban a la guerra o si también tenía habilidades en el salón, pues de una manera u otra resultaría divertido o muy asombroso de ver. Pero... Enlil temía que una vez que comenzara el vals, Sigfrid o la princesa se olvidaran de los ojos que los verían girar. Solo se necesitaba una mirada, una caricia inocente, un gesto o un susurro para que algún rumor se levantara. Y a diferencia de los cuentos sobre el príncipe Cornith y la Doncella de Kerveinsen, uno entre Sigfrid e Istar sí recibiría la atención inadecuada.
Enlil nunca encontró el valor para confesar a su amigo lo que hizo en el duelo. Nunca pudo decirle que convenció a Hakwer para darle una oportunidad de ganar a Istar. Estaba seguro de que si se lo hubiera dicho, Sigfrid tendría peor cara en ese momento por haber perdido a la princesa sin siquiera saberlo.
Enlil percibió un gesto que lo sacó de sus tristes cavilaciones. Por un momento creyó que el príncipe Velmiar lo llamaba, pero, antes de ir hacia él, se percató de que la seña era para Sigfrid. Velmiar se levantó en silencio, sin que nadie salvo Kael se diera cuenta. Todos tenían los ojos en Istar, porque era imposible dejar de verla. Era como una flor dando vueltas, pues en cada delicado giro volaban la falda blanca y los cabellos rosados como melocotones. El tintineo de los aretes, el collar y las campanas sujetas al vestido acompañaba la melodía de los músicos sin estropearla, como si la princesa fuera un sonajero de cristal en la brisa. Ella era pura magia, luz y belleza. Hasta las cortesanas la miraban embobadas, como si también estuvieran enamoradas. Era sencillamente imposible no amarla.
—¿A qué esperas? —dijo Sigfrid a su lado, rompiendo el encantamiento del baile de Istar—. Muévete.
«La niña es peligrosa de ver», pensó Enlil mientras daba lugar a Sigfrid para que se marchara. Pero el Primer General lo miró como si fuera un bobo, lo tomó del cuello de la camisa y lo sacó casi que a rastras del salón. Esa no era forma de tratar a un amigo. Si le hubiera pedido con amabilidad que lo acompañara, lo habría hecho de buena gana, sin necesidad de una escena. Enlil miró a los cortesanos como para disculparse por la salida tan brusca, pero ninguno se había dado por enterado. Todos miraban a Istar, por lo que comprendió que si alguien quería irse sin que nadie se diera cuenta, ese era el momento. A una mirada a la mesa principal, se percató de que Velmiar y su paje tampoco estaban.
Atrás quedó la música, el baile y el encanto. Cuando salieron al salón anexo –que era más pequeño y tenía acceso al pasillo–, apenas si se encontraron a alguien. Algunos mayordomos transportaban copas vacías y otros buscaban zapatos de repuesto para algún cortesano caprichoso, mientras que los guardas vigilaban las entradas y salidas de la servidumbre. Enlil saludó a los soldados con una sonrisa, pero no dijo nada.
Ni siquiera preguntó a su amigo adónde se dirigían, a pesar de que la iluminación disminuyó conforme se alejaron. Sigfrid lo condujo por pasillos oscuros, olvidados en esa noche de fiesta, privados de risas y miradas. Cuando se acercaron al jardín interno, Enlil se sorprendió de lo frío y tranquilo que se estaba allí en comparación con la fiesta, y se sorprendió aún más de ver al novio en el centro del jardín, junto al estanque.
—Linda noche —comentó Velmiar—. Istar insistió en casarse con luna nueva, pero las estrellas brillan tanto que parece un cuarto creciente muy iluminado. ¿Saben cómo llamamos a las estrellas en el desierto, Generales? —Sigfrid y Enlil respondieron a la vez:
—Testigos. —Velmiar asintió con la mirada puesta en el cielo. Guardó silencio unos instantes, pero de un momento a otro abandonó el estanque y se situó junto a ellos.
—Istar es peculiar, ¿no les parece? Cuando habla, todos callan. Cuando se mueve, todos la miran. Tiene talento para conseguir lo que desea. —Enlil sonrió.
—Es encantadora. No todos tienen la habilidad de atraer tanta gente.
—Es todo lo que se espera de ella —sentenció el príncipe con una sonrisa triste—: es preciosísima, caritativa, simpática, lista. Es la princesa perfecta.
«Pero no es lo que yo quiero». Sigfrid asintió por el comentario en voz alta del príncipe, pero Enlil apretó los labios tras escuchar el pensamiento del muchacho y lo dejó continuar.
—Quería que Remiak fuera el padrino de mi primer hijo. Supuse que Istar insistiría en que fuera Kardan, lo cual nos habría llevado a una discusión interesante de la que no esperaba salir muy airoso. Lo que sí quería defender a capa y espada era al padrino de una hija, si es que la tenemos.
—Al príncipe Remiak le gustará ser padrino de la princesita, señor.
—Bah, Remiak es muy bruto para una niña. —Velmiar alzó los brazos con desprecio—. Es muy bocón y creo que mi hija tendrá suficientes groserías conmigo. Yo quería que Merkaid fuera su padrino. Como es por mucho el menor de mis hermanos, es menos insolente. También ha llevado menos sol en el desierto, así que es un poco más inteligente que el resto.
A Enlil le divertían esos comentarios, pero también comprendió por qué Velmiar no estaba tan fascinado con Istar. Ella era más delicada y estaba acostumbrada a que la trataran como a una diosa. Velmiar, en cambio, estaba acostumbrado a abrir la boca sin miedo de lo que saliera de ella o de los tratos que recibiera a cambio. En realidad, no eran una buena pareja. No tenían nada en común, salvo sus reputaciones como príncipes. Él, como heredero al Trono de las Arenas y ella como futura madre de los Dragones. Juntos pintaban un buen cuadro en política, pero a nivel personal parecía que no.
—Yo esperaba que ella se opusiera a mi primera sugerencia, pero no a la segunda. Y lo que menos me esperaba era que me ganara en ambas.
Enlil quiso intercambiar con Sigfrid una mirada cómica, pero su amigo no dejó de ver los ojos negros del príncipe. Cuando Velmiar habló de nuevo, lo hizo con resentimiento, aunque Enlil admiró las agallas que requirió para hablar así de Istar delante de su Guardián.
—Mi esposa es una necia impertinente. La primera impresión que da es que solo sirve para adorno, pero tiene cerebro y sabe argumentar. Es lista, lo que agradecí al principio, hasta que me percaté de que solo sabe decirme «No, no, no y no». —Velmiar se llevó las manos a la cabeza para rascarse como loco y gritó—: ¡Es frustrante! Me gustaría regresar en el tiempo para patearme a mí mismo cada vez que pedía que mi esposa tuviera neuronas y belleza por igual. ¡En este momento casi desearía haberme casado con una fea tonta en lugar de ella! Dios mío, ¿qué voy a hacer si tenemos una hija igualita a ella? ¡Eso sería suficiente para tirarme a la zona negra! Quizá pueda con una, ¡pero no con dos! ¡Jamás con dos!
Velmiar apretó el hombro de Enlil, como pidiéndole consuelo, y siguió:
—Lo peor es que pronto dejaré de ser patrullero y tendré que quedarme en Irem a tiempo completo. Entonces tendré que ver a Istar allí todos los días de mi vida y estoy casi seguro de que estoy destinado a escucharla quejarse del calor por el resto de la eternidad. ¡Me amenazó con eso! ¡Ah, cómo lo envidio, General Tonare! Está casado como con mil mujeres, pero si se aburre de ellas puede viajar por trabajo y extrañarlas con cariño, en lugar de frustrarse en su compañía. Yo no voy a tener ese placer.
Al principio Enlil quiso enojarse por el comentario, porque fue una doble ofensa a su modo de vida y a Istar, pero luego comprendió que el príncipe ni se daba cuenta de esto y, además, tenía un poco de razón. Era mágico ver a Istar bailar, pero daba miedo verla discutir con su padre. En esos momentos perdía toda la delicadeza, disciplina y modales, y, de no ser por la ropa y la cara de ángel, bien podría pasar por una mocosa malhablada de la calle. El Emperador Hakwer siempre se quejaba del mal carácter de su hija y quizá hasta la malquería. Pero Hakwer no era el más dedicado de los padres ni tampoco el hombre más simpático o inteligente del planeta. Y era muy posible que Velmiar no se quedara atrás en eso último.
—Solo fue un encontronazo, Alteza —intentó consolarlo el General—. Con el tiempo aprenderán a llegar a términos medios.
—Cuando yo quiero dorado, ella pide plateado. Yo digo «día» y ella ataca con «noche». Intento explicarle que yo tengo que ir al desierto y ella insiste en quedarse en Masca. Y estoy tan cansado de discutirlo que me parece que regresaré a casa solo. Ese será un buen término medio, ¿no le parece? Es probable que eso sea lo que ella quiere en realidad.
«Porque, después de todo, yo tampoco soy lo que ella deseaba». Enlil vio de nuevo la laguna de tristeza en los ojos desafiantes del heredero del desierto. Se sintió muy mal por él, porque sabía lo que era casarse sin desearlo, sin satisfacción, sin la persona amada. Y en especial porque, con Dioné, conoció lo contrario. Pero Velmiar jamás podría experimentarlo, porque tanto él como Istar solo tenían una oportunidad y ya la habían malgastado.
—Hasta el momento solo hemos podido ponernos de acuerdo en una cosa —continuó Velmiar—. El resto han sido negociaciones y siempre salgo perdiendo. Es casi imposible ganarle una discusión a esa mujer. Pero por lo menos logré pellizcar algo.
El príncipe hizo una seña y una sombra se acercó a él. Los Generales se habían percatado de la presencia silenciosa de Kael desde el inicio, pero el escudero se mantuvo tan callado y distante que casi formó parte del árbol solemne cerca del estanque.
A Enlil le sorprendió el chico. Recordó la primera vez que lo vio, cuando la comitiva del desierto se presentó a Masca para seleccionar al prometido de Istar. Kael, el más pequeño de los escuderos y también el más fiel, inteligente y sereno. Era la contraparte de su príncipe, algunos incluso lo llamaban su consciencia y su segundo cerebro –el más grande, por cierto–. Ya no era el chicuelo que seguía a Velmiar con una sonrisa en los labios, aunque todavía se estiraban un poco más ligero para que nadie lo creyera impertinente. Cuando era niño se le podían perdonar las sonrisillas maliciosas y que girara los ojos cada vez que Velmiar decía alguna imprudencia, pero ahora no tenía excusas: era un muchacho bien formado, no el mejor guerrero pero tampoco el peor, y debía comportarse como un escudero.
El sol del desierto le había dejado un permanente tono moreno en la piel que atraía de inmediato las miradas de los soldados provenientes de la región Oeste. Al contrario de sus hermanos, Kael llamaba la atención por un par de días solo por el color de piel hasta que, de repente, ¡OH!, todos se daban cuenta de que tenía alas. Kael siempre procuraba tenerlas plegadas, pues temía incomodar o provocar la envidia de otros.
Las alas de los Del Varten eran como la mayoría en el desierto: negras, amplias, hechas de cartílago y carentes de plumas. Se parecían mucho a las de los murciélagos y, como tales, podían cerrarlas y envolver el cuerpo en ellas. Kael las acomodaba para que parecieran una camisa y muy pocos se daban cuenta porque el muchacho vestía de negro para camuflarlas. Pero cuando las desplegaba eran una maravilla. Aunque Kael todavía estaba a unos cuantos años de la mayoría de edad, sus alas eran las de un adulto. En el desierto era normal que los alados las utilizaran como sombra y bajo las del escudero podían refugiarse por lo menos cuatro aesirianos de talla normal.
Pero lo mejor de todo era que Kael no presumía de esto. Era listo y simpático, venía de una buena familia con honor, poder y dinero; el color de piel, el brillo de sus ojos, el cabello negrísimo y las facciones lo hacían un chico bastante guapo –más que Velmiar–, y sus enormes alas eran el atributo más codiciado por las mujeres del desierto. Además, tenía un increíble futuro por delante como escudero del próximo rey de las Arenas. Tenía todo lo que un hombre podía añorar y, aún así, era humilde. Por eso a Enlil le caía muy bien.
Pero Kael tenía otra particularidad capaz de sorprender a quien se percatara de ella y era una suerte que muy poca gente lo supiera. A Kael no le gustaba Istar. La trataba con cortesía, pero la detestaba. Enlil vio la primera chispa de repulsión cuando él y el pequeño escudero espiaron el desliz de la princesa. Kael siempre la resintió por eso y nunca fue capaz de perdonarla. Cuando Istar giraba, él no veía una flor bailarina ni escuchaba un sonajero en la brisa. Veía a una mujer sin agallas que no merecía al malhablado, poco inteligente y todo corazón de Velmiar. Veía la condena a un matrimonio infeliz y una vida miserable.
Veía a la destructora de un rey.
—Ya conocen a mi escudero, mi ahora no tan pequeño Kael —dijo Velmiar con afecto mientras acariciaba la cabeza del alado. El escudero se permitió una pequeña sonrisa de satisfacción mientras hacía una reverencia y saludaba a los Generales, a la vez que una onda de calidez disipó la tristeza en los ojos del príncipe. Pero el efecto fue breve—. Istar se negó a mis sugerencias de padrinos e impuso su elección. No es lo que yo deseaba, pero tampoco puedo quejarme. Cualquier otro padre mataría por la oportunidad de que sus hijos cuenten con la tutela del hombre que eligió mi esposa para el trabajo. Amo a mis hermanos, pero sé que mis hijos no estarán la mitad de bien en sus brazos que en los suyos, General Montag. Así que antes de que ella se lo diga, yo quiero pedírselo. —El príncipe se llevó una mano al pecho e hizo una reverencia profunda—. Por favor, cuide de mis hijos como si fueran suyos.
Por un momento nadie fue capaz de decir nada, ni siquiera cuando Velmiar se irguió de nuevo. Enlil tuvo que golpear a Sigfrid en el hombro, porque el General no pudo quitarse la expresión de incredulidad de la cara.
¿Disculpe? —preguntó Sigfrid con una ceja levantada.
—Istar lo eligió como padrino de sus hijos y creo que está bien.
«Ya me resigné», pensó en realidad. Enlil se apretó otra vez los labios y miró a su amigo. Sigfrid todavía no lo asimilaba, aunque no era algo difícil de creer. «No pueden estar juntos, pero aún así la princesa quiere que él sea el padre de sus hijos. De algún modo u otro». Y eso estaba muy bien, porque en realidad no había nadie más capacitado para cuidar a los príncipes que serían los portadores de los Dragones.
—No sé qué decir, Alteza —respondió Sigfrid con sinceridad.
—En realidad no me importa. Si te agrada la idea, bien. Si no, Istar te la meterá en la cabeza de una forma u otra. —Velmiar alzó los hombros, sin darse cuenta de lo grosero que era, y siguió—: Ahora solo queda una cosa por pedirte. Es lo que logré pellizcar a Istar: el nombramiento de los Guardianes Celestiales de nuestros hijos.
Velmiar tomó por sorpresa a los dos Generales, quienes intercambiaron una mirada confundida.
—Mi primogénito debe tener a alguien que yo elija.
—Alteza, el nombramiento de los Guardianes es responsabilidad del Emperador. Tiene que hablar con él, no con nosotros.
—Ya lo hice. Istar me dijo que si convencía a su padre, ella no objetaría nada. Y después de discutir con ella, hasta el Emperador es como un cordero manso en un lugar de una cabra testaruda. —Velmiar dio una palmada a su escudero y lo situó delante de Sigfrid—. Kael será el Guardián de mi heredero. Le ordeno, General Montag, que lo entrene.
Kael se giró horrorizado a Velmiar, porque a él también lo tomó por sorpresa. El muchacho abrió una y otra vez la boca, pero no encontró palabras para expresarse. Finalmente, alzó un puño y le dio un coscorrón al príncipe.
—¡Soy su escudero! ¡Se supone que tengo que hacerme cargo de usted!
Velmiar se dejó zarandear e incluso se carcajeó, a pesar de que Kael estaba cada vez más molesto. Enlil tuvo que separar al escudero del príncipe, porque en un punto temió que Kael lo matara a golpes.
—Es al revés —dijo Velmiar entre risas—. Yo soy el que se tiene que hacer cargo de ti y tú eres el que me tiene que escuchar. Así que quiero que abras las orejas y me prestes atención: cuidarás de mi heredero tal y como lo hiciste conmigo. No habría llegado tan lejos si me hubieran asignado a Soel o algún otro de tus hermanos. De no ser por tus consejos, me habría perdido en el camino hace mucho.
—Pero... —balbuceó Kael, con los ojos vidriosos—... ¿qué será de usted?
Velmiar le acarició otra vez la cabeza, como cuando el escudero era un niño pequeño. A Kael le dieron ganas de llorar y confesar. «¡Le dije que el hombro herido era el derecho! ¡No me equivoqué de lado, como usted pensó! ¡Siempre supe que era el izquierdo y deseé que el titán lo tumbara cuando lo considerara una amenaza! Si lo hubiera hecho, no habría ganado, no se habría casado con la princesa y yo no tendría que ser un Guardián. ¡Podría ser su escudero hasta el final de los tiempos!».
Pero se le hizo un nudo en la garganta, no pudo confesar lo que sentía y el príncipe le respondió:
—Ahora estaré casado. Ahora habrá alguien más haciéndose cargo de mí.

****

Los príncipes avanzaron en silencio a la pira funeraria y cada uno se quedó unos minutos arrodillado al lado, para enviar sus pensamientos al Emperador Hakwer. Istar y Velmiar avanzaron juntos, tomados de la mano. Ella vestida de negro, él de blanco. Istar colocó una rosa en las manos arrugadas de su padre, lo miró con algo parecido a la ternura, pero no lloró. Velmiar, por su parte, colocó una caracola al lado de su suegro y recitó un poema del Reino de las Arenas.
Mientras tanto, Kael hacía guardia junto a otros soldados a la entrada de la plaza de entrenamiento.
—¿Por qué de blanco? —escuchó murmurar a uno de sus compañeros—. ¡Qué irrespeto estar tan feliz por la muerte del Emperador!
—¡Shhh! —lo calló Kael—. En el desierto, el negro es el color de la muerte definitiva, del fin absoluto. Los colores claros, en cambio, simbolizan la vida, la resurrección, la victoria a la muerte. En un funeral, las personas visten de blanco para prometer al fallecido energía en los recuerdos, para que viva en ellos. Entre más blanco y puro se vista, más fuerza le dará.
Sigfrid sabía esto, así que le dio permiso a Kael de usar una cadena blanca con el uniforme para mostrar sus respetos al Emperador Hakwer aunque, por su parte, los Generales no vestían las tradicionales armaduras negras de un funeral. Tenían sus uniformes regulares, salvo las capas oscuras que se ajustaron en los hombros. «Es una despedida triste», pensó Kael, «porque en realidad nadie lo echará de menos. Sus hijos no lo lloran, los Generales apenas cumplen con el deber de aparecer en el funeral, pero ni siquiera se acercan a la pira para ofrecer sus respetos. Y toda esa gente no está aquí para despedir al Emperador, sino para darle la bienvenida al nuevo soberano».
Los cortesanos estaban acomodados en los balcones, mientras que los civiles esperaban a las afueras de Palacio. El Himno a los Muertos se oyó fuerte y claro, pero careció de la tristeza de un funeral. Kael sintió pena por Hakwer. No es que a él le cayera muy bien, pero no estaba de acuerdo con la indiferencia del ritual. Por la cara serie de Velmiar, que se había apartado junto a Istar a una esquina del cuadrilátero, supo que él pensaba lo mismo. «Quizá mi príncipe no es muy inteligente, pero sí muy sensible. Él tiene un buen corazón».
Luego los sacerdotes echaron los polvos de colores sobre el cuerpo y le prendieron fuego. Las llamas plateadas, doradas, verdes, fucsia y azules se alzaron. De nuevo sonó el Himno a los Muertos, pero acabó después de las primeras tres estrofas. En ese momento, el sacerdote principal de Masca se situó en medio de la plaza, de espaldas a la pira, y llamó a los mascalinos para que lloraran las últimas lágrimas por el Emperador Hakwer. Nadie lamentó mucho su partida y Kael supuso que los que moquearon fue por el humo. Pero el sacerdote se dio por satisfecho al escuchar unas cuantas narices anónimas y siguió adelante con el ritual.
El príncipe Kardan avanzó hacia él y se arrodilló delante del sacerdote. Otros clérigos se acercaron con una pileta de agua y dos cofres. El sacerdote recitó la fórmula para coronarlo. Kardan no se estremeció ni levantó la mirada cuando el hombre le echó el agua encima y le empapó la cabeza. A una instrucción, el príncipe extendió las manos y recibió Gungnir, la espada de los Emperadores. Y todavía agachado con humildad, recibió Draupnir, la corona de los Aesir. Desde donde Kael estaba no pudo verlo, pero supo que en ese momento unos pequeños trazos al rojo vivo marcaron el nombre del nuevo Emperador en Gungnir.
Cuando Kardan se levantó, el sacerdote, los príncipes, los Generales, los soldados y todos los mascalinos se arrodillaron.
—Salve el Emperador Kardan Aesir XXIII —entonaron juntos—. Salve el nuevo gobernante.


Kael esperó en una esquina mientras los príncipes saludaban al nuevo Emperador. Harald y Sin abrazaron a su hermano y, después de recibir lo que parecían las primeras órdenes, se marcharon sonrientes cada uno por su lado. Istar también felicitó a Kardan, pero este abrazo fue más largo y cariñoso. Velmiar se limitó a estrecharle la mano y a renovar los votos del Reino de las Arenas para el Imperio. Luego se marcharon, para dejar que otros cortesanos saludaran al Emperador.
Cuando Velmiar y su esposa se acercaron, Kael les cortó el paso y les hizo una reverencia.
—Mi más sentido pésame por su padre, Alteza —dijo con una mano en el corazón—. La arena cuenta el paso del tiempo, pero nunca será suficiente para contar las huellas que su padre dejó en nuestras vidas. —Istar sonrió y siguió la fórmula del desierto:
—Que las huellas no se borren en la arena ni en mi corazón. Muchas gracias, Kael. —El muchacho inclinó la cabeza y después miró a Velmiar. El príncipe aprobó la cadena de su antiguo escudero y le dio unas palmaditas cariñosas en la cara.
—¿Cómo va el entrenamiento con el General Montag?
—Muy bien, Alteza. Es un excelente instructor.
Kael le dio una sonrisa resplandeciente, pero por dentro se retortijó del dolor. ¡El puto entrenamiento de Sigfrid apestaba! Lo ponía hacer cada cosa que Kael también lo trataba para sus adentros como el Demonio Montag, pero tenía que admitir que había aprendido mucho con el General. Era una tortura y siempre tenía pesadillas, pero todos los soldados lo miraban con respeto y solemnidad por ser aprendiz de Sigfrid. «Los muy ingenuos hasta hacen fila para presentar una aplicación y entrenarse como Guardianes, sin saber la que les espera. Compadezco al idiota que se convertirá en mi compañero cuando el señor Montag seleccione a alguien al fin».
—Cuando tengas tiempo libre, búscame, Kael. Tal vez podamos tomar algo juntos. Hay un sitio en la avenida principal de la que he escuchado maravillas.
—¿Tomar? —Kael arqueó una ceja. Ya antes había salido a tomar con algunos compañeros soldados, pero no se imaginaba en un bar bebiendo con el hombre que lo consoló cuando era niño, el mismo que él admiró tanto de pequeño.
—Por supuesto. Eso es lo que hacen los amigos cuando se encuentran, Kael.
Velmiar e Istar se marcharon, pero Kael se quedó allí plantado mientras procesaba lo que sentía. Ya no era el escudero de Velmiar, sino su amigo. No era el niño que lo seguía en sus aventuras –¡pero cuánto mataría por serlo!–, ni el que lo regañaba por su falta de elegancia, ni el que le servía el vino en las fiestas o el que le recordaba responder las cartas. Era su compañero, su hermano, su camarada. Kael estaba seguro de que ninguno de los otros escuderos podía decir lo mismo que él. Estaba tan feliz y tan agradecido, pero también...
... tan triste. Velmiar e Istar se sostenían de la mano en público, caminaban juntos, incluso sonreían. Pero aunque se llevaban mejor que al principio, no eran nada más. Mientras se marchaban, Kael vio la forma descuidada en la que se sostenían. Entre ellos no había amor. Tal vez ni siquiera eran amigos. ¿A quién tendría Velmiar para hablar del matrimonio, del clima o de la cría de esfinges? Quizá a nadie. Quizá se sentía solo.
«Oh, Istar», pensó el antiguo escudero. «Qué sonrisa tan bonita tienes. Me gustaría hacerla todavía más agradable con un par de cortes en las mejillas, para ver si acaso reaccionas y te das cuenta del buen esposo que tienes. Todas las mujeres en el desierto matarían por estar con Velmiar, pero él tuvo que conformarse contigo. No eres lo suficientemente buena. No lo mereces».
Kael se preguntó cómo soportarían la intimidad. Lo más probable es que no la tuvieran. En veinte años de casados, no habían concebido un hijo. A Kael le ardieron los ojos al imaginar a Velmiar durmiendo en el suelo, porque tener habitaciones separadas habría puesto a la servidumbre a rumorear. O quizá cada uno tenía su lado de la cama y estaba prohibido cruzar una raya imaginaria.
«Pero por lo menos no siempre tienen que fingir. A veces la princesa se queda en Masca y el príncipe Velmiar puede regresar a Irem por su cuenta. Quizá incluso visita las expediciones de vez en cuando». Antes de que Velmiar se casara, se ganó la fama entre los arqueólogos por encontrar las ruinas de Myula. De seguro que su padre, el rey Alain Nareith, le permitía visitar esos descubrimientos de vez en cuando para que se olvidara de todo: el matrimonio con Istar, la ocasional expansión de la zona negra, las muertes de Nathniel y Calier, la frágil salud del rey de las Arenas...
«Iré a beber», se dijo. «Tomaré tanto que el príncipe tendrá que hacerse cargo de mí. Así olvidará por un momento a la bruja que tiene de esposa y las siete plagas que le cayeron encima cuando se casó con ella». Kael sabía que Istar no tenía la culpa de los peligros del desierto, que cobraron la vida de dos de los hermanos de Velmiar, pero aún así quiso culparla de todo lo que pudiera. «Será como antes, cuando solo tenía que hacerse cargo de mí y yo de él».


Kael permaneció inmóvil y en silencio, mientras el Emperador lo inspeccionaba. Kardan no era tan transparente como Velmiar, pero debió de estar satisfecho porque no arrugó la cara como si encontrara alguna deficiencia. Finalmente, el Emperador le pidió que plegara las alas y se pusiera de nuevo la camisa.
—No tienes quejas con la propuesta de Velmiar como Guardián, ¿cierto, Sigfrid?
—Ninguna, Majestad —respondió el General—. Cumple con mis requisitos.
—Y aunque los míos no son tan estrictos como los de Sig, también los cumple —lo secundó Enlil—. Me parece que lo mejor es buscar también al siguiente Guardián en el desierto. Aunque a la princesa Istar no le hará ni pizca de gracia, los hijos del próximo rey de las Arenas deben criarse en el desierto y cumplir con las tradiciones del otro continente. Un Guardián de las Arenas es más apropiado para cuidarlos y entrenarlos en las guarderías, además de que la gente del desierto lo apreciará.
—Dada la situación actual con el País de Hielo, creo que es lo más sabio —aprobó Sigfrid—. A pesar de las condiciones hostiles de las Arenas, allí hay más soldados que en el continente principal. El rey Alain cederá con gusto un buen número de oficiales a nuestras tropas, a cambio de que el desierto tenga el honor de criar a los Dragones.
El Emperador asintió, pero no dijo nada. Kael supo que Enlil y Sigfrid nunca le dieron consejo a Hakwer, pero quizá el viejo monarca nunca escuchó a nadie más que a él mismo. Este, en cambio, era diferente. Desde príncipe escuchaba las opiniones de los Generales y, a partir de ellas, hacía propuestas interesantes e innovadoras. Era de esperarse que como Emperador fuera igual o mejor.
—Kael —lo llamó Kardan—. He escuchado que la salud del rey Alain es frágil. Por favor, no me creas desconsiderado ni insensible, pero necesito que me digas con sinceridad si Velmiar tomará pronto el Trono de las Arenas o no.
El rey Alain tenía pulmones de arena, como solía decirse en el desierto. Desde pequeño le costaba mucho respirar y siempre tuvo una tos estentórea horrible. Una historia decía que los niñeros de su guardería creyeron que moriría en la prueba de los quince por deshidratación, pero él sobrevivió. También creyeron que llegaría a los treinta años sin sufrir una transformación, pero resultó ser un hambriento voraz. Y cuando cumplió la mayoría de edad y se convirtió en patrullero, lo despidieron con lágrimas porque creyeron que de todas formas moriría.
Él no tenía los pulmones más fuertes, pero sí la voluntad más firme de los príncipes de su época. Todos sus hermanos, los mayores y los menores, murieron por una u otra razón en el desierto, pero él no. Fue el único sobreviviente de su padre y el que heredó el Trono. Enterró a hermanos e hijos más fuertes que él, pero el rey seguía en pie, gobernando. Sí, su salud siempre era frágil, su vida parecía estar siempre en peligro, pero nadie en el desierto dudaba que Alain estaría a la cabeza de Irem por muchos años más.
—Me alegro —dijo el Emperador cuando Kael se lo explicó—. Quiero contar con él cuando al fin el primer hijo de Istar nazca. —Había algo en la cara de Kardan que hizo creer al antiguo escudero que el Emperador ya tenía planes para la tan esperada fecha—. Puedes retirarte, Kael. Tómate el resto de la tarde libre. Mantendré a Sigfrid muy ocupado, así que no tienes que preocuparte por él.
Kael hizo una reverencia y salió, aunque apenas pudo contener una sonrisa y por dentro sintió mil tambores emocionados en lugar del corazón. ¡Una tarde sin el Demonio Montag era todo un tesoro! Pero antes de que la puerta se cerrara tras él, escuchó:
—La época de los Dragones ya viene. Quiero a los profetas devuelta, para controlarlos...
Y la puerta se cerró. Kael miró la puertilla camuflada que escondía la entrada al estudio del Emperador, sin saber muy bien qué acababa de escuchar. No debió haberlo hecho, no era correcto, era una imprudencia. Pero... «... para controlarlos...». ¿A quiénes? ¿A los profetas? ¿A los Dragones? ¿A los hijos de Velmiar?
—No —murmuró el mago alado—. Serían los hijos de su hermana, sus sobrinos. Nunca les haría daño, nunca los controlaría. Escuché cosas, escuché mal. En realidad, no escuché nada.
Así que dio media vuelta y se preparó para buscar a Velmiar. Bebería con su amigo como nunca en la vida. Solo se daría cuenta muchos años después de que, luego de esa primera entrevista con el recién ungido Emperador Kardan, nunca más volvió a ver la corona Draupnir.

"Los Hijos de Aesir: El Reino de las Arenas" © 2012-2014. Ángela Arias Molina

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No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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