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Capítulo 14

14
PROMESA DE ARENA

—¿Señor?
Velmiar dio un salto en su sitio y se giró con cara de espanto. «Está haciendo algo indebido», supo Kael de inmediato. Vio el bozal que el príncipe sostenía en las manos y luego a la esfinge macho que desataba. La bestia era Niké, el orgullo de Jaliar.
Ese príncipe, además de demostrar su agudeza en la estrategia militar –con lo que ganó así el puesto como rector de la Academia de las Arenas y vigía de las islas del sur–, se hizo famoso en el Reino por su pasión por la crianza de esfinges. Las suyas eran las criaturas aladas más fantásticas del desierto, porque eran las más fuertes y resistentes. Y de todas, Niké era la mejor. Con su gran tamaño y pelaje negro, parecía durante el día un roc en las alturas y en la noche era ideal para ataques sorpresa. Cuando rugía, las demás esfinges temblaban; y cuando volaba, parecía que el viento era hijo suyo. Niké Alas de Dragón, solían decirle, porque triplicaba la velocidad de los de su especie y volaba con la dignidad de un dragón. Hasta se sospechaba que podía ser tan o más rápido que los cuervos mensajeros.
—Kael —dijo al fin Velmiar, incómodo—. Q-¿qué estás haciendo aquí? ¿No se supone que estás en una formación especial o no sé qué? —El alado se cruzó de brazos.
—Busco al príncipe Adad. Está asustado.
Kael sintió el corazón del pequeño príncipe. Adad estaba muerto del miedo y tenía unas ganas terribles de llorar, pero se contenía. Las emociones del niño eran tan fuertes que Kael ya había accionado varias trampas para vanirianos y hecho que algunos de sus compañeros resultaran heridos. Durante los primeros dos ataques a Koraneith –una ciudad que representaba la primera barrera militar que los vanirianos deberían derribar si querían llegar a Irem desde el este–, repelió a los vanirianos con unos hechizos tan sobrecargados que las esfinges se horrorizaron y rompieron una formación que casi cuesta la victoria a los aesirianos. Estaba tan desconcentrado por su vínculo con Adad que Hundrian, que era el comandante en Koraneith, le ordenó largarse y tranquilizar al niño.
—Lo último que necesitamos es que tú nos mates por una metida de pata o que Adad genere un desbalance del puro miedo —le dijo el príncipe con su usual mal humor.
Así que fue a buscarlo, pero se sorprendió cuando el enlace mágico que los unía le dijo que Adad estaba en el establo de esfinges, en lugar del palacio de Irem.
—Es tarde —dijo Kael— y el príncipe debería estar en cama. Es poco más de medianoche.
Quizá ahora su papel era Guardián del portador de un Dragón, pero todavía se sentía el escudero de Velmiar. Y como tal, todavía lo leía como si fuera un libro. El príncipe se mordió los labios y entrecerró los ojos por cosa de un instante, pero eso fue suficiente para Kael. «Me va a mentir».
—No quería toparme contigo en este momento, pero me parece que no hay más remedio. —Velmiar tenía un maletín colgado del hombro y de ahí sacó un pergamino con una cinta azul—. Es una misión secreta que no debería saber nadie, pero contigo puedo hacer una excepción...
Velmiar siguió hablando mientras Kael desenrollaba el pergamino. Era una orden de Sigfrid que decía que los príncipes buscarían un refugio secreto del que nadie debía saber nada. El General también ordenaba prestarle a Velmiar, Istar y Adad toda la ayuda que necesitaran, sin hacer preguntas. Era la letra de Sigfrid, la firma y sello, pero Kael no era ningún idiota.
Quizá, si él no conociera tan bien a Velmiar, le habría creído. Pero se sabía al dedillo las expresiones del príncipe, cuándo tenía miedo, cuándo dolor, cuándo mentía o cuándo era sincero. Velmiar le ocultaba algo y Sigfrid por nada del mundo pondría a Istar en manos del príncipe. Entre el General y el heredero de las Arenas no había cariño, pero sí respeto. Independientemente de lo que pensara Sigfrid de Velmiar como esposo, lo reconocía como príncipe; y Velmiar confiaba en las habilidades del General a tal grado que le encargó el entrenamiento del pequeño escudero al que amaba como a un hermanito.
Pero no pensaban en Istar de la misma forma. Sigfrid prefería la seguridad de la princesa por encima de Adad o la bebé que venía en camino, mientras que Velmiar le daba prioridad a sus hijos. Por esa razón, eran capaces de llegar a conclusiones diferentes sobre lo que tenía que hacerse ese día para asegurar el feliz nacimiento de la princesita.
Además...
Quizá era imaginación suya, pero algo había cambiado entre Istar y Sigfrid. Ya que era Guardián de Adad, tenía que pasar mucho tiempo con la madre y notaba lo tensa que se ponía cuando el General estaba con ella. Más aún, notaba los silencios incómodos, las respuestas secas y cortantes y, sobre todo, los ojos acusadores de Istar cuando veían a Sigfrid. Los ojos que antes se iluminaban al verlo y que lo miraban con devoción y cariño, ya no estaban allí. Ahora estaban teñidos de enojo, decepción, tristeza y rencor.
Dereck le había dicho a Kael que eran imaginaciones suyas, que Sigfrid e Istar eran siempre corteses el uno con el otro, y que si notaba algún tipo de tensión era porque el viaje a Irem –donde debía nacer la pequeña Allena– era largo y cansado, mientras que el parto estaba cada vez más cerca. Claro que eso generaría estrés.
Pero la cortesía que veía Dereck, a Kael le parecía una farsa como la de Istar y Velmiar cuando se sostuvieron la mano en el funeral de Hakwer. «El General y la princesa han peleado», comprendió el Guardián. Y a raíz de esa pelea, Velmiar e Istar se unieron. No se amaban como esposos, pero ya no fingían. Por lo menos eran amigos. A simple vista, parecía que sus conversaciones eran pláticas cariñosas sobre la niña a la que esperaban con ansias, pero Kael nunca se pudo quitar la sensación de que planeaban algo.
Ahora que pescaba a Velmiar en un establo, en lugar de las habitaciones de alta seguridad en el palacio, se daba cuenta de qué era. «Planeaban huir. Sé que si sigo la sensación del vínculo, encontraré al príncipe Adad junto a la princesa Istar, que le dirá que todo está bien, que confíe en sus papás y que sea fuerte por su Allena. Simplemente sé que así es».
Por la cara que puso Velmiar, también se dio cuenta de que él supo que Kael no le creyó. Aunque los puestos cambiaran, ellos siempre serían príncipe y escudero, ejemplo a seguir y súbdito que proteger. Amigos.
La norma decía que lo correcto era que Kael diera la alerta, que detuviera el escape, separara a Adad de los príncipes y pusiera una guardia con Istar para que no intentara marcharse justo cuando faltaba tan poco para el nacimiento. Debía decirle «Sé que me miente, Alteza. Sé que esta carta es una farsa y que usted conoce a cierto arqueólogo gordinflón con un insospechado talento para copiar letras. Así que debo detenerlo bajo los cargos de falsificación de documentos y traición. Porque llevarse a los príncipes portadores es alta traición al Imperio». Era lo correcto... según la norma.
Pero en lugar de ello, enrolló el pergamino y lo guardó en el bolsillo.
—Entonces, ¿en qué puedo ayudarlo, señor?
Velmiar lo miró con los ojos vidriosos y abiertos de par en par. Por un momento, Kael pensó que el príncipe lloraría, pero Velmiar sonrió y bajó la mirada. «Sé que me miente, sé que pretende escapar, sé que me meteré en problemas cuando el General se dé cuenta de que los ayudé... y mi príncipe lo sabe. Velmiar sabe que no le he creído, pero que aún así le serviré. Como siempre».
—Ayúdame a sacar a Niké sin que nadie nos vea.
Al príncipe Jaliar le daría un ataque cuando se diera cuenta de que le robaron su bellísima esfinge. Pero cuando se percatara de que fue Velmiar, rezaría para que la criatura fuera de utilidad para su hermano.
Kael ayudó a sacar a Niké. La criatura parecía hecha de noche, por lo que a veces daba la impresión de que nada sostenía la carpa que surcaba el oscuro cielo. Kael también tranquilizó a Adad, le dio ánimos, le prometió que los alcanzaría antes de que la princesa naciera y que todo estaría bien. Los acompañó hasta el puerto en donde Niké haría la última parada antes de volar hasta el cansancio e incluso le tomó la mano a Istar para que la apretara durante una contracción.
—Adad, mira esto —lo llamó Velmiar—. Los testigos nos vigilarán también desde el mar.
El príncipe entró a la tienda para llevar a Adad a la melena de Niké, desde donde verían el reflejo de las estrellas en el mar. Kael e Istar permanecieron juntos unos minutos, en los que la princesa casi le tritura los dedos, pero el Guardián no sintió el dolor. Con la mano libre frotó el vientre de la mujer y murmuró unos versos en la lengua del desierto, hasta que al fin el dolor se calmó.
—Gracias —suspiró Istar—. A ella le gusta tu voz.
—Usted no me agrada —soltó al fin el Guardián.
Era hora de poner todo en orden. Apartó la mano del vientre y miró a Istar a los ojos sin parpadear. Al principio la princesa pareció sorprendida por lo que escuchó, pero al final le dedicó una sonrisa triste e increíblemente hermosa.
—Lo sé. Nunca te he caído bien. ¿Es porque me casé con tu príncipe?
—No. —Lo dijo con firmeza, sin miedo a las consecuencias—. Porque se casó sin amarlo. Porque él no merece la locura que está haciendo ahora por usted. Porque está enamorada del General.
Istar se sonrojó, como solo ella sabía hacerlo, cuando escuchó la parte de Sigfrid, pero tuvo la decencia de no negarlo.
—Él no está haciendo esto por mí. Lo hace por ellos —explicó la princesa mientras se frotaba el vientre—. Tal y como tú no me sostienes la mano por mí, sino por Allena, Adad y Velmiar.
—Es un buen hombre —insistió Kael.
—Lo sé. Tú también lo eres.
El alado siempre imaginó que de enfrentar algún día a Istar, lo haría encolerizado. Siempre creyó que la obligaría a arrepentirse de dañar a Velmiar y que la haría prometer entre lágrimas que amaría al príncipe como él se lo merecía. Pero en ese momento todo lo que pudo hacer fue asentir, sin sentir la pizca de furia que le guardó por tantos años.
Solo asintió con tristeza, con anhelo y con algo parecido al perdón. ¿La había perdonado? ¿Después de todos esos años guardándole rencor, la había perdonado así nomás? «Algo no está bien», se dijo el Guardián. «La razón por la que la perdono es... porque sé que nunca más la volveré a ver». Y de ser así, no quería odiar por más años y sin descanso. Estaba harto de ello.
En ese momento, Adad entró corriendo a la tienda y le contó a su mamá lo bonitas que se veían las estrellas en el mar, como si el agua fuera un segundo cielo. Luego el niño pegó la oreja al estómago de Istar y recitó el mismo poema que Kael había utilizado antes para minimizar el dolor de las contracciones. «Pronto nacerá. ¿Llegarán a tiempo a donde sea que vayan?».
Vio a Istar. La princesa lo miró con la expresión triste de antes, pero también con algo que Kael entendió con facilidad. «Hemos hecho las paces». Ella también sabía que era la última vez que se verían y no quería remordimientos ni rencores. El alado salió de la tienda sin una sola palabra, con la mente entumecida. Cuando alcanzó a Velmiar en la melena, Niké hacía el descenso para descansar cerca del puerto, en un lugar donde nadie los vería por unos minutos de descanso.
Kael se dejó caer despacio con la esfinge, con la mirada fija en la espalda de Velmiar.
—¿Dónde está su catalejo, señor? —Velmiar giró el cuello para verlo y le sonrió también con tristeza.
—Se lo di a Merkaid. Él... también sabía lo que estaba haciendo.
Kael asintió. Merkaid era uno de los príncipes más sensibles, porque sabía ponerse en los zapatos de otras personas. Hundrian, Remiak, Morak y los demás habrían detenido a Velmiar para que no escapara en estas circunstancias, pero Merkaid y Kael eran los únicos que lo dejarían marcharse sin mayores explicaciones. Kael no tenía ni idea de por qué los príncipes huían, pero no necesitaba razones para ayudar a un amigo. Con Merkaid debía de ser algo similar. Él no necesitaba justificaciones para confiar en el hermano mayor que lo arrulló sin ninguna vergüenza en la reunión de cortejo.
—Nunca te dije cuál fue el único acuerdo al que llegamos Istar y yo en la vida, ¿verdad? —Kael lo pensó, pero no recordó nada al respecto—. Los nombres de nuestros hijos. Ella los eligió a los once años. Adad significa «dios de la tormenta» y es un nombre original del desierto. Sakti Allena significa «poder» y «belleza», y es el nombre de la Virtuosa que construyó las ruinas que tanto amo. No podía estar más de acuerdo con esos nombres. Y ahora estamos haciendo esto... El futuro de nuestros pequeños es el segundo acierto de nuestro matrimonio.
Kael comprendió que Velmiar quería explicarle lo que sucedía antes de despedirse de él. El príncipe, que iba sentado entre la melena, se levantó sin temor a caer y avanzó hacia su amigo. Fue cuando el príncipe le secó las mejillas que el alado se dio cuenta de lo asustado que estaba.
—Por favor, no se vaya —le suplicó con voz temblorosa—. El príncipe Adad tiene miedo, cree que es una mala idea. Lo puedo sentir. Debe hacerle caso, por favor. Deténgase ahora. Regrese conmigo a Irem.
Pero en realidad, el miedo era suyo. Quizá Adad estaba nervioso porque sintió el temor de su Guardián a través del vínculo mágico. Quizá durante todo ese tiempo Kael había buscado al pequeño príncipe no para consolarlo, sino para recibir consuelo de él.
—La Profecía significa el sacrificio de mis hijos, Kael. Significa que el niñito que es mi heredero y la bebé que viene en camino deberán morir. ¿Tú también lanzarías a la muerte a mi pequeño Adad?
Kael se estremeció al imaginar a su protegido muerto. No, no podría hacerlo. ¡Amaba tanto a ese niño! Siempre pensaba en cómo cuidarlo, educarlo y hacerlo más valiente. La vida se le iba en él, porque no había día en el que no se asegurara de que el chico comía, dormía y jugaba como debía hacerlo. Cada vez que pillaba un resfrío y se raspaba la rodilla, Kael necesitaba asegurarse de que se pondría bien o de lo contrario él mismo se enfermaría. A veces se preguntaba si Sigfrid sentía lo mismo por Istar debido al enlace entre un Guardián y su protegido, pero el alado también se decía que, de no ser Guardián de Adad, igual lo querría como al mundo y cuidaría de él con devoción.
Tal y como Velmiar cuidó a su escudero.
—Todos debemos morir —dijo Velmiar con solemnidad—, pero, mientras esté en mi poder, no dejaré que mis hijos mueran como Kardan pretende. Inmolados, controlados, traicionados. Si alguna vez me amaste, Kael, debes prometerme que impedirás que le pongan las manos encima. ¿Lo harás por mí? ¿Les darás pistas falsas para que no los encuentren y utilicen? ¿Me lo prometes?

«La época de los Dragones ya viene. Quiero a los profetas devuelta, para controlarlos...».

Las palabras que escuchó hace mucho tiempo regresaron a su mente. Kael quiso decirle que se equivocaba, que el Emperador nunca traicionaría a los Dragones y que cuando llegara la Profecía sería un día feliz; no una despedida teñida de muerte. Pero no pudo decirlo porque ya no lo creía.
—Serviré a Adad siempre —prometió—. Y también a la pequeña Allena, de una forma u otra. Lo juro por el amor que les tengo, por mi vida, mi nombre, mi honor, mi familia, mi país. Lo juro por el Reino de las Arenas.
Después recibió el regalo de despedida más sincero que podía esperar de Velmiar: un abrazo. «Nunca más lo voy a ver», pensó desesperado y se aferró a él como un niño a su hermano. Pero cuando llegó el momento de separarse, lo dejó ir.
Niké alzó el vuelo y Kael vio a la esfinge marcharse silenciosa y oscura como la noche. En menos de cinco minutos, la criatura ya estaba fuera de vista, pero a Kael le dio la impresión de que él se quedó allí durante horas. ¿Hizo lo correcto? Según la norma, no, pero... hizo lo que Velmiar esperaba de él y eso era más que suficiente.
Voló rumbo a Irem, a pesar de que supo que sin Niké le tomaría muchísimo tiempo llegar a la capital de las Arenas. A lo mejor Dereck y Sigfrid ya lo echaban de menos, atarían cabos cuando se percataran del escape de los príncipes y lo implicarían a él. Pero a lo mejor el ataque de los vanirianos era ya tan fuerte que cada uno estaba ocupado en lo suyo.
De seguro ya alguien debió de notar que Istar y los demás habían desaparecido, pero, como el despliegue de fuerzas vanirianas era tan intimidante, Sigfrid y los príncipes tendrían la mente ocupada en la estrategia militar y no en el paradero de una mujer que –según daban por sentado– debía de estar a salvo en el cuarto de parto de palacio.
Ahora tenía que asegurarse de que nadie siguiera a los príncipes. Tenía que atrasar la partida de búsqueda y borrar evidencia de la falsificación de documentos de Velmiar. Tenía que destruir la oficina de Sigfrid y el sello del General para que a nadie se le ocurriera compararlo después con los de las cartas falsas que llevaba Velmiar consigo.
Así se aseguraría de cumplir su promesa a su príncipe, mentor, hermano y amigo.

"Los Hijos de Aesir: El Reino de las Arenas" © 2012-2014. Ángela Arias Molina

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