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Alas para el futuro

ALAS PARA EL FUTURO



Pero todo salió mal. Por más que borró las pistas, Sigfrid no tardó en descubrir que Velmiar escapaba rumbo al continente principal. El General ni siquiera parpadeó cuando vio que Niké Alas de Dragón no estaba en el establo, sino que se limitó a viajar al otro lado del mundo con esfinges y con los cuervos mensajeros, además de aprovecharse de los buques de guerra que estaban repartidos por el océano, en donde Huginn y Munnin descansaban cuando les faltaban fuerzas.
Temió que Sigfrid le pidiera acompañarlos en la cacería de los fugitivos, pero el General debió de notar que algo no estaba bien con Kael. ¿Sospechó que los ayudó a huir? ¿O acaso lo vio con los nervios tan destrozados que lo excluyó para que no estorbara? Sigfrid nunca se lo explicó y él nunca preguntó porque todos querían olvidar lo que sucedió ese día.
Velmiar murió, Istar también. El mundo perdió a la única aesiriana con el poder de la sanación y el Reino de las Arenas perdió a su heredero. El rey Alain Nareith siguió a la cabeza del desierto unos años más, pero nunca fue el mismo. Fue como si Velmiar se llevara a la tumba la fuerza de voluntad que le permitió a su padre sobrevivir a pesar de los pulmones de arena.
Cuando el rey se retiró unos años después, su espíritu y mentes estaban deshechos. En los días en los que estaba bien, miraba el desierto desde el balcón de su habitación en espera de que Niké apareciera en el cielo y le trajera de regreso a Velmiar, Adad y la pequeña Sakti. Si no miraba el reino, estaba ocupado en el jardín que su hijo sembró para la princesa de Masca y las Arenas.
Pero los demás días –que eran los más comunes– creía que era la víspera del nacimiento de su nieta y gritaba a todos los sirvientes para que se movieran y tomaran posiciones de defensa para proteger a Istar de los ataques vanirianos.
Como hermano que seguía a Velmiar, Hundrian tomó el lugar a la cabeza del Reino de las Arenas como regente, a la espera de que Adad regresara algún día a gobernar con derecho. Los años pasaron. Nuevos príncipes nacieron y tomaron sus puestos como patrulleros, el viejo rey murió y la invasión vaniriana ganó terreno en el desierto.
Mientras tanto, Adad permaneció en el otro continente, joven y solitario, perdido sin su hermana. Kael no pudo protegerlo de los vanirianos, de la muerte de sus padres o del control que Velmiar tanto temió, pero cumplió su promesa lo mejor que pudo.
Lo consoló cuando necesitó aliento. Lo animó cuando parecía que nada tenía solución. Le recordó la fortaleza y el espíritu vivo de su padre y sí, también la bondad de Istar cada vez que trataba a los enfermos.
Cuando Adad ya no pudo esperar más por Sakti, Kael rompió de nuevo la norma, lo ayudó a escapar de Masca y se coló en el ejército de Sigfrid que buscaría a la princesa en la hostil región Oeste del continente principal.
Sacrificó lo que más amaba de sí mismo para servir a Adad. Sacrificó las alas que le dieron sombra a Velmiar en el asfixiante desierto, las alas que acariciaban el cielo en cada vuelo, las que le permitían dejar los problemas en la tierra y volar en los recuerdos preciados de los días antes de Istar y la Profecía, cuando todo era más sencillo.
La mutilación lo tomó por sorpresa, pero la aceptó porque se lo debía a Velmiar y a Adad. Pudo haber salvado a Velmiar si lo hubiese detenido, pero no lo hizo. Pudo al menos darle al pequeño Adad la hermanita que tanto quería si se hubiese armado de valor, seguido a Sigfrid en la cacería de los fugitivos e intervenido para que no dejara a la recién nacida en un punto perdido del mapa. Pero no tuvo las agallas.
Él no era el Guardián de Sakti, pero también la amaba porque cuando la conoció era una niñita frágil y asustada, como él cuando Velmiar se fue. Y claro, porque no se parecía en nada a Istar y guardaba muchos parecidos con su padre.
«¿Pero ahora eso qué importa?», se preguntó. «No pude salvar a Velmiar, no puedo seguir a Adad y ni siquiera la puedo encontrar a ella en este sitio, donde no me faltan las alas para avanzar. Los vanirianos me encontraron y...».
Se detuvo. No. No lo habían matado. Los reptiles bípedos, la mano invisible, los cables, la voz...
Sujeto de experimentación consciente, dijo una voz femenina en su cabeza. Resultado del experimento: positivo, prótesis biológicas insertadas. Conclusiones: la operación es posible pero requiere mucha energía. Edén no tiene suficiente para hacer más intervenciones quirúrgicas. De momento, esta será la última.
Kael parpadeó. No supo en dónde estaba. Todo le dio vueltas y no pudo levantarse. Y la espalda... ¡Dios, la espalda le pesaba tanto, como si tuviera toneladas de escombros encima! Movió los dedos y sintió el piso para asegurarse de que era firme. El frío tacto del mármol le recordó que estaba en las ruinas. Kael se levantó despacio, confundido sobre qué hacía allí, qué había pasado, por qué la espalda le pesaba tanto…
Muévete de una vez, rezongó la voz. Espabílate, sujeto de experimentación. Mis servicios no son gratuitos.
Kael miró hacia uno y otro lado en busca de la mujer, pero no vio a nadie. Sin embargo, cuando giró el cuello al fin notó por qué le pesaba la espalda. Al principio no lo pudo creer y tuvo que pellizcarse. No sería la primera vez que soñaba con algo similar. Los sueños podían ser crueles, como las palabras «mutilado» y «fracaso».
—M-¿mis alas? —preguntó mientras acariciaba una pluma negra.
No, no lo eran. Los Del Varten tenían alas semejantes a las de un murciélago. Pero esas alas se parecían a las de la fallecida Doncella Katherine, la hija del príncipe Cornith, que renunció a sus derechos en el desierto para permanecer en el continente principal junto a la Doncella de Kerveinsen de la que se enamoró. Las alas de Katherine fueron grandes y blanquísimas, como espuma de mar. Las de Kael eran ahora grandes como las de un roc y negras como Niké.
«¿Así se sienten los pájaros?», pensó. El peso debía de ser por las plumas. ¿Cómo podían las aves levantar el vuelo con semejante carga? Despacio y con torpeza, como si llevara días sin moverse, se levantó. Necesitó apoyarse en la pared para no caerse de nuevo. Después de unos segundos recuperó la estabilidad y se sintió fuerte.
El sitio donde estaba era lo bastante amplio como para extender las alas. Primero abrió una y después la otra. Cuando las tuvo desplegadas como las de un águila, se sintió majestuoso e imponente como una mantícora, una esfinge, un roc.
Como un dragón.
Vuela, ordenó la voz. Ve a la superficie, por encima del sector C. Podrías ser de utilidad para cierto traidor. Yo te guiaré.
Kael no supo lo que quiso decir la voz, pero obedeció. Sintió impulsos en el cuerpo, como si la estructura se sincronizara con él. Supo entonces cómo manejar esas pesadas, magníficas y bellas alas. Voló por el pasillo, siguió la ruta mental que le dibujó la mujer sincronizada y salió a la superficie. Tenía una misión de rescate por ejecutar.
Y después...
Después podría seguir con la promesa que le hizo a Velmiar. Tenía de nuevo alas para luchar y sacrificar todo lo que era por los hijos que su amigo le encomendó.


"Los Hijos de Aesir: El Reino de las Arenas" © 2012-2017. Ángela Arias Molina

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