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Capítulo 15

15
VIRTUOSAS

Sakti corrió la puerta y entró al compartimiento. Dill todavía dormía con los brazos cruzados sobre el pecho y con la cabeza recostada al respaldar del asiento. Las piernas estaban estiradas sobre el suelo, de manera que Sakti no podía pasarles por encima sin despertarlo. Si la muchacha tuviera intenciones de escaparse de él, tendría que buscar otra salida o enfrentársele.
Pero Sakti no tenía ganas de recurrir a la última opción, porque, si bien ya podía mantenerse en pie, había algo en ese muchacho que le impedía retarlo. No era miedo o gratitud, sino curiosidad. Dill tenía algo que la intrigaba. ¿Sería el carácter? Era muy serio, no sabía hacer bromas –o al menos alguna que Sakti creyera graciosa– y, además, era un sicario. La consideraba patética y decía que si por él fuera la abandonaría en las ruinas. Sakti le creía porque ya lo había hecho antes, en las otras ocasiones que se encontraron. Pero, aún así, le había frotado la espalda para ayudarla a soportar el dolor de la inyección. También le prestó una mudada nueva y le dio, por las buenas, parte de las raciones. Nadie lo obligó.
Pero no, no era el carácter lo que llamó la atención a Sakti, sino su apariencia. El chico era fuerte, pero la cara de niña lo hacía ver muy frágil. Era un rostro imposible de olvidar por único, y aún así ella creía haberlo visto antes –no en el bosque del Oeste ni el Pantano–, pero no podía ubicarlo.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó Dill con los ojos cerrados. Sakti no se asustó ni dejó de mirarlo; ni siquiera arqueó una ceja al descubrir que el muchacho estaba despierto—. Pensé que eras distinta a las demás chicas. Todas se me quedan viendo de la misma manera.
—Lo más probable es que sea envidia —dijo ella mientras abría una ventana. El aire entró al vagón y le revolvió el cabello, pero ella no cerró los ojos. Lanzó la ropa ensangrentada y, antes de que desapareciera, chascó los dedos. Una llamarada cubrió la ropa y la convirtió en cenizas casi al instante—. Eres más bonito que una niña.
Sakti cerró la ventana y se dirigió al lado del sicario, con ganas de tomar un traguito de agua fresca. Pero se detuvo al ver que el muchacho la veía con los ojos abiertos de par en par y con las mejillas arreboladas.
—No soy una niña —dijo él entre dientes.
—Nunca dije que lo fueras —contestó ella mientras buscaba la cantimplora—. Solo que pareces una.
Dill la fulminó con la mirada y acarició las dagas que le colgaban en el cinturón, pero Sakti ignoró la amenaza y bebió con calma. Luego permanecieron en silencio, sin prestarse atención. Ambos miraron la sucesión de paredes y estaciones que pasaban volando junto a las ventanas. Pared, pared, pared, pared, pared, pared, estación –luz verde–, pared, pared, pared, pared, pared, pared, estación –luz roja–, pared, pared, pared, pared, pared, pared, estación –luz amarilla–, pared, pared, pared, pared, pared, pared, estación –luz verde–.
—Estamos dando vueltas en círculos —observó Dill.
—Desde hace rato —comentó la muchacha.
Ya lo había notado. Al principio pensó que los puntos de colores que veía en cada estación seguían un patrón, pero luego notó que formaban números en aesiriano antiguo. Y los números, al igual que el color de las luces, eran siempre los mismos. Sakti sospechó que la sincronización estaba modificando la estructura de las ruinas –había notado algunos cambios en las paredes del túnel– y que por ello los mantenía encerrados en el tren. Lo cual era muy lógico, algo que la misma Sakti hubiera hecho si fuese ella la sincronizada. Porque si el tren se detenía para ahorrar energía, entonces los dos «prisioneros» escaparían del vehículo y buscarían una salida de las ruinas.
La mujer sincronizada debía de saber que la princesa no tenía ni el más mínimo interés en conocerla, porque había algo en esa energía que a Sakti no le gustaba nada. No solo era magia más fuerte que la suya, sino que también tenía una naturaleza… peculiar. Era algo tan fuerte que Sakti se preguntó por qué no provocaba ningún desbalance en el mundo.
Porque ese era el álgebra de la magia: mucho poder de una naturaleza negativa o positiva en un solo individuo, es igual a un desbalance. Adad creó uno al nacer, Sakti sabía que ella hizo otro tanto pero, con dos Dragones en lugar de uno solo, el mundo recuperó un poco de equilibrio. Luego reapareció Sigurd, que afectó paulatinamente el balance con su apetito por almas. Pero cuando Sakti lo derrotó, sintió que la estabilidad se restauró un poco.
Con la energía en las ruinas, Sakti no percibía ningún desbalance. Era como si esa gran cantidad de magia tuviera un valor neutro, como si fuera igual a cero, aunque no era así. Sakti no lo podía comprender.
—Entonces, ¿siempre eres así de callada? —La chica se sobresaltó cuando escuchó a Dill hablándole al oído. No se había dado cuenta, pero en algún momento el muchacho había sacado un pequeño trozo de papel y una pluma portátil.
—Si no hay nada de qué hablar, sí —respondió ella.
—Ah. —Dill garabateó algo sobre el papel, y Sakti no pudo evitar echar una miradita: era la lista. Dill la había escrito de nuevo y ahora, junto al nombre de Sakti, decía esto:

-      Princesa Sakti Allena Aesir II (Callada, buena rehén. Considerar).

—¿No vas a hacer ningún comentario al respecto? —preguntó el muchacho, dejando el papel al descubierto para que se secara la tinta—. Una de las Doncellas a las que maté no dejó de chillar y preguntarme qué haría con ella y para qué era esta lista. Por supuesto que tú no eres tonta y sabes para qué es, pero ¿no tienes nada que decir al respecto?
—No.
—¿Ni siquiera porque ahora sí estoy considerando secuestrarte?
—Lo que planees ahora no me importa —contestó ella—. Tal vez no te has dado cuenta, pero hay una razón por la que los vanirianos me quieren muerta y no es porque soy princesa del país enemigo. Es porque si no tienen ellos mi cabeza, yo les cortaré la suya primero. Quizá quieras considerar eso antes de hacer planes que involucren atraparme, porque puedes estar seguro de que te daré batalla. —Dill sacudió un poco la pluma y escribió:

-      Princesa Sakti Allena Aesir II (Callada, buena rehén. Considerar). Impertinente si se le da la oportunidad.

—Los vanirianos no quieren tu cabeza. Quieren tu poder.
—Es lo mismo.
—No, no es lo mismo. —Dill guardó la pluma en un bolsillo de la gabardina, respiró profundo y dijo—: Los vanirianos tienen órdenes de dejarse matar por ti antes de asesinarte. Y, por supuesto, tienen órdenes de atraparte con vida y llevarte ante Vanir. Pero siempre en el último momento olvidan esta orden, porque al verte te tienen tanto miedo que reaccionan por el pánico. Lo que parece un intento de matarte, en realidad es un intento de detenerte y salvarse. Hasta tienen un apodo para ti: la Princesa Carmesí. Lindo, ¿verdad? —Sakti dejó de mirar a través de las ventanas para observar a Dill.
—¿Me llaman por un apodo? ¿Como a Sigfrid? —Dill alzó una ceja, pero pronto comprendió a quién se refería Sakti.
—Como al Demonio Montag, sí. Solo que a ese sí que lo quieren muerto.
—Sigfrid estará orgulloso —murmuró la chica—, por mi apodo, quiero decir.
Dill miró a través de la ventana. Pared, pared, pared, pared, pared, pared, estación –luz verde–, pared, pared, pared, pared, pared, pared, estación –luz roja–, pared, pared, pared, pared, pared, pared, estación –luz amarilla–, pared, pared, pared, pared, pared, pared, estación –luz azul–. Al ver el patrón interrumpido, Dill recogió el bolso y sacó una soga.
—Haz el favor de poner las manos en un puño y colocar los brazos al frente, juntos.
—¿Así? —Sakti siguió las instrucciones del muchacho por inercia, sin pensar en lo que le pedía. Pero cuando Dill le pasó la cuerda por las muñecas, se percató de su error: la estaba atando—. ¡Déjame! —ordenó. Pero Dill la tomó de la cintura con un brazo, mientras que con el otro continuó amarrándola. Se notaba que tenía práctica atando a personas.
—Algo me dice que pronto vamos a llegar a la estación final, así que quédate quietecita mientras me hago cargo de la maldita zorra que me embrujó. Y después iremos por mi recompensa, ¿te parece? —Sakti no se molestó en responder y envió una onda de calor a la soga que le ataba las manos. Pero la llama le explotó a unos centímetros de la cara, encandeciéndolos a ella y a Dill sin que la cuerda se quemara—. No soy tan tarado como para atarte con una soga normal. Está hechizada y no lograrás quemarla ni cortarla, así que por favor abstente de hacer trucos de magia. Solo vas a lastimarte.
El chico pasó un extremo de la cuerda alrededor del cuello de la princesa, pero Sakti forcejeó con el brazo izquierdo para romper la soga antes de que la ataran por completo. Sin embargo, al hacerlo sintió que la garra perdió parte de su gran resistencia. Al igual que como cuando la tuvo por primera vez, ahora era un miembro frío que no podía mover.
—Te dije que es inútil —la reprendió Dill—. He atrapado a muchos magos. ¿Crees que no estoy preparado para lidiar con sus esencias?
Pareció que Dill quiso agregar algo más, pero entonces los dos sintieron un cambio en el ambiente del vagón. La velocidad del tren aumentó y luego ¡SHUF! El vagón siguió el resto de compartimientos en lo que pareció ser una caída en picada. Dill y Sakti perdieron el equilibrio y rodaron por el pasillo, hasta golpearse con la pared en uno de los extremos. Allí se quedaron, mientras el vagón caía de manera casi vertical. Sakti se preguntó si el tren se habría salido de los rieles y caído por alguna especie de precipicio, pero todavía escuchaba la fricción de las ruedas sobre las vías. Lo que quería decir que el tren todavía corría... ¿pero sobre una pista vertical?
De repente, la presión cambió otra vez cuando el tren recuperó de un golpe la horizontalidad. Dill y Sakti rodaron de nuevo sobre el pasillo hasta chocar contra el otro extremo del vagón. El tren iba tan rápido que no pudieron despegarse de la pared. Y luego otra vez ¡SHUF! El tren corrió en picada sobre vías perpendiculares y de nuevo los aesirianos rodaron por el pasillo, sin oportunidad alguna de sujetarse a algo. El tren continuó sus extrañas maniobras, corriendo vertical y horizontalmente a una gran velocidad, haciendo que los dos pasajeros rodaran como si fueran canicas.
Destino, dijo la voz de la sincronización cuando el tren viajaba otra vez en vertical, el jardín del Edén. El tren recuperó la posición horizontal y la compuerta a un lado del vagón se abrió. Favor bajar de inmediato. El tren se detuvo justo a tiempo, pero no Dill y Sakti, que salieron rodando por la compuerta y cayeron en una plataforma, rodeados de vapor. No retrasen más su llegada. La compuerta del tren se cerró, el vapor aumentó la densidad y luego las ruedas comenzaron a moverse de nuevo sobre los rieles. El tren inició la marcha primero con pereza, pero poco a poco se perdió en el túnel.
—Aughhh... —gimió Dill.
Sakti se abstuvo de quejarse, pero, cuando se sentó, se percató de que se lastimó con la cuerda que le ataba las manos y el cuello; también se lastimó otra vez la pierna derecha. Pero mientras ella hacía recuento de daños, Dill se incorporó para estudiar los alrededores.
Estaban en una estación de tren a los pies de una gran estatua que se erguía al otro lado de las vías. Dill levantó la mirada para observar la estatua, pero desde donde estaba no pudo ver el detalle del rostro. Solo la barbilla y parte de la nariz. Buscó un lugar desde el cual pudiera ver mejor la escultura, y encontró los escalones y la segunda estatua al otro lado. También se percató de que la pared de la que nacían las figuras era parte de un edificio muy grande, porque notó los alfeizares y las columnas. Y, debajo del mármol azul, creyó distinguir una capa blanca: el palacio original.
Tráela, sonó de nuevo la voz. Dill se acercó a Sakti y la jaló de un brazo, levantándola con rudeza.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó ella entre dientes cuando, sin querer, apoyó el peso en la pierna herida. Dill la miró y dijo:
—La muy perra me está controlando —jaló a Sakti de la soga y la obligó a caminar hacia las gradas—. Mira, te juro que esto no lo estoy haciendo yo. ¡El cuerpo se me mueve solo!
A cada paso que Dill daba, el suelo a sus pies emitía unas ondas de luz diferentes al resto de las paredes, que brillaban con mucha fuerza. Sakti supo que era la sincronización, que movía a Dill como si fuera un trozo de mármol. En Masca nadie le dijo que la sincronización podía hacer eso. ¿Modificar una ciudad? Desde luego, siempre y cuando los poderes del sincronizado dieran para tanto. Mover una ciudad o destruirla con un parpadeo era posible porque estaba hecha de mármol. ¿Pero una persona? Mover a alguien a antojo era algo exagerado e incluso peligroso, porque si podía mover las extremidades de Dill, ¿no podría también manipular el movimiento de los órganos internos? De nuevo Sakti se preguntó cómo la energía que sentía era neutra si era capaz de algo como sincronizar a un ser vivo.
—¡Auch! —gimió al dar un mal paso y lastimarse el tobillo. No pudo evitarlo y tropezó—. ¡No puedo caminar tan rápido!
—¡Patética! —le soltó Dill, pero su expresión cambió cuando de nuevo el cuerpo se le movió por cuenta propia. Se inclinó sobre Sakti, la tomó y se la echó al hombro como si no pesara nada. La muchacha se tensó por la furia y luchó para que la bajara, pero Dill dijo—: No soy yo, ¡así que deja de patear! —Sakti lo golpeó con los puños en la espalda y con la pierna izquierda intentó asestarle un rodillazo en la cara, pero Dill avanzó hacia las gradas a pesar de todo—. ¡DUELE! No puedo controlar el cuerpo ¡pero te aseguro que me duele lo que estás haciendo!
—Si no me hubieras atado no me habría lastimado tanto en el tren y ahora no estarías llevándome por orden de la sincronización. ¡Lucha un poco! Si te dejas controlar tan fácil eres más patético que yo. —Sakti sintió que Dill puso un poco de resistencia, pero casi de inmediato el cuerpo se sacudió, gimió y siguió con el camino. Llegó al primer escalón y lo subió; luego el segundo, el tercero, el cuarto y...
—¡Diablos, me va a obligar a subir todo esto cargándote! —maldijo el chico.
Ella no era tan pesada, pero Dill cargaba dos bolsas –una llena de piezas metálicas– y un carcaj con flechas de hierro que rozaban el rostro de Sakti cada dos pasos que tomaba el muchacho. La princesa dejó de patalear y golpear, no tanto por Dill como por ella. Si lo hacía perder el equilibrio, los dos rodarían escaleras abajo. Pero tampoco podía permitir que el chico la llevara como una ofrenda a donde estaba la mujer.
—Dill, quítame la cuerda.
—No puedo moverme a voluntad —le respondió entre dientes.
—Entonces dime qué encantamiento usaste, rápido.
—¡JA!, como si te lo fuera a decir. Recuerda que eres mi rehén. Cuando acabe con la muy zorra te llevaré a...
—¿No entiendes que no tienes ni una oportunidad contra ella? Te está obligando a cargarme por estas gradas, sin descanso. No va a dejar que te le eches encima. Lo más probable es que una vez que me entregues, va a hacer que tu cuello se tuerza tal y como ahora hace que muevas las piernas. Si quieres vivir ¡sabes lo que te conviene! —Dill apretó los dientes.
—Tch. La soga no se puede ni cortar ni quemar. Hay que quitarla y solo yo puedo hacerlo, ¿entiendes? Así funciona el hechizo.
—Eres un tarado. Al atarme te ataste la soga al cuello tú solo. —Dill apretó de nuevo los dientes, pero no se desesperó.
—No te servirá contra la cuerda, pero tengo dagas en el cinturón. Coge al menos una, ¿puedes? —Sakti se inclinó sobre la espalda de Dill y estiró los brazos hasta una de las dagas. Era todo lo que podía hacer. Una daga era mejor que ningún arma. Ahora solo le quedaba esperar a que Dill terminara de subir las escaleras y la dejara de nuevo en el suelo—. Si recupero la movilidad —dijo el muchacho—, entonces te desataré. Pero debes tener algo claro: aunque te escapes, derrotaré a esa mujer y luego te perseguiré. Así que no creas que te librarás de mí.
Guardaron silencio mientras Dill subía los escalones restantes y Sakti pensaba en un plan. La sintió, la sintió, ¡la sintió! Le causó escalofríos saber que esperaba por ella en la cúspide de las gradas. Tenía que idear alguna forma de escapar, ¿pero cómo podía huir de alguien que controlaba todo el lugar? Su única oportunidad era la piroquinesis. Quizá, si concentraba una gran onda de calor y la liberaba en el rostro de la mujer justo cuando la viera, podría derrotarla antes de enfrentarla. Quizá si...
... un aroma.
Sakti alzó la cabeza cuando reconoció el perfume de las flores allen. Intentó mirar por encima de su hombro y el de Dill, pero fue imposible, no pudo ver nada... Hasta que un destello azul revoleteó a unos centímetros de su cara. Se agitó un poco por las cosquillas que le hizo el aire, pero después permaneció inmóvil, observando los destellos azules del batir de alas.
—Dill... ¿las ves? —preguntó Sakti.
—¿Qué cosa? —La muchacha guardó silencio, anonadada al verse rodeada por esas bellas criaturas.
—Mariposas —dijo al fin—, mariposas de añil.
Pero entonces Dill la dejó caer al suelo. Sakti, en lugar de gritar al caer sentada, se cubrió la cara con los brazos atados. Las mariposas comenzaron a volar alrededor de ella, la rodearon y la dejaron sin respirar por unos segundos. Pero cuando se apartaron a la vez y volaron sincronizadas hacia el jardín, Sakti entreabrió los ojos para seguirlas con la vista.
Allí vio a un hombre y a una mujer, esta última sentada en una banca de mármol azul. Los dos estaban vestidos de negro y tenían el cabello del mismo color, pero sus pieles eran muy distintas; pues mientras el hombre tenía un sano color rosado, la mujer tenía una piel pálida como el papel. La dama, que tenía el cabello largo ondeando al viento, sonreía a una flor de allen que sostenía en las manos. El hombre, en cambio, tenía un mechón de cabello de su esposa preso entre los dedos y se lo llevó a la boca para besarlo. Mientras tanto, las mariposas revoloteaban y el viento soplaba, provocando que las flores del jardín soltaran los pétalos y danzaran con estelas celestes.
Sakti vio el jardín, el palacio blanco, el portón de hierro, los banderines ondeando y el cielo en lo alto. También vio a la perfección los rostros de las dos apariciones; y aunque supo que tenía que vigilar a la mujer, no pudo apartar la mirada del hombre porque lo reconoció. Él apartó los labios del cabello lacio, se irguió y miró a través de la verja a sus nuevos visitantes. Aunque los ojos eran azules zafiro y no mestizos, Sakti no dudó quién era.
—¡DARIUS! —lo llamó.
Pero el viento sopló tan fuerte que amenazó con levantarla del suelo. Sakti apretó los ojos para que no se le irritaran por la brisa, pero cuando los abrió de nuevo ya no vio el jardín, la verja, los banderines, las flores o a Darius. Solo algunas mariposas y la mayoría se convertían en destellos de luz que desaparecían. Excepto por una, cuyo revoloteo llamó la atención de Sakti porque la mariposa, tal y como si siguiera el perfume de una flor, volaba alrededor de los dedos de una mujer.
Allí estaba ella, en la misma banca de la visión, en la misma posición. Solo que en lugar de mirar una flor de allen, miraba a la mariposa de añil; en lugar de tener un vestido negro llevaba vendajes blancos; y en lugar de estar acompañada, estaba sola. La mujer alzó la mirada y observó a Dill y a Sakti. Apartó con gentileza a la mariposa, se incorporó y avanzó hacia los dos aesirianos a pasos lentos, sabiendo que no intentarían escapar. Por una parte, Dill estaba bajo su embrujo y no podría moverse contra su voluntad; aunque si hubiese estado libre tampoco habría levantado un pie, porque los ojos del clan Aesir lo tenían sujeto al suelo. Sakti, por otro lado, tenía la pierna tan lastimada que no podría mantenerse en pie ni mucho menos correr. Y aún así...
—Dill, ¡corre! —ordenó ella, sacando valor de no supo dónde.
La onda de calor que estuvo preparando salió disparada hacia la mujer y se convirtió en una gran llamarada que ardió delante de ella. Con la explosión, Dill recuperó la movilidad, se apartó de Sakti y buscó refugio. Pero cuando el fuego se esfumó, tanto él como la chica miraron que la Aesir seguía en pie y en excelentes condiciones. Le había bastado con extender una mano al frente para detener el fuego y ni siquiera tenía hollín en las vendas. Miró a Sakti a los ojos y la princesa supo lo que seguía a continuación: atacaría.
Tanto ella como la mujer se prepararon para correr o saltar, pero en cuestión de un parpadeo la Aesir desapareció. Un parpadeo después estuvo delante de Sakti, con las manos levantadas sobre la cabeza y sosteniendo una larga espada celeste. Sakti intentó correr, pero con su pierna lastimada solo logró rodar a un lado para esquivar el ataque. La espada se incrustó de un tajo en el suelo y levantó una nube de polvo de mármol. Sakti pensó que tendría tiempo de ponerse a salvo mientras la mujer sacaba el arma del suelo, pero, en cuanto se incorporó, la Aesir levantó una pierna, la golpeó en el abdomen y la mandó a volar. Sakti no pudo creerlo: la lanzó con tal fuerza que la mandó a una gran roca en forma de árbol, a varios metros de distancia. Si tan solo pudiera quitarse esa maldita soga, si tan solo pudiera...
¡ZAZ! La mujer apareció de nuevo delante de ella y la muchacha apenas si tuvo tiempo de quitarse. Esta vez, la espada se incrustó en el manzano fosilizado y lo partió en dos. Luego sacó la espada, la levantó por encima de la cabeza y amenazó con dejarla caer sobre el cuerpo de la princesa. Pero Sakti no evadió el ataque, porque uno de los dos trozos del manzano recibió el golpe y se partió por la mitad. Sakti no se desesperó y con la telequinesia lanzó los dos trozos hacia su enemiga. El golpe conectó y la Aesir cayó de espaldas.
«¡La maté!», pensó con alivio, porque estaba segura de que uno de los bloques la golpeó en la cabeza con la suficiente fuerza como para romperle el cráneo. Pero no pasaron ni tres segundos cuando la mujer se levantó de nuevo. Tenía el cuello roto, así que la cabeza le colgaba a un lado del cuerpo. Pero la mujer, como si nada, puso la cabeza en su lugar y la fractura sanó. El golpe que Sakti creyó haberle asestado en la sien no le produjo ni un rasguño.
—¡Aquí va! —gritó Dill desde un extremo de la habitación.
Había tomado uno de los largos proyectiles de hierro y lo lanzó hacia Sakti. Atada como estaba, Sakti no podría atajar la flecha ni usarla como una lanza, pero supo bien que esa no era la intención de Dill. La flecha se detuvo en el aire y al instante siguiente se fragmentó en varias agujas de metal que volaron hacia la Aesir. Sakti las controló con magia, segura de que su contrincante no podría evadirlas. Pero la mujer repelió todas las agujas con la espada y se las regresó a la muchacha. La princesa tuvo que concentrarse en detener el ataque con más magia, asegurándose de controlar el metal de cada aguja para que se detuviera suspendido en el aire antes de herirla.
«Es la espada», pensó. «Si le quito la espada no tendrá forma de repeler las púas». Lanzó una nueva ola de agujas hacia la mujer y las concentró todas en un único punto: el abdomen. Pero lo que la Aesir no notó fue que Sakti mantuvo dos grupos más de agujas a su lado de manera que, cuando colocó la espada para repeler la primera ola, una segunda salió disparada hacia la mano que sostenía el arma. Acertó el golpe. La mano soltó la espada, que cayó con estrépito al suelo, y el resto de púas voló hacia la mujer sin que nada las repelara.
¡PUK, PUK, PUK, PUK, PUK! Una a una, las agujas se insertaron en el cuerpo, sin dejar ni un milímetro del frente descubierto. La Aesir permaneció en pie unos segundos después de que terminara el ataque, pero cayó de espaldas de todas formas.
—Uf —suspiró Dill, mientras avanzaba hacia Sakti—. Yo quería acabar con ella, pero me ganaste. Felicidades —le puso una mano sobre el hombro—, puedes no ser tan patética y hacer algo bien de vez en cuando. Supongo que sí le haces honor al apodo que te dieron los vanirianos.
Sakti suspiró, pues se sintió bastante insegura al enfrentarse a la mujer. Su apariencia... ¡Era una Aesir! ¡Alguien de su familia! Pero Sakti supo que tenía que defenderse de ella porque la conexión de sangre que tenían no impediría que se enfrentaran a muerte.
La chica se preguntó quién sería la mujer que yacía en el suelo, tan repleta de agujas que no pudo distinguirle el rostro. ¿Alguna prima o tía que fue secuestrada por los vanirianos y actuaba bajo sus órdenes? No, era muy poco probable porque la sincronización la protegió de los vanirianos.
También podía desechar cualquier parentesco del lado de su padre, porque los Aesir de las Arenas eran todos morenos y no tenían los ojos del clan mascalino. Pero Sakti sabía que el Emperador y su hijo eran los únicos Aesir con el cabello negro y los ojos del clan... A no ser que alguno de sus tíos tuviera una hija y no contara con la oportunidad de anunciarlo a Masca. Aunque, pensándolo bien, esa opción tampoco tenía sentido. Los secuestros a los príncipes empezaron después de que Sakti regresara por segunda vez a Masca, y antes de esa época recibían cartas frecuentes de los príncipes esparcidos por el Imperio. Si alguno hubiera tenido una hija, lo habría anunciado en ese entonces. Además, esa mujer era adulta y no una niña, como habría de esperarse si alguno de los tíos de Sakti era el padre.
—Bien, andando —dijo Dill mientras le apretaba la soga del cuello—. Quizá la salida está cerca.
—¿Aún insistes en llevarme a los vanirianos? ¿Qué hay con eso de que mi precio en oro es demasiado como para que puedas cargar con el dinero y moverte libremente?
—Solo voy a coger una parte de la recompensa, lo suficiente para vivir bien por un tiempo. Y después me lanzaré de nuevo a la aventura de mi trabajo. ¿Verdad que es una solución muy práctica?
Sakti arqueó una ceja mientras escuchaba los planes de Dill. ¿Es que acaso no vio cómo ella derrotó a esa mujer? ¡Le hizo miles de agujeros en el cuerpo, y aún así el chico insistía en secuestrarla! Pero entonces Sakti notó movimiento por el rabillo del ojo; provenía a espaldas de Dill. Cuando la vio, no pudo menos que abrir los ojos y la boca, más allá del asombro.
Sakti soltó al muchacho y señaló a la mujer, que se había levantado y estaba justo detrás del sicario, todavía con las agujas incrustadas. Ninguno de los dos tuvo tiempo de gritar. La Aesir extendió una mano y con telequinesia –¡sin duda era telequinesia!– los lanzó al interior de lo que una vez fue el jardín del Edén.
Cuando se aseguró de que estaban a una distancia segura, las púas que le perforaban el cuerpo salieron disparadas. Sakti y Dill se cubrieron la cabeza con las manos, pero las agujas cayeron al vestíbulo que estaba al pie de las escaleras. Luego la mujer se giró a ellos y, aunque estaba repleta de huecos, los dos vieron que no le salía sangre de las heridas.
—¿P-polvo? ¿Ceniza? —preguntó Dill, incrédulo, mientras veía el polvillo que salía por las aberturas. Pero como si eso fuera poco, los huecos se cerraron con rapidez y dejaron a la mujer intacta. La Aesir no les quitó la mirada de encima mientras se dirigía a recoger la espada y Sakti supo lo que eso significaba: pelearía en serio.
—¡Quítame la cuerda! —le ordenó a Dill—. ¡HAZLO!
Dill la desató a la velocidad del rayo, con la misma destreza con que la amarró. Sakti, mientras tanto, lo apresuró más y más, siempre viendo con atención a la mujer mientras caminaba hacia el arma, se inclinaba, la recogía y...
—¡VETE!
Con la pierna sana, Sakti pateó a Dill para apartarlo. Justo en ese momento, la Aesir apareció frente a la princesa y le lanzó el arma al cuello, pero Sakti se defendió con la daga que había quitado a Dill. Sin embargo, la daga se partió en dos y solo por algún milagro el trozo de metal que saltó no hirió a la princesa. «La garra», pensó la muchacha cuando vio que la mujer la atacaría de nuevo. No tendría tiempo ni fuerza para correr y evadir el golpe y, mientras pensaba en qué magia utilizar para vencerla, tenía que defenderse. Se cubrió la cara con la garra, segura de que podría recibir el ataque tal y como cuando se enfrentaba a las hachas y espadas de los vanirianos.
El primer golpe hizo contacto, y unas pequeñas chispas surgieron de la fricción entre la espada y la garra. Sakti notó que la Aesir abrió un poco más los ojos, sorprendida de que el tajo limpio que esperó se convirtiera en un escudo inesperado. Sakti tuvo tiempo de incorporarse y preparó la garra para recibir un nuevo embuste e incluso contraatacar. Pero la Aesir usó más fuerza y...
—¡AAAGH! —gritó la muchacha.
El filo del arma superó la coraza de la garra y alcanzó la carne. ¿Cómo era posible? ¿Cómo la garra recibía semejante corte? ¿Cómo, si era lo bastante fuerte como para soportar la mordida de un lobo, el hachazo de un vaniriano y convertir las rocas en polvo? Sakti se llevó la mano a la herida, perdió el equilibrio y cayó sentada al suelo. Sintió la sangre –¡rojacomolasfloresrojacomolasflores!– que salía a propulsión, sintió el dolor agudo y también el movimiento de su oponente.
La mujer alzó la espada.
Estaba acabada.
La dejó caer.
Estaba acabada.
Se dirigió al cuello.
Estaba acabada.
Le cercenaría la cabeza y...
—¡ALLENAAAAA! —gritó Dill.
El zumbido de la espada paró. Sakti mantuvo los ojos cerrados, escuchando su nombre en el eco de las ruinas y preguntándose si eso era lo que escucharía aún después de caer al lago de sangre, cadáveres y serpientes. Pero cuando se dio cuenta de que todavía sentía el calor de la sangre y que en los oídos todavía zumbaba el fantasma del arma acercándose a ella, abrió los ojos. La espada se detuvo a un milímetro del cuello y la Aesir, en una posición de combate perfecta, la miró sin pestañear. Pero después, la mujer giró el cuello a Dill y lo observó con rudeza.
—¿Arash mër nom, s'arepia? —preguntó con un murmullo.
Dill, que sostenía uno de los proyectiles como si hubiera pensado en lanzarlo a la mujer, permaneció inmóvil ante la pregunta. Lo más probable es que ni la entendió, pero Sakti, que estaba más familiarizada con el aesiriano antiguo, comprendió de inmediato. Entonces la sincronización resonó en las mentes suya y de Dill.
¿Cómo sabes mi nombre?, preguntó la mujer. El sicario permaneció mudo y, al no darle la respuesta, la mujer acercó más el arma a Sakti. La princesa retrocedió hasta caer por completo al suelo, así que la Aesir se sentó sobre ella, le rodeó el cuerpo con las piernas y sostuvo con mayor firmeza la espada contra la yugular de la muchacha. He dicho, ¿cómo sabes mi nombre? Dill comprendió que la mujer lo amenazaba con matar a Sakti si no recibía una respuesta de inmediato, pero, aunque abrió la boca, no pudo pronunciar ni una palabra.
—No lo sabe —respondió Sakti, intentando reponerse al mareo que le provocaba la sangre—. No te estaba llamando a ti, ¡me estaba llamando a mí!
¿A ti?, preguntó la mujer. Aunque Sakti no la vio despegar los labios, supo que la voz de las ruinas era la voz de la Aesir.
—Sí. Mi nombre es Sakti Allena Aesir II —respondió.
El corazón le latió aprisa, tanto que temió que la sangre saliera más rápido de la herida. La Aesir no apartó el arma de inmediato, sino que se la quedó mirando fijo, como si buscara en ella algún rasgo de la Realeza. Sakti sabía que los tenía –como el largo del cuello, la posición de las orejas y el perfil de la nariz–, pero, si esa mujer buscaba cabello negro y ojos del clan Aesir, no los encontraría en la chica. Por fin, la mujer apartó la espada, pero a cambio mordió la herida en la garra.
Sakti chilló y pataleó, porque creyó que se la comería viva, pero a la mujer le bastó con sostenerle los brazos para neutralizar la mayor parte de los golpes. Al fin, la dama pálida se apartó, se limpió el líquido carmesí que le resbalaba por la barbilla y asintió.
Pues sí, sonó de nuevo la voz. Sí eres una Aesir. Tu sangre no es tan limpia como lo fue la mía, pero es lo bastante buena como para que te reconozca como mi hija. La mujer se levantó y le ofreció la mano. Al fin has llegado, hija de los hijos de mis hijos. Al fin estás aquí para sustituirme. Yo soy Sakti Allena Aesir I y he esperado por ti durante mucho, mucho tiempo.

"Los Hijos de Aesir: El Reino de las Arenas" © 2012-2014. Ángela Arias Molina

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No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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