¡Sigue el blog!

Capítulo 15

15
VIRTUOSAS


Sakti corrió la puerta y entró al compartimiento. Dill todavía dormía con los brazos cruzados sobre el pecho y con la cabeza recostada al respaldar del asiento. Las piernas estaban estiradas sobre el suelo. Sakti no podía pasarles por encima sin despertarlo. Si tuviera intenciones de escaparse de él, tendría que buscar otra salida o enfrentársele.
Sakti no quería recurrir a la última opción. Si bien ya podía mantenerse en pie no quería retar al sicario. No era por miedo o gratitud, sino curiosidad. Dill tenía algo que la intrigaba. ¿Sería el carácter? Era muy serio, no sabía hacer bromas –o al menos alguna que Sakti creyera graciosa– y además era un sicario. La consideraba patética y decía que si por él fuera la abandonaría en las ruinas. Sakti le creía porque ya lo había hecho antes, en las otras ocasiones que se encontraron. Pero aun así le frotó la espalda para ayudarla a soportar el dolor de la inyección. También le prestó una mudada nueva y le dio parte de las raciones sin que ellas se las pidiera y sin que la sincronización lo forzara.
A pesar de esto, Sakti sospechaba que lo que le llamó la atención era la apariencia de Dill. Era un muchacho fuerte pero la cara de niña lo hacía ver muy frágil. Tenía un rostro imposible de olvidar por único, aunque ella creía haberlo visto antes en otro sitio que no era ni  el bosque del Oeste ni el Pantano. Pero no podía ubicarlo.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó Dill con los ojos cerrados. Sakti no se asustó ni dejó de mirarlo; ni siquiera arqueó una ceja al descubrir que el muchacho estaba despierto—. Pensé que eras distinta a las demás chicas. Todas se me quedan viendo de la misma manera.
—Lo más probable es que sea envidia —dijo ella mientras abría una ventana. El aire entró al vagón y le revolvió el cabello. Sakti lanzó la ropa ensangrentada y chascó los dedos. Una llamarada cubrió la ropa. Las cenizas volaron junto al tren y se desperdigaron por el túnel —. Eres más bonito que una niña.
Cerró la ventana y regresó al lado del sicario, con ganas de tomar un traguito de agua fresca. Se detuvo al ver que el muchacho la veía con los ojos abiertos de par en par y con las mejillas arreboladas.
—No soy una niña —dijo él entre dientes.
—Nunca dije que lo fueras —contestó ella mientras buscaba la cantimplora—. Solo que pareces una.
Dill la fulminó con la mirada y acarició las dagas que le colgaban en el cinturón. Sakti ignoró la amenaza y bebió con calma. Permanecieron en silencio sin prestarse atención. Miraron la sucesión de paredes y estaciones que pasaban volando junto a las ventanas. Pared, pared, pared, pared, pared, pared, estación –luz verde–, pared, pared, pared, pared, pared, pared, estación –luz roja–, pared, pared, pared, pared, pared, pared, estación –luz amarilla–, pared, pared, pared, pared, pared, pared, estación –luz verde–.
—Estamos dando vueltas en círculos —observó Dill.
—Desde hace rato —agregó Sakti.
Al principio pensó que los puntos de colores que veía en cada estación seguían un patrón; luego notó que eran números en aesiriano antiguo. Los números, al igual que el color de las luces, eran siempre los mismos. Sakti sospechó que la sincronización modificaba la estructura de las ruinas –había notado algunos cambios en las paredes del túnel– y que por eso los tenía encerrados en el tren. Era algo muy lógico que la misma Sakti habría hecho si fuese ella la sincronizada. Porque si el tren se detenía para ahorrar energía, entonces los «prisioneros» escaparían del vehículo y buscarían una salida de las ruinas.
La mujer sincronizada debía de saber que la princesa no tenía ni el más mínimo interés en conocerla. A Sakti no le gustaba nada la energía que emanaba de las ruinas. Además de ser magia más fuerte que la suya, también tenía una naturaleza peculiar. Era algo tan fuerte que Sakti se preguntó por qué no provocaba ningún desbalance en el mundo.
Porque ese era el álgebra de la magia: mucho poder de una naturaleza negativa o positiva en un solo individuo es igual a un desbalance. Adad creó uno al nacer y Sakti hizo otro tanto. Pero con dos Dragones en lugar de uno solo, el mundo recuperó un poco de equilibrio. Luego reapareció Sigurd, que afectó paulatinamente el balance con su apetito por almas. Cuando Sakti lo derrotó la estabilidad se restauró un poco otra vez.
Sakti no percibía ningún desbalance con la energía de las ruinas. Era como si esa gran cantidad de magia tuviera un valor neutro, como si fuera igual a cero, aunque no lo era. Sakti no lo podía comprender.
—Entonces, ¿siempre eres así de callada?
Sakti se sobresaltó cuando Dill le habló al oído. No se había dado cuenta de en qué momento el muchacho sacó un trozo de papel y una pluma portátil.
—Si no hay nada de qué hablar, sí —respondió ella.
—Ah. —Dill garabateó sobre el papel. Sakti echó una miradita: era la lista. Dill la había escrito de nuevo y ahora, junto al nombre de Sakti, decía esto:

-      Princesa Sakti Allena Aesir II (Callada, buena rehén. Considerar).

—¿No vas a hacer ningún comentario al respecto? —preguntó el muchacho. Dejó el papel al descubierto para que se secara la tinta—. Una de las Doncellas a las que maté no dejó de chillar y preguntarme qué haría con ella y para qué era esta lista. Por supuesto que tú no eres tonta y sabes para qué es, pero ¿no tienes nada que decir al respecto?
—No.
—¿Ni siquiera porque ahora sí estoy considerando secuestrarte?
—Lo que planees ahora no me importa —contestó ella—. Tal vez no te has dado cuenta, pero hay una razón por la que los vanirianos me quieren muerta y no es porque soy princesa del país enemigo. Es porque si no tienen ellos mi cabeza, yo les cortaré la suya primero. Quizá quieras considerar eso antes de hacer planes que involucren atraparme, porque puedes estar seguro de que te daré batalla. —Dill sacudió la pluma y escribió:

-      Princesa Sakti Allena Aesir II (Callada, buena rehén. Considerar). Impertinente si se le da la oportunidad.

—Los vanirianos no quieren tu cabeza. Quieren tu poder.
—Es lo mismo.
—No, no es lo mismo. —Dill guardó la pluma en un bolsillo de la gabardina, respiró profundo y dijo—: Los vanirianos tienen órdenes de dejarse matar por ti antes de asesinarte. Por supuesto, tienen órdenes de atraparte con vida y llevarte ante Vanir. Pero siempre en el último momento olvidan la orden. Te tienen tanto miedo que reaccionan por el pánico. Parece que quieren matarte, pero en realidad solo quieren detenerte y salvarse. Hasta tienen un apodo para ti: la Princesa Carmesí. Lindo, ¿verdad? —Sakti observó a Dill.
—¿Me llaman por un apodo? ¿Como a Sigfrid? —Dill alzó una ceja. Pronto comprendió a quién se refería Sakti.
—Como al Demonio Montag, sí. Solo que a ese sí que lo quieren muerto.
—Sigfrid estará orgulloso —murmuró la chica—. Por mi apodo, quiero decir.
Dill miró a través de la ventana. Pared, pared, pared, pared, pared, pared, estación –luz verde–, pared, pared, pared, pared, pared, pared, estación –luz roja–, pared, pared, pared, pared, pared, pared, estación –luz amarilla–, pared, pared, pared, pared, pared, pared, estación –luz azul–. Al ver el patrón interrumpido, Dill recogió el bolso y sacó una soga.
—Haz el favor de poner las manos en un puño y colocar los brazos al frente, juntos.
—¿Así? —Sakti siguió las instrucciones del muchacho por inercia, sin pensar en lo que le pedía. Cuando Dill le pasó la cuerda por las muñecas se percató de su error: la estaba atando—. ¡Déjame! —ordenó. Dill la tomó de la cintura con un brazo mientras que con el otro continuó amarrándola. Se notaba que tenía práctica atando a personas.
—Algo me dice que pronto vamos a llegar a la estación final, así que quédate quietecita mientras me hago cargo de la maldita zorra que me embrujó. Después iremos por mi recompensa, ¿te parece? —Sakti no se molestó en responder. Envió una onda de calor a la soga. La llama le explotó a unos centímetros de la cara, y los encandeció a ella y a Dill sin que la cuerda se quemara—. No soy tan tarado como para atarte con una soga normal. Está hechizada. No podrás quemarla ni cortarla, así que por favor abstente de hacer trucos de magia. Solo vas a lastimarte.
El muchacho pasó un extremo de la cuerda alrededor del cuello de la princesa. Sakti forcejeó con el brazo izquierdo para romper la soga antes de que la ataran por completo. Sin embargo, al hacerlo la garra perdió parte de su gran resistencia. Al igual que como cuando la tuvo por primera vez, ahora era un miembro frío que no podía mover.
—Te dije que es inútil —la reprendió Dill—. He atrapado a muchos magos. ¿Crees que no estoy preparado para lidiar con sus esencias?
Dill iba a agregar algo más, pero la velocidad del tren aumentó. El vagón y los demás compartimientos cayeron en picada. Dill y Sakti perdieron el equilibrio y rodaron por el pasillo hasta golpearse con la pared en uno de los extremos. Allí se quedaron mientras el vagón caía casi vertical. Sakti se preguntó si el tren se habría salido de los rieles y caía por algún precipicio, pero todavía escuchaba la fricción de las ruedas sobre las vías. Lo que quería decir que el tren todavía corría... ¿pero sobre una pista vertical?
La presión cambió otra vez cuando el tren recuperó de un golpe la horizontalidad. Dill y Sakti rodaron de nuevo sobre el pasillo hasta chocar contra el otro extremo del vagón. El tren iba tan rápido que no pudieron despegarse de la pared. Y otra vez el tren corrió en picada sobre vías perpendiculares. De nuevo los aesirianos rodaron por el pasillo sin oportunidad de sujetarse a nada. El tren continuó sus extrañas maniobras, corriendo vertical y horizontalmente a una gran velocidad, haciendo que los pasajeros rodaran como canicas.
Destino, dijo la sincronización cuando el tren viajaba otra vez en vertical, el jardín del Edén. El tren recuperó la posición horizontal y la compuerta a un lado del vagón se abrió. Favor bajar de inmediato. El tren se detuvo justo a tiempo, pero no Dill y Sakti, que salieron rodando por la compuerta y cayeron en una plataforma rodeados de vapor. No retrasen más su llegada. La compuerta del tren se cerró, el vapor aumentó la densidad y luego las ruedas comenzaron a moverse de nuevo sobre los rieles. El tren inició la marcha con pereza y poco a poco se perdió en el túnel.
—Aughhh... —gimió Dill.
Sakti se sentó sin ninguna queja, aunque la cuerda le lastimó las manos y el cuello. También se lastimó otra vez la pierna derecha. Mientras ella hacía recuento de daños, Dill se incorporó para estudiar los alrededores.
Estaban en una estación de tren a los pies de una gran estatua que se erguía al otro lado de las vías. Dill levantó la mirada para observar la estatua, pero desde donde estaba no pudo ver el detalle del rostro. Solo la barbilla y parte de la nariz. Buscó un lugar desde el cual pudiera ver mejor la escultura, y encontró los escalones y la segunda estatua al otro lado. También se percató de que la pared de la que nacían las figuras era parte de un edificio muy grande, porque notó los alfeizares y las columnas. Debajo del mármol azul creyó distinguir una capa blanca: el palacio original.
Tráela, sonó de nuevo la voz. Dill se acercó a Sakti y la levantó bruscamente de un brazo.
—¿Qué haces? —preguntó ella entre dientes después de que apoyara el peso en la pierna herida. Dill la miró y dijo:
—La muy perra me está controlando —jaló a Sakti de la soga y la obligó a caminar hacia las gradas—. Mira, te juro que esto no lo estoy haciendo yo. ¡El cuerpo se me mueve solo!
A cada paso que Dill daba, el suelo a sus pies emitía ondas de luz diferentes al resto de las paredes, que brillaban con mucha fuerza. Sakti supo que era la sincronización, que movía a Dill como si fuera un trozo de mármol. En Masca nadie le dijo que la sincronización podía hacer eso. ¿Modificar una ciudad? Desde luego, siempre y cuando los poderes del sincronizado dieran para tanto. Mover una ciudad o destruirla con un parpadeo era posible porque estaba hecha de mármol. ¿Pero una persona? Mover a alguien a antojo era algo exagerado e incluso peligroso, porque si podía mover las extremidades de Dill, ¿no podría también manipular el movimiento de los órganos internos? De nuevo Sakti se preguntó cómo la energía que sentía era neutra si era capaz de algo como sincronizar a un ser vivo.
—¡Auch! —gimió al dar un mal paso y lastimarse el tobillo. No pudo evitarlo y tropezó—. ¡No puedo caminar tan rápido!
—¡Patética! —le soltó Dill. Su expresión cambió cuando de nuevo el cuerpo se le movió por cuenta propia. Se inclinó sobre Sakti, la tomó y se la echó al hombro como si no pesara nada. La muchacha se tensó por la furia y luchó para que la bajara, pero Dill dijo—: No soy yo, ¡así que deja de patear! —Sakti lo golpeó con los puños en la espalda y con la pierna izquierda intentó asestarle un rodillazo en la cara. Dill avanzó hacia las gradas a pesar de todo—. ¡DUELE! No puedo controlar el cuerpo ¡pero te aseguro que me duele lo que estás haciendo!
—Si no me hubieras atado no me habría lastimado tanto en el tren y ahora no estarías llevándome por orden de la sincronización. ¡Lucha un poco! Si te dejas controlar tan fácil eres más patético que yo. —Sakti sintió que Dill puso un poco de resistencia, pero casi de inmediato el cuerpo se sacudió, gimió y siguió con el camino. Llegó al primer escalón y lo subió; luego el segundo, el tercero, el cuarto y...
—¡Diablos, me va a obligar a subir todo esto cargándote! —maldijo el chico.
Ella no era tan pesada, pero Dill cargaba dos bolsas –una llena de piezas metálicas– y un carcaj con flechas de hierro que rozaban el rostro de Sakti cada dos pasos que tomaba el muchacho. La princesa dejó de patalear y golpear, no tanto por Dill como por ella. Si lo hacía perder el equilibrio, los dos rodarían escaleras abajo. Pero tampoco podía permitir que el chico la llevara como una ofrenda a donde estaba la mujer.
—Dill, quítame la cuerda.
—No puedo moverme a voluntad —le respondió entre dientes.
—Entonces dime qué encantamiento usaste, ¡rápido!
—¡JA!, como si te lo fuera a decir. Recuerda que eres mi rehén. Cuando acabe con la muy zorra te llevaré a...
—¿No entiendes que no tienes ni una oportunidad contra ella? Te obligaba a cargarme por estas gradas. No va a dejar que te le eches encima. Lo más probable es que una vez que me entregues, va a hacer que tu cuello se tuerza tal y como ahora hace que muevas las piernas. Si quieres vivir ¡sabes lo que te conviene! —Dill apretó los dientes.
—Tch. La soga no se puede ni cortar ni quemar. Hay que quitarla y solo yo puedo hacerlo, ¿entiendes? Así funciona el hechizo.
—Eres un tarado. Al atarme te ataste la soga al cuello tú solo. —Dill apretó de nuevo los dientes, pero no se desesperó.
—No te servirá contra la cuerda, pero tengo dagas en el cinturón. Coge al menos una, ¿puedes? —Sakti se inclinó sobre la espalda de Dill y estiró los brazos hasta una de las dagas. Era todo lo que podía hacer. Una daga era mejor que ningún arma. Ahora solo le quedaba esperar a que Dill terminara de subir las escaleras y la dejara de nuevo en el suelo—. Si recupero la movilidad —dijo el muchacho—, entonces te desataré. Pero debes tener algo claro: aunque te escapes, derrotaré a esa mujer y luego te perseguiré. Así que no creas que te librarás de mí.
Guardaron silencio mientras Dill subía los escalones restantes y Sakti pensaba en un plan. La sintió, la sintió, ¡la sintió! Le causó escalofríos saber que esperaba por ella en la cúspide de las gradas. Tenía que idear alguna forma de escapar, ¿pero cómo podía huir de alguien que controlaba todo el lugar? Su única oportunidad era la piroquinesis. Quizá, si concentraba una gran onda de calor y la liberaba en el rostro de la mujer justo cuando la viera, podría derrotarla antes de enfrentarla. Quizá si...
... un aroma.
Sakti alzó la cabeza cuando reconoció el perfume de las allen. Intentó mirar por encima de su hombro y el de Dill, pero fue imposible, no pudo ver nada... Hasta que un destello azul revoleteó a unos centímetros de su cara. Se agitó por las cosquillas que le hizo el aire, pero después permaneció inmóvil, observando los destellos azules del batir de alas.
—Dill... ¿las ves? —preguntó Sakti.
—¿Qué cosa? —La muchacha guardó silencio, anonadada al verse rodeada por esas bellas criaturas.
—Mariposas —dijo al fin—, mariposas de añil.
Dill la dejó caer al suelo. Sakti aguantó el grito del golpe y se cubrió la cara con los brazos atados. Las mariposas volaron alrededor de ella, la rodearon y la dejaron sin respirar por unos segundos. Cuando se apartaron a la vez y volaron sincronizadas hacia el jardín, Sakti entreabrió los ojos para seguirlas con la vista.
Allí vio a un hombre y a una mujer, esta última sentada en una banca de mármol azul. Los dos estaban vestidos de negro y tenían el cabello del mismo color, pero sus pieles eran muy distintas. Mientras el hombre tenía un sano bronceado, la mujer tenía una piel pálida como el papel. La dama, que tenía el cabello largo ondeando al viento, sonreía a una flor de allen que sostenía en las manos. El hombre, en cambio, tenía un mechón de cabello de su esposa preso entre los dedos y se lo llevó a la boca para besarlo. Mientras tanto, las mariposas revolotearon y el viento sopló. Los pétalos se escaparon de las flores y danzaron con estelas celestes.
Sakti vio el jardín, el palacio blanco, el portón de hierro, los banderines ondeando y el cielo en lo alto. También vio a la perfección los rostros de las apariciones. Supo que tenía que vigilar a la mujer, pero no pudo apartar la mirada del hombre porque lo reconoció. Él apartó los labios del cabello lacio, se irguió y miró a través de la verja a sus nuevos visitantes. Aunque los ojos eran azules zafiro y no mestizos, Sakti supo quién era.
—¡DARIUS! —lo llamó.
El viento sopló tan fuerte que casi la levantó del suelo. Sakti apretó los ojos. Cuando los abrió de nuevo ya no vio el jardín, la verja, los banderines, las flores o a Darius. Solo algunas mariposas. La mayoría se convirtió en destellos de luz que desaparecieron poco a poco. Excepto por una, cuyo revoloteo llamó la atención de Sakti. La mariposa, tal y como si siguiera el perfume de una flor, voló alrededor de los dedos de una mujer.
Allí estaba ella, en la misma banca de la visión, en la misma posición. Pero en vez de mirar una flor de allen, miraba a la mariposa de añil; en lugar de tener un vestido negro llevaba vendajes blancos; y en lugar de estar acompañada, estaba sola. La mujer alzó la mirada y observó a Dill y a Sakti. Apartó con gentileza a la mariposa, se incorporó y avanzó hacia los aesirianos a pasos lentos. No intentarían escapar. No podían.
Dill estaba embrujado y Sakti tenía la pierna tan lastimada que no podría mantenerse en pie ni mucho menos correr. Aun así ¡tenía que hacer algo!
—Dill, ¡corre! —ordenó ella, sacando valor de no supo dónde.
La onda de calor que estuvo preparando salió disparada. La mujer fantasmal se convirtió en una tea gigante cuando la onda la alcanzó. Con la explosión, Dill recuperó la movilidad, se apartó de Sakti y buscó refugio. El fuego se esfumó de repente y ambos vieron que la Aesir seguía en pie y en excelentes condiciones. Le bastó con extender una mano al frente para detener el fuego y ni siquiera tenía hollín en las vendas. Miró a Sakti a los ojos.
La princesa se preparó para correr o saltar, pero en cuestión de un parpadeo la Aesir desapareció. Un parpadeo después estuvo delante de Sakti, con las manos levantadas sobre la cabeza y sosteniendo una larga espada celeste. Sakti intentó correr, pero con la pierna lastimada solo logró rodar a un lado para esquivar el ataque. La espada se incrustó de un tajo en el suelo y levantó una nube de polvo de mármol. Sakti creyó que tendría tiempo de ponerse a salvo mientras la mujer sacaba el arma del suelo; pero apenas se incorporó la Aesir levantó una pierna, la golpeó en el abdomen y la mandó a volar. Sakti chocó de espaldas contra una enorme roca en el interior de la plataforma, que tenía forma de árbol. «Si tan solo pudiera quitarme esta estúpida soga», pensó con los dientes apretados por el dolor. «Si tan solo pudiera…».
La mujer apareció de nuevo delante de ella. Sakti apenas si tuvo tiempo de apartarse. Esta vez la espada se incrustó en el manzano fosilizado y lo partió en dos. Sacó la espada, la levantó por encima de la cabeza y se situó al lado de Sakti para cortarla también por la mitad.
En lugar de esquivar, la princesa usó la telequinesia para levantar un trozo de manzano fosilizado y escudarse detrás de él. El trozo se partió también por la mitad pero cumplió con proteger a Sakti del ataque. La princesa aprovechó y envió las dos nuevas rocas hacia la Aesir. El golpe conectó y la mujer cayó de espaldas.
«¡La maté!», pensó con alivio. Estaba segura de que un bloque la golpeó en la cabeza con la suficiente fuerza como para romperle el cráneo. Pero no pasaron ni tres segundos cuando la mujer se levantó de nuevo. Tenía el cuello roto y la cabeza le colgaba a un lado del cuerpo. Como si nada, la Aesir puso la cabeza en su lugar y la fractura sanó. El golpe que Sakti creyó haberle asestado en la sien no le produjo ni un rasguño.
—¡Aquí va! —gritó Dill desde un extremo de la habitación.
Había tomado uno de los largos proyectiles de hierro y lo lanzó hacia Sakti. Atada como estaba, Sakti no podría atajar la flecha ni usarla como una lanza, pero supo bien que esa no era la intención de Dill. La flecha se detuvo en el aire y al instante siguiente se fragmentó en varias agujas de metal que volaron hacia la Aesir. Sakti las controló con magia, segura de que su contrincante no podría evadirlas.
La mujer repelió todas las agujas con la espada y se las regresó a la muchacha. La princesa tuvo que concentrarse en detener el ataque con más magia, asegurándose de controlar el metal de cada aguja para que se detuviera en el aire antes de herirla.
«Es la espada», pensó. «Si le quito la espada no tendrá forma de repeler las púas». Lanzó una nueva ola de agujas hacia la mujer y las concentró todas en un único punto: el abdomen. La Aesir no notó que Sakti reservó dos grupos más de agujas. Cuando la mujer colocó la espada para repeler la primera ola, una segunda salió disparada hacia la mano que sostenía el arma. Acertó el golpe. La mano soltó la espada, que cayó con estrépito al suelo, y el resto de púas voló hacia la mujer sin que nada las repelara.
¡PUK, PUK, PUK, PUK, PUK! Una a una, las agujas se insertaron en el cuerpo sin dejar ni un milímetro del frente descubierto. La Aesir permaneció en pie unos segundos después de que terminara el ataque, antes de que cayera de espaldas de nuevo.
—Uf —suspiró Dill mientras avanzaba hacia Sakti—. Yo quería acabar con ella, pero me ganaste. Felicidades —le puso una mano sobre el hombro—. Puedes no ser tan patética y hacer algo bien de vez en cuando. Supongo que sí le haces honor al apodo que te dieron los vanirianos.
Sakti suspiró, pues se sintió bastante insegura al enfrentarse a la mujer. Su apariencia... ¡Era una Aesir! ¡Alguien de su familia! Se preguntó quién sería. Estaba tan cubierta de púas que no pudo distinguirle el rostro. ¿Alguna prima o tía que fue secuestrada por los vanirianos y actuaba bajo sus órdenes? No, era muy poco probable porque la sincronización la protegió de los vanirianos.
También podía desechar cualquier parentesco del lado de su padre, porque los Aesir de las Arenas eran todos morenos y no tenían los ojos del clan mascalino. Sakti sabía que el Emperador y su hijo eran los únicos Aesir con el cabello negro y los ojos del clan. A no ser que alguno de sus tíos tuviera una hija y no contara con la oportunidad de anunciarlo a Masca. Aunque, pensándolo bien, esa opción tampoco tenía sentido. Los secuestros de príncipes empezaron después de que Sakti regresara por segunda vez a Masca; antes de esa época recibían cartas frecuentes de los príncipes esparcidos por el Imperio. Si alguno hubiera tenido una hija, lo habría anunciado en ese entonces. Además, esa mujer era adulta y no una niña, como habría de esperarse si alguno de los tíos de Sakti era el padre.
—Bien, andando —dijo Dill mientras le apretaba la soga al cuello—. La salida debe de estar cerca.
—¿Aún insistes en atraparme? ¿Qué hay con eso de que mi precio en oro es demasiado como para que puedas cargar con el dinero y moverte libremente?
—Solo voy a coger una parte de la recompensa, lo suficiente para vivir bien por un tiempo. Después me lanzaré de nuevo a la aventura de mi trabajo. ¿Verdad que es una solución muy práctica?
Sakti arqueó una ceja mientras escuchaba los planes de Dill. Tenía que ser muy denso de cabeza o muy tonto si se creía capaz de contener a una princesa que mató a su contrincante con miles de púas y sin piedad. Señaló con la barbilla a la mujer, en caso de que Dill no hubiese pillado aún la superioridad de ataque de Sakti.
La princesa palideció al instante. La mujer ya no estaba tirada en el suelo, sino que estaba erguida detrás del sicario. Todavía estaba cubierta de púas. Dill se giró al ver la mirada desenfocada de Sakti y palideció también al ver a la Aesir. Ninguno de los dos tuvo tiempo de gritar. La Aesir extendió una mano. Con telequinesia –¡sin duda era telequinesia!– los lanzó al interior de lo que una vez fue el jardín del Edén.
Cuando se aseguró de que estaban a una distancia prudente, las púas que le perforaban el cuerpo salieron disparadas. Sakti y Dill se cubrieron la cabeza con las manos, pero las agujas cayeron al vestíbulo que estaba al pie de las escaleras. La mujer se giró a ellos. Aunque estaba repleta de huecos no le salía sangre de las heridas.
—¿P-polvo? ¿Ceniza? —preguntó Dill incrédulo mientras veía el polvillo que salía por las aberturas. Los huecos se cerraron con rapidez y dejaron a la mujer intacta. La Aesir no les quitó la mirada de encima mientras se dirigía a recoger la espada. Sakti supo que ahora la mujer pelearía en serio.
—¡Quítame la cuerda! —le ordenó a Dill—. ¡HAZLO!
Dill la desató a la velocidad del rayo, con la misma destreza con que la amarró. Sakti, mientras tanto, lo apresuró cada vez más y más, siempre viendo con atención a la mujer mientras caminaba hacia el arma, se inclinaba, la recogía y...
—¡VETE!
Con la pierna sana, Sakti pateó a Dill para apartarlo. Justo entonces la Aesir apareció frente a la princesa y le lanzó el arma al cuello. Sakti se defendió con la daga que había quitado a Dill. La daga se partió en dos y solo por algún milagro el trozo que saltó no hirió a la princesa. «La garra», pensó cuando vio que la mujer atacaría de nuevo. No tendría tiempo ni fuerza para correr y evadir el golpe. Tenía que defenderse mientras pensaba en qué magia utilizar para vencerla. Se cubrió la cara con la garra, segura de que podría recibir el ataque tal y como cuando se enfrentaba a las hachas y espadas de los vanirianos.
Cuando el primer golpe hizo contacto, unas pequeñas chispas surgieron de la fricción entre la espada y la garra. Sakti notó que la Aesir abrió un poco más los ojos, sorprendida de que el tajo limpio que esperó se convirtiera en un escudo inesperado. Sakti se levantó y preparó la garra para recibir un nuevo embuste. La Aesir usó más fuerza y...
—¡AAAGH! —gritó la muchacha.
El filo superó la coraza de la garra y alcanzó la carne. ¿Cómo era posible? Sakti se llevó la mano a la herida, perdió el equilibrio y cayó sentada al suelo. La sangre –¡rojacomolasfloresrojacomolasflores!– salió a propulsión. Sakti intentó espabilarse y mantener la cordura para luchar con todas sus fuerzas contra lo inevitable. Pero fue en vano.
La mujer alzó la espada.
Estaba acabada.
La dejó caer.
Estaba acabada.
Se dirigió al cuello.
Estaba acabada.
Le cercenaría la cabeza y...
—¡ALLENAAAAA! —gritó Dill.
El zumbido de la espada paró. Sakti mantuvo los ojos cerrados, escuchando su nombre en el eco de las ruinas y preguntándose si eso era lo que escucharía aún después de caer al lago de sangre. Abrió los ojos cuando se dio cuenta de que todavía sentía el ardor de la herida y que en los oídos todavía zumbaba el fantasma del arma acercándose a ella. La espada se detuvo a un milímetro del cuello. La Aesir la miró sin pestañear, en una posición de combate perfecta. Después la mujer giró el cuello a Dill y lo observó con rudeza.
—¿Arash mër nom s'arepia? —preguntó con un murmullo.
Dill, que sostenía un proyectil como si hubiera pensado en lanzarlo a la mujer, se congeló. Claramente no entendió la pregunta. Sakti, que estaba más familiarizada con el aesiriano antiguo, comprendió de inmediato. La sincronización resonó en las mentes suya y de Dill.
¿Cómo sabes mi nombre?, preguntó la mujer. El sicario permaneció mudo de nuevo. Al no recibir respuesta, la mujer acercó más el arma a Sakti. La princesa retrocedió hasta caer por completo al suelo. La Aesir se sentó sobre ella, le rodeó el cuerpo con las piernas y sostuvo con mayor firmeza la espada contra la yugular de la muchacha. He dicho, ¿cómo sabes mi nombre? Dill comprendió que la mujer lo amenazaba con matar a Sakti si no recibía una respuesta de inmediato, pero aunque abrió la boca no pudo pronunciar ni una palabra.
—No lo sabe —respondió Sakti. Intentaba reponerse al mareo y al dolor. Se sentía más débil con el paso de cada segundo—. No te estaba llamando a ti, ¡me estaba llamando a mí!
¿A ti?, preguntó la mujer. Aunque Sakti no la vio despegar los labios, supo que la voz de las ruinas era la voz de la Aesir.
—Sí. Mi nombre es Sakti Allena Aesir II —respondió.
El corazón le latió aprisa, tanto que temió que la sangre saliera más rápido de la herida. La Aesir no apartó el arma de inmediato, sino que se la quedó mirando en busca de algún rasgo de la Realeza. Sakti sabía que los tenía –como el largo del cuello, la posición de las orejas y el perfil de la nariz–, pero si la mujer buscaba cabello negro y ojos del clan no los encontraría en la chica. Por fin la Aesir apartó la espada, pero a cambio mordió la herida en la garra.
Sakti chilló y pataleó, segura de que ahora se la comerían viva. A la mujer le bastó con sostenerle los brazos para neutralizar la mayor parte de los golpes. Al fin la dama pálida se apartó, se limpió el líquido carmesí que le resbalaba por la barbilla y asintió.
Pues sí, sonó de nuevo la voz. Sí eres una Aesir. Tu sangre no es tan limpia como lo fue la mía, pero es lo bastante buena como para que te reconozca como mi hija. La mujer se levantó y le ofreció la mano. Al fin has llegado, hija de los hijos de mis hijos. Al fin estás aquí para sustituirme. Yo soy Sakti Allena Aesir I y he esperado por ti durante mucho, mucho tiempo.


"Los Hijos de Aesir: El Reino de las Arenas" © 2012-2017. Ángela Arias Molina

No hay comentarios :

Publicar un comentario

¡Hola! Muchas gracias por leer este capítulo de "Los hijos de Aesir". Puedes ayudar a la autora al calificar la lectura en la barra de calificación (está un poquito más arriba). O mejor aún ¡deja un comentario! Toda crítica constructiva es bienvenida. ¡Muchas gracias!
*Los trolls no serán alimentados*

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
¡Sigue el blog!