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Capítulo 17

17
LOS AMANTES


—¡Ve por ella! —exclamó Lemuria tras lanzar una pelota de lana. Freki salió disparado a buscarla, como si fuera un cachorrito jugando con su niño.
—Tienes mucha fuerza para ser una chica —observó Dereck. A Lemuria solo le bastó alzar el brazo para lanzar la bola tan al frente que Freki se había perdido en la oscuridad.
—Es que hago mucho ejercicio —respondió la mujer. Escucharon las pisadas de Freki y el lobo salió de la oscuridad para lanzarse sobre Dereck.
—¡Otra vez, otra vez! ¡Ahora lánzala tú, lánzala tú! —El mensajero batió la cola y puso la bola de lana en manos del Guardián. Lemuria se la había lanzado y Freki la había buscado tantas veces que ahora era una pelota deshecha y babosa.
—Ugh... —se asqueó Dereck—. Mira, Freki, ¿por qué mejor no descansas un poco? La sincronización no está funcionando, así que solo tenemos la antorcha para alumbrarnos. Si sigues separándote de nosotros podrías tropezarte y romperte una pata. Mejor...
—¡Deeeeereeeeeck! —gimoteó el lobo—. ¡Jueeeeegaaa conmiiiiiiiigo!
—No actúes como un niño...
—Buuuuaaaaaá. Dereck no quiere jugar conmiiiiiigo —lloriqueó el lobo a la vez que buscaba refugio en los brazos de Lemuria.
—Ay, no llores. Yo jugaré contigo, ya, ya. —La mujer rascó las orejas del animal hasta que la pata trasera comenzó a temblarle de la dicha. Lemuria tomó la bola de lana y la lanzó de nuevo. Freki salió disparado, como impulsado por un resorte.
—¿Sabes? Entre más lo consientas más caprichoso se hará —la avisó Dereck mientras continuaban la marcha.
—No importa. Es tan lindo que no me molestaría concederle todos sus caprichos.
Lemuria se pasó la mano limpia por el cabello y se lo quitó de los hombros con ese ademán tan coqueto que tenía. Dereck, una vez más, no pudo evitar que los labios se le estiraran. Tenía la cara adolorida por todas las sonrisas que le había provocado esa muchacha.
Le gustaba verla sonreír, ver cómo se corría el pelo y le agradaba mucho el roce de su mano al lado por caminar tan juntos. Pero tenía que detenerse. Él y Freki estaban buscando a Sakti y no podían distraerse. ¿Qué diría Sigfrid si viera a su discípulo dando vueltas sin sentido en unas ruinas en compañía de una mujer bonita, en lugar de estar haciendo su trabajo y buscando a la princesa que le encomendaron cuidar? No importaba qué dijera el General porque a Dereck le bastó imaginar la cara que pondría para estremecerse: sus ojos fríos y llenos de desprecio, y una vena palpitándole en el cuello...
—Urg... —gimió mientras se frotaba un brazo.
—¿Tienes frío? —preguntó Lemuria. Era poco probable, porque Dereck cargaba la antorcha y recibía de inmediato el calor—. Si estás cansado puedo sostenerla por ti.
—No, no, estoy bien. Es solo que estoy preocupado. Se supone que estoy trabajando pero en realidad solo doy vueltas en círculos. Imaginaba qué haría mi «jefe» si me viera en esta situación, y me dio algo de escalofríos.
—Vaya. Parece que es un jefe muy estricto. ¿Es un comandante o algo así? —Lemuria bien sabía que trataba con un soldado.
—Hmmm... Peor, diría yo. Es el General Montag. —No supo por qué lo dijo. Comprendió que cometió un error en cuanto el nombre de Sigfrid le salió de los labios. Pensó que Lemuria se horrorizaría; en lugar de eso, la muchacha se detuvo y aplaudió muy emocionada.
—¿El General Montag? ¿El Primer General? ¿De verdad? —Dereck frunció el ceño pero sonrió de todas formas.
—S-sí... ¿por qué te emociona tanto?
—¡Porque me encanta! —respondió la mujer—. ¿Sabes? Una vez lo vi cara a cara. ¡Pero qué hombre! Se mantiene en muy buena forma. —Lo dijo con tal tono y con una sonrisa tan pícara que Dereck se sonrojó hasta las orejas.
—¿No estarás diciendo que---?
—¡Claro que sí! El General Montag es todo un ejemplar. —Dereck se estremeció.
—¡Sostenme esto! —Le pasó la antorcha a Lemuria para frotarse los brazos. Los escalofríos fueron tan severos que tuvo que agacharse para frotarse también las piernas—. ¡Ah, ¿por qué tenías que decir algo así?! ¡¿No escuchaste que es mi jefe?! ¡Ya no podré verlo a los ojos de nuevo!
—Exageras mucho —le riñó Lemuria mientras ponía una mano sobre la cadera—. Todos los hombres son iguales. Pueden hablar descaradamente de lo buenas que están las mujeres que pillan, pero luego se espantan cuando nos escuchan hablar de un hombre que nos parece apuesto. Grábate esto en la cabeza, Dereck Sunkel: soy mujer y no me avergüenza compartir lo que pienso.
—¡Pero aprende con quién debes compartirlo! No le hables a un hombre de otro hombre con ese tono tuyo, ¡mucho menos de su General! ¿No ves que es incómodo?
—Para nada.
—Oh, ¿en serio? —preguntó Dereck burlón, pero todavía acalorado—. ¿Cómo te sentirías si hablara de una de tus amigas de esa forma delante de ti? ¿No estarías también incómoda?
—¿Quieres hablar de mis amigas? ¿Por qué mejor no hablamos de mis hermanas? Tengo dos, una mayor y otra menor. La más pequeña se llama Kiria y es súuuuper linda, pero todavía es muy niña. No estoy de acuerdo con las tendencias pedófilas, así que no te la presentaré. Pero Abigahil, en cambio, es bellísima, tiene unas curvas bárbaras y sabe usarlas para su provecho. Apuesto a que no podrías dejar de mirarla y hasta se te caería la baba. ¿Quieres que te la presente?
Dereck miró boquiabierto a Lemuria, preguntándose si le estaría tomando el pelo. Pero no, ella hablaba muy en serio. Dereck se tapó los ojos y la frente, sintiendo lo caliente que estaba.
—Conque así son las cosas en este país. En el mío, las mujeres no hablan de esta forma.
—No lo creo.
—Pero es así.
—Tal vez crees que es así, pero eso es solo porque las mujeres de tu país siempre andan cubiertas con capucha, ¿verdad? Por eso te las imaginas calladas y discretas, pero te puedo asegurar algo. —Los dedos de Lemuria recorrieron el pecho de Dereck y se posaron en el mentón del soldado. Al contacto, Dereck entreabrió los dedos y se asomó por ellos. Lemuria lo observaba con detenimiento—. Cuando a las mujeres nos gusta un hombre, no nos da miedo hacer todo lo que esté en nuestras manos para hacérselo saber.
Los dos se miraron fijamente, sus rostros apenas perfilados en la oscuridad. En los ojos de la mujer estaba clara la intención. Después de unos segundos, en los de Dereck se leyó que aceptaba la invitación. Ahora que llegaron a un consenso solo quedaba una cosa por hacer: deshacerse de Freki, alejarlo el tiempo suficiente para que los dos pudieran estar juntos. En cuanto se acordó del lobo, Dereck reparó en que su amigo no había regresado todavía con la pelota de lana babeada. Las posibilidades lo asustaron, así que se alejó de Lemuria unos pasos sin pensarlo. Cuando la oscuridad comenzó a tragárselo, retrocedió.
—Lo sé —dijo la mujer a su espalda—. Busquémoslo.
Reanudaron la marcha, atentos a cualquier movimiento o sonido. ¿Qué le pasó a Freki? ¿Acaso había otro precipicio al frente y cayó por no andar con cuidado? ¿O quizá...? Le dio escalofríos recordar a los reptiles bípedos. Si Freki cayó en las garras de esas criaturas jamás se perdonaría. Debió ser más estricto con el lobo y no dejar que se alejara tan atarantado.
Sus pasos ganaron resonancia. El círculo de luz que formaba la antorcha se amplió. Habían llegado a una bóveda. Se detuvieron, ansiosos por escuchar algo. Primero distinguieron el crepitar de la antorcha y después sus respiraciones. Los dos estaban asustados, como si las mismas imágenes perversas inundaran sus mentes. Después repararon en que había otra respiración más, una menos jadeante, casi acompasada y muy profunda. Dereck reconoció el sonido: era el mismo que hacía Freki cuando dormía. Avanzó unos pasos más jalando a Lemuria consigo, que lo había tomado de la mano. En cuanto se alejaron bastante de la boca del túnel, la sincronización se reanudó.
Exterminar amenaza.
Las paredes de la bóveda se iluminaron, al igual que las criaturas que esperaban en el centro. Eran tres herramientas Fafnir, que hasta ese momento habían sostenido a Freki en el suelo para que no se moviera. Los tres reptiles se separaron del lobo y saltaron sobre Dereck y Lemuria, con las garras y las fauces dispuestas a apresarlos. Dereck empujó a Lemuria a un lado y recibió el golpe del primer Fafnir, que lo tiró de espaldas al suelo. Cuando aterrizó, el soldado alzó las piernas y empujó al reptil para quitárselo de encima. Después rodó a un lado, se incorporó y corrió hacia Freki.
—¡Dereck, la antorcha! —lo llamó Lemuria.
Dereck se detuvo y vio que los tres Fafnir se lanzaron sobre la mujer, pero ella los esquivó con mucha agilidad y antepuso el fuego de la antorcha. Eso pareció asustarlos porque retrocedieron. Pero a cambio el fuego empezó a desvanecerse en cada movimiento brusco que requería para alejar a los reptiles. Dereck miró a Freki, a unos pasos de él. El lobo tenía una herida en un costado de la que salía mucha sangre; aunque lograra despertarlo, no podría contar con la ayuda del mensajero para deshacerse de los Fafnir. Aunque lo auxiliara, Dereck no podía hacer nada por Freki. Si la herida era tan grave como parecía, entonces no había nada en el mundo que el soldado pudiera hacer para sanarla. Tenía que ayudar a Lemuria, que todavía tenía posibilidades de sobrevivir.
Corrió hacia la mujer y la alcanzó justo cuando un Fafnir macho le arrancó la antorcha de las manos. El Fafnir levantó las zarpas para herirla, pero Dereck lo jaló de la cola y lo apartó. Aunque no hizo más que alejar al primer reptil, jaló a una Fafnir hembra de la misma manera para separarla de la mujer.
—¡Yo me encargo de estos dos! —dijo mientras se agachaba para evitar un zarpazo del macho—. ¡Huye! ¡Tendrás que arreglártelas con el tercero!
Los dos Fafnir que Dereck tomó sincronizaron movimientos, lanzando zarpazos, patadas y mordiscos en la misma coreografía. Dereck evitó todos los golpes caminando de espaldas y haciendo piruetas. Le habría gustado contraatacar, pero supo que sus puños no igualarían la fuerza de los reptiles. La espada que tenía en el cinturón tan solo se rompería si chocaba contra las corazas de los Fafnir. Pensó en utilizar la esencia del viento, pero la bóveda era un espacio cerrado y no podría crear y controlar una ráfaga de aire decente.
Quería crear un viento cortante con suficiente fuerza para aniquilar a los Fafnir, pero invocar algo así en sus condiciones no era solo difícil sino también peligroso. Si lo lograba, no podría controlarlo y lastimaría a Freki o a Lemuria. Y a él también, por supuesto.
Lo único que podía hacer era entretener a los Fafnir, esperar a que Lemuria escapara y luego huir él también, aunque eso significara abandonar a Freki. Entonces se dio cuenta de que sus esfuerzos eran inútiles. Lemuria no estaba en mejores condiciones que él aunque se enfrentara a un solo Fafnir, porque en cuanto se apartaba de él el reptil acortaba la distancia con un salto.
Además, Lemuria no tenía a dónde escapar. Dereck tampoco. La bóveda estaba sellada. Aunque lograran derrotar a los Fafnir, no podrían salir si la sincronización no se los permitía. Permanecerían ahí hasta morir de hambre o por falta de oxígeno, o hasta que la sincronización enviara nuevos reptiles que lucharan contra ellos. De todas formas, era el final.
—¡Dereck!
Lemuria señaló algo a espaldas del soldado. Sin voltearse, Dereck supo qué era: la entrada del túnel se había abierto de nuevo. Se sintió como un imbécil al saber que los Fafnir no peleaban con él para matarlo, sino para apartarlo. Atacaron para que él pudiera esquivarlos y alejarse de la batalla al mismo tiempo. Si daba unos cuantos pasos más entraría al túnel, la compuerta se cerraría y Lemuria y Freki estarían solos contra esas cosas.
Intentó plantarse en un solo sitio, defenderse con los brazos y piernas en lugar de huir. Pero después de bloquear tres ataques, los Fafnir entendieron sus intenciones. Los dos dieron una vuelta rápida sobre los talones y golpearon a Dereck con las colas hasta lanzarlo de espaldas contra el túnel. El soldado no pudo evitar el golpe ni bloquearlo, así que retrocedió trastabillando hasta tropezar. Para cuando logró ponerse en pie, la compuerta ya se había cerrado. Entonces escuchó la voz de la sincronización en su cabeza, que le decía algo que él ya sabía.


—¡Dereck! —gritó Lemuria cuando el soldado desapareció al otro lado de la pared. Los dos Fafnir que lo derribaron se voltearon y la miraron con idéntica malicia, como diciéndole «Hasta aquí llegas». La mujer sonrió—. Bien, ya es hora de dejar de fingir.
En cuanto lo dijo, la iluminación de la sincronización se detuvo. Solo quedó una pinta naranja de la antorcha y los cuerpos blancos y luminosos de los Fafnir. Las tres bestias sisearon y reanudaron el ataque. Se movieron con tanta rapidez y de manera tan errática que crearon estelas de luz que confundirían a cualquiera. Pero Lemuria no era una asustadiza ni una novata. No se preocupó y esquivó los ataques del reptil más cercano a ella para dar tiempo a los otros dos de unirse a la fiesta. Cuando los tres se le tiraron encima desde ángulos diferentes, la sonrisa de la mangodria se amplió. Le bastó chasquear los dedos para que el primer reptil cayera presa del fuego azul. Las llamas lo rodearon y lo convirtieron en tirones de niebla casi al instante.
—Ooopps —dijo. Al instante siguiente desapareció de la vista de los otros Fafnir. En un menos de un parpadeo, la peli-ver se materializó en el humo que se desvanecía—. Lo ataqué con más fuerza de la necesaria. —Inclinó la espalda e hizo una reverencia sarcástica—. Por favor, sean más resistentes porque de verdad quiero hacerme de sus núcleos.


Entonces eres un traidor, dijo la voz de la sincronización con desprecio.
—Lo sé —se limitó a responder el soldado.
La compuerta se abrió y ya no escuchó más a la voz. Lemuria estaba en la bóveda, sentada en el suelo y jadeando. La antorcha, casi extinta, estaba al lado.
—¡Dereck! —exclamó la mujer mientras se incorporaba de un salto y corría hacia el soldado. Dereck sonrió y abrió los brazos. Si Lemuria podía fingir que estaba agotada y asustada, él podía fingir que le creía.
—Pensé que te matarían —le susurró al oído cuando la estrechó.
—Yo también. Pero los monstruos se desvanecieron de repente y la compuerta se abrió.
Lemuria se apretujó en los brazos de Dereck. El soldado cerró los ojos al percibir el olor del cabello bajo la nariz. No era dulce ni tierno, como el aroma de una niña; sino maduro y atrayente, como el perfume de una mujer. Su corazón y el de Lemuria latieron juntos, como si fueran la armonía misma; sintió que su calor atrapó a la mujer y que el de ella lo embrujó a él. Supo que podía tomarla allí mismo, que ella no ofrecería resistencia y marcaría su propio ritmo. Rápido o despacio, a Dereck le dio igual porque supo que si seguía el son marcado por Lemuria no se arrepentiría.
Lástima que el entrenamiento como soldado no lo dejaba entregarse al placer sin antes asegurarse de que todo estuviera en orden. El fuego. Tenía que hacer algo con la antorcha, tenía que avivarla antes de que se desvaneciera y ellos dos quedaran en las tinieblas. Ni siquiera con la visión ajustada podrían ver bien. Muy a su pesar, abrió los ojos y se separó de la mujer para ir hacia la antorcha. Ella no se lo recriminó, de la misma manera que no le reprochó que prefiriera buscar a Freki en lugar de hacer válida la invitación en el túnel.
Dereck se detuvo después de un solo paso. No solo vio la luz agonizante de la antorcha, sino también un par de luciérnagas. Le costó entender que eran los ojos de Freki, que brillaban abiertos en la oscuridad. El lobo todavía estaba vivo. Dereck corrió hacia él y se agachó al lado. Entendió que no había nada que pudiera hacer. La sangre ya no brotaba solo del costado, sino también del hocico.
—Deeereck... —gimió el lobo.
—Shhh —lo calló con cariño mientras le acariciaba la cabeza—. Ven aquí. Todo estará bien.
Dereck se sentó, tomó la cabeza del lobo y se la puso sobre el regazo para que Freki estuviera cómodo. Ya la antorcha no le importaba. Lo único que importaba era acompañar al lobo en sus últimos momentos y mimarlo. A Dereck le pareció increíble que una criatura tan grande y fuerte como Freki estuviera tan frágil y deshecho. Pero así era la vida: siempre había un pez más grande en el mar. En este caso los Fafnir fueron más grandes que Freki.
—Deer... huy...
—Tranquilo, tranquilo. —Dereck sostuvo al lobo para que no se moviera. Freki comenzó a asustarse por lo que le sucedería pronto, así que intentó levantarse. Pero estaba tan débil que Dereck no tuvo problemas para dominarlo—. Ya se fueron, ya todo está bien. Cierra los ojos, descansa. Aquí estoy. —Lemuria pasó al lado y tomó la antorcha. Mientras Dereck consolaba al animal, ella sopló a poquitos sobre la punta con la paciencia requerida para avivar el fuego—. Todo estará bien.
Freki no se calmó. Siguió pataleando con debilidad, murmuró palabras que no pudo finalizar por el acceso de tos y movió la cola con ferocidad, como si no estuviese moribundo. Al final todo eso fue demasiado trabajo para él, así que se limitó a gruñir. Lo hizo con bravura, fijándose por el rabillo del ojo en Lemuria. Incluso eso llegó a convertirse en un calvario para él y su respiración se hizo más pesada. Dereck se mordió los labios. ¡Cómo se arrepentía de no haber jugado con él con esa asquerosa bola de lana! Justo cuando estuvo seguro de que el corazón de su amigo se detendría, sintió una palpitación nueva en el suelo.
La sincronización se reanudó pero no fue poderosa, como cuando les tendió la emboscada. La luz parpadeó y casi no iluminó. Tampoco hubo herramientas Fafnir que iniciaran el ataque. Lo que sí hubo fue ondulaciones en el suelo, justo donde estaba Freki.
De allí salieron tres cables, que se insertaron en el costado del lobo. El mensajero soltó un chillido agudo que le dejó un pitillo a Dereck en los oídos. Freki comenzó a moverse otra vez, ahora con más fuerza, presa del dolor. Le suplicó a Dereck que le quitara los cables de encima. El soldado iba a ayudarle hasta que sintió el flujo de magia. A pesar del pelaje espeso y ensangrentado, vio que la sincronización sanaba las heridas de Freki.
De repente, la tenue luz se apagó. Las ondas se esfumaron. Dos cables se soltaron de Freki y cayeron inertes al suelo, sin poder fundirse otra vez con el mármol. El tercer cable se quedó pegado en la piel del mensajero. La sincronización había muerto.
—Espera —dijo Lemuria. Se acercó al lobo alumbrada por la tea y le arrancó de un tirón el cable. Freki aulló y le lanzó una mordida. Dereck lo agarró del cuello justo a tiempo, pues las fauces del lobo se cerraron a unos centímetros de Lemuria.
—Solo quería ayudarte —le dijo Dereck mientras lo abrazaba del cuello—. ¿Estás bien? ¿Cómo te sientes?
Palpó el costado del lobo y lo obligó a verlo a los ojos. Freki estaba algo confundido, así que Dereck no se preocupó por el intento de morder a Lemuria. El mensajero solo actuó por instinto al sentir el dolor, así que no tenía caso reprenderlo. Ahora solo quedaba alegrarse de que estaba bien y mimarlo un poquito para que su recuperación fuera del todo exitosa.
—¡Ay, Freki! ¡Qué bueno que estás bien! —exclamó Lemuria con los brazos abiertos de par en par—. ¡Ven aquí! ¡Te quiero abrazar!
Freki le gruñó a la vez que el pelaje se le erizaba. Los ojos del mensajero eran dos canicas de furia y violencia. Lemuria quedó plantada en su lugar, con los ojos fijos y confundidos sobre el lobo juguetón y cariñoso. ¿Por qué ahora le gruñía?
—Discúlpalo —dijo Dereck—. Se acaba de dar un buen susto. Por eso está un poco sensible. ¿Verdad que lo perdonas?
Lemuria comprendió la furia en los ojos del mensajero. Había sido descubierta.
—Por supuesto —dijo y acompañó sus palabras con una bonita sonrisa.


Encontraron una nueva bóveda, también sumergida en las tinieblas pero mucho más grande que la anterior. Decidieron descansar allí. Freki todavía se apartaba y gruñía a Lemuria, y no se comportaba mejor con Dereck, así que los dos supusieron que el lobo necesitaba recuperarse. ¿Y por qué no? Habían caminado todo el día y se enfrentaron a las herramientas Fafnir. Los tres se ganaron una noche de descanso y encontraron el lugar ideal para ello. Hicieron una pequeña hoguera con la antorcha y con trozos de tela y papel que Lemuria cargaba en un bolso. Cocinaron unas frutas que Dereck jamás había visto en la vida, y que la mujer llevaba entre sus raciones. La piel de la fruta cayó deshecha después de unos minutos y Lemuria la apartó del fuego con pinchos. Ofreció una a Dereck y otra a Freki, pero el lobo la ignoró.
—Aún está afectado —lo excusó de nuevo Dereck.
—Todo está bien —lo tranquilizó Lemuria—. Se la dejaré aquí por si luego le da hambre.
Los dos comieron sin remordimientos. Lemuria explicó que lo que comían era carmi, una fruta que crecía en los arbustos de la sabana de su país. Dereck jamás la había visto, pero le alegró encontrar algo tan exquisito en un lugar tan inhóspito. «Pero esto no es lo único dulce y crujiente que he encontrado en las ruinas», pensó cuando Lemuria apartó la fruta para recoger con los dedos el juguillo que le resbalaba por los labios. Ella reparó en la mirada de Dereck y con sus ojos miel le dio un nuevo mensaje: «Pronto».


Alguien murmulló su nombre en el oído. Dereck sintió el aliento cálido en el cuello. Como la voz era profunda y grave, el soldado se arropó y volvió a dormirse. Freki le apartó la manta con el hocico y le movió la cabeza para espabilarlo.
—¿Qué quieres? —preguntó también en un susurro y algo malhumorado.
—Ven, tenemos que irnos —lo apresuró el lobo.
Dereck entreabrió los ojos justo cuando el mensajero se incorporaba. Se quejó porque echó en falta el cuerpo grande, peludo y cálido de Freki, tan ideal para dormir. El lobo lo calló con un lengüetazo, le mordió el cuello de la camisa y comenzó a arrastrarlo por el suelo.
—¿Qué haces? —preguntó Dereck.
—Shhh, no hagas ruido. Deja que siga durmiendo —advirtió Freki. Se refería a Lemuria, quien todavía estaba dormida en su propio nido. Usaba el bolso como almohada.
Como no entendió cuáles eran las intenciones del lobo, Dereck dejó que lo arrastrara hasta un túnel. El mensajero continuó arrastrándolo varios metros más a pesar de los peligros.
—Freki, adelante puede haber más de esos reptiles. Todavía estás resentido y yo no haré mucho contra una de esas cosas. Tenemos que regresar al campamento.
—No —lo cortó el lobo—. Estaremos más seguros con los Fafnir que con Lemuria. —Dereck suspiró.
—Freki, déjame caminar. —El mensajero dejó que Dereck se incorporara. Después de que el soldado se estirara, se restregara los ojos y diera un último bostezo, cruzó los brazos sobre el pecho y miró a su amigo—: A ver, ¿qué es lo que te ocurre?
—¡Que soy un idiota! —respondió el lobo, todavía con murmullos—. ¡Idiota, idiota, idiota! ¡Y también tú! ¿No te suena el nombre «Lemuria» de alguna parte? ¡Yo ya me acordé! Allena la mencionó. Y hay algo que no te conté. Cuando Lemuria y yo estábamos con los Fafnir, justo cuando la sincronización te apartó, ¡yo la vi! Ella derrotó los Fafnir con fuego azul. ¡Fuego AZUL! ¡Es una mangodria! —Dereck sacudió la mano delante de Freki, como si apartara así la idea.
—Tonterías. Estabas noqueado y perdías mucha sangre. Seguro imaginaste cosas. —Dereck dio media vuelta para devolverse al campamento, pero Freki lo interceptó y lo detuvo.
—¡No! Yo la vi. Además, ¿te acuerdas de los cables de sincronización? ¿Los que me sanaron? Con ellos, la voz me advirtió de la chica. Por eso te apartó de los Fafnir, porque quería que estuvieras a salvo.
—¿Hablas de la misma sincronización que atacó a la princesa con un reptil gigante, de la misma sincronización que te atacó hasta casi matarte? —Freki abrió el hocico y lo volvió a cerrar—. Discúlpame si no aprecio mucho lo que diga esa voz, pero creo que tengo mis buenos motivos. Ahora vayamos a dormir. —De nuevo Dereck intentó marcharse, pero el pelaje de Freki se erizó y con la cola bloqueó el camino del soldado.
—Dereck, por favor, ¡créeme! ¡Es una mangodria! Yo la vi. Usó el fuego azul para eliminar a los Fafnir y luego le hizo algo a la pared. Por eso la compuerta se abrió otra vez, ¡fue ella la que lo hizo! Y yo cometí la estupidez de decirle cuál es tu verdadero nombre. ¡Si eres el guerrero número uno del ejército aesiriano después de los Generales, claro que los vanirianos van a conocer tu nombre! ¡Solo quiere usarte, obtener información de ti o algo! Por favor, por favor, ¡vámonos! ¡Tenemos que encontrar a Allena, tenemos que sacarla de aquí antes de que la mangodria la encuentre! —Freki miró con intensidad a Dereck, transmitiéndole todo su temor. Pero en los ojos del muchacho vio el fantasma de algo que no le gustó nada.
—No —se limitó a decir Dereck.
—¡Pero---!
—No, Freki. No me voy.
Entonces el mensajero reparó en que Dereck dijo que no «apreciaba» lo que dijo la sincronización; nunca dijo que no lo «aceptaba». Tampoco insistió en decirle a Freki que se había imaginado cosas o que estaba equivocado. Solo dijo «No voy», sin dar ninguna razón lógica. Porque no la había.
—Tú ya lo sabías, ¿verdad? —preguntó el lobo. Dereck esbozó una sonrisa.
—Desde el momento en que la vi supe que era vaniriana y cuando dio su nombre supe que era una mangodria. De la misma forma que ella supo desde el inicio que yo era soldado aesiriano, igual que descubrió mi identidad al escuchar mi nombre. Y probablemente ella sabe que yo sé quién es y que sé que ella también lo sabe. —Freki sacudió la cabeza, algo enredado por el juego de palabras.
—O sea que los dos saben que saben que son dirigentes de los ejércitos de países enemigos.
—Ajá.
Freki no entendió qué hacían compartiendo campamento y comida. ¿No temían envenenarse mutuamente o que alguno matara al otro mientras dormía? Si sabían quién era el otro, ¿por qué no se habían enfrentado ya? ¿Acaso porque estaban muy empatados en poder? No. Aunque Lemuria fuera una mangodria, Dereck y Freki la superaban en número; eso era algo que un soldado disciplinado habría aprovechado para acabar con la amenaza vaniriana. Lemuria era la que estaba en desventaja y aun así Dereck no había ordenado atacarla.
Aunque, pensándolo bien, Lemuria tampoco había aprovechado sus oportunidades. Como la comida. No la envenenó porque Dereck todavía estaba con vida y no tenía ningún síntoma extraño, además de que ella también probó la fruta. ¿Por qué se concedían esa tregua? De ninguno de los dos dependía salir de las ruinas; en ese caso estaban en las mismas circunstancias. Entonces, ¿qué sucedía?
Dereck dejó que el lobo lo concluyera por su cuenta. Freki descartó cada una de las posibilidades. Cuando llegó a la adecuada observó al soldado con incertidumbre. Dereck era un soldado responsable, fanático a hacer todo bien. Cierto era que le gustaba actuar como bobo, pero no era deficiente. Ese no era uno de sus defectos. Tampoco se distraía de sus objetivos. ¿Qué se podía esperar de un oficial entrenado personalmente por Sigfrid Montag? Solo la excelencia. Y sin embargo... había un brillo en los ojos del soldado que causó sospecha en Freki. Contra su voluntad, el lobo hizo la pregunta:
—¿No estarás planeando...? Ya sabes... aparearte con ella, ¿verdad? —Dereck ensanchó la sonrisa y dio unas palmaditas en el lomo del lobo.
—Ahora que lo entiendes ya no tengo que inventarme una excusa para alejarte unas cuantas horas. ¿Verdad que lo comprendes? Solo mantente al margen hasta que te llamemos.
—¡Tienes que estar bromeando! —aulló Freki. Se había olvidado de susurrar. Su voz resonó en el túnel y seguro llegó a la bóveda en la que dormía Lemuria, pero no le importó—. ¿En qué piensas?
—¿Por qué no? Ella quiere y yo también. No veo nada malo en ello.
—¡Tú eres un soldado aesiriano! ¡Ella es una Generala vaniriana! ¿Cómo es que no ves nada malo en todo esto? —Dereck borró la sonrisa y miró al lobo con frialdad. Ahora se tomaba muy en serio la discusión.
—No actuaste de esta forma cuando te enteraste de que Darius se apareó con una híbrida.
—Porque no había por qué alterarse —respondió Freki, también serio—. Darius y Njord se tomaron tiempo para conocerse, saber qué les gustaba y disgustaba el uno del otro. Compartieron sus pasados, los aceptaron y trazaron juntos un futuro. Decidieron unirse, se casaron, se aparearon, formaron una familia y trabajaron juntos por ello. Y todo eso está muy bien porque se amaban el uno al otro. Estaban enamorados. Pero tú… —Freki levantó los labios y mostró los colmillos. Empezaba a enojarse—. ¡No te atrevas a usar la palabra «amor» como excusa! Sabes tan bien como yo que no estás enamorado de Lemuria y que ella no lo está de ti.
Dereck lo sabía. Era ridículo que algo así llegara a suceder. Hacía escasos dos días que él y Lemuria se encontraron en unas ruinas y no sabían nada el uno del otro. Apenas si conocían sus nombres y qué puesto militar ocupaban. Dereck sabía que Lemuria utilizaba el fuego azul y que por ser mangodria era mujer de Vanir; y Lemuria sabía que Dereck era discípulo de Sigfrid y Guardián de Sakti. Hasta ahí llegaba el conocimiento de ambos.
No sabían dónde nació el otro, los nombres de sus padres, cuál era su comida, color o aroma favorito, qué le gustaba hacer en el tiempo libre, cuáles eran sus temores o sus más grandes dichas, cuáles eran sus virtudes y cuáles sus defectos. Eran solo dos desconocidos reunidos por azar en un punto del planeta.
Para Dereck no debía existir ninguna diferencia entre una vaniriana aldeana y Lemuria. Para la mangodria, Dereck no debía ser distinto a un comandante aesiriano anónimo. Pero aun así sí había una diferencia.
Si se hubiesen conocido en el campo de batalla, ¿qué habrían hecho? Por alguna razón, Dereck lo supo. Si pudiesen no cruzarían espadas. Con tan solo una mirada decidirían alejarse el uno del otro para no ser los culpables de su muerte. Y si no tuvieran más remedio que luchar, cada uno fingiría que atacaba en serio. Las espadas se encontrarían, pero no aprovecharían ningún hueco en la defensa para herir al otro. Fingirían que peleaban así estuviesen rodeados de soldados o completamente solos. Pero en realidad bailarían mirándose a los ojos, contando los golpes para decidir el momento en que separarían las espadas, lo llamarían un empate, fingirían llegar a un acuerdo militar y cada uno se iría por su cuenta, deseando y no deseando que el encuentro se repitiera.
¿Era eso amor? No, para nada. Entre Dereck y Lemuria no existía el amor que sí hubo entre Darius y Njord. Era ridículo y hasta una ofensa para el profeta y su esposa comparar la relación entre el soldado y la mangodria con la de ellos. Lo que sucedía entre Dereck y Lemuria era algo menos lógico que el amor. Solo el amor se puede explicar por sí solo, sin ninguna razón que lo justifique; y como la atracción que los dos sentían no era amor, era menos lógica y mucho más vaga.
Lo que planeaban hacer ni siquiera era por atracción física. Sí existía ese tipo de atracción, pero ni él ni Lemuria dejarían pasar la oportunidad de acabar con una buena pieza del enemigo solo por un rostro hermoso, un cuerpo atlético o unas curvas sensuales. Ambos tenían más cabeza que eso.
Sin embargo, no podían comprender qué los unía. Ambos apostaban muy alto por averiguar qué era ese lazo invisible entre los dos. Posponían el deber que cada uno le debía a su bandera y querían intentarlo, probar y quizá entender. No sabían si lo conseguirían pero sí tenían muy clara la decisión que tomarían cuando alcanzaran la meta. Era una locura, Dereck lo sabía. Y Lemuria también.
Por eso el soldado no pudo culpar a Freki por creer que arriesgaba demasiado y que las razones de Dereck eran de todo menos razonables. Él también lo creía así y sin embargo... Tenía que intentarlo. Tenía que hacerlo. Más importante aún: quería hacerlo.
—Me quedo, Freki.
—¡NO! —aulló el lobo—. Usa esa cabezota, larguirucho. ¡Solo te está seduciendo para matarte durante o después de que se apareen! ¡Es una viuda negra!
—Si quisiera matarme hace mucho lo habría hecho —intentó consolarlo Dereck—. ¿Y cómo sabes que no soy yo el que la está seduciendo para matarla?
—¿Lo estás haciendo? —preguntó el lobo con tono cínico—. ¿Planeas matarla?
—No. —Freki ya lo sabía.
—Me voy, Dereck. No arriesgaré a Allena de esta forma. Si has olvidado tu misión eso es cosa tuya. Pero yo no la olvidaré ni estaré allí para ver cómo ella acaba contigo por tu descuido. Ya lo sabes. Así que elige ahora: vienes conmigo o te quedas con ella.
—¿De eso se trata todo esto? ¿Estás celoso y ahora me haces elegir entre ella y tú? —bromeó el soldado.
Freki ni siquiera se dignó a responderle. Solo lo miró fijamente, sin pestañar. Se mantuvieron callados y el silencio fue toda la respuesta que necesitaron. El mensajero se hizo a un lado y dejó el camino libre. Dereck pasó junto al lobo y regresó a la bóveda; ni él miró atrás, ni Freki esperó a que sus pisadas dejaran de resonar.
El mensajero también partió. Echó a correr por el pasillo, seguro de que tarde o temprano encontraría una zona activa en la que tendría mejor iluminación. Mientras tanto se las arreglaría bastante bien con su visión nocturna para buscar a Sakti. Aunque volcó toda su concentración en la princesa, en un rincón de su mente y en el fondo de su corazón deseó que el larguirucho bobo sobreviviera y encontrara el camino del hijo pródigo.


Cuando Dereck tomó su lugar junto a la hoguera, Lemuria abrió los ojos. El cabello lo tenía desparramado y tuvo que aclararse la garganta para hablar.
—¿Freki? —preguntó mientras se incorporaba sobre el codo.
—Se fue. No volverá. —Lemuria se espabiló un poco más.
—Lo siento.
—Yo no.
Dereck la miró a los ojos. Los irises miel, con destellos naranja por el fuego, le respondieron con un «sí».
El soldado se le acercó y la tumbó en el suelo, a la vez que le pasaba la mano por debajo de la blusa hacia los pechos. Los dedos de Lemuria recorrieron el cuello de Dereck y desajustaron los botones de la camisa. Las ropas cayeron al lado. Resbalaron al ritmo de los cuerpos, y rebelaron sus formas y los sitios pálidos que el sol del desierto no había bronceado aún. Dereck besó el abdomen bajo de Lemuria. Se quedó un momento en el ombligo mientras la mujer le palpaba con una mano los músculos de la espalda y con la otra le acariciaba el cabello.
Dereck subió y se detuvo cuando llegó a una cicatriz entre los senos. Acarició la forma sin saber que otra mangodria tenía una cicatriz idéntica, producto del ataque del Tercer Dragón, cuando la Torre todavía se mantenía en pie, justo el día en que Vanir pretendió atar a Sakti a la sincronización y devorar el poder de un mensajero.
Como para recompensarlo, los dedos de Lemuria regresaron al cuello de Dereck y acariciaron la cicatriz que él tenía en la garganta. La misma que hizo Sigurd cuando, por órdenes de Vanir y temor a Lemuria, atacó al grupo que custodiaba a una Sakti de catorce años.
Comprendieron que se miraban tal y como eran. Las cicatrices en medio de los pechos y en la garganta no eran las únicas que tenían. Dereck besó la de Lemuria y ella le acarició una detrás de la oreja, producto de un sablazo vaniriano. Él le apretó el muslo y dejó que le rodeara la cintura, sintiendo una quemadura hace tiempo cicatrizada, fruto de una emboscada aesiriana. Un montículo entre los omoplatos, regalo de una flecha vaniriana. Un trazo a lo largo del brazo, recuerdo de una daga aesiriana. Una protuberancia en la cadera, la embestida de un grolien. La marca de una llaga en la palma derecha, tortura de un comandante aesiriano. Una marca en las costillas, la mordida de una sanguijuela. Un tobillo ligeramente hinchado, una quebradura por la mordida de un sabueso de la guardia aesiriana. Cuatro surcos diagonales en la espalda, las garras de una arpía. Una marca en la sien que llegaba hasta la ceja, el puñetazo de un soldado de las Arenas.
Retozaron al lado del fuego, buscando las cicatrices con los dedos y con los labios, conscientes de la historia que se escondía detrás de cada herida. Eran úlceras y quemaduras que bien pudieron provocarse el uno al otro y que quizá, de alguna forma, se hicieron. ¿Quién aseguraba que Lemuria no ordenó el ataque al grupo de Dereck el día que una arpía le hizo las marcas en la espalda? ¿Quién podía asegurar que Dereck no acarició un cachorrito y lo alimentó, diciéndole al oído que se convertiría en un sabueso monstruoso que le rompería el tobillo a una mangodria? ¿Cómo podía asegurar Lemuria que sus oraciones diarias por el exterminio de los mejores soldados aesirianos no influyeron en que un vaniriano apuñalara a Dereck en el abdomen, como lo decía la cicatriz con forma de gusano cerca del ombligo? ¿Cómo podía estar seguro el soldado de que la marca que bajaba desde la quijada hasta la clavícula de la mangodria no la hizo un soldado que él mismo entrenó?
No podían asegurarlo ni negarlo, pero en ese momento se consideraron responsables de las heridas del otro. Quizá los besos y las caricias fueron la forma de pedir perdón. No se disculpaban por la guerra, ni por ser los verdugos de los compatriotas del otro, ni por ser lo que eran. No se arrepentían de ser mangodria y heredero de una Casa Militar. No lamentaban levantar la espada contra el rey del otro. No se afligían por los miles de años que sus países gastaron luchando una guerra que parecía no tener final.
Se pidieron perdón porque no podrían perdonarse para siempre, porque tarde o temprano el resultado tendría que salir a la luz. Así fuera esa misma noche, o al día siguiente, unos años más adelante o muchos milenios después, alguno de los dos pueblos se alzaría con la victoria. Uno de los amantes ganaría, y el otro perdería y pasaría al olvido. Así, por la espada directa o indirecta de uno, moriría el otro.
Y eso era lo que lamentaban.


"Los Hijos de Aesir: El Reino de las Arenas" © 2012-2017. Ángela Arias Molina

2 comentarios :

  1. ... ¿Derek y Lemuria? Es enserio... y te digo algo, llamame retorcida, pero creo que esos dos se ven bien, ademas el que no sea amor, sino algo mas carnal lo hace mas atractivo a la lectura. Aunque mientras leia no pude evitar una carcajada al imaginarme a Lemuria acosando a Sigfrid, tal como lo hizo la ultima vez. Eso desconcentraba un poco al demonio Montag.


    Eh estado leyendo de nuevo toda la novela, empece antier y ya voy en el capitulo "el mundo de los espiritus". Durante los capítulos he encontrado algunos detallitos muy repetitivos, hay muchas frases que usan signos exclamativos y las inicias con minúsculas, cuando deben iniciar en mayúsculas ¿Me explico? No es lo mismo, ¡soy feliz! a ¡Soy feliz! También encontré algunos dedazos, pero nada grave. En este capitulo quede muy conplacida, no encontre dedasos ni errores visibles.

    Por cierto, cuidame tambien mucho a Derek, no me importa que se revuelque con la mangodria pero donde le pasa algo, llorare! es de mis personajes hombres favoritos (top-aesirianos: DARIUS, sigfrid, Derek, Dill ¿Asi se llama el asesino a sueldo, no?, Enlil, los gemelos, Kardan hijo, Kael, Adad, el resto... si lo se, Adad a pesar de ser el principe no me agrada mucho que digamos).

    Besitos :)

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    Respuestas
    1. ¡Hola, Annie!

      1. Ahora que me pongo a pensarlo... Creo que Dereck y Lemuria son mi pareja favorita en esta historia. ¡Y ni siquiera son pareja per se! xD Me gustó mucho la química entre ellos; disfruté mucho escribiendo cómo se conocieron :)

      2. Es cierto con lo de los errores. Yo también los he visto... ¡en la nueva edición del segundo tomo! Ya lo re-escribí por completo y lo estoy puliendo. Tal vez para agosto o setiembre del 2012 estará en línea la nueva versión de "Guerra en tierra maldita", pero creo que para ese entonces (si seguís con ese ritmo) ya te habrás leído otra vez el tercer volumen y lo que va del cuarto tomo xD

      3. Interesante ver el top-aesirianos de Annie xD Empatamos los primeros 2... pero de ahí en adelante no puedo elegir favoritos, ¿me pregunto cuál será el top de otrxs lectorxs? xD

      ¡Muchas gracias por comentar, Annie! ¡Muchísimas gracias por leer! *u*

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