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Capítulo 18

18
LA DAGA SALUDA

La loza cedió con facilidad y la luz del sol entró al pasillo. Sakti apretó los ojos, desacostumbrada ya a la luz del día; pero Sid se aupó por la abertura e invitó a la princesa a hacer lo mismo. Sakti primero le pasó los maletines y después levantó los brazos para que el muchacho la izara. La levantó con rapidez y pronto los dos estuvieron en la superficie, sentados sobre la arena caliente del desierto.
—Ah —suspiró Sid—. Nada como el sol del mundo de los vivos.
El muchacho levantó la mirada y dejó que el sol le calentara la cara. La brisa sopló levantó algunos granos de arena, acarició la piel y les meció los cabellos. Sakti miró al sicario y entrecerró los ojos, pero, antes de que pudiera apartar la mirada, el muchacho dijo:
—Otra vez me estás mirando, ¿verdad? ¿Qué? ¿Te gusto? —Sakti tomó la gabardina que el chico le había prestado y se la pasó por encima de la cabeza para protegerse del sol.
—Estaba pensando en cómo te encontré. La Virtuosa dijo que te hallé en una bóveda por debajo de un nido vaniriano, lo que quiere decir que tú caíste desde el panal, ¿verdad? —Sid no respondió—. ¿Qué hacías ahí? ¿Eres un vaniriano? —El muchacho suspiró.
—Buscaba al príncipe Uruk. Logró escapar de los vanirianos y tenía motivos para creer que se había adentrado a las ruinas. Nada personal, solo estaba haciendo mi trabajo. —Sid se incorporó y se llevó una mano a la frente para hacer visera con ella.
—Así no actúas como sicario, ¿verdad? Pareces más un caza recompensas.
—Nop, soy un sicario. Pero si los clientes piden más presas vivas que muertas o torturadas, no me queda otra opción más que seguir sus indicaciones. De lo contrario, no me pagan. —Sid se cargó el maletín más pesado y el carcaj, y le dio el bolso liviano a Sakti. Luego la tomó de la mano—. Reconozco la duna Muel al este, lo que quiere decir que estamos en un terreno un poco frágil. Suele haber arenas movedizas por aquí, así que no te separes de mí. —Sakti miró hacia el este, pero todas las dunas le parecieron iguales.
—¿Cuánto tiempo llevas en el Reino de las Arenas? —preguntó mientras seguía al muchacho. No creyó necesario que caminaran juntos de la mano, pero ella no conocía el desierto ni estaba familiarizada con sus peligros, a pesar de que se leyó el cuaderno de apuntes que le regaló el tío Merkaid.
—Tres años. La gente suele decir que en el desierto no hay recursos, pero si trabajas bien te las apañas a la perfección. Los vanirianos, por ejemplo, pagan muy bien.
—Sid...
—No, Ash. Hoy seré Ash. —Sakti suspiró.
—Ash, entonces. No respondiste mi pregunta. ¿Eres vaniriano? —Ash miró por encima del hombro y le dedicó una leve sonrisa.
—¿Qué te importa lo que sea?
—Si eres vaniriano, te matarán en cuanto lleguemos a la capital de las Arenas. Y por eso, si eres vaniriano, no planeas asegurarte de que regrese con mi familia. —Ash resopló.
—Puf, lo has pensado en serio, pero puedes estar relajada. Nací aesiriano, aunque la verdad es que he convivido tanto con aesirianos como con vanirianos. De hecho viví en la Torre.
—¿En serio? —Sakti no pudo imaginarse a los vanirianos dejando vivir a un civil del país enemigo en su territorio.
—Sí, antes y después de que cierta princesa patética la derribara. En realidad, hay más aesirianos de los que puedas imaginar viviendo en el País de Hielo. Refugiados políticos y desertores del ejército, por ejemplo. También criminales. Mientras no hagan problemas en territorio vaniriano, los dejan en paz. Pero en el momento que armen jaleo, se les trata como a los delincuentes vanirianos.
Sakti guardó silencio y no habló por un par de horas. Continuaron caminando bajo el sol incandescente, con muy breves pausas para beber agua. Habían llenado las cantimploras en las ruinas, en un manantial cercano al jardín del Edén. Al parecer, la mega estructura también se encargó de mantener limpias un montón de fuentes de agua.
En las paradas, los viajeros también aprovechaban para estudiar el paisaje con la vista. Ash todavía distinguía la duna Muel –fuera cual fuese– y era el encargado de liderar la marcha. El muchacho llevaba unos binoculares en el bolso y los utilizaba para buscar a posibles viajeros, nidos de escorpiones o reconocer el pelaje pardo de los tigres del desierto.
—Siempre cazan de dos en dos —explicó—. Rondan en un perímetro de cincuenta kilómetros a la redonda de las guarderías y las ciudades, así que nos conviene verlos. Aunque de lejos, por supuesto.
A Sakti le dio la impresión de estar caminando en círculos y le sorprendió que Ash no tuviera dolor de cabeza con el fuerte sol. Ella sintió que se asaba, pero no se atrevió a quejarse. Ya tenía suficiente con que el chico la llamara patética cada vez que podía.
En un par de ocasiones estuvieron a punto de caer en arenas movedizas, pero, antes de que uno se hundiera, el otro lo jalaba. Pero en una ocasión, Sakti se sacó por su cuenta. No pudo explicar cómo, pero fue en un momento en que se soltó de la mano de Ash para secarse el sudor. Dio un mal paso y se hundió en la arena. Por instinto dio otro paso al lado para mantener el equilibrio, pero el otro pie también se le hundió. Sintió la fuerza de succión llevándosela, pero, antes de que Ash pudiera tomarla de la mano e intentar jalarla, ella estaba de nuevo en la superficie. La arena la había expulsado justo después de que la muchacha se diera cuenta de que la iba a tragar. Ni ella ni Ash hicieron ningún comentario al respecto, porque ninguno de los dos tenía idea de lo que había sucedido. Bien pudo ser su imaginación.
Siguieron adelante, Ash decidido a alcanzar la duna Muel y Sakti pensando en lo que ocurrió. No era la primera vez que la arena reaccionaba a ella. En la bóveda en la que salvó a Ash, la arena también se comportó de manera extraña. La había complacido. Sakti no usó esencias para controlarla, solo el deseo. Y en el incidente de la arena movediza, Sakti sintió que la arena se negó a tragarla como reacción al miedo de la muchacha, como si de nuevo quisiera complacerla, hacerla feliz. Sakti miró la arena por la que ahora caminaban y se concentró en levantar un poco con la esencia de los minerales, pero no lo consiguió.
«Pero tío Merkaid sí pudo», recordó. «En el barco, cuando íbamos a Myula, tomó un poco de arena que bailó en sus dedos». Su tío fue bastante amable con ella, pero Sakti no era corta de miras: Merkaid era muy débil. Estaba por debajo de la media de resistencia mágica de los Aesir y en el promedio de los aesirianos. Que él sí pudiera mover la arena a voluntad, y ella no, la tenía un poco fastidiada. Pero si él podía hacerlo, Sakti también. Estaba segura, solo tenía que intentarlo. Primero intentó relajarse, controlar la respiración y no dejar que la marcha y el sol la agitaran. Luego intentó sentir en su interior y en la arena eso que le permitió moverla en las ruinas.
Intentó imaginar la textura de cada grano, sentirlos como si se estuviera bañando en un torbellino dorado. Al principio no pudo sentir nada como eso y tan solo percibió el sol en la cabeza, la brisa que provenía del este y el calor de la mano de Ash. Pero luego sintió un cosquilleo en la planta del pie. Mientras caminaba miró al suelo, pero no había nada, aunque lo sintió. Fue como una pequeña ondulación por debajo de la piel.
Cerró los ojos para definir si era alguna secuela de los golpes en la pierna derecha, pero entonces lo vio. Fue como si aun con los ojos cerrados pudiera percibir parte de la superficie llena de arena, las pulsaciones de su cuerpo y el de Ash, y el de otra criatura más pequeña que se acercaba. Sakti supo que el cosquilleo en el pie era un reflejo de la ondulación de algo bajo la arena. Se detuvo de inmediato y jaló a Ash consigo.
—Hay algo al frente —anunció. Ash sacó los binoculares y oteó el horizonte, pero Sakti lo jaló de nuevo—. No, en el suelo. Viene para acá.
Ash y ella miraron el suelo, pero no vieron nada más que la capa de arena y alguno que otro granito que se levantaba por la brisa; hasta que Sakti sintió de nuevo el cosquilleo y vio una ondulación en la superficie. Ash también la vio. Luego el cosquilleo se hizo más intenso y también la ondulación, que formó un camino que se acercaba hacia ellos.
—Creo que es mejor devolvernos —dijo Sakti, mirando el movimiento sin pestañear—. Es una serpiente y según mi tío...
Pero cuando jaló a Ash consigo, el muchacho no la siguió. Se quedó plasmado allí, tenso como la cuerda de un arco, sin moverse. Pareció que no respiraba. Sakti le miró el rostro y vio que el chico se había puesto pálido a pesar del calor y que tenía los ojos fijos en la arena, sin parpadear. Entonces Sakti escuchó el gruñido. Ella sabía que había serpientes que no solo siseaban, sino que también gruñían como si fueran pumas. Bajó la mirada y vio cómo, poco a poco, una serpiente se erguía entre la arena. Los granos le resbalaron sobre la piel, rebelando unas escamas oscuras en el lomo y otras claras en el pecho y la garganta, interrumpidas por franjas negras que corrían horizontalmente. Era una cobra.
«Las serpientes son tímidas», se dijo Sakti, aunque la posición que tomó la cobra no le gustó nada. «Se irá, se irá». Pero supo que no se iría. No la habían molestado, ella los buscó y no se iría aunque fueran dos contra una. La serpiente abrió las fauces, tensó el cuerpo y salió disparada como impulsada por un resorte. Pero antes de que mordiera a alguno de los dos, unas ráfagas de arena le cortaron el cuerpo. Sakti miró la cola de la serpiente convulsionando hasta la muerte y los trozos superiores picados muy finos. Le sorprendió más ver que fue su mano libre la que movió la arena en un intento por protegerse. Luego Ash se dejó caer de rodillas, jalando a Sakti consigo. Más que respirar, jadeaba.
—¿Alcanzó a morderte? —preguntó la muchacha mientras intentaba incorporarlo, porque el muchacho casi se cae de bruces. Ash no respondió de inmediato, pero Sakti le revisó las rodillas y los brazos en busca de alguna herida, sin encontrar nada.
—No... —dijo después, con debilidad. Sakti enarcó una ceja.
—¿Entonces qué te pasa?
Ash antes estuvo tieso como una estatua, pero en ese momento tembló como si estuviera enfermo. Sakti no necesitó que el muchacho contestara, porque ya había dado con la respuesta: Ash le tenía miedo a las serpientes.


Les tomó tres días llegar a la guardería más cercana. Para cuando llegaron, no tenían ninguna ración ni agua, por lo que Sakti estaba sorprendida de que no hubieran muerto. Pensó que si Doug –antes Dan, antes Ron, antes Ash, antes Sid, antes Dill– y ella hubiesen sido compañeros en la prueba de los quince por la que pasaban los cachorros en el desierto, habrían roto un récord de supervivencia. Pero ahora estaban exhaustos y Sakti necesitaba un baño con urgencia. Deseaba llegar al primer edificio de la guardería, rebelar su rostro y ordenar un baño, una cama y una buena comida. Pero, a unos cien metros del pueblo, reconoció que los vigías de la guardería eran groliens. Doug no se preocupó y le dijo que se colocara bien la capucha para cubrirse el rostro y las marcas, y que avanzara como si nada tomada de su mano.
—Buenos días —saludó el sicario al par de groliens que hacía guardia a la entrada del pueblo. Los vanirianos levantaron la mirada de un juego de cartas y respondieron al saludo.
—Buenos días, chico. ¿Aesirianos o vanirianos?
—Aesirianos de nacimiento. —Cuando dijo esto, ambos groliens se levantaron y tomaron unas hachas que mantenían al lado, pero Doug extendió una mano como para pedir paz y dijo—: No venimos con malas intenciones. Solo buscamos un lugar dónde descansar. Hemos pasado tres días en el desierto, tenemos hambre y sed. ¿Está todavía abierto el hostal? Podemos pagar la estadía, sin importar quién sea el nuevo dueño. —Por alguna razón que Sakti no pudo entender, los groliens se detuvieron y lo pensaron mejor.
—Quítate la camisa —ordenó uno.
—Con todo gusto. —Doug soltó la mano de Sakti y se quitó la camiseta. Luego los vanirianos le pidieron que se vistiera de nuevo.
—No eres soldado, ¿verdad? ¿Y la chica?
—No, no somos soldados. Yo soy sicario y ella es una caza recompensas. —Doug acercó Sakti a él y le rodeó la cintura con un brazo—. Somos la pareja más feliz del mundo.
Sakti quiso golpear a Doug porque no vio qué ventaja les traería presentarse de esta forma. Si los guardas fueran aesirianos, los habrían apresado al instante por confesarse criminales. Sin embargo, los groliens solo les ordenaron mostrar el contenido de los bolsos. Cuando vieron las flechas de Doug, uno de los vanirianos dijo:
—Oye, ¿conoces a Kerian? Es un amigo al que no veo hace mucho tiempo.
—Lo siento, pero no suelo preguntar los nombres de los vanirianos o los aesirianos que me topo —dijo Doug—. Tampoco suelo dar el mío. De esta forma protejo mi identidad, la de los que me rodean y la de mis clientes. Espero que lo entienda.
—Ummm, sí... —respondió distraído el grolien, mientras le devolvía el carcaj con los proyectiles de hierro—. Es que hace unos años mi amigo Kerian contrató a un sicario para matar al Demonio Montag y al cachorro del General Tonare. Ese sicario tenía un enorme arco y unas flechas grandísimas de hierro. Siempre pensé que Kerian estaba exagerando un poco su historia, pero al ver tus armas pensé que quizá eras el mismo sicario. —Doug se rió.
—¡Quién sabe! A lo mejor ese sicario era el dueño anterior de estas flechas. Lo maté hace unos años.
—¿Pidieron su cabeza por castigo al fallar? El General Montag todavía está con vida.
—Oh, no. Yo lo maté por problemas personales. Vio a mi chica más de lo que me gustó, así que ¡KUAC! —Doug se pasó un dedo por la garganta a la vez que imitaba el sonido del cuchillo cortando la carne. Luego acarició la espalda baja, la cadera y el vientre de Sakti, diciendo—: Sé que es un defecto, pero soy un celoso incorregible. —Sakti le metió un pellizco en la espalda para que dejara de tocarla, pero Doug se limitó a reposar la mano sobre la cadera de la muchacha—. Pero en fin, quién sabe si era el mismo tipo. Aunque sí sé que era del gremio. —El otro grolien le devolvió el bolso a Sakti y les dijo:
—Vayan a aquel edificio por algo de comer y beber —señaló una estructura idéntica al restaurante de Myula en el que Sakti comió carne—. Aquel otro —esta vez señaló un edificio de tres plantas— es el hostal que montamos. Ustedes serán los únicos aesirianos en el edificio y los únicos libres en el pueblo. Si quieren que se mantenga así, no nos darán problemas, ¿entienden?
—Claro que sí. —Doug se llevó los dedos índice y corazón a la frente e hizo un gesto que Sakti no conocía. Los vanirianos sonrieron y le respondieron con uno igual. Luego se rieron y les dieron unas palmaditas amistosas, invitándolos a entrar al pueblo como si fueran amigos de toda la vida.
—¿Qué hiciste? —preguntó Sakti cuando ya estaban lejos de los guardas.
—¿Esto? —Doug se llevó otra vez los dedos a la frente—. Es un saludo vaniriano. Les hace gracia que un aesiriano los imite. Ahora, ¿adónde quieres ir primero? ¿A comer o a dormir?
—A comer.
Cuando Sakti olió carne cruda y cocida, recordó sus primeras dos semanas en el Reino de las Arenas. Como una hambrienta voraz, comía por lo menos ocho veces al día y en cada ocasión consumía lo que un adulto en tres días. Su tío la había advertido de que en unos meses tendría una nueva transformación en la que pasaría por lo mismo, pero la muchacha estaba tan hambrienta en ese momento que creyó que estaba a punto de transformarse.
Pero entonces se dio cuenta de que escuchaba un coro de voces, todos gritando y exclamando con mucho ánimo. Más adelante vio un grupo de groliens, arpías, vanirianos ordinarios y hasta kredoa sin hechizo de invisibilidad, todos acomodados alrededor de una valla. En Myula, Sakti también había visto una valla cercana al establo. Los aesirianos la utilizaban para contener a los bisontes que iban a ser sacrificados para alimentar a los cachorros, pero la princesa sospechó que los vanirianos no estaban reunidos alrededor de ella para contemplar a los animales.
Doug notó su ansiedad y la acompañó a ver el espectáculo. El sicario se abrió paso hasta la primera fila, rodeados de vanirianos que gritaban excitados al ver la pelea entre dos bestias. Una de ellas era un león y la otra una hiena, pero sus cuerpos eran muy grandes, las garras y colmillos muy largos, y los pelajes eran muy oscuros. Los dos animales tenían mordiscos y tirones de carne que les colgaban a los lados; se revolcaban y se mordían. Cuando uno se zafaba del agarre, el otro lo embestía; y, cuando uno embestía, el otro le respondía clavándole las garras en el vientre.
A Sakti no le gustó. Para ella, una cosa era la guerra entre aesirianos y vanirianos, pero otra muy distinta era la pelea entre animales solo por entretenimiento. La primera le parecía necesaria y normal; la segunda, una estupidez. Se preparó para girar e ir hacia el restaurante, pero entonces notó algo en la hiena.
El animal levantó el rabo, que se estiró y se dividió en tres colas. La hiena se mantuvo firme en su lugar, pero una de las colas salió disparada hacia el león. Aunque el felino evadió el primer golpe, una segunda cola lo alcanzó y lo hirió en la pata. El león rugió, pero el bramido se convirtió de repente en grito y el rostro gatuno en un rostro moreno. Parte del pelaje cayó al suelo y el cuerpo retornó a su forma original: era un cachorro aesiriano en proceso de transformación.
La hiena lanzó las otras dos colas y lo atrapó en ellas; luego corrió hacia el muchacho, se le lanzó encima y lo mordió en el cuello. Por un momento, el rostro del chico se transformó de nuevo y las manos se convirtieron en garras, pero al instante siguiente la hiena le golpeó la cara con una pata y los cambios de reversa volvieron. El aesiriano derrotado gritó, pero la hiena no se detuvo. Después de la herida en el cuello, que por sí sola era fatal, le abrió el estómago y metió el hocico en las vísceras.
—¡Ah! —gritó un vaniriano ordinario al lado de Sakti—. ¡Estos niños sí que son divertidos! ¡Déjenlo un momento más! —gritó a un grupo de groliens, que entraba con garrotes y hachas a la arena. Los espectadores abuchearon a los groliens, pidiéndoles que dejaran que el «entretenimiento» durara un poco más, pero el grupo siguió adelante.
—Tienen que hacerlo —escuchó Sakti entre el público—. De lo contrario, en cuanto el chico deje de comer se nos tira encima a nosotros.
A pesar de que la hiena notó que los groliens se acercaban, lo único que hizo fue seguir comiendo con los ojos atentos a ellos. Pero entonces los groliens se rieron, la hiena movió las orejas y giró la cabeza, solo para encontrarse con dos groliens que de repente se hicieron visibles justo a su lado. Sakti cerró los ojos al ver que los dos levantaron las hachas. Escuchó el zumbido de las armas y luego el chillido de la hiena, que pronto se convirtió en el grito de un chicuelo. Las risas de los vanirianos se intensificaron y muchos saltaron entretenidos al ver la masacre.
Doug la tomó de la mano y la jaló consigo; la muchacha se dejó guiar y, al poco tiempo, estaban dentro del hostal vaniriano. Sakti abrió los ojos y miró fijamente el suelo de loza. Las exclamaciones de los vanirianos continuaron afuera del edificio y la muchacha apenas escuchó la conversación entre Doug y el encargado de las habitaciones. Luego el sicario se acercó a ella y la condujo al segundo piso, se detuvieron frente a una puerta y el chico la abrió con llave. Entraron, dejaron caer los bolsos al suelo y cerraron la puerta.
—Los vanirianos pueden ser simpáticos —murmuró Doug con seriedad después de una pausa—, pero también muy crueles. —Sakti se quitó la capucha y se sentó al borde de la cama, callada—. ¿Estás bien?
—Voy a matarlos.
—No —la cortó Doug, muy serio—. Mira, a mí tampoco me gustó lo que hicieron a esos chicos, pero tienes que pensar con un poco de calma. Los vanirianos no saben que la Princesa Carmesí está en el Reino de las Arenas. Si te vuelves loca aquí y los enfrentas, no solo podrías salir lastimada sino que también revelarás tu posición. Adiós al elemento sorpresa. ¿Y qué ganarías con todo eso? No creo que salvar a los cachorros que queden en el pueblo, porque si se están transformando y los liberas, se irán al desierto y morirán allí. Solo piénsalo.
Sakti supo que Doug tenía razón, pero aún así no podía pasar por alto que los vanirianos obligaban a muchachos como ella a pelear a muerte. Recordó cómo el chico-león intentó transformarse de nuevo para defenderse y cómo falló porque ya no tenía fuerzas. En ningún momento recuperó los cabales. Murió siendo una bestia, tal y como el chico-hiena. Y esas mordidas que se daban... Quizá los estaban haciendo aguantar hambre, con lo terrible que era el apetito en cualquier transformado, no solo los voraces.
—Vamos a comer —propuso Doug—. Seguro los guardas ya anunciaron que hay dos aesirianos libres en la guardería y si no aparecemos pronto en el restaurante, van a creer que tramamos algo.
—No tengo hambre —dijo Sakti mientras se quitaba las botas—, el «espectáculo» me robó el apetito.
—Pero...
—No jodas —lo cortó mientras lo fulminaba con la mirada—. Mira, no soy la mejor princesa del mundo ni pretendo serlo, pero hay ciertas cosas que no puedo permitir. Y una de ellas es compartir mesa con los mismos desgraciados que le hacen este daño al pueblo de mi padre. Llámame patética, llámame delicada si quieres, pero no voy a sentarme en un restaurante para transformados que ahora alimenta a vanirianos. Te juro que si me pides salir de este cuarto, les arrancaré las cabezas a todos esos infelices y haré otro tanto con la tuya. —Sakti se dejó caer de espaldas en la cama, con el antebrazo cubriéndole los ojos. Doug levantó una ceja y por un momento no se atrevió a decir nada, pero al final tuvo que pedirle algo:
—Prométeme que mientras estoy en el restaurante, tú te quedarás quedita aquí. Si estuvieras por tu cuenta, puedes hacer lo que te venga en gana. Pero estás conmigo y podrías ponerme en peligro. Quizá creas que no son tantos para ti y tus poderes, pero sí son demasiados para mí. ¿Lo considerarás? —Sakti tomó una bocanada de aire y después dejó escapar un bufido.
—Vale. No me moveré de aquí. Pero a cambio —Sakti se descubrió el rostro y miró a Doug—, tengo derecho a dejar trabada la puerta.
—¿Y eso?
—Hay kredoa aquí y si se les ocurre dar un vistazo, no podré saberlo. Si escucho que forcejean la puerta, tendré tiempo de ponerme la capucha y cubrirme. Y yo me quedo con la cama. —Doug suspiró. Para evitar levantar sospechas pidió un cuarto con una cama para dos personas y, aunque planeó convencer a Sakti de que cada uno durmiera en un extremo, parecía que la princesa le ganó la discusión antes de que la tuvieran.
—De acuerdo, de acuerdo. —Doug sacó un monedero del bolso y se lo ató al bolsillo, en medio de unas dagas. Luego se dirigió a la puerta—. Solo hay una llave, pero tú no vas a salir así que me la llevo yo. Si me acuerdo, te traigo algo de comer. Pero no te atengas. —Luego salió de la habitación.


—A ver, muestra tu mano —pidió el grolien. Él y otro compañero ya habían mostrado sus cartas, y ahora era el turno de Doug. El chico sonrió y la mostró.
—A no ser que nuestro amigo aquí saque algo mejor, creo que he ganado.
El kredoa a su lado chupó los dientes y lanzó las cartas, sin descubrirlas. Doug sonrió más, con los brazos barrió las monedas sobre la mesa y las atajó en el regazo. El vaniriano ordinario frente a él tomó las cartas y las revolvió, preocupado porque era el único que no había ganado ni una sola partida. Detrás de él tenía a unos amigos que comenzaban a molestarlo y meterle pellizcos como amenaza si no ganaba el siguiente turno. El hombre repartió las cartas e iniciaron un nuevo juego, apostando otras cuantas monedas.
—Entonces... —dijo, mientras entrecerraba los ojos para ver mejor las cartas—, ¿de dónde eres?
—De la sección sureste del continente principal —contestó Doug, bajando las cartas a la mesa para que nadie más las viera. Él ya las había memorizado.
—¿Y la chica? —preguntó el kredoa. Doug sonrió.
Hace rato le hacían las mismas preguntas de manera diferente, esperando que el muchacho se equivocara. Pero el sicario ya había pasado por muchas entrevistas similares y tenía buena práctica. Siempre salía victorioso.
—Creo que es del este del continente principal, no lo sé con certeza. Hay muchas cosas que no me cuenta. —El vaniriano ordinario puso bocarriba nuevas cartas del mazo y sonrió. Doug miró las nuevas cartas y, afín de no arriesgarse, se salió de la ronda—. A decir verdad, ella era un trabajo. Me iban a pagar unas piezas de cobre por matarla, pero al final no pude.
—¿De corazón sensible? —se burló uno de los vanirianos a su espalda.
—Es que es mala como el Diablo —respondió mientras levantaba los hombros—. Por eso hacemos tan buena pareja, ella y yo. —El vaniriano encargado de la ronda mostró sus cartas, seguro de que esta vez ganaría, solo para que fuera el kredoa el que se llevara el dinero en la ronda. Ahora era el turno del grolien de cortar el mazo y repartir y, mientras hacía esto, Doug agarró la jarra de cerveza y bebió un sorbo—. Ah, por favor recuérdenme que debería llevarle algo de comer. Si no, estará furiosa por la mañana.
—¿Y por qué no vino ella? —preguntó el grolien, distraído—. Llevas horas aquí con nosotros, ha de estar muerta de hambre.
—Dijo que estaba cansada y se echó a dormir. Mientras siga durmiendo, estoy a salvo.
Doug miró el reloj que colgaba en una pared y se sonrió al ver lo tarde que era. Noche cerrada. Si Sakti no estaba durmiendo, seguro que se retorcía en la cama del hambre. Se la imaginó echando chispas por los ojos, levantándose furiosa, dando vueltas por la habitación y luego tomando la capucha, poniéndosela, saliendo del cuarto, bajando las gradas, saliendo del hostal, recorriendo las calles arenosas, abriéndose paso entre los vanirianos, mirando fijamente el restaurante –convertido en cantina– y luego entrando por la fuerza...
¡CRACK!
Doug miró hacia la puerta del local, que se había abierto. Por un momento pensó que en verdad vería a Sakti y sintió un remolino en el estómago al reconocer una figura femenina cubierta por una capucha. Pero entonces la mujer se quitó el gorro que le tapaba la cara y reveló un cabello verde, un rostro agradable y unos ojos color miel. Una arpía se acercó a la mujer para recoger sus cosas, pero, cuando la vaniriana se quitaba un bolso, algo brilló en el maletín. Fue un destello muy leve que no llamó la atención de nadie, salvo a Doug y a la mujer peli-verde. Ella entrecerró los ojos y miró a todos en el local, hasta que pescó al sicario. Ambos se miraron por unos momentos, pero entonces una figura más pequeña se acercó a la mujer y se le tiró a los brazos.
—¡Hermana! —gritó la joven vaniriana. Doug regresó a su posición original, sintiendo la mirada de la mujer en la espalda—. ¿Te fue bien? ¿Cómo va el trabajo en las ruinas? ¿Necesitarás mi ayuda?
La peli-verde respondió algo que Doug no pudo escuchar. El chico fingió que se concentraba de nuevo en el juego de cartas y, después de aprender su mano, la colocó bocabajo en la mesa. Mientras lo hacía, miró por encima del hombro, y, aunque la mujer se dirigía a una habitación privada y estaba de espaldas a él, pudo distinguir el color de ojos de la chiquilla. También eran miel. Por alguna razón, ambas lo inquietaron.
—Bonitas, ¿verdad? —preguntó el vaniriano ordinario al notar la mirada fugaz de Doug. El muchacho sonrió.
—Sí. Lástima que estoy taaaan enamorado de mi chica. De lo contrario, creo que lo intentaría con alguna de las dos. Son bastante bellas. —El grolien que jugaba se rió con condescendencia.
—Perdona, no quise ser grosero. Pero aunque no tuvieras novia, tampoco podrías intentar nada con ninguna de las dos. —Luego agregó en un murmullo—: Son las mujeres del rey Vanir. A que tiene buen gusto, ¿verdad?
Doug no pudo evitarlo. Tensó la mandíbula y abrió mucho los ojos, y los vanirianos se rieron por su reacción, aunque la situación no era nada graciosa para el sicario. Él sabía qué eran las mujeres de Vanir: sus Generalas, las mangodrias, las hechiceras del fuego de diversos colores. Sabía que una de las mangodrias tenía el fuego azul, el quema almas; y que la otra tenía el fuego verde, el demoledor. Pero los rumores decían que la última era la encargada de la invasión a Masca, así que Doug no se pudo explicarse qué hacían dos mangodrias en el desierto y en el mismo pueblo. A no ser... que Vanir no tuviera dos mujeres, sino tres.
—¿Qué te pasa? —le preguntó el kredoa, con un tono muy serio.
Doug supo que lo estaba echando a perder. Su reacción por las mangodrias demostraba miedo, justo lo que haría un aesiriano con malas intenciones hacia los vanirianos. Pero Doug no lo pudo evitar porque estaba muy, muy preocupado por la presencia de ambas mujeres. No porque a él le importara en particular el desarrollo de la guerra entre las dos razas, sino porque Sakti también estaba en el pueblo. Si las mangodrias se enteraban, ¿qué sucedería?
De seguro los guardas les contarían que había un par de aesirianos libres y que una era una chica que se había quedado en la habitación sin que nadie le hubiera visto el rostro. Las mangodrias serían precavidas y pedirían conocer a ese par de valientes que se paseaban por un pueblo invadido como si la cosa no fuera con ellos. Tenía que salir del local, tenía que ir a buscar a Sakti y tenían que salir del pueblo antes de que algo terrible sucediera. Pero para eso, tenía que seguir con la pantomima.
—Me preocupa que a ellas les incomode mi presencia. A pesar de todo, somos aesirianos. —El grolien encargado de repartir colocó una fila de cartas sobre la mesa y aunque Doug tenía buen juego, se retiró—. No quisiera que se la tomaran contra nosotros. Después de todo, no somos exactamente lo que llamarían «ciudadanos modelo».
—¿Tienes algo que ocultar a Vanir y a sus mujeres? —Doug frunció el ceño y puso la cara más seria de la que fue capaz.
—Por supuesto que no. En mi trabajo, uno aprende con quién pude meterse y con quién no. Y los reyes y Generales vanirianos y aesirianos son a los que jamás hay que molestar.
—Entonces estarás bien. —El resto de jugadores reveló sus juegos. Como Doug supuso, habría ganado si se hubiera quedado, pero en una situación así era mejor que el más grande del grupo estuviera feliz. El grolien silbó y barrió la mesa.
Jugaron una nueva partida y Doug dejó que ganara el kredoa. Como el ambiente en el local seguía tranquilo, pensó que podría ganar la nueva ronda, pedir algo para llevar y retirarse para iniciar la huida. Pero justo cuando era su turno de cortar y repartir el mazo, sintió una mano fría en el hombro. Era una arpía.
—Acompáñame —pidió. Doug supo que era la misma vaniriana que se acercó a la mangodria para aligerarle el equipaje. Sonrió y dejó el mazo sobre la mesa.
—Bueno, caballeros. Parece que por hoy me despido.
El muchacho siguió a la vaniriana, manteniendo un aire tranquilo que escondió un ansia creciente. La arpía se coló en un cuarto pequeño y acogedor, que tenía una ventana abierta por la que se veían las dunas del desierto bajo la luz de la luna. En un rincón había un gran sillón en el que estaba la mangodria más joven, que leía un libro alumbrada por una vela.
Mientras tanto, en el centro de la habitación había una pequeña mesa, sobre la que había un plato de carne, dos copas de vino y una lámpara de aceite. Frente a la mesa había dos sillas tapizadas y en una estaba la mangodria de cabello verde, limpiándose la boca. Cuando la arpía cerró la puerta, dio un empujón a Doug para que no se detuviera y se quedó haciendo guardia en su puesto. Doug avanzó y se detuvo al lado de la silla vacía; inclinó la espalda y saludó a las mujeres.
—Altezas —dijo con respeto. Aunque sabía que las mangodrias no eran hermanas de sangre ni se criaban en alguna Casa específica, eran consideradas parte de la Realeza vaniriana. La peli-verde sonrió y lo invitó a tomar asiento.
—Me han dicho que un par de aesirianos entraron libres al pueblo y que se han portado muy bien con nosotros.
—Yo diría que ha sido al revés. Ustedes se han comportado muy bien con Clarisa y conmigo, que solo venimos a reponer fuerzas para seguir con nuestro viaje.
—¿Y adónde se dirigen?
—A ningún lugar en particular. Clarisa es caza recompensas y quiere encontrar alguna entrada a las ruinas del desierto, para ver qué puede robar allí. Mientras estamos en eso, yo busco al príncipe Uruk. Me llegaron rumores de que escapó y que ustedes ofrecen una buena recompensa por él. Y ya que estamos en la zona en la que escapó, ¿por qué no intentarlo?
—Ah, entonces son ciudadanos modelo, ¿eh? —preguntó mientras se pasaba un mechón de cabello por detrás de la oreja, con coquetería.
—Sí, de la mejor cosecha —respondió el muchacho, intentando sonreír.
Pero solo consiguió una mueca que le dio aire de arrogante y eso era lo último que necesitaba en ese momento. Sin embargo, la mangodria le sonrió con dulzura, como si no notara los nervios del chico.
—Si persigues al príncipe Uruk para entregárnoslo, ¿eso significa que no te importa traicionar a tu país?
—No soy un tipo patriótico. Con todo respeto, quien gane la guerra me tiene sin cuidado. A mí me sirve que la guerra se mantenga, porque tanto vanirianos como aesirianos emplean a sicarios para erradicar cualquier amenaza desde la clandestinidad. A pesar de que sé que esto puede traernos problemas a Clarisa y a mí, quiero apostar por la sinceridad y decirle que he matado tanto a aesirianos como a vanirianos. No me importa el cliente, no me importa la víctima. Lo único que me importa es el pago.
La voz no le tembló cuando lo dijo, porque no era una mentira. Esa era la convicción de su trabajo y la ley bajo la que vivía. La mangodria asintió.
—Kiria —llamó. La mangodria más joven apartó el libro y se acercó con obediencia a su hermana—. Díselo. —La chica titubeó con timidez, pero después colocó las manos a modo de marco delante de uno de los ojos y encuadró a Doug.
—Tienes una marca que nos gusta. Es una señal de que eres el asesino que necesitamos. Lo veo con claridad: solo tú puedes matar al enemigo que queremos aniquilar. —Luego Kiria bajó las manos y se colocó detrás del asiento de su hermana. La mangodria peli-verde dijo:
—Necesitamos a un sicario que se encargue de aniquilar a cierto aesiriano. Podríamos enviar a un grupo vaniriano a acabar con él, pero estoy segura de que serán derrotados. Porque, después de todo, él cuenta con la protección de la Princesa Carmesí. —La mangodria sacó una daga del bolso y la clavó en la mesa, delante de Doug. El sicario respiró profundo al verla y dejó que la mujer continuara con la explicación—: El sujeto que queremos que elimines es... Darius Tonare.
Doug miró la daga, hipnotizado, mientras el nombre de su próxima víctima resonaba en las paredes de su mente. «Darius Tonare, Darius Tonare, Darius, Darius, Darius». Fue como si la daga repitiera el nombre del profeta, suplicando, deseando, ordenando su muerte. Doug quiso tomar el arma, pero se contuvo. Tenía que conservar la calma.
—Darius Tonare está muerto. Fue ejecutado en Masca.
—Pues resulta —comenzó la peli-verde— que la Princesa Carmesí montó un espectáculo para encubrir su escapatoria. El profeta está con vida y liberó a su padre de nuestra Torre. Por ahora, el General Tonare está neutralizado en Masca junto al Demonio Montag, el Emperador y el heredero, pero, ya que se ha confirmado que la Princesa Carmesí estuvo en la costa Este del continente principal hace más o menos un año, tengo motivos para creer que el profeta la acompaña. Y no me gusta nada su posición. Creo que pueden estar ahora mismo en el Reino de las Arenas.
»La cosa es —dijo mientras cruzaba la pierna izquierda sobre la derecha— que no importa qué tan poderosa sea la Princesa Carmesí. Ella no controla las esencias de la premonición aunque las posee, y tanto ella como el gobierno aesiriano dependen de los profetas para conocer el futuro. Además, ella necesita al profeta. Son mejores amigos. Imagina el duro golpe que será para ella perder a su amado amigo. Será un ataque directo a su negro corazón. Se debilitará.
Doug apretó los puños. Sintió que la sangre le había abandonado el rostro y solo se pudo imaginar lo pálido que estaba. Si su cara revelaba su emoción y el poder que la daga ejercía sobre él, las mangodrias no parecieron notarlo.
—¿Entonces, qué dices? —preguntó la peli-verde—. Si esto te crea conflictos personales, puedes rechazar el trabajo. Pero, por supuesto, si lo haces te mataré y a tu chica también. No podemos arriesgarnos a que esta información que te he revelado salga de aquí y que tanto vanirianos como aesirianos se enteren. ¿Verdad que lo comprendes? Entonces, ¿qué dices?
Doug apretó más los puños, pero relajó el rostro y dejó que la sonrisa siniestra aflorara en él con naturalidad.
—Acepto. ¿Alguna idea de dónde está? —La mangodria suspiró aliviada.
—No, pero está bien. Mi hermanita tiene razón, tienes la marca. Tan solo debes tomar esta daga y, pase lo que pase, encontrarás al profeta y le darás muerte. —La mangodria chascó los dedos y la arpía que hacía guardia se acercó a la mesa con una bolsa que colocó al lado de Doug—. Doscientas piezas de oro por aceptar el trabajo. Tráeme su cabeza y te daré dos mil.
Doug se levantó, tomó la bolsa y arrancó la daga de la mesa. De inmediato sintió el poder correrle por el brazo, así como el odio y el resentimiento atrapados en esa extraña arma. «Darius, Darius, Darius, mátalo, mátalo, mátalo...». Apenas si se acordó de agachar la cabeza antes de retirarse. Ya no le importaba mantener un poco de gracia delante de las mujeres; lo único que le importaba era cumplir con su trabajo. Por suerte, él tenía cómo llevarlo a cabo. La Princesa Carmesí dormía en su habitación y sería ella la que lo llevaría al profeta condenado a muerte.
—Uy, qué cara de malo —se burló Kiria cuando el muchacho salió. Luego abrazó el cuello de Lemuria.
—Sí, justo lo que necesitaba. ¡Ja! Al fin voy a vengarme de Darius por... —se estremeció al recordar el beso que el profeta le robó para distraerla y escapar de la Torre junto a Enlil. Se puso roja y apretó los puños con fuerza.
—Ya todo va a salir bien —la consoló Kiria con dulzura—. Cuando el profeta muera, solo te va a gustar el señor Vanir. Todo regresará a la normalidad, hermana.
Lemuria suspiró y dejó que Kiria le hiciera cariño en el pelo. Ya Darius no le gustaba, ni siquiera la atraía. Lo que sentía por él era furia fría por haberla humillado delante de los vanirianos, así que matarlo no se debía tanto al honor hacia Vanir como por el que sentía hacia sí misma.
Sin embargo... ya ni eso le importaba tanto. Había comenzado a olvidar su enfado y sabía que si se topaba al profeta no perdería los estribos al verlo. Lo mataría de todas formas, por supuesto, pero por deber y no tanto por venganza. Lo que en ese momento la agitaba no era pensar en Darius ni la sensación al besarlo.
Sino el recuerdo de otro beso mucho más reciente y agradable.
«Solo pertenezco al señor Vanir», pensó, «pero... ».
No quería matarlo. Tampoco quería verlo. Solo quería añorarlo desde la distancia y saber que continuaba con vida, en alguna parte, sintiendo y recordando lo mismo que ella. Comprensión, deseo, melancolía y dulce culpa tras traicionar al país de cada uno en el lecho del otro. Eso era lo que los unía. Cerró los ojos y, mientras Kiria la llamaba por nombres cariñosos, invocó el de él.
«Dereck...».

"Los Hijos de Aesir: El Reino de las Arenas" © 2012-2014. Ángela Arias Molina

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Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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