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Capítulo 19

19
LA DAGA MALDITA



Sakti no aguantó más. Tenía la garganta tan seca que no podía hablar y el calor era tan fuerte que comenzaba a nublársele la vista. Metió un codazo a su compañero, quien apenas se limitó a bajar la mirada para verla.
—¿Qué quieres ahora? —preguntó el sicario, fastidiado.
Sakti también estaba de mal humor. Quiso pelear con él, decirle que esa no era forma de hablarle a una princesa, menos cuando ella se había comportado como la compañera de viaje ideal sin quejarse de nada. ¡Llevaban horas montando al bendito chamrosh sin haber descansado! El animal, que era el tipo de ave ensillado que Sakti vio en Myula, corría muy rápido y soportaba largas horas de carrera. Pero incluso él jadeaba sediento. Desde que lo compraron en el pueblo invadido había probado poco más que unos traguitos miserables de agua y unas migajas de pan.
—Agua —logró decir la muchacha.
—Patética —dijo el sicario. El aesiriano se dejó resbalar de la silla y Sakti hizo otro tanto. El chamrosh se sacudió, aliviado por el descanso, y picoteó muy feliz el brazo de Sakti—. No podemos detenernos a cada rato —dijo el muchacho—, tenemos que seguir adelante.
Él bebió tres largos tragos de la cantimplora, dejando solo dos para Sakti y el ave. La princesa sabía que todavía les quedaba un poco más de agua en la otra bota, pero prefirió no decir nada y ahorrarla. Primero le dio de beber al animal, que era el que cargaba el peso de los dos, y luego probó las últimas gotas. Cuando empezó a cerrar la cantimplora, el muchacho se la arrebató y la tiró al bolso.
—Sube —ordenó. Él se aupó por su cuenta. El chamrosh se sacudió. Estaba molesto por el poco descanso. Sakti pensó por un momento en aceptar la mano que le tendía el sicario, pero al final se quedó plantada. Era hora de hacerle frente.
—¿Qué te pasa? —preguntó—. Desde la noche anterior a salir del pueblo te has comportado muy mal. Eres muy grosero.
—Pues lo lamento, Alteza —dijo el muchacho con desdén—. ¿Qué esperabas? ¿Que me inclinara ante ti y siguiera tus caprichos? De ninguna manera. Ahora deja de comportarte como una princesa y sube.
—No.
Sakti permaneció seria, intercambiando miradas con el muchacho. Ya ni siquiera sabía qué nombre debía usar para hablarle. Hacía cinco días fue Doug.
La noche antes de abandonar el pueblo, el chico entró furioso a la habitación y peleó con ella por dejar la puerta trabada, aunque él accedió más temprano a la precaución de Sakti. Algo debió de ocurrir en el restaurante, porque él no volvió a ser el mismo. No llevaban mucho tiempo de conocerse, pero a pesar de que el chico era un sicario había cuidado de Sakti. En el tren se encargó de curarla y desde que salieron de las ruinas hasta que llegaron al pueblo él la guio tomándola de la mano. Demostró que tenía un carácter bastante gentil a pesar de su desfachatez para hablar. Ahora era diferente. Doug se irritaba por cualquier cosa, insistía en maltratar al chamrosh, exigiéndole casi nueve horas diurnas de carrera sin descanso, y se olvidaba de hacer paradas para beber y comer un poco. Pronto los haría avanzar también de noche.
Sakti ya no tenía fuerzas para seguir adelante y el animal también tenía problemas para seguir el ritmo de Doug. Por suerte el chamrosh no era un animal vengativo, porque de lo contrario ya se habría dado a la fuga y los habría dejado a su suerte en el desierto. El ave quizá no estaba dispuesta a defenderse y exigir un mejor trato, pero Sakti sí.
—Sube o te dejo.
—Quiero ver que lo intentes —lo retó ella.
—Bien.
Doug metió los talones en los costados del chamrosh y lo azotó con las correas que le sostenían el cuello y el pico. El ave comenzó a correr y alejarse de Sakti, pero la princesa dio un silbido. Al instante, el chamrosh giró en u, saltó y se sacudió. Doug cayó a un lado por no estar preparado. El chamrosh regresó junto a Sakti y se escondió detrás de ella, en busca de protección.
—Los chamrosh son en parte dragones, ¿lo sabías? —dijo la princesa mientras acariciaba la cabeza plumífera. El ave tenía unas garras muy grandes, semejantes a las de los lobos-dragón, y unos ojos amarillos como los de una serpiente. Hasta ahí llegaba cualquier semejanza con los dragones. Ni siquiera tenía escamas y tampoco podía volar—. Tenemos que descansar un poco. Tú también estás exhausto. —Sakti esperó a que Doug se levantara, pero el chico no lo hizo de inmediato. Cuando al fin se sentó, miró a la princesa con tanto odio que parecía listo para matarla—. Tomaremos aire y después caminaremos. Dejemos que el chamrosh se libere un poco de nuestro peso.
Sakti jaló las riendas del ave y comenzó a avanzar a pesar del dolor de cabeza que le provocaba el sol. No se detuvo cuando pasó al lado de Doug. Dejó que el chico la siguiera cuando le diera la gana. Después de todo, era un sicario, un criminal. Si se perdía y moría solo en el desierto en nada la afectaba a ella. Con el chamrosh, Sakti estaba segura de que podría salir de esa inmensidad arenosa. Solo tenía que tratar bien al animal y confiar en que su instinto la guiaría hasta un lugar poblado.
Doug la siguió a lo lejos, rumiando maldiciones y planes perversos, pero Sakti no se intimidó. Continuó atenta al suelo y el horizonte, en busca de alguna bestia peligrosa o la silueta de algún pueblo. Entonces, cuando llegó a la cima de una duna alta, reconoció una guardería. Por un segundo se sintió aliviada pero al siguiente supo que no tenía caso. Había dado, una vez más, con un pueblo fantasma. De todas formas avanzó.
La arena cubrió la mayoría de los edificios, no había ni una sola casa entera y quizá el pozo estaba seco o envenenado. Aun así, Sakti prefirió descansar allí y tener para la noche un refugio en ruinas en lugar de dormir a la intemperie en una zona infestada de serpientes.
En el pueblo buscó un sitio para dormir. Encontró un par de paredes que se mantenían más o menos estables y el espacio entre ambas era lo bastante grande para ella, Doug y el ave. Cuando entró a lo que habría sido un cuarto, sintió algo por debajo de la arena. Se agachó para sacudirla un poco y encontró lo que quedaba de una cortina. Con eso bastaría para hacer un nicho.


Sakti y el chamrosh estaban a un lado de la fogata, Doug del otro. La princesa supo que se creaba una gran brecha entre ella y el sicario, pero no podía hacer nada por remediarlo. Cada vez que abría la boca para hablar con él, Doug le respondía con una grosería y la verdad era que no valía la pena. ¿Qué era Doug para ella? Nada. Pudieron convertirse en amigos, pero él la usaba para pedir una recompensa y ella lo usaba como guía en el desierto, porque por lo menos él podía reconocer una duna importante de entre todas las demás. Cuando acabaran el viaje, cada uno seguiría por su cuenta. Era inevitable.
Aun así, Sakti no estaba complacida con el asunto. Doug ya no le resultaba simpático, pero todavía había algo en él que le llamaba la atención. No era coincidencia que se vieran en algunas ocasiones en los últimos años y que ahora se reencontraran en el desierto. No podía tratarse de una casualidad. En el mundo de la princesa, las casualidades no existían.
—Haz el favor de dejar de mirarme —soltó Doug—. Llevas días haciéndolo. Al principio era divertido pero ahora es irritante.
Sakti no dejó de mirarlo. ¿Cómo podía, si el sicario convertía un trozo de madera en estaca con una daga? Si le quitaba la mirada de encima, capaz intentaba matarla. Entonces notó la diferencia entre el Doug que la había llevado al pueblo y el que salió de allí: la daga. Ella se las había robado en una ocasión y las conocía todas, pero esa era nueva. El mango era de ónix y la hoja curva, negra. Era un arma muy elegante, casi de colección. Sin embargo, transmitía un aura mortífera que Sakti jamás había percibido ni siquiera en el arma de un Virtuoso. Entrecerró los ojos sobre la daga y la estudió.
Maligna.
Así le pareció. Esa daga le recordó la hoz de Maat, porque transmitía sensaciones y una personalidad. Pero a la vez era muy diferente. La hoz de Maat era arrogante y a la vez justa, mientras que la daga era orgullosa, odiosa y perversa.
—¡Te he dicho que dejes de observarme! —gritó Doug a la vez que lanzaba la daga.
Sakti se quitó justo a tiempo, antes de que el puñal se le incrustara en el rostro. Doug había apuntado a muerte, sin titubear. La navaja estaba incrustada en la pared y todavía vibraba por la fuerza y la mala intención.
El chamrosh se levantó para escapar de Doug, pero Sakti tenía la mano sujeta a las riendas y no pudo avanzar. Si el ave hubiese forcejeado un poco más habría escapado con facilidad. Toda la atención de la princesa estaba en el escudo en la empuñadura de la daga. ¡Lo reconoció! Era el escudo de armas de una Casa Militar.
—¿Ahora sí me vas a obedecer? —preguntó Doug mientras sacaba la daga de la pared de un tirón. Se inclinó sobre Sakti y le puso el filo bajo la garganta—. Hoy me has molestado muchas veces. Pensé que serías un buen rehén, pero no has cerrado el pico en todo el día. —Sakti supo que era mentira pero discutir en ese instante no sería nada inteligente—. ¿Quieres saber qué me molesta, no? Pues bien, ¡lo sabrás! ¡Me molestas tú! Eres una zorra mentirosa.
—¿En qué te he mentido? —preguntó ella con precaución. Doug sacó la lista del pantalón y le mostró el primer nombre que aparecía a un lado.

-     DARIUS TONARE (¡MUERTO!).

—¿Por qué no me dijiste que está vivo?
«Porque no es de tu incumbencia y de ninguna forma le voy a decir a un sicario, que se entusiasma por la muerte de mi amigo, que él está vivo». Sakti guardó silencio.
—¡CONTESTA!
—¡NO ME GRITES NI ME AMENACES, GUSANO! —rugió Sakti a la vez que anteponía el brazo izquierdo a la daga.
El puñal no era tan filoso como la espada de la Virtuosa de las ruinas, pero aun así percibió la fuerza con claridad: «Darius Tonare, Darius Tonare, muerto, muerto, debe estar muerto, traidor, cobarde, muerto, muerto, Darius, Darius, DARIUS, ¡DARIUS!».
Sakti se levantó y empujó a Doug a un lado. Todo ese odio, todo ese resentimiento, toda esa energía negativa... ¿a qué se debía? Ya no era seguro viajar con ese chico. Tenía que tomar el chamrosh y huir, aunque fuera de noche y las serpientes estuvieran más activas. Hasta el momento Doug había controlado sus deseos de matar, pero ahora quién sabe si se contendría. La única razón por la que no había matado a Sakti era porque quería pedir una recompensa a los Aesir por ella... ¿o no?
En cuanto pensó en esto, una nueva posibilidad le cruzó la mente y le provocó un remolino en el estómago. Ahora comprendía un poco mejor los planes del muchacho.
—¡No estás detrás de la recompensa! ¡Lo que quieres es que te lleve a Darius! —Doug se incorporó entre tambaleos y levantó la mirada.
La princesa se estremeció al verle los ojos. Había algo mal en ellos. No tenían el brillo inteligente del sicario que conoció hacía más de una semana. Ahora había algo que los habitaba, algo tan oscuro como la hoja de la daga.
Doug comenzó a reírse. Primero fue como un bufido desagradable que después se convirtió en una carcajada digna del hechicero villano de una novela. «Ya se le frió el cerebro», pensó la princesa. Creyó que la insolación del día enloqueció al sicario, pero al instante siguiente supo que esa risa no se debía al sol. Era la daga.
—Suéltala, Doug —pidió—. Es un arma maldita, te está haciendo daño.
—¡Es un arma mágica! —la corrigió el muchacho, aunque Sakti supo que ella tenía razón—. Pensé en mantenerte con vida, usarte como rehén si el muy patán pretendía huir de nuevo, pero ya me harté de ti. Es mejor que te mate ahora para que dejes de molestar. No te necesito para encontrarlo, porque ella —Doug lamió la hoja de la daga, con la misma devoción con la que lamería las curvas de una amante— me guía a él. Lo perseguiré como el perro que es y lo destriparé como a un cerdo. —Doug dio un paso hacia Sakti. La princesa unió las palmas, de las que brotó un brillo frío. Cuando la princesa las separó, invocó la espada del Cristal Azul—. Oooh —exclamó Doug—, ¿y eso?
—La Virtuosa me la obsequió antes de que saliéramos de las ruinas y me enseñó un hechizo para invocarla. He estado practicando, Doug. Ahora puedo invocar cualquier arma, incluso las de los Virtuosos que están en Masca, y tú no quieres enfrentarme armada o desarmada. Sabes que no te conviene.
A pesar de la amenaza, Doug sonrió.
—Voy a atacar —la advirtió—, así que te conviene estar preparada, ¿eh? Nada de dudar. Si quieres conservar tu patética vida tienes que matarme. ¿De acuerdo, Princesa Carmesí?
¿A qué venía el consejo? Sakti no dudaba en matar cuando debía defender su vida, ¿por qué habría de ser diferente ahora? Pero cuando Doug dio un paso tentativo hacia ella, la muchacha retrocedió. No importaba que la daga estuviera maldita, Sakti tenía el arma de una Virtuosa y el brazo izquierdo para defenderse. Además, aunque Doug era más alto y fuerte, la princesa le llevaba ventaja en la magia. ¿Por qué retrocedía? ¿Le tenía miedo...? No, no era miedo. Doug no representaba una gran amenaza para ella, ni siquiera poseído. Pero...
«No quiero matarlo».
Sakti terminó de atar cabos. El rostro de Doug, bello como el de una niña, le recordaba a alguien. La tenía intranquila desde hacía varios días, pero al fin descubrió a quién se le parecía. También comprendió por qué Doug estuvo en la bóveda colapsada en las ruinas. La sincronización lo identificó como una amenaza e intentó deshacerse de él; solo le permitió vivir porque demostró ser útil para llevar a Sakti al jardín del Edén.
No solo eso, sino también la daga y el resentimiento... No supo de dónde había sacado Doug el arma, aunque el chico jugó a las apuestas en el restaurante, con los vanirianos. Quizá la había ganado allí, pero eso no fue una coincidencia. Alguien quería que él la tuviera, que la empuñara, que la maldición lo volviera loco y lo llevara a cometer el asesinato de Darius.
—Atrás, Doug —ordenó la muchacha—. Sabes que no quiero matarte, ¡no me obligues!
«Por favor», agregó en su interior. Doug solo se carcajeó más; después de unos segundos se lanzó sobre ella. Sakti apretó los dientes, odiándose por lo que iba a hacer. Tenía que cortarle la mano, hacer que soltara la daga. Así podría intentar mantenerlo con vida, aunque igual era muy probable que el chico muriera desangrado. Levantó la espada, lista para atacar.
Entonces una fuerte ventisca sopló sobre los dos. La arena alrededor se levantó en cortinas y cayó sobre el fuego, apagando las llamas. Sakti levantó la espada por encima de la cabeza para defenderse en caso de que Doug apuntara hacia la cara, pero ella y el sicario quedaron inutilizados por la tormenta de arena. El chamrosh graznó antes de ocultar la cabeza bajo un ala. Doug maldijo y se hincó en el suelo, tosiendo. Sakti se mantuvo firme, sin abrir los ojos ni respirar. Sintió una pulsación en la arena. Se preguntó si los granos responderían a ella como lo hicieron en la bóveda de las ruinas o contra la serpiente, pero pronto se dio cuenta de que no se movían según sus comandos. Seguían los de alguien más.
Sakti abrió los ojos al reconocer la magia que corría a través de la arena. Vio la figura en lo alto del cielo, que daba vueltas en espiral en busca de un lugar para aterrizar. El cuerpo y la cola eran largos, las patas robustas, las escamas negras. En medio de la tormenta de arena, la criatura aterrizó a unos metros de la entrada de la guardería. Cuando el cuerpo descendió, la arena también.
Sakti tenía el cabello enredado y Doug estaba algo enterrado. Sakti parpadeó para quitarse la arena de las pestañas. Miró a la criatura y la reconoció a pesar de la apariencia salvaje. Era el Dragón Negro, su hermano.
—¡ADAD! —lo llamó. Unió las palmas y guardó la espada; luego saltó sobre Doug y corrió hacia el Dragón.
Los cambios de reversa comenzaron. Las alas, la cola y los cuernos fueron absorbidos por el cuerpo, las patas se convirtieron en brazos y piernas, el hocico en rostro, las escamas en piel. Antes de que Sakti saliera del pueblo, el Dragón se había convertido en un aesiriano moreno de cabello gris, arrodillado en el suelo, con varias marcas que le corrían sobre la piel desnuda, incluso en el cuello y en la barbilla. Adad se incorporó y se pasó las manos por el cabello para quitarse parte de la arena. Luego escuchó los pasos. Aunque tomó posición de combate, al abrir los ojos se quedó inmóvil.
Sakti lo alcanzó y se le lanzó al cuello. Lo derribó y ambos rodaron por la arena.
Al fin había encontrado a su hermano.


La hoguera crepitaba de nuevo. El chamrosh al fin se quedó dormido, aliviado por la presencia de Adad y porque Doug estaba atado de manos y pies en un rincón de la habitación en ruinas. A pesar del feliz reencuentro, Sakti no se había olvidado de lo peligroso que era el sicario ni de tomar precauciones para controlarlo.
Los príncipes charlaban junto al fuego, sentado el uno al lado del otro, susurrando para que Doug no los escuchara. Sakti le contó a su hermano todo lo acontecido desde la supuesta muerte de Enlil hasta el reencuentro fortuito entre los príncipes.
—Yo sabía que Darius no había muerto —dijo en un momento Adad—. Si tío Kardan lo hubiese ejecutado él mismo, habría estado inseguro. Pero cuando escuché que fuiste tú la que lo acusó y ordenó su muerte, supe que estaba vivo. Tú jamás lo matarías, de la misma manera que jamás me matarías a mí.
Adad escuchó en silencio acerca del encuentro con Connor, el viaje hacia Norishka, el trato con los piratas, el incidente antes de llegar al puerto de Merkaid, la expedición a las ruinas, el empujón de Nefer –aquí hizo una mueca y entrecerró los ojos–, el encuentro con Doug, el panal de vanirianos, la Virtuosa y los aesirianos atrapados en Edén y, finalmente, la pelea con Doug. Luego, el príncipe habló de lo que estuvo haciendo los últimos años en el desierto.
Como Sakti sospechó, la invasión al desierto no era menos dramática que la de Masca. Ella solo había visto una parte de la zona Oeste del Reino de las Arenas, en donde ya había signos vanirianos: guarderías asaltadas, pueblos y ciudades reducidos a ruinas y Edén invadido. En el Este era peor, porque allí los vanirianos ya se habían asentado y formado colonias. Fueron muy inteligentes, porque aprovecharon el límite noreste del Reino para entrar.
Allí estaba la zona negra, llamada así por la arena que la coloreaba. La zona tenía otro rasgo que nadie podría obviar: arenas movedizas. Todo lo que tocaba esa arena era arrastrado al centro de la zona, donde se lo tragaba la superficie. De no ser por esa característica perversa la zona negra habría sido un buen asentamiento. Allí el clima era templado: no tan sofocante como el resto del desierto, ni tan frío como el País de Hielo, que limitaba con la región.
Era común que grupos de magos alados sobrevolaran allí para monitorear, porque dependiendo de los vientos esa zona se expandía o se contraía, amenazando así el resto del desierto. Pero con la invasión vaniriana, los magos alados tenían grandes dificultades porque eran superados en números, fuerza y sincronización de movimientos por las arpías. Por eso Adad se encargó de la tarea de monitoreo. Como Dragón, él podía sobrevolar la región cada cierto tiempo. Si la situación con las arpías se ponía peliaguda, siempre podía recurrir a una tormenta de relámpagos para derribarlas.
El príncipe no se dedicaba solo a eso, sino que hacía todo lo que podía para frenar los escuadrones vanirianos que se desplazaban por el desierto antes de que atacaran una guardería, un pueblo adulto o una ciudad. Así evitaba los grandes enfrentamientos y las derrotas para el pueblo de su padre. Pero incluso como Dragón no podía estar en dos o más lugares al mismo tiempo. Por eso, a pesar de sus esfuerzos, la invasión seguía y los vanirianos ganaban terreno.
—Lo más probable es que han avanzado más en las últimas tres semanas —siguió—, porque no me he podido concentrar en ellos. Yo sospechaba la intención de los vanirianos de secuestrar a los príncipes. Había algo que no me gustaba cuando veía desde el cielo las batallas que libraban con los escuadrones liderados por alguno de nuestros tíos. Notaba que en lugar de invadir las ciudades que atacaban, se concentraban en romper las formaciones aesirianas para llegar al centro de comando y al príncipe que lideraba.
En un par de ocasiones, Adad intervino en esas luchas porque unas arpías habían alcanzado a sus tíos. Gracias a la presencia del Segundo Dragón no consiguieron llevarse a ninguno de ellos. Pero, una vez más, las batallas, los vanirianos y los príncipes eran muchos y Adad no podía cuidarlos a todos. Entonces se percató del secuestro de su primo, el príncipe Uruk. En las últimas tres semanas no pudo combatir a los vanirianos que se desplazaban por el desierto porque estaba buscando a Uruk.
—Lo encontré hace unos días en un castillo flotante. Lo utilizaban en la sincronización. Si hubiera llegado unas horas más tarde, Uruk habría muerto.
Adad huyó con su primo rumbo a la capital de las Arenas, Irem. Pero fueron atacados unos días antes de alcanzar su destino. Las arpías y un castillo flotante los encontraron, y Adad no se pudo arriesgarse a utilizar una tormenta eléctrica sobre una zona del desierto en donde pudiera haber civiles que resultaran heridos. Además de que el empleo de esa magia podría traer graves consecuencias climatológicas a la zona.
Ante todo, Adad prefería el uso riguroso y responsable de su poder en lugar de demostraciones caprichosas. Tampoco podía menospreciar la posibilidad de que Uruk saliera lastimado por un relámpago o por las arpías. Lo mejor era huir de la amenaza o buscar un lugar seguro para Uruk mientras Adad se encargaba de los enemigos. Esa última fue la opción que tomaron. Adad descendió a la superficie; tras divisar una cueva semi-oculta por la arena, escondió a Uruk.
Sin que Adad o Doug le dieran más explicaciones, Sakti comprendió que el sicario les siguió la pista a su hermano y primo, y que intentó atrapar a Uruk en las ruinas. La cueva que Adad divisó era una de las tantas entradas semi-ocultas a la Ciudad Perdida. Aunque Adad y Uruk no sospecharon de las intenciones del sicario, la sincronización sí lo supo y castigó a Doug al descargarlo en la bóveda colapsada que se llenaba de arena.
—Me tomó bastante tiempo, pero en cuanto tuve la oportunidad regresé por Uruk y escapamos de allí. Uruk ahora está en Irem, recuperándose, y yo estoy aquí, buscando amenazas por destruir.
—Los vanirianos ya están seguros de que tú sabes acerca de su plan de secuestro a los príncipes. Y como llegaste a Irem, los príncipes de las Arenas también están al tanto. Ya los vanirianos no pueden guardar el secreto. Sabes lo que eso significa, ¿verdad? —Adad asintió.
—Ya no serán discretos. Ahora atacarán con todo lo que tengan. —El príncipe apoyó la frente en las rodillas, que estaban recogidas contra el pecho—. ¿Crees que haya más de esas criaturas que viste en el panal? ¿Crees que haya por lo menos uno que esté vivo... y fuerte?
Los príncipes comprendieron las implicaciones de esas criaturas para la guerra. Con el Este del desierto prácticamente derrotado, y con el resto bajo ataque, el único punto que se mantenía a flote era Irem. La ciudad contaba siempre con al menos dos príncipes que la custodiaban, y por ello sería difícil invadirla.
Pero si ahora los vanirianos utilizarían todos sus recursos para derrotar las Arenas, la capital del Reino no tendría suerte. Ni siquiera si se reunían allí casi todos los príncipes para protegerla. Los hijos de Vanir que nacían en Edén serían, sin lugar a dudas, la mayor ventaja de los vanirianos. Si el bebé que Sakti vio contaba con tanta fuerza, ¿no sería más peligrosa una cría que llegara a la madurez?
—No lo sé —respondió la muchacha—, pero al menos sabemos de su presencia. Podremos prepararnos. —Adad suspiró.
—Solo nos quedan dos jugadas por hacer —dijo—. La primera es buscar a los príncipes esparcidos por el desierto y convocarlos a una reunión en Irem. Así, el poder reunido de los hijos de las Arenas podrá defender la ciudad.
—Pero eso significará dos movimientos para los vanirianos. Primero, podrán hacerse más fácilmente de las ciudades y pueblos que todavía son libres y dejarán a Irem incomunicada y sola. Tal y como está Masca ahora. Irem caerá tarde o temprano. Lo que nos lleva al segundo movimiento. Con los príncipes de las Arenas reunidos en un solo punto destinado al fracaso, los vanirianos no tendrán que esforzarse en atraparnos. Seremos presa fácil y solo tendremos dos opciones: rendirnos y aceptar la sincronización forzada, o suicidarnos para no darles una nueva arma.
—Para evitar algo así tenemos otra jugada. Podríamos mantener a los príncipes de las Arenas dispersos y dejar Irem por su cuenta. La capital caerá sin remedio, pero por lo menos todavía habrá príncipes que podrán dar más batallas a los vanirianos. Mientras tres o cuatro de nosotros estemos libres, podremos esperar a una buena oportunidad para dar un golpe certero a los vanirianos.
—Pero mantener a los príncipes dispersos también significa dejarlos desprotegidos. Cada uno por su cuenta es mucho más vulnerable que junto a uno o dos. Además, esa última estrategia depende mucho de la suerte para ser en verdad efectiva. Las posibilidades de que se dé una oportunidad para derrotar a los vanirianos cuando ellos invadan Irem son prácticamente cero. Para derrotarlos, hay que hacerlo antes de que ganen la batalla en Irem. —El príncipe bufó.
—Nos están pateando el culo.
Adad se concentró en las llamas. Fuego. Pronto el Reino de su padre ardería como esa hoguera. Si las Arenas caían, Masca perdería su única oportunidad. ¿Pero podían evitarlo? Muy a su pesar, Adad admitió que no. No podían hacer suficiente para evitar la derrota de las Arenas. Solo podían aplazarlo, tal y como él llevaba haciéndolo por años. Pero al final el Reino sería derrotado y Masca también. El Imperio Aesiriano llegaría a su fin y daría paso al Imperio Vaniriano.
Los reyes y príncipes del antiguo orden serían reducidos a herramientas de uso vaniriano; los soldados aesirianos serían ejecutados, convertidos en esclavos o adheridos a las filas vanirianas; y los civiles tendrían que aceptar las imposiciones de sus enemigos para sobrevivir.
¿Podía Adad evitar algo así? ¡Él era un Dragón y ni siquiera pudo acabar con la amenaza en el desierto! Además de él, ¿qué tenía el Imperio para enfrentar a las mangodrias, las crías de Vanir y los castillos flotantes de los vanirianos? Tenían a Sigfrid y a Enlil, dos magníficos Generales inutilizados en Masca. Lo más aterrador de la armada aesiriana estaba ahora completamente anulada. Estaba también el Ejército de Aesir, soldados con características especiales cuya mayoría residía en el Reino de las Arenas. Pero esos soldados vivían en la Academia de las Arenas, que en ese momento estaba incomunicada. El Imperio también contaba con los príncipes, pero ellos estaban en manos vanirianas o huyendo del enemigo.
Por supuesto, contaba con Sakti. Adad miró por el rabillo del ojo a su hermana. Aunque la chica era más fuerte ahora, todavía era muy joven. Apenas había sufrido su primera transformación y todavía no controlaba su forma de Dragón. Sin eso no podría luchar de la misma manera que Adad. Además, había un gran bache de madurez entre los dos.
Por lo que Sakti le contó, ella todavía utilizaba sus poderes sin pensar en las consecuencias. Como la gran ola que invocó para llevar el barco de Telius hasta la costa. Lo hizo sin pensar en el impacto en las criaturas marinas, o en la destrucción masiva que provocaría en las costas, o en el desbalance que provocaría en el mundo. Él había comprendido las graves implicaciones de su poder después de aprender a controlar la transformación. Sakti todavía debía aprenderlo y mientras no fuera consciente de ello sería una amenaza tanto para los vanirianos como para los aesirianos.
Así que... ¿qué más tenían los aesirianos? ¿De dónde podían sacar fuerzas de flaqueza para repeler a los enemigos? ¿Cuál era el poder que los vanirianos no tenían? Entonces lo supo: los profetas. Darius y los gemelos; quizá incluso Zoe en Masca. Quizá hasta el mismo Connor. Ellos eran los únicos que contaban con una premonición casi certera siempre. Los adivinos que pertenecían al Imperio o al País de Hielo no se podían comparar al clan de los profetas. Esa era una de las tantas razones por las que el Emperador Kardan hizo hasta lo imposible por atraparlos, y también por eso Vanir había ordenado su captura o ejecución. Si él no tenía el poder de los profetas entonces no podía permitir que los aesirianos lo tuvieran.
Por el momento el Imperio sí contaba con Darius y sus hijos, porque mientras Zoe permaneciera atrapada en Masca su familia haría hasta lo imposible por rescatarla. Si los aesirianos utilizaban el poder de los profetas, sabrían cuándo retirarse y cuándo atacar, sabrían las tácticas de sus enemigos y podrían adelantárseles. Era un don que no podían desperdiciar. Debían utilizarlo y combinarlo con el poder de los príncipes de las Arenas para garantizar la recuperación del Reino. Si aseguraban la victoria del desierto, entonces Masca contaría con un aliado más poderoso que le prestaría ayuda.
—Tenemos que encontrar a Darius y a sus hijos —decidió Adad—. Allena, ¿sabes en dónde podrían estar?
—No —respondió ella. Miró a Doug y la daga maldita que estaba apartada del sicario y de los bolsos—. Aunque sé cómo podríamos encontrarlos. —Adad siguió la mirada de su hermana y frunció el ceño.
—¿Estás segura? Podría ser muy peligroso. Para Darius, quiero decir.
Sakti lo sabía. La daga ansiaba matar a Darius y contagiaba su entusiasmo a Doug. Mientras Doug la empuñara, sería un loco peligroso con un único pensamiento en mente: matar al profeta. Y mientras no hallara al mestizo se desquitaría fácilmente con cualquiera que estuviera cerca de él.
Por eso atacó a Sakti. De haber podido la habría matado. La muchacha no era presa fácil y además ahora contaba con la ayuda de su hermano. Podían darle la daga a Doug y dejar que su fuerza maligna lo guiara hasta el profeta. Cuando encontraran al mestizo, entre Sakti y Adad podrían encargarse de Doug para evitar que matara a Darius. Era un plan arriesgado, pero mucho más efectivo que buscar al profeta y a sus hijos en la inmensidad del desierto, si es que habían logrado salir de las ruinas.
—Entonces que así sea —dijo Adad mientras pasaba un brazo por encima de los hombros de su hermana—. Ahora duerme. Yo haré la primera guardia.
Sakti se abrazó a él y cerró los ojos. Sería la primera vez en mucho tiempo que dormiría al lado de Adad y eso la reconfortó. Quizá el panorama no pintaba nada bien para el Reino y el Imperio, pero encontrarían la forma de sobreponerse. Todavía no podían darse por vencidos. Debían buscar nuevas ventajas de los aesirianos y utilizarlas a su favor en la guerra.
Entonces todo se sacudió. Aun antes de que ocurriera, ella y Adad lo presintieron. La arena les envío una pulsación que les erizó la piel, como aviso. Luego vino el terremoto. La tierra se sacudió tanto que Adad tuvo que extinguir el fuego con magia para que las llamas no los abrazaran cuando perdieron el equilibrio y cayeron sobre ellas. El muchacho se llevó gran parte de la quemadura en el lado izquierdo del rostro, porque se encargó de proteger a Sakti. A pesar de la fuerza del terremoto, se sentó de nuevo y cubrió a la princesa. La atrapó en los brazos para protegerla. El muro de piedra, que de por sí ya era una ruina inestable, se desmoronó y le golpeó la espalda. Adad no se quejó. La misión absoluta era proteger a Sakti.
Tan rápido como vino, el temblor se fue.
—Vaya... —murmuró Adad. Su voz tenía tintes de incredulidad y dolor—. ¿Cuánto duró? ¿Dos minutos? —Sakti calló. Se mantuvo pegada a él con tanta fuerza que le metía las uñas—. No sabía que le tenías miedo a los temblores.
—No les temo. —Sakti al fin reaccionó. Se levantó y ayudó a quitarle los escombros sobre la espalda—. Pero nunca había estado en un terremoto. Qué bueno que estábamos en un lugar como este. —Luego hizo una pausa—. Lo más probable es que haya muertos en las ciudades. Fue muy fuerte, más de algún edificio debió de haber caído. —Adad asintió.
—Hay que andar con cuidado ahora.
El príncipe se incorporó a pesar del ardor de la cara y la espalda magullada. Se encaminó a Doug. El sicario estaba tirado de medio lado, con la mitad del cuerpo enterrado por la pila de piedra que le cayó cuando la pared al lado se desmoronó. El príncipe comenzó a desenterrarlo y dijo:
—Quizá habrá alguna falla tectónica o incluso arenas movedizas por el terremoto. Y ya que tenemos al chamrosh —Sakti revisaba al animal, asegurándose de que no estuviera herido— y a tu amigo, el Sicario, tendremos que ir a pie.
Trabajaron en silencio. El chamrosh solo estaba asustado y Doug solo estaba furioso porque no pudo escapar durante el terremoto por estar atado. Adad reparó en el silencio de su hermana, que acariciaba la cabeza plumífera del chamrosh, y dijo:
—Lo que sentiste en la arena te incomodó, ¿verdad?
—¿Tú también lo sentiste? —preguntó ella.
—Todos los príncipes de las Arenas lo sintieron. ¿O es que tío Merkaid no te lo explicó?
—¿Qué cosa?
—El poder de los príncipes de las Arenas, por supuesto. —Sakti meditó por unos instantes.
—El tío dijo que Nefer no era princesa porque no tenía algo que los príncipes de las Arenas debían tener, pero nunca me explicó qué era.
—El poder sobre las arenas —explicó Adad—, la habilidad de controlarlas y entenderlas. Tal y como los Aesir del continente principal se sincronizan con las ciudades más importantes del Imperio, los príncipes de las Arenas nos sincronizamos con el desierto entero. —Saberlo al fin fue un alivio para Sakti. Llevaba días intentando comprender por qué diablos controlaba la arena sin una esencia.
—Entonces la arena avisa sobre los terremotos. Qué raro.
De nuevo lo sintió. Adad sentó a Doug al lado y abrió los brazos para invitar a Sakti a ellos. La princesa jaló también al chamrosh, y los cuatro se hicieron un puño para recibir el nuevo terremoto. Este no fue tan largo como el anterior, pero sí más fuerte. Sakti imaginó ciudades completamente destruidas. Cuando el temblor cesó, Adad dijo:
—Las arenas jamás avisan sobre terremotos. Ni siquiera son comunes en el desierto.
Meditó en silencio por unos instantes, intentando comprender qué sentía en las arenas y por qué. Su hermana encontró una respuesta antes que él. Con delicadeza, casi con solemnidad, Sakti posó una mano sobre la arena y se concentró en ella. Adad supo que también debía hacerlo, así que colocó una mano sobre la de su hermana. Después de unos segundos recibieron una nueva pulsación. Otro terremoto se avecinaba. Esta vez, ambos vieron su origen.
Sakti y Adad sintieron el flujo de magia y lo siguieron hasta la fuente, a muchos kilómetros por debajo de la superficie. Sus consciencias bajaron por la arena, se filtraron por la capa de protección marmórea, se unieron a las paredes de Edén y se dirigieron hacia el núcleo principal. Sintieron los miles de latidos de los aesirianos que dormían en las herramientas Amrit, la fría loza de la tumba de la Virtuosa y su consorte y, por encima del mausoleo, entraron a una habitación con un trono en lo alto de una escalinata. Allí estaba la Virtuosa, sentada y rodeada por los cables de sincronización. Ella era la responsable de los terremotos.
Sus consciencias acariciaron la de ella y la vieron sonreír levemente. Después, Adad y Sakti regresaron a la superficie con el pensamiento de la Virtuosa en las mentes.
«La Ciudad Perdida» resurgirá, dijo la voz. Tal y como me lo has pedido, Edén se levantará sobre las arenas.
Esa era la otra arma que tenían los aesirianos: Edén y todas sus maravillas. Adad y Sakti estaban dispuestos a utilizarlas y liberar a la Virtuosa en el proceso.



"Los Hijos de Aesir: El Reino de las Arenas" © 2012-2017. Ángela Arias Molina

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