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Capítulo 20

20
DESBALANCE


Ryaul sopló sobre las llamas para reanimarlas, a la vez que gimoteaba y rezaba para que no se apagara la hoguera.
—Ah, vamos, vamos, por favor. ¡No nos dejes en las tinieblas del desierto, a solas con sus terribles criaturas, sin tu protección! ¡Vamos, vamos, vamos! —Sus compañeros de viaje lo miraron con lástima.
—Se hace así —dijo Airgetlam mientras cogía las yescas que el arqueólogo dejó a un lado. El muchacho golpeó las rocas hasta que saltaron chispas y luego sopló con delicadeza sobre las llamas. La hoguera revivió—. Si soplas como loco te quedarás sin aire y no las prenderás. Es todo cuestión de maña. —El muchacho le devolvió las rocas y se sentó al lado de su hermano.
Los gemelos estaban a un lado, leyendo un libro. Ya habían solucionado todos sus problemas y ahora eran tan unidos como siempre. Darius y Connor estaban a otro lado de la hoguera, también leyendo. Kel dormía hecho un puño al lado de Connor, y Geri y Ryaul estaban en el otro extremo del campamento, buscando calor mutuo. No tenían nada que comer, las tripas les gruñían, planeaban ahorrar el agua que recargaron en las ruinas y estaban cansados de tanto andar. Todavía no se habían insolado, pero Ryaul estaba paranoico y temía que no duraran ni dos días más.
El sol, la deshidratación, pisar arena maldita, encontrar una serpiente, un grupo de escorpiones, ¡tigres! Los peligros diurnos eran muchos y las noches no eran más inocentes. Había más serpientes, la mayoría más letales que las diurnas, y las bajas temperaturas podían acabar con la vida de los aesirianos si no contaban con la protección adecuada.
Ryaul odiaba el desierto. Se sentía más vulnerable e inútil en las amplias llanuras de arena en lugar de los pueblos y ciudades. Tener por compañía a un grupo de cachorros extranjeros que no tenían experiencia en el desierto lo tenía pasmado. Pero Geri... El lobo-dragón era una buena compañía, porque en caso de encontrar tigres podía intimidar a las fieras. Lástima que el lobo tenía problemas para soportar el calor del día por el pelaje. Aunque se lo habían cortado en Myula para que no pasara tan mal rato, ya le volvió a crecer.
—En lugar de lloriquear tanto —le dijo el lobo tras levantar la cabeza de entre las patas— debería intentar dormir un poco. Ellos harán la primera guardia y yo la segunda, así que no tiene por qué estar gimoteando cuando puede descansar.
Ryaul, que se había abrazado las rodillas y se había compactado como una bola grande y floja, se agitó preocupado. No podía pegar el ojo pensando en todo lo que había en el desierto. ¡Y es que no había ni luna! En el cielo estaban las estrellas, pero allí en la superficie no tenían más luz que la fogata hecha de unas hojas de papiro que él tuvo que sacrificar. Eran un objetivo demasiado evidente para cualquier amenaza. Le daba pánico pensar en que se quedara dormido y que los profetas terminaran rebanados por no saber reconocer la sutil diferencia entre la brisa acariciando la arena y las zarpas de un tigre acercándose con sigilo.
Dio un vistazo a la familia y sus temores se incrementaron. No los tenía por tontos; de hecho, consideraba que las bromas de los gemelos eran quizá demasiado agudas para su edad; Connor debía ser alguna especie de genio para manejar conocimientos médicos tan extensos; y Darius sabía qué decir y cómo hacerlo en los momentos adecuados, siempre proponiendo soluciones cuando más falta hacían. No, no eran tontos. Los cuatro eran terriblemente inteligentes. Pero todavía les faltaba crecer. Todavía eran muy inexpertos. Ni siquiera Darius comprendía la severidad de su situación y se conformaba con seguir las indicaciones de un nativo –lo cual estaba bien– que era un completo neurótico –lo cual estaba muy mal–.
Si los profetas estaban inmersos en la lectura de unos libros que apenas podían leer por tanta oscuridad, demostraban que no sabían escoger los momentos oportunos para recurrir a sus pasatiempos. No tenían control de ellos mismos. Allí estaban los cuatro, quemándose las pestañas con la nariz metida en los libros, cada vez más inclinados sobre la hoguera para ver mejor. Pronto alguno perdería el equilibrio y se quemaría la cara cuando diera con las llamas. Y si no, llegaría un tigre por detrás y les rasgaría la espalda de un zarpazo. ¡Y probablemente ni se darían cuenta! Ryaul supo que lo mejor era pedirles que bajaran el libro y explicarles como por trigésima vez a qué debían atenerse, pero estaban tan absortos que hasta quizá el mismo Darius lo llamaría aguafiestas por interrumpirlos.
Se percató de que el mestizo no se veía tan bien. Era el único de los cuatro que utilizaba gafas para leer y aun así parecía tener problemas para ver de cerca. Quizá la fogata era muy tenue para que leyera con decencia. Aunque el mestizo se había acercado bastante al fuego, cada cierto tiempo se alejaba y se acercaba al libro, fruncía el ceño, entrecerraba mucho los ojos y al cabo de unos pocos minutos se los frotaba. No tenía sueño pero le dolían los ojos.
—¿Desde hace cuándo tiene esas gafas? —le preguntó el arqueólogo.
—Creo que la última vez que las cambié fue hace unos ocho años... tal vez... —Darius se las ajustó de nuevo e intentó leer, pero le fue imposible. Hasta comenzó a dolerle la cabeza.
—¿No ve nada de cerca? —preguntó Ryaul.
—Hipermetropía extrema —respondió. Darius cerró el libro y se quitó los lentes. Ya estaba resignado.
—¡Miopía extrema! —sonrió el arqueólogo a la vez que se quitaba los lentes—. Pero también se me está formando una catarata, así que tampoco veo muy bien de cerca.
Si no se lo hubiera dicho, Darius no lo habría notado. Sin las gafas, Ryaul tenía unos bonitos ojos negros de tamaño normal, pero cuando los miró con atención les notó una telilla opaca. De verdad era un milagro que alguien con tantas deficiencias físicas sobreviviera en un país tan estricto, aunque Darius supuso que Ryaul se había ganado su lugar en la sociedad de las Arenas gracias a su agudo cerebro.
—Cuando estudiaba en la universidad forzaba mucho la vista por las noches para ponerme al día con mis deberes. Eso solo empeoró mi condición. Así que le aconsejo cuidar sus ojos. Ver de lejos es tan importante como ver de cerca.
Darius acarició las gafas. Se sintió mal porque ya no le servían. Sobrevivieron a un sinfín de aventuras, pero ya no le haría ningún bien utilizarlas. Siempre podía pedirle a Sakti unas nuevas, y ella se las daría con el mismo aro y con un lente que le duraría varios años más.
Escuchó un ronquido grave y luego otro suavecito. Geri y Kel dormían profundamente. Ni los gemelos ni Connor se habían percatado de la conversación de su padre ni los ronquidos de sus amigos. Los tres estaban como idos. Los gemelos estaban relajados, aunque con los ojos sin pestañar; ellos no tenían ningún problema de vista. Pero el menor, que estaba junto a Darius, arrugaba el ceño y entrecerraba los ojos. Él leía un manual de medicina y por eso estaba más serio que los gemelos. Pero la expresión no era solo por la concentración, sino también porque sufría el mismo problema de su padre.
—Defecto de fábrica —murmuró Darius mientras abría de nuevo las gafas. Sin que Connor se percatara, le pasó los brazos por detrás y le colocó los lentes—. ¿Ves mejor?
—¡Sí! —Connor se giró a Darius, pero las gafas le resbalaron por el puente de la nariz. El muchacho las atajó antes de que se le cayeran y las reconoció—: ¿No son las tuyas, papá?
—Eran. Ahora son tuyas. —El mestizo se acostó sobre la arena. No se quitó las botas, tal y como Ryaul les había dicho para evitar una mordedura en el tobillo.
—¿De verdad? —Connor nunca se lo había dicho, pero le gustaban mucho las gafas de Darius. No solo eran bonitas, sino que también le daban una apariencia más refinada. Cuando se enteró de que Sakti las escogió, no se sorprendió—. ¿Y qué hay de ti?
—Le diré a Allena que me consiga unas nuevas. Y ya que no me están ayudando, es mejor que te echen una mano. Quizá te quedan un pelín grandes ahora pero creces muy rápido. Te quedarán bien antes de que dejen de servirte. Y si no, siempre podemos ajustarlas. —Darius le dedicó una sonrisa afectuosa que conmovió a Connor. Luego acomodó la cabeza sobre un brazo, con el otro se cubrió parte del dorso y cerró los ojos—. No te acuestes tarde.
Guardó silencio, esperando a quedarse dormido. Connor lo miró unos instantes mientras la respiración se le acompasaba; luego apretó las gafas con cariño. Se las puso y siguió leyendo el manual. Estaba en el capítulo que explicaba cómo los puntos de presión pueden utilizarse para parar la hemorragia de una herida seria.


Hacía rato que todos dormían, con excepción de Airgetlam. El muchacho estaba recostado al cuerpo de Geri con Ryaul al lado, que cabeceaba entre el sueño y la vigilia. Dagda también estaba junto a él, dormido y con el rostro acurrucado en el pelaje del lobo.
Los gemelos dejaron de leer cuando repararon en el silencio alrededor. Darius, Kel y Connor dormían apretujados, Geri roncaba y Ryaul cabeceaba de manera tan cómica que sintieron pena por él. Así que se tomaron en serio lo de hacer guardia y escucharon todas las advertencias del arqueólogo para enfrentar el desierto de noche. La primera guardia la haría él. Después despertaría a Dagda. Si el sueño vencía a su hermano antes del amanecer, llamaría a Geri.
Bostezó y alzó los brazos para estirarse. Ya era hora de hacer cambio de guarda, a menos que quisiera cabecear todo el día. Se inclinó sobre su hermano y lo meció con suavidad para no asustarlo, pero entonces la tierra se sacudió. Airgetlam temió que la arena se los tragara. Intentó anclarse al cuerpo de Geri, pero se resbaló cuando el lobo se levantó de un salto.
Geri corrió de un lado a otro entre brincos, aullando como loco, con los gritos de Ryaul como compañía. El arqueólogo también se había despertado por el terremoto. Las sacudidas de Geri lo asustaron tanto que echó a correr. Darius le gritó que se detuviera, pero las piernas no le reaccionaron y siguió corriendo hasta que Geri saltó delante de él, asustado. Ryaul chocó contra el lobo y se cayó de espaldas, aunque Geri ni siquiera se dio por enterado.
El temblor continuó. Fue como si miles de martillos golpearan las entrañas de la tierra para sacudir las arenas en la superficie. Ryaul se cubrió los ojos, seguro de que en cualquier momento el suelo se abriría y se lo tragaría, o que los martillos atravesarían la capa de arena y le triturarían la espalda. Entonces todo se detuvo.
Cuando abrió los ojos, vio que Darius estaba agazapado en el suelo, con Kel y Connor apretujados debajo de cada brazo. Dagda y Airgetlam estaban hechos un puño a otro lado, mientras que Geri estaba tendido de medio lado, lloriqueando. Tenía una pata torcida gracias a los saltos de susto.
El arqueólogo escuchó el resultado en el campamento: además de los lamentos de Geri, se oía el llanto indefenso de Kel y una serie de palabrotas y maldiciones. Al darse cuenta de que eran sus palabras, Ryaul se mordió los labios pero fue imposible: las palabrotas siguieron.
—Buaaaá —bostezó entonces un gemelo—. ¿Por qué tanto escándalo? ¿Ya es mi turno de hacer guardia? —Airgetlam miró a Dagda como si se hubiera vuelto loco.
—¡Tienes el sueño de un muerto! —le espetó—. ¿No sentiste el Armagedón que acaba de ocurrir?
Antes de que pudiera agregar algo más, escucharon un siseo. El fuego se había apagado casi por completo y solo quedaron unas pocas ascuas, que servían como punto de referencia para saber en dónde estaban. No pudieron ver nada más.
—Oh, oh —lloriqueó el arqueólogo—. Serpientes.
Por el siseo debían de ser muchas, muchas de ellas. Airgetlam apresuró a Ryaul para que le pasara la yesca y así avivar el fuego. Darius corrió hacia Geri para llevarlo de vuelta al campamento antes de que las serpientes fueran demasiadas. Se reagruparon. Revivieron la fogata y espantaron con las llamas a las serpientes, que salieron de la arena confundidas y molestas. Pasaron al lado del grupo con prisa, como si escaparan. Casi no prestaron atención a los aesirianos, al grolien y al lobo. Las que estuvieron a punto de rozarlos se apartaron gracias a los gemelos, que les lanzaron hojas en llamas.
Al siseo se unieron los aullidos de un grupo de chacales y los rugidos de varias parejas de tigres. A pesar de la oscuridad, el grupo distinguió las siluetas y los ojos brillantes de los animales, que corrían en la misma dirección que las serpientes.
Darius comprendió que necesitaban una tea. A falta de ella se resignó con revisar los pies de sus compañeros. Solo Kel y Geri iban descalzos, y el lobo además se había lastimado una pata. Connor lo estaba atendiendo pero aun así no podría andar rápido. Sin embargo…
—Alisten las cosas —ordenó.
—¡¿Para que nos vayamos?! —gritó Ryaul—. Hay serpientes, chacales, ¡tigres!
—Y todos huyen de algo —apuntó el mestizo.
Ryaul no pudo decir nada en contra. Si los bichos escapaban era porque huían de algo más grande y temible –como un demonio– o buscaban un lugar seguro. Y dado que acababa de ocurrir el terremoto más feroz de la historia, el arqueólogo temió que se hubiese formado alguna falla... y que la arena se estuviera desbordando por ella... y que ellos estuvieran cerca de la nueva falla... y que...
—¡En camino! —dijo mientras alistaba el maletín.
Darius se acomodó a Kel en los hombros pero Geri tuvo que caminar por su cuenta. Dejaron atrás la fogata y caminaron con la visión ajustada para evitar majar a las serpientes. No tuvieron que preocuparse ni de los tigres ni de los chacales, pues las fieras corrieron preocupados en sus propios asuntos.
Connor murmulló y apareció un hada de luz. Darius le había enseñado el truco hacía mucho tiempo; era un hechizo muy básico que los padres enseñaban a los cachorros de uno o dos años para que comenzaran a controlar la magia. Dagda y Airgetlam se rieron por no haber tenido la idea primero e imitaron a su hermano. Dos hadas se les unieron. Las esferas de luz bailaron alrededor del grupo. Gracias a ellas vieron que las serpientes se hundían con poca naturalidad o cambiaban de rumbo de un momento a otro, porque había un peligro que no tomaron en cuenta: arenas movedizas. Se habían formado varias por el terremoto, por lo que Ryaul supuso que caminaban sobre un terreno bastante frágil.
Geri se tensó de repente. Darius notó que las serpientes y las siluetas a lo lejos hicieron lo mismo, como si presintieran el peligro. Un nuevo terremoto. Los siete se apiñaron y se echaron al suelo para no perder el equilibrio. Las serpientes sisearon sobre la arena sin ninguna dirección, tan locas como cuando Geri dio saltos de un lado para otro.
En medio de los bufidos y el llanto de Kel, Darius creyó distinguir algo más: arena. Miles de miles de granos de arena que caían. ¿Pero cómo? ¿Acaso la supuesta falla se ensanchaba con ese nuevo terremoto? ¿Acaso los estaba alcanzando y lo que escuchaba era la arena que caía por la abertura? Darius apretó los ojos, contuvo la respiración y abrazó con fuerza a los chicos, pues imaginó que lo peor estaba a punto de suceder.
En lugar de caer, ascendieron. Fue como si una montaña naciera a sus pies. La arena comenzó a desbordarse por una línea curva. Para no caer también, Darius ordenó a todos que se pegaran lo más que pudieran al suelo. Por debajo de la fina capa de arena sintieron una roca muy dura: mármol. La estructura tembló bajo ellos, se sacudió con prisa, se elevó unos metros por encima del nivel del suelo y luego se detuvo.
La arena y algunas serpientes siguieron resbalando. A lo lejos escucharon gañidos de fieras. Distinguieron también varias siluetas animales que surgían de la arena y se la sacudían. Todavía escapaban, pero a Darius le dio la impresión de que por esa noche ya no habría más terremotos.
—¡No me lo puedo creer! —exclamó Ryaul mientras sacudía la superficie al lado. No le costó nada encontrar el mármol azul, que reflejó destellos gracias a las hadas de luz—. ¿Será la Ciudad Perdida? ¿Pero cómo...?
El arqueólogo sacó sus artículos de investigación. Las brochas, cepillos, cuadernos y plumillas salieron como por arte de magia del maletín. El hombre le pidió a los gemelos que crearan dos esferas más para que le iluminaran mejor el trabajo. Ya el miedo y el sueño se le habían pasado; ahora solo quedaba la fascinación. Por eso no notó que una plumilla resbaló por la curvatura hasta perderse en un hoyo al pie de la estructura, que absorbía granos de arena como un hombre sediento bebería de un manantial en el desierto.
Kel, que todavía estaba asustado, sí lo notó. Sus ojitos estaban atentos a todas las siluetas y sonidos. Siguió la trayectoria de la plumilla con tal de averiguar qué les sucedería a él y a sus amigos si caían de la estrecha plataforma. Unos segundos después de que se la tragara el agujero, el efecto se revirtió. La arena comenzó a brotar a borbotones. La pluma saltó y después comenzó a surgir una figura que no pudo definir.
El grolien pegó un grito de alarma y señaló la criatura a sus compañeros, preocupado de que fuera un tigre que había quedado atrapado y que se les tirara encima en cuanto los viera.
Los profetas miraron a la criatura, que puso las patas delanteras en la superficie y subió el resto del cuerpo cuando estuvo bien sujeto. Al principio no pudieron encontrarle forma a la cabeza, pues dos protuberancias largas le salían de las sienes. Después Geri dio un ladrido amistoso y batió el rabo porque reconoció a Freki, que salió de la arena entre toses y maldiciones, temblando por el esfuerzo y la falta de aire.
Sin pensarlo con mucho acierto, Geri se lanzó sobre el lomo de su hermano. Freki se agitó y lo mordió, pensando que estaba bajo ataque. A Geri no le importó la mordida y se revolcó con el otro lobo como si jugaran. Los profetas siguieron el recorrido revoltoso de los mensajeros y suspiraron cuando escucharon risas y maldiciones repartidas por igual. De seguro que Geri se había lastimado más la pata y que Freki se había torcido algo, pero lo importante era que estaban reunidos de nuevo.
El grupo de expedición comenzaba a armarse otra vez.


El grupo avanzó el resto del día hacia la misma dirección que siguieron las serpientes y las fieras sobrevivientes. De vez en cuando se encontraron con algunas protuberancias en el desierto. A veces eran los restos de algún chacal, todavía tan cubierto de arena que los buitres no lo habían diferenciado del paisaje. Otras veces encontraban grupos de aves enardecidas sobre los restos de serpientes o tigres. El cielo estaba repleto de buitres e incluso de águilas, que de vez en cuando se precipitaban sobre alguna duna para pelear por los trozos de carne que encontraban. Darius y sus compañeros estaban atentos a las aves, por si acaso alguna no quisiera esperar a que estuvieran muertos. En una ocasión todos los pájaros chillaron; los que estaban en el suelo levantaron el vuelo y se unieron a la huida frenética de sus compañeros que estaban en las alturas. Ryaul se puso a chillar también:
—¡Por sus vidas! ¡Caven, caven, CAVEN!
El arqueólogo usó las manos regordetas a modo de pala, pero el hoyo se deshacía bajo su peso como si la arena se burlara de él. Los gemelos se sonrieron por este nuevo ataque de pánico, pero Darius los regañó con la mirada y pidió a los lobos que se encargaran del hueco.
Los lobos arañaron la superficie. Levantaron cortinas de arena y enterraron con ellas al grupo. Ryaul no supo si fue una broma de los lobos o si entendieron muy bien lo que ocurría, pero no se quejó cuando él y los profetas quedaron cubiertos de pies a cabeza como si fueran una duna más. Los mensajeros se echaron en el hoyo que cavaron, barrieron la orilla con las colas y se sepultaron también, con excepción de los hocicos para que pudieran respirar.
Los chicos sintieron que se asfixiaban. ¿Qué pasaba? Si no salían pronto de ahí se quedarían sin aire y morirían achicharrados, enterrados vivos. Apenas podían respirar por unas rendijas, aunque de vez en cuando se les metían granos en la nariz. Tampoco podían ver. Cada vez que abrían los ojos una cascada dorada las resbalaba por los párpados. Dagda no lo aguantó más e intentó liberarse, pero Ryaul lo riñó:
—¡NO! Esperemos cinco minutos, ¡cinco minutos!
Antes de que pasaran treinta segundos, el grupo entendió la paranoia de Ryaul. Una sombra cubrió el sol y una brisa de aire sopló parte de la arena que los cubría. Aunque el escondite se echó a perder un poco, todos permanecieron inmóviles y sin respirar. Esperaron a que un ave gigante, grande como una casa, terminara de volar en círculos sobre ellos y que siguiera su camino. Desde la distancia escucharon el aire que se colaba por entre las plumas cada vez que batía las alas. Aparte de eso era un cazador muy callado. De no ser por el chillido de las aves de rapiña que huyeron, ellos jamás se habrían escondido a tiempo. Cuando al fin el titánico plumífero se alejó, Ryaul accedió a desenterrarse.
—Era un roc —explicó—. Suelen volar en el norte del país, donde hay riscos, aunque de vez en cuando vuelan un poco al sur en busca de comida. Por lo general búfalos. —Kel se puso de cuatro patas y se sacudió como un perro; muchos granitos dorados le salieron del pelaje—. Pero estamos en pleno verano y no invierno; no hay suficientes búfalos como para que valga la pena hacer el viaje.
A la distancia, Darius vio dos figuras que salieron de entre la arena y se sacudieron como Kel. Eran un par de tigres, que siguieron adelante e ignoraron al grupo de expedición.
—¿Habrá más de esos roc? —preguntó Connor mientras los gemelos ayudaban a los lobos a desenterrarse.
—Son solitarios, pero si uno se atrevió a hacer el viaje no veo por qué otros no. —Ryaul observó el cielo, incómodo por no ver ni rastro de otras aves—. Ojalá no hayan más cerca... Y ojalá que ese roc sea lo más grande que vuele por aquí.
—Como si pudiera haber algo más grande —comentó el grolien mientras se rascaba la cabeza. Más granos le cayeron de los mechones.
—Oh, sí hay cosas más grandes. Por aquí hay muchos dragones.
Kel abrió los ojitos con pánico. La experiencia que tenía con dragones –o sea, con Sakti–era muy desagradable. Ryaul le acarició la cabeza. El viaje por las ruinas le hizo ver que el grolien era un chiquillo simpático. El arqueólogo lo consoló:
—Para un dragón somos pequeños. Cazarnos significa una mayor pérdida de energía de la que ganaría comiéndonos, así que no se tomará la molestia.
—Pero un roc sí —señaló Darius.
—Pero un roc sí —confirmó el arqueólogo.
Ryaul hizo visera con las manos para estudiar el panorama. Para los profetas, que eran extranjeros, el paisaje era exactamente igual a como lo conocieron hacía semanas. Pero el arqueólogo notó que había cambiado por completo. Nunca se había hallado muy bien en el desierto, pero había viajado mucho por su país y podía distinguir una duna de otra. Ahora no podía diferenciarlas. El terremoto sacudió tanto el desierto que todo estaba patas arriba.
Lo único que distinguió fueron los rastros de la Ciudad Perdida. A veces era una roca que no era roca, y que Ryaul distinguió porque era regular y perfecta; las rocas naturales, en cambio, tenían siempre formas hechas al azar. También diferenciaba una duna de una plataforma, porque la duna variaba de forma si el viento soplaba. La plataforma, en cambio, se mantenía uniforme.
«¿Qué pasa?», se preguntó. Sabía que los terremotos de la noche anterior y el levantamiento de la Ciudad Perdida estaban ligados. Lo que no sabía era cuál era la causa y cuál la reacción. ¿Acaso tembló con tanta fuerza que las placas levantaban la superestructura hacia la superficie? ¿O quizá era la ciudad la que se movía y la que provocaba los terremotos? Fuera como fuese, Ryaul sintió el cambio a pesar de que él no era un hombre perceptivo ni hábil. Inteligente, sí; pero no intuitivo. Aun así lo percibió.
Todo se había precipitado. Desde el momento en que conoció a la princesa, todo había caído en picada. El ataque de las ruinas en Myula, el recorrido subterráneo y claro, el encuentro con aquella misteriosa mujer.
Recordó la figura alta y esbelta, el cabello negro, la palidez; la fuerza con la que derribó a Geri y la delicadeza con la que besó a Darius. La forma en que se separó del mestizo, sin rastro de afecto u odio. La mujer dijo algo al profeta porque el muchacho le respondió, pero la conversación quedó solo entre los dos. Después les señaló el camino al lago subterráneo y la salida de las ruinas.
No los acompañó, al menos físicamente. Ryaul y los demás la dejaron plantada en un solo lugar, desde donde los vio marchar. Cuando la distancia entre el grupo y la figura aumentó y dejaron de verse, sintieron su presencia en las paredes, en el suelo, en el techo, en cada salón, en cada rincón...
Ryaul creyó sentirla incluso allí arriba, en compañía del aire árido y bajo el sol incandescente. Cada vez que se encontraba con una de esas rocas que no eran rocas, sino esferas de mármol, sentía el poder que transmitían. No era solo algo mágico o espiritual, sino también físico. Como el terremoto, que fue demoledor. El arqueólogo solo pudo imaginarse las ciudades, pueblos y guarderías de la zona afectada. ¡Debían de estar en ruinas!
En el Reino de las Arenas no eran comunes los temblores fuertes y las estructuras no se construían pensando en sismos como los de la noche anterior. Al ver los cadáveres de animales enterrados vivos, la movilidad de las águilas, los buitres y el roc, Ryaul supo que el corazón mismo del desierto se movía.
¿Y si el terremoto también afectó la zona norte? ¿Y si también demolió algunos riscos, como de seguro lo hizo con las ciudades? ¿Y qué tal las costas? ¿Los puertos habrían recibido alguna ola gigante a causa del terremoto? No podía esperar llegar a Irem y ver el mapa modificado tras el reconocimiento de los exploradores aéreos. Así como cambió el desierto en la superficie, también debió de hacerlo desde las alturas. En su mente vio nuevas llanuras, nuevas montañas, los cauces de los pocos ríos ensanchados, pero también más vacíos; imaginó las costas modificadas, algunas con más playa y otras con varios metros, sino kilómetros, tragados por el mar.
Oh, sí, sintió el cambio. Sintió la magia. Sintió el desbalance.
—¡Pájaro gigante! —chilló Kel.
A su advertencia, los lobos tensaron los músculos y rodearon a sus compañeros para ofrecerles una primera defensa a las garras de las águilas o el roc. Con ver el cielo, Ryaul comprendió que no era una amenaza. El flujo de aves había regresado: los buitres, las águilas y otros pájaros más pequeños inundaron poco a poco el cielo, pero había una figura que destacaba entre ellas. Las alas eran tan extensas como las de un águila de dos metros y medio de ancho, pero no era un pájaro. Por un momento pensó que se trataba de una arpía, pero creyó reconocer ropa aesiriana a pesar de la distancia y de sus ojos tan deficientes.
El mago alado traía a alguien consigo. Se lanzó en picada al grupo en cuanto los divisó. El primero en tocar el suelo fue Dereck. El segundo fue el mago de las enormes alas negras.
—¡Kael! —saludaron los gemelos. En Masca, Kael siempre secundó las ocurrencias y juegos entre Adad y los profetas. El soldado se llevó la mano a la frente y saludó:
—Generales.
—¡No molestes! —gruñeron los chicos, pasando de la alegría de volverlo a ver a la irritación. Kael los enfureció más con una sonrisita de burla. Luego los ignoró y miró a Darius y al pequeño grolien, que se escondía detrás de él
—Tienes que dejar de recoger cosas que no sirven —lo regañó Kael—. Puedo imaginarte rogándole a Dereck: «¿Me lo puedo quedar, me lo puedo quedar?». —Dereck asintió.
—Exacto, justo así fue como sucedió.
—No es verdad, así que cierra el pico —lo cortó Darius. La gente uniformada sí que podía ser idiota—. No es como si yo fuera un chiquillo y Kel una mascota abandonada. —Miró con el ceño fruncido al mago alado—. No sé por qué, pero te recordaba un poco más amable.
Darius acarició la cabeza del grolien para demostrarle a Kael que no le avergonzaba haber adoptado al chico. Kel lo abrazó de vuelta, aunque Darius descubrió que ya no era tan pequeñín como cuando se conocieron. Ya no le llegaba por la cadera, sino por la cintura. En algún momento Kel dio un buen estirón.
—Ay, es que me extrañaste mucho —bromeó Kael.
Comenzaron las presentaciones. Los gemelos explicaron a Connor, Kel y los lobos quién era Kael: el Guardián del hermano mayor de Sakti, Adad. Luego presentaron al menor de los profetas, al grolien y a los mensajeros. A Ryaul no fue necesario presentarlo, porque Kael y él ya se conocían desde que el príncipe Velmiar buscó al arqueólogo en aquel día de ensoñación que Ryaul recordaba con tanto cariño. Pasaron a hablar de sus aventuras en las ruinas, empezando por la de los profetas. Cuando llegaron a la parte del encuentro con la misteriosa mujer, Dereck tuvo que hacer una pausa.
—Lo siento, pero tengo que preguntar... ¿Te metió la lengua? —Las mejillas de Darius se encendieron, aunque todos supieron que no fue por el calor.
—¡No es asunto tuyo! —le gritó antes de limpiarse la boca.
—¡Ah! Se limpia la lengua. Yo creo que sí —señaló Kel, muy inocente.
Kael, Dereck y los gemelos se rieron a costa de Darius, aunque Connor se mordió las mejillas para no empeorar la situación. Siguieron con las anécdotas. Kael relató con brevedad su encuentro con los vanirianos en otra sección de Edén. Pero cuando llegó el turno de que Dereck y Freki pusieran al día a los demás, los dos guardaron silencio por un buen rato. Freki se aclaró la garganta y comentó:
—Nada más digamos que me sorprende que Dereck no esté destazado en una telaraña, en una bóveda abandonada.
—¡Ah! Pero le pregunté a Kael: él dice que a veces el macho escapa después de ya-sabes-qué y vive para una nueva aventura.
Freki gruñó, desaprobando la actitud desvergonzada del soldado. El lobo no era tan mal amigo como para poner en evidencia la «aventura con la viuda negra», pero a cambio esperaba que Dereck usara mejor la cabeza. ¡Grrr! ¡Era como si no entendiera todo lo que arriesgó por jugar a los enamorados con Lemuria!
Comentaron los terremotos de la noche anterior y el éxodo de las fieras. Dereck y Kael también vieron al roc y por un pelo no se salvan. Al final, sin embargo, pudieron avanzar, siguiendo siempre el norte de su particular brújula.
—Pero Irem está al este —les dijo Ryaul—. ¿O estoy muy perdido?
—Oh, no, estás muy bien ubicado —lo tranquilizó Kael—. Se dirigen a Irem, al igual que los animales. Probablemente los tigres y chacales van al río, y el roc busca las presas que se acomodarán a la orilla del cauce. Como si fuera invierno, en lugar de verano.
Ryaul se dio cuenta de que Kael sintió la misma zozobra que él ante todos esos cambios.
—¿Entonces a dónde se dirigen ustedes? —preguntó Connor.
—Por aquí —dijeron los soldados a la vez—. Los príncipes están cerca.
Al decir esto, vieron tres figuras asomándose por una duna distante.


El aire le hizo falta. Sintió que los pulmones le ardían y que en cualquier momento se prenderían en fuego. A Sakti no le gustaba el calor. Lo odiaba. Lo cual era irónico, tomando en cuenta que ella se transformaba en un Dragón de fuego y que era de las pocas personas en el mundo que podían utilizar la piroquinesis.
La capucha de Doug era ligera en ciertas partes, como por debajo de los brazos y en la espalda baja, para que cuando soplara el viento se refrescara sin que la arena se colara y quemara la piel. Pero el gorro para cubrir la cabeza, los hombros y la espalda tenía un forro doble que servía para protegerse mejor de los rayos del sol y mantener el calor corporal, para que el viajero no se deshidratara con facilidad. A pesar de esto, Sakti se estaba ahogando.
—¿Quieres que paremos otra vez a descansar? —le preguntó su hermano.
Adad no dijo «otra vez» de mal modo, pero sin querer le recordó que era ella la que los atrasaba. Doug iba sobre el lomo del chamrosh como si fuera un paquete más, con un pedazo de tela sobre la cabeza y la espalda para protegerlo del sol. Estaba amordazado, atado por los tobillos y las muñecas con su propia soga. Viajaba sin revolverse ni quejarse. A la princesa le dio la impresión de que el sicario a veces estaba dormido. El sol estaba muy fuerte y la manera en que lo llevaban era perfecta si querían matarlo de insolación. El chamrosh caminaba con el cuello un poco caído, también afectado por el sol y la falta de agua.
El único que estaba bien era Adad. El príncipe tenía una capa de sudor en el rostro, pero eso era todo. El cabello largo se lo recogió en una cola de caballo, como Sakti, y la capucha le ondeaba entre las piernas cada vez que caminaba. Esa era toda la protección que tenía. Andaba sobre la arena casi que jugando, a pesar de que no tenía botas ni sandalias. Sakti le preguntó si no se estaba quemando, pero él le dijo que «la arena lo quería». Él dominaba a la perfección el poder de los Aesir del desierto. Si quería se podía echar sobre la arena completamente desnudo y revolcarse sin sufrir una quemadura. En cambio, Sakti no era tan afortunada porque apenas comenzaba a entender cómo funcionaba ese poder.
«Creo que es por las ruinas», pensó. «Edén está hecho de mármol y toda la estructura tiene núcleos neutros. Ya que la arena que está en la superficie hoy no será la misma que estará dentro de cinco años, tiene sentido pensar que cada grano en todo el continente ha estado en contacto alguna vez con el mármol de Edén. Creo que de ahí obtiene su capacidad sincrónica, pero es tan leve que solo los Aesir pueden hacerlo. Y solo los de las Arenas, además. Como diría la Virtuosa, nos hemos adaptado para ello».
Sakti se detuvo y se apoyó en el cuerpo del chamrosh. Le dolía la cabeza y cada vez le costaba más respirar. Si Adad no estuviera con ella, estaría muy, pero muy asustada. Un chamrosh exhausto y un sicario grosero no eran precisamente la mejor compañía para una princesa al borde del desmayo por insolación.
—¡Mira eso! —gritó Adad.
Sakti pensó que el príncipe había encontrado otra serpiente y que le arrancaba la cabeza para ofrecérsela. Hasta el momento había sobrevivido gracias a Adad, que la hidrataba con la sangre de las serpientes como si fuera un depredador más del desierto.
Sin embargo, el príncipe señalaba algo más adelante, como a treinta dunas de distancia. Hacía tanto calor que por todas partes se veían espejismos, como los de una cortina de agua que oscila sobre la superficie. Entre más amplia la distancia, más ancho y claro el espejismo. Por eso Sakti solo pudo distinguir unos puntos a lo lejos que se mezclaron con el vapor fantasma.
—Es un grupo de gente —explicó Adad— y por lo menos uno es un mago alado. Le ordenaré que use las alas para cubrirte hasta que te sientas mejor, pero hasta entonces —dijo mientras la tomaba de la mano— tendrás que ser fuerte.
Con la otra mano tomó las riendas del chamrosh. A Sakti le pareció que Adad se irguió como un rey, de lo fuerte, seguro y tranquilo que estaba a pesar de la situación. La muchacha y el ave avanzaron detrás del príncipe, siguiéndolo como mascotas fieles.
A medida que caminaban, Sakti tuvo la maravillosa impresión de que el otro grupo también avanzaba hacia ellos. Se desviaban un poco del este, que era a donde se dirigían, pero no importaba. ¡Adad tenía razón! ¡Había un mago alado! Reconoció las enormes alas negras del aesiriano cuando se elevó para divisarlos mejor. Ansió con todo el corazón estar bajo esa sombra. A pesar del jadeo, apretó el paso. Veinte dunas, quince, diez, cinco y...
Un aullido. Sakti se detuvo e intentó relacionar el sonido con algún tigre o chacal, sin éxito. Hizo visera con una mano y pudo diferenciar las figuras de Geri y Freki, que batían el rabo y ladraban felices de verla. A pesar de que los lobos cojeaban, sus compañeros tuvieron que apretar el paso para seguirles el ritmo. Al distinguir el rostro de los otros viajeros, Sakti tuvo dos sensaciones distintas. La primera fue una breve onda de alivio. Pero cuando vio los ojos mestizos de Darius, tuvo una sacudida en el estómago que nada tenía que ver con alegría.
Era la daga.
Sakti se la había acomodado al cinturón para tenerla cerca. Se cercioró de tenerla allí al levantar la túnica. Sí, todavía tenía el arma. Por el rabillo del ojo pescó el movimiento de las manos de Doug, que se habían sacudido justo cuando la daga emitió un pulso de satisfacción violenta. Sakti ya lo esperaba. Nunca creyó que el vínculo entre el arma maldita y Doug se rompiera con tan solo separarlos.
De alguna forma, la daga leyó el pensamiento de Sakti cuando vio a Darius, y le susurró al sicario para que se preparara porque el blanco estaba cerca. La princesa presentía el peligro pero no se quitó la daga. No la lanzó a lo lejos ni la enterró en la arena; tampoco se la ajustó mejor o la cambió de lado. La dejó allí, al costado derecho, en el flanco más vulnerable, lista a que se la quitaran.
—¿Estoy viendo doble? —escuchó la princesa. La voz de Connor le llegó como un susurro, pero aun así fue clara y encantadora.
—No, tontuelo —dijeron los gemelos—. ¡Son Adad y Allena!
Adad apretó a Sakti con más fuerza para prepararla. La princesa tomó aire y dejó atrás todos los malestares. El suelo y la visión se le estabilizaron, la fuerza le regresó a las piernas y brazos, la cabeza se le aclaró. Ahora debía tenerlas todas consigo si quería que todo saliera bien. Le devolvió el apretón a Adad. El príncipe tomó aire antes de decir alto y claro:
—¡Mira, Allena! Son los gemelos y Darius.
El efecto fue inmediato. Sakti sintió que la daga enloquecía como un tiburón blanco al oler sangre en el mar. El ansia del arma fue tan fuerte que la princesa apretó con ambas manos la de Adad. Tuvo miedo de caer en el encantamiento y tomar ella misma la daga.
 «Darius, Darius, Darius, mentiroso, cobarde, ¡TRAIDOR!».
El vínculo con Doug también tomó fuerza. Fue como si toda la energía negativa que emanaba de la daga se transmitiera al sicario para espabilarlo. Doug levantó la cabeza y erguió la parte superior del cuerpo, mirando al frente.
«Oh», pensó Sakti al ver los ojos despiertos del sicario. ¡Qué tonta! Creyó que Doug estaba insolado cuando en realidad solo guardaba fuerzas. Las pupilas del muchacho se dilataron, como si no hubiese suficiente luz para ver con claridad. La mirada de Doug se prendió en Darius. El grupo del profeta se acercaba con sonrisas y bromas en los labios, hasta el mismo Darius parecía un chiquillo con lo feliz que estaba.
Sakti supo que eso no duraría mucho tiempo.
A la distancia, el mestizo leyó en la expresión de la princesa que algo no estaba bien. De la mirada de Sakti pasó a la daga que le colgaba en el cinturón y, de ahí, al muchacho amordazado sobre el chamrosh. Darius se detuvo en seco, mientras que los gemelos, Connor y Kel siguieron adelante sin reparar en nada.
Así como el profeta leyó el rostro de la muchacha, ella leyó con facilidad en su cara. Miedo. Duda. Alivio. Alivio. Alivio. ¡Dicha! Darius aguantó la respiración, como si lo hubiesen sumergido hasta al fondo del mar. Después el alivio le dibujó una sonrisa y él suspiró más tranquilo, como si se quitara un peso de encima.
Él no sintió el miedo de Sakti ni la ira asesina de la daga, ni comprendió el verdadero significado de los ojos verdes que lo observaron desde el chamrosh. Sonrió como un niño. En un susurro, sus labios formaron una palabra. Llamaron un único nombre, añorado y perdido para él. Sakti no lo pudo escuchar pero leyó con claridad los labios.
Después la tormenta se desató.


"Los Hijos de Aesir: El Reino de las Arenas" © 2012-2017. Ángela Arias Molina

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