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Capítulo 21

21
SOPLA

«No te atrevas a pronunciar mi nombre».
Ese fue su primer pensamiento después de erguirse sobre el chamrosh y ver al grupo que se acercaba a ellos. A casi todos los vio como una sombra, una silueta no definida que podía ser un mago o una mole andante. Pero distinguió con claridad a una única persona, como si estuviese rodeado por un manto de luz dorada. Fue como una aparición milagrosa, pero él no se sintió alegría al verlo, sino furia y náuseas.
Intentó gritar, pero se le formó un nudo en la garganta. Por unos instantes el cuerpo no le reaccionó, sino que permaneció tenso en esa incómoda posición, con los ojos abiertos como platos y los pulmones en huelga. Pero después reparó en la sonrisa que adornaba el rostro de la aparición y en la forma que sus labios se movían para pronunciar esa única palabra que el sicario no quería escuchar jamás.
El murmullo de Darius, que fue como el tímido maullido de un gatito, no pudo cruzar la distancia entre las dunas y llegarle a los oídos. Aún así, lo escuchó con claridad, como si el profeta se lo hubiese susurrado al oído. Al escucharlo, Doug supo que todo se precipitaría. Más adelante recordaría cómo la soga se aflojó de repente, cómo los músculos ganaron fuerza en una milésima de segundo, cómo se lanzó del chamrosh sobre Sakti hasta derribarla, y cómo corrió luego a la velocidad del rayo sobre la arena, a la vez que levantaba una nube dorada al paso.
Pero en ese momento no pensó en lo que hacía ni en lo conveniente que era que la arena se amoldara según sus necesidades, como si sus deseos le dieran forma. Lo único que importó, lo único que pudo sentir, lo único que supo fue la daga. Debía enterrarla en el costado, clavarla y bajarla con un movimiento rápido y certero, romper el músculo, las pequeñas venas y arterias de la zona, el estómago y los intestinos. Después... nada importaría. Su misión estaría cumplida. El resto le daría igual.
Ahora la vida se resumía en ese momento, en el instante en que por fin mataría al hombre que siempre fue su blanco, el que sin derecho le recordó su nombre.
Drake.

****

La luz del sol. El sonido de las olas reventando al pie del precipicio. Las bonitas flores frente a la tumba de abuelita, dentro de dos jarrones con dibujos de niños, sol, la luna y el mar. Las sábanas que ondeaban en el jardín trasero, tendidas en unos cables sujetos entre dos árboles bajos y delgados, que daban frutos ácidos y pequeños que se acompañaban con sal. El llanto del hermanito menor más reciente y la voz de mamá, cantando para calmarlo.
Ese hermanito nació hacía poco, cosa de unos días. Cuando lo vio por primera vez, no se pudo creer que esa cosita con piernas y brazos hubiese crecido dentro de mamá, o que él y sus hermanos mayores fueron más pequeños que el chiquitín cuando nacieron.
Escuchó desde lejos a su hermanita, que acompañaba a mamá en la canción. Luego sintió una manita, que jaló la suya con suavidad, como si le suplicara. Drake miró a su hermano favorito, el que tenía los ojos de papá. Antes de que el chiquitín naciera, él había sido el más pequeño de la casa; pero ahora, con el nuevo hermano, estaba algo tímido y triste. Drake supo que su hermano menor todavía no asimilaba que la atención de mamá estuviese sobre alguien más, aunque de seguro ya empezó a sospechar lo que suponía el cambio: era hora de avanzar, de crecer. Por eso se había convertido en la sombra de Drake, acompañándolo por la casa a pesar del miedo.
Incluso entonces temblaba un poco, nervioso porque estaba lejos de mamá y a punto de hacer una travesura. Se suponía que no podían estar ahí, porque todavía eran muy pequeños para aprender hacer las hadas de luz. Aún así, Drake apretó la mano de Fenran y avanzó de puntillas, sin hacer ruido. Luego se asomó por la rendija, para mirar a Hermano 1 y Hermano 2.
Los gemelos estaban sentados en el suelo del cuarto, con las manos hechas un puño, los ojos apretados y la cara muy arrugada. Intentaban concentrarse para crear una de las luces que papá hacía por las noches. Hermanos 1 y 2 podían hacerlas, pero solo muy de vez en cuando y casi siempre por suerte, sin entender qué hacían bien o qué hacían mal. Papá nunca arrugaba la cara cuando los gemelos no lograban ni un destello, pero Drake sabía que estaba preocupado. «Ya son muy grandes», supo, «ya deberían saber hacerlas».
Si papá le enseñara a él, hace rato que podría iluminar las noches para jugar con sus hermanos.
—¡EY! —gritó uno de los gemelos, a la vez que señalaba la puerta.
Drake no sabía cómo distinguir a Hermanos 1 de 2. Papá y mamá, en cambio, se sabían al dedillo cuál era cuál y siempre los pescaban sin fallar. Para hacerse la vida más fácil, él consideraba que Hermano 1 era siempre el que lo acusaba o le hacía la broma más pesada, y que Hermano 2 era el que segundaba al primero. En esta ocasión, papá siguió el dedito de Hermano 1 y abrió la puerta.
Drake y Fenran ni siquiera echaron a correr, porque los pies se les quedaron pegados al suelo. Los dos estaban muy conscientes de que los habían pillado espiando; pero en lugar de una mueca o de brazos cruzados sobre el pecho, papá les sonrió, los levantó a cada uno en un brazo y les dio un beso.
—¿Y qué se les perdió por aquí a este par de ratoncillos, eh?
Papá siempre los llamaba «ratoncillos» cuando los pillaba en una travesura inocente, y siempre los castigaba con un mordisco cariñoso en la oreja y cosquillas en el estómago. Drake y Fenran se revolvieron entre risas para liberarse, pero luego escucharon las quejas:
—¡No pueden estar, no pueden estar! —gritaron los gemelos—. ¡Fuchi, fuchi! ¡Se tienen que ir!
Las cosquillas se detuvieron, pero papá levantó a Fenran y Drake, entró a la habitación y se sentó de nuevo en la silla, con un niño en cada pierna.
—¿No quieren que se queden? —preguntó a los gemelos.
—¡Nooooo!
—Los dos van a cerrar los ojos y se van a ir al país de los sueños, muy lejos de aquí. ¿Así les parece? —Los gemelos asintieron. Hermano 1 dijo:
—A que Drake se duerme el primero.
—No —balbuceó él—. 'manito primero, no yo. —Hermano 2 dijo:
—Es que las niñas tienen menos aguante que los niños, ¿verdad, papá?
Papá gruñó y frunció la frente, igual que Drake. A ninguno le gustaba que los gemelos lo trataran como si fuera una niña, cuando era varón. Pero los gemelos decían que no lo podían evitar, porque Drake era muy lindo, se parecía mucho a mamá y nació con hermanita.
A Drake le ardieron los ojos. Se enfurruñó e intentó bajarse para ir a algún rincón de la casa a llorar a escondidas, pero papá no lo dejó.
«Es porque te quieren mucho, mucho», dijo la voz en su cabeza.
«¿Quiénes? ¿Ellos?», preguntó el niño con desdén y mirando a los gemelos.
«Sí. Solo quieren que te duermas o que te vayas, porque les da pena. Quieren enseñarte a hacer las hadas a escondidas, para que las hagas de una sola vez cuando llegue tu turno de aprender conmigo. Pero, como a ellos todavía no les salen, les da vergüenza. Son tus hermanos mayores, se supone que tienen que hacerlo todo bien para enseñarte a ti también».
Papá le transmitió imágenes y sensaciones de los gemelos y el plan que habían urdido a escondidas para enseñarle a Drake. Querían jugar más a menudo con él porque se estaba haciendo muy alto, lo cual les daría una ventaja para sembrar nuevos terrores en la casa; pero, como Drake no estaba muy apegado a ellos, querían darle algo que los uniera. Y eso eran las hadas de luz. Drake se conmovió.
«Qué tontos» y le transmitió a papá sus emociones. Si Hermanos 1 y 2 no lo apartaran de la puerta ni lo llamaran niña, hace rato que se habría unido gustoso a sus travesuras. Incluso les habría enseñado ya a comunicarse por telepatía, como hacían él y papá.
Ese era el secreto suyo y de papá. Nadie lo sabía, ni siquiera mamá, porque también era su juego, su broma, su enlace, algo que solo pertenecía a los dos. Eran como gemelos mentales.
Drake miró al hermanito a su lado, que comenzó a adormecerse por el calor de papá, y sintió una punzada de celos. «Ojalá yo me pareciera a papá y no a mamá». Le habría gustado mucho nacer con cabello negro y ojos mestizos.
«No te preocupes. No sabes lo feliz que estoy de que te parezcas a mamá, campeón». Y le plantó un beso en la frente. «Ahora duérmete, a ver si este par te enseña a hacer las hadas esta noche». Drake cerró los ojos, acomodó la cabeza en el pecho de papá y escuchó su corazón.
Bum-bum, bum-bum...

****

Adad levantó a Sakti después de que el sicario la derribara.
—¡Arriba! —la urgió el príncipe—. Hay que apartarlos.
La chica y la arena se levantaron juntas. Sakti supo que el manto dorado ondeó por su poder, pero Adad fue el que le dio forma, el que controló los patrones de movimiento. En cuestión de segundos, la arena se transformó en un muro deslizante que aulló con el viento y separó al grupo de expedición, acomodándolos de dos en dos.
—¿Qué pasa? —gritó Connor.
Kel se aferró a él, con los ojos cerrados para que la arena no se le metiera. Connor se cubrió el rostro con el brazo, pero pronto se dio cuenta de que estaba a salvo. Algunos granos le golpearon la cara, impulsados por el viento, pero lo hicieron con suavidad, como si no estuviera en una tormenta de arena sino en una brisa.
Como si estuviera en una burbuja de aire y seguridad.
—¡Quédense dónde están! —advirtió Ryaul en algún punto anónimo—. ¡Cúbranse si pueden, pero no se alejen! ¡Se perderían!
—Esta no es una tormenta normal —murmuró Kael cuando escuchó las instrucciones del arqueólogo.
—Nos inmoviliza —susurró Dereck a su lado.
El Guardián sacó un dedo de la burbuja de aire en la que estaban, pero la arena que volaba al otro lado tenía el filo de mil navajas. El soldado se llevó la punta del dedo a la boca, porque le sangraba. Kael, por su parte, intentó extender las alas pero no pudo. Dereck tenía razón, la tormenta los inmovilizaba, pero no los ahogaba.
«No es una tormenta. Es magia», pensó. A través de la arena distinguió la figura de los príncipes que se encargaban de hacerlo. «¿Por qué?».
—¡Papá! —gritó uno de los gemelos.
Kael buscó en la dirección del grito; a pesar de que casi no pudo ver entre la arena, distinguió un par de figuras que avanzó con torpeza en medio de la tormenta. Los gemelos.
—¡Idiotas! —gritó Kael—. ¡No se muevan! ¡Cúbranse! ¡Se van a matar si no lo hacen!
El alado se preparó para ir por ellos y llevarlos a ese pequeño oasis de oxígeno, porque los chicos se ahogaban entre la arena. Pero entonces sintió un pulso en los granos y vio que una burbuja se formó alrededor de Dagda y Airgetlam. Los chicos tomaron aire y se prepararon para salir de nuevo a la tormenta, pero entonces el viento se intensificó y gemelos y burbuja de aire rodaron juntos, lejos de adonde se dirigían.
—¡Allena! —Sakti escuchó el ladrido muy cerca. Dio una señal a Adad y el príncipe permitió que los lobos se acercaran—. ¿Qué haces? —preguntó Freki.
Sakti no lo miró, porque pensó que no podría soportar la mirada acusadora del lobo. Además, debía estar segura al cien por ciento de detener el encuentro en el momento adecuado.
—Sabes quién es, ¿verdad? —susurró Freki.
Sakti lo miró por el rabillo del ojo durante un segundo, pero se concentró de nuevo en las figuras que debían de ser Darius y el sicario. No podía distraerse, no podía. Luego Freki dijo:
—¿Él también se te apareció? ¿También te pidió que permitieras que...?

****

—Tranquilo, no llores...
Había pocas cosas en la vida que lo calmaran tanto como esa voz. Dejó que papá lo alzara y acomodara en el regazo; luego se cubrió la cara para que no lo viera llorar. «Tengo miedo», le transmitió. Pero papá no tenía fuerzas para enviarle ni un solo pensamiento, por lo que tuvo que usar las palabras. Eso solo lo asustó más.
—No lo tengas. Saldremos de esta. Solo cuida a tu hermanita. Yo los encontraré después y regresaremos todos juntos a casa.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
—¿Pero si no nos encuentras?
—Todavía lo tienes, ¿verdad? —El niño se secó una lagrimilla y sacó el silbato que colgaba al cuello con un cordón de cuero, el mismo que papá y mamá le regalaron en el cumpleaños—. Sóplalo, Drake, y yo siempre seguiré el sonido hasta encontrarte. Te lo juro.

****

«¡Está vivo!», pensó Darius en cuanto reconoció los ojos verdes y el cabello rosado.
La sensación al verlo fue idéntica a la que tuvo cuando encontró a Connor. Sintió que el mundo se sacudía, quizá con intenciones de destruirse para luego convertirse en un lugar mejor, más claro, más tranquilo, más feliz, más razonable, más ameno.
No reparó en muchos detalles, como que el chico al que bautizó Drake estaba amordazado y que luego se soltó como por arte de magia, derribó a Sakti y se lanzó en carrera hacia él. Lo único que Darius pudo hacer fue extender los brazos, como si se preparara para atajar al pequeño de cuatro años que recordaba.
«¡ESTÁ VIVO!», aulló en su mente. No pudo dar ni un paso para correr hacia él porque las piernas le temblaron tanto que apenas lo sostuvieron. Le alegró que Drake estuviera a punto de alcanzarlo; imaginó que lo derribaría, que ambos rodarían por la arena unidos en el abrazo pendiente desde hace veinte años.
Por eso no comprendió lo que sucedía cuando sintió una cortada en el brazo.
O, mejor dicho, no quiso comprenderlo. No quiso leer el mensaje en los ojos abiertos de Drake, ni en la espuma furiosa que le salía de la boca, ni en el brazo bien formado que se había ejercitado durante años solo para sostener la daga negra que terminaría con todo.
Bajo sus pies, la arena se deslizó con suavidad en el momento preciso y los hizo perder el equilibrio a él y al muchacho de cabello rosa. Por eso la daga alcanzó el brazo en lugar del pecho. La cortada llegó al hueso, que ardió con una sensación que Darius conocía muy bien.
Era la misma que él sentía cada vez que veía o pensaba en Enlil.
Supo lo que vio en ojos de Drake, pero no quiso aceptarlo como si con eso invalidara la existencia del odio, como si así pudiera defenderse de él. Pero entonces escuchó el chillido de uno de los gemelos, que lo llamaba.
Dagda vio con claridad el ataque, la herida y la intención. Él y Airgetlam se abrieron camino en la tormenta de arena, con el único objetivo de salvar a su padre. Darius no quiso aceptar lo que vio en ojos de Drake, pero formuló una oración silenciosa para que los gemelos la escucharan. «Déjenlo. Le fallé. Fallé a todos».
Y dejó que Drake le asestara el siguiente golpe.

****

Hermano 1 lo tenía sujeto de la mano. Miraba muy serio al frente, con la mente trabajándole a mil por hora. «Tengo que mantenerlos a salvo, tengo que mantenerlos a salvo. Papá me lo encargó». Drake leyó el pensamiento de Hermano 2, que caminaba sujetando a Fenran para que no se cayera ni se perdiera en la bruma. Él pensaba lo mismo que su gemelo, con la misma intensidad y con la misma devoción. Luego Drake sintió el apretón en la otra mano y miró la cara asustada de su hermanita.
—Tú solo cuídala —le dijo su padre antes de separarse. Probablemente a ella también le habían pedido que cuidara de alguno de sus hermanos; de Drake, del mestizo o quizá del hermanito más pequeño.
Comprendió que todos se cuidaban con desesperación y que por la única razón que no lloraban del miedo era porque no querían asustar a los demás. Mamá estaba detrás de hermanita, cargando al menor y observando a los cinco niños que avanzaban tomados de la mano. «Pobre mamá», pensó Drake. «A ella la cuida papá y papá no está ahora con nosotros. ¿Dónde está papá? ¿Por qué todavía no viene?».
Hermano 1 se detuvo tan de golpe que Drake estuvo a punto de caerse, pero el gemelo lo sostuvo, le apretó la mano con cariño y no lo riñó. Jamás había sentido su amor tan fuerte como en ese momento.
—¿Qué pasa? —preguntó mamá, nerviosa.
—Hay dos caminos —dijeron los gemelos a la vez.
Mamá y Drake entrecerraron los ojos y notaron el cruce. La niebla era muy densa, pero se ponía peor en el camino de la izquierda. En cambio, el camino de la derecha era un poquito más claro, lo suficiente como para que no se tropezaran. Además, tenía unas enormes rocas. Los gemelos abrieron de nuevo la boca, pero, para sorpresa de Drake, no estuvieron sincronizados.
—A la derecha —dijo uno.
—A la izquierda —dijo el otro.
Luego los dos se miraron sin parpadear, sorprendidos.
—La izquierda —dijo mamá. En esta ocasión, los cinco niños a pie la miraron. Dos estaban aliviados, otros dos preocupados y el quinto a punto de llorar—. ¿Qué pasa, Airgetlam, Drake? —Hermano 2 dijo:
—¡El de la izquierda tiene mucha niebla!
—Es perfecto, podremos escondernos en ella —dijo mamá para tranquilizarlo.
Hermano 1 y hermanita estaban satisfechos con esto. Drake sabía que hermanita casi siempre tenía razón cuando se tomaban decisiones que dependían del azar, pero en ese momento estaba tan inseguro como Hermano 2.
—Pero... —Hermano 2 también sabía que lo mejor era estar de acuerdo con mamá porque hermanita respaldaba la decisión, pero aún así tenía que decirlo—. ¡Nos podemos perder en la niebla! Los soldados y el General feo pueden perdernos la pista, pero también papá. No nos encontraría. Pero si tomamos el camino de la derecha, podemos escondernos en las rocas cuando los malos pasen y llamar a papá para que no se pierda. ¡Así podremos estar juntos de nuevo!
Drake quiso llorar. ¡Eso era lo que él pensaba! ¡Cómo deseaba tener la fluidez de Hermano 2 para respaldarlo, para presentar un argumento el doble de sólido al que mamá no pudiera negarse! El niño miró a hermanita y vio que ella meditaba las palabras de Hermano 2. Estaba confundida, porque le parecía muy lógico lo que él decía, pero no creía que fuese lo mejor. Nunca había estado en una situación así, en que la lógica ganara por poquito a su intuición. Mamá también estaba confundida. Ella confiaba mucho en el instinto de hermanita y como la niña no estaba segura, tenía que tomar una decisión como adulta. Por eso tenía que aceptar la lógica. Los argumentos de Hermano 2 eran muy válidos.
—Por la derecha, entonces.
Hermano 1 aceptó la decisión, aunque a Drake le dio la impresión de que tenía más miedo que nunca. A pesar de esto, Dagda pensó: «Los voy a cuidar, los voy a cuidar. Así me cueste la vida, los voy a cuidar». Drake apretó con mayor fuerza a su hermano y miró los ojos del gemelo. No podía creer que hacía unos meses pensara que él no lo quería. No podía creer que el diablillo que le hacía cosquillas en el hombro y luego decía que no lo había hecho, o el que le cambiaba el azúcar por la sal, fuera el mismo que lo guiaba con el único objetivo de cuidarlo. Cuando Hermano 1 giró el cuello para verlo y se quedó blanco como la harina, Drake comprendió que nunca lo había visto llorar.
Drake sabía que era un chiquillo muy llorón. Cuando se enojaba se iba a un rincón a llorar a moco tendido, pero siempre lo hacía a escondidas de todos: del hermanito de ojos mestizos para no perder su admiración; de hermanita para que, cuando ella llorara, buscara consuelo en él; y de Hermanos 1 y 2 para que no lo trataran de cobarde ni lo llamaran niña.
Pero ahora no pudo evitarlo. Lloró asustado y enternecido, porque supo que podía llorar junto a Hermano 1 sin que lo molestara. Podía buscarlo, tal y como hermanita buscaba a Drake cada vez que estaba triste para que la consolara.
—Tontito —le dijo Hermano 1 con cariño, secándole una lagrimilla con un dedo tembloroso.
Drake sintió el flujo de pensamientos de su hermano mayor: «Cuando lleguemos a las rocas puedes llorar lo que quieras. Puedes llorar hasta quedarte dormido». Drake quiso suspirar aliviado, pero lo único que consiguió fue que le temblara el labio. Hermano 1 le sonrió, pero entonces escuchó el grito de mamá. Después, Drake sintió un ardor en el hombro y un golpe en la cabeza que lo sumió en la oscuridad.

****

Dagda perdió fuerzas por la falta de aire y estuvo a punto de caerse de bruces. Airgetlam lo sostuvo a tiempo, pero los dos permanecieron agachados hasta que la nueva burbuja de aire se formó alrededor de ellos. Entonces respiraron con mayor libertad para cargar baterías y lanzarse de nuevo a la tormenta. La arena y el viento los arrastró lejos de Darius, y les hizo varias cortadas en las puntas de los dedos y en la cara, que estaban descubiertos. Los hermanos entendieron muy bien el mensaje: «Deténganse, tarados, no sigan». Pero ellos no podían detenerse.
Escucharon no solo la tormenta, sino también los gritos de Connor y Kel. Ellos también lo habían visto. A pesar de que la arena hacía que todas las figuras resultaran borrosas y que moverse fuera prácticamente imposible, los cuatro notaron el brillo de la daga, la sangre que escurría de la punta y luego la patada que derribó a Darius. Lo estaban atacando. Estaban atacando a papá. ¡Y él se dejaba! Dagda no creía que su padre fuera un pelele, pero quizá sí era un poco idiota. Solo eso explicaría que no se defendiera de semejante tunda.
El chico de cabello rosado le metió un rodillazo en las costillas, le pateó la cara hasta lanzarlo al suelo y luego se le tiró encima con la daga en posición. Los chicos vieron esto, pero también cómo la arena modificó el patrón de movimiento. La daga tembló en manos del sicario y el muchacho no pudo más que guardar el arma para que el viento no se la quitara. Se encogió justo antes de que el viento lo empujara y lo dejara a una distancia prudente de Darius. El mestizo, por su parte, se sentó con lentitud a la vez que se llevaba la mano al golpe en las costillas. A pesar de la distancia, Dagda vio que vomitó sangre.
«Huye», le suplicó. «Papá, huye. Levántate y ve hacia Allena. Ella te protegerá y nosotros también. Pero por favor, ¡vete! ¡No dejes que te golpeé otra vez!». Pero Darius no evitó al sicario cuando se le acercó de nuevo y lo levantó del cuello de la camisa con una mano. La otra la convirtió en un puño que dejó caer sobre la cara del mestizo. Antes de que asestara el golpe, los gemelos lo escucharon gritar:
—¡Te quedaste plantado como si nada!

****

—Por favor...
La súplica de mamá y el llanto del hermanito más pequeño lo despertaron. Drake no lo supo, pero tenía una herida en la cabeza y otra en el hombro, que era tan grave que se lo estaba llevando a la tumba. Se preguntó qué sucedía, dónde estaban él y sus hermanos, pero lo único que pudo adivinar era que estaba atrapado en un brazo cálido y peludo, por encima de mamá. Y que ella...
Ella estaba en el suelo, sujeta a dos formas peludas que parecían patas de conejo gigante. Entonces escuchó la risa: profunda y escalofriante. La sangre se le heló, las lágrimas brotaron y sintió un dolor agudo en el pecho. Intentó respirar, pero no pudo. Escuchó a mamá toser con dolor, como si hubiese tragado mucha agua de mar, y la miró de nuevo, temiendo que se ahogara.
Pero solo vio un resplandor que se escapaba de los labios de mamá. Otras luces brillaron alrededor y Drake notó que hermanita, junto a él, también tenía un hálito luminoso en la boca. Él también. Supuso que las otras luces debían de salir de los labios de sus hermanos, aunque no los pudo reconocer.
Lo que sí distinguió con claridad fue el cuerpo de mamá. Antes, cuando estaba más oscuro, no pudo verla al detalle, pero ahora notó el pozo rojizo alrededor de ella. Drake había visto mucha sangre antes, cuando el hermanito más pequeño nació, pero entonces no sintió tanto miedo como ahora…
… porque cuando hermanito nació, Drake supo que mamá se pondría bien…
… pero cuando la vio tendida en el suelo, supo que ella no se levantaría nunca más, que no la escucharía cantar de nuevo, que lo último que recordaría de ella, quizá lo único, sería su expresión aterrorizada, la sangre y los trozos de carne que se le salían de la herida en el abdomen.
Y papá... ¿Papá dónde estaba?

«Sóplalo, Drake, y yo siempre seguiré su sonido hasta encontrarte».

Las palabras de papá resonaron en su cabeza...

«Te lo juro».

... así que Drake tomó fuerzas de flaqueza, sacó el silbato que llevaba colgado al cuello y sopló. El monstruo se agitó por el sonido y miró al niño, primero con curiosidad y luego con burla. Luego apartó a mamá con una patada, rasgándole los brazos con las garras de las patas. El silbato tembló en los labios de Drake y una sonrisa bailó en los de Sigurd, pero entonces una voz atravesó la neblina.
—¡Njord, niños! ¿Dónde están? ¡Niños! —Era papá—. Están al otro lado, ¡podremos burlarlos si nos vamos ya!
Entonces Drake lo vio. Papá apareció entre la bruma, siguiendo el camino que su familia tomó antes. Llevaba esa sonrisa maravillosa que sería capaz de levantar a un muerto de la tumba; la misma expresión que ponía cuando Drake le llevaba un dibujo, la misma que reservaba para cada uno de sus cachorros cuando los atajaba al final de una carrera.
Pero la cara de papá cambió de un golpe cuando vio al monstruo que sostenía a los niños y a mamá en el suelo, desangrándose. Drake pensó que entonces vería la misma cara que papá puso cuando el General alto y feo dijo que se los llevaría, y que se lanzaría sobre el monstruo.
Papá era muy valiente. Papá era muy fuerte. Papá era genial. ¡Drake lo vio pelear contra un montón de soldados hasta derribarlos! Luchó hasta el final en la Península para que no se los llevaran ¡y sin dudas pelearía contra Sigurd ahora, hasta que los soltara y deshiciera el mal que le hizo a mamá!
Pero...
Papá se quedó inmóvil.
Papá abrió la boca y los ojos, pero no dijo nada ni avanzó un paso.
Papá se quedó en el mismo lugar, en el umbral de la bruma, lejos de ellos, donde estaba a salvo del hechizo del come-almas y su lengua.
Cuando Sigurd rió, dio media vuelta y echó a correr con los seis niños en las garras, Drake vio que papá se quedó en el mismo sitio, sin gritar, sin avanzar, sin levantar los brazos, sin verlos.
Papá los había abandonado.

****

Después de que le asestara el puñetazo, Darius supo que no tenía más remedio que aceptar lo que sucedía. Después de todo era culpa suya, ¿verdad?
No pudo reaccionar cuando encontró a su familia atacada por Sigurd. En ese momento supo que le estaban quitando lo que más amaba en el mundo y no tuvo ni idea de qué hacer para evitarlo. Quizá sintió que si daba un paso al frente, o si tan solo pestañeaba, precipitaría las cosas. Quizá creyó que si se quedaba inmóvil, sus hijos y Njord permanecerían allí por siempre, como si estuvieran en una esfera de tiempo congelado. Pero cuando Sigurd se rió, echó a correr y le dejó muy claro que el tiempo seguía su marcha, Darius todavía no se pudo mover. Fue él quien se congeló.
¿Cómo podía decirle que lo sentía y que lamentaba ese día a cada instante? Darius ya no era tan ingenuo como para creer que unas simples palabras calmarían todo. Él mejor que nadie en el mundo sabía lo que consolaría a Drake, y eso era castigar al culpable de la desgracia y al blanco del odio.
Darius se dejaría matar por el hijo al que esperó por tanto tiempo. Y con gusto.

****

Después de que Sigurd echara a correr, Drake perdió la noción de los alrededores y el tiempo. La visión se le nubló a ratos, aunque supuso que no importaba, porque lo único que vio fue el suelo y no le prestaba ninguna atención. Su mente estaba en otra parte, en la imagen de su padre, allí quieto, viendo a la distancia cómo se los llevaban. ¿Estaba asustado por ellos? No lo supo, ya no podía dar por seguro el amor de su padre.
—Drake...
La imagen de Darius se hizo nítida y Drake dejó de sentir los brazos del monstruo. Cuando parpadeó y vio que estaba sentado en el suelo, rodeado de bruma, supuso que se había resbalado y caído.
—Drake... —repitió Darius, como si lo llamara.
El niño pensó en levantarse y avanzar hacia él, pero dudó. Luego recordó a mamá, en el suelo; a hermanita, junto a él, pálida y con los labios entreabiertos, con la luz escapándose de ella; y papá, al borde de la bruma.
—¡Nos abandonaste! —le gritó—. Prometiste que estaríamos juntos, ¡pero nos abandonaste!
Darius no dijo nada, solo permaneció de pie frente a él, esperando con paciencia a... ¿qué? Drake lloró e intentó juntar las piezas rotas de todos los sucesos. Si su padre los había abandonado... ¿qué hacía allí ahora? ¿Quizá...? ¿Quizá se arrepintió? ¿Quizá los fue a buscar?
Drake no vio a ninguno de sus hermanos cerca, aunque debían de estar allí, sumergidos en la bruma del Pantano, así que llegó a la única conclusión que se atrevió a creer: su padre lo encontró antes; quizá papá lo buscó a él primero y ahora esperaba a que se sintiera mejor para llevarlo a un lugar seguro. Drake se limpió las lágrimas y miró a Darius con esperanza y miedo. Solo quería que papá lo levantara, lo llamara ratoncillo y le hiciera cosquillas en el estómago.
Fue entonces cuando papá le dedicó una de esas magníficas sonrisas y se acuclilló con los brazos abiertos para recibirlo.
—Ven, campeón.
No lo pensó dos veces. Se levantó de un salto y corrió hacia los brazos del mestizo, deseoso de que los brazos se cerraran sobre él y que las manos le acariciaran la cabeza. Quiso sentir la nariz de su papá cuando le olía el cabello, las cosquillas en la oreja cuando sonriera por haberlo atrapado y el besito en la frente con que lo premiaba por hacer caso. Solo quiso asegurarse de que era real. Solo quiso estar a salvo.
Pero cuando los brazos de papá lo atraparon, no los sintió cálidos ni reconfortantes, sino fríos y duros, como una trampa de oso.
—Lo siento, Drake —dijo Darius—, pero yo no soy tu padre. —El hombre de los ojos mestizos y el cabello negro le dio un frío beso en la mejilla y después lo soltó.
Al principio, Drake no le quitó la mirada de encima. ¡No lo pudo creer! ¡Su propio papá lo dejó caer por un precipicio oscuro y frío! Darius apenas si se veía un poco triste, como si condenar a su hijo al Reino de los espíritus fuera uno de los deberes desagradables que debía hacer durante el día.
Luego Darius desapareció y en su lugar quedó el techo de una bóveda. Drake escuchó algo en el fondo, como el sonido que hacían las olas que reventaban bajo la tumba de abuelita; por un momento creyó que al menos caería en una poza y por dicha él era un buen nadador.
Pero…
… lo que lo recibiría no era una poza, sino un lago ensangrentado en donde esperaban tres enormes serpientes, que se erguían sobre la superficie con las fauces abiertas.
Justo antes de que una alcanzara a tragarlo, Drake sintió un par de brazos que lo sostuvieron de las axilas y lo jalaron devuelta al techo. No tuvo tiempo de sentir alivio, porque la fuerza y el vértigo fueron muy fuertes y sintió que los tímpanos se le iban a reventar, que los pulmones le explotarían y que la cabeza la dejaría perdida en alguna parte del juego de luces y sombras. Al final se detuvo de golpe, tan de repente que se fue de nariz contra el suelo. Pero antes de que cayera, las manos que lo tenían sujeto lo mantuvieron erguido.
—Ahora llora —dijo la voz—. Déjalo salir.
Drake lloró. Lloró porque papá dejó que el monstruo feo se los llevara, porque mamá seguro estaba muerta, porque no sabía dónde estaban sus hermanos, porque tenía náuseas y, sobre todo, porque papá lo dejó caer a un lago con tres serpientes.
Papá le mintió.
Papá lo abandonó.
Papá lo traicionó.
Y ahora él estaba solo y perdido.
—Solo pude recuperarte de la pesca. Si otros caen, no podré traerlos. —Drake chilló, porque la voz tenía que referirse a sus hermanos, ¿verdad? O tal vez a mamá—. Ahora debes mantenerte al margen, ¿me entiendes? La Muerte no debe enterarse de que te he sacado de allí.
Cuando el desconocido lo tomó por los hombros, Drake bajó los puñitos con los que se restregaba la cara. Cuando vio los ojos del hombre, chilló. Eran púrpura y muy bonitos, pero no eran amables. Además, como el tipo parecía estar hecho de papiro y no tenía nada en la cara salvo los ojos, Drake temió haberse encontrado con otro monstruo.
El hombre sin rostro dijo:
—Serás el comodín, pequeño. Aún no me queda muy claro qué hacer contigo, pero espero darme cuenta a tiempo. Sí... —Pareció que pensaba—. Un comodín, una carta que puedo usar cuando me haga falta, un peón que pueda convertirse en torre, caballo o alfil... Hmmm, ya veremos, ya veremos. ¡Pero mira la hora! —El hombre de papiro hizo como si mirara un reloj en la mano, le dio media vuelta a Drake y le dio un empujoncito—. Ahora vete. Shush, shush. Vive en alguna parte y mantente lejos de los problemas, ¿de acuerdo? Ahora me tengo que encargar de tu padre.
Drake sintió de nuevo la presión de una fuerza invisible que lo jalaba –¿o empujaba?– hacia alguna parte. Ahora de verdad estaba solo. ¿A dónde iría? ¿A un nuevo mundo de niebla blanca? ¿O se lo tragaría la oscuridad? De repente sintió una corriente eléctrica que le recorrió el cuerpo.
Vio borroso y estaba cansado. Silencio. Frío. Drake gimió y movió un dedito, luego otro y después toda la mano. El cuerpo le respondió, aunque todavía estaba algo entumecido. Poco a poco se sentó, a la vez que sentía la textura de la arena húmeda, reconocía las briznas grises de hierba y escuchaba la soledad del Pantano. Estaba tirado en alguna parte, bañado en su propia sangre.
Abandonado.
Traicionado.
Pensó en Hermano 1, que lo sujetó con tanta calidez. En Hermano 2, que pensó igual que él. En hermanita, que lo buscaba cuando estaba triste. En el hermanito de los ojos bonitos, a quien tanto quería, y en el chiquitín, que apenas si pateaba. ¿Dónde estaban sus hermanos? ¿Dónde estaba mamá? ¿Podría encontrarla? ¿Encontraría al mentiroso de papá plantado en ese lugar, todavía inmóvil? ¿O estaría lanzando a los otros niños al lago de serpientes?
Drake no supo cuánto caminó ni cuántas veces se cayó. Se perdió en el Pantano, pero estar en cualquier sitio da lo mismo para alguien que lo ha perdido todo. Pero al final encontró las rocas, el lugar exacto en donde estuvo con mamá y sus hermanos por última vez.
Mamá ya no estaba allí, y la lluvia y otras pisadas se encargaron de borrar la sangre. Pero Drake estaba seguro de que allí fue, allí murió mamá. Se agachó y besó el suelo donde Njord luchó hasta el último aliento por detener a Sigurd. «Buenas noches, mami», le deseó. Intentó ser valiente, pero no tenía mucho sentido aguantarse las lágrimas si no había nadie cerca que se burlara de ellas.
Luego caminó hacia donde calculó que papá se detuvo. Creyó que por lo menos encontraría dos huellas profundas que señalarían el sitio en donde Darius congeló el tiempo, pero, al igual que la sangre de mamá, la lluvia y otras pisadas borraron toda marca. Aún así, Drake estuvo seguro de que ese era el lugar correcto.
Por un instante tomó la misma posición de su padre y miró el sitio en el que murió mamá. Intentó ponerse en los zapatos de su padre, pero no encontró forma de excusarlo. Drake vio con claridad la misma imagen que vio Darius ese día y no lo perdonó. No tenía derecho a quedarse inmóvil cuando su familia lo necesitaba tanto. ¡Debió ser como mamá, consecuente hasta el final! Si Drake, que era un chaval de cuatro años, supo que él se habría enfrentado al monstruo feo a pesar del miedo ¿cómo iba a perdonar a su padre por no haberlo intentado?
«Es su culpa. Él prometió que vendría a buscarnos, que regresaríamos juntos a casa. Y ahora mamá está muerta. Quizá mis hermanos y hermanita también. Es su culpa que yo esté solo».
Pero se llevó la mano al silbato que todavía le colgaba al cuello. Giró sobre los talones, sintiendo los pies descalzos llenos de cortadas y llagas, y miró el camino libre.

«Sóplalo, Drake, y yo siempre seguiré su sonido hasta encontrarte».

Drake sopló.

«Te lo juro».

Pero ni papá ni nadie más salió a su encuentro. Sopló mil veces más, ese día y los siguientes, pero nadie fue por él.
—Mentiroso —dijo—. Traidor.
Por un instante pensó lanzar el silbato, dejar que se perdiera en la arena sucia y el agua estancada del Pantano como símbolo de renuncia a su padre, pero no lo logró. Apretó el pito y se lo dejó colgado al cuello; luego se sentó y lloró las últimas lágrimas que dedicaría al mentiroso y traidor. Allí, en el sitio donde Darius contempló la primera de muchas pesadillas, Drake también congeló el tiempo e hizo dos promesas: vengarse y olvidar todo lo que el hombre le obsequió. Incluso su nombre.
Pero el silbato siempre lo acompañó.

****

—¡Soplé el silbato! —rugió—. ¡Soplé, soplé, soplé y SOPLÉ!
Drake dejó caer la daga sobre Darius al ritmo de los gritos. Los dos brazos, las manos y el muslo izquierdo estaban llenos de cortadas que sangraron más de lo normal.
Darius supo que todo estaba acabando muy pronto. Supo también que a su hijo no le gustaría escuchar lo que él tenía que decir; lo supo porque si Enlil se lo dijera le arrancaría los ojos por el atrevimiento. Pero... aún así... tenía que decírselo, antes de que la blancura lo rodeara, la Muerte tomara una forma amada y luego lo dejara caer en el lago de serpientes. Era algo que le urgía decir y era mucho más importante que «Lo siento».
Era el único sentimiento que superaba su lamento y su rencor.
—Drake, te…
—¡NO TE ATREVAS A LLAMAR MI NOMBRE! —gritó el sicario, acertando un golpe entre las costillas.
Sacó la daga y, mientras los últimos recuerdos le llegaban a la mente, preparó el golpe final que había planificado en sueños durante años.

****

Más o menos un año después de la muerte de su madre, el chico que ya no se llamaba Drake estaba echado en un callejón, con dolor de tripas por comer basura. Escuchó las risas de los soldados que salían de la taberna, presas de la borrachera. ¡Cómo envidió los cuerpos fuertes, las mentes despiertas y los estómagos llenos! Cómo envidió las carcajadas.
—Por cierto, ¿escuchaste? —dijo uno mientras se detenía frente al chicuelo para lanzarle un trozo de pan por lástima—. Sobre el hijo del General Tonare...
—¿También lo escuchaste? Me pregunto si será cierto. ¡Dicen que enfrentó al come-almas y sobrevivió! —Los soldados dejaron al niño hambriento, con la consciencia limpia por un pedazo de pan, y siguieron la charla—. Es todo un Tonare, ¿eh? Con agallas, sí.
«Están equivocados», pensó el chico mientras guardaba la hogaza entre la camisa. Lo comería después de que vaciara el estómago revuelto; así le sustentaría más. «Ese hombre es un cobarde. Jamás enfrentó al monstruo feo».
Pero sacó el silbato y sopló.


Unos meses después, una mujer humana lo apaleó por comer el alimento de su cerdo.
—Golfillo hijo de puta —le espetó. Luego lo empujó sobre el cagadero del puerco y buscó una pala para aplastarle la cabeza. Pero antes de que golpeara al chico, un soldado la detuvo.
—Quieta, gorda. Déjalo si no quieres que te apalee eso que tienes en lugar de seso.
La mujer bufó, porque supo que ante un soldado ella valía menos que un aesiriano, incluso uno tan maloliente y andrajoso como el mocoso. Dejó caer la pala, guardó al cerdo en el corral y lo encerró a cal y canto, para que el niño no se metiera a dormir allí cuando cayera la noche. Luego tomó el alimento del cerdo y se metió a la casa, cerrando de un portazo.
El soldado miró al niño sin nombre, pero no lo invitó a comer ni intentó levantarlo. Formaba parte de una brigada de exploración del General Tonare y tenía que volver pronto al campamento a dar informes. No podía llevar un chiquillo a una guerra; igual el mocoso se iba a morir, pero por lo menos lo haría donde no distrajera a la armada. Otro soldado con un poco más de corazón se acercó y le dijo:
—¿Lo vas a dejar allí?
—¿Y qué quieres que haga? Usa la cabeza, ¿qué haría yo con un mocoso? El pobre crío se moriría más rápido conmigo que solo. —Comenzaron a alejarse y el otro, que parecía ser de los que no soportaban las caminatas silenciosas, dijo:
—¿Tú crees que cuando lleguemos al campamento nos topemos con el hijo del General? Los rumores corren sobre él. ¿Sabías que enfrentó al come-almas?
—Ajá —le respondió distraído el otro.
—¿Y sabías que el General ya tiene nietos? Unos gemelos y una niñita...
Los soldados y sus voces se alejaron, ya olvidados del chaval del cagadero. Pero el niño no los olvidaría nunca ni la sensación que le causaron. «Los prefirió a ellos», pensó mientras enterraba los dedos en la mezcla de lodo y excrementos. «Los salvó a ellos y nos abandonó a los demás». El silbato le pesó y quiso enterrarlo en medio de la porquería. Pero al final, aunque el juguete estaba igual de limpio que los dedos del chico, se lo metió a la boca y sopló con fuerza.
Sopló hasta que el cerdo chilló en el cubículo, hasta que la gorda salió otra vez de la casa y hasta que lo noqueó con la pala. Incluso en sueños siguió soplando, esperando a que Darius cumpliera su promesa.


Soplando, soplando, soplando, soplando...
Era un nuevo pueblucho, pero la situación no variaba mucho de un lugar a otro. Él era uno más de los chicos sin padres, producto de la guerra en el Oeste. Era uno de los muchos cachorros que caían como moscas por el hambre, la peste, el frío o las tres juntas. El niño sin nombre supo que él caería pronto. Ya había perdido dos dedos en un pie por congelación y lo próximo que perdería sería la vida.
Estaba bajo el cobertizo de una chanchera abandonada, soplando el silbato. Era todo lo que podía hacer. En esos interminables meses de frío y hambre había aprendido algo: algunos adultos pegan, otros detienen los golpes; algunos regalan insultos, otros sobras de comida, pero ninguno recoge criaturas abandonadas por sus propios padres. ¿Para qué tomarse la molestia?
Así que el chico sopló el silbato, diciéndose que con eso les recordaba a los adultos que todavía estaba con vida y que si querían silencio debían darle unos pocos de pan. No mucho, apenas lo suficiente para que la tripa no lo despertara de sus sopores. Pero en el fondo, el chico soplaba para que papá lo encontrara; solo se negaba a aceptarlo.
De repente escuchó unos pasos torpes y pesados, y alguien se le unió en el cobertizo. Era un aesiriano enorme que, a juzgar por la nariz roja y la botella en la mano, estaba borracho hasta la coronilla. El hombre estaba a punto de desplomarse por el alcohol, pero no valía la pena correr el riesgo. El chico siguió soplando el silbato, aunque se levantó para buscar un nuevo refugio. Sabía por experiencia que debía alejarse de los adultos ebrios.
Pero cuando el hombre vio a un chico que olía peor que una cueva infestada de murciélagos, no dejó pasar la oportunidad. ¿Qué harían los aesirianos del pueblo? No había ningún soldado cerca que lo reprendiera y los civiles no tendrían las agallas para detener a un hombre armado solo por defender a un mocoso maltrecho al que nadie quería. Se sentirían asqueados por tener a un pedófilo en la comunidad, pero no harían nada más que esconder a los cachorros propios en las casas. Ignorarían los gritos de este y saltarían su cadáver en la calle apenas con lástima. Pero nadie interferiría.
Tomó a Drake del brazo y lo empujó contra la pared. El chico estaba débil y ligero como una pluma, pero intentó aliviar la caída con la mano y se rompió la muñeca. Aún así, no chilló. Prensó el silbato con los dientes y dejó que los pitillos sustituyeran los gritos. El hombre le agarró los brazos y le rodeó el cuerpo con las piernas. No se preocupó en desvestirse o desnudar al chico, porque ambos vestían trapos tan ligeros que era casi lo mismo.
Cuando el niño sintió una protuberancia entre las piernas del hombre, que se estiró como si quisiera acariciarlo, recordó el lago ensangrentado y las serpientes. Odiaba las serpientes. Las odiaba.
El miedo se desató en él y la magia se le salió de control. Nunca antes lo había experimentado: la ansiedad, el pánico, el deseo de matar para sobrevivir. Pero ahora que sucedió no supo si alegrarse o volverse loco. Vio a la perfección cómo unas navajas transparentes –que en realidad eran ondas de telequinesia– cortaron de un tajo la cabeza del hombre. Luego el cuerpo se desplomó sobre él, aplastándolo. Y después el chico se escurrió a un rincón y miró su obra con horror. ¿Qué había hecho? ¿Qué había hecho?
«Te protegiste», dijo una vocecita en su cabeza. «Hiciste lo que nadie más hizo: te cuidaste». Era la voz de emergencia de Drake, la que todas las personas guardaban para casos como ese, cuando estaban a punto de caer en la locura. La voz no sonó de nuevo, porque cumplió su trabajo. Sí, el niño se protegió. ¡Que lo arrestaran por eso, si es que era un crimen! Luego hizo algo que jamás se atrevió a hacer: registró al hombre con el claro propósito de robarle.
No encontró más que dos monedas de cobre –que para un chico moribundo eran una fortuna– y un trozo de papel. Drake no sabía leer, pero había visto carteles como ese: un anuncio de «Se busca», con el dibujo de un hombre idéntico al que intentó abusar de él. Al pie venía la información recopilada del aesiriano, los crímenes por los cuales se pedía su cabeza y el monto que se ofrecía por él. El niño no pudo leer esto, pero no le importó.
Corrió. Corrió por todo el pueblo, buscando soldados. Al no encontrarlos, corrió a las afueras, y siguió corriendo hasta dos pueblos después en donde halló a un hombre uniformado. El niño no supo cómo logró convencerlo, pero dos días después regresó al cobertizo en el que dejó el cadáver decapitado y se lo mostró a una patrulla de solo dos oficiales. Había nevado tanto que nadie en el pueblo salió de casa, así que no notaron el cuerpo y las bajas temperaturas lo conservaron de maravilla. El niño les mostró el cartel y la cabeza, hablando claro:
—¡Yo lo maté, yo lo maté, yo lo maté!
Los oficiales estudiaron el cadáver, luego el cartel y finalmente al mocoso. El cachorro tenía llagas por doquier, olía peor que una cabra, estaba piojoso, tenía una muñeca quebrada, había perdido dos dedos y parecía a punto de perder otro, pero aún así se aferraba al mundo.
En apariencia no era muy diferente a los cientos de niños que morían cada año por hambre y frío, pero se les diferenciaba por una cosita: tenía la mirada de quien ha caído y se levanta. ¿Y qué si el chico no mató al aesiriano? Tan solo pensarlo era ridículo. ¿Pero había algún problema en fingir que le creían y le entregaban la recompensa? No, no había ningún problema. Un violador estaba muerto y con su cabeza le regalaría a un chiquillo callejero la oportunidad de vivir. Así que dieron el dinero al chaval. Drake saltó y lloró de la felicidad. Corrió hacia el hostal y, aunque en un principio se negaron a atenderlo, les mostró la bolsa con las veinte piezas de oro y dijo:
—¡Todo es de ustedes! ¡Solo un lugar en donde dormir durante el invierno, solo comida hasta que llegue la primavera y todo el dinero es de ustedes!
Comió y durmió bajo techo el resto del invierno. La mujer de la taberna le dio un baño solo porque ya no aguantaba el hedor y llamó a un doctor por piedad. El dinero del chico era más que suficiente para mantenerlo por dos temporadas y con visitas regulares de un médico, pero la encargada se dejó todo el dinero con la consciencia limpia cuando las llagas del niño cerraron, mantuvo el dedo y sanó la muñeca. Drake supo que lo habían estafado, pero no le importó porque esa sería la primera y la última vez. Ahora sabía lo que haría para ganarse la vida, y su próxima víctima le depararía buenas comidas y muchos baños calientes.
Ya no soplaría el silbato.
Ya no esperaría a papá.
Se lo juró a sí mismo.
Pero el silbato siempre lo acompañó.

"Los Hijos de Aesir: El Reino de las Arenas" © 2012-2014. Ángela Arias Molina

3 comentarios :

  1. ¡¡WTF!! Nunca nunca nunca me paso por la mente que el niño mercenario fuera hijo de Darius, siempre fue tan obvio, el cabello rosado, rosado como njord! ... enserio tarde en comprender, cuando recien pusiste Drake algo hizo Click en mi cabeza y fue que entendii todo.

    Pero yo se que no dejaras que Darius muera tan pronto, vdd? ¬¬

    Aunque a decir verdad, Drake es lindo y todo eso, y se cumpliria mi oscuro sueño de que Allena tenga un intento de relacion con un Tonare, pues Darius se quedo con el papel de mejor amigo... pero ... DARIUS ES DARIUS! no me lo puedes matar, ademas Sakti prometio evitar que se cumpliera la vision, porque tmb he relacionado la vision, arena... sangre... sip.

    Esperare con ansias el siguiente capitulo, enserio cada vez me sorprendes mas y mas. Besos, la lectura estuvo muy amena y no encontre algun dedazo.

    Annie

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    1. :P

      Muchas gracias, Annie. ¿De verdad no sospechabas que era Drake? Y yo que estaba preocupada, porque estaba segura de que todo el mundo lo sospechaba como desde hacía 5 capítulos xD Me alegra mucho si la revelación llegó con este capítulo, porque de verdad quería que al menos alguien se llevara la sorpresita. ¡Muchas gracias por ser vos! :P

      ¿Tu sueño oscuro es que Sakti tenga una relación con alguno de los Tonare? Jaja. Veamos cómo se desarrolla la historia xD Sobre la visión y lo que le depara a Darius... solo queda esperar.

      Estos capítulos fueron muy difíciles de escribir, porque siento que hay mucha tensión dramática (o sea, el hijo perdido de Darius aparece, ¡y es un sicario que lo quiere matar!), pero no sé si me fue la mano con el drama :s Eso lo decidirán los lectores :) En todo caso, me anima mucho que digás que le lectura fue amena y que todavía soy capaz de sorprenderte :P Eso es una buena señal.

      ¡Muchas gracias por comentar, Annie!

      Pd: ¿Sabés una cosa? Hoy fue uno de esos días en los que dudo de lo que hago, de que mi esfuerzo con "Los hijos de Aesir" vale la pena. Qué curioso como tu comentario me dice "Sí, sí vale la pena que siga escribiendo". ¡Mil gracias por eso! :'D

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  2. Claro que aun vale la pena escribir angela, cada 15 dias me paso sin falta por el blog, pero en el capitulo pasado no pude dejar comentario, andaba con prisas.

    Dios, pues ya que, a Drake lo alcanzo la maldicion Tonare, y no sospeche por que fuiste muy lista en cambiarle de nombre al sicario ¬¬. Nos leemos

    ResponderEliminar

Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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