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Capítulo 22

22
LA DAGA CORTA

Ese era el final del camino y la tortura. Ese era el golpe que acababa con todo.
Doug/Drake no notó la visión borrosa por las lágrimas, o el hilillo de espuma que le salió por la boca. Ni siquiera se dio cuenta de los movimientos de sus brazos y piernas, que avanzaron seguros y letales como si se movieran por su cuenta, como si el cerebro estuviese entumecido y otra parte del cuerpo estuviese encargada de las instrucciones.
Lo único que notó fue el estiramiento triunfal de los labios cuando escuchó y sintió el golpe de la daga en la carne. Vio la rasgadura en la camisa, el corte en la piel y el músculo, y el flujo de la sangre. ¡Solo faltaba el grito!
Doug/Drake había soñado con ese grito. Cuando era niño no se atrevió a conjurar imágenes de venganza, pero conforme fue creciendo y escuchando lo bien que debían de pasársela en Masca el hijo del General Tonare y sus nietos, el rencor susurró planes. Hubo pocas noches en las que no soñara con la sangre, los ojos desorbitados y el chillido de Darius.
Debía dar el grito que no gritó cuando congeló el tiempo en el Pantano.
Pero cuando Doug/Drake levantó los ojos para ver la expresión del mestizo y los labios a punto de chillar, sintió un beso en la frente.
«No...».
Darius levantó los brazos, pero no apartó al sicario sino que lo estrechó con fuerza. Con una mano, acercó la cabeza del muchacho a su pecho, como si quisiera dormirlo con el sonido de su corazón, como cuando era niño.
Bumbumbum, bumbumbum, bumbumbum, bumbumbum.
Fue diferente. No latió estable y fuerte, sino vacilante y acelerado, herido, pero el sicario encontró más similitudes que diferencias. Él había crecido, pero cupo perfectamente en ese abrazo, como hace veinte años. Darius no le olió a mar e inocencia, pero sí a… recuerdos… y amor.
No lo soportó. Fue como si Doug/Drake se dividiera en dos partes. La más grande era la que estaba unida a la daga, la que sentía la misma aversión del arma maldita, el odio, el rencor y las ganas de cortar, cortar, cortar, hasta que no quedara nada del objetivo.
«¡NO! ¡No va a acabar así! ¡Tienes que matarlo! ¡No puedes perdonarlo solo por un estúpido beso!».
Doug/Drake apretó la daga. Podía sacarla si quería y luego meterla en otra parte del cuerpo. Podía incrustarla en los pulmones, en el corazón, en un oído, en uno de los ojos. ¡Podría hacerlo y el muy cobarde que lo abrazaba no se lo impediría! Pero Doug/Drake conocía otra forma mucho más horrible de morir. Por eso no sacó la daga, sino todo lo contrario: la insertó más y luego ¡ZAZ!
Bajó el brazo con fuerza, para cortar la carne verticalmente en lugar de conformarse con el típico apuñalamiento horizontal. Así se desangraría. Sin importar lo que pasara a continuación, no habría nada que salvara al mestizo. ¡NADA! La hemorragia interna por el corte en los intestinos y el resto de entrañas sería demasiado severa. Aunque lograran coserlo por fuera, por dentro estaría tan roto como una sandía después de que la dejaran caer desde un quinto piso.
Aún así...
La otra parte en la que se dividió, la más pequeña y débil, sintió el silbato que cargaba en una cartuchera pegada a la pantorrilla. Quiso soplar, soplar, soplar y soplar, para que papá lo encontrara.
«¡Baja más!», le ordenó la daga. «¡Más! Aún no es suficiente, ¡sabes que no! Eres un sicario, ¡sabes muy bien que esta herida no es definitiva! Bastante buena, sí, pero no definitiva. ¡Baja más!». Pero Doug/Drake dudó. Solo fue cosa de un instante, pero la pausa fue lo bastante larga como para escuchar los susurros de Darius.
—... orgulloso. ¡Estoy tan orgulloso de ti, campeón!
«No...».
—¡Te extrañé tanto!
«Traidor...».
—¡Te eché tantísimo de menos!
«Mentiroso...».
Cuando Darius lo abrazó más fuerte, el sicario jadeó porque ese simple movimiento enterró aún más la daga. Luego sintió unas gotas cálidas que le cayeron en el cabello y le bajaron por la frente. Cuando miró de nuevo a Darius, vio que el mestizo tenía un par de lágrimas en las mejillas y una sonrisa resplandeciente en los labios.
—Te amo, Drake.
—Basta.
La garra apareció de repente, lo sujetó de la muñeca que se había roto de niño y apretó hasta hacerlo soltar la daga. Luego, Sakti empujó a Doug/Drake a un lado y él cayó de espaldas a cinco metros. Al principio, la parte más grande en él quiso encolerizarse por la interrupción, pero la parte más chica la agradeció y dejó que ese sentimiento fluyera por todo el cuerpo. Fue como si saliera de un sueño muy profundo, una pesadilla, para caer en otro un poco más ligero.
En ese nuevo sueño, vio que la tormenta de arena se había detenido y que Sakti estaba delante de él, evaluándolo con la mirada para saber si intentaría acabar lo que inició. El príncipe Adad estaba detrás de ella y sostenía a Darius en el suelo para que no se levantara.
—Allena... no... —la llamó—. No lo lastimes.
El mestizo intentó decir algo más, pero tosió. Cuando Sakti se giró para decirle que no lastimaría al muchacho, se petrificó. Darius estaba pálido y en cada respiro vomitaba sangre. La chica miró a Adad como para preguntarle si eso en verdad estaba sucediendo y le bastó una mirada para confirmarlo.
Se equivocaron. La herida era muy grave. Se equivocaron. La herida era una grandísima mierda. ¡Se equivocaron! La sangre se expandió tan rápido que Sakti estuvo segura de que le llegaría a los pies. ¡Se equivocaron! Darius entornó los ojos, pero siguió murmurando incoherencias e intentó alzar la mano, como si el chico al que llamaba en desvaríos estuviese a su lado para entrelazar sus dedos.
Sakti quiso dar un paso hacia él, pero no pudo apartar los ojos de la sangre. El color, el olor, el calor… De no ser por las respiraciones agitadas que escuchó detrás de ella, se habría dejado caer al suelo. La muchacha giró despacio para enfrentar las expresiones de sus amigos.
Dereck y Kael estaban confundidos por el resultado; Geri y Freki estaban alarmados y los chicos… Los chicos eran los más afectados. Estaban lívidos, inmóviles y congelados, como si estuviesen en un campo de nieve en lugar de un desierto.
Pero los que peor pinta tenían eran los gemelos, pues se les habían formado unas sombras por debajo de los ojos, como si llevaran semanas sin dormir. Las pupilas estaban muy dilatadas y las manos les temblaron. Pareció que se quedarían así por siempre, inmóviles como estatuas vacilantes, pero entonces uno de ellos gruñó. Antes de que Sakti pudiera detenerlo, el muchacho se lanzó sobre Doug/Drake.
—¿QUÉ LE HAS HECHO A MI PADRE?
Airgetlam se abatió sobre el sicario y le rodeó el cuerpo con las piernas para que no pudiera moverse ni escapar. Con una mano lo sostuvo de la camisa y la otra la cerró en un puño que cayó sobre el rostro del peli-rosado.
—¿QUÉ —golpe— LE —golpe— HAS —golpe— HECHO —golpe— A —golpe— MI —golpe— PADRE?
Los puñetazos que cayeron sobre el rostro de Doug/Drake fueron tan bárbaros que Sakti se cubrió la boca y apartó la mirada, como si no hubiese visto algo peor. En cierto sentido, así era: nunca había visto a alguien matar a golpes a su propio hermano. Cuando escuchó un feo crujido, supo que Airgetlam había fracturado la nariz y un pómulo.
Quiso taparse los oídos, pero entonces escuchó el grito de alarma de Dereck. La chica abrió los ojos justo a tiempo para ver que Dagda había empujado al soldado para que no lo alcanzara, pues le había quitado la espada. «No», pensó ella, horrorizada. «¡Lo va a matar!».
Dagda se colocó al lado de Airgetlam y levantó la espada en alto, listo para decapitar al sicario. Pero entonces él y el puño de su hermano vacilaron, porque a pesar de los moretones, la nariz rota, la sangre y la hinchazón que se expandía por la quijada, los dos recordaron un fantasma lejano.

«En la noche exploraremos la casa en busca de galletitas. ¿Vienes con nosotros, Drake?».

Y...

 «Cuando lleguemos a las rocas puedes llorar lo que quieras. Puedes llorar hasta quedarte dormido».

—No... —murmuró Airgetlam y bajó el puño.
Dagda gimió detrás de él y bajó la espada con lentitud, rendido, como si llevara horas luchando. Los dos guardaron silencio durante una eternidad, mirando con ojos desorbitados los iris verdes y el cabello rosa que apenas recordaban.
—No es mi hermano... —decidió Dagda de repente—. ¿Es el tuyo? —Airgetlam  hizo una pausa y respiró profundo. Al final murmuró:
—No.
Dagda apretó otra vez la espada y Airgetlam apretó el cuello del sicario con ambas manos, para estrangularlo. Luego empezó a aventarlo una y otra vez contra el suelo, como si quisiera hacerle la cabeza picadillo a la vez que lo ahogaba.
Cuando su gemelo levantó la espada, Airgetlam se apartó para que diera el golpe de gracia. Pero entonces una sombra cayó sobre Dagda y lo detuvo. Era Freki, que se había echado sobre el muchacho antes de que fuera demasiado tarde. Dagda forcejeó para quitarse al lobo de encima, pero fue como si sus gritos y su desesperanza multiplicaran la de su gemelo.
Airgetlam gritó también como si hubiese perdido la cordura y alzó las dos manos en un solo puño. Sakti supo lo que haría: atacaría al sicario con una de las técnicas más poderosas de Sigfrid, capaz de matar a un grolien de un solo golpe. Ella avanzó para detenerlo, pero Dereck al fin reaccionó y se le adelantó; levantó a Airgetlam de las axilas para apartarlo, pero el chico le metió tantos codazos que Kael tuvo que ayudar a retenerlo.
Freki y los Guardianes se hacían cargo de dos de los hijos de Darius, ¿pero y el tercero? Cuando Sakti miró a Connor, se le rompió el corazón. Ella siempre supo que Connor no era un chico violento ni vengativo, pero habría preferido eso a la expresión que tenía. Estaba muy asustado, callado e inmóvil, como si esperara sin pestañear a una señal para entrar en escena y repetir una obra de teatro que él conocía muy bien, porque la había visto desde la audiencia.
Sakti supo cuál era esa señal.
—¿.... bien? ¿Está bien?
La chica apretó los ojos al escuchar otra vez la voz de Darius. Inspiró profundo para tomar su papel en la obra; giró otra vez, contuvo mejor la impresión al ver la sangre y se situó al lado de su amigo. El mestizo abrió la boca para preguntar de nuevo por su Drake, pero Sakti supo que perdía fuerzas y comenzaba a desmayarse. Así que se inclinó sobre él. Antes de que pudiera detenerse, dijo las palabras del guion.
—Darius, mírame. —Le sostuvo el rostro con las manos y lo vio a los ojos—. Mírame, no te duermas.
Sakti supo que le temblaron los labios, porque vio su expresión de terror reflejada en los ojos mestizos. «Prometí que lo protegería», pensó, «¡pero en lugar de eso lo lancé a la muerte!». Sus intenciones fueron buenas, pero se dio cuenta de su arrogancia. Jugó a las apuestas con algo muy valioso: la vida de su amigo. Y estaba perdiendo. Si Darius moría, la culpa no sería ni de Drake ni de los vanirianos que le dieron la daga. ¡La culpa no sería ni de la daga!
Sería suya y solo suya.
«No es momento para entrar en pánico». Esta vez, se regañó con las voces de la portadora y el Dragón. «Le prometimos que lo protegeríamos y eso haremos. Esto aún no se acaba». Sakti compuso el rostro y tomó la mano débil de Darius entre las suyas, apretándola con fuerza. No lo soltaría hasta que estuviera a salvo.
—Toma mi mano, ¡apriétala! No la sueltes por nada del mundo. —Entonces llegó la señal que Connor estaba esperando:
—¿Cómo está papá? —Era Airgetlam, todavía sujeto por Dereck y Kael—. ¡Connor, haz algo, maldita sea, HAZ ALGO!
Luego Sakti escuchó a Dagda, que juraba que mataría al sicario por haber matado a su papá. Freki ladró muy fiero, como si advirtiera que estaba a punto de morder. El muchacho lo ignoró y continuó forcejeando para cumplir con su promesa. Mientras tanto, Airgetlam pataleó y gritó para deshacerse de los Guardianes.
Cuando Sakti buscó de nuevo a Connor, el chico la miró como si le recriminara lo que ocurría. Por un momento pensó que ahora sí lo vería enfadado, pero Connor siempre la sorprendía porque era mejor de lo que ella esperaba, incluso cuando ella ya pensaba que no podía ser más bueno.
El chico solo apretó los ojos y respiró profundo para calmarse y subir al escenario. Luego acarició la cabeza de Kel, que estaba junto a él con los ojitos llenos de lágrimas mientras veía a Darius desangrándose.
—Quiero que revises al muchacho —dijo Connor mientras señalaba al peli-rosado, tendido en la arena donde Airgetlam lo había dejado—. Asegúrate de que esté estable y después ayúdame con papá.
Kel miró a Connor esperanzado, porque el chico habló como un adulto: tranquilo y confiado en que todo estaría bien, porque él se encargaría de eso. El grolien corrió hacia Doug/Drake sin miedo, y le tomó el pulso tal y como Connor le había enseñado. Mientras tanto, Connor se acercó a Darius.
A pesar de que tembló por el miedo, avanzó con la cabeza en alto. El susto en sus ojos se desvaneció poco a poco, hasta dejar una mirada fría y calmada que Sakti nunca habría imaginado en él. Ese era el doctor, no el chico asustado porque estaba a punto de perder a su padre.
Airgetlam gritó otra vez:
—¡HAZ ALGO! ¡CONNOR, AYÚDALO!
Este era el momento. Sakti supo que en la visión Connor había dicho «¡Es que no sé qué hacer!». Pero él solo puso una mano sobre la frente de Darius y la acarició, igual que hizo con Dagda antes de coserle los dedos.
Como Sakti le había pedido que la mirara, Darius intentó mantener la vista fija en ella a pesar de que cada vez se le hizo más borrosa. Pero cuando sintió la mano cálida de Connor, giró los ojos hacia él y lo reconoció con detalle, como si el chico fuera más claro y brillante que el sol.
—Se parece a tu madre... —susurró. Connor sonrió y le dio un beso en la mejilla.
—Sí. Ahora duerme, papá. Yo me haré cargo del resto.
Cuando Darius cerró los ojos, Connor le giró la cara para que tosiera de lado. Sakti se revolvió incómoda, apretó la mano de Darius y abrió la boca para decir algo, porque no podía dejar que el mestizo se durmiera. ¿Qué haría si no despertaba de nuevo? Connor la detuvo antes de que dijera ni una palabra.
—Ni lo pienses —la cortó—. No grites, no llores, no tiembles. Estás sujetando su mano porque modificarás su futuro, tal y como él cambió tu pasado. Ahora eres su punto de apoyo, el puerto al que va a regresar y tienes que mantenerte firme por él. Se lo debes.
Sakti supo que el chico acababa de regañarla, pero cerró la boca y asintió. Se lo merecía, porque ese desastre entero era culpa suya. Connor más bien fue muy benevolente al no darle una cachetada y permitirle quedarse al lado de Darius. Lo mínimo que podía hacer era aceptar su responsabilidad con aplomo.
Cuando el chico rasgó la camisa de Darius para atenderlo, Sakti apartó la mirada, aturdida. El mestizo tenía una cortada amplia entre las costillas, de la que emanaba mucha sangre, pero la peor era la del abdomen. Sakti y Connor sabían qué implicaba una herida así: Darius se desangraba por dentro. Por un momento creyó que todo había acabado, que no había nada que hacer por su amigo, pero luego miró los ojos de Connor.
A pesar de la gravedad del asunto, a pesar del miedo y la desesperación, Connor sabía que podía hacerlo. Sakti también lo supo, porque el chico no era egoísta ni se dejaba controlar por la impotencia. Creía en sí mismo y en los demás, porque aunque conocía sus defectos y limitaciones –y también los de quienes lo rodeaban– creía que podía convertirlas en virtudes. Y por ello era un chico capaz de hacer milagros.
«Qué equivocados estuvimos, Darius. Tú nunca me necesitaste para sobrevivir hoy. Al único que necesitabas era a Connor». Kel llegó en ese momento al lado del doctor.
—¿En qué te ayudo?
—Alcohol.
Como si esa fuera explicación suficiente, Kel sacó una botella de alcohol y un paño de la bolsa de Connor; mojó el paño y se lo dio para que se limpiara las manos. Luego sacó otro paño y lo mojó. Cuando Connor terminó de limpiarse, desechó el primer trapo y cogió el segundo para limpiar a Darius.
No fue suficiente porque al instante siguiente el mestizo estuvo otra vez teñido de rojo. «Pero eso no es lo que quería», pensó Sakti. A Connor no le importó ensuciarse o que las heridas siguieran abiertas, porque su objetivo era desinfectar. Luego pasó las manos por encima del pecho y el abdomen, palpando con fuerza en busca de algo.
—El cuerpo aesiriano tiene 576 puntos vitales o de presión distintos —recitó casi sin despegar los labios, en un murmullo tan bajito que Sakti creyó que lo había imaginado—. Están conectados a las áreas del cerebro que controlan ciertos órganos. Seis de estos puntos son los principales y controlan los otros 570. Uno de ellos se encuentra entre el corazón y los pulmones... —cuando dijo esto, Connor apretó un punto en el extremo superior izquierdo del pecho.
Sakti había creído que Darius estaba fuera de combate, pero gritó muy fuerte y apretó la mano de la muchacha cuando Connor lo tocó. Ella se preparó para sostenerlo, porque se imaginó que patearía de dolor, pero lo único que movió fue el pecho, que subió y bajó muy rápido, como si Darius se ahogara. Connor no prestó atención a esto y siguió:
—Otro punto principal se encuentra en la boca del estómago.
Bajó la mano hasta allí y apretó con la misma fuerza, sin importarle la herida del abdomen. Esta vez Darius no gritó, pero rechinó los dientes y apretó con furia a Sakti, como si quisiera romperle los dedos. Ella se mordió los labios, porque no tenía derecho a quejarse. Darius la estaba pasando peor que ella.
Connor siguió recitándose la lección del manual y no se distrajo por los gritos de su papá, las demandas de sus hermanos o la mueca de Kel.
—Y esos dos controlan el flujo de magia a través del cuerpo…
En esta ocasión, Connor apretó ambos puntos a la vez –el que estaba entre el corazón y los pulmones, y el que estaba en la boca del estómago–, si se quiere con más fuerza, sin arrugar la cara, sin temer las consecuencias. Darius gritó de nuevo, se revolvió en la arena y tosió. Sakti se alegró de que Connor le hubiese girado la cara, porque de lo contrario se habría ahogado en su propia sangre.
«Vamos, resiste un poco más», pensó ella para darle ánimos. «Connor te quiere. No te haría pasar por esto a no ser que lo crea necesario para salvarte. Aguanta». Le dio un beso en la mano que sostenía y rezó en silencio para que todo saliera bien.
—El flujo de magia propio es más saludable que el externo —siguió murmurando el chico—, pero cuando el paciente carece de uno es necesaria la estimulación artificial para el correcto funcionamiento de los puntos.
Connor cerró los ojos y arrugó la frente, todavía con las manos apretando el cuerpo de su papá. Pareció que se esforzaba mucho en algo, pero ni Sakti ni Kel entendieron en qué. Fue entonces cuando Sakti se acordó de su hermano, pues el príncipe se situó detrás de Connor y le puso una mano en el cuello.
—¿Es esto lo que necesitas? Úsalo como mejor te parezca.
Cuando Sakti sintió un flujo adicional de energía, comprendió que Adad se la transmitía a Connor con tan solo tocarlo y que el chico se encargaba de modularla y traspasarla después a Darius. Por un momento pensó en dar una ayuda adicional, pues ella también era una fuente de poder. Pero luego desechó esa idea, porque sabía que Darius no tenía todas sus esencias y que quizá no soportaría mucho poder adicional.
Además, no era necesario. Como ella sostuvo la mano de Darius, pudo sentir el flujo adicional que corría por su cuerpo y que lo estabilizaba un poco. Pronto, el mestizo dejó de jadear y empezó a respirar más profundo. El corazón tampoco estaba acelerado, sino que latía mucho más despacio, aunque estable. «Todo va bien», se dijo la muchacha. «Connor sabe lo que hace». El chico siguió con sus murmullos:
—De los 576 puntos, 22 pueden regular el flujo sanguíneo para controlar heridas externas... —Connor apretó otros dos puntos, cada uno en un brazo—... y alentar el recorrido de la magia en el sistema. Cuando la energía recorra las zonas dañadas, estimulará la coagulación y la sanación de las heridas externas e internas.
Connor se mantuvo firme. Cuando Adad se apartó de él, miró al príncipe con ojos suplicantes para que no lo soltara. Todavía necesitaba el flujo de magia. Sakti no tardó en comprender por qué.
Recordó a los aesirianos dormidos en las herramientas Amrit y los cables que tenían insertados en brazos, piernas y sienes. ¡Y también en el pecho y en la boca del estómago! De alguna manera el manual de «Puntos vitales» seguía el mecanismo que utilizaban las máquinas de curación. Ambas técnicas estimulaban la magia del aesiriano y la guiaban para sanar el cuerpo. En este caso, Connor tomaba el lugar de la herramienta Amrit y Adad el del núcleo. Y por ese detalle, Sakti supo por qué el chico comenzaba a morderse los labios, preocupado. La curación no estaba saliendo tan bien como lo esperaba.
Las heridas dejaron de sangrar, pero todavía no cerraban. La cantidad de magia que Adad prestaba tenía que ser suficiente para sanarlas, pero todavía seguían allí. Por eso Connor comenzó a asustarse. Él sabía –y Sakti no tardó mucho en comprenderlo– que en cuanto dejara de apretar los brazos, las heridas volverían a sangrar; lo mismo cuando Adad dejara de prestarle magia. Entre los dos detuvieron la hemorragia, pero las heridas no cerraron. Darius todavía vivía, pero dependía de que Connor apretara y Adad se quedara allí.
«Pero no es solo eso», pensó Sakti. «Si en este caso Adad toma el lugar del núcleo, ya hay un problema fundamental en todo el proceso. Adad tiene una carga definida y es muy alta para Connor y para Darius. Él no es un núcleo universal, no tiene energía cero. Si esto se prolonga por más tiempo del necesario, tarde o temprano este sistema va a colapsar y Darius también».
Además, debía de haber otra falla. Quizá era la primera vez que Connor aplicaba la técnica, pero lo hacía bien, de eso no tenía duda. Y la energía de Adad era más que suficiente para sanar las heridas, porque tenía el canal adecuado y la potencia ideal. Cuando se trataba de curar un mal al instante no importaba que el príncipe tuviera una carga definida, porque eso solo afectaba cuando el proceso se mantenía por más de unos minutos. Así que, en realidad, tenía que haber otra razón por la que las heridas no sanaran.
Sakti pensó, pensó y pensó. Si en lugar de Darius se tratara de algún soldado, ¿qué diferencia habría en el proceso? «El soldado tendría un flujo de magia propio estable…». La idea comenzó a formarse, pero la desechó porque Connor ya se había encargado de estimular un flujo artificial. Aunque esa fuera una diferencia elemental entre los pacientes, ya Connor había cubierto la falta. Entonces, ¿cuál sería la diferencia? ¿Cuál era la variable que cambiaba todo el esquema?
«El atacante», la respuesta le llegó como un rayo de luz. «A un soldado aesiriano lo atacaría un soldado vaniriano. Pero a Darius lo atacó su propio hijo... con una daga maldita».
—El arma —susurró la muchacha para que solo Connor la escuchara—. La daga está maldita, por eso las heridas no cierran.
A Connor le tembló el labio, pero se repuso. Todavía no era el momento para perder la calma, así que asintió y repasó las heridas. Las del abdomen y costillas eran las más graves, pero ahora entendió por qué también sangraban mucho las de los brazos. ¡Y todavía tenía que atender las de las piernas!
Miró la mancha carmesí en la arena y supo que no podía dejar que Darius perdiera más sangre. Chupó los dientes. No podía dejar de apretar los puntos vitales, pero tenía que hacer algo con los cortes. Tenía que cerrarlos. «Si no cierran solos, significa que tengo que hacerlo yo a la vieja escuela… Incluso las heridas internas…».
Comprendió lo que eso significaba y se mareó.
—Necesito ayuda —dijo a Sakti—. Allena, necesito que alguien me ayude a apretarlo.
Ella asintió, porque era una petición sencilla. Si los gemelos se calmaban, ellos, Dereck, Kael y hasta Ryaul podían ayudar a Connor. Pero entonces el chico agregó:
—Y necesito abrirlo. Tengo que operarlo.
—… Diablos.
Sakti rechinó los dientes. Eso complicaba mucho las cosas. Darius no podía tener encima a nueve personas mientras Connor lo abría para suturar las heridas internas. Además de que lo asfixiarían, respirarían directamente sobre él y Sakti no necesitaba ser doctora para saber que eso lo empeoraría. Además, el desierto al aire libre no era el mejor lugar para abrir las entrañas de una persona. Bastaba con que un granito de arena entrara al sistema de Darius para matarlo.
Pero la princesa también supo que no había forma de llevar al mestizo a un lugar más indicado. No tenían camilla y, aunque la tuvieran, tampoco podrían moverlo. Si variaban aunque fuera un poquito la presión, comenzaría a sangrar de nuevo y no llegarían a tiempo a un lugar seguro.
—Entiendo —Adad ronroneó como un gato—. Entonces no nos queda otra opción. Kael. —El príncipe miró a su Guardián, que tenía una bota de Airgetlam sobre la cara y otra entre las costillas, aunque sujetaba con fuerza al muchacho para que no se tirara sobre el sicario—. Tú serás el guía. Llévalos a Irem.
A pesar de las súplicas de Connor, Adad lo soltó y se alejó de él, a la vez que se quitaba la gabardina que Sakti le había dado la noche anterior. Antes de que el abrigo cayera al suelo, su piel se había endurecido; las escamas comenzaron a cubrirlo y a oscurecerlo.
—¡Dereck! —llamó Sakti al comprender lo que estaba a punto de suceder. Su Guardián tenía todavía a Airgetlam sujeto por las axilas, pero la nariz le sangraba por una combinación del calor y un codazo acertado—. Tú te encargas de llevar a Drake sano y salvo a Irem. No dejes que los chicos lo maten y no dejes que ninguno de los tres toque de nuevo la daga. Si puedes, destrúyela.
Adad dejó que la transformación fluyera. Se arrodilló y puso las manos sobre el suelo, a la vez que la cola y las alas nacían. El cuerpo se le alargó, le brotaron los cuernos de las sienes y el rostro se le convirtió en hocico.
En otro tiempo, Connor se habría quedado boquiabierto mirando la transformación, pero en esta ocasión solo mantuvo la vista fija en Darius, concentrado en el ritmo de la respiración y las palpitaciones. La única distracción que se permitió fue apurar a Adad, porque también comprendió que necesitaba al Dragón Negro para salvar a su padre.
Cuando el príncipe dragón rugió, Connor y Sakti se mantuvieron firmes, aunque Kel se estremeció y sujetó la otra mano de Darius, como si quisiera protegerlo.
«Voy a subirlos». Para todos fue un rugido, pero para Sakti fue la voz clara y majestuosa de su hermano, aderezada con una pizca de bestia. «Prepáralos». La chica sujetó a Connor y a Kel para que escudaran a Darius de la arena. Cuando Adad levantó el vuelo, los granos bailaron alrededor como motas de oro.
A toda prisa, Kel sacó un paño limpio del bolso, le echó un poco de alcohol y lo colocó sobre la herida de Darius antes de que Adad se lanzara en picada sobre ellos. Sakti había creído que el Dragón los atraparía entre las garras y los llevaría a Irem, pero Adad se zambulló en la arena como si se tratara de agua.
Sakti sintió la ondulación mágica por el contacto de Adad con la arena. En su mente, prácticamente lo vio nadar hacia ellos. Cuando el Dragón levantó de nuevo el vuelo, Connor, Sakti, Darius y Kel estaban en su lomo, entre el nacimiento de las alas. La arena resbaló entre las escamas cada vez que Adad subía más en el aire, pero Sakti y Kel sostuvieron a Connor para que no perdiera el equilibrio ni dejara de apretar los puntos vitales de Darius.
Adad rugió otra vez. Connor y Kel solo escucharon el rugido de un Dragón, pero Sakti escuchó palabras. «Pido ayuda, Allena. Ruge tú también. ¡Ruge!». Sakti lo hizo, porque comprendió que era por el bien de Darius. Fue como cuando estuvo en el barco de Telius y rugió para reprender a los lobos-dragón por la pelea, pero en esta ocasión estuvo muy consciente de las palabras que transmitía en el rugido a coro con su hermano.
Pedían un milagro.
A lo lejos, un rayo cruzó el cielo. Sakti supo que no era obra de Adad. Miró el horizonte y vio que una nube se acercaba a ellos.
«Ahí voy».
No era un castillo flotante, sino un rugido, otro mucho más grave y atemorizante que el de Adad o el de ella. La nube se acercó a toda velocidad y cuestión de minutos los cubrió por completo. Sakti sintió bochorno, pero no se quejó cuando la primera gota de lluvia le cayó en la nariz. No era agua fría, sino cálida... y mágica. De nuevo Kel y Connor escucharon los rugidos, pero para Sakti fueron palabras.
«La última lluvia», dijo Anäel. «Confío en que es para bien».
Sus palabras resonaron en la mente de Sakti cuando la lluvia comenzó a caer sobre ellos. La última, la última, la última... La última oportunidad de Darius, el último vuelo de Anäel. Sakti rugió de nuevo, pero esta vez para agradecer. Adad no hizo coro con ella, pero la muchacha supo que el gigantesco dragón de la lluvia mágica percibió  gratitud y todos sus sentimientos. «Si pudiera hacer algo para agradecerte», le dijo, «¡lo haría!».
«Hay algo», le respondió Anäel. «Me gustaría encontrar a alguien. A un heredero...».
Mientras la lluvia caía sobre las heridas del profeta, Sakti escuchó con atención. Lo que Anäel pidió fue mucho para un mundo consumido por la guerra, más si tomaba en cuenta que los Dragones que se suponía lo salvarían estaban contaminados por todas sus pestes. Pero a pesar de las exigencias, Sakti se sintió aliviada porque Anäel pidió lo que todos necesitaban: un rayo de esperanza, alguien capaz desear y hacer milagros. Por lo menos sí había una persona con esas características y Sakti lo conocía.
«Tengo un heredero para ti», rugió al dragón. «Tengo un heredero para el mundo».
Anäel rugió de felicidad y ahora, más que nunca, su lluvia se impregnó de esperanza y poder.

"Los Hijos de Aesir: El Reino de las Arenas" © 2012-2014. Ángela Arias Molina

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Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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