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Capítulo 23

23
LA DAGA NO PERDONA


El pito. El pito. El pito...
Darius siempre se preguntó qué era ese sonido fuera de lugar en las pesadillas. Plantado allí, en el Pantano, rodeado de bruma en el mismo lugar donde congeló el tiempo, intentaba apartar la imagen de Njord desangrándose, la de Sigurd carcajeándose y la de los niños atrapados y heridos. Escuchaba siempre las súplicas de Njord –aunque cuando en realidad sucedió no las escuchó, porque su esposa apenas si tenía fuerzas para hablar–, el llanto de Connor y la risa estremecedora del come-almas. Todos esos sonidos se mezclaban y le creaban eco en la cabeza, pero Darius podía identificar cada uno como si sonara por su cuenta.
Menos el pito.
Ese sonidito, débil y chillón, siempre fue un enigma para él. Al principio pensó que era la risa del come-almas, que desafinaba cada cierto tiempo. Luego pensó que era el llanto de Connor, pero la frecuencia de los gritos del bebé y los pitos no concordaban.
Ahora sabía quién era. Ahora lo veía con total claridad.
Era Drake, apretando el silbato con una mano para que no se le cayera. Su Drake, que soplaba el silbato con las pocas fuerzas que tenía. Su campeón, soplando para que papá fuera por él. Pero cuando el come-almas dio media vuelta y se marchó, Darius no pudo seguirlo aunque supo que era una pesadilla. No pudo despegar los pies del suelo para perseguir al fantasma de su mente e intentar salvar, aunque fuera en sueños, al niño que desapareció por veinte años. Ni siquiera pudo caminar con pies de plomo hacia el cuerpo de Njord para verla morir de nuevo.
Esta vez permaneció de pie un rato más y luego se acuclilló. Se abrazó las piernas y escondió el rostro en las rodillas. Sintió las cortadas en los brazos y en las piernas, la de las costillas y la del abdomen.
Y dolieron.
No solo sintió el ardor supurante de los cortes, sino también los sentimientos perpetuos que quedaron allí. Todo el odio, toda la desesperación, todo el miedo y todo el dolor de Drake pasaron a Darius. Eso era lo que dolía más. Debía aceptar el castigo, porque entre más sufriera más peso le quitaría a su hijo.
—Qué equivocado estás —le susurró una voz al lado—. ¿Es que no te das cuenta de que Drake se detuvo? Lo hizo. Se arrepintió.
Se arrepintió...
Se arrepintió...
Se arrepintió...
Darius alzó la mirada al escuchar el eco de esas palabras compasivas. Allí, inclinado frente a él, estaba un viejo y querido amigo.
—Se arrepintió, Darius —le dijo Mark, radiante como un rayo de luz—. Drake pudo destrozarte y partirte en dos y habrías muerto sin importar lo que hicieran Connor o el agua de Anäel. Pero se detuvo en el último momento. Drake no te mató. Todavía puedes salvarte. Todavía todos pueden salvarse. —Darius sintió la garganta seca, la piel hirviente, los ojos irritados y la mente confundida.
—Mark, tú estás muerto... —logró decir. El mensajero arqueó las cejas y frunció los labios, aunque Darius no supo si sonreía o hacía una mueca de desesperación—. Y esto es un sueño...
—¡Vaya que somos inteligentes, eh! —se burló el muchacho—. Darius, concéntrate en lo importante, ¿de acuerdo?
—¿Lo importante?
Esta vez estuvo seguro de la sonrisa que recorrió el rostro del mensajero. Mark le puso las manos sobre los hombros y Darius sintió una calidez amable que le quitó un poco de tristeza.
—Estás a salvo —dijo su amigo con ternura—. Allena, Connor y Anäel han hecho todo lo que pudieron por ti. Por hoy te han salvado y seguirán haciéndolo el tiempo que sea necesario. Ahora tienes que poner de tu parte, ¿de acuerdo? No puedes abandonarlos. Recuerda que aún tienes muchas promesas por cumplir.
Darius sintió de nuevo la tristeza y la desesperación. Prometió a Njord que salvaría a los niños, pero Fenran murió y cayó en el Reino de los espíritus. Los gemelos y Zoe crecieron en Masca, en donde después fueron torturados por Sigfrid o recluidos en un templo. Drake creció solo Dios sabía cómo. El único que corrió con suerte fue Connor, que creció a salvo y feliz en los brazos de un par de humanos en lugar de los de Darius.
Su familia estaba destrozada. Njord y Fenran jamás regresarían a ellos; los gemelos y Connor quizá no podrían rescatar a Zoe; y Drake, aunque estaba con vida, no regresaría a la familia. Darius tampoco.
Cada respiro dolía. A pesar de que soñaba, sintió el agotamiento de cada músculo y el ardor de las heridas en el cuerpo maltrecho. Lo supo. Supo que se estaba muriendo, que en cualquier momento caería al lago ensangrentado y que nadie lo sacaría de allí. Mark chupó los dientes, le apretó los hombros y lo regañó:
—¡No te puedes dar por vencido! Quizá creas que fue un gesto de amor dejarte apalear por tu hijo, ¡pero eso no fue más que cobardía! Crees que dejaste que Drake estuviera a punto de matarte porque tú no serías capaz de levantar la mano contra él, ¡pero en realidad dejaste que te golpeara porque no querías saber lo mal que la pasó tu hijo! No querías escuchar, sentir o ver sus necesidades porque temías no ser capaz de soportarlo. Sin darte cuenta, estabas dejando que el chico que tanto te necesita te apartara para siempre y te alejara de los otros niños que también te necesitan. Al dejarte atacar de muerte, accediste a abandonarlos. Darius, ¿en qué estabas pensando?
El mestizo se encogió al recordar lo que sintió cuando vio el cadáver de su madre, el cuerpo ensangrentado de Njord, el cuerpito deshecho de Fenran y la furia de Drake.
—... Tuve miedo —dijo al fin, temblando.
—Bueno, pues ya no lo tengas. No estás solo porque los chicos, Allena y yo estamos contigo. —Mark suspiró—. Ahora ponte bien, ¿de acuerdo? Los estás matando del susto. Allena lleva días sin dormir. Si te mueres jamás se lo perdonará; y yo tampoco estaré en paz conmigo si cruzas pronto. Si te vas a morir hazlo después de que el Reino de los espíritus deje de existir, ¿entiendes?
Darius asintió, aunque sin entender en verdad lo que el mensajero dijo. ¿Por qué Mark y Sakti se sentirían responsables de su muerte? Eso no tenía ningún sentido, porque el muchacho estaba muerto y la chica no lo había hecho picadillo.
Pero…
La caída de Drake cuando derribó a Sakti con demasiada facilidad para quitarle la daga que ella llevaba en el cinturón...
La tormenta de arena que mantuvo a todos alejados de Darius y Drake...
Sakti, apartándolos justo cuando el puñal acertó la herida más grave...
Y la orden que el profeta escuchó pese a estar más muerto que vivo...

«¡Dereck! Tú te encargas de llevar a Drake sano y salvo a Irem. No dejes que los chicos lo maten».

Sakti sabía quién era el muchacho, lo supo todo el tiempo, tal y como sabía de la visión de Darius y Connor sobre la muerte del profeta en el desierto. Si sabía quién era Drake, si conocía sus intenciones y el riesgo que Darius corría, ¿entonces por qué lo permitió? ¿Por qué dejó que el peli-rosado atacara a Darius si...?
Maldición Tonare...
La idea se asomó como un murmullo en su mente. Darius levantó la mirada para ver a Mark a los ojos. El mensajero asintió.
—Quería salvarte. Los dos queríamos salvarte de la maldición Tonare y esta era la única forma. Ven. —Mark se enderezó y ofreció una mano al profeta—. Hora de volver al puerto seguro, hora de mover el tiempo que congelaste aquel día en el Pantano. Si se lo preguntas ella te lo explicará mejor. Yo sé que lo entenderás y entonces te empeñarás en cumplir todas las promesas que aún debes. Como se lo prometiste, la salvarás a ella de su maldición.
Darius tomó la mano de Mark. Los alrededores se hicieron borrosos. Los contornos del Pantano se desdibujaron, igual que el rostro del mensajero. Lo único que sintió con seguridad fue la calidez y la fuerza de la mano de Mark, que sostuvo la suya y lo levantó. Fue un simple gesto pero Darius sintió el apoyo incondicional, el respeto y la amistad de Mark en ese apretón de manos. Imaginó que si todas las personas tuviesen un amigo con una mano así, nadie en el mundo sentiría miedo ni tristeza.
—No dejes que se funden —las palabras de Mark fueron como un susurro en el viento—. No dejes que mis dos gatitas se condenen. Sálvalas. Aligera la maldición que pesa sobre ellas, tal y como las dos aligeraron la que pesa sobre ti. Y así, sálvanos a todos. Por favor.
La bruma del Pantano se convirtió en la del lugar fuera del espacio y el tiempo, y luego en simple luz blanca que lo encandiló. Darius apretó los ojos, sintió el escozor en ellos y las lágrimas tibias que se le escaparon por el dolor, la tristeza, la conmoción y el arrepentimiento. Si Mark no estuviera con él se sentiría mil veces peor. «Pero él no está aquí, él está muerto», pensó, aunque al instante siguiente se arrepintió. «No, él está aquí. Él sigue aquí». Mark le apretó la mano un poco más fuerte para darle ánimos, para jalarlo, para no dejarlo caer.
Luego su mano se convirtió en dos, una pétrea como la roca y otra un poco más suave.
Esas no eran las manos de Mark.
Darius abrió de nuevo los ojos. La luz se difuminó. Los contornos se definieron un poco más, aunque no lo suficiente para reconocer el tipo de madera de la mesa de noche ni el color exacto de las paredes. La cabeza le dolió como si la noche anterior hubiese bebido doce barriles de cerveza y después se la golpeara en un estante unas cincuenta veces. Los ojos le ardieron como si fueran trozos de carbón en una fogata y la garganta la tuvo tan seca que le quemó respirar. Inspiró más fuerte para reponerse pero se dio cuenta de que fue una mala idea, porque entonces sintió la cortada entre las costillas y un punzón en el abdomen. Quiso patalear por el dolor, pero estaba entumecido desde la coronilla hasta la punta de los pies. En su estado solo pudo arrugar la cara, gimotear y apretar la mano.
Alguien se la apretó en respuesta, aunque más suave, con gentileza, como si la garra no pudiera desmenuzar rocas y como si la mano derecha no supiera empuñar espadas. Darius entreabrió los ojos otra vez. Estaba demasiado exhausto y adolorido, pero tenía una pregunta que debía responder o de lo contrario no podría descansar.
—¿Drake?
Su voz fue tan débil que ni siquiera se escuchó a sí mismo. Sakti tenía los ojos fijos en él, lo vio mover los labios y comprendió lo que necesitaba saber sin mayor explicación.
—Está bien —susurró ella.
Darius no se sorprendió de que la voz de ella fuese dulce y tierna. Muy pocas personas habían visto a esa Sakti, porque en público era tan reservada que parecía muda; y cuando sí hablaba era tosca y fría, como si nada le importara. Darius la conocía mejor que nadie y hace mucho, mucho tiempo, la había visto feliz y encantadora, atenta y preocupada.
Cuando Mark estuvo con vida.
La voz que empleó para tratar a su amigo fue la misma con la que consoló a Mark cuando iban de camino a Masca y él cayó enfermo, mientras subían las montañas Ka. A Darius siempre lo conmovió verla tan atenta, cariñosa y solícita con Mark, confortándolo en las noches si no podía dormir por el dolor, acariciándole la cabeza, arropándolo con su propio abrigo y susurrándole palabras tiernas para que durmiera.
Había creído que esa parte de ella murió con el mensajero. Le alegró estar equivocado. Nunca imaginó que algún día necesitaría tanto a esa Sakti.
—¿Cómo estás? —le preguntó ella con timidez. Darius vio lo pálida y ojerosa que estaba, y supo que no lo había abandonado. Quién sabe cuántos días llevaba al lado de su cama. También la notó que se sentía culpable.
Recordó de nuevo la tormenta de arena durante el enfrentamiento y que terminó justo cuando Sakti los separó. También recordó la orden que la chica dio a Dereck para que llevara a Drake sano y salvo a Irem. Sakti permitió que el sicario lo atacara, fue su intención desde el principio, pero Darius no entendió por qué.
Quiso preguntárselo, pero estaba tan débil que no pudo hablar. ¡Tenía tantas preguntas, tantas dudas y temores! Apretó la mano de Sakti, frustrado por su debilidad. Ella se llevó la mano de Darius a la frente y la sostuvo un buen tiempo, como si quisiera pescar las sensaciones y pensamientos de su amigo.
Darius sabía que Sakti no era muy diestra en las artes de la mente, así que pensó con fuerza, con toda la claridad de la que fue capaz en su estado. Al final, Sakti bajó la mano y la dejó reposando en la cama, aunque no la soltó. Se aclaró la garganta y susurró:
—Los gemelos y Zoe te adoran, no podrían matarte. Connor es demasiado dulce y fuerte como para matar a alguien, menos a su papá. Y Fenran está muerto. —Lo último lo dijo con tacto, pues sabía que repetirlo solo empeoraría el estado de Darius—. Si ninguno de ellos era candidato adecuado para asesinarte, la maldición Tonare buscaría el medio ideal para hacerlo.
«Pensaste que Drake lo haría...».
—Al principio no supe que era Drake. Se me parecía a alguien, pero entendí que me recordaba a Zoe hasta que vi la daga. Hasta entonces comprendí que él ya había intentado matarte antes.
Sakti no era diestra en las artes de la mente, así que Darius apreció su esfuerzo cuando le transmitió imágenes de los encuentros previos con el sicario. En el bosque camino a Lahore, cuando Drake no era más que un chiquillo; Sakti creía ahora que Drake los siguió para atacar a Darius, pero la presencia de Sigfrid lo desalentó al final. También pensó en las flechas de hierro con las que los envió por el precipicio cuando regresaban a Masca; en ese entonces el chico disparó a matar, seguro de que la distancia lo protegería del Demonio Montag. Pero se había arrepentido. O por lo menos se arrepintió de atacar a Sakti, porque la salvó antes de caer. Ahora ella comprendía que usó la telequinesia. No había otra explicación. Drake tuvo que recurrir al poder de los Tonare para evitar que ella y el caballo murieran en la caída.
Luego transmitió a Darius las imágenes de cómo ella y Drake se encontraron en las Arenas, cómo el chico la subió al tren y la cuidó, cómo la guio con paciencia y buena disposición por el desierto, y cómo cambió de actitud por el arma maldita.
—La maldición Tonare es fuerte, Darius. Yo quiero creer que tú no sucumbirás a ella, pero no lo puedo asegurar. Quizá contigo y con Enlil las cartas ya están echadas y no hay nada por hacer. Pero contigo y los chicos... —Sakti ladeó la cabeza y negó con suavidad. La imagen de su amigo asesinado por alguno de los cachorros era demasiado fuerte para ella—. Tú no mereces morir por la mano de uno de tus hijos. Y ninguno de los chicos merece cargar tu muerte en su consciencia.
«¿Entonces por qué?», preguntó el mestizo. No supo si debía estar molesto con Sakti o sorprendido de que ella dejara que un chico peligroso lo apaleara, pero percibió las buenas intenciones de su amiga. Ella había encontrado una puerta para salvarlos a él y a los niños de la odiosa maldición Tonare, así que debía dejar que se explicara.
—Porque la maldición Tonare radica en el miedo y el rencor. Por eso es una maldición difícil y fácil de romper a la vez. Piénsalo. Los padres Tonare nunca fueron perfectos. Encerraban a sus hijos en mazmorras, los despreciaban, a veces los mataban a los pocos días de nacidos. Porque les tenían miedo. Pero si hacían esto ¿cómo esperaban que sus hijos no los odiaran y quisieran matarlos? En el mejor de los casos, los padres se mantenían lejos de casa y no creaban vínculos afectivos, como Enlil hizo contigo. Y al igual que tú, sus hijos les guardaban rencor por ello. Por eso la maldición se mantuvo fuerte, porque era un círculo vicioso. Pero tú y los chicos son diferentes.
»A ningún Tonare se le ocurrió antes cuidar y amar a su cachorro. Ninguno recibió con entusiasmo la noticia de que sería padre. Pero tú sí lo hiciste, Darius. A todos los cuidaste lo mejor que pudiste y a todos los amas. A cambio, los chicos te aman también. Si hay oportunidad de salvar al clan Tonare, es esta. Tus hijos son la generación que podría cambiarlo todo. Pero Drake... —Sakti negó de nuevo con la cabeza—. Cuando vi que Drake tenía el arma, te vi en sus ojos. A pesar de que no son iguales, él tiene la misma mirada que pones cuando ves a Enlil.
Darius se estremeció. Siempre se había esforzado en transmitir a Enlil todo el odio con la mirada, pero ahora él estaba en el lugar del General. ¿Acaso Enlil se estremecía y se afligía tanto cuando Darius lo miraba de esa forma? ¿Le dolería...? Bah, no, era imposible. Enlil lo apartó desde antes de que naciera, lo despreció, no era posible que sintiera algo por Darius aparte de la precaución debida por la maldición Tonare.
—Drake siente por ti lo mismo que tú por Enlil. Supe que debía hacer algo con él para evitar que todo se precipitara, que la maldición actuara y te llevara a la tumba. Incluso pensé en matarlo.
A pesar del dolor de cabeza y el ardor de ojos, Darius le dio una mirada significativa a Sakti, casi tan fea como la que le dedicaba a Enlil. La princesa giró los ojos y levantó los hombros, casi divertida.
—Supe que harías eso. Aunque intentara guardármelo, tarde o temprano te enterarías de lo que habría hecho a tu hijo y me odiarías. Y Dios sabe que no quiero que me odies. —Sakti hizo una pausa, tomó aire y pensó con cuidado lo que diría a continuación—. Darius, si la maldición Tonare se da por el miedo y el rencor, ¿cuál crees que es el poder que puede romperla?
El mestizo lo meditó por dos segundos, pero al tercero se dio cuenta de que era una pérdida de tiempo. Estaba demasiado débil como para permanecer consciente por cinco minutos más y si su amiga lo ponía a pensar en algo tan difícil era porque no le tenía ni un poquito de consideración. Sakti esperó unos segundos a que el muchacho diera con una respuesta, pero se dio por vencida cuando no recibió ningún pensamiento de parte de él.
—Es el perdón. El único de tus hijos que podía matarte por la maldición Tonare era Drake. Por eso, Drake es también el único que puede romper la maldición y librarte de ella.
«¿Cómo?».
—Perdonándote, por supuesto. —Sakti puso con cuidado una mano sobre el abdomen de Darius. Aunque estaba cubierto de vendajes, ella conocía bien la apariencia de la herida.
Cuando llegaron al palacio de Irem, los gritos de Adad movieron a todo el personal para que le facilitaran una habitación, sábanas y ropas limpias. Los sirvientes soltaron exclamaciones de sorpresa al ver tanta sangre. Entre Adad y Kel acomodaron a Darius en la cama; luego Connor despachó al príncipe para que no le estorbara, a Sakti le gritó para que no dijera ni pío y al pequeño grolien lo apresuró para que trabajara más rápido.
Aunque Connor tenía las manos llenas de sangre, no le temblaron cuando abrió el maletín y sacó uno a uno todos los instrumentos. La guinda del pastel fue cuando se puso las gafas y enhebró un hilo especial en el primer intento. Luego, cosió, cosió y cosió...
A Sakti se le revolvió el estómago. Aunque le avergonzaba admitirlo, estuvo a punto de desmayarse cuando el chico tomó algo entre las manos por más de dos minutos para suturarlo. Nunca supo si fue un intestino o algún otro órgano, pero Connor no arrugó la cara. Se mantuvo firme, parpadeando solo muy de vez en cuando, cortando el hilo cada vez que cerraba una herida solo para seguir con otra. Para cuando otros dos doctores entraron a la habitación, Connor suturaba la piel en el abdomen. Como estaba claro cuál era el médico de cabecera de este paciente, el chico señaló los brazos y las piernas de Darius. Con eso los otros dos curanderos se encargaron de las heridas menores.
Sakti no sabía cuántas puntadas tenía su amigo, pero si le decían que tenía un millón no se sorprendería. Los tres médicos tardaron tanto tiempo en suturarlo que a la muchacha le pareció que se tomaron como mínimo tres días. Aun así, Darius todavía sangraba. Sakti olió y vio la sangre a través de los vendajes, pero Connor todavía no dejaba que nadie los cambiara. El chico prefería poner nuevas vendas sobre las viejas, para ayudar a la coagulación.
Porque eso era lo que mataba al profeta: había desarrollado un caso extremo de hemofilia.
Connor no le había explicado qué sucedía, pero Sakti imaginó que Darius debía de sangrar por dentro tal y como todavía sangraba por fuera. De ser así, ¿cuánto tiempo tendría? Todavía vivía porque Connor utilizaba los benditos puntos vitales para liberar presión en ciertas partes del cuerpo y hacer solo él-sabía-qué para que la hemorragia se regulara.
Además, Connor también mantenía un control muy estricto sobre el progreso de su papá. Le abría una vía en el brazo cada vez que lo creía necesario y le daba una transfusión de sangre. Sakti no entendió qué hacía Connor o en qué se basaba, pero el chico hacía un trabajo fenomenal. A pesar de que Darius estaba al borde de la muerte, lo mantenía con vida a punta de paciencia y perseverancia. Los otros doctores ya se habían dado por vencidos, pero Connor seguía adelante. El resultado de todo ese esfuerzo fue que Darius había reaccionado. Seguiría muy débil y necesitaría mucha ayuda para reponerse, pero Connor le daría todo lo necesario.
Si tan solo las heridas cerraran...
Pero Sakti supo que no lo harían y Connor también.
Drake se detuvo. No cortó lo suficiente como para matar a Darius en el desierto. Se detuvo. Estuvo a punto de matarlo, si hubiera bajado la daga solo un centímetro más habría acabado con él, pero se detuvo. Eso era bueno. Por más pequeño que fuera el acto, allí estaba. Drake se detuvo, se arrepintió...
Pero todavía no había perdonado a Darius. Todavía lo resentía. Por eso las heridas seguían sangrando, porque fueron hechas con un arma maldita. La única forma de romper el embrujo era con el perdón del responsable, así que Darius estaría a salvo hasta que Drake lo perdonara.
Esa era una de las tantas razones por las que ordenó a Dereck mantener a salvo al sicario. Si los gemelos o alguien más lo mataban antes de que perdonara a su padre, Darius moriría sin ningún remedio. Además, Sakti supo que en el estado de Darius, la muerte de Drake lo golpearía tan fuerte como la muerte de cualquiera de los chicos.
Si quería que su amigo viviera tenía que liberarlo de todas las angustias, no dejarlo pensar en nada salvo que todo estaba bien e iría aún mejor.
—Drake no te mató. Te resentía, pero se detuvo —repitió—. Él es el único de tus hijos que puede matarte y cuando se detuvo le dio la espalda a la maldición. Te has librado de ella, has roto el círculo. Eso significa que tus hijos también se han salvado.
Eso no era cierto. Si Darius moría, la maldición sería la culpable y el círculo seguiría intacto. Si Darius moría, los gemelos harían picadillo a Drake y luego, cuando tuvieran hijos propios, también morirían en sus manos.
Pero Darius no tenía que saberlo. Sakti confió en que Drake perdonaría a su padre algún día y rompería la maldición de los Tonare. Pero si conocía bien al padre del sicario –y Sakti lo conocía muy, muy bien–, el perdón no llegaría pronto. Si Drake era la mitad de rencoroso que Darius, quizá el perdón no llegaría jamás.
Pero Drake también demostró tener parte de la nobleza de su padre cuando la consoló en el tren y la cuidó en el desierto. Él dijo que lo hizo por interés propio, pero no engañó a Sakti. Fue atento con ella sin que nadie se lo pidiera, tal y como Darius.
Además, Sakti era la mejor amiga de Darius porque lo comprendía. El mestizo decía que odiaba a Enlil, pero eso no era del todo cierto. Lo resentía, sí, pero confundía el odio y el enojo con el dolor. Era demasiado testarudo –y quizá orgulloso– como para darle una oportunidad a Enlil. Sakti podía leer entre líneas. Lo único que Darius quería de Enlil era una disculpa, una explicación y poder perdonarlo, pero él no lo sabía o no quería aceptarlo.
Lo mismo pasaba con Drake porque era un reflejo de su padre. No odiaba a Darius, pero lo resentía por haber tenido miedo y no poder salvarlo. Se aferró por tanto tiempo a la idea de que su papá lo abandonó que sobrevivió con el único objetivo de vengarse. Perdonar a Darius era un arma de doble filo porque era lo que quería, pero también sería admitir que el pilar que lo mantuvo vivo nunca fue firme. Sería negar parte de lo que fue y lo que le permitió sobrevivir. Sería perder la razón de su vida.
Un crujido hizo que Sakti mirara la entrada del cuarto. Connor acababa de pasar y estaba recostado a la puerta, con los ojos cerrados y tomando aire. Estaba tan pálido y ojeroso como ella, pero tenía ropa limpia y sí había comido algo. Aunque no tenía apetito se obligaba a comer, tal y como se obligaba a dormir por lo menos cuatro horas diarias.
Sakti se preguntó por qué todos veían a Connor como un bebé, si se comportaba como un hombre con todas las de la ley. Además de estar pendiente de su papá día y noche, visitaba a Drake con regularidad para asegurarse de que comiera y los golpes no se infectaran. También vigilaba a los gemelos para que no se acercaran a Drake para torturarlo y hasta hacía un par de horas de voluntariado para tratar a los heridos por los terremotos.
Si los rumores eran ciertos –debían serlo, porque Dereck pareció orgulloso y asustado cuando los comunicó a Sakti–, el chico se había peleado con el médico jefe de Irem y con dos príncipes de las Arenas que se habían negado a darle más medicinas y sangre para Darius, por considerar que gastaban recursos en un caso perdido. Lo increíble no fue que Connor los enfrentara, sino que les ganó. Para derrotar a un médico gruñón con años de experiencia en el campo, más un par de príncipes estresados, fornidos y con el poder de azotarlo públicamente, Connor necesitaba algo que un simple crío no tenía: agallas. El chicuelo inocente que no sabía nada de magia ni espadas se había convertido en todo un alborotador. Sakti estaba tremendamente orgullosa de él.
El muchacho se separó de la puerta y se dirigió a la cama mientras se masajeaba el cuello.
—Vine tan rápido como pude —murmuró—. ¿Cayó algo por el terremoto? ¿Todo bien?
En los últimos días, los terremotos se habían intensificado. No eran tan fuertes como los dos primeros, pero sí más frecuentes y con la suficiente potencia para derribar paredes. Irem estaba destruida; al igual que los suburbios aledaños y repartidos a lo largo de la ribera del río principal del Reino. Casi todos los edificios y casas se derrumbaron, y solo quedaban en pie unas pocas secciones del palacio que no bastaban para dar cobijo a los sobrevivientes. Por eso se establecieron siete campamentos en Irem: uno encargado de la coordinación, cuatro de rescatistas militares y voluntarios, y dos para civiles.
En los últimos dos estaban los heridos, mientras que en el de rescatistas estaban los cadáveres que encontraban debajo de los escombros. Había muchas necesidades y muy pocos recursos, así que Sakti comprendió por qué sus tíos y el médico jefe querían cortar los suministros para Darius. Pero como un tercio de los civiles había sobrevivido por las habilidades de Connor, le pareció justo que el chico pidiera pago en especie por sus servicios.
—Todo está bien —respondió ella en el mismo tono para no perturbar a Darius, que había cerrado los ojos de nuevo—. Aunque el terremoto despertó a tu padre.
Le gustó la reacción de Connor, porque ganó color con la noticia y los alcanzó en dos zancadas. Se arrodilló al otro lado de la cama y llamó a su papá con suavidad. Darius no abrió los ojos, pero balbuceó algo a modo de respuesta.
—Creo que preguntó cómo estás —le tradujo Sakti.
—¡Furioso! —masculló Connor entre dientes, cerca del oído para que Darius lo escuchara—. ¡Eres un imbécil-tarado-estúpido-tonto, papá! Tírate por cuantas ventanas quieras, pero por favor, por favor, no vuelvas a dejar que te apaleen de esta forma. ¡Porque el que peor la pasa soy yo, ¿me entendiste?!
Darius no respondió, pero esbozó una pequeña sonrisa. Connor y Sakti supieron que captó el mensaje: Connor nunca estuvo enojado, sino asustado, y ahora estaba aliviado porque su papá se había mejorado.
—Traeré a tus hermanos —decidió la princesa.
Cuando Sakti soltó la mano de Darius y se levantó, los huesos le tronaron. Estuvo inmóvil al lado de su amigo durante seis días y tenía el cuerpo tan entumecido como él.
—¡No tienes que irte! —Las palabras de Connor fueron casi una súplica—. ¡Quédate! ¡Cuidaste mucho a papá y yo...! —Sakti arqueó una ceja cuando el muchacho calló de repente. Connor bajó la mirada y susurró quedito—: Y yo lo siento. Fui muy grosero contigo.
—Connor...
—Sé que tal vez no podrás perdonarme...
—Connor...
—... pero de verdad, de verdad lamento haberte gritado. Yo...
—Connor —lo cortó Sakti—. Hiciste bien.
Cuando el chico levantó los ojos y la miró, ella comprendió por qué todos lo veían como el pequeñín del grupo. Cuando ponía ojitos de cachorrito, daban ganas de abrazarlo y quererlo. ¡Era imposible enojarse con una carita así! Sakti soltó un suspiro y dijo:
—No estoy molesta contigo. Lo has hecho genial. Soy yo la que lo lamenta mucho. Te prometí que evitaría esto y aun así tomaste un mal trago. Lo siento, pero lo repondré en cuanto pueda.
—Pero no tienes que irte... —insistió él cuando Sakti se encaminó a la puerta.
—Quiero bañarme —explicó ella— y aprovecharé para decirles a tus hermanos que vengan a ver a Darius. Si es que los veo, claro. —Cuando Sakti puso la mano sobre el pomo de la puerta, el mestizo le dijo:
—Gracias, Allena. Por entender... Mark... —Aquí gimió por el esfuerzo y Connor volcó toda la atención en él—. Como Mark... —dijo algo más, pero ni Connor ni ella lo entendieron.
—Por favor llámalos pronto —pidió el muchacho. La sonrisa se le había borrado del rostro y el brillo ilusionado de los ojos se convirtió de nuevo en resignación—. Si van a verlo que sea antes de que lo medique, porque no tiene fuerzas que perder en desvaríos.
Sakti asintió y salió de la habitación. Una vez a solas, se recostó al otro lado de la puerta. El cuerpo lo tenía agarrotado y le dolieron las articulaciones con cada paso, pero lo más fuerte era el agotamiento mental. Pensó en todo lo bueno que había sucedido en los últimos días. «Todo» en realidad era «poco». Juntó las manos como si estrecharan de nuevo la de Darius. Allí sintió el calor de su amigo y eso la alegró, porque Darius todavía estaba vivo.
«No quiero que muera antes que yo». Ese pensamiento fue único, como si la voz de la portadora fuera también la del Dragón. «No quiero que ninguno de ellos se muera antes que yo. Quiero que la última vez que los toque todavía guarden calor. No como él...». Conjuró la última vez que estrechó la mano de Mark y lo horrible que fue sentir cómo perdía temperatura. Estuvo a punto de estremecerse, pero no lo permitió. La preocupación, el estrés y el agotamiento ya le estaban pasando la factura, pero no podía perder la cabeza.
Ahora que Darius había reaccionado, podía sentirse un poco más tranquila y retomar sus labores. Al fin y al cabo eran por el bien de su amigo. Tenía que concentrarse de nuevo en pedir los refuerzos para Masca y Zoe. Pero por la situación actual del desierto supo que no le darían ni un soldado para siquiera intentar rescatar al heredero Kardan.
Eso significaba que tenía que usar la cabeza para calmar la situación en las Arenas antes de ir a Masca. Y, por supuesto, para que Connor no tuviera más problemas en asegurar los medicamentos de su padre.
«¡Demonios!», pensó mientras golpeaba la pared con el puño. Como si el desierto le respondiera, todo se sacudió. Sakti había ganado experiencia en mantener el equilibrio en los terremotos. Se mantuvo en su sitio a pesar de que el candelabro sobre ella se tambaleó de un lado a otro y que la grieta de la ventana se hizo más grande.
Cuando el temblor cesó, cruzó el salón de estar de sus cuartos personales asignados en palacio. Ella los había cedido a Darius para que tuviera un lugar limpio en dónde recuperarse. Cuando salió de sus aposentos, se encaminó a la catacumba. El baño podía esperar, el desierto podía esperar, pero Darius no. Aunque tuviera que salvar el Reino de su padre y el país de su madre, primero tenía que salvar a su amigo.
A él le debía más que a todo un Imperio.


"Los Hijos de Aesir: El Reino de las Arenas" © 2012-2017. Ángela Arias Molina

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