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Capítulo 24

24
HEREDERO DRAGÓN

Connor recorrió el pasillo, ansioso. «En lugar de estar perdiendo tiempo aquí», pensó, «debería estar junto a papá. Kel aún no domina los 576 puntos, ¡se puede equivocar y presionar algo que no debe! ¡No puedo, no puedo, NO PUEDO! ¡No puedo irme así nomás!».
Se encaminó al umbral, decidido a regresar a la habitación de su papá y atarse con cadenas a la cama si era necesario. ¡No podía irse del lado de Darius justo cuando más lo necesitaba! ¡No podía irse a una especie de aventura en un momento tan crucial! ¡Y no podía...!
—Cuidado, cuidado —lo reprendió Kael cuando Connor chocó contra él. El muchacho estuvo a punto de caerse, pues el mago alado era robusto como una roca, pero Kael lo sostuvo a tiempo.
—¿Listo, chiquillo? —preguntó Adad detrás del Guardián—. ¿Preparado para una gran aventura?
Antes de que Connor pudiera responder, el príncipe lo tomó de los hombros y lo llevó al balcón. Desde allí vieron la muralla destruida de palacio, los edificios y casas de Irem colapsados y tres de los siete campamentos de la ciudad. Dos eran de los rescatistas y había buitres y otras aves de rapiña volando sobre los cuerpos encontrados. A pesar de que los cadáveres estaban cubiertos por lonas y que había voluntarios encargados de espantar las aves, a más de un cuerpo le faltaban la lengua, los ojos, la nariz o las orejas. Era una escena muy desalentadora. Además, comenzaban a oler. Dependiendo de la dirección del viento, a Connor le llegaba un hedor que le quemaba la nariz.
Él no había ayudado en los campamentos de los rescatistas, sino en los civiles, pero sus hermanos y los lobos le decían todas las noches que la situación empeoraba. Los cadáveres aumentaban, al igual que el hedor, los pájaros y los chacales. Pero lo peor eran los roc. Los príncipes habían pillado que los inmensos pájaros no solo sobrevolaban la ribera del río en busca de animales, sino que también exploraban Irem desde lejos.
El día anterior, dos de esas enormes aves se animaron a caer sobre los campamentos de rescatistas. Si el príncipe Dragón no hubiese estado allí para rugir y marcar su territorio, la situación habría sido catastrófica. Los roc no habían vuelto a atacar, ¿pero se contendrían si Adad se marchaba?
—Es horrible, ¿verdad? —preguntó el príncipe.
Connor comprendió por qué a Darius no le caía del todo bien el hermano de Sakti. Adad parecía agradable casi siempre, pero en algunas ocasiones tenía ese tono serio, arrogante y egoísta de quien no se preocupa por nada más que lo suyo. El príncipe miró Irem con seriedad, pero las comisuras de los labios se le tensaron por algo que no fue una sonrisa. A Connor le pareció que Adad no estaba triste por lo que le pasó a la capital de su reino, sino solo un poquito molesto, y eso le incomodó mucho.
—No es nada comparado con el Este después de que los vanirianos ganaran ese territorio. —Adad suspiró—. Hace unos años, ver Irem así me habría destrozado. Pero ahora comprendo lo que dijo tío Kardan hace tiempo. A veces tenemos que tomar decisiones drásticas.
Connor se tensó cuando el príncipe le dio unas palmaditas en los hombros. A él se le empañaban los ojos al ver tantos cadáveres, pero a Adad no le importaba mucho. El príncipe sabía que lo que quedaba de Irem necesitaba su presencia para mantener a raya a los roc, pero aún así planeaba irse de paseo. También sabía que Darius dependía de Connor y aún así se llevaba al chico. ¿Para qué?
—¿Estás enojado? —preguntó el príncipe, de nuevo en el papel de buenazo. Connor frunció el ceño y lo encaró.
—¿Por qué quieres que te acompañe? Sabes que mi papá me necesita y sabes también que ayudo todos los días en uno de los campamentos. No quiero ser arrogante, pero casi todos los sobrevivientes del campamento 2 están vivos gracias a mí. —Adad sonrió.
—Lo sé. Por eso te llevo conmigo. ¡Ah! Mira, mira.
Adad señaló un grupo de rescatistas, que llevaba varias camillas cubiertas con sábanas. Transportaban a los muertos por infección al campamento de cadáveres, donde los depositarían con el resto de fallecidos.
—Mi madre solía ver escenas como esa en el continente principal. Aunque a mi abuelo y a Sigfrid no les gustaba, accedían a llevarla porque ella era especial. Si mamá estuviera aquí, esos no serían cadáveres sino personas recuperándose. —Adad apretó los puños y tensó de nuevo los labios—. Pero mamá no está aquí y nunca más lloverá. Y la verdad es que un sustituto nos caería de perlas.
Connor pensó que eso no respondía a su pregunta, pero si Adad todavía no le había respondido era porque no quería. «Quizá es una venganza», pensó desesperado. «Se está vengando porque me peleé con sus tíos». Pero le pareció una injusticia que castigaran a su padre enfermo por su culpa. Además, ¿qué era eso de que Sakti también estaba al tanto del viaje? Cuando le avisaron la noche anterior que los príncipes herederos querían que acompañara a Adad, creyó que era una broma. Sakti le dijo que repondría su desliz sobre Darius y Drake, pero a Connor le pareció que la chica lo estaba empeorando todo con esa decisión.
—¿No quieres venir conmigo? —preguntó Adad, mientras le pasaba el brazo por los hombros. Connor apretó los dientes y fue directo al grano.
—No, para nada.
—Oh, pero no tienes otra opción. Yo soy un príncipe y tú solo un súbdito que me debe obediencia. —Connor arrugó la frente. Sakti no era ningún dulce acaramelado, pero la chica nunca le echaba en cara su posición ni lo obligaba a nada. A veces lo regañaba, pero lo hacía como amiga y no como princesa—. Tienes que hacer lo que yo diga. De lo contrario... —Adad señaló de nuevo los campamentos de rescatistas, los cadáveres y los buitres—. Bueno, tú no quieres que tu papá acabe allí, ¿verdad?
Connor se estremeció y los ojos le escocieron, pero, antes de que pudiera decir nada, alguien golpeó a Adad en la cabeza. Sonó como si una cuchara de hierro golpeara la base de una olla vacía. El príncipe soltó a Connor y se llevó una mano al chichón que le crecía, a la vez que le salían unas lagrimitas de dolor.
—¿Por qué has hecho eso? —preguntó hincado en el suelo—. ¡Me duele, Allenita!
—Te escuché —dijo la princesa detrás de Connor, mientras le regresaba la espada a Dereck. Había golpeado a su hermano con el mango del arma y ahora veía a Adad con los brazos cruzados sobre el pecho—. No molestes a Connor, menos con eso. Estarás a solas con él unos días y no quiero que lo importunes. Si lo haces —aquí hizo una pausa y se preparó para marcar sus palabras— no te diré nunca más que te quiero.
Connor suspiró. Esa no parecía una buena amenaza, pero, para su sorpresa, Adad se arrastró por el suelo y abrazó a la chica por la cintura.
—¡No, eso no! —lloriqueó—. ¡Todo menos eso! Seré bueno, Allenita. Te prometo que no molestaré nunca más al chico, ¡así que no dejes de decir que me quieres!
Adad apretó la cintura de Sakti con tanta fuerza que pareció que quería partirla por la mitad. Pero la princesa no se quejó, sino que se limitó a acariciarle la cabeza como si fuera una mascota.
—Lo tratarás bien, ¿entendiste?
—Entendido.
—Bien.
—¡Entonces dime que me quieres!
—Te quiero.
—¿Más que a las fresas acarameladas?
—Más que a las fresas acarameladas.
—¡Dilo completo!
—Te quiero más que a las fresas acarameladas.
Adad se incorporó de un salto y estrechó a Sakti en sus brazos, meciéndola como a una niña pequeña. La princesa no se quejó, pero dirigió a Connor una mirada que lo decía todo: «Te advertí que el mío era peor que tus hermanos mayores». «¡Oh, Allena!», le respondió él con la mirada. «¡Tenías razón! ¡Cuánto lo siento por ti!». Quizá lo más perturbador de todo fue que Dereck y Kael no consideraron raro que Adad estrujara a la chica y que Sakti explotara las emociones del muchacho. En opinión de Connor, eran un par de hermanos bastante problemáticos.
—Er… Allena... —se animó el chico—. No entiendo por qué tengo que irme. ¿Qué pasará con papá?
—He asignado a tres médicos que se harán cargo de tu padre por turnos y pondrán de su parte. Porque si algo le sucede a Darius, Adad los azotará por negligencia.
—¡Sí! ¡Yo se los regalé a mi hermanita! —dijo el príncipe mientras levantaba el pulgar, como si con eso quisiera ganarse puntos con Connor. Pero el chico miró desesperado a la princesa y dijo:
—Quiero quedarme. Lamento usar esto, pero me prometiste que repondrías tu error. Reponlo dejándome al lado de papá. —Sakti se separó de Adad y se acercó a Connor. Por un instante el chico pensó que le darían una bofetada, pero se sorprendió cuando sintió los labios de Sakti sobre la mejilla. Luego la chica se separó de él y caminó hacia las gradas que llevaban al vestíbulo de palacio—. Er... ¿y eso? —preguntó desconcertado.
—Mi bendición —respondió Sakti sin volver a verlo.
Otra vez le habían negado una respuesta, pero Connor supo que si Sakti no se la había dado era porque no quería.
—Vamos —lo animó Dereck—. Planean algo. Y créeme, cuando los Dragones traman algo es mejor seguirlos al pie de la letra en lugar de quedarse a merced de sus intenciones.
Connor lamentó mucho que Dereck mirara hacia el campamento de rescatistas y que sus labios se movieran sin emitir sonido, articulando una palabra a modo de advertencia: «Darius».
Supo que tenía que obedecer.

****

Irem y los suburbios aledaños a la capital estaban en la zona azul del desierto, que recibía ese nombre por varias razones.
La primera era el río Irem, que en la mayor parte del trayecto se mantenía tan limpio que reflejaba con claridad el color azul del cielo. En la ribera crecían arbustos y árboles frutales, además de los cultivos que mantenían a los habitantes de Irem y los alrededores. Allí también era común encontrar hipopótamos y cocodrilos, además de chacales jóvenes, aves acuáticas y, en el invierno, grupos de ñus, gacelas y cebras con los depredadores de turno: tigres de las arenas y roc.
El río nacía en los riscos del norte del país, que eran en realidad una cordillera con dos tipos de montañas. El primer tipo eran rocas puntiagudas de gran altura, que incluso en su cúspide eran tan gruesas como veinte árboles juntos. Estos eran los riscos que hacían de nido para los roc. Las otras montañas eran un poco más bajas y estaban cubiertas de árboles. La cara norte de la cordillera tenía un bosque que procuraba sombra y vegetación para varios animales, así como un refugio para la naciente del río. Eso sin mencionar que en la falda norte había una sabana que era el hogar de los ñus y otros animales durante la mayor parte del año.
Pero la cordillera era tan alta que impedía el paso del viento a la cara sur y lo que estaba más allá, lo que impedía que el frío viento del norte llevara su frescura al resto del continente. Esa cordillera era una de las tantas razones por las que el Reino de las Arenas era, en gran medida, un desierto. Pero también era la razón por la que el río Irem tenía agua potable que sustentaba la vida en el Reino.
Connor se preguntó por qué si al otro lado de la cordillera había un bosque, la capital no estaba ubicada allí. ¿Por qué, además, dejar que la población se achicharrara bajo el sol si podrían vivir en un bosque placentero? La respuesta, en realidad, era muy obvia: los recursos y los roc. A pesar de que el bosque era frondoso, no tenía suficientes recursos para mantener a una población aesiriana que durante su juventud sufría transformaciones. Lo único que sustentaba a los transformados eran los bisontes de arena, pero criar a los animales demandaba muchos recursos y espacio. Si los aesirianos viviesen en el bosque, hace mucho que habrían talado la mayoría de los árboles y los búfalos habrían arrasado con la vegetación. El ecosistema colapsaría y todas las criaturas del continente lo resentirían de alguna forma u otra.
Y también estaban los roc. Las gigantescas aves vivían gran parte del año en austeridad, cazando muy de vez en cuando en la cara norte de la cordillera, pero recelaban mucho la cara sur. No solo porque allí construían los nidos, sino también porque esa era la entrada que otros depredadores –como los tigres y los chacales, por ejemplo– utilizaban en momentos difíciles para acceder a los animales al otro lado.
Pero había una razón por la que los roc no permitían que otros depredadores llegaran a la zona: cuando el invierno llegaba a la cara norte de la cordillera, la naciente del río se desbordaba y creaba cabezas de agua que arrasaban con los alrededores; incluso se inundaba la sabana en la falda sur. Pero, a cambio, aumentaba el cauce del río en la capital de las Arenas, lo que atraía a los animales del desierto para aparearse y comer. Y, por supuesto, mejoraba los cultivos aesirianos así como la cría de los bisontes. En esa época, hasta los animales en el norte emigraban al sur en busca de las condiciones adecuadas.
Cuando todos esos animales se unían a lo largo de la ribera, los roc aprovechaban para darse el festín del año. Comían varias de las crías de bisontes, además de cebras, ñus y cualquier cosa que se les cruzara en el camino y no les dieran problemas. A veces se animaban a volar más al sur y cazaban tigres rezagados. Y en otras ocasiones cazaban aesirianos. Todo era parte del ciclo de la vida.
La zona también se llamaba «azul» por el color de la arena y la roca. A diferencia de gran parte del desierto, esta región no estaba cubierta por dunas. El suelo era firme y en la frontera con las otras zonas era también quebradizo, como una gran roca sedienta. La arena que se formaba era en realidad el polvillo producto de las corridas de los animales y las caravanas, pero a pesar de ello compartía las características sincrónicas de la arena dorada, con la excepción de que cuando se mezclaba con arena verde o roja no absorbía sus propiedades. Y era justo por esta razón que se convirtió en la capital del Reino. Si la roca y la arena azul no absorbían la fuerza destructora de la arena verde, la roja y la negra, entonces ofrecían una primera defensa contra las arenas malditas.
También, aunque los suburbios y la misma Irem no eran una ciudad de mármol como Masca, un príncipe o rey talentoso podía sincronizarse con toda la zona para protegerla de amenazas externas. Como manadas de tigres hambrientos, vuelos excepcionales de roc y, si las condiciones fueran las indicadas, de los castillos flotantes vanirianos. Pero las condiciones eran menos que idílicas y en la actualidad no había un príncipe que pudiera sincronizarse con toda la zona. ¡Ni siquiera con Irem, que estuvo construida con la roca azul!
Adad lo había intentado, al igual que el tío Hundrian, el regente. Tal y como su padre, el príncipe Velmiar. Tal y como su abuelo, su bisabuelo y otros dos ancestros. Pero todo fue en vano. Aunque la roca y la arena eran sincrónicas, no contaban con la estructura de una ciudad de mármol que utilizaba diversas conexiones que reaccionaban con la magia Aesir. Y tal y como los Aesir de Masca comenzaban a perder el gen que aseguraba los ojos negros salvo el iris celeste, los Aesir de las Arenas comenzaban a perder el gen que los capacitaba para sincronizarse con la arena azul. Por eso era que le daban el título principesco solo a los niños que hicieran reaccionar la arena, con el fin de asegurar que las nuevas generaciones de príncipes conservaran los poderes sobre el desierto y garantizaran así la protección de los ciudadanos.
Connor entendió todo eso e intentó visualizar una zona azul llena de animales durante el invierno, viva y saludable a pesar de estar rodeada de arena. Pero no pudo. No solo estaban en lo más fuerte del verano, sino que además estaban en época de crisis. Los temblores todavía no habían derribado algunas estructuras en Irem, pero habían convertido los suburbios en ruinas. A lo largo de la ribera también había campamentos de rescatistas que, además de sacar los cuerpos de las casas y demás construcciones, sacaban los cadáveres de animales del río aún bajo el riesgo de ser atacados por los hipopótamos sobrevivientes o por los cocodrilos. El cauce se había ensanchado, pero el caudal había disminuido mucho.
Los exploradores aéreos decían que la mayoría de los riscos en el norte colapsaron –de ahí la migración de los roc– y que gran parte de la cara sur de la cordillera se derrumbó. Algunos escombros cayeron al río, lo que ocasionó una inusual cabeza de agua que arrastró no solo sedimentos sino también animales que quedaron atrapados en el cauce. Como resultado, ya el agua no corría libre ni fresca, sino estancada, sedimentada y a un paso de la putrefacción.
Los cocodrilos y los hipopótamos que sobrevivieron a la cabeza de agua y a los terremotos se alimentaban de la carroña que encontraban en los alrededores, y varias aves de rapiña también se encargaban de limpiar los restos en las orillas. Pero todavía había muchos cuerpos enterrados en los sedimentos, que comenzaban a descomponerse y ensuciar la poca agua que quedaba. Por eso los rescatistas hacían todo lo que podían para sacar los cuerpos y los dejaban en la ribera para que los animales sobrevivientes se alimentaran de ellos y limpiaran los alrededores.
Pero era un trabajo agotador y peligroso que afeaba aún más el paisaje con los cuerpos hinchados de diversos animales y el hedor que despedían.
«A este paso», pensó Connor, «va a haber muchas enfermedades. Infecciones, cólera y lo que es peor: peste. Y ya que parte de la cordillera cayó, el viento del norte va soplar el hedor a Irem y las enfermedades se esparcirán más rápido y fácil. Si esto sigue así, hasta los que estamos sanos enfermaremos. Y los que no, caerán más rápido». Connor pensó en su padre, débil no solo por las heridas y la hemorragia constante, sino también por las defensas bajas. Si cuando regresara a Irem se percataba de que Darius había pescado una infección, no estaría sorprendido pero sí muy preocupado.
—Bien, hasta aquí llegamos.
Delante de él, Adad detuvo el chamrosh en una pequeña colina desde donde apreciaron un recodo del río, lleno de maleza putrefacta. Connor también vio varios chacales con los hocicos metidos en la carroña y temió que las bestias los olfatearan y fueran por ellos. Sakti se detuvo al lado de Connor y contempló el paisaje. Tenía la misma mirada de resignación de Adad, pero  no fingía estar por encima de la situación.
—Aquí nos separaremos, Connor. —Kael, que durante todo el recorrido los vigiló desde el cielo y les prestó la sombra de sus alas, descendió hasta situarse al lado de la princesa.
—No lo entiendo —dijo Connor—. ¿No viajaremos juntos?
—Tú y mi hermano tienen que ir un poco más al norte, para ir a visitar a alguien. Dereck y yo nos quedaremos a investigar los alrededores, y Kael nos servirá de guía. —La muchacha vio a Adad—. Recuerda tu promesa: no lo molestes. Y cuídalo mucho, por favor. —Adad hinchó las mejillas e hizo una mueca infantil.
—¿Y no me vas a decir que me cuide yo? ¿No estás preocupada por mí?
—Para nada —respondió Sakti sin chistar. Adad abrió la boca y los ojos, y se llevó una mano al pecho como si le hubieran apuñalado el corazón. Pero la chica no se alteró por el gesto y explicó—: No me preocupo por ti porque eres muy fuerte. No en vano eres mi héroe.
—¿En serio, Allenita? —Los ojos le brillaron de la emoción.
—Ajá. Por eso vas a cuidar al peque, ¿verdad?
—Por supuesto, ¡cuenta conmigo! —Luego se puso serio—. Tío Hundrian está molesto porque no te has interesado en ayudar en los campamentos y no lo has visitado. Tío Remiak también estaba molesto al principio, pero ahora está tan estresado por todo que hasta se ha olvidado de ti. Si vas a proponer una solución, hazlo con cuidado. Tío Hundrian es muy orgulloso y no olvida una ofensa fácil.
—Mal de familia —comentó Sakti.
—Pero no es solo eso. —Adad dudó por unos instantes, pero luego dijo—: El tío tampoco se llevaba muy bien con papá, así que si busca pelear contigo, no te enfurezcas. Tío Morak dice que se enfada conmigo porque le recuerdo a papá y ya que todos dicen que tú y yo nos parecemos...
«Como si alguien lo negara», pensó Connor, «¡Son como dos gotas de agua!».
—... no sería raro que el tío rechazara tu idea solo porque le da la gana. Así que ten paciencia, ¿de acuerdo?
Sakti asintió y, cuando su hermano acercó la montura a la de ella, se inclinó para abrazarlo. Adad la rodeó con los brazos y le olió el cabello. Allí, en ese momento, Adad le cayó mejor a Connor, porque no era un príncipe ni un muchacho pedante, sino un hermano mayor cariñoso. Y hasta Sakti, que en la mañana había girado los ojos como si se molestara por las muestra de afecto del muchacho, tenía ahora la apariencia de una hermana pequeña. Sakti podía decir lo que quisiera de Adad, pero ya no engañaba a Connor: ella lo quería y haría lo que fuera por su hermano.
Los príncipes se separaron y Adad apretó con los talones el cuerpo del chamrosh para indicarle que pronto partirían.
—Connor —lo llamó Sakti antes de que se marchara—, sé que estás preocupado por tu papá, pero mi hermano te presentará a alguien. Recibirás un regalo y con él podrás ayudar mejor a Darius. Pero antes de que lo pongas en práctica, nos encontraremos de nuevo. Y entonces quiero que me escuches, ¿de acuerdo? Mientras tanto, yo buscaré otra forma para ayudar a Darius. Encontraré la manera de mejorar todo esto, hermano. —Lo último se lo dijo a Adad y el príncipe asintió.
—A veces tenemos que tomar decisiones drásticas, Allena. Esta fue una de ellas. Y dadas las limitadas jugadas que teníamos, creo que era la mejor solución. Ahora solo nos queda ponerla en práctica. Intentaré regresar a Irem antes de que presentes la propuesta, para apoyarte; pero si recoges evidencia suficiente, preséntala sin mí. Ya no tenemos tiempo que perder.
Sakti asintió y, sin más preámbulo, Adad espoleó al chamrosh. Connor le dedicó una última mirada suplicante a la muchacha, pero ella lo incitó a marchar y no tuvo más opción que seguir al príncipe. Sakti y los Guardianes permanecieron en la colina y vieron el recorrido de sus dos amigos, que pasaron sin problemas entre los chacales. Sakti miró el horizonte y distinguió una irregularidad que asemejaba a una montaña. Pero no lo era.
—Kael —dijo mientras preparaba su chamrosh para reanudar el camino—, guíanos, por favor.
—Sí, Alteza. Espero que le sea de utilidad.
Alzó el vuelo y guió a la princesa y a Dereck a la primera de las dos paradas.

****

Desde que se separaron, un terremoto y siete temblores sacudieron el desierto. Connor temió que lo último que quedaba de Irem se derrumbara, pero Adad no sugirió ni aceptó regresar.
—¡Pero es el reino de tu padre! —le reclamó exasperado, mientras sus monturas avanzaban tan rápido como podían—. ¿No deberías estar un poco más preocupado por la ciudad que se cae a pedazos y por la gente que se está muriendo?
—¿Y quién dice que no estoy preocupado? —Connor le dirigió una mirada ácida, pero Adad no le prestó atención. Tenía los ojos fijos en lo que a cualquiera le parecería una montaña—. Lamento lo que sucede en Irem, pero si queremos ganar la guerra en las Arenas y auxiliar Masca no me queda más que aceptarlo. —Luego hizo una pausa—. ¿Sabes por qué está temblando?
Connor pensó en darle la respuesta teórica del movimiento de placas pero, al igual que Ryaul hacía unos días, él también pudo sentir un cambio en el ambiente. Supo que los terremotos solo eran un síntoma de algo más grande.
—La Ciudad Perdida se está levantando —explicó el príncipe—. Mi hermana pidió a la Virtuosa que levantara las ruinas, sin pensar en lo que sucedería en la superficie.
—¿Y no estás molesto con ella? —Adad se rió.
—¡Claro que no! Jamás podría molestarme con ella. Es cierto que Allena no suele pensar mucho en las consecuencias, pero aunque lo hubiese meditado con cuidado habría llegado a la misma conclusión. Si queremos ganar aquí, tenemos que recuperar las armas que los vanirianos han utilizado contra nosotros. Y para eso, la Ciudad Perdida tiene que despertar. Pero su resurgimiento significará la destrucción de lo que conocemos.
—Las consecuencias son tan severas que me parece que tú y Allena aceptan algo destructor y estúpido con mucha facilidad.
—Auch —se burló Adad—. Allena dice que eres una lindura de niño, así que supongo que ese comentario salió de tu boca porque estás muy molesto.
—Ah, ¿se nota?
Sí estaba molesto, aunque no con una persona en especial. Estaba estresado por la condición de su papá, por las crueldades de los gemelos con Drake, por las heridas de Drake, por los príncipes que no querían darle más medicinas, por los campamentos de civiles cada vez más pequeños y por los campamentos de rescatistas cada vez más grandes. Estaba molesto porque no estaba acostumbrado a ver tanta destrucción y muerte, y le incomodó que Adad y Sakti ni parpadearan por todo lo que ocurría.
—Al principio yo también me molestaba mucho —dijo Adad. Por dicha no empleó ese maldito tono que desagradaba tanto a Connor, sino uno comprensivo y simpático—. ¿Te contó mi hermana por qué la dejé en Masca?
—Mencionó algo de una torre derrumbada y un Dragón prófugo. —Adad rió de nuevo.
—El Emperador me encargó salvar la ciudad militar Heimdall y dejar de lado las ciudades y los civiles del Oeste, que necesitaban más mi ayuda que la Fortaleza. Luego pidió a Allena que matara a varios refugiados a las afueras de Masca, para que la Capital no tuviera que costear su manutención.
Connor tragó fuerte, porque imaginó a Sakti aceptando esa orden. «En realidad», pensó, «casi no hay diferencia entre matar refugiados y dejar que la gente de Irem muera aplastada y asfixiada bajo los escombros». Sakti no había ayudado en los campamentos. Ni siquiera se había asomado a ellos para saludar.
—Ese mismo día apareció tío Remiak para pedir mi ayuda y la de Allena para el desierto, pero el Emperador se negó. Y para rematar, yo estaba sufriendo mi primera transformación y estaba de muy mal humor. Era demasiado estrés para un chiquillo. Quería salvar la gente del Oeste, a los refugiados a las afueras de Masca y a toda la gente del reino de mi padre. Pero ni siquiera Sigfrid podía hacer todo eso, ¿qué podría haber hecho yo? Supongo que todo precipitó mi transformación y cuando me convertí en Dragón volé hacia el primer lugar que se me vino a la cabeza: casa, mi hogar. Me decidí por el Reino de las Arenas.
»Hice todo lo que pude. Cazaba vanirianos, protegía las ciudades, incluso atacaba castillos flotantes. Pero todo era inútil. Eran muchos vanirianos y yo solo no podía contra todos. Ni siquiera con mis tíos podía contra ellos. A pesar de que el Segundo Dragón estaba en casa, los vanirianos colonizaron la sección este. Y todos los niños y transformados de las guarderías de ese sector fueron torturados y obligados a pelear en rodeos. Yo estaba furioso, Connor. Lo que los vanirianos hicieron a mis súbditos es imperdonable.
Connor guardó silencio mientras pensaba en los chicos que fueron atacados. En Irem no había cachorros –excepto él, sus hermanos y Darius–, sino adultos que tenían la costumbre de visitar cada cierto tiempo las guarderías en donde estaban sus hijos. Los cachorros que estaban en el este murieron sin sus familias, solo junto a los niñeros. Solo pudo imaginar lo asustados que estuvieron antes de morir.
—Pero no lamentas lo que está sucediendo en Irem.
—Claro que sí. Es la ciudad en la que nací. Duele verla así. Pero lo que hacía especial a Irem era su gente. Tú lo notaste, ¿verdad? A pesar de lo mal que están las cosas, hay voluntarios que trabajan día y noche buscando sobrevivientes y cuidando los cuerpos para que no se los coman los animales. A pesar de todo, mantienen la esperanza y es ese sentimiento lo que voy a proteger. Me tomó tiempo, pero ya comprendo las estrategias de mi tío Kardan: cuando es imposible mantener con vida a la gente, hay que mantener con vida sus espíritus. Y así, sin importar lo que los agite o lo que derriba las ciudades, las bases de sus espíritus se mantienen intactas. ¿Y qué es, mi joven amigo, lo que mantiene el espíritu del Imperio Aesiriano?
—Hmmm... ¿La Profecía? ¿Los Dragones?
—¡Exacto! Y por eso los Dragones vamos a darles regalos a los aesirianos. Y tú eres uno de ellos.

****

—Aquí es.
Kael señaló una abertura de unos treinta metros de largo por cinco de ancho, que estaba en el suelo. Era una sección deshabitada de la zona azul porque estaba lejos del río. A Sakti no le sorprendió que solo unos pocos exploradores aéreos hubiesen visto la abertura y tampoco que sus tíos no prestaran atención al informe. El suelo allí estaba desquebrajado por la falta de agua, hervía y nadie iría a buscar nada por allí, así que la grieta no sería un peligro para ningún viajero.
Sakti pateó el suelo con las botas. Era también de roca azul, aunque mucho más débil. Casi parecía tierra enfermiza. La muchacha tomó la tea que cargaba en la silla del chamrosh, además de una cuerda larga.
—¿Vamos a bajar? —preguntó Kael.
Sakti supo que Kael no quería acompañarla. Recordó lo enfurruñado que estuvo la ocasión en que lo obligaron a tomar un pasaje subterráneo para llegar al Pantano y el montón de cortadas en las alas. Era lógico que ahora que las había recuperado, Kael las quisiera mimar.
—Bajaré yo. Ni Dereck cabrá por aquí.
La chica tanteó la orilla e improvisó un arnés con la cuerda. Cuando estuvo sujeta dio un extremo a los soldados y se preparó para entrar. Pero antes chascó los dedos y envió una gran llamarada al interior. En el fondo distinguió unos puntos luminosos que se movieron con debilidad, y supuso que había incendiado algunas serpientes que se refugiaron en el agujero. Luego encendió la tea y se dejó caer al interior. Al principio, a los lados vio la misma roca gruesa, azul y reseca del suelo; pero luego la abertura se hizo más estrecha y, cuando bajó treinta metros, apenas tuvo espacio para colarse en la bóveda.
—Como lo sospeché... —murmuró mientras los soldados bajaban la cuerda—. Esto también es parte de las ruinas.
La bóveda no tenía nada de la majestuosidad de Edén. Además de la grieta en el techo, las paredes y el piso estaban llenos de fisuras, polvo y suciedad. También había serpientes que se retorcían por entre llamas. «Es una sección de las ruinas que no se replegó adecuadamente como el resto», pensó la muchacha. «La capa de protección marmórea no la cubrió, y por eso los años la han dejado en tan mal estado. Y los terremotos tampoco han ayudado».
Sakti movió la tea y vio que había varias rocas esparcidas por los alrededores; probablemente fueron pilares. No vio ni rastro de túneles o pasillos que conectaran con la bóveda, así que supuso que si los temblores no derrumbaron las paredes de los accesos, lo hizo el tiempo. La chica jaló la cuerda y los Guardianes se detuvieron.
—¡Súbanme! —ordenó. Ya había visto suficiente.
Kael y Dereck la subieron al mismo paso cuidadoso y constante, lo que le dio tiempo de pensar. Salvo la ribera del río, la zona azul no era muy fértil. Kael le había enseñado las raíces de los arbustos y el pasto que crecían a los alrededores, y eran pequeñas. Había suficientes plantas como para alimentar a los animales, pero no tenían raíces profundas que se arraigaran a la tierra, por lo que era fácil arrancarlas. El mago alado explicó a Sakti que esa era una característica peculiar de las plantas en la zona azul, porque los pocos arbustos que crecían en el resto del desierto tenían las raíces muy profundas para captar la humedad subterránea. Así que Sakti se preguntó: ¿por qué las plantas en la zona azul eran diferentes?
Recordó a los aesirianos en las Amrit y a la Virtuosa en las ruinas, hablando de los cambios de una generación a otra. Quizá, tal y como los aesirianos actuales evolucionaron, las plantas de la zona azul se adaptaron a una característica especial que diferenciaba ese lugar del resto del desierto. A Sakti no le supo duda de que se trataba del tipo de suelo, que era además el mismo material del que estaba hecho la bóveda.
Sakti estaba casi segura de que la zona azul no era más que la cúspide de la Ciudad Perdida.

****

Adad cambió la dirección del chamrosh como medio kilómetro antes de toparse de frente con la formación rocosa. Connor apenas si le echó un vistazo. El sol de mediodía le caía justo sobre la cabeza y no podría disfrutar de la sombra de la montaña ni aunque estuviera a sus faldas.
En ningún momento notó que lo que parecía una montaña apenas si tenía una ligera capa de arena y que por debajo de ella se asomaba una superficie quebradiza y brillante. Tampoco notó que las cumbres eran curvas muy pronunciadas con extrañas púas que se alzaban cada cierto tiempo, al ritmo de una respiración. Y tampoco notó que aquello que pensó que era tierra lavada –porque casi no tenía arena y claramente no era roca azul, sino una especie de hoja blancuzca– era en realidad una lámina tersa.
Pero cuando el príncipe llegó a una curva muy pronunciada, Connor estuvo a punto de caerse del chamrosh. Casi choca con algo que al principio le pareció un árbol torcido, pero que después le pareció una protuberancia que nacía de la montaña. El chamrosh esquivó el obstáculo en el último momento, saltando con sus largas patas. Después dejó escapar un graznido de protesta, aunque Connor no supo si se lo dio al guía descuidado o al jinete que no le había dado una orden por su cuenta. Entonces el muchacho escuchó la carcajada de Adad y espoleó al chamrosh para colocarse al lado del príncipe.
—¡Eso fue peligroso! —le gritó—. ¡Pude haberme hecho daño! —Adad se rió como si fuera un crío y se limitó a advertirlo:
—¡Sostente!
Entonces los dos chamrosh saltaron desde una colina. El estómago de Connor dio un vuelco cuando el chico vio que el suelo estaba unos veinte metros más abajo, pero se sostuvo con fuerza a la silla de montar para no caer. Cuando las aves aterrizaron, continuaron con la carrera sin perder el equilibrio.
—¡Eso no estaba antes ahí! —gritó el chico—. ¡La colina no estaba antes ahí! —Pero Adad se rió otra vez.
Connor miró por encima del hombro y observó la colina que saltaron y quedaba atrás. Llevaban dos días viajando hacia esa montaña y podía jurar que nunca vio irregularidades tan grandes como la colina, en cuya base había cuatro rocas largas y curvas, tan idénticas, brillantes y perfectas que no parecían hechas por la naturaleza.
Luego escuchó a Adad, que le advirtió para que tuviera cuidado. El camino estaba lleno de más protuberancias como la que casi lo hizo caer, pero los chamrosh las saltaron con agilidad. Las protuberancias –que eran de color canela– no solo estaban en el suelo, sino también en la superficie de la montaña. Era como si crecieran en ella y luego se torcieran con una ondulación pareja, como si fueran una especie de coraza.
«Como si fueran las púas de un puercoespín», pensó Connor. Esa idea le dio un mal presentimiento. Quiso frenar al chamrosh o alejarlo de la «montaña» para ver mejor la estructura, pero había tantas de esas púas que estaba seguro de que si distraía al ave perderían el equilibrio. Para cuando las púas se acabaron, ya habían llegado a su destino. Adad se detuvo y el chamrosh de Connor lo imitó al instante. Luego el príncipe desmontó, tomó las riendas de su chamrosh y lo acercó a la pared de la montaña.
Solo que Connor vio que no era una montaña ni una pared, sino una criatura muy, muy grande, con una piel cubierta con escamas y púas.
—Vamos, no te quedes allí —le dijo Adad—. Si los chamrosh se asustan, escaparán. Hay que amarrarlos. —Como Connor no se movió, el príncipe tuvo que atar a las dos aves—. No temas —le dijo mientras le pasaba un brazo por encima de los hombros y lo encaminaba—. Anäel es un viejo amigo.
—¿Anäel?
Cuando el príncipe lo guió hacia el hocico del dragón, Connor recordó la púa gigante con la que estuvo a punto de chocar y lo que creyó que era tierra lavada. Si hubiese sabido que se trataba de la coraza y el ala de un dragón, se habría bajado del chamrosh y echado a correr hacia el desierto. Lo último que quería era morirse y abandonar al papá que lo necesitaba tanto.
—Oye, oye —le dijo Adad cuando vio lo asustado que estaba—, no está bien que le temas. Anäel es bueno como el pan. Gracias a él ganamos tiempo para tu papá antes de llegar a Irem. Sin su lluvia, por más que mantuvieras el equilibrio y le apretaras las heridas, Darius se habría desangrado.
Cuando volaron hacia la Capital, Connor no se había percatado de la presencia de Anäel. Escuchó los rugidos, pero creyó que eran solo de Adad. Estuvo tan concentrado en Darius que no escuchó ni a Sakti ni a Anäel.
Pero sí recordó la lluvia, porque el agua cálida le lavó el miedo que sintió en los hombros y en el cuello. Fue como si le echaran litros de esperanza encima, aunque en ese momento no se dio cuenta de que era lluvia. Fue hasta cuando llegaron a Irem y terminó de coser a Darius que se percató de que estaba empapado, porque uno de los doctores que lo asistieron le recomendó que se cambiara. Connor lo hizo por temor a pillar un resfriado, pero en cuanto estuvo con ropa seca se sintió de nuevo perdido y asustado; y, sin darse cuenta, anheló estar mojado otra vez.
Adad se detuvo a unos metros del hocico, justo frente al único ojo que podían ver, pues Anäel estaba echado de lado, con el rostro de perfil.
—Anäel es el último de los suyos —susurró el príncipe—. Es viejo, ya. Cuando él muera, no habrá más criaturas mágicas con la esencia de la sanación.
Adad no se lo explicó, pero Connor acarició con timidez las escamas y lo vio todo.
La capa de nubes, las patas delanteras y el hocico de Anäel sobresaliendo de ellas, y la lluvia, brotando llena de la magia bondadosa de ese inmenso dragón. Luego vio a Anäel cuando dejó al Segundo Dragón y su carga en Irem, para después marcharse al norte, a una ribera alejada de los suburbios aesirianos. Allí cayó agotado, adolorido y débil, pero paciente, a la espera de alguien.
Connor también vio a algunos animales salvajes que se acercaron al dragón, pero no para atacarlo o picotearlo sino para darle una lamida o un aleteo de despedida. Cuando abrió los ojos para despegarse de la visión, comprendió qué hacía allí.
Había llegado para despedirse de Anäel.
—Gracias por haberme traído —susurró a Adad. El príncipe asintió.
—Lo comprendes, ¿verdad? Cuando él muera, dejará un inmenso vacío en el mundo.
Connor asintió, con un nudo en la garganta y los ojos empañados. Le pareció curioso. Él jamás había oído hablar de Anäel, pero ahora que estaba delante de él sentía que estaba a punto de perder a un amigo de toda la vida. «Quizá es así. Quizá este dragón ha sido amigo del mundo entero por más tiempo de lo que pueda recordar un reloj».
—Es parte de lo que está ocurriendo —continuó Adad—. Los Tres Dragones en la Tierra, la derrota de Sigurd, el ataque en Masca, la Virtuosa en las ruinas, la Ciudad Perdida levantándose en el desierto, la muerte de Anäel... Todos son sucesos que involucran pérdida o ganancia de poder. El flujo de energía en el mundo está descontrolado. Es lo que llamamos un desbalance. —Luego se inclinó sobre Connor y le dio un beso en la mejilla.
—¡Agg! —exclamó el profeta mientras se apartaba—. ¿Pero qué haces? —Adad alzó una ceja.
—¿Por qué pones cara de asco, ah?
—¿Por qué me das un beso?
—Cuando mi hermana te lo dio no reaccionaste así.
—¡Porque ella es una chica! —gruñó Connor—. A no ser que se trate de mis papás o mis hermanos, ¡es raro que un chico me dé besos! —Adad suspiró, exasperado.
—Maldito mocoso. Las nuevas generaciones no entienden nada hoy en día. ¡En mis tiempos no era así! —Connor alzó una ceja, porque entre Adad y él no había tanta diferencia de edad como para hablar de «nuevas generaciones». Los dos todavía eran cachorros—. Antes, cuando un plebeyo recibía la bendición de un Dragón, se deshacía en lágrimas de felicidad. ¡Y ahora hasta nos desprecian!
Connor parpadeó y recordó el beso que Sakti le dio hacía dos días en Irem. «Mi bendición», había dicho. Y también recordó que le dijo que él y Adad irían a visitar a alguien que le daría un regalo.
—Er... ¿Y esta bendición para qué es? —Adad dejó de quejarse y sonrió a Connor. El chico se estremeció, porque los ojos del príncipe se tornaron de repente más fríos y certeros; como los de Sakti cuando estaba enojada y planeaba algo contra los vanirianos.
—Para que ayudes a tu padre —dijo el príncipe— y para que agradezcas a Anäel. —Connor podía ser bastante ingenuo, pero no le cupo duda de que Adad tenía por lo menos otra razón para darle la «bendición». El príncipe le dio unos empujoncitos y lo acercó más al ojo cerrado del dragón. Luego dijo—: Aquí está, Anäel. El chico que mi hermana te prometió. El heredero del mundo. El heredero dragón.
Entonces los párpados de Anäel se abrieron y una gran esfera de luz naranja y brillante se situó sobre Connor.
Y Connor vio y sintió.

****

Sakti encendió la tea. Ella y los Guardianes ya habían revisado las afueras del viejo templo y comprobaron lo que Kael les detalló en un primer informe: estaba intacto. El tiempo y la arena habían erosionado las paredes, pero el mármol no tenía ninguna grieta de mayor importancia. Ni uno solo de los pilares había colapsado, ninguna de las gradas se había estropeado. A pesar de los temblores, estaba en una sola pieza.
En una primera mirada, parecía que el edificio estaba hecho de la misma roca azul de la zona, pero Sakti solo tuvo que pasar la mano por un pilar para quitarle parte del polvo y ver la verdad: era mármol y estaba sincronizado.
—¿Por qué nadie viene por aquí? —preguntó mientras se adentraban al templo.
—Queda muy lejos del río, Alteza. Y como pieza arqueológica no tiene mucho valor. Si sopla una tormenta de arena se cubre por completo y cuando está descubierto solo sirve de descanso para viajeros. Pero no tiene ningún tallado en especial, ni tampoco ningún artículo. Lo que hubiese tenido, jarrones, reliquias, lo que fuera, hace mucho que se lo llevaron.
A Sakti, el lugar le recordó a la sección estropeada de las ruinas en Myula. El templo no brillaba por la sincronización y, cuando ella entró a él, las paredes apenas si ronronearon un poco. No le sorprendió que nadie hubiese notado que la estructura estaba sincronizada y supuso que la Virtuosa en Edén apenas si se daría cuenta de lo que sucedía allí. De seguro que era uno de esos lugares en la superficie en los que sentía pulsaciones, pero tan débiles que no podía hacer conexión con ellos.
Sin embargo, a Sakti le pareció suficiente. Lo imaginó perfectamente: ese viejo templo era otra posible entrada a la Ciudad Perdida. Lo más probable es que originalmente no fuera un templo, sino una especie de sala de observación construida en lo más alto de una sección de Edén. Tan alto como para que incluso ahora estuviera parcialmente descubierto y permitiera la entrada.
Pese al ronroneo, el interior no brilló y los aesirianos dependieron de la tea para ver bien. Los pilares internos y las paredes estaban estables. Solo había mucho polvo en el suelo y muchísimas telarañas en el techo y entre los pilares. Las telarañas no tardaron en formar cortinas que impedían el paso o la vista, pero Sakti chascó los dedos y quemó los delgados hilos de plata. No se detuvo ni los Guardianes la llamaron. Siguieron avanzando hasta llegar a unas gradas que descendían y se colaron por ellas sin titubear.
Ni siquiera temieron encontrarse con arañas gigantes, porque el pasadizo era tan amplio que por allí podría pasar una caravana de búfalos si así lo quisieran. También tenían espacio más que suficiente para atacar y defender si era necesario. Bajaron unos cincuenta escalones y luego llegaron a un tipo de pasillo que hizo que Dereck y Sakti suspiraran juntos. A pesar de que no brillaba, era el mismo tipo de túnel que ellos recorrieron casi por una semana a varios kilómetros por debajo de la superficie. Pero cuando llegaron al final del recorrido no encontraron acceso a una bóveda, sino una pared sólida.
—Kael, ¿notas algo diferente a la última vez que estuviste aquí?
El mago alado había visitado el lugar en una exploración hacía varios años, en compañía del padre de Sakti. Pero en esa ocasión, las paredes fueron diferentes. Se asemejaron muchísimo más a la roca azul de la zona, pero ahora...
—Las paredes están lustradas, me parece.
Sakti pasó un dedo por encima de una de las paredes. Quitó un poco de telaraña y una gruesa capa de polvo, pero por debajo de la suciedad encontró una roca lisa azul que solo le faltó emitir luz para ser idéntica a los túneles inmediatos al jardín del Edén.
—Es la capa de protección marmórea —explicó Sakti—. Se fortaleció. Por eso parece diferente. —Luego avanzó hacia el final del túnel y se quedó allí, mirando.
—Como le informé, no tiene ningún acceso o modo de abrir. Ni siquiera tiene una cerradura de sangre.
—No la necesitaba. No era un lugar exclusivo para el uso de los Aesir.
Sakti recordó a la Virtuosa antes de entrar a la habitación Amrit. Al igual que hizo la Emperatriz, la muchacha puso la mano a un lado de la pared, imaginando un interruptor, y concentró la energía. Y después ¡BIP! Le tomó más tiempo del que había calculado, ya que la conexión estaba más rota de lo que temió. Quizá esa construcción tenía apenas un núcleo de sincronización universal, o quizá la capa de protección marmórea se debilitó con el paso del tiempo y se reforzó solo antes de los terremotos. Pero lo importante era que, con un poco de paciencia y suficiente poder, Sakti pudo abrir la pared.
Cuando la compuerta se abrió, les mostró una galería amplia sincronizada al cien por ciento. Las paredes brillaban, tenían planos con indicaciones y algunos grandes recuadros oscuros que recordaron a Sakti las pantallas en los paneles de control de las herramientas Amrit. En la galería había escritorios de mármol conectados al suelo, un poco llenos de polvo pero que también brillaban. En un extremo de la galería no había una pared lisa, sino una baranda desde donde se podían ver los niveles inferiores.
La princesa avanzó hacia ella, apenas consciente de que Dereck tuvo que dar unos empujoncitos al boquiabierto Kael para que avanzara.
Cuando llegó al borde de la baranda, observó con deleite lo que había esperado hallar: era otra inmensa sala con varias bocas de túneles. Supo que algunos llevarían a unas habitaciones de uso personal, mientras que otros descenderían más y más para conectar con los caminos hacia otros edificios y ciudades. Quizá incluso con una estación de tren.
Se detecta presencia aesiriana en área Osa Mayor-14, recitó la voz de la sincronización en la mente de los tres aesirianos. Luego la mujer dijo: Hola de nuevo, Virtuosa. ¿Ya es tiempo de que cumplas tu promesa?
—Todavía no, aunque pronto. Primero tenemos que seguir adelante con el resurgimiento de Edén. Es hora de repoblarlo.

"Los Hijos de Aesir: El Reino de las Arenas" © 2012-2014. Ángela Arias Molina

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Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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