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Capítulo 25

25
ATAQUE

—Bueno, pudo haber ido peor —dijo al fin Dereck.
Sakti se volvió a él por un instante para dedicarle una mirada ácida que decía «¿Hablas en serio?». Él calló y con eso le respondió: «No. La verdad es que sí salió bastante mal». La muchacha suspiró. Lo sabía muy bien. Hacía unos minutos salió de la sala de conferencias que se mantenía en pie en el palacio de Irem, de una audiencia con los príncipes en la capital, los Ministros de Estado y otros líderes de gobierno, la mayoría de ellos sustitutos.
La muchacha ya no estaba furiosa, sino muy desanimada. No solo le costó conseguir audiencia con el grupo por lo difícil que era que se reunieran durante un momento de crisis como por el que pasaban, sino también porque los príncipes y Ministros creyeron que la muchacha quería pedir refuerzos para Masca. Después de todo, ese era el motivo por el que viajó al Reino de las Arenas.
Pero Sakti conocía muy bien la situación como para ser tan inoportuna y, en lugar de pedir la tan ansiada ayuda para la Capital, presentó su propuesta: evacuar Irem.
El plan de la princesa era simple de entender, pero no tanto de ejecutar ni, mucho menos, de creer. Ella propuso al regente –su tío Hundrian– que los sobrevivientes debían abandonar la ciudad, marchar al templo abandonado un poco al norte y entrar por allí a las ruinas en busca de refugio. Relató a todos su viaje por la Ciudad Perdida, su encuentro con las herramientas Fafnir, los panales de las mangodrias, las herramientas Amrit y, por supuesto, la Emperatriz. También les explicó que los terremotos eran resultado de los movimientos de la Ciudad, que se sacudía con regularidad para subir a la superficie.
—Lo peor está por venir —les había dicho—. Ya hay algunas estructuras erguidas, pero la Virtuosa pretende levantar todo el complejo. Vendrán tres terremotos más fuertes que todos los anteriores juntos y levantarán la Ciudad Perdida, pero a cambio todo lo que quede en la superficie será destruido.
Pero todos aquellos que entraran a las ruinas estarían a salvo. La capa de protección marmórea no solo protegería el complejo, sino también a sus habitantes. A pesar de que el viaje no sería fácil –a ella le tomó dos días llegar al templo, pero una caravana más grande incluiría heridos y estaría bajo riesgo de ataques de roc–, cuando llegaran descenderían por unas cuantas galerías y después encontrarían una estación de tren. Allí, los heridos y débiles montarían rumbo al jardín del Edén. Los más fuertes guiarían las caravanas de animales –búfalos, chamrosh, algunos pocos caballos, avestruces y esfinges– a través de los túneles y, aunque tardarían bastante más en llegar, al final estarían justo a tiempo en el jardín para soportar el resurgimiento de Edén.
Pero su tío se negó. Durante todo el tiempo que Sakti tardó en hablar, él mantuvo la frente apoyada en una mano, como si le doliera la cabeza. Pero cuando la princesa terminó de compartir su propuesta, se irguió mejor en la butaca y dijo:
—No puedo creer que nos hayas hecho perder tiempo valioso con cuentos, ¡que creas en estas boberías tal y como tu padre!
Solo entonces se le ocurrió a Sakti que su historia era muy difícil de creer, más en la situación en la que estaba Irem. A pesar de que contaba con el testimonio de Dereck, los gemelos, los lobos y Ryaul –que juraron una y otra vez que todo lo que les sucedió era cierto–, el relato fue demasiado maravilloso.
Hundrian y los Ministros podían creer que la estructura reaccionó de manera violenta a la sobrecarga de magia de Sakti, podían creer que las compuertas se cerraban... Pero no podían creer que los reptiles bípedos los atacaran, o que existían las herramientas Amrit y que contenían cientos de aesirianos ni, mucho menos, podían creer que una Virtuosa se mantuviera en pie en la Ciudad Perdida. Con esa historia, Sakti quedó ante ellos como loca desesperada capaz de inventar cualquier cosa con tal de conseguir el favor de la gente.
Como una mentirosa.
—Bueno, en el mejor de los casos solo eres una cabeza hueca —dijo Hundrian mientras se incorporaba para seguir con las miles de obligaciones que dejó en los campamentos—, como Velmiar. Lo cual es una buena noticia —agregó con malicia—, porque eso quiere decir que estábamos equivocados y sí eres hija de él.
Cuando lo dijo, los Ministros que se habían levantado se sentaron de inmediato, como si no quisieran sobresalir en el campo de visión de Sakti. Porque sí, el regente había cometido una imprudencia. Sakti se le quedó mirando, preguntándose si él dijo lo que ella creyó entenderle. ¿Acaso Hundrian insinuó que algunos creyeron que ella no era hija de Velmiar? ¿Que ella era...?
—Quizá si Su Alteza usara esa cosa que se llama cabeza en lugar de estar pensando en difamaciones —soltó Sakti— podría considerar mejor lo que le he dicho. Aunque quizá fue error mío suponer que usted se atrevería a hacer algo para ayudar Irem. Después de todo, esperar con el culo aplastado en Irem le pareció más importante que hacer algo por el Este antes de que lo invadieran. ¿Por qué tendría ahora las agallas para actuar?
En ese momento, tanto ella como Dereck supieron que había metido la pata. Adad le había dicho que necesitaba paciencia para lidiar con Hundrian y ella creyó que podría aguantar lo que fuera que su tío le lanzara. Pero la sola suposición de ser hija de alguien más le hirió lo suficiente el ego como para que soltara impertinencias al regente.
Lo peor de todo fue que Hundrian no tenía mejor temperamento que ella. Después de que la chica le soltó que era un cobarde, él le soltó una serie de insultos y palabrotas que sorprendieron a Sakti no porque las desconociera, sino porque eran palabras mejor halladas en la boca de un pirata que en la de un príncipe. Pero la facilidad con la que ella soltó su contraataque pareció indicar que la bocota era mal de familia.
—Ah... —suspiró ella, ahora con un incipiente dolor de cabeza—. ¿Por qué no me detuviste, Dereck? De verdad necesitamos entrar a las ruinas. No puedo irme sin los sobrevivientes a Edén; Adad jamás me lo perdonaría. Y creo que yo tampoco.
—De verdad hice lo mejor para detenerla, Alteza —se excusó Dereck.
Le suplicó a Sakti que dejara de pelear con el regente, le llamó la atención en repetidas ocasiones, pero la princesa lo mandó a callar o, peor, lo miró con la misma mirada furiosa que aprendió de Sigfrid. A pesar de que la chica le dio miedo, Dereck la sujetó justo cuando se tensó para lanzarse sobre Hundrian. ¡Ah, si tan solo esos dos no fueran unos peleones!
Kael, a su lado, se rió.
—Lo siento —se excusó el mago alado—. Sé que no es cosa de risa, ¡pero cómo recordé los viejos tiempos! —Miró a Sakti y le explicó—: Su padre y el príncipe Hundrian solían pelear con la misma intensidad, Alteza. Creo que las caras que pusieron los Ministros no fueron tanto de asombro como de gracia. Tal vez usted y Dereck crean que ha metido la pata, pero me parece todo lo contrario. Creo que se los ganó con su boquita sucia.
Sakti suspiró y escondió la frente en las manos. ¿Qué iba a hacer? Si quería salvar Masca, necesitaba salvar primero al Reino de las Arenas. Pero para salvar a los habitantes del desierto, tenía que conseguir que el cabezota de su tío Hundrian accediera a llevar a los sobrevivientes a las ruinas. Obligarlo solo empeoraría las cosas. ¡Ah, ya se imaginaba cómo se pondrían los gemelos cuando se enteraran de que echó a perder la audiencia!
—Necesito que el cabeza de alcornoque me crea, ¿pero cómo consigo convencer a una cabeza llena de aire? —se preguntó Sakti entre dientes.
—Con un golpe. Es la única forma de que entienda.
Sakti gruñó. Detestaba que el palacio de Irem fuera tan pequeño, ¡ni siquiera cuando estuvo en una sola pieza fue más grande que dos cuadras! Así que no era raro que cualquiera que estuviera cerca la escuchara e interrumpiera, incluso en el rincón derrumbado que eligió para sosegarse. La privacidad era un lujo que no tenía en Irem. Sakti dio media vuelta y dio una escueta inclinación de cabeza, segura de que ya no podía empeorar más las cosas. Además, le pareció que el hombre solo estaba de paso y que se iría pronto, así que le dio una primera mirada superficial.
Sin embargo, por el rabillo del ojo se dio cuenta de que el aesiriano se detuvo a un par de metros de ella y que la observó. Sakti se volvió a él para prestarle mayor atención, pero se arrepintió al instante. Aunque no pudo evitarlo, la cara se le contrajo al mirarlo y no pudo dejar de observarlo aun cuando supo que estaba siendo descortés.
El hombre era moreno y alto, vestido con sencillez, estaba lleno de polvo y sudor y por eso parecía uno de los civiles en los campamentos de los sobrevivientes. Pero su atuendo no significó nada comparado con su cuerpo. Por la camiseta sin mangas, Sakti vio que tenía unos músculos muy fornidos y marcados en los hombros y en el brazo izquierdo. Pero los músculos del brazo derecho estaban maltrechos y parecían un nudo sin reparo. Además, el brazo le llegaba hasta el codo, en donde tenía una cicatriz amarilla que le empeoraba la apariencia.
Pero lo peor era el rostro. La mitad de la cara había desaparecido. La parte inferior de la mejilla derecha estaba ahuecada, así que se le veían las encías y los dientes. Desde la frente hasta el pómulo, pasando por encima del ojo, tenía un arañazo cicatrizado que le había arrancado el párpado. Era un milagro que no tuviera la cuenca vacía, aunque el ojo derecho estaba nublado y parecía una bola de vidrio. En el cráneo –solo por el lado derecho– estaba calvo y tenía una quemadura tan fea que parecía que todavía sulfuraba. La oreja también estaba quemada, reducida a un pedacillo amorfo de carne.
Pero a pesar de que el lado derecho del rostro estaba completamente desfigurado, el lado izquierdo estaba casi intacto. Allí la piel era lisa y bronceada con un bonito color. Tenía ceja y pestañas, además de un ojo vivaz de color dorado que veía con detalle todo lo que el derecho no podía ver. También, allí el cráneo sí estaba cubierto por unos mechones negros y lacios, que a pesar de estar sudorosos y sucios estaban acomodados en una media cola.
El hombre la observó y señaló la garra.
—¿Qué te pasó en el brazo?
Sakti miró la palma blanca, dura y fría de la mano izquierda y respiró de nuevo. No era la primera vez que veía un cuerpo desfigurado, pero la sorprendió que el tipo estuviera vivo. La única cosa que había visto en tan mal estado y moviéndose era Vanir, y se negaba a pensar en el rey vaniriano como una persona. Los demás hombres que había visto con quemaduras así, aesirianos o vanirianos, estuvieron muertos, más tiesos y achicharrados que un lomo quemado en la fogata. Pero el hombre delante de ella no solo estaba desfigurado, sino que ya llevaba tiempo así. De lo contrario, no podría moverse con tanta soltura.
Sakti reprimió un escalofrío, apretó la mano izquierda y respondió:
—Me lo arrancaron. Cuando volvió a crecer, salió así.
—¿Puedo ver?
El hombre se acercó y le extendió la mano que le quedaba, como si esperara que Sakti le mostrara el brazo izquierdo. «Menudo atrevimiento», pensó la chica. En Masca nadie, jamás, se atrevería a pedirle algo así. Ni siquiera su tío Kardan. Pero el mago no pareció tener ninguna malicia y más bien la miró como... como a una igual. De cierta forma, los dos eran mutilados. A los dos les quitaron un brazo. Sakti le tendió la garra y dejó que el hombre se la examinara, mientras ella le miraba cada cicatriz del rostro ya sin ningún temor o vergüenza. Cuando él terminó de revisarla, la miró a los ojos y le preguntó:
—¿Te dolió?
—Sí, mucho.
—¿Lo harías de nuevo?
—¿Qué cosa?
—Perder el brazo. Si tuvieras que perder el brazo de nuevo, ¿lo harías?
Sakti guardó silencio mientras meditaba la pregunta. La primera vez que perdió el brazo y recuperó la garra, le dolió como los mil demonios. Esa fue, por mucho, la peor experiencia física de su vida y eso que tenía una lista larga de malas experiencias. Pero valió la pena. Por Mark, todo valía la pena. Pero...
—Depende. La primera vez valió la pena. Si hay una segunda ocasión, me aseguraré de que valga de nuevo.
—Ajá. —El hombre cambió el peso de una pierna a otra, con lo que Sakti se percató de que también tenía una cadera lastimada. Lo que hubiera sido lo que lo atacó, le destrozó todo el lado derecho del cuerpo—. Por favor, responde con honestidad. ¿Sacrificarías uno de tus miembros si con eso accedemos a creerte? ¿Perderías un brazo o una pierna si con eso evacuamos Irem y nos refugiamos en las ruinas?
Sakti se preguntó quién más estaría escuchando esa conversación, porque era una pregunta que un don nadie no haría a una princesa a no ser que tuviera órdenes de alguien más... Como por ejemplo, algún príncipe que no se quería delatar ante ella.
Durante la audiencia no mintió ni exageró su historia, ¿acaso mentir ahora haría que le creyeran y evacuaran Irem? Probablemente no. En todo caso, si lograba convencer al regente no quería hacerlo con una mentira tan patética como sacrificarse por los sobrevivientes, porque eso no era diferente a la Profecía. Al menos en esta ocasión no aceptaría ser hipócrita.
—No —dijo con frialdad—. Tal vez Adad estaría más que complacido en perder un brazo o un ojo con tal de llevar a toda esta gente a un lugar seguro, pero yo no. Para mí, no valen la pena. —Escuchó a Dereck susurrarle para que se callara, pero lo ignoró de nuevo—. Si un grupo de aesirianos no me cree cuando digo verdad, entonces no me tomaré la molestia de convencerlos ni con ruegos ni con sacrificios. Lo mismo con Masca. Por la Capital no perdería ni un dedo, aun si con eso pudiera detener la invasión. Pero...
Sakti se acercó tanto al hombre que se rozaron al respirar. No le importó sentir el calor y el sudor que emanaban del cuerpo del aesiriano; lo único que quiso fue que él la escuchara con claridad.
—Tengo un amigo malherido que necesita ir a las ruinas, para que las herramientas Amrit le den más tiempo. Solo puedo llevarlo en una caravana, donde podré protegerlo mejor del desierto; y para una caravana necesito más gente. Esos son los sobrevivientes. También necesito que el Reino de las Arenas derrote la invasión, que sus civiles se recuperen y que sus soldados atrapados en la Academia de las Arenas sean libres de nuevo, para que marchen a Masca y la liberen.
»No por sus habitantes, que no significan nada para mi corazón. No por los Generales que darían su vida por mí. No por el príncipe al que un día reverenciaré como Emperador, ni por el tío al que todavía no he podido perdonar. Cuando consiga refuerzos para liberar la Capital no será por los mascalinos, los Generales, mi primo o mi tío. Será por Zoe, sus hermanos y su padre, que son mis amigos y mis hermanos también.
»Por el amigo que me conoce y me comprende mejor de lo que imagina; por el amigo que me alejó del come-almas después de que me arrancara el brazo; por el amigo que se quemó con una pluma de Dragón para salvar mi vida; por el amigo que me dio esta garra insensible y por el amigo que prometió salvar mi alma. Por él y por sus chicos, y por nadie más, daría mis brazos, mis piernas y mi vida, porque ahora son los únicos que jamás me los pedirían. Y por eso, son los únicos que valen la pena para mí.
Sakti cruzó los brazos sobre el pecho y desafió al moreno sin la mitad del rostro a contrariarla de nuevo. El hombre la miró primero un poco boquiabierto, pero después una tímida sonrisa apareció en el lado izquierdo de la cara.
—Te pareces mucho a tu padre, ¿lo sabías? —Ella pensó en responderle con alguna imprudencia, pero la lengua se le quedó trabada cuando el moreno dijo—: ¿Escuchaste, Remiak? ¿Qué te pareció, hermano?
Entonces vio a su tío, que salía detrás de una columna. Cuando el príncipe Remiak estuvo a unos metros de ella, Sakti inclinó la cabeza. A ese tío ya lo conocía; era el mismo que pidió refuerzos para el desierto cuando ella cumplió veintidós años. Y, al parecer, el desfigurado era también pariente suyo, ¿pero quién?
—Es bastante insolente. Me gusta —agregó Remiak con una sonrisa. Luego la miró con seriedad—. ¿Qué tan cierto es lo de la Ciudad Perdida?
—Muy, muy cierto —respondió ella—. Estoy desesperada por que me crean. Tenemos que irnos pronto.
—Es bastante difícil de creer —dijo Remiak—. Nadie jamás ha descendido tanto en las ruinas, la presión es insoportable. No podríamos sobrevivir allí.
—La sincronización nos protegió de la presión la última vez que estuvimos allí. Nos cuidará de nuevo.
—Aunque eso fuera así —dijo el desfigurado— tienes que comprender que nos estás pidiendo que abandonemos todo lo que conocemos. Aun no se han encontrado todos los cadáveres. Pides a los sobrevivientes que dejen atrás sus hogares y sus muertos sin haberles dado el entierro adecuado.
—Eso no importará pronto —contestó Sakti con pesadez—. Dentro de nada todos estaremos muy ocupados estando muertos como para preocuparnos por entierros adecuados.
—Pero...
Remiak calló de repente y perdió la mirada en el horizonte. Sakti y los demás lo siguieron. Aunque estaban todavía dentro del palacio de Irem, las murallas estaban tan destruidas que se veía el paisaje más allá de la ciudad. No tenían ningún campamento de por medio, así que vieron el horizonte: dos franjas azules –el suelo y el cielo– diferenciadas por unas figuras uniformes que caminaban en el medio, hacia Irem. A esa distancia era difícil reconocer las siluetas más pequeñas, pero Sakti distinguió las más grandes: eran esfinges.
—Una caravana —dijo el aesiriano mutilado—. ¡Una caravana de sobrevivientes viene a Irem!
Lo cual tenía sentido. A lo largo del desierto había muchas guarderías y, si en la capital había sobrevivientes a pesar de los derrumbes, era lógico que en aquellos pueblos también. Sin dudas buscaban el amparo de Irem, sin saber que estaba en ruinas. Remiak sacó un catalejo dorado de entre las ropas y se asomó por él.
—¡Es Merkaid! —exclamó mientras pasaba el catalejo al mutilado—. Morak, ¡es Merkaid!
Pero entonces Sakti vio algo más. Detrás del grupo distinguió una mancha gris que se alzaba en el cielo, pero no era humo.
—Nubes —dijo. Los aesirianos tensaron la mandíbula, muy conscientes de lo que eso significaba—. Los siguen los vanirianos. Una invasión viene a Irem.


La voz corrió rápido en la capital. Sakti se puso ropa más cómoda y avisó a los gemelos para que la acompañaran a recibir al grupo de Merkaid.
—Si son kredoa disfrazados —dijo ella— ustedes me avisarán. Y los convertiré en cenizas antes de que nos alcancen.
Así que la chica, en compañía de algunos pocos aesirianos con fuerza para montar, alistaron los chamrosh. Las nubes crecieron cada vez más, pero todavía no estaban sobre el grupo de Merkaid; lo que quería decir que la invasión no era de un solo castillo sino de toda una flota, afortunadamente sin sincronización.
—Pobres —dijo Remiak al lado de Sakti—. No vienen en barcos de arena. Cruzaron todo el desierto a pie, con los temblores y los animales al acecho.
—Y se va a poner peor —le respondió mientras avanzaban—. Los vanirianos en tierra también se vieron afectados por los terremotos y es probable que estén tan mal de recursos como nosotros. Tal vez creen que Irem está en mejores condiciones y por eso la quieren invadir. Pero cuando no encuentren nada matarán a los civiles y nos atraparán a nosotros para sincronizarnos.
Al final alcanzaron la caravana de Merkaid. Dagda le hizo una seña discreta a Sakti para indicarle que todo estaba bien: no había ningún kredoa en el grupo. Más que nada eran niños y cachorros un poco mayores, todos exhaustos y la mayoría desvanecidos por el cansancio. Pero había otros que venían encadenados y con bozales, con cardenales en brazos y piernas y espuma saliendo por la boca. Algunos venían arrastrados, llenos de arena e inmóviles; bien pudieron haber muerto en algún punto del desierto sin que los niñeros se dieran cuenta. Pero otros estaban eufóricos e intentaban liberarse de las ataduras y los cuidados de los niñeros y Maestros que estaban con ellos. Esos no solo estaban heridos, sino que también metamorfoseados con extrañas apariencias.
—Son los hambrientos voraces —dijo Remiak al verlos—. ¡Dios, solo los voraces sobrevivieron! ¡Los demás transformados no lo lograron!
En total, eran trece voraces. Sakti sabía que en Myula no había tantos; además, algunos de los niños y cachorros sin transformación no le eran familiares. Era muy posible que se sumaran a la caravana del príncipe Merkaid mientras él avanzaba por el desierto. Los voraces también estaban cansados, pero el hambre los tenía como locos. Sakti no pudo menos que admirarse por la fuerza de los Maestros y niñeros, que a pesar de todo todavía los mantenían a raya.
—Allena, el agua —la llamó Morak. Sakti buscó al aesiriano deforme y lo encontró en el suelo, con Merkaid en el brazo sano. Sin pensarlo dos veces le dio la cantimplora que traía consigo y se inclinó al lado de sus tíos para ayudar—. ¿Dónde está Soel? —preguntó Morak—. Merkaid, ¿dónde está tu escudero? —Pero después de tragar un poco, Merkaid negó con la cabeza.
—Murió —dijo con un hilo de voz. Pareció que no lloraba solo porque estaba muy deshidratado—. En la tercera o cuarta guardería que socorrimos. —Luego miró a Morak y a Sakti a la vez; estaba muy pálido, con los labios destrozados y los ojos amarillos. Bien podía ser por la insolación, pero a Sakti le llegó un olor fuerte que reconoció al instante: era una herida infectada—. Es una locura. Myula y el arco entero de guarderías son un desastre. No aguantaron los temblores y luego llegaron las invasiones. ¡Lo queman todo a su paso!
Y entonces Morak corrió un pedazo de tela sobre el hombro de Merkaid. Cuando lo hizo, el príncipe dejó escapar un chillido que le erizó la piel a Sakti. Su tío tenía una herida muy profunda que bajaba hasta el abdomen, quizá incluso hasta la entrepierna, pero no se atrevió a ver más. Solo lo suficiente para saber que no era una herida por espada, sino por fuego.
—¿Quién lo hizo? —preguntó la princesa.
La herida estaba infectada y era muy difícil que sobreviviera. Quizá Merkaid puso un sinfín de trabas a los profetas para conseguir refuerzos, pero mimó mucho a Sakti en Myula; lo suficiente para que ella quisiera devolverle el favor. Merkaid la miró como si acabara de reconocerla y se diera cuenta de que la última vez que la vio, la chica estaba cayendo por un abismo. Intentó sonreír complacido, pero la cara no le reaccionó.
—¿Fue una mujer? —preguntó la princesa—. ¿Una mujer de ojos miel?
Merkaid recordó el gran incendio en una de las guarderías, las bolas de fuego que impactaron los edificios y los niños, los chorros de llamas que salieron de las manos de una chica y la flota de castillos suspendidos en el cielo, lanzando sus relámpagos de furia carmesí.
Recordó los ojos de la chica al verlo, la llamarada que disparó a él y el cuerpo de Soel al interponerse. Pensó que su escudero quedaría achicharrado al instante, pero no fue así. Soel rió. Rió a carcajadas mientras las llamas le lamían la piel, a la vez que él se arrancaba mechones de cabello y trozos de alas. Luego llegó la segunda ola de calor, pero ya Soel no intentó protegerlo. Mientras Merkaid recibía el ataque, Soel se derritó en el fuego entre gritos y carcajadas.
—¿Cómo lo supiste...? —preguntó con la voz temblorosa al recordarlo. Pero Sakti no le respondió.
—¿Cuál era? ¿La de cabello verde o rosado? ¿Lemuria o Abigahil?
—N-no lo sé... Pero su fuego era extraño. Naranja a veces... pero púrpura en otras. —Sakti arrugó la frente.
—¿Púrpura?
—Sí, púrpura como el que lanzó a Soel. Y naranja como el que me lanzó a mí...
—Allena —la detuvo Morak—. Basta, no es hora de entrevistarlo. Está enfermo, necesita atención. —Luego hizo un gesto de desagrado—. ¿Dónde se metió el chico doctor que trajiste desde el otro lado del mar?
Pero Sakti no respondió, estaba demasiado pensativa como para hacerlo. ¿Había una mangodria con fuego púrpura? ¿Entonces eso significaba que Vanir tenía tres de esas mujeres, en lugar de dos? «No, tiene más», pensó. «Tiene las que vi en las ruinas, en sus asquerosos panales. Pero esas son diferentes a Abigahil y Lemuria... y a esta tercera».
Supo que su tío Merkaid no podría dar más razones, al igual que los niñeros y Maestros que comenzaron a escapar con los cachorros en los chamrosh que estaban cerca. Las esfinges también avanzaron –vio por el rabillo del ojo que Galatea era una de ellas–, pero estaban demasiado cansadas y heridas como para volar. Tenían quemaduras.
Y las nubes se acercaron más a ellos...
—Llévatelo —pidió al príncipe Morak—. Llévate a tío Merkaid de aquí y avisa de inmediato a tío Hundrian. Cuando termine la invasión tenemos que evacuar a como dé lugar.
—Nos vienen siguiendo... —deliró Merkaid—. La chica con los relámpagos de sangre y las llamas de locura y pesadilla. Nos persiguen, nos persiguen...
Justo cuando dijo esto, un punto de luz brilló entre las nubes. Al instante siguiente, Sakti y compañía quedaron rodeados de polvo azul. La primera explosión fue atronadora y quedó en los oídos de la muchacha por mucho tiempo. Los impactos siguientes también fueron fuertes, tanto así que fue como si los temblores vinieran también del cielo. La lluvia de relámpagos cayó sobre ellos y provocó que grandes trozos de roca saltaran del piso. Cuando el ataque cesó, Sakti escuchó solo uno o dos gemidos. El resto estaba en silencio, salvo por el zumbido en los oídos.
—Dereck —llamó ella. El Guardián estaba encima y la protegía en los brazos.
—¿Está bien? —preguntó él. Tenía una cortada muy fea en la frente pero al menos el esfuerzo valió la pena: Sakti estaba intacta.
—No entiendo... Pensé que los castillos no estaban sincronizados, que por eso avanzaban tan lento, sin alcanzar todavía a tío Merkaid. ¿Cómo pudieron atacar a esa distancia? —Luego la arena azul le entró a la garganta, se la raspó y le provocó un ataque de tos.
—¿Cuántos príncipes de las Arenas hay? —preguntó de repente una voz tranquila.
El polvo era tan denso que Sakti no pudo ver más allá de Dereck, por lo que al principio no reconoció a uno de los gemelos. La cortina azul era tan oscura que tapó buena parte de la luz solar, pero el profeta estaba de pie, intacto y con una mano sobre la espada a la cintura. No solo estaba tranquilo, sino también alerta.
—Q-¿qué pasó? —preguntó Morak en algún lugar entre el polvazal.
—Uno de los castillos estaba sincronizado y ha atacado —informó el gemelo.
Luego miró por encima del hombro a Sakti y la princesa comprendió por qué el chico estaba tan tranquilo y con tanta autoridad: los ojos le brillaban de color celeste, como cuando Darius tenía visiones potentes. En ese momento debía de estarlo viendo todo.
—Vieron a un príncipe herido y otros tres que lo venían a socorrer. Decidieron atacar y atraparlos. Pronto vendrán. —La princesa comprendió al instante lo que sucedía... y lo que todavía faltaba por ocurrir. Buscó a tientas a Morak y le preguntó:
—¿Cuántos príncipes de las Arenas hay? ¡¿Cuántos?! —Morak se inclinó sobre Merkaid, que continuaba a su lado, y contestó:
—El regente Hundrian. El segundo a cargo, Remiak. El encargado de las guarderías del arco oeste y el puerto, Merkaid. El encargado de los límites de la zona negra, Salak. El vigía de las islas del sur, Jaliar. El encargado de los límites de la cordillera, yo, Morak. Los príncipes patrulleros, Alain, Uruk y Raziel. Y los Dragones, tú y Adad.
—Once príncipes —dijo Sakti—. Los vanirianos tienen por lo menos a uno y Adad de seguro está a salvo. ¿Pero cuántos príncipes hay en Irem en este momento? —Morak gruñó.
—Contando a Merkaid ahora... siete.
Siete de los once príncipes de las Arenas. Siete allí, en una ciudad devastada, estresados, débiles y atrapados. Varios de los príncipes, como Merkaid, Uruk y Morak, serían presa fácil para los vanirianos, que por lo menos tenían ya atrapado a uno. Quién sabe si ya tenían los otros dos que hacían falta por contar. En todo caso, la situación se complicaría mucho si atrapaban a un príncipe más.
—Usted tome la decisión, Alteza —dijo Dereck detrás de ella—. En este lugar hay tres príncipes —dijo mientras la señalaba a ella, a Merkaid y a Morak—. Podemos aprovechar la cortina de polvo y escapar antes de que tomen Irem, porque eso sí que lo conseguirán. O podemos quedarnos a pelear.
—¿Y qué hay de Remiak? —preguntó Morak—. ¡Estaba aquí hace unos segundos!
Dereck alzó los hombros. Remiak bien pudo haber muerto en el ataque, o quedar noqueado a unos metros de ellos y nunca lo sabrían por la densidad del polvo. Pero Sakti tenía algo más en mente.
—¿Dónde está Airgetlam?
—Yo soy Airgetlam —gruñó el gemelo—. Pensé que ya habíamos superado esto. Hace mucho que dejó de ser divertido que no puedas diferenciarnos.
—... ¿Y Dagda...? —preguntó ella en un susurro.
Los hermanos estuvieron juntos hacía unos segundos. Al igual que Remiak, Dagda estuvo allí antes del ataque. ¿En dónde estaba ahora? ¿Y los Maestros, los niñeros, los cachorros y los voraces? ¿Dónde estaban? Sakti y Dereck sintieron un escalofrío cuando el gemelo respondió al fin.
—No lo sé. No sé en dónde está Dagda.

****

Al fin tosió. Había aguantado las ganas durante todo el trayecto, porque escuchó las respiraciones y las toses de los voraces, perdidos y libres en medio del polvo.
Libres. Libres. Libres.
Oh, Dios, libres. Durante el ataque, los niñeros y Maestros que los cuidaban les perdieron la pista y ahora los voraces estaban sueltos. Dagda se apoyó en uno de los escombros de la muralla de Irem para recuperar el aire, mientras pensaba en todo lo que sucedía: la invasión, los voraces libres, Irem devastada, la amenaza de temblores... ¡Las siete plagas habían caído sobre el desierto! Pero lo peor de todo fue que no tenía idea en dónde estaban Sakti y Dereck, ni en dónde estaba Airgetlam.
Escuchó la otra tos a su lado y arrugó el entrecejo cuando Remiak cayó casi sin aire al lado suyo. ¡Malditas visiones! ¿Por qué no podían ser más fáciles de seguir? ¿Por qué lo instigaban a tomar las decisiones que no eran de su agrado?
—P-¿por qué me salvaste? —preguntó Remiak mientras recuperaba el aliento—. ¿Por qué me sacaste de allí cuando pudiste...?
—Porque tuve que —lo cortó el gemelo—. Porque lo vi.
Cuando ocurrió el ataque pudo haber buscado a su hermano y a Sakti, sacarlos de en medio del polvo y llevarlos devuelta a Irem. O pudo haberse quedado con ellos para apoyarlos. Pero en lugar de ello tomó a Remiak y lo salvó de los rayos. A Remiak, el príncipe odioso que negó medicamentos a su padre y que peleó con Connor por eso.
—Tuve una visión. Yo escapaba con éxito de los rayos, pero te llevaba conmigo. No a Allena, no a Airgetlam, no solo. Contigo. Y ya sé por qué. —Se inclinó delante del príncipe y le dijo—: Cuando esto acabe, convencerás al cabezota del regente para que nos lleve al refugio de Allena. Lo harás. Y después, cuando todo acabe en el desierto, tú mismo nos acompañarás a Masca y nos ayudarás a sacar a mi hermana de allí. ¿Entendiste? ¡Te salvaré la vida! ¡Te salvaré a ti, a tus hermanos odiosos y a todo Irem si me juras que irás a Masca!
Detestó mucho a Remiak en ese momento. A pesar de la tos, el príncipe se carcajeó con voz seca y lo miró con ojos y sonrisa condescendientes. Luego se levantó y se preparó para ir al primer campamento.
—No te tengas en tan alta estima —dijo Remiak—. Pudiste haberme salvado ahora, pero no eres más que un cachorro. —Luego dio unas palmaditas en el hombro a Dagda y unos empujoncitos hacia la capital—. Vamos. Dereck se encargará de traer a Allena devuelta a Irem. Tú y yo vamos a avisar a Hundrian y a los demás para que se preparen.
Pero Dagda no se movió. Al principio, Remiak pensó que era testarudez del chico pero luego se percató de que los ojos del gemelo brillaban como dos zafiros celestes que iluminaban lo poco que se veía en el polvazal azul. Dagda permaneció inmóvil, con la vista fija en los contornos de Irem, sin respirar; Remiak le pasó la mano frente a los ojos como para despertarlo, pero no pudo. Luego le chascó los dedos mientras le decía:
—Oye, chaval, ¿no me digas que es una reacción posterior al susto? ¿Qué clase de General eres, eh? —Le chascó los dedos, divertido, pero entonces Dagda dio un salto y lo asustó.
—¡Papá! —gritó.
Justo después cayó la segunda oleada de truenos, pero estos no golpearon el desierto cercano a Irem.
Sino a la ciudad misma.

****

—Dereck, derecha, izquierda, dos golpes a la derecha. Allena... dos a la derecha, uno por detrás, otro a la derecha. Tú —señaló Airgetlam a Morak— tres por la espalda y dos en cada flanco.
Los aesirianos siguieron sus instrucciones y recibieron los golpes justo a tiempo. Dereck y Sakti intentaron mantener las espaldas juntas mientras luchaban contra las arpías que caían del cielo, pero en algún momento las vanirianas arremetieron con tanta fuerza que ambos tuvieron que seguir las visiones del gemelo. Los ojos del profeta brillaban como nunca antes y avisaba justo a tiempo, con certeza. Las mujeres aladas caían furiosas sobre ellos e intentaban atrapar a Sakti, Morak y Merkaid, pero gracias a Airgetlam no solo las tenían a raya, sino que también las dejaban heridas en el suelo.
A pesar de tener un solo brazo, Morak ya había cortado a más de cinco arpías en el vientre, con furia y crueldad. Hacía oídos sordos a los lamentos de las mujeres que se desangraban a sus pies, y se concentraba únicamente en mantener a raya a las que venían por él o su hermano indefenso.
Dereck era aún más certero. Antes de salir de Irem había tomado una espada más larga que el brazo y se las arreglaba para cortar la cabeza de las arpías antes de que las garras lo alcanzaran. A veces las arpías bajaban tan juntas que Dereck podía cortar dos o tres cabezas de un tajo. Así que él no provocaba gritos ni lamentos, solo silencio.
Pero las arpías que él derrotaba eran las más hábiles, las que escapaban de las olas de fuego que Sakti creaba con tan solo mirar hacia las direcciones señaladas por Airgetlam. El muchacho era el único que no luchaba, pues se limitaba a dar las instrucciones mientras la princesa lo protegía a él.
—¡Es un cuento de nunca acabar! —gritó Morak, harto—. ¡Dinos cómo termina esto! ¡No podemos seguir perdiendo el tiempo aquí!
Pero Airgetlam quedó en silencio, inmóvil como una estatuilla. Sakti, que se había acostumbrado a las instrucciones del muchacho, se desorientó al no saber de antemano por dónde intentarían atraparla. Una de las arpías esquivó la onda indecisa de fuego y le rozó el brazo izquierdo, pero antes de que pudiera atraparla Dereck la alcanzó con el arma. El Guardián le cortó las alas y dejó que la princesa chascara los dedos frente al rostro de la vaniriana. Instantes después, la mujer fue una antorcha viva que se levantó, echó a correr como posesa y después se lanzó al suelo, con la esperanza de que rodar en la arena apagara el fuego.
«Es inútil», pensó Sakti. «Mis llamas nunca dejan de arder». Siguió la bola de fuego, que refulgía en medio del polvo azul. Creyó que escucharía los gritos durante el resto de la batalla, pero los gemidos terminaron en un último chillido agudo seguido de gañidos. Gracias al fuego, Sakti reconoció un par de sombras gigantes con forma de león y cabra, que se lanzaron sobre la bola de fuego sin importarles el calor. Fue como si encontraran placer en los pellizcos crueles de las llamas y en la carne ahumada que todavía tenía sangre fresca.
—Son los voraces —gritó a sus compañeros—. Están libres.
—Diablos —masculló Dereck. Aprovechó que las arpías hicieron una breve pausa por el incendio de una de ellas. Fue hacia Morak y Merkaid, se echó al príncipe herido al hombro y dijo—: Nos vamos de aquí. Ahora. No podemos con las arpías, los relámpagos y los voraces a la vez.
Sakti y Morak asintieron, pero Airgetlam se mantuvo inmóvil, con la vista en el cielo. Sakti tomó al muchacho del brazo para jalarlo consigo, pero no pudo moverlo. Fue como si hubiese echado raíces.
—¡Muévete! —le gritó ella—. Airgetlam, ¡tenemos que irnos! —Escucharon los gritos eufóricos de la siguiente horda de arpías—. ¡Airgetlam!
Escucharon el batir de las alas, las risas estruendosas de las vanirianas, los gruñidos de los voraces y un ronroneo que venía del cielo. Eran los castillos flotantes, estaban cada vez más cerca. Pero ellos todavía no habían escapado, porque el profeta seguía plantado e inmóvil. Morak fue hacia su sobrina y la ayudó a jalar al gemelo, pero ni juntos pudieron arrancarlo de su sitio.
—Aquelarre —murmuró de pronto Airgetlam.
Luego Dereck llamó a gritos a Sakti, pero ya era muy tarde. Las primeras dos arpías ya habían llegado. Una la atrapó de los hombros, la otra se encargó de Morak. El resto revoleteó alrededor de ellas, listas para atrapar a los príncipes en caso de que se liberaran e intentaran escapar. Batieron las alas y dieron vueltas como si fueran murciélagos; y rieron satisfechas a grandes carcajadas, como un grupo de brujas danzando alrededor de una hoguera.
Antes de que la princesa pudiera siquiera desear que el fuego rodeara a su captora, recibió un golpe de polvo azul en la cara. Era el límite de la cortina, la arpía ya la había elevado muchísimo del suelo. Si la quemaba, las dos caerían.
«Oh, por Dios», pensó al ver el primer castillo flotante cada vez más grande. A pesar de que la estructura estaba rodeada de nubes grises, pudo distinguir los contornos y un punto de luz roja que crecía en la base, igual al que atacó Masca. La arpía la elevó más y se colocó a la altura del castillo, en lo que parecía la entrada a un hangar. Antes de que la vaniriana la lanzara al interior, Sakti escuchó el gruñido del cañón, vio el fulgor rojizo y, después, escuchó la caída de las últimas estructuras en pie de Irem.
Luego la arpía la lanzó. Antes de caer al hangar, Sakti tensó los músculos y se preparó. Cuando tocó suelo, rodó hasta una posición más cómoda; luego siguió con la vista a la arpía que la había capturado, que volaba lejos del castillo sabiendo muy bien lo que la princesa le haría. La vaniriana describió unos círculos en el aire para despistar a Sakti, pero la muchacha se concentró en la trayectoria de la mujer alada. Una corriente de fuego siguió a la arpía, describiendo los mismos giros y quiebres, hasta que al fin la alcanzó, la rodeó como una antorcha y la derribó del cielo.
Cuando se vengó de su captora, se preocupó por lo demás. Escuchó el gemido de Morak al caer al hangar; con la cadera derecha maltrecha no pudo aterrizar bien, pero, antes de que Sakti quemara a la arpía que había secuestrado a su tío, el príncipe mutilado sacó una daga y la lanzó a la mujer. La vaniriana, que volaba fuera del castillo, recibió el puñal en la nuca, justo en la base de la cabeza. Luego se desplomó y se perdió de vista.
—Muy bien —dijo la princesa mientras se colocaba al lado de Morak—. Ahora tenemos que salir de aquí.
Pero supo que era más fácil decirlo que hacerlo, porque estaban completamente rodeados.
El hangar era una enorme habitación a la que le faltaba una pared; allí era por donde entraban y salían las arpías. En las otras tres paredes había varios balcones, en donde había vanirianos de todos tipos: groliens, arpías, kredoa sin invisibilidad y magos ordinarios. Todos con ballestas, ondas y arcos apuntados a los príncipes aesirianos. Pero también había otras criaturas en el nivel de Sakti y Morak: eran aves gigantescas de tres cabezas, los arpías machos que nacían deformes y retardados.
—Ríndanse —ordenó uno de los groliens en los balcones—. No les haremos daño.
—Pero yo sí —murmuró Sakti.
Y desató el fuego. Hizo que las llamas se elevaran desde el suelo, que lamieran las paredes y corrieran locas en los balcones. Los príncipes de las Arenas sintieron el calor alrededor, seguros en el centro de la habitación. Pero no escucharon gritos ni súplicas, solo el crepitar de las llamas y el silencio respetuoso de los vanirianos. Luego las llamas se extinguieron, sin que Sakti lo ordenara.
—Allena... —murmuró Morak al ver que todos los vanirianos estaban intactos, mirándolos seguros y con las armas dispuestas—. ¿Qué pasa?
—No lo sé... —respondió ella mientras miraba a uno y otro lado, preguntándose qué ocurría.
¿Quizá todos esos vanirianos eran solo la ilusión de un kredoa? ¿Quizá no estaban allí y por eso no ardían? ¿O había algo más, alguna especie de barrera que los protegía de las llamas? Entonces escuchó pasos de unas botas de tacón, femeninos, y comprendió que conocería a su anfitriona, la misma que debió de haber bloqueado las llamas.
—¡Qué rápido atrapamos a la Princesa Carmesí! —dijo una voz un poco infantil.
Sakti miró hacia uno de los balcones, observó los cabellos blancos de la chica, sus ojos color miel y atacó. ¡Esa era la tercera mangodria, la nueva mujer de Vanir! Lanzó la onda de fuego al rostro de la chiquilla, sin pensar en nada más que en quemarla. Kiria tenía el mismo aire de Lemuria y Abigahil: sonreía muy simpática, los ojos le brillaban con alegría e inocencia, pero también con esa pizca de inteligencia que no presagiaba nada bueno. Aunque fuera una niña, tenía que matarla. Antes de que alcanzara la edad de las otras dos mangodrias y fuera tan capaz como ellas.
El fuego explotó una, dos, tres y cuatro veces en el balcón, con furia, sin piedad. Sakti tuvo que entrecerrar los ojos por la potencia del fuego, al igual que los vanirianos en los otros balcones y que Morak, que incluso se había cubierto el ojo sano con el brazo. Pero cuando la princesa iba a lanzar su quinta onda de fuego, las llamas desaparecieron.
Como si fueran una leve llamita en una vela y alguien soplara y la apagara.
—Mi turno —dijo la mangodria.
El color que Sakti más detestaba brotó de los dedos de Kiria y se dirigió hacia ella. La princesa no se dejó asustar por el fuego que se parecía tanto a los ojos del Tercer Dragón y a la Estrella que le quitó a su amo; se preparó para repeler el fuego, para redirigirlo si era necesario. Pero, apenas el fuego púrpura estuvo en su rango de alcance, se dio cuenta de que no podría controlarlo. El fuego la golpeó, la empujó y...
... y había luz.
Y un ángel esperándola al final del camino.

"Los Hijos de Aesir: El Reino de las Arenas" © 2012-2014. Ángela Arias Molina

3 comentarios :

  1. ¡ANGELA! ¿Si sabes que te adoro,no? ¿Que eres mi idolo y el amor de mi vida? jajajaj ok, talvez eso ultimo no, pero mis respetos señorita creadora de los tres dragones, pero en especial de MI DARIUS (si, ya se que no salio en este captulo, ni en el anterior porque esta casi muerto pero me vale, lo amo y punto).

    Obviamente leí el capitulo anterior y AME A DRAKE ¿Porque ese niño es tan... tan... sadico...sentimental...adorable...rencoroso? Tiene todo lo que me encanta, esa personalidad tan retorcida pero con corazón en alguna parte, muy en el fondo. Admito que ha este punto de la historia ya le tengo cariño a Allena (¡Allena! o sea, ya no es sakti xD), ese cariño tan incondicional que ha desarrollado, me mata. Si la adore en el capitulo pasado, imagina ahorita. Removio mis sentimientos y eso solo alienta que en mi cabezita la ponga de pareja con Derek, jajaja mentiras, que es su guardian. Pero con Drake si (ojos de corazoncito).

    Lo de las ruinas me parece interesante, y se me hace algo... interesante que todos piensen que solo son bobadas, para mi que no es asi, estoy segura que solo son celos por Velmiar y orgullo a no aceptar que la verdad siempre a estado frente a sus ojos dorados (Me enamore de los de Remiak desde hace años, la primera vez que lo presentaste y lo describiste ¿Te das cuenta que me enamoro de los personajes mas atipicos?) ademas, demonios ¡Es su salvacion! por que no le creen a Allenita, que esta bien, la princesa esta loca y retorcida, pero siempre les ayuda, por conveniencia, claro, pero ayuda al final de cuentas.

    Estoy anciosa por saber que sucede cuando las ruinas sean alzadas ¡Larga vida al jardin del Eden!

    Ahora, pasando a otro tema: Kiria. Valla que me estoy intrigada ¿Dos fuegos? Acaso es similar a las habilidad que tenia Njor? Porque si mal no recuerdo ella poseia mas de un tipo de fuego... oh era solo fuego blanco... odio mi memoria de pez >.< el punto es que tipico de las amantes de Vanir, van de buenas pero son una paria. Igual, le tengo cariño a Lemuria (otro cariño malsano, dios!!! soy un caso) y talvez si Abi saliera mas, tambien le tuviera cariño.

    ¿Otra vez mark interviniendo con ayuda divina? O el tercer dragon... o Conor con sus nuevos poderes... espera, el tiene poderes curativos... ash, tendre que esperar al proximo capitulo.

    Ya me extendi demasiado, jjejejej, pero es que en el otro no pude comentar. Aqui me tienes pendiente todavia, aun esperando el proximo libro, porque yo se que tiene que haber otro ¬¬ ¡No lo niegues!

    ¡Te odio! (mentiras, sabes que te adoro)
    Annie

    pdt: envidio (de la forma buena) tu fascilidad e imaginacion para describir las batallas :)

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    Respuestas
    1. Tras leer tu comentario, solo tengo una respuesta:

      Gracias.

      :')

      No te podés imaginar la felicidad infinita que me recorre el cuerpo gracias a tus palabras. Annie, me has hecho el día, el mes, el año. Así que sí. Gracias.

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    2. Por cierto, se me olvidó decirte: en el próximo volumen habrá un interludio que creo te gustará mucho... ;)

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Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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