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Capítulo 26

26
ESTRÉPITO

No pudo decir que estaba en un túnel, porque el blanco era absoluto: sin sombras ni texturas que delimitaran paredes, suelo o techo. Era solo un espacio claro muy similar al lugar fuera del espacio y el tiempo, pero sin la bruma. Las pisadas repicaron como si se encontrara en uno de los pasillos de Edén y se sintió tan perdida como si estuviera en las sombras de un túnel sin final.
Pero sí vio el final: él. Tan magnífico, de blanco como el camino, con luz propia iluminándolo desde cada poro de la piel. La princesa corrió a su encuentro y se le tiró a los brazos, sin pedir permiso. Le rodeó el cuello y lo estrechó con fuerza, con el corazón palpitándole a mil por hora. Y se sintió todavía más feliz cuando él le correspondió, cuando con un brazo le rodeó la cintura y con la mano libre le acarició la cabeza.
Ya estaba a salvo.


—¡Allena! —gritó Morak mientras intentaba acercarse a ella.
Pero no pudo. Uno de los pájaros de tres cabezas lo había apresado en las garras y el príncipe de las Arenas no pudo levantarse. La llamó a gritos pero Sakti quedó inmóvil en el piso, con la mirada fija en el techo. Los vanirianos todavía tenían los arcos, las ondas y las ballestas dispuestas a dispararle, pero esperaron a que la mangodria de cabello blanco bajara las gradas del balcón. Cuando alcanzó el nivel principal, Kiria avanzó hacia Sakti sin pestañear. Las llamas de fuego púrpura ardieron en los puños, como si estuviera lista para disparar de nuevo. Pero llegó al lado de la princesa y Sakti no se movió. Kiria le dio un golpecito en la pierna para hacerla reaccionar, pero Sakti no respondió.
—Hmmm... —murmuró la mangodria—. No puede ser tan fácil... ¿o sí?
El fuego en los puños se esfumó. Kiria se agachó al lado de la princesa y la tomó del rostro, obligándola a verla directo a los ojos.
—¿Qué es lo que ves? —preguntó con una sonrisa cariñosa—. ¿Qué ves, Princesa Carmesí? ¿Qué es lo que añora tu negro corazón?
—¡Suéltala! —rugió Morak, asqueado—. ¡Tus sucias manos no tienen derecho a tocar a mi sobrina! ¡Suéltala antes de que te arranque los dedos!
—Pero no le estoy haciendo nada malo —se defendió Kiria, más divertida que asustada—. Nada... que yo sepa. ¿Eh, princesa? Dime qué ves. Dímelo.
Sakti susurró algo que Morak no llegó a escuchar, aunque lo alivió –y confundió– que la chica estuviese tan tranquila después de haber chillado tanto cuando las llamas le alcanzaron el rostro. «Un momento», pensó el príncipe. «Le dio en la cara, pero no tiene ninguna quemadura». Algo muy raro estaba pasando, pero Morak no alcanzó a entender qué. Buscó alguna herida o marca en Sakti, alguna ampolla o un raspón, pero la chica estaba intacta.
—Las personas reaccionan diferente al fuego púrpura —dijo Kiria—. Por lo general se vuelven locas de tristeza o de alegría al ver lo que les muestra. Pero la Princesa Carmesí... está conmovida.
Morak miró a Sakti en busca de alguna señal, pero todo lo que vio en ella fueron los ojos perdidos en el techo, llenos de alguna imagen que el príncipe no pudo percibir. «Algo le ha hecho el fuego». Morak recordó lo que Merkaid dijo acerca de Soel, que murió como loco bañado en llamas púrpuras. Por eso supo que Sakti podría estar mucho peor después del golpe de ese fuego mágico, pero eso no lo relajó. Tenía que averiguar qué había ocurrido y pronto.
—¿Quién lo diría? —agregó Kiria mientras se separaba de Sakti y hacía una seña a unos groliens, para que se acercaran—. La temible Princesa Carmesí, asesina de un sinfín de vanirianos, es de corazón débil. Por lo general los príncipes luchan más antes de que el fuego púrpura los derrote. El príncipe Uruk, por ejemplo, aguantó nueve descargas de fuego. Y ella no pudo ni con una.
—¿Tú eres la que torturó a Uruk? —preguntó Morak. Kiria le sonrió.
—«Torturar» es una palabra muy fea. Yo los ayudo. Con el fuego púrpura los sumo en un estado como el de la princesa —dijo mientras señalaba a los groliens, que agarraban a Sakti de los hombros y la levantaban—. Después del dolor y deseos que les muestro, llegan a un estado de completa felicidad. Entre más luchen, más tardan en llegar a él. Pero una vez que lo alcanzan, pueden sincronizarse sin sentir nada más que alegría. Es piadoso, ¿no te parece? —Kiria se acercó a él y se inclinó lo suficiente para verle al detalle las cicatrices—. De no ser por mí, todos ustedes morirían a gritos mientras la sincronización los consume. Yo les permito una muerte piadosa aunque no se la merezcan.
Morak sintió que el espíritu rebelde de su hermano Velmiar lo poseía. A pesar de la garganta seca, concentró un escupitajo y lo lanzó a la cara de Kiria. De inmediato, el ave deforme lo apretó más contra el suelo y los tres picos le lanzaron sonoras advertencias. El príncipe se preparó para recibir una bofetada o algo similar, pero Kiria solo se incorporó y se limpió el rostro.
—Los príncipes son muy malos —dijo resentida—. No importa qué tan buenos seamos con ellos, siempre nos tratan así.
—¡¿Buenos?! —se burló Morak—. ¿Dices que eres piadosa a pesar de que estás invadiendo una ciudad llena de inocentes débiles? ¿Es piadoso atacar guarderías donde solo hay niños? ¿Es piadoso obligar a nuestros cachorros transformados a que se mueran de hambre o peleen entre sí hasta morir? —Luego agregó con acidez—: Viste a Uruk después de la sincronización, ¿verdad? Tan débil que ni se podía mantener en pie. ¿Eso es piedad? ¿Fuiste piadosa con él? ¿Con mi hijo?
—Sí —respondió la mangodria, con la cabeza en alto—. Lo estaba salvando de ser lo que es: un cruel príncipe aesiriano. Y haré lo mismo con la Princesa Carmesí y contigo. Llévensela —ordenó a los groliens—. El príncipe que teníamos ya se rostizó, lo cambiaremos por ella. Y a ti —dijo mientras se volvía a Morak, con los dedos listos para chasquearle una llamarada— te llevaremos a otro castillo apenas estés preparado. Espero que luches, príncipe. Lucha, para que antes de la felicidad absoluta te vea sumido en la desgracia.
Kiria chascó los dedos. El ave deforme se retiró a tiempo, pero Morak cayó en una tormenta de arena.


—¡Diablos! —maldijo Remiak.
El ataque a Irem había desatado un nuevo polvazal que era como una tormenta de arena, salvo que no soplaba el viento. No podía ver nada. Las siluetas de lo poco que quedaba en pie en Irem habían desaparecido; el impacto colapsó los últimos edificios y el humo no permitía ver ni siquiera los escombros.
Por un momento él y Dagda permanecieron inmóviles, casi sin respirar. Pero luego los dos se levantaron a la vez y corrieron hacia la ciudad.
—¡Hundrian! ¡Uruk, Raziel! —llamó el príncipe mientras avanzaba.
A Dagda también le habría gustado llamar a alguien a gritos, pero no estaba seguro de que le respondieran. «No, por favor», pensó. «No, por favor. No había nadie con papá, nadie pudo haberlo sacado de palacio antes de que todo se destruyera. No, por favor».
A pesar del polvo, notaron que llegaron a los límites del primer campamento para civiles. Remiak se lanzó al primer cuerpo que encontraron e intentó reanimar al hombre, pero no lo consiguió. El golpe lo había matado. Siguieron avanzando a tropezones y gritos, llamando a cualquier persona que les respondiera. Pero no había nadie consciente o vivo, al menos cerca. Lo único que escucharon fueron los gemidos de las esfinges que estaban aplastadas bajo los escombros, o el colapso de otras rocas, o los gruñidos de los voraces a las afueras de la ciudad.
Luego llegaron al grueso de Irem, donde ardían las tiendas de los campamentos.
—¡No! —gritó Remiak—. ¡Alguien, alguien!
Lo que más lo asustó fue que no escuchó chillidos, como si nadie hubiese sobrevivido al rayo. El príncipe se lanzó a las ruinas y comenzó a buscar cuerpos.
—¡Ayúdame! —gritó a Dagda—. ¡Ayúdame a sacarlos!
Pero el gemelo estaba petrificado, con la mirada perdida a lo lejos, en unas enormes rocas deshechas que antes fueron el palacio de Irem. Ya no estaba en pie. Darius debía de estar debajo de los escombros.
—¡Ayúdame! —repitió el príncipe.
Esta vez Dagda sí respondió. Corrió hacia Remiak y lo ayudó a empujar una roca, con la esperanza de dar con un nicho y algún sobreviviente. Pero lo hizo aturdido, como si todavía no terminara de comprender lo que estaba sucediendo. «Algo así ocurre en Masca», pensó al fin. «Algo así sucede en la ciudad en donde está mi hermanita». El pensamiento lo enfureció.
No podía ser que los sobrevivientes a los terremotos terminaran así, aplastados por los rayos de estructuras aesirianas bajo el dominio enemigo. No podía ser que su papá terminara bajo toneladas de escombros o que Zoe corriera la misma suerte en Masca. No podía ser así.
—¡Eso! —gritó Remiak—. ¡Eso, niño, eso! ¡Úsalo ahora! ¡Levanta estas piedras!
Dagda no comprendió lo que el príncipe le pedía hasta que se percató de una extraña luminiscencia. Los trozos de roca azul estaban suspendidos en el aire, rodeados por el brillo de la telequinesia, y él tenía las manos extendidas hacia los escombros flotantes.
—¡Benditos sean los cachorros que no controlan sus poderes y se molestan por cualquier cosa! —exclamó Remiak mientras se metía debajo de las piedras, en busca de cuerpos aesirianos—. Mantenlas así, Tonare. Sostén esas malditas rocas como si se te fuera la vida en ello.
Dagda quiso gritarle para que no lo llamara «Tonare», pero temió que hacerlo lo desconcentrara. Ahora tenía que buscar en los escombros, tenía que salvar a los sobrevivientes que estuvieran atrapados bajo las rocas. Después seguiría con los otros escombros y escavaría hasta dar con su padre. «Si tan solo hubiera alguien más cerca», pensó. «Alguien que me ayude a buscar». Entonces pensó que sí podía haber alguien más...

****

—¡Calmado, Adad! ¡Somos nosotros! —gritó alguno de sus hermanos—. ¡Solo queremos ayudarte!
El Dragón rugió e intentó morder a una de las esfinges, pero las otras volaron sobre él y dejaron caer las cadenas. Los Maestros atraparon los extremos que cayeron al suelo y jalaron. El Dragón no tuvo más remedio que aterrizar, pero batió las alas con toda la fuerza de la que fue capaz para escapar. Pero las cadenas siguieron cayendo sobre él, y pronto Maestros y esfinges jalaban para retenerlo. Mientras tanto, los príncipes se concentraban en la tormenta de arena, en manipularla, en encerrar a Adad en ella.
—¡Listo! —avisó Naraya—. Las ampollas, ¡pongan las ampollas ahora!
Dos magos alados cayeron sobre Adad y lo inyectaron en la nuca; después fueron al nacimiento de las alas y a la cola. Pero a pesar de las dosis, Adad se movió, pataleó y rugió. Uno de los aesirianos intentó darle otra dosis en la nuca, pero el Dragón alzó el cuello y lo derribó. La aguja cayó a unos pasos de Merkaid y el príncipe aprovechó la oportunidad. Tomó la jeringa, esquivó las fauces del muchacho y alcanzó el lomo. Subió a él, sorteando las púas y las escamas, y dio con el área blanda en donde entraría la aguja. Insertó la inyección y, de inmediato, los movimientos de Adad disminuyeron. Merkaid sonrió.
—Bien —dijo—. Ahora solo debemos a esperar a que...
Pero Adad alzó de nuevo el cuello, tan de repente y con tanta fuerza que botó al príncipe. Cuando Merkaid cayó al suelo, lo atrapó en una garra y lo miró fijamente, con furia, sin reconocerlo. Todos supieron lo que ocurriría ahora. El fuego saldría de él y rodearía al tío que solo quería salvarlo. Y todo acabaría.
—¡NO! —gritó Morak—. ¡No, Adad, NO!
Llegó justo a tiempo. Golpeó al Dragón en el hocico y la criatura soltó a Merkaid, pero a cambio volcó toda su ira en Morak.
Y ninguno de sus hermanos llegó a tiempo a salvarlo.


—Me siento un poco culpable —suspiró Kiria a su lado—. Tus gritos me saben muy bien. Mejor que tu escupitajo. Dime, ¿qué sientes?
—El fuego —respondió Morak entre jadeos—. El fuego y las garras de Adad al atacarme. El fuego, los gritos, la arena y el dolor. ¿Feliz?
—Un poco —asintió la mangodria—. Dos descargas de fuego y ya me respondes cuando te hablo. Nada mal, nada mal. Dentro de poco serás todo mío.
Kiria chascó de nuevo los dedos y una vez más Morak gritó envuelto en púrpura. Cada vez recordaba todo con nuevos detalles: el fuego de Adad, la garra raspándole el rostro, los dientes en la cadera derecha, el peso del hocico en las costillas. Los gritos de sus hermanos, el sopor entre el ataque y la recuperación, los médicos diciendo que no se salvaría y Adad, de vuelta a su forma original, disculpándose entre lágrimas por lo ocurrido.
Y luego su rostro en el espejo, cubierto de vendajes ensangrentados.
Sintió un feo raspón en la garganta y se dio cuenta de que estaba gritando eufórico. Cuando las llamas se apagaron, se esforzó en callarse para no darle a la mangodria el placer de verlo sufrir. Miró a Kiria con furia, como desafiándola, pero la chica estaba recostada a una de las aves deformes, mirándolo con una sonrisilla burlesca a la vez que se limaba las uñas.
—Van tres —dijo—. ¿Al que llamas bobo es tu hermano? ¿Merkaid? —Morak apretó los dientes para contenerse, pero la respuesta le salió de los labios de todas formas.
—Merkaid es mi hermano pequeño, pero nunca le he llamado bobo.
—¿Oh, en serio? Porque hace un rato parecías muy molesto con él. A ver, pon más atención ahora.
Kiria chascó de nuevo los dedos. Otra vez el Dragón incontenible, la tormenta de arena, las esfinges asustadas, las ampollas y la torpeza de Merkaid. Luego el sacrificio, el dolor, la mutilación.
—Sí, lo llamaste bobo —sonrió la chiquilla—. Si estás tan molesto con él, quizá querrías ayudarme a atraparlo. Es un debilucho, pero se me ha escapado en las últimas semanas. Pero contigo —dijo mientras se acercaba al príncipe— vendrá corriendo a mis llamas.
Lanzó de nuevo el fuego. Morak aulló y lo recordó todo:

«¡Lo siento, lo siento, lo siento!»
«¡Eres un bobo! ¡No vuelvas a hacer eso! ¿Qué haré si pierdo a un hermano más?».


—Supongo que hasta los monstruos tienen anhelos —dijo uno de los groliens.
—Nah, eso implicaría que tienen corazón —le respondió su compañero mientras avanzaban por el pasillo—. Y esta no tiene. Agh, asco. Apenas acabe con esto me tengo que desinfectar las manos.
La enorme puerta circular, con un emblema de los Tres Dragones, se abrió apenas la alcanzaron. Entraron a una habitación pequeña en la que había un extraño panel con una pantalla. Frente a la pantalla había un par de vanirianos ordinarios que intentaban descifrar la información. Cada vez que creían entender algún carácter en aesiriano antiguo, lo apuntaban en un cuaderno y seguían adelante. Otro par de magos estaba en el centro de la habitación, detrás del panel, en una estructura que parecía un agujero en el suelo, que estaba rodeado por un anillo dorado. Desde el techo caían unos cables que aterrizaban en el hoyo, pero que en ese momento estaban enterrados en la piel derretida de un aesiriano.
—¡Auch! —chilló uno mientras batía la mano.
—Con cuidado —le dijo su compañero—. Se acaba de morir, todavía tiene rastros de magia así que es normal que haya corriente.
El vaniriano zafó los últimos dos cables del cuerpo; lo hizo con delicadeza, como si no quisiera romper ni el cable de sincronización ni la piel marchita del aesiriano. Cuando terminó, él y su amigo sacaron el cuerpo del agujero y lo arrastraron lejos del núcleo de control. Fue entonces cuando los groliens los alcanzaron.
—Aquí está el reemplazo.
—¿Tan rápido? ¡Si nos tomó seis meses atrapar a este príncipe!
—Alégrate de que esta no dio tantos problemas.
Cuando los cuatro vanirianos ordinarios vieron que se trataba de Sakti, soltaron un silbido. No era solo increíble que tuvieran en su poder a la terrible Princesa Carmesí, sino que también tendrían un mayor alcance en la invasión a Irem. Los que estaban a cargo del panel hicieron cálculos y discutieron sobre las consecuencias, mientras que los otros dos esperaban el permiso para sincronizarla. Las posibilidades eran muy grandes: no solo alcanzarían Irem y la destrozarían en menos tiempo, sino que tendrían poder de sobra para rematar las ciudades aesirianas que todavía quedaban libres en el desierto. Pero también podían sufrir una sobrecarga de magia que podría hacerlos chocar contra otro castillo flotante o tener una explosión en el cañón.
—¡No importa! —dijo uno de los groliens mientras lanzaba a Sakti al agujero—. ¡Yo solo quiero lavarme las manos para quitarme este hedor a asesina!
Los cuatro vanirianos ordinarios reclamaron, pero ya era muy tarde para hacer algo al respecto. Los cables de sincronización reaccionaron de inmediato, se lanzaron a Sakti y la rodearon. Una capa cristalina surgió del agujero y cubrió a la princesa, de manera tal que parecía estar en el interior de un huevo transparente.
—Listo —dijo el grolien, muy orgulloso de sí mismo—. Ya podemos seguir.
Las paredes de la sala tenían piedras mágicas que alumbraban cuando había oscuridad. En ese momento se prendieron, brillaron con fuerza y después explotaron. La pantalla del panel emitió una secuencia de imágenes y caracteres sin sentido y después quedó estática. Y el ronroneo acompasado del cañón ganó tanta intensidad que hizo vibrar los oídos. El vaniriano encargado del salón de sincronización miró al grolien y dijo sarcástico:
—Bien hecho, tonto. Bien hecho.


—Cinco —canturreó la vaniriana—. ¿Será la sexta la vencida?
—No lo llamé bobo... —murmuró el príncipe—. No lo llamé así porque lo odiara. ¡Fue porque me asustó! ¡Porque pensé que lo perdería! —Kiria chupó los dientes.
—No creo que sea la sexta, pero para llegar a siete tenemos que pasar por seis, ¿verdad?
Lanzó de nuevo la llama a la vez que apretaba los dientes. No podía dejar que el fuego ardiera por mucho tiempo porque si no quemaría al príncipe. En los primeros segundos, las llamas púrpuras podían atacar el subconsciente del enemigo, «quemar» su estado o su memoria. Pero, por más tiempo, era un fuego común y corriente: destructor si no se le controlaba.
Extinguió el fuego y los gritos de Morak se desvanecieron con las llamas.
—¿Qué ves?
—¡Fuego! —chilló el aesiriano, con la mirada desorbitada. La cordura comenzaba a ceder—. ¡A mis hermanos y a mi sobrino! ¿Y sabes una cosa? ¡Lo que sea que estás haciendo no funciona conmigo! Lo que veo fue un día difícil ¡pero también un día que me dio fuerza! Puedo seguir así durante semanas, ¿entiendes?
—¡Siete, entonces!
Kiria lanzó la nueva onda de fuego, pero apenas lo hizo el castillo se desestabilizó. Las piedras en las paredes brillaron y explotaron, asustando a las aves retardadas en el hangar. El suelo a los pies de la mangodria se inclinó; la chica trastabilló, dio varios pasos erráticos hacia atrás, sin control y cada vez más cerca del enorme ventanal.
—¡Señora! —aulló una arpía mientras se lanzaba a ella para salvarla.
Kiria extendió una mano hacia la vaniriana alada, aterrada por la reacción violenta de la sincronización, pero perdió el control sobre el fuego. En otro momento habría temido que un incendio se desatara, pero en esa ocasión las llamas solo desaparecieron. Las arpías y los vanirianos que se habían sostenido de algo ayudaron a los que estaban sin apoyo y, así que nadie prestó atención a Morak. En cuanto el fuego lo dejó libre, el príncipe tomó un frasco que cargaba al cuello. Quitó el tapón y dejó que los granos verdes le cayeran en las manos.
—¡Mangodria! —aulló. Kiria estaba a salvo, en brazos de la arpía. Ella y la vaniriana alada lo miraron a la vez que él gritaba—: Esta es mi «piedad» hacia ti por lo que has hecho a mi Reino, a mi hijo y a mi sobrina.
El príncipe lanzó los granos de arena maldita al ave deforme más cercana. Los tres picos respiraron la arena verde y los tres pares de ojos, que al principio tenían un brillo estúpido, se abrieron con maldad. El pajarraco emitió un chillido atroz y se lanzó fuera del castillo, embistiendo a los vanirianos en el camino. Voló hacia Kiria y su arpía, obligándolas a huir.
«¡Ahora!», pensó el príncipe. «¡Ahora voy por ti, Allena! Antes de que la arena verde se salga de control». A pesar del desnivel del castillo flotante, a pesar del dolor renovado de sus cicatrices, Morak se arrastró por el suelo y alcanzó la compuerta del pasillo que tomaron los groliens que se llevaron a Sakti. No dudó en avanzar y buscarla.


—¡Apúrate! —lo urgió Remiak.
Entre Dagda y el príncipe abrieron la compuerta trabada de las catacumbas. Al hacerlo, salió una enorme nube de polvo y un silencio escalofriante. Nada de gemidos ni súplicas para que los liberaran. El gemelo se llevó una mano a la nariz para protegerla del polvo y se coló por el hueco. Los cristales que antes estuvieron pegados en el techo se habían desprendido. La mayoría estaba hecha trizas en el suelo y ya no emitían luz, pero algunos pocos estaban enteros y pintaron las celdas con leves destellos.
Pero no había nadie dentro de ellas.
La garganta de Dagda estaba seca. Supo que aunque avanzara hasta el final del pasillo, no lograría nada. Aún así, continuó.
No estaban. Nefer, Kel y el maldito de Drake no estaban en las catacumbas de Irem, igual que el resto de convictos. Ya no podía recurrir a nadie para buscar a su padre entre los escombros.


—¡Idiota, idiota, idiota! —chilló el vaniriano encargado—. ¡Solo a ti se te ocurre lanzar a la princesa aesiriana más poderosa al núcleo central de una estructura promedio! ¡Tarado!
—¡Perdón! —lloriqueó el grolien, mientras se aferraba a un extremo del panel para no caer por la inclinación del castillo.
La pantalla todavía estaba estática, pero de alguna parte comenzaron a sonar alarmas. El castillo entero se sacudió sin descanso y todos estuvieron seguros de algo: se iban de picada. Estaban cayendo. Iban a morir.
—Tenemos que sacarla de allí —dijo uno de los vanirianos—. Si no detenemos la sincronización, todo acaba.
El problema era que ninguno sabía cómo detener la sincronización. Con el príncipe anterior no la detuvieron a tiempo y por eso no pudieron «rendir» al Aesir un poco más. ¿Cómo podrían hacerlo ahora con Sakti? Mientras el Aesir estuviera con vida, los cables de sincronización se aferrarían a él, voraces, y no permitirían que nadie se acercara. Si intentaban desconectar a Sakti manualmente, los cables los atacarían. Tampoco entendían muy bien el funcionamiento del panel como para regular la sincronización, sin mencionar que la pantalla tenía estática.
—No podemos detenerla —dijo entonces el encargado mientras se incorporaba lo mejor que podía—. Tenemos que salir de aquí. —A pesar de la inclinación se acercó al panel y apretó uno de los poquísimos botones que sabía para qué servían. Se inclinó sobre un orificio y dijo—: La sincronización ha fallado. Repito, la sincronización ha fallado. Abandonen el castillo flotante en los vehículos arpía y avisen a las otras bases aéreas. Existe el riesgo de un impacto con ellas. Repito, existe riesgo de impacto con ellas. La sincronización ha fallado. Es hora de evacuar.


La inestabilidad del castillo fue cada vez peor. Se balanceó sin control, más por el peso de los habitantes que por la sincronización fallida. Morak se abrió paso entre los groliens y demás vanirianos que corrían de un lado para otro, buscando armas y amigos para escapar. La voz de alerta se propagó en la estructura a través de unos pequeños parlantes en las paredes y todos comprendieron que debían evacuar. Algunos vanirianos intentaron atrapar al príncipe, pero entonces una alarma tan mala o peor que la sincronización se hizo escuchar por los pasillos.
—¡Cuidado, cuidado! ¡Arena verde!
Las rutas de evacuación que fueron planificadas en caso de emergencia no sirvieron de nada, porque en cada salida había arpías de tres cabezas poseídas por la arena verde. Morak se horrorizó por la facilidad con que las aves fueron consumidas. La arena maldita, en realidad, no era muy diferente al fuego púrpura de Kiria: también se valía de un corazón débil para poseer a su víctima, pero el resultado sí que variaba. Mientras las llamas de la mangodria llevaban a un estado inducido de felicidad, la arena verde quemaba a la víctima y la convertía en más arena maldita.
El príncipe supo que el pajarraco que él atacó con la arena ya había sucumbido. La arena se había multiplicado y se había aprovechado de las demás aves retardadas para reproducirse. A esa altura, el viento arrastraría con facilidad los granos verdes a los picos de las aves y con eso las poseería. Sería muy fácil, ya que los arpías machos eran dóciles y retardados; su fuerza de voluntad era muy débil para luchar contra la voracidad de la arena verde.
—¡Por aquí no! ¡Está bloqueado! —escuchó el príncipe.
Morak apenas tuvo tiempo de quitarse de en medio del pasillo, por el que corrían una docena de groliens. El príncipe se tapó la nariz justo cuando una onda de arena, que se movía como una serpiente verde, pasaba a su lado en pos de los vanirianos. «Ya no necesita de los cuerpos de los pajarracos. Ya se puede mover por sí misma para buscar con qué alimentarse». Comenzó a arrepentirse de recurrir a la arena para librarse de Kiria. Si los granos seguían multiplicándose, absorberían los poderes de sus víctimas y ganarían inteligencia. Así, Irem estaría amenazada por la invasión, los terremotos y una tormenta de arena verde.
«Necesito ayuda para controlar la arena. Pronto ni yo podré protegerme de ella». Con su dominio como príncipe, Morak apartó los granos y avanzó. Tenía que encontrar a Sakti. Aunque la sincronización falló, confió en que su sobrina tuviese tanta magia como los rumores decían, porque así podría ayudarlo a manipular la arena verde. De lo contrario... Bueno, ni vanirianos ni aesirianos sobrevivirían en el desierto.
Avanzó y giró por otros dos pasillos hasta que al fin sintió una extraña sensación en el estómago. Era como un cosquilleo de buen presagio, lo mismo que sentía cada vez que Adad lo rozaba con los dedos. Era un flujo de magia.
La puerta al final del camino estaba abierta. Morak vio una pantalla estática y varios cables de luz que estaban detrás de un panel. Los vanirianos encargados de la sala ya habían escapado y corrían por la estructura como los demás, en busca de una salida libre de la arena maldita. El príncipe avanzó hacia la sala, aprovechando cada vez que el edificio se sacudía hacia su destino o aferrándose a la pared cada vez que se estremecía al lado contrario.
Pero cuando al fin alcanzó la sala, sintió un estrépito en la médula. El castillo flotante se volcó hacia un lado, lo que hizo que el príncipe chocara contra el panel. Morak se aferró lo mejor que pudo para evitar caer en caso de que el edificio se moviera con brusquedad hacia el otro lado. Pero no pasó mucho tiempo antes de que comprendiera lo que estaba sucediendo.
—Alfa-Kiria, Alfa-Kiria, ¡contesten! —escuchó. Morak pegó el oído a un orificio del panel y escuchó la voz del vaniriano—. Alfa-Kiria, ¿qué sucede? ¡Chocaron contra nosotros! ¡Ah! —Un nuevo golpe sacudió el castillo flotante de Morak y, por lo que escuchó por el pequeño comunicador, la otra estructura también estaba en aprietos—. ¡Nos caemos! ¡Evacúen, evacúen!
Luego Morak escuchó unos gritos escalofriantes.
—¡Arena!
—¡Huyan, huyan!
—¡Todo cae!
—¡Aaaah!
Aunque estaba lejos de la sala de control del otro castillo, se imaginó con facilidad lo que ocurría allí: la arena verde alcanzó el otro edificio y quemó a los vanirianos. «Ya está», pensó pesimista. «La arena verde poseerá a todos los vanirianos, no tendremos que preocuparnos por una invasión. Pero en cuanto nos estrellemos, la arena llegará a la superficie y buscará a los sobrevivientes de Irem. Ya está, todo acabó y es culpa mía».
El príncipe se sostuvo lo mejor que pudo del panel y esperó el último estrépito.


Dagda salió de las catacumbas, derrotado. Ya nada importaba. No tenía ni la más mínima idea de dónde estaba Airgetlam. Drake y Kel habían desaparecido. Darius estaba bajo los escombros del palacio. Los castillos estaban cada vez más cerca. Ya todo había acabado. No había nada que hacer. Darse cuenta de eso lo dejó más aturdido que el ataque de los rayos. ¿Y de verdad hacía unos minutos estuvo confiado, exigiendo a Remiak que salvara Masca? No supo ni en qué estuvo pensando. Estaba tan desesperado que ya no sentía voluntad ni para caminar, buscar sobrevivientes o salir de Irem antes de la invasión.
Quizá por eso no se dio cuenta de que Remiak ya no lo esperaba a las afueras de los calabozos. Estaba completamente solo en la nube de mármol azul, en silencio. Lo único que escuchó fue el crepitar de las tiendas y el ronroneo constante de los castillos flotantes, que se acercaban a la ciudad. Se dejó caer sentado en una de las rocas que lo rodeaban y abrazó las rodillas contra el pecho. Sabía que para recuperarse del asombro tenía que afrontar todo lo que había perdido en ese momento y no se le ocurrió mejor manera que llorar un buen rato.
Pero antes de que pudiera comenzar, escuchó un gruñido a su espalda y luego sintió una ráfaga de aire sobre la cabeza. Levantó la mirada justo a tiempo para ver un par de figuras que peleaban delante de él. Al parecer, una de ellas había saltado desde detrás de él para detener a la otra. Por el polvo le costó distinguir a un lobo-dragón, pero después se preguntó cómo pudo haberse olvidado de Geri y Freki. ¡Los dos estaban en Irem! ¡Los dos podían ayudarlo a buscar a Darius!
Dagda se olvidó de la otra criatura –que era una especie de hiena gigante– y estuvo a punto de correr hacia el mensajero para pedirle ayuda. Pero en eso sintió unos brazos fuertes que lo agarraron por el cuello. El chico intentó patalear y meter codazos, pero la persona que lo sostenía le metió un buen golpe en las costillas que le quitó el aire.
—Shhh —dijo la mujer—. No te entrometas, niño.
Dagda se dejó arrastrar, resentido por el golpe. Cuando la mujer lo había alejado lo suficiente de la batalla entre Freki y el voraz, lo tiró a uno de los escombros y lo regañó:
—Si sabes que hay voraces sueltos, no te quedes como estúpido esperando a que te coman. —Dagda primero se masajeó el cuello, luego miró las piernas largas, curvas y manchadas de la mujer y después abrió la boca de par en par.
—¿Naraya?
Lady Naraya para ti, mocoso —lo reprendió la Maestra.
—P-pero ¿qué está haciendo aquí? Pensé que estaba en el puerto. —Luego Dagda recordó que Merkaid vino a Irem con un grupo de sobrevivientes. ¿Quizá ella estaba allí también? La aesiriana negó con la cabeza, como si le leyera el pensamiento.
—El señor Merkaid y los demás se ofrecieron como distracción —explicó—. La verdadera caravana de sobrevivientes llegaríamos a Irem desde el sur.
Dagda escuchó el gemido de la hiena gigante y la señal de Freki. Después, un par de figuras aladas pasaron volando por encima de él y se tiraron en picada al voraz. El grito de bestia se convirtió en el de un muchacho, que incluso después se desvaneció.
—¡Iremos por el siguiente! —avisó Freki y se perdió en el polvo. Naraya suspiró.
—Ve al campamento improvisado —lo urgió—. Está a unos cien metros, pero date prisa. Un profeta no les caería nada mal.
Después las piernas se le curvaron más, los labios se le estiraron sobre el rostro y se fue corriendo. Antes de que Naraya se perdiera en el polvazal, a Dagda le dio la impresión de que la aesiriana se convirtió en un leopardo.
—Este país es muy extraño —comentó el muchacho.
Luego avanzó hacia donde le señaló la Maestra. Al principio no pudo ver nada y tuvo muchas dificultades para sortear los escombros, pero después le llegó una voz muy querida:
—¡Siguiente! —Era Kel.
Dagda se estremeció de felicidad al escuchar a su hermano adoptivo. Apretó la marcha y casi se le sale el corazón del pecho cuando vio el campamento improvisado. No era como los campamentos posteriores a los temblores, porque no tenía tiendas o fogatas. Era más bien una especie de jardín casi sin escombros, pero sí bastante descuidado.
Un grupo de niñeros consolaba a los cachorros más jóvenes que lloraban y temblaban por el ataque, mientras que en otro extremo había varios doctores atendiendo heridos. Pero lo que más llamó la atención de Dagda fue ver a los convictos. Muchos de ellos esperaban impacientes, con las manos encadenadas, su turno en la fila. Al que estaba de primero le quitaban los grilletes, pero le ponían algo en la mano.
Se trataba de la maldición del hoyo negro, la misma que Sakti puso a Telius para que la llevara al Reino de las Arenas. Por alguna razón, los reos se dejaban poner la maldición. Dagda no creyó que fuera solo para que le quitaran las cadenas.
—¡Kel! —llamó al grolien. El vaniriano ayudaba a quitar las cadenas, pero en ese momento levantó la mirada y sus ojitos se iluminaron al ver al gemelo.
—¡Dag! —exclamó mientras corría hacia el muchacho. Cuando se alcanzaron, se abrazaron como si de verdad fueran hermanos.
—¡Te busqué en los calabozos! —dijo el gemelo mientras se agachaba para verlo—. ¿Estás bien, estás herido?
—Estoy de maravilla —respondió el grolien—. Nos sacaron mucho antes de los truenos. Pero no todos los iremses se salvaron. —Dagda recordó los cuerpos que él y Remiak lograron sacar de los escombros. Ninguno estaba vivo.
—Oh, cierto... El príncipe Remiak estaba conmigo, pero...
—Ya lo encontraron. Se reunió con otros príncipes para atrapar a los voraces, aunque —el grolien se estremeció— no me parece buena idea. ¿Qué pasará si son iguales a la Princesa Carmesí y no pueden detenerlos? —Dagda pasó a la siguiente pregunta, aunque el nudo que se le hizo en la garganta fue muy doloroso.
—¿Y... papá? —Los ojos se le empañaron, como si ya presintieran la respuesta fatídica de Kel.
—Está bien —dijo el grolien, para sorpresa del gemelo. La cara de Dagda debió de ser muy graciosa, porque el grolien se sonrió y señaló hacia el extremo del campamento con los doctores—. Él fue el que nos avisó. Un doctor lo estaba revisando y como que se despertó y le dijo que la ciudad caería dentro de poco. Creo que puso los ojos celestes, como la otra vez en Edén. Da mucho miedo, Dag, cualquiera le creería lo que fuera a un profeta si lo miran de esa forma.
De no ser porque se aferraba a Kel, Dagda se abría caído de rodillas. No se pudo creer lo afortunado que era, ¡su papá estaba a salvo! Ya no sintió la desesperación de hacía unos minutos, pero la recordó muy bien y no quiso experimentarla nunca más en la vida.
—¡Peludo! —gritó alguien. Kel gruñó por lo bajo y se giró hacia el muchacho que estaba poniendo la maldición a los reos—. ¡Ven a ayudar si no quieres que también te maldiga a ti!
—Maldito príncipe impertinente —gruñó el grolien por lo bajo. Luego explicó a Dagda—: Es Raziel. Es muy bruto como para cazar voraces, así que lo pusieron a encantar a los reos.
Se encaminaron hacia la fila de convictos mientras el grolien continuaba con su explicación. Al parecer, Darius no solo avisó sobre la inminente caída de Irem sino que también dio instrucciones sobre cómo proceder. Pidió que sacaran a los reos de los calabozos y que les colocaran la maldición. Los reos no irían a ninguna parte por temor a morir condenados por el encantamiento y servirían como mano de obra para rescatar a la gente que se quedara atrapada en los escombros. También dio otros avisos para sacar a la mayor cantidad posible de personas de los campamentos de civiles, aunque supo que esas últimas instrucciones no serían seguidas al pie de la letra.
—El regente no le quiso hacer caso —murmuró el grolien—. Dijo que los castillos no derribarían la ciudad porque estaban muy lejos, que la advertencia era solo un truco para que evacuáramos la ciudad. Pero uno de los príncipes sí creyó a Darius.
Kel señaló a un muchacho que estaba acomodado en un bulto de pieles, lejos de la fila de reos. Aunque el grolien siguió ayudando al príncipe Raziel, Dagda avanzó hacia el aesiriano que creyó en su padre. Era un chico joven, más o menos de su edad, pero no tenía mucho vigor. La cara, los brazos y los dedos de las manos eran muy delgados, tanto que parecían palillos de dientes. Tenía una manta sobre el regazo y Dagda imaginó que era para cubrir unas piernas delgaduchas. Dudaba mucho que ese joven pudiera siquiera mantenerse en pie.
—Tú eres Uruk —dijo—. Le creíste a mi padre. Gracias.
Uruk miró al gemelo. Tenía los ojos dorados de Morak, pero el cabello gris de Merkaid y Sakti. La piel parecía de cebolla, quebradiza y frágil. Parecía muy enfermo e infeliz, pero aún así sonrió a Dagda con mucha simpatía.
—El profeta dijo que si no le hacíamos caso, la ciudad caería y los vanirianos atraparían a los príncipes de las Arenas. No quiero pasar por eso otra vez.
Luego acarició una de las flores que había sobrevivido a los temblores, a la falta de agua y a las pisadas de los sobrevivientes. Dagda se sorprendió al no haber notado antes qué eran las flores de ese extraño jardín: eran allen. Seguramente estaba en el jardín que el príncipe Velmiar había hecho para Sakti.
—Sé sincero —pidió Uruk—. ¿Crees que sobreviviremos a esto?
—Claro. Si hacemos lo que Allena dijo, no hay duda de que todo saldrá bien. Una vez que pase esto, tenemos que ir a las ruinas y refugiarnos en el jardín del Edén.
Pero apenas lo dijo llegaron las malas noticias. Un mago alado aterrizó al lado de Dagda, provocándole un susto. Kael se quitó la visera que le protegía del viento y anunció:
—¡Arena verde! Uno de los príncipes liberó la arena verde en los castillos flotantes. —Su intención no fue gritar, pero estaba aterrorizado y todos lo escucharon—. ¡Es como una tormenta! Creo, creo... ¡Creo que se salió de control!
Dagda escuchó cómo las respiraciones se agitaron. No entendía muy bien las características de la arena maldita, pero sintió de nuevo la desesperación. Ya no estaba seguro de que todo saliese bien.
—¡Calmados! —gritó alguien. Por el cabello negro y los ojos grises, Dagda supo que se trataba de uno de los príncipes de las Arenas—. Hay suficientes príncipes para controlar una tormenta de arena. Estaremos bien. —Luego se volvió al mago alado y lo fulminó con la mirada—: ¿Hay otra mala noticia con la que quieras aterrarnos, Del Varten?
—Sí —respondió el Guardián, sin entender el sarcasmo—. Creo que los castillos... van a caer. Y la arena caerá sobre nosotros también.
Justo cuando dijo eso, escucharon un gran estrépito. Los castillos flotantes habían caído.

"Los Hijos de Aesir: El Reino de las Arenas" © 2012-2014. Ángela Arias Molina

2 comentarios :

  1. Kiria me da escalofrios... al igual que sus hermanas. Me cuesta creer que alguien con ese caracter tan... tan... ¿Lindo? sea tan retorcidamente sadica ¡Eres un genio!

    Morak... pobre principe, te dire que nunca paso por mi mente que Adad hubiera sido el responsable de dejarlo en ese estado, aunque si me sorprende que siga vivo.

    Allena ¡Ya quiero que despierte! Y le de su merecido a esos Vanirianos. Vamos, no me caen tan mal, que tambien los has pintado como una raza que tiene corazon, pero sigo prefiriendo a la princesa (ojo, dije princesa, porque no todos los Aesir me caen bien).

    Y ya sabia yo que no me podias matar a Darius, talvez en algun futuro se te cruce esa idea (cuando lo haga enserio mandare cazarte por cielo mar y tierra :D pero sin preciones) pero se que no lo haras ;) Puedes matar a quien quieras.. pero ¡NO A DARIUS, NI A DRAKE, NI A DERECK, NI A LOS GEMELOS, NI A ZOE, NI A REMIAK! De ahi para adelante, los demas los puedes matar... bueno, talvez a las princesa no... ya le tome cariño.

    Por cierto, estoy ansieosa porque se levante la ciudad prohibida, pero algo me dice que cuando eso suceda sera porque se termina este libro u.u! espero estar equivocada.

    Sabes que en ortografia te la debo, que soy malisima en ella, pero si te puedo decir que la lectura sigue siendo agradable.

    Besos
    Annie

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    Respuestas
    1. Muchas gracias por comentar, Annie :) Intentaré no matar a tus personajes favoritos, pero no puedo prometerte nada. A estas alturas, ya sabes que soy cruel con ellos :P

      La siguiente actualización es la del capítulo final del 4to tomo, así que quédate por aquí para saber cómo termina "El Reino de las Arenas" (aunque igual hay un epílogo que termina de joderlo todo aún más ;D).

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Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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