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Capítulo 27

27
ARENA VERDE

Morak pensó que el golpe lo mataría, pero, para su sorpresa, la sala de control sobrevivió al impacto. Escuchó interferencia desde el panel de control pero, después, una voz dijo con claridad:
—Impactos de Kiria-Alfa, Luna-Plateada, Rocas-Rubí y Colibrí de Arena confirmados. ¿Alguien me copia?
—Aquí Colibrí de Arena —interrumpió una nueva voz—. Varias puertas de nuestra unidad están selladas. Al parecer hay «amenazas externas» o lo que sea que eso signifique. ¿Qué diablos pasó?
—Kiria-Alfa primero chocó contra Rocas-Rubí y, como era el núcleo de la flota, los demás también caímos. Aquí en Luna-Plateada tenemos daños terribles en la estructura, pero el centro de comando está bien.
—¿Se sabe qué provocó el choque?
—Lo último que sabemos es que atraparon a un par de príncipes. ¿Fallo de sincronización, quizá? ¿Por lo menos ustedes tienen alguna señal de la señora Kiria?
—Ninguna.
—¿Y qué hay de la dichosa «amenaza externa»?
—Arena verde, me temo. Estamos atrapados.
Morak no supo qué hacer. Por lo que dedujo, estaba escuchando las conversaciones de los vanirianos en otras estructuras. Al parecer todo había colapsado.
—¿Qué tan grave es la situación? —preguntó uno de los vanirianos.
—Fatal. En Colibrí de Arena tenemos un radar y... bueno, no pinta nada bien. Hemos alcanzado la superficie, la arena verde nos rodea y... avanza hacia Irem. Ni ellos ni nosotros tenemos forma de escapar. Todos estamos condenados.
Morak dejó escapar un suspiro, aunque no supo si de resignación o frustración. ¡Todo era culpa suya! No fue suficiente con los terremotos y con las invasiones a todo el desierto, ¡el corazón del Reino de las Arenas también sufriría la locura de la arena verde! ¡Y todo por él!
—Se me salió el Velmiar que llevo dentro —murmuró—. Imprudente, como mi hermano...
Escuchó un siseo que conocía muy bien. Era arena que corría por el castillo Kiria-Alfa, porque perseguía a los vanirianos que no salieron a tiempo. Morak también escuchó los gritos de los vanirianos que, como él, habían sobrevivido a la caída de las estructuras flotantes. Pero los gritos le llegaron desde muy lejos, ahogados por la distancia y la misma arena que los consumía. Pero de repente...
—Momento —dijo uno de los vanirianos—, el radar percibe otro movimiento... Es algo enorme, justo sobre nosotros... Está en el cielo a cuatro kilómetros de altura, lo bastante lejos como para que la arena no lo alcance.
«¿Un roc?», se preguntó Morak, pero lo dudó. Un roc no se acercaría a un lugar tan catastrófico como Irem y los alrededores cuando había una enorme nube de polvo sobre la superficie y otra buena porción de arena verde desatada sin control. Los roc tenían más seso que eso.
—Hay algo más —dijo otra voz—. La sincronización en Kiria-Alfa se mantiene activa. Está entrando en modo automático.
Apenas dijo eso, Morak escuchó las compuertas del castillo. Todas se estaban cerrando; incluso las de la sala de control. La voz anónima continuó:
—También percibe la «amenaza externa». Si hay sobrevivientes allí, las compuertas se habrán cerrado para protegerlos de la arena verde.
—Entonces nos vamos a morir de hambre —dijo resignado otro de los vanirianos comandantes—. O la arena verde nos quema, o la sincronización nos deja atrapados hasta el final de los tiempos. Sea como sea, estamos condenados.
Como si necesitaran confirmación, escucharon un gruñido lejano. Grave, bravo, desaprobatorio. Morak se preguntó qué era lo que estaba allí afuera, por encima de ellos y la arena verde, aunque no estaba seguro de querer conocer la respuesta.


Sin importar lo mucho que los príncipes intentaron calmar a los sobrevivientes, el caos se desató en el jardín marchito de allen.
—¡Arena verde, arena verde!
—¡Príncipes, se lo suplicamos...!
—¡Arena maldita!
—¡Los alados! Los alados tienen que sacar a los cachorros y a algunos niñeros, ¡es la única solución!
Los que podían correr buscaban a algún mago alado que los sacara de Irem antes de la llegada de la arena verde. O corrían hacia algún príncipe, con la esperanza de que el control sobre las arenas los salvara. Pero el pánico era tan grande que los aesirianos que estaban en buenas condiciones apenas si eran capaces de sortear los escombros y los cuerpos de los heridos. Más de un niño chillaba porque otros le pasaban por encima, sin ninguna consideración.
—¡Calma, calma! —pidieron los príncipes—. ¡Con este caos no se podrá hacer nada!
Pero los aesirianos no se calmaron. Más de uno pisoteó a Dagda, que estaba agachado al lado de Uruk. El gemelo no se pudo levantar y tampoco tuvo el corazón para abandonar al príncipe maltrecho que necesitaba ayuda para que no lo mataran a pisotones.
—¡Dag! ¡Dag! —llamó Kel—. ¡DAG! —El grolien estaba aterrado con las prisas de los aesirianos, pero no podía moverse entre los sobrevivientes sin que lo derribaran.
—¡Esto es un pandemónium! —escuchó el gemelo al oído. Alguien lo derribó y tomó su lugar al lado del príncipe—. Ven, Uruk, antes de que te maten.
Se trataba del príncipe Raziel, que se abrió camino para socorrer a su primo. Sin mucho esfuerzo, tomó a Uruk en brazos y se mezcló entre la gente, en busca de un lugar seguro.
—¡Espera! —pidió Dagda—. Mi padre, ¿en dónde está mi padre? —Pero Raziel se perdió de vista. Nadie le respondió.
Lo único que podía hacer era buscar a Kel o correr hacia donde había visto a los doctores, con la esperanza de encontrar a Darius. No le gustó la idea de dejar a Kel solo entre tanta gente descontrolada, pero le aterró aún más la imagen de personas corriendo por encima de Darius. Tenía que ponerlo a salvo, tal y como Raziel había hecho con Uruk.
—Los Cazadores y Maestros regresaron —gritó alguien en medio de la confusión.
El caos no cesó, pero más de uno vio a los Maestros transformados que entraban al campamento improvisado, seguidos de cerca por los lobos y algunas esfinges. Las bestias traían en el lomo a unos siete voraces. Una de las figuras que más llamó la atención al gemelo fue una bella pantera marrón, tan larga y ágil que parecía hecha de humo. Pero apenas llegó al borde del campamento, la extraña pantera recuperó su forma aesiriana.
—¡La arena verde se acerca! —chilló Naraya—. ¡Hagan algo!
Dagda sintió que el mundo se le venía encima. Él todavía no entendía los peligros de la arena verde, pero la amenaza debía de ser aterradora si la seria y terrible Naraya estaba a punto de un colapso nervioso.
—¡Papá! —gritó el muchacho—. ¡Papá, papá, papá!
Si ese era el final, por lo menos tenía que estar con su padre. Se levantó y dio empujones a diestra y siniestra, todo con tal de acercarse al grupo de heridos. Pero por cada paso que avanzaba, retrocedía otros dos o trastabillaba por los empujones. «A diez pasos a tu izquierda», escuchó en su mente. «Diez pasos a tu izquierda». Dagda no supo de quién era la voz, pero obedeció. Avanzó los diez pasos y estuvo a punto de tropezar con el puñito peludo que era Kel.
—¡Dag! —exclamó el grolien. Dagda estaba confundido, ¿cómo llegó Kel hasta allí con todo ese caos?
«Veinte metros al frente, ¡rápido! No puedo mantener a esta gente a raya por más tiempo». Kel también escuchó la voz, porque él miró al frente a la vez que el joven profeta. El grolien tomó la mano del gemelo y lo jaló consigo, valiéndose de la altura de Dagda para protegerse de los empujones. Al final alcanzaron un grupo de gente que empujaba y gritaba como posesa.
—¡Tiene la telequinesia!
—¡Puede crear un campo para protegerse de la arena!
Pero luego los iremses retrocedieron cuando Geri y Freki se interpusieron. Los lobos se situaron frente el grupo y gruñeron de forma amenazadora. Kel y Dagda vieron que Drake estaba detrás de los lobos. El peli-rosado estaba agachado, con una daga frente al pecho y mirando desafiante a la gente. Y, detrás de él, estaba Darius tendido en el suelo.
Dagda sintió la sangre hervir. No lo pensó dos veces. Corrió sin que los lobos le impidieran la entrada. Si había alguna especie de escudo telequinético protegiendo a Drake y a Darius de los iremses, Dagda ni lo percibió. Lo único que importó en ese momento fue alejar a Drake de Darius, ¡no podía permitir que ese loco estuviera a un metro del profeta y con daga en mano!
Ni siquiera gruñó. Simplemente tomó a Drake del cuello, lo levantó y después le insertó un puñetazo en la cara. Después giró sobre los talones y se agachó al lado de Darius, preocupadísimo. No podían mover a su papá. Connor lo había advertido: si lo hacían, desequilibrarían la presión y se desangraría. Miró los vendajes sanguinolentos, pero no se dio cuenta de que estaban secos.
—Papá, papá, papá... —sollozó asustado mientras se tiraba al pecho de Darius.
—Auch... —se quejó el profeta, con voz seca—. Duele... —Dagda se apartó de inmediato, sorprendido.
—¿Estás vivo?
—De milagro... —respondió Darius, mientras alzaba una ceja curiosa. Tenía los ojos irritados por la temperatura y a Dagda le dio la impresión de que jamás lo había visto tan delgado como en ese momento—. Drake, ¿dónde está?
El muchacho frunció el ceño, asqueado. El mundo se estaba acabando y Darius preguntaba por el hijo ingrato que lo tenía al borde de la muerte, ¡no era justo! Le resintió que no le preguntara cómo estaba él o dónde estaba Airgetlam. ¡No, qué va! ¡Darius tenía que preguntar por Drake! ¡Por Drake, al que siempre había preferido! Recordó –o por lo menos creyó recordar– cómo durante su infancia parecía que Darius y Drake compartían secretos a los que no eran invitados ni los gemelos, Zoe ni Fenran.
Se apartó con rudeza de Darius y señaló hacia Drake. El sicario estaba agachado, limpiándose la sangre que le escurría por la nariz, que todavía la tenía frágil por los golpes que los gemelos le habían dado antes. A Dagda le consoló la idea de que la cara bonita de su hermano quedaría desfigurada por la nariz rota. De seguro que se la había pulverizado. Pero a Drake eso no le importaba, ni siquiera parecía molesto por el golpe.
—Haz un campo telequinético —pidió el peli-rosado—. Así podrás mantenerlo a salvo.
A Dagda no le gustaba eso de seguir órdenes de Drake. En realidad, no quería admitir que era una buena idea. El sicario había protegido a Darius de las carreras de los iremses con un campo de telequinesia. Incluso había utilizado ese poder para sacar a Darius –sin desestabilizarlo– del castillo antes del impacto de los truenos, aunque Dagda esto no lo sabía.
Drake todavía no se había levantado, sino que permaneció agachado, con las manos masajeándose la cabeza. Comenzó a dolerle por el esfuerzo de mantener a raya a los iremses, que empujaban cada vez con más fuerza a pesar de la presencia de los lobos-dragón.
—Dagda... —llamó Darius a la vez que rozaba la mano de su hijo—. Llama a Airgetlam. Sáquennos de aquí.
—¿No te has dado cuenta de que Airgetlam no está? —rezongó el muchacho, todavía resentido.
Pero al instante se sintió culpable. Connor se los había explicado con toda sinceridad: era muy probable que Darius no sobreviviera. Aunque podía permanecer despierto un poco más de tiempo, todavía sangraba y estaba cada vez más débil. No había por qué alterarlo con nada. En su estado, las groserías estaban demás.
Creyó que Darius estaría molesto, quizá resentido, pero, cuando Dagda se atrevió a mirarlo a los ojos, no vio ni lo uno ni lo otro. Darius tenía la misma mirada somnolienta y placentera de las mañanas cuando Zoe lo despertaba con cosquillas. Incluso tenía una pequeña sonrisa en los labios, como si entendiera el enfado del muchacho y quisiera borrarlo.
—Lo sé, por eso te dije que lo llamaras. Puedes traerlo a tu lado y los dos pueden sacarnos de aquí. Igual que en Masca.
Dagda lo entendió. La sonrisa de Darius era certeza. «Lo ha visto», pensó el gemelo. «Papá lo soñó. Sabe cómo saldremos de aquí. Sabe que todo estará bien».
—Entiendo —dijo mientras apretaba la mano de Darius—. Espérame aquí con Kel. Tengo que hacer algo antes.
Después se levantó y salió corriendo, esquivando a los iremses. Se escabulló incluso entre los que intentaron atraparlo porque sabían que él también tenía la telequinesia. Por el rabillo del ojo pescó a unos convictos que entraban al campamento, cargando un cuerpo ensangrentado. Pasó al lado de un grupo de aesirianos que intentaban subir a los niños a Galatea y otras esfinges, con el fin de salvarlos. Mientras avanzaba vio también a Nefer hecha un puño en los brazos de Naraya, llorando. Luego vio al príncipe Raziel en lo alto de unas rocas, apartando a los plebeyos que acudían en busca de protección. Y al fin encontró al príncipe que estaba buscando.
—¡Remiak! —gritó.
El tío de Sakti estaba completamente rodeado de personas, que estaban tan apretadas a él que casi lo asfixiaban. Al principio, Dagda pensó que le costaría apartar a los iremses, pero el muchacho estaba en mejores condiciones que muchos de los aesirianos. Además, era un General. Quizá era un cachorro, pero también un General aesiriano entrenado por el mismo Demonio Montag. Claro que tenía fuerza y conocía más de algún truco para derribar obstáculos. Sigfrid jamás habría permitido que uno de sus estudiantes fuese incapaz de abrirse paso en una multitud.
Apartó a los iremses y, entre empujones y patadas, alcanzó a Remiak. Se puso justo frente a él y lo tomó de la camisa, casi furioso.
—¡Puedo salvarlos! —gritó a todo pulmón—. ¡Puedo salvar a todos los iremses que están aquí, en este jardín! ¡Soy un gemelo! ¡Tengo el poder de la luz y la sombra! ¡El poder para alterar dimensiones! ¡El poder de la teletransportación!


—Dios... —murmuró Dereck por lo bajo a la vez que colocaba la espada en posición de defensa—. No quería llegar a esto, pero es matar o morir.
De los dos, era el único que podía pelear. A pesar de que estaba armado, Airgetlam cargaba a Merkaid en la espalda y con él no podría defenderse de los voraces. Unos cinco de los transformados más peligrosos los tenían rodeados, listos para lanzárseles encima. La única razón por la que no lo hicieron antes fue por el estrépito anterior, que los asustó un poco.
«¿Qué fue eso? ¿Más relámpagos?», se preguntó el gemelo cuando escuchó el golpe. Estaba tan aterrado por los dientes de los voraces y los rayos vanirianos que ni se le cruzó por la mente que la flota aérea hubiese caído. Airgetlam creyó que el siseo que era cada vez más cercano eran los cañones de los castillos, que se aproximaban a Irem sin contratiempos. En realidad, lo que escuchó fue la arena verde que se acercaba a ellos, hambrienta, deseosa de nuevos magos a los cuales consumir.
—Los voraces no tienen la culpa de estar hambrientos —siguió Dereck—. Son solo cachorros. Mi deber como adulto es protegerlos pero... Pero...
—Pero ellos no lo saben y nos quieren comer —terminó Airgetlam mientras se agachaba para dejar en el suelo a Merkaid. O tenía la libertad de pelear o él y el príncipe se convertían en alimento de transformado—. No planeo morirme aquí, Dereck.
—Perfecto, porque yo no planeo que te mueras pronto. Apenas tengas la oportunidad, sal corriendo. Déjanos al príncipe y a mí atrás.
—De acuerdo.
Silencio.
¿De acuerdo? —preguntó al fin Dereck—. Se supone que en esta parte dices «¡Jamás abandonaré a mi amigo!», «¡Lucharé contigo hasta el final!». ¡Qué poco heroico eres!
—Los héroes mueren jóvenes —sentenció el muchacho con solemnidad; pero al instante agregó—: No me puedo morir en la flor de la vida. ¡Tengo muchas cosas por hacer! Como asistir a un festival de verano, cortejar a una chica, casarme, ¡tener hijos! ¿Entiendes, Dereck? ¡Nunca me he enamorado! ¿¡Cómo puedo morirme sin siquiera haber besado a una chica!?
Silencio.
Luego una risa contenida.
Después una carcajada.
—¡Oh, Airgetlam! —rió el Guardián, divertido a pesar de los voraces—. Está bien, está bien. Te ayudaré a que cumplas tus dulces sueños de la juventud. También te daré consejos para que hagas algo que no mencionaste y que es importantísimo para morir feliz.
Los gruñidos de los voraces aumentaron en ferocidad. Quizá las criaturas todavía no se habían lanzado a atacar porque las tres presas eran para solo uno de ellos. En pocas palabras, la cosa se iba a poner muy fea. Airgetlam sacó la espada, imitó la posición de defensa de Dereck y tragó saliva. En realidad, si Merkaid sobrevivía o no lo tenía sin cuidado.
—¿De qué se trata, Dereck?
—Del paso que está entre el matrimonio y los hijos. O antes del matrimonio, por si te descontrolas un poco pero admites tu responsabilidad. ¿Entendiste o tendré que sacarte de la ignorancia con más detalles?
No necesitó respuesta. A pesar del polvo, vio que la cara del muchacho se encendió como un farol. Quizá Airgetlam y Dagda eran unos traviesos picarones, pero eran, al fin y al cabo, hijos de un hombre tímido. Tenían que heredar de Darius algo más que la cara y el cabello.
—Pervertido —murmuró al fin el gemelo. Los labios de Dereck se estiraron, pero no se burló. El primer voraz acababa de lanzarse a ellos.


Justo en ese momento, Dagda gritó:
—¡El poder de la teletransportación!
Los iremses que estaban cerca de Remiak, y conocían el idioma del continente principal, se callaron tras entender lo que significaba tener a Dagda en Irem. Tradujeron a sus amigos lo que dijo el muchacho y la voz se corrió entre los sobrevivientes. No calló a todos los aesirianos ni eliminó el caos, pero sí trajo un poco más de calma y silencio de asombro. Así era mejor. Dagda necesitaba testigos para que Remiak no retirara su palabra después.
—Con este poder puedo llamar a mi hermano —siguió lo más alto que pudo—. Junto a él, puedo sacarnos a todos de aquí. Pero para hacerlo, quiero que me prometas algo. Tú ya sabes qué es.

«... cuando todo acabe en el desierto, tú mismo nos acompañarás a Masca y nos ayudarás a sacar a mi hermana de allí. ¿Entendiste? ¡Te salvaré la vida! ¡Te salvaré a ti, a tus hermanos odiosos y a todo Irem si me juras que irás a Masca!».

Remiak miró al muchacho, con el ceño fruncido.
—¿Estás bromeando? Sacarnos a todos de aquí...
—Allena, Dereck, papá, Airgetlam y yo escapamos de la invasión a Masca de esta forma. Ahora demandará más esfuerzo que antes. Capaz y se me explota la cabeza por solo intentarlo. Pero no me importa y sé que a Airgetlam tampoco. Si quieres salvar a todos los sobrevivientes de Irem, si quieres salvar lo que queda del Reino de las Arenas, no te queda otra opción más que confiar en mí. Pero para ello, necesito la garantía de que mi hermana saldrá de Masca. Lo que pido a cambio de la supervivencia de esta gente es que consigas el rescate de mi hermana. Ese es mi precio. Tómalo o déjalo.
Sakti negoció con los príncipes, pero no le prestaron atención. En comparación a su forma regular de actuar, jugó bastante limpio cuando se presentó a la corte de Irem. Ofreció una posibilidad para salvar a los plebeyos, pero no quisieron escucharla y ahora solo quedaba un puñado de sobrevivientes. Dagda no era un príncipe y, aunque tenía el título de General, no se consideraba un noble militar. Era solo un chico que bien pudo haberse convertido en pescador de la Península. Pero, en ese momento, era el único con una solución inmediata para salvar a toda esa gente. Y el precio que ponía implicaba viajar a Masca, sacrificar a los soldados que tuviera a su disposición y salvar a una única persona. Una vez que Zoe estuviera a salvo, a él le valdría un comino lo que sucediera con Masca.
—Estás blofeando —dijo Remiak—. Tu padre está aquí. Si de verdad puedes teletransportar personas, nos salvarás a todos solo para sacar al profeta de aquí.
—Sin Zoe, ni papá, Airgetlam ni yo querremos vivir. Nos juramos que todo lo que queda de nuestra familia estará reunida de nuevo. Pero si no hay esperanzas de recuperar a mi hermanita, entonces ni a papá, Airgetlam o a mí nos molestará terminar con la incertidumbre ahora. Así que ponme a prueba. Te reto.
Dijo la última palabra con delicadeza para que Remiak le escuchara con claridad, pero también con fiereza, para que el sentimiento quedara claro. No estaba blofeando. Claro, no se quería morir. Claro, quería sacar a Darius y a Kel de esa ciudad destruida. Pero estaba firme en su decisión: o Remiak juraba que él mismo lo acompañaría a Masca a salvar a Zoe, o todos se morían. Así de simple.
Y si tenía que ser sincero, sabía que no moriría en ese lugar. No, qué va. Sakti no era el tipo de persona que ignorara un desafío o que dejara pasar una buena oportunidad. Y, por lo que había escuchado de boca de Sigfrid, Velmiar también fue un intrépido que demostraba cada vez que podía que no había reto que no pudiese superar. Dagda esperaba que fuera mal de familia, que Remiak fuera tan testarudo como Sakti y Velmiar.
—De acuerdo —asintió el príncipe—. Ahora sácanos de aquí.
—No —lo interrumpió Dagda a la vez que estiraba una mano para que Remiak la estrechara—. Creerás que soy idiota... Allena me enseñó cómo los príncipes hacen una promesa irrompible. Quiero que hagas un pacto de sangre conmigo.
Remiak arrugó la cara, pero el siseo atropellador de la arena verde, cada vez más cerca, lo convenció. Estrechó la mano del gemelo y aplicó el calor hasta que su palma y la de Dagda se quemaron, hasta que estuvieran heridos y sus sangres se mezclaran delante de todos los iremses sobrevivientes.
—A cambio de tu ayuda, yo te prestaré la mía. Lo juro. Ahora sácanos de aquí, por favor.


«No ahora, cobarde», se reprendió Airgetlam. «Mantente entero si quieres una buena vida antes de morir, ¡compórtate como un hombre!». Sintió náuseas justo cuando el primer voraz saltó. Dereck le hizo a la criatura una herida profunda en la pata, gracias a la espada larga. Pero el olor de la sangre enloqueció a los otros transformados, que se tiraron sobre el voraz lastimado y los aesirianos que intentaban escapar.
El problema para Airgetlam fue que la náusea se había complicado. Vio todo difuso, las piernas le temblaron y comenzó a dolerle la cabeza. Lo último que necesitaba era desvanecerse por el miedo.
—¡No me falles ahora, niño! —lo reprendió Dereck al percatarse de su estado—. Airgetlam, ¡te necesito! ¡Sin ti no lo conseguiré!
Pero Airgetlam tuvo que arrodillarse para no caerse de bruces. La cabeza, ¡la cabeza lo estaba matando! Fue como si le abrieran un agujero, pero desde adentro; como si alguien martillara desde lo más profundo de la mente, para abrirse paso a él. El corazón se le aceleró. El pálpito de las sienes no mejoró su estado. El dolor se hizo tan fuerte que no pudo describirlo. Pero entonces, en medio del sufrimiento, escuchó una voz. «Airgetlam...». Alguien lo llamaba. «Airgetlam, ven... Te necesito, ven». «¿Dagda?». «Ven, ven, ¡ven! La arena verde se acerca. ¡Ven de una maldita vez!».
En ese momento, uno de los voraces logró derribar a Dereck. El soldado se aseguró de no perder la espada y la interpuso cuando el transformado lo atrapó con las patas y le lanzó las fauces al rostro. Dereck logró prensarle el arma entre los dientes, aunque supo que a ese ritmo tendría que matarlo. La idea no le gustó. No podía matar al cachorro de alguien. «Diablos, ¿por qué tengo que ser tan sensible?», pensó.
Los gruñidos de los voraces, el polvo que todavía los rodeaba y el siseo que se hacía cada vez más fuerte... Todo ese ruido le impidió pensar con claridad. Apenas pudo pescar por el rabillo del ojo que otro de los voraces se aprovechó de la flaqueza de Airgetlam y se preparó para saltarle encima. Quiso gritarle para que se quitara, para que huyera y los dejara a él y a Merkaid atrás. Ahora no estaba de broma con eso. Pero justo cuando el voraz se lanzó al muchacho, la criatura y los otros transformados se detuvieron. No, se suspendieron, esa era la palabra adecuada. Fue como si una fuerza invisible los mantuviera suspendidos en la misma posición, como si el tiempo se hubiese detenido.
Dereck se fijó en el voraz que lo había atrapado –una criatura huesuda con hocico largo como de lagarto y bigotes– y se percató de que también estaba suspendido. No fue una inmovilidad absoluta, sino un retraso generalizado de todos los movimientos. El transformado intentó romper la espada a mordiscos, pero los dientes apenas si bajaron hacia el sable. Dereck pensó que esa era su oportunidad para apartar de un golpe al voraz, liberarse del agarre y correr hacia Airgetlam y Merkaid para llevárselos de allí. Pero en cuanto estiró el puño para golpear el hocico de la criatura, se dio cuenta de que él también estaba bajo el embrujo que modificó la velocidad del tiempo. El movimiento que le habría tomado menos de un segundo sin alteración alguna, todavía no concluía. Llevaba ya como cinco segundos y apenas estaba comenzando.
«¿Qué diablos sucede?», se preguntó el Guardián. Al parecer, la velocidad de su pensamiento no estaba alterada de ninguna forma. «Todavía escucho el siseo. Dios, ¡viene cada vez más rápido!». Las únicas partes del cuerpo que se movieron con normalidad fueron los ojos. Pudo girarlos a uno y otro lado para ver los alrededores: el polvo inmediato también estaba bajo ese extraño hechizo, había un voraz suspendido sobre Airgetlam y otro sobre el transformado que tenía atrapado al Guardián. Pero, también, había un extraño resplandor que envolvía la escena.
Fue como una cortina de luz que se levantaba desde el suelo y que, ni muy lento ni muy rápido, envolvía al grupo de aesirianos normales y transformados. «Luz...», pensó extrañado Dereck. «Se parece a aquella vez que…».
Aquella vez que unos enormes escombros de mármol estuvieron a punto de aplastarlos a él, Sakti y Darius, antes de que los gemelos los salvaran con la teletransportación. «¡Bendito sea Dios!», pensó el Guardián al entenderlo. ¡Airgetlam los estaba sacando de allí! No supo si el gemelo podría escuchar sus pensamientos, pero le pidió que dejara atrás a los voraces. Una vez que llegaran a donde fuera que irían, el tiempo regresaría a la normalidad y serían atacados.
Pero justo entonces la cortina de luz se cerró en lo alto. Los voraces también viajarían entre las dimensiones, era imposible sacarlos ahora. Pero lo que Dereck vio que sí se quedó afuera fue una extraña ondulación verde que hizo el esfuerzo de colarse justo cuando la cortina se cerraba. Entonces comprendió que el siseo no eran los castillos flotantes, sino arena verde.
Después sintió el revoltijo en el estómago y la presión del viaje. Los oídos le iban a explotar y los ojos se le iban a salir, pero Dereck no despegó la vista del voraz. Tenía que prepararse para quitárselo de encima apenas llegaran a su destino.
De repente, la espalda se estrelló con violencia en un suelo irregular, como si acabara de caer desde una buena altura. El soldado ahogó un gemido y no se sorprendió cuando al fin el puño recuperó la velocidad. Zafó un par de dientes con el golpe y aprovechó la confusión del voraz para escurrirse. También se preparó para burlar al otro voraz que ya estaba a punto de caerle encima, pero se sorprendió cuando una nueva figura derribó a la criatura antes. Se trataba de uno de los lobos-dragón.
Dereck miró alrededor y vio que estaba rodeado de personas polvorientas y con cara de pánico. Intentó incorporarse y preguntar qué sucedía, pero todavía estaba desequilibrado por el viaje entre dimensiones. Estaba preocupado de que los voraces que viajaron con él atacaran a los iremses, pero al parecer los Cazadores y Maestros ya los esperaban. Mientras Naraya y otros magos aplicaban ampollas a las criaturas, Dereck escuchó:
—¡Prepárense! El viaje no será agradable. —Era el príncipe Remiak. Luego una persona pasó corriendo a su lado y fue hacia Airgetlam.
—¡Rápido! —ordenó Dagda—. ¡No hay tiempo que perder! ¡Tenemos que ir a un lugar seguro!
El muchacho levantó a su hermano, que todavía no entendía qué sucedía, y apretó los ojos para concentrarse. El siseo de la arena verde era ya insoportable. Parecía estar a menos de cien metros.
«Un lugar seguro...», escuchó Dereck en la mente, como en un eco. Por la cara de los sobrevivientes, se dio cuenta de que ellos también lo escucharon. «Un lugar seguro». Vio el par de cortinas que se levantaban y rodeaban el jardín destruido. Las luces y las sombras bailaron alrededor de los sobrevivientes, encerrándolos en una burbuja que los llevaría a otro sitio.
«¿A toda esta gente?», se preguntó Dereck. ¿Dagda y Airgetlam teletransportarían a los iremses, a los refugiados, a los voraces, a los lobos y a las esfinges? ¿A todos?
«Un lugar seguro, un lugar seguro», pensaron los gemelos. Tal y como los aesirianos los escucharon, los chicos también recibieron diferentes imágenes de los sobrevivientes. A veces vieron una playa, otras solo una enorme llanura desértica; también vieron la ribera del río al pie de los riscos de los roc, o la sala de alguna casa que ya había sido destruida por la invasión vaniriana. Ninguno de esos lugares servía. Dagda y Airgetlam no podían llevar a la gente a todos esos sitios, más que nada porque, cada vez que intentaban establecer la unión, el enlace fallaba. Ellos sabían por qué.
No conocían los lugares ni sentían una conexión con ellos. Tenían que decidir por sí mismos el destino, porque tenían que conocerlo o, por lo menos, percibirlo. Tenían que ir a un lugar alejado de la arena verde, pero lo bastante cerca como para garantizar que harían todo el viaje. Si se cansaban antes de tiempo... Bueno, no sabían ni querían averiguar qué sucedería si se agotaban antes de llegar a su destino.
Así que pensaron juntos en el único sitio en el que confiaban en ese momento. «Allena... Donde sea que esté Allena, es un lugar seguro». La burbuja de luz y sombra se cerró justo antes de que la arena alcanzara a los sobrevivientes. La presión los aplastó y así comenzaron el viaje.


Escuchó el gruñido pero ni siquiera hizo el intento de prestar atención. «Ahora no, hermano», pensó Sakti. «Ahora no. Aquí estoy bien. No saldré de aquí». No pensó más en el asunto, a pesar de que escuchó al Dragón llamándola con insistencia desde lejos. Adad podía esperar. De hecho, esperaría siempre si era necesario, porque ella no se iría. Ahí estaba muy bien, estaba a salvo, a salvo, estaba feliz...
—Pero yo no estoy aquí —escuchó el susurro en el oído derecho.
Sakti entreabrió los ojos al escuchar la voz tan querida, sin preguntarse por qué lo oía desde la derecha. Acurrucada como estaba en sus brazos, casi arrullada hasta dormir, debía haberlo escucharlo desde la izquierda.
—No estoy en un mundo de luz, rodeado de tranquilidad y blancura —continuó la voz—. No estoy en un mundo donde las olas suenan a lo lejos, ni en donde no hace calor ni frío. Yo no estoy aquí.
«Pero es una tontería», pensó la princesa mientras estrechaba al muchacho que la tenía en brazos. «Claro que está aquí, en este mundo de paz. Es real. Su tacto, su aroma, su calor. Aquí está». Pero la voz le respondió primero con una carcajada baja, tranquilizadora y cálida. Sakti sintió el aliento de Mark en la mejilla, luego su respiración en la oreja y después en el cuello.
—No, Allena. Yo no estoy en este sitio. Nunca alcancé un lugar como este, porque nunca quise hacerlo. —La voz bajó de tono y Sakti sintió que alguien la abrazaba desde atrás. Pero en lugar de que las manos reposaran en el abdomen, subieron hasta situarse en el centro del pecho, un poco hacia la izquierda. Justo sobre su corazón—. Nunca me fui de aquí. Jamás cruzaría sin ti.
—Impacto a Irem confirmado —dijo entonces otra voz—. La arena verde acaba de alcanzarlos.
Sakti abrió los ojos de golpe, sorprendida. Los bordes de los objetos le fueron imprecisos y no pudo reconocer en dónde estaba, pero sí escuchó algo con claridad: los rugidos lejanos de Adad no se habían detenido.
—¡Ah! ¡Esa cosa me pone nervioso! —dijo alguien más, histérico—. Es el príncipe, ¿verdad? Ah, ¡es el Rayo Negro! El Segundo Dragón nos va a hacer trizas por lo que le pasó a su ciudad.
La muchacha intentó descifrar el significado de las palabras, pero le fue complicado concentrarse en las voces y en ese lugar extraño. ¿Por qué ya no estaba rodeada de bruma? ¿Por qué tenía los brazos inertes al lado, en lugar de estar abrazada al amo? ¿Por qué veía un techo adornado con cerámica? ¿Y por qué, en nombre de Dios, estaba rodeada de cables luminosos?
—¿Por qué estoy sincronizada? —preguntó extrañada, a la vez que hacía memoria.
La sesión en la corte de Irem, la caravana de sobrevivientes, los relámpagos, el polvo, las arpías y... y... Y el fuego púrpura... Cierto, ¡la mangodria! ¡Tenía que acabar con ella antes de que la atrapara! Pero apenas irguió la cabeza para buscar enemigos, se topó con algo desagradable.
Estaba en el centro de comando del castillo, en el agujero donde el núcleo y los cables permitían la sincronización. Pero al lado suyo, al nivel del suelo, había un cuerpo rostizado. El rostro estaba vuelto hacia ella. Los labios, las mejillas, la frente y uno de los párpados estaban hinchadísimos, con una costra de sangre y pus que casi la hizo vomitar. El otro párpado estaba menos hinchado y permitía ver un ojo gris. Lo poco que quedaba de cabello era negro. Un príncipe. Uno de sus tíos o quizá algún primo del que no sabía nada.
—Tranquilo —dijo una de las voces desde el parlante del panel—. Ni siquiera como Dragón puede el príncipe atravesar la arena verde… Creo… Er… Estamos a salvo. Bueno... hasta que nos muramos de hambre o hasta que la arena logre colarse.
Sakti no entendió qué pasaba, pero comenzó a enfurecerse. Estaba sincronizada, ¡sincronizada! ¡Los vanirianos lograron atraparla y la obligaron a unirse a los castillos que destruirían Irem! Lo peor de todo fue que ella no opuso resistencia. ¡No lo recordaba! Y los muy descarados estaban allí con ella, hablando como si nada.
—Algo sucede en Kiria-Alfa —dijo uno de los vanirianos—. ¡La sincronización está reaccionando con violencia!
¡Vaya que sí! Sakti sintió la estructura. Las compuertas de todas las habitaciones estaban cerradas a cal y canto. Algunas de ellas contenían vanirianos, otras retenían a una especie de demonio que se movía con capricho, como si fuese una serpiente. Por los pasillos también sintió ondulaciones similares, llenas de malicia e inteligencia. Algunas de las secciones del castillo estaban completamente destruidas, como el cañón principal y los niveles inferiores. No sobrevivieron al impacto.
A pesar de que la conectaron en contra de su voluntad, Sakti se dio cuenta de que podía controlar la sincronización. Supo que podía abrir las compuertas y dejar que esas «serpientes» gigantes buscaran a los vanirianos. Pero primero, tenía que acabar con los que la habían puesto allí.
Más cables de sincronización surgieron del suelo, pero no se lanzaron a Sakti. Su misión era atacar a los vanirianos de la sala de control. Todos los cables se concentraron en un solo punto y salieron disparados a una persona que estaba de espaldas a la princesa, estudiando el panel. Pero la persona escuchó los cables, se giró a tiempo y...
Sakti se detuvo. No tenía mucho tiempo de conocerlo, pero no se le podía olvidar la cara de Morak. Un rostro tan deforme no se podía olvidar con facilidad.
—Allena, ¿estás despierta? —preguntó. Sakti chascó la lengua.
—No te muevas —advirtió.
Aunque detuvo los cables, no los apartó. Primero tenía que hacer un análisis para saber si ese era su tío o un kredoa disfrazado. La sincronización le confirmó los datos: en el centro de comando había dos aesirianos –ella y Morak–, y en el resto del castillo había 93 vanirianos en excelentes condiciones y 132 agonizantes. Pero no solo eso. ¡También pudo sentir otras tres estructuras! Una de ellas –Rocas-Rubí– estaba hecha trizas y casi no respondía. Comenzaba a convertirse en manchones negros indetectables para la sincronización. Las otras dos, en cambio, estaban en muy buenas condiciones y también reportaban datos: 107 sobrevivientes en Luna-Plateada y 209 en Colibrí de Arena. Los números de vanirianos agonizantes descendían rápidamente a medida que morían.
El radar en Colibrí de Arena, además, le dio otra información. Lo que ella percibió como un demonio caprichoso era enorme y denso; lo peor era que se expandía casi a cuatro kilómetros a la redonda y había alcanzado Irem. También percibió al Dragón en lo alto del cielo pero Sakti supo, sin la necesidad de un radar, que Adad estaba allí. No necesitó siquiera los gruñidos, porque pudo sentirlo.
—¿Qué pasó? —preguntó a Morak.
El príncipe no tardó en ponerla al corriente. El ataque de Kiria a Sakti y a él, el fallo de la sincronización, la liberación de la arena verde y la caída.
—Es mi culpa —se lamentó Morak—. Irem... Oh, es mi culpa.
 El príncipe apretó el puño que le quedaba, sentado al lado de Sakti y del cuerpo rostizado. Sin ningún asco, Morak acomodó la cabeza del cadáver en su regazo y le hizo cariño, como si quisiera consolarlo a pesar de que estaba muerto.
—No —dijo Sakti—. No es tu culpa, tío. Es culpa de los vanirianos por creer que podían atraparnos y salir ilesos. Es culpa de ellos, y no tuya, que la arena se haya salido de control. —Sakti se acomodó mejor en el centro de comando y cerró los ojos.
—Espera, ¿qué vas a hacer?
—Abrir las compuertas. Todos esos infelices morirán consumidos en arena maldita.
—¡Pero eso solo aumentará la cantidad de arena!
—Dejaré que la arena entre a las habitaciones y luego cerraré las compuertas. Ni los vanirianos ni la arena verde podrán escapar.
Esa era una buena idea pero... ¿qué harían con la arena que ya había alcanzado Irem? ¿Podrían atraparla antes de que alcanzara los suburbios? «No», pensó Morak con tristeza. «Es imposible recuperar esa arena». Luego escuchó las voces desde el panel.
—¿Qué...? ¡Las compuertas se abren! ¡Se abren!
—¡Aaaaah!
—¡AAAAAAAAAAAA! ¡LA ARENA!
Tal y como cuando escuchó la transmisión desde Rocas-Rubí, Morak imaginó la arena verde entrando a las habitaciones y a las cabinas de control de los otros dos castillos flotantes. Imaginó las caras de terror de los vanirianos mientras aullaban e intentaban atravesar las paredes para escapar de la arena maldita. Todo en vano. Los granos se les colarían por la nariz o la boca, les quemaría la garganta, luego el estómago y los intestinos, después pasarían a la sangre y llegarían al corazón. Luego, los vanirianos arderían y, en lugar de convertirse en cenizas, se transformarían en más arena verde. Era una forma muy cruel de morir. Casi sentía pena por los vanirianos, aunque...
El cuerpo de su hermano, allí en su regazo.
No, no les tenía lástima. ¡Qué ardieran hasta morir, tal y como el pobre de Salak!
—Y ahora los de aquí —canturreó Sakti.
La princesa abrió las primeras compuertas y Morak ya vaticinaba los gritos, pero...
Sakti jadeó, apretó los ojos y, al instante siguiente, las compuertas se cerraron. El príncipe no escuchó ningún grito.
—¿Qué sucede? ¡Acaba con ellos! ¡Abre las malditas compuertas!
—No puedo —dijo Sakti, con las cejas fruncidas—. Algo ha aparecido aquí, en Kiria-Alfa.
—¿Qué cosa?
—Aesirianos.


A pesar de que hizo lo mejor que pudo para mantener el equilibrio, Dereck se cayó de bruces. Lo bueno es que no fue el único. La mayoría de sus compañeros de viaje se habían caído de espaldas, sin saber muy bien dónde estaba arriba o abajo. Los magos alados que tenían la intensión de mantenerse suspendidos en el aire para evitar un golpe al llegar a su destino, cayeron de todas formas al piso, como si hubiesen creído que el cielo estaba abajo.
—¡Puaj! —escuchó Dereck, pero repetido al por mayor. Una buena cantidad de niños y adultos estaban vomitando, incapaces de controlarse después del viaje dimensional.
«Dereck, ¿eres tú? ¿Qué está pasando?». El Guardián se sobresaltó cuando escuchó la voz. Giró el cuello a uno y otro lado, en busca de la princesa, pero lo único que vio fueron las caras descompuestas de los sobrevivientes, algunos escombros, flores de allen maltrechas –que se colaron en el viaje– y las paredes del enorme vestíbulo al que habían llegado. Sakti no estaba en ninguna parte.
—¿Princesa?
«Sí, soy yo. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Cómo aparecieron todos...?». Pero Sakti calló en cuanto Dereck pensó en la respuesta. Vio a los voraces rodeándolos a él, Merkaid y Airgetlam. Vio la cortina de luz antes de que lo transportara a Irem, y luego vio a los gemelos juntos, teletransportando a toda esa gente. Pero también vio otros ángulos, otras historias. Pudo ver la caída de Irem, la lucha por sacar la mayor cantidad de sobrevivientes de los escombros, el descontrol al anunciar la cercanía de la arena verde y luego el viaje por las dimensiones. Todo desde el punto de vista de cada uno de los aesirianos.
Sakti se sintió tentada a desconectar la sincronización, incapaz de asimilar todo eso en su mente. ¡Era increíble! Nunca antes había logrado una sincronización tan alta que hasta le permitiera ver los pensamientos de los demás. Distraídamente, se preguntó si el Emperador tendría esa sincronización con Masca.
Revisó los datos de la estructura. Además de los números de vanirianos y aesirianos, hizo también un estudio de los sistemas. A pesar de que los pisos inferiores de Kiria-Alfa estaban destruidos y de que el cañón ya no existía, el cuarto de máquinas –que estaba unos pisos por encima de la base del castillo– estaba en excelentes condiciones. Quizá...
Un rugido lejano, pero ahora más bravo de lo que Sakti recordaba. Vaya, su hermano estaba bastante puteado por lo ocurrido a la capital. Tendría que tranquilizarlo, decirle que había sobrevivientes. Aunque quizá la cifra tan baja no lo animaría por completo.
«Sobrevivientes», comunicó a todos por igual, «hay un total de 279 aesirianos en Kiria-Alfa y 94 vanirianos vivos, contando al peludo en la sala de aesirianos». Kel supo que Sakti se refería a él. «De entre los aesirianos se cuentan 12 hambrientos voraces, próximos a recuperarse. Antes de que se salgan de control y ataquen, procuraré darles unos buenos trozos de carne ubicados en los salones 12, 19, 78-A, 23-C y 5-U9». Sakti supo que los vanirianos que estaban atrapados en el castillo entendieron muy bien que se refería a ellos. «A los aesirianos, se les solicita mantener la calma y sostenerse. Iniciaremos el despegue».
—¿El qué...? —preguntaron varios magos a la vez, incrédulos.
Escucharon el chillido de esfuerzo de los motores y, justo cuando parecía que nada iba a ocurrir, el castillo se sacudió. Algunos gritaron, incapaces de recibir más sorpresas ese día, pero nada malo sucedió. «Despegue confirmado, es un éxito».
En la sala de comando, Morak preguntó:
—Allena, ¿qué pretendes?
—Hermano está allá arriba —le explicó Sakti. A pesar de que tenía una capa de sudor en la frente, parecía muy animada y segura de sí misma—. Hermano está molesto por la caída de Irem, hermano quiere limpiar la arena verde, hermano quiere asegurarse de que haya sobrevivientes.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque lo está diciendo. Yo lo entiendo. —Adad la estaba llamando, de alguna manera sabía que Sakti estaba a cargo de la nave que fue de los enemigos. Por eso esperaba pacientemente a que superara la cortina de arena verde en la superficie y lo alcanzara en las alturas—. Pero también dice que tiene un paquete que dejarnos. Después, irá a limpiar la superficie.
Por supuesto, Morak no entendió absolutamente nada. Ni siquiera intentó hacer otras preguntas, pues vio que la chica se concentraba en algo más. Sakti se había dado cuenta de que podía engañar a la arena verde. Le bastaba con concentrar energía en algunas secciones y la arena se iba a ellas, buscando la magia. Así, limpiaba algunos pasillos y vestíbulos clave, además de dejar atrapada la arena maldita en un lugar donde no hiciera daño. Tenía que dejar la vía despejada para cuando Adad entrara a uno de los hangares que todavía funcionaban.
«La arena verde nos sigue», comunicó casi sin darse cuenta. «Algunos granos en la superficie siguen Kiria-Alfa, mientras otros se reagrupan alrededor de Luna-Plateada, Colibrí de Arena y lo que queda de Rocas-Rubí. De momento, la arena ha detenido su expansión hacia los suburbios. Excelente. Hermano la eliminará pronto».
Sakti aumentó la velocidad de subida, muy a pesar de los estómagos resentidos de los aesirianos. Mientras tanto, limpió los pasillos cercanos al hangar seleccionado, además de las vías de escape para los voraces que estaban a punto de recuperarse de las ampollas.
«Maestros y Cazadores, por favor tomen posición. Empujen a los voraces a las compuertas del vestíbulo. A todos los demás, apíñense lo mejor que puedan en el centro del salón. Los voraces despertarán pronto». Los aesirianos siguieron las indicaciones, sin rastros del pánico que demostraron en Irem. Sakti hizo una cuenta regresiva, en la que calculó tanto la llegada del Segundo Dragón como la limpieza de los pasillos y el despertar de los voraces. «… seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno, cero».
El castillo detuvo el ascenso y se mantuvo suspendido en el aire. El Dragón rugió y se coló por el hangar. Las compuertas del vestíbulo de los sobrevivientes se abrieron y los voraces, automáticamente, despertaron y salieron corriendo.
Sakti había modificado la estructura, movió algunas paredes y mantuvo cerradas algunas compuertas. Así, los transformados siguieron las rutas que ella había elaborado para el festín. Los doce voraces se encaminaron a los salones 12, 19, 78-A, 23-C y 5-U9 y, antes de que se toparan con un callejón sin salida, la princesa les abrió las compuertas. Hubiese sido mejor para esos 93 vanirianos morir en la caída. Al menos, pensó la muchacha, no podrían decir que sufrieron la muerte más severa del día. La arena verde seguía siendo peor. Y por mucho.
—Ay... —se quejó Kel mientras se tapaba los oídos, hecho un puño entre Dagda y Airgetlam.
Hasta allí llegaron los gritos de los vanirianos. Mientras tanto, en el hangar...


—¿Estás seguro de esto? —preguntó el chico.
—Vete, Connor —pidió Adad. No era un Dragón ni tampoco un aesiriano, sino una mezcla de ambos. Estaba al borde del hangar, viendo la marea de arena verde en la superficie. Un buen poco venía hacia él—. Ponte a salvo, no estoy de humor para preocuparme por un crío. —Connor arrugó el ceño y chupó los dientes.
—Bueno, pues disculpa. No sabía que yo tenía la culpa de este desastre. —Luego dio media vuelta—. Que te vaya bien. —Y avanzó por el pasillo, siguiendo las instrucciones de Sakti para llegar al vestíbulo adecuado.
Adad, por su parte, apretó los puños. Irem había caído. Su Irem. La ciudad que lo vio nacer, la ciudad en la que debió haber gobernado como rey.
«Hay sobrevivientes», le comunicó Sakti. «279, para ser exactos».
—De unos ciento veinticinco mil, Allena —respondió furioso el príncipe—. Hazme el favor de hacer la matemática. No te alegres por un número tan insignificante como ese.
Sakti guardó silencio, sin ánimos de pelear. A ella no le importaba la escasa cantidad. Darius y los chicos estaban bien. Su hermano estaba bien. Ella estaba bien. En realidad, ella no había perdido nada. Los demás, en cambio, sí. Mucho. Puede que todo.
—¿Ya llegó Connor al vestíbulo? Cierra las compuertas habitadas y abre las que contienen arena verde, para que salga. Yo me haré cargo del resto.
Sakti no sabía de algún método para luchar contra la arena maldita, más allá de controlarla en pequeñas cantidades. Hasta los príncipes de las Arenas tenían problemas para enfrentarse a una tormenta verde aun estando en grupo. Así que guardó silencio y, desde el centro de comando, se limitó a ver lo que haría su hermano.
Con la sincronización siguió los movimientos de Adad. El príncipe, con el cuerpo cubierto de escamas negras, el rostro transfigurado en una especie de hocico y la melena larga por la transformación, unió las palmas de las manos. Sakti supo lo que ocurriría: después del aplauso, una de las manos sacaría algún arma de la palma contraria.
Tal y como la Virtuosa en Edén lo hacía; tal y como se lo había enseñado a ella.
Adad no sacó la Espada de Cristal Azul, sino una más ancha, un poco menos larga y dorada. La espada resplandecía como si estuviera hecha de rayos de sol.
—Arena maldita, prepárate para conocer a tu creadora —susurró Adad justo cuando una masa de arena verde se levantó delante de él.
La arena gruñó, habló y maldijo como si fuera un ser vivo. Era como el remolino de arena que Sakti vio en el frasco que Merkaid le enseñó rumbo a Myula. «Vamos a jugar, vamos a jugar», canturreó la voz gutural y de trozos de vidrio del demonio de arena. «Vamos a jugar hasta que se te caiga la cabeza, príncipe de las Arenas. ¡Ya verás lo bueno que soy!».
Pero antes de que la arena se lanzara sobre el príncipe, él se tiró por el hangar con la espada por encima de la cabeza. A salvo en el vestíbulo, los aesirianos escucharon el grito atroz de la arena cuando Adad cortó la figura en dos.
—No bromees —murmuró el príncipe—. Tú y yo sabemos que esto no es nada.
Adad cayó por el hangar. Toda la arena verde del castillo Kiria-Alfa lo siguió y Sakti se perdió los detalles de la batalla, pero no el resultado.
Cuando el príncipe regresó, ella deseó que fuera otro.

"Los Hijos de Aesir: El Reino de las Arenas" © 2012-2014. Ángela Arias Molina

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Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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