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Epílogo

LEJOS


Adad caía, caía, caía. Caía furioso, luchando por controlar su forma actual. Si se convertía en un Dragón completo antes de tiempo, no podría manejar la espada. Y si se convertía en un aesiriano normal, quizá no podría defenderse muy bien de la arena verde. A lo mejor, las escamas del cuerpo le protegían la piel del roce de los granos.
La arena que estuvo en el castillo de Sakti se precipitó sobre él para atraparlo antes de que llegara al núcleo del demonio. Sakti no entendía la verdadera naturaleza de la arena verde. El pensamiento de toda esa masa, la inteligencia que manipulaba todo el poder destructivo y hambriento de la arena maldita, era un simple grano. Los príncipes más experimentados podían diferenciar cuál, de entre todos, era el «jefe» o la «cabeza». Era ese grano lo que atrapaban en el frasco que siempre cargaban consigo y lo que garantizaba que podrían manipular a alguna persona que cayera presa de la arena verde. También era ese grano el que constantemente los estaba tentando para que lo liberaran.
Por supuesto, era ese grano el que debían eliminar para limpiar al resto.
Pero los príncipes no conocían un método para hacerlo. Solo Adad lo conocía, porque él encontró en el Reino de las Arenas la triste y solitaria Torre de la Virtuosa Dajop. Estaba justo en el centro de la zona negra del Reino: era la estructura que absorbía y producía la arena negra.
—En el interior de la Torre estaba esta espada —susurró el príncipe al enemigo—. La mujer que maldijo el desierto, castigó a los pecadores de este continente y creó las arenas negra, roja y verde. Esa era la Virtuosa del Castigo, Dajop. Su legado es el arma que creó la maldición de las Arenas, la misma que puede purificarlas.
Lo vio. Más aún, lo percibió. El grano de arena inteligente se escondió entre los demás. Tembló más por el miedo que por el viento que soplaba en las alturas. Sabía lo que sucedería.
Al fin Adad lo alcanzó y cortó el grano a la mitad con una precisión casi divina. El grito del demonio de arena primero fue atronador, como los relámpagos de los castillos flotantes. Después empezó a desvanecerse, a confundirse con el viento. El príncipe tuvo la sensación de que la voz de la arena era como una candela que se consumía rápidamente por la llama que amparaba.
Mientras la arena verde se convertía en dorada y se dejaba arrastrar por el viento o caía a la superficie, Adad chocó las palmas y guardó la espada. Cuando estuvo libre, dejó que los cambios de la transformación siguieran adelante. Los cuernos le crecieron, la cola se le alargó, las alas le nacieron. En menos de un santiamén era el Dragón Negro de la Profecía.
Se dejó caer con vueltas en el aire mientras acompañaba la arena. Todavía estaba furioso. Irem... Irem había caído. Podía vivir con que los temblores derribaran la ciudad, pero no con que los vanirianos o la arena verde fuesen los responsables. Ni siquiera pudo salvar a los habitantes. El puñado de sobrevivientes no era suficiente para fundar una nueva capital, menos para revivir un continente entero.
«Oh, Irem», pensó. Puso una pequeña resistencia en las alas y planeó en la brisa. Los granos de arena limpia le cayeron en el lomo y en las alas, como si lo bautizaran una vez más como príncipe del desierto. Cuando aterrizó, irguió el cuello para ver lo que quedaba de la capital. Para un mago normal habría sido imposible, porque todavía había una gruesa nube de polvo azul tras el desplome de la flota aérea. Todo se complicaba más si también había mucha arena dorada flotando en el aire. Pero el Dragón pudo verla... destrozada.
Ya no quedaba nada para ver hacia el pasado. Ahora solo podía ver hacia el futuro.
«Y pensar que ahora está tan tranquilo, que hay tanta calma, que no hay ruido», pensó el Dragón. «Pensar que esto es lo que se escucha cuando se ha perdido todo. Silencio».
Total, absoluto, mudo silencio. La arena verde había consumido toda la vida y ahora hasta el siseo maligno de su avance fue silenciado. Todo estaba en calma: la nube de polvo azul, los salones del castillo de Sakti, libres de vanirianos y arena verde, y la cabeza de Adad. Todo guardaba silencio.
«¿Qué...?», se preguntó. «¿Qué...?». Escuchó vacío, vacío en su mente. Ni un eco, ni una voz doble, ni un susurro. Todo estaba en silencio. La cabeza en la que convivían dos voces estaba vacía. Ya no había nada. ¿Y el corazón? ¿Y la espalda? ¿Por qué no tenía dos sentimientos afines, pero dos al fin y al cabo? ¿Por qué la voz que escuchaba era única, solitaria y tan ajena? ¿Por qué... ya no se sentía igual?
Poco a poco, temeroso de conocer la respuesta, el Dragón invocó los cambios de reversa. La cola, los cuernos y las alas desaparecieron. Las garras se convirtieron en dedos, las patas en brazos y piernas. El enorme Dragón Negro desapareció y en su lugar quedó un muchacho de cabello y ojos grises.
—No...
Adad se miró las manos, que estaban cubiertas de marcas por encima y en las palmas. Líneas que ardían como carbones le rodeaban los dedos hasta las puntas. Nacían de un remolino en la palma, que a su vez nacía de una raya más gruesa que pintaba el brazo correspondiente. Desnudo como estaba, Adad pudo verse prácticamente todo el cuerpo. El pecho, el abdomen, los muslos, las pantorrillas, las plantas y los dedos de los pies. Toda la piel estaba tatuada con las marcas de la Profecía.
—No, no, no...
Se llevó las manos a la cara. Aunque no tenía un espejo para verse, sintió las marcas en las mejillas y en la frente. Ya había sucedido.
—¿Adad? —llamó—. ¿Dragón?
Pero ninguna de las dos voces le respondió. ¿Quién era? ¿Cuál de los dos era? ¿O quizá ninguno? Se llevó una mano al pecho para sentir el corazón. Palpitaba aprisa, aterrado, pero ya no contenía nada. En la cabeza, los recuerdos y pensamientos se habían fundido en una única masa que le daba un pasado, pero no una vida; mientras que en el pecho apenas si podía recordar las sensaciones fuertes que caracterizaron a las dos almas que habitaron ese cuerpo.
Al fin había sucedido.
Las almas se desvanecieron, las voces se callaron.
El portador y el Dragón ya no existían.
En sus lugares quedaba él, un cuerpo con recuerdos pero sin alma, una marioneta, un ser que no debió haber existido.
Un desecho de los pecados del mundo.
Adad y el Segundo Dragón se habían fundido. Y ahora solo quedaba él.

****

Darius abrió los ojos, sin saber qué lo había despertado. ¿Los murmullos que le llegaban del otro lado de la puerta? No, eso no.
—Ya, ya, que está bien. Ustedes dos se están haciendo muy pesados —escuchó a Connor refunfuñar. Oh, su pequeño ya había regresado.
—¿Seguro? —insistieron los gemelos—. Tú dijiste que no había que moverlo, que la herida se le estaba infectando, que... —Darius escuchó un golpe y después un gemido doble—. ¡Auch!
—¿Yo les digo cómo tienen que hacer las cosas? ¡Nooo! Así que no me digan, par de babosos, cómo hacer mi trabajo. Papá es mi paciente y si yo digo que está bien, está bien. Punto. Ahora ustedes dos, ¡a la cama! ¡A dormir antes de que Allena los llame!
Los gemelos gimotearon. Querían enojarse pero Connor no les dio la oportunidad. Por los pequeños grititos y por cómo el doctor los riñó, Darius imaginó a su hijo menor jalando de las orejas a los mayores. Quizá Connor era una lindura de niño, pero cuando le tocara ser padre sería muy estricto.
Sonrió por la imagen y se preguntó si llegaría a conocer a los hijos de Connor. Sabía que no tenía que moverse –si lo hacía, temía más a la regañina de Connor que a desangrarse–, pero se palpó los vendajes sobre el abdomen y las costillas con cuidado. Las heridas todavía le dolían, pero menos. Ya la cabeza no le daba vueltas. ¿Estaría mal hacerse ilusiones? ¿Estaría mal creer que se estaba recuperando?
«Ya estás despierto», susurró una voz. «Bien». Darius creyó sentir a Sakti junto a él, acurrucada en la cama. Pero cuando estiró la mano para buscarla, la sensación se desvaneció. Lo que sintió fue en su mente, como una caricia de bienvenida.
«¿Allena? ¿En dónde estamos?», preguntó al notar el cuarto. Las paredes de mármol limpias, sin rastros de quiebres. La cama también limpia y suavecita. Y sobre todo, el aire fresco y libre del olor de su propia sangre.
«En Kiria-Alfa, un castillo flotante. No creerás cómo nos hicimos de él».
«Ah, me doy una idea», transmitió el profeta. «He soñado, Allena».
«Lo sé. Hablabas dormido. Dijiste: “Esto es lo que significa ser salvado. Morir sin ningún arrepentimiento”. Una buena frase. ¿Qué estabas soñando?».
«Todo, supongo. Pero no puedo recordarlo con exactitud». Suspiró. «Creo que soñé con el final, Allena. Con el final de todo esto. Sabes a lo que me refiero, ¿verdad?». Sakti no respondió, aunque Darius supo que ella entendió a lo que se refería. No al final de la invasión en el Reino de las Arenas, o al desenlace de la invasión en Masca, sino al final de todo.
Al día de la Profecía.
«¿Y es un final feliz?».
Darius quiso levantar los hombros para restarle importancia al asunto. «Creo que sí. No siento que haya tenido una pesadilla». Guardaron silencio durante unos instantes, con el ronroneo arrullador de los motores mientras avanzaban hacia el templo abandonado en la región azul. «¿Y qué pasa ahora? ¿Cuál es el plan?», preguntó el profeta.
«Ahora, al fin, vamos a Edén. Convencí a la Virtuosa para que prepare una herramienta Amrit para ti, Darius. Te pondrás bien. Connor te acompañará durante el descenso solo por si acaso te debilitas de nuevo».
Sakti no quiso agregar que si la condición de Darius empeoraba, Connor podría ayudarle con el poder de Anäel... a cambio de perder fuerzas. Ella y Adad habían ofrecido a Connor como heredero del dragón curativo no porque era doctor, sino porque era bondadoso. Era, por mucho, el aesiriano más puro que conocían.
Aunque le habían ofrecido un nuevo poder –uno que podía curar las heridas de su papá por más tiempo, a pesar de la maldición de la daga Tonare–, Connor no podía usar ese don indiscriminadamente. De lo contrario, el que necesitaría ayuda sería él. Sakti habría querido explicárselo a Connor. Pero cuando intentó hablar con él por medio de la sincronización, se percató de que el chico ya estaba al tanto. Lo había intuido él mismo.
El muchacho sabía muy bien que debía esconder su nuevo don y utilizarlo solo en casos extremos. Después de la princesa Istar, era el primer aesiriano con la esencia de la curación. Tenía que cuidar de ese don, no podía malgastarlo ni ponerse en peligro. Ni siquiera por su papá, por más que le doliera.
«¿Cuántos logramos salir de Irem?», preguntó Darius.
«Muy pocos. Pero los que se salvaron les deben sus vidas a ti y a los gemelos. Tú avisaste. Se salvaron los que escucharon y los que confiaron en tus palabras y en el poder de los chicos. No pienses en ello. Tú hiciste un gran trabajo, Darius». El profeta se sonrió, aunque se abstuvo de reír para evitar abrirse las heridas. «Ya todo está bien».
«Ya», pensó el mestizo. «¿Ahora puedes decirme por qué me despertaste? ¿Qué es lo que tanto te angustia que querías hablar conmigo?». Sakti guardó silencio aunque Darius supo que dio en el clavo. La que lo despertó fue Sakti, no la riña de Connor y los gemelos. Fue Sakti, con la caricia de su mente sincronizada.
La princesa guardó silencio, mientras repasaba lo que ocurría en el castillo. La estructura era muy grande y había lugar de sobra para los pocos sobrevivientes. La mayoría dormía en cuartos individuales, aprovechando el lujo de una cama suave y una almohada en la que podían llorar dormidos por todo lo que perdieron en Irem. Otros pocos se mantenían despiertos, como Connor, que revisaba a los heridos. O Kael, que lloraba en un rincón de su habitación por la muerte de su odioso hermano Soel. O los príncipes de las Arenas, que cantaban el Himno a los Muertos en un hangar para despedir al príncipe Salak, que falleció en el comando de sincronización en el que ahora estaba Sakti. El único que estaba ausente era Merkaid, que se recuperaba en una habitación aparte, acompañado de Naraya y Nefer.
¿Para qué despertó a Darius? ¿Para escuchar la voz de su mente, que la calmaba al igual que su voz verdadera? ¿Para decirle que todo estaba bien? ¿O para escuchar que todo saldría bien? ¿Para contarle que vio a Mark después de que Kiria la atacara? ¿Para decirle lo mucho que extrañaba al amo? ¿Para pedir que le explicara qué era el nudo en la garganta que sentía cada vez que pensaba en el mensajero? ¿Para confesar que se sentía indefensa e incapaz de enfrentar de nuevo a una mangodria? ¿Para decirle que tenía miedo de todo, en especial del final?
Qué mala era. Darius tenía muchas preocupaciones como para molestarlo con ese sinfín de dudas. Ella tenía que ser la roca, el puerto seguro. No la nave naufragante en busca del faro.
Aún unida a los cables de sincronización, a los movimientos y pensamientos de todos los habitantes, Sakti abrió los ojos y se vio las manos. Las marcas se extendían. Estaban más largas que el día anterior. Ya habían alcanzado la base de los dedos y pronto los rodearían tal y como los de Adad.
«Las voces de hermano se callaron», dijo al fin, temblando en el centro de comando. «Darius, Adad dice que ya no es mi hermano. Dice que es lo que queda de él y el Dragón. Adad... se ha fundido».
A pesar de que Sakti intentó disimularlo, Darius sintió el miedo de ella. Mejor dicho, sintió el miedo de la portadora y el Primer Dragón. Ya el Segundo y su portador habían sucumbido y lo hicieron demasiado pronto. Darius supo que se estaba quedando sin tiempo para salvar las almas de sus amigas gemelas.
«Tranquilas», les comunicó. «Todo saldrá bien. Yo no me daré por vencido. Encontraré la forma de ayudar al príncipe y a su Dragón. Volverán a ser dos. Todo estará bien».
Pero no estaba tan seguro de eso. ¿Al final del cuento todo estaría bien? ¿Tendrían un final feliz? No lo recordaba. Pero mentiría si dijera que tuvo un sueño tranquilo y completamente alegre. Aunque no las recordaba, sabía que muchas desgracias estaban de camino.
En realidad, estaban todavía lejos del final.

"Los Hijos de Aesir: El Reino de las Arenas" © 2012-2017. Ángela Arias Molina

2 comentarios :

  1. Un estupendo relato
    Te felicito y te deseo mucho éxito con el blog.
    Un saludo
    Oliver

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    Respuestas
    1. Muchas gracias, Oliver. Bienvenido al blog :)

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