¡Sigue el blog!

Capítulo 1


1

ACTO PRIMERO: LA PUESTA EN ESCENA



—Y estas son las habitaciones de las mujeres, ¿entienden? —preguntó Remiak mientras señalaba el recuadro del plano—. No me importan los cuartos de la sección este de los hombres ni los aposentos de los voladores en las torres. Tienen que sacar a todas las mujeres y a los reclutas de las secciones oeste y norte. ¿Comprendieron?
Los gemelos miraron el plano de la fortaleza, intentando aprendérselo de memoria. Igual contarían con la ayuda de Dereck, Kael y Alain para sacar a la mayor cantidad de soldados y novicios, pero la misión tenía prioridades claramente establecidas. Las mujeres eran la primera. Los soldados que demostraron ser del legendario Ejército de Aesir eran la prioridad número dos. Con salvar a esos dos grupos, ya la misión se consideraría un éxito; aunque se esperaba salvar a más personas.
—¿Y qué hay de los alimentos? —preguntó Dagda mientras señalaba el comedor y la cocina, contenidos en un mismo edificio, cerca de los muelles—. Aunque Allena recogió a los sobrevivientes de los suburbios, casi no hay víveres ni agua.
—Ni medicinas —apuntó Airgetlam mientras señalaba la enfermería, completamente al otro extremo de la fortaleza.
—Sumando a los sobrevivientes de Irem y los suburbios, somos casi mil personas.
—Y ustedes esperan que saquemos por lo menos a cien mil soldados de la Academia de las Arenas. ¿Cómo vamos a mantener a once mil personas solo con aire?
—Diablos, cierto —masculló Alain mientras se agachaba al lado de su tío—. Esto sí que no pinta bien.
Pero ninguno propuso posponer la misión de rescate, pues sabían bien que ya no tenían tiempo. Debían salvar la Academia de las Arenas si querían derrotar la maldita invasión y vengarse por las guarderías, pueblos y ciudades destrozadas.
Después de la caída de Irem, el plan de buscar refugio en Edén ganó muchísima popularidad. La historia que Sakti contó en la corte de sus tíos se había repetido entre los sobrevivientes, aderezada con muchísimas otras maravillas que daban esperanzas a los aesirianos. Si era cierto que había una ciudad intacta, bestias con forma de dragón diseñadas para proteger a los magos y máquinas curativas, los sobrevivientes podrían recuperarse.
Además, los terremotos no cesaban. Aun desde Kiria-Alfa escuchaban la arena de la superficie cada vez que la sacudía algún sismo. Incluso escuchaban unos estruendos bárbaros que eran las secciones más altas de la Ciudad Perdida mientras se asomaban a la superficie. Pero esos no eran los terremotos apocalípticos que Sakti había anunciado. Los más fuertes, los que terminarían de hacer el trabajo y le darían una cara nuevísima al continente desértico, todavía no habían aparecido.
Fue entonces cuando Sakti se dio cuenta de algo muy importante: la Academia de las Arenas caería también. La más grande de las fortalezas militares, incluso más importante que Heimdall, colapsaría. De seguro que muchos de los edificios ya se habían derrumbado.
La Academia de las Arenas estaba ubicada al sur del continente. Era una fortaleza que contaba con muchísimos edificios, una muralla casi tan alta como la de Masca y varios muelles militares que recibían y despachaban buques de guerra al continente principal o al archipiélago que estaba todavía más al sur, en el mar. Esas islas eran muy importantes para el Reino de las Arenas, porque tenían bosques y mantos acuíferos potables. Por eso eran la fuente principal de agua para gran parte del desierto.
La Academia de las Arenas no solo se encargaba de proteger esas islas y procurar la repartición de agua en el Reino, sino que también formaba a los soldados más fieros del Imperio. De ahí se habían graduado los integrantes de los Escuadrones de los Elementos, y hasta Dereck y Kael estudiaron también ahí. Como era la academia militar más importante, fue construida para soportar invasiones. Por eso había aguantado bastante bien esos años de guerra en el desierto. Además tenía cultivos internos con capacidad para alimentar a los habitantes de la Academia.
Los príncipes de las Arenas estaban convencidos de que justo por eso también había soportado gran parte de los terremotos. Temían por los niveles inferiores cercanos a los muelles, porque un terremoto fuerte habría provocado también un maremoto. Pero la Academia era bastante grande y calculaban que por los menos unos ciento treinta mil soldados –de los ciento setenta y cinco mil que podían vivir allí– habían sobrevivido. De esos, esperaban que la misión de rescate salvara a unos cien mil.
Para eso Sakti había ideado un plan descabellado y genial, como era necesario en esas circunstancias. Cuando propuso esa locura, sus tíos Remiak y Morak sonrieron, mientras que Hundrian chupó los dientes. Una idea tan descabellada como esa probaba que la chica era hija de cierto príncipe temerario.
Cuando Adad limpió la arena maldita que atacó Irem, Sakti se aprovechó de la curiosa conexión entre Kiria-Alfa y las otras estructuras que invadieron la Capital de las Arenas. Así levantó también a Luna-Plateada y a Colibrí de Arena. La princesa ya no tenía uno, sino tres castillos de la flota enemiga.
Como los iremses y sus tíos –excepto Hundrian– querían seguir su idea de ir a Edén, Sakti sincronizó los tres edificios para viajar al templo olvidado que se convertiría en la entrada a la seguridad. Durante el viaje, aprovechó para recoger a los sobrevivientes en los suburbios, que eran muchísimos más de los que quedaban en Irem.
Cuando descargó a los aesirianos y les abrió el pasillo secreto al interior de las ruinas, ella y unos pocos regresaron a los castillos flotantes a poner en práctica la misión de rescate. Los elegidos eran ella, Adad, los príncipes Remiak y Alain –el último príncipe patrullero, al cual encontraron en los suburbios–, Dereck, Kael, Kel y, finalmente, el as bajo la manga: los gemelos.
—Los chicos tienen razón, necesitamos la comida y las medicinas —dijo Sakti desde el centro de sincronización.
—Pero no hay manera de sacar los víveres a pie o a aire, Alteza —dijo Dereck—. Los chicos tendrían que encargarse de eso también.
—¡Se nos va a explotar la cabeza! —se quejó Dagda—. Yo insisto en que Allena no tiene que destruir los tres castillos. Basta con dos. Si ella aterrizara uno cerca del comedor, los mismos soldados pueden cargarlo de comida y después huir en él.
—Claro, y tú crees que la sincronización es maravillosa y no implica dolores de cabeza —rezongó la princesa—. No puedo hacer que Colibrí de Arena o Luna-Plateada sobrepasen las murallas sin que las flotas vanirianas sospechen también de Kiria-Alfa. Y si sospechan de Kiria-Alfa, no puedo tomar prisioneros aquí.
—Claro, y tú crees que la teletransportación es muuuuuy fácil en comparación con la sincronización —soltaron los gemelos a la vez.
—Para eso los recargué hace unas horas —se defendió Sakti—. Si teletransportaron a unos 270 aesirianos desde Irem sin desvanecerse después, podrán hacer otro tanto con menos de cien mil soldados si los he recargado por medio de la sincronización. Además, no todos los soldados saldrán con la teletransportación. Los magos voladores y una buena parte de a los de pie saldrán también por su cuenta.
Los gemelos y la princesa se miraron irritados, aunque sabían que no debían pelearse entre ellos. Estaban cansados y estresados, y dentro de unas horas emprenderían una de las misiones más complicadas y peligrosas de la historia. Ni siquiera Sigfrid Montag, con su reputación de genio militar, se habría atrevido a seguir el plan sin estudiarlo a más detalle.
Los gemelos y la princesa soltaron un suspiro e hicieron las paces en silencio. Pero los cables de sincronización apretaron a Sakti con ansiedad, como si ellos también estuviesen estresados por el trabajo. Y los gemelos bufaron bajo el peso odioso de la armadura dorada de pecho y hombro derecho que los príncipes de las Arenas habían encontrado para ellos. ¡No podían esperar a acabar con la misión para quitarse esa estúpida armadura de Generales!
—¿Qué tal esto? —intervino Alain. El príncipe era hijo de Jaliar, el vigía de las islas del sur y rector de la Academia de las Arenas. Tenía el cabello y los ojos negros, pero el resto de sus rasgos era una copia de Adad. Bien podrían pasar por hermanos—. Las torres de los alados están cerca del comedor y ya habíamos dicho que alados y esfinges huirían juntos. Si las esfinges cargan la comida, matamos dos pájaros de un solo tiro.
—Pero las esfinges llevan también a algunos soldados. ¿No irían más lentas por el peso? La velocidad lo es todo. —El príncipe se cruzó de brazos y sonrió un poco pedante.
—Mira, Tonare —dijo a Dagda, a pesar de la mueca de los gemelos—, las esfinges de mi padre son las mejores. Soldados, comida, rinocerontes, los pecados del mundo, ¡todo lo pueden cargar y salir adelante! Galatea es el resultado de varias generaciones de esfinges bajo el cuidado de mi padre y ya ves lo resistente que es. Además, si salen o no las esfinges no es problema tuyo, sino de Kael.
—Muchas gracias, señor —respondió el Guardián, un poco desanimado y abrumado por el peso de la responsabilidad—. ¿Y qué hay de las medicinas? —Todos pensaron en alguna otra solución, pero al final Dereck dijo:
—No, desistamos de los medicamentos. Es una lástima, pero no podemos buscarlos ni a pie ni a vuelo, y si forzamos a los chicos toda la misión puede terminar en un desastre. Además, con la sincronización de la Virtuosa en Edén y con las herramientas Amrit tenemos más atención médica de la que nunca soñamos.
Repasaron el plan unas cinco veces más y quedaron satisfechos cuando ya no había cambios que hacer. Seguía siendo una locura, pero al menos todos lo seguirían al pie de la letra.
—¡Prohibido improvisar! —advirtió Remiak—. Uno solo improvisa y a la mierda todo. Sigan sus instrucciones, cumplan con sus roles y en la madrugada estaremos en ese famoso tren, rumbo al jardín y en compañía de cien mil soldados.
Todos asintieron, menos Kel. El grolien estaba en un rincón de la sala principal, enfurruñado. Remiak miró al grolien y entrecerró los ojos. Si el chico vaniriano revelaba el plan a sus compatriotas sería el fin para el Reino de las Arenas. Pero eso no sucedería. No podía.
—¿Cuánto tiempo tenemos antes de alcanzar la Academia? —preguntó.
—Suficiente para que duerman antes de la gran misión. Estaremos allí en la tarde. —Sakti cerró los ojos y los cables de sincronización se iluminaron más.
«Todo saldrá bien», dijo mentalmente. «Sigfrid ha ideado misiones más peligrosas y han sido un éxito. Y él nunca contó con el poder combinado de profetas gemelos, Guardianes, príncipes de las Arenas y Dragones. Esto será pan comido». Al decirlo, sonó fácil. Sakti estaba tan segura del plan que los demás no sintieron motivos para dudar. Los aesirianos echaron unas mantas al suelo y se prepararon para dormir y recuperar fuerzas.
—Yo solo tengo una consulta —dijo Alain mientras se acostaba al lado de Remiak—. Para empezar la evacuación necesitamos que Allena tenga prisioneros. ¿Cómo puedes estar segura de que atraparás a un pez gordo?
«La invasión a Irem tenía solo cuatro castillos flotantes con un príncipe sincronizado y aún así contaba con el liderazgo de una mangodria. Ya que la invasión a Irem no funcionó, los vanirianos solo tienen una opción más para encontrar buenos suministros y por lo menos a un príncipe más. Esa opción es la Academia. Con tanto en riesgo, no dejarán el liderazgo de la invasión a cualquiera. Habrá una mangodria. Créeme».
Sakti solo se preguntaba a cuál haría su prisionera. ¿Abigahil o Lemuria? ¿O quizá Kiria, si es que logró escapar de la arena verde? ¿O se encontraría con una nueva mangodria? No lo sabía, ni le importaba. Ella no lo había dicho a sus compañeros, pero su objetivo personal era matar a una mangodria. Con eso, la invasión a las Arenas quedaría prácticamente terminada y, así, podría prepararse para ir a Masca.
El rescate de la Academia de las Arenas lo definiría todo.

****

—Eres una idiota, Kiria.
            Kiria abrió la boca para replicar, pero una bofetada la calló antes de que hablara. La mangodria apretó los ojos, pero contuvo el jadeo y las lágrimas. Ni siquiera se llevó una mano a la mejilla adolorida.
—Solo a ti se te ocurre enfrentarte sola a la Princesa Carmesí —la regañó su hermana—. En cuanto viste que ella estaba en Irem, debiste abortar la misión y pedir refuerzos. —Lemuria enterró los dedos en los hombros de Kiria y se inclinó sobre ella para que sus miradas quedaran al mismo nivel—. Ni Abigahil ni yo pudimos juntas contra ella, y por eso derribó la Torre. Fallamos. Nos derrotó. Y ese daño tremendo lo hizo sin experiencia en el campo de guerra.
Lemuria se apartó de Kiria y giró los ojos, ofuscada por el recuerdo del desastre de Sakti y el Virtuoso Set en el País de Hielo.
—Ahora experiencia es lo que le sobra. Te pusiste en peligro innecesariamente, tontuela, y la pobre Irvia tuvo que tomarse la molestia de sacarte del peligro.
—No fue ninguna molestia, señora —dijo la arpía mientras inclinaba la cabeza.
Lemuria sabía que cualquier vaniriano haría lo necesario para salvar a una mangodria, pero el esfuerzo de Irvia fue bárbaro. No solo salvó a Kiria de la arena verde, sino que también cuidó de la joven abeja reina mientras cruzaban el desierto y todos sus peligros para llevarla a un lugar seguro: la flota afuera de la Academia de las Arenas. Irvia y Kiria estaban doblemente sucias, llenas de sudor y con evidentes síntomas de insolación, pero la arpía era por mucho la más desgastada.
—No fue la Princesa Carmesí la que nos dio problemas. A ella la derribé con solo una llamarada —se defendió Kiria.
—Bromeas.
—No.
—Bueno, pues seguro se hizo la derrotada. Kiria, tesoro, no debes confiar en los aesirianos ni creerles nada. La Princesa Carmesí se burló de ti.
—¡No, yo la vi! Intentó repeler el fuego púrpura, chilló como una cerda cuando le di y después se quedó callada, inmóvil e indefensa. No hay forma de que supiera lo que el fuego le haría y ni siquiera el mejor de los actores podría pasar del dolor a la felicidad como lo hizo ella.
Lemuria arrugó la frente. ¿De verdad la Princesa Carmesí fue derrotada por una sola llamarada púrpura? Sabía que el poder de su hermana no era para bromear, pero hasta los niños podían soportar dos descargas. Las llamas púrpuras tenían el poder de hacer ilusiones y mostrarles a los enemigos los anhelos más grandes de su corazón o sus temores más terribles. El fuego púrpura quemaba la voluntad, la convertía en cenizas, y en el proceso llevaba a la locura a sus víctimas, hasta lanzarlas a la catatonia.
Pero Kiria no mentía. A Lemuria le bastó con verle la cara para saber que su hermana menor estaba segura de lo que decía. Entonces, ¿eso significaba que el arma más poderosa de los aesirianos era débil de corazón? ¿Cómo podía ser posible? Un corazón frágil es la peor de las debilidades, la base incapaz de sostener los siguientes niveles de fuerza.
Una persona débil de corazón no merecía ser respetada ni temida, solo compadecida. Y Sakti no se lo parecía a Lemuria.
—Vete a descansar, Kiria, y asegúrate de que Irvia repose como una reina. Tú no te quedas dormida antes que ella, ¿entiendes?
—Sí, hermana. —Lemuria se apartó de la silla de Kiria y avanzó a la arpía para abrazarla.
—Gracias por traerme a mi pequeña. Eres una heroína de guerra.
Lemuria abrió la puerta para ella y la invitó a salir con una sonrisa tan linda y fresca que la arpía sintió que todo el agotamiento se le escapaba del cuerpo. Pero antes de que pudiera salir, un vaniriano ordinario le bloqueó el camino.
—Señora, ¡tres castillos nuevos se han unido a la flota!
—Excelente —respondió Lemuria mientras lo apartaba para que Irvia saliera, pero luego reparó en la agitación del soldado—. ¿Cuál es el problema? ¿Por qué tan alterado?
—Porque... ¡porque las tres naves estaban reportadas como desaparecidas! Son de la flota de invasión a Irem: Colibrí de Arena, Luna-Plateada y Kiria-Alfa. Solo falta Rocas-Rubí. —Kiria jaló del brazo a Lemuria y gritó entusiasmada:
—¡Es mi flota! ¡Mis soldados sobrevivieron! —Pero Lemuria la apartó.
—Sal de aquí.
—Pero mi flota...
—Kiria, hubo arena verde, nadie pudo haber sobrevivido. Sea lo que sea que ocurre con las naves, yo me haré cargo ahora.
—Pero...
—Pero nada —zanjó la mangodria mientras se dirigía a la ventana de la habitación y veía la fachada de la Academia de las Arenas—. Sé una buena niña y descansa. Yo me haré cargo de esto. Apenas estés repuesta y el problema con esas naves se solucione, te enseñaré cómo se hace una invasión. Ahora vete.
Kiria obedeció sin refunfuñar, pero Lemuria supo que estaba molesta por ser apartada de la misión. La chica y su arpía escolta cerraron la puerta, dejando al soldado y a Lemuria solos.
—¿Sus órdenes, mi señora?
—Inicien la conexión con Kiria-Alfa. Quiero saber qué hay abordo de esas naves.

****

«Contacto visual establecido», indicó Sakti. «Prepárese el primer grupo para salir».
El primer grupo era el grueso del equipo: Dereck, Kael, Remiak, Alain y los gemelos. Adad estaba escondido en lo más alto de Kiria-Alfa, esperando la señal de Alain para saber si el príncipe Jaliar permanecía en la Academia, si escapó o si fue atrapado en uno de los castillos. Lo cual dudaba, porque la flota vaniriana que rodeaba a la Academia era numerosa, pero ninguna nave atacaba la fortaleza. Si tuvieran al príncipe, estarían atacando como locos.
Sakti permanecería sincronizada y Kel le haría compañía como señuelo.
Los gemelos y los demás estaban en un hangar desde donde podían ver la Academia sin que la flota vaniriana los detectara.
—Parte de la fachada norte está derribada y tropas a pie entraron —dijo Remiak mientras señalaba la pared destrozada y el camino de vanirianos que entraban y salían como insectos de un hormiguero—. Debieron de haber utilizado los relámpagos de todos los castillos. Las murallas son gruesas y hechas de una aleación de mármol y metal. Son difíciles de derribar.
—¿Y eso? —preguntó Alain. Frente al castillo de bienvenida, que estaba ubicado en la fachada por encima de las puertas dobles de acceso, había unas extrañas criaturas negras—. Parecen groliens... pero gigantes...
«Son las crías», dijo Sakti, más entusiasmada que asustada. «¡Se los dije y ustedes no quisieron creerme! Son las crías de Vanir y las mangodrias que estaban en Edén». Sakti podía ver a las criaturas a través de la mente sincronizada de su Guardián. «Estas están un poco más grandes que la que vi en el panal. Con la destrucción de la flota aprovecharé para matarlas también».
—Perfecto —aprobó su tío.
Desde donde estaban, se dieron cuenta de que la Academia soportó mucho más de lo que esperaban. Las murallas tenían pocas ranuras y, aunque las torres de vigilancia en las paredes estaban destruidas o echaban humo, las cuatro torres interiores se mantenían en pie. Eso quería decir que los aposentos de los profesores –en la torre noroeste–, la torre del control aéreo de esfinges y soldados –en la sección sureste– y las habitaciones de los magos alados macho y hembra –en las torres noreste y suroeste, respectivamente– estaban intactos. La invasión a pie en realidad no había ganado mucho terreno; pues si bien los vanirianos habían quemado la parte superior de los cuartos de estudiantes, los verdaderos aposentos eran subterráneos. Los alumnos –que eran soldados en entrenamiento o reclutas graduados y atrapados en la Academia– podían soportar bastante tiempo allí.
—¿Listos? —preguntó Dereck, con el corazón palpitándole a toda máquina. En cualquier momento comenzarían. Sus compañeros asintieron, aunque tenían una película de sudor que tenía más que ver con la preocupación que con el calor infernal del desierto.
«Ya hicieron contacto con la sala de control», anunció Sakti. «Es hora de empezar».
Dicho esto, las cortinas de luz y sombra rodearon a los aesirianos.
La agradable seguridad que ofrecía el poder de Sakti en las paredes fue sustituida por el mareo del viaje entre dimensiones. Pero, curiosamente, ninguno de los magos se cayó de espaldas al llegar a su destino. La gracia parecía estar de su lado ese día.
El piso subterráneo de la escuela estaba en silencio. No había profesores ni estudiantes en las aulas y las piedras mágicas que solían iluminar allí estaban apagadas.
—Alain, al despacho del rector —ordenó Remiak.
De inmediato, el joven príncipe salió disparado hacia las escaleras a un lado del vestíbulo. Alain conocía la escuela como la palma de su mano. Él, por ser un príncipe patrullero, pasaba mucho tiempo fuera de las guarderías para revisar la condición del desierto. Uno de sus lugares visitados con frecuencia era la Academia de las Arenas, donde su padre ejercía como rector. Si Jaliar estaba todavía en la fortaleza, sería en su despacho.
Cuando los pasos de Alain se perdieron en las escaleras, Remiak continuó:
—Dereck, a los establos de los chamrosh en la sección este. No te entretengas con los soldados. Si alguno te ayuda, bien, pero empieza a preparar a las aves. Kael, a la torre de control de esfinges. Desde ahí podrás avisar a los demás alados. Ya saben dónde está el pasillo secreto.
Los Guardianes asintieron y se dirigieron a otras escaleras. Subirían solo un piso, después irían a los baños de los hombres y allí accionarían una trampilla que los llevaría a la torre de control aéreo. Cuando llegaran, cada uno se iría por su lado a cumplir con sus tareas.
—Generales —siguió el príncipe, con respeto—, a las mujeres y los reclutas del Ejército de Aesir. Se los encargamos mucho.
Dagda y Airgetlam asintieron. Se separaron de Remiak y se dejaron arrastrar por las luces y sombras. Primero llegarían a los cuartos de la sección Oeste, donde Dagda se quedaría a organizar a las guerreras. Mientras tanto, Airgetlam se dejaría arrastrar por las luces a los aposentos de los reclutas especiales, donde comenzaría a movilizarlos a la espera de la llamada de su hermano. Pero para que la llamada ocurriera, primero tenían que ver la señal.
Y la señal podría estar lista en cinco minutos o en media hora. Había que actuar con rapidez y confianza.
«Y ahora yo», pensó Remiak mientras se dirigía a otras escaleras, «primero a los aposentos de los profesores a probar suerte y después a una de las puertas oeste, a abrir el paso a los de a pie».

****
           
Cuando llegó a la sala de comando de Lemuria-Alfa, la mangodria se encontró con un equipo de técnicos que revisaban varios paneles e instrumentos de medición. Si les costaba comprender los datos en la pantalla de Kiria-Alfa, les costaba el triple comprender lo que sucedía en esa sala de control.
—¿Qué tenemos? —preguntó Lemuria.
—Las tres estructuras están en muy buenas condiciones, aunque los cañones de Kiria-Alfa y Luna-Plateada están destruidos, y el de Colibrí de Arena parcialmente imposibilitado. No obstante, los castillos están sincronizados y en modo automático.
—¿Tripulantes?
—Dos, señora. Un aesiriano y un vaniriano, ambos en la sala de comando. —El vaniriano pulsó varios botones del panel con rapidez, lo que demostraba su experiencia para manejar el equipo—. Podemos establecer comunicación si lo desea, señora. Todo parece estar en orden.
Lemuria se acercó al panel principal, meditó un par de segundos y al fin oprimió el comunicador. En la sala de comando de Kiria-Alfa, su voz llegó como una ansiada brisa.
—Aquí Lemuria Aegis, Generala de la operación en la Academia de las Arenas. Copie, tripulante de Kiria-Alfa.
«Bingo», pensó Sakti al escuchar la voz de Lemuria. No sabía por qué, pero de las tres mangodrias Lemuria le parecía la más experimentada y peligrosa. Sería bueno deshacerse de ella de una vez y por todas.
«Ya hicieron contacto con la sala de control», anunció Sakti a sus amigos en el hangar. «Es hora de empezar». Dicho esto, la energía de los gemelos y los demás desapareció de sus lecturas sincrónicas. Aun con los ojos cerrados, Sakti fulminó a Kel con la mirada. «Haz tu parte bien y Dagda y Airgetlam regresarán sanos y salvos», le ordenó.
El grolien tragó saliva, suspiró, pero al final se acercó al panel y apretó el botón del comunicador.
—A-aquí Kiria-Alfa —dijo con voz temblorosa—. ¡Por favor, sáquenme de aquí!
—¿Quién eres? ¿Un niño? —preguntó Lemuria desde el otro castillo. Kel tembló y un par de lágrimas le mojaron la pelusilla de la cara.
—S-sí, señora. Me llamo Kel. Por favor, ¡sáqueme de aquí! ¡Se lo suplico!
—Kel... Kel, ¿de verdad eres un niño? La misión a Irem no incluía niños. Ni uno solo.
—¡Me colé! —confesó el grolien, llorando como un bebé indefenso—. Mi amigo Mauro estaba en la misión y no quería separarme de él, así que me colé. ¡Perdón, perdón, perdón! ¡Lo lamento mucho! ¡Por favor, sáquenme de aquí!
En Lemuria-Alfa, la mangodria y sus oficiales intercambiaron miradas de confusión. «Kel» y «Mauro» eran nombres vanirianos muy comunes y, además, la voz del niño del comunicador tenía un raspadito inconfundible: tenía que ser un grolien. Los aesirianos no eran capaces de imitar esa característica ni aunque tuvieran faringitis.
—Kel, nuestros datos dicen que solo hay un vaniriano y un aesiriano en Kiria-Alfa. En las otras dos naves no hay nadie. ¿Puedes explicarme dónde están los demás?
Kel se sonó la nariz y contó el relato fantástico que había preparado para ese momento: cuando Mauro lo descubrió en su habitación, no se atrevió a reportarlo por temor a una regañina y un castigo para Kel. El pequeño grolien no estaba muy al tanto de las órdenes de los comandantes de Kiria-Alfa, pero hasta donde sabía la flota perseguía a un grupo de refugiados. No los podían atrapar porque los castillos, a pesar de estar sincronizados, no podían utilizar adecuadamente la energía de un Aesir.
—Mauro me dijo que el príncipe se estaba quemando de a poquitos y que los encargados temían que no llegara a Irem.
Y con eso, la invasión no sería muy exitosa. O al menos eso creían, porque en realidad Irem estaba patas arriba antes de que ellos llegaran. Después relató que, al parecer, dos príncipes de las Arenas recibieron a la caravana y, con eso, los comandantes ordenaron el ataque. El príncipe sincronizado se achicharró, pero lograron atrapar a otros dos.
—Pero nosotros no sabíamos que uno de ellos era la Princesa Carmesí. ¡Y ahí todo empeoró!
La sincronización con Sakti falló, Kiria-Alfa chocó contra los otros castillos y, para rematar, el otro príncipe liberó la arena verde. Fue un caos. Kel describió con lujo de detalles los gritos horribles que venían desde todas las direcciones, la desesperación colectiva de los vanirianos al intentar escapar, la asfixia de sus compañeros cuando lo aplastaban en los pasillos, sin saber muy bien a dónde avanzar. Y luego su héroe: Mauro.
—Me dijo: «¡No hay forma de salir! Tenemos que escondernos».
Mauro lo llevó a la bodega, en donde había varios baúles que guardaban las provisiones; limpió uno de los cofres y echó a Kel en él. Pero para ese entonces, Mauro y su pequeño amigo sabían, por los gritos, que la arena verde estaba a la vuelta de la esquina, poseyendo y quemando todo ser vivo que encontrara al paso.
—Mauro cerró el baúl y lo cubrió con una lona para que la arena no se colara dentro. Escuché sus pasos al salir de la bodega y cerrar la puerta. Y lo último que supe de él fue el grito horrible que escuché unos segundos después. —A Kel se le quebró la voz y lloró sin parar durante dos minutos. Con dificultad tomó aire, se limpió la nariz con el dorso de la mano y continuó con la historia—: Desperté unas horas después, pero ya no había nada. Ni gritos, ni siseo. Abrí el baúl a patadas y salí de la bodega. Recorrí todo el castillo en busca de sobrevivientes, pero estaba completamente desierto. Ni siquiera había cadáveres. Luego vine a la cabina de control y... y... —la voz se le quebró de nuevo—... ¡Y fue entonces cuando la vi!
—¿A quién? —preguntó Lemuria desde el otro lado del comunicador.
—¡A la Princesa Carmesí! Está aquí, a mi lado, dormida en ese hueco raro en el piso. Está rodeada por un montón de hilos de luz. Pero... ¡pero me da mucho miedo! ¡Siento que en cualquier momento se despertará y me lastimará! ¡Por favor, por favor, sáqueme de aquí, señora! Tengo mucho miedo, ¡mucho miedo! Seré bueno, ¡lo juro! Nunca más me colaré donde no me llaman, ¡por favor...!
En Lemuria-Alfa, la mangodria escuchó el llanto del niño grolien. Lo que Kel decía coincidía con lo que Kiria le había contado. Además, era descorazonador escucharlo llorar. El pequeñuelo estaba aterrado y no tenía la culpa de nada. Era un sobreviviente, un milagro. Pero todavía quedaba una duda.
—Kel, ¿cuándo comenzó el castillo a volar hacia la Academia de las Arenas?
—Um, fue culpa mía... —sollozó aterrado el grolien—. Cuando vi a la Princesa Carmesí por primera vez, me asusté mucho y traté de salir corriendo. Pero me tropecé y oprimí uno de los botones de este panel. ¡Y entonces Kiria-Alfa comenzó a volar y yo ni siquiera sabía para dónde! ¡Buáaaaaa!
Kel comenzó a llorar tan fuerte que a todos les quedó claro que no podría decir nada más. Lemuria cerró el comunicador y preguntó:
—¿Qué les parece?
—Los detectores de voz para verificar si dice la verdad no indican nada que pueda ayudarnos. Hay mucha inestabilidad emocional, pero eso queda claro con escucharlo llorar.
—¿Y los datos que reporta la flota sincronizada?
—Todo está en orden. La sincronización está en modo automático, no reporta ningún tipo de voluntad.
Lemuria guardó silencio mientras meditaba en lo que había dicho a Kiria: no podía ser tan confiada, no podía creer nada de los aesirianos. Pero Kel era un niño vaniriano y estaba aterrado. Los datos decían que la sincronización también estaba controlada. ¿Entonces por qué dudar? Eso no parecía una charada.
—Establezcan el enlace entre Kiria-Alfa, Lemuria-Alfa y el resto de la flota.
Los técnicos la miraron con las cejas arqueadas, porque ellos eran tan desconfiados como ella. Lemuria explicó:
—Los bebés son inestables. El último pudo derribar parte de la muralla de la Academia, pero murió de agotamiento mientras lo hacía. No tiene caso que los demás bebés del señor Vanir mueran así si tenemos a una princesa sincronizada con más de veinte castillos, de los cuales diecisiete pueden disparar y tomar pronto el objetivo. —Lemuria abrió de nuevo el comunicador y, con voz cariñosa, dijo—: Muchas gracias, Kel. Nos has traído la victoria. Como premio, yo misma iré a recogerte. Así que sé un buen niño, deja de llorar y espérame, ¿de acuerdo?
Kel se sonó la nariz –los vanirianos en Lemuria-Alfa escucharon una increíble cantidad de mocos– y agradeció entre tartamudeos y gritos de alegría. Lemuria cerró de nuevo la comunicación y se preparó para irse.
—Señora, una arpía puede ir a recoger al niño.
—No, iré yo. Quiero verificar algo.
«Quiero comprobar si la Princesa Carmesí es débil de corazón. Porque si así es... ¡qué tonta he sido! No puedo creer que la haya temido y admirado por partes iguales todo este tiempo».
Lemuria salió de la sala de control mientras los técnicos iniciaban el enlace sincrónico entre Kiria-Alfa y el resto de estructuras.

****

«Excelente», pensó Sakti cuando Lemuria cerró por última vez la comunicación. «Te salió muy bien, niño. Dentro de poco toda la flota será mía. Es bueno que hayas aprovechado ese miedo que me tienes».
—No me hagas reír, Princesa Carmesí —soltó Kel—. Yo ya no te tengo miedo.
En realidad sí la temía, pero menos. No se le olvidaba la cara que Sakti puso cuando vio a Darius herido en el desierto ni la dedicación que tenía hacia los profetas. Le daba escalofríos admitirlo, pero ambos tenían objetivos comunes: que los gemelos, Darius y Connor fueran felices. Jamás se imaginó que él y el monstruo de la Realeza aesiriana amaran a la misma familia adoptiva hasta el punto de hacer locuras por ellos. Sakti con la sincronización y él con la traición descarada al País de Hielo.
—Para que no te quepa duda, fingí todas mis líneas —dijo Kel mientras ponía los puños en las caderas.
«Claro», comentó ella con sarcasmo. «Te crees todo un actorazo, ¿no?».
—¡Es que yo soy un actor! —dijo el grolien mientras tomaba una pose heroica—. De seguro que te creías que los vanirianos metían niños a sus buques de guerra para tenerlos como soldados. ¡Pues no, para nada! Para tu información, soy una de las estrellas del grupo de teatro «El ave de hielo», para el entretenimiento de los soldados. Funciones cinco veces por semana, en horario nocturno, con nuestro repertorio «Doncella de hierro», «El flautista de Helkan» y «Tres ratones en una torta de trigo», además de improvisaciones junto al público. Entrada, dos piezas de cobre.
Apenas confesó su pasado, Kel sintió que la cara se le puso caliente. Como en general los aesirianos eran muy lampiños, cuando se avergonzaban se sonrojaban. Pero Kel, al ser grolien, experimentaba algo diferente: el pelito de la cara, el cuello, los brazos y el pecho se le erizaba como si tuviera frío. En ese momento su pelaje estaba ganando mayor volumen, pues anticipaba la carcajada de Sakti. Pero la muchacha permaneció en silencio por unos segundos, sin que ella o las paredes sincronizadas emitieran reacción alguna. «Ridículo», dijo al fin la princesa. «Pero útil».
Dejó a Kel pasmado por el comentario y se concentró en alguien más: Adad. Su hermano esperaba con la vista fija en la Academia, apenas con una manta cubriéndole el cuerpo. La tela y el cabello largo del príncipe ondeaban por la brisa, mientras él esperaba en silencio el turno para actuar. Sakti acarició con timidez la energía de su hermano, como llamándolo tal y como hizo con Darius hacía unos días, para despertarlo y charlar con él. Pero Adad no prestó atención.
Ya no era cariñoso con ella. Ya no la llamaba por nombres lindos. Ya no la abrazaba como si quisiera partirla por la mitad. La fusión lo había cambiado por completo. Ella comprendía a lo que se refería el muchacho cuando decía que ya no era su hermano. Era cierto, ese de ahí no era Adad. Ni siquiera era una sombra del portador o del Segundo Dragón, sino algo completamente nuevo.
¿Dónde estaba su hermano? ¿No volvería? ¿Acaso había desaparecido para siempre, como si nunca hubiese existido? Su hermano, su hermano, ¡su hermano! Se sentía muy abandonada sin él, pero lo más difícil era ignorar en dónde estaba el Adad que ella conocía. ¿Acaso en una oscuridad completa? ¿O en un sitio muy parecido al Reino de los espíritus, como si estuviera muerto?
—A ti no te pasará —dijo la cosa que estaba ahora en el cuerpo de su hermano, como si le hubiera leído el pensamiento—. El Dragón y el portador no querían que esto pasara. Claramente tampoco querían que algo similar sucediera a sus hermanas. Para que ustedes no se conviertan en otro despojo, yo haré todo lo que esté en mi poder para evitarlo.
«¿Cómo?», preguntó Sakti por medio de la sincronización. Adad –o lo que quedaba de él– arrugó la frente. Los demás no se habían dado cuenta, pero había un eco en la voz mental de la princesa, que combinaba los pensamientos de la portada y el Dragón.
—Nunca más te transformarás en Dragón. Las transformaciones acercaron a tus hermanos a la fusión completa y sus esencias originales desaparecieron. Lo que tomó sus lugares fui yo. Así que para evitarlo, cada vez que sea necesaria la presencia de un Dragón seré yo el que dará la cara. Tú te quedarás atrás, pequeña. Yo te protegeré.
Al menos eso no había cambiado. Adad, donde sea que estuviera o en quien quiera que se convirtiera, siempre cuidaría de su hermana pequeña.

****

En la Academia, el plan marchaba a la perfección.
En los establos de los chamrosh, Dereck y unos cinco reclutas oportunos ensillaban las aves de carga. Había suficientes animales para iniciar la estampida de escape y Dereck deseaba que los soldados que estuvieran en el camino fueran capaces de montar un chamrosh en plena carrera. Más aún, que se les ocurriera hacerlo.
—Ya pasamos la voz sobre la comida —anunció un recluta que entraba—. En el establo de las esfinges se están alistando para recibir víveres y personas, aunque todavía no tienen confirmación de la torre de control.
—No importa, sigan trabajando —ordenó el Guardián. Él haría su parte y dejaría que Kael hiciera la propia—. Y tú —agregó al recluta—, asegúrate de que los hombres en los cuartos este tomen sus lugares. Si quieren salir tendrán que hacerlo a pie y burlando a los grupos enemigos que se colaron por la pared oeste.
—Sí, señor.


En la rectoría, un guardia alado arrastró a Alain del brazo, pellizcándolo tan fuerte que un moretón empezó a formarse en la piel morena del muchacho. El oficial había pillado a su presa en uno de los pisos inferiores mientras intentaba colarse a las oficinas principales. Al muchacho de nada le valió repetir que era el hijo de Jaliar, pues el alado había sido burlado antes por kredoa y ya estaba bastante harto de los trucos vanirianos de invisibilidad y transformación.
Alain traía mala cara, pero se le escapó una sonrisilla cuando vio las pilas de lápices afilados acomodados sobre las repisas y muebles de la oficina de su padre. También le causó risa ver al pobre rector inclinado sobre el escritorio, al lado del sacapuntas para afilar un nuevo lápiz. El truco para relajarse no le había servido, pues tenía ya unas cuantas canas en las barbas y el cabello.
Jaliar fue un buen patrullero de joven, pero detestaba el trabajo. Tenía una obsesión con la limpieza y la perfección, así que para que no se volviera loco –ni enloqueciera a los demás– se le dio un trabajo lejos de la arena y el sudor excesivo del desierto.
Era perfecto como rector de la Academia de las Arenas. Era muy metódico y ordenado con el complejo sistema que regía la fortaleza, y también era un buen maestro que enseñaba grandes tácticas militares de defensa y ataque. A pesar de que necesitara afilar lápices para no tener ataques de ansiedad, el príncipe era bastante competente en lo que hacía.
—¿Alain? —preguntó el rector mientras detenía el sacapuntas. Pero al instante la expresión se le llenó de cuidado; se irguió tan alto como era y sacó el frasco que escondía debajo de la camisa—. Muéstramelo y prueba que eres mi hijo.
En el frasco de Jaliar había un pequeño demonio de arena verde.
Alain se abrió la camisa con el brazo libre y lo imitó. La arena verde de su frasco golpeó el vidrio, como si quisiera romperlo, liberar la arena de Jaliar y luego armar jaleo juntas. «Como si eso fuera a suceder otra vez», pensó el muchacho.
Cuando a Jaliar ya no le cupo duda de la identidad del chico, guardó el frasco y le dio un fuerte abrazo a Alain.
—¿Cómo entraste? —preguntó el rector. Alain sonrió y con rapidez le explicó el plan.


Mientras tanto, en la sección oeste de la fortaleza, Remiak se abría paso entre los escombros de los pisos superiores de los cuartos de las mujeres, a la vez que los aprovechaba para esconderse. Sabía que uno de los gemelos estaba justo por debajo de él, preparando a las guerreras para la evacuación. Todavía no habían dado la señal, pero él tenía que apresurarse porque su tarea era la que aseguraría la salvación de los soldados a pie. Si él no lo hacía bien, los números de sobrevivientes para el acto final de Sakti caerían considerablemente.
—Diablos, Hundrian. Si no estuvieras tan gordo por tener el traserote pegado al trono, te habría obligado a venir conmigo —masculló mientras jadeaba. Su respiración entrecortada casi estaba en armonía con las olas del mar, que se escuchaban desde los muelles deshechos por alguno de los temblores.
Su parte era la que tomaría más tiempo de completar, más que todo por la enorme distancia que debía recorrer desde el edificio principal de la escuela –en medio de la fortaleza– hasta la puerta en la muralla oeste, que sería la salida. El príncipe estaba bañado en sudor por la carrera y el esfuerzo de avanzar sin ser visto por los invasores que estaban por allí.
—Psss, señor —escuchó. Era uno de los profesores que había contactado en la torre noroeste y que se habían ofrecido a ayudarlo—. Todo despejado aquí. No huelo ni groliens ni kredoa.
—Excelente.
Remiak salió de su escondite y corrió disparado hacia la muralla, confiando en pleno en los sentidos agudos del jefe de Maestros de transformación de la fortaleza. Unas doce figuras más lo siguieron, todas tan misteriosas y rápidas que parecían sombras. Las más veloces llegaron antes que él a las escaleras de la muralla que conectaban con los pasillos interiores de la misma. Eran esos pasillos los que tomaban los soldados no voladores que debían hacer guardia en las torres de vigilancia.
Los profesores, todos con sus formas de transformación, se colaron por los pasillos y se aseguraron de que estuvieran despejados para el príncipe. Dentro de las murallas no había habitaciones ni puertas secretas: solo los pasajes internos y las escaleras que llevaban hasta las torres de vigilancia. Remiak sabía que todos esos puestos estaban destrozados, pero a él no le interesaba recuperar ninguna torre. Lo que quería era el dispositivo para abrir la puerta.
Al fin llegó a la parte final de los escalones, justo cuando los profesores volvían a entrar al complejo. No podían durar mucho tiempo en lo alto de la muralla, porque algún vaniriano en los castillos flotantes podía pillarlos.
—Todavía está allí, señor —dijo uno de los profesores mientras pasaba de su forma felina a una más aesiriana—. Es una palanca de tres cerraduras. Lo ayudaremos a abrirla.
—Todavía no —dijo el príncipe mientras detenía al profesor, que ya estaba listo para salir de nuevo—. Tenemos que esperar la señal. Tres de ustedes quédense conmigo y los otros vayan a ayudar en lo que hace falta. Guíen a sus estudiantes no voladores a los establos de esfinges y, si pueden, salven comida de la cocina. Pero no se atrasen mucho. Apenas esto eche a correr, saldrán los que estén listos. A los demás, tendremos que dejarlos atrás.
Los profesores asintieron y una buena parte se marchó a cumplir las órdenes del príncipe.
Remiak se asomó un poco por la trampilla al final de las escaleras, la misma por la que entraba el viento árido del desierto. Vio con atención los castillos flotantes, cada vez más cerca los unos de los otros. Para ese entonces, ya Alain debía de haber encontrado a Jaliar. Dereck ya debía de tener lista a la mitad de los chamrosh; y Kael ya debía de haber llegado a la torre de control y convencido a los administradores que quedaran allí para que lo ayudaran a preparar a los alados.
Todavía atento a la señal, Remiak se concentró en sentir la arena al otro lado de la muralla. Debía prepararla como cortina de escape para los soldados que Dereck y los demás liderarían a pie.

****

—Ni una sola alma —comentó Lemuria mientras veía los pasillos y vestíbulos de Kiria-Alfa.
Todo estaba en silencio, vacío, intacto y limpio. No le gustaba. En todos los castillos flotantes que había abordado en su vida, nunca hizo falta el cuchicheo y las risillas de sus tripulantes. Sin los vanirianos, los edificios eran como cementerios.
—No me gusta esto —comentó uno de los cinco groliens que la escoltaban—. Señora, parece una trampa.
—Hay un niño aquí —le repitió ella—. Un chico vaniriano. ¿Crees que uno de los nuestros podría traicionarnos? Además, las lecturas y Kiria afirman que la princesa está controlada. Las paredes no emiten ni una pizca de voluntad.
Así era. Todo estaba en calma. La sobrecarga de magia, o lo que fuera que registró Kiria-Alfa al sincronizarse con Sakti, ya era problema viejo. Todo estaba en orden.
Escuchó un sollozo que venía desde un poco más al frente. La mangodria y sus guardias apresuraron la marcha, aun cuando los groliens todavía creían que se trataba de una trampa. Cuando doblaron una esquina, vieron a Kel hecho un puño afuera de la sala de control. El niño sollozaba quedito, como si temiera despertar a la Princesa Carmesí que dormía en el centro de la habitación.
Cuando el pequeño grolien escuchó los pasos de Lemuria y los demás, se levantó y corrió hacia el grupo. Kel no pidió permiso ni dio un saludo militar. Cuando alcanzó a sus rescatistas, saltó a la cintura de la mangodria y la abrazó con fuerza.
—¡Vino por mí, señora! ¡Muchas, muchas gracias! —Lemuria sonrió y le acarició la cabeza.
—De nada. Ahora, muéstrame a la princesa.
Al principio Kel no quiso hacerlo, pero obedeció como un chico bueno. Cuando los groliens lo vieron temblar del miedo, dejaron de sospechar de él, pues, después de todo, ¿cómo podía traicionarlos alguien que claramente temía a la Princesa Carmesí?
—Bien, bien, excelente —dijo Lemuria tras revisar los datos en el panel—. Todo está en orden. —Apretó el comunicador con la otra nave Alfa y preguntó cómo iba el proceso de sincronización con las otras estructuras.
—Magnífico —respondió uno de los técnicos en Lemuria-Alfa—. El proceso fue muy rápido, ya estamos conectados a todos los castillos de la flota. Podemos atacar cuando usted lo desee.
—¿Y los bebés?
—Devuelta a las naves incubadoras. Estamos listos.
—Bien. Preparen el ataque.
—Entendido. Cargamos los cañones.
De inmediato, los vanirianos en todos los complejos aéreos escucharon el ronroneo de diecisiete cañones diferentes y comprendieron que el ataque final se avecinaba. Para ninguno era un secreto que debían tomar la fortaleza lo más pronto posible, tanto por el príncipe rector como por los alimentos. Los sismos no habían cesado y en cualquier momento podría atacar un terremoto que terminaría de derribar el complejo, antes de que ellos rescataran los víveres.
—Cañones cargados —dijo asombrado el técnico—. Los diecisiete. No puedo creer que cargara tan rápido, ¡debe de ser una marca! Ahora preparamos a todos nuestros equipos aéreos. Atacaremos las residencias estudiantiles al este, donde no hay vanirianos...
Lemuria guardó silencio. Escuchó la descripción del proceso, pero miró con todavía mayor atención a Sakti. Era la segunda vez que veía a la princesa sincronizada. La primera fue en Lahore; en aquel entonces también pareció dormida, aunque la expresión de su rostro estuvo un poco tensa por ser el primer esfuerzo sincrónico que realizaba en la vida. Pero ahora, en Kiria-Alfa, Sakti estaba tan tranquila que parecía un cuadro. Nada tenía que ver con las horribles historias de terror que se contaban sobre ella.
—Una descarga de fuego... —murmuró la mangodria—. Es tan patético que ni da risa.
—¿Qué? ¿Quieres ir al baño? —escuchó que decía uno de los groliens. Lemuria pescó por el rabillo del ojo que Kel apretaba las piernas y se mecía un poco desesperado.
—Si te sientes muy incómodo aquí, puedes esperarnos afuera —le dijo al niño—. Pero no avances por el pasillo. Terminaré las últimas conexiones y nos iremos a casa.
Kel se alejó de los vanirianos con pasos lentos y tímidos, con una expresión de pesar que ellos confundieron con miedo. Después de cruzar el umbral, permaneció al lado de la puerta.
—Estamos listos, señora. Cuando usted ordene —indicó el técnico en Lemuria-Alfa. La mangodria inhaló fuerte y dijo:
—Ataquen.
Los cañones zumbaron y todo se sacudió. Lemuria escuchó el colapso de varias estructuras, pero sintió la vibración en el aire y en las entrañas. Las explosiones no habían ocurrido en las murallas de la Academia de las Arenas, sino mucho más cerca. Antes de que pudiera preguntar qué pasaba, el técnico de Lemuria-Alfa gritó asustado:
—¡Los cañones...! —Nuevas explosiones, esta vez más fuertes que las anteriores. El golpe fue tan duro que la mangodria perdió el equilibrio y se golpeó la cara contra el panel—. ¡Los cañones no disparan! ¡La energía se atascó y explotó en los pisos inferiores!
—¿De cuál castillo? —logró preguntar ella, a pesar del dolor de un labio roto.
—¡De todos!
Escucharon algo que parecía un gemido, un sonido que los vanirianos conocían muy bien. Cuando la Torre en el País de Hielo se derrumbó, dio un chillido similar, aunque más vibrante por el tamaño del edificio. Aún así, los vanirianos supieron lo que estaba sucediendo.
—¡Los castillos colapsan! ¡Nos caeremos en cuestión de minutos!
—¡Evacúen! —ordenó la mangodria de inmediato, mientras se levantaba y se alistaba para irse. Pero las hojas de la entrada se cerraron antes de que el primero de sus guardias alcanzara la puerta de la sala de control.
—¡No podemos! —escuchó que decía el técnico en la otra estructura—. ¡Señora, las puertas de todos los castillos se cierran! ¡Estamos atrapados!
¿Qué salió mal? Lemuria escuchó más explosiones y, aunque Kiria-Alfa se estremeció, supo que el castillo no caía. ¿Por qué?
«Porque Kiria-Alfa ya no tiene cañón que explote ni dañe el cuarto de máquinas», canturreó una voz en su mente. Lemuria sintió que la piel se le puso de gallina.
Se merecía la bofetada de una mangodria.
Había caído en una trampa.


"Los Hijos de Aesir: Dos Tronos" © 2013-2014. Ángela Arias Molina

1 comentario :

  1. Jajajaj desde que estaba comentando XDDD pero por fin vengo.

    Tu ya sabes que adoro tu novela, y cada dia me dejas con ganas de mas y mas >.< ¡Eres malvada! solo a ti se te ocurre estar actualizando cada 15 dias... en fin.

    Si Kel es un actorazo como dijo Allena, nunca lo pense de el, si se ve tan inocente y traassshh que va y traiciona a Lemuria.

    Por cierto, me da tristeza lo que le paso a Adad, no se como pero te juro que cuando lei esa parte me imagine al principe, con su capa ondeante, con la mirada perdida en el horizonte sobre una de las torres mas altas del castillo. ¡Hasta atractivo se me hizo!

    Nos vemos la siguiente semana y ¡Feliz san valentin!

    ResponderEliminar

Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
¡Sigue el blog!