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Capítulo 2

2
ACTO SEGUNDO: CANCIÓN DE VICTORIA



A Jaliar se le heló la sangre cuando escuchó el ronroneo múltiple de los cañones. Creyó que el fin había llegado cuando vio los puntos de electricidad rojiza que se encendían en las bases de los castillos, a través de las nubes. Pero solo pudo alzar una ceja cuando vio que los cañones explotaron y destruyeron los pisos inferiores de las estructuras vanirianas.
—¡Esa es la primera señal! —gritó Alain mientras salía al balcón de la oficina de su padre—. Ahora me toca a mí.
El príncipe sacó de la túnica una bengala y una caja de cerillas. Con cuidado, colocó la bengala al lado de la baranda y encendió la mecha. El proyectil salió disparado e, instantes después, una serie de chispas verdes se prendieron en el cielo.
En lo alto de Kiria-Alfa, Adad comprendió que Jaliar y Alain estaban juntos. La intervención del príncipe Dragón no sería necesaria de momento.
—Profesores, graduados y estudiantes —dijo entonces una voz en el idioma del desierto—, soy Kael Del Varten, Guardián Celestial del príncipe Adad. Estamos realizando una evacuación de la Academia. Por favor, cada grupo prepárese para salir según se le indique. Si uno solo no sigue las indicaciones, pondrá en peligro la misión.
—¿Kael? —preguntó el guarda que había atrapado a Alain.
El soldado sostenía una roca brillante en la mano, que había sacado de una cartuchera sujeta a las tiras de cuero que le cubrían el pecho, y que además guardaban varias dagas. La roca reprodujo la voz de Kael, quien siguió:
—Reclutas de nivel 1 y 2, por favor vayan a la Plaza A, al noreste de la rectoría, dentro de la escuela. Reclutas de nivel 3 y 4, ayuden a preparar los chamrosh en el establo en el sureste. Allí Dereck Sunkel les dará nuevas instrucciones...
Jaliar y el soldado no podían creerlo. La evacuación ya estaba sucediendo.
—¡Vámonos! —pidió Alain mientras jalaba a su padre—. Tenemos que ir a una de las puertas oeste. Tío Remiak espera.
Al principio los soldados alados no pudieron salir de su asombro –¡estaban recibiendo instrucciones del Guardián mutilado!–, pero, ante la urgencia de Alain, apretaron la marcha y acompañaron a los príncipes a los pisos inferiores. Mientras tanto, Kael seguía dando instrucciones y su voz la escuchaban en las cuatro torres principales de la Academia, además de los soldados que tuvieran las piedras mágicas que recibían las instrucciones desde la torre de control aéreo.
—... Reclutas de nivel 5 y 6, ayuden a recoger víveres del comedor y llévenlos a los establos de las esfinges. Voladores de las torres noreste y suroeste, no se muevan. Repito, no se muevan. Los vanirianos todavía no deben ver movimiento aéreo de ningún tipo. Graduados y profesores a pie, prepárense: ustedes deben proteger a los reclutas de nivel 3 y 4 mientras evacúan. Esperen nuevas órdenes.


—Señora, señora, ¿qué ocurre allí? ¡Señora!
El comunicador estaba abierto. En Lemuria-Alfa, los técnicos escucharon los gemidos de los groliens y los de Lemuria, pero no podían imaginar lo que ocurría. Cuando Lemuria gritó como si le trituraran los huesos, supieron que tenían que actuar.
—Atención a todas las unidades aéreas libres —dijo el técnico a través de los parlantes de todos los castillos—. La señora Aegis está en peligro en Kiria-Alfa. ¡Que alguien vaya a socorrerla!
—El que venga —dijo Sakti a través del comunicador— sepa que pone en peligro a su preciada reina abeja.
La chica mantuvo pulsado el botón del panel con el dedo, aunque todavía los cables de sincronización estaban pegados a ella. Miró a Lemuria y a los groliens, los seis retenidos por los mismos cables, que se habían fundido para arrinconarlos contra la pared en posiciones incómodas y casi imposibles. Los seis estaban cabeza abajo, con las manos y las piernas tan bien atadas que hasta les dolía la circulación de la sangre. Sakti continuó:
—Soy la princesa aesiriana y tengo en mi poder a Aegis. Si no quieren que la lastime, harán exactamente lo que yo diga. —La muchacha hizo una pausa para dejar que los vanirianos sopesaran sus palabras—. Retiren las tropas a pie de la Academia e ingresen a los castillos flotantes por los hangares. Podemos hacer esto rápido y fácil, o por la manera lenta y dolorosa. Ustedes deciden.
Sakti había hecho un primer monitoreo para saber contra cuántos vanirianos estaba lidiando, aunque después había bloqueado los datos para concentrarse en los cañones autodestructivos. En ese momento dejó que la información fluyera de nuevo, para mantener un mejor control de los enemigos. En dos castillos –Primavera y Promesa– estaban las horrorosas crías de Vanir. Otros dos castillos –Murciélago y Libélula– tenían solo arpías y aves deformes, mientras que el resto de la flota tenía una tripulación más variada.
Mientras la princesa analizaba la información, el segundo a mando de Lemuria se retiró del panel en su respectiva nave.
—Haremos lo que quieras, Princesa Carmesí —dijo el hombre—, pero deja ir a nuestra mangodria sin daño alguno.
—Lo pensaré. Pero primero muévanse. Quiero ver que las cifras de vanirianos en todos los castillos aumenten ahora, o si no...
Dejó la amenaza en el aire, pero de inmediato sintió y escuchó los silbidos ululantes de los pequeños cañones de algunos castillos, que habían disparado. Esos cañones no eran como los que estaban en la base de las estructuras, sino que se asemejaban más a las armas de los buques de guerra: eran largos cilindros de metal que lanzaban tanto proyectiles como energía. En ese momento, los proyectiles dispararon contra la Academia.
«Ah», dijo Sakti por medio de la sincronización. «Por el camino difícil, entonces. Perfecto».
En Lemuria-Alfa, los técnicos revisaron con horror los paneles. ¿Quién activó los cañones? ¿Quién puso en peligro la vida de Lemuria?
—Comandante —dijo una vocecita a través del comunicador—. Yo me haré cargo a partir de aquí. —Era Kiria, en la sala de control de otro castillo.
—Pero señora, su hermana...
—La sincronización de la Princesa Carmesí permite el ataque continuo de los cañones pequeños —explicó Kiria, con el botón de los cañones oprimido—. Si ella pudiera controlar esos cañones, también los habría hecho explotar. Si quiere que dejemos de atacar la Academia, tendrá que cortar la sincronización. Cuando lo haga, acabaremos con ella.
En Kiria-Alfa, Sakti apretó los dientes al oír la voz de la mangodria que la había derrotado con tanta facilidad en el último encuentro. Lo que más la irritó fue que Kiria tenía razón. Sakti podía sentir los cañones, pero no controlarlos. Los núcleos de esas armas habían sido tan modificados que, de momento, tenía problemas para acceder a ellos. No los podía detener. Pero, para un caso así, el plan de evacuación incluía una señal portentosa que animaría a los aesirianos y aterraría a los vanirianos.
Adad no esperó la orden de Sakti.
Al ver los destellos que impactaban contra la Academia, se despojó de la manta e invocó la transformación. En cuestión de segundos, el rugido del Segundo Dragón paralizó a los vanirianos y su figura negra bloqueó el sol para muchos de ellos.


—¡Ahora! —indicó Kael—. ¡Esa es nuestra última señal! Todos fuera, ¡ahora!
Al principio ni los chamrosh, las esfinges ni los alados de las torres pudieron reaccionar. Los aesirianos miraron embelesados al Dragón Negro que surgía de lo alto de Kiria-Alfa, para luego tirarse a uno de los castillos que estaban lanzando los proyectiles. Pero uno de los ataques alcanzó el extremo este de la enfermería, que quedaba justo al lado de los aposentos de los voladores macho. Eso los hizo reaccionar.
Primero salieron los alados del noreste. Aunque volaron por encima de la Plaza A donde estaban los reclutas de más bajo nivel, no los recogieron. Las indicaciones de Kael consistían en volar en formación hacia los establos de las esfinges, donde los leones alados se les unirían y fortalecerían el grupo. Las alas negras de los aesirianos se combinaron con las blancas de las esfinges, y llenaron el cielo de la Academia de puntos erráticos que esquivaban los proyectiles de los castillos vanirianos.
—¡Chamrosh, ahora!
El establo de las aves estaba cerca del de las esfinges. Dereck no escuchó la instrucción de Kael, pero habían repasado mucho el plan como para saber que su señal era el vuelo conjunto de aesirianos y bestias aladas. Los chamrosh pasaron al lado de la torre de control y siguieron a pie la ruta aérea de los evacuantes. Algunos de los soldados que lograron salir de los cuartos este montaban las criaturas, pero la mayoría de las aves iba sin jinete.
—¡Señor! —dijo uno de los reclutas que lo habían ayudado a preparar a los chamrosh—. ¿Qué hay de los alumnos de la Plaza A? ¿Y los demás?
—¡Tú sigue! —gruñó Dereck.
El recluta miró por encima del hombro, como si quisiera ver la lejana Plaza A que dejaba cada vez más atrás. Estuvo tentado en desobedecer las órdenes de Dereck y atrapar los chamrosh que pudiera, con tal de regresar y salvar a unos cuantos aesirianos. Pero, apenas la idea le cruzó la mente, vio que por encima de los muros bajos de la escuela –adentro estaba la Plaza A–, se alzaba una mezcla de luces y sombras.
—¡Oh! —exclamó. Intentó llamar la atención de Dereck, pero el Guardián no miró hacia atrás.
—Tú preocúpate por salir de aquí —le dijo—. Los gemelos se ocuparán del resto.


—¡Oh! —exclamaron los reclutas de nivel 1 y 2 al ver las luces y sombras que se alzaban alrededor de ellos.
El asombro aumentó cuando, además, aparecieron las mujeres de los cuartos oeste y los reclutas uniformados que pertenecían al legendario Ejército de Aesir.
—¡Agrúpense y dense las manos! —escucharon.
Los aesirianos que habían aparecido por arte de magia en la Plaza A estaban pálidos y parecía que en cualquier momento vomitarían, pero aún así estaban en parejas o grupos de amigos, tomados de la mano y hasta abrazados. Los reclutas que todavía no habían viajado entre dimensiones no sabían muy bien qué hacer, aunque algunos buscaron amigos para seguir las instrucciones.
—¡Háganlo ahora! —gritaron dos voces—. ¡Agrúpense! ¡Nos vamos ya!
Las cortinas se cerraron y la presión del viaje tomó por sorpresa a los novatos. Pero todos, sin excepción, sintieron y vieron el vórtice en el que giraba y emanaba la energía que permitía la teletransportación. En el centro había un par de muchachos idénticos, que se miraban fieramente tomados de las manos, casi como si estuvieran peleando. Dagda y Airgetlam se apretaban los dedos con tanta fuerza que sentían que se los iban a zafar. «El siguiente punto, el siguiente punto», pensaron. «Los próximos soldados, los próximos soldados».
Sus compañeros de viaje sintieron que las entrañas se les revolvían y que en cualquier momento vomitarían, pero eso no impidió que siguieran las instrucciones de los chicos y se tomaran de las manos. Tras verles las armaduras doradas de pecho y hombro derecho, supieron muy bien que les debían obediencia y confianza. Después de todo, una de las principales lecciones de la Academia era confiar siempre en los superiores.
Principalmente en los Generales.

****

El castillo Arquero se desquebrajaba. Kiria apretó los puños en el reposabrazos de la silla y rechinó los dientes, furiosa, incapaz de siquiera ordenar la evacuación de la estructura que estaba bajo el ataque de Adad. El Dragón Negro se anillaba en el castillo; las garras y las escamas arañaban el mármol exterior, lo desquebrajaban y lo aplastaban. Los cañones que atacaban la Academia terminaban bloqueados o destruidos por los trozos de mármol que el príncipe zafaba con el ataque.
Kiria sabía que Adad no se conformaría con eso. No era la primera vez que el príncipe atacaba un castillo flotante. Siempre empezaba por anillarse alrededor de la estructura. Apenas encontrara un orificio lo bastante grande, entraba al edificio para quemar, aplastar y morder todo lo que encontrara a su paso. Lo hacía con tanta rapidez que los vanirianos le habían dado el apodo de «Rayo Negro». Para cuando los gritos vanirianos comenzaban, ya Adad había hecho gran parte del daño.
«La Princesa Carmesí y el Rayo Negro», pensó frustrada. «¿Qué hacen los dos Dragones juntos?». Al principio pensó que era venganza. Claro, venganza por lo que ocurrió en Irem. Pero luego lo meditó mejor. Si las cosas estaban tan mal en la capital de las Arenas, era lógico que los principales príncipes se concentraran en ayudar la ciudad. Adad y Sakti podían ser muy orgullosos, pero de seguro sabían que lo más importante en esa época de crisis era mantener en alto la moral aesiriana. Entonces, ¿qué estaban haciendo allí? Debían de tener motivos mayores.
—Señora, algo sucede en la Academia —le informó uno de los técnicos de su sala.
El vaniriano tecleó sobre el panel de control y en la pantalla se desplegó una imagen panorámica de la Academia. Anonadados, vieron la sincronización de movimientos de los magos voladores y las esfinges, que burlaban los proyectiles de Arquero y los demás castillos atacantes. Asimismo, veían la nubecilla de polvo que levantaban los chamrosh al seguir la ruta de escape de los alados, solo que en tierra. ¿Era una respuesta de protocolo al ataque? Pero si así era, ¿por qué esperaron tanto los aesirianos para movilizarse? ¿Por qué no actuaron en cuanto llegó el primer castillo vaniriano? Los alados pudieron haber intentando escapar antes, aunque sabían que se atenían a los ataques de las arpías y a las descargas de los castillos. ¿Así que por qué ahora? ¿Es que estaban aprovechando el extraño comportamiento de las estructuras vanirianas? ¿Qué ocurría?
Fue entonces cuando Kiria vio las cortinas de luces y sombras. La primera ocurrió en la Plaza A. Primero se formó un enorme círculo en el suelo y de allí surgieron las cortinas, que se elevaron hasta formar una media esfera. Después, la luz y la sombra se desvanecieron y aparecieron en otro punto de la fortaleza.
—¡Amplíen la imagen! ¡Allí! —ordenó la mangodria.
Con rapidez, el técnico enfocó solamente el lugar en donde surgía la nueva media esfera. Los vanirianos guardaron silencio mientras veían al grupo de guerreros aesirianos que estaba en el centro del círculo. Luego las cortinas se cerraron y desaparecieron, sin dejar rastro de los soldados.
—Maldita sea, ¡teletransportación! —dijo uno de los técnicos—. Tienen gemelos.
—¿El Tercer y el Cuarto General son gemelos, no? —preguntó otro, con la ceja arqueada.
Todos sabían sumar dos más dos. Sabían que la Princesa Carmesí era amiga de los profetas Tonare, y que Dagda y Airgetlam fueron nombrados Generales. Si la princesa escapó de Masca y llegó al Reino de las Arenas a aterrorizar a los vanirianos, ¿por qué no la habrían seguido los jóvenes Generales?
—Es una evacuación —comprendió Kiria.
—¿Pero qué otro lugar tienen a dónde ir? En la Academia tienen agua, comida, refugio. ¿Por qué querrían evacuar la fortaleza en lugar de luchar por ella?
Una excelente pregunta. ¿Por qué abandonarían la Academia y dejarían todos sus lujos a los vanirianos? Los Dragones no tenían ni un pelo de tontos. ¿Por qué desplegarían una misión así con tanto en juego?
Kiria supo que debía detener a los aesirianos y entrevistar a los líderes ejecutantes. Si Sakti y Adad estaban en los castillos, claramente distrayendo a los vanirianos, de seguro tenían involucrados en la Academia. Los vanirianos tenían que averiguar a dónde iban. Si los aesirianos tenían un refugio mejor que la Academia, los vanirianos debían arrebatárselo.
—Arquero ya no tiene cañones —anunció otro técnico—. El Rayo Negro está atacando ahora a Flecha y a Arco, ¡a la vez! A este paso no lograremos derribar a muchos alados. ¡Se escaparán!
—Pero los soldados a pie no podrán huir —apuntó otro—. Todas las puertas de la Academia están cerradas.
«Pero no por mucho tiempo», pensó la mangodria. O las esferas de teletransportación atraparían en plena carrera a los chamrosh y a los soldados –lo cual dudaba, porque eso requería de mucha precisión– o las puertas adecuadas se abrirían pronto. Los Dragones no dejarían al azar algo tan importante. Kiria siguió la ruta de la fuerza aérea y, por la dirección que tomaba –rumbo a la torre suroeste, probablemente para que las aesirianas aladas se unieran a la formación sin peligro–, dedujo qué puerta de la muralla cruzarían los chamrosh. Se levantó de la silla de comando y gritó por el comunicador:
—¡Cañones! Apunten a la puerta suroeste número dos, ¡conviértanla en escombros incandescentes! ¡Por allí pretenden escapar!
—¡No podemos! —respondió alguno de los técnicos en las otras naves—. El Dragón está destruyendo los cañones pequeños. ¡Arquero, Flecha y Arco ya no tienen ni uno! ¡Cupido y Flechador también se están quedando sin armas!
—Además —dijo otro— ni los cañones principales pudieron derribar las murallas de la Fortaleza. ¡Con las armas actuales es imposible hacerles daño! —Kiria apretó los dientes.
—Las arpías y aves que no están encerrados, o que puedan salir de los castillos, que vuelen hacia esa puerta. ¡Los vanirianos a pie en la fortaleza también deben desplazarse hacia allá! ¡Derriben a los voladores y no dejen escapar a los chamrosh! ¡Ni uno solo puede huir!
Sakti había atrapado a muchos vanirianos en los castillos flotantes, en donde los mantenía controlados con la sincronización y los mataba con la fuerza destructora del Segundo Dragón. Pero ni ella ni Adad podían detener a los vanirianos aéreos que ya estaban afuera o a los groliens y ordinarios a pie que estaban en la Academia.
Las arpías eran mucho más fuertes que los aesirianos voladores, pues una sola podía derribar a dos o tres aesirianos antes de que la mataran. Y si bien los arpías machos eran retardados, sus garras podían matar de un solo golpe a tres o cuatro enemigos. Acabarían con muchos. Si aún así las esfinges y algún puñado de voladores lograban escapar, los vanirianos los perseguirían. Si quería escapar, Sakti no podía mantener la sincronización para siempre. En cuanto liberara los castillos, Kiria se las arreglaría para perseguir a los fugitivos y acabar con ellos.
—Señora —anunció el segundo a mando de Lemuria. Se escuchaba harto y derrotado—. Hay movimiento en la puerta suroeste número dos.
—¿Ya llegaron los chamrosh? —Kiria sabía que las aves de carga eran rápidas, pero no tanto. Todavía no podían estar allí.
—No. Es... la arena.


—¡Aaaaah! —gritó Remiak, con los brazos extendidos en cruz.
Su señal también fue la aparición del Dragón. Cuando Adad se lanzó al primer castillo, el príncipe y los profesores salieron a lo alto de la muralla a preparar la salida de los chamrosh y guerreros a pie. Los tres profesores estaban reunidos alrededor de la cerradura de la llave, que era en realidad una especie de rueda que debían girar entre tres aesirianos hasta que se escuchara un «clac» metálico. Después, los tres debían apretar la rueda –que entonces sería como una especie de botón– y dejar que les absorbiera parte de la magia. Así se abriría la puerta suroeste número dos de la Academia.
Remiak sintió los latidos de su corazón sincronizados con cada grano de arena amarilla a las afueras de la fortaleza, pero las venas en todo el cuerpo se le ensanchaban por el esfuerzo. «¡Malditos Jaliar y Alain!», pensó. «¡Tenían que estar aquí hace rato, ayudándome con esto!». Si bien él tenía que preparar la puerta para la huida de los de a pie, la cortina de arena que estaba levantando era un esfuerzo de tres príncipes para cubrir a los aesirianos en caso de que los vanirianos intentaran atacar.
Los escuchó. Antes de que los profesores le llamaran la atención, Remiak escuchó los cascos de los groliens y las risas de las arpías mientras se acercaban. Por un momento pensó en utilizar la arena para cubrirse o para atacar a los enemigos antes de que lo atacaran a él, pero eso sería ser hipócrita. ¿No dijo acaso a los demás que «estaba prohibido improvisar»? Tenía que tener la cortina lista, por lo menos hasta que llegaran su hermano y sobrino.
Escuchó con claridad la tensión del arco y luego el vuelo de la flecha, pero no se atrevió a esquivar el ataque. Si lo hacía, la enorme cortina de arena que había invocado con tanto esfuerzo se caería por un patético acceso de miedo. La punta se le clavó en la espalda y atravesó buena parte del omoplato derecho. Aún así, no dio ni un paso ni dejó que las rodillas le temblaran. La misión de rescate era muy arriesgada. Se sabía que, mínimo, unos treinta mil aesirianos jamás saldrían de la Academia. Él ya estaba resignado a formar parte de esos números.
—¡Abran las puertas! —ordenó—. ¡Ahora, antes de que los derriben a ustedes!
Los profesores obedecieron. La realidad era horrible, pero no se habían pasado la vida enseñándoles a sus alumnos la importancia del valor y la entereza en toda misión militar para luego salir espantados del campo de guerra. Los tres giraron la rueda, escucharon el tan ansiado «clac» y apretaron. La puerta comenzó a abrirse.
La siguiente flecha silbó en el aire. Remiak y los profesores apretaron los ojos, sin saber quién sería el próximo en ser atacado. Pero luego escucharon otro «clac» y un aleteo característico entre los profesores y los atacantes vanirianos. Todo habitante de las Arenas podía distinguir con claridad entre el aleteo de un mago volador y el de una arpía. El primero era familiar y confortable; el segundo les parecía repulsivo.
—¡Del Varten! —gritó con júbilo uno de los profesores cuando reconoció el uniforme del escudero de Jaliar.
El alado había bloqueado la flecha con la espada. Hizo una señal y, de inmediato, cuatro figuras más aparecieron. Los otros guardias de la rectoría volaron a ras del suelo, con las espadas desenfundadas. Obligaron a los groliens y ordinarios a agruparse; cuando los tuvieron como a un rebaño, les cortaron las piernas con las armas. Después, dos nuevas figuras aladas aparecieron entre los escombros y se situaron al lado de Remiak. Estos dos magos voladores cargaban en brazos a Jaliar y a Alain, que se aferraron a Remiak.
—Hermano, tu espalda...
—¡Tío, estás...!
—¡Cállense, impuntuales! —rezongó Remiak—. ¡Si tanto se preocupan por mí, lleguen a tiempo por una vez en sus vidas a ayudarme!
De nada servía decirle que él siempre fue mejor corredor que ellos. Jaliar y Alain intentaron apegarse al plan y correr desde la rectoría hasta la puerta suroeste, pero a medio camino estuvieron muertos de agotamiento. Así que tuvieron que recurrir a los guardias alados que les acompañaban, aunque insistieron en que volaran a ras para no levantar más sospechas vanirianas.
Lo importante es que ya habían llegado. Cada uno se acomodó a un lado de Remiak, extendieron los brazos como él y se concentraron en la arena. Tenían que moldearla y prepararla: los granos tenían que ser suaves y delicados como cortinas de agua para los aesirianos, pero fieros y punzantes como navajas para los vanirianos.
Ellos serían los últimos en salir. Serían la retaguardia para los sobrevivientes del desierto.


Las pantallas de todas las salas de comando de la flota vaniriana mostraron la temible cortina de arena y el destino de una arpía temeraria que intentó colarse en ella: los granos la rebanaron sin piedad. Antes de que Kiria lo ordenara, los groliens en la fortaleza intentaron derribar a los príncipes en la muralla, pero los aesirianos contaban con el apoyo de varios alados y otros tres magos que se transformaron para defender con fiereza.
El Segundo Dragón seguía haciendo estragos a las afueras de los castillos, estropeándolos aún más, y Sakti se había divertido mucho en los últimos minutos, abriendo y cerrando compuertas. No fueron pocos los vanirianos ingenuos que intentaron cruzar una puerta abierta, creyendo que la sincronización había fallado, solo para terminar partidos por la mitad cuando Sakti la cerraba de nuevo.
A ese paso, ¿qué podían hacer los vanirianos? A la formación aérea aesiriana ya se habían unido las hembras. Varios soldados aesirianos que estaban en la ruta de los chamrosh los habían montado en plena carrera hacia la puerta de los príncipes. Las esferas de luces y sombras se reproducían cada vez con mayor rapidez en diferentes puntos de la Academia, recogiendo a los grupos de soldados que no estaban en la ruta de los chamrosh. Y la cortina de arena era la protección perfecta para los magos que escapaban de la fortaleza. En resumen, los vanirianos estaban atados de manos.
—Alto al fuego —dijo al fin Kiria—. Déjenlos escapar.
—Pero...
—Se retiran de la fortaleza que queríamos conquistar y no tenemos modo de seguirlos. Lo mejor es detenernos ahora que podemos. —Kiria se dejó caer a la silla de comando, frustrada—. ¿Escuchaste eso, Princesa Carmesí? ¡Dejaré que saques a tus mugrientos soldados! ¡Así que libera a mi hermana!
La mangodria sabía muy bien que Sakti la escuchaba por medio de la sincronización. Podía sentir a la princesa alrededor, en toda la estructura. Sakti siempre estuvo al tanto de los movimientos vanirianos, sabía cómo estaban utilizando los paneles. Si no les dificultó ver lo que ocurría en la Academia, era porque no le hacía falta, pues desde el principio supo que los vanirianos no podrían hacer nada.
«Acepto tus términos», comunicó la princesa. «No le he hecho daño ni a Aegis ni a su escolta. Están atados, pero en excelentes condiciones en la sala de control de Kiria-Alfa. Pero no puedo liberarlos. En cuanto lo haga, me atacarán. Así que haremos un nuevo trato. Tú vendrás a la nave», cuando dijo eso, la puerta de la sala de control en la que estaba Kiria se abrió, «y liberarás a tu hermana. Te prometo que ya no estaré aquí para cuando vengas».
—Demuéstrame que tu palabra se mantendrá.
«¿Me pides muestras de mi honra? ¿Tú, que iniciaste el ataque con los cañones pequeños? ¿Qué otra prueba quieres además de esta?». Lemuria gritó entonces:
—¡Maldita princesa! ¡Suéltame, perra, zorra, asesina, hija de---!
«Como puedes escuchar, está sana y salva», comentó la princesa. «Si no la amordazara, ni yo podría escuchar mis pensamientos». Kiria sabía que Lemuria no gritaría todas esas groserías si estuviera gravemente herida. De hecho, las gritaba porque no lo estaba, porque lo único herido era su ego por caer en la trampa de Sakti. «Si aún necesitas pruebas, entonces te daré otra».
En todas las pantallas de la flota apareció la muestra de un radar. Adad –representado como una enorme serpiente alada– estaba sobre uno de los castillos. Pero de repente el Dragón se retiró y voló hacia la Academia, en donde se anilló en la punta de la rectoría, el edificio más alto de la fortaleza.
«Mi hermano se quedará allá a garantizar mi salida, sin atacar la flota vaniriana. Intenta algo sospechoso y no tendrás que preocuparte por mí, sino por él». Dicho esto, Sakti cortó la comunicación.

****

«Excelente», pensó la princesa. «Todo va saliendo de acuerdo al plan». Miró a los vanirianos que estaban pegados a la pared, bocabajo y atrapados en los cables de sincronización. La cara de Lemuria era una mezcla de azul y rojo, tanto por la falta de aire como por la sangre en la cabeza. Sakti les dio la vuelta a sus prisioneros y les quitó las fuertes mordazas de cables para que respiraran de nuevo.
—¿Qué pretendes? —preguntó la mangodria después de un buen jadeo.
«Oh, ¿te has cansado de los insultos?», preguntó distraídamente la aesiriana, mientras tocaba los botones del panel y revisaba la información de la pantalla con tanta rapidez como el más experto de los técnicos. Primavera y Promesa –las naves que tenían a los bebés de Vanir– estaban en excelentes condiciones, con excepción de los cañones destruidos. Pero ella tenía planes catastróficos para los castillos incubadoras.
Quizá porque estaban sucediendo muchas cosas a la vez, los vanirianos todavía no se habían dando cuenta de que la altura de esas dos naves había disminuido considerablemente, hasta colocarse por debajo de Kiria-Alfa, Luna-Plateada y Colibrí de Arena. Cuando todo hiciera ¡BUM!, los bebés de Vanir morirían aplastados y quemados. Qué conmovedor.
—Te he preguntado qué quieres —repitió la mangodria.
«Tonta», reprochó Sakti. «Solo un tarado egocéntrico revela su plan al enemigo. Por favor, no me confundas con los villanos de las novelas, que siempre se echan un monólogo donde revelan el misterio al protagonista porque creen que ya lo tienen en sus garras. Al final, el protagonista se salva y le echa a perder la historia a su enemigo». Luego guardó silencio, como si se diera cuenta de que acababa de decir una estupidez. «Ah, tengo que dejar de juntarme con Darius. Él y sus fanatismos literarios me van a echar a perder el cerebro». Sakti continuó trabajando en la información del panel, sin ganas de prestar más atención a Lemuria.
—Qué buena analogía —soltó la mangodria—. Porque tú eres la villana y yo la protagonista que te va a patear el trasero en cuanto me libere.
«Buena suerte con eso». Al fin, Sakti se apartó del panel y se acercó al hueco de sincronización. De allí surgieron más cables que, al llegar a la mano extendida de la princesa, cayeron uno a uno hasta dejar descubierta una pequeña roca roja. Era el núcleo central de la estructura. Con la mano libre, Sakti movió más cables e hizo que las puntas se clavaran en la piedra, tal y como se clavaron antes en la piel de la princesa. En total, eran veinte hilos luminosos distintos, la misma cantidad de castillos flotantes. Lemuria arqueó una ceja e intentó descifrar lo que pensaba la Princesa Carmesí, así que probó suerte de nuevo.
—Y hablando del profeta, ¿cómo está? Bien, espero. Nada de ataques repentinos a su persona, supongo.
«Ya sé que tú le diste la daga maldita a Drake», le comunicó la princesa, tras adivinar que Lemuria quería desestabilizarla al recordarle la situación actual de Darius. «Él me lo dijo. Por cierto, ¿sabías que yo soy “Clarisa”?». La cara de Lemuria se descompuso más. Recordaba que el sicario peli-rosado le dijo que su novia era una tal caza-recompensas que respondía a ese nombre. Sakti estuvo tan cerca de ella, ¡tan cerca! No podía creer que se le escapó cuando tuvo la ventaja de un pueblo entero de vanirianos para derrotarla.
«Tengo que admitir que Darius podría estar mejor, pero, gracias a tu oportuna intervención, las cosas están saliendo bien», dijo la voz mental de Sakti. «Darius se recuperará y su historia tendrá un final feliz. Él es como el protagonista, el que sobrevive después del camino arduo e injusto». Sakti calló de nuevo, aunque esta vez se golpeó la frente con la palma de la mano. «De verdad tengo que dejar de juntarme tanto con él».
La princesa abrió la boca y Lemuria pensó que bostezaría. ¡Era lo mínimo que podía hacer tras sincronizarse con veinte castillos y no terminar achicharrada! Pero Sakti no bostezó, sino que dejó escapar un rugido grave que resonó en el castillo con un eco armonioso. Como una canción. A pesar de que la compuerta de la sala estaba cerrada, Lemuria supo que el extraño rugido de la princesa se había escuchado en todas las estructuras. Quizá incluso en la Academia.
Lo que no sabía es que esa era otra señal para Adad. El príncipe, bien acomodado en la fortaleza, se mantuvo inmóvil en apariencia. Pero las nubes que generaban los castillos flotantes se hicieron más densas y, poco a poco, mientras los últimos magos alados y esfinges huían de la Academia, comenzaron a cubrir la fortaleza.
«Fue un placer verte, Lemuria», dijo Sakti tras callar su canción, «al menos en estas condiciones. Espero que tu hermana te halle, de verdad que sí. Ojalá que no tenga ningún contratiempo».
La compuerta de la sala se abrió. Kel ya no estaba afuera, aunque ni los vanirianos ni la princesa se sorprendieron. Los primeros pensaron que el chiquillo había escapado horrorizado, pero Sakti sabía que el grolien la esperaba escondido en el hangar correcto, llorando y preguntándose qué haría ahora. ¿Se iría con Sakti? ¿O se quedaría a pagar por la traición que hizo a su patria? Por ella, Kel podía hacer lo que le diera la gana.
«Por los viejos tiempos, Lemuria», le dijo la princesa sincronizada mientras apretaba la roca roja hasta desmenuzarla en veinte piezas distintas, todas conectadas a uno de los hilos. Cuando lo hizo, los cables que la rodeaban la soltaron, se apagaron y se desintegraron un poco. Los que sostenían a los vanirianos también perdieron fuerza, aunque todavía era muy pronto para liberarse de ellos.
—Sincronización en modo automático —dijo Sakti. Después se llevó una mano a la frente y se despidió con una mímica de saludo militar—. Espero de todo corazón que esta sea la última vez que nos veamos. Hasta nunca.
Luego dio media vuelta y se marchó. La misión de rescate estaba a punto de terminar.


—Señora, algo ocurre —escuchó Kiria mientras avanzaba por el pasillo.
—¿Ahora qué? —preguntó, aunque supo que no la escucharían en la sala. A pesar de que los parlantes reproducían la voz del técnico, no tenían forma de transmitir de vuelta a cabina.
—Las nubes están muy densas y... ¡MIERDA!
Kiria también lo escuchó. Fue un retumbo horrible y se oyó igual a los glaciares durante la época de verano en el País de Hielo, cuando unos pocos icebergs se derretían y caían al mar. La mangodria se olvidó de Lemuria por un momento, dio media vuelta y corrió a la sala de control. Mientras avanzaba escuchó otros relámpagos, aunque no sintió ningún golpe a la nave.
—¿Qué sucede? —preguntó al llegar a la sala.
Al instante siguiente alzó una ceja. La pantalla todavía mostraba una panorámica de la Academia, aunque le entraba estática. El Segundo Dragón permanecía en lo alto de la rectoría, pero había muchas nubes alrededor y de todas surgían rayos que impactaban contra la fortaleza. Las torres principales, el castillo al fondo, frente los muelles, las murallas, todo. Los rayos estaban destruyendo la Academia de las Arenas con una facilidad increíble. ¿Era otra distracción? ¿Qué...?
Kiria entrecerró los ojos en la imagen de la puerta de escape. Al fin vio las sombras y las luces allí, las cortinas se cerraron en una esfera y, tras esfumarse, se llevaron consigo a los príncipes, los profesores y la guardia alada. La cortina de arena todavía se mantenía en pie, aunque más por inercia que por otra cosa. Y era tan densa que ni la pantalla ni los radares podían seguir la ruta de escape de los aesirianos a través del desierto.
—Diablos, ¡la está destruyendo! —comprendió la mangodria—. No podían luchar por ella ni entregárnosla. Egoístas, creen que si la Academia no es de ellos no será de nadie. ¡Ataquen al Dragón!
—Pero señora, ¡su hermana...!
—Si no atacamos al Dragón entonces...
—¡Suficiente! —cortó alguien. Era el segundo de Lemuria, todavía atrapado en su respectiva nave—. Por favor disculpe mi atrevimiento, señora, pero usted todavía no sabe liderar una invasión. Ya nos lo demostró en los últimos minutos. Si queremos utilizar lo que quede de la Academia, no necesitamos atacar al Rayo Negro. Eso solo lo enfurecería y lo obligaríamos a contraatacar. Lo que él espera es recoger a la princesa. En cuanto ella salga, él también se irá. La Princesa Carmesí prometió abandonar el castillo Alfa en cuanto usted recogiera a la señora Lemuria, pero si usted no va la princesa tampoco se apresurará a salir y, por tanto, el Dragón Negro hará más desastre.
Kiria apretó los dientes, furiosa. ¿Cómo se atrevía ese cualquiera a humillarla de esa forma, delante de todos los vanirianos? Oh, porque toda la flota lo escuchó. Sakti se había asegurado de que la comunicación entre las salas de comando no fuera privada, para que todos sus enemigos estuvieran al tanto del poder devastador de los aesirianos.
—No son de fiar —carraspeó alguien al lado de Kiria—. Los aesirianos no son de confianza. En cualquier momento la princesa puede cambiar de parecer y lastimar a la señora Aegis. Tal vez... alguien debería recogerla... pronto.
Kiria fulminó al técnico, aunque sabía que él solo estaba ayudándola con una excusa para dejar la habitación y escaparse de la humillación. ¡ARGH! ¡Todos la trataban como a una chiquilla! La mangodria dio media vuelta y salió de la sala, pisando con fuerza, la espalda erguida y la cabeza en alto. Casi deseaba que el Dragón Negro volviera a atacar los castillos y que se comiera a los vanirianos que la habían ofendido.


—Hermoso —comentó Sakti a la orilla del hangar, con los brazos extendidos mientras veía el resultado de su plan: la fortaleza más importante del Imperio caía a pedazos gracias a los rayos del poderoso Dragón Negro—. Y pronto habrá fuegos artificiales. ¿Quieres verlos con nosotros o arder con ellos, Kel?
La chica no necesitaba voltearse para saber que Kel estaba detrás de ella, temblando de pies a cabeza. Probablemente pensaba en empujarla al vacío, para así reivindicarse por la traición a su país. Pero hacerlo carecía de sentido, porque Adad volaría a salvar a su hermana y los dos se marcharían, dejando a Kel a su suerte en la flota destinada a caer.
Además, aunque existiera una pequeña posibilidad de acabar con Sakti de esa forma, Kel tampoco tenía las agallas para hacerlo, porque entonces Darius, los gemelos y Connor lo detestarían. Los profetas amaban a Sakti. Kel no podía comprenderlo, pero así era. La veían como a una más de ellos, como su protegida y su protectora a la vez, mientras que él no pintaba nada en ese cuadro.
—¿Por qué haces esto? —preguntó al fin el pequeño grolien mientras apretaba los puños—. ¡Pudiste evacuar este lugar sin dañar a los vanirianos! ¡Regresa a la sala de comando y evita la autodestrucción!
—Estás de broma, ¿no? Esto es una guerra y para ganarla hay que acabar con el enemigo. No darle prórrogas de vida para que después ataque con fuerza.
—¿Solo por eso? ¿Por qué eres tan cruel? —Kel se llevó las manos a las orejas y gritó—: Desearía que esta estúpida guerra acabara. ¡No! ¡Que nunca hubiese existido! ¡Así, cosas como tú y el Demonio Montag dejarían de existir!
Sakti giró el cuello para ver a Kel por encima del hombro. El viento soplaba fuerte a esa altura, tanto que le alborotaba la melena gris. Pero aún así ella se sentía bastante a gusto con las detonaciones que provocaba su hermano, con la neblina de las nubes y con los aullidos que le traía la brisa. La guerra era suya. Se sentía bien allí. Claro, siempre y cuando estuviera ganando.
—Desearía que el mundo fuera como el pueblo de Connor —siguió Kel—, donde humanos, vanirianos y aesirianos conviven en paz. ¡Desearía que tú y los que son iguales a ti jamás hubiesen nacido!
—Yo también lo desearía —murmuró Sakti, con voz de pajarillo. Kel la miró, casi creyendo que lo que había escuchado era el viento y no las palabras de la Princesa Carmesí—. Hago esto —dijo la muchacha mientras abarcaba el paisaje con la mano—, porque es lo único que sé hacer, Kel. Soy un portento de la destrucción. Así fui hecha. A mí también me gustaría que la guerra acabara, que el General Sigfrid Montag no fuera el Demonio Montag, que los profetas no fueran profetas, que los aesirianos no fueran pecadores, que no existiera Profecía. Pero hay guerra, hay pecado y alguien tiene que recoger la basura. Y yo soy una de los tres empleados públicos que a Dios se le ocurrió escoger para la tarea. Pero a él se le olvidó darme las herramientas adecuadas, así que yo tuve que improvisar sobre la marcha.
»Mi corazón no es como el de Darius, que puede dar compresión y calor sin importar la raza. Mis manos no son como las de Connor, que pueden sanar y consolar por arte de magia. Mis manos no son como las del amo, que pueden crear belleza con todo lo que tocan. Yo soy poder, soy caos, soy destrucción. Soy lo que tengo que ser. Soy lo que tuve que convertirme. Soy el resultado de la historia, el reflejo del mundo. Así que mírame —Sakti giró sobre los talones y caminó hacia el grolien— y horrorízate por el paisaje. ¿Qué ves?
Kel le mantuvo la mirada firme hasta el final. Observó el rostro bronceado por el sol, las marcas negras que le envolvían el cuello, los brazos y las piernas; miró la melena que brillaba como plata con la cantidad adecuada de luz y también vio la garra gruesa y blanca que era el brazo izquierdo. Pero lo que en verdad reflejaba todo lo que dijo Sakti eran los ojos, tan fríos e insensibles que parecían incapaces de distinguir los colores del mundo.
Al verlos con más tiempo y detalle, el grolien se hizo una idea de todo lo que habían visto esos ojos y de cómo la insensibilidad era todo lo que Sakti podía sentir. Ella no se podía conmover al pensar en la cantidad de fallecidos y las horribles muertes de sus enemigos. Tampoco la conmovían los cadáveres que quedaban en Irem, perdidos para siempre sin un entierro decente. Los asesinatos a sangre fría o la muerte de una mujer al dar a luz. La destrucción de una ciudad o la lucha de un pueblo. Un anciano famélico o la risa encantadora de un niño. Nada de eso la afectaba. Había visto tantos horrores que era incapaz de diferenciar la locura de la cordura, o lo horrible de lo bello.
—Veo a un monstruo.
—Exacto, Kel. Eso soy. Y no se te olvide que también soy el reflejo de lo que te rodea; vives en el mundo que creó a un engendro como yo. Ese sueño idílico que tienes de un sitio en el que las razas convivan en paz no es más que una ilusión. Un dios que permite que tres almas se corrompan al cargar los pecados del mundo a la espalda, no es un dios al que le interese salvar ese mundo sino, quizá, reconstruirlo. ¿Y sabes cuál es el paso anterior a la reconstrucción?
Kel lo pensó, pero al final negó con la cabeza.
—La destrucción. No es el trabajo más agradable, ni el que da los mejores elogios, pero es el que me toca hacer. Y resulta que soy bastante competente en él.
Sakti giró de nuevo sobre los talones y miró su obra. Sí, Adad era el culpable de los relámpagos que atacaron la Academia, pero la idea fue suya y solo suya. Los planes bárbaros y desquiciados eran siempre creación de la princesa.
Abrió la boca y rugió. La última señal. Era hora de retirarse. Adad abandonó su lugar en la rectoría y se lanzó al suelo, para volar al ras. En cuanto lo hizo, un rayo impactó el edificio principal de la escuela y lo derribó, lo que terminó de hacer el trabajo de destrucción de la Academia. Los vanirianos no podrían sacarle ningún provecho a la fortaleza.
Si es que al final del día quedaban vanirianos, claro.
—¿Vamos? —preguntó Sakti mientras extendía una mano a Kel.
Ella sabía muy bien que, para el grolien, eso sería como firmar un pacto con el Diablo. Aún así, el chico dio un paso al frente y rozó los dedos con la garra de Dragón que hacía unos pocos meses intentó descuartizarlo para el almuerzo.
—Vamos.
Sakti lo jaló con fuerza y se dejó caer al vacío. Aterrizaron justo en el área más blanda del lomo del príncipe, a salvo entre la melena gris del Dragón. Se sostuvieron con fuerza para que el zigzagueo de la criatura no los derribara en pleno vuelo. Miraron por encima del hombro la flota de castillos flotantes que dejaban atrás, seguros de que los fuegos artificiales pronto cerrarían el acto final de la obra.


Lemuria tomó la mano que le ofrecía el grolien y alcanzó el suelo. ¡Al fin! Los cables de sincronización se debilitaron mucho después de que Sakti finalizó el proceso, pero aún los sostuvieron con fuerza el tiempo suficiente para que la princesa se marchara. Lemuria se masajeó las muñecas, adolorida y con el ego herido. ¿Por qué fue tan confiada? ¡Parecía una novata! No tenía derecho a regañar a Kiria por el desliz en Irem, porque Kiria en realidad no sabía con quién estaba lidiando. En cambio, Lemuria ya sabía de lo que Sakti era capaz.
—Estamos bien —dijo uno de sus guardias. Lemuria vio que el grolien estaba agachado sobre el panel, con el botón del comunicador oprimido—. La princesa mantuvo su palabra. Los seis estamos a salvo.
—¡Qué bueno! —exclamó el segundo a mando—. Con todo lo que ha sucedido, temíamos una nueva trampa.
Sakti se había encargado de que sus prisioneros no tuvieran ni idea de la catástrofe que sucedía en la Academia, para así evitar intentos de escape heroicos. Así que el vaniriano les explicó todo lo ocurrido: el escape sincronizado de los aesirianos y los rayos del Segundo Dragón.
—Por lo que podemos ver, nada o poco queda de la Academia. Así que estamos calculando la ruta de escape que tomaron los aesirianos, para perseguirlos. Debieron de haberse marchado a algún sitio con agua y comida.
—Excelente, buen trabajo —aprobó Lemuria—. Lamento haber fallado como líder.
—No, señora. El plan de los aesirianos fue muy elaborado. De alguna u otra forma habrían conseguido su objetivo. Sea como fuera, enviaremos a un grupo para que los recojan. No es buena idea que permanezca por más tiempo en Kiria-Alfa; es mejor evitar todo lo que haya tocado la princesa.
—Sí —bromeó otro técnico—, no vaya a ser que nos dejara otro contratiempo más. Ya tenemos suficiente con las puertas trabadas con la sincronización.
Lemuria comenzó a avanzar hacia la salida, pero se detuvo en seco al escuchar lo último. Hizo memoria. ¿Qué había hecho Sakti antes de marcharse? La roca roja, los veinte cables incrustados en la piedra y luego...

«Por los viejos tiempos, Lemuria...».

Recordó esos «viejos tiempos», los únicos que habían compartido hacía tantos años. Sakti, más joven e inexperta, atada a la sincronización de Lahore. Parecía tan indefensa en ese momento, tan fácil de atrapar, pero incluso entonces tomó el núcleo de Lahore y lo desmenuzó.
—¡Que el equipo de rescate venga YA! —gritó la mangodria tras devolverse al comunicador.
—Tranquila, señora —intentó apaciguarla uno de los técnicos—. Todo está en orden. La señora Kiria ya va de camino a sacarla del castillo...
El vaniriano dijo algo más, pero Lemuria no lo escuchó. El mundo se le vino encima. ¿Cuánto tiempo tenía? ¿Hacía cuánto Sakti ordenó la autodestrucción de Kiria-Alfa? ¿Hacía cuánto destruyó el núcleo principal para que nadie pudiera detener el proceso?
La mangodria salió corriendo de la sala de control y apresuró a sus escoltas para que hicieran lo mismo. Debía venir otro grupo aéreo, pero no Kiria. ¡Jamás Kiria! Las dos mangodrias no podían acabar allí. Corrió como nunca en la vida, tan veloz que dejó atrás a los groliens, aunque ellos tenían piernas más largas que ella. Cuando llegó al hangar –el mismo del que Sakti y Kel partieron– vio a Kiria en un ave de tres cabezas, a punto de aterrizar para recogerla.
—¡No! —chilló Lemuria, con el puño apretado y lanzado hacia la salida—. ¡Vete de aquí, aléjate!
En el acto lanzó una bola de fuego azul para alejar a Kiria. El ave retrasada graznó y se dejó caer en picada para esquivar el ataque. Lemuria avanzó hacia el borde del hangar, con el cuerpo tembloroso. En la orilla pudo comprender lo que Sakti había hecho. Los vanirianos encerrados en los edificios. Primavera y Promesa debajo de Kiria-Alfa, Luna-Plateada y Colibrí de Arena. Los otros castillos flotantes todos muy unidos, como si la sincronización los hubiese agrupado. Y la piedra rojiza destruida, enviando la última orden a través de veinte cables a veinte estructuras diferentes.
El viento le trajo los gritos de Kiria, que le preguntaba por qué había atacado. El ave retomó el vuelo hacia Lemuria, pero la mangodria no lo permitió. Lanzó más llamaradas, cada una más fiera que la anterior, mientras gritaba:
—¡Aléjate, aléjate! ¡Salgan todos de aquí! ¡Evacúen los castillos! ¡Eva---!
Lejos de la flota, ya por encima de lo que quedaba de la Academia, Kiria reconoció el cabello verde de Lemuria en el hangar antes de que una llama naranjada la envolviera. Después, la explosión simultánea de los veinte castillos creó una onda de viento y calor que empujó al ave deforme y la desestabilizó en el aire.
Kiria también cayó, envuelta en el fuego como si fuera una sábana.

****

Al fin Dereck vio la entrada a las ruinas. Era un enorme túnel encabezado por una concha azul similar al techo de un anfiteatro estilizado. No tenía ni idea de qué tipo de sitio fue aquel antes de la caída del Imperio de Esplendor, ¡pero hoy era su puerta a la salvación! A su lado, los jinetes silbaron sorprendidos. Jamás habían visto esa extraña estructura, porque surgió de la arena gracias a los últimos terremotos. Gran parte de los alados ya estaban en la entrada, escuchando las instrucciones de un mago con alas de plumas negras. Dereck sonrió. Kael debía de estar muy feliz con esas alas tan bonitas y envidiables luego de haber pasado años como un pobre mutilado.
De repente, un enorme círculo de luz y sombra rodeó parte de los chamrosh y la entrada a las ruinas. Dereck miró de un lado a otro, sorprendido de que el círculo abarcara sus buenos quinientos metros de diámetro. Las cortinas se alzaron hasta formar una cúpula y, después, fue como si la realidad se rasgara. Simple y sencillamente se materializaron miles de aesirianos en el suelo y en el aire. A duras penas, Dereck ordenó a los jinetes detenerse para evitar chocar contra los desorientados soldados que aparecieron gracias a la teletransportación.
Vio más de cinco chamrosh sin jinete que derribaron a unos magos salidos de la nada. Además, varios alados que volaban hacia las ruinas se fueron de picada cuando algún cadete les cayó encima.
—¡A ver! —escuchó que decía alguien—. ¡Atájenlos antes de que se rompan el cuello!
Los magos alados estuvieron más atentos a la lluvia de aesirianos y atajaron a varios en plena caída. Los que sí tocaron el suelo por las malas, no se lastimaron mucho. Dereck supuso que, de alguna forma, la teletransportación modificaba la realidad y sus elementos. Quizá por eso el suelo era más suave en ese instante.
—¿Hay heridos? —preguntaron algunos profesores.
—Solo unos, pero son pocos —contestó una de las guerreras.
—¡Ah, mis tripas! —se quejaron los reclutas teletransportados.
—¿Eh? ¿Dónde estoy? ¿Qué es esto? —preguntaron otros al borde de las lágrimas; tampoco hicieron falta los que vomitaban después del inusual viaje.
—¡Un doctor! ¡El príncipe está herido!
—No es tan grave —dijo Remiak, bastante atontado por la pérdida de sangre, mientras Jaliar y su escudero lo llevaban en brazos a un sitio aparte—. Estoy de maraviiiiilla.
No era una imagen muy elegante, pero, al fin y al cabo, el plan había funcionado. Dereck pescó por el rabillo del ojo que los maestros detrás de ese acto se materializaron a su lado. Se bajó del chamrosh a tiempo para sostener a uno de los gemelos, que temblaba de pies a cabeza. El otro se había recostado en la parte trasera del chamrosh.
—Te sentirás mejor si vomitas —le dijo Dereck con simpatía, mientras le daba unas palmaditas en la espalda.
—No sirve —dijeron los hermanos a la vez, los dos con una mano en la frente para masajearla—. Tomamos medidas antes de iniciar la misión. No comimos nada para no vomitar en medio viaje. —Dereck rio y sentó a Airgetlam a su lado. Estiró el brazo hacia Dagda y lo jaló consigo, para tenerlos a los dos abrazados.
—Buen trabajo, niños —dijo muy orgulloso—. Son geniales.
—Dinos algo que no sepamos —bromearon los chicos, lo cual significaba que estaban bien.
Fue en ese momento cuando escucharon la explosión. Los príncipes se habían esforzado en crear una buena cortina que protegiera a los soldados, y todavía flotaba un poco de arena en toda la ruta. Además, el cielo en dirección a la Academia estaba emponzoñado con gruesas nubes grises. Aun así, los aesirianos miraron el punto de luz que se asemejaba tanto al sol y no pudieron menos que asombrarse.
—Fue una explosión grande —murmuró alguien al lado de Dereck. Era Kael, que se había acercado para felicitar a los gemelos—. A esta distancia ni siquiera podemos ver las murallas de la Academia.
—Y aún así vemos la explosión —asintió Dereck—. Brutal. Nuestros príncipes son unos bárbaros.
—Sí, lo sé. Yo también estoy muy orgulloso.
Entre Dereck y Kael ayudaron a los gemelos a levantarse. Dagda y Airgetlam estaban agotados, pero, gracias a que Sakti les recargó las baterías con la sincronización, todavía podían mantenerse en pie. Avanzaron hacia la entrada de las ruinas, pensando en todo lo que tenían que hacer. La misión de rescate había terminado con un rotundo éxito, pero todavía debían entrar a la Ciudad Perdida, ir a una estación y montar un tren. Aunque con la cantidad de soldados, tendrían que montar como mil trenes para llevarlos a todos al jardín del Edén.
El ambiente se llenó de susurros y exclamaciones de sorpresa cuando la presión cambió. El aire era abrasador pero se enfrió de repente. El cielo sobre ellos se llenó de nubes. Luego cayeron las primeras gotas, tímidas y frías. Los aesirianos extendieron las palmas y levantaron el rostro para que el agua les mojara las puntas de los dedos y la nariz.
El Dragón Negro voló por encima de ellos, dio unos giros en el aire y, finalmente, aterrizó sobre la concha azul que coronaba la entrada a las ruinas. El rugido del Dragón fue ensordecedor y tenía casi la misma fuerza de la explosión que empujó a Kiria. Pero aun así fue esperanzador, como una canción.
Después del gruñido, la criatura se irguió y se mantuvo en esa pose, majestuosa y todopoderosa, apenas para que los aesirianos la contemplaran: la coraza de escamas negras, los cuernos blancos, la crin y los ojos grises. Después, Sakti bajó del lomo del Dragón, se colocó a sus pies y miró a los miles de soldados que estaban libres gracias a ella. Por si había alguien que lo dudara antes, ahora todos conocían a la segunda al Trono de las Arenas, tan idéntica a su hermano a pesar de la forma aesiriana que mantenía frente a los soldados.
Uno a uno, los alumnos, graduados y profesores de la Academia se hincaron en una rodilla, enterraron una mano en la arena y reposaron el otro brazo en la pierna erguida. Después bajaron la cabeza, sumisos. El Dragón les respondió con un rugido de aprobación y ellos se le unieron. Eran como leones, todos cantando en coro para celebrar la victoria.


"Los Hijos de Aesir: Dos Tronos" © 2013-2014. Ángela Arias Molina

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Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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