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Capítulo 3

3

INTERMEDIO: UNA NUEVA CORONA



—El viaje en verdad es largo —comentó Alain mientras veía por la ventana las paredes del túnel—. Me pregunto si los otros ya llegaron.
—Tomando en cuenta que los otros trenes partieron mucho antes que el nuestro, yo diría que ya los soldados están acomodados en Edén —respondió Dereck—. El nuestro es el último para causar la mejor impresión.
—El que no está causando una buena impresión eres tú —le soltó Alain con una sonrisilla pícara—. Años de entrenamiento militar para que un Guardián Celestial obtuviera habilidades de doncella. ¿No te da pena?
Dereck se mordió la lengua para no responder una grosería al príncipe, pero Sakti salió en su defensa:
—Yo no tuve dama de compañía en Masca —explicó a Alain—, así que el pobre Dereck tuvo que ingeniárselas para mantenerme presentable. Por favor, primo, no te burles de los talentos de mi Guardián.
Alain no dijo nada más, pero la sonrisilla permaneció en sus labios. Hasta el mismo Kael sonreía por la imagen de Dereck peinando a Adad con la delicadeza y pericia de una sirvienta.
Ya que la Virtuosa les había informado que llegarían dentro de unos minutos a Edén, los cinco príncipes de la misión de rescate debían prepararse para el recibimiento. Adad, como heredero al Trono, debía quitarle el aliento a los sobrevivientes. Así que Sakti pidió a Dereck que se encargara de peinarlo, porque en Masca era el Guardián quien casi siempre arreglaba a la princesa. La muchacha no tenía paciencia con los toqueteos y perfeccionismos de las sirvientas y pocas veces quedaba complacida con el resultado final porque le parecía muy exagerado. Dereck, en cambio, era todo un experto en peinar los cabellos grises de Sakti sin presunción pero con sencilla elegancia.
—Gracias, Alteza —respondió el soldado, bastante satisfecho consigo mismo—. En cuanto termine con su hermano, seguiré con usted.
—Con una trenza está bien. Adad es el que debe brillar.
El príncipe iba vestido con una túnica blanca con encajes de plata que hacía juego con sus ojos y cabello. Sus tíos, primo y hermana también vestirían de blanco, pero los atuendos de ellos eran más sencillos.
—Es muy amable de tu parte cederle a tu hermano los elogios por el rescate de los soldados, Allena —dijo Remiak mientras miraba significativamente a su sobrina—. Más considerando la razón por la que viajaste hasta aquí.
—No es nada —respondió ella mientras se peinaba las puntas del cabello—. Nunca me he sentido muy cómoda con los vítores y todo eso. Mi hermano tiene mucho más carisma que yo. Además, no creo que todavía sea el momento adecuado para pedir los refuerzos para Masca. El desierto está muy débil ahora como para que pueda socorrer la Capital aesiriana.
Eso era lo que habían conversado durante el viaje en tren. En palabras de Jaliar, las Arenas estaban pasando por un «cuello de botella». Quedaban muy pocos aesirianos en el desierto, muchísimo menos de un millón. Los terremotos y las invasiones habían acabado con las guarderías, así que no quedaban muchos niños y tampoco búfalos para alimentar a los transformados que sobrevivieron. Además, tampoco quedaban muchas parejas reproductivas. La mayoría de las mujeres sobrevivientes eran las guerreras de la Academia, a las que tendrían que asignarles un compañero para que dentro de unos años tuvieran hijos. Pero no podían obligarlas a tener crías si los recursos para mantener a los aesirianos eran tan limitados. A pesar de los víveres rescatados en la fortaleza, todavía no eran suficientes para mantener a todos los magos por mucho tiempo.
—En el archipiélago del sur hay otra base militar —dijo Jaliar—. Apenas divisamos el primer castillo que venía a la Academia, ordené la marcha de varios buques para asegurar la protección de las islas. Estoy seguro de que todavía están allí, sanos y salvos. Allí habrá más aesirianos y también más recursos.
—Pero todavía no es suficiente —dijo Remiak—. No sabemos cuántos castillos flotantes quedan en el desierto. Es posible que los vanirianos se queden en ellos y sobrevivan a los terremotos. Mientras haya vanirianos, habrá invasión al Reino. Y mientras haya invasión con tan pocos sobrevivientes, no podemos enviar tropas a Masca.
Sakti sabía que su tío Remiak pensaba en ayudar la Capital aesiriana, pues hizo una promesa a los gemelos y pretendía cumplirla. Eso era bueno. Se hizo el silencio mientras cada uno pensaba en lo que sucedería ahora. Todo era tan complicado. A pesar del éxito de la misión, los vanirianos todavía los tenían entre la espada y la pared.
—Acabamos con dos mangodrias —susurró Sakti—. Para nosotros, eso es el equivalente a que mataran a Sigfrid y a Enlil.
—Eso es cierto —aprobó Dereck—. Miren lo que pasó cuando creíamos que el señor Enlil estaba muerto. La resistencia de nuestras tropas se vino abajo. Si lo pensamos bien, no estamos tan mal. Cuando la Ciudad Perdida se levante tendremos la tecnología antigua de nuestro lado, mientras que los vanirianos habrán perdido a dos de sus líderes. Aunque ahora seamos pocos en las Arenas, no nos tomará mucho tiempo para estar en condiciones de repoblar.
—Pero eso llevará años —dijo enfurruñado Dagda—. A Masca no le quedan años, Dereck. No sabes lo que me preocupa que para este entonces ya haya caído. —Guardaron silencio de nuevo.
—Hay otra solución —murmuró Jaliar. El príncipe se levantó de la butaca y se arrodilló delante de Adad—. Ni Remiak ni los demás estamos capacitados para tomar la decisión. Somos príncipes de las Arenas, no príncipes del continente principal. Somos parte del mismo Imperio pero no del mismo país. Solo un príncipe de los dos continentes puede tomar la decisión. Adad, tú eres príncipe de los dos. Allena también lo es en papel, pero es obvio que se siente más identificada con Masca que con Irem. Tú, en cambio, creciste en los dos continentes. Tú debes tomar la decisión. —Luego dijo las palabras que lo decidirían todo—: Debes tomar el Trono de las Arenas y decidir lo que se hará de ahora en adelante. Sin importar lo que elijas, se hará como lo digas.


Al fin llegaron. El tren no hizo los cambios bruscos de velocidad y dirección que realizó cuando Drake y Sakti lo montaron la primera vez. En esta ocasión bajó con delicadeza hasta el corazón de la Ciudad Perdida y se detuvo en la estación con un chirrido agradable.
Las puertas se abrieron y salieron los primeros soldados. Sakti escuchó los vítores y los aplausos de los sobrevivientes y los otros reclutas que habían llegado antes a Edén. Argh, cómo detestaba esos espectáculos. Siempre le picaban las manos y sentía cosquillas en el estómago cuando tenía que enfrentarse a una multitud.
Su grupo estaba conformado por los príncipes, los gemelos, los Guardianes y el escudero de Jaliar –que era también hermano de Kael–. Kel saldría después, escondido entre las piernas de unos soldados para que los aesirianos casi no le prestaran atención.
El corazón le palpitaba a mil por hora. Sakti no sabía si Adad tomaría el Trono, porque cuando Jaliar lo propuso el muchacho no parpadeó ni sonrió. Lo único que hizo fue mirar a través de la ventana, como si lo meditara. Por un lado, Sakti sabía que si Adad era coronado le daría todo su apoyo para rescatar Masca. Pero, por otra parte, como rey no podría dejar el desierto ni la acompañaría a salvar la Capital aesiriana. Además, ¿con qué poder moral enviaría a los soldados a rescatar el otro continente cuando las Arenas estaban en tan malas condiciones?
Llegó el momento que ella tanto temía: su turno para salir. Dereck le dio unas palmaditas, como cada vez que debía presentarse en público. El primero que salió fue Adad, seguido por sus tíos. Alain y Sakti cerraban la Marcha Real, pero eran seguidos de cerca por los gemelos y los Guardianes.
—No se preocupe, Alteza —le murmuró Dereck—. Su hermano es el dueño del espectáculo. Usted está a salvo.
Era cierto. Todos los vítores eran para Adad. Todos miraban al Dragón que un día sería su rey. «Sí», supo Sakti, «ellos lo quieren en el Trono».


—Todo está bastante bien aquí —dijo Alain cuando al fin subieron los escalones al jardín del Edén—. Todo está ordenado.
En el vestíbulo de Edén había varias tiendas de campaña, acomodadas en forma concéntrica. Los túneles estaban abiertos y había grupos de soldados que marchaban por ellos a diferentes zonas de la Ciudad Perdida. Eran demasiados aesirianos para el estado actual de Edén. Mientras la capa de protección marmórea estuviera desplegada no podrían acceder a los edificios que estaban allí. Pero cuando todo se levantara... ¡Cuando todo se levantara sobrarían las casas, los municipios, los templos! El exceso de mármol se correría y permitiría la entrada a los edificios antiguos.
Los aplausos todavía seguían. Sakti se mantenía oculta detrás de los demás príncipes. Todos estaban allí: Morak, Raziel, Uruk y Hundrian los habían esperado en lo alto de la escalinata, como parte del protocolo, y los recibieron con abrazos y reverencias. También parte del protocolo. Con eso, todos los príncipes sobrevivientes estaban en Edén. El único que hacía falta era Merkaid, que todavía se recuperaba.
«¿Cómo van esos terremotos?», quiso saber.
Retrasados dos días, se quejó la Virtuosa. El regente quiso enviar escuadrones de rescate a otras zonas de la superficie. Aprovechó parte de las entradas disponibles. Desde tu partida, han entrado más grupos a Edén.
Genial. Entonces eran más, aunque Sakti no se hacía muchas ilusiones con los números. Todavía estarían en el cuello de botella del que habló Jaliar.
«Creo que mi hermano va a ser coronado rey», le comunicó a la Virtuosa. «Si así es, quizá podremos salvar Masca. Solo allí hay dos Aesir con tus ojos. Los demás no los tenemos así».
Todos tienen el gen, le explicó la Virtuosa. Hasta la mocosa debilucha que se llama Nefer tiene el gen, pero el de ustedes es recesivo. Significa que tienen el potencial de lograr una sincronización perfecta, pero que difícilmente la conseguirán. Por eso el tal Uruk sufrió tanto cuando lo forzaron. Lo más probable es que el gen de sus hijos será mucho más débil que el de él.
Adad terminó de saludar a los plebeyos. Dio media vuelta y con eso dio por finalizado el acto. Extendió una mano a la princesa para que caminara a su lado, a la vez que se dejaba guiar por Morak al extraño palacio que contenía las herramientas Amrit. Sakti no se sorprendió cuando los príncipes que encabezaban la marcha atravesaron la pared; Jaliar y Alain, en cambio, silbaron. Llegaron al vestíbulo, vieron el templo de oración para los parientes de los enfermos y distinguieron otros pasillos. Lo que sí sorprendió a Sakti fue que Morak y los demás tomaron un camino distinto al que llevaba a la sala Amrit.
No les permito entrar, le explicó la Aesir. No todos ellos me agradan. Una herramienta Fafnir salió de una pared y la detuvo. Los príncipes observaron a la criatura; todavía no se acostumbraran a que esa cosa estuviera de su lado. Tienes razón, la mayoría de los príncipes quieren coronar a tu hermano. Lo leo en sus mentes. Pero no es buena idea que estés con ellos cuando tomen la decisión. No te consideran princesa de las Arenas.
«A decir verdad, yo tampoco me considero como tal», le respondió la princesa mientras se separaba de su hermano. La herramienta Fafnir inclinó la cabeza, como indicando que los demás príncipes podían pasar.
Ella se queda conmigo, comunicó la Virtuosa. Sakti supo que todos escuchaban ahora la conversación. Tengo algo que mostrarle a mi favorita. Sakti notó que Hundrian apretó los dientes. Probablemente era él al que la Virtuosa no le tenía mucha simpatía. Sakti inclinó la cabeza y dijo:
—Lo siento, le he pedido que me deje ver a Darius. Quiero saber cómo está mi amigo. —Eso solo enfadó más a Hundrian pero no afectó en nada a la princesa—. Con permiso.
Sakti hizo una reverencia educada con la falda del vestido y se retiró en compañía de Dereck. El resto de los príncipes continuó con su camino. Ella y su Guardián escucharon los cuchicheos despectivos de Raziel y Hundrian mientras se alejaban.
—Ignorantes —murmuró Dereck, bastante molesto—. Si no fuera por Su Alteza todo esto no habría sido posible. Ojalá que cuando su hermano sea coronado rey no se olviden de que usted es la siguiente en línea al Trono.
—No te preocupes por eso, Dereck —lo tranquilizó Sakti mientras se encaminaban a la sala Amrit—. La sucesión del Trono no me interesa. Nunca me ha llamado la atención porque, para acceder a la Corona de las Arenas, mi hermano debe morir; y para acceder a la de Masca, todos mis tíos y primos deben morir también. Allí soy la última en línea.
A Dereck le tranquilizaba mucho que los príncipes no tuvieran deseo de acceder a ninguno de los dos Tronos. Había leído en varias lecciones de historia lo que sucedió cuando uno o más príncipes deseaban un derecho que no tenían por nacimiento. En realidad era una bendición que con la guerra entre vanirianos y aesirianos, los príncipes no hicieran complots para matarse los unos a los otros. Aun así lo enojaba mucho que Hundrian –y Raziel, que le seguía la corriente–, despreciara tanto a Sakti.
«Es pura envidia», se dijo el Guardián. «La princesa tuvo el plan brillante de buscar refugio en las ruinas y rescatar la Academia, cuando él no tuvo ni una sola idea. Y ahora le molesta que los planes de mi princesa funcionaran. Lo encabrita aún más que ella le dé los elogios a Adad, y que no pelee con él de la misma manera que los príncipes Hundrian y Velmiar compitieron de jóvenes».
Sakti se detuvo al final del pasillo y pulsó el interruptor escondido que abría la compuerta a la sala. Dereck sabía de antemano lo que encontraría allí, pero aun así la quijada se le cayó cuando vio todas las cápsulas y los aesirianos suspendidos en ellas. Era tan increíble que hasta los ojos se le empañaron por la emoción de ver algo que ningún genio arqueólogo, como Ryaul o el mismo príncipe Velmiar, se habría atrevido a soñar. Sakti avanzó según las indicaciones de la Virtuosa. Dobló unas cuantas esquinas –todos los pasillos hechos por las filas de Amrit– y al fin llegó a una sección donde había doce cápsulas abiertas con las camillas desplegadas delante de ellas.
Sakti se detuvo al ver a los doce voraces sobre unas largas tablas. Eran once chicos y una chica, todos con su forma aesiriana. Estaban dormidos, con los cables enterrados en los brazos, piernas, sienes, pecho y abdomen.
—¿Qué haces con ellos? —preguntó en voz alta. La Virtuosa les explicó a Dereck y a ella:
En mi época las transformaciones no eran comunes. Es más, casi que eran una leyenda. Yo nunca conocí a un aesiriano que se hubiese transformado.
—Pero... —Dereck dudó— es parte del ciclo de vida aesiriano. Todos nos transformamos. En el continente principal también tenemos transformaciones, aunque son menos fuertes que aquí.
Eso ya me lo explicó el chico híbrido, lo interrumpió la Virtuosa. Me dijo que todos, a los treinta años, sufren una transformación. Y que dentro de los transformados están los hambrientos voraces. ¿Tú también lo eres, Allena? Sakti se acercó a una camilla y vio al chico dormido.
—Sí, yo también lo soy.
¡Magnífico!, exclamó la Virtuosa. Algo tan poco frecuente en mis días es hoy algo natural. La evolución es increíble.
—Eso no responde a mi pregunta. ¿Qué haces con ellos?
Analizándolos, por supuesto. Ah, y manteniéndolos dormidos. Así no hacen daño y ayudan a la ciencia.
—Claro. ¿Y para qué quieres analizarlos?
No solo es a ellos. A tu amigo y al resto de heridos también. Sakti se percató de que los aesirianos que estaban en las Amrit cercanas no eran los de la época de la Virtuosa. Todos eran sobrevivientes de Irem o los suburbios, que por una u otra razón necesitaban recuperarse en las máquinas de curación. Darius también estaba en una de las máquinas, dormido y con los cables incrustados en todo el cuerpo. Merkaid estaba en otra de las herramientas.
—¿Está bien? —preguntó al ver las heridas de Darius. Ya no sangraban, pero todavía estaban abiertas aunque Sakti no sabía si menos.
La maldición que lo hirió es muy fuerte y la inestabilidad de sus esencias es preocupante, pero con el adecuado tratamiento se pondrá mejor. Mis Amrit no hacen milagros, pero son bastante buenas. A todas luces, la Virtuosa estaba muy orgullosa de sus creaciones. Lo que me encanta de él y todos los demás es su sistema inmunológico. Es muy fuerte.
—¿El de Darius? —preguntó Dereck con una sonrisilla—. ¡Si al tipo lo tumba un resfriado!
Pero comparado con los aesirianos de mi época, su sistema inmunológico es milagroso. Y el de los voraces ¡ni se diga! A ellos no los he metido a las herramientas Amrit porque no están heridos, pero considero hacerlo pronto. Quiero hacer un experimento.
—¿Qué experimento? —A Sakti no le gustaba cómo lo decía la Virtuosa. Casi sonaba como una científica loca.
Quiero valerme de sus sistemas para elaborar anticuerpos y suministrarlos a los sobrevivientes de mi época, explicó la Virtuosa. Quizá, entonces... Sakti lo comprendió. Quizá, entonces, podría reanimarlos. Estoy al tanto del cuello de botella que sufre el desierto, además de tu necesidad de nuevos guerreros que salven Masca. Me parece que esta es una buena solución para los dos problemas.
—Pero tú dijiste que había problemas sociales, biológicos y no sé qué otras cosas, que el impacto sería muy fuerte para ellos. ¿Por qué ahora cambiaste de opinión?
Porque no sabía lo que había en la superficie. No sabía que los voraces existían. Estoy casi segura de que puedo reanimarlos, Allena, pero necesito tu ayuda.
—¿Qué necesitas?
Tu sangre. Al revisar los códigos genéticos de los heridos que ingresaron a las Amrit, me doy cuenta de que tienen mucha mayor variedad genética que los aesirianos de mi época. Eso los hace más fuertes. En mi tiempo, respetábamos mucho las castas. Ahora, al parecer, todos se aparean con todos.
Sakti creyó escuchar cierto desdén, como si la mezcla entre personas fuera un escándalo. No era la primera vez que escuchaba comentarios de ese tipo, pero no se había esperado que alguien tan curiosa y –para qué negarlo– loca como la Virtuosa también tuviera una opinión así.
Necesito genes que se mantengan más o menos puros, pero no tanto como los que tuve yo. Y tú eres perfecta: eres una mestiza de dos estirpes de príncipes. Eres tanto del desierto como del continente principal. Los genes de tu amigo también me interesan. Son una combinación interesante entre genes de nobleza y de campesinado. Puedo valerme de ti, de él y de los voraces para preparar el sistema de los demás. Podríamos salvarlos.
Sakti guardó silencio mientras pensaba en lo que la Virtuosa decía. El desierto tenía menos de un millón de sobrevivientes. Pasaría mucho tiempo antes de que pudieran reproducirse y repoblar el continente. Y pasaría muchísimo más antes de que pudieran prepararse para ir a Masca. Aunque Adad fuera coronado rey, el muchacho no podía darle la espalda al desierto y enviar los cien mil soldados rescatados al otro continente.
—¿Y si están muy asustados o si son muy violentos? ¿Si son más fuertes que nosotros? ¿Si no podemos entendernos? ¿Si no...?
Tú y yo pudimos entendernos, la tranquilizó la Virtuosa. Habrá diferencias, eso es inevitable. Pero los conozco. He cuidado de ellos. Los he visto dormir durante milenios. Si tuvieran la oportunidad de vivir de nuevo y de servir al Imperio, lo harían. Los aesirianos siempre hemos sido una raza orgullosa. Venimos del mismo árbol y creemos en la misma Profecía. Esas semejanzas se impondrán a las diferencias.
Una herramienta Amrit se abrió al lado del último voraz. La sustancia cian del interior salió en propulsión, como una cascada, y se solidificó hasta formar una tabla como en la que dormían los cachorros en transformación. Con tu ayuda, además, podría modificar algo más que sus sistemas inmunológicos. Aquí también hay mujeres, ¿lo sabías?
—¿Cuántas?
Como respuesta, Sakti vio que varias cápsulas en otros pasillos se iluminaron. Los números de hembras aún eran pequeños en comparación con los hombres, pero eran más mujeres para un pueblo con pocas parejas reproductivas.
—¿La reproducción sería posible entre los aesirianos de tu época y los de la mía?
Solo hay una forma de averiguarlo.
Sakti se acercó a la tabla que la Virtuosa había preparado para ella y se quitó la túnica y el vestido. Se quedó en camiseta y pantaloneta, apenas para que los cables de sincronización se clavaran en ella sin obstáculos.
—¿Cuántos aesirianos dormidos hay?
Sakti sintió que la Virtuosa sonrió en donde fuera que estuviera. Solo en el jardín del Edén... Catorce mil. Sakti abrió los ojos como platos. La sala Amrit le parecía grande, ¿pero catorce mil? Eran más de los que había imaginado.
—¿Y en las otras estructuras? ¿Qué hay de las ciudades flotantes que se acoplaron a Edén?
No tengo datos exactos por la falla de conexión con ellas. Pero contigo y tu hermano, que son fuentes de poder, las conexiones pueden repararse. Quizá cuando Edén se levante nos encontraremos con una muy agradable sorpresa.
—¿Crees que Kraken y Cecaelia, las ciudades acuáticas, sobrevivieron como Edén?
Estoy segura. Estoy convencida de que siguieron el mismo patrón y que también allí hay aesirianos dormidos. Más, más, muchos más. Si el experimento de la Virtuosa funcionaba, se superaría el cuello de botella. Puede que hasta se lograra que las futuras generaciones de aesirianos tuvieran ventajas de hace miles de años y otras de la actualidad.
—Bien, entonces empecemos con esto.
Sakti se acostó en la tabla y apretó la mano de Dereck, anticipando el dolor. Los cables se lanzaron a ella y la durmieron al instante.


—Bien, empecemos con esto —dijo Remiak apenas se reunieron en el pequeño salón circular—. Creo que todos pensamos lo mismo.
Los príncipes se sentaron en los cojines que fueron acomodados en círculo. Kael, su hermano y los gemelos se situaron detrás de Adad, a una distancia prudente. Eran testigos de la reunión pero no tenían ni voz ni voto en ella.
—Algunos creemos que ya es tiempo que Adad tome el Trono —siguió Remiak—. Yo quiero que mi sobrino sea rey ya.
Lo dijo como si se quitara una curita: tenía que hacerlo rápido para no prolongar el dolor.
—Yo también lo quiero —lo apoyó Jaliar—. Hundrian se mantuvo firme todos estos años pero ahora necesitamos un poco más de... —buscó la palabra correcta—... iniciativa. Sí, iniciativa. Y creo que Adad tiene más que Hundrian. —El resto guardó silencio, mientras lo meditaban. No pasó mucho tiempo antes de que los príncipes patrulleros centraran su atención en Morak. Lo lógico era que él diera su punto de vista antes que los demás.
—Las ideas del refugio y del rescate militar fueron de Allena —dijo al fin el príncipe mutilado—. Adad es el siguiente en línea, pero Allena es, según mi punto de vista, la que tiene mayor iniciativa.
—Pero a ella no le interesa el Trono —apuntó Jaliar—. Su voto definitivamente es para Adad.
—¿Y escucharemos su voto? —soltó Raziel—. Por derecho es princesa de las Arenas, pero su prioridad es y siempre será Masca. De corazón es más princesa mascalina que otra cosa.
—Um, yo quiero a Adad de rey —comentó con timidez Uruk—. Los planes sí han sido de Allena, pero ella contaba con el respaldo de Adad. Sin ese apoyo ella nunca los habría presentado. Eso quiere decir que ella confía en su juicio, como todos deberíamos hacer. —Eso convenció a su padre para votar a favor de Adad.
—Yo me abstengo —dijo Raziel—. Me gustaría que al fin haya un rey de las Arenas, pero no quiero votar si sé que eso significará que los soldados se van de patitas para Masca. Aquí ya tenemos muchos problemas y quiero que les demos prioridad.
—Yo también me abstengo —dijo Alain—. Perdón, pero es que Adad todavía me parece... muy joven. El abuelo no pudo seguir gobernando porque era muy mayor, y por eso tío Hundrian se hizo cargo. El abuelo chocheaba mucho al final, pero aun así él decía que Adad todavía tenía mucho camino por recorrer antes de ser coronado. Y yo creo que el abuelo tenía razón.
Como ninguno lo detuvo, Alain continuó:
—En realidad, ni él ni ninguno de nosotros tiene lo que se necesita para gobernar el Reino. Ni papá ni los tíos pueden hacerlo. Todos hemos guardado silencio y esperado a que tío Hundrian liderara. Por eso, todos tenemos la culpa de que el Reino alcanzara este nivel.
Guardó silencio. Su padre le acarició la cabeza.
—¿Cuándo te volviste tan listo, eh? Tienes razón en lo que has dicho.
—Yo siempre he sido listo, papá —se defendió Alain. Cuando los príncipes se rieron de lo que había dicho, comprendió que lo creían idiota. Aunque la broma liberó un poco la tensión, al final Remiak soltó la pregunta que ninguno se atrevía a hacer:
—Hundrian, ¿tienes algo que aportar? —El regente había cruzado los brazos sobre el pecho mientras escuchaba los comentarios de los demás. Miró a todos y dijo:
—Estoy listo para darle el Trono a Adad, pero solo si él lo quiere. Aún no he escuchado lo que tiene que decir al respecto.
Adad también se había cruzado de brazos y escuchó en silencio con los ojos cerrados. Se veía tan serio y tan maduro que sus tíos apenas se podían creer que ese era el muchacho rebelde que patrullaba el desierto a su antojo, sin reportar ni obedecer a nadie.
—Yo creo... —dijo al fin— que Alain tiene razón. No estoy listo para el Trono, ninguno lo está. Pero tío Jaliar dijo que ustedes escucharían lo que tengo que decir y que aceptarían la decisión que tomara como heredero.
—Habla —lo urgió Hundrian.
—Propongo como regente o como reina a la Virtuosa.

****

Los cables la soltaron y la liberaron del sueño. Las paredes del cuarto de las Amrit estaban apagadas, pero el líquido cian de las cápsulas brillaba e iluminaba los alrededores. Sakti se sorprendió de que no sintiera el cuerpo ni la cabeza pesados. Ya ni siquiera le dolían las incisiones de los cables porque se había acostumbrado a ellos.
—¿Y bien? —preguntó en un susurro—. ¿Es posible?
Estoy trabajando en la fórmula. Gracias por tu cooperación. Sakti se sentó en la tabla y encontró al lado la ropa. Dereck no estaba en ninguna parte. Tu hermano..., comentó con timidez la Virtuosa,... rechazó el Trono y me pidió tomar su lugar.
Al principio Sakti no supo cómo reaccionar, pues le habría gustado ver a su hermano como rey. Cuando estuvieron en Masca, Adad le dijo lo mucho que ansiaba el Trono de las Arenas para gobernar en lugar de Velmiar, quien murió antes de ser coronado. Pero luego recordó que en el tren Adad no dio muestras de interés. «Claro, porque ya no es mi Adad», pensó la princesa. «Este es otro Adad y no tiene los mismos intereses que el anterior».
Meditó en lo que hizo el príncipe y se dio cuenta de que era la decisión más acertada. La Virtuosa fue Emperatriz. Sabía cómo liderar un Imperio; la prueba de su competencia estaba alrededor de ella. Con su liderazgo, las Arenas vivirían un nuevo Esplendor y sin lugar a dudas el continente principal también se vería beneficiado.
—Es lo más inteligente —aprobó ella—. No puedo creer que no se me haya ocurrido a mí primero.
Bueno, pues a mí no me parece lo mejor, rezongó la Virtuosa. Argh, y yo que pensé que te pondrías de mi lado y rechazarías esta estupidez.
—¿Estupidez?
Si acepto, ¿cuánto tiempo tendrá que pasar para que me liberes, ah? Luego agregó en un susurro: Ya pasé por esto antes. Es hora de que dé el siguiente paso, por más nefasto que sea.
A Sakti no la entusiasmaba la idea de ir al Reino de los espíritus y no podía comprender que alguien lo ansiara. La Virtuosa ya sabía lo que la esperaba. Era increíble que quisiera ir hasta allí a pesar de las bajas probabilidades de que se reuniera con su esposo Fafnir y el resto de su familia. Sin mencionar, además, que si los encontraba ellos ya no la reconocerían. Estarían demasiado locos como para siquiera recordar quiénes eran ellos.
—Si quieres ir con tantas ganas, todo lo que tienes que hacer es apresurarte. No te liberaré a no ser que Edén y todas tus maravillas queden a salvo de los vanirianos. Eso solo será posible si detenemos la invasión a las Arenas. Lo cual será más rápido y fácil si tú nos lideras.
Sakti supo que la Virtuosa estaba fastidiada por la respuesta. Aun así, casi tenía ganas de decirle que la liberaría hasta que todo el Imperio estuviera libre de la peste vaniriana. Las ciudades flotantes acopladas a Edén, las ciudades acuáticas que la Virtuosa aseguraba que todavía existían... Debían encontrar todos esos tesoros, despertar a los aesirianos que dormían allí y traer una nueva época de Esplendor. Eso solo sería posible si tenían como líder a la misma mujer que ideó todas esas maravillas. Sin mencionar, además, que era la única capaz de crear núcleos neutros que aseguraran el funcionamiento adecuado de las estructuras.
—Por cierto, las Amrit... —dijo ella mientras veía a su tío y a su amigo suspendidos en las cápsulas—. La otra vez que estuve aquí no había visto que hubiese tantas desocupadas. Pensé que todas contenían a un aesiriano.
La Virtuosa guardó silencio de cementerio hasta que al fin dijo: Todas estaban ocupadas. Esas eran de los aesirianos que no se sobrepusieron a la enfermedad. Sakti hizo memoria. Esa tarde, cuando entró a la sala, ¿había visto todas las cápsulas ocupadas? ¿Había visto...? No. El príncipe Phya, el hijo de la Virtuosa, tampoco estaba en la cápsula.
Recordó la primera visita a la sala de las maravillas. La Aesir, frente la cápsula, abrazándola…

«Yo lo he visto todo este tiempo pero él no lo sabe. Y nunca podrá saberlo».

La Emperatriz lo desechó. Sacrificó a su propio hijo para tener más herramientas Amrit disponibles para los nuevos aesirianos.
Lo sacrificó para que Darius y otros tuvieran oportunidad de salvarse.
«Es capaz de hacerlo», comprendió Sakti. «Es capaz de hacer sacrificios, aunque duelan. Como tío Kardan. Por eso los dos son Emperadores».
—Levanta Edén —dijo la princesa.
No podía tan siquiera imaginar la dureza de la decisión que la Virtuosa había tomado. No sabía si debía sentirse conmovida, sorprendida o emocionada por la capacidad de esa mujer de mármol. Solo sabía que debía hacer todo lo posible para darle las gracias.
—Levanta a los sobrevivientes de tu época y reza a Dios para que la Muerte sea misericordiosa y te lleve al lado en el que está tu Fafnir. Por todo lo que has sacrificado por nosotros, te liberaré lo más pronto posible.
Sakti se vistió con la intención de presentar una nueva propuesta a los príncipes de las Arenas: el Himno a los Muertos. Debían cantarlo todos en Edén, por los miles de aesirianos que murieron en la invasión y por los otros que tuvieron que ser sacrificados para que unos sobrevivieran. Mientras la Ciudad Perdida renacía en las Arenas, los sobrevivientes no podían olvidar a aquellos que jamás verían las plazas, carreteras y edificios de mármol azul.
Sí, por favor, aprobó la Virtuosa. Que todos canten en honor a nuestros muertos mientras los tres grandes terremotos levantan el nuevo Reino. Tres himnos, tres coros, tres canciones. Y quizá en el último las voces de los durmientes cantarán también.


"Los Hijos de Aesir: Dos Tronos" © 2013-2017. Ángela Arias Molina

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