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Capítulo 4

4
EL HIMNO A LOS MUERTOS


Apenas sintieron la sacudida. Las paredes cimbraron, pero no por el terremoto todopoderoso que levantaba la estructura sino por la canción.

Oh, oh. La misión llegó a su fin.
El cuerpo ya ganó los aceites de flores y lágrimas.
Oh, oh. El alma se escapa a la estrella más allá del cielo.
Allí, donde vive Dios...

Todo Edén cantaba. El mármol transmitía notas de laúdes, violines y órganos. Las herramientas Fafnir, apostadas en medio de los aesirianos, emitían un coro inusual de bajos y barítonos que sorprendió a más de uno. ¿Quién habría creído que criaturas tan temibles tenían voces tan bellas?

Oh, oh. El ojo que todo lo ve, la esencia que todo lo toca.
Deja que mi voz alcance tu sombra.
Deja que tu sombra acaricie mi corazón.

Los magos, sentados con la vista frente a la escalinata, interpretaban juntos el Himno a los Muertos.

Que el viento guíe tu sabiduría,
que sople tus cenizas sobre mí cuando más lo necesite.
Que tu último aliento conforte mi corazón.
Que tu alma rece por la mía,
que todavía no encuentra el perdón.

En lo alto de la plataforma, los príncipes también cantaban liderados por Adad. A veces daba la impresión de que la Virtuosa también cantaba, que su voz se colaba en las paredes, en las mentes de los aesirianos y en las gargantas de los Fafnir.

Oh, oh. Porque tu rastro quedará atrapado en mis memorias, ¿verdad?
Realmente no te irás, ¿verdad?
Oh, oh. ¿O quizá es mi esencia la que queda atrapada en tus recuerdos?
Ah. Eso explica por qué siento que con tu muerte, también he muerto yo.

El jardín del Edén no era el único sitio en el que cantaban. Había otras secciones de Edén, otras plazas espaciosas en donde los aesirianos estaban reunidos en círculos y tomados de la mano.

Oh, oh. Realmente morimos cuando nos olvidan, ¿verdad?
Así que recordaré para que tú jamás mueras.
Y así, yo tampoco moriré.

Las voces de los aesirianos se expandían por los túneles. Los ecos se encontraban en el camino y en las bóvedas, y daban la impresión de que todos los sobrevivientes estaban en el mismo vestíbulo.

Oh, oh. Y la tierra, y la brisa,
y la frescura del agua y la calidez del fuego.
Todo eso también recordará.
Todo eso también llevará tu esencia a mi corazón.
Todo eso calentará la mano que se escapó de la noche.
Todo eso alentará a mi alma a buscar la estrella más lejana.
Allí, donde se esconde Dios de la pena de los mortales.

Las luces de las paredes se atenuaron. Los Fafnir cerraron la boca y permanecieron inmóviles en sus puestos, como estatuas. Los últimos ecos de la canción se apagaron también y de pronto todo quedó a oscuras. Silencio. Tiempo de plegarias y recuerdos.
Los aesirianos todavía tenían en los oídos las últimas frases del himno, así que no prestaron atención al rumor de las paredes mientras se sacudían y se abrían paso en la superficie. Arriba todo temblaba. Lo que quedaba de pueblos y ciudades se desmenuzaba, dejaba de existir. Las dunas se separaban, el río de Irem desaparecía, los animales rezagados huían al otro lado de la cordillera o morían atrapados en la arena. Pero en la Ciudad Perdida todo mantenía la calma y la estabilidad.
Dos más, susurró agotada la Virtuosa. Dos himnos más de melancolía y después el himno de la victoria cuando derrotemos a los vanirianos. Durante la canción, ningún aesiriano se atrevió a llorar para no dañar la memoria honrosa de los que fallecieron. De igual manera, retuvieron los gruñidos de venganza y desesperación al pensar en los vanirianos. ¡Ah, cuando los terremotos terminaran todos los aesirianos saldrían de Edén para darles su merecido a los invasores! Ya no estarían ni confundidos ni asustados por las armas de los castillos flotantes. Con el resurgimiento de Edén llegaría el momento del desquite.
El terremoto terminó pero las paredes de Edén no se prendieron. En lugar de ello, en lo alto de la escalinata se prendió una vela. Luego la segunda y después la tercera. Uno a uno, los príncipes de las Arenas se acercaron a Sakti para encender los cilios y luego bajaron al vestíbulo para prender los de los plebeyos. Solo Sakti –que era el fuego principal– y Uruk –que todavía no se podía mover sin ayuda de alguien más– permanecieron en la plataforma principal, mirando cómo poco a poco surgían puntos de luz entre las sombras.
—Cantaste con mucho sentimiento —le murmuró el príncipe a su prima—. Nosotros pensábamos que no tenías inclinaciones afectuosas ni nada por el estilo. Tu idea del Himno fue muy conmovedora. ¿O tal vez es un plan tuyo que no entendemos?
—No hay que pensarlo mucho —le respondió Sakti—. Hay que honrar la muerte de los caídos y levantar la moral de los que quedan. Unidos somos más fuertes.
Sakti miró a su hermano sin parpadear. Aunque Adad había cambiado mucho a raíz de la fusión, cada vez más se esforzaba por imitar la personalidad anterior del príncipe. Le costaba, pero poco a poco emulaba la sonrisa simpática que cautivaba tanto a los plebeyos. Allí estaba en la plaza, utilizando su carisma innato, impregnando a los sobrevivientes de entusiasmo. Pero todavía no era perfecto. Kael y los príncipes se daban cuenta de que algo no estaba bien, pero creían que era estrés. No se les pasaba por la cabeza qué tan seria era la situación actual del príncipe.
Gracias, le murmuró la Virtuosa solo a ella. Cantaste por mi Phya.
«Yo no perdí a nadie en el desierto, pero los demás tienen muchos en quienes pensar como para recordar el dolor de otros», le respondió con el pensamiento. «Ninguno de ellos comprenderá el sacrificio que has hecho por nosotros. Yo apenas me doy una idea».
No se atrevía siquiera a pensarlo, pero, para Sakti, el sacrificio de Phya fue la salvación de Darius. No sabía por qué lo sentía así, pero estaba casi segura de que la cápsula de su amigo estuvo antes ocupada por el hijo de la Virtuosa. No podía quitarse esa sensación. Si ella hubiese estado en el lugar de la Virtuosa no habría podido hacer algo así. Cada vez se daba más cuenta de que su hermano tomó la decisión correcta al elegir a la Emperatriz como nueva gobernante del desierto.
—¿Dónde está Connor? —preguntó a Uruk.
En todo el tiempo que llevaba en el jardín no había visto al profeta doctor. Hasta ahora se daba cuenta, pero el muchacho no estaba por ninguna parte. Le parecía curioso que los gemelos tampoco estuvieran preocupados por él.
—¿El chico médico? —preguntó el otro con una sonrisa. Era obvio que Connor lo había atendido y que se había ganado el corazón del paciente—. Tío Hundrian lo envió a una de las plazas. Aquí éramos muchos, pero estamos relativamente bien. En cambio, en la otra necesitaban con urgencia a un doctor.
Sakti sabía que no había suficientes herramientas Amrit desocupadas como para atender a todos los heridos. Claro que los doctores todavía eran necesarios y Connor era el mejor de todos. De seguro que para los magos en aquella plaza afortunada, el chico profeta era mucho más luminoso y cálido que los cilios que prendían sin la llama de un príncipe.

****

Connor estiró los brazos y bostezó un poco cansado. Le habría gustado ir en tren hacia el jardín, pero la Virtuosa estaba ahorrando energía de sincronización para los terremotos. Casi toda la magia de los aesirianos de Edén iba dirigida a las sacudidas que levantarían la Ciudad Perdida, otra parte más pequeña iba para las herramientas Amrit y casi nada iba a las paredes.
La plaza en la que estuvo apenas si alumbraba, pero por lo menos todavía mantenía la temperatura adecuada para conservar a los aesirianos con vida. Sin mencionar, además, que los protegía de los cambios de presión experimentados por cambiar de profundidad.
Los túneles, en cambio, no alumbraban para nada. La capa de protección marmolea seguía intacta, pero las paredes del camino no se encendían. Por eso Connor viajaba a pie con una linterna de aceite alumbrándole el camino.
Lo hacía con buena voluntad. Ya había atendido a todos los heridos que le encargaron y ahora merecía quitarse la preocupación de encima. ¿Y qué mejor que con esa noticia justo el día después del primer terremoto apocalíptico? ¡Tenía que ir rápido al jardín del Edén! La Virtuosa le había comunicado que su padre pronto saldría de la Amrit y Connor quería estar junto a Darius para recibirlo.
—¿Quieres que te enseñe una tonada? —dijo el chico mientras daba media vuelta y caminaba de espaldas—. Es una canción de piratas que dice así: «Vueltas y olas en el mar...»
—«... aplastando sus barcos sin cesar. Qué tesoros, qué belleza, destruidos por su fuerza» —tarareó el otro.
—¿Te la sabes?
—La aprendí en un... —luego negó con la cabeza—. No debes aprender canciones así. Son vulgares. —Connor echó la cabeza hacia atrás y carcajeó.
—¡Genial! De seguro eres el único que se preocupará de que no aprenda cochinadas. Contrario a Dagda y Airgetlam. ¡Yo creo que esos dos me la cantaban al oído mientras dormía para que no me la quitara de la cabeza! Pero tú vas a cuidar de mi inocencia, ¿eh? ¡Como todo un hermano mayor!
Drake no se atrevió a ver la cara sonriente de Connor. En realidad, casi no se atrevía a hablarle. Connor era... ¡tan endemoniadamente lindo! El pobre Drake tenía que hacer un esfuerzo tremendo para no sonrojarse por los cumplidos y las sonrisas que el chico le daba. Ver a Connor hacía que le doliera el corazón. Era imposible no querer al chico atento que le había curado las heridas de la cara con remedios y cariño; al chico que agarró a coscorrones a los gemelos por decir algo hiriente a la oveja perdida de los profetas; al chico que andaba de un lado para otro repartiendo sonrisas y alivio a cuanto extraño lo necesitara. Pero sobre todo, al chico que lo había perdonado.
En muy poco tiempo, Connor se había convertido en un punto importantísimo de la vida de Drake. Lo quería, lo quería, lo quería muchísimo. Seguro que a Hermanos 1 y 2 les daría un ataque al ver que Drake pasó todo ese tiempo acompañando al menor de los profetas, asistiéndolo en lo que pudiera, vigilándolo mientras dormía. Le daba pena admitirlo, pero se convertía en un guardaespaldas sobreprotector. Eso era lo único que podía ser. Aunque Connor nunca se enfadó con él por lo que le hizo a Darius, Drake se sentía incapaz de llenar los zapatos de un hermano mayor. No podía cumplir con el rol cuando era la causa de todo el estrés de Connor.
—¿Todavía te duele la nariz? —preguntó el chico mientras le daba tiempo a Drake para que lo alcanzara. El sicario negó con la cabeza—. Qué bueno. No te preocupes, no te quedará ninguna marca. La hinchazón ya está bajando. —Connor le había sanado la nariz después de que Dagda se la fracturara en el jardín de allen, en Irem.
—Eso me tiene sin cuidado...
—¡Eh! ¡Pero debería importarte mucho! Tienes una cara muy bonita como para echarla a perder con una nariz rota. ¡Eres tan bonito que pareces...!
Connor se mordió los labios a tiempo, aunque se sonrojó sin remedio por la mirada que Drake le dio. Al peli-rosado le temblaron el ojo y la mejilla con un tic nervioso, como si estuviera enojado.
—Anda, termina la oración —dijo el sicario entre dientes.
—No... —murmuró Connor—. No te gusta que lo digan y no quiero que te enojes conmigo. —Connor creyó que seguirían el camino en silencio, que Drake ya no querría hablar de nada, pero el muchacho lo sorprendió:
—Solo contigo haré una excepción. Digas lo que digas sobre mí, jamás me enojaré. —Eso era lo más cercano que podía decir a «Te quiero» y Connor lo sabía.
—Eres tan bonito que pareces un modelo de ropa interior.
Drake no respondió. Parpadeó varias veces, buscó sentido a lo que su hermano acababa de decirle y al final enarcó una ceja mientras miraba a Connor como pidiéndole que se explicara.
—Una vez, a la taberna de mis padres llegó un tipo que tenía una cara como la tuya. Más que guapo era lindo. Como me le quedé viendo, me preguntó si quería que me mostrara la ropa interior. Al principio me pareció raro, pero luego mamá me explicó que era modelo de ropa interior y que trabajaría por una temporada en uno de nuestros cuartos. También dijo que no debía acercarme a su habitación porque podría molestar a sus clientes.
Drake guardó silencio y mantuvo la expresión más calmada de la que fue capaz, aunque por dentro se reventaba de la risa por la inocencia de su hermano. No quería ser el que le dijera que un modelo de ropa interior era, en realidad, un prostituto. En parte porque Connor intentó darle un cumplido, pero también porque ese era uno de los encantos de su hermano: veía solo lo bueno de las personas y las situaciones, nunca lo oscuro o lo depravado.
Drake era todo lo contrario a Connor. Mientras Drake asesinaba a desconocidos para ganarse unas cuantas monedas, Connor se preocupaba por salvar vidas sin esperar nada a cambio. Tal vez por eso quería tanto a Connor; porque era y tenía todo lo que él no podría ser ni tener jamás.
—Papá dijo que te pareces a mamá —murmuró Connor—. Estaba muy feliz cuando me lo dijo. Ahora yo también estoy feliz. —Mientras seguían caminando, Connor miró el rostro de Drake—. Ahora sé cómo debió haber sido nuestra madre. Las veces que le pregunté a papá, él nunca me la pudo describir. Supongo que le dolía mucho recordarla, así que dejé de preguntar. ¿Tú te acuerdas de mamá?
—¿Para qué preguntas? —A Drake tampoco le gustaba recordar—. Tú tienes otro par de padres y deberías conformarte con ellos.
—Pero tengo dos papás y dos mamás —rezongó el chico—. Tengo derecho de conocerlos a todos. Anda, ¡háblame de mamá! Dagda y Airgetlam no lo hacen.
Drake tragó fuerte. ¿Qué podía decirle? ¿Que el recuerdo más fresco que tenía de ella era cuando murió? ¿Que recordaba con mayor detalle su cara de pánico al ver a Sigurd, en lugar de alguna sonrisa mientras le hacía cosquillas en los pies a Fenran o a Zoe?
Tampoco recordaba su olor. Cada vez que pensaba en ella intentaba relacionarla con algún perfume, pero lo único que le llegaba era una mezcla de sal y leche; quizá porque vivían cerca del mar y porque todavía amamantaba a Connor cuando ocurrió la tragedia.
También temía admitir que cuando se veía en el espejo no veía a su madre. Njord era una memoria borrosa, un fantasma cuyo cabello oscilaba entre el rosado vivo de una flor y el pálido de un atardecer. Drake ni siquiera estaba seguro de que él y Njord tuvieran el mismo tono de verde en los ojos. Se había esforzado tanto en esos años por recordar la cara, el nombre y los ojos de Darius que todo lo demás era una bruma completa. Quizá con la excepción de Fenran, a quien había querido mucho.
¡Ah, otra razón por la cual amar a Connor! Si Fenran se sacrificó por él, ¿cómo podía no quererlo? Que Connor viviera era la prueba más clara del amor del hermano de ojos mestizos al que Drake envidió y amó por su apariencia.
—Ni siquiera me acuerdo de Zoe —contestó al fin el sicario—. Ni siquiera me acordaba de cómo se veían los otros dos. Solo que eran unos cabrones de primera. —Connor sonrió.
—Cuando viajemos a Masca, tú y yo conoceremos a Zoe. —Connor enredó un brazo con el de Drake para rozarlo al caminar—. Ay, me pregunto si ella será igual de buena conmigo que tú. Ojalá que me quiera. Yo ya la quiero mucho.
Drake tuvo que morderse la lengua para aguantar un gemido, pues le dolía y alegraba por partes iguales estar con Connor. Estaba tan acostumbrado a esperar lo peor de la gente que la sencillez y bondad de su hermano lo tomaban desprevenido.
Al fin llegaron a un nuevo vestíbulo, solo que este era muy pequeño. Más parecía un punto de chequeo o un descanso que otra cosa. Solo hasta que todo Edén quedara al descubierto podrían saber por qué todos los túneles conectaban con vestíbulos y plazas. Desde otra de las entradas del salón les llegaba el sonido de agua. Probablemente estaban cerca de una de las fuentes que la Virtuosa puso a funcionar para los nuevos inquilinos de Edén.
—Deberíamos llenar las cantimploras —dijo Connor mientras guiñaba un ojo—. En el jardín hay muchas filas de gente por el agua, pero aquí podemos hacernos de una buena ración sin problemas.
Bueno, Connor podía tener un poquito de malicia y aun así ser adorable. Cambiaron la ruta para ir por el agua, pero entonces Connor pescó algo por el rabillo del ojo. Detuvo al sicario y alzó la lámpara. A pesar de que la luz no alumbraba mucho, pudieron ver las piernas de una persona en el suelo.
—Rápido, ve por el agua —dijo Connor mientras iba hacia la persona desmayada—. Puedes arreglártelas con tu fuego, ¿verdad?
No esperó respuesta de parte de Drake pero al sicario tampoco le molestó. También le gustaba que Connor se transformara cuando asumía su papel de doctor. Drake giró sobre los talones, chascó los dedos y se alumbró el camino hacia el otro túnel.
Mientras tanto, Connor se acercó a la muchacha. Se dio cuenta de que era una chica hasta que estuvo junto a ella, con la lámpara alumbrándole ya todo el cuerpo. Ella tenía las manos llenas de quemaduras, las piernas tenían varias cortadas y el rostro estaba un poco descarapelado. Debía de ser una de las sobrevivientes del desierto, aunque Connor no se explicaba qué hacía allí sola y herida.
Aprovechó el estado de la chica para pasarle ungüento en las quemaduras, además de vendarla. Si estuviera despierta lloriquearía por el dolor. Cuando guardó el medicamento y el paquete de vendas, Connor se percató de que en su mochila tenía una cantimplora con suficiente agua. No esperó a Drake y le dio de beber a la chica para despertarla.
—¡Ah! —gritó ella cuando vio a Connor al lado. Intentó darle un manotazo para apartarlo, pero Connor evadió el golpe a tiempo.
—Tranquila, solo te doy agua. —Le extendió la cantimplora y dijo—: Estás herida pero si me dejas puedo ayudarte. Apenas regrese mi hermano te llevaremos al campamento más cercano.
La muchacha guardó silencio y se sentó en el suelo con cuidado, aunque su cara más que confusión o dolor transmitía un desprecio profundo. Connor no se preocupó por eso. En los últimos días atendió a muchos aesirianos ceñudos que estaban de mal humor por todo lo ocurrido con los temblores. Estar asustados o molestos era una reacción normal en esa época de crisis.
—Tienes cara de insolación —se aventuró de nuevo Connor, esta vez meciendo la cantimplora delante de la chica—. Bebe cuanto quieras.
Al principio ella se resistió; era claro que no confiaba en Connor. Pero él le vio en la cara que estaba sedienta, que quizá llevaba mucho tiempo sin beber ni una gota. ¿De dónde había salido esa chica? ¿Acaso se habría alejado de los grupos de aesirianos y se perdió en la oscuridad de las ruinas sin dar con la fuente de agua? Mientras Connor se hacía estas preguntas, la muchacha le arrebató la cantimplora y la bebió sin parar.
—Mi hermano traerá más agua. Si todavía tienes sed podemos ir a la fuente para que te la bebas entera si quieres.
La extraña muchacha apretó la cantimplora y recibió excitada las últimas gotas. Cuando aceptó que no tendría más agua pronto, encaró de nuevo a Connor. Contrario a lo que el chico esperaba, ella todavía lo veía como si lo quisiera matar. Así que intentó romper el hielo con un cumplido.
—Oye, qué bonitos ojos tienes. —Alzó la lámpara y la acercó un poco más para verle mejor el rostro—. Color miel. Y tu cabello...
Connor enarcó una ceja. Creyó que el pelo de la chica era pelirrojo casi anaranjado, pero se dio cuenta de que ese era el color del fuego de la lámpara. «Blanco», pensó. «Curioso, muy curioso».
—Qué asco —dijo la chica de mal modo—. No me digas que estás intentando ligarme.
—¡No! —respondió Connor sonrojado—. Solo intento hacerte sentir bien, ¡cielos!
Estrés, se dijo, mucho estrés. La chica solo intentaba defenderse. Si no estuviera tan cansada ni herida no lo trataría tan mal. Connor se aclaró la garganta y se presentó:
—Mi nombre es Connor, Connor Tonare.
El apellido de Enlil le salió con naturalidad, a pesar de que los gemelos y Darius lo mirarían con malos ojos por llamarse así. Pero los príncipes le dijeron: «Si te presentas de esta manera, los soldados y civiles no te darán problemas. El apellido Tonare es muy querido en el desierto porque tu abuelo es un buenazo».
—Si confías en mí te llevaré a un lugar seguro. Aunque todo Edén está cubierto por la capa de protección marmolea, es mejor que permanezcamos en grupos en las plazas asignadas. Los pasillos no están protegidos del cambio de presión durante los terremotos y se te pueden reventar los oídos. —Connor se incorporó y le ofreció la mano—. ¿Puedes levantarte o prefieres que mi hermano te cargue en cuanto regrese?
La chica ya no lo miraba con desprecio, sino con interés. Los ojos miel le brillaban con la misma malicia de Sakti cuando los ojos se le ponían dorados.
—¿Tonare, dijiste?
—Ajá.
—¿Familiar del General Tonare? —Connor bajó la mirada y pateó el suelo con la bota, un poco nervioso.
—Ajá, pero no soy militar. Soy doctor y...
—¿Eres profeta? —lo interrumpió la chica. La pregunta tomó desprevenido a Connor.
—Eh... supuestamente sí. Pero ya sabes, no soy...
—Está bien —dijo la chica mientras sonreía de forma cautivadora. Connor se sonrojó de nuevo, fascinado por lo que veía. La chica le tomó la mano y se levantó con su ayuda—. Me basta, eres justo lo que necesito.
—¿Tu nombre? —La muchacha sonrió de nuevo. La mano que apretaba la de Connor se cerró como una garra de acero.
—Kiria.


—Disculpa la tardanza —dijo Drake mientras entraba al vestíbulo—. Traje tres cantimploras llenas. Espero que te sirvan.
Lo recibió el silencio. El sicario buscó el punto de luz que alumbraría la cara de Connor, pero lo único que brillaba allí era la flama que le rodeaba el puño.
—¿Connor?
Avanzó hacia donde vio por última vez a su hermano. No encontró rastros ni de él ni de la muchacha, con excepción de la lámpara de aceite, que estaba destrozada. Drake tuvo un mal presentimiento.

****

Voces. Miles de miles de voces, todas somnolientas. Imágenes, retazos de sueños y conversaciones. Paisajes hace mucho desaparecidos, animales y plantas extintos, ciudades ahora destrozadas u olvidadas bajo alguna montaña...
—¡Virtuosa! —la llamó Sakti.
La Emperatriz abrió los ojos y detuvo uno de los procesos de sincronización. Sakti estaba delante de ella, unos peldaños debajo de la silla. Ah, entraste, dijo cansada. ¿Y bien?
—Todas las transmisiones indican que en las otras plazas están bien. El primer terremoto no causó daños a la estructura ni a los sobrevivientes.
Sakti levantó una ceja. Aunque no lo preguntó en voz alta, la Virtuosa supo que ella se cuestionaba por qué no usó la sincronización para conocer información tan básica como el estado de la estructura o sus habitantes.
Porque estoy ahorrando energía, le explicó la Virtuosa. No quiero usarla en algo más si hay métodos remotos y eficientes a mi disposición.
Sakti miró a la Virtuosa. La Emperatriz estaba envuelta en los cables de sincronización, sentada en un enorme trono idéntico al de Masca con la excepción, tal vez, de que los escalones más parecían las vértebras de algún dragón que simples gradas. La sala también era idéntica a la de Masca, al menos en los primeros niveles. Lo único distinto era la cúspide. Mientras que en Masca había un ventanal de colores y una araña de cristal, la sala de comando de Edén parecía no tener techo. Las paredes se alzaban hasta el infinito, como una enorme torre.
La ceja de Sakti no bajó. Miró con insistencia a la Virtuosa, aunque no se preocupó por su aspecto. El rostro de su tocaya estaba desquebrajado, como si se tratara de cerámica. Suponía que se debía al esfuerzo de los terremotos, que le quitaba energía. El cambio en la Virtuosa debía de ser algo similar a lo que le pasaba al Emperador, a quien le cambiaban los ojos por la sincronización con Masca. Lo que llamó tanto la atención a Sakti fue lo mucho que costó que la Virtuosa respondiera a su llamado.
—¿Estabas dormida? —preguntó curiosa.
Los muertos no duermen, respondió la Aesir. Pero sí estaba en un sueño. Mientras hacía los experimentos del suero con los anticuerpos me percaté de algo increíble: todos sueñan. Más aún, comparten sueños. Quizá no se dan cuenta de ello, pero los aesirianos en las Amrit entran y salen de los sueños de los demás, conversan, creen que todavía están en su época. Pero desde que los nuevos pacientes ingresaron, los sueños han variado e insertaron nuevos escenarios. En especial los del profeta.
»¿Sabes, Allena? Tu amigo me ha servido mucho. Además de la prueba con su sistema inmunológico, sus sueños me ayudan a preparar a mis súbditos a enfrentar el nuevo mundo. Sus sueños son... Bueno, digamos que en cierta medida todos están viendo las visiones de un profeta. A pesar del coma de la criopreservación, ya algunos comienzan a entender que están viendo el día de la Profecía. Ellos serán los chivos expiatorios, los sujetos de prueba del suero y de la reanimación. Si no funciona con ellos, no funcionará con ninguno.
—Bien. Eso significa que todo va de acuerdo al plan.
Así es.
Sakti guardó silencio por un instante, pero supo que no tenía sentido intentar esconder sus dudas ante la Virtuosa. De por sí parecía que siempre las intuía, así que preguntó:
—¿Por qué no dejas que los príncipes entren a la sala Amrit? Tampoco los dejas entrar aquí. Me están dando quejas por eso.
Parte de las razones por las que Edén y mis otras ciudades cayeron en el olvido fue que mis hijos y los ministros no entendían a la perfección la energía cero. Intentaron experimentar y crear núcleos neutros, pero todo acabó en desastre. No quiero que eso se repita. No quiero que los nuevos príncipes y sus ministros experimenten a ciegas con la estructura, que intenten desarmar una Amrit para comprenderla o que se sientan tentados a sincronizarse con Hlidskjalf-2. Ya que tu hermano me encargó el desierto por un tiempo, seleccionaré con cuidado a los que les enseñaré el funcionamiento de todo esto para dejar la estructura en buenas manos.
—Pero nadie va a poder crear núcleos neutros —le dijo Sakti—. Solo tú pudiste.
No te preocupes por eso. Los labios de la Virtuosa se estiraron un poco. Yo me encargaré de que todo salga bien. Luego la sonrisa desapareció, giró los ojos y pensó irritada: No soy una línea de comunicación, ¡maldita sea! Casi todos han intentado usar la sincronización para comunicarse telepáticamente, ¡como si con estar aquí les regalara esencias de la mente o algo por el estilo! Sakti creía que en realidad la Virtuosa estaba feliz de tener tanto movimiento en Edén. Después de milenios de soledad, hasta los molestos intentos de los aesirianos curiosos debían de parecerle un cambio agradable. Es para ti, le dijo.
La chica arqueó una ceja. ¿Quién intentaría comunicarse con ella? ¿Por qué simplemente no la buscaban?
—¿Quién es?
Uno de los chicos híbridos, el que te acompañó la primera vez que estuviste en Edén.
Solo por curiosidad Sakti aceptó el ofrecimiento de la Virtuosa. Sintió que su mente se conectaba a la de Drake. Ni siquiera tuvo tiempo de preguntarle que quería. «¡No encuentro a Connor!», gritó mentalmente el sicario. Por la sincronización, Sakti podía ver a Drake en los túneles de la Ciudad Perdida, corriendo desesperadamente de un lado a otro. Mientras el muchacho buscaba como loco a su hermano, le explicó a Sakti lo que había sucedido. La princesa prestó atención pero no se preocupó en exceso.
«Te preocupas por nada. Quizá Connor se llevó a esta persona al campamento más cercano para atenderla mejor», le comunicó.
«¿Sin la lámpara? ¡Todo está a oscuras! ¡Podría romperse el cuello si da un mal paso! ¿Qué pasa si se pierde? ¿Qué pasa si no encuentra un campamento antes del próximo terremoto? ¡Se le pueden explotar los tímpanos, quedarse sin aire, morirse de sed!». A Sakti le pareció que Drake estaba siendo muy tierno. Era conmovedor cómo se preocupaba por Connor. «Mira, canosa, si no me ayudas a encontrarle te voy...».
¡ALERTA!, gritó de repente la Virtuosa. La comunicación entre Drake y Sakti se cortó. Ellos y el resto de aesirianos en la Ciudad Perdida dieron un brinco tremendo al escuchar el aviso de la Emperatriz. Se detecta presencia vaniriana en sector U-8129. Por precaución se procederá a cerrar todas las compuertas en tres minutos. Por favor, todos los aesirianos permanecer en los campamentos. Aquellos que ronden los pasillos o los túneles de tren, regresen de inmediato. De lo contrario se quedarán afuera.
La Virtuosa repitió la alerta, pero en un canal separado se comunicó con Sakti. Tus tíos y primos estarán felices ahora, dijo con sarcasmo. Los he citado aquí. Allena, esto es grave.

****

Connor entreabrió los ojos. La claridad de las paredes le dio dolor de cabeza. ¿En dónde estaba?
Quiso masajearse la frente pero no pudo mover las manos. Las tenía atadas. Estaba sentado contra una pared. Levantó la vista y se percató de que estaba amarrado con una soga, que le sostenía las manos por encima de la cabeza con mucha fuerza. La cuerda, a su vez, estaba sujeta a un gancho que estaba a unos veinte metros de altura. Aunque no entendió qué sucedía, se estremeció al comprender que el gancho formaba parte de una extraña estructura de metal, pues estaba en medio de dos grandes cilindros cubiertos con puntas filosas. Parecía una especie de... triturador. No sabía que en Edén hubiese algo así.
Le llegó un olor a hierbas fermentadas y se percató de la presencia de Kiria. La peliblanca estaba de espaldas a él, sin blusa, frotándose un golpe con el ungüento que Connor llevaba en el bolso. El chico aspiró aire con fuerza, sorprendido por la desnudez de la mangodria. Apenas pudo evadir la vista justo cuando la chiquilla lo escuchó.
—Ya estás despierto —señaló ella—. Bien.
Cerró el frasco del ungüento con descuido y lo lanzó al interior del bolso. Luego lo tiró a un lado con rencor. Kiria se vistió con descuido, tomó un pequeño látigo que estaba en el suelo junto a ella y se detuvo frente a Connor. Como el muchacho estaba sentado, la vaniriana era más alta.
Connor la miró boquiabierto a la vez que se preguntaba en qué se había metido. No entendía por qué estaba atado, o por qué la chica lo miraba con tanta rabia y resentimiento que parecía querer arrancarle la piel a tirones. Kiria apretó el látigo y lo meció un poco, como si calculara la fuerza que requeriría para emplearlo.
—Emm... Mira, no sé qué...
—Cállate —siseó ella—. No hables a menos que te lo ordene.
Connor obedeció. La preocupación que sentía cambió. Aunque Kiria lo miraba con desprecio, él veía mucho más que los ojos miel de la chica. Vio las quemaduras de los brazos y piernas, una llaga en el cuello, los labios resecos, el temblor de las manos... A pesar de que él estaba en problemas, sintió pena por el estado de Kiria. Pero no se atrevió a dar palabras consoladoras por el látigo de la muchacha. Parecía tan loca que de seguro lo fustigaba si decía algo fuera de lugar.
—... Sangre de un General... —se burló entonces Kiria—. Este chiquillo es sangre de un General aesiriano. ¡Me das asco!
La mangodria levantó el látigo y golpeó a Connor un par de veces, aunque el chico logró cubrirse parte de la cara con el antebrazo. El movimiento le lastimó las muñecas atadas y le aparecieron aruñazos y cortes en las partes que alcanzó el látigo. Si hubiese sido un arma más grande, de esas enormes que arrancaban tiras de piel de un golpe, le habría destrozado el brazo. Quizá hasta le habría deshecho un ojo.
—¡Y para empeorarlo todo, eres lacayo de esa zorra, ¿no?! Eres un profeta ¡y sirves a esa zorra plateada!
Kiria dejó caer otros golpes pero fueron muy débiles. La vaniriana apenas tenía fuerzas para mantenerse en pie. Se mareó, perdió el equilibrio y cayó delante de Connor. Por debajo del olor del ungüento, al muchacho le llegó otro: un leve rastro de infección. Además, la piel de Kiria estaba tan caliente que emitía calor sin tocarlo directamente.
—Estás enferma —dijo—. Si me desatas puedo ayudarte. No sé qué hice para ofenderte pero puedo corregirlo. Déjame ayudarte.
—¿Ayudarme, dices? Prometes ayudarme si te desato, ¡tal y como ella prometió liberar a mi hermana si hacíamos lo que decía! —Se irguió lo suficiente para acercarse más al muchacho. Lo tomó de la cara y le metió las uñas en las mejillas—. ¿Y qué puedes corregir, ah? ¡No puedes hacer nada! Lo único que podría corregir esto es que puedas revivir a los muertos, ¡pero no puedes! ¡Nadie puede!
Kiria soltó a Connor. Se incorporó a duras penas y avanzó hacia una baranda. Hasta ese momento Connor se dio cuenta de que estaban en un balcón y que por debajo había una pequeña plaza.
—No, ya nadie me va a regresar a mi hermana. —Connor juraría que Kiria había empezado a llorar, pero ella se repuso antes de que él la viera derramar una sola lágrima—. Por eso le pagaré a esa zorra plateada con la misma moneda. Si la Princesa Carmesí tiene corazón, se lo retorceré.
Connor abrió los ojos de par en par. Él sabía que los vanirianos llamaban a Sakti por ese apodo tan emblemático, lo que quería decir que la chiquilla era vaniriana. Luego recordó lo que Sakti y Darius le habían contado de las mangodrias: que todas tenían los ojos color miel. También recordó el relato del príncipe Morak, que habló de una chica de cabello blanco a cargo de un castillo flotante.
—Tú eres la mangodria que atacó Irem, ¿verdad? Tú eres la que derrotó a Allena con el fuego púrpura. —Kiria lo miró furiosa.
—En esa ocasión fui piadosa con ella, pero la Princesa Carmesí no correspondió mi piedad. Acabó con la Academia, acabó con la flota aérea... y acabó con mi hermana. Así que seré la civilizada y le responderé tal y como ella lo ha hecho. —Miró a Connor con una sonrisa retorcida y preguntó—: ¿Ella tiene corazón? ¿Crees que le importas? Porque si así es, ¡sufrirá mucho cuando te haga trizas!
El muchacho se estremeció porque ya comprendía por qué estaba atado. Kiria quería vengarse de Sakti y para eso lo utilizaría como carnada.

****

—¡Vaya! —silbó Raziel—. Elegante. —El príncipe patrullero pasó un dedo por la pared de la habitación—. ¿Así se ve la Sala del Trono de Masca?
—Sí —respondió Sakti.
—¿Y así es el Trono allá?
El príncipe señaló a la Virtuosa, que todavía estaba rodeada de cables. La Aesir parecía dormida porque tenía los ojos cerrados y la cabeza echada sobre el pecho. Sakti no sabía si la Emperatriz estaba concentrada en la información que le daba la Ciudad Perdida o si mantenía los ojos cerrados para ignorar las miradas penetrantes de los príncipes de las Arenas, que estaban fascinados por su aparición. Todos estaban allí, con excepción de Merkaid. Alain, Raziel, Uruk, Morak, Jaliar, Remiak, Hundrian, Adad y Sakti estaban reunidos en el centro del salón, justo en el sitio que en Masca estaba destinado a los entrevistados en audiencia.
Esta sala es una copia de la de Masca, explicó la Emperatriz. Los príncipes sintieron un escalofrío. Aunque ya la habían escuchado antes, esta era la primera vez que la tenían frente a frente. Edén es la primera de las ciudades clonadas a partir de Masca.
—¿Entonces es cierto? —preguntó Hundrian en tono altanero, con los brazos cruzados sobre el pecho. Se había olvidado de que ya no era regente y que le debía respeto a su nueva líder—. ¿Hay más ciudades como esta?
La Emperatriz guardó silencio un momento, tras el cual respondió con lentitud: Edén, Kamul, Kraken, Syren, Sybil, Cecaelia, Tyr, Klay, Meyas... Todas tienen salas de control como esta y copias del Hlidskjalf de Masca.
»Ryaul Borub me ha explicado la nueva división política de los dos continentes del Imperio. En el continente principal, las ciudades tienen Doncellas que responden al líder de región, el Lord. El Lord, a la vez, responde al Emperador. En el desierto hay ministros de estado, príncipes asentados en zonas estratégicas y otros que recorren el país, pero todos dan cuenta al rey que, a su vez, responde al Emperador.
»En mi reinado teníamos algo similar, con la excepción de los Lores y que el Imperio abarcaba ciudades acuáticas y aéreas que seguían la misma estructura. En ese entonces, los duques eran los encargados de regiones más pequeñas a las actuales. Todos ellos, tanto en el continente principal como en el desierto, los mares y los cielos, respondían al Emperador por medio de las copias Hlidskjalf de cada ciudad cabecera.
Tenía sentido. Sakti sabía que algunos Lores del continente principal tenían algún antepasado Aesir, mientras que otros se habían ganado el puesto con buen trabajo. Pero ninguno podía sincronizarse, por lo que dependían de las Doncellas para proteger las ciudades. A diferencia de la actualidad, el Imperio de Esplendor estuvo unificado por medio de la sincronización. Las Doncellas reportaron desde las ciudades a los duques, y estos reportaron al Emperador sin viajes a la Capital ni cartas. Les bastaba con las copias del Trono de Masca para informar a la Emperatriz.
Cada clon Hlidskjalf tenía la potencia necesaria para sincronizar todas las ciudades que estaban a su cargo, si era necesario. Pero ninguno podía sincronizar otras regiones. De igual forma, en el desierto había otras ciudades con copias Hlidskjalf, pero todos estaban sometidos a la voluntad de este trono. Hlidskjalf-2 puede controlarlos a todos. Por eso es el centro de comando por excelencia de esto que ustedes llaman la Ciudad Perdida.
—Es una Capital —dijo Hundrian con una sonrisa—. Igual a Masca.
No. La Virtuosa abrió entonces los ojos y fulminó con la mirada al ex-regente. Estaba furiosa. De golpe Sakti comprendió por qué la Emperatriz no había permitido a los príncipes entrar a esa sala: en el estado actual de Masca, temía que utilizaran el Hlidskjalf-2 solo para el desierto y que se olvidaran del continente principal. Quizá temía una separación del Imperio y que quedaran dos países aesirianos independientes.
Grábate esto en la mente, hijo mío: el Hlidskjalf-2 es poderoso, mucho más que todas las otras copias. Pero nunca, jamás, podrá igualar al Hlidskjalf en Masca. Todas las copias responden al Trono absoluto de Aesir, porque ese Trono no solo está hecho de mármol sino también del metal bendecido por Dios. Dedicó una última mirada significativa a Hundrian y después cerró los ojos de nuevo. Pero no los convoqué aquí para hablarles de tronos, sino para mostrarles esto.
Apenas lo dijo, apareció una pantalla fantasmagórica entre ella y los príncipes. Todos dejaron salir un grito de asombro. Es un holograma, explicó la Virtuosa. Con él pueden ver lo mismo que yo a través de la sincronización. Aparecieron otras pantallas en las que corrían varias imágenes: personas charlando, fuentes de agua, pasillos oscuros, la cámara Amrit, los túneles de los trenes, herramientas Fafnir apostándose a las entradas de los vestíbulos ocupados... Las imágenes pasaban a la velocidad de la luz, como si fueran insignificantes. Lo que en verdad importaba era la imagen en la primera pantalla.
—Connor... —dijo Sakti mientras avanzaba hacia la pantalla—. ¿Qué...? ¿Por qué...?
Es una zona modificada, la interrumpió la Virtuosa. Apenas logré desbloquear el sistema para que me permitiera ver lo que está sucediendo. La imagen se amplió para que pudieran ver todo el cuadro. Connor estaba en un balcón, sentado en el suelo, e intentaba liberarse las manos. A la vez, una persona de cabello blanco jugueteaba con una palanca.
—Oh, Dios. Es un triturador... —comentó Jaliar mientras torcía el gesto. Sakti lo miró incrédula y después a Connor.
Ella nunca había visto un triturador, aunque sabía que en Masca había cinco. Los trituradores eran unas antiguas máquinas de tortura que, como su nombre indicaba, trituraban el cuerpo poco a poco. Estaban formados por cilindros cubiertos de púas, que cada vez que rodaban acercaban más a la víctima al centro y la trituraban.
En Masca, el último triturado fue un hombre acusado a muerte por intentar secuestrar al príncipe Sin, que en ese entonces era un niño pequeño. No solo intentó dañar a un Aesir, sino que en el proceso mató a la madre del príncipe. Eso sucedió mucho tiempo antes de que Sakti conociera Masca. Por lo que había escuchado de su primo Kardan –quien tuvo que estar en la ejecución como heredero al Trono–, fue un castigo horrible.
—¿Qué está haciendo Connor allí? —preguntó enojada antes de mirar la otra figura de la imagen. Sakti rechinó los dientes y apretó los puños—. ¿Cómo es posible que todavía esté con vida?
Morak también reconoció a Kiria y explicó a los príncipes quién era la chiquilla de pelo blanco. Por su parte, la Virtuosa los puso al día sobre las intenciones de la mangodria.
—En realidad no importa lo que suceda con el chico —dijo Hundrian al final de la explicación—. Hay más profetas además de él.
Al ver que Sakti se encaminaba al ex-regente para darle un pescozón, Remiak y Morak la sostuvieron por los hombros. La chica dejó de forcejear solo hasta que Adad extendió un brazo para calmarla.
—Sí, hay más profetas —dijo el príncipe—. Pero solo hay un Connor. —Luego miró a la Emperatriz—. Señora, ¿cómo podemos salvarlo?
La Virtuosa hizo una pausa incómoda, como si no supiera cómo actuar. No es mi prioridad salvar al híbrido...
—¡¿QUÉ?! —gritó Sakti a la vez que se preparaba para lanzarse sobre la Aesir, así tuviera que escalar los peldaños hasta el Hlidskjalf-2 y sortear los cables de sincronización que saldrían en defensa de la mujer. La Emperatriz continuó:
Están en una sección muy cercana a la superficie, en donde los núcleos han sido modificados. No puedo sincronizarme lo suficiente con esa zona como para detener a la vaniriana y ella está infectando otras zonas. El holograma de Connor desapareció para dar lugar a un plano. Las zonas azules son las nuestras. Las blancas son las de ellos y se están expandiendo. Están modificando los núcleos universales.
—Pero... ¿cómo sucedió? ¿Por qué no se dio cuenta antes? —preguntó Jaliar, que entendía mejor que sus hermanos lo de la energía cero.
Yo sabía que esa zona fue afectada antes de los terremotos. De hecho, allí hubo un panal grande. Logré destruirlo antes de repoblar Edén, pero con el primer terremoto reduje gastos de energía. Eliminé el análisis de la estructura porque no había vanirianos en Edén antes del primer gran terremoto, con excepción del grolien cachorro que los profetas tienen de mascota.
—La mangodria entró después del terremoto —comprendió Adad— y aprovechó la oportunidad para modificar los núcleos.
Sí, pero esto es diferente. La primera mujer que modificaba los núcleos no lo hacía tan rápido. En cambio, esta mocosa está sola y los modifica. Incluso ahora que está con el híbrido.
—Alguien tiene que estarla ayudando, hay alguien más...
No, no hay nadie más, interrumpió la Emperatriz. Es ella. Logró lo que la otra no pudo: modificó el núcleo de un Fafnir y la herramienta está infectando los núcleos en la estructura con energía vaniriana. Hay que destruir a ese Fafnir antes de que encuentre otro y acelere la infección. De momento solo puedo esconder a las otras herramientas en los niveles más cercanos al jardín, que son también los más profundos. Pero no puedo determinar con exactitud en dónde está el Fafnir dañado. Y aunque pudiera, no me atrevo a hacer contacto con él...
—… Porque puede modificar el núcleo que usted tiene —concluyó Adad.
Exacto. Por eso los necesito a los nueve. Tienen que buscar a la herramienta Fafnir contaminada y acabar con ella. De esta manera...
—¡No, no, no! —la interrumpió Sakti—. ¿Los nueve? ¿Y qué hay de Connor?
La Emperatriz guardó silencio por unos segundos. Lo siento, pero él no es mi prioridad. Y no, agregó con énfasis, tú no lo ayudarás. La Aesir abrió de nuevo los ojos y vio a Adad: Tú eres el encargado de luchar contra la mangodria. Esa es tu prioridad, no salvar al chico. Seis de estos príncipes buscarán al Fafnir por la estructura y me facilitarán su posición, un sétimo se quedará en el jardín para dar refuerzo a los ciudadanos y Allena será la encargada de encarar a la herramienta una vez esté localizada.
—¡La mangodria es mi responsabilidad! —gritó Sakti—. Tengo que acabar con ella. Debió haber muerto en la Academia, lo que quiere decir que debo terminar lo que empecé.
No, Allena. La Emperatriz miró a la princesa. No dudo que tengas la capacidad para acabar con ella, pero la mangodria tiene un rehén que te importa. No te juzgo pero he visto tu reacción cuando la vida de este chico peligra: eres imprudente. Además, esta mujer te ha derrotado antes, ¿no es así? Recordarlo solo enfureció más a Sakti. Por alguna razón, su poder te afecta más que a los otros príncipes por lo que estás en desventaja contra ella. Si en verdad te importa la vida de ese híbrido, entonces dejarás que tu hermano haga el trabajo.
La Aesir cerró de nuevo los ojos. Esto no es una sugerencia. Es una orden.

"Los Hijos de Aesir: Dos Tronos" © 2013-2017. Ángela Arias Molina

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