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Capítulo 5

5
FUEGO DE AJEDREZ


Los civiles casi no podían ver nada. Estaban recluidos a un lado al pie de la enorme escalinata, que conectaba el vestíbulo principal de Edén con la plataforma que una vez fue el jardín. Los soldados les tapaban la vista, porque los oficiales y cadetes estaban acomodados como bloques de armadura y músculo. Cada grupo tenía la orden de permanecer inmóvil como si fuera una pared y que solo reaccionara a las órdenes de la Emperatriz o Uruk. Este príncipe era el encargado de dirigir la defensa del jardín del Edén en caso de que lo peor llegase a suceder.
El muchacho, montado sobre Geri, se movió de un sitio a otro para asegurar la formación de los oficiales. La mayoría era alados. A pesar de la disciplina militar se les notaba nerviosos. Si algo llegase a suceder, ellos estarían en desventaja porque no tenían espacio para maniobrar. Sin importar qué tan amplio fuera el vestíbulo, por el techo de las ruinas ya tenían un límite impuesto.
—¡Recuerden! —gritó Uruk—. ¡El Fafnir infectado no puede alcanzar ninguna otra herramienta! ¡Si llega hasta aquí es nuestra responsabilidad defender a los civiles, a las herramientas Fafnir y Amrit y a la Emperatriz!
Los soldados respondieron con un grito pero no se movieron. Geri avanzó hasta situarse al lado de Freki, que estaba frente a la entrada principal del vestíbulo. Sakti montaba al otro lobo-dragón y tenía la mirada fija en la loza de mármol que bloqueaba el túnel.
—¿Alguna noticia? —preguntó Uruk.
Sakti tenía atada al brazo derecho una cartuchera de cuero, en donde había una piedra mágica que servía para recibir mensajes. Era la misma que utilizaban las torres de control de la Academia para dar instrucciones. A través de ella, Sakti escuchaba los reportes de los príncipes y escuadrones que salieron a cazar al Fafnir infectado. La princesa negó con la cabeza. Uruk ya se había acostumbrado a no recibir mucha respuesta de parte de su prima, aunque de vez en cuando se sorprendía con ella. Por ejemplo con el Himno a los Muertos y también con la reacción de la chica cuando se enteró de que Connor era un rehén.
—¿Dónde están los Generales?
—Dagda está en el grupo de tío Remiak y Airgetlam con tío Morak.
—¿Saben lo de...?
—No. No lo saben.
Sakti apretó los dientes, furiosa. Los gemelos estaban en una partida de búsqueda sin sospechar que Connor estaba en las garras de una mangodria. Sakti tenía unas ganas tremendas de buscar a Kiria, darle una lección y rescatar al profeta. En lugar de eso estaba atascada en el jardín a espera de que los cazadores encontraran al Fafnir para que ella pudiera exterminarlo. Se consideraba una persona paciente, pero apenas si podía soportar la espera.
—¿Algo nuevo? —preguntó mientras apretaba la roca.
—Nada —respondió Remiak desde alguna parte de las ruinas.
El príncipe avanzaba en compañía de unos treinta soldados y Dagda, atento al túnel, pero todavía no había dado con el Fafnir. Las paredes no iluminaban. Los oficiales llevaban lámparas de aceite para alumbrar el camino. Estaban muy nerviosos por la oscuridad y la presa a la que buscaban. Aunque sabían que las demás herramientas en Edén eran sus aliadas, temían muchísimo encontrar un Fafnir enemigo. Las herramientas regulares eran altísimas, pues estaban diseñadas para proteger a los aesirianos de la época de la Virtuosa, que eran como gigantes para los de la actualidad. Además, tenían garras y colas de dragón; ¿a quién se le ocurriría enfrentarse a semejante bicho por las buenas?
—Aquí Raziel —dijo el joven príncipe desde otro punto—. Hemos explorado ya dos pueblos y no encontramos nada.
Raziel exploró el interior de la casa de uno de los pueblos de las ruinas, los mismos que se formaban en algunas bóvedas. La sincronización tampoco alumbraba a su equipo de búsqueda, así que los oficiales utilizaban lámparas y hadas de luz para revisar los edificios.
—En mi túnel tampoco encuentro nada —informó Alain.
Este príncipe revisaba un extremo del túnel por el que corrían los rieles del tren, mientras que Hundrian revisaba el otro. La Virtuosa les había dicho que ese era un buen acceso para la herramienta Fafnir, ya que era más complicado cerrar las compuertas de los rieles que iban hacia el jardín.
—Los trenes también tienen núcleos universales, ¿verdad? —preguntó a su vez Hundrian—. Si el bicho modifica un tren nos aplastará.
Los soldados de los grupos de Alain y Hundrian procuraban caminar por la orilla; en caso de que el Fafnir contaminara un tren, era muy probable que el vehículo corriera loco por el túnel y arrollara a alguien. Sin embargo, estaban seguros de que caminar por la orilla no les daba altas posibilidades de salvarse.
—Aquí tampoco hemos visto al Fafnir —reportó Morak.
Él exploraba niveles superiores, aunque todavía estaban bajo la arena. Recibió una notificación de Jaliar, que también revisaba zonas más elevadas que el resto de equipos de búsqueda:
—Todavía no hemos visto nada fuera de lo común, aunque... —Jaliar guardó silencio por unos segundos para decidirse a compartir sus sospechas con los demás—. Aunque creo que en la superficie debe de haber uno o dos castillos flotantes. La mangodria se coló a la Ciudad Perdida, todos lo sabemos. Pero para llegar hasta aquí sin que la sincronización la percibiera antes, debió de tomar un atajo o encontrar un acceso a las ruinas por encima de nosotros. Eso quiere decir que debió recorrer una gran distancia desde la Academia hasta aquí y solo pudo lograrlo en un vehículo.
—Y el vehículo —agregó Remiak, que entendía lo que quería decir su hermano— debió de ser aéreo. Si hubiese avanzado en un chamrosh o en un barco de arena, los terremotos la habrían acabado.
—A todo esto, ¿cuántos castillos flotantes tienen los vanirianos? —rezongó Raziel.
—Allena derribó veinte en la Academia —respondió Remiak—, pero recuerda que los vanirianos hace mucho conquistaron la zona este del desierto. A pesar de los temblores, ahí deben de tener más castillos y soldados.
Sakti escuchó la conversación desde el centro de Edén. No creyó que Kiria hubiese llegado en un castillo flotante. Cuando la Virtuosa amplió el rostro de la mangodria en el holograma, Kiria tenía cara de loca. Si hubiese viajado en una flota no habría entrado sola a los túneles. Estaría acompañada de más vanirianos y no estaría tan insolada.
—¡Shhhhhh! —dijo un príncipe de repente—. ¿Oyen eso?
Sakti y Uruk se pegaron más a la roca para escuchar mejor. Fue fácil imaginar que todos los grupos de búsqueda se habían quedado quietos para pillar mejor la transmisión. Hasta las respiraciones quedaron reducidas a nada. Al principio no escucharon más que un poco de estática. Pero después, poco a poco, reconocieron pasos. Era como si unas garras avanzaran con timidez sobre el suelo marmoleo. Los príncipes tenían el corazón en la boca y se preguntaban cuál era el grupo que había encontrado al Fafnir.
De repente escucharon un chillido y luego los gritos de los soldados, que se pegaron un susto. En algún punto de las ruinas se dio una pelea, pero Sakti supo que no era contra un Fafnir.
—¡Maldito bicho! —dijo al fin Remiak—. ¡El puto susto que nos dio!
El príncipe y los soldados respiraron agitados, pero alguien se rio a carcajadas. A pesar de la distancia, Sakti vio con claridad a Dagda destornillado de la risa porque el gemelo era capaz de convertir un susto en una gracia.
—Bueno, ¿qué era? —preguntó Hundrian, irritado.
—Un pajarraco de tres cabezas —respondió Remiak—, aunque una le apesta, ¡uf!
La transmisión siguió adelante. Mientras el grupo de Remiak se encargaba del cadáver, los demás buscaron a la herramienta contaminada. Sakti guardó silencio y ató cabos. Kiria debió de haber escapado de la Academia con el arpía macho deforme. Según la descripción de Remiak mientras lo examinaba, el bicho tenía quemaduras serias.


—No hay de qué alarmarse —dijo Adad mientras avanzaba hacia la sala del triturador. Dereck y Kael lo acompañaban para darle refuerzo, aunque la intención del príncipe era que ellos salvaran a Connor mientras él luchaba contra la mangodria—. No sé cómo la chiquilla sobrevivió pero por el holograma nos dimos cuenta de lo herida que está. La otra mangodria estaba dentro del castillo que Allena detonó. Esa sí que debió morir. Lo que quiere decir que la mocosa en la Ciudad Perdida es la última mangodria en el desierto. Cuando acabe con ella, los vanirianos no tendrán cabeza militar.
Además, si había uno, dos o incluso cinco castillos flotantes en la superficie, Adad podía hacerse cargo de ellos con su forma de Dragón antes de que la Virtuosa terminara con el resurgimiento de Edén.
En ese momento escucharon la transmisión del encuentro de Remiak con el ave de tres cabezas. Kael era el encargado de la cartuchera con la roca para comunicarse con los otros grupos, pero la tenía programada para solo recibir información y no transmitir. Así estaban al tanto de lo que ocurría sin tener que reportar también. Habían seguido la conversación sin poner mucha atención, pero se detuvieron para escuchar el encuentro con el pajarraco vaniriano.
Cuando Remiak describió a la criatura, Adad ató los mismos cabos que su hermana. «No hay castillos flotantes», pensó algo decepcionado. Se había ilusionado con atacar las estructuras flotantes porque ansiaba convertirse en Dragón cada vez que le fuera posible. A veces, sin previo aviso, se sentía extraño caminando sobre dos piernas en lugar de estar erguido en cuatro patas o surcando los cielos con un par de alas. Ya no se sentía como un aesiriano con el cuerpo de un Dragón. Se sentía como un Dragón con el débil cuerpo de un aesiriano.
Aunque estaba sumido en sus pensamientos, escuchó las garras a la vez que Dereck y Kael. El príncipe y los Guardianes se detuvieron y miraron la cartuchera que llevaba el alado. Creyeron que escucharían la transmisión de un nuevo encuentro. Pero había algo diferente. En esta ocasión, el avance de la criatura no se escuchaba desde lejos o con un poco de estática. Ahora se escuchaba muy cerca y claro.
Kael apretó la cartuchera y detuvo las transmisiones. Aun así escucharon los pasos pesados que avanzaban hacia ellos. Dereck sugirió en un murmullo que regresaran por el túnel hacia una de las grandes bóvedas que habían pasado. Allí tendrían más espacio para defender y atacar, además de muchas entradas a otros túneles por donde podrían escapar si la situación lo ameritaba. No había terminado de dar la sugerencia cuando Adad dio un paso al frente.
El príncipe avanzó firme y erguido como un rey. Dereck y Kael lo acompañaron pronto, cada uno al lado del muchacho y con las espadas desenvainadas para hacer frente al pajarraco. Después de unos metros, la lámpara que llevaba Dereck dejó de ser necesaria. Llegaron a una nueva bóveda, pero no tenía edificios ni estaba a oscuras. Era tan amplia y alta como una torre, tanto así que incluso había unos rieles que atravesaban el salón de un extremo al otro. En las paredes había criaturas congeladas que formaban parte de una representación del día de la Profecía.
—Es como la bóveda que hay en Myula —dijo Dereck al reconocer el sitio. Solo faltaban los ascensores de los arqueólogos y las herramientas Fafnir atrapadas en el mármol, mirando a los aesirianos en espera de una orden para salir.
—Como la bóveda que había en Myula, querrás decir —lo corrigió Adad—. Ya no hay Irem, ya no hay Myula, ya no hay guarderías, ya no hay nada. Solo Edén.
Los Guardianes notaron la amargura en la voz de Adad pero no dijeron nada. Los tres se quedaron en silencio y miraron hacia lo alto de la bóveda. Al igual que la que hubo en Myula, esta tenía varios túneles en el piso principal mientras que en una de las paredes se veía otros niveles. En lo alto de la galería había uno de los magníficos candelabros que alumbraba de noche, aunque la luz no era artificial. Allí debía de haber una entrada a las ruinas como la de Myula, por donde se colaba la luz del día.
«Esta parte ya está en la superficie», comprendió Dereck. De hecho, allí no hacía tan fresco como en otros sitios de Edén.
—Llama a Allena —ordenó de repente el príncipe. Ninguno de los Guardianes había visto nada aún, pero los pasos que escucharon antes estaban cada vez más cerca. Y no eran las patas tímidas de un ave de tres cabezas—. Encontramos a su Fafnir.
Justo cuando dijo esto, la criatura salió de uno de los túneles que conectaban con la bóveda. El cuerpo era robusto y blanquecino, como los de las otras herramientas que estaban ocultas en el jardín del Edén. No tenía ni un solo cabello y la cola se mecía con ondas suaves en cada paso. Pero había una gran diferencia entre esta herramienta y sus hermanas.
—Diablos —maldijo Dereck entre dientes antes de mirar a Kael—. Llama a la princesa ya. Es uno de los gigantes.


El corazón de Sakti latió apresurado y una buena dosis de adrenalina le recorrió el cuerpo al escuchar la transmisión.
Todos los grupos exploratorios deben regresar de inmediato al jardín, anunció la Virtuosa. Ahora.
Solo por si acaso la orden no llegó a alguno de los grupos, Sakti la repitió a través de la roca mágica. «Nunca dijiste que era uno de los Fafnir gigantes», pensó la princesa molesta. Ella había luchado una vez contra una de esas criaturas, precisamente el día que Nefer la empujó por un abismo y comenzó su recorrido por las ruinas del desierto.
No lo sabía, le respondió la Emperatriz. Pero no debe de haber problema, igual derrotaste al que envié por ti. Freki tenía el pelaje erizado y los músculos tensos, listos para echar a correr una vez que la Virtuosa abriera la puerta. Sakti también estaba impaciente pero se contenía mejor. No escuchó nada pero creyó sentir la fuerza mágica alrededor que hacía que el mármol se moldeara según los deseos de su sincronizada.
—Suerte, Allena —dijo Uruk mientras le daba una palmadita en la espalda. Él también debió de haberlo sentido, porque justo entonces se corrió la gran loza de mármol que impedía la salida.
Recuerda, dijo la Aesir con severidad mientras Sakti y Freki salían disparados, tu misión es el Fafnir, no el chico.
Sakti apretó los dientes y no respondió. Su plan era derrotar en un santiamén a la herramienta contaminada y después ir por Connor. Si podía ayudaría a Adad a derrotar a Kiria, pero su prioridad era el profeta. Cuando Connor estuviera a salvo, Adad podía disponer de ella como mejor le pareciera o la Virtuosa podía regañarla tanto como quisiera. No le importaba.
Mientras avanzaba, en un par de ocasiones distinguió a lo lejos las lámparas de aceite de dos grupos de exploración, que seguramente regresaban al jardín. Freki no se detuvo y ella no lo distrajo. El lobo tenía trazado en la mente el camino hacia Adad, los Guardianes y el Fafnir gigante. Corría tan rápido que Sakti sentía en los oídos los cambios bruscos de profundidad. Freki ascendía como si estuviera de cacería, a punto de caerle encima a una presa jugosa.
Cuando al fin distinguieron la luz de la galería en donde debería estar la herramienta contaminada, el lobo y la princesa tensaron los músculos. Freki se preparó para evadir golpes si el Fafnir se lanzaba a ellos, y Sakti se concentró para lanzar la primera onda de fuego en cuanto viera a la criatura. Pero cuando al fin llegaron, un latigazo hizo que Freki parara en seco y desconcertó tanto a Sakti que las llamas no ardieron.
El golpe fue tan duro que a la princesa le pareció que ella y el lobo también resultaron heridos, aunque sabía que estaban intactos. Fue como si el tiempo avanzara por un gotero, segundo a segundo, lentamente, mientras Dereck se desplomaba. Sakti vio las gotas de sangre bailando en el aire, el corte profundo que la cola hizo en el pecho y el abdomen, y los trozos de vidrio de la lámpara, que estallaban y se esparcían por la bóveda.
Al fin, Dereck cayó y la lámpara también, ambos con un estruendo que dejó sorda a la chica por unos segundos. Sakti y Freki se tomaron su tiempo para entender lo que había sucedido. Kael estaba en otro extremo de la habitación, en un charco de sangre y con una herida similar a la de Dereck, cortesía de la cola del Fafnir. Adad estaba a unos veinte metros por encima del suelo porque la herramienta lo sostenía contra la pared.
La criatura era mucho más grande que la que intentó atrapar a Sakti hacía unas semanas. Se parecía en tamaño a las crías de Vanir. Con solo verla, la princesa supo que le tomaría muchas ondas de fuego para acabar con ella y muchas piruetas para no recibir un golpe como los que neutralizaron a los Guardianes. Pensó que su primer objetivo sería liberar a Adad, pero no tenía cómo hacerlo salvo atacando. Se concentró en una buena onda de calor y disparó. La espalda del Fafnir se incendió. Por unos segundos fue como si tuviera alas de fuego. Hizo tanto calor que Sakti tuvo que detener las llamas, porque temió asar como pollo a su hermano. Cuando se detuvo, vio que el Fafnir no se convertía en tirones de niebla. Todavía era muy sólido, apretaba fortísimo a Adad...
... y ahora la miraba a ella.
A la princesa no le gustó nada ese par de ojos dorados. Fue como si el Fafnir supiera algo, como si pensara, aunque no era más que una herramienta sin consciencia o sentimientos. Sakti le disparó en la cara, en la cola, en la espalda, en las patas traseras una y otra vez, pero sin importar qué tan fuertes fuesen las explosiones de piroquinesis, qué tan rápidas y calurosas, la criatura no se deshizo. No se evaporó como si fuese agua, no se rompió como si fuese roca ni sudó como si fuese un animal. Simplemente se mantuvo inmóvil, con Adad en las garras y los ojos puestos en la princesa.
—No va a funcionar, Allena —dijo el príncipe con voz tranquila, sin pizca de dolor pese a estar apresado en las garras del Fafnir—. Ocupa algo más caliente.
—No hay nada más caliente que esto —siseó Sakti. Freki jadeaba debajo de ella, muerto de sed, y la chica sudaba tanto que la ropa se le pegaba a la piel. Era como estar otra vez en la superficie, achicharrada por el sol y la arena ardiente.
—Te equivocas. —Adad se rio—. El aliento de un Dragón quema más.
Sakti disparó otra vez. Las llamas fueron más potentes y envolvieron al Fafnir en una esfera de fuego. La princesa no pretendió que las flamas fueran tan violentas, porque temía quemar a Adad o a Kael, que estaba cerca de ellos. Cortó el ataque pero el fuego se mantuvo. Ardió con destellos naranja, rojos y dorados, pero los cuerpos inmersos en él no se carbonizaron. El Fafnir todavía se mantenía corpóreo, blanco e inmenso, y Adad...
Adad creció.
Sakti recordó un par de días. El primero ocurrió en Masca, cuando un dragón abandonó a la princesa en una torre de Palacio; el segundo día fue en el mar, donde la princesa obtuvo alas que nacían del fuego para volar por su cuenta.
Ella tenía problemas para controlar su propia transformación, pero cada vez que veía a Adad se sentía inspirada. El príncipe no gritaba cuando las escamas le rompían la piel y la cubrían, ni cuando le salían los cuernos, la cola y las alas. Incluso cuando el rostro se le convertía en un hocico, no parecía deforme sino hermoso.
Las garras del Fafnir ya no pudieron contenerlo. Adad se lanzó a la herramienta con tanta fuerza que la hizo perder el equilibrio y caer de espaldas. Cuando el Dragón Negro se impuso, el fuego se desvaneció y en su lugar quedaron las oscuras escamas del lomo, los mechones grises de la crin y las láminas amplias y tersas que eran las alas de Adad.
Faltaba muy poco. Sakti sabía que con un suspiro su hermano convertiría en tirones de niebla a la herramienta contaminada. Pero cuando el Dragón echó el cuello hacia atrás para preparar la descarga, el Fafnir reaccionó. Alzó una rodilla y golpeó el abdomen de Adad, que había caído sobre él; como tomó al Dragón desprevenido y lo desequilibró, el Fafnir pudo utilizar la cola otra vez como un látigo y golpeó la pared cercana. La estalló y soltó una llovizna de rocas de mármol.
Kael habría quedado enterrado bajo los escombros de no ser por Adad, que en el último momento comprendió lo que sucedía y se lanzó sobre el Guardián herido. Con el estallido se alzó una cortina de polvo que los cubrió a todos, pero aun así Sakti vio la sangre que salía del hocico de su hermano. Por un instante temió lo peor, hasta que vio que Adad abría los ojos y miraba furioso al Fafnir, que ya se había levantado.
—Allena... —llamó Freki debajo de ella mientras daba un paso hacia atrás, como si quisiera huir—. El Fafnir sabe lo que le sucederá si está expuesto a un fuego muy fuerte.
A Sakti siempre le pareció que los Fafnir eran muy inteligentes porque luchaban muy bien, pero la Virtuosa decía que su comportamiento era resultado de las respuestas programadas en ellos. No obstante, esta herramienta era diferente. «Piensa o tiene algo semejante a una mente». Quizá, al tener una carga definida, desarrollaba algo similar a una consciencia. Tal vez era como los núcleos centrales de las ciudades aesirianas, que rechazaban a las Doncellas que no les simpatizaban. Este Fafnir parecía tener la habilidad de comprender al adversario y crear trampas para ellos, pues debió de notar que su única oportunidad para librarse de Adad sería utilizando como señuelo a alguno de los Guardianes.
Mientras Adad se incorporaba, la herramienta retrocedió y tensó las patas traseras. Se preparaba para lanzarse al Dragón o huir. Los bloques de mármol que cayeron sobre el cuerpo de Adad se deslizaban ahora sobre las escamas negras y caían al suelo, ya sin posibilidades de herir a nadie. Sakti se dio cuenta de que Kael estaba a salvo y que la coraza había protegido a su hermano del golpe. Cuando el Dragón rugió, la chica vio que la sangre en el hocico venía de la lengua, que se la había mordido cuando una de las rocas le cayó encima.
El primer rugido fue una promesa al Fafnir de que acabaría con él, pero el segundo fue una orden para la princesa. «Vete», dijo Adad, «solo la descarga de un Dragón lo va a acabar y tú no te transformarás». Además de que Sakti no controlaba bien su metamorfosis, su hermano estaba empeñado en que ella no la utilizara para evitar la fusión. Adad quería protegerla y que no sufriera lo mismo que él. «Vete», repitió el príncipe.
Adad cayó sobre la herramienta. El Fafnir estaba mejor preparado en esta ocasión y lo recibió con un abrazo letal. Las dos criaturas rodaron por el suelo en un manojo de garras, dientes y colas furiosas que se movían de un lado a otro sin control. Parecían las fichas de un tablero de ajedrez, una blanca y otra negra, inmersas en una batalla épica.
Sakti sabía que Adad hacía lo mejor para no golpear las paredes y provocar otra lluvia de escombros, pero la chica y el lobo apenas si tuvieron tiempo de hacerse a un lado para evadir un golpe. «Adad es un Dragón de tormenta, no de fuego», pensó la princesa. «Necesita más tiempo que yo para descargar una llamarada». Pero ella tenía prohibido transformarse y no podía quemar al Fafnir con la piroquinesis en forma aesiriana. Tampoco podría echarle una mano al príncipe, porque él le había pedido que se marchara para que la herramienta no la utilizara como señuelo, como hizo con Kael.
Sakti tomó una decisión. Se sujetó bien a Freki y lo espoleó. Por una milésima de segundo se sorprendió de que el lobo supiera a dónde irían sin que ella se lo dijese, pero después la sorpresa se esfumó. Claro que el lobo lo sabía.
—Tampoco te hacía gracia la tareíta que nos dio la Emperatriz —susurró ella mientras Freki cruzaba la bóveda y se adentraba al túnel que Adad y los Guardianes debieron de haber seguido para cumplir con la misión encomendada por la Virtuosa. Después de todo, el príncipe había dicho «Vete» pero no a dónde.
—Puaj, no. Qué conveniente que se necesite un Dragón en cuerpo y alma para derrotar al bicho ese. Así otra persona tiene que hacerse cargo de la mangodria... y salvar al peque.
Geri y Freki debían de estar tan preocupados por Connor como ella. Era imposible no enfermarse un poco del corazón al imaginar que algo le pasara al menor de los profetas. Era lógico que los lobos quisieran ayudarlo también. «Si le has hecho algo te voy a cortar en pedacitos, Kiria», prometió la princesa en silencio. «Primero te quemaré hasta que no seas más que un trozo de carbón y después te voy a cortar en pedacitos». No tenía tiempo de preocuparse por el fuego púrpura de la mangodria ni por las advertencias de la Virtuosa. Lo único que importaba era salvar a Connor.
Se dio cuenta de que sentía un calor inusual detrás de ella. Miró por encima del hombro y vio un punto naranja que crecía detrás. Le costó comprenderlo pero en cuanto vio las fichas de ajedrez apretó más fuerte con los tobillos a Freki.
—¡Vienen detrás de nosotros! —gritó ella.
El lobo maldijo entre jadeos y aumentó la velocidad, pero él y Sakti sabían que era imposible. El Fafnir corría hacia ellos para escapar del Dragón Negro, que volaba con dificultad en el túnel mientras perseguía con descargas ocasionales a la herramienta contaminada. Era posible que el Fafnir comprendiera que no tenía oportunidad de derrotar al Dragón sin ponerle una trampa y había elegido a Sakti como un buen señuelo. De seguro quería atraparla para poner en aprietos a Adad.
—¡Ya casi, Freki! —lo animó la princesa—. ¡Ahí está la salida!
Un círculo de luz alumbraba al frente. Allí era mucho más claro que en la bóveda anterior. Si todo salía bien podrían elegir entre varias entradas más para escapar del Fafnir y Adad.
—No, ¡no puedo más! —gimoteó el lobo—. ¡No lo alcanzaré a tiempo! —El Fafnir tenía patas más largas que Freki y Adad tenía alas. Estarían encima de ellos en cuestión de segundos. Sakti sabía esto pero no era de las que se rendían. Tenía que seguir adelante sin importar qué—. ¡Suéltate! —la urgió Freki.
—¿Qué...?
—¡Solo hazlo!
Sakti obedeció. Al instante salió disparada hacia al frente. Freki aprovechó la velocidad con la que venían, se detuvo en seco y meneó la cola para lanzar a la princesa por los aires. Sakti habría gritado de no haber tenido una experiencia similar en el Reino de los espíritus, donde montó a su caballo Ka-ren, se paró sobre la silla y salió disparada hacia una puerta gigante cuando el corcel pateó. Comparado con eso, este nuevo salto era nada. Sakti se preparó para el aterrizaje. Se protegió la cabeza cuando tocó suelo y rodó por la superficie sin oponer resistencia.
Después se levantó de un brinco y miró hacia atrás, justo a tiempo para ver cuando el Fafnir atrapaba a Freki entre las garras. El lobo gritó algo, pero Adad también lo alcanzó y disparó sobre la herramienta y el lobo. Sakti apartó la mirada de inmediato y echó a correr hacia el círculo de luz, sin mirar atrás para saber qué sucedió con Freki, el Fafnir y Adad. Saberlo podría desconcentrarla y entonces tendría problemas para cumplir lo que le pidió el lobo-dragón. «Salva al peque». Sus palabras todavía le resonaban en los oídos, mezclados con las llamas detrás de ella.
Sakti alcanzó al fin la luz. Estaba en una nueva bóveda aunque no era tan grande como la anterior. «Estamos por encima de la superficie», comprendió de inmediato. El aire allí era más caliente. Tener un Dragón lanzallamas atrás no ayudaba a bajar la temperatura. La luz emanaba de las paredes y de varios conductos en lo alto de la habitación. Allí era tan claro que Sakti tuvo problemas para ajustar la visión. Cuando lo hizo notó que en la bóveda había una pequeña plaza, al otro lado había una plataforma y, muy por encima de ella, estaba el triturador. Una chica de cabello blanco esperaba en el balcón junto a un chico de cabello negro que, aunque estaba de pie, también estaba atado y amordazado.
Cuando Connor vio que Sakti estaba en la boca del túnel, negó con la cabeza varias veces e intentó gritar algo, pero la mordaza impidió que se le entendiera. Parecía asustado, ¿pero cómo no? Sakti tenía tanto miedo que le costaba mantener la expresión serena en el rostro. Le aterraba ver a su amigo atado al gancho del triturador, listo en cualquier momento para que el instrumento lo levantara y se lo tragara en sus dientes de hierro.
—Suéltalo —ordenó. La voz fue tan alta y firme que ella misma se sorprendió de lo tranquila que sonaba—. Si lo liberas ahora te dejaré ir. —Kiria sonrió y dijo:
—Si tanto lo quieres ven por él.
Connor gritó de nuevo y movió la cabeza para decirle que no lo hiciera, pero Sakti no tenía otra opción. Tarde o temprano tenía que enfrentar a Kiria. Además, debía quitarse pronto de allí, antes de que Adad y el Fafnir la alcanzaran. Todavía no lo habían hecho porque la última descarga sí dio en el blanco, aunque la princesa sabía que no fue suficiente para derrotar a la herramienta. De lo contrario no escucharía tantos gemidos detrás.
Sakti miró a uno y otro lado para buscar vanirianos que le tendieran una emboscada; también miró en los conductos en lo alto de la bóveda, pero no encontró enemigos. «Tampoco importa. Si hay vanirianos, son kredoa o tienen hechizos de invisibilidad. De todos modos no hay mucho que pueda hacer». Dio un paso al frente y...
¡ZAZ!
Kiria estalló en carcajadas, Connor gritó horrible, se puso palidísimo y los ojos le lagrimearon, y Sakti sintió un pellizco en el cuerpo. «Oh, no», pensó mientras se quedaba inmóvil. «Oh, no, oh, no... No, no, así no». Recordó el susto que se llevaron los gemelos y Darius cuando uno de los chicos se cortó los dedos con una compuerta de las ruinas del desierto. Ahora comprendía los gritos de Connor y la trampa de Kiria: la mangodria había modificado esa bóveda para que la compuerta se cerrara justo cuando la princesa cruzara la entrada para cortarla.
¿La habría prensado justo por la mitad? ¿Podría ser que la mitad delantera de Sakti todavía miraba a Kiria y a Connor, mientras que la mitad trasera estaba al otro lado de la compuerta? Asustada, Sakti miró hacia abajo. Esperaba ver un enorme chorro de sangre pero solo vio sus dos piernas enteras, erguidas, y el tronco del cuerpo. Estaba entera.
—Oh. —Las risas de Kiria se esfumaron, aunque todavía tenía una sonrisita siniestra en el rostro—. Esto no me lo esperaba, la verdad. ¿Quién lo diría?
Sakti sentía todo el cuerpo menos el brazo izquierdo, que estaba adormecido por la presión. La compuerta sí se cerró sobre ella, pero lo único que atrapó fue la indestructible garra. El pellizco que sintió fue el golpe que recibió cuando la compuerta se cerró. De alguna manera logró sacar el resto del cuerpo antes de que fuera demasiado tarde. Intentó zafar el brazo pero fue imposible. Aunque la compuerta no podía cortárselo como si fuera una navaja, la tenía tan bien sujeta que no podía avanzar hacia Connor.
—No salió como lo planeé, pero supongo que no importa —dijo Kiria, juguetona—. Así será mucho mejor. Lo verás morir sin poder hacer nada, tal y como yo no pude ayudar a mi hermana.
La mangodria bajó las escaleras del balcón despacio y con delicadeza, adolorida por las heridas y quemaduras. Cuando llegó al pie de la escalinata tenía una sonrisa tan grande que parecía casi curada. Allí había un dispositivo que Sakti no había visto antes: una palanca con grandes engranajes en los que se enredaba una cadena. La misma que subía unos veinte metros de altura hasta los engranajes del triturador.
Kiria tomó la palanca con las dos manos y miró a Sakti con desprecio. La aesiriana intentó liberarse con desesperación, porque sabía que en cuanto Kiria activara la palanca el triturador se tragaría a Connor.
—Despídete de él, Princesa Carmesí. La próxima vez que lo mires estará tan deshecho que lo confundirás con un puré.
Sakti quiso gritar, suplicar, pero la voz no le salió. Deseó con todo el corazón que la compuerta le cortara el brazo para correr hacia Connor, pero sabía que era imposible. Sin importar lo mucho que forcejeara no podría librarse y nada podía cortar la garra de Dragón, porque era indestructible y...
«No». Recordó el corte que recibió cuando enfrentó a la Virtuosa. Kiria se carcajeó triunfal, empujó la palanca y Connor comenzó a subir, jalado por la soga que estaba conectada al gancho del triturador. Sakti ni siquiera tuvo tiempo para buscar otra solución o pensar en lo que hacía. Con dificultad, la palma derecha golpeó la adormecida palma izquierda, sacó la Espada de Cristal, colocó el filo bajo la axila izquierda...
Y cortó.


"Los Hijos de Aesir: Dos Tronos" © 2013-2017. Ángela Arias Molina

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