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Capítulo 6

6
LA PRINCESA CARMESÍ



¡Nooooo!
Los soldados se encogieron y se llevaron las manos a los oídos cuando escucharon el grito mental de la Emperatriz. El lamento fue tan agudo y doloroso que muchos se marearon. Fue como una navaja en el cerebro que los desorientó; algunos incluso creyeron sentir una hemorragia en el cráneo y un chorro de sudor frío que les bajó por la espalda. Uruk estuvo a punto de llevarse un mal golpe. Aunque el lobo también se desestabilizó, logró agacharse para que el príncipe no se lastimara al caer.
—¿Qué diablos fue eso? —masculló Uruk entre dientes.
No recibió respuesta de parte de nadie. Todo lo que le llegaron fueron fragmentos de información, como si la Virtuosa hiciera un conteo desordenado de las condiciones de Edén. Los datos le llegaron dispersos, inútiles y ruidosos, pero lo más molesto fue la extraña sensación sincrónica. «Algo malo ha pasado», comprendió. Cuando intentó establecer conexión con la Aesir todo quedó en silencio.
Levantó la mirada y vio que algunos soldados estaban en el suelo, como él, mirando de un lado a otro confundidos. Ellos también temían que la sincronización hubiese fallado y que pronto estuvieran a merced de las condiciones naturales del jardín, como la insoportable presión y quizá la falta de aire. No obstante, la voz de la Virtuosa sonó de nuevo.
Emergencia, dijo. Emergencia. En busca de plan de reemplazo.


Connor apretó los ojos y se preparó para el dolor de los dientes de hierro al triturarlo. Cuando sintió el primer golpe chilló del puro susto, pero después sintió un extraño vacío en el estómago, como si cayera. Entreabrió los ojos justo a tiempo para ver el suelo, que se acercaba a él a velocidad de vértigo. Connor gimió otra vez, seguro de que se le reventarían las rodillas cuando tocara el suelo. En el aterrizaje solo recibió un golpe que le aturdió las piernas. Después se cayó de lado, con alguien sobre él.
«¿Qué ha pasado?», pensó. «¿Qué ocurre?». Escuchó gritos, un estruendo metálico que se repetía con el eco de la habitación y el rugido del triturador, cuyos engranajes todavía giraban con hambre. Le costó entender que los gritos eran suyos y que el estruendo era de una espada, que había caído al suelo. Connor supo que él también había caído, pero el impacto del aterrizaje no fue tan fuerte como debió serlo. Debería tener el cráneo partido pero no le dolía la cabeza. Por lo menos debía de tener quebradas las piernas, pero podía mover los dedos sin una pizca de dolor. No se sentía herido ni débil, solo asustado, aunque le llegaba un fuerte olor salobre.
Cuando se percató de que ese olor era sangre, notó también la calidez líquida que le bajaba del cuello, el hombro y el pecho. Pero nada le dolía. Estiró las manos atadas para tocar una herida imaginaria y sintió un cuerpo encima de él. Cuando enfocó mejor la vista, vio la mata de cabello gris que se teñía de carmesí. Eso fue suficiente para que reaccionara. Connor se sentó de un salto sin comprender cómo llegó Sakti allí, por qué sangraba tanto y por qué él no.
—Ummm... —ronroneó una voz que se acercaba. Kiria subía otra vez las gradas y sonreía de oreja a oreja—. Qué giro tan maravilloso. Nunca creí que mis fantasías se hicieran realidad. Bueno, casi... porque en lugar de ser yo la que la mutilara, ella lo hizo por su cuenta.
En ese momento Connor se percató de que a Sakti le faltaba un brazo. El chico vio el corte limpio, en donde la punta del hueso sobresalía por encima del manantial rojo. Luego vio la enorme espada azul de la Virtuosa, que estaba a unos centímetros de la mano derecha de Sakti; y finalmente vio hacia donde estuvo la muchacha antes de que Kiria accionara el triturador. Cuando vio la garra atrapada en la compuerta, se le hizo un nudo en el estómago.
—¡Ah! —suspiró Kiria mientras sacaba una larga daga de la funda que llevaba a la cintura—. Si me deja arrancarle el otro brazo te dejaré ir, Connor. De lo contrario... Bueno, siempre hay otras formas de utilizarte como señuelo y...
Connor saltó de la sorpresa cuando Sakti dio un brinco y se lanzó sobre Kiria, quien ya estaba a unos pasos de ellos. La princesa había tomado en un santiamén la espada mágica y había atacado a la mangodria. El profeta no fue el único sorprendido, pues Kiria trastabilló hacia atrás y apenas tuvo tiempo de colocar la daga en posición de defensa para recibir a la princesa.
Sakti no se detuvo cuando las armas hicieron contacto. Empujó a la mangodria con furia, gritando, hasta que las dos alcanzaron la baranda de la plataforma. Al ver que Kiria despegó los pies del suelo, Connor supo que Sakti logró lanzarla. Se sorprendió cuando la aesiriana cayó también hacia la plaza, en el nivel inferior de la galería.
Kiria aulló tan alto que Connor supuso que la mangodria se había roto la muñeca cuando intentó frenar la caída con la mano. Lo que más le asustó fue Sakti, porque no había dejado de gritar desde que se lanzó a Kiria. Gritaba como loca, fuera de sí, y su voz era un rugido terrorífico de dolor y furia. No se detenía. ¿Qué pasaba? ¿Sakti también se había roto algo?
El brazo en la compuerta.
Connor no se podía quitar la imagen de la garra cercenada, o la del hueso que sobresalía del hombro de su amiga. Se le salieron las lágrimas al comprender que ella se había sacrificado por él. El chico se esforzó en ir a socorrerla pero, amordazado como estaba, no podía ponerse en pie, ni siquiera mover muy bien las manos como para destaparse la boca. Todo lo que podía hacer era arrastrarse por el suelo. Cuando al fin alcanzó la baranda se arrodilló para ver lo que sucedía en la plaza.
Se le erizó la piel. Sakti estaba de pie y aventaba la enorme espada azul de la Emperatriz con la única mano que le quedaba. El cuerpo a sus pies se deshacía en tirones de carne. La sangre que saltaba bailaba en el aire hasta que se pegaba al cuerpo de Sakti o caía al suelo, donde formaba una mancha oscura.
Kiria todavía gritaba. Aunque Connor no podía ver muy bien a Kiria porque Sakti estaba en medio, supo que la mangodria tenía el vientre abierto porque vio los intestinos desperdigados por el suelo. También vio una pierna cortada en dos y un brazo mutilado, que todavía sostenía el puñal de la vaniriana.
«¡Basta, Allena, basta!», quiso gritar pero la mordaza se lo impidió. Jamás había visto algo tan perturbador en toda su vida.
Como Sakti todavía gritaba, Connor imaginó que se había vuelto loca por el dolor. Trazó un plan para ayudarla. Creía tener sedantes en el bolso. Si tan solo consiguiera desatarse, podría inyectarle uno a la princesa y atenderle la herida. Quizá hasta podría ayudar a Kiria; si no para salvarla al menos para que su muerte no fuera tan dolorosa.
Los gritos de Sakti cambiaron. Todavía eran potentes como rugidos, pero tenían algo nuevo.
—¡Ja, ja, ja, jaaaaaaa!
El profeta se quedó inmóvil. Sakti reía. Había dejado de cortar a Kiria y se carcajeaba con la cabeza echada hacia atrás. Connor solo había visto a Sakti sonreír una vez, cuando estuvieron en la Península y ella se hizo pasar por una mesera de nombre «Val». En aquel entonces el chico pensó que la sonrisa de la princesa era una maravilla, pero ahora no quería ni verla. «Es una sonrisa retorcida», pensó al ver los labios estirados en una extraña mueca, tan tensos que en cualquier momento se romperían. Incluso las mejillas le temblaban por el esfuerzo.
Los ojos tampoco estaban bien. Él se había acostumbrado a la mirada distante de su amiga, pero nunca había visto locura pura en los irises grises de Sakti. Hasta tuvo la impresión de que los ojos estaban fuera de órbita, como si uno mirara hacia una parte y el otro viera en la dirección contraria.
Si a eso le sumaba que parte del cabello estaba teñido de carmesí y que tenía la cara pringada de la sangre de Kiria, el cuadro era lo más horripilante que había visto en la vida. «Al fin veo lo que Kel ve», comprendió Connor. «Esta es la Princesa Carmesí».
La risa de Sakti tenía algo más que locura o macabra diversión. Sus carcajadas no eran como el tintineo de una campana ni el trino de un pajarillo, pero tenían algo de los dos: eran como una campana vacía y solitaria, como un pajarillo abandonado al borde de la muerte. Por encima del dolor físico, de la locura y lo perverso, Connor descubrió algo más.
Tristeza.
—¡Ja, ja, ja, jaaaaa! —Sakti casi no tomaba aire entre risas pero al fin sus palabras se entendieron—: ¡Fuego! —aulló—. ¡Fuego!
Connor apenas tuvo tiempo de agacharse y refugiarse de la repentina onda de calor. El torbellino de fuego se desató, se expandió por toda la bóveda y cubrió suelo y paredes. Con todas esas lenguas naranjas y rojas ardiendo por doquier, Connor tuvo problemas para mantener los ojos abiertos. Aun así se arrodilló de nuevo y miró por encima de la baranda.
Sakti todavía sostenía la espada de la Virtuosa, todavía se carcajeaba, pero también daba vueltas sobre los talones en un baile alegre. El cabello de la princesa ondeaba con las vueltas y la rodeaba como si fuera la falda de un vestido. Si su sonrisa no diera tanto miedo casi sería una imagen bonita. Había algo más, algo que Connor no podía reconocer a la distancia. «¿Lágrimas? ¿O sudor?».
—¡Que ardan y se consuman! —gritó la princesa—. ¡Que mueran y se condenen!
Era una tormenta de fuego. El profeta supo que si Sakti no se detenía, se convertiría a sí misma en una pila de cenizas. Ni qué decir del destino de Kiria y él. ¿Pero cómo podía detenerla si ni siquiera podía gritar su nombre?
—Susúrraselo —le dijo alguien al oído.
Connor se giró alarmado. ¡No había nadie más allí! ¡Nadie pudo haberle dicho nada! Pero cuando se volteó se encontró con un amigo. Alucinación brillaba como la primera vez que lo vio, como si fuera un espíritu blanco y fosforescente, aunque en esta ocasión parecía volátil, como una capa de sueño, como un polvillo mágico que desaparecería con un simple soplido.
Connor rechinó los dientes. ¡No era momento para tener alucinaciones! Al parecer todavía no se le había curado la contusión de la primera vez que estuvo en las ruinas, o sí se hizo daño en la cabeza cuando Sakti lo salvó del triturador. «Ya está. Yo también me he vuelto loco. ¡Pero qué puto golpe me llevé!». Como si Alucinación le hubiese leído la mente, sonrió.
A partir de ese momento a Connor no le importó delirar. Esa sonrisa fue cálida como una promesa y le hizo cosquillas en el corazón. Todo mejoró cuando Alucinación le acarició la frente con los dedos, como si lo consolara. El contacto en sí fue muy breve, pero el joven profeta sintió una pequeña eternidad que le dio respiro y respuestas. Cuando la aparición lo soltó, Connor giró de nuevo y miró hacia Sakti. Ahora sabía qué hacer.
«¡Allenaaaaaaaaa!», la llamó con todas sus fuerzas. Dagda y Airgetlam le habían dicho que con la mente de Sakti se obtenía dos respuestas: o un muro impenetrable que provocaba migraña o un vacío completo que no llevaba a ninguna parte. Connor no sintió nada de esto. Su mente traspasó la de Sakti, se abalanzó sobre ella con fuerza. Cuando al fin la alcanzó fue como un susurro.
Tal y como dijo Alucinación.
Lo primero que pensó fue «¿Qué está pasando?». Luego se dio cuenta de que la carcajada de Sakti se había detenido. Ella soltó la espada y se miró la mano llena de sangre. Connor la vio también porque... ¡era él!
«¿Qué es esto?», era una voz semejante a la de Sakti, aunque un poquito más gruesa y débil. Muy débil.
«Soy yo, Allena, soy yo, no te asustes», pensó Connor. Pero como fue un susurro él apenas si se pudo escuchar a sí mismo. No sería raro que en ese caos que era la mente de Sakti, ella ni lo notara.
Cuando Sakti miró el cuerpo destrozado a sus pies, Connor sintió su vértigo, su miedo y debilidad. La visión se le desenfocó. No le sorprendió que después de parpadear lo viera todo desde lo alto de la plataforma. La conexión telepática se había cortado y Connor había regresado a su cuerpo. Mientras tanto, la princesa estaba desplomada en el suelo, al lado del cuerpo desmembrado de Kiria.
El fuego no se había detenido. Aunque ya no ardía en remolinos todavía había llamas por doquier, como si el sitio estuviese cubierto de aceite. Connor no lo pensó dos veces. Tenía que bajar las gradas e ir por Sakti. Aunque la salida estuviese cerrada y no tuvieran a dónde escapar, ¡no podía dejar que su amiga muriera quemada o asfixiada! Estaba dispuesto a bajar las escaleras rodando o saltando, aunque eso significara tropezar con las sogas que lo tenían sujeto y romperse el cuello.
En ese momento escuchó un extraño golpe. Connor miró hacia la compuerta, donde todavía pendía el brazo izquierdo de Sakti. El golpe se repitió. Luego la compuerta estalló. Los trozos de roca se esparcieron por doquier cuando una figura envuelta en llamas entró a la bóveda. Lo seguía una criatura igual de gigantesca, solo que esta tenía escamas negras.
«¡¿Qué demonios sucede?!», pensó Connor al ver al Fafnir contaminado y al Segundo Dragón en plena batalla.
Adad lanzó una nueva llamarada pero la herramienta contaminada se quitó del camino. Connor tuvo que lanzarse al suelo y rodar a un lado, segurísimo de que el ataque sí lo alcanzaría a él. La bola de fuego apenas rozó la baranda y pegó de lleno en la pared. El muro se desmoronó. Con dificultad, Connor logró cubrirse la cabeza. «Me va a caer encima», pensó asustado. Si el golpe no lo mataba lo haría la asfixia.
Las rocas cayeron con un retumbo. Hubo un crujido y luego un golpe metálico que se mezcló con los rugidos del Segundo Dragón y el Fafnir. Pero ningún golpe alcanzó a Connor.
—Tienes la bendición de un dragón y la de un mensajero —le susurró alguien al lado—. Te he dado mi suerte, así que nada malo te sucederá. Te lo prometo.
Connor abrió los ojos. Los escombros habían caído alrededor de él y formaban un círculo perfecto. Buscó a Alucinación pero no lo vio. El doctor se dio una bofetada mental. Al ritmo que iban las cosas, ¿qué diablos importaba que Alucinación le hablara y no estuviera cerca? ¡No importaba si deliraba! El hecho era que estaba a salvo y debía asegurarse de que Sakti también lo estuviera.
Connor buscó una salida entre tanto escombro, pero no estaba seguro de si las gradas estaban libres o tendría que rodar hasta la plaza. Al ver los trozos de roca que pudieron haberlo aplastarlo notó algo más: el triturador. Ese fue el crujido y el sonido metálico que escuchó antes, cuando todas las piezas se estrellaron contra el suelo. Al ver uno de los cilindros cubiertos de púas, el chico se arrastró hacia la máquina. Colocó las manos delante del filo y cortó la cuerda tan rápido como pudo.
Mientras tanto, la batalla entre el Segundo Dragón y el Fafnir continuaba. Connor escuchó los rugidos, los golpes de los cuerpos cada vez que giraban en el suelo en una llave feroz. Escuchó las dentelladas. No pudo ver la pelea porque estaba concentrado en cortar la soga, pero el Fafnir creó un juego de sombras y luces con las llamas que lo envolvían. Dependiendo a qué lado le caía la sombra, Connor podía juzgar en dónde estaban las criaturas.
Al fin se soltó. Las muñecas las tenía ensangrentadas y los dedos apenas le reaccionaban, pero Connor no perdió tiempo. Se quitó a toda prisa las sogas que lo sostenían desde los tobillos y las rodillas, se levantó de un salto y echó a correr. Ni siquiera miró por donde pisaba. Entre tanto escombro era difícil saber dónde estaban las escaleras o si el terreno era estable o si se desmoronaría bajo sus pies.
—¡Cuidado! —gritó cuando logró quitarse el pañuelo que le tapaba la boca—. ¡Adad, cuidado con Allena!
Connor corrió hacia Sakti y Kiria al ver que el Segundo Dragón y el Fafnir se acercaban cada vez más a ellas. No supo si el príncipe escuchó la advertencia en medio de tanto caos o si de verdad Alucinación le había regalado una increíble racha de buena suerte. Cuando al fin alcanzó a Sakti y la tomó en brazos, una de las patas del Dragón se detuvo a escasos centímetros de ellos. Un poco más y la coraza de escamas los habría golpeado.
—Sal... —murmuró Connor un poco incrédulo, aunque luego ganó fuerza—: ¡Sal de aquí, Adad! ¡No puedo hacerme cargo de ella con ustedes dos aquí!
El Dragón rugió una respuesta, dio un gran empujón al Fafnir y se lanzó sobre él. Lo rodeó con las patas delanteras y luego echó a volar. El profeta creyó que Adad había perdido la cabeza, pues si seguía volando se estrellaría contra el techo. El príncipe Dragón voló, voló y embistió. ¡Todo se hizo pedazos! Connor gritó cuando el Dragón y el Fafnir salieron a la superficie, y una parte del techo cayó en la bóveda.
El profeta se encogió y protegió a Sakti lo mejor que pudo. De nuevo escuchó los retumbos y todo tembló. Fue como los terremotos que atacaron Irem, aunque esto le pareció peor. Allí no tenía adónde correr, no podía hacer nada más que cerrar los ojos y esperar lo mejor. Cuando al fin el estruendo se detuvo y miró alrededor, vio que estaba a salvo. De nuevo los escombros no le cayeron encima, sino que lo rodearon en un círculo bastante grande, casi perfecto. Era como si hubiese un escudo invisible protegiendo a Connor.
—Vaya... —susurró el chico antes de pellizcarse la mejilla—. Mis alucinaciones son las mejores, ¡sin duda! Gracias por la suerte.
Se permitió un breve suspiro de alivio y miró el trozo de cielo que se asomaba en el techo. El aire de la superficie era muy caliente, muy distinto a la frescura en el jardín del Edén, aunque la escenita de Adad hizo que las llamas de Sakti se extinguieran. ¿Adónde irían ahora Adad y el Fafnir? «Eso no tiene importancia», decidió Connor. «Lo que urge ahora es ayudar a Allena».
La acomodó en el suelo. Se armó de valor y miró de nuevo la herida. No podía decir que el hombro estaba peor que antes, aunque Sakti ya había perdido muchísima sangre. Además, a la princesa le costaba mucho respirar y tenía el rostro frío. Connor sabía que debía desinfectar la herida y cauterizarla antes de que fuera demasiado tarde, pero no tenía el equipo para hacerlo. Su bolso debía de estar bajo los escombros. Eso solo le dejaba una opción.
Usar el poder que le regaló Anäel.
Hasta el momento solo había experimentado un poquito con la esencia de la curación, con cortadas sencillas que no le supondrían un gran esfuerzo o desgaste. Como práctica estaba bien, pero eso no era suficiente para lo que estaba a punto de hacer. Sin embargo, Connor respiró profundo, se relajó y puso una mano sobre el hombro lastimado de Sakti. Tenía que hacerlo, tenía que ayudarla. Se lo debía por todo lo que ella había hecho por él.
No había ni comenzado a reunir la energía necesaria cuando una sombra cayó sobre él. Al voltearse, Connor vio una extraña figura morena de pelo blanco.
—K-¿Kiria? —preguntó incrédulo. Sakti había descuartizado a la mangodria, la había hecho pedacitos. ¡No era posible que la vaniriana estuviera en pie!
Kiria tenía cubierta la cara con una mano, pues la otra se la arrancó la princesa con un sablazo. La bajó despacio tras escuchar la voz de Connor. Cuando el rostro de la mangodria quedó descubierto, el profeta se quedó sin palabras.
Kiria abrió la boca, dejó caer la mandíbula y pegó un grito horroroso.
Se había convertido en un monstruo.


ZAZ.
Dereck gimió entre sueños. De lejos le llegaron las órdenes de la sincronización pero no pudo comprenderlas muy bien. «Al diablo la Emperatriz», logró pensar. «Que se joda. Solo quiero dormir un ratito». Los golpes cayeron sobre él una, dos, tres, cuatro, cinco veces más. ZAZ. ZAZ. ZAZ. Sin misericordia. A ese paso se le iba a hinchar la cara.
Cuando escuchó que se aproximaba la nueva cachetada, alzó una mano y detuvo el golpe antes de que conectara. Luego abrió los ojos, aunque aún estaba muy confundido. Veía borroso, la cabeza le dolía y todo le daba vueltas, así que le costó reconocer las formas alrededor. Cuando al fin enfocó la vista vio un bonito rostro cerca del suyo, que lo miraba preocupado.
—Ah —dijo aliviado—, nada como despertar al lado de una chica tan bella como tú.
La chica arrugó la frente. Con la mano libre formó un puño que se estrelló en la quijada de Dereck. El Guardián se mordió la lengua y se golpeó la cabeza con la pared cuando el impacto lo empujó hacia atrás.
—Púdrete —dijo Drake mientras le hacía un gesto obsceno con la mano—. ¡No soy una chica, maldita sea! ¿Qué tengo de afeminado? ¡Nada!
El golpe del sicario no confundió más a Dereck, sino que le acomodó las neuronas y lo espabiló por completo. Mientras se acariciaba el mentón, el Guardián observó al muchacho. De acuerdo, lo admitía. Con esos puños, brazos fuertes, actitud y lengua sucia, Drake no tenía ni pizca de damisela. Pero su cara era muy bonita. Si se ponía una falda pasaría sin problemas por una chica.
El sicario escupió a un lado con desprecio, como para aumentar su vulgaridad, y miró a Dereck enojado.
—Ponte en pie y dime dónde carajos está Allena.
—¿Qué?
—¡Dime dónde está Allena, llévame a ella! —gritó Drake mientras agarraba a Dereck del cuello de la camisa y lo levantaba—. La Emperatriz está como loca. No puede enviar herramientas Fafnir a luchar y todos los aesirianos están protegidos en bóvedas que no quiere abrir por nada del mundo. Yo era el único que rondaba por los túneles, así que me ordenó buscar a Allena.
—Je, yo pensaba que no te gustaba recibir órdenes de la Virtuosa —se burló Dereck. Sakti le había contado lo mal que le sentó al sicario estar bajo el control de la sincronización cuando la llevó al jardín del Edén.
—Lo detesto —confesó el muchacho—, pero esta vez no me importa. Allena intentó salvar a mi hermanito y a cambio recibió una herida grave.
Dereck se sintió enfermo de repente. ¡No! Sakti debía enfrentar al Fafnir contaminado, no podía... Lo recordó: el Fafnir los había encontrado a él y a los demás. La herramienta los derribó a Kael y él. No tenía ni idea de lo que pasó después, pero supo que las cosas no salieron de acuerdo al plan. Eso significaba que falló. No pudo seguir el ritmo de los acontecimientos ni estar al lado de su protegida cuando lo necesitaba. Si algo fatal le sucedía a Sakti, ¡sería culpa suya por ser el peor Guardián Celestial de la historia!
—Tú puedes guiarme a ella —siguió Drake—. Al tener un vínculo mágico con ella, la puedes encontrar. Así que quiero que me guíes porque no perdonaré a la persona que le hizo daño y atentó contra la vida de mi hermanito.
En los ojos de Drake había puro odio.


Connor se arrastró lejos de Kiria, pero sin importar cuánto se esforzara no podía superar los escombros que había alrededor sin abandonar a Sakti. El cuerpo de la mangodria tenía una extraña coraza café que le recordaba a una cucaracha, pues incluso reflejaba la luz del sol. Además, la única pierna que tenía también se había transmutado, y era ahora larga y aplanada, con unas extrañas espinas curvas. Sakti le había abierto el vientre, pero ya no salía sangre sino que supuraba una sustancia blanquecina. Lo mismo pasaba en las heridas de los miembros.
Al principio Connor creyó que era pus, pero pronto se dio cuenta de que debía de ser algo más. La sustancia se esparcía sobre la piel, se endurecía en pocos segundos y formaba costras asquerosas que se unían a la coraza.
Kiria avanzó hacia ellos, arrastrándose en el suelo con la pierna y el brazo que tenía. Connor vio que la mano de la mangodria cada vez se parecía más a la pierna transmutada: los dedos se fundían y formaban un par de hojas curvas, semejantes a una hoz doble. El profeta ya no sabía si se trataba de una cucaracha gigante o una fea mantis religiosa.
«¿Qué diablos es esto?», pensó aterrado. «¿Una transformación incipiô?». Pero no era posible.
Kel le había dicho que, a diferencia de los aesirianos, los vanirianos no sufrían transformaciones. Los groliens ya nacían con cuernos y pelaje, aunque las astas crecían más durante la niñez. Las arpías también nacían con las alas. Incluso los machos deformes venían al mundo con sus tres cabezas, los picos y los cuerpos regordetes. Los vanirianos ordinarios se quedaban tal y como eran durante toda la vida, sin ninguna anormalidad. Lo más que les crecía era el pelo y las uñas. Los kredoa eran un pelín diferentes, pues algunos vanirianos ya nacían con las características físicas de los hechiceros de ilusión; sin embargo, de vez en cuando algún ordinario se interesaba en aprender estas artes. Kel decía que entonces sí se daba un cambio físico, pues el tipo de magia que se empleaba para la ilusión incidía en el aspecto del practicante. Pero ese era el único caso.
Entonces, ¿qué sucedía con Kiria? Connor le vio mejor la cara cuando la mangodria estuvo a escasos dos metros de ellos. La chica todavía tenía los ojos miel y el cabello blanco, pero el rostro se le había oscurecido y endurecido, y tenía muy marcadas las venas, que incluso le saltaban. Ya no era bonita como antes.
Kiria estiró el brazo y golpeó a Connor, provocándole una herida en el hombro con la hoja doble. El chico apretó los dientes e intentó patear el rostro de la mangodria cuando lo levantó, pero Kiria lo lanzó hacia atrás y lo apartó. Connor cayó lejos, encima de los escombros, pero muy espabilado. El profeta se levantó como impulsado por un resorte porque sabía cuál era la presa de la vaniriana: Sakti. ¡No podía dejarla a su suerte! ¡La princesa no podría defenderse de la mangodria transformada!
Para cuando Connor dio dos pasos hacia ellas, ya Kiria tenía sujeta a la princesa del cuello. Lo hacía con delicadeza para no cortarle la garganta con las hojas, que eran filosas como navajas. Connor no sabía a qué esperaba Kiria, pero luego notó que en la pierna cercenada la costra blanquecina había formado un apéndice que crecía y palpitaba. Era un movimiento muy lento y nauseabundo, pero Connor comprendió qué era: la costra formaba una pierna nueva. El pálpito era la circulación de la sangre, que se regulaba en la nueva extremidad.
Vio que lo mismo ocurría en el brazo mutilado de Kiria, pero más aprisa.
—¡Allena! —la llamó—. ¡Te va a matar con los dos brazos!
Kiria abrió la hoja doble para ganar fuerza y cerró.
Connor reprimió un grito. Estaba seguro de que vería rodar la cabeza de su amiga. Pero la hoja de mantis se había detenido a escasos milímetros de tocar el cuello de la princesa. El chico entrecerró los ojos para ver qué había salvado a Sakti y vio que ella había interpuesto un brazo de escamas duras y blancas. ¡Era la garra!
«No...», Connor alzó una ceja. «Ella se la cortó. Entonces, ¿qué...?». Cuando Sakti levantó la cabeza y abrió los ojos, el chico lo comprendió. La princesa tenía los labios estirados sobre las mejillas y dejaba al descubierto los dientes filosos como navajas. Los ojos eran amarillos como los de una serpiente, mientras que las marcas negras de la Profecía que tenía en la cara se le habían enrojecido hasta hincharse.
De allí salieron más escamas. En las sienes le salió un par de cuernos. El rostro se le convirtió en hocico, el cuello se le estiró y los hombros se le ensancharon. Se estaba transmutando en un dragón blanco.
Connor recordó los gritos de Mauro, el grolien amigo de Kel que se convirtió en el bocadillo de Sakti. Recordó también la advertencia que Merkaid hizo a la princesa: aquella fue su primera transformación pero todavía le quedaban muchas. Y en cada ocasión sentiría un apetito voraz.
Cuando Sakti arrancó de un tirón el brazo de Kiria y lo masticó, Connor comprendió que la mangodria y él estaban en problemas. Dio media vuelta y escaló los escombros en silencio, sin atreverse si quiera a respirar. Detrás de él escuchó los gritos de Kiria y Sakti.
Connor avanzó sin saber muy bien a dónde iba, pues estaba desubicado. ¿Dónde estaba la entrada a la bóveda? ¿Estaría también bloqueada por los escombros? ¿O acaso había otra salida? Cada cierto tiempo miraba por encima del hombro para saber qué ocurría entre las muchachas. En una ocasión vio que Sakti estaba sobre Kiria y que su única garra goteaba sangre. En otro momento vio que Kiria había lanzado a la princesa a los escombros y que dejaba caer sobre ella la hoja doble del brazo que ya había regenerado.
Peleaban a muerte y completamente locas, como los cachorros transformados que Drake vio en un pueblo invadido por vanirianos. Cuando Connor escuchó un rugido y sintió una onda de calor en la espalda, supo que Sakti había terminado el proceso de transformación. El chico miró otra vez por encima del hombro después de la descarga de fuego.
El Dragón Blanco tenía las alas algo húmedas y no podría volar. No importaba: tenía el hocico metido en las entrañas de su presa. Connor alcanzó la cima de una montaña de escombros y se escondió detrás de ella para vigilar a Sakti. Planeó cómo esconderse debajo de algunas rocas en caso de que la chica todavía tuviera hambre y buscara un nuevo bocadillo en la galería.
Kiria todavía no había dejado de pelear. Algo que parecía no una, ni dos, sino cuatro patas largas y cafés, golpeó al Dragón en el abdomen con una fuerza bárbara que lo mandó a volar. Cuando Kiria se irguió de nuevo, Connor vio que tenía cinco patas. Cuatro eran tan largas que hacían que la mangodria fuera tan alta como el Dragón. La quinta pata estaba un poco corta, aunque la sustancia blanquecina que salía del muñón regeneraba la extremidad. Desde donde estaba Connor no podía asegurarlo al cien por ciento, pero estaba casi seguro de que Kiria regeneraba una sexta pata al otro lado.
«Es un insecto», comprendió al ver las extremidades y el bulto que se había formado en el abdomen de Kiria, que se asemejaba al aguijón de una abeja. Connor no lo sabía, pero la apariencia de la chica peli-blanca comenzaba a asemejarse a la de la mangodria que Sakti vio en un panal vaniriano hacía unas semanas.
El rugido del Dragón lo sacó de sus cavilaciones. Kiria se lanzó sobre Sakti y la golpeó en distintos puntos con cuatro de las patas. Lo hacía rapidísimo, a un ritmo de vértigo. Atacaba las alas, el cuello, el pecho, el lomo, ¡todo! Cuando el Dragón intentaba morder alguna de las patas, la mangodria la retiraba y golpeaba con otra, lejos del alcance de Sakti.
Kiria conseguía herir la coraza del Dragón con cada golpe. ¡Incluso le sacaba la sangre! El profeta sabía que era casi imposible herir a un dragón. Al ver mejor la punta de las extremidades de la mangodria, se dio cuenta de que tenía púas que parecían hechas de acero y que del filo supuraba una sustancia verde.
«Veneno». Cuando el Dragón se cayó de lado, jadeando con dificultad e inmóvil, Connor confirmó sus sospechas: Kiria había envenenado a Sakti. «Diablos, ¡es como las ampollas de reversa!». El Dragón perdía volumen, las escamas se caían de la piel o regresaban a ella, y la figura todopoderosa se reducía poco a poco. Pronto solo quedaría Sakti, indefensa. O en el mejor de los casos, una dama dragón semejante a las herramientas Fafnir.
Connor decidió salir del escondite. Debía interponerse entre Kiria y Sakti antes de que la mangodria diera el golpe de gracia. Una voz lo detuvo apenas comenzó a incorporarse:
—¡KIRIA!
Él y la mangodria levantaron la mirada y vieron un nuevo balcón. Se podía llegar a él por unas escaleras metálicas y delgadas, aunque Adad había destruido parte del camino cuando salió junto al Fafnir contaminado.
En el balcón –que era pequeño como para pasar desapercibido–, había una muchacha de cabello verde. Connor no podía estar seguro, pero le pareció que la mujer tenía quemaduras en el rostro, el cuello y las manos. Además, tenía ojos color miel. Otra mangodria. Por suerte para él la vaniriana no había reparado en su presencia, pues estaba muy concentrada en Kiria.
—No, no, ¡no! —lloró Lemuria—. ¡Tonta, tonta, tonta! ¡No debías transformarte! Eres una niñita, ¡se suponía que te quedaban muchos años antes de que esto te pasara!
La mangodria se dejó caer de rodillas, desconsolada. Al principio Connor no entendió qué ocurría. Concentró toda su atención en la peli-verde. Sin siquiera proponérselo, leyó sus pensamientos. Lemuria estaba tan débil y adolorida que no puso ninguna barrera mental. Ni siquiera se dio cuenta de la presencia de Connor en su mente.
El chico miró allí durante lo que le pareció un largo rato, aunque en realidad solo fue una fracción de segundo, y comprendió por qué Lemuria estaba tan triste.
Cuando al profeta comenzaron a empañársele los ojos por el destino de Kiria, sucedió algo que las mangodrias no podían esperar: Sakti reaccionó. Con sus últimas fuerzas, la chica se levantó, giró sobre las patas traseras y golpeó a Kiria con el látigo que era su cola. Luego las dos cayeron de lado, casi muertas. Era un empate.
—¡Kiria! —gritó de nuevo Lemuria. Por un momento pareció dispuesta a lanzarse a la bóveda, aunque sabía que no había nada que hacer por su hermana menor.
En ese instante sucedió algo más: una montaña de escombros se levantó por arte de magia y salió volando hacia el otro extremo del salón. Connor se cubrió la cabeza en caso de que las rocas le cayeran encima, pero la suerte que le regaló Alucinación lo protegió de nuevo. Cuando abrió los ojos vio que Drake se había abierto camino hacia la bóveda.
El sicario tenía las manos extendidas y todos los escombros cerca de él levitaban por la telequinesia. El peli-rosado casi no movía la cabeza, pero sus ojos inspeccionaban de un sitio a otro sin descanso. Vio a Sakti echada de lado, a Kiria, incluso descubrió a Connor. Después lanzó una avalancha de rocas hacia el balcón en el que estaba Lemuria. Connor se admiró por la observación rápida de su hermano, porque Drake había descubierto el balcón insignificante y a la mujer en menos tiempo de lo que un General lo habría hecho.
Apenas las rocas alcanzaron el balcón, una llamarada azul las recibió y esparció. El ataque no hizo efecto. Esto no le importó a Drake. El sicario avanzó hacia los escombros a la velocidad del rayo. Los trepó rapidísimo. Cuando alcanzó el punto más alto, dio un salto y se lanzó a un trozo de la escalera que Adad había destruido.
La escalera estaba destrozada en varios segmentos, pero los que se mantenían enteros estaban fuertemente soldados a la pared. Drake subió por allí muy rápido, sin darle tiempo a Lemuria de nada. Cuando alcanzó un punto muerto especialmente largo, el sicario saltó hacia la mangodria. Un torbellino de llamas rodeó al muchacho, quien dio vueltas en el aire. En el último momento apartó el fuego de sí mismo y lo lanzó hacia Lemuria.
La vaniriana respondió con otra llamarada azul, pero esta vez no logró repeler el ataque. El hechizo de Drake le dio de lleno y la lanzó contra la pared. El sicario chupó los dientes, porque estaba en el aire y caería a los escombros sin remedio. No le quedaba más que subir de nuevo para rematar a la mangodria.
El sicario aterrizó, subió otra vez los escombros, se preparó para lanzarse a la escalera...
... pero algo lo golpeó en la cabeza y cayó.
Se llevó un buen golpe contra las rocas, pero al cabo de unos segundos se sentó. Se sujetó la cabeza. De la sien le salía un chorro de sangre.
—¿Qué putas fue eso, Dereck? —preguntó malhumorado.
El Guardián de Sakti estaba a la entrada de la bóveda, pues le estuvo pisando los talones a Drake cuando el sicario entró al salón. El soldado tenía una roca en una mano y la otra extendida en dirección al peli-rosado, porque le había lanzado una piedra para detenerlo.
—Es una mangodria —dijo el soldado—, la misma que la princesa atacó en el rescate de la Academia. Debería estar muerta. Si todavía vive queda claro que es muy fuerte. Si la enfrentas podrías morir. Así que te estoy salvando la vida.
Drake bufó y miró a Dereck a los ojos. El Guardián intentó mantenerle la mirada, pero al cabo de un par de segundos comprendió que era inútil. Drake sí que se parecía a Zoe. No porque fueran mellizos o porque los dos fueran tan condenadamente lindos, sino porque miraban a las personas como si las comprendieran en menos de un santiamén. «Lo sabe», pensó el Guardián. Con una mirada, Drake se dio cuenta de que Dereck no detuvo el ataque para protegerlo de Lemuria, sino para salvar a la mangodria.
Esa capacidad comprensiva era la única semejanza con su hermana, pues Zoe podía ser misericordiosa. En cambio, Drake no tenía tanto tacto. El muchacho sorteó los escombros y se situó a unos pasos de Dereck, mientras señalaba el bolso que había dejado a la entrada de la bóveda. De allí comenzaron a salir varias piezas de metal, que levitaron en el aire y se ensamblaron hasta formar un enorme arco de hierro. Cuando estuvo completo, el arco llegó a manos de Drake junto a un carcaj con proyectiles del mismo material.
—Bien —dijo el peli-rosado—. Como queda claro que yo no voy a matar a la mangodria, entonces hazlo tú. Es tu responsabilidad. Remátala. Por Allena.
Dereck tragó fuerte y titubeó un segundo, pero tomó el arco y las flechas. Después de ajustárselas imitó el truco del sicario: escaló los escombros, saltó hacia las escaleras y avanzó por ellas. Dio saltos en los trechos largos cuando el camino se cortaba después de un derrumbe.
A Drake le hubiera gustado mirar a Dereck hasta que cumpliera con su trabajo, pero sabía que no tenía mucho tiempo. Kiria gemía del dolor, incluso convulsionaba, pero Sakti estaba inmóvil, rodeada de un charco de sangre. Ya no tenía la forma de Dragón, pero como todavía conservaba la cola y los cuernos parecía un nuevo modelo Fafnir.
Drake se le acercó y la volteó en el suelo. Arrugó la cara al ver los huecos que le había hecho Kiria. No le gustó nada, menos ver que le faltaba el brazo. El sicario había escuchado historias de cuando Sakti perdió por primera vez una extremidad. Sabía que hasta se había muerto desangrada antes de que Darius la reanimara con una pluma de Dragón. Drake no sabía si el estado de Sakti después de su encuentro con Sigurd fue peor o mejor que el que ahora tenía, pero no quería averiguarlo. Tenía que ayudarla.
—¡Connor! —gritó—. Por favor, por favor, ven aquí.
Connor ya había bajado los escombros y ya llevaba unos segundos al lado de Kiria y Sakti. Drake no sabía a qué esperaba. Cuando Connor al fin se decidió a ir por la princesa, se detuvo y miró algo a sus pies. El sicario no supo de qué se trataba hasta que Connor lo juntó.
Era el brazo que Sakti había cortado a Kiria cuando se lanzó a ella por primera vez. Todavía conservaba su forma original y hasta sostenía la daga con la que quiso rematar a la princesa cuando ella salvó a Connor del triturador.
Drake pensó que su hermanito perdería la cordura y se pondría a llorar por el asombro. Connor abrió los dedos de la mano mutilada y arrancó la daga. Luego fue al lado de Kiria y la miró un rato más.
—¿Qué haces? —preguntó Drake—. Connor, ¡no sé cuánto tiempo le quede a Allena!
—Kiria está peor —respondió el chico—. No se podrá recuperar. Nunca. Una abeja reina no fecundada muere. Se pudre sin remedio. Aunque hubiese salido victoriosa de este encuentro, igual habría muerto.
Drake no entendió a qué se refería Connor o cómo lo sabía, pero se sobresaltó cuando el chico levantó el brazo y dejó caer la daga sobre la nuca de Kiria. Nunca imaginó que Connor tomaría esa decisión. El doctor repitió el movimiento una segunda vez, con más fuerza, y el rostro se le pringó de sangre. Connor no torció el gesto y Kiria ya no gimió más.
Sin preocuparse en recuperar la daga, Connor se levantó y fue hacia Drake. Abrió la boca para decir algo, pero la advertencia llegó muy tarde: el sicario sintió un pellizco en la mano y gritó. Intentó apartarla, pero no pudo. Sakti lo había mordido y no lo soltaba.
—Es una hambrienta voraz —explicó Connor mientras se agachaba junto a su hermano e intentaba abrir la boca de Sakti—. Tiene hambre.
Cuando al fin logró que la princesa soltara la mano de Drake, Connor tuvo que apartar la suya para que no se la mordiera. «El veneno de Kiria es paralizante», comprendió. Sakti intentaba moverse, pero las piernas, la cola y el brazo no le respondían. De no ser por las heridas que le infringió la mangodria, la princesa ya los habría almorzado. Solo podía gemir y lanzar dentelladas.
Connor se rasgó la camisa y amordazó a Sakti con el trapo. Drake hizo otro tanto para cubrirse la herida en la mano, que sangraba como si le hubiesen arrancado por lo menos tres dedos. Cuando al fin controló la hemorragia se ofreció a ayudar en lo que fuera necesario, pero Connor lo ignoró.
—Todo estará bien —susurró el chico mientras acariciaba la cabeza de Sakti—. Todo estará bien.
Era el mismo truco que utilizó para calmar a Dagda antes de coserle los dedos, el mismo que utilizó en Darius antes de aplicar los puntos de presión. Drake miró a su hermanito con fascinación, pues la furia en los ojos de Sakti se convirtió en algo menos intimidante.
—Sé que ahora te duele mucho, Allena, pero aquí estoy. Siempre estoy aquí. Yo me haré cargo de todo.
Sakti dejó escapar un gemido a través de la mordaza. Connor la miró sin parpadear, esperando a que la chica se durmiera para atenderla sin correr riesgos por la transformación. El joven profeta abrió mucho los ojos de repente y se apartó un poco, como si hubiese recibido una descarga eléctrica.
—¿Qué? —preguntó Drake—. ¿Qué pasa? ¿Va todo bien?
Connor tardó en responder. No apartó la mirada de Sakti, pero ahora parecía un poco incómodo.
—Sí —dijo—, va todo bien.
Pero mentía. Debía cauterizar la herida en el hombro antes de que fuera demasiado tarde, debía encontrar un antídoto para el veneno de Kiria y debía atender las innumerables heridas antes de que se infectaran. Pero eso no le preocupaba, pues Connor sabía que podía hacerse cargo.
Lo que lo asustó fue lo que encontró en los ojos de Sakti. Por unos segundos no se vio reflejado en ellos. No vio el cabello negro ni los ojos azul zafiro que le pertenecían, sino una cabeza rubia rodeada por un aro de luz y una sonrisa cálida que le hizo cosquillas en el corazón.
Le dio la impresión de que Sakti en realidad no lo vio a él. La chica pidió ayuda a alguien con la mirada, a la misma persona que Connor vio en el reflejo de los irises grises. Ella también lo había visto.
Vio a Alucinación.


"Los Hijos de Aesir: Dos Tronos" © 2013-2017. Ángela Arias Molina

2 comentarios :

  1. AAAAAAhhhhhhhhhhhhhhhhh!!!!!!! OMG, tu historia siempre me a gustado y lo sabes pero... ¡Este capitulo tiene un no se que, que me fascino! Vamos por partes:

    Lo del brazo de Allena desde el capitulo anterior me dejo con un sabor de boca amargo, pero ella ya había mencionado anteriormente que por los Tonare (aunque a Darius no le guste) daría un brazo, pierna, ojo, etc. Con las escenas de esta pelea recorde las muchas lagunas mentales y visiones donde el dragón y Allena se están fundiendo.

    La transformación de Kiria, lo de ser un insecto y todo eso, fue realmente creativo (lo de que se iba a podrir, también). Y fue bastante fuerte que fuera Connor quien le diera muerte, espero no tenga muchas pesadillas de ahora en adelante. Y siguiendo con los hermanos... ¡DRAKE! Simplemente es tan...él.

    Me da la sensación que Drake es el hermano mas fuerte y con menos escrupulos, es todo un asesino y aun así, la preocupación por la princesa es taaaaan obvia que me sorprende nadie hasta el momento le allá descubierto. ¡Sobre el amor! Derek tiene una vida complicada ¿Se tenia que enamorar justo de una mangodria?

    Una duda... Mark le paso parte de sus habilidades a Connor? Siempre he tenido la sospecha que él es la alucinación, y con lo del final de este capitulo estoy segura de que es asi.

    Y finalmente, unos comentarios sobre ciertos detalles que capte en este capitulo. Algunas fallas en las mayusculas cuando usas los signos de exclamación. No son muchas, pero si hay.

    Muchos besitos ;)

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    Respuestas
    1. Hola, Annie. Perdón por responder hasta ahora. A mí también me da la impresión de que Drake es el más fuerte de los hijos de Darius. La vida lo hizo así. Aunque tal vez también Connor es fuerte a su manera. Sus hermanos, Darius y Sakti lo consideran un niño, pero me parece que él ha ganado más resistencia emocional que el resto de su familia.

      Con los intereses amorosos de Dereck me he divertido mucho, la verdad. Tal vez por malosa :P

      Y en cuanto a Alucinación y Mark, estás en lo correcto. Ahora la pregunta es... ¿por qué Connor puede verlo?

      Nos leemos en el próximo interludio ;)

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