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La pesadilla empieza

LA PESADILLA EMPIEZA


Dereck alcanzó el pequeño balcón, que se desestabilizó por el peso del soldado. El aesiriano se sostuvo a la baranda, preocupado por un segundo de que eso no fuera suficiente y cayera al fondo de la galería destrozada, donde se llevaría un golpe del demonio. Sin embargo, al instante siguiente algo más llamó su atención.
Sangre.
Una mancha líquida cubría la pared y el suelo del balcón, pero Lemuria no estaba allí. Dereck respiró profundo, agitó los hombros y se preparó para darle cacería. El hechizo de Drake fue certero. En su huida, la mangodria peli-verde dejó un rastro carmesí que demostraba lo grave que estaba. Dereck siguió las pintas que Lemuria dejó cuando escapó por un hueco en la pared, que llevaba a un túnel.
«Debe de ser una ruta de servicio», pensó el soldado mientras avanzaba por el pasillo, que era muchísimo más estrecho que las carreteras subterráneas de la Ciudad Perdida. Parecía que la bóveda fue una plaza de ejecución. De seguro que un balconcito como ese servía para que un tamborilero y su instrumento acompañaran la condena. Probablemente había más de esas pequeñas plataformas en la bóveda, pero era difícil saberlo por la destrucción que realizó Adad.
Conforme avanzaba, el pasillo se hacía más claro. Dereck sintió que el aire aumentaba de temperatura a cada segundo. Además le llegaron varios sonidos, como la brisa sobre la arena, un murmullo lejano, algunos retumbos y varios rugidos. El corazón se le aceleró al entender que era el príncipe, que había salido de Edén con su forma de Dragón.
Cuando al fin alcanzó el exterior, Dereck tuvo que hacerse visera con una mano. Afuera estaba tan claro y caluroso que se mareó por unos segundos, pero después reparó en los detalles. Primero vio que estaba en un balcón exterior que conectaba con un pasillo, también exterior, en lo alto de una muralla. Probablemente estaba en una estructura similar al palacio de la frontera de Masca, que rodeaba la Capital aesiriana y permitía ser recorrida para labores de vigilancia.
Luego vio al Dragón Negro, que estaba como a un kilómetro. Adad estaba anillado alrededor de un castillo flotante, que se caía a pedazos. De hecho, gran parte de la estructura vaniriana ya estaba en la arena, pero el Dragón no se detenía. Sus rugidos y llamaradas acallaban el ronroneo del motor del castillo. Dereck vio apenas un puñado de arpías hembras y machos. El castillo debía de tener una tripulación muy pequeña.
«Lemuria vino en ese castillo, con los pocos sobrevivientes del ataque a la Academia». Como también la nave flotaba a muy baja altura, Dereck comprendió que debía de tener algún desperfecto –un motor débil, tal vez–, por lo que los vanirianos no la utilizaron para asediar la Academia. Pero después de los fuegos artificiales que Sakti creó, era de suponer que los sobrevivientes recurrieran a él para atravesar el desierto. Comparado a la grandeza de Edén, ese castillito no era una amenaza.
Como Adad todavía no había superado lo que le ocurrió a Irem, estaba feliz de vengarse al destruir la nave de sus enemigos.
El soldado suspiró. Había algo que apremiaba más que ver cómo Adad destrozaba a los vanirianos, y eso era atrapar a Lemuria. La mangodria de Vanir. La Generala de los invasores del desierto. La enemiga de los aesirianos. Y la amante de Dereck.
Fue fácil encontrar más rastros de la chica, pues Lemuria había dejado un camino de sangre en el pasillo. Dereck avanzó por allí, pero pronto se dio cuenta de que la mangodria le llevaba una gran ventaja. El pasillo se extendía por encima de un borde de la Ciudad Perdida. Dereck entendió que, en efecto, estaba en algún punto limítrofe y que ese pasillo era una zona de vigilancia. Aunque lo recorriera hasta dar con Lemuria, probablemente lo conduciría fuera de Edén; estaría a merced del desierto y desprotegido de los siguientes terremotos.
«Es un buen argumento. Si doy media vuelta ahora, nadie sospechará que la dejé ir. Nadie, salvo Drake, pero él es un sicario, así que nadie se tomará en serio lo que diga. Es mi honor contra el de él».
Pero cuando iba a dar media vuelta y regresar a la bóveda, la vio a lo lejos. Era imposible perderse los destellos verdes del cabello de Lemuria, que ondeaba mientras corría. Estaba lejos, avanzando a toda velocidad por el pasillo, hacia la nave vaniriana que se desmoronaba. O no se enteraba de lo que hacía Adad o estaba decidida a ayudar a cualquier sobreviviente.
Dereck la miró durante un tiempo, angustiado. No quería lastimarla, pero sabía que era peligrosa. Ella fue la que le dio la daga maldita a Drake, la que planeó la muerte de Darius, la que lideró la invasión hostil al desierto, la que sobrevivió a la explosión de un castillo flotante.
La que lo besó con pasión.
Dereck rechinó los dientes. «Esto no está bien, el juego se nos salió de las manos». Recordó a Sakti, echada de lado, sin un brazo, y a Kiria, transmutada en esa horrible criatura oscura. La joven mangodria hizo mucho daño a una princesa experimentada en la guerra, pero Sakti se recuperaría. Kiria, en cambio, no. Lemuria se había arriesgado a que los aesirianos descubrieran la nave con sobrevivientes vanirianos, incluso entró a territorio enemigo con tal de recuperar a su hermana menor. Ahora que había fallado, ¿no era lógico que quisiera vengarse? Era una sobreviviente. Si escapó de una explosión, escaparía también del desierto.
Y regresaría tarde o temprano para acabar con Sakti y el Imperio Aesiriano.
Para impedir futuras desgracias, alguien tenía que acabar con ella.

«—Yo elijo mi bandera. ¿Y tú?
—La mía».

Cuando tomaron esa decisión, trazaron sus caminos. Lemuria se debía a Vanir, a Kiria, a Abigahil, a los vanirianos. Dereck se debía a Sakti, a Sigfrid, al Imperio. Esa decisión era una grandísima mierda, pero ninguno de los dos podía dar marcha atrás. «El juego tiene que acabar», se dijo mientras preparaba el arco. «Es lo que Lemuria haría».
Como era un arma tan grande, el soldado pensó que tendría problemas para manejarlo. Sin embargo, notó que el arco tenía una base de apoyo en un extremo. Cuando la colocó en el suelo, descubrió que así era más fácil equilibrarlo. Luego sacó uno de los grandes proyectiles de hierro. Lo colocó en posición y tensó la cuerda, aunque necesitó más fuerza de la que habría requerido con un arco normal. Pero por todo el esfuerzo, sabía que la flecha podría volar más lejos.
Dereck cerró los ojos. Respiró profundo. Después de unos segundos, exhaló. Todavía reconocía a Lemuria, que escapaba, pero ya el soldado no tenía dudas. Su mente se había despejado. Siguió en la mira a la mangodria, esperó a que el viento se pusiera a su favor y luego disparó.
Al principio todo lo que sintió fue un vacío indiferente, como si de verdad no le importara lo que acababa de hacer. Pero después recordó otra vez los besos de Lemuria, la forma en que se corría un mechón detrás de la oreja, la sonrisa pícara en su rostro, cómo sus dedos se movían sobre el cuerpo de Dereck, con delicadeza y pasión a la vez, tan seguros y ardientes como el sol de verano.
Él acababa de dispararle a ese rayo de sol.
Antes de que pudiera controlarse o tan siquiera entender lo que hacía, Dereck llamó a la mangodria con un grito poderoso. A esa distancia era imposible que ella lo escuchara, pero la mujer se detuvo de todas formas, giró sobre los talones y lo vio. Sus ojos se encontraron por un breve instante, pero en ellos se reflejaron muchísimas cosas, como el recuerdo de aquella noche, los sentimientos confundidos de la mañana, la añoranza que ambos tuvieron en las semanas siguientes, el deseo de unirse de nuevo...
Pero luego Lemuria trastabilló. La flecha la había alcanzado y estaba insertada justo en la boca del estómago, por debajo de los pechos. Con una mirada, Dereck supo que ella conocía al flechero que acabó con su vida. Pero ¿qué era eso otro que vio en sus ojos? No era resentimiento, odio, perdón ni amor. Solo comprensión. A Dereck lo fastidió y alivió por partes iguales que Lemuria no estuviera dolida, enfadada o feliz por el final del juego, aunque, la verdad sea dicha, él mismo no sabía cómo se sentía por ese desenlace.
Lemuria perdió el equilibrio, dio un mal paso y chocó contra la baranda del pasillo. Luego cayó al vacío.

****

Daba vueltas sobre los talones, envuelta en un manto rojizo que bailaba junto a ella. Las faldas se convertían en delicadas lenguas de fuego, que ondeaban con la brisa como si se tratara de un pañuelo de seda roja y naranja. Se carcajeaba con mucho gozo, su grito incluso transmitía un poco de felicidad.
Pero todo eso –el baile, las llamas, la risa, incluso la furia– escondía lo que no quería demostrar a los demás, lo que no quería reconocer a sí misma. Luego se detuvo y se miró en el espejo. Aunque las llamas refulgían detrás de ella, en el vidrio no se reflejaban la pira ni los cuerpos incandescentes que hacía mucho dejaron de retorcerse ahí. Solo estaba ella, pequeña. En apariencia, indefensa e inocente. Pero al mirarse los ojos ella misma se estremeció. Allí no había nada inofensivo, sino todo lo que era malo, todo lo que debía ser destruido, todo lo que era un error. Eso estaba dentro de ella. Todo allí era oscuridad.
—Soy el reflejo del mundo —dijo mientras colocaba la palma en el espejo—. El desperdicio del Universo.
Esbozó una linda sonrisa y se alejó del espejo, pero su reflejo se mantuvo inmóvil, sin respirar, sin parpadear, sin entender. La pequeña Infanta ladeó la cabeza a un lado, como un curioso pajarillo; luego extendió los brazos y comenzó a girar una vez más. Cuantas más vueltas daba, más fuerte se hacía el fuego detrás de ella, más intenso el calor.
Las llamas la rodearon, le quemaron la ropa y se convirtieron en una segunda piel sobre su cuerpo desnudo, pero la niña no se detuvo. No se le hicieron ampollas ni manchas oscuras, pero, mientras alababa al fuego con gritos y hablaba de muerte y condenas, sabía que se convertiría en cenizas.
El reflejo en el espejo la miró, pero no sintió dolor físico alguno. Entre más ardía la niña, más se le marcaban a la chica del espejo los tatuajes de los brazos, piernas y abdomen. Pero todo lo que podía hacer era ver y esperar, sin comprender o temer.
La Infanta se deshizo al fin en cenizas, pero no había muerto. Todavía quedaba mucha furia y tristeza para alimentar el fuego. El reflejo esperó en silencio, hasta que al fin distinguió una pequeña figurita flameante que se acercó al cristal. Las llamas que la conformaban eran tan vacilantes, delgadas y traslúcidas que casi parecían una ilusión, un juego no intencional del incendio.
Pero la silueta puso la mano ardiente en el espejo y el vidrio comenzó a romperse.
—Ven... —susurró la voz de la demente princesa—. El tiempo corrió. Tu turno ha llegado. Con esto el sueño acabó...
El cristal se rompió en miles de fragmentos y el reflejo al fin quedó en libertad. Pero no la recibieron las llamas de la pira ni la blancura del lugar fuera del espacio y el tiempo, sino oscuridad.
—... y la pesadilla recién empieza.


Las fatídicas palabras se fueron con la brisa y el murmullo de las llamas, hasta disolverse en las sombras. Esperó alguna reacción, como un miedo infinito en las entrañas o la explosión de un volcán, pero todo estaba en silencio con la excepción, quizá, de un extraño ronroneo. Debía de ser un motor.
Poco a poco, en la oscuridad se prendieron pequeños destellos que se extendieron por su campo de visión. Las paredes, el techo y hasta el suelo emitían luz. Distinguió los enormes tubos que tenían siluetas en el interior y que estaban acomodados a los lados, rellenando las paredes, formando pasillos. Los recordaba de algún sitio, pero la memoria era confusa y lejana. No le ocurrió a ella, sino a alguien más, en otra tierra y en otra época.
Además, había algo diferente. En su recuerdo le parecía que la sustancia cian –en la que estaban suspendidos los aesirianos– estaba congelada. Ahora, en cambio, en el líquido había burbujas que subían y bajaban rítmicamente. De las Amrit provenía el ronroneo, pues alguna nueva tarea las hacía zumbar.
Como había dormido con la cabeza hacia un lado, la chica miró largo rato la habitación sin encontrar nada que le interesara. Era como si le costara muchísimo procesar la información –lo último que recordaba o cómo había llegado allí–, porque en realidad nada le importaba. Tal vez eso debería preocuparle, pero no sentía ni alivio ni frustración. Le pesaban un poco los párpados, pero no estaba cansada ni adolorida.
Quiso levantarse después de unos minutos de mirar las burbujas en las Amrit, pero no pudo mover ni un dedo. Solo pudo girar un poco el cuello para ver el resto de la habitación. Al otro lado de la camilla había más herramientas Amrit con burbujas en el líquido cian, pero también había alguien a su lado.
Al verlo, la chica sintió una extraña punzada en la cabeza. Conocía a ese tipo, lo había visto en alguna parte. Tenía recuerdos de haber visto al aesiriano en algún pasillo, sonriéndole con desdén. No se agradaban mutuamente. Pero... No, la memoria era muy borrosa y confusa. Intentó situar al muchacho en algún otro lado, pero no tuvo éxito. Hasta lo poco que recordaba de él comenzaba a difuminarse y dejó en su lugar una sombra sin rostro. De nuevo el recuerdo no era de ella, sino de alguien más, en otra época y en otra tierra.
Como no tenía nada mejor que hacer, se le quedó mirando por varios minutos, intentando reconocer algo en sus rasgos. Él no opuso resistencia, pues estaba sentado en una silla, dormido. En algún momento se había ido de lado, con la cabeza reposada en un panel. Cuando se despertara le dolería muchísimo el cuello.
De repente sintió una vibración que le llegó desde el suelo, a través de la camilla. Las cápsulas Amrit no se movieron de su sitio, ni el techo o las paredes colapsaron, pero el temblor hizo que el joven despertara. Tenía los ojos mitad verde y mitad azul.
Él la miró primero un poco somnoliento, pero después muy animado. Se enderezó lo mejor que pudo en la silla y se llevó las manos a la cara, pues allí sostenía el puño de la chica.
—Hola, cariño —la saludó—. ¿Cómo te sientes?
Ella no respondió. Lo miró sin ninguna expresión, aunque estaba un poco confundida. ¿Cariño? Buceó en la sombra que le quedaba del recuerdo lejano de ese muchacho, pero no calzaba con esa palabra tan... cariñosa. Ni con la sonrisa, ni la calidez de su mano al sostenerla, ni la mirada preocupada y alegre a partes iguales mientras la observaba. Él definitivamente no la malquería. Entonces ¿por qué tuvo esa impresión al verlo por primera vez?
Luego vino un recuerdo. Éste también fue confuso y lejano, pero se mantuvo más fuerte en ella, hasta crear una imagen que ganaba mayor brillo y color a cada segundo. En ese cuadro estaba ella junto al muchacho de ojos mestizos, los dos apoyados en la baranda de un barco mientras veían el océano infinito en una soleada mañana de verano.
—¿... Darius? —preguntó al reconocerlo. Él asintió.
—Espera.
Darius se enderezó mejor en la silla, pero, cuando se levantó, ella se dio cuenta de que caminaba extraño, adolorido. El muchacho fue hacia una mesita cercana y recogió un vaso de agua. Regresó al lado de la camilla y le levantó la cabeza para que bebiera, pero no la dejó moverse más de lo necesario. Pero eso fue suficiente para que ella recordara algo más, una situación en la que los papeles estuvieron invertidos, y era él quien estaba en cama a punto de morirse mientras ella lo cuidaba. Pero de nuevo fue como si eso le sucediera a otra chica, hace muchísimo tiempo.
El temblor continuó. Darius se sentó y la sostuvo de la mano, aunque miraba las cápsulas alrededor, como si esperara que la vibración las reventara.
—Es el segundo terremoto —explicó—. Escucha.
La chica prestó atención, en busca de algún nuevo sonido. Era una tonada triste y solemne, con varias voces mezcladas; pero no pudo diferenciar palabras. La canción se daba lejos de la sala Amrit, casi como si fuera en otro mundo. Aun así, ella supo que era el Himno a los Muertos.
Le pareció curioso cómo le llegaban los recuerdos, a pedacitos, como si se negaran a tejer la telaraña del pasado. A lo mejor estaba sedada, de ahí vendría la pérdida de memoria y que no pudiera moverse. Sabía que debía preocuparle un poco su estado. Pero a pesar de todo, sentía la mente despejada, sin ruido innecesario, con la información suficiente para seguir adelante en cuanto lo necesitara. Era una sensación ligera casi agradable. Incluso con los ojos abiertos era como si durmiera.
Pero luego notó que la mano le temblaba. Cuando se la miró, vio que Darius había reposado la cabeza a un lado de la camilla para esconder la cara. Los hombros le subían y le bajaban un poco, casi desapercibidos. Pero como le temblaban las manos con las que apretaba la de su amiga, ella comprendió que lloraba.
—Si te duele —murmuró la muchacha, quedito—, debes ir a recostarte. La herida...
Entrecerró los ojos. Tenía la impresión de que Darius estaba herido, pero no podía recordar muy bien en dónde. Solo sabía que ella tenía parte de la culpa de esa herida y que si ella misma estuviera en mejores condiciones la daría un pescozón para que reposara.
—No te puedes mover. La herida no dejará de sangrarte.
Darius se rio, aunque sonó más adolorido que feliz. Cuando él levantó la cabeza ella vio que sí había llorado y que estaba muy cansado, pero no le gustó la sonrisa triste que le dedicó.
—Gracias, Allena. Gracias por todo.
Luego se inclinó y le dio un beso en la mejilla. Fue como si el agradecimiento levantara una capa de polvo en su cabeza. De un golpe comprendió qué hacía en la sala Amrit, recordó los gritos desesperados de Drake, la serenidad de Connor mientras la atendía, el rostro transmutado de Kiria, la sonrisita de la mangodria cuando accionó el triturador y... y...
Apretó los dientes y gimió al recordar el dolor atroz tras cortarse el brazo. Ahora el cuerpo sí le reaccionó, así que se soltó de Darius y se sentó en la camilla para revisar la herida. Deseaba que fuera una pesadilla. Se sentía como en un mal sueño, porque todo le parecía muy irreal y volátil, como si ella, las Amrit y Darius pudiesen hacerse humo en cualquier momento.
Tuvo esa impresión incluso cuando vio los vendajes. Pero cuando se los tocó, todo ganó consistencia. Otra vez tuvo uno de esos recuerdos confusos, aunque en esta ocasión no apareció Darius, sino un hombre con la mitad de la cara deformada.

«Si tuvieras que perder el brazo de nuevo, ¿lo harías?».

El dolor se esfumó al instante. Hasta el miedo que se había comenzado a formar desapareció de un plumazo. Sakti asintió con suavidad y aceptó la decisión que tomó en la plaza de ejecución. Si tuviera que hacerla de nuevo, no lo dudaría.
Cuando miró a Darius vio que se tapaba la boca, como si quisiera ahogar un grito, pero los ojos le lagrimeaban. Él quería y no quería decir «Lo siento». Lamentaba que la chica se hubiese mutilado. Pero prefería ese resultado un millón de veces a lo que habría sucedido si Sakti no lo hubiese hecho.
Podía vivir con una amiga sin brazo izquierdo, pero se moriría sin remedio si algo le pasaba a Connor.
—¿Está a salvo? —preguntó Sakti. Él asintió—. Entonces todo está bien, Darius —lo consoló ella mientras le quitaba una lagrimilla con el dedo de la mano derecha—. Si Connor está bien, entonces valió la pena. No me arrepiento.
Entre más recuerdos descubría de este chico Connor, más segura se sentía de que hizo lo correcto. Aunque, incluso así, el acto de cortarse el brazo le parecía ajeno, como si una fuerza desconocida la hubiese poseído para hacerlo. Como si ella, en realidad, no estuviera presente cuando ocurrió y ahora enfrentara las consecuencias en su cuerpo.
—Gracias —repitió Darius con un susurro.
Se miraron el uno al otro durante unos segundos. Él estaba muy pálido y con los ojos irritados, aunque tenía mejor aspecto que la última vez que lo vio, medio muerto antes de que descendiera a Edén, donde lo esperaba una herramienta Amrit. Ella, cubierta de vendajes, no tenía mejor aspecto.
Darius dejó escapar una risa ahogada, que sonó un poco a gemido, y se masajeó la frente.
—Somos un desastre, Allena, tú y yo.
Ella no dijo nada. Solo se miró a sí misma. Tenía puesta una camiseta muy corta, por donde podía verse el ombligo rodeado por una espiral negra. Una ligera sábana le cubría las piernas. Cuando la levantó, vio que tenía moretones, algunas cortadas y unos parches. Pero lo que llamó su atención fueron las líneas oscuras que corrían allí, trazando complicados patrones como si se tratara de tatuajes.
Antes de que pudiera recordar si eso estaba así antes, Darius la sostuvo con delicadeza de los hombros y la obligó a recostarse de nuevo.
—Duérmete. Yo haré otro tanto.
Pero debió de notar que algo no estaba bien, porque arrugó la frente, la miró confundido por unos segundos y le preguntó qué sucedía.
—¿Cómo nos conocimos? —preguntó ella a su vez. Darius ladeó la cabeza.
—... En Palacio, en Masca. Tú y Adad me propusieron escapar junto a ustedes y me enseñaron la oreja de Sigurd. Me cuidaste después de que tuviera una visión. —Ella entrecerró los ojos, pero no pareció muy convencida.
—¿Sonreíste? ¿Me miraste y te reíste de mí? —Darius parpadeó como cinco veces, fuera de base. Reconocía que no fue simpático cuando conoció a los príncipes Dragón, pero Sakti le cayó bien desde el primer momento.
—No. Mira... Connor dijo que...
—Shhhh... —lo interrumpió la chica mientras se llevaba la mano a la sien—. Todo es una masa. Todo... —Se acarició la barbilla, siguiendo a la perfección la línea que tenía tatuada allí—. Todo está en silencio.
Darius no lo comprendió de inmediato, ni siquiera cuando Sakti se examinó al detalle la mano. Los dedos estaban rodeados de marcas; en la palma tenía un remolino negro que conectaba con una raya gruesa, la cual ascendía por el brazo. Estuvo tentada a quitarse la camiseta y las vendas solo para confirmar lo que ya temía, pero sabía que no hacía falta.
—Allena... —la llamó Darius, pero ella lo miró y negó con la cabeza, casi triste.
—No. Ella ya no está. Ninguna de las dos está. Se han fundido y en su lugar quedo yo.



"Los Hijos de Aesir: Dos Tronos" © 2013-2014. Ángela Arias Molina

4 comentarios :

  1. Holaaa =)

    Uff por fin te alcanzo!!! aunque eso signifique atenerme a la tortuosa espera de próximos capítulos ¬¬"

    En fin x') Mucho gusto, soy Alexander y quería ofrecerte mi eterna gratitud por escribir esta fantastica historia, ...ahhh!!! tantas cosas de lo que deseaba escribir ahora se ha esfumado ._."

    Para ser sincero tu historia me ha cautivado con el pasar de cada pagina, como los detallas y les haces casi imposible la existencia jajaja, personajes que he querido y odiado (excepto Tiamat, a ella siempre la odiare incluso mas que a Vanir -.- ) a partes iguales, bueno imposible no comprenderles cuando nos dejas echar un vistazo a su pasado y observamos que cada acontecimiento los ha marcado de forma tan significativa, ejemplo vivo de ello son Connor y Drake.
    Bueno por ahora me despido, no sin antes felicitarte y darte el mejor de los ánimos para que continúes con esta fantástica historia ;')

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    Respuestas
    1. ¡Hola, Alexander, bienvenidísimo! Se me salen las lágrimas de la gratitud y la felicidad cada vez que me entero de que hay un nuevo lector de mi historia.

      ¡Muchísimas, muchísimas gracias por leerla y muchísimas gracias más por dejar tu comentario! Me has dejado un trocito de felicidad muy significativo que me dejará andando en las nubes por largo rato.

      Como dije antes, bienvenido al mundo aesiriano y mil gracias por querer seguir leyéndolo. ¡Un abrazo! <3

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  2. Yo! Estoy de vuelta. Se que solo me habia reportado por twitt, pero es que una serie de eventos desafortunados (flojera) me habia atormentado jejejeje.

    Ya te lo dije en 144 letras, pero voy de nuevo ¡OMG, SE FUNDIERON! Estoy traumatizada, esto se supone no debia pasar, se supone Adad la iba a proteger, se supone Darius lo iba a impedir ¡Se supone! pero en fin, se trata de ti, siempre te sales con la tuya y retuerces cada vez mas la historia.

    Sobre Derek y Lemuria, no tengo mucho que decir, su historia es cruel y va para largo ¿Verdad?

    Besos Angela, cuidame a mi Darius y mi Dreke.

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    Respuestas
    1. Hola, mi bella Annie. A decir verdad, hace 2 tomos no imaginé que esto le sucedería a Sakti. Pero a) me gusta dificultarles la existencia a mis personajes y b) necesito poner en este aprieto a los portadores para terminar la historia.
      Te adelanto que una vez que terminemos este tomo, solo quedará por resolver si los aesirianos se salvarán con la Profecía o no. Y para averiguar eso, la fusión juega un papel importante. Además, la fusión será una puerta para conocer la verdad detrás de todo este enredo en el mundo aesiriano.
      Espero haberte picado de la curiosidad :)

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Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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