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Capítulo 8

8
EL HARÉN DE LA REINA


—Hmmm... Bonita vista —se limitó a decir al ver el jardín interno.
Su casa también tenía jardines interiores, pero eran pocos y minúsculos comparados con los de Palacio. Allí veía árboles que desde las ramas más bajas estaban repletos de hojas y flores de varios colores. El césped era tan verde que casi quemaba la vista. Las flores y aves eran importadas de diversas partes del mundo, así que los colores, las formas, los trinos y los perfumes más extravagantes se combinaban en un solo punto. Era demasiado pomposo. Un poco más de simplicidad y humildad era lo que necesitaba ese lugar, y con urgencia.
La habitación, en cambio, era más sencilla y acogedora. Había sillones muy cómodos y elegantes de caoba y gamuza negra. Había también una chimenea apagada, sobre la cual colgaba un cuadro de la Familia Real. La pintura retrataba las tres bellas e idénticas caras de los Aesir, con sus cabellos largos, lacios y negros, y sus ojos intimidantes. Incluso la princesa, que en el cuadro tenía unos ocho años, ya hacía gala del aura de grandeza desmesurada que heredó de sus padres.
Fafnir sintió un escalofrío que le sacudió los hombros cuando recordó la orden del Emperador. Si los rumores eran ciertos, el muchacho no sabía lo que prefería: ¿ser aceptado o rechazado por la princesa? En el primer caso estaría atado de por vida a una muchacha idéntica a un pozo, sin saber qué tan profunda y oscura era en realidad. Y en el segundo caso, aunque se libraba de la princesa, estaba seguro de que pasaría a formar parte del harén de la Emperatriz. Fuera como fuese, estaba condenado.
Escuchó los pasos al otro lado de la puerta. Él y su padre dejaron de mirar el jardín desde el balcón y entraron a la habitación justo antes de que el mayordomo jefe se colara por una de las puertas gemelas.
—Sus Majestades —anunció. Otros dos mayordomos abrieron las puertas y de inmediato entraron el Emperador y la Emperatriz. Fafnir y su padre cerraron los ojos, se llevaron una mano al pecho, agacharon la cabeza e inclinaron la espalda a la vez.
—Majestades —dijeron juntos.
—Bienvenidos —los saludó el Emperador.
Esa era la señal para que se irguieran de nuevo. Fafnir sonrió cortésmente al ver los rostros idénticos de sus reyes: Heleno y Cassandra, gemelos y esposos. Salvo la altura, la anchura de hombros y los pechos, los dos eran idénticos. La forma de las orejas, la nariz, los labios, el cuello. El largo del cabello, el arco de las cejas, la palidez de la piel y los ojos, por supuesto. Su madre solía decir a Fafnir que cuando ese par eran niños pequeños, ni sus padres podían distinguirlos el uno del otro. Ahora que eran adultos, Cassandra era unas cuatro pulgadas más baja que su hermano, tenía cintura y usaba un vestido con escote. Heleno, en cambio, era más ancho de hombros y por ser varón usaba la Corona de los Aesir.
En esa ocasión las sienes estaban desnudas.
«Para variar un poco, ¿no, Su Pomposidad?», pensó el muchacho, furioso. Era una suerte que los tiranos no tuvieran el poder de leer las mentes, porque de lo contrario ya le habrían sacado los ojos. Los gemelos pasaron al lado y se sentaron en uno de los sillones. La Emperatriz señaló el asiento al frente e invitó a Fafnir y Aurelio a sentarse.
—Así que este es el tributo del clan de los profetas —comenzó Heleno—. Aunque no recuerdo que el mayor de los hijos tuviera el cabello negro.
—Oh, él es Fafnir, Majestad —se apresuró a explicar Aurelio—. Es el tercer varón, el menor. —El padre de Fafnir calló a una mirada. El Emperador no frunció los labios ni arqueó una ceja. Tampoco parpadeó. Solo hubo un diminuto brillo en sus ojos que mandó a callar a Aurelio.
—¿Por qué el menor de los profetas? —preguntó Cassandra con la misma mirada de su esposo—. ¿No es acaso el menos talentoso de ellos? ¿Por qué un clan tan afortunado ante nuestros ojos nos ofrece esto?
—Pues... por la princesa, Majestades —contestó Aurelio, sobreponiéndose al miedo—. Mis dos hijos mayores, Jelian y Marcus, se parecen mucho a mí. En cambio, Fafnir se parece más al hermano de mi mujer.
Fafnir le llevaba casi cuatro cabezas de altura a su padre. Era esbelto y recto, tenía los hombros y la espalda bien formados y, sobre todo, tenía un rostro muy agradable. Al igual que sus hermanos heredó los ojos zafiro de su madre, pero hasta ahí llegaba cualquier semejanza con ella. Tampoco se parecía a Aurelio, que era bajito y regordete, características que sí heredaron los hermanos mayores. En cambio, Fafnir era casi idéntico a un tío al que no llegó a conocer, porque murió en una batalla contra rebeldes aesirianos en el Oeste.
—La princesa —siguió Aurelio— es una muchacha alta, según recuerdo. Y ya que ha rechazado a los pretendientes anteriores, en casa queríamos ofrecerle algo a lo que le costara decir «no». Quizá Jelian y Marcus tienen las mejores facultades adivinatorias, pero hay que enfrentarlo: no son guapos. En cambio, Fafnir es muy apuesto. Físicamente es la mejor opción que nuestro clan puede ofrecer a la princesa.
Fafnir permaneció en silencio, sin bajar la mirada ni sonrojarse por el escrutinio de los gemelos. Heleno y Cassandra lo estudiaron de pies a cabeza. Como no arrugaron la cara supuso que no encontraron ningún defecto al que pudieran oponerse. En cambio, si Jelian o Marcus hubiesen estado sentados en su lugar... Fafnir reprimió con éxito el estremecimiento que quiso recorrerle el cuerpo al imaginar a alguno de sus hermanos y a su padre muertos en esa habitación, como castigo de los reyes al recibir algo que no era de su agrado.
—Es cierto que Allena despreciaría a un consorte que no cumpla con ciertos requisitos —dijo Cassandra mientras enrollaba juguetonamente el dedo en un mechón de cabello de Heleno—. Yo tampoco me conformaría con menos.
Fafnir se mordió la lengua para permanecer sereno. Aunque no existía ninguna ley contra el incesto, era mal visto y condenado en todas las ciudades aesirianas, incluida Masca. Aun así, ¡ay del que dijera algo o hiciera un gesto repulsivo delante de esos dos! Eran unos déspotas que solo se interesaban por ellos mismos.
Al Imperio lo estaban aplastando y ni siquiera eran los vanirianos. ¡No, qué va! Eran los humanos, que al fin se habían cansado de ser esclavos maltratados de los aesirianos y habían iniciado la revolución. Los aesirianos, por supuesto, no se dejaban desafiar por criaturas a las que consideraban inferiores. Pero eran tantas las revueltas que ni siquiera los cuatro Generales podían ponerse de acuerdo sobre qué medidas adoptar.
El General Grendiere sugería tácticas benévolas para calmar la ira de los humanos y controlarlos de nuevo por las buenas; el General Tonare, en cambio, quería tomar represalias drásticas contra los rebeldes. El General Kèrmiac se negaba a actuar sin las órdenes del Emperador y al General Montag le valía un comino lo que sucediera. Aun así, Heleno y Cassandra preferían dejar todo en manos de los Generales, lo que hacía que gran parte de los aesirianos del Imperio se rebelara contra el gobierno. A pesar de esto, ¡pobre de aquél que les sugiriera que tomaran decisiones al respecto! Desde sus puntos de vista, ninguno de los dos tenía por qué estresarse o preocuparse por una revuelta humana.
¿Que los humanos se las estaban arreglando bastante bien para quemar los campos de cultivo de las regiones y matar de hambre a civiles y soldados aesirianos? A ellos no les importaba, siempre y cuando no fueran ellos los que sufrieran una baja en la comida que consumían. ¿Que a las afueras de las murallas había miles de aesirianos hambrientos y enfermos que buscaban refugio en la Capital? ¡Pues destrúyanlos, que ningún infectado entre a la ciudad! ¿Que los encargados de eliminarlos se alzaban en huelga para protestar? ¡Pues entonces, a quemarlos a ellos también! ¿Que Masca también padecía hambre? Mientras el hambre y la enfermedad no entraran a Palacio, mientras ellos siguieran celebrando sus fiestas, mientras no tuvieran que lidiar con ningún famélico, mientras cada uno se divirtiera en su propio harén, nada les importaba.
Excepto, quizá, casar a su hija. Esa era la única preocupación de los reyes gemelos y ni siquiera era porque quisieran verla felizmente casada. Lo único que querían era que ella se convirtiera en el dolor de cabeza de alguien más.
«Si hay esperanza», le dijo su madre antes de marchar a Palacio, «está en la princesa. No lo olvides». Ese pensamiento hizo que Fafnir tolerara mejor la sonrisa lasciva de la Emperatriz y se aferrara con deseos a su primera opción: ser aceptado por la Virtuosa que tenía el potencial de traer abajo el reinado de sus padres.
—Ponte en pie, muchacho —ordenó Heleno. Fafnir obedeció. Al instante Cassandra también se levantó, caminó alrededor de él y le palpó con descaro el cuerpo. Al terminar la inspección se detuvo delante de él.
—En efecto, Allena tendrá problemas para decirte que no —le dijo mientras le colocaba las manos en el rostro. Fafnir quiso apartarse de ella, pero permaneció firme delante de la reina. Incluso sonrió cuando Cassandra le acarició seductoramente la mejilla y le corrió un mechón de cabello de la cara—. Pero si ella se niega —agregó la mujer—, yo no desperdiciaré tus atributos.
—¿Entonces lo apruebas? —preguntó Heleno. No le importó que su hermana sedujera delante de él a un muchacho joven y guapo.
—Por supuesto. Me parece que los profetas nos han traído un muy buen tributo.
—Gracias, Majestad —respondió el muchacho a la vez que tomaba la mano de la Emperatriz y la besaba. Cassandra sonrió y volvió a su asiento, susurrando que ese muchacho le gustaba mucho y casi deseaba que Allena lo rechazara. Fafnir también se preparó para sentarse de nuevo, pero entonces el mayordomo jefe entró a la habitación.
—La princesa Allena espera su llamada, mi señor —dijo inclinando la cabeza.
—Hazla pasar.
El mayordomo hizo una señal para que otros dos jóvenes abrieran las puertas. Entonces ella entró. Llevaba un vestido largo negro con encaje celeste y un collar de diamantes que resaltaban todavía más sus ojos. El cabello lo llevaba en un peinado semi-recogido con un pasador de plata, adornado con pequeños diamantes. El pelo era tan o más lacio que el de sus padres y parecía que en cualquier instante el pasador se resbalaría, caería al suelo y le dejaría el cabello suelto.
No era la primera vez que Fafnir la veía. Todos los años los dos debían asistir a las mismas ceremonias oficiales. Pero el palco de los profetas estaba lo bastante alejado del de los Aesir como para que él y la princesa jamás se miraran a los ojos. Ni Fafnir ni el resto de muchachos asistentes podían quitarle la mirada de encima a la princesa durante esas reuniones, aunque ella jamás se giró para verlos.
Era idéntica a sus padres. Los Aesir eran muy bellos, aunque de una forma distinta al resto de aesirianos. Eran en extremo pálidos y los ojos daban muchísimo miedo. La suya era una hermosura violenta y fría que causaba tanto repulsión como atracción. Hasta Fafnir, que se asqueaba por la moral de los reyes gemelos, tenía que admitir que la Emperatriz le era atractiva. Hasta el Emperador tenía algo que despertaba el deseo en el menor de los profetas.
La princesa estaba en otro nivel. Cuando se la veía era como si ella estuviera presente y ausente a la vez, como los colores de un atardecer reflejados en la superficie lisa de un lago, sin saber con certeza si pertenecían al agua o al cielo.
Fafnir pensó en la linda imagen que era ella, aunque eso solo era en la superficie.
Todos sabían lo que estaba por debajo de las apariencias de Heleno y Cassandra. En especial los profetas, quienes a diario veían el rumbo furibundo que tomaba el Imperio y las consecuencias de su decadencia sin que los Emperadores quisieran escuchar sobre las visiones.
¿Sería la princesa diferente? ¿Se interesaría en conocer los sueños de los profetas, en escuchar sus advertencias, en detener las revueltas, en recuperar la paz? El muchacho aún no lo sabía, pues todavía era demasiado temprano para saber si la muchacha estaba en efecto allí, si había algo por debajo de la superficie o si el lago tenía colores propios. «Si hay esperanza», se recordó Fafnir, «está en la princesa».
—Llegas tarde, Allena —la reprendió Heleno—. Has hecho esperar a nuestros invitados. —La princesa se detuvo a unos pasos de Fafnir y miró con irritación a sus padres.
—Como todos sabemos cómo va a terminar esta visita —dijo ella— en realidad considero que mi presencia no es requerida.
—Aun así —cortó Heleno con desagrado— te quedarás aquí hasta que yo diga lo contrario. Ahora, niño —dijo dirigiéndose a Fafnir—, haz lo que hace falta.
Fafnir respiró profundo, sorprendido de que la princesa y su padre no se llevaran del todo bien. Con una mirada entendió que a ella le desagradaba que el Emperador la obligara a asistir a reuniones con pretendientes. Comprendió de golpe que tenía pocas oportunidades de agradar a la princesa solo porque ella ya estaba harta de ese tipo de visitas. Aun así cerró los ojos, se llevó una mano al pecho, agachó la cabeza e inclinó la espalda.
—Un gusto, Alteza. Soy Fafnir, del clan de los profetas. Esta vez sus padres han pedido a mi familia ofrecer un tributo y yo me he ofrecido felizmente a presentarme ante usted.
Fafnir tomó la mano de la princesa y la besó tal y como hizo con Cassandra. Cuando despegó los labios la miró fijamente a los ojos. Ella mantuvo el mismo perfil sereno e indiferente con el que entró. No estaba nada impresionada con el muchacho. Fafnir murió un poco por dentro.
—Llévala a dar un paseo —ordenó Heleno— mientras nosotros cumplimos con nuestra obligación como anfitriones de tu padre.
Fafnir se despidió de los reyes con una reverencia y ofreció un brazo a la princesa para que se apoyara en él. Por un momento temió que ella rechazara el gesto, pero la joven le tendió el brazo y salieron de la habitación como un caballero y una dama, siguiendo el código de etiqueta. Después de que los mayordomos cerraran las puertas, fue como si estuvieran solos en los pasillos. Pero el frufrú de las faldas de las damas de compañía, que los seguían a poca distancia, y el leve chillido que provocaban las armaduras de los guardas cuando se inclinaban al paso de la princesa, le recordaron a Fafnir que todavía no contaba con la privacidad que necesitaba para aliviar un poco sus nervios. Le hubiera gustado ir hacia un jardín o un salón abandonado, pero no sabía ni a dónde se dirigía. Heleno le dijo «Llévala a dar un paseo», ¿pero se percató de que Fafnir no conocía los pasillos de Palacio?
Entonces reparó en que él no lideraba la marcha. Él seguía a la princesa, quien caminaba con el porte de la dueña del lugar, con la cabeza en alto y la mirada firme. Lo condujo por varios pasillos y habitaciones, bajaron escaleras. Fafnir no tenía ni idea de en qué ala estaban ahora. La princesa dijo:
—Déjennos.
El frufrú se detuvo. Fafnir miró por encima del hombro a las damas, que se detuvieron antes de que la princesa terminara de dar la orden. Las cuatro muchachas tenían las manos recogidas sobre el vientre y mantuvieron el perfil profesional que mostraron a los reyes. Justo antes de que Fafnir mirara de nuevo al frente, notó que una de ellas tenía un ligero tic nervioso. Él y la princesa doblaron una esquina y entraron a un pasillo oscuro en el que no se veía ni un solo guarda. Ya estaban completamente solos.
—Suéltame.
Fafnir tardó un par de segundos en comprender que la princesa le había dado una orden. Recibió un fuerte pellizco en el brazo por el retraso. Mientras él se frotaba la herida, la princesa se llevó las manos a la cabeza y se deshizo el peinado. Sin dejar de caminar, se quitó el pasador de plata y lo lanzó con desprecio a un lado. Automáticamente, Fafnir se adelantó para atajar el pasador antes de que cayera al suelo y se rompiera. Al instante siguiente, la princesa se llevó una mano al cuello y se arrancó de un tirón el collar. También lo lanzó al pasillo y Fafnir también se adelantó a atajarlo.
—Ah, disculpe pero...
Lo próximo que la princesa dejó caer fueron los aretes. Mientras Fafnir se quedaba unos pasos más atrás juntándolos, ella desató la cinta que sujetaba la capa superior del vestido. Incrédulo, Fafnir miró cómo la tela le resbalaba por el cuerpo y caía al suelo, justo cuando la princesa daba un paso certero y salía por completo de la prenda. La muchacha siguió desnudándose hasta que quedó en ropa interior y corsé. «¡NO!», pensó el profeta mientras se sonrojaba. «Es IGUAL a sus padres». Una puerta se abrió al final del pasillo e iluminó la figura de la princesa, creando una silueta que cayó sobre Fafnir.
—¡Alteza! —gritó una mujer alterada—. ¡No de nuevo, por favor! —Fafnir vio la figura bajita y regordeta que se asomaba al otro lado de la puerta. Era una viejecita vestida como sirvienta, que tenía el pelo canoso recogido en un moño—. ¿Cuántas veces se lo he pedido? Si se quiere cambiar, ¡espere llegar a la habitación! —La princesa hizo oídos sordos a los regaños de la señora y dijo:
—Viene detrás de mí. Hazlo pasar. —La princesa se perdió en el interior del cuarto. La sirvienta dio un paso al frente para ver mejor a Fafnir.
—No te quedes ahí, muchacho. Entra. Y por favor recoge el vestido de la señorita, ¿sí? —Fafnir obedeció y recogió una a una las prendas.
—Tome, señora —dijo cuando llegó al cuarto. La mujer recibió el paquete y cerró la puerta.
—Gracias, gracias. ¡Ah, mira el collar! Se lo quitó como si no valiera nada, ¿verdad? Dañó el broche. ¿Y ahora quién tendrá que repararlo? Sí, sí, la buena de Nana. La pobre y tonta Nana.
La señora ignoró a Fafnir y se dirigió a un armario, en donde colocó el collar y planchó el vestido. Fafnir se sintió fuera de lugar en esa habitación, iluminada por el fuego de la chimenea, con unos muebles raídos y un fuerte olor a humedad. En un extremo de la habitación había otra puerta. Por la rendija inferior vio luces y sombras que cambiaban al compás de unos siseos. Fafnir sintió un escalofrío al imaginar en dónde estaba. Había oído hablar del lugar, pero siempre pensó que era un rumor ridículo. Pero si era verdad, entonces estaba en el...
—Toma asiento —ordenó la princesa. Fafnir la buscó en el cuarto, pero solo vio que una bata de seda colgaba en el panel de un vestidor. Una mano se asomó, tomó la bata y la arrastró al otro lado. Segundos después, la princesa salió del vestidor con la túnica puesta.
—Aquí, aquí —dijo Nana a la vez que le colocaba una silla a Fafnir por detrás con tanta fuerza que le dobló las rodillas y lo obligó a sentarse. Después le acercó una bandeja de plata que tenía varias galletitas y una taza de té. El muchacho aceptó la invitación, sin percatarse de que la princesa también se sentó en una silla frente a él.
—Esto es lo que haremos —dijo la chica mientras cruzaba una pierna sobre la otra.
 Fafnir había empezado a beber el té y casi se atraganta al ver la pierna descubierta. Era la primera vez que veía el muslo de una mujer. ¿En dónde estaba el recato? No era que se quejara por el paisaje, pero se le había educado para actuar como un caballero y responder ante una dama, como todo niño de alta alcurnia. También se le había enseñado a seducir a una señorita, pero no a… bueno, a una chiflada sin pudor. No se le había preparado para un comportamiento como el de la princesa y él no sabía ni a dónde mirar. Sus ojos se pasearon por la habitación mientras que la muchacha hablaba:
—Te quedarás aquí a echar una siesta hasta que sea la hora de la cena. Entonces te presentarás ante padre y madre, les dirás que abusé de ti y no me quieres como esposa.
Fafnir se sobresaltó y la miró a los ojos. Ella ya lo miraba fijamente con esos irises de vidrio. Cuando Nana le ofreció un refrigerio de galletitas y té, la princesa se sirvió sin dejar de mirar al pretendiente. Fafnir tragó fuerte y recuperó la compostura.
—Pero sí la quiero como mi esposa.
—Tonterías —lo cortó ella.
—Es en serio.
—Tonterías, he dicho.
La princesa se bebió de un trago lo que le quedaba de té, se levantó y se acercó a la puerta de la que salían los siseos. Se detuvo al lado de un perchero, del que colgaban un gorro desgastado y unas gafas que tenían varios lentes que se ajustaban con pequeñas palancas acomodadas a los lados. Para sorpresa del muchacho, ella se puso las horribles gafas, se anudó el cabello con un trozo de cuero y se lo escondió debajo del gorro antes de que se le soltara. Fafnir estuvo a punto de reírse. La muchacha que veía ahora nada tenía que ver con la princesa elegante y sensual que recibió en el salón. Esta no tenía gracia para vestirse, aunque sí conservaba esa magnificencia de una Aesir. El profeta se aclaró la garganta y dijo:
—¿Qué pasa si me niego a quedarme sentado y mentirle a sus padres?
—Oh, jo, jo... —se rio Nana, ahora sentada en la silla que ocupó antes la Virtuosa.
La anciana tenía puestas unas gafas similares a las de la princesa y los ojos se le veían enormes a través de unos lentes especiales que le mejoraban la vista. Sobre el regazo tenía varios diamantes pequeños y una cartuchera con broches de plata. En las manos sostenía el collar de la princesa, al que le quitaba el cierre destrozado y arreglaba.
—Tenemos a uno valiente, Alteza. Pero no le haga daño, que está lindo. De seguro que allá afuera sí hay una chiquilla que querría ser esposa de él.
Fafnir entrecerró los ojos al ver que la anciana formaba parte de las extravagancias de la princesa. Luego escuchó el cierre de una puerta y se dio cuenta de que la joven se había refugiado en la otra habitación. Por un instante no supo qué haría: ¿se quedaría ahí sentado, con la silenciosa y extraña vieja sirvienta? ¿O iría tras la princesa y pondría en práctica todas las artimañas de cortejo que conocía con tal de ganársela? Recordó a la Emperatriz y la sonrisa asquerosa que le dedicó mientras le examinaba el cuerpo. Con eso tomó su decisión.
Se dirigió a la puerta sin que Nana se lo impidiera. Cuando la abrió se dio cuenta de por qué la anciana ni lo había intentado: daba escalofríos. En la habitación había varias mesas largas de madera, sobre las cuales había extraños aparejos de metal y cristal. Algunos estaban conectados con mangueras en las que fluía un líquido cian y tenían bombillas que creaban luces parpadeantes de electricidad. De ahí venían los siseos que él había escuchado.
En el cuarto también había anaqueles, en los que reposaban libros gruesos y tubos de ensayo con diferentes líquidos y criaturas suspendidas en viscosas sustancias. La habitación no tenía ventanas ni chimenea, era fría y extremadamente húmeda, pero contaba con la iluminación eléctrica de las bombillas de los aparatos, así como unas cuantas gemas mágicas esparcidas con descuido en mesas y anaqueles. Fafnir escuchó un murmullo. Forzó la vista y vio que la princesa estaba a unos metros de distancia, a espaldas de él. Ella murmuraba. Fafnir no llegó a distinguir ni una palabra hasta que la princesa gritó:
—¡Moldéate!
Un haz de luz fucsia se levantó frente a ella. La luz cobró corporeidad antes de que golpeara el techo. Se convirtió en una extraña masa que se movía, adaptó formas abstractas y resplandeció con centellas rosáceas. La luz se acabó, la masa dejó de formarse y se convirtió en tirones de niebla hasta desaparecer.
—Muestra 127873-D —murmuró la joven, inclinada sobre un atril. Allí tenía un libro en el que apuntaba los datos—. Intento fallido, masa muy frágil. Sigue faltando algo...
Un mechón de cabello le resbaló de la gorra y tuvo que interrumpir el trabajo para acomodárselo. Mientras lo hacía, Fafnir miró mejor lo que había delante de ella: un círculo enmarcado en un pentagrama, adornado con runas mágicas. En cuatro de las puntas del pentagrama había una piedra de algún color que representaba a alguno de los cuatro elementos; en la quinta punta había un cuervo muerto que representaba la vida. En el centro del diagrama había un gran caldero en el que hervía una sustancia burbujeante que emitía un olor a rosas. La princesa se acercó a un anaquel y tomó un frasco de cristal, que contenía a una criatura suspendida en vinagre. Destapó el frasco y echó el contenido al caldero. La sustancia chilló como si estuviera viva y el olor dulce se intensificó.
Fafnir supo que estaba delante de una practicante de las Artes Oscuras.


—¿Y cómo estuvo el paseo hoy? —preguntó Heleno.
—Me llevó al jardín en la sección sur —contestó su hija—. Las flores están en su punto máximo.
Fafnir suspiró en silencio. El corazón le palpitaba con fuerza. La princesa sentada al otro lado de la mesa poco tenía que ver con la hechicera que vio hacía unas horas. Allena estaba de nuevo despampanante, con un vestido negro de encaje verde esmeralda y un collar a juego que de seguro se arrancaría en cuanto terminara la cena y regresara a su «pasatiempo». «No, madre», pensó con tristeza el muchacho. «No hay esperanza en la princesa. Es una hechicera oscura que de seguro liderará un reinado más cruel que el de sus padres». Le habría gustado poder decírselo a su padre, pero Aurelio no parecía haber disfrutado de una buena tarde en compañía de los reyes.
El rostro lo tenía ceniciento y le temblaban los dedos en cada cucharada. Fafnir escuchó de los mayordomos que los reyes lo llevaron a ver las ejecuciones de algunos rebeldes. De los sucesos que sacudían el Imperio, las ejecuciones eran lo único que entusiasmaban a Cassandra y Heleno. Los gemelos ponían mucho empeño e imaginación en la tortura y la pena capital, aplicando castigos que iban más allá de la guillotina o los azotes en público.
Esa tarde obligaron a Aurelio a asistir al Pilar de Fuego, que consistía en la ejecución de los rebeldes quemándoles lentamente el cuerpo. Empezaban por la cara. El verdugo sostenía la cabeza del acusado contra el pilar ardiente. Luego seguían los pechos o los testículos, después las plantas de los pies y el resto del cuerpo.
Fafnir jamás había visto ese tipo de ejecuciones y deseaba no verlas nunca, pero sabía que tarde o temprano las vería. Ahora sabía que no podría casarse con la princesa ni convencerla de traer abajo el reinado de sus padres. Él solo podría vivir si engrosaba las filas del harén de la reina. También sabía que Cassandra solía llevar a sus primerizos a todo tipo de ejecuciones, para que les quedara bien claro qué les sucedería si intentaban escapar o si no satisfacían sus caprichos.
—¿Y bien, querida? —preguntó Cassandra—. ¿Tomaste una decisión con respecto a este encantador muchacho?
—Sí, señora —respondió la princesa. Se pasó una servilleta por los labios finos y comenzó—: Tengo que decir que...

La sonrisa de la Emperatriz. El contacto de sus manos frías y asquerosas. El espanto de las ejecuciones. El recuerdo de su familia, ahora lejos de él, para siempre...

La princesa guardó silencio de repente. De no ser por la Emperatriz, Fafnir no se habría dado cuenta de nada.
—¿Qué ocurre, querida? ¿Algo te ha sentado mal? ¿La comida no te gustó?
Al decirlo miró con furia al mayordomo jefe, como si él fuera el cocinero. Cassandra y Heleno disfrutaron con el estremecimiento del pobre hombre, sin percatarse de que su hija miró a Fafnir sin parpadear. El contacto visual duró apenas unos segundos. La princesa bajó la mirada y negó con la cabeza.
—La comida está perfecta. Y no quiero conservarlo, lo siento... —Lo último lo dijo en un susurro, como si de verdad se arrepintiera de ello.
—No tienes que lamentar nada, querida —la consoló Cassandra, más feliz de lo que hubiera estado si hubiese ganado a Fafnir como yerno.
Cuando supo que su destino ya estaba decidido, la sangre se le heló. Fafnir sabía que tenía que sonreír para no desagradar a la Emperatriz y no comprometer la seguridad de su padre, pero no pudo hacerlo. Sintió que los ojos le escocían. Estuvo seguro de que lloraría, pero entonces sonó una campanita. Todos menos la princesa miraron hacia la puerta, en donde un mayordomo aparecía para anunciar:
—El General Montag, Majestades. ¿Desean que lo haga pasar?
—Desde luego.
El hombre se corrió para dar paso al General. Los sirvientes se movilizaron en silencio, prepararon un lugar en la mesa al lado de la Emperatriz y algunos corrieron a la cocina para traer los platos del invitado. Fafnir y su padre no sabían si debían levantarse para saludar al General. Aunque debieran hacerlo por etiqueta, los pies estaban fundidos en el suelo y el trasero pegado a la silla. No podían moverse.
Roderick Montag traía consigo esa aura de poder que todos los Generales compartían. Era un hombre acostumbrado a que sus órdenes se cumplieran y solo se doblegaba ante dos personas: Heleno y Cassandra. Los demás se estremecían en su presencia bajo el riesgo de quedar aplastados bajo sus botas.
«No lo miren», sonó una voz dentro de las cabezas de Aurelio y Fafnir. Los dos cruzaron miradas y por pura curiosidad observaron al General. Era un hombre corpulento, casi tan alto como los Emperadores; tenía una barba de candado, el cabello rubio recogido en una coleta y sus ojos...
«¡No lo miren!». Los cuellos de Fafnir y su padre crujieron cuando una fuerza los obligó a girar hacia los platos. Ninguno de los dos gimió, como si las lenguas y gargantas no les pertenecieran. Roderick pasó al lado de ellos y se situó entre Cassandra y Heleno, hincó una rodilla en el suelo y presentó sus respetos.
—Mis señores.
—¡Llegas justo a tiempo! —lo saludó Cassandra—. Hoy estrenaré a un pimpollo y quiero que entre todos le demos la bienvenida.
Fafnir quiso estremecerse, pero una fuerza invisible se lo impidió. Quizá podía fingir un poco ante los gemelos, pero el General Montag no era un hombre al que se pudiera engañar con facilidad. Alguien lo ayudaba a aparentar frente a él. Con timidez alzó la mirada y vio que la princesa, al otro lado de la mesa, lo observaba sin pestañear.
«Lo siento», le susurró ella en la mente. Fafnir supo que era sincera. En verdad lamentaba lanzarlo a las garras de su madre.
—Será un placer complacer sus deseos, Majestad —siguió el General a la vez que besaba la mano que le tendía Cassandra.
Cuando terminó con el saludo inicial, Cassandra lo jaló hacia ella y le plantó un beso en los labios. Fafnir vio lo suficiente por el rabillo del ojo como para saber que el General respondía a la boca de Cassandra, y que sus manos se tomaban la libertad de seguir las curvas de la Emperatriz. Mientras tanto, Heleno comía con tranquilidad. Cuando la Emperatriz despachó a Roderick, Heleno tomó una copa y la alzó en un brindis.
—Por ti, Roderick. Te esperábamos.
En ese momento, Fafnir y su padre comprendieron que el General Montag no solo era amante de Cassandra, sino también de Heleno.

****

Fafnir miró las dos tabletas que el joven le ofrecía. Droga.
—Esa arpía hace cosas perversas —susurró el muchacho a su lado—. Oirás, verás y harás cosas que quizá no puedas soportar sobrio. Esto es lo único que te ayudará a vivir todo esto sin que pierdas la cabeza. Es el único regalo que apreciamos de ella.
El muchacho se incorporó y se alejó de Fafnir para unirse a los demás. Había amantes de todas las edades: hombres maduros, adultos jóvenes, muchachos como él e incluso chiquillos. Todos estaban condenados al harén. Los que tenían su edad fueron también pretendientes de la princesa, rechazados por ella y lanzados a las manos lujuriosas de Cassandra.
Fafnir había escuchado rumores horribles sobre ese lugar. Muchos de los amantes de la Emperatriz se ahogaban en la piscina, o dejaban de comer para morir por inanición, o consumían tabletas de la droga que él tenía en la mano hasta provocarse una sobredosis. Los demás lo permitían porque sabían que tarde o temprano también perderían la esperanza y buscarían huir de todo eso.
El otro rumor era peor. Se decía que los que no buscaban la muerte la encontraban en el lecho de Cassandra. La Emperatriz era caprichosa, cambiaba de pareceres y gustos con más frecuencia que el viento de curso, y el amante que la satisfacía hoy tal vez le parecería repugnante mañana. Todos la temían porque no entendían con exactitud sus preferencias y podían equivocarse sin conocer la falla. El suicidio era más fácil que equivocarse sin saberlo y morir torturado por ello.
Fafnir prefería evitar las drogas pero no quería estar al tanto de lo que haría. Había escuchado lo suficiente como para saber que viviría más tranquilo si no se enteraba de sus actos y los de Cassandra. Tomó las tabletas, la copa de agua y dio cuenta de ambas de un trago. Comenzó a desvestirse, esperando que las pastillas hicieran efecto antes de que sonara el gong.
No resultó del todo.
Escuchó la vibración en los oídos con tanta fuerza que creyó que los tímpanos se le destrozarían. El sonido metálico insistió en su cabeza y la amartilló desde adentro. En medio del estruendo reconoció las pisadas de los amantes, que dejaban los rincones y asientos para unirse al rito. Algunos arrastraban los pies, como si les pesaran igual que plomo, y otros más bien parecían enérgicos por los nervios.
Fafnir se levantó y se dio cuenta de que estaba mareado. Los candelabros hacían juegos de luces y sombras que alteraban la profundidad y distancia de los objetos, y lo confundían. Pronto el cuerpo se le movería por cuenta propia, incluso si su mente estaba fuera de combate. Caminó hacia donde distinguió un grupo de gente y tomó el lugar en lo alto del lecho de pieles y almohadones, como le indicaron. Después de todo, esa era su fiesta de bienvenida. Allí permaneció arrodillado. Se tambaleó hasta que las puertas se abrieron.
La droga hizo efecto, así que Fafnir no supo si la Emperatriz llevaba una bata de seda dorada o si se había pintado el cuerpo. Alrededor, los amantes se tambaleaban y se lanzaban a los pies de Cassandra, acaso porque perdieron el equilibrio o porque debían besarla. Conforme la mujer se acercaba a Fafnir, el furor de los demás se desató con violencia. Algunos se limitaban a lamer las piernas, otros los brazos, y unos más a jalar la bata para desnudarla o quitarle la pintura con los dedos. La verdad es que ninguno lo sabía.
Conforme la Emperatriz se acercaba a su nueva adquisición, los besos y las caricias de los hombres se convirtieron en una vorágine en donde Fafnir no pudo distinguir brazos, piernas ni caras. A la única que reconoció con seguridad fue a Cassandra, porque su larga cabellera negra se desparramaba sobre los cuerpos de los amantes y porque sus ojos resplandecían con placer.
Fafnir tuvo la impresión de que ella se arrastraba hacia él, impedida con cierto éxito por los amantes, que la retenían con caricias. A pesar de que la droga le nublaba la mente, al muchacho se le ocurrió que quizá sus compañeros trabajaban juntos para retrasarle la condena, para darle unos segundos más de pureza.
La pena lo ahogó. Estaba tan, tan arrepentido. Debió haberse esforzado un poco más con la princesa y quizá encontrar en ella lo que le daba tantas esperanzas a su madre. Quizá la princesa tenía algo de compasión en alguna parte, y él debió aludir a eso para convencerla de traer abajo el reinado de sus padres, terminar con la tortura de los aesirianos condenados en Masca y fuera de ella. Pero porque no se esforzó lo suficiente, él y los demás estaban presos en el harén.
La Emperatriz susurró algo y los amantes retrocedieron para dejarla avanzar sobre las pieles. Ya no había nadie que la detuviera ni salvara a Fafnir. Ahora era un condenado más. Los fríos dedos de Cassandra contrastaron con la barbilla ardiente del muchacho. Fafnir distinguió sus ojos, que lo miraban deseosos. Después todas las líneas, colores, luces y sombras se mezclaron en una sola masa.
La droga empezó a llevárselo lejos, a un sitio donde estaría a salvo.
Los dedos de la Emperatriz se desvanecieron como si se fundieran con la barbilla. Fafnir escuchó un alboroto, aunque no distinguió sonidos claros. Los retumbos del gong, las voces graves de los amantes y los jadeos de Cassandra se mezclaron. Nada tuvo sentido.
Fafnir agitó la cabeza. Aunque no había nada que deseara más en el mundo que dejarse arrastrar por los efectos de la droga, quiso mantenerse despierto un rato más. «No él», pensó en medio del caos al reconocer un par de manchones negros y fosforescentes que se acercaban. Lo que le quedaba de lucidez imaginó que Heleno se había sumado a su fiesta de bienvenida, pero para cuando terminó de hilar este pensamiento ya no le importó.
La droga estaba en su punto máximo.


"Los Hijos de Aesir: Dos Tronos" © 2013-2017. Ángela Arias Molina

2 comentarios :

  1. Hola!, Como has estado?
    Uff! Por fin llego para dejar mi comentario, ojala no se me haga costumbre dejar tarde los reviews :S

    Ya esta confirmado, Daruis ya estaba predispuesto geneticamente a sufrir a manos de mi querida Allena (e imagino que algun hijo suyo también).
    Por que los virtuosos son tan "raritos", es acaso una esencia con la que nacen o algo por el estilo?, ahí otro misterio mas del universo xD. Una saga romantica con la Virtuosa en medio de ella, jaja pobre de Fafnir. Se ve bastante interesante la idea, esperare con ansias a ver como desarrollas esta parte de la historia. =)
    Con respecto a los de Sigfrid, vamos... El tipo es una caja de Pandora andante! la mitad de los misterios del imperio se los podríamos atribuir a él jejeje.
    Bueno, ya me alargue mucho =$ así que nos leemos luego.

    -Alex AJSP-

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    Respuestas
    1. ¡Hola, Alex! Qué alegría verte otra vez por aquí, ¡me gusta mucho! ¡Ya me estoy acostumbrando! ¡Muchas gracias! <3

      No había pensado en la predisposición genética de Darius. A él solo lo molesto porque... ¡me gusta hacerlo! xD Hay que ver si Fafnir tiene el mismo destino. Por cierto, cuando dices "mi querida Allena", ¿a cuál de las dos te refieres? ¿A la Virtuosa de Edén? ¿O a la Princesa Carmesí? O.o?

      Sip, todos los Virtuosos tienen algo de raritos, aunque las dos Sakti Allena son las más "peculiares" de todos.

      "Caja de Pandora"... ¡pffft! Me he reído con esa descripción, ¡si es que el terrible Demonio Montag es en verdad la personificación de todos los misterios, males y crueldades en el mundo! xD Y lo mejor es que seguro a él le encantaría esa descripción. ¡Buajajaja!

      Vamos a ver cómo nos va con este intento de historia de amor. Yo la disfruté, pero al final son ustedes, los lectores, los que tienen la última palabra.

      De nuevo, ¡mil gracias por leer! Ojalá nos "leamos" en el siguiente capítulo ;)

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