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Capítulo 10

10
GRITOS DE LLAMAS



Eli entró a la habitación muy entusiasmada, tomó a Fafnir del brazo y se lo llevó aparte. Le entregó un papel y susurró:
—¡Cada vez está mejor! Ayer una de las Palomas sirvió en la cena de los Aesir. Tenían como invitado al General Kèrmiac, así que Allena tuvo que asistir. Cuando el General habló de la guerra en el valle Airin, ella le preguntó por las flores allí, a lo que el General le respondió que no había muchas por todas las batallas. ¿Sabes lo que dijo Allena? ¡Que alguien debería hacer algo ya para acabar con la guerra, porque ella quería ir allí en su luna de miel!
Fafnir sonrió encantado. Eli le metió un codazo amistoso entre las costillas.
—Qué picarón eres. Estás haciendo lo que Nana ni yo pudimos. Los superiores están maravillados con tus reportes. Fafnir, estamos avanzado mucho ahora.
El muchacho abrió el papel y vio el interior solo por costumbre, porque solía estar escrito con tinta invisible. Esta vez no fue así: había algo en el papel, un escudo. A primera vista era el mismo de los Aesir y por tanto del Imperio Aesiriano. La diferencia era que unas ramas de olivo enmarcaban las espadas que custodiaban a los Tres Dragones.
—¿Qué significa? —preguntó a Eli.
—Paz. Es la consigna de la revolución. Es lo que exigirán a la princesa para apoyar su golpe de Estado. —El rostro de Eli perdió todo rastro de felicidad. La dama sacó un papel idéntico al de Fafnir y dijo—: Cada vez estamos más cerca. Creo... creo que todos estamos recibiendo estas insignias. Significan que pronto habrá una lucha y que solo podremos confiar en los que tengan esto: el olivo. Los que no lo tengan no serán de fiar y... llegado el momento tendremos que deshacernos de ellos.
—¿Esa es la misión que te asignaron, Eli? —Fafnir sabía que por seguridad no podían conocer cuál era la misión del otro, pero Eli asintió de todas formas.
—Tu misión está en el papel. Léelo.
Fafnir se inclinó sobre la hoguera, sacó con cuidado un trozo de carbón y lo colocó detrás del papel. El calor no era tan fuerte como para quemar la nota, pero sí hacía reaccionar la tinta invisible. Con el calor, las letras aparecieron delante del profeta.

«Petirrojo, es hora de empollar un huevo. Engendra un hijo. Todo empezará cuando el niño nazca. Si ella elige el olivo, no habrá problema. De lo contrario, aniquílala. El niño perpetuará la promesa de Dios.
Azor».

Aniquílala. Aniquílala.
A Fafnir le temblaron las rodillas al conocer la misión. ¿De verdad las cosas estaban tan mal en el Imperio que los líderes de la organización estaban dispuestos a sacrificar a una Virtuosa?
Lo que protegía a Heleno, Cassandra y Allena era su sangre Aesir. Los Dragones solo nacerían de los Aesir. Si acababan con la Familia Real, acababan también con la Profecía. Por eso los aesirianos soportaban a los gemelos tiranos, por eso toleraban lo que sucedía en el Imperio. Pero si hubiera otro Aesir... Si la princesa tuviera una cría y los rebeldes la pusieran a salvo, acabarían con los gemelos costara lo que costase. Y también con Allena, si ella tomaba el bando de sus padres.
—Fafnir... —Eli lo tomó de la mano al ver que el muchacho se puso muy pálido—. ¿Qué es, Fafnir? ¿Qué es? ¿Es algo malo?
La dama estiró una mano para coger la misión del muchacho, pero Fafnir reaccionó a tiempo y apartó el papel.
—No debes verlo, Eli. Creo que es mejor que sigamos las normas.
Eli retrocedió resentida pero Fafnir no se arrepintió. Ella quería a la princesa, eran como hermanas. Si se enteraba de que la misión del profeta era forzarla a luchar a favor de los rebeldes o matarla si se negaba, mandaría a la mierda la revolución para proteger a la princesa. Él en cambio... «No», pensó. «Yo tampoco podría matarla. ¡Diablos! Sería la madre de mi hijo, ¿cómo podría hacerlo?». Azor debía de pensar que el profeta no tenía corazón si era capaz de acostarse con la princesa, engendrar un hijo con ella y luego aniquilarla sin reparos si las cosas no salían de acuerdo al plan. A no ser... A no ser que Azor creyera que Fafnir tenía motivos más que suficientes para superar sus problemas de moral y jugar sucio con Allena. ¿Tenía motivos para ello?
—Eli. —El profeta tomó a la dama de la muñeca y la miró a los ojos—. ¿Azor sabe quién soy yo? —La muchacha asintió.
—Sí. Todos los líderes saben tu nombre código y tu nombre real. A estas alturas todos los aesirianos saben que la princesa está comprometida con un profeta, aunque solo unos pocos sabemos que formas parte de la organización.
—¿Y los que lo saben piensan que estoy usando a Allena? —Eli frunció el ceño, sin entender muy bien a lo que se refería—. ¿Creen que la estoy convenciendo porque me es fácil hacerlo, porque ella no me importa?
Eli quiso reírse por la ocurrencia, pero se mordió la lengua. Ah. Ya veía a dónde quería llegar el muchacho. Aunque Fafnir no tenía la misma agudeza de su familia, sí tenía suficiente percepción para darse cuenta de que algo iba mal. Eli estaba tan unida a él y a Allena que veía un cuadro diferente al del resto de rebeldes. Ella sabía que Fafnir se había unido por convicción, pero los demás creían que era por venganza. Fafnir apretó la muñeca de la dama. Temía la verdad.
—Eli, algo le pasó a mi familia, ¿verdad? Están en peligro, ¿no es así? —La muchacha se mordió los labios. En realidad no debía decirlo, estaba prohibido, pero...—. Por favor, dímelo. Seré fuerte, Eli. Sea lo que sea seguiré con mi misión, pero saber lo que ocurre me hará sentir mejor. Saber la verdad es mejor que imaginarla. —Eli apretó los dientes, tomó aire y asintió.
—Cassandra los encerró en una torre. Los gemelos esperan que cuando Allena les diga que no quiere posponer más la ceremonia, puedan colocar a tu familia como invitados de honor para asustarte. No están muertos, pero...
—Hay cosas peores que morir —murmuró Fafnir.
Soltó a Eli, se guardó el trozo de papel y se tragó las lágrimas. Desde un principio supo que Cassandra no perdonaría la vergüenza de que le arrebataran a un amante. Si no se había vengado de la princesa era normal que se vengara del siguiente en lista: él.
—Estarán a salvo mientras no nos casemos. Lo entiendo. Gracias, Eli.
La chica asintió y se metió al laboratorio para llevar los artefactos de turno. Fafnir la siguió y la ayudó a clasificar los objetos, como siempre. Intentó seguir con la rutina, que las noticias no lo afectaran, pero mientras tomaba los artefactos le temblaban las manos. «Si hay esperanza está en la princesa», pensó. Su madre no lo envió para cumplir con el tributo que exigían los gemelos, sino para terminar con el reinado de terror de esos dos. Ella confiaba en la princesa así que él también debía hacerlo. También debía confiar en que su familia estaría a salvo.
—¡Mira, Fafnir! —lo llamó Allena. Él y la dama buscaron a la princesa, quien les mostró su nuevo descubrimiento—: No es imposible, ¡sí se puede hacer!
La máquina que hacía que los trozos de mármol levitaran estaba encendida, pero tenía un cambio: tenía incrustada una pequeña esfera que brillaba. Ahora todos los fragmentos de mármol permanecían suspendidos en el aire a la misma altura. Además del mármol también había trozos de plata, oro y hasta pergaminos suspendidos.
—¿Sincronizaste algo más que no es mármol?
—Increíble, ¿verdad? —sonrió ella. La muchacha desactivó la máquina y los objetos aterrizaron con suavidad sobre la mesa—. Eli, dame la mano.
La dama se acercó sin saber muy bien si estar sorprendida por el nuevo invento de su amiga o preocupada de que la tomara de sujeto de pruebas. La princesa la tomó de la mano y la obligó a apretar el botón que activaba la máquina. Eli soltó un gemido de susto porque tenía miedo de que el experimento explotara. Sin embargo, el mármol y los demás artefactos vibraron unos instantes y después levitaron. Cuando Allena dejó que Eli retrocediera, la dama y el profeta le preguntaron qué había sucedido.
—Eli sincronizó el mármol y todo lo demás —explicó la muchacha, muy orgullosa de sí misma. Señaló la esfera que había agregado a la máquina—. Es un núcleo universal.
—¿Y para qué sirve?
—Para transmitir energía de un cuerpo a otro.
—Ajá. ¿Y para qué sirve eso? —A Fafnir le gustaba molestar a la princesa hasta que le diera respuestas concretas. Lo encontraba divertido.
—Todo núcleo sirve para sincronizar, pero este además permite que alguien que no sea Aesir sincronice también una estructura aesiriana.
La princesa siguió con su trabajo sin prestar atención a las caras sorprendidas de Eli y Fafnir. Ellos se miraron el uno al otro porque sabían que solo los que tenían sangre Aesir podían sincronizar una ciudad. ¿Qué pasaría si Allena era capaz de crear algo que diera la oportunidad a otros magos de sincronizarse? Le quitaría a la Realeza uno de los dones que la mantenían en el poder. Ahora la princesa era incapaz de ver más allá de eso, pero Fafnir y Eli tenían más de dos dedos de frente y comprendían las implicaciones de ese descubrimiento.
—Allena, no es buena idea que...
Fafnir estiró una mano para tomar a la princesa por los hombros. Apenas la tocó vio una ciudad de mármol celeste rodeada de un mar de oro. Alzó la vista y vio complejos flotantes esparcidos por el cielo, que tenían además altas torres y castillos. Eran ciudades flotantes. El profeta miró hacia el horizonte y vio mares, valles y montañas. En todos había urbes hechas de mármol de diversos colores. Todas estaban conectadas por caminos de roca y por puentes suspendidos sobre el mar, los abismos o túneles que atravesaban las entrañas de la Tierra. Todo brillaba con la misma potencia mágica del pequeño núcleo universal que Allena le había enseñado.
Todo estaba unido, todo estaba bien, todo resplandecía.
De repente, Fafnir estuvo frente Palacio de Masca y vio en las torres los estandartes del Imperio. El escudo era el mismo de siempre, con excepción de algo que le revolvió las entrañas y lo emocionó: las ramas de olivo.
—¿Fafnir? —lo llamaron Eli y Allena a la vez.
El muchacho parpadeó y regresó al laboratorio. La princesa se había quitado las gafas y las puso sobre la mesa. Eli estaba angustiada, pensando que la noticia de la familia de profetas ya había afectado al muchacho. Pero Fafnir nunca se había sentido tan tranquilo.
—¿Por qué... lloras? —preguntó la princesa mientras alzaba una ceja. Fafnir se llevó una mano a la mejilla y borró la única lágrima que se le había escapado.
—No es nada. Es solo que estoy muy orgulloso de ti.
Ni Allena ni Eli quedaron muy convencidas con la respuesta, así que la dama salió del laboratorio mientras decía:
—Abuelita te preparará un té y unas galletas. Así te sentirás mejor. —Apenas pasaron unos segundos cuando Eli pegó un gritó y regresó al laboratorio con una nota de Nana en la mano—. ¡Problemas, problemas, problemas! —chilló. Fafnir leyó la nota:

«Mis polluelas: el almuerzo está servido. No lleguen tarde. Eli, recuerda tu uniforme. Allena, usa el vestido de encaje. Don y yo las esperamos en el gran comedor».

—¿Don? —se extrañó Fafnir—. ¿Quién es Don?
—Mi padre —respondió Eli, pálida.
—¿Tu padre? Pero pensé...

«A veces cree que mi padre todavía está vivo, o que Allena y yo tenemos seis años. Y siempre cree que es la hora del desayuno».

—Está alucinando —susurró Eli—. Cree que es ese día. El día que mataron a papá... —Fafnir no entendió del todo bien lo que sucedía pero supo que algo andaba mal.
—Eli —dijo entonces la princesa. Allena ya era pálida de naturaleza, pero en ese momento estaba casi verde—. Hoy es el almuerzo en el gran comedor. Padre y madre están allí.


—Iré —dijo Eli desafiante.
—No —la cortó la princesa—. Si te ven entonces recordarán que eres su nieta. Recordarán que eres la hija de Don.
Fue la primera vez que la princesa tomó los asuntos en sus manos. Como Eli insistió en que iría a buscar a su abuela, Allena la encerró en el laboratorio. Para estar cien por ciento segura, también cerró con seguro la puerta principal de los cuartos de Nana. Fafnir no supo si la chica lo había dejado acompañarla porque necesitaría de él para meter a Nana a los cuartos o porque estaba tan preocupada por la viejecita que se había olvidado de él. Lo cierto es que una vez estuvo lista –eso es, sin las gafas, el gorro y con algo más protector que una bata– la princesa salió a toda prisa en busca de la anciana sin siquiera darle un respiro a Fafnir.
—Espero que se le haya olvidado el camino al comedor —comentó la muchacha mientras giraba el cuello y se asomaba por cada puerta abierta—. Espero que se haya perdido.
Avanzaron sin encontrar rastros de Nana hasta que llegaron a la puerta de entrada del gran comedor. Aunque no pudieron ver el interior, todo les pareció en orden. No escucharon gritos ni les llegaron olores sospechosos. Salvo los nervios usuales de los sirvientes que atendían a los Emperadores, nadie estaba particularmente tenso.
Excepto el mayordomo, que torció el gesto cuando vio que la princesa y su prometido se acercaban. El mayordomo se separó de la puerta, que estaba cerrada a sus espaldas, y se inclinó delante de Allena.
—Princesa, lo siento pero no la esperábamos. Ya el almuerzo inició y no colocamos su lugar en la mesa.
—No importa —lo cortó ella—. No pienso almorzar, solo estoy buscando a alguien. —La princesa lo agarró de los hombros y el mayordomo se tensó y palideció al instante. Quizá creía que ella era idéntica a sus padres y que ahora lo castigaría solo porque le daba la gana. Allena ignoró el gesto y siguió—: Busco a una sirvienta, pequeña, gordita, anciana. Nunca anda por aquí, así que es probable que resalte ahora. ¿La ha visto? —El hombre negó con la cabeza, incapaz de articular palabra. Estaba aterrado.
—No queremos hacerle daño —explicó Fafnir, temiendo que el hombre no soltara la lengua por miedo a que los lastimaran a él o a Nana—. La estamos buscando porque no queremos que entre al comedor con los gemelos. La estamos protegiendo.
Fafnir separó a la princesa con delicadeza y miró al mayordomo de manera suplicante. El hombre se pasó la lengua por los labios, bajó la mirada y dijo:
—Veré qué puedo hacer. —Se apartó de la puerta principal y entró por la de servicio. Cuando estuvieron solos, Fafnir le pidió a la chica que le explicara qué estaba sucediendo.
—Cuando tenía seis años tenía una cuartilla de compañía —respondió la muchacha en un susurro—. Nana era mi aya, Eli mi compañera de juegos, Don mi mayordomo y había otros. Una noche, Eli y yo nos quedamos hasta tarde jugando así que al día siguiente nos levantamos hasta casi el mediodía. Don y los demás no quisieron molestarnos. Cuando Eli y yo nos despertamos, solo quedaba una sirvienta para ayudar a cambiarme. Nana había dejado una nota diciendo que era hora del almuerzo. Pero cuando llegamos en el comedor también estaban mis padres. Nunca almorzaban conmigo y yo... Yo estaba feliz de verlos. Ellos también estaban felices, sonreían.
»Me trataron muy bien ese día. Me llamaron por nombres cariñosos, me preguntaron si me divertía en mi tiempo libre, si me gustaban mis sirvientes. Les dije que sí, en especial Don, que siempre era muy bueno conmigo. Así que padre invitó a Don a acompañarnos y lo sentó a mi lado, mientras yo les contaba la vez que Don subió a un árbol para enseñarme una ardilla, o de cuando sustituyó a Nana cuando estaba ronca y no podía leerme cuentos. O de cuando alistó emparedados para una fiesta de té al aire libre y de las clases que me daba de historia.
»Cuando era la hora del postre estaba tan emocionada que no había notado que ni mis padres ni Don habían comido. Tampoco noté que los demás sirvientes estaban tensos. Pero cuando fui yo la única que gritó, supe que a ninguno lo tomó por sorpresa lo que pasó. —Fafnir sintió unas cosquillas en la mano y vio que eran los dedos de la muchacha, que se abrían paso en el puño para que la tomara de la mano—. Don ardió. Parecía un Pilar de Fuego vivo, pero él no gritó. No les dio el placer a mis padres.
Fafnir tragó fuerte y sintió lo aterrorizada que debió de haber estado. Tan solo era una niñita ilusionada y feliz por la visita inesperada de sus padres, que la incitaron a hablar de lo que más amaba. Se la imaginaba con la cuchara en la mano, lista para partir el primer trozo de pastel cuando ¡BUM!, el amable mayordomo que tanto adoraba explotó en llamas a su lado.
—Padre dijo que estaba celoso de Don, que el mayordomo se estaba robando el amor de su pequeña, que no podía compartirme con nadie más. Como lloré mucho por Don, lo enojé. Madre también se enojó y los dos quemaron a Ana. Luego siguió Pyr. Después Claud, Lucas, Jaime, Rob, Silas... Entre más lloraba, más sirvientes quemaban. Luego siguió el turno de Eli y pensé que lloraría mucho. Pero no lo hice. Las lágrimas ya se me habían acabado. —Guardó silencio por unos segundos, como si recordara el calor del comedor, el olor a carne chamuscada y la garganta irritada por los gritos y el llanto—. Solo Eli y Nana quedaron. Eli lloró hasta que mis padres se fueron del comedor, pero Nana no lo hizo. Ella sirvió el postre frente el cuerpo incinerado de Don y les habló a todos como si todavía estuvieran allí. Al día siguiente sirvió el almuerzo en el gran comedor, como lo hizo antes. Siguió así varias semanas, sin borrar la sonrisa del rostro. Padre y madre sabían que estaba loca, pero no se deshicieron de ella pronto porque les gustaba verla alucinar. La enviaron lejos cuando se aburrieron y no volvieron a prestarles atención ni a Nana ni a Eli, como si las hubieran olvidado. Pero yo nunca pude olvidarlas. Ni a ellas ni a Don, Ana, Pyr, Claud, Lucas, Jaime, Rob y Silas. Jamás podría olvidarlos.
La puerta se abrió. Allena soltó la mano de Fafnir con prisa. Se separó de él justo a tiempo para que nadie los viera tan juntos. Fafnir no le reprochó el gesto, porque después de escuchar su historia comprendió que lo protegía. El mayordomo estaba al otro lado, con la espalda inclinada en una reverencia a los gemelos.
—La princesa Sakti Allena Aesir I —anunció el hombre. La muchacha entró al comedor con la misma majestuosidad con la que entró al salón cuando la presentaron oficialmente a Fafnir. El mayordomo hizo una pausa. En ese breve silencio pesó el lamento de lo que estaba a punto de ocurrir—. Y su prometido, Fafnir Nabi, del clan de los profetas.
Al principio Fafnir no comprendió por qué lo anunciaban. Supo que estaban en una situación delicada cuando Allena se giró para mirarlo con terror. Los pies se movieron por voluntad propia antes de que él supiera lo que tenía que hacer. Entró al gran comedor, estiró un brazo y tomó a la princesa por el codo. Tal y como aquella vez en el salón, cuando Heleno le ordenó que paseara con la muchacha. Eran un caballero y su dama, pero esta vez no iban de salida sino de entrada.
—Majestades —saludó con una reverencia elegante, con el mismo encanto que cautivó a Cassandra—. Lamentamos importunarlos.
—Oh. ¿A qué se debe esta visita tan inesperada? —preguntó la Emperatriz con una bella sonrisa, como si nada hubiera sucedido entre ella y el prometido de la princesa.
—Sentí hambre —se apresuró a decir la muchacha—, así que pedí a Fafnir que me acompañara al comedor. Olvidé que hoy estarían ustedes aquí. Lamento la intromisión.
—No hay nada que lamentar, mi pequeña —respondió Heleno mientras veía al par de jóvenes con una sonrisa burlona—. Pero espero que entiendas que por hoy no hay lugar para ti en la mesa. Reglas de etiqueta, ya lo sabes, ¿verdad?
—Sí.
La chica y su prometido hicieron una reverencia libre de tensión. Ninguno había visto a Nana en el comedor, así que la viejecita no estaba cerca de los gemelos. El par de tiranos parecía de buen humor ese día, así que si se retiraban pronto no se meterían en problemas y podrían buscar a Nana con menos pesares. Pero justo antes de que se retiraran, Heleno dijo:
—Ah, se me olvidaba. Creo que algo se te ha escapado, ¿verdad?
El Emperador chascó los dedos y las puertas de servicio se abrieron. Era la hora del postre. Los sirvientes llevaban consigo bandejas llenas de pasteles, dulces, cremas y té. Nana también entró con una bandeja y siguió a la perfección el ritual de la servidumbre, pues colocaba los postres en orden sobre la mesa. Recordaba el proceso como si todos los días trabajara para Cassandra y Heleno. Cuando los postres estuvieron en su lugar, los sirvientes se alejaron de la mesa y se situaron junto a las paredes. Tenían las bandejas sobre el regazo, listos para recoger los dulces rechazados cuando los gemelos se retiraran. Nana siguió a sus compañeros, pero Heleno la tomó de los hombros y la llamó a su lado.
—Nuestra pequeña Allena al fin ha llegado —dijo el Emperador—, pero no puede sentarse con nosotros. Haz el favor de darle por lo menos un postre para que se lo lleve a la habitación.
Los ojos de la anciana se iluminaron con cariño. Eligió un par de tartaletas –una para la princesa y otra para Eli, sin duda–, las colocó en una bandeja y se las ofreció a Allena.
—Ay, mi polluela —se quejó la mujer—. ¡Cuántas veces te he dicho que debes llegar temprano! No disgustes a tus padres. Aunque esto también es culpa de Eli, por jugar contigo hasta tarde, y de Ana, por no despertarte a tiempo para el almuerzo. Tendremos una charla muy seria con ellas antes de la cena.
La princesa tomó la bandeja, tiesa como si fuera una escoba, y miró. La sonrisa desdentada de Nana nunca la persiguió en sueños, ni se transformó en una mueca que la acusaba por haberse petrificado. Porque en ese momento, mientras le daba las tartaletas a la niña de sus ojos, la anciana fue verdaderamente feliz. «Me ama», pensó Allena. Siempre supo que su aya le tenía cariño, pero fue hasta ese momento cuando comprendió lo grande de su amor, sus implicaciones, los sacrificios y los tormentos que la vieja sirvienta sufrió a gusto por ella. Nana la había criado, la había marcado, la había hecho.
Cuando Heleno y Cassandra la llamaban «querida», «cariño» o «mi pequeña Allena», en realidad no decían nada. Sus palabras, sus sonrisas y sus miradas estaban vacías, no tenían significado. Pero cuando Nana le sonreía, cuando la regañaba por quitarse las joyas con rudeza, cuando le servía galletas, cuando la llamaba «mi polluela»... Todo eso era mucho más valioso que cualquier cosa que los gemelos pudieran ofrecer y dar. Cassandra podría ofrecerle hombres, Heleno tierras y fortuna, pero nada de eso valdría ni la mitad de un beso de buenas noches de Nana.
Todo lo bueno que le había dado la anciana, todo ese amor, se tradujo en esa última sonrisa que fue, además, el consuelo para seguir adelante. Siempre que pensara en Nana, la princesa vería esa sonrisa llena de paz y cariño, tan nítida y reconfortante que nunca jamás le permitió sentir culpa. Ni escuchar los gritos.
Pero Fafnir sí escuchó los aullidos y sí vio el dolor agonizante en la cara derretida de la mujer. A partir de ese día, el profeta no pudo ver ni la llama de una vela sin escuchar también los gritos de Nana.

****

El estómago de Fafnir estaba hecho un nudo. El cuerpo le temblaba y no podía pensar con claridad. ¿Eso era lo que veía su madre todas las mañanas cuando anunciaba que alguien más moriría a manos de los gemelos? Cómo la compadecía. Y también, cómo la admiraba. Ahora que estaban en ese cuartucho oscuro y húmedo que se había convertido en su guarida, Fafnir se sentía con la libertad suficiente para llorar, gritar, patalear y maldecir.
Solo hizo lo primero. Aunque estaba aterrado por el Pilar de Fuego vivo que contempló hacía pocos minutos, comprendía que otras dos personas la pasaban peor que él.
Eli ya había visto el cuerpo y estaba hecha un puño al pie del sillón, meciéndose de un lado a otro mientras lloraba. Fafnir se le acercó y la abrazó. No se atrevió a entrar al laboratorio aunque la puerta estaba abierta.
La princesa estaba dentro. Tiraba objetos de la mesa principal y buscaba otros entre los materiales apuñados en los rincones. Por el gemido de esfuerzo, Fafnir imaginó que la chica acababa de levantar el enorme tubo de ensayo con el que no experimentaba desde hacía semanas. Los siseos eléctricos se hicieron más fuertes. Los parpadeos de las bombillas se intensificaron. El rumor de metal y cristal comenzó a taladrar los oídos. ¿Qué estaría haciendo con sus invenciones y el cadáver de Nana?
Recordó la primera vez que la vio en el laboratorio. Un escalofrío le recorrió la espalda. ¿Estaría intentando crear vida artificial en el cuerpo de la aya? Entre todos los sonidos del cuarto, Fafnir no distinguió el burbujeo de un caldero hirviente o el crepitar del fuego. Ella no usaba Magia Negra o algo similar. Eso lo alivió. «No está loca ni desesperada. Sabe que no debe jugar con las Artes Oscuras ni siquiera por esto». En todo caso, Fafnir sabía que la princesa nunca había jugado con ese poder siniestro.
Se estremeció de nuevo al recordar las llamas, los gritos, el dolor. Él se había petrificado en el gran comedor, como los sirvientes. En cambio Allena reaccionó. Tomó el cuerpo derretido de Nana entre sus brazos y huyó a toda velocidad. Fafnir la siguió al instante, consciente de las agallas de su prometida para actuar tan deprisa, sin temor a sus padres, al olor de carne quemada o a la sangre de Nana.
En cambio, él seguía petrificado. Ni siquiera tenía el valor para entrar al cuarto y ver. Intentaba consolar a Eli apretándola con fuerza, pero él temblaba tanto como ella. Los dos eran un puño asustado y no podían hacer nada, así que esperaron.


Eli lo despertó. La dama se había separado de él para acomodarse, pues los músculos se le habían entumecido. A Fafnir le pasó lo mismo. Se restregó los ojos, que le dolían y estaban hinchados de tanto llorar. Estiró los brazos y las piernas y se masajeó los hombros. Apenas podía creer que se quedaron dormidos. Por un momento pensó que sería como despertar de una pesadilla, que todo estaría bien y Nana aparecería para regañarlos por dormir en el suelo.
El sueño no lo había aliviado pero sí le despejó la cabeza. Ya no temblaba de miedo ni se preguntaba si en verdad sucedió lo que vio. Era hora de pensar con la cabeza fría.
—Está callada... —murmuró Eli con voz ronca—. Hay silencio.
El laboratorio todavía estaba abierto, pero no había siseos ni parpadeos de luz. Sí debía de haber una bombilla encendida, porque tampoco estaban a oscuras. Fafnir y Eli se animaron y entraron al cuarto.
El cuerpo de Nana estaba en el interior del tubo de ensayo gigante y tenía varias mangueras conectadas a los brazos y las piernas. Cuando vio otra vez el cuerpo, Eli se apoyó en Fafnir para tomar valor. Aunque se le escaparon nuevas lágrimas, no lloró como antes. Intentó ser valiente.
El profeta se separó de ella, se agachó frente un armario y abrió una gaveta. Sabía que allí había sábanas, aunque estaban duras, amarillentas y olorosas. Cuando encontró una decente, cubrió con delicadeza el cuerpo de Nana. La vio con detalle por unos segundos, el tiempo suficiente para que se le quedara la imagen grabada al fuego vivo: las mejillas llenas de burbujas, los labios y los párpados fundidos, la nariz desecha, la cabeza calva, parte del uniforme pegado al cuerpo, los dedos crispados y el olor. «Nunca lo olvidaré. Así no dejaré que suceda de nuevo». La envolvió en la manta como si fuera un sudario. Más adelante tendrían que enterrarla, pero ahora había algo que necesitaba más atención.
Él y Eli debían aprovechar –¡detestaba la palabra!– el momento para hacer actuar a la princesa.
Allena estaba sentada en el suelo, con la espalda recostada a una pata de la mesa. Tenía las piernas recogidas y la cabeza escondida entre las rodillas. ¡Era tan irreal verla en el laboratorio con el vestido puesto! Estuvo tan ocupada en ayudar a Nana que ni siquiera pensó en ponerse cómoda. El profeta y la dama se agacharon junto a ella, seguros de que también se había quedado dormida.
—Ya sé para qué sirve transferir energía de un cuerpo a otro —dijo entonces la princesa con voz clara—. Un cuerpo mágico tiene mejores habilidades regenerativas que uno sin magia. Si Nana hubiera tenido más energía, habría sanado. No habría muerto. —Fafnir se aclaró la garganta.
—Una máquina que dé esa energía adicional es entonces una máquina curativa, ¿verdad? Qué lista eres. Inventaste algo muy útil.
—No, todavía no. La máquina no está completa. Por eso no funcionó. Por eso no pude ayudar a Nana.
—No fue tu culpa —dijo Eli. La dama se sentó al lado de su amiga, la abrazó y repitió—: No fue tu culpa, tú intentaste ayudarla.
—Lo sé, pero eso no cambia que fracasé. —La princesa respiró profundo, abrazó más las rodillas y continuó—: No me gusta. Se siente... se siente como si el Universo entero colapsara, como si todo estuviera a punto de acabar, pero el final no llega para darnos el consuelo de una conclusión. Arde por dentro y parece irreal, como una pesadilla, pero sé que si cierro los ojos nada va a cambiar. Todo se desmorona y cae, pero a la vez el cuarto se mantiene entero, sin temblar, sin destruirse. No sé qué temo más: salir de aquí y ver que el mundo está acabando, o darme cuenta de que sigue igual, como si Nana no hubiese importado.
—Entiendo —murmuró Eli mientras enterraba el rostro en los cabellos de la princesa. Fafnir tuvo que morderse los labios para no llorar, porque temía que entonces Eli perdiera el valor—. Justo así se siente, Allena, justo así. Yo siento lo mismo.
—Pero contigo es diferente, Eli —dijo la princesa mientras levantaba la cabeza—. Tú puedes llorar... yo no.
Fafnir se percató de que la voz de la muchacha no temblaba. Tenía las mejillas limpias y los ojos despejados. Allena rompió con delicadeza el abrazo de Eli y acercó de nuevo a la dama para protegerla ella misma en sus brazos.
—Las lágrimas no me salen. Es como aquel día. Siento lo mismo que cuando madre y padre quemaron a Don y a los demás. Quiero llorar mucho, mucho... pero no puedo. Temo que si lloro, tú también arderás y yo no puedo perderte, Eli.
Eli la abrazó por la cintura y permanecieron juntas unos segundos. Fafnir las vio como hermanas que sufrían la muerte de su madre. Sabía que no debía interrumpir el momento, que debía levantarse y dejarlas solas con su dolor, pero no lo hizo. Había mucho por hacer y no estaba dispuesto a que alguien más sufriera el mismo destino de Nana.
—Afuera de Palacio hay más gente como tú, Allena. Hay más personas que sienten que el Universo colapsa y que no tienen consuelo. Hay más personas como Eli y como yo, que sí podemos llorar. Y que es lo único que hacemos estos días.
—Fafnir —lo llamó la dama—. No, ahora no. Por favor...
—¡Sí, ahora sí!
El muchacho las separó y sostuvo a la princesa de los hombros con fuerza, como si estuviera enojado con ella. ¿Lo estaba? Ella no quemó a Nana, intentó ayudarla, pero también tenía un poco de culpa de todo lo que pasaba. Quizá Heleno y Cassandra destruyeron su capacidad de discernimiento, pero ella tuvo siempre a Nana y a Eli. Incluso a Don y al resto de la cuartilla de compañía. Pudo haber aprendido de ellos, pudo haberlos escuchado, pero no lo hizo. Se había escondido en un cuartucho en donde utilizaba sus talentos y su ingenio en simples juegos, cuando en realidad podía y debía ponerlos en práctica en el mundo real.
—¡Dejas que tus padres hagan lo que les dé la gana! Quizá Heleno y Cassandra son los que mandan al Pilar de Fuego a decenas de personas todos los días. Quizá ellos son los que activan los trituradores cada semana. Quizá son los que despilfarran dinero y comida en fiestas ridículas mientras la gente se muere de hambre. Son también los que separan familias, torturan a niños y abusan de los sirvientes. Pero tú eres quien lo permite. Quizá no hieres a nadie, quizá no deseas mal y a tu manera intentas ayudar a otros, pero lo cierto es que no haces nada. Tener la capacidad de detener una ejecución y aun así cerrar los ojos es lo mismo que cometer el asesinato.
—¡No cerré los ojos! —gritó la princesa—. ¡Vi cómo los quemaron! ¡Los vi quemar a Don, a Ana, a Silas, a Nana, a todos! ¿Cómo vas a saber lo que veo o lo que siento si nunca has estado en mi lugar?
La muchacha se levantó furiosa. Tenía la cara crispada con el mismo desprecio que demostraban Heleno y Cassandra cuando algo no les agradaba. El parecido dio fuerzas a Fafnir para levantarse también y gritar:
—¡Sí sé lo que se siente, tonta! Eres la persona más ciega que he conocido en mi vida. ¡¿Cómo no puedes ver que todos en este Imperio estamos aterrados día tras día?! Tus padres están destruyendo nuestras vidas, ¡la gente se muere de hambre en Masca y fuera de ella, pero a ti no te importa!
—A ti tampoco. Eres del clan de los profetas. Tienes la comida, el techo y todo lo demás asegurado. Y ahora que eres mi prometido, tú y tu familia jamás pasarán necesidades.
Fafnir esbozó una sonrisa ácida y rio. Ahora sí sentía el miedo a flor de piel. Hasta ese momento comprendió que la terrible noticia que le dio Eli más temprano significaba que su mundo se derrumbaría pronto.
—Tus padres encerraron a mi familia en una torre. El regalo de bodas que me darán serán sus cabezas. Y yo me veré obligado a sonreír y agradecerles, aunque cada vez que los vea querré llorar, maldecir y acabar con ellos. Pero nunca podré hacerlo porque no tengo el poder para detenerlos. ¡Diablos, ni siquiera tengo el poder para vaticinar la fecha de su muerte y esperar con paciencia a que llegue el glorioso día! Me casaré con la chica más poderosa del mundo, con la esperanza de todos los aesirianos, y aun así no podré hacer nada. Ni siquiera pedirte que hagas algo al respecto.
La muchacha no respondió y él tampoco esperó a que dijera nada. Fafnir ni siquiera se atrevió a ver a Eli, porque se sintió avergonzado de gritar justo al lado del cadáver de Nana como si a él tampoco le importara su muerte. Dio media vuelta y cerró la puerta del laboratorio.


"Los Hijos de Aesir: Dos Tronos" © 2013-2017. Ángela Arias Molina

4 comentarios :

  1. Buenas! Paso a reportarme (no estaba muerto estaba de parranda xD) y obviamente darte las gracias por otro capitulo publicado =)

    3..2...1... POR QUE? Dios por que tenia que ser la viejita loca!? siempre extrañare sus galletas :'( Sabia que pasaría, pero ni esperaba que fuera tan rapido. Definitivamente te encanta hacer sufrir al lector y de que forma xD
    Te lo digo, si sigues matando a los buenos no se a donde vayamos a parar jejeje

    La ansiada batalla se avecina y por fin Fafnir toma el coraje para hacer que Allena enfrente la cruda realidad. Adiós por ahora al romanticismo y luna de miel?

    Excelente capitulo, espero que sigas asi y que te aligeren un poco las cargas del trabajo y la Universidad jajaja

    -Alex AJSP-

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  2. La respuesta a por qué mato a los personajes buenos e inocentes es muy obvia: soy malvada. Me divierto a costa del sufrimiento de los personajes (y los lectores, ejem) :P

    Muchas gracias por comentar. Prometo que en los próximos capítulos nos divertiremos más :P

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  3. He leído por encima este capítulo y me gusta.
    Tengo que ponerme al día, porque tu novela pinta muuuuy bien

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    Respuestas
    1. Ay, muchas gracias. Qué dicha que te gustó este capítulo. Ojalá te guste el resto de la novela. ¡Muchas gracias por empezar a leer! :'D

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¡Hola! Muchas gracias por leer este capítulo de "Los hijos de Aesir". Puedes ayudar a la autora al calificar la lectura en la barra de calificación (está un poquito más arriba). O mejor aún ¡deja un comentario! Toda crítica constructiva es bienvenida. ¡Muchas gracias!
*Los trolls no serán alimentados*

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