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Capítulo 9

9
LA INVENTORA


Le tomó tiempo encontrar la palabra adecuada para definir los puntos incandescentes que veía. «Brasas». Luego ató cabos y comprendió que eran los restos de un fuego. No recordaba que el harén tuviera una chimenea tan pequeña y, como lo vio iluminado con candelabros y antorchas, imaginó que nunca estaba a oscuras. Sin embargo, estaba en una habitación húmeda y en tinieblas, aunque se hallaba muy bien allí.
Estaba arropado por una manta acogedora. Sus mejillas y la punta de la nariz estaban sonrosadas por el calor del fuego, y tenía la cabeza recostada en un bulto cálido y de olor agradable. Deseó cerrar los ojos una vez más, regresar a ese estado de satisfacción inocente del sueño tranquilo, pero primero necesitaba cubrirse el hombro. Así estaría más calentito. Pero cuando intentó cobijarse, descubrió que los miembros le pesaban como plomo. Recordó entonces que había tomado dos tabletas antes de... eso, y que quizá su cuerpo todavía resentía los efectos. No tenía más remedio que cerrar los ojos y dormirse de nuevo sin cobijarse, pero entonces una mano amiga le hizo el favor.
—Gracias —susurró.
—De nada.
Una voz de mujer. La piel del muchacho se erizó, abrió los ojos de golpe y se olvidó del calor. Ahora tenía frío. Subió la mirada y distinguió un cuello y un rostro pálidos, así como un par de ojos negros excepto por los iris. Con horror se dio cuenta de que estaba en el regazo de Cassandra. A pesar de la droga, a pesar de que sabía que no era lo más inteligente, se sentó en el sofá de un brinco y se apartó de ella.
—¡Majestad! —gritó. Pero Cassandra mantuvo la vista en las brasas, sin siquiera pestañear.
—«Alteza» —dijo—. Los príncipes y princesas se tratan por «Alteza». Los Emperadores y Emperatrices por «Majestad». Procura no cometer ese error delante de mis padres. —Fafnir comprendió que estaba junto a la princesa y no Cassandra.
—¿Alteza? ¿Qué está haciendo aquí?
—Yo siempre estoy aquí.
—¿En el harén? —Fafnir no había visto ninguna mujer en el harén; allí, todos los amantes eran servidos por mayordomos.
—Esto no es el harén —explicó la muchacha, todavía con la vista fija en el fuego—. Este es el cuarto de Nana y Eli.
Nana. Fafnir recordó a la aya regordeta y bajita que vio el día anterior. Cuando recordó a la anciana, reconoció el cuarto. Estaba en la misma habitación a la que llegó la vez anterior junto a la princesa. Sí, allí estaba el perchero con las feas gafas de varios lentes, justo al lado de la puerta que llevaba al laboratorio de la princesa. Lo que Fafnir no entendía era qué hacía él en ese lugar. Entonces escuchó pasos y vio que, en otra pared, se abría una puerta. Nana salió por allí, vestida y despejada, pero seguida por una muchacha con pijama y el cabello enredado, que todavía bostezaba.
—¿Desayuno, mis polluelas? —dijo cariñosamente la viejita.
—Buaaaa —bostezó la joven que la seguía—. Buenos días, Allena.
—Buenos días, Eli —respondió la princesa, apartando la vista por primera vez de la chimenea.
Fafnir se dio cuenta de que Eli era la dama de compañía que tuvo un tic en el ojo el día anterior. La joven quiso preguntar algo a la princesa, pero en cuanto vio a Fafnir, se sonrojó y se metió de nuevo al cuarto.
—¿Está Eli enferma? —preguntó la princesa cuando Nana le entregó una taza de té acompañada de galletitas.
—No. Es que el chico está desnudo —respondió la anciana. Fafnir notó entonces que solo estaba cubierto por la manta y se sintió un poco imbécil por no haberse dado cuenta antes. De inmediato se arropó otra vez de pies a cabeza con la cobija, aunque ni Nana ni la princesa le prestaron atención—. Eli irá a traerte algunas prendas más tarde —le dijo la mujer mientras le servía el desayuno—. Pero mientras tanto, tendrás que quedarte así, ¿de acuerdo? —Fafnir tomó la taza y asintió levemente, sintiendo otra vez el peso de los músculos—. ¿Cómo estás?
El muchacho pensó en decirle que estaba bien, que nunca se había sentido mejor, pero no era así. Además de cansado, estaba asustado. No tenía recuerdos de la noche anterior y deseaba jamás tenerlos, pero el espectro de Cassandra le perseguía. Se sentía solo, abandonado y abusado, pero no se atrevía a decirlo con la princesa al lado. Así que respondió a Nana con otra pregunta:
—¿Qué estoy haciendo aquí?
—La princesa te trajo. Te ha reclamado —explicó la viejita, mostrando una sonrisa desdentada muy tierna. Fafnir miró de inmediato a la princesa, preguntándose si era cierto, pero ella se tomó de un trago el té y se levantó. Fue hacia la puerta de su laboratorio, tomó las gafas y abandonó la habitación sin despedirse. Nana suspiró muy triste—. Mi niña, mi niña, mi pobre niña. Maldito Heleno, maldito sea.
Luego tomó lugar al lado del joven y desayunó con él.
El resto del día transcurrió sin mucho cambio. Eli le trajo ropa y se fue a hacer algunos encargos. Regresaba de vez en cuando, siempre trayendo cachivaches extraños que llevaba a la princesa en el laboratorio, solo para salir después con una lista de nuevos artículos raros. Fafnir escuchaba el zumbido de las bombillas y el chillido de alguna máquina de soldar, preguntándose qué locura estaría haciendo la muchacha en ese cuartucho. De vez en cuando le llegaban olores nauseabundos que, después de unos minutos bajo la insistencia de Nana, se convertían en perfume. En otras ocasiones escuchaba a la princesa recitando conjuros, o le llegaba el sonido de los tubos de ensayo rompiéndose por alguna explosión o algo similar.
Nana entraba y salía del cuarto para llevarle galletitas a la princesa, o para reñirla por su desorden, pero siempre regresaba al lado de Fafnir con una cara que demostraba la ternura que sentía hacia esa extraña criatura que estaba bajo su cuidado.
El profeta pasó así el primer día, luego el segundo, el tercero, el cuarto, una semana y después dos. La princesa no salió de su laboratorio en todo ese tiempo, salvo quizá cuando Fafnir se dormía en el sofá al caer la noche. Quizá la muchacha no necesitaba de aire puro ni sol, pero a Fafnir le hacían una falta tremenda. Cuando le preguntó a Nana si podía salir a dar un paseo, la anciana le dijo:
—¿Estás loco? ¿Quieres que Cassandra te agarre a rasguños o que Heleno te mate por el mal trago de su mujer? ¡Aquí estás seguro, tontuelo! Tontuelo, tontuelo, tontuelo.
Entonces, poco a poco, fue haciendo preguntas y pescando detalles de lo que había sucedido. Al parecer, la noche en que él se unió al harén de Cassandra, Heleno decidió que quería tener una nueva adquisición también. Por eso se introdujo a la habitación de su hija cuando ésta dormía, se metió en su lecho e intentó aprovecharse de ella.
—Mi pobre, pobre niña. Quizá ella no entiende mucho del mundo, pero siempre le he advertido que si su padre intentaba algo como esto debía escaparse a como diera lugar.
Fafnir comprendía que el retorcido de Heleno quisiera abusar de su propia hija. Para él, que se había casado con su gemela, acostarse con su hija debía formar parte de una rutina. Pero lo que sorprendía a Fafnir era que la princesa se negara a hacerlo. Había imaginado que ella nunca negaba nada a sus padres y que compartía con ellos sus perversiones. La princesa era una practicante de las Artes Oscuras, pero era un poco distinta a Heleno y a Cassandra.
—Heleno le dijo que no era su lugar negarse. Le debía respeto como hija y obediencia como súbdita. Ella no tenía esposo ni prometido al que le debiera honestidad, así que no tenía excusas para negar entregarse a él.
Por eso la princesa hizo lo único que podía hacer para salvarse. No podía tomar a ningún mayordomo, guardia o sirviente porque, como princesa, solo podía desposar a alguien de la nobleza. Tampoco podía tomar a alguno de los hombres del harén de su madre, porque ellos ya le pertenecían a Cassandra. Solo tenía una opción, solo había un varón en Palacio que pertenecía a la nobleza y que todavía no era de la Emperatriz. Así que la princesa irrumpió en el harén de su madre, interrumpió la orgía y reclamó a Fafnir como suyo. Luego lo llevó al único lugar de Palacio en el que se sentía a salvo: esos cuartuchos oscuros y húmedos donde vivían la aya que la había criado y Eli, la nieta de ésta, que era como la hermana que nunca tuvo.
Pero Fafnir no recordaba nada al respecto porque estuvo bajo los efectos de la droga. No recordaba el momento en que la princesa lo salvó, ni cómo lo condujo a las habitaciones, ni cómo él lloriqueó como un niño porque estaba cansado y quería dormir. Pero aunque le hacían falta los recuerdos, sí entendía algo: se casaría con la princesa.
Debía estar aliviado. No tendría que soportar las depravaciones de Cassandra ni el harén suicida. Quizá nunca tendría que presenciar las ejecuciones que tanto disfrutaban los Emperadores. Pero escuchaba el siseo en el laboratorio y sabía que tenía que lidiar con otras particularidades de su futura esposa.
—La princesa es una hechicera oscura, ¿verdad? —preguntó con tristeza.
Nana, que estaba junto al muchacho y tenía puestas las horribles gafas para ver mejor el trabajo de costura, se sobresaltó. Miró a Fafnir con ojos saltones.
—¡Por todos los cielos, no! ¿Cómo se te ocurre decir eso? Mi niña es muy buena. Solo porque sea hija de sus padres no quiere decir que sea perversa como ellos.
—¿Entonces qué hace en el laboratorio? ¿Qué hay del pentagrama, el cuervo y los hechizos...? —Nana hizo un gesto con la mano como para restarle importancia al asunto y regresó a la costura.
—Ah, eso. ¿Nunca jugaste de niño con tierra, agua y algunas pociones caseras? Eso es lo que hace ella, solo juega.
En ese momento Eli entró a la habitación. Ya Fafnir estaba familiarizado con los sonidos del cuarto: las agujas de Nana, el crepitar de la hoguera, los siseos del laboratorio y los pasos de Eli, que se movía entre enaguas de seda a la vez que cargaba paquetes extraños.
—Eli, querida, llévalo adentro. —La dama de compañía y el profeta se helaron al escuchar esto.
—A ella no le gustará, abuelita —intentó convencerla la chica.
Pero Nana la miró con los ojos saltones y Eli bajó la mirada, sumisa. A pesar de que Nana era tan extravagante como la princesa, todavía se daba a respetar por las dos chicas a las que cuidaba. Así que Fafnir acompañó a Eli al tenebroso laboratorio.
Casi todo estaba igual a la primera vez. Contrario a lo que Fafnir creyó, los artilugios que Eli llevaba no estaban desperdigados por el suelo ni tirados en una esquina, sino que ordenados según sus características: frascos de cristal, tubos de ensayo, utensilios de plata, cristales de colores, trozos de mármol... Todo estaba separado y acomodado en sitios dedicados a ellos en los anaqueles.
El caldero seguía en el mismo lugar, pero no ardía. Ahora había un nuevo pentagrama dibujado con tiza en una de las mesas, en donde la princesa construía un extraño aparato. Eli fue hacia otra mesa, en donde puso el encargo y comenzó a ordenar los artefactos. Fafnir la ayudó.
—¿Qué está haciendo? —preguntó él en un susurro mientras señalaba con la barbilla a la princesa, que ni se había percatado de la entrada de los dos.
—Construye una máquina para transmitir energía de un cuerpo a otro —explicó la muchacha sin separar la vista de la mesa—. Aunque no entiendo muy bien el proceso, así que no lo puedo explicar. Tendrías que preguntárselo si te interesa saberlo bien.
Fafnir miró a la princesa, que atornillaba unas piezas con cuidado. Estaba muy seria y concentrada en su trabajo, tanto que le restaba un poco de gracia al gorro y a las gafas feas.
—Cuando está triste siempre hace esto —susurró Eli—. La razón por la que pasa encerrada aquí es porque cuando sale, Heleno o Cassandra hacen algo que a ella no le agrada. Cuando era pequeña, le regalaban juguetes y cuando se encariñaba con alguno, lo quemaban frente a ella. Lo mismo con los libros, los vestidos, los adornos, los sirvientes... Si a ella le gustaba un jardín, ellos lo destruían solo para mortificarla. Así que dejó de jugar afuera. Si se encariñaba con algún sirviente, sus padres encontraban una excusa para enviarlo a trabajar lejos o acusarlo de traición y enviarlo al Pilar de Fuego. Así que ella dejó de interesarse por las personas.
—¿Y no tienes miedo? —preguntó Fafnir—. Tú y Nana son muy unidas a ella.
—Pero ni Heleno ni Cassandra lo saben. Allena cambia constantemente de damas de compañía para protegerme y sus padres hace mucho que se olvidaron de que abuelita vive en estos cuartos viejos. A lo mejor se olvidaron de ella, como suelen olvidarse de todos. —Eli hizo una pausa mientras separaba una masa de hilos con delicadeza, sin romperlos ni enredarlos más—. Esto del compromiso es lo mismo que cuando le regalaban juguetes. Si Heleno y Cassandra sospechan que Allena se ilusiona con su prometido, entonces lo aniquilarán solo por diversión. Por eso ella los rechazó a todos, para protegerlos. Al principio Cassandra no se interesaba en los rechazados, pero luego creyó divertido mortificar a las familias de los pretendientes. Allena sintió pena por ellos y... también escuchó lo que su madre les hacía. Así que inventó esto.
Eli cogió un paquete que estaba en el anaquel detrás de ella y le enseñó el interior a Fafnir: eran pastillas blancas, la droga que le ofrecieron antes de la orgía de bienvenida.

«Es el único regalo que apreciamos de ella».

Fafnir creyó que el muchacho del harén se refería a Cassandra, pero en realidad hablaba de la princesa. Quizá todos los pretendientes resentían a la chica por haberlos lanzado al harén, sin sospechar que en realidad intentaba salvarles la vida; y creían que lo menos que ella podía hacer para disculparse era enviar algo que les aliviara el pesar. Eso era la droga. Pero Fafnir entendió algo más.
—Se reveló contra su madre —dijo atónito. Guardó las pastillas en el paquete y se lo devolvió a Eli—. Cassandra no lo sabe, ¿verdad? Ella no sabe que su propia hija envía esta droga a los hombres del harén. Si lo supiera, entonces lo que hace no tendría sentido, porque no daña a los pretendientes tanto como quisiera. No lo sabe.
Eli le dio la razón.
—Si Cassandra se entera de lo que hace...
—No dejamos que se entere —cortó la dama—. Allena es nuestra única esperanza. —Luego vio a la princesa y torció el gesto, pues la muchacha se había quitado la bata porque sentía calor. Fafnir tuvo que desviar rápidamente la mirada, porque verle las piernas y los hombros descubiertos también le daba calor a él—. Es nuestra única esperanza, pero ella no lo sabe. Es muy lista para algunas cosas... Pero para otras es algo lenta. Como te habrás dado cuenta, ella es peculiar —susurró más quedo—. Tiene dificultades para diferenciar lo bueno de lo malo. Heleno y Cassandra la corrompieron lo suficiente como para que ella sea incapaz de algo tan básico. Por eso ella ve el mundo desde lo que le gusta y lo que no, y tampoco tiene las inhibiciones que el resto de nosotros sí tenemos. No le gusta estar afuera, a la vista de sus padres, porque la pone triste. Le gusta estar encerrada aquí, jugando con sus inventos, porque eso la tranquiliza. Heleno y Cassandra entienden esto de ella, así que no la consideran una verdadera amenaza sino un juguete. Por eso no la han matado.
Fafnir había escuchado la historia de los embarazos de Cassandra. La mayoría de los bebés murió en los primeros meses de embarazo porque estaban enfermos. Los pocos que sí nacieron, llegaron al mundo deformes y débiles, producto del incesto. Pero esto no ofendía ni entristecía a los gemelos, más bien lo encontraban divertido. Era uno más de sus juegos perversos, pues apostaban qué deformidades tendría el próximo cachorro, cuánto tiempo viviría, qué nombre se ganaría según su deformidad... Cuando se aburrían del niño enfermo, dejaban de cuidarlo o lo lanzaban a los perros para acabar con él.
Hasta que nació la princesa.
—La gente cree que la dejaron vivir porque era parte del juego de esos dos —susurró Eli, como si temiera que a las paredes le salieran oídos—, pero lo hicieron porque al principio los asustó. Nació sana, bella y poderosa. Nació como Virtuosa. Heleno y Cassandra sabían que ni ellos dos sobrevivirían a la furia del Imperio si mataban a una Virtuosa. Por eso la dejaron vivir y por eso ahora, cada vez que Cassandra queda embarazada, se purga para abortar. No quieren dar a luz a otro niño sano. Saben que Allena podría acabar con ellos y tomar el Trono, por eso la tratan de forma tan ambivalente. La llaman por nombres cariñosos, pero destruyen lo que le gusta. Así ella no sabe si son buenos o malos, si la quieren o la odian. Le enseñaron a no interesarse por nada y así, sin que nadie pudiera evitarlo, le quitaron su voluntad para traer cambios. Un Virtuoso sin ese deseo no puede provocar desbalances, que es lo que necesitamos.
Fafnir se dio cuenta de que Eli hablaba de una forma muy curiosa. Sintió un cosquilleo en el estómago y al fin se animó a hacer la pregunta:
—¿Hay alguien más que piensa así, Eli? —La dama sonrió.
—Quizá. Todo depende de ti.
—¿Qué significa eso?
—La princesa no tiene voluntad para hacer muchas cosas. Pero cuando comenzaron los cortejos, ella decidió que no tomaría a ningún hombre. Luego se sintió culpable y fabricó la droga para los pretendientes rechazados. Y después, cuando Heleno quiso aprovecharse de ella, se negó y actuó: te tomó como prometido. Está empezando a hacer cambios.
«Si hay esperanza está en la princesa», resonó la voz de su madre. En casa nadie decía nada al respecto, pero Fafnir sabía que todos los profetas apoyarían una revolución en Palacio... si es que se producía una. El muchacho prestó mayor atención a los ojos de Eli y se dio cuenta de que era una chica despierta, más de lo que a Heleno o a Cassandra les gustaría.
—¿Hay más sirvientes como tú, Eli? ¿Hay más personas que esperan que la princesa tome el Trono? —La sonrisa de Eli adquirió tristeza. La chica bajó la mirada y terminó de desenredar la masa de hilos.
—¿Si los hay, qué harías?
—Unirme a ustedes, por supuesto.
Lo dijo sin titubear, como siempre supo que haría si alguna vez se le presentaba la oportunidad de unirse a alguna organización contra el gobierno tirano de los gemelos. Eli también debía de saberlo, porque le tomó las manos con fraternidad, como si desde hace mucho esperara oírle decir eso para aceptarlo en las filas anónimas que se formaban contra los Emperadores.
—No puedo decirte nombres, porque no los conocemos. Es la única forma de protegernos en caso de que algo suceda. Pero sí puedo decir que somos muchos los que anhelamos la caída de los gemelos.
—¿Hay algo en progreso? ¿Un plan, una batalla inminente, algo?
—No, todavía no... Mira, si bien queremos que Heleno y Cassandra mueran, muchos no saben si la princesa será mejor que sus padres.
—Tú sí lo crees, Nana de seguro también.
—Yo lo creo, por supuesto, pero yo crecí con Allena. Yo conozco a mi amiga mejor que nadie. Sé que es buena y dulce, pero nadie más lo sabe. Todos los que intentaron acercarse antes a ella están muertos ahora, así que Allena no deja que otros la conozcan. Y como ella no da muestras de interés por lo que sucede en el Imperio, los líderes de nuestra organización todavía no saben cómo medirla. Ellos no saben si en caso de rebelión, Allena defenderá a los gemelos o peleará contra ellos.
—¿Y tú que crees? —Eli bajó la mirada, avergonzada.
—Yo creo que se aterraría y no sabría qué hacer. Le pediría consejo a abuelita, pero Nana no sabe nada de esta organización ni debe saberlo. Si se da cuenta de la gravedad del asunto, le daría un ataque porque estoy metida en algo así y tampoco tendría idea de qué aconsejarle a Allena. Abuelita es muy vieja. Todavía hace galletas y arregla costuras, pero alucina mucho. A veces... a veces cree que mi padre todavía está vivo, o que Allena y yo tenemos seis años. Y siempre cree que es la hora del desayuno. Por eso siempre nos da galletas.
—Oh. —Ese era un gran problema. Fafnir sabía que había ganado unos cuantos kilos por la dieta de Nana, pero nunca se le había ocurrido preguntar por qué solo comían galletas.
—Aunque ella se enfrentara a sus padres, todavía están los Generales y sus familias. El General Montag luchará sin dudas a favor de los gemelos. Lo más probable es que el General Kèrmiac también. Y es imposible imaginar qué harán los Tonare y los Grendiere. Son Casas juradas a los Aesir, han hecho votos de honor para proteger y obedecer a la Familia Real. Esos votos no están hechos al pueblo.
—¿Entonces qué necesitan para actuar?
—El momento adecuado... y saber que contaremos con Allena... que ella tomará la decisión correcta cuando llegue la hora.
Pero por lo que Eli le dijo, ese momento podía tomarles años. Fafnir dedicó una mirada fugaz a la princesa, que estaba solo en ropa interior. Era como una niña que todavía no comprendía que había ciertas cosas que podía hacer y otras que no. Era como una niña que solo quería jugar, sin preocuparse por nada ni nadie más. En realidad, era como una niña que nunca había salido de su cuarto de juegos, mucho menos de su casa.
—Necesita que alguien le explique —comprendió Fafnir—. Necesita que alguien le enseñe lo que está pasando para que actúe. —Eli asintió.
—Yo lo intenté, pero mira en lo que estoy ahora. —La dama mostró los cachivaches sobre la mesa—. ¡Argh!, de alguna forma me dejé arrastrar en sus juegos. Y lo que pasó con Heleno... Ahora Allena no querrá salir de aquí. Pero para eso estás tú. —Fafnir alzó las cejas—. No puedo asignarte misiones para la organización, pero estoy segura de que los superiores querrán que trabajes en la princesa. Como su futuro esposo, estoy segura de que tu misión será explicarle y hacerle ver lo que está ocurriendo.

****

A los pocos días de la conversación con Eli, Fafnir recibió su nombre código y su primera misión. Los datos estaban en un papel con tinta invisible, en donde se indicaba que dentro de la organización él sería conocido como Petirrojo. Tendría que reportar a través de Paloma Manchada –suponía que ese era el nombre clave de Eli– a uno de los líderes: Azor. Los reportes eran irregulares para no poner en peligro a los involucrados, pero Fafnir quería dar buenas noticias sobre su avance pronto. Su misión era justo lo que esperaba: cumplir con el rol de prometido, casarse con la princesa y aprovecharse de su posición para conocer las intenciones de la Virtuosa. Por supuesto, también tenía que incentivarla a luchar contra los gemelos y reclamar el Trono.
Por eso Fafnir superó sus temores iniciales y comenzó a entrar con regularidad al laboratorio de la muchacha. La princesa ni siquiera se percató de sus incursiones al principio. Cuando se hizo consciente del par de ojos zafiro que seguían los movimientos de sus manos desde un rincón, no le prestó atención. Reaccionó solo cuando Fafnir se animó a acercarse a la mesa de trabajo y le pidió que le explicara lo que hacía.
—¿Por qué te interesa?
—Algún día nos casaremos, Alteza. Es natural que yo me interese por sus pasatiempos y que usted se interese en los míos. Nuestro matrimonio será más feliz así.
Poco a poco comprendió lo que hacía la Virtuosa en ese cuartucho. Algunos días la chica trabajaba en el caldero con el mismo ritual por el que Fafnir la consideró practicante de las Artes Oscuras, pero el profeta se dio cuenta de que Nana tenía razón: la muchacha solo estaba jugando un poco, sin intenciones perversas.
—Intento crear algo.
—¿Vida?
—No vida, pero sí es algo similar. Quiero formar criaturas artificiales.
—¿Para qué? —La princesa alzó los hombros.
—Para nada.
—¿Entonces por qué lo intenta?
—¿Por qué no?
Otros días la muchacha trabajaba en la máquina que construía sobre la mesa. Fuera lo que fuese, la máquina se hacía cada vez más grande. Era como una especie de tubo de ensayo gigante que estaba acostado, rodeado de varias mangueras que estaban conectadas a una base de mármol.
—¿Qué es eso?
—Será una máquina para transferir energía de un cuerpo a otro.
—¿Y para qué sirve?
—Para transferir energía de un cuerpo a otro —repitió la muchacha entre dientes, como si le molestara la estupidez de la pregunta.
—¿Y para qué sirve transferir energía?
—Para muchas cosas.
—¿Como cuáles?
—Como la sincronización. El mármol tiene varios enlaces que succionan energía de un cuerpo mágico, la cargan en un núcleo y luego la reparten por toda la estructura para modificarla o controlarla. Quiero una máquina que haga lo contrario: que en lugar de quitar energía, la dé.
—¿Por qué?
—¿Por qué no?
Fafnir ponía atención a los experimentos de la princesa. Algunos le parecían inútiles solo porque la muchacha no tenía ningún propósito especial para ellos, pero otros eran interesantes por su propia cuenta. Por ejemplo, la chica había dado con la fórmula de varias sustancias medicinales y otras alucinógenas. La droga del harén era solo uno de los muchos resultados de un juego con hierbas medicinales del que la muchacha consiguió inciensos curativos, ungüentos, jarabes y pastillas contra dolores de cabeza, estómago y huesos.
—No pretendía hacer algo así —le confío Eli cuando la princesa le pidió deshacerse de los frascos con medicinas y que le trajera unos nuevos—. Todo lo que hace es sin propósito, pero consigue buenos resultados. Doy estos medicamentos a una de las Palomas de Palacio para que los lleve a las boticas de Masca. La princesa no lo sabe, pero ella es la ama y señora de una dispensadora ilegal de medicinas para pobres y enfermos, ¡ja, ja!
La princesa también tenía una fábrica de perfumes. Nana era fanática de una de las esencias, por lo que la princesa se aseguraba de regalarle una botella cada cierto tiempo. El resto de los perfumes los botaría por el fregadero de no ser por Eli, que se ofrecía a limpiar los frascos.
—Otra Paloma los vende a las mejores perfumerías del país y de ahí viene uno de los ingresos de la organización.
Pero también había inventos menos inocentes, como un polvo negro que provocaba explosiones y otro que en contacto con el aire se convertía en un vapor denso y venenoso. La princesa también había dado con una aleación más resistente que las comunes, tanto que Eli dijo que sus superiores creían que la Virtuosa era capaz de crear metal bendecido por Dios.
—Todo eso se lo lleva otra Paloma para guardarlo como artillería. —Esta vez no había ni pizca de sonrisa—. Si hubiera revolución ahora, me temo que algunos se saldrían de control. Menos mal que la mayoría de nuestros líderes tienen la cabeza bien puesta.
Cuando Fafnir decidió que era hora de que la princesa se interesara en los pasatiempos de su prometido, le pidió ayuda a Eli. Allena no recibió muy bien el cambio de agenda cuando su dama y Fafnir entraron al laboratorio con unas cuantas macetas.
—Jardinería —dijo el profeta—. Eso es lo que me gusta.
Le explicó a la princesa qué tipo de flores había traído al laboratorio, cómo las cultivaba, cada cuánto debía regarlas, de dónde venían las flores y muchas otras curiosidades más. Aunque la muchacha no estaba muy entusiasmada, prestó atención. Cuando unos días después las flores se marchitaron, fue ella la primera en quejarse.
—Estaban defectuosas —refunfuñó mientras ponía la maceta frente al profeta—. Trae unas nuevas.
—No estaban defectuosas, simplemente murieron.
—Pero las regamos y tienen buena tierra.
—Sí, pero les hizo falta el sol. Todo necesita sol, Allena.
Con eso la convenció de salir del cuartucho.
Si había algo que sobraba en Palacio, eran los jardines. Si bien al principio los dos andaban con cuidado para no encontrarse con los Emperadores ni con algún mayordomo que los enviara ante Sus Majestades, pronto se convirtieron en rutina las visitas a los jardines.
—Estas son de las montañas Ka. Estas del cerro Arden. Estas del valle Airin. —Y también—: Estas son de las islas Gördynas. Estas de la Península. Estas de la planicie Violeta.
Fafnir se acordaba de la primera impresión tras ver uno de los jardines pomposos de Heleno, pero ahora le alegraba que hubiera plantas y animales de todo el mundo. Como no era muy estudiado en pájaros, él y la princesa pidieron a Eli que les llevara un libro de ornitología. Así, los dos variaban la rutina entre el laboratorio y las plantas con un gusto nuevo por las aves.
—Mira, estas son mis favoritas —dijo cuando al fin encontró un jardín con plantas de tierras húmedas—. Es una orquídea conocida como guaria. En casa las cultivaba junto a mi madre, en los árboles y en una vieja choza de tejas que usamos de bodega. Pero aquí en Masca es difícil mantenerlas. El clima no es el adecuado.
Fafnir acarició con delicadeza los suaves pétalos morados y por un momento se olvidó de la princesa. Pensaba en la choza de tejas, en donde crecían algunas orquídeas. Recordó a su madre, a quien ayudaba a cuidar de las plantas. También recordó a sus hermanos y a su padre. Fafnir no había oído hablar de ellos en semanas. A veces le pedía a Eli que preguntara por ellos, solo para asegurarse de que estaban bien después del problema en el harén de Cassandra, pero la chica no le daba respuestas. Fafnir temía que su familia estuviera en problemas, pero que la Paloma que revoloteaba alrededor de la princesa tuviera prohibido hablarle de ellos para que se concentrara solo en su tarea, que era Allena.
—Bonita —susurró la muchacha a su lado a la vez que estiraba una mano para acariciar los pétalos. La flor tenía tres que eran largos y delgados, otros dos que eran un poco más anchos y uno en el medio que era como una campana.
—He escuchado que en el Este son mejores. Allí tienen todo lo necesario para crecer salvajes, mientras que aquí hay que mimarlas mucho para que florezcan. —Luego se aclaró la garganta y soltó—: Me gustaría tener de estas cuando nos casemos. ¿Te molesta?
—No.
Como siempre, hubo silencio. Aunque la había sacado del laboratorio y ya había avanzado lo suficiente con la princesa como para tratarla de «tú» y llamarla por su nombre, Fafnir sentía que el abismo entre los dos todavía era grande. Más que nada sentía el orgullo un poco herido, porque cada vez que hablaba de matrimonio la princesa ni se sonrojaba ni demostraba interés. La idea de casarse con él no la entusiasmaba ni suponía un paso significativo en su vida. Fafnir se tragó el ego y siguió:
—Pero no tengo pensado ningún sitio en especial para la luna de miel, así que puedes decidir a dónde iremos.
—Al jardín del ala Este —respondió ella sin chistar—. Es el más tranquilo. —Fafnir suspiró un poco frustrado.
—No, Allena. La idea de una luna de miel es visitar lugares lejanos. Cuando nos casemos, podrás ir a cualquier parte del mundo.
Eso tomó fuera de base a la muchacha, quien miró a Fafnir con una ceja levantada.
—¿Fuera de Palacio?
—Y de Masca. —Allena lo miró sin pestañear por unos segundos de silencio, luego se apartó de la flor y dijo:
—No puedo salir de Masca. Padre dice que es imposible.
—Nada es imposible.
—Para nosotros sí. Padre dice que la sincronización no permite que los Aesir salgan de la Capital. Siempre ha sido así.
Como la muchacha comenzó a alejarse, Fafnir se apresuró a alcanzarla y la tomó de la mano. También era complicado que ella se lo permitiera, pero había comenzado a hacerlo porque él le dijo que como esposos estarían unidos siempre.
—La sincronización no permite que el Emperador salga de Masca, eso es cierto —le explicó el profeta—. Pero ni tú ni la Emperatriz están sincronizadas con el Trono. Las dos podrían salir de la Capital si así lo quisieran. ¿No te interesa?
—No realmente.
—Bueno, pues debería. Porque cuando heredes el Trono, ya no podrás conocer el mundo. Debes viajar antes de que llegue el día en que seas Emperatriz.
También le había hablado de Gungnir, la espada ceremonial de los Emperadores, y la corona Draupnir para picarla de la curiosidad.
—Los sacerdotes consagran al Emperador cuando toma el Trono —le había dicho—, pero los profetas son los que bendicen su reinado al entregarles los dos símbolos de poder de los Aesir. Como seré tu consorte, también seré el que te coronará cuando llegue tu día.
Al principio Fafnir pensó que esa conversación no tuvo éxito, porque la chica no demostró interés en viajar ni heredar el Hlidskjalf. Muy desanimado, comenzó a escribir su primer reporte a la organización para decir que todavía no era el momento adecuado para ella. Pero entonces la máquina de la muchacha, la que parecía un enorme tubo de ensayo, quedó relegada a un rincón. En su lugar aparecieron varios trozos de mármol, un artefacto extraño que ella denominó «soldador» y una pequeña máquina circular, plana y hecha de metal. Cuando se accionaba la máquina, los trozos de mármol levitaban a diferentes alturas.
—¿Y ahora qué estás haciendo?
—Quiero ver si es posible sincronizar a distancia diferentes tipos de mármol.
—¿Para qué?
Él ya se había acostumbrado a las respuestas simples y poco emprendedoras de la princesa, pero le gustaba verla levantar los hombros y justificar sus experimentos con un simple «¿Por qué no?». Pero esta vez obtuvo una respuesta más interesante:
—Para que cuando me unjas Emperatriz, pueda visitar otras ciudades sincronizadas sin temor a que Masca me castigue. Me gustaría ver más de una vez el lugar que visitaremos en nuestra luna de miel.
A Fafnir no le importaron las feas gafas ni el gorro con el que se escondía el cabello escurridizo. Tampoco le importó que ella solo tuviera puesta una ligera bata de seda para trabajar. Lo único que le importaba era recompensarla y agradecerle la respuesta inocente que prometía esperanza al Imperio. Así que se inclinó sobre ella y le acarició los labios. Ese fue su primer beso.


"Los Hijos de Aesir: Dos Tronos" © 2013-2014. Ángela Arias Molina

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Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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