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Capítulo 11

11

HÉROES ANÓNIMOS


Fafnir se abrigó mejor con la capa. Sabía que debía dejar de lado el orgullo, entrar de una vez y por todas al pasillo e ir al laboratorio. Pasar la noche al aire libre por una pelea era muy estúpido, pero... no podía. No sabía si había cruzado la línea o no, si habló demás o si dijo lo correcto. No sabía si la princesa lo recibiría de nuevo en los cuartos o si todavía mantendría el compromiso. Ella podía romperlo cuando quisiera. Si la había disgustado mucho quizá lo haría. Entonces todo habría sido en vano.
Soltó una maldición por lo bajó y se acurrucó en las raíces del árbol. Como no tenía ninguna habitación personal asignada en Palacio, prefirió quedarse en un jardín. Ningún guarda lo molestaría porque estarían patrullando los pasillos, no los árboles, y el césped ganaba calor más rápido que el suelo de mármol.
Cerró los ojos con la esperanza de conciliar el sueño, pero un pequeño trino sonó al lado de su oído. Lo ignoró. Pensó que era un sueño incipiente, pero entonces sintió un picoteo. Fue un pellizquito en el dorso de la mano, lo bastante fuerte para espabilarlo pero no tanto para dañarlo. Fafnir pegó un brinco y abrió los ojos. El pequeño pajarillo dio unos pasitos hacia atrás y luego voló a la rama más baja. Allí se quedó, mirando al profeta con sus ojos negros como piedras.
—Un petirrojo... —murmuró somnoliento al ver el plumaje y el color del pecho tan característico. Fafnir se percató de que el ave tenía algo atado a la pata y el corazón le saltó en el pecho.
«Algo ha pasado», comprendió. Se sentó y estiró la mano, pues sabía muy bien que el animal de su nombre clave traía un mensaje para él. Como lo supuso, el petirrojo se le acercó y se dejó quitar el pequeño papel. Fafnir abrió el mensaje. Estaba en blanco. ¡Y él no tenía fuego para hacer reaccionar la tinta! Para su sorpresa, el pajarillo se colocó por debajo del trozo de papel. Fue como un pequeño carbón hirviente que hizo visible el mensaje.

«Petirrojo, sabemos lo que ha sucedido. A primera hora se anunciará la fecha de la boda, pero es demasiado pronto. Los profetas ya no estarán a salvo en Masca. Son los vigías de la promesa de Dios, no podemos perderlos. Torre Este, en las mazmorras hechas con el metal bendecido por Dios. Huye».

Palideció. Los profetas ya no estarán a salvo en Masca. Los gemelos adelantarían la boda y con eso la ejecución del clan de los profetas. Él sería el último, precisamente el menos talentoso. Quizá Heleno y Cassandra lo dejarían vivir por temor a perder al linaje que cuidaría de la Profecía, pero quizá ya ni eso les importaba. Fuera como fuese, estaban en problemas. Su madre, su padre, sus hermanos... Ellos morirían a no ser que hiciera algo al respecto.
El petirrojo salió volando y se posó en la baranda del pasillo. Lo miró como si lo esperara, como si lo urgiera a tomar una decisión, como si esperara que el profeta lo siguiera. «Me van a ayudar», comprendió. «Los de la organización van a salvar a los profetas». Se levantó y siguió al pájaro.
El ave lo hizo correr por varios pasillos. Con indicaciones muy acertadas supo comunicarle cuándo debía detenerse, cuándo guardar silencio, cuándo agacharse. Había guardas nocturnos que patrullaban cerca, pero a Fafnir le dio la impresión de que no eran tantos como debían ser. ¿Dónde estaban los demás?
—Algo sucede... —escuchó más adelante. El petirrojo le indicó que se escondiera y el muchacho apenas tuvo tiempo de colarse por una puerta para ponerse a salvo—. ¿Dónde están los demás? ¿No te parece raro que no estuvieran en sus puestos?
—Estarán tomando una siesta, tranquilo. Como si tú y yo nunca lo hubiéramos hecho.
—Sí, ¿pero tantos al mismo tiempo?
Fafnir se encogió cuando escuchó los pasos metálicos de los guardas. Solo estaban patrullando, no buscaban a nadie, solo pasaban por allí... No debía haber problemas. Entonces uno de los soldados se detuvo y abrió un poco la puerta.
—Bueno, ya que ellos se tomaron un descanso hagámoslo nosotros también. Nadie nos pillará en este cuarto. —El hombre abrió la puerta por completo, entró con una sonrisa traviesa en la cara... y la borró cuando vio a Fafnir allí. Los dos se miraron desconcertados hasta que el otro guardia gritó:
—¡Eh! ¿Qué haces aquí a estas horas? Hay toque de queda, solo los guardias podemos merodear por aquí.
Fafnir de verdad no sabía lo del toque de queda. De haberlo sabido se habría escondido mejor. También habría estado todavía más asustado por recorrer Palacio de noche. El soldado que lo regañó avanzó hacia él, pero su compañero lo detuvo.
—¿No lo reconoces? Es el prometido de la princesa. Por lo menos háblale con un poco más de respeto.
—Es un profeta —respondió el otro con desdén—. Ese clan ya entró en desgracia con los Aesir y arrastró consigo a todas las familias que estaban en buenos términos con ellos. Lo lamento por el chico, pero no me arriesgaré a que otro guarda lo pille y luego los gemelos nos castiguen por no haber notado su presencia antes.
Fafnir supo lo que eso significaba: el hombre lo llevaría a los Emperadores. Heleno y Cassandra le preguntarían qué hacía tan de noche por allí. Cuando se percataran del escape de los demás profetas, sospecharían algo. Fafnir no era un soplón, pero todavía no había sufrido tortura como para saber qué tanto aguantaría antes de que hablara de la organización y los planes de derrocar a los tiranos.
Antes de que pensara en defenderse o correr, el otro guarda agarró a su compañero con fuerza y lo golpeó contra la pared. El hombre se tambaleó por unos instantes sin desplomarse. Ni siquiera hizo preguntas: solo se limitó a devolver la ofensa. Los guardas forcejearon primero con empujones, luego con golpes y finalmente uno sacó la espada. Fafnir creyó que vería el segundo asesinato del día, pero el hombre se limitó a golpear al otro en la sien con el duro mango de la espada. Entonces el soldado que quería atraparlo sí se desplomó.
Tras esperar unos segundos, el otro se quitó el casco y miró al profeta.
—¿Qué demonios haces aquí? ¡Hace tiempo debías estar en la torre! No, el equipo de rescate ya debía de haberte llevado al punto de salida. —El hombre se masajeó la cara, que empezaba a hinchársele por los golpes recibidos. Fafnir vio entonces que el mango de la espada tenía incrustado un olivo de oro—. Vete, apresúrate —el oficial abrió la puerta y revisó el pasillo—. Quizá algunos guardas te dejarán pasar, pero otros no... ¡Debes irte ya!
El hombre lo sacó a empujones. Fafnir no era capaz de asimilar lo que había visto. Algo sucedía, la organización estaba actuando... Quizá hacía trabajos clandestinos todo el tiempo y él no lo había visto porque estaba tan ciego como la princesa. Escuchó el trino del petirrojo, que lo llamaba, y ahora sí reaccionó. Al fin vería a su familia. Echó a correr por el pasillo y no vio atrás ni una sola vez.
Por eso no se percató de que el otro guarda se había levantado y venció a su compañero con un ataque por la espalda. Unos minutos después, la alarma despertó a todos en Palacio, incluidos los gemelos.

****

La alarma los pilló cuando al fin habían entrado a la celda.
—¡Demonios! —maldijo un encapuchado—. ¡No, no, no!
Sus compañeros reaccionaron de forma similar. Unos chuparon los dientes, otros se agacharon y escondieron el rostro en las manos, y los últimos suspiraron resignados. Escucharon los cerrojos de metal que giraron automáticamente, controlados por la sincronización. Estaban atrapados. Al otro lado escuchaban al guarda que intentaba liberarlos, todo en vano.
—Solo un Aesir puede hacerlo —murmuró Jelian, el hijo mayor de los profetas, que tenía un brazo en un cabestrillo y una horrible llaga en la cara—. Lamento que no los pudiéramos ayudar en este estado. No lo previmos.
El encargado de la cuartilla de rescate miró a los profetas, sin sentir ni una pizca de remordimiento por estar allí. La familia estaba en muy malas condiciones. Estaban muy delgados, tenían cardenales, huesos rotos, llagas... Los habían torturado de mil formas diferentes, pero todavía se mantenían unidos, todavía resistían, todavía no habían hablado de la organización aunque por lo menos uno de ellos debía de estar al tanto. Solo por eso ya merecían un intento de rescate, por lo menos ese que había fallado.
El hombre se acercó al muchacho, le puso una mano sobre el hombro con delicadeza –como si temiera romper su frágil cuerpo– y le ofreció una daga.
—Tenemos tres opciones —dijo—. Dejarnos atrapar y que nos hagan lo que les dé la gana. Luchar con uñas y dientes aunque sea en vano. O terminar con esto de una vez. Todos tienen derecho a hacer su elección. Yo me quedaré con la segunda, pero ustedes... Ustedes ya sufrieron suficiente. Nadie pensará que son unos cobardes si eligen la tercera opción ahora que pueden. Estoy decidido a ayudarles de la mejor manera, aun cuando no sea de la forma que me propuse antes de venir aquí.
El profeta estiró la mano. Por un momento pareció que aceptaba la daga para suicidarse. Pero bajó el arma y apretó con suavidad el puño duro del hombre que arriesgó su vida para salvarlo. No podía verle el rostro porque lo tenía cubierto, pero sí podía ver la calidez de su corazón y el poder de su convicción.
—Mi hermano Fafnir no será el último profeta. Sus hijos no heredarán los talentos de nuestro clan, pero aun así los profetas perdurarán. Cuando llegue el día prometido, nuestros niños estarán allí. Algunos arrancarán vidas con el pesar de su corazón. Otros darán consuelo. Uno perseguirá el amor y otro luchará contra un bravo demonio. Y todos verán la luz de la Profecía levantándose de la torre de la ciudad de hierro, plata y jade y vivirán para ver, amar y llorar en el mundo perdonado por Dios. Los sacrificios de ayer, los de hoy y los de mañana no serán en vano, pues después de un largo periodo de oscuridad y tormento sigue otro de paz y felicidad. Puedo asegurarte, hermano mío, que esta era de tinieblas está llegando a su fin. La luz ya viene.
—¿Nada será en vano, dices?
—Nada nunca lo es.
Aun con el rostro cubierto se le veía la sonrisa. El hombre apartó la daga, dio media vuelta y miró a sus compañeros.
—Ya lo escucharon: los descendientes de los profetas verán la Profecía, pero eso no sucederá si no los sacamos de aquí. Aunque nuestros nombres se pierdan en la historia, seremos los héroes anónimos. El sacrificio que haremos aquí no será en vano si al menos uno de ellos logra escapar hoy.
El cerrojo se corrió. La puerta se abrió y el par de ojos que más temían en la vida los encontró allí.

****

No se topó con ningún otro guarda. A veces escuchaba sus pasos metálicos, pero el petirrojo lo alejaba justo a tiempo de ellos.
Entonces escuchó la alerta y todo cambió. Gracias al pajarillo llegó a la plaza de entrenamiento que estaba justo al lado de la torre Este, antes de que el camino se plagara de soldados. Ya había llegado bastante lejos pero había un problema: si subía la torre no podría bajar sin ser descubierto. Es más, si intentaba dar media vuelta ahora lo atraparían. Aunque hubiera más guardias aliados al olivo, ninguno podría ayudarlo sin poner en peligro su fachada. ¿Qué podía hacer? No sabía si su familia ya estaba a salvo o si todavía seguía atrapada. Si así era, ellos tampoco podrían salir. Necesitaban ayuda externa para lograrlo. Él podía ser esa ayuda.
El petirrojo se había escondido en una fila de arbustos que rodeaban la plaza y le indicó que hiciera lo mismo. Fafnir ya llevaba un buen tiempo escondido, sopesando las opciones y tomando una decisión.
—No sé si puedes entenderme —susurró—, pero si así es quiero pedirte un favor: condúceme a un sitio en el que pueda ser útil. Quiero sacar a mi familia cuésteme lo que me cueste y estoy dispuesto a pagar las consecuencias: encierro, hambre, muerte, tortura... Si quieres, hasta puedes enviar a algunos pájaros amigos para sacarme la lengua cuando me atrapen para evitar dañar a la organización.
No sabía si el pájaro le entendía o si acaso tendría amigos emplumados capaces de arrancarle la lengua si llegaba a ser necesario, pero Fafnir no bromeaba. El petirrojo lo miró con sus ojitos brillantes, pio como si fuera una afirmación y echó a volar. Fafnir lo siguió. Los dos se colaron por la entrada principal de la torre. No había nadie vigilando, aunque eso no se quedaría así por mucho tiempo. «Si aquí es en donde soy útil para mamá y los demás», pensó con el pecho hinchado de amor, «que así sea».
Subieron por las gradas que permitían el acceso a los diferentes pisos de la torre, la mayoría de ellos celdas. Algunos presos lo llamaban a gritos cuando lo escuchaban subir. Otros lo miraban en silencio como si le dieran ánimos. Todos estaban despiertos y sabían que no era un guarda. Como la sangre le latía con fuerza en los oídos, no había entendido que muchos de los gritos de los prisioneros no eran peticiones desesperadas de ayuda. Fue solo cuando estuvo a punto de llegar al noveno piso que se dio cuenta de las advertencias.
El petirrojo, que llevaba la delantera, se convirtió de repente en una bola de fuego que ardió un par de pasos delante de él. Fafnir tuvo que cubrirse la cara para evitar una quemadura. Cuando bajó los brazos vio que ni siquiera quedaban cenizas del pajarillo. El profeta deseó que no fuera un ave de verdad, sino algún hechizo materializado en animal. Ahora no sabía qué hacer. ¿Qué ocurrió? «Si era un sortilegio, quizá su tiempo límite ya había llegado. Quizá el hechizo concluyó. Ahora estoy por mi cuenta». Avanzó los últimos dos escalones y llegó al noveno nivel. Podía preguntar a los reos cuál era el piso y la celda de los profetas, quizá incluso prometer que más adelante buscaría la forma de sacarlos. Aunque él sabía –y los prisioneros también– que nunca podría hacerlo.
En cuanto puso un pie allí, un par de brazos salió de entre las sombras para sostenerlo con fuerza como si se tratara de un amante perdido. A Fafnir se le erizó la piel al respirar el perfume de vainilla.
—Mmmm —ronroneó Cassandra—, ¡qué lástima! Nuestra querida Allena estará muy triste cuando sepa que su prometido es un traidor.
Otro par de brazos rodeó el cuello de Fafnir, también cariñosos. Un nuevo olor a menta inundó la nariz del muchacho.
—Pobre nuestra pequeña Allena —murmuró Heleno al oído del muchacho—. Ahora tendrá que matar al hombre que la sedujo bajo falsas pretensiones.
En ese momento el profeta comprendió que los reos se lo habían advertido: le habían pedido a gritos que retrocediera porque los gemelos ya habían subido.


Fafnir no se atrevió a ver las espadas de los guardas, ni buscar broches, botones o pulseras con el olivo. No quería cometer más errores ni poner en peligro a nadie. Heleno y Cassandra lo franqueaban. Lo tenían sujeto en un abrazo tan familiar y caluroso como el de los mejores amigos. Incluso sonreían, como si subir las escaleras hacia las mazmorras fuera parte de un paseo. El muchacho se preguntó si los tiranos ofrecerían ese abrazo escalofriante e hipócrita a los hombres que enviaban al Pilar de Fuego antes de entregarlos a la muerte, o si ellos mismos conducirían así a sus prisioneros favoritos a la cárcel. Cuando llegaron a la última celda del piso más alto, los guardas que iban adelante se detuvieron y se apartaron para que los Emperadores miraran lo que había al frente.
—¡Ay, Dios mío! —se burló Cassandra—. Querido, mira cómo han dejado a nuestro guarda.
El carcelero encargado de los profetas estaba tirado en el suelo. Tenía la cabeza abierta. Todavía respiraba, pero le habían dado un buen golpe. Le costaría mucho despertar y necesitaría de varios cuidados para recuperarse. Por supuesto, los gemelos no se encargarían de que el hombre recibiera el tratamiento que merecía a pesar de que cumplió con su trabajo hasta donde le fue posible.
—Menos mal que cerré la puerta con la sincronización —sonrió Heleno—. De lo contrario, el valiente trabajo de este hombre habría sido en vano. —Apenas el Emperador puso una mano sobre la puerta, Fafnir escuchó que el cerrojo retrocedía—. Tendremos que poner una puerta de sangre aquí, querida —comentó—. Así desairemos intentos estúpidos como el de hoy.
Los dedos de Cassandra se cerraron alrededor de Fafnir, fríos y duros como trampa de oso. Avanzó con él para mostrarle lo que había hecho con los profetas, para que viera lo mal que estaban a pesar de que él estuvo tan bien cuidado junto a la princesa. Pero cuando Heleno abrió la puerta no encontraron a la familia de Fafnir ni a los rescatistas enmascarados.
La que esperaba sentada en uno de los catres era Allena.
El balde de agua fría que el muchacho esperaba nunca le cayó encima. Lo que lo recibió fue una sensación en la que se mezclaban el alivio, la sorpresa, el agradecimiento y la preocupación por partes iguales. ¿Qué hacía Allena allí? Heleno no tardó en hacer la misma pregunta, pero no hubo respuesta. La chica solo se limitó a mirar a su padre con un rostro inexpresivo de porcelana, como si fuera una muñeca hueca e incapaz de hablar.
—¡¿Qué pasó aquí?! —chilló Cassandra—. ¡¿Dónde están tus suegros y cuñados, querida?! ¡¿Dónde están los profetas?! —Como la muchacha no respondió, Cassandra arrastró a Fafnir a la mazmorra y lo golpeó contra la puerta de metal—. Claro, claro, ¡mi niñita bella no lo sabe! ¡Porque el traidor es este, no ella! ¿Qué le has hecho a nuestra buena Allena, cómo la engatusaste para que nos desafiara?
Cassandra le apretó el cuello tan fuerte que Fafnir no pudo respirar. Tampoco pudo responder. Ni lo hubiera hecho, porque en realidad él estaba tan confundido como ella.
—Fafnir es el que no sabe nada —respondió la princesa. Se situó al lado de Cassandra sin que ella o Heleno pudieran detenerla. Tomó la mano de su madre, la apretó y la obligó a soltar al profeta. Cassandra dejó escapar un chillido horrible a la vez que Fafnir escuchaba el crujido del húmero—. Él es mi hombre, madre. Yo soy la única mujer que puede ponerle un dedo encima, así que no quiero que lo vuelvas a tocar.
Fafnir se llevó una mano al cuello mientras veía el brazo roto de la Emperatriz. Todas esas veces que sostuvo la mano de Allena, e incluso cuando le gritó en el laboratorio, había ignorado que ella tenía la fuerza suficiente para romperle los dientes de un golpe.
Cassandra estaba demasiado adolorida y contrariada como para responder a la ofensa de su hija, pero Heleno levantó la mano para abofetearla.
—¡Pequeña zorra insolente! —gritó. La celda retumbó con el eco de una cachetada, aunque en la mejilla equivocada.
Fafnir se tragó el gemido y no dio ni un paso atrás. «¡Puto golpe!», pensó. Sentía que la mejilla y la nariz se le hinchaban casi de inmediato, así que se apresuró a hablar antes de que no pudiera abrir la boca:
—Puede que usted sea su padre, pero ella es mi mujer. Soy el único hombre que puede tocarla, así que no quiero que le vuelva a poner ni un dedo encima. —Lanzó un escupitajo sanguinolento que cayó en el pálido rostro del Emperador.
—¡Eres un insecto insolente! —dijo Heleno con voz temblorosa por la rabia—. Esto es tu culpa, ¡de no haber sido por ti ella nunca habría hecho esto!
Los dedos del monarca se llenaron de chispas. Iba a lanzar un relámpago. A esa distancia tan corta el golpe lo rostizaría. Fafnir lo sabía pero no se movió. Si Heleno iba a lastimar a alguien que fuera a él, pero no a Allena. Pero antes de que el gemelo descargara, Heleno y Cassandra se retorcieron y salieron disparados hacia la pared. «Te-¿telequinesia?», se preguntó Fafnir al ver a los monarcas incapaces de moverse a voluntad.
Luego, el profeta sintió las manos delicadas de la princesa sobre el rostro. Allena lo acercó a él y lo besó. Unas chispas agradables pellizcaron todo el cuerpo de Fafnir. Unas ridículas y agradables mariposas le revoletearon en el estómago. Hasta el rostro magullado sintió alivio. Cuando ella se separó, él apenas pudo respirar porque la felicidad le había hecho un nudo en la garganta.
—Salida número 17 del establo este —susurró ella bajito—. Te están esperando, apúrate. Yo tengo que quedarme aquí.
Fafnir no comprendió de inmediato lo que sucedía. Una fuerza invisible tomó posesión de su cuerpo. Las piernas echaron a correr y se marchó de allí.
—¡Persíganlo, atrápenlo, atáquenlo! —chilló Cassandra a los guardas—. ¡Háganlo si no quieren que los mate, insectos!
Los guardas lo persiguieron de inmediato. Por encima del sonido de las botas metálicas, Fafnir escuchó que la puerta de la celda se cerraba de un portazo. «Dios, Allena, ¿qué está pasando?», preguntó en su mente. Estaba convencido de que la princesa era la que lo manipulaba y la que lo ponía a salvo de los soldados. «¿Qué haces? Por favor ten cuidado, ¡no dejes que te hagan daño!». El control de la princesa se cortó de repente y el profeta estuvo a punto de rodar por las escaleras.
—¡Con cuidado, con cuidado! —exclamó un guarda cuando lo atrapó justo a tiempo—. ¡Uf! Estuvo cerca.
Fafnir estuvo a punto de golpearlo para escapar, pero entonces le vio un dije con forma de olivo que colgaba de un cordón de cuero. El otro soldado se acercó.
—Qué bien, la cara no se está hinchando tanto como creía. ¡Qué bueno que se interpuso! Habría sido una lástima que a una chica bonita le hieran el rostro.
Él también tenía el olivo incrustado en uno de los botones de plata que ataban la capa a la armadura. Para sorpresa del profeta, los guardas se arrodillaron delante de él y dijeron:
—Salve, príncipe Fafnir.
—¡Oh, oh! —gimió mientras negaba con la cabeza—. ¡No soy príncipe, yo...!
—Es el prometido de la princesa —explicó uno de los hombres—. Técnicamente todavía no es príncipe, pero lo será pronto. Y algún día será el Consorte de la Emperatriz.
—Somos los primeros en reconocerlo, ¿verdad? —comentó el otro con una sonrisa—. Nadie podrá quitarnos eso.
—En lo que podamos servirlo, díganos.
Tenía la mente hecha un desastre y estaba preocupadísimo por Allena. Quería dar media vuelta y sacarla de la celda, pero entendió que entonces se convertiría en un estorbo para ella. Su prometida tenía una reunión familiar y él debía tener la propia. Se rascó la cabeza como si con eso pudiera sacarse una idea. Al final tomó una decisión.
—Salida número 17 del establo este. Por favor, llévenme allí.
Los hombres asintieron y lo acompañaron.


Faltaba un par horas para el amanecer. La alarma ya se había callado y el cielo comenzaba a aclarar. Los guardas que estaban cerca miraban a cualquier otra dirección menos a las puertas que se abrían en silencio. Vigilaban que nadie entrara o saliera sin ser identificado. El pase era un botón, una tarjeta, una costura, un grabado... cualquier cosa que tuviera el símbolo del olivo. Fue una suerte que Fafnir cargara el papel de su misión, en donde estaba su insignia. De lo contrario no habría podido despedirse de su familia.
Llegó justo a tiempo, pues la carreta estaba a punto de partir. Había varios rescatistas allí, por lo menos más de los que él habría imaginado. Todos vestían trajes negros pegados al cuerpo y tenían la cara cubierta con una máscara de tela que les apretaba sin revelar una sola facción. Aunque escondían su identidad para protegerse, Fafnir estaba seguro de que todos se habían ofrecido como voluntarios. Le alegró ver que había tanta gente comprometida con la organización, que muchos luchaban desde las sombras por la caída de los gemelos y por el reinado de Allena.
Una figura pareció reconocerlo, porque en cuanto lo vio se acercó a él y le dio un buen pescozón en la cabeza.
—¡Eres un tarado! —dijo la chica—. ¡Tenías que estar allí hace horas, baboso!
—¿El---? —La muchacha le dio otro pescozón y lo mandó a callar.
Fafnir la había reconocido por la voz, pero si ella se hubiera quedado callada ni siquiera se habría dado cuenta de que era mujer. El traje delineaba una figura sin las curvas de una chica. Por lo que sabía, todos los demás también podían ser mujeres. Esos trajes eran en verdad engañosos.
Eli lo encaminó a empujones hacia la carreta, donde otro par de enmascarados colocaban una lona. Con una seña les indicó que se detuvieran e invitó a Fafnir a acercarse. El chico se estremeció al ver a su familia. Su padre tenía un brazo dislocado, las mejillas regordetas ahora estaban hundidas y los ojos los tenía entreabiertos, como si delirara por la fiebre. Su hermano Marcus tenía las piernas llenas de huecos, como si le hubieran metido decenas de tornillos. Estaba recostado en Jelian, que aunque también estaba herido no podía dormir.
—Llegas tarde —dijo su hermano—. Casi temí que la visión no fuera acertada y no pudiera ver tu tonta cara nunca más.
Fafnir sabía que Jelian bromeaba pero no se atrevió a responder. Se sentía muy avergonzado de estar tan entero mientras ellos estaban tan mal. ¿No se suponía que él era el sacrificio, el que iba a sufrir a manos de Cassandra en lugar de ellos? Si la princesa no lo hubiera reclamado, si tan solo él estuviera en el harén consumido en la droga, su familia no estaría así ahora.
—Cielos, no te lo tomes tan mal. En lugar de poner esa cara, alégrate de que estemos vivos. Parece que estás en un funeral. —Jelian arrugó la frente y dijo—: Despierta a mamá. Me agarrará a pescozones si no se despide de ti.
Después de ver a Aurelio, Fafnir no se había atrevido a mirar a Liria. Como era el hijo menor era también el pequeño de la casa, el más apegado a su madre. No soportaría verla lastimada. Pero como de verdad sabía que ella se enfadaría con Jelian y que el pobre la necesitaba para recuperarse, la meció con suavidad hasta despertarla. A pesar de la falta de baño la vio linda. No tenía ninguna herida en la cara ni estaba dramáticamente delgada, lo que lo alivió y extrañó por partes iguales.
—Hola, mamá —sonrió.
—Hola, tesoro —le respondió ella somnolienta—. ¿Qué día es hoy? ¿Vas camino a Palacio como tributo o nosotros saldremos de Masca?
Los poderes de Liria constantemente la confundían, pues le era difícil distinguir entre el pasado, el presente y el futuro. A veces Jelian y Marcus también tenían esos lapsus, pero Fafnir nunca los padeció. Era una de las ventajas de tener poderes visionarios mediocres.
—Me parece que saldremos de Masca, madre. —Liria le sonrió con condescendencia.
—No, tesoro. Nosotros saldremos pero tú te quedas. —Acarició la mejilla de Fafnir con una mano delgada y callosa, en lugar de gordita y suave como cuando Fafnir era niño. Liria dijo—: Serás el padre de un Emperador. Heredará el perfil de tu cara, pero los ojos y el cabello de la madre. —Frunció el ceño y sonrió, como si a la vez riera y condenara una travesura del nieto en sus visiones—. Tendrá tu calidez y voluntad para hacer cambios y sacrificios, pero me temo que también tu inteligencia.
—¿Lo temes? Muchas gracias, nos has llamado tontos a los dos.
—A estas alturas ya deberías entenderlo, tesoro. Después de un largo periodo de oscuridad y tormento, sigue otro de paz y felicidad. Pero también, después de una era de luz sigue otra de tinieblas. La princesa es una luz tan potente que alumbrará dos reinados. Por las semillas que sembraste en su corazón será capaz de iluminar el camino de aesirianos de diferentes eras. Pero cuando cierre los ojos nosotros también quedaremos ciegos, sin su luz. Los que la siguen...
Liria torció el gesto cuando un espasmo repentino la atacó. Fafnir quiso ayudarla. Levantó la cobija que la cubría para buscar alguna herida. El mundo se le vino encima cuando vio que las piernas de su madre eran como dos delgadas y negruzcas ramas. La gangrena le había consumido las extremidades. Por lo que veía a través de la ropa, avanzaba hacia las caderas.
—Quédate —suplicó el muchacho—. Todos, ¡quédense aquí! Allena los protegerá, los mantendrá a salvo de los gemelos...
—Fafnir...
—¡Es que no sabes! —Fafnir recordó el chillido de Nana, su cuerpo derretido y los cables que la princesa le insertó para resucitarla—. Allena puede ayudarte, mamá. ¡Oh, es tan inteligente! ¡Construyó una máquina que cura! Puede sanarte, salvarte la vida, quizá incluso las piernas. Si te quedaras...
—La máquina de la princesa no estará lista sino dentro de muchos años, tesoro. Y sí, tienes razón: es muy inteligente. Es una genio. Pero para cuando logre estabilizar su invento yo ya habré perdido las piernas. —La cara de Fafnir debió de ser muy desconsoladora, porque la voz de Liria tembló de afecto cuando dijo—: No te preocupes, porque voy a sobrevivir. Un doctor nos revisará antes de salir de Masca. En una visión, uno de tus sobrinos me cargaba a la espalda mientras paseábamos por un campo de flores.
A Fafnir eso le pareció una mentira, un engaño para que la dejara ir, pero no se atrevió a decirlo. Si la llamaba mentirosa la enojaría y no podría hacerla quedarse en Masca. Liria continuó:
—Es esa inteligencia la que maravillará al Imperio. El suyo será el periodo de Esplendor: ciudades aéreas, acuáticas, subterráneas... Todo estará unido, todo estará bien, todo resplandecerá. —Fafnir sabía de qué hablaba su madre. Él también vio las ciudades que construiría su prometida, y la luz tranquilizadora que emanaría de cada una de ellas—. Esa inteligencia es un don que no se repetirá en las generaciones venideras. Tus hijos no heredarán esa habilidad y...
—... después de una era de luz sigue otra de tinieblas. —Un escalofrío recorrió la espalda de Fafnir al entender lo que su madre quería decirle.
—Tus hijos serán buenos, como tú y como ella. Pero si bien ahora los Aesir cargarán las semillas de la bondad y calidez que tú le diste, también cargarán otras menos benévolas. Aunque sobrarán las buenas intenciones, ya no habrá más genios como la princesa y todavía habrá más Helenos y Cassandras. Eso es inevitable. Los periodos de luz y sombra se alternan y no hay nada que podamos hacer. Salvo escapar. La premonición es un don que puede hacer mucho bien en las manos adecuadas. O traer muchos infortunios en gobiernos como el de hoy. Los buenos Emperadores no necesitarán nuestros dones para las épocas de paz, pero los tiranos a venir estarán sedientos de profetas. Debemos marcharnos ahora que podemos, concluir nuestra participación en la obra hasta que sea el momento de subir otra vez al escenario. La historia de tu padre, hermanos y la mía llega hasta aquí, Fafnir, pero la tuya continúa un poco más.
Su madre tenía una forma particular de explicarle las cosas. Al ser criado en una familia de profetas, sabía que los demás comprendían mucho sin hablar de ello porque lo veían. Pero él no tenía ese don. Su capacidad visionaria era muy inferior a la de sus hermanos y de pequeño se mortificaba por ello. Solía preguntarse por qué su poder era tan mediocre, por qué no podía siquiera ser la mitad de hábil que Jelian o Marcus. Su madre nunca se preocupó por lo que parecía ser una falta y lo consoló al decirle que todo tenía un motivo, aun cuando no lo pudiéramos comprender de inmediato.
Fafnir ahora lo entendía.
Él era el menos hábil de los profetas porque la princesa no necesitaba a un adivino como marido. Ella no necesitaba alguien que le leyera la fortuna o viera derrotas y victorias en el futuro. Lo que necesitaba era alguien que la incentivara, alguien que creyera en ella, alguien que se le enfrentara y la cuestionara. Alguien que se interpusiera entre ella y una bofetada de Heleno. Alguien que corriera por Palacio a su lado en busca de una aya querida. Alguien que le enseñara los diferentes tipos de flores en el jardín. Alguien que se enamorara de ella por su ingenuidad y torpeza tanto como por su belleza y genialidad.
Ella necesitaba a un Fafnir, tal y como él necesitaba a una Allena.
Y para la nueva etapa de su vida, él ya no necesitaría a su familia. Todos los días sentiría lo contrario, pero incluso sin capacidad visionaria sabía que saldría adelante sin ellos.
Porque todo cuanto necesitaría estaría a su lado por el resto de su vida.


—¡Adentro, traidor! —bramó el soldado antes de lanzarlo a la celda.
Fue una buena actuación. Fafnir ni siquiera tuvo tiempo de acentuar la caída, así que la barbilla fue lo primero que aterrizó sobre el duro y áspero suelo. Fue un milagro que no se cortara la lengua cuando se la mordió. Después escuchó el portazo cuando el guarda cerró, y las carcajadas y pasos crueles mientras se alejaba. «No tienes nada que hacer aquí, hombre», pensó Fafnir mientras se sentaba y se acariciaba la mandíbula. «Tu lugar es en un teatro».
Si todos los demás soldados eran como ese que lo persiguió desde la prisión de los profetas, lo acompañó a la despedida de su familia y luego lo llevó «preso» a las mazmorras subterráneas, entonces Fafnir no se sorprendía de que los gemelos se sintieran tan seguros de la lealtad de los guardas. ¡Eran actores de primera!
Su familia ya estaba a salvo. Nunca los volvería a ver pero eso no importaba. Incluso ahora, Fafnir quería creer que Liria sobreviviría a la gangrena, que ella y Aurelio serían unos abuelos tiernos, y que Jelian y Marcus tendrían cada uno una buena familia. Seguirían caminos separados pero en el corazón todavía estarían juntos. Por el bien de ellos y sus sobrinos por venir, Fafnir debía trabajar para asegurar que el reinado de Esplendor de Allena llegara algún día. Por eso él también debía actuar el tiempo que fuera necesario para que la organización decidiera lanzar el grito de guerra, derribar a los gemelos del poder e instaurar el olivo como la bandera de la futura Emperatriz.
—Te hemos esperado por un buen tiempo, gusano —masculló un hombre delante de él.
Fafnir alzó la mirada y encontró a un hombre mayor envuelto en una túnica blanca. Era un sacerdote encargado de sacar la «confesión» de los traidores, aun a punta de golpes. Quiso reírse en la cara del aesiriano, decirle que todos sus intentos serían en vano porque pronto vendría la revolución y los tiranos –y todo aquel que los apoyara– caerían redonditos.
Se tragó esas palabras no solo porque eran imprudentes, sino también porque detrás del hombre estaba la princesa. Al igual que cuando Heleno abrió la celda de los profetas, Allena estaba sentada en un catre, inmóvil e inexpresiva. Salvo que ahora tenía la cara amoratada por los golpes y no podía abrir un ojo porque el párpado estaba hinchado. El vestido lo tenía rasgado como si una bestia salvaje la hubiese atacado. Tenía aruñados los brazos y las piernas, el abdomen y los pechos, el cuello y el rostro.
A pesar de que el sacerdote tenía una amenazadora maza en la mano, Fafnir se levantó y corrió hacia la muchacha. Con delicadeza le tomó el rostro y le preguntó qué había sucedido, pero ella no le respondió.
—Sus padres la castigaron —explicó el sacerdote—. Sus Majestades no perdonan actos de traición, ni siquiera a su hija.
Fafnir chupó los dientes, furioso.
—¡Te dije que tuvieras cuidado! —la regañó—. Allena, eres fuerte. Pudiste haberlos matado si quisieras, nadie te habría dicho nada. Ya todo esto habría terminado.
—Son mis padres... —susurró ella—. No puedo matarlos... Ni siquiera ahora que entiendo todo lo que han hecho. —Buscó el abrazo de Fafnir. El muchacho recordó el pequeño petirrojo que lo guio hasta la torre. Ella ya no le parecía tan alta y majestuosa como la primera vez que la vio, sino mucho más pequeña y frágil, pero tan valiente como el pajarillo—. Lo que hicieron a tu madre... ¿Al menos la viste? ¿Te despediste de ella y los demás?
—Sí, lo hice.
—Entonces valió la pena y todo está bien —susurró ella tranquila—. Algún día enviarán un regalo. Dijo que cuando nuestro Fafnir naciera, enviarían una estrella para celebrar su vida. Entonces sabríamos que están bien y que el camino de nuestro hijo será bendecido.
Fafnir la abrazó y se juró que algún día estarían libres de los gemelos. Allena levantaría ciudades magníficas y su hijo crecería en ellas, orgulloso del reinado que heredaría. El sacerdote interrumpió la ilusión al dar un paso hacia ellos con la maza en alto.
—Si la tocas —lo amenazó el profeta—, te juro que te haré el cerebro gelatina. A mi mujer nadie jamás la dañará de nuevo.
Fafnir no soltó a la princesa ni despegó la mirada de los ojos del sacerdote. El hombre no tuvo miedo y dejó caer el mazo. El profeta estaba listo para lanzársele encima y arrancarle los ojos, pero para su sorpresa el arma se estrelló contra el suelo y soltó terribles aullidos de dolor por sí misma. El sacerdote se arrodilló con la mirada fija en él y con la maza en el suelo. Fafnir no entendió lo que sucedía hasta que Allena dijo:
—Es un arma encantada. No hace más que imitar gritos.
—Si alguien espía —explicó el sacerdote en un murmullo— debe escuchar sus gritos, Altezas. —El hombre señaló con la cabeza una serie de instrumentos de tortura diseñados para triturar huesos—. Me temo que también debemos usarlas, por lo menos para que los tiranos no sospechen si los ven intactos. Debemos ser lo más certeros posibles.
—¿De qué estás...?
El sacerdote calló la pregunta de la princesa al quitarse la túnica y mostrarle un olivo tatuado en el pecho. Allena todavía no comprendía qué significaba, pero Fafnir tuvo que hacer un gran esfuerzo para no reírse a carcajadas y estropear los gritos falsos de la maza.
—¡Hombre, y yo que estaba listo para matarte! ¡Resulta que eres el tipo más comprometido que he visto hasta el momento! Tatuarte la insignia en el pecho... ¡No podrías salvarte si te pillan!
—Ni querría hacerlo —respondió el otro muy serio y se incorporó—. Azor me ha encomendado «aplicarles tortura», lo que quiere decir protegerlos. Otros sacerdotes en mi unidad están demasiado asustados de los gemelos como para atreverse a desobedecerlos. Pero yo estoy lo bastante furioso y enloquecido como para no hacerlo. —El hombre buscó entre las máquinas una trituradora de dedos, el castigo menos cruel de entre todos—. Si lo hacemos ya, tendrán más tiempo para recuperarse. Ella —dijo viendo a la princesa— lo necesitará.
—¿Qué quieres decir? —Fafnir tuvo un mal presentimiento.
—Mis padres han decidido que al fin harán algo con las guerras civiles, los conflictos vanirianos y las rebeliones humanas —murmuró la princesa—. Para demostrar que les importa el Imperio, enviarán a su heredera a hacerse cargo de la situación. Por eso saldré en menos de una semana en compañía del General Kèrmiac rumbo al otro continente.
La noticia descorazonó a Fafnir. No era posible que justo después de darse cuenta de lo mucho que necesitaba a esa muchacha, ella misma le dijera que se separarían por tiempo indefinido. Él le pertenecía a ella, pero todavía no sabía si ella le pertenecía a él. Incluso hasta ese momento no sabía si deseaba casarse con él o si aceptaba el matrimonio como algo inevitable y ordinario. Él todavía estaba empeñado en casarse con ella, tal y como el día en que se presentó como pretendiente, pero ahora por razones diferentes. Ya no la veía como el menor de dos males, sino como lo mejor que podía pasarle en la vida.
—Alteza... —la llamó el sacerdote mientras le enseñaba el triturador—. ¿Es zurda o diestra? Si me da la mano que menos utiliza el viaje será más fácil para usted. El General Kèrmiac le enseñará a usar una espada, creo, pero no tendrá compasión de usted ni aunque tenga una mano rota. —La chica extendió una mano pero no la metió en el triturador. No parecía asustada cuando dijo:
—Sé que es necesario pero antes quiero pedirte un favor. —Miró al profeta a los ojos y ordenó—: Cásanos. Ahora que tengo la bendición de la madre y el hermano de Fafnir, ahora que sé lo mucho que lo extrañaré mientras esté afuera, ahora que sé que él tiene la aprobación de Nana y de Eli... Ahora que lo quiero como nunca he querido nada ni a nadie en la vida, ¡cásanos!
Ese era el momento y lugar adecuados: cuando los dos tenían las bendiciones de las personas que de verdad importaban y cuando estaban a punto de traer juntos el esplendor después de la era de oscuridad. Ninguno vio tan clara la luz al final del camino como el momento cuando se aceptaron el uno al otro por la eternidad.



"Los Hijos de Aesir: Dos Tronos" © 2013-2017. Ángela Arias Molina

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