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Capítulo 12

12
LA ELECCIÓN DE OLIVO


Silencio. Ni siquiera los tambores acompañaron la marcha pausada de los caballos, aunque la norma era recibir a una comitiva militar con redobles. Desde hacía varios días la Capital era un lugar callado y tenebroso como una tumba. Se suponía que era verano, que el sol debía alumbrar como nunca en el año. Pero desde que corrió la noticia de que el General Kèrmiac y la princesa heredera estaban en los controles de la frontera, todo se había llenado de penumbra.
Era difícil saber si los ánimos de los mascalinos o si un hechizo de los Emperadores gemelos era lo que tenía a la ciudad oculta bajo un manto de nubes grisáceas. Por la tarde llovía a cántaros, durante la noche había tormentas eléctricas y en la mañana caía un fino aguacero que prometía un día igual al anterior. Solo al mediodía escampaba un poco, lo suficiente para que se vieran los estragos de la lluvia y se intentara repararlos antes de que el cielo se abriera de nuevo.
—¡La princesa lo hizo bastante bien en el otro continente y en el Este del Principal! —decían de vez en cuando los niños—. ¿Entonces por qué estamos tan tristes?
Pero sus padres los callaban de inmediato, porque ellos sí comprendían que esas no eran tan buenas noticias. Sí, la princesa detuvo los estragos en el Este. Y por lo que decían los rumores, había creado un enorme prodigio en el continente desértico: una torre tan alta como una montaña, casi tan ancha como Masca y tan azul como el cielo y el mar. Pero también quemó colonias vanirianas y pueblos aesirianos rebeldes por igual; y bajo su comando –y también su mano– muchas cabezas rodaron.
En parte se habría justificado sus acciones en que exterminó a algunos que caldeaban los ánimos y ponían en peligro la seguridad de civiles que solo querían paz, sin meterse en los asuntos políticos que dañaban tanto al Imperio. Pero había rumores que hablaban de los gemidos, luces y auras mágicas tenebrosas que se percibían en la tienda de la princesa durante cada campamento.
—Es una practicante de las Artes Oscuras —susurraban algunos en la seguridad de sus hogares—. Será peor que los gemelos...
Había más orden en el Este, pero los mascalinos creían que se debía al miedo. La princesa debía de ser peor que sus padres si con cada paso que daba aterrorizaba a los rebeldes del Este y con su sola mirada domaba al General Kèrmiac.
Como si eso ya no fuera lo bastante malo, los gemelos estaban disgustados. Los tenía sin cuidado el estado del Imperio, pero con cada noticia de las hazañas de la princesa se hacían más y más crueles. Al principio la gente estaba asombrada, incluso complacida. Por un tiempo estuvieron esperanzados y anhelaron que la chica regresara pronto a Masca para reclamar el Trono. Aunque nadie lo dijo en voz alta, para no perturbar los oídos de Heleno y Cassandra, los gemelos lo sabían porque los sirvientes estaban menos asustados, los reportes militares eran menos insistentes y los guardas estaban menos trasnochados y mucho más sonrosados. Incluso sonreían.
Los mascalinos comprendieron con rapidez que Heleno y Casandra esperaron que la chica muriera en la guerra y que las batallas acabaran con la única amenaza que tenían.
Pero eso nunca sucedió. La princesa sobrevivió, ganó méritos y, peor aún, conocimiento. Ahora sabía lo fácil que era imponer su voluntad sobre otros y lo demoledora que era su magia. Sus padres fueron el único obstáculo que le impedía ver lo que el resto del Imperio sabía: ella era la criatura más poderosa sobre el planeta y prácticamente podía hacer lo que le viniera en gana. Pero con su aparente predilección por la magia oscura, lo que fue esperanza para la gente se convirtió en terror, porque ahora solo podía suceder una cosa: la lucha por el Trono. Ganara quien ganase, el pueblo siempre perdería.
Por eso ahora que la muchacha cabalgaba hacia Palacio, a paso lento junto a su escolta, los mascalinos la veían asustados. A ambos lados de la calle principal había filas de civiles que en tiempos más felices y sencillos habrían recibido con aplausos a un Aesir. Pero ahora guardaban un respetuoso y asustadizo silencio, pues detrás de ellos había otra fila de soldados armados con la orden de atravesar a cualquiera que se moviera de su sitio, hablara o tan siquiera sonriera al paso de la muchacha.
Los gemelos no estaban felices con el regreso de la chica. Ellos sabían tan bien como el resto que la disputa se daría tarde o temprano y que, por su cuenta, no tendrían oportunidad alguna contra una Virtuosa... aunque eso no significaba que no le darían batalla. Por eso las murallas de Palacio estaban abiertas para recibir oficialmente a la princesa, pero tenían en los puestos de vigilancia a un sinfín de arqueros. La entrada principal tenía también a más de un batallón de soldados, que cerraban filas en la plaza de recibimiento, y tenían la orden de atacar a la escolta de la princesa y a cualquier otro que demostrara favoritismo por ella. Para cerrar la amenaza silenciosa y directa de los gemelos, estaban los Generales Montag, Tonare y Grendiere –los tres al lado de Heleno y Cassandra–, cada uno con algún Escuadrón de los Elementos a su cargo. Kèrmiac era el comandante del Escuadrón Terra, que era el mismo que en ese momento hacía de escolta de la princesa.
Los Emperadores estaban en lo alto de un balcón que daba a la plaza, los dos vestidos de negro. Heleno tenía Draupnir acomodada en las sienes. La corona era una delgada franja de plata, de superficie lisa con excepción de una bonita piedra con forma de lágrima celeste –de la misma intensidad que los ojos de los Aesir– justo en medio de la frente.
De Draupnir había muchas leyendas. Algunas decían que estaba hecha del metal bendecido por Dios, lo cual era muy probable, y que la extraña piedra poseía poderes poco comunes como las artes de la mente. Este último rumor debía de ser falso, porque los muertos habrían sido muchísimos más si Heleno tuviera la capacidad de leer la mente de quienes lo rodeaban. Otra leyenda decía que la piedra era ni más ni menos que el núcleo de Masca, pero esto parecía ridículo. Hlidskjalf era el centro de comando de la Capital, por lo que debía tener el núcleo en el interior. Pero aun así Draupnir potenciaba la sincronización de los Aesir. Además, según algunas viejas historias, convirtió en gelatina los cerebros de un par de príncipes que intentaron tomar el Trono cuando sus padres todavía vivían o no eran los siguientes en línea.
Cassandra tenía a Gungnir entre las piernas, con la punta clavada en el suelo. De esa manera todos podían ver la enorme espada: la hoja larga y ancha, llena de runas con los nombres de los Emperadores anteriores, y el mango también de plata y con tres piedras incrustadas. Estas eran idénticas a la de Draupnir, pero las dos de los extremos eran un poco más pequeñas, como si fueran las damas de compañía de la del medio.
Gungnir y Draupnir eran la verdadera ventaja de los gemelos, pues, si bien eran símbolos de poder, podían ser usados como armas. Aunque no se sabía a ciencia cierta la función original de Draupnir –más allá de ser un bonito adorno para la cabeza–, era cierto que permitía la sincronización aun cuando el Emperador no estuviera sentado en el Hlidskjalf. Y, ¡qué diablos!, hasta una Virtuosa tendría problemas para tomar una ciudad si ésta, literalmente, se defendía. Además, la hoja de Gungnir no era un adorno. Heleno usaba otra espada cuando él mismo quería ejecutar a alguien, pero Gungnir lo mismo partiría una barra de mantequilla que una barra de metal.
Al fin el grupo cruzó las murallas de Palacio y entró a la plaza de recibimiento. Los rostros de los soldados del Escuadrón Terra estaban relajados, como si no se percataran de la complicada situación que se desarrollaba. En realidad sí la comprendían, pero tenían órdenes claras. Cuando el General Kèrmiac hizo una seña con el brazo, él y los guerreros se detuvieron, se bajaron del caballo y se unieron a los batallones de los Emperadores.
La chica llegó al centro de la plaza sin echar de menos a los hombres que la habían abandonado. Ni siquiera se preocupó por el caballo, que también escapó de ella apenas bajó. Quedó sola en media plaza, rodeada de soldados, arqueros y hechiceros, todos apuntando a su cabeza o corazón. Pero ella no dio señales de ningún tipo. Lo único que hizo fue ver fijamente a sus padres, como si ellos fueran los únicos que estuvieran allí.
—Majestades —dijo al fin, a la vez que inclinaba un poco la cabeza.
El pelo lacio lo traía suelto, pues era imposible sostenerlo. Le caía por la espalda y el pecho, como en una cascada, y le bajaba hasta casi las rodillas. Daba la impresión de que estaba protegida por una fina armadura de cabello, aunque en realidad llevaba una de plata negra. Parecía la estatua de una diosa, tan alta y majestuosa como si la plaza fuera su templo y los batallones sus fieles seguidores. Era como una ficha de ajedrez, como una brava reina negra y blanca a la vez, pues la piel pálida de sus manos y rostro resaltaba como si fuera hecha de luz.
—Allena —se limitó a decir Heleno mientras la miraba con frialdad. El Emperador hizo un gesto, lo que provocó la reacción inmediata de los batallones: los lanceros en las primeras filas apuntaron hacia la chica y permanecieron inmóviles, listos para disparar las lanzas en cuanto Heleno diera la siguiente señal—. ¿Juras lealtad al Imperio?
—Por supuesto —respondió ella sin chistar y con la voz firme.
—¿Juras lealtad a nosotros —esta vez fue Cassandra—, tus padres y gobernantes?
—No.
Lo dijo en el mismo tono de la respuesta anterior, como si lo que le preguntaran fuera si le gustaba la piña, el aguamiel o el postre. Aun así, para los gemelos fue muy impactante escucharla hablar. Ella nunca les había negado nada con excepción, quizá, compartir lecho con Heleno; sin embargo, ahora les decía que no frente a un sinfín de gente.
—Quizá no escuchaste bien —insistió Cassandra—. Tienes que ser más cuidadosa, cariño. Tu madre te ama, pero hasta yo sé que tu padre debe castigarte si eres una niña mala. —Ella no respondió, por lo que la tensión de los soldados aumentó. Heleno suspiró, molesto por la actitud de la muchacha y la solemnidad con que la miraban los mascalinos, y dijo:
—Esto me pone muy triste, hija mía. Pero si no refuerzas tus votos de lealtad, ya no puedo mimarte más. Ven aquí. Debo darte castigo.
—No —dijo la chica mientras ladeaba la cabeza, lo que hizo que una cascada azabache le resbalara por el hombro—. Lo he meditado por largo tiempo, padre, y he llegado a la conclusión de que ya no puedes ser Emperador por más tiempo. Si me castigas, no habría quién te suplantara.
Alguien se rio. Aunque los tres Aesir buscaron al gracioso, la masa de soldados anónimos impidió distinguir a nadie en especial.
—Entonces, padre —siguió la muchacha mientras levantaba una mano hacia el balcón, como si invitara a Heleno a tomarla—, ¿me darás Draupnir ahora? Olvidaré esta particular bienvenida, todo acabará pronto y podremos seguir adelante, en paz.
—Mocosa insolente —mascullaron los gemelos a la vez. Los dos se pusieron de pie y dijeron—: ¿De verdad te atreves a desafiar a tus padres, después de todo lo que hemos hecho por ti?
La actitud de la muchacha cambió de inmediato. Antes su rostro no había demostrado ninguna expresión, pero ahora frunció un poco el ceño y los ojos le chispearon:
—No era un desafío —dijo ella en un tono alto y claro, como si el viento transportara sus palabras—. Yo los amo. Son mis padres y por eso, a pesar de todo, sí los amo. Quiero protegerlos, pero también quiero hacer algo con lo que sucede fuera de Masca. Yo... no quiero... ser igual a ustedes... Tengo que hacer algo para mejorar todo esto. Por eso pregunto, ¿me darán Draupnir, Gungnir y el Hlidskjalf en buenos términos? ¿O tendremos que justificar la presencia de los soldados?
Por un momento, los mascalinos creyeron que seguiría el silencio solemne entre la pregunta de la princesa y la respuesta de Heleno, pero no sucedió así. Apenas la chica terminó de hablar, los bloques que formaban el suelo de la plaza de recibimiento se alzaron de manera arbitraria. Los soldados retrocedieron y rompieron filas por la sorpresa, y los que estaban más cerca de la plaza recibieron un buen golpe. Cuando el temblor cesó, el suelo se restableció y cayeron sobre él algunos pequeños trozos de mármol que no lograron unificarse a los demás. Pero también estaba allí Heleno, en el centro de la plaza. Hermoso con su largo cabello negro, magnífico con la corona de plata y todopoderoso con Gungnir en las manos. Pero la princesa no estaba en ninguna parte.
—Padre, de verdad yo no quiero pelear.
Los soldados emitieron un chillido de sorpresa cuando la princesa apareció detrás del Emperador, como si de repente se materializara allí. Heleno giró sobre los talones con la espada extendida a la altura del cuello de su hija, dispuesto a matarla, pero apenas fue capaz de disfrazar su expresión de sorpresa cuando cortó aire. Allena ya no estaba allí.
—No quiero pelear —repitió la muchacha, esta vez en el flanco descubierto del Emperador—. Dame tu sitio y me encargaré de que tú y madre conserven la vida. Te lo prometo.
Esto enfureció a Heleno. La piedra de Draupnir chispeó con la misma furia en los ojos del hombre, y de nuevo la plaza de recibimiento se sacudió. Los bloques del suelo se levantaron otra vez sin orden ni concierto, creando de vez en cuando las paredes de un laberinto que encerraba a la chica y, a veces, una suerte de resorte que lanzaba lo que fuera a varios metros de altura. Algunas veces los bloques se movían como si quisieran aplastar a la princesa. En otras ocasiones se sacudían para hacerla perder el equilibrio. Pero ella se movía entre los bloques como si estuviera hecha de aire y avanzaba hacia su padre sin que la sincronización la detuviera.
Si alguien hubiese prestado atención a Cassandra, habría visto que sus manos sostenían tan fuerte la baranda que estaban a punto de destrozarla. Pero todos tenían la mirada puesta en el combate entre el Emperador y la princesa. El modo en que ella se movía hacía suponer que atraparía a Heleno y lo derrotaría, pero él sabía que no podía quedarse inmóvil. Así que Heleno se espabiló y avanzó hacia Allena. Se movía con la misma rapidez que su hija, listo para decapitarla en cuanto ella entrara en el rango de Gungnir. Los bloques se alzaban y bajaban. Los dos Aesir no solo tenían que evadir los golpes del otro, sino también los de la plaza.
Sin embargo, había algo inusual. Los soldados no cayeron en cuenta de eso hasta ya avanzada la pelea: la princesa estaba desarmada. Ni siquiera intentaba golpear la cara de Heleno, pues lo único que hacía era buscar el puño de su padre para arrebatarle la espada. La muchacha era tan alta como un hombre y veloz como una gacela, pero el Emperador tenía una clara ventaja. Cuando Allena logró sostenerlo por un momento de la mano, él la acercó hacia sí y después le dio una patada en el abdomen. La lanzó contra un bloque que tenía de espaldas y que en ese momento estaba muy elevado. Ella chocó con fuerza contra él, pero casi de inmediato el bloque regresó a su posición original en el suelo y le quitó el apoyo. Allena cayó de espaldas y un nuevo bloque, justo delante de ella, se levantó. La chica fue lo bastante rápida para recoger las piernas y evitar que se las golpeara o, peor, que se las cortara; pero el Emperador tenía algo más en mente. Ya que ella no podía verlo por el bloque, Heleno aprovechó y cortó el mármol con Gungnir. Después empujó el gran trozo de roca y lo hizo caer sobre su hija.
—¡No! —chilló alguien entre la multitud, pero Heleno mandó a callar al anónimo:
—¡Silencio! —gritó. Luego colocó la punta de Gungnir en el suelo y todos los demás bloques regresaron a su sitio. La plaza estaba de nuevo lisa, con excepción del trozo de mármol que Heleno había cortado y lanzado sobre Allena—. ¿Quién ha sido, ah? —gritó de nuevo mientras encaraba a la multitud—. ¿Quién es el traidor que quiere compartir el destino de mi hija?
Nadie, ni en la plaza ni en las calles cercanas, se permitió tan siquiera respirar. Ni siquiera los soldados se atrevieron a moverse de su sitio, aunque las primeras tres filas que estaban más cerca de la plaza estaban llenas de hombres ensangrentados que recibieron el golpe de los bloques del suelo o que quedaron aplastados bajo algunos trozos de mármol.
Heleno se permitió sonreír. Al parecer, todo había vuelto a la normalidad. Ahora solo tenía que ordenar que limpiaran la plaza y que lanzaran el cadáver de la muchacha a un pozo. O, mejor, cortarle la cabeza y colocarla en una pica para que nadie nunca más se atreviera a hacerse ilusiones de que alguien los destronaría a él y a su hermana. Pero entonces escuchó un chillido de sorpresa y sufrimiento. No fue ninguno de los soldados, pues ya estaban bastante pálidos e inexpresivos como para mostrar sorpresa. La que gimió fue Cassandra.
Heleno se volvió de inmediato, temiendo que algún rebelde hubiese aprovechado la conmoción para acercarse a la Emperatriz y dañarla. Pero cuando miró el balcón, se percató de que Cassandra estaba ilesa. Eso sí, tenía la cara descompuesta del horror y señalaba algo a unos pasos de su esposo. Heleno miró el bloque que él mismo había cortado y comprendió lo que tanto alteraba a Cassandra: la roca se había movido. Pasados unos segundos, los escombros cayeron a un lado y dieron lugar a la princesa. Allena se irguió llena de polvo blanco que se teñía de rojo.
—Te dije que no quiero pelear —dijo ella en un murmullo lo bastante claro como para que varios de los soldados la escucharan—. Por favor, dame tu sitio a las buenas. No me obligues a hacer algo desagradable.
La chica estaba un poco encorvada, como si se hubiera lastimado la espalda. También tenía una cortada en algún lugar de la cabeza, pues la sangre le caía por la cara, el cuello y le bajaba por el brazo izquierdo. Pero aun así conservaba esa aura de grandeza que había cautivado a tantos pretendientes y que incluso ahora cautivaba a los soldados que la veían.
—Necia —dijo Heleno mientras tomaba posición—. Te convenía más quedarte bajo los escombros. Te convenía más haber nacido tarada y deforme.
El Emperador se lanzó hacia ella con una velocidad de vértigo, en un ataque tan brutal que los soldados comprendieron de inmediato por qué ningún General había intentado enfrentarlo. Era tan veloz y fuerte que era imposible creer que ese era el mismo hombre que malgastaba el tiempo entre banquetes y orgías. Todo sucedió muy rápido, pero algunos de los mascalinos sí alcanzaron a escuchar la advertencia de Cassandra:
—¡Cuidado, tiene algo en la mano!
Pero nadie alcanzó a ver el momento en que la chica atacó. Pareció que ella se quedó inmóvil a esperar el golpe de gracia. Pero después de que Heleno la atravesara y girara sobre los talones para recibir algún contraataque, ella todavía permaneció en pie. Todos creyeron que la muchacha se desplomaría en algún momento, o que caería a pedacitos después de recibir alguna serie de cortadas de parte de Gungnir. Por eso se sorprendieron cuando el que cayó fue Heleno. Al principio nadie comprendió qué pasaba con el Emperador. ¿Por qué de repente colapsó?
—Oh, Dios mío... —murmuró al fin un soldado del Escuadrón Terra—. No tiene... cabeza...
El hombre estuvo a punto de irse de espaldas, sorprendido y confundido por lo que había sucedido, pero el General Kèrmiac lo sostuvo sin casi prestarle atención y dijo:
—Lo decapitó cuando se lanzó a ella. En lugar de recibir el corte de Gungnir, ella cortó el cuello de Su Majestad. Ya estaba muerto antes de que tan siquiera girara sobre los talones. El cuerpo solo siguió moviéndose por inercia. Ni siquiera se dio cuenta de lo que ocurrió.
En ese momento sopló una brisa lo bastante fuerte como para que los mechones de la princesa ondearan. Cuando el cabello se corrió, todos vieron lo que sostenía en la mano: una enorme y pesada espada azul. Se parecía en algo a Gungnir, aunque el color era muy diferente, el diseño del mango era distinto y, desde luego, el material. ¿Era una espada de cristal?
Fue en ese momento que el verdadero encuentro se dio. Al comprender que Heleno ya no se levantaría, Cassandra pegó un grito desgarrador capaz de quebrar vidrios. La princesa se giró de inmediato al balcón, con una cara de arrepentimiento. Si se hubiese disculpado con su madre por matar a papá, a nadie le habría sorprendido.
Pero antes de que pudiera decir palabra, recibió un golpe fortísimo que la lanzó a un extremo de la plaza. Fue por una suerte de reflejos que levantó la espada para protegerse del ataque de un titán en el último momento.
La princesa estaba tirada en el suelo, apenas capaz de defenderse, y encima tenía al General Montag. Roderick lanzaba golpe tras golpe a la muchacha y en cada ocasión variaba el ángulo para herirla. La muchacha bloqueó los sablazos, pero apenas pudo mantener el ritmo. Su espada y la de Roderick se movían rapidísimo, casi parecían un borrón, pero ella no podía levantarse o hacer el truco mágico de aparecerse en otro lugar.
—¡AAAHHH! —gritó Roderick, fuera de sí.
Al fin logró conectar un golpe que desestabilizó a la chica y la hizo perder el control de la espada. Allena cerró los ojos y esperó el golpe final que la decapitaría, tal y como sucedió con Heleno. Por eso no vio a un hombre del tamaño de una montaña, que embistió a Roderick hasta apartarlo de ella. Se atrevió a abrir los ojos cuando escuchó el choque de otras espadas y los chillidos de admiración, confusión e incluso de alarma.
El General Kèrmiac estaba peleando contra Roderick.
Ella no lo comprendió. Kèrmiac no fue precisamente muy dulce en esos meses de viaje y se daba cuenta de que el hombre la miraba con desaprobación cada vez que salía de la tienda. ¿Por qué, entonces, peleaba para protegerla?
—¡Mátenlo! —escuchó que gritaba Cassandra—. ¡Montag, acaben con el traidor!
La princesa escuchó los pasos metálicos de unos soldados y el roce de las espadas contra las armaduras, pero no pudo levantarse a tiempo. Antes de que pudiera reaccionar, estaba rodeada de cuatro Montag. Era imposible obviarlos: rubios, altos, musculosos, con ojos claros como el cielo, ceñudos y con un rostro muy masculino. Los cuatro hombres se abrieron paso entre los soldados con el aire que solo alguien de una Casa Militar es capaz de transmitir. La muchacha chupó los dientes, preocupada de tener que enfrentarse a los cuatro. Quizá no eran Generales, pero, sin importar el puesto de un Montag, siempre eran de los mejores. Para su desgracia, eran también de los más fieles a los gemelos.
Los hombres se detuvieron junto a ella, muy serios y fríos. El de mayor rango se parecía muchísimo a Roderick.
—Kèrmiac no durará mucho contra Roderick —dijo uno de ellos.
El líder miró a los combatientes. Kèrmiac era un hueso duro de roer, pero era bastante mayor que Roderick y no tenía la misma flexibilidad de movimientos. Además, parecía algo desubicado y confundido, como si apenas pudiera creer que se interpuso entre otro General y la princesa. El Montag que lideraba el grupo miró a Allena, luego a Cassandra y suspiró.
—Entonces no nos queda otro remedio. Karae, entra conmigo. Juylen y Kaert, en la retaguardia.
Dicho esto, él y el otro Montag salieron disparados hacia Roderick y su contrincante. Allena sintió que se quedaba sin aire, por eso se sorprendió de la potencia de su voz cuando pidió a Kèrmiac que esquivara el golpe de los nuevos guerreros que entraban en escena. El General que la había acompañado por tanto tiempo no podría contra tres Montag. Eso era imposible. Estaba tan condenado como ella. Pero las sorpresas no dejaron de llegar, pues las espadas de los dos soldados rubios no conectaron con la del anciano, sino con la de Roderick.
La princesa y los soldados contuvieron el aliento, mientras veían a Kèrmiac y a los otros dos luchando juntos contra Roderick.
—¡Traidores! —rugió el General rubio. Con furia y brutalidad apartó a sus oponentes, los separó unos de otros y atacó. Atravesó la armadura de Karae, lo hirió en el abdomen, lo golpeó en la cabeza y lo lanzó a un lado de la plaza, sin sentido. Kèrmiac logró esquivar el golpe, pero el otro Montag recibió un puñetazo en la cara que lo hizo trastabillar—. ¡Ya no eres mi hermano, Hildrek! ¡Muere!
Hildrek cerró los ojos, pero el ataque de Roderick se encontró con la espada de Kèrmiac.
—Un General no cierra los ojos —reprendió Kèrmiac a Hildrek—. Si todo sale bien, tú tomarás el lugar de este demonio en traje de hombre, y deberás restaurar el honor de tu Casa.
Hildrek tomó de nuevo la espada y se alineó junto a Kèrmiac, para luchar contra Roderick. Pero el General Montag se rio.
—Un viejo y un crío no son suficientes para mí, y ustedes lo saben. Hildrek, Hildrek, Hildrek... Has manchado el honor de mi Casa. Acabaré contigo y con las otras ovejas negras antes de que contaminen a toda la familia.
—¡Tú eres la oveja negra! —vociferó Hildrek—. ¡No lo soportamos! ¿No lo entiendes? ¡No aguantamos lo que has hecho con nuestro nombre! ¡Convertiste a los Montag en unos cobardes que se inclinan ante monstruos con corona!
Él y Kèrmiac se lanzaron a pelear contra el General, pero lo que Roderick dijo era cierto: ni los dos juntos podían contra él. Juylen y Kaert, los dos Montag que estaban junto a la princesa, se prepararon para entrar también al combate. Pero antes de que ellos avanzaran, Allena se incorporó y en menos de un parpadeo apareció con la espada extendida, bloqueando un ataque de Roderick a Kèrmiac.
La sorpresa del General Montag no duró mucho tiempo, pues al instante retiró el arma y giró para describir un arco. Cortó el hombro de Hildrek –que estaba detrás suyo, listo para darle un golpe por la espalda– y repelió a la princesa con la fuerza del nuevo ataque. Estuvo a punto de regresar a su hermano para darle una buena tunda, pero fue entonces cuando Juylen y Kaert entraron en acción.
Los soldados y civiles miraron admirados, aterrados y anonadados lo que sucedía: un General, tres Montag y una Aesir luchaban a muerte contra un solo hombre. A pesar de la rapidez y sincronización de movimientos, no podían contra Roderick. El General Montag era lo bastante rápido como para igualar a la princesa –que era la más veloz de sus oponentes–, mucho más fuerte que Kèrmiac y Hildrek juntos, y bastante más experimentado en combate que sus primos y Allena. A pesar de que los números estaban en su contra, Roderick les sacaba mucha ventaja.
—¡Arqueros! —chilló Cassandra desde el balcón—. ¡Disparen!
Al principio, ninguno de los soldados en las torres de vigilancia se animó a disparar, porque no sabían cuál era el blanco. ¿La princesa y los cuatro hombres que luchaban contra Roderick? ¿O el General Montag? Sin Heleno no había un gobernante claro. Aunque Cassandra era Emperatriz, no estaba sincronizada con Masca. Lo mismo con la princesa, quien, aunque había matado a Heleno y podía tomar su lugar, todavía no era coronada.
—¡Que disparen, he dicho! —gritó de nuevo Cassandra, pero en esta ocasión su orden estuvo acompañada de un relámpago.
De los dedos le saltaron unas furiosas chispas que iluminaron el cielo antes de impactar contra dos arqueros. Cuando los demás la miraron, vieron en sus ojos el ansia por disparar al próximo que desobedeciera sus órdenes. El miedo les ganó y comenzaron a disparar hacia la plaza, sin importarles a quién herían.
—Ustedes también —siseó la mujer a los soldados a su lado, es decir, a los Generales Tonare y Grendiere, además de los Escuadrones Vento, Fuoco y Mare—. Quiero que bajen, ayuden a Roderick y me traigan Draupnir y Gungnir de inmediato.
—¿Y usted qué hará, Majestad? —preguntó Tonare mientras ella pasaba a su lado y se retiraba del balcón, precisada.
—Me sincronizaré de inmediato. Los de Mare, quiero que me acompañen.
—Por supuesto, Majestad —dijeron los soldados mientras se cerraban alrededor de ella, como un escudo. Pero entonces uno estiró la mano y sostuvo a la Emperatriz con fuerza.
—Por favor, acompáñenos a la plaza.
Los ojos de Cassandra chispearon por el atrevimiento del soldado, pero a una mirada comprendió que los de Mare no la rodeaban para protegerla, sino para aprisionarla. Miró a los soldados de los otros escuadrones y a los mismos Generales, pero no encontró en ellos una cara amiga.
Sin pensarlo dos veces, atacó.
Mientras tanto, las flechas seguían cayendo en la plaza. Juylen se había apartado del enfrentamiento en cuanto cayó la primera lluvia, pues quería salvaguardar a Karae, el primo al que Roderick había derribado primero. Pero en cuanto él se retiró, Roderick describió un nuevo arco y cortó la garganta de su primo Kaert, que se desplomó al instante con las manos al cuello, intentando detener la hemorragia. Hildrek y los demás intentaron seguir luchando como si nada hubiese pasado, muy conscientes de que un descuido los haría la nueva víctima de Roderick. Pero las flechas caían a diestra y siniestra. A pesar de que llevaban armadura, los tres tenían desde arañazos hasta uno o dos proyectiles incrustados en la piel.
Uno le pasó tan cerca que Allena comenzó a temer no salir con vida del enfrentamiento. Fue justo cuando estuvo muy consciente del peligro y del miedo, cuando el dolor le traspasó el antebrazo. Sintió el calor de la sangre, pero también el frío de la armadura destrozada. El brazo herido era el derecho, el de la espada, y el arma le resbaló de los dedos. Roderick aprovechó para concentrarse en ella, pero Kèrmiac se interpuso justo antes de que la hiriera. La chica reaccionó a tiempo, tomó su espada en la mano izquierda y embistió a Roderick con la misma potencia de un hombre, lo bastante fuerte como para apartarlo de ella y del General herido. Hildrek la sustituyó y enfrentó a Roderick sin darle ni un respiro, pero ella no sabía qué hacer.
—Ayúdelo —le ordenó Kèrmiac, pero ella lo ignoró.
Se inclinó al lado del General, que tenía una herida que le cruzaba el pecho de un lado a otro. El sablazo de Roderick fue tan brutal que le había deshecho la armadura, y varios fragmentos de metal se le habían incrustado en la piel. Perdió el color muy rápido, pero el hombre se negó a darse por vencido. Se levantó de nuevo para regresar al combate, pero la princesa se lo impidió.
—No. Yo me haré cargo. —Titubeó un momento, pero al fin inclinó la cabeza y murmuró—: Gracias.
Avanzó a toda prisa a ayudar a Hildrek. De cinco combatientes, ahora solo dos enfrentaban al General Montag. Su fuerza era monstruosa, pero si no lo derrotaban nunca podrían ponerle ni un dedo encima a Cassandra. Kèrmiac miró la batalla preocupado, sin saber qué esperar de todo esto.
—Señor —llamó Juylen mientras traía a Karae a rastras—. Las flechas se detuvieron.
Kèrmiac miró a los guardias en las torres de vigilancia y se dio cuenta de que no disparaban contra ellos, sino sobre la ciudad. En las calles y en la plaza de recibimiento se había desatado un pandemónium, Mientras ellos luchaban contra Roderick, los mascalinos reaccionaron de diversas formas. En medio del caos había civiles que intentaban ponerse a salvo, pero que se perdían entre los movimientos frenéticos de los soldados que, tan confundidos como ellos, atacaban a oficiales y civiles por igual. Kèrmiac no supo si algún rebelde o soldado habría iniciado el alboroto. Pero había soldados que peleaban entre ellos, así que entendió que algunos intentaban proteger a los civiles del caos, aunque sin éxito. Supo que las cosas se estaban saliendo de control cuando vio relámpagos y bolas de fuego iluminando el cielo.
Estaba prohibido utilizar ese tipo de magia en Masca porque era muy peligrosa. Kèrmiac comprobó esto cuando los primeros hechizos chocaron contra algunos edificios, destruyéndolos.
Los civiles estaban reaccionando. Siempre fueron capaces de defenderse a sí mismos, pero durante el gobierno de los gemelos no recurrieron a esos métodos por temor a empezar una revuelta brutal como la que sucedía en ese momento. Si las cosas seguían así, algunos perderían el control sobre la magia, destrozarían Masca y habría anarquía total. A pesar de los tiempos difíciles, la Capital contaba con un buen número de aesirianos. Si todos perdían el control intentando defenderse, podrían crear un desequilibrio con resultados inesperados.
Kèrmiac supo que tenían que coronar pronto a alguna de las dos Aesir, a Allena o a Cassandra, para que con la sincronización controlara el desastre. ¿Pero a cuál de las dos? Cassandra estaba loca y su hija era una hechicera oscura.
Miró a Hildrek y a la princesa, que daban todo para acabar con Roderick sin lograr grandes avances. Luego vio a Kaert, que yacía sin vida a unos metros de él, desangrado. Después vio el desastre en Masca. Después de esto, ningún aesiriano aceptaría otro mal gobierno. Si las dos opciones que tenían eran malas, se sublevarían por completo y mandarían todo a la mierda, Profecía incluida.
Fue entonces cuando una explosión en Palacio le recordó el poder destructivo de Cassandra. Desde antes había escuchado los gritos que venían desde dentro, pero los había mezclado con el resto del alboroto. Ahora que veía la entrada principal de Palacio, la misma que daba a la plaza de recibimiento, se dio cuenta de que su elección al proteger a la princesa de la furia de Roderick fue acertada. La escalinata por la que bajaba Cassandra estaba tan empapada de sangre que parecía formar parte de una fuente roja. Detrás de la mujer caían los cuerpos de los soldados de Mare, Fuoco y Vento, tan deshechos que algunos ya no parecían aesirianos. Con verla a los ojos se dio cuenta de que lo que ocurría en Masca sería un paraíso comparado con lo que Cassandra haría si tomaba el lugar de Heleno.
—¡Aprésenla! —ordenó Kèrmiac a nadie en particular. El hombre sacó la cadena que llevaba al cuello, de la que colgaba un silbato con forma de ave azor, con una rama de olivo entre las patas. Lo mostró en el aire, esperando que alguien le prestara atención en el desastre, y gritó—: ¡Mátenla, mátenla! ¡Cassandra debe morir!
Cassandra avanzó hacia Roderick para ayudarlo contra Allena y Hildrek. Los dedos le chispearon, listos para acabar con la amenaza de su hija. Ella no prestó atención a Kèrmiac. Pero Juylen se dio cuenta de la importancia del silbato y dio sus propias órdenes:
—¡La princesa, el Olivo elige a la princesa! ¡Protéjanla!
Algunos soldados miraron el silbato de Kèrmiac como si fuera un talismán de buena suerte y se lanzaron sobre Cassandra. La Emperatriz los despachó con un solo disparo, pero el sacrificio de los primeros guardias alentó a los demás. Cassandra tuvo que detener el avance, porque pronto estuvo rodeada de decenas de soldados que la enfrentaron con la espada en alto. Pero fue frustrante para Kèrmiac, porque la mujer era como Roderick. No importaba si tenía uno o mil oponentes, los superaba a todos con sus relámpagos zigzagueantes. Si las cosas seguían así, Kèrmiac y Juylen tendrían que enfrentar a la Emperatriz. Pero en esas condiciones terminarían exactamente igual que los soldados.
Dos figuras salieron de entre el humo y la sangre que Cassandra dejó atrás al salir a la plaza. La Emperatriz no se dejó tomar por sorpresa. Se giró y disparó contra el primero de los hombres, pero el segundo la embistió y cayeron juntos. Rodaron por el suelo como dos gatos, hasta que la mujer sacó fuerzas de flaqueza y lanzó un relámpago al hombre que estaba sobre ella. El General Tonare salió disparado por los aires y finalmente cayó sobre unos soldados. Pero antes de que Cassandra pudiera levantarse, Grendiere tomó el lugar de su compañero y la golpeó en la cabeza. Cassandra chilló por el dolor, pero se negó a darse por vencida. Sin embargo, el General logró lo que su compañero no pudo: sostuvo las manos de la mujer para evitar que disparara y se le sentó sobre el abdomen para que no pateara. Tonare se levantó de inmediato, avanzó hacia la Emperatriz, la sostuvo del cuello con una mano y con la otra le puso la espada en la garganta.
—¡RODERICK! —gritó Tonare—. ¡DETENTE, O LA MATAREMOS!
Después, como si hubiesen practicado, Grendiere apretó las muñecas de Cassandra para romperlas y Tonare apartó un poco la espada para que la mujer no se cortara el cuello al gritar. Roderick, que estaba ganando, se detuvo en seco con la espada en alto. Hildrek estaba en el suelo, petrificado, mirando con los ojos fuera de órbita al hermano que estuvo a punto de matarlo. La princesa estaba a un lado del General Montag, lista para atacarlo, pero ella también se detuvo. Roderick y Allena miraron a los otros dos Generales que tenían a Cassandra, sin saber qué hacer ahora.
—Baja la espada, Roderick —dijo Juylen mientras avanzaba hacia él. Karae estaba a unos metros, incapaz de moverse por las heridas, pero Kèrmiac lo seguía a pesar del dolor—. Morirá si no obedeces.
Roderick vio a Cassandra, roja por el dolor, la humillación y el llanto, y también miró a Tonare y a Grendiere. Los dos llenos de sangre propia y de sus soldados, con moretes, y los ojos chispeantes, listos para matar a Cassandra si les daban una buena excusa. Parecía que llevaban años deseando tener a la Emperatriz en esa posición. Roderick miró a sus primos y hermano, muy consciente de que ellos no lo ayudarían a proteger a la mujer. Luego levantó la mirada en busca de algún arquero a su favor, pero los que no disparaban hacia la ciudad lo tenían a él en la mira y estaban muy serios. Ninguno era su aliado.
—Traidores —siseó furioso mientras bajaba el arma. Grendiere y Tonare sonrieron y luego se miraron el uno al otro.
—Quién diría que estábamos en el mismo bando —dijo el General de los ojos verdes, con un dije de olivo colgado al cuello.
—En esta ocasión, al menos —respondió el otro, que tenía una cicatriz en la muñeca también con forma de olivo.
En asuntos militares siempre estaban llevándose la contraria, por lo que les pareció natural que si uno estaba a favor de la revolución el otro apoyara a los gemelos. Era casi gracioso que en un momento así se percataran de que podían ponerse de acuerdo en algo sin haber discutido por varias horas seguidas. Pero luego miraron a Kèrmiac muy serios, como pidiéndole instrucciones. El viejo General avanzó hacia la princesa y dijo:
—Usted también, Alteza. Baje la espada. —La chica obedeció, aunque miró el silbato que llevaba el hombre—. Me temo que a pesar de todo, ni usted ni su madre son aptas para gobernar. Le solicito que se sincronice en esta sola ocasión para calmar lo que sucede en Masca y que luego tenga un hijo que tome el lugar del Emperador. Es lo mejor para todos.
La chica retrocedió un par de pasos, como si le hubiesen dado una bofetada. Miró los ojos de Kèrmiac sin parpadear y luego ladeó la cabeza, como si fuera un pajarillo curioso.
—¿Me estás diciendo que rechazas los votos que hiciste a los Aesir de obedecerlos a como dé lugar? —A pesar de la herida, el General se irguió con orgullo y respondió:
—Todos hemos violado esos votos, Alteza. Montag al atacarla, Grendiere y Tonare al atrapar a Su Majestad, y yo al plantarme aquí. Es muy tarde para que demos un paso atrás.
—Entiendo —dijo ella muy seria mientras asentía—. Por eso me simpatizas tanto. —La princesa avanzó hacia él y lo encaró—: Me miraste con desaprobación todo este tiempo, pero aún así me salvaste dos veces de Roderick. Pero si lo único que esperabas de mí era un niño que se sentara en el Trono, entonces jamás me habrías dejado sola contra mi padre. ¿Podrías decirme entonces qué esperabas? —Kèrmiac la miró fijamente, sin miedo, vergüenza ni ira. La miró con nada más que honestidad. El hombre se aclaró la garganta y respondió:
—Esperaba una reina, una Emperatriz a la que pudiera inclinarme con orgullo.
—¿Y yo no lo soy porque...?
—Porque es una practicante de las Artes Oscuras. —Allena enarcó una ceja, pero antes de que pudiera defenderse alguien lo hizo por ella.
—Mi amiga no es una hechicera oscura.
—¿Nunca jugaron de niños con tierra, agua y algunas pociones caseras? Pues eso es lo que hace ella, solo que a gran escala.
La cara de la princesa se iluminó. Pasó entre los soldados que custodiaban a Roderick y se lanzó a los brazos de Fafnir, quien subía a la plaza. El profeta la recibió, la levantó y le dio vueltas en un abrazo. Kèrmiac y los demás alzaron una ceja, porque la acusación de ser una practicante de las Artes Oscuras parecía ridícula ahora, con ella abrazada a un chico como si fueran un par de enamorados.
—Tch —se quejó Eli—. Ahora que él está aquí yo paso a segundo plano, ¿verdad? —Fafnir bajó a la muchacha, la besó y se disculpó con la dama por robarle a su amiga. Allena extendió los brazos para saludar a su querida Eli, pero se detuvo cuando vio lo que ella tenía en los brazos. Eli se percató del cambio en la expresión de Allena y explicó—: La cortaste con tanta fuerza que cayó entre los soldados y no en la plaza. Nos tomó un tiempo encontrarla, pero aquí está...
Roderick y Cassandra gruñeron al ver la cabeza de Heleno. El Emperador estaba en los brazos de Eli, tenía los ojos cerrados y parecía en paz, como si no fuera la misma persona que durante años gobernó con puño de hierro. En la frente todavía tenía a Draupnir. Juylen se había acercado al cuerpo decapitado y ahora él sostenía a Gungnir. Los símbolos de los Aesir estaban allí, listos para que alguna de las mujeres los tomara, pero ni Kèrmiac ni los otros Generales lo permitirían sin antes asegurarse de que la persona adecuada se sentara en el Hlidskjalf. Fafnir comprendió esto, así que quitó a Heleno la corona y dijo:
—Después de un periodo de oscuridad, viene otro de luz. Su Majestad, Heleno Aesir, fue el clímax de las tinieblas. Pero cuando Azor del Olivo aseguró el rescate de mi familia, la profetiza Liria me habló de las maravillas que mi mujer conseguirá por el Imperio. Lo que ahora los asusta mucho de ella es su inteligencia, porque no la comprenden y por eso la creen practicante de las Artes Oscuras. Al principio yo también estuve asustado, pero ya no. Ahora entiendo que ella ve más allá de lo bueno y de lo malo, que no tiene miedo de superar límites y que, por eso, traspasará las fronteras que llevan a la luz. Yo la elijo y espero que mis compañeros lo hagan también.
Fafnir no apartó la mirada de Kèrmiac, aunque requirió de mucha concentración para no desviar la atención al silbato que llevaba el General. Cuando el profeta dejó de hablar, Kèrmiac miró a Allena con profundidad, como si buscara en ella lo que Liria había visto con sus poderes. Parecía que podría verla por toda la eternidad, pero hasta el final de sus días comprendió que ese no sería suficiente tiempo para entender a la princesa. Además, la muerte de Heleno, la derrota de Roderick y la detención de Cassandra no habían terminado el caos en Masca. La revuelta continuaba y el aire se impregnaba cada vez más de auras mágicas a punto de perder el control.
Kèrmiac se arrodilló, pero solo hasta que Hildrek lo hizo. Después llegó Juylen, quien se situó cerca de la princesa, con Gungnir en sus manos como si fuera una ofrenda. Los Generales Tonare y Grendiere inclinaron la cabeza y Eli plantó las rodillas en el suelo con elegancia. Fafnir se aclaró la garganta. La coronación oficial la haría el mismo sacerdote que los casó, pero, mientras tanto, la bendición de un profeta debía ser suficiente para calmar los ánimos y sincronizar la Capital.
—Arrodíllate, Allena —pidió con una sonrisa. Ella lo miró tan inexpresiva como cuando los gemelos la encontraron en la celda de los profetas, como si fuera una muñeca sin alma. Después miró la cabeza en brazos de Eli, también sin demostrar ni una sola emoción.
—Tomaré el Trono —dijo la muchacha al fin—, con dos condiciones. —Miró a los Generales que sostenían a Cassandra y pidió—: Roderick y madre vivirán. No quiero ser responsable directa o indirecta de sus muertes. —Tonare y Grendiere protestaron, pero Kèrmiac esperó una explicación antes de dar su propio criterio—. El reinado de mis padres estuvo basado en odio y ese es el resultado —dijo ella mientras señalaba las columnas de fuego que se lanzaban los mascalinos al otro lado de las murallas de Palacio—. Quiero ser diferente en todos los aspectos, sean grandes o pequeños. No quiero más muertes si puedo evitarlas.
—¿Y la otra condición?
—En el futuro habrá más Helenos y Cassandras. —Los Generales y Fafnir sintieron un escalofrío. Ellos al imaginar que la historia se repetiría y Fafnir al recordar que su madre dijo lo mismo—. Quizá también habrá más Rodericks. Pero no quiero que haya más Generales como ustedes tres, que tramaron en las sombras cómo lidiar con la situación solo porque sus votos son para los Aesir. Tomaré la Corona si sus votos son también para el pueblo, para que en el futuro las Casas Militares detengan a los Aesir que sigan el camino de mis padres.
La princesa se ganó la voluntad de los Generales con esas palabras. Fafnir se sintió infinitamente orgulloso cuando su esposa se arrodilló delante de él, cuando pudo colocar Draupnir en la frente pálida de su princesa y convertirla en Emperatriz. El reinado del Esplendor estaba a punto de comenzar.


"Los Hijos de Aesir: Dos Tronos" © 2013-2014. Ángela Arias Molina

2 comentarios :

  1. Buenísimo el capitulo!!!


    Decías que ibas a dar amor y sangre, aunque por estos lares solo vemos sangre, pues que se le va a hacer xD porque con capítulos como este que el amor espere un ratito mas :3
    - JA! imagino que ya queda poco para que develes la vedad sobre los poderes de Sigfrig. Gracias a este capitulo deseche una de las posibilidades mas temidas.
    Felicitaciones y sigue así que aun hay mucha tela que cortar en esta magnifica historia =)

    -Alex AJSP-

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    Respuestas
    1. Bueno, pues en el próximo capítulo viene el amor... y también más sangre... y misterios disfrazados... y pistas escondidas...

      Jeje, vamos a ver qué te parece

      Muchas gracias por leer y comentar ♥

      Eliminar

Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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