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Capítulo 13

13
EL VENGADOR


El día fue apacible. Terminar las conexiones con las ciudades aledañas le tomó más de dos meses, pero al fin lo había logrado. Con el Valle de Airin listo, ya toda la región Sur estaba oficialmente conectada a la red sincrónica del Imperio. Ahora podría andar en cualquier parte del Sur sin preocuparse por la sincronización en Masca, porque las terminales eran lo bastante potentes como para transmitir las vibraciones del mármol incluso unos cuantos kilómetros lejos de una carretera marmoleada. Por eso se dio el día libre.
—Te dije que Airin sería un buen lugar para nuestra luna de miel —comentó Fafnir mientras la estrechaba contra sí.
—Nunca me perdonarás que no iniciara por aquí, ¿verdad? —dijo ella en broma, pues sabía que si bien a Fafnir le desilusionó que el Este, Norte y Oeste tuvieran prioridad, disfrutó también los años de visita a cada sitio.
—No, nunca jamás te lo perdonaré —respondió él antes de darle un beso en la frente—. En ningún lugar crecen las flores como aquí.
—¿Ni aunque te diga que dejé lo mejor para al final?
—Te has sacado esa respuesta de la manga, ¡así que no hay perdón!
Fafnir sonrió y ella también. Caminaron como dos chiquillos enamorados abrazados por la cintura, con las ropas desechas por la caminata en el bosque, las manos sucias y los cabellos llenos de ramas y hojas secas. Era parecido a las primeras semanas que pasaron juntos, cuando visitaron a escondidas los jardines internos de Palacio. Salvo que ahora no los perseguían el fantasma de la ira de Heleno y Cassandra, ni las limitaciones de los jardines o su artificialidad. Ya todo eso quedaba atrás, como si fuera un sueño lejano que nunca existió. Ahora el mundo entero era su palacio y los bosques sus jardines internos.
Allena todavía no había terminado la máquina curativa, pero en el cielo ya había varias ciudades flotantes estáticas. En el océano entre el continente principal y el desértico ya había una mega-ciudad acuática. Además, en Cecaelia había muchos ingenieros, arquitectos y constructores listos para levantar otras ciudades marinas un poco más pequeñas, que se repartirían a lo largo del océano.
El Imperio que Fafnir y su madre vieron hacía tiempo se levantaba. Veinte años habían pasado desde que Allena tomara el Trono, tiempo apenas suficiente para que cualquier Emperador comenzara a ver los cambios de su reinado en todo el continente principal. No con ella. Al primer año, Masca ya estaba en orden. Cinco años, y ya las ciudades de mármol estaban re-edificadas en el Este y en el Norte, además de que había varias nuevas. Diez años, y las conexiones entre esas regiones y Masca estaban completas, con túneles, trenes y ciudades flotantes incluidas. Quince años, y el Oeste también estaba conectado; además de que Cecaelia estaba lista para poblar y el complejo en el otro continente ya había alcanzado el desarrollo del principal.
Veinte años, y solo faltaban los túneles y los trenes de Airin para que, oficialmente, todo el continente principal estuviera sincronizado, aunque por aquí y por allá faltaban túneles de ciudades menores.
Fafnir estaba orgulloso de su esposa. Quizá la Emperatriz nunca dejó de ser un poco rarita y todavía tenía problemas para entender los sentimientos de los demás –o demostrar interés por ellos de una forma convencional–, pero no le importaba. Era tan lista que parecía nacida de la fuente del conocimiento, a su manera era tierna y, a los ojos del profeta, le sobraban encantos. Lo único que lamentaba era que los Lores y algunos militares con buenos puestos se le insinuaran o le propusieran un hermano, primo o hijo como consorte. A Fafnir le constaba que no lo hacían de mala voluntad, pero cada vez que ella rechazaba las ofertas le hería el ego escucharla decir «Ya tengo un consorte» y que los demás preguntaran sorprendidos «¿En serio? ¡¿Cuándo se casó?!».
Siempre viviría bajo la sombra de la magnificencia de Allena, pero no le importaba. Porque cada vez que alguien recordaba que Fafnir era el consorte, los rumores y los malestares hacia los profetas desaparecidos regresaban. ¿Dónde estarían? ¿Por qué todavía no regresaban a Masca, donde pertenecían? ¿Por qué huían? ¿Por qué traicionaban al Imperio? Las voces conjeturaban, replicaban, incluso exigían... pero Allena nunca les hizo caso.
—Decidieron irse tal y como decidieron enviar al hijo menos talentoso de la familia como tributo. Fueron sabios a la primera, lo serán también a la segunda. Pueden volver cuando lo deseen, pero yo ya tengo al único profeta que necesito —decía ella cada vez que alguien le sugería buscar a la familia. Fafnir siempre lo agradeció, porque estaba seguro de que en algún lugar sus hermanos tendrían esposas e hijos, y Liria y Aurelio pasearían también entre bosques, ella en la espalda de él y los dos con una sonrisa en la cara.
—Majestad —llamó alguien.
Fafnir suspiró cuando vio al General Kèrmiac a la entrada del castillo de Airin. «¡Ay, hombre!», quiso decirle, «sé que seguro llevas toda la tarde esperándola, pero es nuestro día libre. No me vengas a estropear la noche». Pero se contuvo. Si se la pasara peleando con cada oficial que llamaba a la Emperatriz por uno u otro asunto, no tendría ni un momento de paz en la vida. Se resignó y acompañó a la muchacha a ver qué se le ofrecía al General.
—Es una emergencia. No creo... no creo que le guste.
El hombre los condujo a la torre en donde la caravana de gobierno se reunía. A Fafnir le pareció raro que Kèrmiac los detuviera cada vez que escuchaba sirvientes acercándose. Nadie los vio cuando entraron a la oficina de la Emperatriz. Fafnir y Allena se preocuparon cuando vieron a los otros tres Generales reunidos cerca del fuego en la chimenea, muy pensativos y ceñudos. Temieron una revuelta o algún riesgo militar, aunque no podía ocurrírseles nada que creara tanto conflicto. Apenas vieron a otros tres hombres rubios que contenían a un cuarto con una horrible llave, comprendieron que se trataba de algo más.
—Roderick Montag —susurró la Emperatriz. Suponía que los tres hombres que lo tenían neutralizado eran primos suyos. Miró al hermano del antiguo General y preguntó con calma —: ¿Qué hace él aquí? No he permitido su liberación.
Hildrek estaba algo pálido pero se plantó recto a la hora de responder. Sin embargo, un llanto lo interrumpió antes de que siquiera empezara. Fue entonces cuando Fafnir y Allena se dieron cuenta de que el General Grendiere tenía un bulto en los brazos y que el General Tonare tenía sujeta del cuello a una mujer. Si Allena no hubiese sido tan pálida, todos se habrían percatado de que la sangre le abandonó el rostro al ver a su madre.
Cassandra tenía las uñas enterradas en la mano de Tonare, pero él no demostraba ni pizca de dolor. El silencio cayó en la habitación durante varios segundos, hasta que Hildrek avanzó hacia la Emperatriz y se arrodilló delante de ella.
—Actué apenas tuve noticias, Majestad, pero ellos ya habían huido de Masca antes de que pudiera detener el embarazo. Pedí ayuda a mis compañeros y primos porque sabía que no podría solo contra Roderick. —Allena todavía no asimilaba lo que ocurría cuando el General Grendiere agregó:
—Mató a Kÿa y a Sunkel, del Escuadrón Vento, Broch, Koaq y Perris, de Terra, y a Vika de Fuoco. Si no fuera por ellos, nos habría pillado a nosotros también.
De nuevo el llanto. El corazón de Fafnir dio un vuelco al entender que el bulto que tenía el General Grendiere era nada más y nada menos que un bebé.
—No, espera... —balbuceó—. No puede ser que ese cachorro...
—Muéstramelo —lo interrumpió la Emperatriz.
El hombre de ojos dorados se acercó a ella, se arrodilló y le mostró el bebé como si fuera una ofrenda. Era un niño precioso. Incluso con su carita roja por el llanto, tenía un encanto arrebatador. Heredó el cabello rubio de los Montag, también su mentón, la nariz, la frente y las mejillas. Se parecía muchísimo a Roderick, pero tenía la boca de Cassandra y la de Allena.
Los Generales bajaron la cabeza, avergonzados. Ni ellos encontraron palabras para describir la abominación que había ocurrido. Los Aesir, Montag, Tonare, Kèrmiac o Grendiere no se apareaban entre ellos. Los Aesir debían mantener el linaje puro, así que con frecuencia se casaban entre primos. Y las Casas Militares tenían estrictamente prohibidas las uniones carnales porque no podían unir las maldiciones familiares. Los Montag, en especial, eran muy quisquillosos con eso. Incluso había una broma que decía que eran los Generales Castos, siempre tan correctos y sermoneros porque rechazaban a las Doncellas –y a cualquier otra mujer– que se les entregaba como recompensa por un buen trabajo. Si no fuera porque efectivamente eran una mole de destrucción en la guerra, bien podrían pasar por sacerdotes.
Roderick siempre fue la excepción. Era la oveja negra de la familia. Aunque era común que los otros Generales tuvieran sus aventuras, ningún Montag le perdonaba las suyas. Siempre tenía primos encima que inquirían sobre sus últimos encuentros sexuales para asegurarse de que no hubiera ningún embarazo inesperado. Cuando lo había, se llevaban a la mujer a la Villa Montag para tener a la cría. La mujer podía irse después de dar a luz, pero no antes. Tampoco podía llevarse al cachorro consigo cuando naciera. Hasta los civiles sabían esto.
En cambio, la relación entre Cassandra, Heleno y Roderick siempre se mantuvo en la más alta discreción. Las Casas Militares estaban al tanto. Aunque la reprobaron siempre, se cuidaron muy bien de no decir nada al respecto. Aunque les escandalizaba que un General tuviera un romance con la antigua Emperatriz y, más aún, que el mismo Heleno lo consintiera y formara parte del triángulo, los consolaba la minuciosa práctica abortiva de Cassandra. Pero cuando Allena tomó el Trono y ordenó encerrarlos en torres separadas, se preocuparon por lo que podía suceder. Siempre intentaron persuadirla, decirle que debía acabar con los dos para evitar fugas o una revuelta, pero nunca la convencieron. Y ahí estaba el resultado.
De alguna manera, Roderick y Cassandra lograron verse, aparearse y luego escaparon de Masca cuando se percataron del embarazo.
—Las intenciones de Roderick son claras, Majestad —dijo Hildrek con pesar—. Este niño es una amenaza para el Trono. —Allena apartó la mirada del bebé, como si verlo le quemara los ojos.
—Quieres que me arrebate la Corona, ¿verdad? —preguntó sin verla, aunque todos sabían que le hablaba a Cassandra—. Mezclaste sangres malditas con la esperanza de que algún día este chiquillo me matara y tomara mi lugar en el Trono. ¿Por qué? Te dejé vivir, madre, ¡te dejé vivir!
—¡Mataste a mi mitad! —chilló Cassandra, desesperada. Luego se corrigió—: ¡Mataste una parte nuestra, le cortaste la cabeza, le arrancaste su Corona, tomaste su lugar! ¡Claro que te queremos muerta! ¡Queremos que pagues por lo que hiciste a Heleno!
—¡Calla, bruja! —ordenó el General Tonare mientras jalaba a Cassandra del pelo y le apretaba la garganta—. Ese desgraciado tuvo su merecido y ya va siendo hora de que tú tengas el tuyo.
—Si la tocas —lo amenazó Roderick—, acabaré contigo y después te seguiré al Infierno para matarte una y otra vez hasta que esté satisfecho. —A Tonare le hizo gracia el comentario y empezó a reírse, pero todos guardaron silencio cuando la Emperatriz dijo:
—Ponlo en el suelo. —Grendiere alzó una ceja inquisidora. Allena juntó las palmas e hizo aparecer la espada azul. El General tragó fuerte y, muy lentamente, bajó al niño.
—¿Qué vas...? —empezó Cassandra. La voz se le quebró cuando la Emperatriz levantó la espada con la punta por encima del pechito del bebé—. ¡No, no puedes!
—No tengo miedo de este niño —dijo Allena sin un quiebre en la voz, como si lo que sucedía no la afectara—. No me habría importado que los dos huyeran, lo criaran con la idea de enfrentarme y que él se presentara presto a matarme. No me importa correr peligro. Pero... —hizo una pausa y chupó los dientes—, este niño amenazará también a los hijos que algún día tendré. Eso no puedo permitirlo.
Dejó caer la espada. Muchas cosas sucedieron a la vez. Cassandra y Roderick gritaron aterrados. El antiguo General intentó liberarse de sus primos, pero los Montag tuvieron la asistencia del General Kèrmiac y él no pudo liberarse a tiempo. Pero el General Tonare estaba solo y confiado porque sostenía a una mujer. Se había olvidado por completo de lo rápida y certera que era Cassandra, y de las muertes de los soldados que intentaron apresarla el día que Allena acabó con Heleno.
Cassandra estaba desarmada, pero la bastó con estirar una mano para rasguñar la cara del hombre y desestabilizarlo. Con la otra le vació una de las cartucheras del cinturón, donde guardaba una cuchilla. Con precisión de cirujana, Cassandra tomó el arma y la clavó de una sola vez en el ojo derecho de Tonare. El hombre pegó un chillido y se llevó las manos a la herida. La prisionera escapó y llegó a tiempo al bebé.
Allena no jadeó, ni abrió los ojos ni tembló cuando la espada atravesó la espalda de su madre, que se había interpuesto entre el arma y el recién nacido. Casi todos se mantuvieron inmóviles y estupefactos, hasta el mismo Roderick había dejado de forcejear por la impresión. Los únicos que se movían eran Tonare, que gritaba maldiciones soeces, y Fafnir, que intentaba apartarle las manos de la cuchilla para que no se arrancara el ojo sin asistencia médica. A Allena le llegaban los gritos desde muy lejos, porque intentaba comprender lo que había sucedido.
Aunque su madre era la misma loca de antes, también había cambiado. Cassandra, la mujer que abortó a infinidad de niños, la madre ingrata que echó a sus cachorros débiles a las fieras, la reina cruel que le había aruñado la cara y los pechos la noche en que huyeron los profetas... Esa Cassandra nunca se habría interpuesto entre una espada y Allena para salvarle la vida. Jamás lo habría hecho. Nunca se habría sacrificado, quizá ni siquiera por Heleno.
Pero la nueva mujer que era su madre había cambiado lo suficiente como para morir por su hijo. A Allena le pareció hermoso. Era incapaz de ponerlo en palabras, pero sentía que ese cambio fue posible porque le permitió vivir. Cassandra la había traicionado. Urdió con Roderick un plan para matarla, pero era un poco mejor que antes pues amaba lo suficiente al niño como para dar su vida por él.
O quizá era que odiaba a Allena mucho más de lo que se quería a sí misma, y había puesto todas sus esperanzas en ese niño para que hiciera lo que ella no pudo: vengar a Heleno.
La Emperatriz sacó la espada y todo se puso en marcha. Cassandra se dejó caer a un lado del bebé, incapaz de sostenerse y respirar. Allena le perforó un pulmón y cortó una vena importante. Cassandra se ahogaba en su propia sangre. Roderick pegó un grito y esta vez logró zafarse de sus captores. Pero entonces Hildrek se levantó y pegó a su hermano con tanta fuerza que lo chocó contra el muro de piedra en la chimenea.
Hildrek no esperó a que se levantara. Cogió una roca que estaba sobre el escritorio de la Emperatriz –era una muestra arqueológica digna del pedestal en un museo, pero lo bastante sólida para provocar más de una magulladura– y lo golpeó en la cabeza dos veces. Iba a golpearlo una tercera pero se detuvo a tiempo. No era muy digno de un General perder la compostura, menos frente a sus compañeros, sus primos –que, según el modo de vida de los Montag, eran sus seguidores– ni mucho menos su Emperatriz.
Bajó con cuidado la roca y ordenó a sus primos que ataran a la oveja negra. Mientras tanto, el General Kèrmiac ayudó a Fafnir a sostenerle las manos al nuevo tuerto, a la vez que decía:
—Cálmate, tranquilo. Esto no es nada.
—¡Claro que no es nada! —bufó el otro bastante cabreado—. ¡Los Kèrmiac se regeneran y pueden perder cuantos brazos, piernas y ojos les dé la puta gana! ¡Así que no es nada!
Pero él no era un Kèrmiac, sino un Tonare. Tenía la cara y la ropa empapada en sangre. Por debajo del manto escarlata tenía la piel pálida. Fafnir buscó una de las medicinas que Allena tenía en el escritorio y le metió dos píldoras en la boca. Le aliviaría un poco el dolor mientras conseguían a un doctor que pudiera limpiarle la cuenca sin ninguna complicación. Mientras tanto, el General Grendiere estaba agachado junto a Cassandra, mirándola sin rastro de pena o alegría. Solo se limitó a decir:
—Morirá.
—Sí —respondió la Emperatriz. Esa confirmación fue una noticia terrible para el niño, que comenzó a llorar a todo pulmón.
—¡Oh, cállenlo! —suplicó Tonare—. ¡Cállenlo, cállenlo!
Allena quiso hacer la buena acción del día y ayudar a su pobre General. Pero en cuanto levantó la espada para acabar con el niño, el pequeño la detuvo. Le bastó con abrir sus ojitos y mirarla. Eran azules como el cielo, fríos pero muy tranquilos. La Emperatriz estuvo a punto de dejar caer la espada a causa de la sorpresa, porque se había esperado que el niño tuviera los ojos de un Aesir. Al parecer era un Montag desde la coronilla hasta la punta de los pies, con excepción de los labios.
Como si eso no fuera suficiente, el bebé hizo algo más que la confundió por completo: al verla dejó de llorar y estiró una manita a ella. La Emperatriz era tan parecida a Cassandra que la confundió por su madre. Pero como Allena no se agachó para alzarlo, el niño comenzó a llorar de nuevo, resentido.
Tonare se quejó, Roderick gimió desde la inconsciencia, Grendiere y Kèrmiac se estremecieron cuando el cachorro alcanzó una nota aguda y Hildrek cerró los ojos como si con eso dejara de oírlo. La Emperatriz no se movió ni un ápice, ni parpadeó. Solo miró al niño con la misma tranquilidad aparente con la que vio a Cassandra cuando se atravesó.
—Está muerta —anunció Grendiere—. Ahora sigue el niño.
—Bien, entonces hazlo tú —respondió la Emperatriz.
Allena fue a su escritorio y se reclinó en la silla. De repente sintió el agotamiento del día. Desde donde estaba podía verlo todo: al viejo Azor y a Fafnir intentando consolar a Tonare. A los tres Montag que ataban a Roderick. El cuerpo inerte de Cassandra, el niño que lloraba allí y las caras compungidas de Grendiere y Hildrek.
—¿Majestad? —preguntó el General de los ojos dorados.
—Cometí un error —dijo la muchacha mientras intentaba pensar con claridad—. Creí que al perdonar sus vidas desistirían, pero me equivoqué. No lo entiendo.
—No hay nada que entender —la interrumpió Fafnir con dulzura mientras pasaba un paño limpio por el ojo herido—. No podrás entender por qué se rebelaron a pesar de que se les permitió vivir, tal y como ellos no entendieron por qué Heleno tuvo que morir. Vivimos en el mismo mundo pero lo comprendemos desde puntos de vista diferentes. Ellos no ven lo mismo que nosotros y viceversa. Es tan simple como eso. —Allena meditó en las palabras por unos instantes, a la vez que Fafnir dedicaba al bebé una mirada compasiva y decía—: Levántenlo, por favor. Es una injusticia tenerlo allí como si fuera basura.
Hildrek alzó al bebé. Le quitó la manta, que estaba empapada de la sangre de Cassandra, y lo cobijó entre su capucha. El bebé dejó de llorar al rato, como si supiera que Hildrek era su tío.
—¡Ja! —se burló Tonare, débil por la pérdida de sangre—. No lo confortes mucho. Hay que acabar con el crío. —Hildrek chupó los dientes, fastidiado.
—Ya lo sé, pero podrías tener un poco más de tacto. Solo porque los Tonare sean material paterno defectuoso no significa que pueden menospreciar a todos los cachorros por igual, incluso si es uno tan aberrante como este.
—Ah, no te pongas sensible —se rio el otro—. La paternidad está sobrevalorada, créeme.
La frente ceñuda de Hildrek no se relajó y miró a Tonare como si fuera un monstruo. Todos sabían que, para esas fechas, el hijo de Hildrek ya debió de haber nacido. Lo último que supieron Allena y Fafnir de él fue que pidió permiso para retirarse a la Villa Montag, pues quería estar junto a su esposa cuando la cría naciera. Con todo este asunto de Roderick y Cassandra se perdió algo que ansiaba mucho. La Emperatriz sabía que el líder de los Montag hizo un buen trabajo, pues manejó todo bajo discreción y con la ayuda adecuada. No tenía nada que reprocharle.
Hildrek no era como su hermano, pues se tomaba en serio su responsabilidad. Él sabía muy bien que Roderick había arruinado el honor de su familia y que ahora, con el bebé, Allena bien podría castigar a todos los Montag por ese desliz fatal. Cualquier otro Aesir lo habría hecho, pero la Emperatriz no era en ningún sentido como sus predecesores. Sus reacciones eran inesperadas y confusas, pero había demostrado que tenía un buen corazón. Por eso él confiaba en que ella perdonaría a los Montag, tal y como lo hizo veinte años antes al darle el cargo de General y permitirle jurar lealtad.
—¿Alguien más sabe sobre el niño? —preguntó la Emperatriz.
—Nadie, Majestad. Excepto los Montag que están aquí.
Ella guardó silencio mientras reposaba la barbilla en una mano y pensaba. Miró a Hildrek a los ojos sin parpadear, como si buscara un rastro de Roderick en él. Hildrek sabía que no tenía nada que temer, así que esperó. Al fin, después de una larga pausa, ella murmuró:
—Todos me dijeron que acabara con ellos antes para evitar algo así, pero no creí necesario hacerlo. Me equivoqué y por eso los Escuadrones tienen menos soldados, por eso Tonare perdió el ojo y por eso este niño nació. Eso quiere decir que mi hermano...
—¡No! —la interrumpió Kèrmiac—. Majestad, no puede reconocer al niño públicamente, ¡no puede...!
—No lo haré.
—¿Entonces?
—El niño... no tiene la culpa. Roderick y madre sabían lo que hacían al aparearse, pero nunca lo habrían hecho si yo los hubiera escuchado a ustedes. Si hubiera ejecutado a mi madre y a su amante hace veinte años, este niño nunca habría nacido. De alguna forma, el cachorro es también mi responsabilidad, producto de mi error. —Los tres Generales se miraron –ya Tonare estaba fuera de combate– e intercambiaron miradas confusas. Grendiere fue el primero en hablar, un poco aturdido.
—Eso no cambia que el niño debe morir. Es un Montag que también es un Aesir. No dudo de la lealtad de Hildrek o que incluso el niño será un buen hombre cuando crezca, pero él o sus descendientes pueden convertirse en una amenaza para el Trono.
—Entonces mátalo tú —dijo la Emperatriz sin inflexión alguna—. Si crees que debe morir, acaba con él tú mismo.
No le sorprendió que los Generales se congelaran ni que perdieran un poco de color. Que el bebé naciera era vergonzoso pero sería incluso peor matarlo. Si acababan con él, que era frágil, indefenso e inocente, serían iguales a Heleno y Cassandra, que mataron a niños y viejos por igual. Su honor los detenía, pero también una sensibilidad que ninguno sospechó tener después de los años curtidos en batalla. Simplemente no tenían el corazón para matar a un recién nacido. Debieron haber acabado con él apenas le pusieron las manos encima, pero lo llevaron a la Emperatriz para que ella se hiciera cargo.
Ella tampoco pudo hacerlo. Al fin y al cabo, sí era diferente a sus padres. Por eso la seguían. Ella también confiaba en ellos porque eran incapaces de las crueldades de Roderick.
—Todavía es una amenaza... —insistió Kèrmiac con voz débil.
—Lo sé. —La muchacha cerró los ojos—. Por fuera es un Montag pero por dentro puede ser un Aesir. Es posible que haya heredado habilidades de mi clan, como la sincronización. E incluso si no las tiene, esas capacidades podrían saltar una generación y desarrollarse en sus hijos o en cualquier descendiente suyo. No puedo matar al niño, pero si lo dejo vivir los Montag se convertirán en una seria amenaza para los Aesir.
Hildrek y sus primos no se estremecieron, pero sus rostros estaban afligidos. El orgullo de las Casas Militares era la lealtad que demostraron durante milenios. Por eso fue tan difícil derrocar a los gemelos, porque no querían servirlos y a la vez querían mantener sus votos de lealtad intactos. Los Montag, en especial, querían limpiar la mancha que dejó Roderick con su comportamiento en el gobierno anterior y su vergonzosa destitución cuando Allena tomó el Trono. Por eso las listas de soldados se engrosaron con el apellido Montag, donde cada uno de los guerreros de la luna servía en todo tipo de tarea con tal de demostrar su devoción y lealtad al Imperio. Ese era su orgullo y no estaban dispuestos a que el desliz de Roderick los condenara a todos.
—Hildrek, ¿todavía puedo confiar en tus votos y en los de tu familia?
—Siempre, Majestad —respondió contundentemente el General—. Admito que no quiero mancharme las manos con la sangre de un bebé indefenso. Pero si Su Majestad me ordena acabar con el crío para salvar la reputación de mi clan, lo haré de inmediato.
Lo dijo tan en serio que Fafnir temió que su esposa diera la orden y que el General cumpliera con su palabra. La Emperatriz sorprendió a todos cuando dijo:
—Críalo. —Hubo silencio, hasta que el mismo Fafnir se animó a pedir que repitiera lo que había dicho—. El niño es mi error pero también es mi hermano. Él nació de las entrañas que también me cobijaron. Eso nos une. No puedo matarlo pero tampoco reconocerlo públicamente. No hay nada que pueda hacer por él, salvo darle la oportunidad de vivir bien. Tal y como es hijo de mi madre, también lo es de tu hermano. Hildrek, este niño nos une a ti y a mí, pero tú eres el que más puede hacer por él. Críalo como un Montag, enséñale el honor del que tanto te enorgulleces, conviértelo en un guerrero, hazlo amar el estandarte por el que vivirá y algún día, cuando crezca, yo misma lo consagraré con un buen cargo en la milicia. Esta es la única amabilidad que puedo mostrarle. Solo puedo confiar en que esto no traerá problemas después a mi clan. ¿O acaso crees que cometo un error? Porque si es así, entonces por favor enmiéndalo de una vez.
Pero nadie la corrigió porque era lo correcto. El niño era inocente y no tenía por qué pagar los errores de sus padres.
—Vivirá para agradecer su bondad, Majestad —prometió Hildrek mientras hacía una reverencia—. De eso me aseguraré yo.
—Bien. Entonces ahora tenemos que hacernos cargo del último cabo suelto.
Abrió una gaveta del escritorio, sacó una pequeña cuchilla y un frasco con ungüento. Avanzó hacia Tonare, untó un dedo con la sangre del General inconsciente y lo chupó. Después caminó hacia Roderick, se inclinó a su lado y saboreó la sangre de la herida que Hildrek le había hecho.
—Tonare tiene suerte. Sus sangres son compatibles.
Cortó las muñecas de Roderick. Luego cortó también las pantorrillas y los muslos. Las heridas eran tan profundas que desgarraron los músculos y alcanzaron los huesos. Los guerreros se confundieron cuando la Emperatriz pasó el ungüento en las cortadas, lo que hizo que cerraran casi de inmediato. ¿Por qué hizo heridas tan severas para curarlas al instante?
—Cuando termine —dijo ella mientras volteaba a Roderick—, quiero que lo lancen al río Aqueronte. Buenos hombres y mujeres murieron en llamas durante el reinado de mis padres. El fuego los santificó y llevó al Cielo, pero Roderick no puede entrar allí. Quiero que se hunda, que intente nadar y sepa que todo intento será en vano. Él nunca jamás verá de nuevo la luz del sol.
Abrió uno de los párpados del hombre. Delante de la mirada horrorizada de todos, le sacó el ojo con precisión de cirujana. Roderick intentó defenderse, pero ni siquiera pudo levantar las manos o moverlas para apartar a la Emperatriz. Allena cortó los tendones a consciencia, sabiendo muy bien que lo dejaría indefenso. Después, mientras el antiguo General todavía se estremecía en el suelo, ella regresó al lado de Tonare. Fafnir se sintió aliviado de haberle dado el sedante al guerrero, porque no habría soportado la fuerza de la Emperatriz al arrancarle la daga y el ojo deshecho.
A la mañana siguiente, Tonare se recuperó en una habitación del castillo Airin sin saber que podría ver a la perfección de nuevo solo con un cambio minúsculo. En lugar de tener dos ojos esmeraldas, ahora tendría uno azul. Mientras tanto, Kèrmiac y Grendiere cabalgaron en compañía de dos de los Montag rumbo al río Aqueronte para lanzar a sus bravas aguas a Roderick. A la vez, Hildrek y su otro primo cabalgaron rumbo a la Villa Montag, en donde el hijo apócrifo de su hermano sería criado como otro guerrero de la luna, como el segundo hijo del General que lo cargaba en brazos.

****

Allena no pensó de nuevo en el incidente sino hasta varios años después. Para ese entonces las máquinas curativas ya existían en las ciudades cabeceras, el primer príncipe había nacido y el segundo venía de camino.
Estaba en Masca para cumplir con la tradición de que los Aesir nacieran en la ciudad Capital. Como le quedaba poco tiempo para dar a luz, las Casas Militares habían enviado a sus representantes para honrar al nuevo príncipe. En el caso de los Montag, Hildrek encabezó la comitiva.
La Capital estaba llena de actividades religiosas, donde los mascalinos pedían por la salud del niño y la madre. Como el nuevo gobierno se ganó el aprecio de la gente, también había varios visitantes de otras regiones que querían presentar sus respetos. Por esta razón no había suficientes templos ni hostales para recibir a todos los aesirianos, así que las academias militares dispersas por la ciudad cubrieron esas necesidades. En lugar de presentaciones de juglares y acróbatas entre cada oficio religioso, las academias presentaban danzas marciales que combinaban movimiento corporal con demostraciones de magia sobre los elementos. Este era uno de los entretenimientos preferidos de la Familia Real, además de una de las actividades en las que se destacaban los Montag.
Por eso, Hildrek ofreció un espectáculo en Palacio en la misma plaza en la que cientos de soldados y civiles vieron morir a Heleno. Allí, Allena recordó a su medio hermano.
Al principio ni le pasó por la mente que en la comitiva estuviese el bebé que estuvo a punto de matar aquella noche. Aquello era solo un espectáculo más, en donde decenas de hombres rubios ejecutaban una fiera danza con destellos de luz y temblores. Eran como dioses pisando el mundo.
De repente, sin que nadie se lo esperara, una gran llamarada nació de la mano de uno de ellos. La flama se engrosó como una bestia y rodeó a los Montag como si fuera un dragón danzarín que bailaba junto a ellos. Las alas de fuego se extendieron tanto que los civiles en las puertas principales pegaron un grito colectivo, pues la onda de calor les hizo creer que el mago había perdido el control. Los tambores que acompañaban la danza culminaron con un estrépito, las alas se disiparon y cayeron como lluvia de ascuas. Los Montag las recibieron en las palmas de las manos y luego soplaron sobre ellas. Las flamas reanimaron pero mucho más delgadas y delicadas, como tiras de colores en una fiesta de cumpleaños. Cuando los magos de la luna dejaron de soplar, el fuego dio una última explosión y se convirtió en papeletas de brillantes colores que se expandieron por la plaza como lluvia de arcoíris.
Fue una presentación hermosa que arrancó gritos y aplausos tan ensordecedores que parecía que los tambores tocaban de nuevo. El más entusiasmado fue el príncipe heredero, que se levantó del asiento y aplaudió tan rápido y fuerte que casi no se le veían las manos.
—¡Bravo, bravo! ¿Puedo conocer al muchacho aquel? —dijo el niño sin dejar de aplaudir—. ¡El que invocó al dragón de fuego!
Hildrek, que acompañaba a la Familia Real en el balcón principal, hizo un gesto con la cabeza que el chico comprendió muy bien: si sus padres lo permitían, él mismo los presentaría. Después de que la Emperatriz lo permitiera, el General hizo una seña para que dos de los Montag se situaran por debajo del balcón. Eran tan parecidos que casi parecían gemelos, pero lo mismo podía decirse de todos los demás Montag.
—Mis hijos, Majestades —los presentó Hildrek. Los muchachos se hincaron al mismo tiempo, como si todavía bailaran—. Mi heredero, Konrad, y mi segundo hijo, Abrecht.
Los dos levantaron la mirada para presentar sus respetos a la familia. Konrad tenía el pelo largo, recogido en una coleta, mientras que Abrecht lo tenía corto por detrás y con una media pava que le cubría un ojo.
El pequeño Fafnir se hizo fan de este último Montag. Lo seguía a los entrenamientos, lo invitaba a los establos a conocer los caballos de seis patas que le pertenecían, le daba visitas guiadas a los jardines más bonitos de Palacio, le enseñaba los últimos prototipos de los inventos de su madre y también le mostraba las flores que su padre intentaba crear.
—Papá dice que las llamará allen, como mi madre —le dijo—. Pero ¡shhh! Es un secreto. Ella no puedo saberlo aún.
El príncipe también invitaba a Konrad, pero éste se aburría muy fácilmente. Después de todo, él y Abrecht eran muy mayores como para divertirse con el hijo de la Emperatriz. Hacía mucho que dejaron los juegos que todavía fascinaban a Fafnir hijo. Después de los primeros días, Konrad encontró un sinfín de excusas para evadir las invitaciones del príncipe. Al niño no le importó porque tenía a Abrecht, que lo seguía a donde fuera, siempre con una pequeña sonrisa cariñosa en los labios. Incluso cuando algunos de los Montag jóvenes hicieron un mal gesto cuando vieron que el príncipe los iba a buscar en un entrenamiento, Abrecht los reprendió y les exigió respeto para el hijo de la Emperatriz. Solo tenía ojos para él.
—Madre, Abrecht se ofreció a enseñarme a disparar. ¿Me dejas aprender con él? —preguntó una mañana cuando el segundo príncipe ya había nacido.
Allena estaba en uno de los jardines, asoleando al recién nacido a la vez que estudiaba con Hildrek las rutas que él tomaría en los próximos años a lo largo del continente. La Emperatriz miró al pequeño Fafnir con una ceja arqueada. El chico tenía seis años y a ella le parecía que era todavía muy pequeño para aprender a utilizar arco y flecha. ¿Y si se lastimaba? ¿Y si se sacaba un ojo? Le iba a decir que no, pero el niño tenía los ojos rojos de tanto llorar. La comitiva de los Montag se iría pronto. Los más jóvenes regresarían a la residencia principal, mientras que el resto se dispersaría en diferentes tropas en el continente. El nuevo amigo del príncipe Fafnir marcharía también en compañía de Konrad y Hildrek. No lo vería sino dentro de muchísimo tiempo y lo extrañaba desde ya.
Allena también miró a Abrecht, que estaba arrodillado detrás del niño. Abrecht no había llorado por la despedida pero sí parecía algo triste.
—¿Eres buen arquero? —preguntó la Emperatriz.
Al muchacho se le quedó trabada la lengua. Allena se dio cuenta hasta ese momento de que Abrecht hablaba con naturalidad con todos, pero a ella solo le daba respuestas de «sí» y «no». Tampoco despegaba los ojos del suelo cuando estaba frente a ella.
—Sí, Majestad... —respondió bajito.
—Abrecht es bueno —reconoció Hildrek—. Mucho mejor que Konrad.
El muchacho se sonrojó, pero la Emperatriz no supo si fue por el cumplido o porque ella lo miró sin parpadear.
—De acuerdo —accedió al cabo de un tiempo—. Cuida de que no se lastime.
—Por supuesto, Majestad. —Abrecht inclinó la cabeza mientras el pequeño Fafnir dio saltitos alegres. El príncipe corrió hacia ella, le besó la mejilla, le dio las gracias y salió corriendo rumbo al campo de práctica.
—¡Vamos, Abrecht!
El muchacho inclinó de nuevo la cabeza y se levantó para irse. Antes de voltearse, dudó. Él y Allena se vieron a los ojos por unos segundos. Abrecht parecía un poquito mortificado y ella, como siempre, ajena a la situación. Finalmente el joven se aclaró la garganta y dijo:
—Gracias, Majestad. Por todo.
Hizo una reverencia tan profunda que Allena no pudo apartar la mirada. Cuando el príncipe lo volvió a llamar, Abrecht dio una última inclinación de cabeza y se excusó. También dio a la Emperatriz una sonrisa de sincero agradecimiento. Cuando se marchó, tanto ella como Hildrek guardaron silencio por dos minutos en los que solo se escucharon los trinos de los pajaritos y la respiración profunda de Phya, el segundo príncipe.
—Es él, ¿verdad? —No necesitó la respuesta—. ¿Lo sabe? —Hildrek asintió—. ¿Qué piensa al respecto?
Allena esperaba resentimiento. Mató a Cassandra y envió a ahogar a Roderick. Lo dejó sin padres. ¿No era acaso natural que Abrecht la resintiera? El General respondió:
—Lo mismo que acaba de decirle, Majestad: está agradecido. Conoce sus orígenes, sabe de lo que él y sus descendientes podrían ser capaces, sabe que es una amenaza al Trono. Pero también sabe que a pesar de eso, usted le permitió vivir. Yo prometí que el niño viviría para agradecer su bondad.
—Y cumpliste.
—No, todavía no. Esto es la punta del glaciar. Abrecht vivirá agradeciendo, Majestad, y morirá así también. Él, su hijo, los hijos de sus hijos... Todos los Montag le agradeceremos por siempre.
Hildrek tenía razón.
A pesar de la distancia, Abrecht y el príncipe mantuvieron el contacto. El príncipe Fafnir se convirtió en el mejor arquero de Masca gracias a las lecciones de su primer instructor. La diferencia de edad nunca importó. Cuando Fafnir era pequeño, Abrecht actuó como mentor, niñero y confidente. Cuando el príncipe creció, Abrecht fue el que lo guio en la juventud. Y para cuando Fafnir alcanzó la madurez, Abrecht era su principal consejero y su mejor amigo.
Él no le hablaba mucho a la Emperatriz, ni siquiera se atrevía a verla, pero ella nunca se ofendió. Ese era el trato silencioso que alcanzaron: no podían ser hermano y hermana, pero Abrecht podía ser tío. Agradecía su vida a la Emperatriz a través del servicio leal e inigualable que brindaba a los príncipes. Y de todos, Fafnir siempre fue su favorito.
—Le prometí a tu tío que si él cumplía con su parte del trato, yo te consagraría algún día con un buen cargo en la milicia —soltó ella una vez cuando Abrecht le entregó un informe militar en el despacho de los Emperadores. Abrecht se acaloró y no pudo hablar por un buen tiempo, pero ella no se dio por enterada—. ¿Qué puesto te interesa?
—Ninguno —respondió cuando al fin la lengua le respondió—. No necesito ningún otro puesto, Majestad. Estoy bien en donde estoy.
—¿Y dónde estás? —De nuevo la pausa.
—A la derecha de su hijo, Majestad. Como su mano.
Abrecht sonrió. Allena supo que darle un puesto exquisito no lo haría feliz si lo alejaba de Fafnir. «Lo quiere», comprendió. «Fafnir es su sobrino, su hijo, su hermano y su amigo a la vez. Y él es su espada y escudo». La Emperatriz asintió.
—Entonces así será.
Nunca más volvieron a hablar, pero eso fue suficiente para los dos. Los hijos de Cassandra estaban en paz.

****

—¿No hay otra opción? —preguntó Fafnir mientras acompañaba a Allena. A la Emperatriz poco le faltaba para correr, pero él la atrapó por la muñeca para detenerla—. ¡Háblame! ¿Crees que yo no estoy asustado?
Fafnir esperaba una mirada chispeante, incluso que su esposa le diera una bofetada de reproche, pero ella lo observó con los ojos dilatados. «Tiene miedo», comprendió mientras la abrazaba. «Oh, por Dios. Está aterrada, no sabe qué hacer». Permanecieron abrazados unos minutos, mientras les llegaba desde lejos los sonidos de las campanas de emergencia y los gemidos lastimeros de los aesirianos.
—Esto no debería estar pasando —susurró ella.
—No es tu culpa. No es culpa de nadie. Así es la peste.
Allena se estremeció, desesperada. Siempre supo que la enfermedad era muy agresiva, pero eso nunca la preparó para el colapso de Edén. Todo empezó con un simple caso, después con el brote en una de las ciudades del complejo en el desierto y luego en toda la estructura. Tanta gente muerta, otro tanto agonizante y el resto aterrados, como ella. Se apartó de Fafnir y dijo:
—Phya está aquí. Va a contagiarse también por ayudar en los centros médicos.
El segundo príncipe no se interesó en la política ni la jardinería, sino en la medicina. Lo que más admiró de sus padres fueron las máquinas curativas y el conocimiento en plantas medicinales. Era un buen muchacho, quizá el más dulce y bueno de los hijos, pero también el más autodestructivo por su dedicación excesiva a los demás.
—Tengo que cerrar todo el complejo en una cuarentena. Es la única opción que tienen ahora los especímenes sanos y los enfermos en las Amrit para sobrevivir.
—¿Y los demás? —preguntó Fafnir, aunque ya sabía la respuesta—. ¿Nos quedaremos aquí? —Ella asintió.
—Si estamos sanos, sobreviviremos a la peste. Si no... No la esparciremos.
Phya también quedaría encerrado y quizá nadie podría ayudarlo si en verdad pescaba la enfermedad. Y si ellos dos morían… entonces el Hlidskjalf-2 enviaría una señal al Trono de Masca, con lo que el príncipe heredero sabría que era su turno a la cabeza del Imperio.
—¿Draupnir está en Masca? —preguntó Fafnir mientras apretaba la mano de Allena.
—Y Gungnir también. Si lo peor ha de suceder, Fafnir tendrá todo lo que necesita.
—Bueno... Esperemos que no sea así.
Reanudaron el camino tomados de la mano, asustados y preguntándose si alguno o los dos estarían enfermos. Los síntomas tardaban un tiempo en desarrollarse pero quizá ya estaban condenados. «Fue un mal tiempo», se dijo el profeta. «Para bien o para mal, nuestra visita a Edén coincidió con la epidemia».
Cuando llegaron a las puertas de la Sala de control de Edén, Fafnir se adelantó unos pasos para abrirlas a Allena. Solo quiso hacer algo lindo por ella, algo sencillo que le demostrara que en las buenas y en las malas la apoyaba. La Sala lo recibió con un aguijonazo que le pico la garganta y después le bajó en línea recta hasta la cadera. El profeta se detuvo para masajear el dolor. Cuando se llevó la mano al cuello, la sangre le salió a borbotones.
Allena intentó sostenerlo pero él cayó. Lo puso bocarriba de inmediato y lo revisó para ver qué había sucedido. Se petrificó al ver el corte. Alguien lo había atacado. Ninguno de los dos vio la espada, pero el resultado estaba allí, esparciéndose alrededor como un manantial.
—No, no, no... —susurró Allena mientras lo tomaba de la cara—. Esto no es nada, te vas a poner bien, así que no dejes de mirarme.
Se recuperaría si lo llevaba a una herramienta Amrit. Solo tenía que mantenerlo despierto. Solo tenía que mantenerlo con vida unos minutos más.
La vista de Fafnir se situó en un punto luminoso detrás de su esposa. Intentó advertirla, pero no pudo hablar ni moverse. Fue demasiado tarde. Allena le salpicó la cara con sangre cuando tosió después de que le atravesaran la espalda.
Ambos miraron la punta que sobresalía entre los pechos, brillante, plateada y carmesí a la vez. El atacante retiró la espada y la sangre brotó en cascada. «Oh, no», pensó Allena. «Oh, no».
Cuando miró por encima del hombro al sicario, se encontró con un hombre vestido de negro y alto como una montaña. La cabeza la tenía cubierta con un pañuelo oscuro, aunque unos mechones rubios se le escapaban por uno y otro lado. Uno de los ojos estaba cubierto con un parche. «Oh, no», volvió a pensar la Emperatriz.
—Estamos a mano, Majestad —dijo Roderick—. Me mató dos veces, así que dos veces la mataré a usted.
Allena no lo podía creer, ¿qué hacía Roderick ahí? ¡Lo habían lanzado al río! ¡Debió haberse ahogado! Miró las muñecas del antiguo General y las descubrió cicatrizadas, aunque no del todo recuperadas. Sostenía la espada de manera extraña, casi sin fuerza. Además, él tenía muy mala pinta. «La ha pillado. También está enfermo de peste». Roderick apenas podía mantenerse en pie. Tenía llagas en la cara y los labios estaban agrietados por la fiebre. Pero aun así parecía feliz.
Roderick soltó el arma, cayó de rodillas y miró el techo. Allena no sabía qué era lo que más la confundía: la pérdida de sangre o las lágrimas que empapaban la cara sonriente del antiguo General.
—Lo he hecho —susurró Roderick—. Heleno, Cassandra, ¡los he vengado! Así que vengan, por favor... Vengan por mí, vengan por mí...
Allena cayó de lado junto a Fafnir. El profeta también miraba el techo pero no sollozaba ni hablaba. Ya no respiraba. Fue como si ella muriera por partida doble. La parte que más le dolió fue la que Fafnir se había llevado consigo. Quería estirar los dedos, buscar la mano de su esposo entre las tinieblas que empezaban a llevársela, y pedirle que la guiara. Que la llevara a un sitio seguro. Pero él no aparecía por ninguna parte.
«¡Ven por mí!», quiso gritar. «¡Ven por mí, Fafnir, ven por mí y no me dejes sola hasta el final!».
En cuanto se percató de que eran las mismas palabras que susurraba Roderick, no supo si enfurecerse o enternecerse. Entendió a lo que se refería el hombre cuando dijo que lo mató dos veces. No se refería a lanzarlo al río para que se ahogara, sino a las ocasiones en las que mató a Heleno y Cassandra. «De verdad los amó. Los amó tanto como yo amo a mi Fafnir». Era inconcebible. ¿Cómo era posible que monstruos como Roderick y los gemelos sintieran y recibieran amor? ¿Por qué podían sentir lo mismo que ella?
A pesar de la herida, una fuerza nueva le recorrió el cuerpo para elaborar una última misión. Ahora comprendía por qué Roderick estaba todavía vivo. Si él también se sintió en algún momento como ella, era claro que encontraría mil formas diferentes para levantarse y vengar a los que amó con todo el corazón.
A duras penas, se arrodilló y juntó las palmas. Le costó un esfuerzo tremendo invocar la espada mágica de su Torre. Cuando lo logró se concentró únicamente en acabar.
—¿Me va a matar, Majestad? —preguntó Roderick con una sonrisa tan radiante que ella dudó. La peste sería peor, mucho peor, pero ella tenía que vengar a Fafnir. No podía dejar las cuentas justas, tenía que ganarle al antiguo General—. Hágalo, no me importa. Esta vez no dolerá nada. Esta vez ellos sí vendrán por mí.
Extendió una mano al rostro de Allena, ilusionado, y se agachó como si quisiera besarla. La Emperatriz supo que Roderick besaría a Heleno y a Cassandra a través de ella, porque era la viva imagen de sus padres.
Antes de que el hombre terminara de recorrer los centímetros que los separaban, un corte azul le rasgó la garganta. Roderick no gimió ni tosió. Tal vez hubiese durado un par de minutos desangrándose, pero para cuando tocó el suelo ya estaba muerto. Llevaba años muriéndose.
Pero a ella todavía le quedaba un poco de tiempo. Una eternidad. Se acurrucó junto a Fafnir y lo llamó con el pensamiento para pedirle que la esperara, que no cruzara sin ella, que estuviera allí para tomarla de la mano y caminar juntos al otro lado del claro.
Pero cuando cerró los ojos no encontró a Fafnir. Solo oscuridad.


"Los Hijos de Aesir: Dos Tronos" © 2013-2017. Ángela Arias Molina

2 comentarios :

  1. Bueno valió la pena la espera xD
    Excelente capitulo este, por cierto no puedes dejar que los malos sean malos hasta el final? hasta me apiade de Cassandra y Roderick...
    Dios cuanto me ha gustado este pequeño (bueno a mi me lo pareció :c) desvío de la historia principal, con este arco ya varias veces he olvidado que la protagonista es Sakti Allena Aesir II (que nombre tan largo)
    Mmm Sangre Aesir en los Montag y los ojos de Darius... A este punto me pregunto sabia el Emperador acerca de considerar a Sigfrid como ganador del torneo en el arco de Istar?

    jeje comienza de nuevo la tortuosa espera hasta el próximo capitulo, pero si son como este pues bendita sea la espera x'D

    -Alex AJSP-

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    Respuestas
    1. ¿Pequeño desvío? Todos los Virtuosos anteriores recibieron un solo capítulo, mientras que esta Emperatriz se ganó una sección entera para ella solita xD Pero yo también disfruté este desvío y hasta me atrevo a decir que es la mejor historia paralela que ha salido hasta ahora (¿o no estás de acuerdo?).

      Y ahora con el capítulo que sigue vamos a terminar de atar los cabos sueltos de esta sección antes de continuar con la historia principal. Aunque desde ya se pueden ir haciendo suposiciones sobre la peculiaridad de Siggi que adivinaste...

      ¡Muchas gracias por leer! Ojalá que los capítulos te sigan gustando :) <3

      Eliminar

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