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Capítulo 14

14
ALUCINACIONES


Antes de que abriera los ojos, supo a quién vería en la misma sala donde Roderick la asesinó. Cada vez que miraba a Darius sentía algo semejante a mariposas en el estómago. Lo que era ridículo, porque ella no tenía entrañas que se estremecieran. Era como ver a Fafnir, aunque la mirada verde esmeralda y azul zafiro le recordaba a gritos que él no era el consorte que tanto extrañaba.
Allena sabía que Darius era profeta, descendiente de los hermanos de Fafnir, pero aun así la sorprendía el parecido. La genética y los saltos generacionales sí que eran fascinantes. ¿Cómo podían llamarla «científica loca» por apreciar y querer entender los misterios de la naturaleza? Incluso los aesirianos de la actualidad no podían ver a las herramientas Fafnir sin pensar que la mente que los ideó debía de estar un poco perturbada. No se daban cuenta de la versatilidad del diseño, de la rapidez de los movimientos, de la fuerza de los músculos, de la precisión necesaria para invocar una criatura artificial tan eficiente. Todo lo que veían era un monstruo que estaba de su lado, sin apreciar la belleza aterradora de cada herramienta y su potencial protector.
La Virtuosa estudió al profeta. Comparado a la condición de otros aesirianos –como los hambrientos voraces, por ejemplo–, Darius era deficiente. La herramienta Amrit en la que estuvo hospitalizado le ayudó a recuperar el equilibrio de la presión sanguínea, pero el análisis básico de la sincronización le decía que el muchacho no estaba bien. Podía caminar, pero lo hacía muy despacio y casi siempre necesitaba alguien en quien apoyarse. Se cansaba muy fácilmente y cada tres horas debía desinfectarse varias heridas y cambiar los vendajes. Si se exponía a actividades extenuantes o si se alteraba emocionalmente, el abdomen –donde tenía la herida más grave– se le abriría mucho más y no le daría tregua.
La maldición de la daga se lo estaba llevando a la tumba lentamente.
Lo mejor para él era quedarse en Edén, donde la atención constante de las Amrit lo mantendría con vida por más tiempo. Sin embargo, la Virtuosa sabía que Darius estaba decidido a marcharse con la flota de rescate hacia el continente principal.
Ella sabía prácticamente todo lo que acontecía en Edén. Conocía desde las travesuras que un par de niños realizaban a costa del arqueólogo Ryaul Borub, hasta los líos amorosos de un panadero y una viuda en el sector K-9812. No lo hacía al propio. Simplemente... sucedía. No podía evitarlo. La sincronización lo veía todo, incluso los pensamientos. Ahora que ella estaba muerta y tenía un núcleo neutro, tenía acceso a toda la información en Edén. Ni siquiera viva manejó tantos datos. Ojalá fuera la última Aesir con esa habilidad, porque si las ruinas del Esplendor resurgían no quería que alguna generación de Emperadores o príncipes tuviera las herramientas para gobernar con puño de hierro sobre los aesirianos. Ella no podría soportarlo.
Sin embargo, a pesar de tener al alcance información ilimitada, todavía había cosas que ella no podía entender o prever. Eso le agradaba. Lo bonito, aunque también lo más aterrador de la vida, era no saber qué sucedería a continuación. Esa incertidumbre no era por la falta de conocimiento, sino a las personas en sí, que tienen el poder innato de cambiar el transcurso de la historia. A Allena la sorprendía cómo una sonrisa, una frase o una mirada en el lugar y el momento adecuados, podían dar un giro completo a lo que los datos de Edén habían anticipado.
Como Dereck, al besar a Lemuria.
Como Sakti, al cortarse el brazo para salvar a su amigo.
Como Darius, al dejarse apuñalar por su propio hijo.
Las personas no eran predecibles, como los datos, pero eso las hacía muchísimo más fascinantes.
¿Qué haces aquí?, preguntó con un susurro mental. La sincronización le dijo que Darius llevaba un buen tiempo esperando a que lo atendiera y que tenía muchas preguntas para ella. Aun así, el profeta la sorprendió con la respuesta.
—Tuve un sueño. No recuerdo exactamente de qué se trataba, pero sé que tengo que estar aquí. Me dirás algo importante que tendrá grandes repercusiones en el futuro.
... Pero no sabes qué es.
—No.
Si estuviese viva, habría dejado escapar un suspiro de resignación. Darius no le desagradaba, pero era un inconveniente. Debí haberte matado, dijo la Virtuosa mientras ladeaba la cabeza a un lado y el cabello le cayó sobre el hombro como una cascada. A ti y a tus cachorros híbridos. Siempre fueron una amenaza, siempre lo serán.
Darius podría convertirse en una carga para la misión de rescate de la Capital. También, como sus hijos tenían sangre vaniriana, había muy altas posibilidades de que en el futuro sus descendientes dañaran las recepciones sincrónicas de las estructuras con núcleos universales. Tal vez no sucedería ahora, ni mañana. Pero dentro de unos años algún núcleo tendría un corto circuito al procesar a un aesiriano con carga vaniriana. Quizá eso llevaría a una reacción adversa, como la que tuvo Edén durante la epidemia.
Pero quizá lo más grave era el poder que los profetas tenían sobre los Dragones, en especial sobre Sakti. Era normal que pudieran controlarlos, pues eran descendientes de los hechiceros que crearon la Profecía. Pero lograr que un Dragón estuviese a punto de sacrificar su vida solo por uno de los chicos... La Virtuosa todavía no se podía creer lo que Sakti hizo por Connor.
Lo que más le preocupaba era que ellos ni siquiera se daban cuenta de cómo influían en los Dragones. Ahí estaba el verdadero peligro.
—¿Por qué no nos mataste, entonces? —le soltó Darius—. ¿Por qué nos guiaste por las ruinas y nos dejaste ir después?
Ni loca le diría que los atrajo al jardín del Edén porque quiso verlo. Durante su espera solitaria le hizo tantísima falta Fafnir que, cuando vio a Darius a través de los ojos de la herramienta que atacó a Connor, solo pudo pensar en que lo quería para sí misma. Pero pronto se dio cuenta de que era una ridiculez. Darius no era Fafnir y ella debía esperar mucho tiempo antes de ver de nuevo a su esposo.
En cuanto a por qué los dejó ir... Bueno, alguien le pidió hacerlo y ella no pudo negarse.
Por la misma razón que accedí a internarte en la herramienta Amrit. Por la misma razón que tú y tus hijos viven todavía. Si los daño, la princesa no me liberará de mi Torre. Estaré condenada aquí hasta el final de los tiempos. Darius asintió, aliviado porque él y los chicos estaban a salvo.
—Si no hubiésemos hecho el viaje por las ruinas no tendríamos ni idea de todo lo que dormía bajo el desierto. Quizá los terremotos destruyeron la superficie, pero los vanirianos ya habían hecho un daño irreversible. No habríamos podido encontrar refuerzos. Pero es posible salvar Masca y a mi hija con los reclutas de la Academia y los recursos de Edén. Así que gracias.
La Virtuosa guardó silencio y permaneció inmóvil, mirando a Darius a los ojos. Sería tan fácil acabar con él, tan sencillo. Sakti ya había demostrado que era capaz de sacrificarse por los profetas. La tenían en la palma de la mano. La próxima vez que alguno estuviera en peligro, ella lo ayudaría; así, entonces, era probable que no regresara a Edén para acabar con la Emperatriz.
O que no llegara al día prometido y la Profecía quedara vacía.
Su deber como Aesir era eliminar todas las variables que pudiesen afectar el resultado del Pacto con Dios. Pero ella no estaba segura de que acabar con Darius fuese lo mejor. Después de todo, había otra energía protegiéndolo. Así que lo único que podía hacer era dejar el tema de lado y seguir con otros asuntos mucho más urgentes.
Acércate, ordenó. Quiero que se lo lleves a Allena para que comience a cargarlo.
Mientras Darius se acercaba al trono de Edén, el núcleo en el pecho de la Virtuosa empezó a brillar al ritmo de un corazón. Para cuando el profeta estuvo a unos escalones de la Emperatriz, los destellos fueron tan potentes que tuvo que entrecerrar los ojos. Aun así pudo ver que del núcleo salía un vapor blancuzco que creaba pequeñas espirales.
En unos dos minutos el humo se condensó en un solo punto, hasta que formó una pequeña esfera. Darius arqueó una ceja, pues creía haber visto piedras similares.
Tómalo, ordenó la Virtuosa. No te hará daño.
Darius estiró la mano y atrapó la esfera. Estaba fría, pero no se deshizo en sus manos como lo temió. Era muy sólida, roca verdadera.
—Me parece haber visto algo así antes. ¿Qué es?
Un núcleo.
Darius por poco deja caer la esfera, pues recordó en dónde vio algo similar: en Lahore. Alguien –no recordaba quién– le había dado un núcleo pequeño para que lo llevara a Sigfrid. Él había protestado porque no era común que los núcleos se dejasen cargar por hombres. Sin embargo, en aquel entonces la piedrecilla no le hizo daño e incluso alcanzó el nivel de desarrollo para ser sincronizada.
—¿Por qué no me rechaza?
La Virtuosa no respondió de inmediato. Cuando Darius la miró, vio que ella tenía los ojos puestos en él, con intensidad. No le gustaba esa mirada porque le recordaba al Emperador Kardan –y todos sabían lo que él pensaba del tío de Sakti–, pero era peor porque la mujer no necesitaba parpadear.
No sé, dijo al fin la Virtuosa. Los núcleos son caprichosos, pues tienen algo semejante a la consciencia, como si fuesen fragmentos o copias de las almas que los crearon. Esa extraña naturaleza es uno de los tantos misterios que me cautivaron en vida y que nunca pude comprender. Hay quienes creen que los núcleos solo se dejan cargar por mujeres porque tenemos el don de dar vida. Otros dicen que algunos hombres son excepciones porque tienen un corazón bondadoso. Pero en realidad los núcleos se dejan cargar a voluntad, sin importar si se es hombre o mujer, bondadoso o villano, poderoso o débil. Los núcleos eligen, de la misma manera que nosotros elegimos a nuestros amigos según nuestros propios intereses.
Darius miró la esfera, pensativo. Los núcleos eligen tal y como las personas eligen a sus amigos. Pero ¿en verdad era una elección? Darius sabía que a muchos de sus amigos los había elegido, pero a los que más quería no eran resultado de una simple decisión. Como Sakti. Su amistad con ella siempre fue particular, pero la más valiosa.
—Si los núcleos se parecen un poco a las personas —dijo al fin—, entonces no es por elección. No se puede elegir a quién amar. Simplemente se ama. Tal vez ellos no eligen quién los cargue, si no que pasa.
Es una explicación muy vaga, lo amonestó la Virtuosa. Pero supongo que no puedo esperar mucha precisión de parte tuya. Los profetas de mi época tampoco eran muy precisos, sino que se dejaban guiar por sus corazonadas.
—Pues bien, llámalo una corazonada si quieres.
... Los Tonare tampoco se especializaron en precisión o lógica, continuó la Virtuosa, como si no lo hubiese escuchado. Siempre han sido bastante apasionados, dejándose guiar por sus más fuertes emociones. Fuera como fuese, no tienes mucho material genético para ser racional con tus explicaciones.
Darius apretó los dientes y retrocedió, enfadado. La Virtuosa tenía que saber que esa especie de comentarios no le hacía gracia. Hasta los doctores que le atendían sabían que no debían recordarle su parentesco con Enlil, ¡y él ni siquiera conocía los nombres de los médicos!
Ella de seguro supo las ganas tremendas que tenía de gritarle, pero todo lo que hizo fue mirarlo con esos ojos oscuros, como vidrio, que lo veían sin parpadear. Con todo, parecía una muñeca de porcelana, tan falta de... comprensión, de sentimientos, de vida.
No es una vergüenza ser un Tonare, chico. No es una vergüenza ser lo que somos. Recuerda eso.
Darius mantuvo la mandíbula tensa y bajó las gradas que llevaban al Hlidskjalf-2. Todo lo que quería era largarse, entregar el maldito núcleo a Sakti y nunca más ver a la Virtuosa. Sin embargo, con la sincronización la Emperatriz lo hizo detenerse en seco y dar media vuelta para que la mirara otra vez.
Tengo una pregunta. ¿Qué hay de los otros herederos de las Casas Militares? Darius frunció la frente. A estas alturas la Virtuosa ya debía de saberlo.
—El último de los Kèrmiac murió en un incendio, en la residencia de reposo en Masca; y unos demonios cazaron a la familia Grendiere hasta el exterminio. —No hacía falta hablar de los Tonare.
¿Y los Montag?
—Solo queda uno. Sigfrid. Es el Primer General. Los vanirianos lo apodan el Demonio.
La Emperatriz hizo una de sus largas e incómodas pausas, que eran aún peores porque no parpadeaba.
¿Sin hijos?
—Gracias al Cielo. —Darius se estremeció. Pensar en un hijo de Sigfrid Montag le causaba escalofríos. El mundo ya tenía suficiente con un solo Demonio.
Es... ¿inusual?
Darius pilló el extraño tono de la Virtuosa, pero no entendió de inmediato qué esperaba ella. ¿«Inusual» cómo? ¿A qué se refería? Sigfrid era peculiar, de eso no había dudas, pero en el buen sentido... para los aesirianos, claro. Aunque a Darius le dolía admitirlo, sabía que Sigfrid era un maldito genio. Todo le salía bien. Si el General se hubiese colado en el viaje interdimensional de los gemelos y hubiese salido de Masca cuando inició la invasión, ya habría salvado la Capital unas tres veces.
Entonces, ¿lo que la Virtuosa quería era un recuento de las hazañas del Demonio Montag, para saber con certeza que el Imperio tenía un General que lo llevaría a la victoria y finalizaría la guerra milenaria contra los vanirianos? ¿O quería saber algo más?
—Él... —Darius torció el gesto—... no puede morir.
En la frente de porcelana apareció una pequeña arruga. ¿Dices que es inmortal?
—No, no... Es solo que... —Darius apretó los labios, sin saber muy bien cómo explicarse—. Sigfrid es mayor de lo que aparenta, todos lo saben, pero nadie conoce con exactitud cuántos años tiene. Durante siglos ha liderado el ejército aesiriano y ha servido varios gobiernos. Sí se hiere y se enferma, pero es... indestructible. Siempre se las apaña para salir adelante, para salir victorioso, pero a nadie le parece extraño. Ha estado tanto tiempo en el gobierno que parece que permanecerá ahí por siempre. Casi es raro pensar en un ejército sin él.
Darius intentó imaginarlo, pero la idea no le cuadró. Le pareció antinatural. No podía ver cientos de tropas bajo el comando de otro hombre que no fuera Sigfrid.
—Quizá es algo normal entre los Montag, ¿sabes? Pero como Sigfrid es el último no puedo compararlo para saberlo con certeza. Pero creo que si los Kèrmiac se regeneraban sin problemas, es lógico imaginar que los Montag son más longevos que el resto de aesirianos.
Darius quiso preguntarle a la Virtuosa si estaba en lo correcto, pero no se atrevió. La Emperatriz guardó otra vez silencio y lo miró sin parpadear, como si no estuviese ahí, como si no existiera. Era muy extraña, incluso más que Sakti.
¿Algo más?
Darius titubeó. ¿Tenía que describir el agrado de Sigfrid hacia la tortura? ¿Cómo podía romper el cuello de un grolien con el movimiento de una sola mano? ¿Lo alto que era? ¿Sus hombros de montaña? ¿Su temible voz de tigre? De alguna forma, le parecía que eso estaba demás, que eran características que todos los Generales debían tener. Lo que la Virtuosa quería era información excepcional, algo que nadie pudiera sospechar. Para qué quería esa información era algo que Darius desconocía, pero no percibía ningún mal en eso. Cuales fueran las intenciones de la Emperatriz, no eran malvadas.
—Él... puede usar el fuego azul.
Darius recordó el día que Sakti perdió el brazo por primera vez. Si Sigfrid no hubiese estado allí con esa botellita de fuego maldito, el come-almas habría acabado con la princesa y el profeta. En aquella ocasión Darius no le dio importancia al asunto, porque le pareció que se trataba de otro de los imposibles que Sigfrid podía hacer.
Pero ahora el muchacho sentía curiosidad y al parecer también la Virtuosa. ¿Quizá era ese el misterio que ella le revelaría y que sería tan importante para el futuro?
¿Qué es el fuego azul?
Darius sabía que la época de Esplendor era anterior al de la catástrofe de Sigurd, así que los Aesir de ese entonces desconocían el fuego maldito. El profeta le contó la historia del come-almas y Maat, para que la Emperatriz entendiera lo raro que era que Sigfrid pudiera controlar las llamas azules.
—Como ves —dijo cuando concluyó el relato—, solo los Aesir pueden utilizar el fuego azul. Alguien que no sea de la Familia Real terminaría quemándose a sí mismo.
Otra vez la pausa, aunque esta fue más breve. ¿Puede hacer algo más? ¿Sincronizarse? ¿Abrir puertas de sangre? Darius negó con la cabeza. Si Sigfrid pudiera hacer todo eso, alguien lo habría notado. Pero, pensándolo bien, ¿alguien más había notado que Sigfrid podía usar el fuego azul? ¿Solo él?
La idea le dio escalofríos. Si nadie más lo sabía, eso quería decir que Sigfrid le confío un secreto. Era una sensación rara, la de conocer algo tan íntimo de una persona a la que se considera enemiga, sabiendo que nunca lo compartiría con nadie más. Darius ni siquiera se lo había dicho a Sakti ni lo diría nunca, a ella o a otra persona. La Emperatriz era una excepción.
Darius suspiró profundo para quitarse esa sensación. El silencio que siguió no le pareció extraño, sino ideal para procesar lo que acababa de descubrir. Ah. ¿Era por eso que la Virtuosa guardaba esas largas pausas? ¿Para comprender todo lo nuevo que conocía? Si consideraba que llevaba miles de miles de años sola bajo la arena, era más que normal que actuara así, en especial porque todo era nuevo para ella.
¿Es fiel al Trono?
La pregunta fue como un susurro, tan suave que Darius por poco la confunde con uno de sus propios pensamientos. Pero al mirar a la Virtuosa comprendió que esa era una pregunta de vida o muerte para ella.
—No somos amigos. De hecho nos odiamos mutuamente, pero creo que podemos reconocer virtudes en el otro.
Por eso Sigfrid no se preocupó en esconder su secreto delante de él, o en amenazarlo si decía algo. ¡Qué raro! Sigfrid sabía que podía confiar en él algo tan significativo. Jamás le daría un ejército para que liderara, ni lo dejaría a solas con el Emperador por temor a que lo matara, ni pondría su vida en manos del profeta. Pero el temible Demonio Montag confiaba en el cachorro, al que tanto detestaba, en un nivel que estaba fuera de escala. ¡Brrr! ¡Qué abrumador!
—Sigfrid es grosero, cruel, insensible, una abominación. Pero por encima de todo eso es fiel a su precioso Trono. Iría mil veces al Infierno antes que dejar que al Imperio y al Emperador les suceda algo.
Darius esperaba otra pausa, pero se llevó la sorpresa del día cuando la Virtuosa comenzó a reír. Empezó suave, como el ronroneo de los motores de las Amrit, pero luego se convirtió en una carcajada que nacía en la garganta y le salía de la boca. ¡De la boca! El profeta no sabía cómo era posible que la Emperatriz pudiera emitir sonidos, si no tenía cuerdas vocales ni pulmones. Pero como la risa era agradable, la dejó hacer. Que se riera todo lo que quisiera. Lo único que Darius quería era que le explicaran el chiste.
—¿Qué es tan gracioso? —Sin dejar de reír, ella dijo:
El tiempo corre, pero los recuerdos y las promesas regresan. Tu cara es como la de Fafnir, Allena tiene mi nombre y Abrecht y Hildrek mantienen sus votos hasta hoy. Todo es un ciclo, todo se repite. ¿No te parece fascinante cómo todo se une de nuevo en distintas secuencias, miles de miles de años después? Es mágico, como si las coincidencias eligieran convertirse en destino.
Darius aún no le veía la gracia, pero entendía lo del ciclo. Sí, todo se repite una y otra vez. En esta vida y en la siguiente.
—Quizá —dijo— las coincidencias no eligieron nada. Quizá no son más que el producto de nuestras propias decisiones. Quizá, sin que lo eligiéramos, nos convertimos en tejedores y juntos armamos el destino. Simplemente... lo hicimos.
La Emperatriz se calmó, pero todavía quedaban ecos de su risa en la habitación y en la sincronización. Darius no podía asegurarlo, pero le parecía que la Virtuosa podría estar llorando de la satisfacción. Claro, si tuviera lágrimas.
De nuevo tu explicación es muy vaga... pero me gusta. Salvo que no somos tejedores. Nosotros somos solo hilos, pero a veces los hilos se enredan a voluntad. Darius percibió un suspiro de alivio en la pulsación del mármol. Gracias por todo. Ya te puedes ir.
El profeta dio media vuelta y se dirigió a la puerta de la Sala del Trono. Mientras se marchaba, le llegó una nueva orden.
Acabo de recordar algo. Cuando Allena se sienta mejor, por favor hazla venir.
—Ajá —murmuró el muchacho sin detenerse.
Quiero darle los códigos de sincronización para Tyr. De lo contrario, no podrá hacer reaccionar la ciudad. Sin conexiones de mármol, es muy complicado sincronizar.
Darius se detuvo en seco y giró sobre los talones, alarmado. Si la sincronización de Tyr se complicaba, sería más difícil salvar Masca y, por tanto, a Zoe.
—Tyr tiene mármol. No debe de haber problemas.
Oh, ¿en serio? Supongo que algún Emperador se lo habrá agregado para facilitar la sincronización. Era la solución más sencilla, desde luego, pero a mí no me gustan las salidas fáciles. No quería modificar la peculiar arquitectura de la capital del Norte. La Virtuosa inclinó la cabeza hacia el lado contrario y el cabello le resbaló por el otro hombro. Tyr siempre fue... inusual. Es una de las ciudades más antiguas del Imperio, aunque no tanto como Masca. El diseño es similar, pero el material es muy diferente. Tyr fue otro de los misterios que no pude resolver sin importar lo mucho que me esforcé. Nunca comprendí por qué se construyó una ciudad sin mármol.
—Pero sí tiene...
Ahora lo tiene, lo interrumpió la Virtuosa. En mi época, no. A Darius lo picó la curiosidad.
—Si no tenía mármol, ¿entonces cómo la sincronizabas?
Con códigos de sincronización. Es un algoritmo que hace creer al jade que es mármol y que, por tanto, tiene conexiones sincrónicas. Si me permites decirlo, fue uno de mis descubrimientos más brillantes. Darius sacudió la cabeza. ¿Jade? Había escuchado que el mármol de Tyr era verde, como el de la Fortaleza Heimdall, pero un sacerdote se habría dado cuenta de la diferencia entre mármol y jade. Una Doncella también. ¡Diablos, hasta el príncipe Kardan debía de haberlo notado!
—Debió de ser difícil hacer un Hlidskjalf para Tyr.
La Virtuosa se rio, pero esta vez mediante la sincronización. Aquí es donde el misterio se pone más denso. Tyr no es una ciudad tan antigua como Masca, pero sí tiene un diseño muy similar. Tanto que tiene su propio Hlidskjalf, pero yo no lo hice.
Darius se quedó mudo. Por lo que entendía, todos las ciudades cabecera del Imperio de Esplendor –fueran terrestres, acuáticas, subterráneas o aéreas– tenían un Hlidskjalf que la Emperatriz diseñó a partir del Trono de Masca. Pero si ella no construyó el Hlidskjalf de Tyr, entonces...
—¿... quién lo hizo?
Si lo averiguas, me cuentas, respondió la Virtuosa mientras levantaba los hombros. No encontré registros de la construcción de Tyr, pero tengo dos hipótesis. La primera, que algún arquitecto quiso diseñar una ciudad sincrónica con jade, para saber si era posible sustituir el mármol. Quien fuera este arquitecto, incluso sustituyó el material original del núcleo en el Hlidskjalf, y lo construyó con hierro y plata. Es una aleación interesante, aunque inestable. Éste habría sido el experimento predecesor a los núcleos universales que ideé, pero su inestabilidad hizo que se regresara a la arquitectura original.
»Mi otra hipótesis es que, miles de años antes de mi época, se hubiese dado una disputa en el clan Aesir. No es difícil imaginar que un príncipe sin derecho al Trono, o rechazado por Masca, añore gobernar. Quizá Tyr fue el esfuerzo de ese príncipe de crear la Capital de su propio país. Pero, posteriormente, la derrota de esta revolución habría convertido a Tyr en la única de su clase y en capital de una región del Imperio, no en un país independiente.
»Sin embargo, como te dije antes, no tengo registros para confirmar o descartar estas hipótesis.
—¿Pero sí es posible sincronizar Tyr?
Claro, aunque es más complicado. Tyr es tanto o más quisquillosa que Masca. En todo caso, para la misión no necesitan sincronizar toda la ciudad, solo tener acceso a la cámara de experimentación; pero con los códigos de sincronización bastará. No te preocupes por eso.
Darius asintió, cansado. El corazón le palpitaba muy fuerte, porque en verdad le había asustado que en Tyr no obtuvieran el material que necesitarían para liberar Masca. Solo pensar que algo pudiera salir mal era suficiente para alterarlo.
Ya llamé a uno de tus hijos, susurró la Emperatriz. Te llevará a la sala Amrit en caso de que algo vaya mal.
Darius apretó los dientes. Detestaba que un maldito susto lo pusiera tan mal. Le dolía el abdomen, pero no se atrevía a palparlo por temor a abrir alguna herida. Siempre que se enfadaba o asustaba un pelín algo cambiaba dentro de él y ¡puf!, sangraba otra vez. Era un verdadero fastidio. La peor parte era la cara de congoja de Connor, quien lo regañaba por no guardar reposo. Pero Darius sabía que si no caminaba por lo menos un poco todos los días no estaría en forma para entrar a Masca y salvar a Zoe. Sakti quería apartarlo de la misión, ¡pero que lo partiera un rayo antes de quedarse fuera del equipo de rescate!
Siéntate, ordenó la Emperatriz, un poco fastidiada. Allena se enfadará conmigo si te pasa algo malo delante de mis narices.
Darius obedeció, porque tampoco quería los regaños de Sakti. No le iba a dar una excusa para dejarlo en Edén mientras ella y los chicos regresaban al continente principal. Si Sakti estaba dispuesta a ir a luchar sin brazo izquierdo, ¡podía estar segura de que él la seguiría aunque dejara las tripas en el camino!
Pero, claro, todo sería más fácil si el dolor no fuera tan terrible, si las sienes no le palpitaran como tambores y si no tuviera alucinaciones. A veces, cuando se sentía muy mal, veía destellos de colores. Connor decía que era porque se le bajaba la presión, aunque Darius no estaba tan seguro porque los puntitos formaban siluetas. Como ahora.
Darius entrecerró los ojos para verlas mejor. Eran celestes y se movían de un lado a otro, a veces con lentitud, como si solo flotaran, y en otras ocasiones muy rápido, como si jugaran entre ellas. Reconoció las antenas, las alas y las líneas que trazaban en el aire. Si tenía alucinaciones, ¿por qué tomaban la forma de mariposas de añil?
Le gustaban los bichos, pero cada vez que los veía le entraban ganas de llorar, aunque siempre lograba contenerse. A veces también sentía el revoleteo de las alas en el cuello o en la oreja, pero no intentaba apartarlas porque sabía que si alguien lo veía agitando las manos en el aire lo creería loco. Esa sería una buena excusa para que lo abandonaran, ¡y él no daría ni una sola!
Pero en esta ocasión vio algo que lo alertó.
Miró boquiabierto a la Emperatriz, quien había extendido una mano. Allí, una de las mariposas revoloteaba feliz como si estuviera chupando el néctar de una flor. Un olor dulce inundó la nariz de Darius. Allen. El perfume de las flores que llevaban el nombre de Allena. Ya lo había sentido varias veces, aunque la más reciente fue durante el primer encuentro con la Virtuosa. Era curioso –y un poquito perverso– que una muerta oliera tan bien.
Quiso creer que todo –las mariposas, el perfume– era solo una alucinación, pero... la Emperatriz, la mano extendida...
—¿Las ves? —preguntó con un hilo de voz. La garganta la tenía seca. La Virtuosa apartó la mirada de la mariposa que le hacía cariño y miró a Darius con sus ojos como de vidrio.
¿Tú sí las ves? Pensé que no podías. Que ninguno podía.
¡Eh, qué bien! No eran alucinaciones, la Aesir también las veía. Pero Darius tenía la sensación de que ella veía, percibía y sabía más cosas de lo que era sano conocer. Sin embargo, otra vez la curiosidad lo picó.
—¿Qué son? ¿En verdad son mariposas de añil? —La Virtuosa otra vez ladeó la cabeza y, otra vez, el cabello le cayó por un hombro.
No puedo decir si son lo que conoces como «mariposas de añil». Solo sé que son las ayudantes del chico que los cuida. Son... bastante agradables. Darius arrugó la frente.
—¿Del chico que los cuida?
Sí, a ustedes. Ahora fue el turno de Darius de mirarla sin parpadear o comprender. ¿De qué estaba hablando?
—¿Un chico que nos cuida?
Ajá. A la Virtuosa la frustraba repetir lo que decía, pero como Darius no estaba en su mejor momento se lo explicó tan bien como pudo. A ti, a los gemelos, al chico médico y a Allena. Hay un espíritu vigía que los protege y guía. El mismo que le dio la mano a Allena cuando caía por el abismo. El que guió a tu cachorro por las carreteras hasta que se reunió con ustedes. El que interceptó a uno de los lobos-dragón para alejarlo de una mangodria.
La Aesir hizo una pausa, para que Darius pudiera digerir lo que estaba escuchando.
El que me pidió liberar al lobo-dragón en la superficie. El que me pidió que los dejara marchar con vida fuera de Edén.
Darius sintió un nudo en el estómago.
—Connor no estaba alucinando cuando dijo que alguien lo guió, ¿verdad?
No, de la misma manera que ahora tú no estás alucinando.
El profeta se miró la mano. La tenía helada y le temblaba mucho, pero recordaba lo cálida y estable que estuvo cuando despertó después del ataque de Drake. Sakti no fue la única que lo cuidó entonces. También estaba él.
—¿Puedes describírmelo?
Ya sabes cómo es.
—Lo sé, ¿pero puedes describírmelo? ¿Lo...? —tragó saliva, aunque no fue fácil. Tenía la boca tan seca que le parecía tener suela de zapato en lugar de lengua—. ¿Lo puedes ver ahora?
La Virtuosa vio a un lado del salón. Darius siguió su mirada. Aunque no vio nada más aparte de los destellos que Connor llamaba «alucinaciones», el vello en todo el cuerpo se le erizó. No podía ver nada allí, pero sí podía sentir algo cálido y dulce.
Viste de blanco y parece estar hecho de luz, dijo la Virtuosa. Su cabello es de sol y sus ojos son un trozo de cielo. Pero lo más cautivador es su sonrisa, que...
—... hace cosquillas en el corazón —la interrumpió Darius—. Lo sé.
Después de eso, no intercambiaron palabras nunca más. Se habían hecho un regalo mutuo. Aunque el profeta no lo sabía, le había dicho que la promesa de Hildrek y Abrecht estaba intacta, incluso ahora. Y la Virtuosa le había revelado a Darius algo que él siempre supo en lo profundo de su corazón.
Mark nunca se había ido. Todavía estaba ahí. Esperando. Vigilando. Protegiendo.


"Los Hijos de Aesir: Dos Tronos" © 2013-2014. Ángela Arias Molina

2 comentarios :

  1. Buen capitulo, como lo esperaba bastante relajado jeje se que todo no puede un constante climax
    Adoro cada capitulo donde aparece Allena I :) aunque ya le toque una merecida reunión familiar
    Kérmiac, incendio en una casa de reposo? ._. suena bastante "tranquilo" para el ultimo general de esa casa militar del imperio, por otra parte la forma en que se extinguio la linea de los Grendiere sonó mucho mas sangriento e interesante :3
    Tyr ciudad de hierro, plata y jade *o* lo esperare con ansias

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    Respuestas
    1. Acertaste con la pista que había dejado oculta, jeje. Ahora a ver si los personajes la captan también xD
      En cuanto al final de los Kèrmiac y Grendiere... ¿debería hacer side stories sobre ellos? Me gustaría, pero ni siquiera he podido terminar bien las que prometí hace unos meses. ¡Pero sí que traeré side stories! Algún día...
      ¡Muchas gracias por pasarte, leer y comentar! ¡Un abrazo!

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Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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