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Capítulo 15

15
LANYR


El humo envolvió la estación cuando los trenes se detuvieron. Por protocolo había un grupo militar en cada lado del andén para recibir a los pasajeros y atacarlos en caso de que fueran vanirianos. Sin embargo, cuando las puertas se abrieron salieron hombres uniformados con los colores del Imperio. El primer grupo estaba encabezado por Morak, Remiak y Dagda, quien le hizo una seña con los ojos a Sakti para que lo reconociera. La chica avanzó hacia ellos para recibirlos, pero abrazó con más fuerza al gemelo porque él fue quien más la preocupó.
Después de año y medio batallando constantemente en el Norte, Sakti se había acostumbrado a estar preocupada por su familia dispersa en la lucha. Dagda era el primero con el que se reencontraba.
—Los vagones están limpios. No hay ni un solo vaniriano —informó el muchacho, muy orgulloso de sí mismo. Tenía un ojo moreteado, cojeaba un poco y el uniforme le olía a sangre y sudor, pero estaba de muy buen humor.
—Háganlos pasar —ordenó la chica en voz alta.
Al instante los soldados en el interior del tren salieron en grupos de cuatro, cargando unos pesados baúles del que salía vapor frío, como si estuviesen hechos de hielo seco. Los oficiales comandados por Sakti les abrieron lugar y ayudaron a llevar los baúles, conscientes de que dentro llevaban una carga valiosa: los embriones Fafnir.
Como la chica supuso que los embriones necesitarían un lugar apropiado para su conservación, preparó con antelación una sala vacía en donde no entraba calor. Algunos soldados serían capaces de crear hielo para mantenerlos fríos, pero la chica supo que eso no sería suficiente por mucho tiempo. Ahora que los embriones estaban fuera de la cámara de experimentación de Tyr, debían ponerlos en acción pronto o dejar que se perdieran.
—¿Dónde está mi hermano? —preguntó Dagda mientras Sakti los conducía a la tienda en donde tendrían reuniones militares. Ella supo que se refería a Airgetlam.
—Todavía está con el mío.
—¿Y los demás?
—Darius sigue estable, Connor y Kel ya deben de estar ayudando a los heridos que venían en el tren, Freki y Geri están ansiosos por entrar a combate y Drake...
Cuando la chica corrió la cortina a la entrada, encontraron al peli-rosado sentado a la mesa, con los pies sobre ella y las manos detrás de la nuca, muy relajado. Drake no era el único allí, pues otros exploradores y consejeros le hacían compañía. El sicario sonrió, aunque Dagda no supo si quería partirle la cara o sonreírle de vuelta. No podía decir que su hermano le cayera bien, pero por lo menos ya no planeaba asesinarlo durante la noche. A decir verdad, Dagda no sabía lo que sentía por su hermano menor. Ni siquiera podía comprenderlo, mucho menos hacerse una opinión clara sobre él, aunque sí le alegraba un poquito que estuviera a salvo.
Sakti hizo una seña e invitó a los tres nuevos integrantes a sentarse. Poco después de que tomara el asiento principal, Dereck entró a la tienda con unas cuantas cartas. La mayoría eran noticias retrasadas que ellos ya conocían de antemano, pero una venía del mismo Adad.
—Mi hermano encontró la Estrella de Carmeil —anunció Sakti tras leer el mensaje—. Contaremos con ella para la invasión.
Los aesirianos asintieron y se dieron palmaditas de felicitaciones, pues esas eran buenas noticias. La Estrella de Carmeil era como la Espada de Cristal Azul, la hoz de Maat y la maza de Heimdall: era el arma de un Virtuoso, quizá la más famosa de todas.


La leyenda decía que el Virtuoso Ea se enfrentó a un dragón, la desgracia de su época.
La criatura habitó en un volcán de la cordillera principal del continente, donde gobernó con terror. Aterrorizó villas, mató ganado y personas, pero todo eso se le habría perdonado porque era un dragón. Bastaría con dejarlo en paz y vivir lejos de sus dominios. Sin embargo, esta criatura tenía un poder sobrenatural sobre el volcán, pues lo mantenía activo constantemente. Los gases que emanaban provocaban lluvias ácidas que se extendían por muchos kilómetros. Los ríos de la cordillera se secaban o llenaban de azufre y las montañas se resecaron tanto que no podían mantener ni pizca de vida.
Esto desató una situación inusual, pues varias criaturas se unieron para exterminar a la bestia. Demonios pensantes y no pensantes unieron fuerzas para acabar con el dragón y recuperar las faldas de las montañas, donde solían cazar. Pero sus esfuerzos fueron en vano y, cuando fracasaron, permanecieron unidos para atacar ciudades aesirianas y alimentarse.
Otros dragones también formaron alianzas para terminar con el poder que mantenía despierto al volcán, pero esta criatura resultó ser mucho más fuerte que ellos. Por un tiempo incluso se creyó que los dragones se extinguirían y él sería el último. Por eso se formaron partidas de cacerías, conformadas tanto por vanirianos como por aesirianos, sin que ninguna diera resultado.
El grupo de Ea fue el único que tuvo éxito, pues contó con la Estrella de Carmeil. La leyenda decía que la Estrella bajó del cielo mismo a los pies del Virtuoso y le concedió el polvo estelar como manto para que se ocultara a los ojos del dragón. A Sakti le parecía que la historia estaba un poquito adornada en ese punto, pues lo más probable fue que Ea encontrara el arma en una Torre levantada a partir de su voluntad, como fue el caso de los demás Virtuosos.
En realidad no importaba si la Estrella de Carmeil lanzaba un manto de polvo estelar sobre quien la usara: lo que importaba era el hechizo de invisibilidad. Según la leyenda, Ea y la partida de exploradores que iban con él se hicieron invisibles, llegaron a la guarida del dragón y acabaron con él.
Si la Estrella de Carmeil podía hacer invisible a un grupo grande, entonces aumentaban las posibilidades de un ataque sorpresa por parte de los aesirianos.


—Tengo que admitir que no fue tan mala idea que el mestizo nos acompañara —concedió Morak—. Sin él, nunca se nos habría ocurrido buscar el arma de un Virtuoso.
El plan original era utilizar núcleos de sincronización que efectuaran un hechizo de ocultación, como el que estuvo en el barco de Telius. Pero los núcleos a disposición de los aesirianos ya tenían otras tareas asignadas, eran pocos y ninguno logró hacer invisible nada. Por un tiempo temieron que al llegar a Masca tuviesen que empezar un ataque con el elemento sorpresa disminuido. Ese elemento era fundamental, en especial porque las naves flotantes sobre la Capital estaban sincronizadas, lo que las hacía mucho más veloces y efectivas a la hora de atacar.
Pero por suerte Darius sugirió buscar el arma de Ea e incluso colaboró con dar la ubicación de la Torre mediante un análisis de los registros que había leído cuando vivió prisionero en Masca... y con un empujoncito de sus poderes como profeta. Sakti nunca creyó que sería tan conveniente que su amigo fuera un ratón de biblioteca ni imaginó que llegaría a ser un profeta tan efectivo.
—¿Ve, Alteza? —le dijo Dereck cuando Darius se forzó una visión para encontrar la Torre—. Ellos pudieron salir de Masca hace mucho tiempo si hubiesen colaborado por las buenas. Simplemente no les dio la gana esforzarse.
Después de las indicaciones de Darius, Adad se marchó a buscar la Estrella en compañía de un grupo militar un poco más pequeño, que incluía a Airgetlam para que el gemelo ayudara al príncipe como profeta de apoyo.
Tras dar la noticia del hallazgo de Adad, Sakti siguió con las otras dos nuevas:
—Hermano está ahora con Alain en Puerto Martillo. Está listo para liderar las esfinges en cuanto se lo pidamos.
Habían dejado las esfinges con los buques de guerra y una porción del ejército que haría de refuerzo para las misiones militares en Nil, Kranvella y Torres Hale. Alain era el encargado de dirigir los refuerzos. Remiak era responsable de recuperar Kranvella. Morak debía mantener Tyr en poder aesiriano. Raziel estaba a cargo de Aulden y Sakti era la dirigente de Lanyr, una ciudad en ruinas que ni siquiera figuraba en el mapa.
—Bien —empezó uno de los consejeros de guerra mientras señalaba los puntos en el mapa—. Los exploradores han informado que varios castillos flotantes han abandonado la Capital, rumbo al noreste.
—Sí, intentaron apoyar las tropas vanirianas que estaban en la zona de Kranvella —intervino Remiak—. Por suerte las estructuras no estaban sincronizadas, así que los voladores pudieron frenar el contraataque vaniriano. Saben que hay tropas del Reino de las Arenas en el continente principal.
Pero eso no les preocupaba. El elemento sorpresa consistía en que los vanirianos no estuviesen preparados para recibir tropas aesirianas en Masca. Como Kranvella estaba en el lejano norte, de seguro que los vanirianos esperaban que las tropas marcharan desde allí hasta la Capital, sin sospechar que había un nido militar a pocos kilómetros de la ciudad.
—Raziel dice que los vanirianos han notado los trenes que viajan de Tyr a Aulden, pero está seguro de que no han visto los que viajan hasta Lanyr. El viaje es subterráneo y tenemos la ventaja de que la ciudad en la superficie está en ruinas.
Ese fue uno de los mejores descubrimientos cuando lograron recuperar Aulden. Encontraron mapas de rutas en los andenes de Aulden con la ayuda de los arqueólogos que no siguieron a Ryaul en la búsqueda de las ciudades acuáticas. Así fue como hallaron una lista de ciudades que reunían las características necesarias para formar un campamento militar: estaban cerca de Masca, contaban con túneles subterráneos y eran tan, tan viejas, que ni siquiera los aesirianos se acordaban de ellas. La más apropiada de esas ciudades era la que Sakti dirigía.
En la superficie, Lanyr era un bosque. Pero si se escavaba, al tiempo se encontrarían rocas y alguna que otra pared de mármol. La entrada a los túneles de Lanyr estaba muy bien camuflada con raíces, lianas y arbustos. Nadie sospecharía que debajo del suelo se escondían miles de tiendas militares y andenes con soldados.
—Yo tengo otra buena noticia —dijo Remiak, muy orgulloso de sí mismo—. Toaldria está bien. Desde Hale logramos enviar barcos con soldados para viajar a Toaldria. Realizamos un rescate militar a menor escala, así que contamos con muchos de los soldados de esa Fortaleza Militar.
—No se aceptan improvisaciones —lo regañó Sakti—. Toaldria está muy lejos de Tyr. Nadie habría podido socorrerte si hubieses estado en aprietos y llevará mucho trabajo llevar los soldados de Toaldria hasta Tyr para que unan fuerzas con el resto de la armada. —Remiak giró los ojos.
—Vale, de acuerdo, improvisé un poquito. Pero tengo un buen plan. Los vanirianos saben que estamos en el Norte y parte del Este del continente principal. Piensan que será cuestión de meses para que nos animemos a marchar a Masca con las tropas que hemos rescatado. Si estuvieses en su lugar, ¿qué harías, sobrinita?
—Atacar las tropas dispersas antes de que se unan.
—Exacto. Eso es lo que intentaron los vanirianos al enviar los castillos flotantes contra Kranvella cuando la tuve en mi poder. Por eso creo que Toaldria puede ser una distracción para cuando queramos liberar Masca.
El plan de Remiak era utilizar a los soldados en Toaldria como señuelo. Los haría marchar desde la Fortaleza hasta Tyr para que los vanirianos notaran el movimiento y enviaran castillos flotantes contra ellos.
Al escuchar el plan, Dagda arrugó la nariz. La estrategia de Remiak haría que hubiese menos vanirianos en Masca, pero a costa de la vida de muchos soldados aesirianos que serían utilizados como carnada. Le pareció injusto, en especial porque los oficiales no sabían que serían carne de cañón.
—Todo tiene un precio —le sonrió cínico el príncipe cuando se aprobó la estrategia—. Ellos van a pagar para que tú puedas rescatar a tu hermana.
Luego siguió el plan de rescate a Masca. Como líder en Lanyr, Sakti estaba a cargo de recibir los embriones Fafnir, mantener las tropas que llegaban desde Tyr y esbozar un primer borrador de la misión de rescate. Su idea sería debatida con los príncipes, consejeros y oficiales que participarían en el rescate. Cuando el plan fuese aprobado, se coordinaría con las otras bases militares aesirianas para empezar la misión.
—Los exploradores nos traen noticias tristes sobre el estado de la Capital —dijo uno de los consejeros mientras ponía un disco de metal sobre la mesa.
Del platillo emanaron líneas luminosas que formaron una imagen tridimensional para los aesirianos. Ese era uno de uno de los tantos inventos tecnológicos que la Virtuosa de Edén les dio para facilitar el rescate militar. La herramienta Imago tenía la capacidad de grabar escenas y luego reproducirlas en hologramas, por lo que era utilizada para espiar.
Los exploradores –entre ellos Drake– debían salir constantemente de la base en Lanyr y acercarse a Masca sin ser descubiertos, para llevar los hologramas a la princesa. Los exploradores vigilaban los bordes de la ciudad en grupos pequeños. Así, cada herramienta Imago tenía grabado un ángulo de la Capital. El problema era que no tenían los registros de todo el borde norte, porque Masca era una ciudad enorme.
Aun así, el holograma que vieron Dagda y compañía fue muy detallado, pues vieron el escudo de sombras y destellos que el Emperador había desplegado sobre la ciudad. El gemelo no tenía recuerdos del escudo, pero hasta él supo que ya no era tan fuerte como al principio, pues estaba desquebrajado en varios segmentos. Era como la cáscara de un huevo después de que lo abriesen para sacar la yema: por aquí y por allá había grietas del tamaño de un castillo flotante, mientras que en otras partes el escudo se mantenía casi intacto.
También podían ver las Murallas de Masca. Era rarísimo, porque desde que Dagda tenía memoria las grandes paredes siempre fueron un muro blanco e infinito. Pero ahora no solo estaban destrozadas en algunas secciones, sino que también estaban oscuras como la noche.
—Los vanirianos entraron a la Capital —explicó el líder de los exploradores, a la vez que señalaba algunas grietas en el escudo superior de Masca y en las Murallas—. Por aquí entran y salen algunas flotas vanirianas, mientras que por aquí entran los soldados a pie. Por el número de castillos flotantes en el cielo, los campamentos vanirianos a lo largo de la Muralla y la facilidad que tienen los enemigos para enviar naves a enfrentar nuestras tropas en el Norte, yo diría que tienen la ciudad a su merced.
Esa era una forma bonita de decir que habían ganado la lucha y que los esfuerzos aesirianos de recuperar la ciudad serían en vano.
—No, te equivocas —dijo Remiak mientras señalaba el escudo: era más fuerte por encima de en donde debía de estar Palacio—. Los vanirianos han tomado la superficie de Masca, pero todavía están los túneles. La Capital está sincronizada. Aunque el escudo está roto, todavía se mantiene en pie en muchas partes. Eso quiere decir que el Emperador no se ha dado por vencido.
—Nosotros tampoco podemos —acordó Sakti—. Si llevamos los embriones Fafnir a Masca, la sincronización los cargará y convertirá en herramientas adultas. Nuestro trabajo es meter los embriones a como dé lugar y darles tiempo de evolucionar. Con los Fafnir listos, nuestros números aumentarán.
—No creo que eso sea suficiente, Alteza —dijo uno de los consejeros, quien se había leído un manual que el príncipe Jaliar había redactado sobre la energía cero—. Una vez que los Fafnir estén listos, bastará con la magia de aesirianos ordinarios para mantenerlos activos. Pero para que los embriones se desarrollen, necesitan una sincronización adecuada. Mire el escudo. —El hombre señaló las grietas de la lámina que cubría la Capital, así como las rasgaduras en las Murallas—. El Emperador no se ha dado por vencido, pero está llegando al límite. No podrá cargar los embriones y mantener lo que queda de escudo al mismo tiempo.
Todos sabían que ese era un problema serio. Si el escudo caía antes de que los Fafnir estuvieran listos, los castillos flotantes terminarían de destruir la Capital. Necesitaban encontrar la manera de recargar mágicamente al Emperador o de lo contrario la misión de rescate sería un fracaso.
Lo que sí tenían claro era que el monarca aesiriano era una especie de héroe. No cualquier Aesir habría soportado tanto tiempo la sincronización con Masca al máximo, pero él lo había logrado a punta de perseverancia. O... ¿acaso el Emperador ya había muerto por la sincronización y ahora el sincronizado era el príncipe Kardan? Todos tenían esa idea en la cabeza, pero ninguno se atrevió a compartirla en voz alta.
—Supongamos que tenemos la forma de ayudar al Emperador a recargar la energía que ha perdido en los últimos años por la sincronización —dijo Morak—, ¿cómo entraríamos a la Capital? —Por suerte Sakti y los exploradores ya habían charlado antes al respecto.
—Estas son las naves principales que conforman la flota enemiga.
El líder de exploradores tocó el disco de metal que provocaba los hologramas. Al instante apareció una lista ilustrada de los castillos flotantes, con sus respectivas imágenes, características, nombre clave dado por los exploradores, periodos de aparición en la Muralla Norte y sus ataques. Eran tantos los castillos que a Morak casi se le explota la cabeza por intentar aprendérselos todos. Remiak ni siquiera lo intentó. Al poco tiempo se dio por vencido.
—Nos tomó tiempo notarlo —dijo el explorador jefe—, pero los castillos flotantes tienen una rutina. El sicario fue quien los notó, tiene buen ojo. —Con esto le dio la palabra a Drake:
—Los castillos se mueven en flotas o grupos diferentes. Una flota pequeña siempre está estacionada en el mismo lugar, pero otras más grandes hacen ronda por el perímetro.
El explorador jefe tocó de nuevo la herramienta Imago, con lo que se formó un holograma acelerado de las rutinas de reconocimiento. Mientras unas naves se quedaban suspendidas en el mismo sitio, otros castillos se movían en grupo alrededor de la Muralla, se detenían un tiempo entre los castillos estacionarios y después se marchaban. Aunque los exploradores solo habían hecho reconocimiento en la Muralla Norte y en parte de las otras secciones de los límites de la Capital, creían que las flotas seguían el reconocimiento a lo largo de toda la Muralla, pasando por las puertas Este, Sur y Oeste. La pregunta era por qué hacían ese ritual.
—Al principio creímos que era un protocolo para dar refuerzos constantes en diversos puntos de la Muralla y así evitar un rescate aesiriano —explicó el jefe explorador—. Pero luego Drake notó algo importante. Pongan atención a las naves estacionarias.
De nuevo corrió el holograma acelerado. Las naves suspendidas casi no se movían, con excepción de algo ligero: disminuían la altura. Al principio del ciclo estaban muy por encima del escudo, pero casi rozaban las Murallas justo cuando venían las flotas rotatorias. Era cuando se iban los grupos grandes que las naves estacionarias recuperaban la altura inicial.
Morak y Remiak no pillaron qué significaba eso, pero Dagda lo comprendió sin problemas:
—Las flotas rotatorias son las que tienen a un Aesir, ¿verdad? Viajan alrededor de las Murallas para cargar al resto de las naves. —Drake asintió.
—También hay ataques programados que están relacionados a las visitas de las flotas rotatorias.
En el holograma vieron que, pocos días después de que las flotas se hubiesen marchado, las naves estacionarias lanzaban un ataque generalizado contra el escudo protector. Una semana después, desde otro punto de la Muralla, más naves vanirianas lanzaban otro ataque contra la Ciudad. Sin descanso, todas las semanas, los ataques se repetían.
—Pobre Kardan... —murmuró Morak al ver los destellos holográficos constantes que caían sobre la representación de Masca.
Uno de los consejeros de guerra se aclaró la garganta y tomó la palabra.
—Las flotas estacionarias más cercanas a nosotros reciben la visita de una flota sincronizada cada tres meses. Ese es el tiempo que le toma para volver a disparar. Si calculamos el perímetro total de Masca, más el tiempo que necesita cada flota rotativa para llegar a un mismo punto, entonces tenemos un gráfico de poder de las naves vanirianas. Están más débiles a unos días de recibir la visita de la flota sincronizada, pero a cambio aumenta el número de vanirianos a pie que entran y salen por esa sección.
—En pocas palabras —comprendió Morak—, cuando las naves están cargadas pueden freírnos con relámpagos. Y cuando casi no tienen energía, nos toca enfrentarnos a las tropas de a pie, ¿verdad?
—Así es. Pero por suerte Drake pilló algo más —dijo el explorador jefe—: durante tres noches al mes los vanirianos no hacen nada de nada: ni atacan el escudo con los castillos, ni admiten salidas o entradas de tropas a pie, ¡ni hacen grandes campamentos a las afueras de la ciudad! Eso sucede durante la luna llena, durante las tres noches de más brillo. Por un tiempo no supimos si era un desperfecto en el cronograma vaniriano o una excepción en la Muralla que analizamos, pero Drake exploró parte de la Muralla Este y Oeste para confirmarlo.
—¿Por qué no atacan? —preguntó Remiak.
—No sabemos con certeza, Alteza —le explicó uno de los consejeros—. Puede ser que aprovechen esas noches para que los Aesir que tienen cautivos se recarguen de energía. Las lunas llenas afectan a todas las criaturas mágicas, incluso a los aesirianos. Aunque la princesa cree que los vanirianos tienen miedo.
—Las lunas llenas nos benefician tanto a aesirianos como a vanirianos —explicó Sakti—, pero a nadie lo hace tan poderoso como a Sigfrid. Si los vanirianos atacasen durante esas noches, le darían a Sigfrid una buena excusa para usar su poder sobre la luna. —Dagda recordó algo importante:
—A él no le gusta salir durante esas noches. Siempre se cubre con vendajes y se oculta.
—Hizo luna llena cuando Adad iba a nacer —agregó Remiak—. No sé con exactitud qué es lo que ocurre con el General durante esas noches, pero recuerdo que en esa ocasión no se cubrió como solía hacerlo. —El príncipe se estremeció—. Salió solo, sin tropa, sin Dereck o Kael, pero regresó invicto en esa ocasión, sin un solo rasguño.
—Lo que sentimos fue horrible —siguió Morak—. Creímos que era Adad, que el pequeño estaba haciendo un desbalance solo por nacer. Pero las criadas que atendieron el parto dijeron que fue como si ni siquiera el bebé deseara salir de Istar por el miedo que tenía. No sé qué tanto de esa noche fue Adad o el General.
—Si durante esas noches los vanirianos no atacan por temor a Sigfrid, entonces debemos aprovechar la oportunidad —dijo Sakti.
A una señal de la princesa, el explorador tocó la herramienta Imago y salió de nuevo el holograma acelerado de los castillos flotantes. Pero en esta ocasión se sumó algo más: una tabla con el ciclo lunar y más de veinte castillos sincronizados.
—Estas son las naves que tienen a un Aesir —explicó uno de los consejeros—. Lo sabemos porque son las que rebosan de más energía y porque siempre están presentes en las flotas rotativas. En cambio, algunos castillos abandonan de vez en cuando esas flotas.
—Algo tiene que estar mal —se alarmó Morak—. Contando a Adad y Allena, Masca tiene solo siete príncipes. El príncipe heredero está en la ciudad y mis dos sobrinos no han sido atrapados por vanirianos. Eso quiere decir que solo puede haber un máximo de cuatro castillos sincronizados con los príncipes mascalinos secuestrados.
Los ministros desviaron la mirada, como si no quisieran darle las malas noticias, pero Sakti lo miró a los ojos cuando le dijo:
—Los príncipes no somos los únicos con sangre Aesir. Las Doncellas también son capaces de la sincronización y todas ellas estaban en Masca.
Cuando Sakti dijo esto, el rostro de Dereck se encrudeció un poco. Dagda se sintió mal por él, porque imaginó lo preocupado y triste que debía de estar: la hermana del Guardián era una Doncella. Si no murió en la primera ola de ataque, estaba ahora sincronizada a la fuerza.
La invasión de los vanirianos fue muy discreta y perfecta. Lograron burlar los controles de la frontera con los hechizos de invisibilidad de los kredoa y aprovecharon que el Emperador estaba débil después del anterior intento de invasión. Como el monarca no podía sincronizarse seguidamente por mucho tiempo, no podía recibir información sobre los tipos de magia en Masca, mucho menos descifrarla en caso de que algún vaniriano camuflara su energía.
De esta forma, los vanirianos lograron colarse en la ciudad e instalarse en ella antes de que todo el poder de ataque llegara. En realidad, la invasión inició antes de que los castillos flotantes alcanzaran las fronteras. Los vanirianos entraron a Palacio, pusieron en aprietos a los guardas y se dirigieron a toda prisa al Templo de las Doncellas.
Sakti creyó que lo harían para atrapar a la profetiza Zoe, pero nunca imaginó que las Doncellas serían también un blanco enemigo. Si hubiese tan siquiera supuesto que las utilizarían para la sincronización de más naves, habría intentado salvarlas, esconderlas, hacerlas pasar por alguien más...
... tal vez las habría matado.
Sakti no sabía cómo logró su tío mantener la sincronización activa por tanto tiempo, pero imaginó que los vanirianos tenían Aesir para rato. Tal vez cada una de las naves Alfa tenía dos o tres Doncellas, a las que cambiaban cuando una se moría de agotamiento o cuando querían recargarles las baterías.
Si querían acabar definitivamente con la invasión, si querían salvarse de la amenaza vaniriana, solo tenían una opción: liberar a las Doncellas o destruir los castillos con ellas dentro. Pero esa era otra misión que Sakti no podía liderar. Ella tenía que encargarse de meter los embriones a Masca.
—Algunas naves Alfa tienen más poder que otras —dijo la princesa mientras corría el holograma—. Pero otras son más débiles.
El explorador líder hizo que la herramienta Imago corriera más despacio, para que los príncipes de las Arenas y Dagda vieran lo que ocurría con las flotas estacionarias cuando una flota rotativa en particular hacía visita.
—La altura de las estacionarias no aumentó tanto como en otras ocasiones —señaló Morak.
El explorador jefe asintió y aceleró el holograma hasta el ataque programado de esas flotas. Apareció una tabla que registraba la cantidad de energía liberada en el ataque, por lo que los príncipes y Dagda vieron que el nivel estaba bajo en comparación con otras descargas.
—Por alguna razón, este castillo flotante tiene menos poder de sincronización. Quizá las Doncellas están más agotadas ahí o el núcleo las rechaza: es una sincronización forzada. Sea como sea, tenemos algo claro: las flotas estacionarias tienen menos poder de ataque después de que este castillo las nutre y están muy, muy débiles después de la descarga programada que siempre realizan sobre Masca. Los vanirianos nunca atacan en luna llena. Si combinamos estos elementos, podemos inferir que la Muralla Norte es más frágil en las noches de luna llena cuando las flotas han disparado el poder brindado por la nave Alfa más débil.
—En pocas palabras —comprendió Dagda—, propones entrar por la Muralla Norte cuando todos los puntos débiles de los castillos flotantes se den. —La princesa asintió y miró a un consejero de guerra para que él continuara con la explicación.
—Según nuestros cálculos —dijo él mientras una animación holográfica corría frente los ojos aesirianos; la tabla con los ciclos lunares también se movió hasta indicar una fecha—, la próxima vez que se conjuguen todos estos elementos será dentro de tres meses. Gracias a los trenes y a los soldados alados, es tiempo suficiente para coordinar las tropas lideradas por los príncipes de las Arenas. Tenemos que aprovechar esa oportunidad —la animación avanzó a mayor velocidad y una nueva fecha apareció en la tabla lunar— o esperar tres años y doce semanas más.
Morak, Remiak y Sakti se miraron a los ojos. Eso bastó para que los tres estuviesen de acuerdo en rescatar Masca dentro de tres meses.
—Coordinaré la distracción de Toaldria para que haya menos naves enemigas en Masca —prometió Remiak—. Pero espero estar de regreso a tiempo para ayudar en la misión de rescate.
—Yo coordinaré con Raziel para que las fuerzas restantes de Torres Hale, Kranvella, Tyr y Nil lleguen a Lanyr antes de los tres meses —se comprometió Morak.
—Eso está muy bien, pero quiero que te lleves a Loas y la herramienta Imago contigo. —Sakti señaló a uno de sus consejeros y el disco metálico sobre la mesa—. Deben llegar lo más pronto posible a Puerto Martillo. Alain es el encargado del ataque aéreo y debe conocer las naves Alfa antes de venir a Masca para saber cuáles son las flotas más peligrosas. —Sus tíos asintieron.
—Entendido. Nos iremos mañana mismo.
Era un poco cruel despachar a sus tíos justo cuando acababan de llegar de un viaje tan largo y cansado, pero no tenían tiempo que perder. Incluso con los trenes y todas las facilidades de comunicación que habían traído desde Edén, los aesirianos tenían que arreglárselas con largas distancias para mantener todas las bases militares comunicadas y sin levantar sospechas entre los vanirianos sobre la verdadera fuerza militar proveniente del desierto. Eso era vital para el rescate de la Capital.
Cuando abandonaron la tienda, Dagda estiró los brazos y caminó al lado de Sakti.
—Todavía nos falta saber cómo demonios recargaremos al Emperador —dijo el gemelo con un bostezo—. Si él no tiene energía suficiente para activar los embriones, nos quedamos sin Fafnir.
—Tengo una idea de cómo hacerlo —le confió la princesa—, pero todavía necesito tiempo para definirlo mejor. —Luego miró al muchacho y le soltó—: Apestas. Ve a bañarte y a que Connor te cure antes de visitar a Darius.
—Sí, sí. —Dagda giró los ojos y dio media vuelta para irse. Pero cuando Sakti también se volteó para tomar su propio camino, el gemelo la tomó de la muñeca y luego la abrazó muy fuerte, para llenarla de sudor—. Ahora también te toca bañarte, ¡ja, ja, ja!
Luego salió corriendo a pesar de la pierna herida, como si fuera otra vez un niñito de nueve años escapando de una travesura. Sakti supo que si Dagda hubiese sabido cuáles eran los planes de la princesa, la habría abrazado para triturarle los huesos.

****

Connor pellizcó la oreja de su hermano para que dejara de lloriquear.
—Es tu culpa por descuidado —le dijo mientras regresaba a la pierna—. Si hubieses dejado que te la cosieran antes, yo no tendría que hacerlo ahora.
Dagda tenía una cortada desde la cadera hasta la parte posterior de la rodilla izquierda. Tuvo suerte de que no le cortaran una vena ni que se le hubiese hecho infección, a pesar de que todavía tenía la herida un poco abierta. Connor sabía que a su hermano no le gustaban los doctores. Le daban miedo, lo cual era un poquito irónico cuando quería tanto a Connor. «A lo mejor yo tengo la culpa de que no le gusten». Desde que le cosió los dedos, Dagda no podía ver agujas, hilo ni gasa sin arrugar la cara.
—¿No me puedes echar un poquito de tu magia milagrosa? —preguntó Dagda.
—Sabes que la uso solo en casos especiales. Ahora cállate, cobardón.
Connor solo usaba la magia que le obsequió Anäel cuando se trataba de vida o muerte. No quería que todo el mundo se enterara de que tenía la esencia de la curación, ni agotarse en exceso. De lo contrario, llegaría el día cuando en verdad necesitara de esa magia y no podría efectuarla por haberla desperdiciado en casos patéticos como el de Dagda.
—Algún día recordaremos este momento y los dos nos reiremos mucho —consoló al gemelo—. Solo debes procurar reposar la herida para que no se te abra y no cojearás cuando seas mayor.
te vas a reír cuando recuerdes esto —le espetó Dagda. Parte del corte incluía la nalga, así que Connor también cosía allí.
—En realidad me estoy riendo ya —dijo el chico entre dientes, aguantando una carcajada.
—¡Malvado!
Cuando al fin cortó el hilo, Connor aplicó hierbas y vendajes. A pesar de que casi no podía mover mucho la pierna, Dagda intentó huir pero Connor logró tumbarlo en la camilla para revisarle el ojo.
—Voy a tener que cortar —le dijo mientras agarraba un bisturí.
Tenía el párpado tan hinchado que lo mejor era hacerle un corte para que la sangre coagulada saliera. Dagda gimoteó e intentó escabullirse, pero Connor lo impidió.
—No me digas que voy a tener que llamar a alguien para sostenerte. ¡Dagda, no eres un bebé!
—¡Ay! ¡¿Cuándo te hiciste tan desalmado?! —lloriqueó el muchacho mientras Connor le cortaba el párpado.
Dagda apretó los puños y los dientes, pero no se atrevió a batallar más. Sintió las gasas que su hermanito le pasó para limpiar la sangre. Por el fluido cálido que sintió a un lado de la cara, supo que estaría un buen rato en esa camilla, esperando a dejar de sangrar. Pero después de unos instantes sintió una calidez que no se esperaba. Vio un brillo ligero y ¡puf!, el dolor se había ido. Cuando abrió los ojos no sintió ni un pellizco, pero vio a Connor revisándole la ceja para asegurarse de que no le había quedado ni un rasguño.
—¿No se suponía que guardabas eso para casos especiales?
Había visto a Connor utilizar la esencia de la curación en muy contadas ocasiones, solo cuando era grave. Una vez fue cuando de la nada a Darius se le abrió la herida del abdomen. A Dagda no le gustaba recordar esa ocasión. Hubo tanta sangre, tanto dolor... Si Connor no hubiese estado allí, su padre habría muerto sin que Dagda pudiese hacer nada.
Connor se sentó en la camilla, junto a él, muy serio.
—Estoy recibiendo entrenamiento militar.
Fue como si le hubiesen dado un puñetazo. Dagda se sentó de un salto, agarró a Connor de los hombros y lo zarandeó.
—¡No! ¡No irás a Masca con nosotros! ¡Te lo prohíbo, ¿me escuchaste?! ¡Te lo prohíbo! —Connor no se apartó, pero su voz se mantuvo firme.
—Voy a ir, Dag. Yo tampoco soy un bebé. Ya puedo tomar mis propias decisiones.
Dagda no supo qué hacer, salvo apretar con más fuerza a su hermano. ¡Argh, qué ganas tenía de golpearlo!
—¿Ya es oficial? —preguntó entre dientes.
Connor asintió y se sacó la placa de metal que llevaba bajo la camisa. Ahí estaba su identificación. A Dagda le escocieron los ojos. ¿Por qué demonios querría su hermano unirse al ejército? Los casos suyo y de Airgetlam eran diferentes, ¡a ellos los obligaron a entrar a la milicia! ¿Por qué Connor lo hizo por voluntad? Pero luego prestó atención a la identificación del chico y vio a qué grupo pertenecía: «Soporte médico».
—No voy a estar en las líneas de ataque, ni nada por el estilo —dijo Connor—. Voy detrás de ustedes para cuidarlos.
Connor le explicó que casi todos los casos que atendía en el campamento eran graves porque no recibieron el tratamiento adecuado poco después de ser heridos. Él sabía que era normal, porque los equipos de soporte médico eran menos que los equipos de ataque y defensa. Pero por eso mismo muchos soldados terminaban más enfermos de lo que merecían.
—Cada vez que viene un soldado a verme se me hace un nudo en el estómago. Porque entonces pienso que tú o Airgetlam estarán en la camilla de otro médico, con tan mal o peor aspecto que mi paciente. No puedo soportar eso por más tiempo.
—No se lo has dicho a papá, ¿verdad? —Connor giró los ojos.
—Claro. Se lo voy a decir para que le dé una hemorragia del susto y luego otra de la furia. Ni intentes decírselo —lo previno al ver el brillo malicioso en los ojos de Dagda—, porque te juro que haré que te arrepientas. Y si no lo hago yo, lo hace Allena.
Dagda los quería mucho, pero también les tenía un poquito de miedo. Nunca había enojado a Sakti, pero sabía que no le convenía hacerlo. En cuanto a Connor... ¡buá, el chico quizá era peor! Dagda no sabía por qué respetaba –temía– tanto a su hermanito, pero no quería recibir los pescozones del médico que le había cosido una nalga. Era vergonzoso y aterrador.
—No te preocupes —lo consoló Connor mientras lo tomaba de la mano—. No pretendo hacer nada estúpido.
El entrenamiento que había recibido no se enfocaba en el ataque, sino en la defensa y en desviar la atención. Todos los días tenía prácticas de cuatro horas, en las que tenía que superar pruebas de obstáculos, arrastrarse por debajo de redes, cargar pesas de un sitio a otro, escalar escombros y esconderse de posibles enemigos. Su trabajo como médico de soporte no era atacar al enemigo ni debilitarlo, sino seguir a las tropas aliadas para atender a los caídos.
Pero Dagda no era un idiota. Él conocía el currículum de todos los oficiales y sabía que los soportes médicos también llevaban entrenamiento de ataque. Los soldados le habrían enseñado esgrima militar, cuáles eran los puntos débiles de los groliens, qué hacer en caso de recibir el ataque de una arpía... Le habrían enseñado a matar.
«Bueno», pensó el gemelo de mala gana. «Mejor que le enseñen a matar y no a morirse».
—Después de ver a papá, voy a practicar contigo —le dijo muy serio—. Si veo que eres un mequetrefe, ¡te prohíbo poner un pie en Masca! Y si no me haces caso por las buenas, ¡entonces le diré a papá! ¡Y no me importa si tú y Allena se enojan conmigo juntos! —Connor sonrió.
—Hecho.
No le preocupaba practicar con Dagda. Connor no quería ir a la guerra a repartir porrazos, pero tampoco quería recibirlos si podía evitarlos. Por eso ya había practicado con la mortífera Sakti, con el imbatible Dereck y hasta con el escurridizo de Drake.
Las técnicas de Sakti y Dereck tenían la misma base militar, pero la chica se concentraba en ser veloz mientras que el Guardián en ser conciso con golpes poderosos. Pero era la técnica de Drake la que más le gustaba a Connor, pues el sicario evadía los enfrentamientos cercanos y sabía burlar los golpes directos. Esas tres formas distintas de luchar le enseñaron a estar preparado para lo que fuera, pero, mejor aún, a juzgar a un posible rival.
Sabía que delante de un guerrero como Sakti lo mejor era cuidar los puntos vitales y luego hacerse el muerto después de recibir un golpe. Si por suerte no se moría, el rival se iría sin siquiera darle una miradita. Si se encontraba a alguien como Dereck, entonces era buena idea salir espantado en busca de refugio; era poco probable que el guerrero lo persiguiera, así que todo estaría bien. Y si se encontraba a alguien como Drake, entonces lo mejor era quedarse quedito. El tipo simplemente se iría para no buscar problemas. Connor también había practicado con titanes para simular el enfrentamiento contra groliens y con voladores para practicar evadir arpías. No era algo muy fácil, pero el chico estaba bastante optimista por todo lo que había aprendido.
Connor se acercó a Dagda y le susurró al oído:
—Cuando encontremos a Zoe, los tres botaremos estas placas. Ya no las necesitaremos más.
Connor y Dagda sonrieron como si fueran pequeños de nuevo, felices e ilusionados por la promesa tan significativa que acababan de hacer.


Drake los vio sonreír. Cuando estuvieron en Edén no soportó ver lo felices y unidos que eran sus hermanos, porque supo que él nunca podría calzar con ellos. Todavía era así, pero por lo menos ya no apartaba la mirada cuando veía a la familia que ya no era suya. Era una sensación horrible. Sigurd le cortó el cordón umbilical de raíz, lo apartó de su padre y hermanos, pero fue Drake quien hizo el daño irreparable al atacar a Darius.
Sin importar los esfuerzos de Connor para rehabilitarlo, Drake nunca podría superar lo que había hecho. Dagda y Airgetlam nunca podrían estar tranquilos con él. Darius nunca dejaría de sangrar.

«Nadie más que tú puede matar a Darius. Nadie más que tú. Y por eso no dejarás que nadie lo lastime. Ahora lo protegerás».

Si Sakti no le hubiese dicho esas palabras, hace mucho que él se habría marchado. Él no encajaba allí, en un mundo que incluía a un hermano menor dulce y atento, y a un par de hermanos mayores graciosos y amorosos. Todos lo sabían, hasta el mismo Darius.
—¿Qué se te ofrece, tesoro? —preguntó sin mirar atrás—. ¿Vas a aceptar mi propuesta de «enseñarte» movimientos?
Sakti lo ignoró. Siempre lo hacía para rechazar sus ofrecimientos, pero a Drake no le importaba y a ella tampoco. El sicario no podía decir que él y la princesa calzaran como piezas de rompecabezas, pero no había tenido una relación que durara tanto como la que tenía con ella. Cuando le dijo que todos sus amigos estaban muertos o iban a morir, habló en serio. Sus conocidos tenían la mala fortuna de morirse muy rápido. Drake casi nunca los mataba, pero siempre terminaban muertos. El muchacho pensó que era una cuestión de suerte y probabilidades por el círculo social en el que se movía, que en realidad no era muy distinto al de Sakti.
La chica, por ser una princesa y una guerrera, tenía todos los números de la rifa para morirse en batalla un buen día. Según las estadísticas, su suerte solo empeoró al conocer a Drake, pero ella todavía estaba entera. «Bueno, casi», se corrigió el peli-rosado al recordar el hombro sin brazo. No importaba. Aun así Sakti era una superviviente que le alegraba la vista.
—El plan para entrar a Masca está casi listo —empezó la chica—, pero todavía no queda claro cómo recargar al Emperador para garantizar que active los embriones.
—Oh, eso no es cierto.
Drake estaba detrás de una columna, espiando a sus hermanos, apartado del bullicio de los campamentos. Si Sakti lo había seguido sola hasta allí era para decirle algo importante y delicado.
—Tú ya sabes cómo vas a recargar a tu tío. Lo que resta por saber es cómo me afecta eso a mí.
Sakti no respondió, sino que dejó que el muchacho lo intuyera por su cuenta. A él le bastó con mirarla para saber que ella veía al encargado de esa misión.
—No —dijo el sicario entre dientes—. No meterás a Connor en esto.
—No es tu decisión ni mía. Será de Connor.
Drake giró sobre los talones, agarró a Sakti del brazo y la golpeó contra la columna para acorralarla. Si ella intentase escapar tendría serios problemas; sin embargo, la chica se mantuvo calmada y ni gimió cuando se golpeó.
—No lo meterás en esto —repitió el sicario.
—Tú también quieres salvar a Zoe —susurró la princesa, pero su voz fue firme y clara—. La única forma será si el escudo se mantiene en pie y los embriones evolucionan en adultos a la vez. Connor puede hacerlo.
Sakti le explicó el plan, pero a Drake no le gustó que Connor formara parte de él. Podía vivir con que su hermanito sirviera en el departamento de soporte médico, pues le había enseñado todo lo que sabía para que sobreviviera. Connor no era un guerrero, pero era listo y no se dejaría matar... mientras se mantuviera en la retaguardia.
Pero lo que Sakti proponía era enviarlo al frente. Eso lo asustó tanto que el sicario consideró romperle el brazo a la chica para que se olvidara del plan. Pero ella tenía razón: Drake quería salvar a Zoe.
No había nada que deshiciera lo que le hizo a Darius, no había nada que le permitiera unirse a la familia de nuevo. Él ya no pertenecía con ellos. Pero Drake quería que estuviesen bien, que estuviesen a salvo, que no sufrieran lo que él padeció. Antes de irse de sus vidas para siempre, quería asegurarse de que todos estaban sanos y salvos. Eso incluía a Zoe.
Por eso había arriesgado el pellejo como explorador, por eso se esforzó en conocer los otros puntos limítrofes de Masca. Tenía que hacer todo lo que estuviese en su poder para que su vieja familia estuviese a salvo.
Para que papá no se muriera.
Cuando Sakti terminó de explicarle el plan, él la soltó de mala gana y la miró fijamente a los ojos.
—Si Connor se rehúsa, ¿no lo obligarás a ir? —Ella asintió.
—Pero sabes que es inútil. Irá, de la misma manera que Dagda y Airgetlam fueron a sus puestos. De la misma manera que tú fuiste a las otras puertas en la Muralla.
Drake lo sabía.
—¿Se lo dirás a Darius?
El muchacho no podía llamarlo «papá». Lo intentó en un par de ocasiones, pero la palabra no le salió. Se le convirtió en un nudo, en una llaga, en un cuchillo y en un arañazo a la vez.
—Solo le provocaría una hemorragia del susto y otra de la furia —dijo Sakti, como si fuese una obviedad.
—Entonces, ¿para qué me lo dices?
—Dagda, Airgetlam y Connor irán a Masca. Darius se queda y alguien tiene que asegurarse de que no se mueva de aquí.
Ah, qué lindo. Sería niñero del profeta. Drake supuso que Kel tampoco iría a Masca, pues aunque Connor empezó el entrenamiento militar los soldados no aceptaron al pequeño grolien. Él definitivamente se quedaría en la retaguardia, junto a Darius, pero no sería suficiente para contener al mestizo cuando se diera cuenta de que todos sus hijos amados estaban en una ciudad inmersa en guerra.

«Y por eso no dejarás que nadie lo lastime. Ahora lo protegerás».

Sakti sabía que él no se rehusaría a cuidar de Darius, de la misma manera que Connor no se negaría a ayudar al Emperador. La chica sabía jugar con sus cartas.
Pero Drake supo que ella le daba la misión para que Darius no dejara las tripas de camino a Masca… y también porque quería que Drake se quedara. Le estaba dando la última oportunidad para que reconsiderara marcharse, para que anhelara quedarse con ellos. De alguna forma era como Connor: todavía intentaba rehabilitarlo, aunque ella no lo hacía por esperanza, sino por terquedad.
Fuera como fuese, Drake supo que no bastaría.
Sigurd cortó el cordón umbilical, pero fue el corte de Drake lo que destruyó todo. Nadie podía cambiar eso: ni Connor, ni Sakti, ni él. Pero quizá el sicario podría enmendar un poco las cosas y convertir la herida en cicatriz. Eso era todo lo que podía dar.


"Los Hijos de Aesir: Dos Tronos" © 2013-2014. Ángela Arias Molina

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Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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