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Capítulo 16

16
HACIA LAS SOMBRAS


Para cuando los tres meses pasaron, Lanyr se llenó tanto de soldados que tuvieron que desarmar las tiendas y dormir en el suelo sin privacidad. Algunos incluso tuvieron que dormir en los trenes que trajeron a los nuevos integrantes de las fuerzas militares. Fue difícil moverse entre tanta gente. Las plazas de práctica estuvieron atiborradas de soldados ansiosos por entrenar y lanzarse a combate.
Cuando Sakti se coló en unas de las pocas tiendas que quedaban en pie, soltó un suspiro al ver el interior: era un asco. Por aquí y por allá había libros, papiros, ropa, tazas de té, platos y hasta vendajes. La chica se acuclilló y empezó a limpiar el cuarto de Darius, aunque sabía que era inútil: el mestizo se las arreglaría para desacomodarlo todo de nuevo.
—Siempre me he preguntado por qué te empeñas en corregir mi mal hábito, cariño —comentó el profeta cuando entró a la tienda—. Sabes que no tiene caso.
Sakti lo sabía, de la misma manera que Darius sabía que había cosas que nunca podría corregir en ella.
—Me niego a tomar té en esta pocilga.
La princesa señaló la canasta con pastelitos y té que trajo consigo. Tenía la costumbre de reunirse con Darius todas las tardes. Dereck y los consejeros creían que era su forma de liberarse del estrés de planear una invasión, así como para ayudar a cuidar la herida de su amigo. En realidad la princesa y el profeta tenían un pacto: ella lo visitaba todas las tardes para que Darius pudiese encontrar la forma de traer a la portadora y al Dragón de regreso.
El muchacho se agachó en el suelo, aunque con cuidado y bajo la mirada atenta de Sakti. Eso molestaba siempre a Darius, porque todo el mundo estaba pendiente de él cuando salía a dar paseos, se agachaba o arrugaba la cara. Si los oficiales no estaban encima de él preguntándole cómo se sentía, entonces los arqueólogos, consejeros, exploradores y curanderos lo hacían. En parte era porque Sakti se los había pedido, pero también porque Connor se había ganado el cariño de toda esa gente. Los aesirianos solo querían ayudar a su doctor favorito, y para eso cuidaban al padre descuidado y herido que tenía.
—¿Ves? —dijo el profeta mientras le enseñaba el cuaderno de apuntes que había encontrado—. No es que este sitio esté desacomodado, ¡yo puedo encontrarlo todo aquí!
Sakti lo ignoró y siguió limpiando hasta conseguir un puesto más o menos decente. Luego puso a calentar el agua mientras que Darius analizó las notas de la sesión anterior. A decir verdad, se sintió un poco ridículo, como si estuviese jugando al psicólogo. La idea lo disgustó porque un loquero solía visitarlo en los primeros meses de su estadía en Masca. Darius no necesitó un doctor para saber que se deprimió por la muerte de su esposa y la desaparición de tres hijos, y tampoco le hizo falta un idiota que pretendiera entenderlo para que se mejorara. Al final, lo que ayudó a recuperarlo fue una amiga. No un títere del gobierno con un cuaderno de apuntes.
Sin embargo, la idea del cuaderno sí era buena porque le ayudaba a organizar las líneas de memoria de Sakti. Como la chica a veces recordaba sucesos que nunca ocurrieron, Darius intentó situarlos en una línea de tiempo para saber si había un patrón en ellos o en cuáles etapas de la vida de Sakti se daban más recuerdos falsos. También apuntaba algunos datos curiosos de su amiga. Por ejemplo, desde la fusión gran parte de sus gustos y tendencias se desvanecieron. Antes a la chica le gustaban mucho ciertos platillos o tenía una forma preferida de dormir. Ahora casi todo le daba lo mismo, pues no tenía preferencias. De lo poco que no había cambiado de ella era que le disgustaba el desorden de su amigo. Darius no sabía si eso sería suficiente para comprender cómo ayudarla, pero quería reunir toda la información posible antes de empezar a hacer teorías para encontrar el método de retroceder la fusión.
—¿Cuándo nos vamos? —preguntó el profeta.
En sus reuniones no hablaban de nada en específico; solo se sentaban en el suelo y charlaban como en los viejos tiempos. Casi toda la conversación recaía en él. Sakti lo miró como si fuera idiota y respondió:
—¿Sigues con eso? A veces pienso que te quieres morir solo por tonto.
Darius solía preguntarle por los planes de rescate a Masca y las fechas de salida. Todavía estaba firme en su resolución de ir a la Capital y sacar a Zoe él mismo, aunque Sakti y Connor le repitieron muchas veces que era peligroso. Si la herida que le provocó Drake estuviese cicatrizada, lo dejarían ir sin problemas. Pero Darius todavía estaba lastimado y a veces sangraba tanto que necesitaba transfusiones de sangre.
Pero Darius era un testarudo, así que Sakti ni siquiera se esforzó en ocultar los planes militares.
Salvo el que incluía a Connor.
—En verdad creo que deberías quedarte aquí —insistió la muchacha—. Lanyr quedará prácticamente desierta. Connor y Kel se quedarán muy solos si no les haces compañía.
Como Sakti lo supuso, Dagda hizo mala cara cuando ella le contó cómo planeaba recargar al Emperador. Al final no solo lo aceptó a regañadientes, sino que él, Connor, Drake y Kel estuvieron de acuerdo en que Darius no podía enterarse. Connor y Dagda tenían muchos problemas para mentirle a su padre de cara, aunque Kel echó mano a su carrera de actor para actuar con naturalidad. Drake era un mentiroso innato. Pero ninguno podía mentirle a Darius tan bien como Sakti. ¡Hasta tuvo el descaro de engañarlo y decirle que Connor se quedaría en Lanyr!
—Oh, Connor se queda —dijo Darius muy serio—. Kel tendrá que ser suficiente compañía mientras sus hermanos y yo traemos a Zoe. —Cuando el agua hirvió, Sakti echó la canastilla con las hierbas para preparar el té—. ¿Entonces cuáles son los planes?
—Tío Remiak echó a andar su estrategia y los exploradores ya confirmaron que un grupo de naves salió de Masca hacia la tropa que sale de Toaldria. Tío también llegó hace poco en tren, en compañía de Raziel y un buen grupo de soldados voraces.
Mientras el té se hacía, Sakti le explicó que los soldados ya habían empezado a salir de Lanyr en grupos, junto con uno de los inventos más recientes de la Emperatriz de Edén: la herramienta Ekho, que bloqueaba las ondas de sonido y las de magia. Si los castillos flotantes que rodeaban Masca tenían radares, no recibirían la señal de los soldados ni se darían por enterados de lo que se avecinaba.
Los embriones Fafnir saldrían de último, para que se conservaran por más tiempo en el frío.
Mientras Sakti servía el té, Darius abrió la canasta de bocadillos y los olfateó. Al instante supo quién los había hecho, así que se metió uno en la boca sin remordimientos.
—¡Al fin! —dijo muy feliz—. Estaba harto de comer cosas sin sabor, ¡pero esto sabe a gloria! Pensé que Connor nunca daría el brazo a torcer.
—Si te los tragas todos, Connor no te hará más —comentó en voz baja la princesa mientras su amigo se atragantaba con los pastelitos.
Ella no podía culparlo. Darius seguía las recomendaciones de su hijo doctor para demostrarle que se recuperaba. Las indicaciones incluían una dieta estricta de comida insípida para no dañarle el sistema. Esa era la primera vez en meses que comía algo con dulce y cubierta de caramelo. Darius estaba tan contento que Sakti pensó que se pondría a llorar de la pura dicha.
—En serio te vas a atragantar —dijo ella entre dientes mientras le pasaba la taza de té.
Sakti dejó la suya a un lado para esperar a que se enfriara y comió uno de los pastelitos de Connor. Quizá estaban muy ricos, pero ella no sintió nada fuera de lo ordinario en ellos. Pero como Darius estaba de muy buen humor, no dijo nada. Lo dejó comer, beber y hablar todo lo que quisiera. Aunque se suponía que esa reunión era para encontrar la forma de que portadora y Dragón fueran dos otra vez, a Sakti no le molestó ver feliz a Darius. No eran solo los pastelitos, sino también el sabor dulce de la victoria que estaba tan cercana. Pronto toda su familia estaría reunida. Había costado muchísimo conseguir los soldados para rescatar Masca, pero el tiempo bien valió la pena por todas las facilidades que tenían ahora: Dragones, esfinges, soldados voraces, titanes, voladores y herramientas de Edén...
—¡Estoy muy optimista! —exclamó Darius, aunque no le hizo falta recalcarlo. Se le notaba desde lejos—. Y que Connor descartara esa horrible dieta es un buen presagio. —Hizo una pausa para saborear más los pastelitos y el té—. Hmmm, están muy ricos. Nunca antes me supo tan bien el arándano.
—La culpa puede también ser dulce —dijo distraída la muchacha.
Darius la miró con una ceja arqueada por el comentario. Comenzó a sospechar que había algo raro cuando ella se levantó. La chica lo miró muy seria, a la vez que se limpiaba las boronas de pastelitos que tenía en la mano.
—Lamento que no pueda quedarme más tiempo. Mi grupo saldrá pronto a Masca.
—¿Cuál es tu grupo? —preguntó Darius, confundido. Hasta donde él sabía, los dos saldrían en la misma caravana. Sakti guardó silencio por un par de segundos; luego ladeó la cabeza y contestó:
—El que lleva los embriones.
—¡Ese es el último! —reprochó Darius algo enojado—. Sabía que ibas a hacer esto, Allena, sabía que intentarías dejarme atrás. ¿Pero creías que no estaba listo? Ya mi equipaje está preparado.
El mestizo se levantó con una mano estirada hacia la esquina de la tienda, donde tenía un bulto listo con todo lo necesario para ir a Masca. Apenas se despegó un poco del suelo, perdió el equilibrio y tuvo que sentarse de nuevo. La mano que había estirado cayó fláccida a un costado, adormecida. Darius quiso levantarla para mirarla, pero el brazo no reaccionó y los contornos de la mano se le hicieron borrosos.
—En serio, ¿en qué parte de esa esquina está tu equipaje? —preguntó la princesa a la vez que negaba con la cabeza—. Yo solo veo desorden de gallinero ahí.
Darius bufó. Quizá sí estaba un poquito desordenado, pues en esa esquina había acumulado ropa, libros, papeles y lápices, pero su equipaje estaba por debajo. ¡Solo había que buscar! Intentó levantarse de nuevo pero las piernas ni siquiera le reaccionaron. Sakti le dijo algo, pero el muchacho no la entendió bien. Cuando levantó la mirada para verla, se dio cuenta de que ella también estaba borrosa.
Ella avanzó hacia él desde un ángulo extraño. A Darius le costó comprender que él se había caído de lado, como si se hubiese mareado. Le preocupó que la herida se le hubiese abierto de nuevo. ¡Esa sí que sería mala suerte! Intentó llevarse una mano al abdomen para saber si sangraba, pero no pudo moverse. Como Sakti se quedó de pie al lado sin gritar ni atenderlo, comprendió que no sangraba.
Fue curioso. Todo lo vio borroso pero la cabeza no le dio vueltas. Las extremidades no le respondieron, ni siquiera pudo sentir la lengua. Y los párpados le pesaron mucho, mucho, mucho... Cuando Sakti se agachó junto a él y le acarició el cabello, Darius comprendió que todo era obra de ella. «¿Qué hizo? ¿Qué fue?», se preguntó mientras pensaba en la reunión. ¿Los pastelitos de Connor? No, Sakti también comió... ¿El té...? «Ah, el té». Sakti no probó el suyo, pero se aseguró de que él bajara la repostería con el brebaje.
La princesa le puso un almohadón debajo de la cabeza y lo arropó hasta los hombros. Él la miró enfurecido, pero tenía tanto sueño que apenas pudo mantener los ojos abiertos. Sakti le tocó otra vez el cabello para apartarle unos mechones que le caían sobre la frente.
—Todos regresaremos por ti —susurró ella—, te lo prometo.
Le dio un beso de despedida en la mejilla y le cubrió los ojos con la mano para terminar de dormirlo. Para cuando la chica salió de la tienda, Darius ya estaba muy, muy lejos.
—Soy el peor hijo de la historia —dijo Connor con cara pálida cuando Sakti cruzó la cortina. Ella le enseñó la canasta de pastelitos.
—Todavía hay, ¿quieres? —Dagda se rio:
—De verdad que no tienes corazón. Después de que engañaste a papá nos ofreces repostería como si nada. ¿No tienes ni pizca de remordimiento?
—Es por su bien. Tú lo sabes.
Sakti se reunió con Dereck y dejó que Connor y Dagda se despidieran de Darius, aunque el mestizo ni por enterado se dio. A Sakti le habría gustado saber que todos estarían de regreso en Lanyr para cuando él despertara, pero el sedante solo les daría día y medio de ventaja. Dos si nadie intentaba despertarlo. Miró de soslayo a Drake, que esperaba con su carcaj de flechas de acero. Como si el sicario le leyera la mente, dijo:
—Para cuando yo regrese él ya va a estar despierto, pero igual no se va a poder mover.
Connor eligió un sedante que podía tumbar a un rinoceronte durante horas y dejarlo atontado por días; sin embargo, no era letal. Darius estaría muy enojado cuando despertara, en especial porque descubriría que el menor de sus hijos estaba en Masca. Pero no podría hacer ni pío. Tendría el cuerpo tan relajado que ni siquiera podría provocarse una hemorragia.
—No me será un problema contenerlo si hace falta —finalizó el peli-rosado.
Después de dejar a Darius bajo el cuidado de Kel, la princesa, Dereck y los chicos se unieron al último grupo que salía de Lanyr.
Los baúles congelados con los embriones estaban en carretas jaladas por bueyes. Esta caravana era un poco lenta, pero no había prisa. Todavía faltaba tiempo para que llegaran las noches de luna llena. En todo caso, Masca no estaba muy lejos: apenas a un día de camino.
Entre más avanzaron, más ansiosos se pusieron Dagda y Connor. Aunque empezaron el viaje de noche, en todas partes vieron soldados. Los aesirianos avanzaron por el bosque como una ola constante, al ritmo del viento y la cabalgata de los caballos. Las herramientas Ehko que portaba cada grupo garantizaban que los vanirianos no los percibirían en los radares. Como los soldados casi no hablaban entre ellos, parecían una fuerza letal en su silencio.
Los grupos se expandieron y tomaron rutas diferentes al equipo de embriones dirigido por Sakti, pero todos supieron que en realidad estarían cerca. Todos los equipos se prepararían en los límites de la Muralla, protegidos de los vanirianos por los bosques aledaños y las Ehko.
Dagda y Connor tenían los hombros tensos para cuando al fin llegaron al punto acordado por los exploradores y el príncipe Remiak, desde donde avanzarían para meter los embriones a la Capital. Cuando descabalgaron y vieron las Murallas y el escudo sobre Masca, el cansancio los abandonó.
—Ahí está... —susurró Connor. Tomó la mano de Dagda y le dio un apretón—. Ahí está nuestra hermana.
Dagda tragó fuerte y asintió. Tenía fe en el rescate, debía estar seguro para garantizar que funcionara. Pero cuando vio la oscura y enorme ciudad se sintió pequeño y asustado. Aunque habían llegado en la tarde y la luz cálida del sol todavía pintaba con destellos naranjas los castillos que flotaban sobre Masca, la ciudad estaba sumida en sombras. Como si fuese noche eterna. Dagda temió que los Fafnir, los titanes, voraces, esfinges y voladores no fuesen suficiente. Temió fracasar y que su familia jamás estuviese reunida de nuevo.
Fue entonces cuando lo atacaron. No notó la sombra que se le acercó por la espalda y para cuando se dio cuenta ya era muy tarde: la persona le cayó encima y lo lanzó al suelo, bocabajo.
—¡Ajajaja! —se rio Airgetlam mientras abrazaba a su hermano. No le importó que él también hubiese caído o que estuviese asfixiando a Dagda por estar encima de él—. ¡Dag!
Dagda se giró en el suelo, agarró a Airgetlam de los hombros, lo tumbó y se colocó encima de él. En menos de un segundo los gemelos empezaron a rodar en el suelo bajo las miradas reprobatorias de los oficiales cercanos. Era como si dijeran «¿Y estos críos son nuestros Generales?». Los muchachos no se dieron ni por enterados ni les habría importado. Lo que importaba era que estaban reunidos de nuevo.
—Ejem, ejem —tosió un hombre al lado de Sakti—. En vista de que el General Tonare se ha... «olvidado» de la tarea, yo le daré el mensaje, Alteza.
Resultó que Airgetlam estaba allí como emisario de Adad. Cuando Sakti leyó la nota, se tranquilizó al saber que la última pieza del plan de rescate estaba lista.
—Connor —lo llamó al tiempo que ella y Dereck tomaban las bridas de sus caballos—. Hora de despedirnos. Nos vamos.
—¿Eh? —preguntaron el chico doctor y los gemelos.
—Hay un ligero cambio de planes. Dagda y Airgetlam liderarán en mi lugar a la tropa encargada de meter los embriones en Masca. Tío Remiak irá con ellos. —Dagda se tensó.
—¡Espera! ¿Qué hay de Connor? ¡Íbamos a entrar juntos!
A Airgetlam no le gustó que su hermanito menor estuviese uniformado. Pero cuando escuchó el plan para recargar al Emperador tuvo que admitir que Connor era el indicado.
—Adad iba a liderar el grueso del ejército que entraría a Masca —explicó Airgetlam para tranquilizar a su gemelo—, pero él y Alain creen que podrán rescatar a mayor cantidad de Doncellas si los dos lideran juntos a las tropas aéreas.
—Eso significa que yo debo tomar el lugar de mi hermano con la Estrella de Carmeil —terminó Sakti—. Connor entrará a Masca más rápido si me acompaña. —La princesa miró al silencioso peli-rosado que veía la despedida desde las sombras—. Drake, alista el arco. Abrirás las puertas en cuanto nosotros estemos listos.
La princesa montó en un caballo de seis patas. Connor al principio le costó seguirla, porque la mirada de sus hermanos era idéntica a la de Darius cuando estaba preocupado. No le gustaba angustiarlos tanto. Sin embargo, tomó su caballo y miró a los gemelos con una promesa silenciosa en los ojos. «Nos veremos. ¡Nos veremos de nuevo, definitivamente!».
—¿Cómo sabremos que estás lista? —preguntó el príncipe Remiak.
—Lo sentirán —contestó Sakti.
Ella, Dereck y Connor cabalgaron a donde los esperaba Adad.

****

Drake armó en silencio el enorme arco de metal, mientras escuchaba desde lejos los murmullos felices de Dagda y Airgetlam. Los gemelos ya no daban vueltas en el suelo, sino que conversaban muy alegres mientras comían los pastelitos de Connor, a la vez que Geri y Freki les hacían ojitos para que los dejaran probarlos.
—¿No te unes? —le susurró alguien al lado.
Era Remiak, quien se le acercó en silencio. Drake ni siquiera lo volvió a ver, pues si despegaba la vista de las piezas se olvidaría del orden en que debía armarlas. Además, ya casi no había ni pizca de luz. En cualquier momento saldría la luna llena, pero por el momento todo estaba a oscuras, como si las tinieblas de Masca se hubiesen expandido. También hacía frío. A pesar de esto, ni el sicario ni los oficiales encendieron hogueras pues echarían a perder el elemento sorpresa si los vanirianos divisaban fuego en los alrededores de la Capital.
—¿Has pensado en qué harás después del rescate? —le preguntó el príncipe.
Drake guardó silencio. Esas palabras lo pillaron desprevenido. ¿Qué haría después de que el rescate militar triunfara? ¿Qué haría después de que Zoe estuviese a salvo? Desde hace meses sabía la respuesta, pero hasta ese momento comprendió que la despedida estaba cerca.
—Eres talentoso —continuó Remiak sin importarle el silencio de Drake—. Me gustaría que consideraras ponerte a mis servicios.
—Oh... —susurró el muchacho con una sonrisita—. ¿A quién desea borrar del mapa, Alteza?
—Por el momento a nadie —respondió el príncipe—. Pero quiero tener las cartas en mi mano en caso de que sean necesarias. ¿Qué dices?
—... Lo pensaré.
Cuando Remiak se marchó, Drake soltó un ligero suspiro. Imaginó la cara que pondría Darius si se enteraba del ofrecimiento del príncipe o si tan solo imaginara el pasado del chico. Drake vio tan nítida su expresión que se sintió triste. «Es por eso que yo ya no pertenezco con ustedes. Soy un lobo nacido en un rebaño de ovejas. Soy un asesino».
En silencio armó el arco.


El corazón de Connor latió apresurado. «Ay, falta tan poco», pensó con los ojos puestos en las Murallas. Cabalgó como por dos horas y en ningún momento dejó de ver las paredes que rodeaban la ciudad de horizonte a horizonte. Connor apenas se podía creer que Masca fuera tan aterradoramente grande. ¡¿Cómo demonios encontrarían a Zoe en esa gigantesca Capital?!
Cierto era que a él no le tocaba buscarla, pero tenía muchas ganas de conocerla. Se le formaba un nudo en el estómago cada vez que pensaba en ella, porque su hermana era la última pieza del rompecabezas familiar. Una vez que estuviera con ella, el pasado, el presente y el futuro de Connor estarían completos.
—Ya casi nos vamos —le susurró alguien al lado—. ¿Listo? —El chico tragó fuerte y asintió en silencio a la pregunta de Morak.
—¿Qué falta?
—Raziel está terminando la formación de su equipo de voraces y Allena se está despidiendo del grupo de Adad.
Connor asintió de nuevo. Los soldados voraces que lideraba Raziel daban m-i-e-d-o. No eran tan altos como los titanes, pero Connor los había visto tumbar hasta al durmiente más grande sin necesidad de transformarse. Sus habilidades variaban, pero eran o muy fuertes, o muy veloces, o muy pillos. Los groliens tendrían problemas serios para enfrentarlos, razón por la que ellos serían la primera fuerza de ataque. Los titanes los seguirían y después los soldados comunes. En medio de todo eso, también se daría la batalla aérea entre las esfinges y magos voladores contra los castillos flotantes y las arpías.
Connor tenía miedo.
—¿Por qué no lidera usted a los voraces? —preguntó a Morak. Al tío de Sakti le faltaba la mitad derecha del cuerpo, pero era muy diestro con la izquierda y era mayor que Raziel.
—Porque no soy un voraz. Raziel en cambio sí.
—¿Y qué forma toma? —preguntó el chico con ojos curiosos. Morak sonrió un poco siniestro, lo que se vio acentuado porque le faltaba la mitad de la cara.
—Oh, es muy escalofriante. —Su expresión se hizo algo triste—. Su padre estaría muy orgulloso.
—¿El príncipe Hundrian?
Raziel y Hundrian se llevaban muy bien, lo cual no extrañó a Connor pues los dos eran unos pesados. ¡Tenían que ser padre e hijo! Cuando Hundrian dijo que él se quedaría en las Arenas, a Connor le sorprendió que Raziel pidiera formar parte del equipo de rescate. Jaliar, Merkaid y Uruk se quedaron con el antiguo regente bajo las órdenes de la Emperatriz y a la espera del regreso de sus primos, tíos y hermanos.
—No, Salak era el padre de Raziel.
Connor hizo memoria. ¿Salak? ¡Eran tantos los príncipes del desierto, y todos tenían nombres tan parecidos, que al pobre chico le costó aprendérselos! Salak, Salak... «¡Ah!». Se sintió mal al recordarlo. Salak era el príncipe que murió en el castillo sincronizado que atacó Irem. Se sintió peor al recordar que fue Morak quien encontró el cadáver achicharrado en la sala de comando.
—Espero que encuentres a tu hermana —le sonrió Morak.
—¿En serio?
—¡Claro! La familia es muy importante. Es parte de lo que somos. Si pierdes a un miembro de tu familia, pierdes una parte de ti. Eso lo sé muy bien.
A Connor le escocieron los ojos. No estaba angustiado solo por la hermana que nunca había visto sino también por el par de zoquetes que eran Dagda y Airgetlam. ¿Qué haría él si los dos se morían en el rescate? Y luego estaban Darius y esa herida maldita, y Drake y su mirada triste... Quizá estaba cerca de armar a su familia, pero estaba igual de cerca de perderla.
—¿Tiene miedo? —preguntó el chico al príncipe—. ¿Tiene miedo por Raziel, Allena, Adad y los demás?
—... Siempre. —Cuando Morak le sonrió con comprensión, gran parte del miedo lo abandonó—. Mi trabajo es llevarte sano y salvo a Palacio. Lo haré con gusto para que tus hermanos puedan verte de nuevo. Así que por favor haz bien tu parte. —Morak miró la ciudad en sombras—. Ayuda a mi primo.
Por un momento Connor no supo cómo contestar. Él siempre ayudaba a sus pacientes con buena voluntad, aunque la idea de atender al Emperador lo asustaba. Darius, Dagda y Airgetlam hablaban tan mal de él que era casi como si se tratase de un demonio.
—¿Es una buena persona? —preguntó curioso. Cuando conocieron al príncipe Merkaid, él le dijo a Darius que el Emperador era un buen tipo. Aunque claro, Darius no se creyó ni media palabra.
—¿Kardan? Ummm... —Morak lo meditó—. No es un santo pero tampoco es un villano. Aun así es mi Emperador, mi primo, hermano de la esposa de mi hermano, tío de mis sobrinos. Es familia, es una parte de mí.
«Y ya no puedo perder más trozos de mí», creyó leer Connor en el rostro del príncipe. El chico asintió.
—De acuerdo, haré muy, muy bien mi parte.
El grupo de Raziel se acercó. Connor se estremeció cuando los voraces le pasaron al lado. Ellos ni siquiera iban a caballo, pues estaban listos para transformarse en cualquier instante.
Connor miró por encima del hombro y a los lados. Los voraces no eran muchos, pero destacaban. Los titanes eran más numerosos y estaban a unos metros detrás del primer grupo, montados en caballos y envueltos en armadura. Se veían poderosos y letales. Le hacían honor a su nombre.
Los gigantes y voraces abrieron el camino a tres jinetes, y Connor supo que todo estaba a punto de empezar.
—Voraces listos —reportó Raziel cuando alcanzó la cabeza del ejército, en donde esperaban Connor y Morak.
—Titanes listos —reportó Dereck al lado de Sakti.
La princesa tomó la delantera y se quitó la capucha. La cabellera le brilló con destellos plateados gracias a la luna llena. Sakti apretó en la mano un pequeño medallón dorado con los contornos difusos, como si se delinearan a cada instante. A Connor se le hizo un nudo en el estómago al verlo porque sintió el poder que emanaba de él.
Todos guardaron silencio cuando un agujero se abrió en el centro del medallón. En el interior corrían agujas, como si se tratara de un reloj. De ahí salió algo que se asemejó a una nube de polvo, aunque no pudieron ver nada. A Connor le pareció que se trataba de un manto de seda invisible y delicada, que cubrió con suavidad a los aesirianos.
Sakti apartó la mirada del medallón y vio las Murallas y los castillos sobre Masca como si esperara que pronto cayeran.
—Estrella de Carmeil —susurró la muchacha— lista.


Lo sintieron. Fue como una capa de cosquilleos sobre el cuerpo. Remiak y los demás se miraron las manos y piernas. No eran invisibles, pero casi: eran traslúcidos. Cuando el príncipe miró a los titanes en la retaguardia solo distinguió las siluetas de unos cuantos; entre más lejos estaban, más difícil era verlos.
Con eso era suficiente.
Sakti debía de estar al máximo por cubrir con la Estrella de Carmeil a tanta gente y los vanirianos no podrían verlos desde las alturas.
—Arquero —ordenó Remiak.
Drake estaba en posición. El enorme arco de acero estaba plantado en el suelo para no perder el equilibrio. El sicario apuntaba con dos proyectiles gigantes contra una abertura en las Murallas.
Los vanirianos desmontaban los campamentos al lado de la ciudad durante las noches de luna llena, como si temiesen que en cualquier momento el Demonio Montag se les apareciera allí. Sin embargo, también situaban a dos centinelas al lado de cada paso entre las Murallas para asegurar que nadie entrara ni saliera de la ciudad.
Drake respiró profundo, terminó de ajustar el blanco y...
... disparó.
Las flechas apenas si hicieron ruido. Los centinelas casi no se movieron. Solo retrocedieron un paso hacia la pared y ahí se quedaron.
Remiak silbó detrás de él, a la vez que el líder de los exploradores reía.
—Alteza, le dije que este chico tenía buen ojo.
Remiak le dio unas palmaditas en la espalda a Drake.
—Considera mi propuesta. En serio.
Por la cara que puso el príncipe, pareció que deseaba mil veces tener a Drake contratado en lugar de ser víctima de su trabajo. Remiak dio la orden de partida a los soldados, quienes, en silencio, salieron disparados del bosque hacia las Murallas. Dagda y Airgetlam fueron de los primeros en salir, montados sobre los lobos-dragón. Los aesirianos a caballo los siguieron de cerca y de último las carretas con los embriones Fafnir. La estampida fue tan fuerte que hizo temblar la tierra, pero los vanirianos en los castillos flotantes no la escucharían.
Los soldados pasaron al lado como fantasmas, apenas visibles. Drake vio la masa de soldados avanzar hasta desaparecer por completo. Imaginó la cara que pondrían sus hermanos al ver los centinelas atravesados por las flechas. ¿Sonreirían sorprendidos y orgullosos de la habilidad de Drake? ¿O les disgustaría el talento de su hermano? «No, no soy su hermano. No soy nada para ellos».
Mientras una corriente constante de soldados pasaba al lado, Drake miró el cielo. Los castillos flotantes dormían, ignorando lo que pasaba justo por debajo de ellos. Una explosión estalló en una nave, seguida por el rugido de una esfinge amparada en el polvo estelar de Carmeil. La pesadilla acababa de empezar para los vanirianos.

****

Los cascos de los caballos resonaron por las calles aledañas. Remiak y los soldados avanzaron con los ojos abiertos y las manos listas a tomar la espada en caso de ataque. Sin embargo, no había ni un alma cerca.
Dagda y Airgetlam lideraban la comitiva y llevaban varios metros de ventaja a los otros, para que supuestamente los lobos percibieran con el olfato o el oído la presencia invisible de los kredoa. En realidad, los gemelos tenían la vista atenta a cualquier movimiento para descubrir a vanirianos ocultos con hechizos de ilusión, pero no percibieron nada.
Cuando se aseguraron de que varias cuadras a la redonda estaban despejadas, los chicos regresaron con el resto de la armada.
—Esto no me gusta nada —comentó Remiak mientras seguían avanzando. El hechizo de la Estrella de Carmeil todavía los protegía—. ¿Por qué no hay nada ni nadie aquí? ¿Qué ocurre?
Si los gemelos fueran más jóvenes habrían dicho que era bueno que tuviesen el camino libre y no infestado de enemigos. Pero ya no eran críos; sabían muy bien que algo raro ocurría. Era una suerte que no hubiese vanirianos en los alrededores, pero ¿por qué no había tampoco aesirianos?
—Estamos en una zona rural —señaló Airgetlam—. Todavía estamos a días de llegar a Palacio, lo que significa que, sincrónicamente, este sitio cuenta con menos protección que el centro.
—Quizá los vanirianos limpiaron alrededor cuando iniciaron la invasión —sugirió Dagda—. Eso explicaría que no haya civiles cerca.
—Aun así no me gusta —dijo el príncipe, ceñudo. Apretó las bridas y ordenó—: ¡En marcha! ¡Tenemos que encontrar los túneles antes de que las lunas llenas se agoten!
Escucharon el estruendo de la batalla que lideraban Adad y Alain. Airgetlam levantó la mirada, pero solo distinguió algunos puntos de color por entre las tinieblas del escudo. No tenían tiempo que perder. En cualquier momento Sakti dejaría de utilizar el poder de la Estrella de Carmeil y todos los rescatistas en Masca estarían expuestos. Entonces los vanirianos sabrían que el rescate no era solo por aire, sino también por tierra. Cuando eso sucediera, el poder de ataque enemigo en la Capital caería sobre ellos con toda la fuerza.
Ni los gemelos ni nadie más podían tan siquiera imaginar qué los esperaba en Masca.


"Los Hijos de Aesir: Dos Tronos" © 2013-2017. Ángela Arias Molina

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