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Capítulo 17

17
SUERTE / VOLUNTAD


Esperaron la salida de la luna llena, a varios kilómetros al este de la posición de inicio del grupo de Sakti. Faltaba poco. La princesa se había marchado con el arma del Virtuoso y llegaría pronto a su unidad de ataque gracias al caballo de seis patas.
Alain sonrió muy complacido cuando el hechizo de la Estrella de Carmeil cayó sobre las tropas aladas. Estarían encima de los vanirianos antes de que supieran qué los golpeó. Adad, quien iba a lado suyo, arrugó la frente. Le habría gustado que la vieja Sakti no volviese a emplear tanta magia pero ya no tenía caso detenerla. Ya se había fusionado, ¿así que qué importaba que siguiese el mismo camino que él?
No tuvo problemas para ordenar el ataque. Le bastó con susurrar al oído de Galatea para que la esfinge iniciara el ascenso. Las demás bestias aladas la imitaron, como si la corriente provocada por sus alas fuera señal suficiente.
Galatea acarició el aire con suavidad, apenas sin hacer ruido, y se acercó con cautela a los castillos que levitaban sobre las Murallas. Dereck y Sakti habían explicado que el escudo sobre Masca era peligroso, pues todo lo que tocaba explotaba. Las tropas sobrevolaron la barrera de tinieblas sin rozarla y llegaron al lado de los castillos sin hacer ni pizca de ruido.
Gracias a las herramientas Ehko y a la Estrella de Carmeil, rodearon las naves y se expandieron por el cielo sin despertar alarmas, para cubrir mayor cantidad de territorio enemigo. Aunque Adad no pudo ver a las esfinges y magos voladores más lejanos, al cabo de unos minutos supo que estaban en posición. Galatea voló pacientemente alrededor de la nave que, según los exploradores, era la Alfa; es decir, la que tenía al Aesir sincronizado. Cuando la esfinge al fin encontró un hangar, Adad le dio unas palmaditas y susurró:
—Cuídate, ¿entendido? Sé una buena chica y ven a recogernos cuando todo esté listo.
Adad y Alain se deslizaron por el lomo de la esfinge hasta aterrizar en el hangar. Kael, quien había volado junto a Galatea, aterrizó en silencio al lado. Sintieron la brisa provocada por las alas de la criatura y supieron que estaban solos. El hangar estaba desierto.
—Equipo Alfa en posición —anunció Kael a través del comunicador que llevaba en una cartuchera de cuero—. Cada equipo anuncie cuándo está en posición.
Kael habló muy bajito para no llamar la atención de ningún posible vaniriano. Supo que tendría que tener el oído pegado al transmisor para recibir las notificaciones de los otros equipos que buscarían Aesir en las demás flotas rotatorias. Estas flotas estaban algo mezcladas con las estacionarias. ¿Sería acaso una manera de protegerse mejor entre todas durante las noches de luna llena? Quizá los vanirianos creían que era una táctica muy efectiva, pero en realidad facilitarían el ataque aéreo de los aesirianos.
De momento solo contaban con suficientes soldados como para atacar y revisar las naves a lo largo de toda la Muralla Norte. Pero si todo salía bien salvarían a muchas Doncellas y derribarían varias naves. Con eso podrían seguir atacando las demás flotas sobre Masca con misiones sorpresa.
No sabían cuánto tiempo tenían antes de que la Estrella de Carmeil dejara de funcionar o que los vanirianos notaran la presencia enemiga. Debían apurarse. Los tres pusieron la mano en la pared para sentir el flujo de energía aesiriana y seguirla. Luego avanzaron. Los primeros metros estuvieron libres de arpías, kredoa o groliens, pero pronto escucharon murmullos. Los tres se pegaron a la pared. Cuando llegaron a una esquina, Kael les hizo una seña para continuar a toda marcha. A pesar de que eran traslúcidos, si alguien se les acercaba mucho los vería. Lo mejor era apresurarse.
Pasaron al lado de un enorme salón de estar, con varias mesas y sillas. Ahí descansaban los vanirianos como si se tratase de un comedor común. Los aesirianos pasaron a toda prisa para no llamar la atención de un solo enemigo. A partir de ese momento vieron a más de ellos.
—Equipo azul en posición —susurró una voz desde la cartuchera que llevaba Kael, justo cuando llegaban a una bifurcación.
—¿Eh? ¿Dijiste algo? —preguntó un grolien a un mago común.
—Nop —respondió él.
Los vanirianos pasaron justo al lado de los aesirianos. Por suerte no tomaron la ruta por la que venía el grupo de Adad ni miraron en esa dirección. De lo contrario, habrían adivinado que había alguien allí a través de la apariencia traslúcida del equipo.
Alain y Kael soltaron un suspiro de alivio, mientras que Adad avanzó por su cuenta. El otro príncipe y el alado tuvieron que seguirlo a toda prisa para evitar perderlo de vista. Sortearon otros pasillos y muchos vanirianos más, hasta que al fin alcanzaron una sala semejante a la del castillo Alfa-Kiria.
Era el cuarto de comando.
Lo supieron por la energía aesiriana que brotaba desde allí hacia el resto de la nave y por los gemidos. Al otro lado de la puerta, alguien jadeaba profundamente. El dolor vibraba en el aire y en las paredes.
La sala no estaba custodiada por guardas pero las puertas estaban cerradas. Alain se asomó por la cerradura, pero no pudo ver nada. Lo único que sacaron claro fue que se trataba de una Doncella, porque los lamentos eran de mujer.
Escucharon pasos. Kael agarró a los príncipes de la cintura y levantó el vuelo. Los tres se mantuvieron suspendidos en el pasillo, que era lo bastante alto como para que tres titanes caminaran por allí uno por encima del otro.
Un grupo de vanirianos ordinarios llamó a la puerta del salón de comando. Los recibió un técnico uniformado, quien negó con la cabeza mientras decía:
—Lleva varias semanas sincronizada. Si sigue así, la mataremos. Es mejor hacer el cambio ahora.
—¿Tan pronto? —gruñó uno de los recién llegados—. Las demás duraron más tiempo y todavía no están recuperadas para retomar la sincronización.
—Entonces deberíamos considerar cambiarla de flota. A lo mejor es que el núcleo la agota más que el de otras naves.
Parte del grupo entró a la sala de comando, mientras que el resto retomó la ruta por la que vino. Cuando la puerta se cerró y los pasos de los vanirianos se apaciguaron, Kael volvió al suelo.
—Andando —los urgió Adad.
—¿A dónde vamos? —preguntó Alain—. ¡Aquí está la Doncella!
—No es la única. Los soldados nos guiarán al resto.
Siguieron al grupo vaniriano a una distancia prudente, hasta que alcanzaron una sección muy vigilada. Kael los tuvo que tomar otra vez de la cintura y volar con ellos, pues el hechizo de la Estrella de Carmeil sería inútil contra tantos vanirianos en cada esquina. Les costó, pero lograron colarse por una puerta alta antes de que los vanirianos la cerraran. Llegaron a un pasillo corto que tenía puertas con una pequeña rendija, como si se tratara de cuartos de aprisionamiento.
Los vanirianos inspeccionaron cada una de las rendijas, pero no parecieron satisfechos.
—No tienen buena pinta. Ni siquiera el príncipe, que es el que está más fuerte.
—Ay, habrá que pedir alguna Doncella adicional en otra nave. Me parece que en el borde Sur tienen varias en buenas condiciones.
Los vanirianos se marcharon de las celdas, lo que permitió a Kael aterrizar. El soldado y los príncipes miraron a través de las rendijas y encontraron lo que buscaban: Doncellas. En total eran cinco mujeres, cada una más pálida y delgada que la anterior. A pesar de estar aprisionadas, sus habitaciones tenían camas cómodas, varias frazadas y mesitas de noche. Algunas incluso tenían bandejas con comida, lo que significaba que los vanirianos no las lastimaban. Al menos hasta que las obligaban a sincronizarse.
—Adad, ven aquí —lo llamó Alain.
El príncipe de las Arenas le dio lugar para que viera a través de una rendija. Adentro no había una mujer, sino un hombre delgado y de cabello rubio, aunque sus mechones no brillaban con destellos dorados sino que parecían paja. Adad lo reconoció al instante: era su tío Sin, el príncipe que fue secuestrado en Norishka.
Sin no dormía como sus compañeras de prisión. Tenía la espalda recostada a la pared y la cabeza entre las rodillas, como si se hubiese mareado. Movía los dedos de pies y manos como para estirarlos.
Adad lo llamó y el príncipe levantó la cabeza, pero no dio muestra de sorpresa o emoción. Solo vio la rendija levantada con mirada vacía, en silencio. Sin importar los esfuerzos de Adad, el hermano del Emperador lo ignoró. Kael apartó con suavidad a Adad y dijo:
—Príncipe Sin, soy Kael Del Varten, el pupilo del General Montag. Me imagino que nos está ignorando porque teme que sea la trampa de un kredoa, pero le aseguro que no lo es. Venimos a rescatar a los Aesir. El Reino de las Arenas está salvando Masca ahora.
—Argh —se quejó Alain cuando solo recibieron silencio de parte del príncipe—. ¡Es por el hechizo de la Estrella de Carmeil! ¡Por eso él tampoco nos puede ver bien!
—Ve a despertar a las Doncellas —decidió Adad—. Tenemos que sacarlas a todas de aquí.
Mientras Adad y Alain intentaban abrir las celdas para salvar a las mujeres, Kael se dedicó a convencer al príncipe Sin de que el rescate era verdadero. Pero ni los príncipes ni el soldado pudieron abrir los calabozos ni hacer entrar en razón a los prisioneros. Las Doncellas tuvieron la misma reacción desinteresada de Sin, así que por unos instantes no supieron muy bien qué hacer.
—Equipo verde en posición.
—Equipo dorado en posición.
—Equipo rojo en posición.
Las notificaciones de los otros equipos de rescate apenas se escucharon.
—Equipo morado en las celdas —anunció un nuevo soldado—. Tenemos un problema: no podemos abrir el confinamiento de las Doncellas.
—Equipo Alfa en las celdas —informó a su vez Kael—. Estamos en la misma situación del equipo morado. Esperen indicaciones.
No podían abandonar a las Doncellas, no después de todo el esfuerzo para idear una misión de rescate aéreo. Adad puso la mano en la pared para sentir de nuevo la energía sincrónica de la Doncella en el salón de comando, y tomó una decisión.
—Kael, destruye la herramienta Ehko de nuestro equipo.
—... ¿Qué? —preguntaron Alain y el soldado a la vez.
—¡Si hacemos eso la sincronización percibirá nuestra presencia aquí!
—Lo sé, esa es la idea.
Adad explicó que, en el desierto, los vanirianos utilizaron el fuego púrpura de Kiria para someter a voluntad a los príncipes sincronizados. Pero en Masca no tenían ese poder. De lo contrario, el príncipe Sin habría obedecido a los llamados de Adad aunque creyera que se trataba de un vaniriano, porque estaría acostumbrado a obedecer.
—La Doncella que está sincronizada reconocerá tres nuevos aesirianos en la nave, pero si le transmitimos la información del rescate militar podrá ayudarnos.
—Si tuviese control sobre la sincronización ya habría hecho algo contra los vanirianos —lo cuestionó Alain—. Es muy peligroso destruir la herramienta Ehko y revelar nuestra posición.
—Equipo verde en las celdas. Esperando indicaciones.
—Equipo dorado en las celdas. Esperando...
—Equipo rojo en las celdas. ¡¿Cómo demonios las abrimos?!
—Las probabilidades son 50-50 —comentó Kael—. Tanto el príncipe Adad como el príncipe Alain están en lo cierto. Ahora es solo cuestión de apostar.
Al fin recibieron respuesta del príncipe Sin. Escucharon un tintineo en la puerta y vieron que un par de dedos se asomaban por la rendija. Sin sostenía una pequeña moneda de cobre, que golpeteaba la superficie metálica.
—Si en verdad eres mi sobrino —dijo él con voz ronca al otro lado de la puerta—, pruébalo. Apuesta. Tienes una probabilidad de 50-50 de convencerme de quién eres.
Adad tomó la moneda.
—No, no, ¡espera! —exclamó Alain—. ¿No estarás pensando en dejarlo a la suerte, verdad?
Adad miró la moneda, meditabundo. Luego observó los ojos de su tío, que se asomaban a través de la rendija y escrudiñaban la mirada traslúcida del príncipe Dragón. «Me pone a prueba», supo el muchacho. «La moneda es la prueba». Adad sonrió y lanzó la suerte al aire.
—Cara para destruir la Ehko.
—¡Argh! —gruñó Alain mientras veía la moneda girando en el vacío—. ¡Escudo para buscar otra alternativa!
La moneda cayó al suelo con un tintineo que resonó en los calabozos como si fuera un trueno. Describió una espiral antes de caer inmóvil a un lado. Kael se agachó para ver el resultado y miró a los ojos a Adad.
—El que no arriesga nunca gana —dijo. Tomó la herramienta Ehko, que tenía la forma de una insignia con el emblema del Imperio Aesiriano, y la apretó en el puño hasta destrozarla.
«Reporte de nuevos individuos en la nave», recitó la voz sincrónica de la Doncella. Kael y Alain contuvieron la respiración, seguros de que los vanirianos los descubrirían y tendrían que enfrentarlos para salir del castillo flotante. Pero la sincronización dijo: «Unidades voladoras de paso por el hangar».
—Eh... —murmuró Alain—. ¿Significa eso que todo va bien...?
Como no hubo señal de alerta, decidieron que todavía no había problemas. Adad tocó de nuevo la pared y pensó en voz alta:
—No sé si me escuchas, pero soy un príncipe. También tengo sangre Aesir. Si puedes oírme, ayúdanos. Sé que será difícil, que quizá incluso te dolerá, pero abre las celdas de las otras Doncellas y la del príncipe Sin. Ayúdanos a sacarlos de aquí y yo también iré por ti. Lo prometo.
Pasaron unos segundos de silencio que parecieron una eternidad, pero luego Adad y sus amigos sintieron un flujo de energía alrededor. «De acuerdo», dijo la voz adolorida de la Doncella. «Gracias».
Cuando las puertas se abrieron, Alain y Kael ayudaron a las Doncellas a salir. Adad se quedó plantado frente a la habitación abierta del príncipe Sin. Aunque lo reconoció al principio, ahora vio lo cambiado que estaba. No tenía muchos recuerdos claros de él porque Sin viajaba constantemente en misiones militares y no estuvo cerca cuando Adad era niño. El hombre delante de él estaba más delgado y pálido, con la piel estirada sobre el rostro; tan distinto al tío de sus memorias trastocadas.
Sin embargo, Adad sí conservaba un recuerdo claro de él: Sin siempre le ganaba en las apuestas con moneda.
—Siempre pedías cara —dijo el tío con una sonrisa exhausta—. Siempre.
—Señor —llamó Kael—, lamento interrumpirlo pero necesitamos una mano.
Kael sostenía a dos Doncellas de la cintura, a cada lado, mientras que ellas le pasaban el brazo por encima de los hombros. Alain también cargaba a otras dos, pero Adad todavía tenía que ayudar con una.
—¿Puedes caminar por tu cuenta? —preguntó a Sin. Él asintió con una mueca.
—Aunque tendré problemas si me pones a correr.
—Entonces te quedarás cerca de mí para arrastrarte si es necesario. —Después de cargarse a la mujer, Adad miró a Kael—. Ordena a los otros equipos que destruyan la herramienta Ehko y pidan ayuda a la Doncella sincronizada para escapar.
Las mujeres estaban confundidas y somnolientas. Tampoco entendían cómo se mantenían en pie o quién las llevaba, porque el hechizo de la Estrella de Carmeil todavía cubría a Adad y a los demás. Sin embargo, todos avanzaron tan rápido como pudieron, siempre atentos a encontrar vanirianos. Pronto se dieron cuenta de que algo iba mal: los pasillos que antes estuvieron a rebosar de enemigos ahora estaban libres. Además, entre más avanzaban más ruido escuchaban, como pasos apresurados de un lado a otro de la nave.
Luego escucharon un estallido y sintieron una pequeña sacudida. «Impacto confirmado en Ruleta-Alfa», recitó la voz de la sincronización. Nuevos estallidos se escucharon pero, como fueron lejanos, el grupo de Adad supo que era el ataque al resto de los castillos flotantes. «Flota Ruleta y flota Carmín bajo ataque». Los vanirianos en pasillos cercanos empezaron a gritar indicaciones para responder a la ofensa. «Reportes de ataques simultáneos a flotas Alfil, Limón, Maral, Trokya, Vyran...».
Mientras la Doncella sincronizada enlistaba las flotas bajo ataque, los aesirianos escucharon el grito imperativo de un grolien:
—¡Traigan a las Doncellas! ¡Necesitaremos más en la sala de comando para contraatacar!
Desde el final del pasillo escucharon los pasos de los vanirianos, que se acercaban a toda velocidad. Por un momento no supieron qué hacer, hasta que una de las Doncellas que cargaba Alain le indicó avanzar por una bifurcación. Cuando les pareció que los vanirianos los alcanzarían y descubrirían, la Doncella se detuvo delante de una habitación y les pidió a todos entrar. Adad cerró justo a tiempo la puerta, porque en ese momento pasaron los vanirianos hacia los calabozos.
Él y los demás guardaron silencio por varios segundos, pero pronto empezó a hacerles falta el aire.
—¡No podemos quedarnos aquí por más tiempo! —gruñó Alain—. ¡Es un armario!
El sitio era muy pequeño. Era un milagro que cinco mujeres y cuatro hombres –uno de ellos con alas gigantes– cupieran allí.
—Tenemos que salir pronto. Espérennos aquí. Kael y yo nos encargaremos de despejar los pasillos cercanos. —Antes de que Adad girara la perilla, Sin lo agarró de los hombros.
—Es peligroso. Además... ahora puedo verte.
Alain soltó una maldición. ¡¿Por qué justo en ese momento tan crucial dejó de funcionar la Estrella de Carmeil?! ¿Cómo sacarían a las Doncellas de allí? Por suerte Kael encontró la solución: un ducto de aire. El alado retiró la rendija que cubría un pequeño túnel en el techo. Cuando Adad se fijó por allí, vio que había espacio suficiente para todos... aunque Kael probablemente se quedaría atascado unas cuantas veces.
—Uf, es como el paso entre las rocas otra vez —pensó el Guardián al recordar la vez que tuvo que recorrer un pasadizo montañoso hasta el Pantano.
Tanto él como las exhaustas Doncellas entraron al ducto. Nadie se quejó mientras avanzaban lento pero seguro hacia la libertad.

****

—¡¿Cómo que no están?! —gruñó el capitán de Ruleta-Alfa—. ¡No pudieron escapar!
Nadie vio salir a las Doncellas y al príncipe, y nadie, además del equipo encargado de los Aesir, tenía permitido sacarlos de las celdas. El capitán ordenó al técnico de sincronización buscar lecturas sobre infiltrados en la nave, pero los datos solo hablaban de vanirianos. Las presencias aesirianas de los capturados habían desaparecido de las lecturas.
—¡Maldita sea! —gruñó de nuevo el capitán. Luego vio a la mujer conectada a los hilos de luz—. Esto es cosa tuya, ¿verdad? ¿Quieres que te castigue?
El hombre le hizo una seña al técnico, quien tecleó el panel de control y luego giró una perilla. La luz en la habitación se intensificó, a la vez que los gemidos de la Doncella se convertían en gritos y convulsiones. Después de unos segundos de dolor, el técnico tecleó otra vez en el panel y giró la perilla al lado contrario para regular los niveles de energía.
—Si no quieres una buena tunda, nos mostrarás las lecturas —amenazó el capitán.
La Doncella no dijo nada, pero las pantallas alrededor del panel se encendieron y mostraron varias escenas: esfinges y magos voladores revoleteaban alrededor de los castillos, lanzando ataque tras ataque.
—Señor, son muchos ¡pero no salen en el radar!
Esta vez el capitán fue quien tecleó el panel y giró la perilla, convencido de que el radar no funcionaba porque la Doncella no lo permitía. El técnico recibió un llamado por el panel de comunicación con las demás naves y detuvo la tortura para escuchar el mensaje.
—Soy el líder del grupo en tierra en la sección norte de Masca. ¡Necesitamos refuerzos aéreos! ¡Miles de aesirianos entraron a la ciudad!
—¡Es imposible! —cortó el capitán de la nave—. ¡Nadie cruzó las brechas en la Muralla Norte! ¡Los radares no mostraron nada!
El vaniriano se detuvo al darse cuenta de su error. Si los radares hubiesen detectado movimiento terrestre, también habrían detectado el ataque aéreo. Algo raro debía de pasar, porque además no vieron a los aesirianos voladores y esfinges acercarse hasta que ya los tenían encima.
—¡Refuerzos! —gritó de nuevo el líder de las tropas terrestres—. ¡Envíen arpías, groliens, lo que sea! ¡Ahora!
En el fondo escucharon explosiones, gritos y estruendos metálicos. El capitán imaginó que sus compañeros en tierra tampoco supieron nada del ataque hasta que recibieron el primer golpe; de lo contrario, habrían alertado a las naves para que dispararan contra las Murallas.
Los comandantes de Ruleta-Alfa ordenaron el despliegue masivo de unidades voladoras a Masca, pero fue inútil: había esfinges y guerreros en los hangares de los castillos que recibían a los vanirianos para impedir que salieran de las naves. La única opción era utilizar los cañones, pero el principal estaba en la base y solo impactaría el escudo sobre Masca, mientras que los cañones secundarios –situados en diferentes niveles de cada castillo– impactarían tanto a los aesirianos voladores como a las naves vanirianas cercanas. Ese era el inconveniente de estar tan juntos. Además... los castillos de las flotas rotativas tenían bajos niveles de energía, al igual que la flota principal, que tenía a una Doncella débil conectada al núcleo.
No podían enviar refuerzos.
El capitán se preparó para darle la mala noticia al líder de la tropa terrestre. Entonces escuchó el grito del hombre, el silbido en el aire y el impacto final. Supo que su compañero había muerto.


Sakti sacó la espada del pecho del líder. La blandió en el aire para limpiar la sangre y luego la guardó en la funda que llevaba a la espalda. Debajo de la capucha brilló la armadura que le protegía el pecho, el hombro izquierdo y el abdomen, así como un saquito en donde guardó la Estrella de Carmeil.
Miró por encima del hombro el desarrollo de la batalla. Habían ganado. Los voraces habían hecho un muy buen trabajo contra los groliens y los titanes se encargaron de rematarlos, además de acabar con los ordinarios y arpías que estaban cerca. A decir verdad, no fue una batalla justa: el grupo de Sakti superó por mucho a la tropa vaniriana.
Avanzó entre los cuerpos y escombros que ardían por su piroquinesis, y se situó al lado de Connor. El chico atendía la cortada que un titán recibió en la pierna, aunque tanto Sakti como el herido sabían que era grave. El golpe que recibió le había destrozado la armadura y varios trozos de metal se le insertaron en la pierna.
—Hazme un favor —dijo Connor sin apartar la mirada del paciente—. Usa la esencia de los minerales y sácale los pedazos de armadura. —Sakti ladeó la cabeza.
—Se desangrará más rápido.
—¡Solo hazlo! —ordenó el chico en voz alta, ahora mirando a la princesa con ferocidad.
Ella asintió, estiró los dedos y los movió en círculos. El titán aulló cuando las láminas de plata le salieron de la pierna, abriendo la piel y haciendo las cortadas más severas. Sin que Connor se lo dijera, la princesa se situó al lado del titán para sostenerlo y evitar que se cayera de lado al desmayarse. Luego miró de un lado a otro para asegurarse que nadie pillara a Connor. Vio un pequeño destello de luz, sintió un calorcito agradable y listo. Connor tomó más vendajes del enorme botiquín que llevaba consigo y vendó la pierna herida. Luego silbó para que un par de titanes recogiera al herido y lo llevara a la retaguardia, donde terminaría de recuperarse.
Sakti dejó que el chico se encargara de los demás heridos, mientras ella se reunía con los otros líderes de la tropa.
—¿Por qué dejaste de usar la Estrella? —le espetó Raziel—. ¡Uno de mis voraces tiene un hacha atravesada en las tripas!
—Haz que Connor lo vea y de seguro se pondrá bien —soltó distraída la princesa mientras miraba alrededor.
Casi la retaguardia entera de su tropa no había peleado, pero los que entraron a combate lo dieron todo. Con excepción del voraz de Raziel, el titán con la pierna destrozada y otros cuantos soldados contados con los dedos, ningún aesiriano resultó herido en exceso.
—Allena es una Virtuosa, Raziel, pero ni ella puede mantener un hechizo tan fuerte durante tanto tiempo y para tanta gente —dijo Morak—. La protección de la Estrella de Carmeil duró más de lo mínimo. Alégrate por eso.
Raziel arrugó la cara, pero se abstuvo de responder a su tío con una grosería.
—Todavía estamos lejos del centro de Masca —dijo Sakti—. Es posible que allí encontremos grupos vanirianos más grandes.
—Y por tanto tendremos más resistencia —concluyó Morak.
—Pero mientras estemos en los bordes de la ciudad, es muy probable que encontremos grupos pequeños como este —meditó a su vez Raziel—. No nos darán muchos problemas a la hora de atacar, pero si avisan a las otras unidades en tierra es posible que los siguientes encuentros sean más difíciles.
—También está la posibilidad de que se reúnan con los grupos en el centro de Masca. —Morak sonrió—. Vamos a tener que hacer lo que sugirió Remiak: atacar las tropas dispersas antes de que se unan.
Distribuyeron de manera equitativa a los voraces y titanes en cinco grupos, cada uno con un médico de soporte. Cada equipo era más grande que la primera tropa vaniriana que encontraron, así que todavía conservarían la ventaja en un enfrentamiento.
—Tomaremos estas rutas —dijo Morak mientras señalaba las calles en un mapa de la ciudad— y nos reuniremos de nuevo aquí —esta vez tocó un punto limítrofe entre los barrios de clase media y los de clase alta—. De aquí en adelante marcharemos juntos para protegernos contra un grupo enemigo más grande.
Asignaron a los líderes de cada escuadrón: dos titanes, un voraz y Sakti serían los encargados de liderar los equipos secundarios, mientras que el equipo principal estaría conformado por los príncipes. La idea original era que Sakti permaneciera con Morak y Raziel, pero la princesa tenía otros planes.
—En la ruta de mi equipo se encuentra una de las entradas a la Mansión Tonare. Es poco probable que Enlil esté allí, pero si está contactaré con él para que se una a nosotros. Él puede darnos más información sobre la condición de Masca.
Se pusieron en camino. Connor cabalgó hacia Sakti para unirse a su equipo, pero la princesa ya tenía asignado otro soporte médico.
—Tú irás con Raziel y mi tío.
—Pero...
Connor se mordió los labios. No le había gustado nada el primer enfrentamiento, pero le confortó estar en el mismo equipo de Sakti y ayudar a los heridos. Ya tenía bastante con que sus hermanos mayores estuviesen en otra formación, ¿pero ahora también tendría que separarse de su amiga? ¡Era mucho estrés para un chico como él!
—El equipo de ellos es el más fuerte. Si los otros grupos no llegan a Palacio, ellos sí que lo harán y tú debes llegar allí a como dé lugar. —Sakti desató uno de los saquitos de cuero que llevaba a la cintura y se lo entregó a Connor. El chico ya sabía qué había dentro y su importancia para el éxito de la misión, así que se lo ajustó muy bien—. Cuídate.
—Tú también.
Connor espoleó el caballo y se unió al grupo de Morak, que ya había iniciado la partida. Sakti lo miró en silencio mientras se iba.
—Nuestro chico ya creció —murmuró Dereck junto a ella—. A Darius le daría un ataque al verlo uniformado, pero creo que el señor Enlil estará muy orgulloso de él. Se ve bien en armadura. Es de familia.
Cuando Sakti explicó el plan a Dagda y Connor para recargar al Emperador, el gemelo estuvo en desacuerdo no solo porque el chico doctor se metería en territorio peligroso, sino también porque entonces sería reconocido.
—¡Fenran lo salvó de las garras de tu tío! —le había gritado Dagda—. ¡No dejaré que ahora eches a perder ese sacrificio!
Pero Connor aceptó ayudar al Emperador, aun bajo el riesgo de que el monarca o algún General lo reconocieran como hijo de Darius. Era casi irónico que uno de los profetas quisiera ayudar al hombre que los aprisionó. Aún más que lo hiciera envuelto en armadura y uniforme militar, aunque fuera del equipo médico.
Antes de que el grupo de Sakti iniciara la cabalgata por su ruta de invasión, la princesa susurró a Dereck:
—Cuando estemos cerca de la Mansión Tonare necesitaré que...
—... tome su lugar a la cabeza de esta tropa. Lo sé —sonrió Dereck—. Pero a cambio quiero que me prometa algo.
—Si se da la oportunidad de que rescates a tu hermana, te dejaré ir con mi bendición —dijo la princesa al adivinar las intenciones del Guardián—. Si encuentras a Huggin durante la misión de rescate, puedes irte con él a buscar a tu hermana en los castillos flotantes antes de que Adad los derribe. —La sonrisa de Dereck se ensanchó.
—Entonces tenemos que echar a andar ya. Entre más pronto empecemos, más pronto terminaremos nuestras metas.
El soldado dio la orden de partida. Los voraces y titanes los siguieron sin chistar.

****

El templo se había llenado de vida. Cientos de voces apresuraron a otras para meter las carretas en el santuario, pero todas les llegaron desde lejos. Los gemelos se prepararon para una regañina cuando escucharon pasos tras ellos.
—¿Qué demonios hacen aquí arriba? —les soltó Remiak—. Deberían estar abajo, liderando los soldados. ¡Los arqueólogos ya encontraron la entrada a los túneles!
Como nadie tenía recuerdos claros de los túneles de Masca, los príncipes habían optado por darle un nuevo papel militar a los arqueólogos expertos en la época de Esplendor. Después de todo, si utilizaban las herramientas confeccionadas por la Emperatriz lo mínimo que debían hacer era conocer un poco más de ella y sus inventos.
Uno de los chicos agarró al príncipe del brazo y lo situó en la baranda del quinto piso del templo.
—Mira directamente hacia allá —le pidió Dagda—. ¿Qué ves?
Remiak gruñó. Estuvo a punto de apartarse del chico General, pero entonces notó a lo que se refería. Fue difícil verlo porque a pesar de las explosiones que retumbaban por encima del escudo –la batalla aérea debía de ser de locos–, la ciudad estaba oscura y la silueta era tan negra como la noche. Sin embargo, algo se movió entre las tinieblas. Algo enorme. Remiak palideció.
—Un hijo de Vanir —dijo con un hilo de voz. Los gemelos asintieron.
—Por eso no había vanirianos ni aesirianos por la sección en la que entramos. Es territorio de esa criatura.
Remiak contuvo un gemido. ¡De la que se habían salvado! Si esa cosa los hubiese pillado los habría hecho trizas. Además, ese hijo de Vanir era diferente a los que había visto en la Academia de las Arenas: era un adulto.
—¿Entonces eso significa que aquí hay panales de mangodrias?
—Es probable —dijeron los chicos.
—Es mejor que nos metamos a esos putos túneles de una vez —decidió el príncipe.
Se aseguraron de que no quedara ni un aesiriano a las afueras del templo, en especial porque el hechizo de la Estrella de Carmeil ya no los protegía. Cuando bajaron a los pisos inferiores, un grupo de arqueólogos recibió con mucho orgullo a Remiak y los gemelos.
—La entrada está por debajo del salón de oración principal. Pero hay un pequeño problemita.
Cuando los llevaron a la entrada se toparon con una puerta sellada con un hocico de dragón en relieve. La puerta tenía varios trazos alrededor de la cabeza del animal así como varios detalles alegóricos a los Aesir.
—Ah, una famosa puerta de sangre —sonrió Remiak—. Este no es un problema.
El príncipe metió la mano en la cerradura y esperó a que los trazos se tiñeran de carmesí para entrar.

****

Darius estaba furioso. ¡Prácticamente no había ni un alma allí!, con la excepción de heridos y oficiales de menor rango. Cuando Kel le ofreció pastelitos quiso apartarle la canasta de un manotazo y estrangular al pequeño grolien por traidor, pero ni siquiera pudo despegar la cabeza de la almohada. Le tomó mucho tiempo poder levantar los brazos, ¡y ni se diga ponerse en pie! Si Kel también se hubiese ido para Masca, Darius no tendría quien lo ayudara a mantener el equilibrio y avanzar unos cuantos pasos.
—Lo siento —se disculpó otra vez el grolien.
Darius no dijo nada porque estaba demasiado dolido. Sakti le mintió, Dagda le ocultó la verdad, Connor lo había sedado, Drake lo abandonó... Tenía muchas ganas de ponerse a llorar. Todas las piezas de su corazón estaban en Masca mientras él se quedó solo y perdido en Lanyr. Quería a Kel, pero ese cariño jamás podría compararse al que sentía hacia sus hijos. Si uno solo de ellos resultaba herido, él jamás se lo perdonaría. Ni tampoco se lo perdonaría a Sakti, Dagda, Connor y Drake. Ni siquiera a Kel, aunque el grolien no tuviera ni pizca de culpa.
—Hasta aquí llegamos —decidió Kel—. Ahora nos regresamos.
El grolien dio media vuelta para llevar de regreso a Darius a la tienda, pero el mestizo lo miró con furia y soltó:
—No has avanzado ni quince metros, asqueroso traidor. Ahora sácame de aquí o quédate atrás como un cobarde, pero ni se te ocurra detenerme.
Como Kel se quedó plantado en su sitio, Darius se soltó de él e intentó caminar. El primer paso fue como si caminara con piernas hechas de nubes. El segundo le pareció que toda la habitación estaba hecha de gas. Y en el tercero tuvo que hacer maniobras para no caerse. Cuando dio el cuarto perdió el equilibrio, pero por suerte había alcanzado una pared. Ahora solo tenía que sostenerse en ella y salir de los túneles de Lanyr.
El quinto paso fue más fácil porque tuvo apoyo, pero también más difícil porque se encontró con un nuevo obstáculo: la culpa. Cuando miró por el rabillo del ojo, se percató de que la pelusa en la carita de Kel estaba empapada por las lágrimas. Darius soltó un suspiro porque supo que fue un imbécil. Ese pobre chico no tenía nada en el mundo, ¡nada! Excepto a los profetas. No era justo hacerlo sentir mal por ser pequeño e incapaz de llevarle la contraria a una princesa sanguinaria, a un gemelo musculoso y a un doctor con acceso a sedantes.
—Lo siento —se disculpó el profeta después de regresar sobre sus pasos. Se acuclilló delante de Kel y lo abrazó—. Perdóname, fui un idiota. Es solo que... tengo mucho miedo.
—¡Yo también tengo mucho miedo! —sollozó Kel.
El grolien lo abrazó tan fuerte que Darius se mordió los labios. Pronto tendría que separarse del grolien o de lo contrario se le abriría la maldita herida en el abdomen. ¡Argh! ¿Por qué la vida era tan injusta y no podía recibir ni un puto abrazo sin el arriesgo de morirse? ¿Por qué...?
—¡Ay! —chilló el mestizo cuando sintió un punzón en el brazo.
Kel lo soltó, con miedo de haberle abierto la herida. Pronto se dieron cuenta de que se trataba de otra cosa: una inyección. Drake apartó la mano y desechó la jeringa. Darius se lo quedó mirando sorprendido. Ni siquiera lo había escuchado acercarse.
—Q... ¿qué haces aquí?
—Soy el niñero —respondió el sicario mientras levantaba los hombros.
—¡Pero la Princesa Carmesí dijo que estarías aquí dentro de tres días! —exclamó Kel—. ¡Apenas va a terminar el segundo!
—Connor dijo que el sedante duraría como dos días, pero él parece haber superado el efecto en uno —respondió el sicario mientras señalaba con la barbilla a Darius—. No hay imposibles cuando hay voluntad. Ahora toma esto.
Drake le pasó un maletín a Kel y una capucha y un bulto liviano a Darius.
—Bueno, ¿qué? ¿Se van a quedar ahí todo el día? —preguntó el peli-rosado al ver que su padre y el grolien todavía estaban boquiabiertos—. Tenemos que llegar antes de la tercera luna llena. De lo contrario no lograremos colarnos por entre los escombros de los castillos flotantes.
—Espera, espera —pidió Darius—. ¿Qué estás...? —Drake soltó un suspiro.
—La princesa y nosotros nos fuimos dos días antes de la primera luna llena. Ya estamos en la tarde previa a la segunda luna. Si nos apresuramos llegaremos en la mañana.
—Entonces... tú... ¿vas a... ayudarnos a entrar?
—¿Por qué otra razón te daría el antídoto al sedante y buscaría un camino alterno para entrar a Masca? —contestó Drake como si fuese obvio.
A veces a las personas se les olvida que el arte fino de matar también incluye el conocimiento para salvar vidas. No en vano le sugirió a Connor una lista de paralizantes de los que Drake conocía el antídoto y podría prepararlo.
El sicario no esperó respuesta de Darius y empezó a caminar.


"Los Hijos de Aesir: Dos Tronos" © 2013-2017. Ángela Arias Molina

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