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Capítulo 18

18
CANCIÓN DE LUNA

Lograron salir con éxito. Al ver que los ductos de aire no estaban vigilados por los vanirianos, Kael comunicó a los otros equipos de rescate para sugerirles escapar por ahí. Una vez que salieron al exterior, fue cuestión de abordar la primera esfinge a mano para sacar a las Doncellas. ¿Quién habría creído que sería tan fácil?
Lo que no fue tan sencillo fue regresar a la nave Alfa para rescatar a la mujer que estaba sincronizada con la estructura, pero para ese instante ya no hicieron falta las sutilezas. A Adad le bastó con avanzar seguro por los pasillos de la nave, blandiendo a diestra y siniestra la espada dorada de la Virtuosa Dajop. Era una lástima que Sakti le hubiese ganado al obtener el apodo de «Princesa Carmesí». Si los vanirianos hubiesen visto primero la estela ensangrentada y llena de cadáveres que Adad dejó en Ruleta-Alfa, le habrían dado a él ese nombre tan bonito.
Para cuando llegaron a la sala de comando, él y Kael tenían manchados el uniforme y la armadura con sangre y sudor. Ahí no encontraron tanta resistencia como en el resto de la nave, pues, además del capitán y un par de soldados, los vanirianos en la sala eran técnicos, no guerreros. Acabaron con ellos en un santiamén.
—Oh... —sonrió el príncipe al leer los datos en el panel—. Suficiente energía para darle una última misión a esta belleza.
Nunca antes se sintió tan agradecido por el amor que su tío Jaliar le tenía al estudio. Si él no hubiese diseñado un manual para tontos sobre la energía cero, quizá Adad no habría entendido ni pizca del panel de control. Pero gracias a esa ayuda, el príncipe finalizó la sincronización de la Doncella y dio una última tareíta a Ruleta-Alfa. Luego ordenó a Kael que cargara a la Doncella, mientras él limpiaba el camino de regreso al exterior.
—¡Salta! —ordenó el príncipe cuando al fin llegaron al hangar.
Kael se lanzó al aire con la mujer en brazos y voló lejos del castillo flotante. Adad aterrizó en la melena de su preciosa esfinge, que lo esperaba como si supiera de las intenciones locas del muchacho. Kael se llevó una mano a la cartuchera y dijo:
—Todos los equipos, retírense del castillo abordado por el equipo Alfa.
Dicho esto, las esfinges y magos voladores se apartaron de la nave, para confusión de las arpías y vanirianos que montaban a los machos retardados. Pero cuando Ruleta-Alfa comenzó a irse de lado, todos comprendieron por qué los aesirianos se habían marchado a otras naves: el castillo flotante caería.
Adad sonrió cuando, ya lejos y a salvo, vio la bonita explosión de Ruleta-Alfa al tocar el escudo que protegía a Masca.
—Quién habría creído que mi sobrinito crecería y se convertiría en un atacante poco piadoso.
El príncipe Sin se sujetó con fuerza a la melena de la esfinge que lo había rescatado. Cuando se situó al lado de Galatea, contempló la sonrisa satisfecha de Adad, enmarcada por las flamas de la nave derribada.
—Después de lo que les hicieron a ti y a las Doncellas, deberías estar feliz por el resultado.
Escucharon los gritos de alerta de los aesirianos y los chillidos asustados de los vanirianos cuando otra nave distante empezó el triste descenso hacia el escudo explosivo.
—Los vanirianos me valen un comino —soltó Sin—. Hablo de mi hermano Kardan. Esas explosiones le duelen a él también.
—No hay nada que podamos hacer al respecto. Sin el escudo, jamás podríamos destruir los castillos flotantes y tampoco podríamos controlar la invasión aérea.
Adad lanzó un silbido y la esfinge que cargaba a Sin movió las orejas curiosamente. Luego emitió un pequeño ronroneo y se preparó para marcharse.
—Los llevará a la retaguardia —explicó Adad—. Allá hay un equipo preparado para recibir a las Doncellas y heridos. Todo estará bien.
La esfinge empezó el vuelo al campamento especial, pero Sin fue más rápido que ella: el príncipe herido se lanzó a Galatea y aterrizó detrás de Adad, quien lo sostuvo a tiempo para que no se resbalara de la esfinge hacia el vacío.
—¡¿Qué demonios haces?! —rezongó el muchacho.
—No me voy, ¡necesito ir a una de las naves! —Adad arrugó la frente y se preparó para gritarle unas cuantas cosas a su tío por imprudente, pero él lo interrumpió—: Tienen a mi otro hermano. No me voy sin Harald. Nunca.
—Solo serás peso muerto —objetó el muchacho. Sin arrugó la frente y una vena empezó a latirle en el cuello.
—Imagina lo que harías si tu hermana estuviese en peligro. También irías a salvarla aunque fueras un estorbo.
Adad no pudo objetar nada, porque era cierto. Él iría por Sakti hasta los confines del mundo, aunque fuera solo para salvar el cuerpo de la chica que fue antes de que se diera la fusión. Él, como resultado de la fusión del portador y el Segundo Dragón, se lo debía al príncipe Adad original.
—Guíame —dijo entre dientes.
Fue bueno que Sin lo apresurara, porque la nave que debían abordar tenía todos los síntomas de estar a punto de caer: los motores en la base del castillo echaban humo y una serie de explosiones hacía reventar ventanas y paredes. Adad creyó que para ese entonces el equipo asignado a esa nave ya había salvado a los aesirianos sincronizados. Pero cuando Galatea llegó a un hangar, vieron que una esfinge apenas recogía a tres Doncellas y que una de ellas tenía tan mala pinta que a lo mejor ya estaba muerta. Pero no había ni rastros del príncipe Harald.
Antes de que Adad pudiera evitarlo, Sin se lanzó al suelo y se enfrentó a uno de los rescatistas. Lo sujetó con tanta brutalidad que nadie creería que estaba exhausto por los meses de sincronización.
—¡Mi hermano! —gritó—. ¡Harald estaba en este castillo! ¿Dónde está ahora?
El soldado alado no reconoció al príncipe Sin, pero miró a Adad y respondió muy obediente:
—Lo lamento, Alteza. No pudimos detener la sincronización. Aún sigue ahí.
Sin echó a correr o, mejor dicho, lo intentó. No podía avanzar muy rápido sin agitarse, pero se apresuró a pesar de los jadeos y el agotamiento. Antes de seguirlo, Adad dio una última orden al alado:
—Saca a las Doncellas de aquí. Despejen el área de inmediato.
El príncipe siguió a su tío, aunque supo que sería inútil. Si estaban en la nave cuando al fin chocara contra el escudo, todos explotarían en pedacitos. Ni siquiera tendrían tiempo de llegar a la sala de comando. Sin embargo, Adad sintió que alguien lo tomó del brazo. Cuando levantó la mirada, vio que Kael estaba a su lado, volando a ras del suelo y jalándolo consigo. El soldado alcanzó al príncipe Sin y también lo jaló, para que pudieran llegar más pronto a la habitación sincrónica.
Cuando llegaron a la sala de comando, Adad comprobó que el equipo de rescate intentó de todo para salvar a Harald. Los técnicos vanirianos estaban ensangrentados y sin vida en el suelo. El panel de control tenía marcas de sangre de los aesirianos que intentaron manipularlo para liberar al príncipe. Incluso había un titán atravesado por los cables sincrónicos. A lo mejor intentó detener la sincronización de manera manual, pero, como era de esperarse, los cables lo mataron por la osadía.
Sin se acercó al asiento de control tanto como le fue posible, donde un hombre delgadísimo y pelirrojo jadeaba con los ojos entreabiertos. Adad y Kael se acercaron al panel de control para intentar soltar a Harald, pero les llegó un olor a carne quemada y comprendieron por qué era imposible: el príncipe estaba a punto de morir. Se rostizaría en medio de los cables, tal y como Salak murió en el comando de Kiria-Alfa.
—¡Escúchame, Harald! —gritó Sin mientras se arrastraba por el suelo, como para evitar un ataque repentino de la sincronización—. Te vas a poner bien, ¡te vamos a sacar de aquí!
«Alerta, alerta», sonó débil la voz sincronizada de Harald. «Impacto en dos minutos».
—No hay nada que hacer, tío —dijo Adad detrás de Sin—. Tenemos que salir ahora.
«Alerta, alerta...».
—¡No! ¡No nos iremos sin él! —Cuando Adad vio que su tío intentaría detener la sincronización de forma manual, se separó del panel para evitarlo.
—¡Déjalo! ¡Ni siquiera se dará cuenta de lo que va a pasar!
Pero fue muy tarde.
«Alerta, alerta».
Sin se lanzó al comando y agarró a Harald de los hombros. Al instante, los cables de sincronización se abalanzaron sobre el intruso y se le insertaron en el cuerpo, pero Sin no chilló ni soltó a su hermano. No se dejó apartar por los cables, sino que plantó los pies en el suelo y empezó a jalar a Harald, a pesar del dolor de los hilos que lo atravesaban, de las centellas que brotaban del núcleo y del olor a carne quemada que se intensificó.
Adad miró maravillado el esfuerzo descomunal e inútil de Sin. «¿Lo habrá visto antes el otro Adad?», se preguntó. «¿Tendría idea de lo que eran capaces de hacer sus tíos por amor?». No tenía muy claros los recuerdos de Adad antes de la fusión, pero sí recordaba el resentimiento y la tristeza que el príncipe sentía cada vez que pensaba en su familia. Se sentía traicionado y usado por sus tíos, y también triste y abatido porque sabía que, cuando crecieran, sus primos también intentarían manipularlo.
Pero también tenía recuerdos de juegos, sonrisas y abrazos compartidos, de una calidez de hogar, tierna y dulce. El príncipe siempre sospechó que era una ilusión, otra mentira de los Aesir, un juego a la casita... Pero también deseó que el juego nunca acabara, que la mentira jamás se revelara, que la ilusión jamás se rompiera.
Las centellas al fin apartaron a Sin con una descarga eléctrica, pero el príncipe nunca soltó a su hermano. Cuando salió despedido a un rincón de la sala, se llevó a Harald consigo.
—¡Cielo Santo! —exclamó Kael, asombrado—. Detuvo la sincronización, ¡lo consiguió!
Sin tenía las manos chamuscadas, pero también una sonrisa satisfecha porque logró salvar a su hermano. Kael y Adad avanzaron para sacar a los príncipes del castillo, pero entonces la cara alegre de Sin se arrugó. El príncipe apartó a Harald a un lado, justo antes de que una lanza atravesara al hombre pelirrojo.
Kael se giró a tiempo y se abalanzó sobre Adad para evitar que otra lanza atacara al príncipe del desierto. Cuando su protegido estuvo a salvo, el soldado voló hacia el vaniriano recién llegado a la sala de control, cayó sobre él y le atravesó el estómago con solo el puño.
—Jamás te atrevas a dañar a mi príncipe en mi presencia —siseó con furia.
Luego apartó la mano ensangrentada, jalando consigo las vísceras del soldado. Tras una revisión rápida alrededor, vio que no había nadie más en el pasillo. Regresó a la sala de comando, sin darle el golpe de gracia al vaniriano para que sufriera. Pero cuando llegó al lado de Adad, se percató de que el enemigo logró mucho más daño del que había imaginado. Adad estaba intacto, Harald respiraba a pesar de que era casi un esqueleto con piel, pero el príncipe Sin agonizaba.
—Lo salvaste —susurró el príncipe Dragón mientras se acercaba a su tío—. Hasta el final. —Sin sonrió.
—Te dije que no lo abandonaría. Nunca.
La lanza que debió atravesar a Harald le dio de lleno en el estómago a Sin. Cuando él cerró los ojos, Adad supo que no podría hacer nada para ayudarlo.
—¿Señor? —preguntó Kael cuando vio a Adad avanzar hacia el núcleo—. ¿Qué va a hacer?
El muchacho tomó el asiento que ocupó Harald. Antes de que los cables se lanzaran a él, reprochó con sonrisa sombría:
—¿En verdad tienes que preguntármelo?
A Kael no le hizo falta. Supo que Adad haría pagar a los vanirianos por la muerte de su tío.

****

Los túneles alumbraron cuando la tropa rescatista entró a ellos. A pesar de que el camino fue largo y cansado, los aesirianos no desistieron ni una sola vez. No podían quedarse atrás, porque temían que en alguna parte de las profundidades de la ciudad se escondiera un panal de abejas reina. Sin embargo, después de varias horas de marcha se dieron cuenta de que a lo único que debían temer era al suelo resbaloso de los túneles, que podría quebrarle un par de huesos al descuidado que tropezara.
De no ser porque los bueyes eran lentos, hace mucho habrían alcanzado el corazón de la ciudad. Por lo general tomaba tres días en carruaje llegar a Palacio desde una de las avenidas principales, ya que había que sortear el tránsito de la Capital, con más carruajes, transeúntes y puestos de mercado. Si las calles estaban completamente despejadas, los carruajes veloces podrían llegar en dos días a Palacio. Los corceles de seis patas y las esfinges podían hacer el viaje todavía más aprisa, en menos de un día. Los túneles eran como las calles de Masca durante el toque de queda: silenciosos y desiertos, pero también hermosos con sus destellos blancos y azules y sus galerías de dos niveles. A pesar de los bueyes, conseguirían sembrar los embriones antes de que terminara la tercera luna llena.
—¡Atrás! —gritaron de repente los gemelos, que montaban a los lobos.
A la señal de Dagda, Geri retrocedió de un salto para que los caballos detrás de él también se devolvieran. Lo hizo justo a tiempo, antes de que una lluvia de flechas cayera sobre la primera línea de la tropa. Luego Airgetlam y Freki salieron despedidos al frente, a pesar de las saetas que caían como meteoritos. El lobo burló los proyectiles describiendo zigzagueos y poco a poco acortó la distancia hasta la fuente de los disparos.
—Esperen aquí —ordenó Dagda a los soldados y al príncipe Remiak—. Nosotros nos haremos cargo.
Luego, él y Geri corrieron hacia las flechas, evadiéndolas con los mismos movimientos de Freki. Un soldado se acercó a Remiak y dijo:
—¡No podemos dejar que vayan solos! ¡Los van a agujerear con esos arcos de largo rango! —Pero Remiak sonrió.
—¿No les viste los ojos? Saben lo que pasará antes de que suceda.
El príncipe vio a Dagda con esa expresión autoritaria cuando cayó Irem. Los ojos se le ponían completamente celestes cuando preveía acontecimientos justo antes de que ocurrieran. De seguro que estaba usando sus dones de profeta para avisar al lobo en dónde caerían las flechas antes de que tocaran el piso, así que él y su hermano llegarían a los flecheros sin problemas.
—Icen el estandarte —ordenó Remiak cuando una idea le cruzó la mente.
Al poco tiempo, un par de soldados levantaron el estandarte del Imperio Aesiriano, con el escudo de los Tres Dragones custodiados por armas.
Remiak vio que los lobos saltaron hasta alcanzar el segundo nivel de la galería, donde cayeron sobre lo que a primera vista pareció formar parte de la pared de mármol. «Flecheros disfrazados», comprendió el príncipe. «Vigías». Las flechas no se detuvieron de inmediato, pero Remiak supo que sería cuestión de tiempo.
Como lo pensó, los proyectiles se detuvieron después de unos minutos y Dagda silbó a la tropa para que siguiera adelante sin problemas. Los soldados avanzaron con cautela, hasta que unas siluetas se despegaron de las paredes y se detuvieron delante de ellos. Remiak sonrió, porque los vigías estaban muy bien disfrazados: no solo tenían ropas a tono con los túneles, sino que también se habían pintado la piel y el cabello para camuflarse.
Después de unas breves presentaciones, la tropa del desierto comprendió que los vigías protegían los túneles de posibles ataques vanirianos; a su vez, los vigías recibieron con buen ánimo la noticia del rescate militar.
—Ay, todavía no me lo puedo creer —comentó uno de los vigías mientras guiaban a toda marcha a los soldados—. ¡Entonces todas esas explosiones que escuchamos no son los vanirianos, sino el rescate aéreo! Y yo aquí pensaba que al fin los rayos nos iban a golpear con todo.
Remiak y los demás también habían escuchado las detonaciones, aunque solo muy de vez en cuando y les llegaban como un retumbo lejano, como el sonido de una ola al golpear contra un peñasco. Parecía que la misión de rescate iba muy bien.
Fue una suerte que encontraran a los vigías en el camino, porque pronto llegaron a una serie de bifurcaciones laberínticas. Quizá los gemelos habrían podido guiar a la tropa con sus poderes de profeta, pero los vigías lo hicieron aún más rápido porque se habían aprendido el camino a la perfección. El único inconveniente que encontraron fueron los escalones que llevaban a lo más profundo de los túneles, donde se refugiaban los mascalinos. El viaje se retrasó entonces un poco más, porque los soldados tuvieron que bajar de los caballos y ayudar a los animales a avanzar. Los bueyes y las carretas también necesitaron ayuda.
Sin embargo, al fin llegaron a su destino. El corazón de los túneles era una auténtica ciudad subterránea, con varios niveles e incluso edificios idénticos a los que estaban en las plazas subterráneas de Edén. Por aquí y por allá había puestos de mercado, donde los vendedores gritaban a los transeúntes para que compraran. Los civiles también avanzaban por allí con naturalidad, como si vivir en túneles fuera idéntico a vivir en la superficie.
Pero si se prestaba más atención, se notaba que los puestos de venta tenían pocos comestibles, que los mercaderes tenían cara de gruñones, que los aesirianos llevaban ropas raídas y descoloridas, y que tenían una mirada un poco triste y asustada. Esas expresiones aumentaron cuando vieron a los soldados que emergían de la boca que conectaba con el resto de los túneles.
Al principio, los civiles retrocedieron con caras espantadas y algunos incluso echaron a correr. Fueron los soldados envueltos en armadura quienes avanzaron hacia la tropa como si quisieran destrozarla, aunque sus pasos y expresiones fueron pesimistas y resignados, como si ya premeditaran que perderían contra los recién llegados.
Los gemelos, Remiak y el soldado que llevaba el estandarte avanzaron hacia los militares sin temor. Les tomó un poco convencerlos de su identidad e intenciones, pero Remiak los convenció cuando le pidieron abrir una puerta de sangre.
—Es un Aesir —aceptó uno de los soldados de Masca. Lo dijo con un tono frágil, como si estuviese a punto de echarse a llorar.
—Necesitamos llevar nuestro paquete a los pisos inferiores de Palacio —explicó Remiak—. Es nuestra mejor carta para repeler la invasión.
—Podemos guiarlo hasta la puerta de sangre que conecta con los pasillos subterráneos de Palacio, pero no podemos guiarlo dentro, Alteza —le explicó el soldado mientras la tropa avanzaba por la ciudad subterránea. Al paso de la comitiva, los mascalinos tuvieron diversas reacciones, pero la más común fue la sorpresa al ver a los gigantescos titanes—. El príncipe Kardan y los Generales son los únicos que tienen permitido avanzar por ahí.
Era comprensible. Un enlace directo con Palacio era también un enlace directo al Emperador, el hombre que mantenía todo unido a duras penas. Si alguien sospechoso se colaba por ahí, podría poner en peligro al monarca.
—¿En dónde están ellos? —preguntó Dagda, con desdén. No estaba particularmente emocionado de ver al cruel de Sigfrid, al descuidado de Enlil ni al zopenco de Kardan.
—En la superficie. El General Montag sale con varios soldados durante estas noches para repeler a los vanirianos que se acercan demasiado a Palacio. El General Tonare ronda el perímetro para descubrir puntos tomados por el enemigo. Y el príncipe Kardan está con la pitonisa, acompañándola mientras escucha los designios del agua.
Los gemelos saltaron al escuchar esto. Primero, porque se trataba de Zoe. Habían temido en secreto que algo le hubiese sucedido antes del rescate, que llevara muerta ya muchos años. ¡Pero su hermanita estaba a salvo! Pero también se estremecieron, porque no les hizo ni pizca de gracia que el maldito principucho estuviese con ella.
A Remiak le bastó una miradita para saber que los chicos estaban listos para salir en busca de Zoe, así que los detuvo.
—Son mis Generales y tienen una responsabilidad muy grande: todavía tienen que ayudarme a sembrar los embriones. Sin ellos, todo peligra. Hasta su hermana.
—Además —dijo el soldado mascalino que los guiaba—, yo no me preocuparía mucho por ella. Es un hueso duro de roer.
Dagda y Airgetlam intercambiaron una mirada. ¿Qué significaba eso? Al ver que los gemelos no lo pillaban, el oficial dijo:
—Es una chica... hermética. Sale de problemas por su cuenta. Es... muy capaz.
Lo dijo con un tono y un brillo en los ojos tan peculiar que los chicos comprendieron –muy a su pesar– que ese tipo era un admirador de Zoe. ¡Argh! ¡La tortura de tener una hermana tan linda! El pobre hombre estuvo a punto de recibir una tunda, pero se salvó cuando dijo:
—Ella levantó el ánimo cuando la primera parte del escudo cayó. Creímos que el Emperador no resistiría por mucho tiempo más y que los vanirianos terminarían de destrozar la ciudad. Pero la pitonisa nos dio una profecía y sube todas las noches de luna llena al lago de los designios para verla hacerse realidad.
El hombre se aclaró la garganta y recitó:

«El canto de un mesías romperá el cielo,
las garras de mil dragones acariciarán la viuda maltrecha de Aesir
y el cálido regalo de un dragón traerá consuelo».

Fue entonces cuando escucharon el estruendo en el cielo. Aún en los túneles subterráneos, los aesirianos escucharon la furia de Adad.


«La noche sin fin terminará,
pero las tinieblas caerán en el mundo entero».

La voz de Zoe rasgó con delicadeza el silencio del templo descalabrado. La chica miró el escudo de tinieblas que cubría el cielo. Mientras el vapor se arremolinaba junto a ella, dijo:

«Mas temor no deben tener,
pues lo más oscuro y largo de la noche
puede ser como un lucero.

La noche pasa, la madrugada llega.
Y con ella alumbra una promesa».

Cuando el retumbo de Adad brilló a pesar del escudo de sincronización, Zoe se permitió una sonrisita. Salió del lago despacio, pues no quiso hacer ruido. Al llegar a la orilla tomó la toalla seca que la esperaba y se la echó sobre los hombros. Luego echó una miradita alrededor y, solo para estar segura, expandió su percepción mental para saber en dónde estaba el príncipe Kardan. El muchacho era inteligente. Si la hubiese esperado más cerca, ella le habría provocado una jaqueca para castigarlo por intentar espiarla.
Cuando se cambió por una mudada seca, la chica salió de las ruinas del Templo de las Doncellas y se reunió con Kardan, quien la esperaba escondido entre unas rocas. Pero el príncipe no estaba solo: Enlil lo acompañaba. A Zoe no le sorprendió haberlo pasado por alto antes, pues el General era un maestro de las mentes; era obvio que tenía bloqueada la suya para evitar que otras personas con talentos similares lo percibieran.
Los dos hombres tenían la vista fija en el cielo y silbaban del asombro.
—Uf, esa fue grande. A que por lo menos dos castillos cayeron —apostó Enlil.
Otra detonación retumbó y escucharon los escombros de nuevas naves mientras resbalaban por el escudo como rocas ardientes.
—Umm... —meditó Kardan—, esto me provoca sentimientos encontrados.
Por una parte estaba feliz de que los vanirianos tuviesen problemas en sus flotas aéreas, pero, por otra, estaba angustiado por su padre. ¡El dolor que debía de sufrir!
—Les dije que caerían en una noche de luna llena, cuando yo consultara los designios del agua —susurró Zoe detrás de ellos.
Enlil no se sorprendió porque ya la había escuchado llegar, pero Kardan sí sonrió encantado al verla. Enlil tenía que admitir que aunque su nieta no había llevado entrenamiento militar, tenía talento innato. Muy pocas personas aprendían a moverse con sigilo por cuenta propia, pero ella lo hacía tan bien que hasta podía acercarse a un príncipe sin que este la notara. Y eso que el príncipe en cuestión solo tenía ojos para ella.
El General agitó la cabeza con suavidad, casi desapercibidamente. Qué curioso que Kardan se hubiese encariñado tanto con Zoe a pesar de... ¡todo! Darius y los gemelos lo detestaban, Sakti nunca aprobó que su primo coqueteara con una chica tan menor, y la misma Zoe no le daba esperanzas.
El carácter de la profetiza había mejorado cuando se dio la invasión, porque a pesar de los rayos, las estampidas de groliens y la huida a los túneles, estaba contenta por la aparición de su papá. Por eso era más simpática con los soldados, Kardan y Enlil, pero sus sonrisas siempre fueron discretas y sus ojos nunca revelaron nada de lo que en verdad estuviese pensando o sintiendo. Al General le daba la impresión de que Zoe era como una ilusión, pues parecía tan cercana cuando estaba tan lejos de todo y de todos. Kardan lo sabía, él también podía verlo, pero no le importaba. Estaba feliz como una polilla viendo hacia la luz, aunque a Zoe le daba lo mismo si el príncipe se quemaba en el fuego de su rechazo.
Quizá por eso mismo a Enlil ya no le disgustaba que el heredero al Trono persiguiera a la chica como un cachorrito enamorado. Siempre temió que el encanto de la piel pálida, el cabello negro y los ojos del príncipe fuesen un cebo irresistible para Zoe. No sería la primera vez que una chica se obsesionaba con los Aesir por su peculiar apariencia. Pero a Zoe la traía sin cuidado el físico de Kardan, o su posición como príncipe o sus evidentes intentos de seducción. Más bien Enlil empezó a temer por el príncipe porque, si a Zoe se le ocurría, jugaría con él y luego le rompería el corazón sin remordimientos. Enlil sabía que las mujeres podían ser crueles. Aunque su nieta era una chica linda y una hermana dulce, tenía también resentimiento acumulado por todos los años de tortura en Masca.
—¿Estás segura de que es un rescate? ¿No un desperfecto de las naves? —preguntó el General. La chica levantó los hombros.
—¿En verdad importa? De todas formas el resultado es el mismo.
—¿Y qué hay de los mil dragones? —preguntó Kardan—. ¡Dijiste que van a hacer estragos! ¿Los traerá Allena? ¡Sería genial si ahora la loca de mi prima puede controlar dragones!
—No dije que serían dragones de verdad. Dije que aparecerían criaturas similares a los dragones —lo corrigió Zoe.
—Bueno, ¿y de verdad importa? —la imitó Kardan—. De todas formas el resultado será el mismo.
«Ah. Se me hace que este príncipe es masoquista», pensó el General cuando vio la sonrisa feliz del muchacho y la discreta de Zoe. Un buen día la chica le rompería el corazón solo para vengarse del Emperador.
—Necesito que los dos regresen a los túneles —dijo Enlil—. El perímetro está comprometido.
—¿Necesitas refuerzos? Puedo enviarlos de ser necesario —se ofreció Kardan.
—Nah, no hace falta —contestó Enlil con un gesto despectivo—. Sigfrid ya solicitó el refuerzo —el General sonrió y se señaló a sí mismo—: yo.
—Vaya. Eso quiere decir que los monstruos en esta ocasión están dando batalla. Sigfrid rara vez te pide ayuda. A no ser —una sonrisa cruel se asomó a los labios de Kardan— que al fin la abeja saliera del panal.
La sonrisa siniestra del General corroboró sus sospechas.
—Por favor regresen a los túneles —pidió Enlil mientras se marchaba—. Con suerte esto se pondrá muy, muy feo.
Kardan y Zoe obedecieron. Enlil y Sigfrid hacían que pareciera fácil enfrentarse a las extrañas criaturas que trajeron los vanirianos desde el País de Hielo. Eran como groliens, pero gigantes y mucho más fuertes. Ellos fueron los encargados de la aniquilación de los campesinos y aesirianos que vivían en los bordes de la ciudad, lejos de entradas a los túneles. La ventaja es que eran lentos, así que los soldados más experimentados podían acabar con uno o dos si trabajaban en equipo. También era bueno que no hubiese muchos de esos monstruos y que rara vez estuviesen juntos.
El príncipe y la pitonisa se dirigieron a la entrada más cercana a los pasos subterráneos. Pero justo antes de que Kardan abriera la puerta de sangre, Zoe saltó en su sitio. El príncipe se preparó para una emboscada vaniriana, pero no vio nada fuera de lo común. En cambio, la chica se quedó mirando hacia la nada y avanzó unos pasos, como hipnotizada. Kardan la tomó del codo y le preguntó qué le pasaba.
—Escuché una voz —susurró ella—. Alguien me llama.
A Kardan eso no le hizo nada de gracia, porque a lo mejor se trataba de un kredoa que quería tenderles una trampa. Pero Zoe se soltó de él y avanzó hacia unos escombros con lentitud. Cuando se asomó a través de ellos, sonrió como si acabara de ver a alguien que esperó por mucho tiempo. Luego miró al príncipe y dijo:
—Cambio de planes. Ya no regresaré a los túneles.
—¿Eh? —la cuestionó Kardan mientras avanzaba hacia ella—. ¿Qué te hace creer que---?
Se quedó callado cuando vio lo que Zoe había descubierto: estelas azules en el aire. Eran mariposas de añil. La ilusión no duró más que unos cuantos segundos, pero al muchacho se le erizó el vello. «Son idénticas a las mariposas que llevaron a Mark a la habitación del metal bendecido por Dios». Se avergonzó al recordar el fatídico día de la Estrella Púrpura y la muerte del mensajero, pero se recuperó cuando Zoe empezó a caminar hacia donde estuvieron las mariposas.
—¿A dónde crees que vas? ¡Es peligroso! Si uno de esos monstruos te encuentra será el final. ¡Enlil dijo que rompieron el perímetro! —Pero Zoe lo miró con una sonrisita seductora que lo sonrojó. La chica extendió la mano y le dijo:
—Voy a ir sola o contigo, pero si me acompañas dejo que me tomes de la mano.
Kardan rechinó los dientes. ¡Ninguna otra chica se atrevería a humillarlo como ella lo hacía! Pero, claro, él tenía la culpa por no interesarse en ninguna otra además de Zoe. «Qué patético. Sí que soy un masoquista», pensó a la vez que se tragaba todo rastro de orgullo y dignidad y tomaba la mano de la profetiza. «Soy un perdedor». Pero cuando estrechó los dedos cálidos de Zoe se sintió como el hombre más feliz del mundo. Junto a ella se sintió todo un ganador.
—¿A dónde vamos? —preguntó con un hilo de voz.
—A donde sea que nos lleven las mariposas.
—Pero... ya no hay ninguna.
—Para ti no. Pero para mí hay decenas de ellas.
Zoe no dijo más y dejó que las mariposas de añil que revoloteaban frente a sus ojos la guiaran por una ciudad de tinieblas.

****

—Uf, esa fue grande.
La mujer sonrió para restarle importancia a la explosión furiosa de los castillos que levitaban sobre el escudo de protección, pero lo cierto era que estaba nerviosa. Desde la noche anterior recibió los informes de ataque en las flotas aéreas. Abigahil ordenó a las tropas terrestres ayudar en las naves, pero ellos también le dieron reportes de grupos aesirianos en la ciudad. Lo peor era que las tropas de rescate aesirianas marchaban a buen paso por Masca, cada vez más cerca de Palacio. Si se reunían con el grupo liderado por los Generales, serían imparables. Todo lo que necesitaban Enlil y Sigfrid para acabar con la invasión era un buen puñado de soldados que liderar, porque habían quedado pocos después de la invasión.
Por eso Abigahil salió a escena. Había evitado abandonar los cuarteles vanirianos durante las noches de luna llena, porque la misión obvia de los Generales sería acabar con la cabecilla de la invasión. Ella sabía tan bien como ellos que la mayoría de las batallas se ganan al derrotar al líder del bando opuesto.
Por eso ella se propuso acabar con el gran líder militar de Masca: Sigfrid.
—No llegarán a tiempo —dijo la mangodria mientras se apoyaba en la espada. La sangre le manchó las botas y la cara del General se contrajo un poco, pero no lo suficiente como para quitarle esa expresión orgullosa—. La sincronización apenas se mantiene. Cuando tú caigas, el General Tonare no podrá sostener Masca por mucho tiempo. —Sigfrid sonrió.
—Niña boba. No subestimes a Enlil. Ni siquiera yo lo hago.
Abigahil jamás creyó que un hombre se atrevería a decir palabras tan valientes con una sonrisa tan escalofriante a pesar de que tenía el cuerpo agujereado, una espada atravesada en el abdomen y una reina abeja encima de él, lista para cortarle la cabeza. Pero Sigfrid Montag no era un simple hombre. Era un semi-inmortal.
La mangodria midió muy bien el tiempo. En cuanto sacara la espada, el cuerpo del General comenzaría a regenerarse. «¡Maldita luna llena!», pensó con los dientes apretados. Era una suerte que el escudo sobre Masca impidiera que los rayos lunares se colaran en la ciudad, porque de lo contrario Sigfrid ya los habría molido. Pero aun así la luna le daba al General la suficiente fuerza para enfrentarse a escuadrones vanirianos sin temer nada. De no ser por los hijos de Vanir que rodeaban a la mangodria, Abigahil nunca habría podido herirlo.
La vaniriana sacó la espada rapidísimo, la alzó por encima de la cabeza en un santiamén y luego la dirigió al cuello de Sigfrid. Cualquier otro hombre se habría muerto, pero ya quedó claro que Sigfrid no era un hombre ordinario. Apenas la mangodria retiró el arma, Sigfrid estiró el brazo a ella y la lanzó al suelo. La mujer rechinó los dientes al sentir los dedos fríos y largos del General enterrados en el pecho. La mano era gigantesca, como hecha para desmenuzar rocas. Abigahil entrecerró los ojos, consciente de que en cualquier momento Sigfrid apretaría y le sacaría el corazón.
Pero uno de los hijos de Vanir fue rápido y embistió al General. Sigfrid recibió el golpe y retrocedió arrastrado varios metros, hasta que una pared lo detuvo. Abigahil se levantó de inmediato y se preparó para ayudar a su compañero. Pero los dedos de plata atravesaron el cuello y el pecho del inmenso vaniriano. La criatura cayó al poco rato y Sigfrid pasó al lado del cadáver para enfrentarse de nuevo a Abigahil y a los otros vanirianos superdotados. La mangodria chupó los dientes.
—¿Qué clase de monstruo eres, Demonio Montag? —Él sonrió.
—¿Monstruo? Niña boba, boba, boba. Si crees que esto es monstruoso, espera a sentir el terror de una luna llena sobre mí. En ese momento soy tan terrible que ni siquiera yo me atrevo a salir sin vendajes.
Abigahil sabía que algunos aesirianos tomaban formas animales después de sus transformaciones, pero no podía ni siquiera empezar a describir a Sigfrid. El General mantenía su forma aesiriana, que ya de por sí era bastante aterradora. Pero uno de sus brazos se transformó a voluntad en una extremidad plumífera con largos dedos que se extendían como si estuviesen hechos de hule. Pero eran fuertes y fríos como el acero, pálidos como un muerto y fosforescentes junto al plumaje plateado del brazo.
Cuando Sigfrid dio un paso hacia ella, la mangodria lanzó una llamarada verde al rostro del General. Pero supo que sería inútil, que él lograría evadir el ataque y que dentro de nada estaría sobre ella. Cuando sintió frío en la retaguardia, Abigahil giró y apuntó la espada al abdomen del General. ¡¿Por qué diablos no se moría si ya le había atravesado las tripas como mil veces?! ¡Maldita capacidad regenerativa!
Pero luego Sigfrid le agarró uno de los brazos y lo jaló hasta arrancárselo. La mangodria comprendió que estaban en términos semejantes, al menos en capacidad regenerativa. Ella lanzó otra llamarada para darse tiempo de retroceder y sanar. Su regeneración era mejor que la de Lemuria, casi tan buena como la de Sigfrid. El brazo le creció de nuevo en menos de lo que canta un gallo.
—No sonrías con tanto descaro, Demonio —dijo la mujer mientras se preparaba para atacar de nuevo. Los hijos de Vanir no necesitaron indicaciones y se colocaron en puntos estratégicos para caerle encima a Sigfrid apenas tuvieran la oportunidad—. Yo no estaría tan contenta si estuviese sola contra todo un ejército y me hubiesen agujereado muchas veces.
Abigahil sonrió cuando sintió pasos pesados y constantes detrás de ella, a varios metros. Había invocado a más hijos de Vanir en la cacería de Generales, incluso a los que rondaban en las secciones Sur, Oeste y Este. ¡Entre todos debían acabar con el Demonio Montag!
—Me has herido porque te lo he permitido —sonrió el General. Su sonrisa causó escalofríos—. Si hubieses creído que yo tenía la ventaja, habrías huido de regreso a tu panal. Tan solo necesitaba ganar un poco de tiempo para que los refuerzos llegaran.
Abigahil sabía que Sigfrid dejó su tropa alrededor de Palacio, para luchar contra los hijos de Vanir que intentasen entrar a la casa de reyes. El único refuerzo que el General podía esperar en una situación como esa era Enlil, pero la mangodria no se preocupó por él pues podía contenerlo con las llamas verdes. A diferencia de Sigfrid, Enlil no era tan veloz para evadir el fuego, aunque le daría problemas si la pescaba en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo.
—Esperas en vano —susurró la mujer.
Luego salió disparada hacia Sigfrid. Los hijos de Vanir reaccionaron al movimiento, levantaron los puños gigantescos y se prepararon para dejarlos caer sobre el General. El Demonio Montag esquivó los golpes de los monstruos y dejó que las calles cimbraran por la fuerza del ataque, muy consciente de que la estrategia de Abigahil era dividir su concentración en cada uno de los ataques mientras ella se le acercaba por un flanco descuidado.
Pero cuando al fin la mangodria lo alcanzó, Sigfrid no tuvo que mover ni un músculo para repeler el golpe.
Una espada había chocado contra la de Abigahil y la obligó a retroceder. Cuando la vaniriana vio el uniforme de alta categoría y la armadura aesiriana, rechinó los dientes y maldijo por lo bajo.
—Lamento llegar tarde, señor —dijo Dereck mientras miraba fijamente a la mangodria—, pero he traído un regalo de disculpas para redimirme: mi vida, mi espada y la vida y espadas de los soldados detrás de mí.
Con la excepción de los Generales, Abigahil nunca antes había visto aesirianos tan altos e intimidantes. Los titanes brillaron detrás de Dereck, envueltos en armadura desde la punta de los pies hasta la coronilla de la cabeza.
La batalla entre los hijos de Vanir y los hijos de Aesir estaba a punto de comenzar.


"Los Hijos de Aesir: Dos Tronos" © 2013-2014. Ángela Arias Molina

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