¡Sigue el blog!

Capítulo 19

19
TRIBUTO AL HLIDSKJALF


Connor se cubrió la cabeza para que los escombros no lo atontaran. La suerte estuvo de su lado y las rocas pasaron junto a él sin siquiera rozarlo. Cuando escuchó la señal, se arrastró por el suelo, luego subió escombros y se puso a salvo, siempre buscando alrededor heridos a los que pudiera atender. Entendió por qué en Lanyr lo entrenaron con carreras de obstáculos y pesas, pues esa era básicamente la situación que a él le tocaba vivir en el combate. Además, el botiquín pesaba muchísimo por todos los medicamentos y utensilios que llevaba consigo. Hace un año no habría podido cargarlo.
—¡Rápido, rápido, rápido! —rugió Morak—. ¡Reagrúpense!
Connor se apresuró a ir a su lado, pero miró por encima del hombro para asegurarse de no dejar atrás a nadie. En ese momento vio las sombras monstruosas que los habían atacado de imprevisto. Apenas uno de los hijos de Vanir estaba en el suelo, hecho tirones gracias a los colmillos y garras de los voraces. Connor imaginó que si hubiese más de esos vanirianos gigantes, los transformados habrían terminado de comerse al que habían derrotado.
Pero ese les costó un demonio, pues fue muy fuerte y brutal. Al chico no le cupo duda de que debajo de los escombros había muchos soldados aesirianos, quizá algunos todavía estaban vivos. Pero no tendrían tiempo de salvarlos porque ya otros dos monstruos se acercaban a la tropa.
—¡Maldición! —gruñó Raziel—. ¿A cuántas calles estamos de Palacio?
La casa de reyes se erguía a unas calles, alta como una Torre de Virtuoso. Pero sin importar cuánto se avanzara hacia Palacio, el camino parecía nunca terminar. Un arqueólogo consultó a toda velocidad un mapa e indicó que todavía faltaban treinta cuadras.
Al primer monstruo lo encontraron a trescientas cuadras y apenas si lograron acabar con él, luego de que dividiera la tropa y matara a un buen puñado de oficiales. «Por favor, que los otros estén vivos», rezó Connor. Una parte de los titanes todavía debía de estar atrás, cerca de los otros dos hijos, sin el apoyo de los voraces. «Ojalá que se puedan esconder». Los titanes eran fuertes, mucho, y de movimientos sincronizados. Podían girar la espada todos a la vez, sin necesidad de alguna señal para ponerse de acuerdo, y cortar de un tajo las cabezas de los groliens. Pero esa técnica no era muy efectiva si no podían alcanzar el punto débil de los hijos de Vanir, ¡y solo Dios sabía cuál era ese!
Connor se preparó para la retirada, porque esa era la orden usual de Morak. Cuando entraron a Masca se prepararon para groliens, arpías, kredoa y guerreros ordinarios, ¡no para moles gigantescas de destrucción masiva! Sin embargo, el príncipe debía de saber que había forma de derrotarlos o, por lo menos, de mantenerlos a raya. Connor no era un gran guerrero ni un asombroso estratega militar, pero él supo que si Palacio todavía estaba en pie era por algo. Los hijos tenían la fuerza para demolerlo, pero todavía no lo habían conseguido. Fuera cual fuese el secreto, debían avanzar otras treinta cuadras para ponerse a salvo.
Pero entonces el chico vio a alguien: era un titán que logró salir de entre los escombros, a varios metros de lo que quedaba de tropa. Los hijos de Vanir avanzaban a paso lento, pero sus grandes piernas los llevarían al titán antes de que este pudiera recuperarse de la conmoción, pues parecía desubicado.
Connor no lo pensó dos veces: tomó impulso, se preparó para correr y se lanzó al frente... solo para que alguien lo sostuviera del botiquín y lo levantara hacia atrás.
—¿Qué demonios haces? —le preguntó Morak—. ¡Retirada!
—¡Pero hay alguien allí! —indicó el chico mientras señalaba al titán—. ¡No podemos dejarlo atrás!
—No tenemos alternativa. Si algo te pasa, el Emperador no podrá cargar a los embriones, no podremos salvar Masca ¡y Allena nos hará pedacitos!
Connor supo que sí. Sakti lo cuidaba mucho.
Pero no podía abandonar a un soldado. Alguien debió decirle a Morak que no tenía caso discutir con los profetas: cuando ellos se decidían a ayudar a alguien, lo hacían aunque eso significase sacrificar sus vidas. Connor levantó los hombros, se escurrió por las correas del botiquín y se liberó de Morak. Luego salió corriendo como perseguido por el Diablo, sin nada más en la mente que alcanzar al titán herido.
Estuvo a punto de tropezar en más de una ocasión, pero, cuando al fin llegó, se dejó arrastrar hacia el soldado y lo jaló para que se sentara, con tal de esconder un poco su gran altura por detrás de los escombros. El soldado aulló, se tensó y le lanzó un golpe, pero Connor ya se lo esperaba y lo esquivó a tiempo. Luego tomó al hombre del rostro y lo obligó a mirarlo a los ojos, que eran rosados como un atardecer.
—Yashin —lo reconoció Connor.
Esto sorprendió al chico doctor, porque, aunque despertó a varios titanes, no podía recordar todos sus nombres. Pero en esta ocasión el truco funcionó, porque el soldado relajó el rostro y se mostró un poco avergonzado por intentar golpear a Connor. El muchacho no se tomó mal la ofensa y se alegró por la expresión del titán. En realidad, ¡le gustaban las caras que ponían los titanes cuando lo veían! Todos, hasta el más adusto de ellos, suavizaban la expresión cuando lo miraban porque Connor fue lo primero que vieron al despertar o porque el chico los cuidó en más de una ocasión. A Connor no le gustaba alardear –bueno, está bien, sí le gustaba un poquito–, pero estaba seguro de que en algún momento atendió a todos los titanes de las tropas de rescate a Masca. ¡Eso era algo por lo que debía estar orgulloso!
Connor se llevó el dedo a los labios para pedir silencio. Cuando el soldado asintió, el muchacho agarró el pequeño foco portátil que llevaba en un compartimiento del cinturón y empezó a revisarle los ojos, en busca de una contusión. Pero cuando sintió una corriente de aire cálida acompañada de un gruñido, se dio cuenta de que era un idiota. ¡¿En serio?! ¡¿Cómo se le ocurría revisar a alguien antes de apartarlo del peligro por el cual corrió para salvarlo?!
Cuando el chico miró hacia arriba, encontró al hijo de Vanir apoyado en los escombros y con la mirada fija al frente. Todavía no los había visto. Estuvo a punto de decirle a Yashin que se escondieran mejor entre los escombros, pero cambió de opinión. Los ojos del hijo eran un poco raros. Brillaban amarillos entre tanta pelusilla de la cara, pero a Connor le dio la impresión de que no veían bien. Lo comprobó cuando el grupo de Morak inició la retirada, porque en ese momento el hijo de Vanir reaccionó como si al fin hubiese encontrado lo que buscaba. «Solo reconocen el movimiento», supo el doctor.
Él no culpó a Morak por huir, porque más bien se quedó mucho tiempo allí, esperándolo. Otra persona lo habría abandonado apenas lo vio correr hacia la muerte. El plan de Connor era esperar inmóvil mientras los hijos de Vanir se marchaban en pos de la tropa; luego avanzaría de a poquitos con Yashin y cruzaría los dedos para llegar a salvo a un refugio.
Pero el titán intentó levantarse y arruinó el plan. Connor supo que la intención de Yashin era ir a ayudar a la tropa en retirada, pero fue un error. Quizá el hijo no habría pillado el movimiento a su espalda, pero sí escuchó el alarido de Yashin cuando se apoyó en una pierna rota. Connor apenas tuvo tiempo de atajarlo para que no terminara de lastimarse más.
El hijo de Vanir giró el cuello, encontró al titán que temblaba y jadeaba por el dolor, y al doctor que veía de la herida al enemigo. El vaniriano levantó los puños por encima de la cabeza, para hacerlos picadillo. Connor nunca antes estuvo tan seguro de que se iba a morir. ¿Qué podía hacer para evitar el golpe? ¡Nada! Dagda, Drake, Dereck y Sakti le enseñaron a evadir guerreros más o menos normales, ¡no a esa mole! Quizá el titán podría combatir al vaniriano si no tuviera la rodilla rota, pero ni siquiera podría ponerse en pie.
«¡Bingo!», pensó cuando una revelación cruzó su mente. Los titanes eran gigantes y fuertes, pero hasta ellos eran inútiles si no podían levantarse. Lo mismo aplicaba a los groliens y a los hijos de Vanir, ¡lo mismo aplicaba a todas las personas! Si pudieran romper la rodilla del hijo, podrían derribarlo y escapar.
—¡Yashin! —llamó—. ¡Toma la espada y apunta a cualquier rodilla! —Connor revisó de nuevo al vaniriano, que levantaba poco a poco sus grandes y pesados brazos, y luego notó algo en la postura—. Corrección, ¡golpea la rodilla derecha! La izquierda tiene una lesión previa y no podrá sostenerlo cuando se caiga.
Para ayudarlo a levantarse, Connor se situó al lado izquierdo de Yashin, donde tenía la rodilla lastimada. El chico sería su pierna. Cuando estuvo más estabilizado, Yashin tomó la espada con fuerza y tomó posición de ataque. Connor lo imitó, muy consciente de que si no seguía el ritmo del titán todo sería en vano. Pero cuando Yashin se impulsó hacia la pierna del vaniriano, Connor lo siguió como si estuviese sincronizado con él.
Tal vez la pierna del titán estaba herida, pero sus brazos de hierro eran fuertes. Connor apretó los dientes cuando escuchó el «crack» de la rodilla del hijo, porque la quebradura fue aún más grave de lo que jamás hubiese imaginado. Luego alcanzó el suelo y se apoyó con fuerza para sostener a Yashin, aunque tanto él como el titán estuvieron a punto de irse de espaldas cuando los escombros alrededor se levantaron en el aire por la caída estruendosa del enemigo. Connor hasta podría jurar que el suelo tembló tanto como en Irem durante los terremotos de la Ciudad Perdida.
Los dos se quedaron como tontos mirando el cuerpo del vaniriano, porque no se pudieron creer que lograron derribarlo. Claro, el bicho no estaba muerto, porque jadeaba e intentaba ponerse en pie sin éxito. Pero que dos aesirianos lo hubiesen derrotado era todo un milagro, más tomando en cuenta que uno era un doctor prácticamente inútil en combate y el otro un titán incapaz de ponerse en pie.
Pero cuando al fin Connor reaccionó para iniciar la retirada, el hijo de Vanir se medio levantó con los brazos y la rodilla izquierda flexionados sobre el suelo. A Connor le escocieron los ojos, porque el esfuerzo y el dolor del vaniriano fueron muy evidentes. Simplemente no podía soportar el sufrimiento de otras criaturas, ni siquiera cuando eran enemigos. Pero luego el vaniriano lo miró por encima del hombro con un odio tan lacerante que a Connor le sorprendió que no le cayeran truenos encima.
El hijo gateó hacia ellos muy rápido, como si no estuviese lastimado. Antes de que perdiera el equilibrio, lanzó un manotazo hacia los aesirianos. Connor supo que Yashin no podría sacarlos de ese embrollo. Cuando el puño los golpeara, los dos saldrían disparados a un lado y aterrizarían con la cabeza rota. Fin de la historia.
Pero la mano del vaniriano se detuvo en seco, aunque puso más esfuerzo en continuar el movimiento. Cuando Connor prestó más atención, se dio cuenta de que una especie de energía invisible impedía que el hijo los alcanzara. ¿Qué podía ser eso? ¿La magia de Yashin? No, el pobre titán estaba a punto de desmayarse del dolor. De no ser porque Connor lo sostenía, ya se habría caído.
«Espera. Soy… soy yo». Comprenderlo le dio miedo y al instante sintió que la magia se le salía del cuerpo como en chorros invisibles, tocando todo a su paso. Sintió los escombros y al rato vio que unas rocas levitaban detrás de él. Luego sintió cada vello del brazo del hijo, los músculos tensos, el fluido de la sangre... Connor supo que si se asustaba solo un poquito más, haría exactamente lo que Darius hizo cuando se enfrentó al Escuadrón Vento: se le saldría la magia de control y cortaría con la telequinesia a diestra y siniestra. A lo mejor también terminaría matando a Yashin.
Ese pensamiento le dio miedo, pero no pánico. Todo lo contrario: lo ayudó a reponerse. Connor concentró toda su energía en el vaniriano. Los escombros cayeron uno tras otro, mientras que el cuerpo gigantesco del enemigo se levantó en el aire, como si flotara en agua. Connor sintió las contracciones de las vísceras, los latidos del corazón, incluso los impulsos eléctricos en el cerebro del vaniriano. Podía matarlo, sí. Podía concentrar la telequinesia en un solo punto, arrancarle el corazón con un pensamiento, separar la cabeza del cuerpo con un simple deseo...
«Pero yo no hago eso. Yo no lastimo personas. Yo las curo».
A veces las personas olvidan que el fino arte de la medicina no solo sirve para salvar vidas, sino que también incluye conocimientos para dañarlas y acabar con ellas. Por ejemplo, si se le quita el oxígeno a una persona por suficiente tiempo, las luces se le apagarán. Connor controló la circulación sanguínea del vaniriano e impidió que el cerebro recibiera su cuota durante unos segundos. Cuando se acabó la resistencia del hijo, cortó la telequinesia y lo dejó caer de nuevo al suelo, esta vez felizmente noqueado por tiempo indefinido.
—¿Por qué no lo hiciste antes? —le preguntó el titán. A pesar de que estaba pálido por el dolor, la sorpresa lo había espabilado. Connor levantó los hombros, también pálido.
—¡No sabía que podía hacerlo!
—Bueno, pues hazlo de nuevo —lo urgió Yashin—. Aquí viene el otro.
«Claro que sí», pensó el doctor de mala gana. «Los problemas siempre vienen juntos». Era como una ley del Universo. Connor intentó de nuevo lanzar el poder fuera de sí, sentir el cuerpo del hijo a través de los tentáculos de su mente, pero no pudo. Se dio cuenta de que estaba cansado, pues era la primera vez en la vida que sostenía con telequinesia a una criatura tan grande y pesada. Hasta comenzaba a dolerle un poquito la cabeza.
El chico empezó a retroceder con Yashin, sin estar muy seguro de qué pasaría ahora con los dos. Quizá lo mejor era esconderse detrás de unos escombros antes de entrar en el campo de visión del hijo de Vanir y luego permanecer inmóviles.
Pero el vaniriano los alcanzó muy rápido y, oh sí, los vio. Cuando levantó los puños por encima de la cabeza, Connor pensó en lanzarse a un lado para evadir el golpe, aunque no estaba seguro de que consiguieran apartarse a tiempo y supo con certeza que la pierna de Yashin se lastimaría aún más.
Pero justo en ese momento llegaron los refuerzos. O, mejor dicho, el refuerzo. Connor ni siquiera vio de dónde vino. Solo lo vio caer sobre el hombro izquierdo del vaniriano, tan rápido como un zancudo. Con la misma velocidad desenfundó la espada y la clavó por debajo de la oreja del enemigo, en la parte más débil de la cabeza. Luego saltó del vaniriano, cayó con la elegancia de un gato y se alejó lentamente, como si la mole que se desplomaba detrás de él no fuera asunto suyo.
—¿Están bien? —preguntó el aesiriano.
Connor perdió el habla. Si ya era muy raro que él y Yashin pudiesen derribar a un bicho de esos, ¡era un completo milagro que un solo hombre pudiera matar a un hijo de Vanir con un solo movimiento! El muchacho estaba muy feliz, no solo por el rescate oportuno, sino también porque el soldado era un titán. ¡Eso significaba que los titanes que dejaron atrás también debían de estar a salvo!
Pero luego recordó que Yashin no era el único herido. ¡Debían de haber más en los escombros!
—Por favor, sosténgalo —pidió mientras pasaba a Yashin al otro aesiriano—. Lo haré lo más rápido que pueda.
Connor empezó a excavar a toda velocidad. Seguro habría sido más fácil con la telequinesia, pero estaba cansado por el intento anterior y preocupado de que pronto vinieran nuevos monstruos a atacarlos. Pero luego sintió una mirada fuerte e insistente en la espalda. Cuando miró por encima del hombro, vio que el mago que los había salvado lo miraba con una expresión... peculiar. ¿Era porque recordó que Connor fue quien lo despertó en Edén? «No». Connor no recordaba los nombres de todos los titanes a los que trató, pero sí sus rostros. Todos. En cambio, a ese hombre nunca antes lo había visto y, además, su armadura era diferente.
En ese momento escuchó una cabalgata furiosa. Cuando miró a un lado, vio que un grupo de aesirianos se acercaba a él. Los que sobresalían eran Morak y Raziel, y este príncipe estaba de un humor de perros. Connor arqueó una ceja, no por el ánimo de Raziel –que de por sí siempre andaba enojado y grosero– sino por los caballos. A casi todos los habían perdido en uno de los ataques de los hijos de Vanir.
—¡Puto idiota! —gritó Raziel.
El príncipe se bajó de la montura y caminó hacia Connor con el puño en alto. El chico se levantó y retrocedió, pero Raziel lo alcanzó, lo levantó de la camisa y empezó a zarandearlo.
—¿Es que acaso tienes un deseo de muerte? ¡¿Es eso?! Sé más considerado, idiota. ¡Casi nos matas del susto!
Fue entonces que Connor comprendió que él y los demás habían regresado para rescatarlo. Cuando miró al grupo entero detrás de Morak y Raziel, reconoció soldados ajenos a su tropa. De hecho, no eran parte del equipo de rescate. «Aprovecharon para ir a Palacio por refuerzos», entendió el chico. Con los dos hijos de Vanir ocupados con él y Yashin, los aesirianos tuvieron tiempo de recorrer las treinta cuadras que les hizo falta. «Pobres. Debieron de correr como posesos». Solo por eso, Connor no se molestó con Raziel por regañarlo delante de tanta gente.
Morak intervino y apartó a Raziel. Luego le lanzó el botiquín a Connor, no sin antes dirigirle una mirada de pocos amigos. Ah. Él también estaba muy enojado. Después, el príncipe desfigurado inclinó un poco la cabeza al aesiriano que rescató a Connor.
—General, ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos. Me alegra que el truco de su muerte fuese descubierto.
El hombre alto se quedó mirando al príncipe un buen rato, con una ceja arqueada, como si no lo reconociera. Pero cuando se dio cuenta de quién era, la expresión de su rostro pasó de la sorpresa al horror y luego al respeto. Dejó que Yashin se sostuviera por su cuenta en la pierna sana, luego él plantó una rodilla al suelo y agachó la cabeza.
—Perdóneme, Alteza. No lo reconocí. —Morak levantó los hombros.
—Ni mi propia madre podría reconocerme ahora. —Cruzó el brazo izquierdo y lo que le quedaba de brazo derecho sobre el pecho y ordenó—: Dame un detalle de la situación.
—En su mayoría, las tropas mascalinas están apostadas alrededor de Palacio, listas para defenderlo. Es allí donde la sincronización automática es más fuerte. —Morak asintió. Lo había notado cuando ingresaron al perímetro protegido, donde encontraron un grupo de soldados dispuesto a ayudarlos—. Sigfrid se encuentra ahora en combate contra la mangodria encargada de la invasión. Me dirijo a apoyarlo.
—De acuerdo, Enlil, ve a apoyar al General Montag.
Connor se había agachado de nuevo para quitar escombros, pero se detuvo en seco al escuchar eso. De inmediato cerró todos sus pensamientos, tal y como Sakti le había enseñado. «¡Mierda!», pensó. «¿Ese es... ese es...?». Pero no se atrevió a mirar hacia atrás, porque estuvo seguro de que Enlil lo miraría con sus ojos esmeraldas y lo reconocería. «No puedo permitirlo. Por papá y los demás, ¡no puedo permitirlo!».
De hecho, Enlil sí lo miraba por el rabillo del ojo. Se había dado cuenta de que el chico cerró la mente, pero su lenguaje corporal traicionó el intento de pasar desapercibido. El General se levantó de nuevo y dejó que Morak diera una orden a la tropa:
—Nos vamos a Palacio. ¡Es hora de continuar con la misión! Nos vamos, niño —agregó con dureza al chico doctor.
Pero entonces Connor se levantó como impulsado por un resorte, plantó un pie en el suelo como en el berrinche de un auténtico niño y miró con las cejas arrugadas a Morak.
—¡No! —gritó—. ¡Hay gente lastimada debajo de estas rocas! ¡No me iré sin ellos!
—No es hora para estos caprichos, idiota —le espetó Raziel.
El príncipe otra vez intentó agarrarlo de la camisa, como si quisiera arrastrarlo hacia Palacio si hacía falta, pero Connor lo apartó de un manotazo. Los soldados hicieron una mueca. ¡Menudo atrevimiento tratar así a la Realeza!
—No es un capricho —dijo Connor con los dientes apretados—. Es mi deber atenderlos y no me iré sin cumplirlo.
—¿Qué diantres te pasa? ¡Tu deber es atender al Emperador! —espetó Morak—. Además, ¿cómo crees que vamos a levantar todos estos escombros? Será demasiado tarde para cuando terminemos ¡y los hijos de Vanir estarán otra vez sobre nosotros pronto!
—Igual no me voy —sentenció Connor.
Morak lo miró como si estuviese a punto de explotársele un aneurisma en la cabeza, pero al chico no le importó. Pero antes de que se hiciera un silencio incómodo entre ellos, los escombros empezaron a levitar. Connor y los demás miraron las rocas incrédulos, hasta que encontraron al responsable.
—¿Es esto suficiente? Sáquenlos antes de que sea muy tarde.
Enlil tenía un brazo levantado casi con pereza, aunque era obvio que en él sostenía todo el peso de los escombros. Cuando Connor lo miró, vio que el General lo taladraba con los ojos. No supo qué fue lo que lo delató, pero sí estuvo seguro de algo: Enlil lo reconoció o por lo menos sospechó su identidad.
«No. Él y los demás creen que “Connor” murió en el Pantano», pensó el chico mientras daba media vuelta para ayudar a los aesirianos heridos. «Papá se aseguró de que él nunca me viera, ni siquiera cuando se reunió a escondidas conmigo para decirme que me escondiera con los lobos para llevarlos a él y a los demás a Kehari».
Cuando el muchacho se puso a sacar a los aesirianos, le alegró ver que los soldados se unieron a la iniciativa. Algunos de los heridos sí estaban muertos, pero la mayoría todavía respiraba a pesar de las cabezas golpeadas, las costillas rotas y los miembros aplastados.
Les tomó un tiempo sacarlos y otro tanto que Connor revisara a todos los heridos para darles la atención básica. Ni siquiera había terminado cuando cayó el nuevo ataque: lluvia de fuego. Como los vanirianos lanzaron rocas flameantes sobre ellos, comprendieron que eran tropas enemigas ordinarias. Nada de hijos de Vanir, gracias a Dios. La lluvia de llamas ya era bastante mala por sí sola.
—¡Llévenselos! —ordenó Connor mientras ayudaba a un herido a montar—. ¡Llévenselos rápido!
Ni lentos ni perezosos, los soldados a caballo iniciaron la retirada con los caídos, mientras que los demás tomaron posición de defensa para recibir a los enemigos.
—Tú también te vas —le gruñó Raziel mientras le pasaba las riendas de su caballo—. Te largas de inmediato para Palacio, no quiero que...
—¡Raziel! —avisó Morak.
El príncipe y Connor levantaron la mirada a tiempo para ver una roca de fuego que se dirigía hacia ellos. El doctor se quedó petrificado, pues se sintió como una polilla atraída hacia la luz, solo que ahora la luz se iba de picada hacia el insecto. Pero entonces Raziel lo apartó con un empujón tan fuerte que Connor sintió que se le hizo un par de hoyos en el pecho, justo donde el príncipe le puso las manos.
El chico cayó lejos, de espaldas sobre los escombros que Enlil puso de nuevo en el piso, pero escuchó a la perfección el chillido casi humano del caballo y el grito de Raziel cuando los golpeó el proyectil.
Connor se levantó sobre un codo, a pesar del dolor en el pecho, y miró el campo de batalla. Las bolas de fuego iluminaban el cielo oscuro de Masca. A uno y otro lado los titanes luchaban contra arpías y soldados ordinarios, mientras que los voraces se transformaban para caerles encima a los groliens. Pero Connor los ignoró y corrió hacia la flama que aplastaba a Raziel, con la misma intención con la que corrió antes para ayudar a Yashin.
El caballo tenía las caderas por debajo del proyectil y pateaba con las patas delanteras, loquísimo por el fuego que le consumía el cuerpo. Pero Raziel estaba callado, con los labios apretados y una mueca de dolor indescriptible en el rostro. Connor chilló al verlo y se lanzó sobre la roca flameante para empujarla, a pesar de que sabía que era inútil.
Alguien lo sostuvo desde la espalda y lo alejó antes de que hiciera una estupidez.
—¡Te quemarás! ¡Necesitamos tus manos para ayudar al Emperador!
—¡Pero él se está quemando! —gritó Connor con los ojos llenos de lágrimas—. ¡Es tu sobrino, es tu sobrino!
Morak lo soltó pero sacó una de las dagas que llevaba en el pecho y golpeó la cabeza del chico con la empuñadura, antes de que Connor pudiera avanzar de nuevo hacia Raziel. Connor vio puntitos de colores y cayó al suelo. Quedó despierto, aunque lo bastante confundido como para que Morak lo arrastrara lejos sin problemas, para ponerlo a salvo.
—¡Está bien! —le gritó el príncipe—. ¡Está bien!
—¡Cómo putas va a estar---!
Pero enmudeció cuando la roca que aplastaba a Raziel explotó en pedacitos. Connor creyó que fue una alucinación, que se llevó un golpe tan condenadamente fuerte que estaba viendo cosas raras. Pero luego Raziel se levantó entre el fuego, con el rostro transmutado. No era una mueca de dolor, aunque sin duda sufría, pero lo que predominaba allí era furia.
«¿Qué pasa?», quiso preguntar Connor. «¿Cómo demonios se mantiene en pie con una úlcera del tamaño de un meteorito en el estómago?». A pesar del golpe en la cabeza y la distancia que lo separaba de Raziel, Connor supo la respuesta: el príncipe se regeneraba.
—Oh... —silbó alguien detrás de él y Morak—. Ya decía yo que él se me parecía al príncipe Salak.
Se trataba de Enlil, que a pesar de su gran tamaño se apareció junto a ellos apenas sin hacer ruido. Connor miró la expresión segura del General y luego miró otra vez a Raziel: los labios se le estiraron sobre las mejillas, el rostro se le ensombreció como si una pelusa le cubriera la cara y el cuerpo se le ensanchó tanto que terminó de romper la ropa chamuscada.
—¡Me lleva la grandísima...! —empezó a maldecir Connor, pero se le cayó la quijada y enmudeció cuando Raziel se irguió con la forma de un león negro, las alas gigantescas de un murciélago y el aguijón de un escorpión.
Pero lo que más miedo le dio fue ese rostro felino y aesiriano a la vez, con los ojos plateados, brillantes y furiosos. Cuando Raziel rugió y corrió hacia las líneas enemigas, Connor se cubrió la cabeza y gritó, mitad aterrorizado y mitad feliz de que ese monstruo estuviera de su parte. «Nunca más lo voy a enojar», pensó. «¡Nunca más haré algo que lo ponga en contra mía!». Pero luego sintió que alguien lo agarraba con rudeza del brazo. Morak lo miró con el ceño arrugado y dijo:
—Nos vamos para Palacio ya.
—Sí, señor. Claro que sí, señor —respondió obediente el chico. «Tal vez él no sea un voraz, ¡pero quién sabe en qué cosa se transforma!». Morak ignoró el repentino buen comportamiento de Connor y miró a Enlil.
—Lamento importunarte, pero por el momento quiero que te olvides de ayudar al General Montag. —El príncipe empujó a Connor hacia Enlil—. Llévalo a Palacio, por favor, a la Sala del Trono. Si la sincronización está en modo automático como dices, eso quiere decir que el Emperador está débil.
—Mucho —asintió Enlil con pesar—. No despierta desde hace más de un año. —Morak lamentó la noticia, pero miró con confianza a Connor.
—Él lo reanimará, lo juro. Lo he visto traer de la muerte a cientos de personas. Es un chico con talento innato.
Cuando Morak se marchó para liderar a los soldados –o, mejor dicho, a ordenarles que se apartaran de la mantícora y los otros voraces–, Connor pegó los ojos al suelo. No quiso ser tan evidente, menos porque así delataría todavía más que no quería relacionarse mucho con Enlil, pero le incomodó la idea de que el General le viera la cara con detalle. Así solo vería lo mucho que se parecía a Darius.
—Te llevaré tan rápido como pueda, porque en verdad necesito ayudar a mi amigo. ¿Puedes correr?
—Sí —asintió con voz de pajarito. Enlil sonrió, porque Connor no se le pareció a Darius ni a los gemelos, sino a la Sakti que conoció por primera vez en Masca, cuando todavía era una lindura de niña tímida.
—Bien, andando.
Sin perder más tiempo, echaron a correr hacia Palacio.

****

Cuando al fin llegaron, Connor creyó que el que necesitaría ayuda médica sería él. No solo Palacio quedaba lejos, sino que, aún dentro del castillo, ¡la Sala del Trono quedaba condenadamente más lejos! En lo alto de una torre, después de pasillos y escalones interminables.
El muchacho nunca vio el comando de Edén. Pero, por lo que le contaron, era un sitio espectacular que era casi la réplica exacta de la sala en Palacio. Por eso se preparó para quedar deslumbrado, pero no fue suficiente. A pesar de que no se colaba la luz por el vitral circular en el techo, la habitación le pareció un sitio demasiado solemne y fuera de ese mundo. Vio los niveles alrededor de la sala, las butacas para los ministros, lores y demás miembros de la Corte y, por sobre todo, vio el inmenso Trono, el Hlidskjalf original.
También vio al hombre sentado en él, rodeado por cables de tímida luz.
Aunque el chico se quedó plantado en el umbral, Enlil avanzó sin temor y se arrodilló delante del Emperador.
—Señor —dijo como si Kardan lo escuchara—, el rescate ha iniciado. Al fin tenemos refuerzos desde el exterior. —Enlil levantó la mirada y vio el rostro pálido de su rey—. ¿Puede sentirlo, señor? ¿Lo sabe?
Pero no recibió respuesta.
Cuando Connor lo vio bajar la cabeza, comprendió que el Emperador era para Enlil mucho más que un simple líder.
Era su amigo.
El chico avanzó hacia el Trono, sin bajar la mirada. La piel pálida y pegada a los huesos. El cabello negro, largo y sudoroso. Las mejillas hundidas y los pómulos resaltados. La expresión débil y adolorida. El chico se detuvo al lado de Enlil, no muy seguro de que pudiera hacer algo para ayudar al Emperador. «Agoniza. No le queda mucho tiempo». Pero no se atrevió a dar la mala noticia sin siquiera intentar salvar al hombre por el que había entrado a Masca.
—Necesito que lo sostenga por mí —pidió al General. No le importó que Enlil levantara la mirada y lo viera largo y tendido—. También necesito que aparte los cables cuando se lo pida.
—Espera. —Enlil lo sujetó del brazo cuando lo vio avanzar hacia el Trono—. ¡Los cables te atacarán!
—No. Ya no tiene energía para eso.
Así que Connor se separó del General, llegó al primer escalón del Hlidskjalf y subió. Siguió subiendo sin titubear, sin creer por un segundo que los cables reaccionarían y lo apartarían por acercarse demasiado. El chico palpó el saquito que llevaba colgado a la cintura, como para avisarle que pronto haría su trabajo. Cuando Enlil se colocó junto a él, Connor dijo:
—Necesito que lo recline bien al respaldar, lo sostenga por detrás y aparte los cables para descubrirle los brazos.
—¿Para qué? —preguntó Enlil mientras empujaba al Emperador, que dormía prácticamente con el cuerpo hacia adelante, casi fuera del Trono. De no ser por los cables, hace rato se habría caído de narices por los escalones.
—Para usar los puntos de presión —respondió el chico.
Mientras Enlil seguía sus instrucciones, Connor revisó los signos vitales. No sintió ni pizca de aire por la nariz o la boca y le costó tanto sentir el pulso que estuvo a punto de declararlo muerto. Cuando le levantó los párpados para revisarle las pupilas, el chico arrugó la cara. Como había visto a la Emperatriz de Edén, sabía que los Aesir tenían los ojos oscuros con excepción del iris. Pero el Emperador tenía los ojos completamente en blanco, sin ni siquiera rastro de pupila. «Ay, creo que esto es peor que un coma». Si así era, quizá ni con el apoyo adicional podría ayudarlo a cargar los embriones.
Pero Connor no era de los que se dan por vencidos. Cuando Enlil corrió un poco la maraña de cables que cubría al Emperador, el muchacho palpó los brazos y el pecho en busca de los puntos vitales, en donde debía de sentir la energía mágica de su paciente. Le costó más hallar el flujo en el cuerpo del Emperador que en Darius, pero sonrió satisfecho cuando lo consiguió.
Para asombro de Enlil, Connor lanzó un puñetazo a uno de los brazos del monarca. El General estuvo a punto de apartarlo para que no golpeara de nuevo, pero se detuvo en seco cuando vio que los cables iluminaron un poco más. El chico golpeó el otro brazo y luego acarició los puntos atacados para sentir el flujo de magia. No era tan eficiente como le habría gustado, pero al menos recibió resultados al primer intento. Así que se preparó para golpear los puntos en el pecho.
—Oh, oh, oh —lo detuvo Enlil—. ¡¿Es que quieres matarlo?!
El chico bufó ofendido y le explicó rápidamente la teoría de los puntos vitales, porque supo que Enlil no dejaría que nadie le diera porrazos al Emperador solo porque sí. También, para apaciguar las dudas del General, Connor se concentró en reanimar otros puntos de presión para que el hombre notara los cambios por su cuenta: entre más puntos presionaba, la piel cenicienta del Emperador recuperaba algo de color y los cables iluminaban un poco más.
Así que apretó, apretó y apretó hasta que sintió la sangre y la energía fluir con más aplomo. Luego, sin que Enlil se lo esperara, Connor dio el tratamiento final: cerró los puños y los dejó caer como meteoritos en la parte superior del pecho, a cada lado. Si no lo hubiese escuchado, no lo habría creído, pero el grito del Emperador fue tan fuerte que hasta Enlil se asustó y lo soltó. Connor se encargó de sostener a Kardan para que no cayera del Trono, pero apenas se pudo creer que hubiese funcionado tan rápido.
A toda prisa, el chico tomó el foco y revisó los ojos del Emperador, preguntándose de qué color los vería. No eran completamente negros, pero tampoco estaban blancos. A Connor le dio la impresión de que se llenaban de tinta diluida en agua.
—Bueno, ¡haz algo! —le gritó Enlil—. ¡Hazlo de nuevo! ¡Golpéalo!
El doctor se preguntó dónde estaba ahora el General reacio a que golpearan a un rey indefenso.
—Lleva meses sin moverse o decir ni pío —explicó el hombre al ver la expresión de Connor—. Pero llegas tú y lo haces saltar en el Trono. ¡Lo estás despertando!
El chico revisó de nuevo los ojos del Emperador y apretó los labios, pues otra vez se aclaraban y la energía restaurada remitía, se hacía torpe. «Estuve a punto de despertarlo», pensó, «pero necesito algo más. Necesito energía adicional para mantener su flujo estable». Connor supo en dónde conseguiría esa ayuda extra, pero también que Enlil no podía verlo haciendo el truco. Así que encaró al General y le dijo:
—Toma tiempo despertar a alguien en coma. Puedo hacerlo, pero me tardaré. Será mejor que usted se vaya a ayudar a su amigo.
Enlil hizo una mueca, porque acababa de recordar que Sigfrid todavía lo esperaba para cazar a la mangodria. Sigfrid probablemente le daría una tunda por dejar al Emperador solo en compañía de un desconocido que ejercía su medicina a punta de golpes, pero era también probable que el Emperador le diera una paliza si Sigfrid fallaba en atrapar a la mangodria. Después de meditar en ambas opciones, decidió que podía dejar la Sala del Trono sin ningún remordimiento.
—Haz que se recupere —pidió mientras se marchaba.
—Lo haré.
Connor esperó a que los pasos de Enlil se perdieran a la distancia. Cuando ya no escuchó al General, el chico soltó un suspiro. «Tal vez no me reconoció. Tal vez creyó que era una simple casualidad que me parezca a su hijo», pensó. «De lo contrario, no me habría dejado solo. Me habría atrapado». En las circunstancias actuales, nada impediría que Connor dejara la Sala del Trono cuando terminara su trabajo y luego se marchara para siempre de Masca. Si Enlil en verdad hubiese sospechado que él tenía relación con los profetas, lo habría vigilado mejor.
«O simplemente no quiso hacerlo. Simplemente me dejó ir». Connor sacudió la cabeza, porque no estaba muy seguro de esa idea. El Enlil que Darius y los gemelos le describieron era un hombre que no dudaría en atraparlo e incluso lastimarlo. Pero el Enlil que él vio –es más, el Enlil que Sakti, Dereck y otros más le describieron– fue un hombre confiado. Quizá podría ser hasta compasivo.
El muchacho agitó de nuevo la cabeza, decidido a dejar de pensar en el asunto. Todavía tenía trabajo que hacer. Así que golpeó de nuevo los puntos vitales del Emperador en brazos, hombros, abdomen y pecho. Cuando obtuvo un nuevo gemido, el chico rodeó al monarca y se concentró en el obsequio que Anäel le había dado. Dejó que la esencia brotara de él al Emperador, que calentara el cuerpo frío, recorriera las líneas de energía de un punto a otro y lo nutrieran. Dejó que la magia se restableciera, que el calor de la curación tocara todo lo dañado y que...
—Istar...
Connor se sobresaltó por el susurro. Miró alrededor, en busca de Enlil o algún otro aesiriano, pero se percató de que ya no estaba en la Sala del Trono, sino en el rincón de una habitación, al lado de una ventana. La luz que se colaba por allí era pálida y débil. Cuando Connor miró a través del cristal, se dio cuenta de que nevaba.
—¿Qué haces aquí, Istar? ¿No puedes dormir?
Connor vio a un muchacho de aspecto alicaído acostado en una cama, quien se sentó despacio, como si estuviese somnoliento y mareado. Apenas empezó a levantarse, la puerta de la habitación se abrió por completo y entró una niña tan linda que a Connor le entraron ganas de abrazarla. La pequeña llegó a la cama en un santiamén y empujó al muchacho para que se acostara de nuevo. Luego le enseñó el libro que llevaba debajo del brazo, muy orgullosa.
—¿Quieres que te lea? —preguntó él con voz dulce y cariñosa.
Fue solo entonces que el doctor notó los ojos completamente oscuros y el cabello negro del Emperador. Aunque el muchacho parecía enfermo, tenía mucho mejor aspecto que el saco de huesos que Connor vio antes sentado en el Hlidskjalf.
La niña sacudió la cabeza, con lo que sus mechones de melocotón ondularon de un lado a otro con encanto, como si todo lo que hiciese estuviese destinado a ser bello.
—No, ¡yo te leeré! —dijo ella.
Kardan se rio por la ocurrencia, pero luego empezó a toser. Istar y Connor se alarmaron. Pero a la única que vio el Emperador fue a su hermana pequeña, quien lo agarró con sus manitas hasta que el ataque pasara.
Connor de inmediato notó algo raro en la tos. No escuchó los típicos bronquios hinchados de un resfriado ni el carraspeo seco de una infección. Supo de inmediato que él no estaba enfermo, sino solo muy, muy cansado, tanto que le costaba respirar. Se acercó lentamente a la cama, como si quisiera hacer un chequeo a profundidad a pesar de que era inútil. «En realidad, yo no estoy aquí. Y esto no está pasando. Ya pasó», supo.
Cuando se detuvo al lado de Istar, vio que los brazos de Kardan estaban moreteados. La camisa de dormir estaba desabotonada, así que vio que tenía las mismas marcas oscuras en el pecho y el abdomen. Connor ya antes las había visto en Sakti, después de que la chica se sincronizara con la flota vaniriana que utilizó para rescatar a los soldados de la Academia de las Arenas. Eran las marcas que dejaban los cables de sincronización cuando se enterraban en la piel de un Aesir.
Aunque los moretes solo eran feos, Connor supo que no había razón para preocuparse por ellos. Istar, en cambio, los miró aterrorizada, con los ojos vidriosos. Cuando Kardan extendió una mano para atajar las lágrimas antes de que salieran, Connor sintió todo el cariño en ese gesto, todo el amor incondicional que implicaba.
—¿Duele mucho? —preguntó la niña.
—Solo un poco. Dentro de nada estaré bien.
Ella se sentó en la cama y se acomodó cerca de su hermano, para que Kardan reposara la cabeza en su regazo. Abrió el libro como si fuera a leer, pero acarició el cabello negro del príncipe y susurró:
—Desearía que no tuvieras que hacerlo. Desearía que no sufrieras. —Él le tomó la mano y le besó los dedos con dulzura; luego la soltó y sonrió:
—Cuando te quedas conmigo no sufro ni un poco. —Después cerró los ojos y se acurrucó—. Ahora lee. Veamos si es cierto que esos cuentos son buenos.
Istar empezó a leer, pero sus palabras le llegaron confusas y difuminadas a Connor, como si una tela las cubriera. Le entró mucho sueño, como si fuera él mismo quien estaba acurrucado y agotado por la prueba de sincronización. El frío que sintió antes se desvaneció poco a poco, como si un pequeño sol alumbrara solo para él, como si una estrella le brindara calor desde...
En ese instante vio que los dedos de Istar brillaban, a la vez que ella susurraba el cuento de memoria, con la vista pendiente en el rostro dormido de su hermano. Luego todo desapareció y solo quedó la calidez de Istar, que era también la calidez que brotaba de Connor.
El muchacho creyó que se iría de espaldas por la sorpresa, porque no solo estaba de nuevo en la Sala del Trono sino que también usaba la curación a toda potencia. Pero cuando estuvo a punto de caer, se dio cuenta de que un par de brazos lo sostenía.
Tragó fuerte.
Sintió el impulso de saltar y deshacerse del abrazo del Emperador, pero luego se lo pensó dos veces porque... los cables de sincronización alumbraban y se movían. Creaban pequeñas ondulaciones, como si estuviesen despertando. Lo mejor era irse antes de que reanudaran sus funciones al máximo, pero Connor supo que ya era demasiado tarde para eso. Lo único que podía hacer era salir con sutileza.
—Er... —murmuró.
Los cables lo apuntaron como si quisieran agujerearlo, pero los hombros del Emperador se tensaron de una manera extraña, como si no desearan separarse de él.
—Disculpe, yo...
Kardan levantó la cabeza y lo miró. Fue una mirada extraña, como si todavía no terminara de despertarse, como si estuviese desubicado. Connor vio de nuevo los ojos oscuros, excepto por un iris débil y pálido que apenas si se parecía al de la Emperatriz de Edén. Esos ojos exhaustos fueron suficientes para que él comprendiera que todavía podía salir de la Sala del Trono y ponerse a salvo. «Apenas va saliendo del coma. Está sugestionable». Podría decirle cualquier cosa y se lo creería. ¡Podría decirle que él era un hada mágica a punto de desaparecer y el Emperador lo dejaría ir sin más!
Pero justo cuando se preparó para mentir, Kardan extendió la mano hacia él...
... tal y como lo hizo antes, para atajar las lágrimas de Istar antes de que rodaran por las mejillas.
Y en ese preciso instante el Emperador comprendió que no estaba soñando y que al frente no estaba  Istar, sino un chico al que nunca antes había visto... ¿O no?
Los cables se lanzaron a él, pero no lo agujerearon como temió. Lo rodearon como si fueran serpientes y lo apretaron con fuerza, sin piedad, como si Connor fuese un conejo indefenso a punto de convertirse en cena.
—¿Quién eres? —preguntó el Emperador. El chico entreabrió un ojo y vio que el monarca se sostenía la cabeza como si le doliera—. ¡¿Quién eres?! —Los cables apretaron más fuerte, más fuerte, más fuerte—. ¡¿QUIÉN ERES?!
Cuando tosió, la boca le supo a sangre. Sintió un dolor atroz en las costillas y supo que se había roto unas cuantas. Connor deseó como nunca en la vida estar junto a Lea, para que su madre calmara el dolor con un paño caliente e infusión. Cuando recordó el calor de su mamá, desató sin querer la esencia de la curación, aunque el mismo Anäel le había explicado que el truco no sería suficiente para curarse a sí mismo. Sin embargo, la presión de los cables remitió y Connor sí se sintió mejor.
Cuando abrió de nuevo los ojos, vio que el Emperador lo miraba con atención, medio loco, y que todavía se sostenía la cabeza.
—Tu cara es lo que más me fastidia en la vida —dijo Kardan, arrastrando las palabras—. Pero... también tienes algo... algo que le perteneció a lo que yo más he amado en el mundo.
Aunque Connor estaba algo adolorido, pescó que el Emperador todavía estaba confundido. A lo mejor no recordaba muy bien ni su nombre o qué hacía en el Hlidskjalf. También supo por qué Kardan se molestó al verlo, por qué lo quiso triturar con los cables: porque se parecía a Darius. «Bueno, papá», pensó el chico, un poco sarcástico, «tú tampoco le agradas ni una pizca a este sujeto». Connor se preguntó exactamente qué hizo su padre para convertirse en el rostro que más fastidiaba al Emperador de los aesirianos.
Pero también se preguntó qué detuvo la presión de los cables. ¿El flujo de curación? Sí, pero no. Connor recordó a la niñita de la visión, a la pequeña que se acurrucó con un Emperador más joven para consolarlo con el calor de sus dedos.
Ella también tuvo la curación, el poder que solo algunos dragones poseían.
Fue ella o, mejor dicho, el recuerdo de su calor lo que detuvo al monarca.
Cuando Connor miró de nuevo los ojos de Kardan, ya no encontró locura o confusión, sino anhelo. «La extraña. Extraña mucho a su hermana». Por eso lo abrazó antes de lanzarle los cables, porque creyó que ella había vuelto por él y se desilusionó a lo grande cuando vio una cara muy parecida a la de cierto mestizo insolente.
Connor se aclaró la garganta y pensó con cuidado lo que diría a continuación. Tenía que ser precavido, porque los cables todavía lo tenían atrapado. Si apretaban otra vez, de seguro que no lo soltarían.
—Soy un médico de soporte militar. Vine a Masca con un equipo de rescate que en este momento se enfrenta a los vanirianos invasores.
—... ¿Qué...?
Kardan escondió la cabeza entre las manos, pero los cables brillaron. Connor escuchó la voz sincronizada del Emperador, donde revisaba los números de aesirianos y vanirianos. La sorpresa fue palpable al ver el aumento de aesirianos y sentir el enfrentamiento en la superficie.
—No mientes.
—No. —Connor vio que todavía estaba confundido, pero que se esforzaba al máximo por comprender el rumbo de los acontecimientos.
—¿Cuánto tiempo ha pasado...? ¿Cuántos días llevo noqueado...? Yo...
—A lo que entiendo, más de un año...
—¿Cayó el escudo? —El pánico fue tan evidente que los cables apretaron un poco a Connor, como si se prepararan para triturarlo si les daba una mala noticia.
—No, no, todavía hay escudo. Aún todo va bien, pero tiene que escucharme. —El muchacho movió la mano para asegurarse de que el saquito seguía en su cinturón. El movimiento le dolió, no solo por los cables sino también por las costillas—. Tengo algo para usted. Es un obsequio del desierto. Lo necesitará para cargar a los embriones Fafnir.
—¿Qué...?
—Solo tómelo. Las instrucciones vienen dentro.
El Emperador miró con sospecha a Connor, pero el muchacho estaba acostumbrado a ese tipo de miradas. Desde pequeño, en el hostal de sus padres, muchos clientes lo miraban así antes de decidir si era un chico avispado y discreto, o lento y problemático. Siempre ganaba la buena impresión. Cuando los cables le quitaron el saquito y lo llevaron a las manos del monarca, Connor supo que pasó el escrutinio. O casi...
—¿Te he visto en alguna parte?
—No, señor —respondió con voz firme—. Esta es la primera vez.
«Todavía está confundido. Todavía puedo librarme de esta antes de que me reconozca», pensó esperanzado mientras Kardan abría el saquito. Ahí encontró una esfera de mármol blanca que, cuando contactó con sus dedos, empezó a soltar vapor. El humo subió en espirales y se expandió alrededor, como si el núcleo se hubiese desecho y convertido en niebla.
Connor y el Emperador estuvieron preocupados por unos instantes, pues no se esperaron esa extraña reacción. Sin embargo, las espirales humeantes tomaron forma y se convirtieron en la figura de una mujer flotante. Connor la reconoció porque, aunque no era sólida, conservaba la grandeza que vio por primera vez en el jardín del Edén, cuando se apareció delante de Darius para besarlo.
Saludos.
Las palabras fueron como un susurro en medio del humo, que empezó a brillar como si hubiese polvo de estrellas en el aire.
El Hlidskjalf de Edén rinde tributo al Hlidskjalf de Masca y ofrece los Fafnir que debieron dormir en sus profundidades desde hace incontables milenios.
La figura humeante hizo una reverencia profunda, que resultó elegante por todos los vuelos de una falda de vapor.
Pero debo advertirle, Majestad, que le dolerá. Solo un poco.
El humo se deshizo en tentáculos que rodearon al Emperador como si fuesen cables. En medio del vapor, Connor distinguió el núcleo en manos de Kardan, que todavía se mantenía más o menos corpóreo. Pero también notó que la esfera atravesaba la piel, como si quisiera fundirse con ella. El Emperador arrugó la cara, pero no gritó. Para cuando al fin el humo y el polvo de estrellas desaparecieron, la Sala del Trono quedó tan luminosa que Connor apenas si pudo entreabrir los ojos. «Está cargado», comprendió el chico. «El Emperador tiene otra vez toda su potencia».
Eso significaba que ya Connor no tenía nada que hacer allí. Cumplió con liberar la tensión en los puntos vitales para que la magia fluyera mejor en el cuerpo, alivió con la curación el daño por agotamiento y entregó el núcleo que la Emperatriz de Edén preparó en el desierto y que Sakti cargó durante el viaje al continente principal. Ahora todo lo que tenía que hacer era pedir permiso para retirarse y explicar que debía incorporarse a las unidades de rescate para atender a los heridos.
Pero apenas Connor abrió la boca, los cables se tensaron y lo acercaron al Emperador hasta situarlo frente a frente.
—Ya sé por qué te me haces conocido. —Los ojos de Kardan estaban lúcidos. Su cerebro estaba totalmente espabilado—. Te pareces mucho a la persona más fastidiosa que he conocido en la vida. ¿Quién eres?
Connor tragó fuerte y se aseguró de tener su mente bloqueada, en caso de que el Emperador intentara leerle el pensamiento. Luego se aclaró la garganta, para responder con claridad y esconder la mentira.
—Hóceo Reuma, señor.
Los cables apretaron de nuevo y pusieron a Connor de cabeza, en una posición incómoda.
—Tienes agallas para mentirle al Emperador de Masca, mocoso —bufó Kardan—. Pero si vas a mentir, hazlo bien. Por lo menos elige un nombre real.
Connor intentó patalear, pero los cables le aprisionaron las piernas. Cuando se dio cuenta de que sus esfuerzos eran en vano y que el Emperador lo tenía a su merced, dijo:
—¡¿Cómo supo que era falso?!
—¿Cómo no saberlo? Nadie en el mundo puede tener un nombre tan patético como ese. —Luego se masajeó un poco las sienes—. Además, es un nombre ridículo pero poco imaginativo. La única persona capaz de inventar algo así es mi Primer General y él no permitiría que un mocoso me mintiera a la cara. Así que eso nos deja con la pregunta de quién eres y en dónde escuchaste cómo a Sigfrid se le ocurrió ese nombre patético.
Connor en realidad no conocía la historia original, pues ese nombre fue el que usó Darius para intentar esconder su identidad de Emilio y los demás. De tal padre, tal hijo: Darius no tuvo imaginación para crearse un apodo nuevo y Connor ni siquiera imaginó que ese era un nombre sospechoso que levantaría dudas.
El muchacho pensó en nuevos nombres falsos, pero no tuvo oportunidad de decir ninguno porque, tal y como los cables le quitaron el saquito, ahora le jalaron la cadena que pendía de su cuello. La placa de identificación cayó en la palma del Emperador, donde Connor vio una extraña marca, aunque no tuvo tiempo de verla al detalle.
—Oooh —sonrió Kardan mientras veía la plaquita—. Connor, ¿eh? Lindo nombre. Y tu apellido también es interesante.
—No tengo apellido.
Pero Connor había visto su identificación muchas veces y sabía muy bien que al lado de su nombre estaba la palabra TONARE. Ni él ni los gemelos pudieron quitarse el apellido a pesar de que pidieron, negociaron y patalearon.
—Después me entretendrás con tu historia —dijo el Emperador, a la vez que los cables se aflojaron un poco y colocaron a Connor en una posición más cómoda, al pie del Trono—. Por ahora revisaré el obsequio que tan amablemente trajiste para mí desde el desierto.
Kardan cerró los ojos y la sala alumbró más. Connor apretó también los ojos, escuchando a la perfección el proceso de sincronización, que contabilizaba guerreros, enemigos... y embriones. Los Fafnir ya esperaban en lo profundo de la ciudad.

****

Cuando llegaron, no había ni una luz, ni un sonido. Estaban tan profundo, tan lejos de la superficie, que ni siquiera podían escuchar las terribles explosiones que debían de estar incendiando el cielo. Parecía que allí abajo no había nada, porque hasta a los ojos de Dios se les había olvidado que ese sitio existía y no lo miraron durante milenios.
Todos temblaron. No podían verlo, pero se imaginaron que el frío se levantaba del suelo como una niebla viva. Se arremolinaba entre las piernas, se escurría entre las rendijas de la armadura y pellizcaba las mejillas y la punta de la nariz.
Los arqueólogos encendieron las lámparas de aceite. El aire tembló ante la luz y un siseo se expandió como un eco.
—Es el cambio de temperatura —explicó uno de los arqueólogos—. Es el primer calor que este sitio ha recibido en milenios.
Pronto descubrieron que la luz era insuficiente. Los gemelos compartieron capa para calentarse el uno al otro, pero los demás soldados soportaron el frío por su cuenta en la primera hora. Avanzaron titiritando por una enorme galería, tan amplia que parecía una plaza o una arena de combate para cuatro batallones. A los lados había compuertas de mármol que bloqueaban el camino a varias rutas subterráneas. La Emperatriz había dado órdenes muy claras a los arqueólogos para que ignoraran esas rutas, y visitaran la habitación más profunda de ese pequeño reino dentro del reino. Todo lo que había allí, todo lo que se escondía detrás de las compuertas selladas, era la riqueza más preciada que la Emperatriz había dejado en Masca.
Su laboratorio.
Al fin llegaron a una compuerta franqueada por un dragón en relieve. Remiak metió la mano en la nueva puerta de sangre y descubrió que había hielo en la cerradura. Las cuchillas de la puerta le arañaron la mano, sedientas de sangre caliente. Cuando la compuerta se abrió, un vapor seco y helado salió a recibirlos. Una capa de hielo se formó en las armaduras y en las barbas de los soldados, así que todos dejaron de hacerse los valientes: era hora de compartir capa y avanzar abrazados.
Los bueyes y las carretas que habían transportado los embriones a Masca no cupieron antes por el pasadizo a esa sección, así que cada soldado cargaba con un embrión Fafnir. Los embriones tenían el tamaño de un huevo de avestruz, pero eran translúcidos. A través del cascarón se veía una figura en posición fetal, con una pequeña cola y una cabeza alargada. Algunos cascarones eran tan claros que se podía contar el número de garras en cada mano o ver los orificios del hocico.
Los arqueólogos entraron a la habitación a hacer un estudio rápido. Luego recibieron los embriones uno a uno y los metieron al cuarto de hielo. La mayoría de los soldados se quedó afuera, pero no les importó. Los arqueólogos se habían puesto azules por el frío y uno de ellos tuvo que ser llevado en brazos al nivel superior, porque le había dado un ataque de hipotermia.
Los gemelos querían subir también, escabullirse entre los túneles y regresar a la superficie, donde estaba Zoe. Pero la curiosidad pudo más y entraron a la habitación de los Fafnir. Era un gran salón circular, en el que brillaban destellos tenues, blancos y celestes. Eran los embriones que los arqueólogos habían «sembrado». Los habían colocado en el suelo, cada uno sobre un hueco del tamaño de una moneda. Los gemelos avanzaron un poco y encontraron un par de aberturas. En lugar de entregar a los arqueólogos los embriones que cargaban, colocaron los huevos sobre los hoyos. Sintieron una succión y los embriones quedaron pegados al suelo. Alrededor de ellos se formaron runas mágicas luminosas, como en una circunferencia.
—Traigan más —les ordenó Remiak mientras pasaba junto a ellos con dos embriones bajo el brazo—. Su hermano menor cargará al Emperador en cualquier momento. Los embriones deben estar listos entonces.
Uno a uno, plantaron los embriones. Para cuando terminaron estaban tan entumecidos y aletargados por el frío que habían perdido la fuerza para regresar a la superficie. Ni siquiera el trabajo los había calentado. ¿Tendrían que quedarse allí por más tiempo? ¿Por qué todavía no había ningún cambio en los embriones? ¿Lo habría?
Comenzaron a dudar. ¿Serviría el mecanismo para poblar Masca con herramientas Fafnir? ¿Podría Connor cargar al Emperador antes de que fuese demasiado tarde? Habría... ¿Habría llegado Connor sano y salvo a Palacio? La duda se convirtió en temor. Debían subir de inmediato a la superficie; no solo por Zoe, sino también por Connor. Debían proteger a sus hermanos pequeños.
Pero la neblina se hizo más densa apenas dieron media vuelta para regresar. Los embriones brillaron más fuerte y las runas mágicas se expandieron al ritmo de un pulso que surgía de las entrañas del mármol. Sintieron alrededor la presencia del hombre que los había contenido durante toda su vida en la casita del lago, pero no sintieron la aversión de siempre. Esta vez, la energía del Emperador Kardan no les molestó.
Connor había llegado a Palacio. Hasta el momento, estaba bien. Y gracias a él, también el monarca y pronto toda Masca.
En medio de la neblina, los embriones palpitaron.

"Los Hijos de Aesir: Dos Tronos" © 2013-2014. Ángela Arias Molina

No hay comentarios :

Publicar un comentario en la entrada

Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
¡Sigue el blog!