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Las explosiones estaban por doquier. Aunque se mantuvieron alejados del corazón de la batalla, hasta ahí les llegó la lluvia de escombros. A veces una llovizna de polvo les bañaba el cabello, pero en otras ocasiones estuvieron a punto de morir aplastados bajo los trozos de roca que desprendían los hijos de Vanir.
Drake chupó los dientes. ¿Acaso cometió un error? ¿Se equivocó cuando planeó en secreto buscar un camino alterno a Masca? ¿Cuando preparó a escondidas un buen caballo de seis patas que los ayudara a superar el retraso? Tal vez lo mejor habría sido quedarse en Lanyr, frustrar los intentos de escape de Darius, mantenerlo a salvo en un sitio tranquilo.
No llevarlo a la batalla.
Pero recordó de nuevo la mirada que Sakti le dirigió poco después de que pusiera a dormir al profeta. Ella sospechó de él. No. Estuvo segura de cuáles eran las intenciones reales de Drake. «Joder. A lo mejor ella misma planeó que a mí se me ocurriera sacar a Darius de Lanyr». Esa idea lo hizo sonreír. Claro. No sería nada raro. Sakti solo dejó que creyera que esa pequeña rebelión fue idea suya.
De repente Drake vio con claridad el plan de Sakti: sedó a Darius para engañar a Dagda y Connor, para que se concentraran en sus tareas en Masca, tranquilos y confiados de que su padre herido estaba a salvo. Supo que Drake se las arreglaría después para meter a Darius en la Capital. Cuando al fin encontraran a Zoe, ella reuniría a todos los profetas en un único punto para salvarlos.
El sicario agitó la cabeza. La mente de Sakti tenía más variables que un laberinto. Drake se compadeció de todo aquel que quisiera enfrentarla o engañarla. Terminaría aplastado sin siquiera sospechar qué salió mal en sus cálculos.
Desde lejos escuchó el bramido de un hijo de Vanir. Drake se asomó por una esquina y divisó la silueta oscura y gigante que agitaba los brazos, arrancando trozos de edificio para lanzarlos a los aesirianos. «Por ahí no». Apretó los dientes. Aunque sabía que la mayoría de los hijos estaba reunida a unas cuadras de Palacio, no podía descartar la fuerza abrumadora de una sola de esas criaturas. Algunas de ellas merodeaban cerca, pero Drake no supo si para unirse al resto de hijos de Vanir o para encontrar un flanco descubierto y entrar a Palacio.
Fuera como fuese, no podía hacer nada. Si estuviese solo, se animaría a entrar a hurtadillas en el campo de batalla. Un sicario y una ciudad en sombras son la combinación perfecta, ¡podría burlar hasta a los hijos de Vanir si se andaba con cuidado! Pero no estaba solo, sino que llevaba consigo a un crío vaniriano y a un hombre herido.
Drake soltó un suspiro y se preparó para regresar con Darius y Kel. Ya se había tardado mucho tiempo. Si no regresaba pronto, a los dos les daría un ataque de pánico. El muchacho dio media vuelta para marcharse, pero se detuvo en seco y con el vello erizado cuando vio un grolien al otro lado de la calle. Se tensó para luchar o escapar, pero entonces notó que el vaniriano era bajito y ayudaba a alguien a mantener el equilibrio.
Más que alivio, Drake sintió miedo y furia. Corrió hacia Kel y Darius, casi seguro de que echaba espuma por la boca por la frustración.
—¡Les dije que se quedaran escondidos! —rugió—. ¿En dónde está el caballo?
—¡Se fue! —intentó explicar Kel, pero unos gritos detrás de él fueron suficientes para que Drake comprendiera lo que había ocurrido: un grupo de vanirianos los descubrió.
Con una mirada le bastó para saber que no podía pedirles a sus compañeros que huyeran. Kel estaba en condiciones, pero Darius necesitaba apoyo. El mestizo estaba algo pálido por el esfuerzo de mantenerse en pie, pero tenía la expresión seria, sin rastro de dolor. Sin embargo, Drake sabía que le dolía el abdomen. Lo sabía porque Darius se encogió cuando el sicario gritó.
La herida siempre se abría cuando Drake se enfadaba.
El muchacho miró hacia los vanirianos que se acercaban. Solo eran tres groliens, una cifra razonable para un par de soldados aesirianos. El problema era que Drake no era un soldado y no se especializaba en el combate cuerpo a cuerpo. Lo suyo era matar desde las sombras. «Pero esta vez te conformas con las circunstancias», se dijo a sí mismo mientras sacaba unas dagas de las correas de cuero que se había amarrado alrededor del pecho. «Hora de actuar».
Drake se lanzó hacia los vanirianos antes de que alcanzaran a los dos miembros débiles del equipo. El sicario sabía que no tendría ninguna oportunidad de ganar si confiaba en su fuerza, pues uno solo de los groliens era el doble de fuerte que él. Tenía que usar el ingenio.
Cuando alcanzó al primer enemigo, el muchacho se detuvo un instante para darle tiempo al vaniriano de levantar el hacha. Cuando el grolien lo hizo, Drake se colocó por debajo de él, saltó para cubrir la altura y lo apuñaló por debajo de la axila. Luego se corrió con un paso para evitar que el grolien lo golpeara con el hacha o le cayera encima al perder el equilibrio.
El sicario giró sobre los talones, listo para enfrentar a los otros dos enemigos. Uno de ellos agachó la cabeza para embestirlo con los cuernos. Drake supo que no bastaría con correrse a un lado, porque el vaniriano giraría la cabeza y lo alcanzaría de todos modos. Así que, cuando esquivó la embestida, el muchacho saltó sobre el grolien para evitar los cuernos y de paso clavó el otro puñal en la nuca. Se sintió mal por desperdiciar un arma envenenada, pues ese golpe hubiese sido igual de letal con una daga normal.
El muchacho sacó dos nuevas armas de las correas de cuero y se preparó para recibir al grolien que quedaba. El vaniriano lo miró con detenimiento un buen rato, como si considerara retirarse. Drake asintió, para dejarle saber que lo dejaría ir en paz. Pero justo cuando creyó que el grolien se marcharía, vio en sus ojos un brillo peligroso: una oportunidad. El grolien había pillado una forma de derrotarlo.
Drake escuchó a tiempo el aleteo de la arpía, que se había contenido de reírse a carcajadas mientras caía sobre él. El chico aplaudió su esfuerzo, porque sabía que las arpías casi no podían evitar reírse cuando volaban. A lo que entendía, mover las alas les producía cosquillas. El chico giró sobre los talones y recibió a la mujer. Era idiota intentar esquivarlas, porque cuando caían eran mucho más rápidas y fuertes que un grolien. Cuando la arpía lo agarró de los hombros para lanzarlo contra una pared, el muchacho la abrazó y le metió una y otra vez los puñales a los costados.
Drake se golpeó la cabeza cuando chocó contra una casa y vio un estallido carmesí cuando el tejado se desmoronó sobre él. Esa era una de las razones por las que no le gustaba el combate cuerpo a cuerpo. Si se golpeaba la cabeza le daba jaqueca, y si le daba jaqueca no podía pensar con claridad. Su ingenio era su mejor arma, aún mucho mejor que las dagas envenenadas o las flechas de hierro.
Contrario a lo que creyó, la cabeza no resintió el golpe. Drake todavía estaba espabilado y fuerte, así que apartó el cadáver de la arpía de un empujón y se levantó por entre los escombros de la casa. El muchacho sacó otro par de dagas, preparado para recibir al grolien que lo había engañado, pero se dio cuenta muy tarde de que estaba mareado.
El grolien se lanzó a él con el hacha en alto. Aunque Drake logró esquivarlo, el pie resbaló entre los escombros y no pudo alejarse tanto como hubiese querido. El vaniriano giró con el otro brazo extendido, alcanzó a golpear al sicario en el abdomen y lo lanzó contra la casa al lado contrario. Drake creyó que otro tejado le caería encima, pero el edificio se mantuvo estable. Sin embargo, ese milagro fue poco consuelo porque Drake no consiguió levantarse a tiempo. Vio al grolien venir otra vez, pero lo hizo tan aprisa que el sicario apenas pudo seguir el movimiento. «Cae el telón», pensó mientras cerraba los ojos, aceptando la muerte con resignación.
Pero entonces escuchó un estruendo que lo hizo saltar. Cuando Drake abrió los ojos, vio que una espada había recibido el hacha del vaniriano. Los brazos de Darius se tensaron con el esfuerzo de recibir el golpe de un grolien, pero nunca cedió terreno. Cuando pareció que el hacha partiría la espada por la mitad, Darius la bajó para que el arma de su enemigo se deslizara hacia el suelo. Luego se apartó con un paso para tomar impulso, aprovechó que el grolien se había agachado junto al hacha y levantó otra vez la espada.
Drake tenía que admitir que Darius tenía agallas. Ni siquiera cerró los ojos cuando la sangre del vaniriano le salpicó en la cara ni apartó la mirada cuando la lengua del grolien se le salió de la boca. Darius retrocedió y soltó la espada, dejándola incrustada en la garganta del grolien. El vaniriano estuvo tentado en arrancársela, aunque supo que así solo se desangraría más rápido. «No tiene caso», pensó el sicario, «de todas formas la herida es fatal». El grolien se quedó de pie durante unos segundos y después se desplomó a los pies de Darius.
Una sonrisa bailó en los labios de Drake. ¿De verdad se había preocupado por un tipo capaz de matar con un solo golpe a un grolien? ¡Qué idiota! Pero luego Darius se giró despacio hacia él, con los ojos muy abiertos. Estaba tan pálido que casi parecía de papel. El mestizo y Drake miraron juntos la camisa, en donde se formaba una mancha carmesí. El sicario deseó que fuera sangre vaniriana, pero no era tan tonto como para creerse eso. Se levantó lo más rápido que pudo y sostuvo a Darius justo antes de que se desplomara también.
—¡Idiota! —gritó enojado—. ¿Por qué demonios te entrometiste? ¿Por qué...?
—¿Estás bien? —preguntó Darius en un susurro mientras apretaba el hombro de Drake, para sostenerse mejor—. ¿Estás...?
—¡No me vengas con eso, imbécil! —gritó otra vez el sicario—. ¿En qué demonios pensabas?
—¿Estás...?
—¡Eres un idiota!
—¡Te pregunté si estás bien! —gritó enojado Darius, mirando a Drake a los ojos—. ¡Responde de una maldita vez!
Drake se mordió los labios. Él no era un chiquillo. Darius no tenía por qué regañarlo. Pero le ardieron un poco los ojos, exactamente como cuando era niño y su papá lo pescaba en una travesura. Siempre le avergonzó desobedecerlo o decepcionarlo, y en ese momento sintió que hizo ambas cosas. Lo cual era ridículo, por supuesto. «Ya no soy un niño, ya no soy su hijo. Y no hice nada malo, ¡solo quería protegerlo!». Pero aún así bajó la mirada y asintió.
—Estoy bien.
—Bien —repitió Darius.
Drake estuvo seguro de que en ese momento el mestizo se desplomaría, pero Kel llegó y lo ayudó a sostenerlo. Entre los dos lo recostaron a una pared, para que tomara aire, pero tanto el sicario como el pequeño grolien supieron que no sería suficiente. La mancha carmesí se extendía en la camisa de Darius.
—Hay que revisarlo —murmuró Kel.
Drake se preguntó si debajo de ese pelaje el grolien estaría tan pálido como Darius, tan pálido como él. Titubeando, el sicario se acuclilló delante del mestizo y empezó a desabotonarle la camisa. Darius intentó detenerlo, pero Drake le apartó la mano con tanta facilidad que se preguntó en dónde estaba la fuerza con la que el profeta recibió el hacha de un grolien.
Cuando al fin descubrió el abdomen, Drake apartó la mirada. Era ridículo. Él había visto y vivido cosas mucho peores que una herida, pero nada le daba más escalofríos que ver el torso de su padre. Darius tenía muchas cicatrices, incluida una en el hombro izquierdo idéntica a la que Drake tenía, cortesía del demonio come-almas que los separó. Las cicatrices brillaban casi plateadas en la piel de Darius, resplandecientes incluso cuando había una capa de sangre sobre ellas.
La herida en sí no parecía grave, pues de alguna forma Connor se las arregló para que parte del tejido cicatrizara. En el abdomen y entre las costillas, las cortadas de Drake sobresalían de las demás porque eran grandes; casi parecían orugas blancas a punto de explotar. Y una estaba abierta.
—¿Puedes cerrarla? —preguntó el sicario en un susurro.
Los ojitos llorosos de Kel fueron la respuesta. Connor. Tenían que encontrarlo, solo él podría cerrar la herida, solo él podría...
Una nueva capa de polvo cayó sobre ellos. Drake escuchó el bramido de un hijo de Vanir y una mano de hierro le oprimió el corazón. «Dios, está cerca». Todo se desmoronaba en torno suyo. La ciudad se rompía en pedazos por la batalla entre vanirianos y aesirianos. La sangre de su papá no dejaba de brotar. Y, segundo a segundo, una bestia gigantesca se acercaba a ellos.
Pero lo más difícil era que Drake estaba asustado, que no sabía qué hacer.
Su papá iba a morir por culpa suya.

****

Aseguró su tesoro en una cartuchera cargada a la cintura. No tenía espacio suficiente para los demás diarios, pero se cercioró de que el escondite –en donde los ocultó antes de salir de Masca– fuera todavía seguro. Algún día recogería los demás e intentaría aprender de nuevo el arte de la jardinería. La vieja Sakti, la que estuvo antes de la fusión, aprendió varios trucos por el legado de su amo, aunque sus resultados nunca fueron como los de Mark. No le importó entonces y ahora –a la Sakti fusionada– tampoco le importaría.
Revisó una última vez la cartuchera. El viejo baúl ocupaba casi todo el espacio, así que el primer diario de Mark estaba muy apretado. De seguro que las cubiertas estarían dobladas para cuando al fin consiguiera un nuevo sitio donde guardarlo, pero eso no echaría a perder el cuaderno porque el verdadero valor estaba en las páginas, en los sueños e ilusionados transformados en tinta.
Sakti acarició el puñado de hojas amarillentas y la textura del baúl. Desde que se había fusionado muchas cosas carecían de sentido, pero le pareció que el mundo tenía un poco más de estabilidad ahora por ese par de baratijas que había rescatado de su vieja habitación. «Esto era lo que tanto quería», pensó mientras se sentaba en la cama. Las sábanas polvorientas crujieron bajo su peso. «Esto era lo que la portadora y el Dragón ansiaron por tanto tiempo». Ella las complació al buscar los tesoros del amo, aunque ya no estuvieran cerca para disfrutarlos. Lo importante era ponerlos a salvo.
La chica miró la almohada, en busca de recuerdos. «Al principio esta no fue mi habitación, sino del amo». Pero ella había cogido unas cuantas de sus cosas, las metió en el armario y reclamó el cuarto después de que Mark muriera. Solía sentarse en la cama como en ese momento y mirar la almohada, recordando el rostro dormido del mensajero. A veces incluso estiraba la mano, como si pudiera acariciar de nuevo el cabello de Mark o arroparlo para que estuviera más cómodo.
«Qué tonta», pensó cuando los recuerdos ganaron fuerza y color en su mente. «¿Por qué perdía el tiempo en algo inútil? Sabía que no lo haría regresar. Sabía que ya nada tenía sentido. ¿Para qué se sentaba aquí a pensar en él?». Supo la respuesta, pero no la comprendió: por la misma razón por la que regaba las flores de los jardines y la tumba de Mark. Por la misma razón que leyó todos los diarios del amo. Por la misma razón que incluso ahora llevaba la alianza de oro colgada al cuello.
Para mantenerlo vivo.

«Pues mientras los recuerdes, no estarán muertos del todo».

¿Quién le había dicho eso? Sakti hizo memoria pero, sin importar cuánto se esforzó, no pudo recordar quién le dio esas palabras o por qué. Pero meditó en ellas. ¿Acaso ella se ponía a pensar y a recordar a la princesa y al Dragón para mantenerlas con vida? ¿Para traerlas de regreso de la fusión? Quizá eso era tan inútil como recordar a Mark, porque nada cambiaría el hecho de que él se había ido y abandonó a su esclava.
Para siempre.
«Lo amó más profundo que al amor», pensó mientras cerraba la cartuchera con los tesoros. «Pero, cuando murió, lo odió más de lo que ella podía soportar». La antigua Sakti jamás habría aceptado eso, porque habría sido como una blasfemia para ella. Pero la Sakti fusionada tenía una perspectiva diferente, así que a veces podía comprender a la versión anterior mejor que nadie.
Pero a veces. Solo a veces.
La chica soltó un suspiro y se levantó hacia la ventana. Al lado había un pequeño escritorio en donde Mark guardó plumillas, papel y alguno que otro sobre con semillas. Sakti había dejado el mueble intacto, salvo por una maceta que colocó en el centro. Allí estuvo la flor de allen que vio junto al amo, la flor que cuidó con esmero y dedicación en honor a él. La princesa recordó la desesperación que le carcomió el alma cuando los pétalos celestes y cristalinos se tornaron negros, porque la flor estaba a punto de morir. Cuando al fin los pétalos cayeron y la planta se marchitó, ella estuvo a punto de llorar porque fue como si la última prueba de amor del amo muriera también.
«Pero luego ocurrió un milagro», recordó mientras acariciaba la vieja maceta. «Apareció un brote». Unas semanas después de la tragedia, la chica vio un par de hojitas pequeñas que se abrían paso entre la tierra. Cuidó otra vez la planta, la regó y asoleó con dedicación y sintió algo parecido a la paz cuando una nueva flor extendió los pétalos. Esa allen también se marchitó, pero de vez en cuando salían nuevos brotes, nuevas esperanzas.
Tras la muerte de Mark, nada le dio tanto consuelo como esa maceta. Sakti no supo muy bien por qué la flor renacía, si acaso la raíz solo se tomaba un tiempo fuera antes de crear nuevos brotes o si cada flor dejaba nuevas semillas que germinaban cuando mejor les pareciera. Tampoco sabía si cada brote sería el último. Cada vez que veía las hojitas temía que fuera la última vez que cuidaría de ellas. La sensación se agravaba porque a veces la maceta quedaba vacía durante meses, salvo la tierra oscura que era como un agujero que se comía todas las ilusiones.
Pero con el tiempo, Sakti aprendió que sin importar cuánto se tardara en aparecer, un poco de vida se asomaría entre la oscuridad. Justo cuando creía que la flor estaba completamente muerta, justo cuando creía que Mark ya la había abandonado, la esperanza resurgía de nuevo.

«¡Me alegra que las hayamos visto juntos!».

Cuando los pétalos florecían, ella sentía que estaba otra vez en el vivero, viendo las allen por primera vez con el amo. En ocasiones la princesa vivió día a día, mes a mes, solo para ver la flor y recordar la voz y la sonrisa del amo en el vivero.
«Ah», comprendió la nueva Sakti. «Si hubiese una flor ahora, a ellas les habría gustado verla. Todos los años de viaje habrían valido la pena solo por una flor». Pero ahora la maceta solo tenía tierra, al igual que el cuerpo de la princesa solo tenía oscuridad donde antes estuvieron las almas de la portadora y el Dragón. En retrospectiva, ellas fueron el par de hojitas que brotaban de lo que parecía muerto, solo que nunca se convirtieron en pétalos celestes. «Solo se convirtieron en mí».
La chica tomó la maceta. No tenía en qué llevarla, pero supo que debía sacarla de Masca, junto el baúl y el diario del niño Mark. Tal vez la maceta nunca daría nuevos brotes. Tal vez la planta ya había muerto definitivamente por todos los años ausentes de cuidado. Pero tal vez algún día florecería de nuevo.
Tal vez algún día la fusión retrocedería.
Allena...
La chica se giró rápidamente hacia la puerta, que estaba entrecerrada. No había nadie allí, pero pilló la sombra de alguien justo cuando se marchó. No supo qué hacer. Como solo tenía un brazo, tenía que decidir entre tomar la espada y cargar la maceta. El instinto de supervivencia decía «¡La espada, la espada!», pero el resto de su ser gritaba «¡La maceta, la maceta!».
Mandó su instinto de supervivencia al carajo y rezó para que la armadura fuera suficiente para protegerla en caso de ataque. Tomó la maceta y se marchó, segura de que ya había perdido mucho tiempo en la habitación. Ahora tenía que buscar lo que hacía falta. No creía que fuera a encontrarlo en la Mansión Tonare, pues lo más seguro era que Enlil llevara consigo el joyero. Pero tampoco podía descartar la posibilidad de que el General decidiera esconder otra vez las esencias de Darius en su casa, para evitar que alguien las tomara en caso de que él muriera en combate.
Sakti avanzó sigilosa por los pasillos silenciosos. Cuando llegó a la sección personal de Enlil, la recibió un cuadro donde estaba solo el General, aunque ella recordaba que esa pintura no fue antes así. «Antes lo acompañaba Dioné». A diferencia de su última excursión, en esta ocasión la princesa avanzó sin preocuparse de burlar a los guardas de las habitaciones de Enlil, aunque sí prestó atención en busca de trampas mágicas. «Enlil no es tonto. Sin nadie que proteja la casa, los vanirianos pueden entrar a diestra y siniestra. Él no lo permitiría».
Sin embargo, la princesa avanzó sin ningún contratiempo y llegó a la habitación del General. Como lo hizo la primera vez, investigó en todos los rincones del cuarto, incluso en el armario de frazadas donde encontró antes el joyero y las esencias. Pero cuando su mano cayó por el agujero entre esa dimensión y la otra, no halló nada.
Allena...
Otra vez el susurro. Sakti giró el cuello a tiempo para ver una sombra que se apartaba de la puerta entreabierta. La silla se tambaleó bajo sus pies, así que la princesa estiró los brazos para sostenerse y recuperar el equilibrio...
... pero cayó de todas formas, porque el brazo derecho no se sostuvo a tiempo y el izquierdo no existía. No era la primera vez que le pasaba y estiraba un brazo que no estaba allí. Connor decía que los miembros fantasmas eran muy comunes entre las personas que habían perdido dedos, manos y pies. Decía que la mente todavía no se había acostumbrado a la ausencia de una parte del cuerpo, así que creía que todavía estaba ahí.
Sakti sentía su brazo faltante con más frecuencia de lo que le gustaba admitir. En las mañanas, cuando despertaba, estiraba la garra de Dragón como solía hacerlo antes, para evitar que los dedos se atrofiaran o que se aruñara sola. Era solo cuando estiraba la mano para coger el vaso de agua en la mesita de noche que recordaba que ya no tenía brazo izquierdo. A veces también sentía mucho dolor, como si la garra –en donde fuera que estuviera ahora– le lanzara aguijonazos de reproche por haberla cortado.
Lo irónico era que en ese momento no le dolía la parte ausente que falló en sostenerla, sino el trasero y la muñeca de la mano derecha, que intentó en vano frenar la caída. Sakti se echó de medio lado en el suelo, enojada y adolorida. Tal vez le costaba recordar su rutina antes de la fusión, pero sí sabía que no fue tan torpe como ahora. Era bueno que Dereck, Darius y Connor no estuviesen cerca para ver lo patética que era por estar incompleta.
«Pero no tienes derecho a quejarte», pensó. «Lo hiciste por Connor, así que el precio fue una ganga. Además, hay personas que la pasan peor que tú». Como su tío Morak, a quien le faltaba parte del brazo derecho y tenía la mitad del cuerpo quemada y hecha trizas.
Allena...
Cuando escuchó otra vez el susurro, la princesa gruñó. Miró de nuevo la puerta, pero no vio rastro de sombra. En todo caso, esta vez le pareció que la voz venía de lejos, como al otro lado del pasillo. ¿La estaba llamando? Podía tratarse de una trampa. Quizá era un kredoa que quería llevarla a una emboscada. En otras circunstancias el instinto de supervivencia le habría dicho que se marchara de la Mansión Tonare, pero todo su ser estaba furioso con la voz misteriosa por haberla hecho caer. ¡Era hora de darle una tunda!
Así que la chica se levantó lo mejor que pudo, tomó la maceta y salió de la habitación de Enlil. Avanzó hasta el final del pasillo, casi esperando escuchar de nuevo la voz y ver otra vez la sombra. Pero en lugar de eso vio un destello celeste que bailaba en el aire. En su otra vida, esos destellos fueron felicidad y esperanza.
Eran mariposas de añil.
Siguió las alas azules, dudosa de que se tratara de una trampa. No supo por qué, pero le pareció correcto que los kredoa desconocían por completo la existencia de esas mariposas, menos su significado. Se dejó guiar obedientemente, siempre doblando en las esquinas donde vio las luces azules. Pronto supo que era la primera vez que avanzaba por allí, que la Sakti anterior nunca tuvo oportunidad de recorrer esos pasillos. ¿Acaso estaba en la sección donde Enlil mantuvo atrapada a Zoe?
Al fin llegó a una pequeña sala de estar, que tenía puertas corredizas de papel. Sakti recordó la casita del lago en Palacio, pues la habitación era de madera y tenía un corredor exterior idéntico a la prisión de los profetas. Las puertas estaban abiertas de par en par, como si fueran un ventanal. La princesa vio que ya llevaban mucho tiempo así, pues el viento había metido polvo, tierra y hojillas en el interior de la sala.
Ya no había mariposas de añil que le indicaran el camino, pero Sakti supo que debía avanzar un poco más. Así que cruzó la sala y salió al corredor, en donde miró un viejo jardín. Los árboles y arbustos estaban marchitos, y no había rastros de flor en ninguna parte. Sakti miró el cielo oscuro, segura de que el escudo impidió que los rayos del sol acariciaran la ciudad durante años. No era raro entonces que todos los jardines de la Mansión Tonare estuviesen muertos ahora.
Pero la chica también tuvo la sensación de que, cuando el escudo cayera y el sol bañara de nuevo las calles, los jardines se mejorarían. En especial ese. Le bastó con ver la posición de los árboles, el diseño de los surcos y lo que quedaba de vegetación para saber quién diseñó ese jardín.
Mark.
Lo raro era que él nunca se lo mencionó. ¿Por qué? El orgullo del mensajero fueron sus jardines. No hubo nada que lo alegrara tanto como sembrar flores durante las tardes mientras su gatita le hablaba de los juicios o le servía el té. ¿Entonces por qué nunca le mostró ese misterioso jardín? ¿Acaso porque estaba en la sección de Enlil que ella nunca se atrevió a violar?
Sospechó la causa cuando vio que el diseño del jardín le daba protagonismo a un par de rocas. Avanzó entre la maleza seca hasta situarse delante de ellas y comprendió que no eran simples piedras.
Eran tumbas.
A pesar de que el resto del jardín estaba descuidado, se dio cuenta de que las lápidas estaban muy bien conservadas; ni siquiera tenían polvo encima. Alguien solía limpiarlas. La princesa se agachó para leer las inscripciones. La primera de ellas ponía «DARLAN TONARE». Sakti enarcó una ceja. «¿El padre de Enlil, acaso?». Pero fue la segunda tumba la que más le sorprendió y casi la hizo pegar un brinco.
—Dicen que la curiosidad mató al gato, Alteza.
Cuando Sakti escuchó la voz profunda y agradable detrás de ella, dio un mal giro sobre los talones, perdió el equilibrio y cayó sentada al suelo. De nuevo se lastimó el trasero, pero al menos esta vez no cayó sobre la mano derecha porque estuvo sosteniendo la maceta. La chica soltó una maldición por el golpe y el susto, y luego puso mala cara a Enlil.
El General estaba en el pasillo exterior, mirándola con una sonrisita malosa por el espectáculo. No era común ver a la princesa con un acceso de torpeza, aunque Enlil recordó que Sakti fue una niña poco coordinada en sus primeros meses de estadía en Masca. Le tomó mucho trabajo alcanzar la elegancia de los Aesir, pero cuando lo consiguió desechó la torpeza dulce de la esclava Sekmet.
Enlil supo que a Mark le habría encantado verla ahora.
—¿Qué hace aquí, Alteza? —preguntó mientras avanzaba hacia ella para levantarla como un caballero.
—Buscándote —bufó la muchacha.
Enlil estiró la mano para tomarla del brazo izquierdo, pero se le heló la sangre cuando solo rozó la armadura. Sakti ignoró el intento del General y puso la vieja maceta en el suelo. Luego se frotó con cuidado la espalda baja. Él la miró perplejo.
—Alteza... Su brazo...
Ella miró su expresión en silencio, pero sin rastro de pena o malhumor. Al final se levantó por su cuenta y se sacudió la capucha, sin hacer caso a las palabras del General.
—Es una suerte que estuvieras aquí —dijo ella en voz baja—. No estaba segura de que te encontraría.
Enlil cambió de expresión, porque supo que no tenía caso lamentarse por algo que ni siquiera la chica echaba en falta. A lo mejor la ofendería con su exceso de preocupación. Así que se arrodilló delante de la princesa y soltó la verdad:
—Yo sí estaba seguro de que la encontraría aquí, Alteza. A lo mejor Sigfrid se molestará conmigo por llegar tarde, pero es mejor que aprovechemos que no hay ojos cerca para darle lo que usted busca.
Sakti ladeó la cabeza. Su rostro estaba inexpresivo, sin rastro de sorpresa al descubrir que Enlil estaba al tanto de sus intenciones. Ni siquiera parecía sospechar, aunque el General estaba seguro de que la chica se hacía muchas preguntas.
—Dámelas —ordenó ella.
Enlil obedeció. Se llevó una mano a la cartuchera que colgaba en su cinturón y de ahí sacó el joyero que Sakti había robado de la habitación del General; el mismo que perdió durante la conmoción del primer golpe de la invasión vaniriana. Enlil colocó el joyero en mano de Sakti. La chica levantó la tapilla con el pulgar y comprobó que allí estaban las esencias de Darius, atrapadas en una gema bicolor. «Como sus ojos», pensó la chica al ver los tonos zafiros y esmeralda de la piedra. «Muy acertado».
La chica sacó la gema y la guardó en su propia cartuchera, junto con el diario y el baúl de Mark. Luego miró al General durante un rato, antes de soltar la pregunta:
—¿Por qué me las das?
Enlil la miró en silencio por unos instantes, siguiendo las líneas de la Profecía que ella tenía marcadas en la cara, pero Sakti supo de inmediato que él llevaba años con la respuesta en la punta de la lengua.
—Por varias razones —dijo el General—. Primero, porque es mi hijo.
«Y lo amo con toda el alma», leyó la chica en los ojos del aesiriano.
—Y segundo... porque hice una promesa.
Enlil miró una de las tumbas detrás de Sakti.


"Los Hijos de Aesir: Dos Tronos" © 2013-2014. Ángela Arias Molina

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Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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