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Capítulo 20

20
SOL EN LA NOCHE


Vinieron en la noche. A pesar de los bostezos y de los párpados pesados, Enlil comprendió que algo malo estaba a punto de suceder. El niño vio las lámparas de aceite prendidas en otras secciones de la casa, incluso escuchó el murmullo nervioso de los sirvientes y los relinchos lejanos de unos caballos. Pero su habitación estaba a oscuras, mientras su madre terminaba de abrocharle la capucha. «¿No es difícil?», preguntó Enlil. «Si no puedes ver, prende una luz». Pero su madre sonrió –una sonrisa triste y falsa– y acercó sus labios al oído del niño.
—Veo bien, tesoro. Veo mi mundo en tus ojos.
Enlil sonrió por las cosquillas que le provocó el aliento de su madre en el cuello. Pero cuando iba a empezar a reír, ella le llevó un dedo a los labios y le pidió silencio.
—Llévatelo —murmuró la mujer—. En Masca estará a salvo. Su Majestad lo protegerá, aunque sea durante la niñez.
Darlan asintió en silencio y tomó la mano de Enlil. Él supo que ella le dijo algo más a su madre, algo dentro de su mente, porque Darlan la miró y su madre sonrió.
«Darlan, mamá, ¿qué pasa?», preguntó el niño, pero las dos guardaron silencio y salieron de la habitación. Creyó que los tres se marcharían juntos en la noche, pero cuando llegaron a una intersección un sirviente y un niño los detuvieron. Había visto antes al pequeño. También era un criado, aunque llevaba puesto uno de los pijamas de Enlil. Tenía el cabello de color caoba, pero sus ojos eran verde esmeralda, como los de los Tonare.
Su madre miró al niño y asintió.
—Servirá.
Luego miró a Enlil y sonrió de nuevo, con tranquilidad falsa y tristeza verdadera.
—No olvides que te quiero, tesoro —dijo mientras le daba un besito en la punta de la nariz, arrodillada para que sus rostros quedaran a la misma altura. Luego se levantó y le dio un beso idéntico a Darlan—. Te amo, mi florecita.
Darlan respondió, pero fue en la mente. Enlil habría dado todo para escuchar esas palabras, para intentar comprender lo que ocurría. Pero en ese momento Darlan lo jaló en una dirección, hacia el pasillo en sombra, mientras que su madre y los dos sirvientes se marcharon por el lado contrario, hacia la luz.
Enlil lanzó preguntas a su hermana, pero la mente de la chica estaba protegida detrás de una muralla de acero y él no se atrevió a hablar en voz alta. Era lo bastante espabilado como para comprender que debía permanecer callado.
Al principio creyó que él y Darlan irían al establo, pero la muchacha giró bruscamente hacia los cuartos de los criados. Algunos todavía dormían, pues Enlil escuchó sus ronquidos e incluso pilló la sensación de sueños y pesadillas. Darlan salió a un pequeño patio y abrió una trampilla oculta entre la maleza. La chica metió allí a Enlil, lo siguió a gatas y luego cerró el escondite.
«Avanza, En-en. Y guarda mucho, mucho silencio».
«¿A dónde vamos, Darlan? ¿Qué está pasando?». Ella calló un rato.
«A ver a padre. Si todo sale bien, podremos quedarnos aquí un rato más».
El corazón de Enlil dio un vuelco. ¿Su padre? Nunca lo había visto. Todo lo que tenía de él era su apellido, sus ojos verde esmeralda y su cariñosa hermana. Enlil sabía que Darlan y su padre se llevaban muy bien, que el General Tonare era dulce y bueno con ella, que incluso la entrenaba personalmente cuando estaba en la Villa Tonare.
Pero con Enlil era otra historia. Nunca le enviaba obsequios ni mandaba a preguntar por él. Ni siquiera había puesto un pie en la villa desde que supo que su esposa principal estaba embarazada. Darlan lo consoló muchas veces, le dijo que su padre también mantuvo la distancia cuando madre estaba embarazada de ella, pero Enlil era lo bastante inteligente como para comprender que su padre amaba a Darlan porque era una niña. A él, en cambio, lo detestaba por ser varón.
Enlil sabía cuál era la maldición de su Casa. Si padre estaba en la villa y madre y Darlan lo ocultaban, era porque temían que la maldición afectara a los dos varones Tonare. «Padre ha venido a conocerme», comprendió, «a decidir si me amará o me odiará». La sola idea le hizo un nudo en el estómago.
Tardó un rato en comprender que avanzaba por un pequeño túnel por debajo de la casa. Vio luz a través de unas rendijas por encima de su cabeza. Escuchó murmullos y hasta vio una que otra bota de cuando los hombres caminaban por encima de él. Al final llegó a un sitio un poco más espacioso, aunque todavía no podía mantenerse en pie.
Cuando Darlan lo alcanzó, la chica lo rodeó con los brazos y lo llevó a la esquina de la pequeña cámara secreta. Allí había una rendija lo bastante grande como para que se colara más luz y en donde Enlil pudo ver a su madre de perfil. El niño sonrió, pero Darlan le llamó la atención y le señaló el suelo. Allí había mucho polvo, así que la muchacha había escrito un mensaje:

«No te apartes ni uses telepatía. Pase lo que pase, cállate».

Como para recalcar la última parte, Darlan tapó la boca de Enlil y se cubrió sus propios labios. Ella tampoco podía hacer ni un ruido.
Enlil comprendió que estaba por debajo del suelo de la sala principal de la mansión. Además de su madre, estaban algunas de las esposas secundarias y el niño de cabello caoba. Enlil quiso reprochar. Ese chico estaba usando su pijama e incluso estaba abrazado a Alexia como si fuese hijo de ella. Tenía que ser él quien estuviera allí arriba, listo para conocer a su padre, en lugar de escondido en un polvoriento túnel por el que tenía que arrastrarse.
Una de las puertas del salón se abrió de repente. Enlil vio a varios hombres uniformados y en armadura, pero el que llamó su atención fue el líder. Era alto como una torre, tenía el cabello castaño, una armadura dorada y los ojos verde esmeralda. Reiner Tonare entró al salón de su casa con la mirada puesta en el niño de cabello caoba. La madre de Enlil rodeó los hombros del criado de manera protectora, sin apartar la mirada de su esposo.
El silencio se hizo tan pesado que hasta se escucharon los grillos afuera de la casa. A Enlil le dio la impresión de que si tosía o estornudaba, todos mirarían el piso y lo verían a través de la rendija. Fue en ese momento cuando Reiner avanzó al niño, pero la madre de Enlil se interpuso y colocó al criado detrás de ella.
—Deshazte de la espada, por favor. —Reiner sonrió.
—Para ese caso podrías pedirme que me corte las manos. Es todo lo que me hace falta. —Pero aun así se desajustó el cinturón, que cayó junto a la espada con un retumbo—. Bien, Alexia. ¿Será que ahora sí me dejas conocer a mi hijo?
La madre de Enlil titubeó, pero colocó al criado delante de ella, siempre abrazado y protegido. Reiner hizo una pequeña mueca.
—¿Cuántos años tiene? ¿Siete?
—Cinco —lo corrigió ella.
—Se ve muy mayor para ser de cinco.
—Es alto para su edad. Como su padre. —Eso sacó una sonrisa a Reiner. El General estiró una mano al chico, quien se quedó quieto como una escoba y con los ojos pegados al suelo. Reiner acarició un mechón caoba durante unos segundos y se quedó pensativo.
—De lado de tu familia, supongo. —Alexia asintió.
—Darlan también tenía el cabello caoba cuando era más pequeña. Luego se le aclaró. Me temo que eso también le pasará a Enlil.
—¿Lo temes? —preguntó Reiner mientras se acariciaba el cabello castaño.
—El caoba va mejor con los ojos verdes —explicó Alexia.
Eso le provocó una carcajada al General y un suspiro de alivio a la hermana y a la madre de Enlil. El niño criado se atrevió al fin a despegar los ojos del suelo y a mirar a su supuesto padre. A Enlil le dio la impresión de que todo iba bien, que Reiner no parecía enfadado y que el criado le estaba robando un momento muy importante en su vida. Cuando el General dejó de reír, miró con cariño a su mujer y preguntó:
—¿Dónde está Darlan? Le he traído obsequios a mi niña. —Alexia se permitió una pequeña sonrisa.
—Anda de cacería. Le encantan la yegua y la ballesta que le enviaste y cada cierto tiempo va al bosque a cabalgar y cazar.
—Ja, ¡es toda una señorita! —aprobó Reiner—. Bien, me alegra. Así ella no verá esto.
El General estiró una mano, agarró al criado del cuello y lo apartó de Alexia en un santiamén. La madre de Enlil enmudeció y estiró una mano a medio camino, como si quisiera salvar al niño, pero Reiner negó con la cabeza para indicarle que se quedara quieta.
—Te dije que solo necesitaba las manos.
Con una sostuvo el cuello del criado y con la otra le agarró la cabeza antes de girársela. El niño perdió el equilibrio de inmediato. Sin el soporte del General, cayó al suelo con el cuello roto. Alexia soltó un chillido y las otras esposas de Reiner apartaron la mirada, aturdidas. Enlil se encogió, pero no gimió. Fue como si todo el oxígeno en su interior de repente desapareciera, como si no tuviera pulmones ni diafragma que dispararan aire a las cuerdas vocales. Cuando Darlan lo abrazó con más fuerza, comprendió que el criado no estuvo allí para arrebatarle la reunión con su padre, sino para salvarle la vida.
—Pobre niño —dijo Reiner con voz profunda—. Es una lástima que no supiéramos que era sonámbulo. De lo contrario, habría guardas cerca de la escalera para evitar que diera un mal paso dormido y se rompiera el cuello. —El General dio media vuelta y comenzó a salir—. ¿La habitación de Darlan todavía sigue en el mismo lugar? Quiero llevarle sus regalos para que los mire apenas regrese a casa.
Enlil tembló. Si ese hubiese sido él, Reiner se habría marchado con la misma frescura, sin darle siquiera una segunda miradita al cadáver. Pero el General se detuvo en el umbral y miró por encima del hombro, con la vista fija en Alexia.
—No estás chillando. —Se giró por completo y regresó al lado de su esposa. Le puso una mano sobre los hombros y luego le levantó la barbilla para que lo mirara a los ojos—. Ah, sí estás llorando. Pero eso no significa nada de nada. Cuando las madres pierden a sus hijos, se vuelven locas de dolor. —Reiner la abrazó con dulzura, como si quisiera hacer otro niño con ella en ese momento, en ese lugar—. Él no era nuestro pequeñín, ¿cierto? Era un impostor. —Luego la tomó del cuello con una mano y colocó la otra en la coronilla de la cabeza, como hizo antes con el criado—. ¿Dónde está?
Alexia se apartó de él, pero Reiner solo la dejó dar media vuelta, sin soltarla. Podría romperle el cuello en cualquier momento.
—¿Dónde está? —repitió.
Alexia guardó silencio y cerró los ojos. Una lágrima le rodó por la mejilla, pero esa fue la única muestra de temor que se permitió. Al verla en los brazos de ese tigre cubierto de oro, Enlil comprendió que su madre siempre supo que ese día llegaría, que cuando le dio el besito en la nariz le dijo adiós. Qué curioso que eligiera un gesto tan pequeño para transmitirle algo tan grande, y más curioso aún que él lo comprendiera, que sintiera todo ese amor infinito en la punta de la nariz.
Su madre lo amaba tanto o más de lo que le aborrecía su padre. Alexia estaba dispuesta a morir por él, mientras que Reiner estaba decidido a matar por él.
—¿Dónde está? —repitió el General, a la vez que apretaba el cuello de la mujer para que entendiera que el tiempo se le acababa.
Ella no dijo nada y Enlil no apartó la mirada, ni siquiera cuando Reiner tomó una a una a sus esposas para hacerles la misma pregunta. Ni siquiera cuando ellas chillaron y dijeron que no sabían nada. Ni siquiera cuando algunas sugirieron que el chico se había ido con Darlan en busca de refugio, quizá hacia su abuelo materno, quizá hacia un tío o primo lejano...
Enlil se mantuvo inmóvil en los brazos de su hermana, ajeno a las súplicas de sus madrastras. Aún después de lo que había visto, envidió un poco al criado que se hizo pasar por él. Al menos el chico estaba con Alexia, sus cuerpos uno al lado del otro, como si aún en muerte fingieran ser madre e hijo. Enlil los miró a ambos hasta bien entrada la mañana, cuando los sirvientes levantaron los cadáveres. Los miró incluso cuando ya no estaban allí, cuando todavía había hombres de su padre haciendo guardia en caso de que Enlil y Darlan regresaran a casa, sin sospechar que nunca se habían ido.
Siguió mirándolos incluso cuando pasaron dos noches y Darlan al fin lo sacó de allí, para empezar el largo camino a Masca. Siguió mirándolos mucho, mucho tiempo después, cada vez que cerraba los ojos.

****

Se preguntó si Darlan lloró.
Aunque hizo lo mejor para no quedarse dormido, solo tenía cinco años. Había cabalgado antes en ponis –Darlan le enseñó–, pero esa vez, durante el largo escape, fue la primera ocasión en la que estuvo sentando en la silla de un semental durante horas. No recordó haber desmontado por otra razón aparte de ir al baño –donde descubrió que tenía ampollas y la piel rota e irritada–, pero en algún momento se dio cuenta de que estaba en el suelo, arropado con la capucha que Alexia le había puesto al inicio de la pesadilla.
Enlil se restregó los ojos para terminar de espabilarse, pero de inmediato estuvo tentado a dormir otra vez. No porque el suelo fuera cómodo y calentito –que no lo era–, sino porque todo el cuerpo le dolió. Miró el caballo que dormitaba a unos metros, de pie y ajeno al rencor del niño. Lo peor era que dependía de él para escapar. Dependía de esa montura enorme y la silla áspera para sobrevivir, sin importar cuánto se le ensangrentaran las nalgas o se le entumecieran los músculos.
Pero aún más que al caballo, necesitaba a su hermana. La vio sentada delante de él, con la mirada fija en la montaña que se asomaba a través de los arbustos. Enlil supo que estaba despierta porque tenía la espalda recta y se frotaba los brazos para enfrentar el frío de la madrugada.
A pesar del dolor, el niño se acercó a Darlan y la abrazó. «No es tu yegua», murmuró en su mente.
«No». Darlan le pasó un brazo por encima de los hombros y le besó la cabeza. «Unos criados salieron apenas padre llegó a la villa. Se llevaron a Manchas para despistarlo».
Al ser parte de un clan militar, los dos habían recibido clases de estrategia, así que sabían unos cuantos trucos para fingir rastros. Reiner de seguro revisó las caballerizas después de matar a Alexia y a las demás esposas, y habría notado que faltaban varios caballos, entre ellos la yegua de su hija. Le bastaría con preguntar qué camino tomaron los sirvientes y Manchas para seguir el rastro falso.
Aunque estaba triste, Enlil se admiró por la agudeza de Darlan, los sirvientes y, sobre todo, Alexia: aun a punto de morir, se encargó de darle una pista falsa a Reiner cuando le dijo que a Darlan le encantaba su yegua. Esa no era una mentira, porque Darlan preferiría cortarse la mano a perder su montura. Pero lo que Reiner no sospechaba era que ella prefería mil veces más salvar la vida de su hermanito.
Si al truco le sumaban que Darlan esperó a que Reiner saliera de la villa para tomar el camino contrario, entonces debían de llevarle mucha ventaja el General.
«¿Ahora qué?», preguntó el niño mientras miraba el perfil de su hermana. Ella lo miró con ojos resplandecientes y sonrió, como si el escape y el peligro que pendía sobre ellos fuesen un simple juego, como si lo que sucedió en la mansión fuera una ilusión.
Como si no hubiese derramado ni una sola lágrima por la muerte de Alexia.
—Ahora jugamos a las escondidas. —Darlan le pasó un pequeño bolso y se levantó para ir a recoger leña—. Ponte esto. ¡Ah!, y nada de telepatía por un tiempo. Nos tocará hablar como las personas normales.
Le bastó ver el atuendo de su hermana para saber qué harían. Para cuando Darlan regresó, Enlil ya estaba uniformado. Ella preparó una hoguera, echó las ropas de Enlil y suya a la madera y les prendió fuego, aprovechando que el cielo estaba lo bastante nublado y oscuro como para que el humo pasase desapercibido.
Cuando el fuego ardió, Darlan desenvainó una daga que cargaba al cinturón, se cortó la trenza castaña que le colgaba a la espalda y la lanzó a las llamas.
—Pareces un chico —observó Enlil.
Su hermana nunca había sido una muchacha voluptuosa e incluso antes, en días más felices, Enlil se carcajeaba al decirle que era plana como una tabla. Pero ahora, uniformada como militar, no tenía rastros de pechos o cintura. A lo mejor se había puesto un corpiño.
—Esa es la idea, hermanito. ¿Y qué tal si te hacemos pasar por una niña, eh? —lo dijo en broma, pero la expresión se le puso seria al instante—. Ey, esa no es mala idea. ¿Por qué no lo pensé antes?
Darlan se rio al imaginarlo con vestido y colitas, pero Enlil no hizo ni una mueca y se preguntó si su hermana lloró cuando huían a caballo, cuando lo dejó dormir mientras ella hacía guardia, cuando se marchó a buscar leña... Se preguntó si quiso gritar cuando los criados se llevaron a Manchas, cuando Alexia cayó con el cuello roto, cuando se aplastó los senos y se cortó la trenza.
Se hizo la misma pregunta en los meses siguientes, cuando Darlan cabalgó tan dentro del bosque y tan lejos de algún camino que pareció que la espesura se los tragaría. Se preguntó si su hermana lloró por culpa suya cuando al fin encontraron una tropa y se hicieron pasar por cadetes rezagados y el coronel los castigó por llegar tarde. Siguió preguntándoselo cuando tenían que madrugar y levantar el campamento. Cuando debían hacer ejercicios sorpresas que los dejaban moreteados y llenos de cortadas. Cuando un par de soldados descubrieron que ella era una chica y le pidieron un «favor» a cambio de guardar silencio.
¿Lloró Darlan? Enlil nunca la vio ni lo supo con certeza, pero no le habría sorprendido que sollozara como una niña pequeña ni que se mantuviera altiva como una mujer madura. La Darlan cariñosa que carcajeaba como si fuera un chico, la que se enojaba y lo perseguía por llamarla «tabla», la que le daba pescozones y besos... ella habría llorado. Pero la Darlan que podía montar durante días sin resentirlo, la que disparaba la ballesta sin temblar, la que desollaba conejos para la cena sin apretar los ojos... a ella nada la turbaba, nada la detenía. Enlil amaba a esas dos, amaba a su única y dulce hermana.
Darlan era toda la luz que le quedaba en el mundo.

****

Tenía ocho años cuando al fin alcanzó los controles de la frontera. Las rutinas de entrenamiento eran mucho más demandantes allí, pero, aunque era un niño, tenía muy buena resistencia. Le gustaban en particular las madrugadas, cuando el viento frío soplaba desde el sur, la oscuridad se ocultaba en el oeste y el sol se levantaba por el este, extendiendo sus dedos de oro sobre las montañas tupidas, las tiendas de los campamentos y esas enormísimas paredes blancas que marcaban el fin del mundo que Enlil había conocido con Darlan, así como el inicio de otro universo, el de una ciudad con nombre de mujer.
La tropa a la que se unieron permaneció dos meses en los campamentos alrededor de la Muralla Sur, colaborando con patrullajes mientras los soldados pasaban las pruebas de salud y obtenían los permisos para entrar a la ciudad. Enlil nunca había visto a Darlan tan ansiosa como en esa época, pues la angustiaba estar tan cerca y a la vez tan lejos de Masca.
«¡Argh, puede salir mal!», se quejaba la chica mentalmente. «Los controles son muy estrictos. Si revisan nuestros documentos y nuestras placas de identificación falsas, ¡sabrán que hemos mentido! ¡El coronel nos hará picadillo!».
El coronel Tyler era estricto. Daba recompensas justas a los oficiales, pero no le temblaba la mano a la hora de dar castigos. En cuanto descubriera que tenía dos impostores en sus filas, solo pensaría en averiguar la verdad, así eso significara torturar a un niño de ocho años con tal de que hablara. Quizá sería más sencillo revelarle de una vez que Pouk y Dorian eran en realidad Enlil y Darlan Tonare, pero los hermanos no sabían si era lo más prudente.
Reiner Tonare era el Segundo General del Imperio Aesiriano, así que Tyler le debía obediencia. Darlan no estaba segura de que el coronel los ayudara a entrar a la ciudad cuando descubriera que eran de la Nobleza Militar, o si en lugar de eso los entregaría en bandeja de plata a su padre. Aun con la telepatía, ella y su pequeño hermano no sabían en quién podían confiar para llegar sanos y salvos a Palacio.
—Una vez en Masca, tenemos que conseguir audiencia con el Emperador —le susurró Darlan una noche—. Eres su próximo General Tonare, así que te protegerá de padre para asegurarse de que te conviertas en militar.
«¿Y a ti, Darlan?», quiso preguntarle, pero no se atrevió en voz alta ni en la mente. «¿A ti también te protegerá?».
Todavía veía los cuellos rotos del criado, las madrastras y Alexia. Todavía se preguntaba si Darlan había llorado por él. Reiner había querido mucho a Darlan. Jugó con ella y la consintió. A lo mejor nunca creyó necesario matarla para salvarse de la maldición Tonare. ¿Pero todavía la amaba, después de que ella lo burlara para salvar a Enlil? ¿Consideraba Reiner que Darlan lo había traicionado y por eso ahora también querría matarla? El niño no lo sabía y temía más por su hermana que por él.


—Escuchen. —El coronel paseó con paso firme delante de la fila de soldados—. Hay cambio de planes. La reunión del decalustro militar se adelantó un par de meses, así que debo dejar los campamentos y acompañar a mis superiores a la ciudad. No soy el único coronel que debe dar reporte, lo que significa que ustedes no son la única tropa esperando entrar a Masca.
Enlil sabía que cada cincuenta años las cabezas militares se reunían con el Emperador para reportar los avances o retrocesos en la guerra, así como para conocer los planes de organización durante el próximo decalustro. Eso no le gustó.
«¿Crees que padre esté en Masca, Darlan?», le preguntó. El rostro de su hermana se mantuvo impasible mientras Tyler caminaba delante de ellos, pero su voz sonó clara y preocupada en la mente de Enlil.
«No creo. Ya nos habríamos enterado de si había un General en la ciudad o en algún campamento externo, pero... ¿quizá lo mejor será entrar después del encuentro?». Darlan no sonó muy convencida, pero Tyler tenía un brillo de determinación en la mirada:
—Los encargados de la frontera no dejarán que todos los oficiales entren en manada a la ciudad, así que elegiremos a los soldados con una pequeña prueba. —El coronel se detuvo, levantó un puño y lo apretó con fuerza, como si lo que estaba a punto de decir fuera cuestión de vida o muerte—. Un torneo.
Si Tyler no los hubiese entrenado para parecer estatuas, todos los soldados habrían levantado una ceja, en especial porque el coronel parecía muy entusiasmado con la idea.
—Se escogerán a los mejores oficiales de entre todas las tropas, pero habrá coroneles que entrarán a Masca sin un soldado a su cargo. Comprenderán que eso es vergonzoso. —Tyler hizo una breve pausa, para que la tropa asimilara sus palabras—. Me niego rotundamente a entrar a la ciudad sin uno de mis hombres, así que todos van a participar en ese torneo sin chistar. Se apuntarán los primeros para que participen antes de que se llenen las plazas de oficiales a admitir. ¿Entendido?
—¡Sí, señor! —respondieron los soldados a coro.
—Y algo más. —Los ojos de Tyler centellearon—. Si ni uno solo entra conmigo, todos harán tres patrullajes alrededor de las Murallas.
A Enlil por poco se le cae la cara. ¿Tres patrullajes alrededor de la ciudad? ¡Ese hombre estaba loco! Para cuando al fin terminaran con la tarea, él ya tendría casi veinte años. ¿Cómo podía castigarlos con tanta crueldad?
—Sin embargo, si hacen el ridículo durante el torneo me quedaré con ustedes hasta que le den cinco vueltas a la ciudad.
Los soldados se mantuvieron en sus sitios, pero palidecieron. No era tan malo recorrer las Murallas mil veces, como cinco en compañía del coronel. Los entrenamientos de Tyler eran verdaderamente exhaustivos y tenía cara de hacerlos aún peor si lo dejaban en ridículo delante de las otras tropas.
—¡Sí, señor! —respondieron los oficiales, decididos a que al menos uno de ellos obtuviera una plaza para marchar por la ciudad con Tyler y el resto de coroneles. Después de todo, de eso se trataba también el decalustro militar: enseñarle a Masca el poder de las Fuerzas Armadas.
El torneo resultó menos grandioso de lo que Tyler dio a entender. Enlil creyó que los campamentos se alegrarían un poco, que aquellos que esperaban pase a la ciudad se sentarían en butacas y armarían tiendas para ver competir a los soldados. Sin embargo, el público estuvo conformado solo por los oficiales de las tropas participantes y la arena fue un simple espacio polvoroso y al aire libre.
Las batallas tampoco fueron la gran cosa, pues los coroneles decidieron darle tiempo límite a cada encuentro con tal de acortar el torneo. Los coroneles elegirían a los soldados que tuvieron un mejor desempeño. Pero como a veces se acababa el tiempo sin que quedara claro quién fue el ganador, ni Enlil ni Darlan tenían idea de cuáles oficiales tenían una plaza fija o si ya los coroneles habían elegido a todos los soldados que los acompañarían a Masca.
A pesar de esto, el niño pronto notó que los soldados de dos tropas en especial eran los más fuertes, porque casi siempre conseguían derrotar a su oponente antes de que el árbitro sonara la campana. Los oficiales más avispados también lo notaron y ponían mala cara cuando los coroneles sacaban papeletas con sus nombres para enfrentarse a esos guerreros.
—¡Dorian! —llamó Tyler, mientras agitaba la papeleta con el nombre falso de Darlan. A su lado, otro coronel dijo:
—¡Shalash!
Darlan y el otro soldado se abrieron paso entre los oficiales, hasta situarse en el medio de la arena improvisada. Apenas Enlil vio al oponente de su hermana, hizo una mueca. Miró a Tyler como para confirmar sus sospechas. El coronel tenía cara de resignado, como si dijera «Pierde esplendorosamente, Dorian. Pierde con estilo. Nada de una presentación patética».
«No tienes que hacerlo, Darlan», le susurró mentalmente. «Este soldado está en otro nivel. No tiene caso que te lastime». La muchacha no le respondió, pero Enlil sintió que ella bufó y le giró los ojos, fastidiada.
—En guardia —ordenó el árbitro. Darlan y Shalash desenvainaron—. ¡Ataquen!
Enlil se mareó por la velocidad del contrincante, a quien le bastó tres zancadas para alcanzar a Darlan. La habría cortado por la mitad si la muchacha no hubiese defendido a tiempo. De alguna manera, ella logró interponer la espada e incluso recibir otros cinco embates. Enlil sabía que su hermana era muy fuerte para ser una chica, pues era muy alta, esbelta y enérgica; sin embargo, tenía un cuerpo delgado si se le comparaba al de un hombre y menos resistencia que uno a la hora de cruzar espadas.
Al sexto embate, el agarre de Darlan se aflojó, la espada salió volando y quedó clavada a un lado de la arena. Al ver que estaba desarmada, Shalash intentó detenerse, pero todos supieron que el golpe conectaría y cortaría a Dorian. Pero para sorpresa del público, el combatiente en desventaja levantó la pierna rapidísimo y le dio una buena patada en el abdomen a Shalash, haciendo que él trastabillara.
Darlan aprovechó la oportunidad y lanzó patada tras patada, girando sobre los talones como si fuese un trompo. Cuando la nariz de Shalash empezó a sangrar, Darlan dio un paso atrás para darle un respiro, pero él avanzó furioso hacia ella, listo para cortarla así estuviese armada o no. Pero la chica dio un salto, colocó las manos sobre la hoja de la espada, hizo una pirueta en el aire y burló al soldado. Cayó detrás de él. Cuando Shalash giró con el arma extendida, ella se agachó, le hizo una zancadilla y le agarró la muñeca derecha. Shalash perdió el equilibrio y cayó de espaldas, pero Darlan se levantó de inmediato, apretó la muñeca hasta cortar la circulación, le quitó la espada y puso la punta en la garganta del soldado.
Justo entonces sonó la campana.
Durante unos segundos nadie reaccionó, porque ya todos se habían acostumbrado a que los soldados de las tropas especiales ganaran los encuentros. Nadie pudo asimilar que alguien que empezó perdiendo ganara de una forma tan espectacular. Pero entonces Darlan retiró la espada y le ofreció la mano a Shalash, con una sonrisa radiante. El soldado fue un buen perdedor. Aceptó la ayuda y estrechó la mano de Darlan con fuerza, a la vez que la felicitaba por tan buen combate.
Cuando Enlil miró la expresión del coronel Tyler, supo que los de su tropa estaban a salvo. Así se les cayeran los pantalones a todos mientras combatían, el coronel no les daría castigo alguno. La victoria de Darlan valía eso y mucho más.


—Dorian —dijo Tyler mientras le palmeaba el hombro—. Juro que te besaría si fueses una chica.
Los soldados aplaudieron y estrecharon la mano de Darlan, agradecidos por librarse de la ira del coronel. Tyler dejó que celebraran a su soldado estrella, levantándola por los aires y dándole porras. A Enlil le encantó verla tan contenta, sonriente como un sol. «A lo mejor ella sería más feliz si fuese chico», pensó. «Así podría repartir patadas sin necesidad de disfrazarse». Pero recordó que si Darlan fuese varón, Reiner probablemente ya la habría matado.
Unos minutos después, Tyler se la llevó por aparte, rumbo al castillo de la Muralla. Enlil los siguió en silencio, aunque supo que el coronel pronto diría que deberían separarse, pues el chico no fue seleccionado para entrar a la ciudad.
—Hiciste un buen trabajo —la felicitó de nuevo el coronel—. Debo admitir que nos diste una sorpresa a todos, en especial a mí. Mis compañeros y superiores no se lo podían creer. Incluso... —Tyler hizo una pausa—... incluso despertaste el interés de alguien muy importante. —El hombre se detuvo y la miró directo a los ojos—. Serás transferido, Dorian. Este es el primer paso a un ascenso. Felicidades.
Eso tomó por sorpresa a Darlan. La chica miró boquiabierta al coronel, sin saber si debía dar las gracias o protestar.
—¿Y qué pasará con Pouk? —logró preguntar al fin.
Enlil se estremeció, porque no le hizo falta leer la mente del coronel para saber lo que pensaba. En cualquier momento diría que lo lamentaba, que no había nada que pudiera hacer y que prometía cuidar de Pouk hasta que fuera transferido a una tropa con un líder de mayor rango.
Pero antes de que pudiera decir algo, una voz grave sonó detrás de ellos.
—Darlan.
La chica y su hermano se petrificaron, aunque Tyler giró de inmediato, se golpeó el pecho con una mano y plantó una rodilla en el suelo.
—Saludos, señor —dijo con humildad. Tyler dirigió una mirada rápida y reprobatoria a los hermanos y dijo entre dientes—: Al suelo. Muestren un poco de respeto al General.
Enlil y Darlan giraron, pero no se arrodillaron a pesar de que las piernas les temblaron como gelatina. Reiner estaba delante de ellos, todavía más alto y grandioso que la última vez que lo vieron. El General sonrió y dijo:
—¿Eres Darlan, verdad? Claro que eres tú. Lo supe en cuanto entraste a la arena, ¡lo supe apenas desenvainaste!
Reiner avanzó hacia ella con una mano estirada, como si quisiera saludarla, acariciarle la cabeza...
... o romperle el cuello.
—¡Aléjate! —gritó Darlan, a la vez que sacaba la espada de su cinturón y se colocaba delante de Enlil para protegerlo.
—¡Dorian! —gritó a su vez el coronel mientras se levantaba—. ¿Qué demonios te pasa? ¡Envaina ahora mismo! ¡Envaina!
Pero Darlan no hizo caso y sostuvo el arma con las dos manos, para evitar que se le cayera por los temblores del cuerpo. Reiner se quedó en el mismo sitio, mirando incrédulo a la hija que reconoció a pesar del cabello corto y los pechos escondidos.
—¿Pero qué te pasa? —preguntó dolido mientras extendía los brazos a los lados—. ¿No se supone que es ahora cuando corres hacia mí para que te abrace? ¿Como en los viejos tiempos?
Pero luego el General reparó en el chico que Darlan custodiaba y la mirada se le encrudeció. Enlil, más que ver el cambio, lo sintió. Para los ojos de Reiner, Darlan era perfecta y querida; pero Enlil... ¡era peor que un gusano! ¡Solo quería aplastarlo!
—Tyler —dijo el General, con voz fría como el acero—. Dame a estos dos. Ahora formarán parte de mi tropa.
El coronel titubeó. Miró con reprobación la espada de Darlan, pero luego juntó las manos y se arrodilló para pedir perdón.
—Lo siento, General. Alguien se le adelantó. —Reiner hizo mala cara.
—No importa. Quienquiera que lo haya hecho puede olvidarse de ellos. Soy un General, así que no hay nadie por encima de mí en el ejército.
—Excepto el Primer General —resonó otra voz, una mucho más grave, potente y tenebrosa, detrás de Darlan—. Hasta tú estás por debajo de mí, Reiner. Que no se te olvide.
Enlil nunca olvidaría esa primera impresión, la de ese gigante de oro que caminó al lado suyo hasta situarse justo delante de Reiner. Su padre parecía una hormiga al lado de esa montaña andante. Tan insignificante y débil. Reiner también lo supo, porque apretó los puños, frustrado.
—Esto no es asunto tuyo, Montag. No tienes por qué intervenir.
—En eso te equivocas. —La voz de Sigfrid fue fría y severa—. Intervengo ahora por la misma razón que intervine cuando Raykard mató al Joven Capitán y estuvo a punto de matarte también: para preservar el clan Tonare.
En ese momento, Enlil se percató de que el campamento estaba silencioso. Cuando miró alrededor, vio que todos los soldados tenían una rodilla y la mirada clavadas en el suelo. Tyler también, aunque ahora estaba blanco como el papel.
—No te entrometas —dijo Reiner entre dientes.
—Por ahora lo haré y tú tendrás la cortesía de marcharte —sentenció Sigfrid—. Me lo debes por haberte ayudado cuando estabas en la situación del niño detrás de mí. —Luego agregó en voz baja, para que nadie más escuchara—: Y me lo debes por todo el trabajo que me has ocasionado.
—¿De qué estás hablando?
—La muerte de tu suegro, el Lord del Sur, me causó muchos problemas. Puede que las evidencias apunten a un grupo de forajidos, pero no nos engañas ni a mí ni al Emperador. Confórmate con que te sigamos la corriente en eso y retrocede. Ahora.
Ambos se miraron durante un buen tiempo, en silencio, como dos montañas a punto de colisionar. A Enlil se le hizo eterno ese encuentro de miradas, hasta que finalmente Reiner miró a Darlan, dio media vuelta y se marchó sin decir ni una palabra. Sigfrid permaneció inmóvil unos segundos más, hasta estar seguro de que su compañero no se devolvería con un golpe.
—Andando —dijo el Primer General mientras daba media vuelta para ir hacia el castillo de la Muralla.
A Enlil lo impresionó mucho cómo esa simple palabra cargó tanto significado, porque los soldados alrededor se levantaron y volvieron a su trabajo, sin ni siquiera hacer contacto visual con Sigfrid. Tyler se levantó también y sostuvo la mano de Darlan para que guardara la espada. Luego, el coronel y la chica siguieron a Sigfrid, aunque lo hicieron en silencio y pálidos.
«Le tienen miedo», comprendió Enlil mientras avanzaba. «Hasta padre lo teme». El chico se preguntó qué habría pasado si Reiner no hubiese retrocedido, si hubiese enfrentado al General Montag con tal de ponerles las manos encima a sus hijos. La imagen lo estremeció. Sigfrid parecía muy, muy fuerte, pero Reiner también debía de serlo. De lo contrario, Sigfrid no habría esperado hasta que el otro se fuera para darle la espalda. Los dos tenían claro que no saldrían muy bien parados si se enfrentaban.
—Nombre —dijo el General con su voz de tigre, sin ni siquiera mirar a los uniformados que lo seguían.
Darlan y Tyler enderezaron aún más la espalda y caminaron un poco tiesos, como si se estuviesen convirtiendo en roca. La chica miró al coronel a su lado, para saber a quién iba dirigida la orden, y Tyler levantó un poco las cejas hacia ella, con el mensaje claro: «Se refiere a ti».
—Do-Dorian, señor —tartamudeó.
—Tu verdadero nombre, niña.
El corazón de Darlan dio un vuelco y enmudeció, pero Tyler intervino:
—Sé que parece un poco frágil, pero él es un muchacho, señor.
Pero como Sigfrid ni siquiera se molestó en contestar, Tyler empezó a dudar. Mientras caminaban, el coronel miró de arriba abajo a Darlan. Enlil estaba acostumbrado a que los recién conocidos la miraran para decidirse a tratarla como chico o chica, pero no le gustó que el coronel dedicara tanto tiempo en mirar el pecho y el trasero de su hermana. A Darlan tampoco le gustó, porque el pudor la traicionó y se cubrió el pecho con los brazos, a la vez que se sonrojaba.
—Tu nombre —repitió Sigfrid.
Enlil se sorprendió de nuevo por la carga en palabras tan sencillas. Aunque el General no gritó ni miró a Darlan, quedó claro que estaba comenzando a perder la paciencia y que nadie querría verlo enojado.
—Darlan —respondió ella.
Sigfrid y Tyler se detuvieron. El coronel miró a la soldado y a Enlil, entre confundido y enojado por el engaño. Pero recompuso el rostro cuando vio que Sigfrid había girado el cuello para mirarlos por encima del hombro.
—Ese es nombre de varón. —Darlan asintió.
—Mi madre me había llamado Fiore. Pero cuando padre me conoció cambió mi nombre por Darlan. —Como los ojos fríos de Sigfrid no se despegaron de los de ella, agregó—: P-p-pero está bien. Es un nombre masculino, ¡pero me gusta mucho!
Sigfrid guardó silencio y miró a la soldado, pero sin buscarle curvas o cintura. Fue como si mirara a través de ella, casi como si estuviese mirando a alguien más.
—Como al Joven Capitán, supongo —murmuró antes de retomar la marcha.
—¿Eh? —Darlan ladeó la cabeza, confundida, pero siguió al General.
—¿No sabes quién fue el Joven Capitán? —preguntó Tyler—. Darlan Tonare fue el hijo mayor de Raykard Tonare, quien fue el padre del General Reiner. Era un muchacho muy talentoso, pero el Joven Capitán murió a manos de su padre, así que su hermano tomó el título de General en su lugar. —Tyler hizo una pausa—. El Joven Capitán y su hermano menor eran muy unidos. Lo que pasó después fue inevitable.
Ni Darlan ni Enlil necesitaron más explicaciones para saber qué ocurrió. El abuelo Raykard decidió matar a su hijo mayor para salvarse de la maldición, pero Reiner lo mató para vengarse por la muerte de su hermano. Tal vez también para sobrevivir, para evitar que Raykard acabara con él.
Justo como Reiner quería terminar con Enlil.
«No sabía que padre tuvo un hermano», pensó Darlan. A Enlil le sorprendió pillar ese pensamiento, porque su hermana solía ser más rigurosa con las defensas. A él, en cambio, no lo tomó por sorpresa el descubrimiento sobre su padre. Después de todo, ¿qué tanto conocía de él? Nada, en realidad. Por eso no tenía sentido sorprenderse al conocer algo nuevo de Reiner.
—Debieron decirme quiénes eran —rezongó Tyler. El coronel no tenía ni un pelo de tonto y podía sumar dos más dos—. Habría evitado que el General Tonare los viera hoy y los habría despachado de inmediato al General Montag.
—¿Eh? ¿En serio? —Tyler giró los ojos.
—¿Por qué demonios creen que mi tropa viajó durante tanto tiempo por el sur? Tenía órdenes de encontrar al heredero de los Tonare y llevarlo a Masca.
—¿Quién ordenó eso? —preguntó Darlan, mientras intercambiaba una mirada con Enlil. Tyler giró otra vez los ojos y señaló a Sigfrid con la cabeza.
Darlan abrió la boca de par en par, pero luego sonrió con dulzura y apretó un poco la marcha, para acercarse más al hombre de armadura dorada.
—¡Gracias! Si hubiese sabido que teníamos amigos en...
—Parece que estás malinterpretando algo —la cortó el General sin mirarla ni detenerse—. No soy amigo tuyo o de tu hermano. No te ayudo por simpatía o lástima. Simplemente hago mi trabajo.
Sigfrid se detuvo después de que cruzaron un pequeño muro, que separaba el castillo de los campamentos, y miró a Enlil directo a los ojos. El niño tuvo que levantar mucho la cabeza para igualar la mirada del General, tanto que hasta le dolió el cuello. Pero no sintió miedo. Sigfrid se había llevado todo el temor cuando se plantó delante de Reiner.
—Una vez Reiner estuvo en la misma situación que tú, niño. Y lo que le dije entonces te lo digo ahora: cuando tengas un hijo, él y yo nos miraremos como lo hacemos tú y yo. Cuando seas un padre, te enfrentaré tal y como enfrenté al tuyo. Y cuando ese día llegue, te convendrá retirarte. Es todo el pago que exigiré de ti por las molestias que me has causado. —Sigfrid se cruzó de brazos y ordenó—: Tu nombre.
—Enlil Tonare.
Lo dijo sin titubear, mucho más valiente y claro que Darlan. Sigfrid no cambió el gesto de la cara, pero Enlil supo que le gustó que fuera firme desde niño.
—El nombre de tu abuelo materno, el nombre de un hombre noble —concedió el General—. Es una lástima que llegará el día en que lo manches, tal y como Reiner lo hizo.
«No», pensó Enlil, decidido. «No lo haré. Yo no seré como mi padre. Nunca».

****

Sigfrid no tuvo ningún reparo en ser honesto con ellos y explicarles las andanzas de Reiner.
Poco después de matar a sus esposas en la villa Tonare, el Segundo General visitó la ciudad Draer, que era la cabecera del Sur. Su intención fue visitar al padre de Alexia, Lord Enlil Briel, pues sospechó que era anfitrión de los fugitivos. Aunque no los encontró allí, decidió que ya que había matado a Alexia, podía hacer lo mismo con el Lord.
Desde luego, Sigfrid no tenía pruebas porque Reiner no era tan idiota como para dejarlas.
—Es un talento de los Tonare —dijo cuando los condujo a su despacho—. Incluso con su maldita paranoia, se las arreglan para borrar los rastros.
Esa tarde, Enlil se preguntó cuántos años tenía el Primer General lidiando con la maldición de sus compañeros. Todo el mundo sabía que Sigfrid era mayor de lo que aparentaba, ¿pero cuánto? ¿Y a cuántos herederos Tonare salvó de la furia de sus padres para perpetuar la última Casa Militar, además de la suya? Debía de tener muchísima experiencia en salvarles el pellejo a esos chicos, porque había ayudado a Reiner, a Raykard y a varios antepasados de Enlil que él ni siquiera había oído mencionar.
Sigfrid fue quien le dio la idea a Alexia de disfrazar a sus hijos para que fueran con una tropa a Masca. Incluso ordenó a varios de sus coroneles que buscaran chicos sospechosos y nuevos reclutas en el camino para llevarlos a la Capital. La reunión del decalustro sería la excusa perfecta para pasar a Enlil y a Darlan a la ciudad sin que Reiner pudiera evitarlo. A lo mejor hasta el torneo fue idea de Sigfrid, para reconocer a un Tonare a primera vista en lugar de buscarlo por los campamentos.
Cuando Sigfrid les entregó los documentos oficiales que los acreditaban como soldados –ya con sus nombres verdaderos– y los despachó para que los criados se hicieran cargo de ellos, Darlan se animó a preguntarle cómo descubrió que ella era hija de Reiner.
—Llevo años mirando esos ojos —respondió el General sin ni siquiera mirarla, pues se había puesto a firmar nuevos documentos—. Es parte de la rutina.
Esa noche durmieron en el castillo de la Muralla. Enlil miró el techo, esperando que el sueño lo venciera, pero no logró despejar la mente ni relajarse porque, en alguna parte de ese enorme castillo, estaba Reiner.
—Darlan.
—¿Qué?
—¿Estás despierta?
—No, estoy hablando dormida. —La escuchó dar vuelta en el camarote—. ¿Qué pasa?
—¿Lloraste?
Tuvo la pregunta en la punta de la lengua durante años, pero no pudo formularla antes por miedo. Sin embargo, ese temor se había ido y ahora le parecía ridículo. Pero Darlan lo malinterpretó y él no la corrigió.
—¿Por el abuelo? Umm... Lamento lo que le pasó, pero me alegra mucho no haber ido a buscarlo. Ojalá el General Montag hubiese anticipado lo que le ocurriría. Así él todavía estaría vivo.
Enlil creía que Sigfrid sí lo anticipó, pero decidió dejarlo pasar. «Quiso ser discreto, para adelantársele a padre». Si hubiese enviado una tropa para proteger al Lord, Reiner se habría dado cuenta de que Sigfrid estaba involucrado en el escape de sus hijos y habría actuado con más determinación. Habría complicado mucho las cosas. En cambio, porque Sigfrid usó un perfil bajo –tan bajo que ni siquiera Darlan supo que él los estaba ayudando– los dos llegaron sanos y salvos a la ciudad. Dentro de poco estarían en el corazón de Masca, bajo la protección del Emperador, y Reiner ya no podría hacerles nada ni aunque los tuviera al frente.
—Hará lo mismo contigo, Enlil —susurró Darlan—. Cuando tengas un hijo, te burlará para que no lo mates.
—No, no lo hará. Yo no le daré ese problema. —Enlil apretó las cobijas—. No voy a tener hijos.
Pero apenas lo dijo, sintió un golpe tremendo en la espalda porque Darlan, que dormía en el camarote inferior, le había lanzado una de sus poderosas patadas.
—Esa no es la solución, idiota —lo regañó ella—. Eso solo fastidiará más al General Montag. Todo lo que quiere es asegurarse de que haya un Segundo General que lo ayude a dirigir el ejército. Si tú no tienes hijos, ¡capaz y él mismo te «asiste» para que tengas uno! ¡Eso sí que sería darle problemas!
Enlil se estremeció.
—¿Entonces qué hago? —preguntó desesperado—. No quiero... hacer sentir a alguien lo que padre nos hizo sentir.
Recordó el momento en que Reiner giró el cuello del criado de cabello caoba, la desesperación de estar tan cerca y a la vez tan lejos de Alexia en esos últimos instantes. El miedo a la incertidumbre, a prender una hoguera que pudiese atraer la atención de un grupo de cazadores, a despertar rodeado de soldados de su padre... No quería hacerle eso a su hijo. Y si tenía una hija como Darlan, tampoco quería obligarla a escapar para que pudiese proteger la vida de su hermanito. Ni siquiera quería hacer lo que el abuelo Raykard le hizo al Joven Capitán y a Reiner, no quería hacer lo que todos los Tonare anteriores a él hicieron.
No quería convertirse en un asesino.
Pero, por sobre todo eso, no quería olvidar lo que sintió en los últimos años. Si Reiner, Raykard y los demás hubiesen recordado el miedo, ¿habrían hecho lo mejor para que sus hijos no lo padecieran? ¿Habrían sido buenos padres?
Fue entonces cuando supo cuál era la solución. Enlil se asomó al borde de la cama y miró a Darlan.
—Cuando sea mayor, prométeme que no me dejarás hacerme malo. Prométeme que seré un buen padre y, que si no lo soy, protegerás a mi hijo como me protegiste a mí.
Si la maldición lo alcanzaba y lo hacía olvidar el miedo y la resolución, por lo menos no lo haría olvidar el amor que sentía hacia Darlan. Mientras ella se interpusiera entre él y su hijo, Enlil jamás lo lastimaría, jamás lo obligaría a huir en medio de la noche, nunca lo dejaría sentir temor. «Seré un buen padre», decidió. «Cuando esté lejos de casa, enviaré cartas y regalos a todos mis hijos. Les haré saber desde lejos que los quiero. Y cuando esté con ellos, los alzaré, abrazaré y consolaré para que estén seguros de que los amo, para que nunca me tengan miedo. Les daré mi corazón para que jamás me traicionen».
Darlan sonrió para sellar el pacto, aceptar la responsabilidad y bendecir la promesa. Fue en ese momento que él comprendió que, así como Alexia lo amaba tanto como para morir por él, Darlan lo amaba muchísimo como para vivir, para protegerlo.
Ciertamente, Darlan era la única luz que le quedaba en el mundo. Era su sol en la noche.


"Los Hijos de Aesir: Dos Tronos" © 2013-2014. Ángela Arias Molina

2 comentarios :

  1. Hola hola =,)

    Espero que te vaya bien, escribo para reincorporarme de nuevo a las filas de adeptos luego de unas largas "vacaciones forzadas" que espero no tener de nuevo hasta dentro de mucho tiempo jejeje

    Excelente capitulo, ya me parecía raro que el pobre de Enlil se resistiera tanto en caer en tus garras.... Pero cayo y de que forma. Siento pena por el, con el trauma de ver a su madre morir frente a sus propios ojos a manos de la persona que mas anhelaba conocer =( y a la vez asombro por la resolución que mostró ante Sigfrid y su hermana jurándose a si mismo romper las cadenas que lo ataban a la maldicion de su casta.
    Solo por ser el tipo bonachón de la historia se merecia un arco y así quedaba develada la historia de la segunda casa militar.

    Gracias por el capitulo y mis mejores deseos a esas paginas que aun están por venir y que la creatividad sea contigo xD.

    -Alex AJSP-

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    Respuestas
    1. ¡Hola, Alex! Qué gusto tenerte de nuevo por acá. Muchas gracias por leer y tus deseos, ¡ahora le voy a poner todavía más ganas a los capítulos por escribir! Espero que disfrutés de los próximos capítulos y lo que queda de este tomo :)

      De nuevo, ¡muchísimas gracias por leer! :'D

      Eliminar

Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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