¡Sigue el blog!

Capítulo 21

21
REFLEJO


Llegó pasada la medianoche. Para cuando Darlan lo acompañó en la mesa, la sopa de Enlil ya estaba fría y él un poco irritado.
—«Confía en mí» —la imitó—. «¡Jamás te dejaría plantado! ¿Cuándo lo he hecho?». Pues bien, ¡con esta ya van nueve veces!
—¡Cielos!, ¿cuándo te hiciste tan rencoroso? —soltó la mujer mientras se quitaba la capucha y agitaba la trenza que le hacía cosquillas en la espalda—. ¡Y pensar que fuiste un niñito risueño!
Enlil gruñó por el descaro de su hermana. Darlan lo castigó arrebatándole el tazón de sopa y comiéndoselo ella. Él la dejó hacer porque el reproche de Darlan no tenía pizca de buen humor. Después de unas cuantas cucharadas, ella habló de nuevo:
—Llegué tarde. Para cuando los alcancé, el trabajo ya estaba hecho.
Enlil asintió porque ya se lo esperaba. La idea no le gustó nada, pero estuvo seguro de que los esfuerzos suyos y de su hermana fueron en vanos desde el principio. Ella continuó:
—Ya ni siquiera espera. Por lo menos antes esperaba a que nacieran para saber si eran niños o niñas, pero ya ni siquiera les da esa oportunidad. Lo estamos perdiendo.
«No», pensó Enlil pero sin dejar que esa idea apareciera en la mente de su hermana. «Hace mucho que él se fue. Hace mucho que tú lo perdiste. Nunca fue mío». En lugar de compartir sus opiniones, soltó un suspiro y miró a través de la ventana. Aunque las calles estaban oscuras, de vez en cuando se reconocían las siluetas de viajeros como ellos, que se cubrían con capuchas para protegerse de la lluvia.
Recordó los cuellos rotos, los gritos. Los cabellos caoba del pequeño criado, el besito de Alexia, la trenza de Darlan, deshaciéndose en el fuego... Lo único que lo consolaba de fallar era que ninguno de sus hermanos menores crecería con recuerdos similares.
No importaba cuánto se esforzaran él y Darlan, Reiner siempre los mataba, siempre acababa con los nuevos cachorros que nacían de los últimos matrimonios. Cada vez que recibían noticias de las nupcias de Reiner, a Enlil se le hacía un hueco en el estómago. «¿Qué le ven?», quería gritarles a sus madrastras. «¿Por qué lo desposan si saben lo que hará apenas las embarace? ¿Por qué lo hacen?». Nunca obtenía respuesta.
Lo más difícil era llevarse bien con ellas. Cada vez que conocía alguna en la residencia de descanso en Masca, sabía que no podría defenderlos a ella o al bebé que Reiner dejara en su vientre. Por eso había crecido como un cascarrabias. No se atrevía a congeniar con sus madrastras por temor a llorarlas cuando Reiner las matara. No se animaba a confiar en nadie ni hacer amigos por sospechar que Reiner enviara asesinos. Ni siquiera podía disfrutar una noche de sueño sin repetir la muerte de Alexia una y otra vez, o sin mirar el techo durante horas, anhelando noticias de la muerte de su padre en combate.
Todo era culpa de Reiner. Todo.
Darlan, en cambio, era más fuerte; aún risueña, segura y guerrera, siempre esperanzada, siempre luz.
Enlil ya no era un niñito. Cualquier persona en su sano juicio lo llamaría un hombre, más tomando en cuenta que desde los cincos años formaba parte del ejército. Pero nunca se separaba de Darlan. Todos los comandantes, capitanes y coroneles que estuvieron encargados de él le asignaron tareas en las que siempre acompañara a su hermana con el claro propósito de protegerlo.
Al principio no comprendió por qué al General Montag se le metió la idea en la cabeza de que mientras estuviese acompañado de Darlan, Reiner mantendría la distancia. Luego Enlil lo notó. Cuando él y Reiner concordaban en sus estadías en Masca, el rostro ceñudo del General Tonare se suavizaba un poco porque allí también estaba Darlan. Todavía la llamaba por nombres cariñosos, todavía le enviaba regalos e incluso, de vez en cuando, almorzaba con ella, tomaban té o disfrutaban de un juego de mesa.
Todavía amaba a Darlan.
Y por eso ella todavía intentaba que los dos se llevaran bien. Cada vez que ella descubría que era inútil, que la maldición separaba a su padre y hermano cada vez más, ella se proponía salvar a los otros, impedir que lo mismo sucediese entre Reiner y los bebés. Enlil la ayudaba aunque a diferencia de su hermana no tenía esperanzas en la empresa. Siempre fallaban. Los niños siempre morían.
—Debí haberte acompañado —dijo Enlil mientras apoyaba los codos sobre la mesa.
Su hermana era fuerte. No temía entrar a combate ni ver sangre ni cadáveres, pero siempre se alteraba cuando veía a los bebés y sus madres muertos. «Tienes mucho corazón», pensó él a la vez que Darlan negaba con la cabeza.
—Fue mejor que te quedaras aquí. Hoy padre estaba fuera de sí.
«Ah, entonces está bien, como siempre», pensó sarcástico, pero sin atreverse a decirlo en voz alta o a que esa idea llegara a la mente de su hermana. Las peores discusiones que habían tenido eran siempre por Reiner, porque Darlan también amaba a su padre y lo defendía a capa y espada. Enlil no entendía por qué, pero se dio cuenta de que Darlan era igual a las esposas del General: les fallaba la memoria de corto plazo para recordar los asesinatos cometidos por él.
—¿Te hizo daño?
Era una pregunta de rutina porque su hermana nunca dejaría que nadie le hiciera daño. En todo caso, Reiner tampoco la golpearía. Pero esta vez Darlan se congeló, con la cuchara a medio camino. Luego, lentamente, la metió de nuevo en el tazón y apartó la sopa. Enlil se acaloró. Si su padre había levantado la mano contra Darlan, lo mataría. No lo dejaría salirse con la suya. Cuando el silencio de Darlan se alargó más de lo debido, Enlil se levantó con furia y se encaminó hacia la puerta. Su hermana lo sostuvo de la muñeca cuando pasó junto a ella y lo detuvo.
—Me va a casar.
Las llamas que sintió en su interior se convirtieron en hielo. Enlil la miró desde lo alto, sin saber cómo reaccionar. Finalmente se sentó otra vez, apoyó los codos sobre la mesa y miró pensativo a su hermana.
—¿Y qué hay de... em... Rowin? —Darlan hizo una mueca y lo corrigió:
—Robin. ¿Y qué con él? Desde el principio sabía que lo mío con él no iba a ninguna parte.
Enlil guardó silencio. Sus compañeros de tropa quedaban boquiabiertos al ver la relación que él tenía con Darlan, porque no era común que un hermano y una hermana se llevaran como ellos dos. Al parecer, lo normal era que hubiese cierta distancia, que a pesar del cariño las hermanas reservaran ciertas cosas a sus hermanos y viceversa; pero ese no era el caso con los Tonare. Enlil y Darlan se hacían bromas, salían a beber juntos, competían en carreras y entrenaban sin guardarse puñetazos o patadas. También compartían historias. Darlan conocía a las chicas con las que Enlil se había acostado, y Enlil conocía a los hombres que habían salido con su hermana.
Robin era el que más le agradaba. No era más que un herrero mascalino, un plebeyo que ni siquiera sospechaba que la soldado que un día entró a su tienda para ordenar una armadura pertenecía a la Nobleza Militar... ¡pero vaya que hacía a Darlan brillar! Cada vez que volvían a Masca, Enlil debía cenar y desayunar solo porque su hermanita pasaba la noche en una herrería. No podía ni quería reprochárselo. Darlan nunca le echaba en cara cada vez que él la dejaba para divertirse por su cuenta, así que él le debía la misma cortesía. Además, Robin la hacía feliz. ¿Cómo podía enojarse con ella por buscar alegría? ¿Cómo podía enfadarse por verla sonreír y escucharla carcajear?
Desde luego, Enlil había investigado al herrero, tal y como Darlan había investigado a las chicas de su hermano. Robin tenía los brazos bien fornidos, así como el rostro bronceado por el trabajo en la fragua. Era un hombre con el que nadie buscaría problemas por temor a una paliza. Pero debajo de esa apariencia tosca había un corazón blando. A Enlil le bastó una mirada a esos ojos para saber que era un hombre sencillo y honesto. Y cuando sonreía lo hacía de verdad. Su rostro también se iluminaba cuando veía a Darlan. Enlil no sabía qué era el amor. Los años preocupándose por posibles sicarios enviados por Reiner jamás le permitieron confiar en nadie, ni siquiera en las chicas que le gustaban, pero suponía que debía ser algo similar a las expresiones de Robin y Darlan cada vez que se veían.
—¿Se lo vas a decir? —Enlil miró hacia la ventana. Al final de la calle estaba la herrería de Robin—. Supongo que merece una explicación.
—Claro que la merece pero no le conviene. —Darlan tamborileó sobre la mesa con una sonrisa en los labios, pero no engañó a Enlil: estaba triste—. Es muy ingenuo. Se le puede ocurrir intentar impedirlo. Ja, ja. ¿Te lo imaginas? Qué ridículo. No, lo mejor es quedarme callada. De todas formas mi mundo y el de Robin son completamente diferentes. Él no fue más que un pasatiempo que tenía que acabar.
Pero en la madrugada, cuando Darlan abandonó la cama, Enlil no se sorprendió. Esperó unos minutos para seguirla y luego un poco más bajo la lluvia, frente a la herrería. Supo que su hermana no duraría mucho. Cuando al fin Darlan salió, ambos se miraron a los ojos por un par de segundos. En los de ella había auténtica sorpresa y en los de Enlil, apoyo. ¿Cómo podía ella ser tan ingenua? Quizá era la mayor, pero Enlil ya había crecido. No solo era capaz de cuidarse, sino también de cuidarla.
Incluso de sus propias mentiras.
Caminó hacia ella y la abrazó para hacerla sentir mejor.
—Siempre puedes volver a verlo y...
—No digas disparates —lo cortó ella; luego se paró de puntillas y le dio un beso en el mentón—. Sabes que dos mundos distantes no pueden convivir por mucho tiempo.
Robin era un herrero. Darlan, una dama de la Nobleza Militar. Dos mundos que no podrían convivir más que unas cuantas noches en un lugar clandestino.
Enlil asintió pero no la soltó. Dejó que los pensamientos de Darlan fluyeran en su mente. Así les era más sencillo a ambos expresar sensaciones e ideas que no podían traducirse con palabras.
No era que ella amara a Robin como para morir por él, pero sí, era feliz a su lado, cuando se unían, cuando contaban chistes o veían el ardor de la fragua juntos. «Lo que más feliz me hacía», percibió Enlil, «era la forma en que me veía, como si fuera única, como si fuera todo lo que podía ver, todo lo que existiera. Me sentía especial».
Oh, porque lo era. Enlil lo pensó, lo sintió y dejó que todo eso fluyera hacia ella, aunque supo que no sería suficiente. El amor de hermanos era fuerte, pero lo que Darlan quería era algo que no podía obtener de él, algo que quizá ya nunca tendría gracias a la decisión de Reiner de casarla: ser amada y amar como mujer. Darlan no era la típica señorita que ocultaba su rostro bajo una capucha. Quizá hasta su conducta era un pelín masculina y ruda. Pero en el fondo era una mortal como los demás y anhelaba lo mismo que ellos.
«¿Y yo?», se preguntó Enlil. ¿Él también deseaba amar y ser amado como un hombre? ¿Tendría alguna vez las agallas de enamorarse y confiar su corazón a alguien más aparte de su hermana? Era una pregunta difícil. Pero por un instante, cuando sintió la alegría de su hermana al verse reflejada en los ojos de Robin, pensó que sería agradable encontrar algo similar para él.
Pero por el momento solo tenía a Darlan y la lluvia que los bañaba.

****

Los nudillos de Enlil tocaron a la puerta. Cuando las sirvientas en el interior dijeron que la señorita aún no estaba lista, él levantó los hombros y se abrió paso. Las ayudantes hicieron mala cara e intentaron tapar a Darlan, pero Enlil las apartó para ayudar a cerrar el corsé de su hermana. Darlan detestaba esa cosa infernal porque era incómoda y poco práctica para respirar y moverse, aunque Enlil disfrutaba ver la silueta bien definida de una chica. Hasta Darlan parecía una damisela cuando se vestía como tal.
Cuando al fin las sirvientas terminaron de arreglarla, Darlan lo miró y le hizo una reverencia cómica.
—¿Qué tal? ¿Doy una buena impresión? —Enlil sonrió.
—Te ves muy linda. Te pareces a mamá.
La verdad de esto les dolió y alegró en partes iguales. A veces, sin importar cuánto tiempo pase, algunas heridas simplemente no cierran.
—Aunque es una lástima que nunca echaras nada por delante ni por detrás. Sigues siendo plana como una tabla.
—... Alégrate de que tengo puesto el maldito corsé o de lo contrario ya te habría dado una paliza.
Darlan bajó del taburete y se sentó en el sofá al lado de la ventana. Enlil la acompañó. Cuando una sirvienta entregó a la novia una caja con campanillas, él tomó unas cuantas y empezó a atarlas al vestido. Una de las ayudantas era una mujer mayor, seguramente la aya que el prometido de Darlan trajo consigo para asistir a su futura esposa. Ella se aclaró la garganta y amonestó a Enlil por su falta de protocolo.
—A la novia le toca hacer eso sin ayuda, además —la aya le dio un manotazo en los dedos para que las campanillas regresaran a la caja—, al atardecer ella ya no puede estar en compañía de un hombre. No puede ver ni uno hasta que su esposo le quite el velo en la boda.
Enlil y Darlan intercambiaron una mirada y sonrieron juntos. El vestido blanco, las campanillas y la víspera solitaria eran tradiciones que representaban la pureza de una mujer virgen entregada al matrimonio, aunque era irónico que los cortesanos y nobles siguieran esa tradición al dedillo cuando era un secreto en voz alta que rara vez la novia llegaba virgen. Enlil no sabía en qué mundo vivía la aya, pero conocía de sobra el de Darlan.
—Oh, ¿y qué crees que me hará mi hermano pequeño si me acompaña en la velada? —soltó la muchacha—. ¿«Corromperme», «separarme las piernas», «arrancarme la flor»? —Enlil escondió una sonrisilla cuando la aya se estremeció por el lenguaje descriptivo y poco femenino de su futura señora—. Lo único que debe importarte es la impresión que yo genere cuando suba al altar. Si es grandiosa, la imagen de tu amo se beneficiará. Pero si es mediocre, él también hará el ridículo.
Las personas románticas suspiraban cuando veían un vestido lleno de cascabeles, porque era un signo claro de la dedicación de la novia en la noche anterior para demostrar su amor. Pero para los políticos –y todo cortesano y noble era, en esencia, un político–, una novia tintineante era una muestra de la estabilidad del futuro matrimonio y las alianzas estratégicas entre familias. Darlan ataría unas campanillas para cumplir con su deber, pero no sacrificaría horas de sueño por un sujeto al que apenas conocía. Si Enlil no la ayudaba, más de la mitad de los cascabeles se quedaría en la caja.
—Esto es tan molesto —se quejó Darlan cuando las sirvientas se marcharon—. Yo no veo que ningún novio tenga que complicarse la existencia con adornos o cualquier otra tontería tradicional. ¿Por qué nos toca sufrir a nosotras?
—A nosotros nos toca quitarles las campanillas para consumar el matrimonio. Eso también es trabajo.
—¡Ay, pobrecitos!, tienen que quitar cascabeles para acostarse con una mujer. ¡Qué esfuerzo tan arduo!
—Si quieres llamo a los chicos y hacemos una pequeña fiesta antes del gran día —se ofreció él. Darlan soltó un suspiro de resignación.
—No sería divertido si no puedo tomar nada con ustedes. No quiero tener resaca y que el sacerdote me regañe delante de tanta gente.
Enlil ató las campanillas en silencio, listo para escuchar más quejas de su hermana, en espera del momento adecuado para ofrecerle el carruaje que había reservado para ella. Pero como lo supo desde la mañana, Darlan no escaparía. Si la boda llegase a interrumpirse, ella saltaría de la felicidad; pero estaba preparada para resignarse con el futuro que Reiner había trazado para ella.
No lo merecía. Darlan no era un lindo canario pasivo que se contentaría con una jaula, sino un halcón magnífico y digno, hecho para surcar los cielos. Era una militar. Se había ganado el título de teniente y podría llegar todavía más lejos si seguía en la carrera. Pero si se casaba con un noble, todo lo que conseguiría sería una mansión y sirvientes. Eso era todo a lo que podía aspirar. ¡Se perdería de tanto! Todavía había paisajes que admirar, gente que conocer, tabernas en las que cantar, misiones que completar, tipos a los que apalear...
—No arrugues la frente. —Darlan acarició el entrecejo de Enlil para que se relajara—. Envejecerás más rápido si todo lo que haces es estar de mal humor.
Enlil no se consideraba una persona antipática, aunque ya muchas veces había escuchado que la gente lo tenía por serio y cascarrabias. Él lo comprendía: comparado con Darlan cualquiera sería un limón agrio. Alguien que era luz pura como ella encandilaba a los demás. Enlil siempre creyó que su hermana lo iluminaba como un sol, pero en ese momento se le ocurrió que quizá su luminiscencia lo sumergía más en las sombras.
Darlan no tenía la culpa de nada, por supuesto. Ella eligió ser feliz a pesar de la muerte de Alexia. Decidió ser esperanzada y fuerte para enfrentar todo lo que se le atravesara en el camino. En cambio él escogió seguirla, depender de ella y de nadie más, ni siquiera en él mismo. Fue hermético con él y los demás. No confiaba en sus compañeros de tropa, ni siquiera en los amigos que Darlan había hecho e invitado a la boda, o en las mismas decisiones que él tomaba.
Cuando Darlan subiera al altar y su prometido le quitara las campanillas, Enlil estaría en la oscuridad. Pero si ese era su destino, si inevitablemente sería privado de la luz de su hermana, por lo menos Darlan no. Ella todavía tenía que brillar.
«Vete», le susurró en la mente a la vez que estiraba los brazos para soltar las cintas del vestido. La idea de la novia fugitiva ya era bastante trillada, pero Enlil estaba dispuesto a que su hermana fuera libre. Jamás podría volar como un halcón arrastrando un incómodo vestido que tintineaba con cada paso. «Busca a Robin y escápate con él. O córtate el cabello, hazte pasar por un chico y huye lejos de aquí. ¡Hazlo!».
Darlan le dio un manotazo para que la soltara y luego le golpeó la frente como si quisiera reacomodarle las neuronas.
—No seas bobo —lo regañó—. Este es un matrimonio político. Si no me caso, las consecuencias no serán solo para los Tonare sino también para el Sur. —Darlan ató un cascabel—. Debo hacerlo por el abuelo.
Enlil rechinó los dientes. Cuando se enteró de que Reiner quería casar a Darlan, creyó que era la última estrategia para separar a su hijo del escudo que lo protegía. Pero muy a su pesar tuvo que admitir que esa era la solución que el General había encontrado al desastre que armó cuando mató al Lord anterior del Sur, el padre de Alexia.
Reiner había instaurado en su lugar a un extranjero como Lord provisional y consiguió que el Emperador lo aprobara, pero no contó con el apoyo de los plebeyos y los nobles del Sur. La única solución que halló para estabilizar la situación fue validar la posición del nuevo Lord con el matrimonio de un pariente del gobernador anterior, y la única que cumplía con esos requisitos era Darlan.
El plan era bueno, salvo por un detalle: ella también era una Tonare y en el Sur eran muy comunes los asesinatos entre familiares, en especial entre los nobles. Todos, en algún grado, tenían sangre Tonare y la maldición de la Casa militar también los afectaba, aunque no tanto como a la familia de guerreros. El nuevo Lord no tenía que lidiar con un posible hijo que lo asesinara, pero si concebía uno con Darlan era muy probable que debiera empezar a preocuparse.
Por eso las intenciones del Lord eran un secreto en voz alta: se casaría con Darlan para legitimar su gobierno en el Sur, pero seguiría la conveniente tradición de esa región y se casaría también con otras mujeres. Darlan ni siquiera sería la esposa principal o la madre del heredero del Sur.
Quizá eso era lo más duro, lo más cruel, porque ella quería ser única y especial, no parte de un paquete de colección. Más aún que los paisajes, las cantinas y las quijadas por romper, ella se perdería lo que había buscado por tanto tiempo: la oportunidad de amar y ser amada con pasión. Reiner se lo había arrebatado.
—Hazme un favor —pidió ella mientras le sujetaba el rostro para que la mirara a los ojos—. Cuando yo me vaya vuelve a ser como eras antes.
—¿Como era antes?
—Ajá, ¿no te acuerdas? —Darlan ladeó la cabeza y sonrió como un rayo de sol—. Eras muy valiente. Cuando eras pequeño, corrías de un lado a otro con los perros de la casa, trepabas a los árboles más altos y jugabas con los hijos de los sirvientes. Eras amigo de los cocineros y de los mozos de cuadra, de los jardineros y las lavanderas. Reías a carcajadas con los chicos del pueblo y por las noches regresabas a casa agotado y lleno de raspones, pero eso nunca te detenía para jugar de nuevo al día siguiente.
Darlan golpeteó los cascabeles en su falda. «Tin-tan-tin-tun-tin». El sonido fue como la risa de un hada.
—Recuerdo que una vez me dije «Ah, este de aquí será un gran líder. No sé si será un gran guerrero, o un estratega inteligente o tan siquiera un telépata ordinario, pero sí que será un amigo excepcional. Sin siquiera proponérselo, hará que otros lo sigan sin dudarlo. Le dará sonrisas a la gente, y a cambio todos le darán su lealtad y confianza incondicional. En-en será como un lucero en la noche».
Enlil arrugó la frente, pero no porque estuviese enojado sino porque intentó recordar. Fue en vano. El primer recuerdo claro que tenía de su infancia era la noche de la muerte de Alexia. Antes de eso, nada. Aunque sí le pareció que Darlan lo llamaba «En-en» cuando él era un bebé, pero dejó de hacerlo cuando a los dos les tocó enfrentar el mundo solos.
Darlan se levantó y lo arrastró al espejo de modelaje. «Tin-tan-tin-tun-tin. Tin-tan-tun-tun-tan», rieron las campanillas.
—Nos van a separar, pero no nos abandonaremos el uno al otro mientras lo evitemos. Así que cuando estés triste o me eches de menos, todo lo que tienes que hacer es sonreírle a un espejo. Cuando el reflejo te responda, seré yo desde otro espejo en el que te estaré sonriendo y extrañando también.
Esa era una idea infantil, pero cuando los dos se reflejaron Enlil comprendió los disparates de su hermana. Darlan se parecía a Alexia, pero él se parecía a Darlan y el parecido aumentaba aún más si sonreía.
—¿Lo comprendes, En-en?
—Sí.
Darlan nunca lo abandonaría, porque era como el sol. Ambos estarían a kilómetros de distancia. Los meses y los años serían como nubes que oscurecerían el día y el camino. Pero el sol siempre estaría ahí, brillando. Y algún día las nubes se disiparían y él podría ver y sentir la luz. Jamás estaría en las tinieblas si recordaba que después del amanecer alumbraba un nuevo día y nuevas promesas.

****

Enlil se comportó como un santo para agradar a su hermana. No hizo mala cara cuando Reiner la entregó en el altar, ni cuando el General hizo el brindis o bailó con ella después del novio. Se esforzó en apreciar la belleza del momento, el tintineo de los cascabeles cada vez que Darlan se movía, la frescura del rocío en el jardín, la timidez de los rayos de sol mañaneros, incluso la compañía de los amigos de tropa que fueron invitados. Se comportó tan bien que hasta los demás nobles se habían olvidado de que tenía el entrenamiento y el vocabulario poco refinado de un soldado. ¡Casi parecía criado y educado por una institutriz!
El único problema fue que notó un gran inconveniente y requirió de toda su voluntad para no entrar en pánico.
Arianne, una de sus madrastras, estaba embarazada.
Lo sospechó poco antes de la ceremonia, cuando su madrastra apenas tuvo tiempo de llegar a su sitio. Estaba algo pálida y tenía una película de sudor en la frente, por lo que llamó la atención de algunos sirvientes y nobles. Por suerte para ella, toda la atención recaía sobre Darlan y el novio. Enlil también la habría ignorado si su mesa no hubiese estado cerca de la de Arianne, y si Darlan no le hubiese enseñado a buscar señales de achaques. Cuando ella rechazó dos platillos y arrugó la cara por una sopa de mariscos, Enlil estuvo completamente seguro.
Lo que más preocupó a Enlil fue que las cuentas no le salieron.
Reiner se había marchado de Masca hacía seis meses para traer personalmente al Lord Askard y una comitiva del Sur a la Capital, y había regresado apenas dos semanas antes de la boda. Enlil sabía que su padre solo se acostaba con las esposas en contadas ocasiones, seguro para evitar la irritante situación de un embarazo. Cuando lo hacía seguía un patrón: alternaba una esposa joven después de una mayor, y también las alternaba según el orden en el que se había casado. Hasta donde sabía, con Arianne solo se había acostado una vez, en la noche de bodas, y todavía le quedaba un buen tiempo antes de que la volviera a tocar.
Si había algo que Reiner detestara más que una esposa embarazada con su hijo, era una esposa embarazada de otro hombre.
«Tin-tan-tin», tintineó la novia desde la mesa principal.
Enlil miró a Darlan. Por la linda sonrisa en su cara y la forma en que ladeó la cabeza, comprendió que el asunto no había pasado desapercibido por ella. Cuando al fin Enlil pudo invitarla a bailar, dejó que todos vieran lo felices que estaban y lo unidos que eran. «Tin-tan-tin-tun-tin. Tin-tan-tun-tun-tan», rieron los cascabeles con su propia música para la danza. Enlil no intentó susurrar ni hablar en código, porque había militares por doquier y no sabía quiénes estarían dispuestos a venderlos a él y a Arianne para obtener el favor de Reiner. Así que se limitó a desear suerte a su hermana para el matrimonio, a decirle que la visitaría tan pronto como pudiera, que haría todo lo que estaba en sus manos...
—No me vayas a fallar, ¿de acuerdo? —sonrió ella.
—No. Yo me encargaré de que todo salga bien.
—De acuerdo. Entonces yo distraeré a mi esposo con mi encanto mientras tú llegues a visitarnos.
Para cualquiera habría sido una conversación común, pero Enlil comprendió que Darlan se encargaría de distraerlos a todos, en especial a Reiner, mientras él sacaba a Arianne de la mansión y la llevaba a algún lugar seguro. El problema era cómo lo haría.
¿Se la llevaría a escondidas mientras nadie estaba viendo? No. Eso solo provocaría un rumor terrible: si alguien llegaba a enterarse de que Enlil se la llevó y que ella estaba embarazada, todos sospecharían que él era el padre. ¡Entonces sí que se armaría un buen lío y Reiner tendría su oportunidad de oro! Nadie le reprocharía por matar a la esposa infiel y al hijo pervertido que le robó una mujer.
Era claro que Arianne no podía quedarse en la mansión de descanso Tonare y dar a luz ahí, pero su desaparición daría de qué hablar. Y en todo caso, nadie podía ligar a Enlil con la ausencia de Arianne. Eso solo dejaba una alternativa.
—Enlil, ¡qué linda casa! —le dijo Jul, uno de sus compañeros de mesa.
—Con razón tú y Darlan se desaparecen cada vez que regresamos a Masca —le reprochó Kurt—. ¡Cualquiera querría regresar a casa con estos lujos!
Darlan se había encargado de sentarlo con cinco compañeros de tropa. La chica no solo bromeaba con ellos, sino que también entrenaba sin contenerse, los acompañaba a beber y los cuidaba. Los consideraba sus amigos. Quizá Enlil había desarrollado un corazón muy duro que era incapaz de confiar en otras personas, pero Darlan tampoco le daba su amistad a cualquiera. Por esta razón, el muchacho supo que podía contar con Jul y los demás para salvar a Arianne. Eso habría hecho Darlan.
—Gracias —respondió con cortesía—, pero esta es la casa de mi padre, no la mía.
Cuando vio que Darlan arrastraba a Reiner por segunda vez a la pista de baile, Enlil se inclinó al lado de Erilia para hablarle en voz baja. Al rato, ella se levantó y fue al lado de Arianne a darle un mensaje.


Erilia era una muchacha pequeña y menudita que pasaría sin dificultades por una chiquilla, aunque era unos años mayor que Enlil y daba unas patadas tremendas. La primera vez que entrenó con ella, Erilia logró asestarle un golpe tan fuerte en la entrepierna que Jul y los demás dijeron en broma que debía darle las gracias por dejarlo incapaz de tener hijos.
El ego herido de Enlil lo llevó a tratarla mal en las semanas siguientes, hasta que un coscorrón de Darlan le hizo ver que Erilia nunca tuvo malas intenciones. Simplemente estaba dando lo mejor de sí, como Darlan cuando entrenaba. Con el tiempo Enlil aceptó que se comportó mal, pidió una disculpa y estableció una relación cortés con la soldado. Aunque nunca más se acercó a ella a menos de dos metros durante los entrenamientos, o de lo contrario de verdad habría quedado sin hijos.
No podía decir que Erilia y los demás eran sus amigos, pero sí que eran personas inteligentes. Ellos sabían lo conveniente que era tener un amigo de apellido Tonare, así que era obvio por qué trataban con tanta simpatía a Enlil a pesar de que él era más reservado. Sin embargo, Enlil no se atrevía a considerarlos unos interesados o trepadores sociales porque, si bien les serviría congraciarse con él y Darlan, eran también honestos. No eran unos lame botas sin cerebro que hacían lo que se les dijera solo por agradar. Cuando entrenaban no se contenían. Si había algo que no les agradaba, lo decían. Y cuestionaban tanto a Darlan como a Enlil cuando la situación lo ameritaba. Los trataban como iguales y por eso Enlil los respetaba.


Él nunca despegó los ojos de Darlan y Reiner. Pero cuando Erilia se sentó de nuevo junto a él, supo que Arianne había captado el mensaje. La pobre mujer se había puesto tan pálida que Enlil temió que se desmayara y llamara la atención. Y eso que Erilia nunca dijo «embarazo» ni «bebé». Solo se limitó a darle un cumplido por el vestido zafiro que llevaba, idéntico a la fuente principal de la mansión, a la vez que le acarició con disimulo el estómago bajo la excusa de que quería sentir la tela.
Arianne entendió muy bien el mensaje y unos minutos después salió hacia la fuente. Erilia jugaba al pulso con Luke y, diez minutos después de que Arianne se marchara, sugirió a sus amigos salir un rato. «Al demonio el poder de los Tonare. ¡Todas las mujeres son psíquicas!», pensó Enlil. No le había explicado a Erilia la situación, pero ella también pilló el mensaje para la madrastra y hasta colaboró con sutileza. Darlan en verdad había tomado una buena decisión al hacerla su amiga.
Nadie los miró cuando Enlil y sus cinco compañeros salieron. Eran guerreros jóvenes y, salvo Enlil, ninguno provenía de familia adinerada. Las bodas grandes podían ser muy abrumadoras para ellos, en especial con tantos nobles y reglas de etiqueta. Cuando Jul y los demás empezaron a charlar en voz alta y hacer apuestas sobre juegos ridículos, Enlil quiso darle un beso a cada uno. ¡Qué oportunos y listos eran para captar la situación! En verdad que Darlan era una genio para escoger amigos.
El comportamiento de los soldados disgustó a los nobles que estaban cerca y los hizo regresar al salón de baile. La fuente quedó libre de oídos indeseados. La caída del agua y las risotadas de Jul y los demás serían suficientes para atenuar las palabras que Enlil y Arianne compartirían.
—¿Qué me harás? —logró mascullar ella. Enlil no la vio a la cara, pues estaban en extremos opuestos de la fuente y de espaldas.
—Nada. Te sacaré de aquí. ¿Alguien más lo sabe?
Tenía poco tiempo. Debía ser lo más conciso posible así que no podía entretenerse con sutilezas. No le iba a echar en cara que cometió una estupidez al engañar a Reiner ni le daría oportunidad de negar lo que hizo. Arianne lo comprendió con rapidez pero calló durante un buen rato. Cuando al fin se atrevió a contestar, la voz le tembló.
—Selene lo sabe. No ha dicho nada pero sé que sabe. Lo sé.
Enlil arrugó la cara.


Selene era otra esposa de Reiner, de las más viejas y la más cruel. Durante un tiempo fue la esposa principal, hasta que Reiner se casó con Alexia y le dio ese puesto. Desde luego, Selene la odió por eso pero la detestó aún más cuando Alexia tuvo a Darlan. Debía de ser horrible: ser sustituida por una mujer más joven y bella, hija de un Lord y con un mejor estatus, y también con la facilidad de tener hijos.
Selene, en cambio, era la primogénita de un señor feudal menor. Aunque no habría gobernado sobre mucho, habría sido heredera legítima de unas tierras agradables y fértiles. Pero como de pequeña enfermó de gravedad los doctores dijeron que era infértil, así que su padre la entregó a Reiner y nombró heredera a la hermana menor de Selene.
Enlil podía comprender la amargura de su madrastra y su odio desmesurado hacia las otras esposas, pero no podía perdonarla. Selene gozó con la muerte de Alexia. Como no podía tener hijos, se le metió entre ceja y ceja que nadie más los tendría. Por eso era la soplona de la casa, la que siempre alertaba a Reiner cuando alguna de las mujeres quedaba preñada. Además, cuando los miraba a él o a Darlan, la vieja bruja arrugaba la cara y los trataba de demonios. Los llamaba «desperdicios» y «maldiciones» y hacía hasta lo imposible por humillarlos.
Lo que Enlil jamás podría perdonarle fue su intento de apabullar a Darlan. Envió espías para conocer a los amantes de la muchacha. Cuando creyó tener evidencia, la llamó zorra y la amenazó con avisar a Reiner de sus aventuras. Por suerte, Selene y sus sirvientes eran unos incompetentes. No dieron con los amantes de Darlan, hicieron el ridículo delante de Reiner y, como castigo por manchar el nombre de una Tonare, el mismo General los azotó. Enlil no quería a su padre, pero cada vez que veía la espalda desfigurada de Selene le entraban ganas de felicitar a Reiner por el buen trabajo.
Ese episodio solo hizo que las ansias de recuperar el título de esposa principal aumentaran, y Selene se hizo más cruel que antes. Enlil se preguntó si fue ella quien sugirió a Reiner que matara a las esposas aun antes de que dieran a luz.
Si la vieja bruja sabía que Arianne estaba embarazada, la haría caer. Si sospechaba que el bebé no era de Reiner le sacaría el jugo a la situación. Una mujer despechada y desalmada era capaz de muchas cosas. Enlil conocía a los demonios que despierta el resentimiento en una persona. Y él creía que los de Selene eran tan malvados y hambrientos como los que él tenía reservados para Reiner.


Supo que tenía que encargarse de Selene. Si la mujer aún no había acusado a Arianne seguramente esperaba una oportunidad de oro. La boda, con tantos invitados, parecía un lugar adecuado para manchar el honor de una rival. Sin embargo, Selene tenía más cabeza: si daba semejante noticia en un momento como ese, no solo mancharía el honor de Arianne sino también el de Reiner.
Entonces el General no se limitaría a azotarla.
Después de dar las indicaciones a Arianne, el muchacho le dio una visita guiada a sus compañeros de tropa. Ellos también tenían más cabeza y sabían que ocurría algo grave. Cuando Enlil estuvo seguro de que no había nadie cerca que pudiera pillarlos, les explicó la situación.
—Lo lamento —dijo al final—. No puedo mantenerla a salvo por mi cuenta. Yo...
—Tranquilo —lo interrumpió Erilia a la vez que le daba unas palmaditas en el hombro, aunque ella tuvo que ponerse de puntillas para alcanzarlo—. Lo comprendemos.
—En verdad soy un superficial —dijo Kurt meditabundo—. Yo pensé que ustedes venían por los lujos, pero en realidad es para salvar a sus hermanos. ¡Qué profundo!
—Sí, qué raro, ¿verdad? —siguió Jul—. Me lo esperaba de Enlil, pero no de Darlan.
—¿Qué cosa? —preguntó Enlil confundido.
—Bueno, esto —respondió Jul como si fuera obvio—. Darlan es muy ruda y centrada. Pensé que se enfocaba única y exclusivamente en mantenerte alejado de tu padre. Nunca creí que intentaría abarcar también a sus otros hermanos.
—Síp, si alguien iba a perseguir lo difícil ese sería Enlil —lo segundó Kurt—. Todos sabemos que es un blandito.
¿Qué? Enlil contrajo la cara. ¿Blandito? ¿Él? Quizá no era una coraza de hierro como el Demonio Montag, pero siempre, siempre creyó que los demás lo veían como un amargado. Apenas pudo creerse que lo consideraran el dulce de los hermanos Tonare, a pesar de que Darlan era la risueña y valiente.
—Bueno, ¿y cuál es el plan? —preguntó uno de sus compañeros.
Enlil les explicó la táctica: cuando algunos de los invitados dejaran la Mansión Tonare, enviaría a Arianne con ellos escondida en el carruaje que él había preparado en caso de que Darlan quisiera darse a la fuga. Mantendría a Arianne oculta mientras daba a luz y haría que los sirvientes de ella fingieran que la atendían en la Mansión. Los próximos meses serían complicados, pero si fingían que Arianne estaba enferma de gravedad podrían justificar que nadie la viera. Además, Reiner se iría pronto de Masca. Él no se interesaría mucho en una esposa enferma.
—Si le das mi uniforme —se ofreció Erilia— será más fácil sacarla. Nadie la mirará dos veces si es una soldado junto a sus compañeros. —Era un buen plan, pero Enlil protestó:
—¿Qué hay de ti?
—Fácil: tomo su lugar. Es el truco más viejo del libro.
—Absolutamente no —zanjó el muchacho—. Ya los estoy poniendo en mucho peligro por contarles mis intenciones. —Miró a cada uno de sus compañeros para que comprendieran la gravedad del asunto, y fulminó con la mirada a Erilia—. Si el plan falla, solo yo debo asumir las consecuencias. Pero si te descubren, te matarán. Eso nunca podré perdonármelo.
Erilia suspiró y miró divertida a Enlil, como si él no fuera un soldadote sino un niño dulcísimo.
—¿Y todavía preguntas por qué eres el blandito? ¡Vamos, hombre! ¿Con quién crees que tratas? —Los demás asintieron.
—Confía en tus amigos. No podrás ser un gran General si no confías en las habilidades de tu gente.
—Sí, vamos, ya sabes que Erilia es un hueso duro de roer. Después de lo que pasó la primera vez, tú y tus amiguitos —agregó Luke mientras señalaba la entrepierna de Enlil— ya deberían saberlo muy bien.
A Enlil no le agradó la propuesta de Erilia, pero supo que Darlan no podría entretener a Reiner por mucho tiempo más. Él tampoco podía desperdiciar ni un segundo intentando convencer a alguien tan cabezota como su compañera.
El resto del día la pasó fingiendo paz, conversando con Jul y los demás, y ni siquiera miró a Arianne o pensó en ella. Pero cuando al fin cayó la tarde y los coches comenzaron a salir de la mansión, la adrenalina se desató. Todos sus sentidos se agudizaron y estuvo pendiente de las risas de las damas, los comentarios elegantes o traicioneros de los nobles, la sonrisa radiante de Darlan, el tintineo de los cascabeles y la posición de Reiner. Ni siquiera se permitió un suspiro de alivio cuando el carruaje se detuvo frente a él y los demás.
Uno a uno, ellos subieron.
Cuando al fin solo faltaba Luke, el soldado miró a Enlil y le dio un golpecito amistoso en el hombro.
—¿Seguro que estarás bien?
Enlil arrugó la frente, porque Luke hizo la pregunta demasiado alto y había señalado a Reiner con la barbilla. Era un oficial responsable, pero Luke carecía del don de la hipocresía tan común entre los nobles. Por eso no percibió las decenas de ojos y oídos atentos, atraídos por la alusión al General Tonare. Enlil sí que lo sintió. A veces creía que la maldición de su familia era una especie de entretenimiento para toda esa gente. Hasta se imaginaba a los cortesanos reunidos por las noches, jugando con un tablero, unas cartas y una tabla de puntuación para adivinar si sería el hijo o el padre quien asesinaría al otro, y cómo sucedería.
Luke no se dio por enterado de las miradas conspiradoras y se acercó un poco más a Enlil.
—Ven con nosotros. Estarás mejor.
Enlil lo supo. Ahora que Darlan estaba casada, la chica no podía hacerle compañía porque tenía que estar con su esposo, en especial durante la noche de bodas. Sin Darlan cerca, Reiner no tendría problemas para acercarse a su hijo y matarlo sin que nadie interfiriera. Pero, a decir verdad, que Enlil estuviese solo o acompañado de otros soldados no evitaría que el General lo matara si se lo proponía. La única que lo frenaba era Darlan porque Reiner nunca pudo negarle nada a su preciosa hija.
Ni siquiera aplazar la vida del hijo al que quería muerto.
Enlil negó el ofrecimiento y empujó a Luke al interior del carruaje.
—Estaré bien —prometió.
Cuando le robó una mirada a Arianne, vestida con uniforme militar, Enlil se hizo otra promesa: «Las cuidaré a ambas». La idiota de Erilia todavía estaba en la mansión. Aunque los sirvientes personales de Arianne eran de confianza y estaban al tanto de lo que ocurría, Enlil no quería que Erilia fingiera ser otra persona por más tiempo del necesario. Tenía que sacarla de allí antes de que alguien notara la farsa.
Cerró el carruaje y dio la vuelta como si no le importara, como si no temiera que los soldados de la casa detuvieran el coche, bajaran a Arianne y mataran a los amigos de Darlan por secuestrar a una esposa del General. Pero cuando entró a la casa y no escuchó los gritos de asombro de los nobles restantes o de los guardias, Enlil comprendió que la primera parte del plan había salido bien. Jul y los demás podrían ocultar a Arianne por un tiempo, por lo menos hasta que Reiner se fuera de Masca. Luego Enlil encontraría un sitio adecuado para ella.
Soltó un suspiro. Estaba aliviado porque ellos ya se habían marchado. «Están a salvo», pensó. «Ahora faltamos Erilia y yo». Sin detenerse, marchó hacia la habitación de Arianne.


"Los Hijos de Aesir: Dos Tronos" © 2013-2017. Ángela Arias Molina

2 comentarios :

  1. Holaaaa!!

    Pues me quitaría el sombrero si tuviera puesto uno. Gran capitulo!!! -Clap, Clap, Clap-

    Que felicidad tener este regalo y justo hoy! (como no supe nada del preview pense que no saldria)

    -Aunque es una lastima que nunca echaras nada por delante ni por detras. Sigues siendo plana como una tabla. Jajajaja mori con ese comentario, simplemente me imagine a Darlan dejando fluir mentalmente imágenes de la sangrienta paliza que le daría a su hermano, mientras se dibujaba en su rostro una sonrisa diabólica jajajaja (EPIC WIN) xD

    Llegados a otro punto... Enlil cascarrabias? eso seria como imaginarme a Sigfrid paseando por alli saludando a todos de sonrisitas y con un aura de luz radiante a su alrededor jeje (en serio casi me explota la cabeza formulando esas imágenes)

    Y Dios!! como subía la tensión a medida que terminaba de devorar esas ultimas lineas jajaja, hasta la ultima linea pensé que el plan saldría mal o algo así (O.O,). Ahora estaré en ascuas hasta que no lea el capitulo siguiente >_<

    Rezo por que no entremos en el pare pronto y por eso dedos cruzados para que se te presenten todas las musas habidas y por haber!

    Nos Leemos luego :')

    -Alex AJSP-

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola, Alex. Qué dicha que te gustó el capítulo, ¡muchas gracias por leer y comentar!

      Quería hacer un pasado con Enlil-cascarrabias, para contrarrestarlo con el Enlil que conocemos en la actualidad y ver cómo llegó a convertirse en lo que es hoy. Aunque todavía no termino de escribir este arco, espero lograr mi cometido :D

      Sigfrid repartiendo sonrisas... ¡Puff! Pero qué imagen tan terrible, ¡es antinatural! Y muy graciosa, jajaja. Gracias por compartirla.

      Espero que el parón no se dé, en especial para complacer a un lector tan amable como vos. ¡Daré mi mayor esfuerzo! >.<

      Eliminar

¡Hola! Muchas gracias por leer este capítulo de "Los hijos de Aesir". Puedes ayudar a la autora al calificar la lectura en la barra de calificación (está un poquito más arriba). O mejor aún ¡deja un comentario! Toda crítica constructiva es bienvenida. ¡Muchas gracias!
*Los trolls no serán alimentados*

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
¡Sigue el blog!